La Distribución del Grupo Étnico Esquimal


El origen de los esquimales se pierde en el pasado remoto, hace bastantes milenios. Los arqueólogos parecen estar de acuerdo en afirmar que los pueblos que hoy denominamos esquimales llegaron desde Siberia al estrecho de Bering hacia el año 5000 a.C.; no obstante, la cultura esquimal más antigua conocida es la de la isla Umnak, en el archipiélago de las Aleutianas, cuyo origen data aproximadamente de hace 3.000 años.

La prehistoria esquimal registra tres periodos principales; el primer estadio es el de la denominada cultura Pre-Dorset, cuando los esquimales se extendieron desde Alaska hasta ocupar el norte de lo que hoy en día es Canadá, la península de Labrador y Groenlandia. Éstos, que al igual que las generaciones que les sucedieron subsistían de mamíferos marinos, caribúes y pescado, fueron desplazados por los pueblos de la cultura Dorset, que según todos los indicios se desarrolló en el Ártico central entre el año 1000 y el 800 a.C., y que se caracterizó por la existencia de tempranas formas artísticas vinculadas con el chamanismo y con esbozos de prácticas religiosas. Esta cultura se prolongó hasta el año 1300 de nuestra era, aunque ya cuatrocientos años antes había empezado a dejar paso a los emigrantes de la cultura llamada Thule. Los pueblos Thule ya utilizaban perros como animales de tiro y habían desarrollado las diversas técnicas de caza de la ballena que a partir de entonces constituirían la nota distintiva de algunas comunidades esquimales. Los exploradores del siglo XVII se encontraron probablemente con formas evolucionadas de esta primitiva cultura Thule. De cualquier forma, año tras año van llegando nuevos datos que completan gradualmente la prehistoria de los esquimales, a medida que los nuevos descubrimientos arqueológicos van aportando los eslabones perdidos de su evolución.

Los primeros contactos de los europeos con los esquimales fueron breves y no precisamente amistosos; consistieron en diversos intercambios con los escandinavos en Vinland (nombre con el que los vikingos bautizaron a una porción de Canadá) hacia el año 1000, y en Groenlandia a mediados del siglo XIII. Estos esquimales que conocieron los escandinavos pertenecían, según parece, a la cultura Dorset. Posteriormente, en el último cuarto del siglo XVI, el explorador Martin Frobisher contactó en el transcurso de tres viajes casi sucesivos con los esquimales de la Tierra de Baffin, pertenecientes ya a la cultura Thule. A principios del siglo XVII se efectuaron diversas expediciones que buscaban el célebre paso del Noroeste a través de la bahía de Hudson (muchas de ellas lideradas por el propio Frobisher), y que también contactaron con los esquimales; este contacto se retomó doscientos años más tarde cuando los británicos reanudaron la búsqueda de dicho paso, concretamente en 1818.

De todos modos, los daneses ya mantenían relaciones periódicas con los esquimales de Groenlandia desde 1721; primero, cuando buscaban antiguos asentamientos escandinavos; y, posteriormente, con el propósito de difundir el Evangelio y establecer relaciones comerciales con los habitantes de aquellas regiones. Los rusos, por su parte, habían entrado en contacto con los esquimales de Siberia hacia 1600, y con los de Alaska hacia 1740, y habían establecido también relaciones comerciales con ellos. A pesar de todos estos contactos, no sería hasta mediados del siglo XIX cuando se establecieron puestos oficiales de comercio con estas gentes, y sólo en los últimos cien años dichas relaciones han rebasado el ámbito de la mera aventura o de los puros intereses comerciales. Durante los siglos XVIII y XIX, los únicos móviles que propiciaron las incursiones en tierras esquimales fueron el afán evangelizador de los misioneros, pendientes de eliminar de las tradiciones aborígenes todo aquello que sonaba a pagano o a vergonzoso, y los intereses lucrativos de los comerciantes, deseosos de sacar provecho de los recursos que ofrecían aquellas tierras gélidas y remotas. Los expedicionarios, por su parte, no consideraban a los esquimales más que como una curiosidad; contaban historias fantásticas acerca de ellos, incluso llegaron a traer a Europa a algunos individuos de este pueblo, que murieron al cabo de poco tiempo.

Sólo con la llegada del siglo XX se empezaron a estudiar datos etnográficos y se intentó comprender y explicar la sociedad esquimal más allá de lo meramente anecdótico. Sin embargo, muy pocos de cuantos han afrontado esta tarea han llegado a dominar su lengua en la medida suficiente como para acceder a sus costumbres sin prejuicios; por ello, es difícil encontrar descripciones fidedignas de lo que fue la vida de este pueblo antes de que tomara contacto con los europeos. Sí, en cambio, es posible trazar un cuadro bastante preciso de lo que era la sociedad esquimal en los tiempos en los que tuvieron lugar los primeros contactos, cuando la introducción de nuevas herramientas, concepciones del mundo y enfermedades acabaron por trastornar completamente y para siempre lo que hasta entonces había sido la vida de estas gentes. Con la introducción de los inventos europeos (cafeteras, herramientas de acero, armas, pólvora, tejidos) llegaron también numerosas enfermedades (viruela, escarlatina, sarampión, gripe, sífilis, tuberculosis) desconocidas hasta entonces para ellos, que hicieron estragos en la mayoría de sus asentamientos hasta reducir la población en casi un 50%. Sin embargo, a partir de 1950 la población esquimal empezó a crecer de nuevo, y a finales del siglo XX presentaba un índice de crecimiento de más del 2% anual, muy por encima del promedio nacional de los países en los que habitaba. A ello contribuyó en gran medida el hecho de que, en 1971, el estado de Alaska promulgó una ley por la que se reconocían los títulos y derechos de propiedad de todos los nativos sobre los minerales de unos 16 millones de hectáreas de tierra, con lo que numerosos habitantes que jamás hubieran declarado tener sangre aborigen hicieron entonces todo lo posible para demostrarla, y el número de esquimales empezó a ascender rápidamente. A finales del siglo XX, los esquimales que se reconocían a sí mismos como tales estaban censados en unos 117.000: 51.000 en Groenlandia y Dinamarca, 43.000 en Alaska, 21.000 en Canadá y unos 1.600 en Siberia. Aunque no es posible precisar la población esquimal anterior a la llegada del hombre blanco, parece que su número era tan elevado como el de hoy, si no más.



Los esquimales se distinguen de los distintos grupos de indios americanos en que poseen rasgos típicos de las razas asiáticas, como por ejemplo la relativa pequeñez de las manos y los pies. Son de corta estatura y de piel bronceada, de constitución fuerte, cara ancha y chata, ojos oscuros y cabello negro y lacio. Otro rasgo distintivo de esta raza aborigen es el apreciable porcentaje de sangre del grupo B entre sus individuos, que parece estar totalmente ausente en los indios americanos. Teniendo en cuenta que el grupo sanguíneo es un rasgo hereditario, se puede afirmar que al menos una parte de la población esquimal procede de un origen distinto del de los indios y que no son, como se pensaba en un principio, un grupo indio que se desarrolló separadamente en el lejano norte. Las lenguas esquimales-aleutianas, de las cuales existen numerosos dialectos en la vasta área geográfica que ocupan, parecen también corroborar esta teoría.

La cultura esquimal tradicional muestra la total adaptación a un entorno extremadamente frío, bloqueado por la nieve y el hielo, en el que los alimentos vegetales son casi inexistentes, los árboles escasos y el caribú, la foca, la morsa, la carne y la grasa de la ballena y el pescado las principales fuentes de alimento. La precariedad de este hábitat les ha llevado a desarrollar sorprendentes mecanismos de adaptación en todos los niveles. La naturaleza, por ejemplo, les ha provisto de un mecanismo de mantenimiento del calor que les permite resistir, mediante cambios en su metabolismo, las temperaturas más extremas. Su propia lengua refleja la importancia que los recursos de supervivencia adquieren en esta sociedad; así, por ejemplo, su vocabulario incluye una gran cantidad de palabras que pueden traducirse simplemente por "blanco", término tan amplio para ellos como podría ser el término "color" para nosotros. Para los esquimales es fundamental distinguir entre numerosos tipos de color blanco, puesto que de su mayor o menor brillo, de su distinta tonalidad o matiz (inapreciable para los que no viven entre hielos) depende en muchas ocasiones el poder distinguir que el piso está sólido y que se puede caminar por él, o que ciertos bloques de nieve son los idóneos para construir una vivienda, o que el tiempo es propicio para la caza. Los individuos de esta cultura aprendieron a utilizar los únicos recursos naturales de su mundo, como la nieve, el hielo, la piedra, la madera arrastrada por las aguas y unos cuantos animales, para vivir confortablemente y casi siempre con prosperidad.

Su principal recurso de subsistencia era la caza. En familia, o en pequeños grupos, se desplazaban por territorios de cientos de kilómetros en busca de focas y osos polares (en invierno y primavera) y de ballenas y morsas (durante el deshielo). En verano se dedicaban fundamentalmente a la pesca y a principio de otoño se abastecían de los rebaños migratorios de los renos caribúes. Al margen de estos patrones generales, existían todo tipo de variantes locales y excepciones; los esquimales del norte de Alaska, por ejemplo, eran expertos cazadores de ballenas, que les aseguraban una inmensa provisión de carne en pocos días. Otros, sobre todo los que habitaban en el interior, subsistían de la caza del caribú y de la pesca durante la mayor parte del año. Usaban arpones para cazar a las focas, y se movían sobre el agua en un tipo característico de canoa unipersonal, fabricada a medida, denominada kayac, toda una obra maestra de la construcción naval. Para la caza de la ballena utilizaban unas embarcaciones mayores (de unos 9 m de longitud por 2'5 de anchura) llamadas umiaks, y los caribúes y demás animales terrestres se cazaban con arco y flechas.

La vida cotidiana de los esquimales requería una perfecta preparación física, así como un preciso conocimiento de su entorno y de los hábitos animales, junto con mucha habilidad y paciencia. Durante el verano vivían en tiendas fabricadas con pieles de animales, y en invierno habitaban en los típicos iglúes con forma de cúpula (iglú significa "casa" en lengua esquimal), construidos con bloques de nieve, o en casas semisubterráneas de piedras y tierra sobre estructuras de madera o de huesos de ballena. Todas estas construcciones tenían su entrada a ras del suelo (puesto que el aire caliente se desplaza hacia arriba), lo que contribuía a conservar el calor humano y el producido por una llama que quemaba aceite de foca en una vasija de esteatita. Curiosamente, los exploradores que llegaron a visitar alguna de estas viviendas afirmaron que eran demasiado calurosas. Su principal medio de transporte eran los trineos tirados por perros, y confeccionaban sus ropas con pelaje de caribú, que les proveía de protección contra el frío extremo.

La unidad básica económica y social de los esquimales era la familia nuclear. Los matrimonios se efectuaban por lo general según la libre elección del individuo y la costumbre más frecuente era la monogamia, aunque también se daban tanto la poliginia como la poliandria. La importancia del matrimonio era inestimable como recurso al servicio de la supervivencia. En primer lugar, permitía una estricta división del trabajo y, por tanto, un reparto equitativo del gasto de energía; las mujeres se encargaban del cuidado de los niños, de preparar la comida, de coser los vestidos y de curtir las pieles, que ablandaban a mordiscos, según algunos en un intento de aprovechamiento extremo de los restos de sustancias alimenticias contenidas en el cuero. Los hombres, en cambio, fabricaban los utensilios, construían las viviendas, cazaban y descuartizaban a los animales. En segundo lugar, la formación de una familia suponía contar de forma inmediata con un conjunto de aliados de gran valor para sobrevivir; en una sociedad de cazadores como la suya, la riqueza no se contaba en posesiones materiales, sino por el número de hermanos en quien el individuo podía apoyarse moral y físicamente. La enfermedad o la mala fortuna en la caza podían compensarse compartiendo el alimento con los hermanos, y por ello desarrollaron mecanismos mediante los cuales un esquimal que tuviera pocos o ningún hermano podía adquirirlos de varias maneras: compartiendo su mujer con otro hombre, ofreciendo un hijo suyo a otro, o aceptando como hijo adoptivo al hijo de otro esquimal. De este modo, una familia pobre podía confiar a otra familia más pudiente al hijo que ella misma no podía alimentar. Con todo, si eso no era posible, los padres decidían inmediatamente después del nacimiento, antes de darle nombre y de considerarle persona, abandonar a la criatura en la nieve. En el caso de los ancianos o los enfermos, parece ser que en ocasiones ellos mismos, conscientes de ser un lastre para la familia que dependía de su movilidad para sobrevivir, pedían al grupo que les ayudaran a morir. En casos extremos de hambruna, se sabe que los miembros más ancianos del grupo se sacrificaron voluntariamente para que la generación de los aptos para la caza se alimentara con su carne y se librara de la extinción.

Su dieta constaba exclusivamente de carne y pescado, que comían crudos, congelados o ligeramente hervidos, incluso a veces pasados, como hacen los europeos con la caza mayor o con los quesos fermentados. La foca constituye su principal recurso de subsistencia; de ella obtienen carne grasa, altamente energética, además de grasa combustible para las lámparas, pieles para el vestido y el calzado, cuero para revestir las embarcaciones y las tiendas, cordones e hilo de tendón y huesos para los utensilios y armas. Cuando los cambios climáticos hacían emigrar a las focas durante una temporada larga, poblaciones enteras morían de hambre.

La ley social básica era la obligación de prestar ayuda a la familia. Como medio de control social se practicaba el escarnio público y, en casos extremos, el ostracismo o incluso la muerte. En ocasiones, como forma de controlar los conflictos, se celebraban combates de lucha o confrontaciones de canto, en las cuales los contendientes en pugna exteriorizaban sus insultos. Las alianzas entre miembros del grupo no emparentados se mantenían y consolidaban mediante el intercambio de regalos. En su forma más elevada, esta práctica podía llevar al jefe de una familia a ofrecer la oportunidad de mantener una relación sexual temporal con la mujer adulta mejor considerada de su familia, pero la mujer conservaba siempre el derecho de rechazar tal relación si no era de su agrado.

Los esquimales poseían formas religiosas desarrolladas de tipo animista, en cuyas ceremonias eran fundamentales la música y los cánticos mágicos, que se acompañaban con una especie de tambor plano o pandereta que tocaba el chamán. También es famosa, desde tiempos prehistóricos, la esmerada artesanía de este pueblo: tallaban el marfil que obtenían de las morsas y ballenas para confeccionar pequeñas representaciones de personas y animales, máscaras ceremoniales, etc., cuya venta ha llegado a convertirse en un importante recurso económico y de comercio con los pueblos más civilizados.


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