La Batalla de Trafalgar fue un enfrentamiento bélico protagonizado el 21 de octubre de 1805 entre las escuadras inglesa y la coalición franco-hispana en el cabo de Trafalgar, frente a la provincia de Cádiz, en su vertiente atlántica. Fue uno de los episodios bélicos, en su proyección naval, más trascendente dentro de las sucesivas guerras napoleónicas.
Contexto histórico
Desde finales del siglo XVIII las rivalidades entre las distintas potencias europeas, en su lucha por conseguir una hegemonía clara frente al resto, habían provocado diversos enfrentamientos. Los sucesivos sucesos revolucionarios acaecidos en Francia resultaron ser, debido a su desarrollo, una enorme amenaza en el reparto de poder dentro y fuera del continente europeo.
Napoleón cuya supremacía en el continente parecía indiscutible dedicó un importante esfuerzo para vencer la hegemonía británica en ultramar. Los intereses de ambos países les enfrentaban tanto en Europa como en las colonias americanas.
El bloqueo continental, con el que Napoleón intentara en 1806 hacer sucumbir a Inglaterra, no obtendría ningún efecto mientras que los ingleses siguieran controlando las rutas comerciales marítimas, gracias a su superioridad naval. Napoleón plenamente consciente de este handicap, dirigió su estrategia hacía la Corona española y principalmente hacia Godoy, reconocido durante su mandato, irónicamente, como el Príncipe de la Paz. Los planes de Napoleón dependían para su consecución que la armada española fuese entregada a su servicio. La debilidad de la Corona española y las ambiciones personales de Godoy permitieron en todo momento la involucración de España en diversos conflictos, su supeditación a los intereses franceses y las injerencias constantes de Napoleón en la política interior española.
Contexto histórico
Desde finales del siglo XVIII las rivalidades entre las distintas potencias europeas, en su lucha por conseguir una hegemonía clara frente al resto, habían provocado diversos enfrentamientos. Los sucesivos sucesos revolucionarios acaecidos en Francia resultaron ser, debido a su desarrollo, una enorme amenaza en el reparto de poder dentro y fuera del continente europeo.
Napoleón cuya supremacía en el continente parecía indiscutible dedicó un importante esfuerzo para vencer la hegemonía británica en ultramar. Los intereses de ambos países les enfrentaban tanto en Europa como en las colonias americanas.
El bloqueo continental, con el que Napoleón intentara en 1806 hacer sucumbir a Inglaterra, no obtendría ningún efecto mientras que los ingleses siguieran controlando las rutas comerciales marítimas, gracias a su superioridad naval. Napoleón plenamente consciente de este handicap, dirigió su estrategia hacía la Corona española y principalmente hacia Godoy, reconocido durante su mandato, irónicamente, como el Príncipe de la Paz. Los planes de Napoleón dependían para su consecución que la armada española fuese entregada a su servicio. La debilidad de la Corona española y las ambiciones personales de Godoy permitieron en todo momento la involucración de España en diversos conflictos, su supeditación a los intereses franceses y las injerencias constantes de Napoleón en la política interior española.
Enfrentamiento naval
El objetivo concebido por Napoleón, de resultar exitoso, hubiese supuesto la invasión de su principal país enemigo, Gran Bretaña, facilitando el desembarco de un ejército formado por más de 160.000 hombres. El plan consistía en dirigir la flota franco-española hacia las Antillas con el fin de alejar a las fuerzas navales inglesas del canal de la Mancha, dejando así el camino expedito hacia Inglaterra.
La fuerza naval inglesa estuvo dirigida por el almirante Horace Nelson, mientras que Villeneuve estuvo al mando de la fuerza hispano-gala.
El proyecto sufrió alteraciones derivadas de sucesivas circunstancias adversas accidentales, por lo que las fuerzas del almirante francés Villeneuve se vieron obligadas a concentrarse en Cádiz junto a las españolas. Estas fueron dirigidas por el teniente general español Gravina, supeditado en toda decisión al mando francés.
La persecución constante, por parte de los navíos de Nelson, evitaron que el factor sorpresa fuese un arma que la fuerza hispano-gala pudiera utilizar. Así fue como se produjo el primer enfrentamiento directo en El Ferrol, el 22 de julio de 1805, donde las divisiones inglesas, que fondeaban en el lugar, habían sido avisadas de la llegada de la flota enemiga.
Las pérdidas provocadas impidieron, hasta agosto, reanudar la actividad de la flota, reuniéndose de nuevo en Cádiz, mientras Nelson regresaba al canal junto con Coonallis y Calder.
La indecisión y el carácter dubitativo del almirante francés Villeneuve, desbarató la posibilidad de haber iniciado un ataque en ese preciso momento. Sólo, tras conocer la decisión de Napoleón de sustituirle por el vicealmirante Rosilly, precipitó la salida a la mar, el 19 de octubre. Para entonces, la fuerza naval franco-española, se componía de treinta y tres navíos. Quince de los cuáles respondían a la aportación española entre los que se encontraba el mayor navío de guerra a flote existente, bautizado con el nombre de Santísima Trinidad.
La dotación inglesa contaba con veintisiete barcos y con un numero también menor de cañones, aunque éstos eran de mayor calibre.
El 21 de octubre de 1805 se enfrentaron las dos flotas. El planteamiento táctico, realizado por Villeneuve desde el buque Bucentaure, consistió en dividir su armada en un núcleo de veintiocho barcos que quedaron bajo su mando, y otro de quince, con Gravina al frente, al que denominó grupo de observación. Todos ellos se dispusieron en un frente amplio y continuo.
Frente a esta estrategia, el almirante Nelson dirigió un ataque en cuña destinado a desarticular la formación de la flota enemiga. Tras una breve resistencia, encabezada por el buque insignia Bucentaure y Santísima Trinidad dirigido por Cisneros, la flota inglesa consiguió su objetivo rompiendo la línea hispano-francesa.
En el ataque Nelson resultó mortalmente herido siendo Collingwood, desde el Royal Sovering, el que concluya una clara victoria.
La ventaja inglesa para alzarse con la victoria, a pesar de su inferioridad numérica, no sólo respondió a la formación táctica que Nelson empleó y que fue puesta en práctica a la perfección, sino, sobre todo, fue debida al hecho de que los cañones ingleses apuntaran al casco de los barcos para provocar su hundimiento. La fuerza hispano-gala, mientras tanto, dirigió sus cañonazos hacia la arboladura para tras conseguir la inmovilización proseguir con su asalto.
Consecuencias
El resultado del enfrentamiento en la batalla naval supuso, a partir de entonces y durante todo el siglo XIX, la indiscutible hegemonía de la flota británica, lo que le facilitará la formación de un gran imperio. Como contrapartida la marina española, que hasta ese momento había constituido una de los grandes bastiones del poderío español, entró en una decadencia absoluta derivada, no sólo de las pérdidas materiales durante el conflicto, sino de la pésima situación de la Real Hacienda. España perdió en la contienda tres buques, otros tres fueron apresados, cuatro encallaron y, aunque maltrechos, solamente cinco llegaron a puerto.
Más importantes fueron las bajas en los puestos de mando: Cisneros murió a borde del San Juan Nepomuceno, Cosme Damián Churruca, Dionisio Alcalá Galiano, Cayetano Valdés y Federico Gravina, que murió a los pocos días en Cádiz a causa de sus heridas, conforman, entre otros, el desolador vacío en los altos puestos de la marina que España hubo de aceptar, siendo insustituibles por su valía demostrada y experiencia adquirida en sucesivas maniobras.
Para Francia las pérdidas también fueron importantes teniendo en cuenta que su fuerza naval nunca fue de gran operatividad y que jamás podría haberse enfrentado a la flota inglesa en solitario. Napoleón tuvo que aceptar, de nuevo, una derrota ante su principal rival pero en su peor terreno. En años posteriores presenciará su total capitulación, poniendo fin a todas sus ambiciones.
martes, enero 24, 2012
Jose

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