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Atenas y Mileto en la Antigüedad

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El lugar sobre el que se levanta la actual Atenas se prestaba para fundar una ciudad: el final de una llanura, colinas desde las que se podía vigilar los alrededores, un pico rocoso, manantiales de agua y, sobre todo, el mar por el que llegaban numerosos extranjeros dispuestos a construir aquí sus casas.

Los descubrimientos arqueológicos realizados indican que Atenas estuvo habitada ya en la época neolítica, probablemente por pueblos no griegos. Se sabe que hacia el año 3000 a.C. ya se habían establecido algunos hombres en los aledaños del pico. El Ática estaba dividido en doce estados, Fekropia era uno de ellos, la ciudad del rey Kekrop, la futura Atenas. Esta “Atenas” del siglo XIV a.C. era una fortaleza edificada en un emplazamiento natural, rodeada por una muralla y donde el rey Kekrop se había construido el palacio que servía de refugio a los habitantes de los alrededores en caso de ser atacados por sus belicosos vecinos. A Kekrop le sucedió Ericteo o Erictonio: la leyenda cuenta que era hijo de Hefestos y de la Tierra; “El esperma del dios cayó sobre el muslo de Atenea a quien intentaba violar. Ésta se limpió con un trozo de lana que luego tiró al suelo; después cogió al niño de la Tierra, que de esa manera había quedado fecundada, y lo llevó a su templo de la Acrópolis, donde le crió” (R. Graves, Los mitos griegos).

En el siglo XII a.C., los dorianos invadieron Ática y destruyeron Tirinto, Micenas y Argos. Comenzó así un largo período “sin historia” que duraría tres siglos, durante los cuales parece ser que desapareció todo tipo de civilización. Entre los siglos X y VIII a.C., Teseo, el hijo de Egeo, consiguió la unión del Ática, reuniendo a las diferentes tribus que vivían aisladas por la región para constituir un solo estado y las bases para una sociedad estructurada. La ciudad recibió el nombre de Atenea, y el fuego sagrado, símbolo de la unidad política, brilló en el Pritaneo, donde cada año se conmemora la unión de todos los estados durante las fiestas de Panatenea. La población estaba formada por cuatro tribus, y los ciudadanos (muy pocos podían acceder a este título) se dividían en tres clases: los nobles y grandes terratenientes (eupátridas), los pequeños propietarios (georgi), y los artesanos (demiurgos).


Alrededor del siglo X a.C., la monarquía fue sustituida por una aristocracia, cuyas principales instituciones de gobierno, detentadas por los nobles o eupátridas, eran los arcontes y el Areópago o tribunal de justicia. Los nobles también detentaban el poder religioso y poco a poco se apropiaron de toda la tierra. Su poder empezó a decaer, sin embargo, en el siglo VII a.C. Las leyes de Dracón (621 a.C.) y las de Solón (594 a.C.), aunque mantuvieron la oligarquía, contribuyeron a debilitarla aumentando la participación del pueblo en la política. Las leyes económicas de Solón favorecieron la agricultura y el comercio. Era el principio de la democracia ateniense. Entre los años 594 y 590 se estableció una nueva constitución. Los ciudadanos ya podían comenzar a participar en la vida de la ciudad.

Hacia mediados del siglo VI comenzó la era de los Tiranos: Pisístrato o Pisístrastes y sus hijos Hipias e Hiparco. Su gobierno aumentó la riqueza y el poderío de la ciudad y debilitó considerablemente la posición de la nobleza. Hubo un desarrollo del comercio y de la industria, comenzó la expansión colonial, el embellecimiento de la ciudad y el esplendor intelectual. La Acrópolis fue transformada y Pisístrates mandó construir un templo en honor de la protectora de la ciudad: Palas Atenea.

En el año 507 a.C. la democracia se estructuró, se redactó una nueva constitución, se creó un senado (Bulé) y el pueblo quedó dividido en diez tribus; la Asamblea del pueblo estaba compuesta por quinientos miembros, a la que estaba sometido el senado; el poder ejecutivo se confió a nueve arcontes elegidos entre las tribus y a diez estrategas, uno por cada tribu, que se encargaban del mando de los ejércitos.

En esta misma fecha comenzó la guerra con los persas. Fue la Atenas democrática la que se enfrentó y derrotó a Darío el Grande, rey de Persia, en la batalla de Maratón (490 a.C.) y posteriormente a su hijo Jerjes en el combate naval de Salamina (480 a.C.). Los persas volvieron a atacar Atenas en el año 479 pero esta vez fueron derrotados completamente en Platea, en la batalla naval de Micala. El papel desempeñado por Atenas a las órdenes de Milcíades y Temístocles en la lucha contra los persas le abrió camino para erigirse en soberana de todos los estados griegos.

Se reconstruyeron los edificios destruidos durante los enfrentamientos con los persas, se consolidaron las defensas de la ciudad, y se sometió a impuestos a las poblaciones insulares bajo el pretexto de protegerlas aumentando con ello su fortuna junto con los tesoros acumulados en los diversos santuarios. De este modo, la ciudad creció en poder y en importancia y llegó a su apogeo en la segunda mitad del siglo V bajo el mando de Pericles.

En esta época, conocida como el Siglo de Oro, el desarrollo de la cultura ateniense llegó a su punto máximo. Atenas se convirtió en un ejemplo de belleza, de paz y prosperidad. La Acrópolis se enriqueció con el templo de Atenea Nike, el Partenón y los Propileos; y la ciudad, con el Odeón y el templo de Hefestos. Fue la era de los grandes nombres en todas las manifestaciones artísticas: Fidias y Mirón, en la escultura; Sófocles, en la tragedia junto a Sócrates y Heródoto.

Tras la larga guerra del Peloponeso (432-404 a.C.), en la que tomaron parte la mayoría de las ciudades del mundo griego, Atenas perdió su hegemonía política en favor de Esparta, aunque conservó la dirección cultural y sus instituciones democráticas, que por estas fechas consistían en la Asamblea de todos los ciudadanos (La Eklesia); la cámara alta o senado (Bulé); el Areópago, y los arcontes. Macedonia y después los romanos gobernaron Atenas con el máximo respeto a su herencia cultural y a su contribución a la cultura. Aún dominada, siguió siendo el principal centro del saber en el mundo antiguo, donde destacaron hombres como Platón, Aristóteles, Jenofonte o Praxíteles. Pero su inspiración creadora desapareció, la industria y el comercio decayó, había menos artesanos y la vida rural comenzó a hacerse cada vez más importante. A partir de este momento Atenas vivirá del recuerdo de su pasado esplendor.
Grecia Antigua.

Época romana

En el año 86 a.C., Sila tomó la ciudad y derrotó al rey Mitrídates -aliado de los atenienses- y a los tebanos en la batalla de Queronea. El Imperio Romano se extendía ya por todo el Mediterráneo y Creta. Mientras, Atenas comenzó a experimentar grandes cambios: en la Acrópolis se construyó un templo en honor de las divinidades romanas; los jóvenes romanos acudían a esta ciudad para realizar sus estudios; el camino de los Propilenos se sustituyó por una escalera monumental, y el teatro de Dionisio fue restaurado y transformado según el gusto romano.

Sin embargo algunos emperadores se enamoraron de Atenas y lucharon por que ésta volviera a renacer. Fue el caso de Adriano, helenista empedernido, que aprendió el griego, idioma que hablaba con fluidez, y restauró los templos de Delfos y Olimpia. Instauró antiguas fiestas, mandó construir nuevos barrios así como una muralla nueva, y terminó la construcción del templo de Zeus Olímpico.

Los bárbaros irrumpieron en la ciudad a medidos del siglo III d.C. y Alarico la sometió en el año 395. Constantino trasladó algunos de sus monumentos a su nueva capital, Constantinopla, a principios del siglo IV, y Justiniano cerró sus universidades y escuelas en el año 529.

La Era Cristiana

En el año 550 d.C. el cristianismo se implantó y Atenas se convirtió en una provincia del imperio bizantino y en la sede de un obispo metropolitano. Al caer Constantinopla y el imperio bizantino en poder de los cruzados el año 1204, se estableció en Atenas un ducado “franco” que durante más de medio siglo fue gobernado sucesivamente por franceses y catalanes. De 1312 a 1385 el ducado estuvo sometido a los reyes aragoneses de Sicilia que nombraron virreyes. De 1386 a 1456, fecha en la que cayó en poder de los turcos, la ciudad fue gobernada por una familia florentina.

Cuatro siglos de ocupación turca

Bajo el Imperio turco, Atenas quedó reducida a una población que no superaba los 5.000 habitantes, que vivían en pequeñas casas en medio de los minaretes y las fuentes turcas. El Partenón, después de haber sido un templo pagano y una iglesia, fue transformado en mezquita. En 1821 comenzó la Guerra de la Independencia contra los turcos, que se atrincheraron en lo alto de la Acrópolis, donde fueron asediados por el ejército griego y quedaron incomunicados. El 16 de junio de 1822 capitularon, pero la liberación definitiva de Atenas se consiguió en 1833. Los sucesivos asedios, las batallas y los bombardeos de esta guerra convirtieron a la ciudad en un montón de ruinas. A pesar de ello, el gobierno de Grecia instaló en ella su capital en 1835.

Lo primero que se hizo fue acondicionar la ciudad para acoger a la corte. Se realizó un nuevo plan urbanístico diseñado por Schaubert y Kleantis que es el que, más o menos, se conserva hoy en día. Los arquitectos eran bávaros, alemanes, ingleses y franceses. Las calles Ermu, Eolou, Athena, Stadiu, Pireo, la plaza de la Concordia (Omonia) y la plaza de la Constitución (Sintagma) datan de aquella época.

La ciudad se transformó en 1922 con la llegada masiva de los refugiados de Asia Menor, 1.225.000 personas se alojaron en las casas que les proporcionaron en los alrededores de los nuevos barrios. Éste fue el germen de los primeros barrios populares de Atenas, que actualmente se conocen por afueras cercanas y son: Nea Smirni, Perisos, Kesariani, Nea-Filadelfia.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Atenas estuvo en poder del Eje Berlín-Roma-Tokio. Conoció las torturas, las deportaciones y el hambre durante el invierno del 41 al 42, en el que se llegaron a recoger todos los días 2.000 muertos en las calles. Después fue escenario de motines y luchas callejeras que no hacían sino revelar el conflicto interno de la nación. La guerra civil (1945-1949) supuso el derribo de numerosas casas, incendios, explosiones de las reservas de municiones, etc… Aunque todo este belicismo afectó seriamente al sector industrial, los antiguos monumentos fueron respetados.

La Atenas antigua

La Acrópolis constituye uno de los vestigios mejor conservados del esplendor de la Antigua Grecia. En ella destaca la monumental entrada de los Propóleos construida en el siglo V a.C. por Nesicles coincidiendo con el gobierno de Pericles. Por esta puerta se entraba a la Acrópolis, textualmente “el final de la ciudad”. Su arquitectura es sobria y sirvió de polvorín durante la ocupación turca.

El templo de Atenea Nike, consagrado a Atenea, diosa de la Victoria, fue construido por Calícrates en la segunda mitad del siglo V a.C. con mármol de la colina Pandélica. Solamente el friso de la pared este es original, el resto son molduras de cemento que sustituyen a los originales robados por los ingleses y que actualmente se exponen en el Museo Británico. Desde lo alto de este templo puede verse el mar y se dice que, desde allí, Atenea hizo huir a Darío el bárbaro; también se cuenta que desde este mismo lugar Egeo vio la vela negra, presagio de la muerte de su hijo Teseo y, desesperado, se arrojó al vacío.

El Partenón, el símbolo de Atenas, fue construido bajo el gobierno de Pericles, por los arquitectos Ictinos y Calícrates. Los más famosos artistas de la época trabajaron en su construcción (Fidias, Mirón, Policleto, etc.). Estaba dedicado a la virgen Atenea, y servía también de Tesoro de la República. Está construido en mármol de la Pandélica, es de estilo dórico con algunos añadidos jónicos; posee una columna alrededor, dos frontones y una fachada con ocho columnas. Alcanza los 69,51 m de largo y los 30,86 de ancho.

La fachada este del Partenón está decorada con un friso que representa la batalla entre los dioses y los gigantes, la fachada oeste contiene un combate entre griegos y amazonas, la fachada norte exhibe escenas de la guerra de Troya, y la del sur, la batalla entre los Lapitas y los centauros. Todos los elementos arquitectónicos estaban coloreados y su ligera curvatura, desde los cimientos hasta lo alto de las columnas, permite corregir la ilusión óptica del ojo humano que tienden a converger en medio de las líneas horizontales.

El Erecteion, famoso por el Pórtico de las Vírgenes, con sus Cariátides o Kores, está dividido en dos partes, la capilla (cella) de Palas Atenea, al este, y la capilla de Poseidón-Erecteo, al oeste. Una de las seis Cariátides que sujetan el arquitrabe del santuario se encuentra en el Museo Británico y ha sido sustituida por una copia. El Erecteion ha sufrido también muchas desgracias: la construcción se vio interrumpida por la guerra del Peloponeso, los artistas se exiliaron y sufrió la misma suerte que el resto de los edificios de la Acrópolis (guerras, incendios, explosiones, contaminación, etc.).

El Museo de la Acrópolis alberga todos las obras que han sido encontradas en esta zona antigua de Atenas, como por ejemplo los frisos jónicos del Partenón o las famosas kores, hermosas, femeninas, muy adornadas, con los cabellos recogidos en una trenza y cada una de ellas con una sonrisa diferente.

Alrededor de la Acrópolis, en la parte meridional, están el Teatro y el Templo de Dionisio, actual centro de arte dramático griego. En este teatro, que en el siglo VI a.C. era un santuario consagrado a Dionisio Eleutéreo, comenzó la tragedia clásica. Tan sólo se conserva el altar circular del siglo II y los cimientos del antiguo templo, del siglo VI a.C. Tenía una capacidad para albergar a 30.000 espectadores.

Al O se encuentra el Odeón o Teatro de Herodes Ático, construido en el siglo II d.C. por iniciativa de un mecenas de la época con cuyo nombre se bautizó el teatro. En él se celebra entre los meses de julio y septiembre el Festival de Atenas. Actualmente se realizan representaciones de obras de teatro clásico (tragedias y comedias), de óperas, de bailes y conciertos. Ambos teatros están unidos por el Pórtico de Eumenes y en las cercanías se halla el Recinto Sagrado de Esculapio.

Al SE de la Acrópolis se alza el Arco de Adriano, por el que se pasa hacia el Gran Templo de Zeus Olímpico; al O se encuentra la colina del Areópago, sede del tribunal de justicia de la antigua Atenas y donde se cree que San Pablo habló a los atenienses; al NE del Areópago se halla el Ágora o Plaza Pública, donde transcurría la vida en la Antigüedad, y al NO resurge el Templo de Hefestos o Teseión, construido entre los años 449 y 444 a.C. Es uno de los templos mejor conservados de Grecia.

Mileto

Mileto fue una ciudad del Asia Menor, perteneciente a la antigua región de Caria (ubicada en la actual Turquía), situada en la costa norte de una península que cerraba por el S el golfo Látnico, concretamente en la desembocadura del antiguo río Menandro (hoy día Menderes). Era una de las ciudades más florecientes de Jonia.

Las primeras excavaciones realizadas en Mileto fueron patrocinadas por los barones Rothschild, y comenzaron en el último cuarto del siglo XIX. El Instituto Arqueológico Alemán continuó los trabajos a finales de ese siglo. Las excavaciones fueron reemprendidas en 1955 por el profesor alemán Weickert, quien descubrió restos de la Edad del Bronce Medio alrededor del 1.600 a.C. que identificó como restos de una fortaleza micénica.

Historia

Según las leyendas fue fundada por los léleges quienes la llamaron Lelegeis o Pityussa, aunque luego cambiaron este nombre por el de Anachoria. Según afirmaba otra leyenda, debía su nombre a Mileto, hijo de Apolo, que estableció en ella una colonia de cretenses. Según algunos historiadores, se trataría de la ciudad micénica de Millawanda. Homero la citó, en el canto II de la Ilíada, como una de las ciudades aliadas de Troya, en la que sus tropas estaban encabezadas por un caudillo llamado Nastas. Posteriormente fue ocupada por los carios, quienes la cedieron a los jonios procedentes de Pilos, que llegaron encabezados por Neleo en el siglo X a.C. Tras la llegada de los dorios, la ciudad inició una etapa de gran prosperidad, gracias sobre todo al comercio de lana y muebles. Se convirtió en el puerto natural de salida de los productos del interior de Anatolia, lo que le permitió llegar a ser una importante potencia naval. Por esta razón, Mileto llegó a tener una flota de más de 100 navíos y a competir por el dominio del Mediterráneo oriental con Tiro y Cartago.

Época de esplendor

A lo largo del siglo VII a.C. tuvo que hacer frente a las incursiones de las bandas de cimerios. La riqueza de esta colonia la permitió, así mismo, convertirse en una potencia colonizadora. Sus habitantes fundaron numerosas colonias en el mar Negro y Crimea. Entre sus numerosas colonias destacaban: Abydos, Cizico, Bizancio, Sírope, Trapezonte y Olbia. Igualmente, la riqueza permitió el desarrollo de una intensa actividad cultural, lo que hizo que fuese sede de una escuela filosófica y literaria que dio nombres tan brillantes como: Tales, Anaxímenes, Arctino, Eubulides o Dionisio, que adoptaron el gentilicio de Mileto como apellido. Los habitantes de la ciudad tenían en gala considerarse los más puros representantes de la etnia jonia en Asia. La ciudad pasó a ser gobernada por un régimen oligárquico dominado por la aristocracia y por la dinastía de los Neleides, que se declaraban descendientes del mítico fundador de la ciudad.

Las continuas luchas sociales desembocaron en el establecimiento de una tiranía encabezada por Trasíbulo, período que fue el más brillante de Mileto. A la muerte del tirano estalló una guerra civil, en la que se enfrentaron las clases poderosas de la ciudad, la ploutis, y la plebe, denominada kheiromakha. La ciudad jonia mantuvo continuas luchas contra los reyes de Lidia, quienes querían apoderarse de Mileto. Las disputas continuaron hasta que las autoridades se vieron obligadas a reconocer la soberanía de Creso sobre Mileto. Tras la conquista de Lidia por Ciro el Grande, la ciudad, que gracias a un pacto con los persas no había sufrido daños durante la guerra, quedó como vasalla de Persia. En el 500 a.C. la ciudad, encabezada por su gobernador Aristágoras, se sublevó contra los persas, arrastrando al resto de las ciudades jonias a la revuelta. Después de una serie de éxitos iniciales que permitieron a los rebeldes apoderarse de Sardes, los persas tomaron la iniciativa.

Destrucción y reconstrucción de la ciudad

La ciudad fue sometida por el rey persa Darío seis años después, quien la tomó al asalto tras un largo asedio. Como castigo el soberano persa arrasó la ciudad, destruyó el templo de Apolo y la trasladó a la mayor parte de la población a la desembocadura del río Tigris. Poco después de la batalla de Micala (479 a.C.) la ciudad recuperó su libertad y fue reconstruida al E de su antiguo emplazamiento. Fue reconstruida con un plano urbanístico regular de calles trazadas con escuadra y cincel, que dividían bloques de viviendas de planta cuadrada. Se ha atribuido la reconstrucción al celebre urbanista Hipodamo, natural de la ciudad. Mileto cayó bajo al protección de Atenas, uniéndose a la Liga de Delos, aunque nunca volvió a alcanzar su antiguo esplendor. Con la ayuda de las tropas atenienses luchó entre el 441 y el 439 a.C. con Samos, que acabó derrotando a los milesios, divididos a causa de las disensiones internas. La ciudad fue debilitándose y empobreciéndose. Al término de la Guerra del Peloponeso rompió su alianza con Atenas y estrechó relaciones con Esparta. Las autoridades de Mileto tuvieron que reconocer nuevamente la soberanía de Persia. En el 350 a.C. la ciudad se convirtió en posesión de Mausoleo, soberano de Caria.

A pesar de estar en plena decadencia la ciudad resistió a las tropas de Alejandro Magno, quien puso cerco a la ciudad. El nearca Nicanor bloqueó los puertos de la ciudad. Los milesios resistieron con la esperanza de la llegada de los refuerzos encabezados por el rodio Memnon. Este al ver la potencia de la flota macedónica se negó a atacar, lo que fue aprovechado por Alejandro Magno para efectuar un agujero en la muralla y conquistar la ciudad. El soberano macedónico respetó su autonomía e inició la reconstrucción del templo de Apolo, obra que no se terminó hasta el reino de Seleuco I. Tras la batalla de Issos (333 a.C.) se convirtió en posesión seleúcida. Fue objeto de continuas disputas entre los seleúcidas y los lágidas durante el siglo III a.C.

Los romanos reconocieron la independencia de la ciudad tras derrotar a Antíoco III en la batalla de Sipile, aunque Mileto quedó bajo al tutela de Pérgamo. En el 133 a.C. pasó definitivamente a la soberanía romana, incorporándose a la provincia romana de Asia. El Imperio romano impuso una oligarquía como forma de gobierno. Los emperadores Augusto y Adriano trataron de devolver su antiguo prestigio a la ciudad, para lo cual emprendieron al construcción de numerosos monumentos. Mileto fue visitada por San Pablo en uno de sus múltiples viajes evangélicos. El primer obispo conocido de la ciudad fue Cesario. Justiniano, el emperador bizantino, hizo construir una nueva muralla en la ciudad. Los bizantinos la bautizaron con el nombre de Palation.

La decadencia de Mileto

En el siglo VII fue invadida de nuevo, esta vez por los árabes. La decadencia de la ciudad se aceleró durante los siglos IX y X. Los aluviones procedentes del Menandro fueron cegando sus cuatro puertos, lo que provocó que cesara toda actividad comercial. Los selyúcidas la ocuparon a finales del siglo XI. Tras una breve etapa que fue administrada por los cruzados, la ciudad fue nuevamente tomada por los turcos en el 1328, quienes la dieron el nombre de Balat. En 1532 los venecianos instalaron una factoría comercial en el lugar, al cual estaba bajo al dirección de un cónsul. Esta factoría fue tomada por el sultán otomano Bayaceto I. Las tropas tártaras de Tamerlán se hicieron con Balat en 1402. En 1424 se incorporó al emirato de Mentese, el cual fue incluido en el Imperio otomano durante el reinado de Murat II. La ciudad poco a poco fue perdiendo población, hasta quedar reducida al tamaño de una aldea. La aldea fue abandonada en 1955 tras un terrible terremoto que la destruyó totalmente.

Patrimonio artístico


La ciudad estaba dividida en dos partes, una continental y otra peninsular, que estaban unidas por un istmo, a su vez, defendido por una fortaleza. Entre los monumentos más emblemáticos de la ciudad figuran:

El teatro, construido en piedra y mármol, era uno de los mayores de Asia Menor, con una capacidad para 25.000 espectadores. El teatro está apoyado en la pendiente de una pequeña colina, junto a uno de los cuatro puertos de Mileto. Tenía 30 m de alto, con 30 m de perímetro interior y 34 m de escenario. La escena está formada por tres pisos encolumnados. La cávea conserva todavía la mayor parte de sus gradas y escaleras. Las gradas estaban divididas en tres sectores con dieciocho filas cada una. Cinco escaleras llevaban al sector inferior, diez al segundo sector y veinte hasta las más altas. Bajo el teatro hay unas construcciones subterráneas que eran empleadas como camerinos. Fue construido en el siglo IV a.C., aunque fue reformado y ampliado en época helenística y romana.

Junto al teatro se alzaba un cenotafio levantado en honor de un antiguo héroe y un antiguo trofeo que conmemoraba las antiguas victorias navales de Mileto.

El templo de Apolo Didimeo tenía su sede el oráculo de los branquidas. El templo estaba rodeado de ciento veinte columnas, cuyas bases tenían una escultura diferente. Se han encontrado entre sus ruinas las esculturas de época arcaica, que representaban a los miembros de la familia de los branquidas, que ocupaban el cargo de sacerdotes de Apolo.

La ciudad tenía un mercado cubierto, el cual estaba rodeado de salas anchas de estilo dórico. Este mercado estaba unido mediante un propileo corintio al Bouleterion.

En lo alto de una colina situada en frente del teatro se levantaba el templo de Atenea, de estilo jónico y construido a mediados del siglo V a.C. Junto a él había un santuario del siglo III a.C. consagrado a Eumenes II, rey de Pérgamo, quien tras su muerte fue deificado.

Al pie de la colina se encuentra el estadio, que tenía 230 m de largo y 74 m de ancho. Fue construido en época helenística, aunque sus gradas fueron realizadas en el siglo III d.C.

El Bouleuterion era la sede del senado y tenía una capacidad para mil quinientas personas. En el centro del edificio había un patio, en el que se han encontrado los restos de una tumba, con una inscripción que afirma que fue construido entre el 175 y 64 a.C. por Timarcos y Heracleidos y dedicado a la memoria del rey Antíoco IV Epifanio.

Delante del Bouleterion comenzaba una Vía Sagrada que unía la ciudad con el templo de Apolo en Didima, situado a 20 km de Mileto. Esta vía fue restaurada por Trajano. El punto de partida estaba marcado por un pórtico de estilo jónico del siglo I d.C. La Vía Sagrada abandonaba la ciudad por la Puerta Sacra, conocida por los turcos cono Demir Kapisi (‘la Puerta de Hierro’). Construida en el siglo V a.C. y restaurada en el 100 a.C. durante el reinado de Trajano.

El templo de Dionisio, de estilo jónico, estaba construido en el siglo IV a.C., aunque fue edificado sobre un templo de época arcaica. Se conserva todavía el propileo y una parte del temenos. Sobre el fue construida en el IV d.C. una iglesia cristiana consagrada a san Miguel.

Sobre el santuario de Asclepio, descubierto en 1906, se levantó una basílica bizantina.

El Gymnasium, rodeado de columnas dóricas por tres lados, y el cuarto ensanchado por las termas construidas en época del emperador Claudio.

Las termas de la emperatriz Faustina, construidas en honor de la esposa de Marco Aurelio, tenían por frente una sala, sustentada con columnas de estilo corintio, de más de 100 m de largo, decorada con unos bellos grupos escultóricos.

Las primeras murallas, de las que se han descubierto algunos trozos, databan del siglo VII a.C. y tenían un perímetro de 3 km.

La mezquita de Ilyas Bey, fue erigida entre 1403 y 1404 por Ilyas bey, emir de Mentese, es uno de los edificios musulmanes más notables. Se accedía a su interior tras atravesar una portada en el que los arcos eran soportados por semicolumnas. La sala de oración estaba cubierta por una gran cúpula flanqueada por un gran minarete construido con ladrillos. Tanto el mihrab como el mimbar estaban decorados con representaciones de hojas

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