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La Batalla de Waterloo

La Batalla de Waterloo fue una confrontación librada el 18 de junio de 1815 que ha estado considerada como uno de los enfrentamientos bélicos de mayor importancia en el desarrollo de la historia europea. Los contendientes en la lucha pusieron en juego todo su arsenal militar y estratégico al servicio de la victoria final, victoria en la que, más que el enfrentamiento entre dos rivales militares, se decidía el futuro del continente entre dos ideas antagónicas: la imperial y la estatal.

Los inicios del conflicto.

Napoleón Bonaparte (1769-1821) era un joven general del ejército francés cuyos sonados éxitos en las campañas de Italia (1793-1797) y Egipto (1798-1799) le habían alzado a una posición importantísima dentro del Directorio, órgano consensuado del gobierno francés que puso fin a los desmanes jacobitas tras los ecos de la Revolución. Desde su regreso a París y después de dar un golpe de estado, el famoso golpe del 18 de Brumario en 1799, su valía militar y su carisma como gobernante le había hecho saltarse las normas de gobierno colegiado, primero para ser elegido Cónsul Vitalicio (1802) y después emperador (1804), pasando enseguida a sojuzgar a todos los estados europeos bajo su obediencia. Sin embargo, éstos habían tomado rápidamente conciencia del peligro que para sus intereses representaba la figura del emperador francés, por lo que una coalición formada por tropas de la gran mayoría de países (Rusia, Gran Bretaña, Austria y Prusia, entre otros) había logrado restituir el gobierno monáquico en Francia en la persona de Luis XVIII y enviar a Napoleón al destierro en la isla de Elba, medidas todas ellas tomadas en el Congreso de Viena (1814). Los legados europeos enviados a dicho congreso continuaron discutiendo los pormenores del reparto territorial tras la nueva situación durante casi un año, en el que todos se congratulaban por haber acabado con la amenaza napoleónica.


Sin embargo, en febrero de 1815, saltó la inesperada noticia: Napoleón se había escapado de la isla de Elba y regresaba a Francia, donde contaba con el apoyo de los miles de veteranos de guerra que habían permanecido leales a su causa tras la imposición del monarca Luis XVIII. Apenas un mes más tarde, y tras la huida de Luis XVIII, Napoleón Bonaparte entró en París, acompañado por una ferviente multitud de partidarios, y asumió el poder absoluto del estado francés. Esta última fase de su mandato es conocida en la historia como Período de los Cien Días.

Los preparativos militares.

La noticia despertó tanto las iras como los temores de los congresistas vieneses, aunque no tardaron mucho en decidir la movilización de un enorme contingente militar (más de 500.000 soldados procedentes de todos los países europeos) para proceder a la invasión de Francia, que habría de llevarse a cabo a finales de junio de 1815, buscando un castigo ejemplar para el osado emperador francés. Bonaparte, lejos de amilanarse, movilizó a su vez en apenas unas semanas a 300.000 soldados que tomarían el inmediato destino de la frontera con Bélgica, en un intento de abortar la construcción del ejército europeo de la Coalición antiimperialista. Utilizando sus dotes de hábil estratega, Napoleón logró asentar a más o menos la mitad de sus hombres en territorio fronterizo dentro del más sigiloso secreto, pretendiendo dividir a las tropas que se encontraban en territorio belga al mando del mariscal prusiano Blücher, establecidas en Namur, y del general británico Arthur Wellesley, duque de Wellington, establecidas en Bruselas.

Así pues, el 15 de junio de 1815 Bonaparte cruzaba, al mando de sus tropas, la frontera belga, en una inesperada maniobra de ataque que sorprendió a los dirigentes de la Coalición. El emperador francés venció la resistencia de unos pocos puestos de vanguardia establecidos en el camino y se presentaba sobre el territorio con un impresionante ejército, que contaba además con la dirección de dos prestigiosos militares: el mariscal Michel Ney, a cargo del ala izquierda, y el general Emmanuel de Grouchy, al mando del ala derecha. Mientras que la vanguardia comandada por Bonaparte continuaba su arrollador avance sobre los destacamentos prusianos establecidos en Charleroi, Ney atacó las tropas de Wellington en Bruselas (concretamente, en su cuartel general de Quatre-Bas, al norte de Charleroi) y Grouchy deshacía la amenaza de la brigada prusiana situada en la ciudad de Gilly (al este de Charleroi). De este modo, las tropas napoleónicas cortaban cualquier tipo de enlace entre Wellington y Blücher, a la vez que quedaban situadas en posición central para repeler cualquier tipo de ofensiva que viniese por el oeste y contaban, además, con la llegada inminente de refuerzos (unos 100.000 soldados, entre ellos la temida Vieja Guardia napoleónica) que Bonaparte había dejado en Francia.

Los enfrentamientos en Ligny y en Quatre-Bas

Tras ser las tropas prusianas derrotadas en Fleurus (cerca de Charleroi) el 16 de junio, el mariscal Blücher se trasladó a la ciudad de Ligny, al oeste de Namur, desde donde procedió a reorganizar su ejército. Napoleón tuvo noticias de ello, ya que los servicios de espionaje napoleónicos eran, naturalmente, los mejores de toda Europa, y urdió su estrategia definitiva. Las tropas de vanguardia, comandadas por él mismo, atacarían en Ligny a Blücher, mientras que Ney haría lo propio con las tropas de Wellington en Quatre-Bas, manteniendo una fuerte reserva de hombres en retaguardia por si fuese necesaria su entrada en apoyo de alguno de los dos contingentes. El plan se completaba con la unión de ambos ejércitos en Bruselas, que sería tomada triunfalmente.

La acción tuvo lugar el propio día 16 de junio. Blücher resistió el primer envite, por lo que Napoleón ordenó a Ney, que a su vez había comenzado la lucha sobre Quatre-Bas, el envío urgente de tropas de apoyo. Debido a varias confusiones entre los mensajeros napoleónicos, el destacamento de apoyo, al mando del general Drouet, conde D´Erlon, atravesó los campos de batalla sin llegar a intervenir en la lucha. Por ello, aunque finalmente Napoleón consiguió derrotar a Blücher, su ejército había sufrido graves bajas y los prusianos quedaban aún en condiciones más que sobradas de presentar batalla.

El inexplicable error cometido con los refuerzos no fue sufrido únicamente por la vanguardia bonapartista. En Quatre-Bas, Ney había esperado inútilmente el ataque de las tropas de refuerzo que, en plena confusión, también eran las formadas por el conde D`Erlon. Esta espera sirvió para que Wellington sí recibiese el apoyo de contingentes holandeses y británicos, sobre todo soldados de caballería. Debido a ello, cuando Ney, apremiado por la inminente llegada de la oscuridad nocturna, ordenó el ataque sobre Quatre-Bas, fue bruscamente rechazado por Wellington que, además, pasó al contrataque y obligó a las tropas de Ney a retirarse hacia el sur, concretamente a la ciudad de Frasnes.

A partir de ese momento, Wellington quedaba al mando de la Coalición, una vez mostrada su valía estratégica. El general británico decidió la unión de sus tropas con Blücher pues era plenamente consciente de que la estrategia de Napoleón era debilitarlos por separado, pero pensaba que el ejército de la Coalición unido acabaría aplastando al francés. El punto de unión de ambos contingentes era la ciudad de Mont-Saint-Jean, al sur de Waterloo. El general Wellington puso en marcha a sus hombres el mismo día, no sin antes dejar varios destacamentos en la ciudad con la intención de sembrar la confusión entre las tropas de Ney e intentando que la reorganización de su ejército fuera inadvertido ante los ojos franceses. A la vez, las tropas de Blücher iniciaban lo que parecía ser un repliegue tras la derrota sufrida.

Al tener conocimiento de la nueva situación, Napoléon ordenó a Ney que atacase primero los destacamentos de Quatre-Bas y, tras ello, se lanzara en persecución de Wellington. A su vez, Grouchy estaba encargado de detener el avance de Blücher, en un desesperado intento de cortar la unión de ambos contingentes. Ninguna de las dos acciones se llevó a cabo con éxito, con lo que Napoleón tuvo que observar cómo las tropas de la Coalición se encontraban perfectamente atrincheradas y en posición de ataque en la mañana del 18 de junio, en Mont-Saint-Jean. La desconexión de las diferentes alas del ejército napoleónico había provocado la desigual confrontación.

El combate final: Waterloo

Cuando al mediodía del 18 de junio comenzó la batalla, las estrategias militares de ambos contendientes estaban claramente definidas:

1- Napoleón pretendía tomar Mont-Saint-Jean con rapidez y desplazar las tropas de Ney hacia el camino de Bruselas. De esta forma, entorpecerían la unión de Wellington con Blücher y estarían en disposición de, mediante una maniobra envolvente, destrozar al ejército de Wellington atacando su retaguardia con los soldados de Grouchy.

2- Wellington debía resistir lo máximo posible el severo ataque frontal al que le iba a someter Napoléon, alargando el combate en espera de la llegada de los refuerzos prusianos de Blücher, con lo que las tropas de la Coalición doblarían en número a las napoleónicas. Una vez conseguido esto, se trataba de esperar cualquier movimiento en falso de las alas francesas para descargar allí la ofensiva final, rebasando la línea de vanguardia napoleónica.

El desarrollo bélico de la confrontación fue tan previsible como las estrategias militares. El brutal ataque de Napoleón provocó graves bajas a Wellington, aunque el pertrecho de la montaña servía de escudo natural a su posición. A media tarde, las tropas de enlace prusianas sufrieron el ataque de Grouchy, pero el mayor contingente, hábilmento oculto en la retaguardia y al mando de Blücher, atacó a su vez la debilitada ala derecha napoleónica.

Napoleón jugó su última baza ordenando el ataque sobre el ejército de Wellington de sus soldados más preciados: la Vieja Guardia. Al fracaso de los ataques franceses se sumaron nuevas reagrupaciones y contrataques napoleónicos que llegaron a poner en severos aprietos al contingente anglo-holandés, pero los prusianos rebasaron, casi en la penumbra del día, el flanco derecho de las tropas imperiales, lo que puso fin a la batalla. Napoleón consiguió escapar con vida gracias al sacrificio de su guardia personal. El resto de su diezmado ejército emprendió la retirada hacia Charleroi, perseguidos brutalmente por prusianos y británicos. Mientras, en el campamento central de la Coalición, Blücher y Wellington brindaban por su éxito, acompañados por los gobiernos autoritarios de toda Europa.


Las consecuencias de Waterloo

El Período del Imperio de los Cien Días finalizó el 22 de junio de 1815, cuando Napoleón Bonaparte firmó su segunda abdicación imperial por la que se volvía a restaurar la monarquía francesa en la persona de Luis XVIII. La Coalición aceptó la rendición de Napoleón a cambio de condenarle al destierro en la lejana isla de Santa Elena. Allí acabó sus días el emperador, no sin dejar de pensar por qué había tardado tanto tiempo en reorganizar sus tropas en Charleroi o por qué el conde D´Erlon no había participado en ninguno de los primeros ataques.

Las consecuencias políticas de la victoria de los estados fue la instauración plena de las monarquías autoritarias en Europa, abandonando cualquier ideal de cambio propugnado por la Revolución francesa, si se toma el Imperio como su fin último. Por lo que respecta a las bajas, la horrible guadaña de la guerra se había llevado por delante las vidas de más de 200.000 europeos, además de provocar un declive demográfico del que el Viejo Continente tardaría décadas en recuperarse, revelándose así la batalla de Waterloo como una de las más cruentas de la Historia reciente.

Fuente: Espasa

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