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Mapa de la Colonización o Reparto de África [Scramble for Africa Map]

Con el término Reparto de África, la historiografía denomina el proceso por el cual las principales potencias europeas, principalmente Gran Bretaña y Francia, extendieron sus intereses políticos, económicos y geoestratégicos sobre el continente africano fruto de la rivalidad permanente de ambos países por imponer su hegemonía. De forma más concreta y, sin duda, más acertada, el concepto del Reparto de África señala un espacio temporal situado entre 1884 y 1904, fecha de la firma del acuerdo franco-británico que estableció la Entente entre ambos países, que coincide con el período de la Historia Contemporánea denominada época del Imperialismo, durante el cual todas las potencias del continente europeo, en mayor o menor medida, se ven envueltas en serias rivalidades por el dominio territorial de regiones del continente africano. La Conferencia de Berlín celebrada en dicha ciudad desde noviembre de 1884 hasta febrero de 1885, a la cual asistieron catorce países, señala el punto culminante de la expansión europea en África y la necesidad de determinar, sobre el propio mapa africano, unas bases mínimas fundamentales que estableciesen y regulasen las condiciones del reparto, autoridad y dominio.

La presencia de los europeos en el continente africano a principios del siglo XIX, e incluso con anterioridad a esta fecha ( puesto que las primeras incursiones europeas datan del siglo XV y estuvieron protagonizadas por portugueses, que en 1415 ocupan Ceuta, y por españoles, que en 1497 se sitúan en Melilla y otros puertos pesqueros del Magreb), había quedado reducida a núcleos costeros, principalmente, al área mediterránea, donde existían estados islámicos todos ellos, en mayor o menor grado dominados bajo la soberanía del Imperio turco.

A pesar de ello, a lo largo de la costa occidental se habían ido estableciendo verdaderas colonias en regiones territoriales de Senegal, Gambia, Sierra Leona y Angola, en las que se habían instalado numerosas factorías comerciales. En líneas generales estos dominios habían respondido a las necesidades despertadas por el importante comercio de esclavos que durante siglos había provisto de mano de obra, para su traslado a las colonias americanas. Sin embargo, la decadencia de la trata de esclavos, aún cuando esta no cesó hasta 1860-1870, reducía el interés de los europeos por el continente africano. El comercio de la nuez, de cocos y del aceite de palma se había establecido paralelamente, pero su importancia siempre fue bastante limitada. En general, solamente en la colonia de El Cabo, situada en el África austral, era previsible que los europeos penetraran ampliando sus dominios.

África islámica-mediterránea

La situación política de esta extensa área geoestratégica apenas había variado durante siglos. Desde Argelia hasta Trípoli los territorios continuaban sometidos al Imperio turco a excepción, en el Magreb, del Imperio de Marruecos, que se había establecido bajo la dinastía de los alauita desde el siglo XVII en el Sultanato, constituyendo un reino independiente, y de Egipto, país autónomo gobernado por Mehemet Alí desde 1805 hasta 1847. No obstante, la acción colonial europea se activó en esos momentos y en esa región por parte de franceses e ingleses.

Argelia y Túnez fueron los destinos elegidos por franceses para extender su dominio. Los franceses mantenían relaciones comerciales con los argelinos a los que acusaban de ejercer la piratería. El gobierno francés utilizó dicho pretexto para enviar una expedición militar a la región en 1830, que en realidad se convirtió en una ocupación efectiva de la ciudad y a pesar de la oposición del dirigente nacionalista Abd-el-Kader, los franceses lograron la incorporación total del territorio hacia 1857. Posterior a la ocupación militar desde 1870 se dio lugar el poblamiento francés del territorio con la afluencia constante de colonos. En cuanto a Túnez, los franceses establecieron un régimen de protectorado, tras firmar el Tratado de Bardo con el Bey de Túnez en 1881.

El caso de Egipto fue mucho más complicado. Tras haber logrado su independencia del Imperio turco, como ya se indicó, Mehemet Alí y sus sucesores, llevaron a cabo políticas importantes que lograron una auténtica modernización del país, con la construcción de carreteras, puentes y otra serie de obras públicas. Pero la mayor parte de los capitales necesarios para la realización de todas estas obras procedieron de inversiones occidentales, por lo que la independencia del país era más que nada teórica. En 1854, Egipto entregó al antiguo cónsul francés, Ferdinand Lesseps, la concesión para construir el Canal de Suez. Desde ese momento los intereses ingleses en Egipto, que también había contribuido con fuertes inversiones de capital, se vieron fuertemente comprometidos con los intereses franceses, puesto que el control del futuro Canal revestía un problema en la ruta inglesa hacia la India.

El endeudamiento progresivo del jedive Ismail y su intentó de sustraerse de la influencia extranjera, trajo consigo su derrocamiento y desde entonces Egipto quedó gobernado por dos comisarios nombrados por Francia e Inglaterra en un sistema que llegó a ser conocido como el Doble Control, mientras se creaba una comisión internacional de la deuda. El momento esperado por los ingleses para establecer su preponderancia en la región frente a los franceses llegó en 1882. En ese año una revuelta nacionalista bajo el mando del coronel Arabí Pachá amenazó el dominio occidental. El parlamento francés se negó a conceder más créditos para la expedición por lo que los ingleses se vieron obligados a actuar de manera unilateral, derrotando la insurrección y recuperando el control efectivo sobre Egipto. Sin embargo, para dominar las finanzas egipcias dependía de la mayoría adoptada por la comisión de la deuda, por lo que Alemania tenía la posibilidad de regatear su voto. Así fue como Egipto se convirtió en uno de los factores clave del Reparto de África que obligaría la celebración de la Conferencia de Berlín.


África Subsahariana

De nuevo los primeros asentamientos costeros en este área del continente africano fueron protagonizados desde el siglo XV por españoles y, en mayor medida, por portugueses. De igual forma estos puntos geográficos tenían su importancia como bases intermedias y complementarias de las rutas ultramarinas hacia Asia y América. En el siglo XVII llegaron a estas costas africanas holandeses, franceses e ingleses. Los holandeses fundan en 1652 la colonia de El Cabo, Francia crea en 1634 la Compañía del Senegal y se instala en San Luis tres años después, en 1677 en Gorée, extendiéndose por la costa de Guinea, donde también están los españoles (tras el Tratado de San Ildefonso y El Pardo (1777-1778) por los cuales Portugal cedió las islas de Fernando Poo y Guinea Ecuatorial), mientras Inglaterra estableció sus primeros asentamientos en Gambia en 1618 y en Costa de Oro en 1673, ocupando Sierra Leona.

La situación política del continente africano en los albores del siglo XIX reflejaba la existencia de estados más o menos desarrollados entre los cuales podemos citar: en Abisinia el reino de Etiopía; en la región sudanesa los sultanatos de Darfur y Wadai, y el reino de Bornu, así como los estados Haussas; y en la zona occidental los estados Fatu-Jalón, Kaarta, Segú y Masina. Más al sur, en la región guineana atlántica los estados principales eran: Ashanti, Dahomey, Yoruba y Benín; y desde el África central hasta África austral se encontraban los estados de la civilización bantú: los reinos de Luba, Lunda y Kuba, en la región de los lagos los reinos de Ruanda, Burundi y Buganda, en la costa atlántica el reino del Kongo y más al sur el reino de Benguela. Por último, ya en África austral el reino más importante era el Zulú, mientras que en la región oriental existían el sultanato de Zanzibar y el reino de Merina.

Las incursiones hacia el interior de los territorios del continente africano por parte de las potencias europeas comenzó en el siglo XIX pues, como ya ha sido destacado, con anterioridad su presencia se reducía a territorios costeros del África subsahariana. Las expediciones científicas fueron pioneras en el proceso de penetración. No obstante, es necesario advertir que en muchos casos estas no respondían a fines tan altruistas como el avance de la ciencia sino a intereses propiamente mercantiles y comerciales patrocinados directamente por los gobiernos de cada país con el fin de descubrir todas las posibles riquezas materiales que un nuevo continente evidentemente podía proporcionar. El conocimiento geográfico, con el establecimiento de mapas más o menos precisos, fue un arma de incalculable valor utilizado con posterioridad para el establecimiento del dominio europeo sobre esta amplia extensión territorial.

En África occidental hasta el golfo de Guinea los franceses centraron su acción colonial primeramente en Senegal, donde la labor del gobernador Faidherbe, desde 1854, posibilitó la utilización de esta región como base para extender la ocupación francesa hacia el interior sudanés y, a partir de 1880, en dirección hacia Níger y Tombuctú, sobre zonas como Dahomey, Costa de Marfil y Guinea. Mientras que Gabón sirvió de base para penetrar e incorporar el norte del Congo. Los Británicos establecieron colonias en Sierra Leona, Costa de Oro y la colonia de Lagos en Nigeria, desde donde penetraron hacia el interior de Níger, donde chocaban con los franceses. España establecida definitivamente en Fernando Poo y Alemania que estableció en 1884 su soberanía sobre Togo y Camerún, completó el conjunto de potencias con intereses directos en esta área. Las rivalidades a lo largo del continente crecieron de forma directamente proporcional a las ambiciones territoriales. En África ecuatorial o central, la situación fue verdaderamente alarmante sobre todo en la vasta región del Congo, dominio de Leopoldo II de Bélgica, gracias a los tratados firmados con los indígenas y a las exploraciones realizadas bajo su patrocinio Stanley. Aún así, Francia presionaba por el norte desde Gabón, los Ingleses lo hacían por el sureste desde los grandes lagos, Alemania desde Camerún, a lo que se añadía la ambición portuguesa desde Angola.

En África oriental, desde las costas del mar Indico, los franceses ocuparon Obock, en la costa de Somalia e impusieron un protectorado sobre la monarquía malgache de Madagascar, los italianos se establecieron en Eritrea y Somalia, Alemania se instaló en Tanganica entrando en rivalidad con Inglaterra que fue penetrando a través del Nilo hacia Sudán, controlando los reinos de Buganda y Kenia, Mauricio y las Seychelles y estableciendo la Somalia británica.

En África Austral los portugueses estaban asentados en Angola y Mozambique, territorios separados por Rhodesia perteneciente a los británicos, convirtiéndose en un foco de conflicto continuo. Más al sur la situación alcanzó grados de complejidad mayúscula por la presencia de dos poblaciones europeas de distinto origen, por un lado los boers, descendientes de los colonos holandeses fundadores de El Cabo en 1652, y, por otro lado, los ingleses que se habían asentado en los territorios de los bantúes. Sin embargo, a finales del siglo XVIII los ingleses penetraron y ocuparon El Cabo, cuya soberanía les fue reconocida a nivel internacional por el Congreso de Viena de 1815. Desde ese momento, y a lo largo del siglo, el imperialismo británico en la región provocó sucesivos enfrentamientos contra los boers y los bantúes que culminaron en la llamada Guerra de los Boers (1899-1902).

Después de haber detallado la localización geográfica de cada una de las potencias europeas que mantenían intereses en el continente africano, independientemente del tamaño de sus territorios, las consecuencias no podían ser otras que el estallido de constantes conflictos que podrían derivar en una guerra general si entendemos las rivalidades imperialistas como una extensión de las propias rivalidades que las potencias mantenían dentro del propio continente europeo a nivel político y económico, sobre todo, con el desarrollo del capitalismo más feroz. Por este motivo, a instancias de Francia y Alemania se convocó la celebración de una Conferencia que tendría lugar en Berlín con el objetivo de determinar distintos aspectos problemáticos que a lo largo del desarrollo colonial durante el siglo XIX habían hecho acto de presencia pero cuya problemática se agudizaba según los planes expansionistas de cada país, en muchos casos coincidentes.


La Conferencia de Berlín (1884-1885)

Convocada conjuntamente por Francia y Alemania se inauguró en la ciudad de Berlín el 15 de noviembre de 1884, con el deseo de establecer un espíritu de entendimiento mutuo sobre las condiciones más favorables para el desarrollo, por parte de los países interesados en las cuestiones africanas, del comercio y la navegación, así como fijar las normas internacionales ante las nuevas tomas de posesiones que completaran el reparto colonial de África. A ella asistieron catorce países de los cuales, solamente Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal, Bélgica y, en menor medida, Holanda mantenían intereses directos. El resto de países asistentes poseían intereses prácticamente insignificantes como era el caso de Austria-Hungría, Italia, Rusia, Suecia, Noruega, España, Turquía y Estados Unidos. Ningún estado africano estuvo representado.

En realidad, los dos problemas básicos centrales de la Conferencia afectaban, por un lado, a la cuestión de la soberanía territorial y de los países que podían tener derecho, en principio, a ocupar los territorios africanos interiores para su permanente establecimiento y, por otro lado, directamente relacionado, se planteaba la cuestión del Imperio colonial continuo, es decir, la pretensión de cada país de formar y poseer grandes ejes coloniales contiguos. Sobre el primer aspecto existían dos grupos de países según su posicionamiento. Por un lado, las potencias que ya poseían territorios en las costas africanas reivindicaban su derecho y prioridad a penetrar en la zona interior, pero, un segundo grupo de países, defendían la ocupación territorial efectiva y el establecimiento firme sobre el territorio. En cuanto al segundo de los problemas planteados, sobre el deseo de establecer un imperio continuo, las dificultades de llegar a un entendimiento eran aun mayores si cabe, puesto que existían al menos tres proyectos, en la práctica incompatibles. Francia deseaba establecer un eje colonial continuo oeste-este, es decir, desde Senegal y Gabón, por el Sahara y Sudán, hacia Somalia; Portugal deseaba un eje continuo en África, al sur del ecuador, entre Angola y Mozambique; mientras que Gran Bretaña tenía proyectado la creación del eje norte-sur, entre El Cairo y El Cabo por África Oriental, Central y Austral que, finalmente, se impondría tras el ultimátum dado a Portugal en 1890 y el incidente de Fashoda en 1898 frente a Francia.

El Acta final elaborado después de varios meses de reunión que finalizó en febrero de 1885, determinó el reconocimiento del Estado libre del Congo de Leopoldo II de Bélgica, la libre navegación por las cuencas del Congo y Níger, la libertad de comercio en África Central y el derecho efectivo de ocupación.

El definitivo reparto colonial de África 1885-1904

A pesar de las conclusiones alcanzadas en la Conferencia de Berlín, el definitivo reparto del continente africano que culminó en este período, continuo provocando enfrentamientos en cuanto a los intereses de cada potencia, si bien es cierto que, en la mayoría de los casos, se concretaron acuerdos y tratados entre las partes en litigio que evitaron el enfrentamiento bélico directo.

La rivalidad franco-británica continuó concretada en África occidental, central y oriental. Los franceses continuaron su expansión desde Senegal hacia el interior, ocupando Segú y el Imperio Tukular en 1890-1891, Masina del sultán Ahmadu, en 1893, Tombuctú, el alto Níger y Dahomey en 1894, el estado de Samory en Guinea, en 1898, más al sur, ya situados en Gabón y en el Congo Norte, ocuparon el Estado de Rabah en Chad, en 1900 y parte de África ecuatorial en 1910, y desde Somalia se anexionaron la totalidad de las Comores en 1886 y Madagascar en 1896. Por su parte, los británicos ya asentados en Gambia, Sierra Leona, Costa de Oro y Nigeria, ante el avance francés penetraron, aún más, al norte e interior de Costa de Oro en 1895, Lagos en 1897 y al interior del Níger en 1901, dominaron definitivamente Sudán en 1898, tras la toma de Khartum y la expulsión de los franceses de Fashoda. Este conflicto adquirió una relevancia significativa a nivel internacional pues, tras la crisis, franceses y británicos establecieron sucesivas convenciones para delimitar zonas de influencia y fronteras que culminaron en el Tratado anglo-francés de 1904, por el cual se resolvieron las fronteras entre Senegal y Gambia y se reconocieron, respectivamente, los derechos de Inglaterra sobre Egipto y de Francia sobre Marruecos y todo el Magreb. Este Tratado adquirió una trascendencia aún mayor al constituir la Entente entre ambos países que se mantuvo durante la Primera Guerra Mundial.

El resto de territorios dentro del área geográfica señalada quedaron repartidos entre italianos, que ocuparon Eritrea y Somalia, siendo derrotados en la batalla de Adoua en 1896, en su intento de ocupar Etiopía (que quedó de esta forma junto con Liberia como únicos estados africanos independientes del poderío imperialista europeo) y alemanes, que llegaron a un acuerdo con los ingleses, en 1890, repartiendo África oriental en dos zonas de influencia: Tanganica, Ruanda y Burundi como territorios alemanes y Kenia, Uganda y Zanzibar como posesiones británicas.

La rivalidad entre ingleses y portugueses en África austral alcanzó su punto álgido en la llamada crisis del mapa rosa o crisis del ultimátum. La pretensión portuguesa de ocupar los territorios interiores de África entre Angola y Mozambique, chocó frontalmente con el imperialismo británico y su proyecto de establecimiento del eje norte-sur, El Cairo-El Cabo. El ultimátum británico dictado en 1890 contra los portugueses trajo como consecuencia el repliegue de las intenciones de Portugal en su penetración al interior de las Rhodesias británicas y Nyassa (1889-1893). De este modo, para cumplir sus objetivos, a los británicos solamente les quedaba dominar el territorio de los boers, lo cual consiguieron tras la llamada Guerra anglo-bóer (1899-1902) que culminó con la paz de Vereeniging que impuso la soberanía británica en dichos territorios, constituyéndose en 1910 la Unión Sudafricana, federación de los estados de El Cabo, Natal, Orange y Transvaal.

A principios del siglo XX quedó completado el dominio europeo sobre todos los territorios del continente africano a excepción de los dos países antes señalados, Liberia y Etiopía, en un proceso imperialista en el que los intereses de los europeos prevalecieron por encima de las poblaciones existentes en África, de civilizaciones y estados de origen milenario, sobre los cuales se trazaron fronteras de forma totalmente arbitraria, cuyas consecuencias no sólo marcaron la problemática del posterior proceso descolonizador, sino el difícil desarrollo posterior de estos países una vez adquirieran su independencia.

Fuente: Enciclopedia Salvat y Británica

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