El Quetzal o su nombre técnico, Pharomachrus mocinno, es un ave trogoniforme tropical de tamaño medio, de brillantes colores iridiscentes y de cola muy larga que puede llegar, en el caso de los machos, a medir los 60 centímetros, doblando la longitud de su propio cuerpo. Y como ocurre en muchos otros casos de la vida animal, la hembra es mucho más oscura y menos vistosa, carece de cresta y las plumas de la cola son más cortas.
Su hábitat se encuentra en los bosques de América Central desde el sur de México hasta Panamá, en las zonas sombrías de los húmedos bosques tropicales o nubisilvas que son esenciales para su existencia. Suele vivir en solitario, fuera de la estación de cría, aunque a veces forma pequeñas bandadas.
El Quetzal fue venerado por los mayas y aztecas y actualmente es el símbolo de Guatemala y da nombre a su moneda.

Una leyenda de los indios guatemaltecos cuenta que el quetzal era sólo verde, y el color carmesí lo recibió tras una horrible batalla durante la conquista española de Centroamérica, en la que una bandada de quetzales bajaron volando para vigilar a los mayas muertos, tiñéndose así sus pechos de rojo.
En el panteón de la antigua Mesoamérica destacaba Quetzalcóatl, la serpiente emplumada que concedió el maíz a la humanidad. El plumaje de este dios era el de un ave tan estimada como él. Símbolo de riqueza, prestigio y abundancia agrícola, las plumas del quetzal mesoamericano coronaban los tocados de los soberanos mayas y aztecas, y se ofrecían y aceptaban como preciado tributo por todo el territorio. Las plumas se arrancaban a los quetzales capturados, a los que luego se dejaba en libertad para que les crecieran otras nuevas. Matar un quetzal suponía la pena capital.
El homenaje a esta ave irisada perdura en el nombre de la unidad monetaria de Guatemala, el quetzal. Sin embargo, la población de esta ave está en crisis en toda su área de distribución en Mesoamérica. El primer golpe tuvo lugar en el siglo XIX, cuando en Europa se produjo una fuerte demanda de quetzales disecados. En la actualidad, las organizaciones conservacionistas se esfuerzan por salvar el hábitat del ave, que está desapareciendo en aras de los cultivos, los pastos para el ganado y la explotación forestal. Pero el arraigo del quetzal en la conciencia mesoamericana no ha disminuido.
Según la tradición, entre los presentes que Hernán Cortés envió a Carlos VI en 1519, poco después de desembarcar en tierras mexicanas, figuraba un tocado de plumas de quetzal que había adornado la cabeza de Moctezuma II. El conquistador había hundido todos los barcos de su flota para evitar deserciones, excepto un navío que llevó a España su primera carta al monarca, junto con los regalos que el emperador azteca le había mandado a la costa. Uno de ellos habría sido el célebre tocado.
Desde el primer momento de la Conquista llegaron a España objetos americanos, aunque, por diversas circunstancias, pocos de ellos se han conservado hasta nuestros días. Sí se han conservado, en cambio, algunas relaciones de estos primeros envíos, que constituyen prácticamente las únicas descripciones coetáneas que tenemos de objetos indígenas. El relativo detalle con que se reseñan en los inventarios indica que se consideraron objetos de valor, probablemente por su exotismo y, sobre todo, por ser el testimonio de la incorporación de nuevas tierras y nuevos pueblos a la Corona.
Entre los tesoros mexicanos enviados a España tiene especial interés el remitido en 1519 por Hernán Cortés a Carlos Quinto. En él figuraban los regalos que Moctezuma II le hizo llegar al conquistador español, para disuadirle de que avanzara hasta el interior de su imperio.
Según el cronista Bernal Díaz del Castillo, dichos regalos consistían en un sol de oro, una luna de plata, un casco lleno de oro, numerosas joyas en forma de animales, un arco con flechas y un par de varas, así como «penachos de oro y de ricas plumas verdes».
Cuenta otro cronista, Pedro Mártir de Anglería, que, en 1520, el tesoro pudo ser contemplado en Toledo por todo quien quiso verlo y que luego, en la primavera del mismo año, fue mostrado en Valladolid. «No tengo palabras para describir los penachos y los aventadores de plumas», escribió el cronista. A finales de verano, Carlos Quinto lo llevó consigo a Flandes y lo hizo exhibir en Bruselas, donde fue visto y descrito por el pintor Alberto Durero. Así, Europa pudo contemplar el tesoro mexicano antes de que Hernán Cortés hubiera visto Tenochtitlan, la capital del Imperio azteca.
En los archivos belgas se conservan documentos que atestiguan cómo el emperador regaló el tesoro a la regente de los Países Bajos, su tía Margarita de Austria, quien le había educado y había mantenido viva su herencia flamenca y alemana tras la muerte de su padre y en ausencia de su madre, Juana la Loca. Más adelante, Carlos Quinto cedería a su hermano Fernando, nacido, en España y educado por su abuelo Fernando el Católico, la herencia austríaca de los Habsburgo y, finalmente, el Sacro Imperio. Fernando también heredaría algunas de las colecciones de su tía Margarita, a la que apenas había tratado. De esta forma se habrían conservado en manos de la casa de Austria algunos de los objetos enviados por Cortés a Carlos Quinto.
Una tradición muy extendida considera que entre estos objetos se hallaban el tocado y el escudo de plumas de quetzal y lentejuelas de oro que se conservan en el Museo Etnológico de Viena y que habrían pertenecido a Moctezuma. Pero lo más probable es que ambos objetos hubieran formado parte de los tributos que los pueblos de la costa en la que Cortés desembarcó, que no eran aztecas, debían de haber reunido para su envío a Moctezuma, por lo que éste no debió siquiera haberlos visto.
Desde el primer momento de la Conquista llegaron a España objetos americanos, aunque, por diversas circunstancias, pocos de ellos se han conservado hasta nuestros días. Sí se han conservado, en cambio, algunas relaciones de estos primeros envíos, que constituyen prácticamente las únicas descripciones coetáneas que tenemos de objetos indígenas. El relativo detalle con que se reseñan en los inventarios indica que se consideraron objetos de valor, probablemente por su exotismo y, sobre todo, por ser el testimonio de la incorporación de nuevas tierras y nuevos pueblos a la Corona.
Entre los tesoros mexicanos enviados a España tiene especial interés el remitido en 1519 por Hernán Cortés a Carlos Quinto. En él figuraban los regalos que Moctezuma II le hizo llegar al conquistador español, para disuadirle de que avanzara hasta el interior de su imperio.
Según el cronista Bernal Díaz del Castillo, dichos regalos consistían en un sol de oro, una luna de plata, un casco lleno de oro, numerosas joyas en forma de animales, un arco con flechas y un par de varas, así como «penachos de oro y de ricas plumas verdes».
Cuenta otro cronista, Pedro Mártir de Anglería, que, en 1520, el tesoro pudo ser contemplado en Toledo por todo quien quiso verlo y que luego, en la primavera del mismo año, fue mostrado en Valladolid. «No tengo palabras para describir los penachos y los aventadores de plumas», escribió el cronista. A finales de verano, Carlos Quinto lo llevó consigo a Flandes y lo hizo exhibir en Bruselas, donde fue visto y descrito por el pintor Alberto Durero. Así, Europa pudo contemplar el tesoro mexicano antes de que Hernán Cortés hubiera visto Tenochtitlan, la capital del Imperio azteca.
En los archivos belgas se conservan documentos que atestiguan cómo el emperador regaló el tesoro a la regente de los Países Bajos, su tía Margarita de Austria, quien le había educado y había mantenido viva su herencia flamenca y alemana tras la muerte de su padre y en ausencia de su madre, Juana la Loca. Más adelante, Carlos Quinto cedería a su hermano Fernando, nacido, en España y educado por su abuelo Fernando el Católico, la herencia austríaca de los Habsburgo y, finalmente, el Sacro Imperio. Fernando también heredaría algunas de las colecciones de su tía Margarita, a la que apenas había tratado. De esta forma se habrían conservado en manos de la casa de Austria algunos de los objetos enviados por Cortés a Carlos Quinto.
Una tradición muy extendida considera que entre estos objetos se hallaban el tocado y el escudo de plumas de quetzal y lentejuelas de oro que se conservan en el Museo Etnológico de Viena y que habrían pertenecido a Moctezuma. Pero lo más probable es que ambos objetos hubieran formado parte de los tributos que los pueblos de la costa en la que Cortés desembarcó, que no eran aztecas, debían de haber reunido para su envío a Moctezuma, por lo que éste no debió siquiera haberlos visto.
sábado, diciembre 31, 2011
Jose





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