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Causas del Nacimiento de la República de China

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Las causas que provocaron la caída de la última dinastía china, los Qing, se gestaron desde mediados del siglo XIX. En esta época, el tradicional inmovilismo que había caracterizado durante siglos el devenir del Imperio comenzó a tambalearse bajo la sacudida de dos procesos diferentes pero al mismo tiempo estrechamente relacionados: por una parte, la propia evolución de la sociedad, que aunque lenta, terminó finalmente por desbordar el rígido marco político e institucional cercano al feudalismo en el que apenas podía desenvolverse; por otra, la decisiva influencia extranjera en el país, tanto por parte de las potencias occidentales como su vecino Japón.

En efecto, la influencia extranjera fue mayor a medida que avanzó este siglo, en una escalada que pasó desde los primeros establecimientos europeos con fines comerciales, principalmente concedidos a Inglaterra, hasta el desencadenamiento de los conflictos armados con estas potencias: las dos Guerras del Opio (1839-1842 y 1856-58), la Guerra Chino-francesa (1882-1885), la Guerra Chino-japonesa (1894-1895) y el levantamiento Bóxer (1900-1901), conflictos cuyas principales consecuencias fueron el desprestigio del régimen imperial y la constatación de su debilidad frente a Occidente, plasmada en fenómenos claramente desfavorables para los intereses chinos como la firma de los Tratados Desiguales o la época conocida como el “Despojo de China”.

Paralelamente a este proceso, en la China decimonónica la inestabilidad y el caos comenzaron a manifestarse con mayor fuerza desde mediados del siglo ante la incapacidad del Gobierno imperial para dar respuesta a las contradicciones que albergaba en su seno. La gran Rebelión Taiping (1850-1864), además de ocasionar enormes devastaciones materiales, mostró hasta qué punto la dinastía reinante habían perdido su halo de legitimidad entre el pueblo, dando origen a un fuerte sentimiento antimanchú entre amplios estratos de población. El posterior intento de autofortalecimiento político y modernización económica (1860-1880) fracasó debido a la falta de las imprescindibles infraestructuras y sobre todo, de un verdadero espíritu de reforma en la élite del país. En consecuencia, cuando un reducido pero capaz grupo de intelectuales, personificados en la figura de Kang Youwei, intentó llevar a cabo desde el poder las necesarias reformas (“los Cien Días de Reforma” de 1898) que habrían podido abrir un tímido camino de transformación, la reacción de la clase dirigente, liderada por la influyente emperatriz Cixi, abortó toda acción encaminada a alterar sustancialmente la situación política.


Pese a todo, durante la primera década del siglo XX el régimen imperial dio pasos en la dirección de modernizar su sistema político, basándose principalmente en los ejemplos japonés y ruso. El programa de las “Nuevas Políticas” (1901) propuesto por Zhang Zhidong incluyó la abolición del antiguo sistema de exámenes civiles (1905), una reforma ministerial, sustituyendo los Seis Consejos tradicionales por once ministerios al modo occidental, y la promesa de redactar más adelante un texto constitucional (septiembre de 1906). En agosto de 1908 la emperatriz Cixi anunció la puesta en marcha de un periodo de nueve años hasta la introducción de la constitución y la convocatoria inminente de una asamblea consultiva nacional elegida por sufragio, aunque eso sí muy restringido. El paso previo fue la formación de asambleas provinciales (octubre de 1910) en cuyo seno se reunieron las élites locales de mentalidad más pragmática: comerciantes, burguesía e intelectuales; en estas asambleas se comenzó a discutir sobre constitucionalismo y autogobierno, aunque hay que señalar que el alcance real de lo que en ellas se trataba estaba muy limitado debido al carácter minoritario de estas clases sociales. La muerte de la emperatriz-viuda y el emperador Guangxu tampoco favoreció en nada el desarrollo ulterior del programa constitucional, ya que la Corte quedó en manos de príncipes manchúes reacios a todo intento de reforma.

Mientras en las ciudades los estudiantes, clases medias e intelectuales comenzaron a adquirir tímidamente una conciencia de su propia fuerza, una cualificada parte de la intelectualidad china que se había formado en Japón se convirtió en el principal foco del pensamiento revolucionario; en el exilio de Tokio, surgieron partidos y sociedades secretas desde las que se fomentaba la difusión de sus ideas a través de panfletos y periódicos clandestinos, así como se conspiraba contra el régimen imperial. La Liga Revolucionaria de China o Liga Unida (Tongmeng Hui) del doctor Sun Yat Sen unificó la mayor parte de estas pequeñas organizaciones. Sin embargo, esta formación política daba cabida a distintas ideologías, desde grupos cercanos al anarquismo hasta la corriente de pensamiento tradicional basada en el confucianismo y partidaria de una monarquía constitucional, pero todas ellas con un denominador común: su sentimiento antimanchú, en la convicción de que derrocar a la dinastía reinante constituía el primer paso imprescindible cualquiera que posteriormente fuera la senda política a seguir. Para Sun Yat Sen, dicha senda debía basarse en tres grandes principios, cimientos de su programa revolucionario: nacionalismo, democracia y “bienestar del pueblo” (eufemismo de socialismo). Estos principios debían concretarse en la construcción de un Estado nacional, libre y soberano, es decir, siguiendo el modelo occidental; sin embargo, no suponían en realidad la definición de una ideología concreta, porque ante todo buscaban aglutinar bajo su liderazgo a todas las tendencias antimperialistas de cara a los acontecimientos revolucionarios que se avecinaban.

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