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Geografía e Historia de Escocia [Geography and History of Scotland]

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Escocia es uno de los Territorios históricos del Reino Unido, que ocupa la mayor parte del norte de la isla de Gran Bretaña. Tiene 78.773 km² y su capital es Edimburgo, aunque la ciudad más poblada y el principal núcleo industrial es Glasgow. Otras poblaciones destacadas son Dundee, Aberdeen, Perth e Inverness. Limita al N y O con el océano Atlántico, al E con el mar del Norte y al S con Inglaterra, y desde 1995 está dividida administrativamente (Local Government Act) en 29 autoridades unitarias y tres autoridades insulares. Las primeras son: Ciudad de Aberdeen, Aberdeenshire, Angus, Argyll y Bute, Clackmannan, Dumbarton y Clydebank, Dumfries y Galloway, Ciudad de Dundee, Ayrshire Este, Dunbartonshire Este, Lothian Este, Ciudad de Edimburgo, Renfrewshire Este, Falkirk, Fife, Ciudad de Glasgow, Highland, Inverclyde, Midlothian, Moray, Ayrshire Norte, Lanarkshire Norte, Perthshire y Kinross, Renfrewshire, Límites de Escocia, Ayrshire Sur, Lanarkshire Sur, Stirling y Lothian Occidental. A ellas hay que añadir tres unidades insulares, coincidentes con otros tantos archipiélagos atlánticos: islas Occidentales (Hébridas), Orcadas y Shetland. La población ronda en torno a los cinco millones de habitantes, de los cuales casi 700.000 viven en Glasgow, y algo menos de 450.000 en Edimburgo.

El idioma utilizado por la mayor parte de la población es el inglés, aunque hay una comunidad bilingüe (gaélico escocés) con más de 80.000 miembros. La religión oficial es la presbiteriana (Iglesia Nacional de Escocia), a la que sigue en importancia la católica. La economía escocesa ha sido tradicionalmente agropecuaria y pesquera, aunque Glasgow es una de las principales ciudades industriales del Reino Unido (destaca especialmente por sus astilleros). El descubrimiento de yacimientos petrolíferos en el mar del Norte a finales de los sesenta ha facilitado una diversificación de la economía, así como una mejora del nivel de vida.

Historia

El hilo conductor de la historia de Escocia siempre ha sido su relación con Inglaterra; ello no excluye que, en determinados momentos, la influencia y la circulación de ideas con otros enclaves británicos, como Irlanda, e incluso con los países nórdicos, haya sido igualmente importante en su desarrollo. Pero, en definitiva, su relación con Inglaterra, bien sea como enemiga bélica, bien como compañera en Gran Bretaña, es el elemento más destacado de su historia, aunque preservando siempre un acusado elemento diferenciador de lo escocés.

La prehistoria escocesa

Los primeros asentamientos del homo sapiens en Escocia, probablemente procedentes del sur de la isla de Bretaña, se pueden datar en el tercer milenio antes de Cristo. En las islas Orcadas, concretamente en Rousay, se conserva el túmulo funerario más antiguo, del período Neolítico, dividido en dos cámaras labradas con toscos sillares de mampostería, lo que prueba el alto nivel tecnológico de los primeros pobladores de Escocia. En el interior, el yacimiento más importante está situado en la zona de Argyll: el de Kilmartin Glen. El paso a la Edad del Bronce en la zona norte de Escocia tiene como principal referente los restos hallados en este yacimiento, caracterizados por la talla de objetos de uso cotidiano en las rocas, así como el levantamiento de túmulos funerarios igualmente en piedras. Después de la Edad del Bronce, Escocia, como casi todo el noroeste de Europa, conoció el paso de las brillantes civilizaciones precélticas de Hallstatt y La Tène, que dotaron a este país del sustrato celta inherente a su cultura.

Los descendientes de los celtas fueron llamados caledonios por las fuentes romanas, pero Escocia también tuvo un fuerte asentamiento de población procedente de Escandinavia, preferentemente en las islas Orcadas, donde hubieron de convivir de manera pacífica con la población celta autóctona hasta que el aumento demográfico les impulsó, bien a la unión, bien a la lucha por ocupar un espacio. Muchos de estos escandinavos pasaron de los archipiélagos del norte a la zona de las Highlands, pero, en esencia, no se tienen datos objetivos que hagan pensar en una guerra de grandes dimensiones, sino que la unión se llevó a cabo de manera pacífica. Así, en el extraordinario yacimiento de Jarlshof, en Sumburgh Head (Shetland), se ha podido constatar la convivencia pacífica de elementos nórdicos y celtas desde los primeros estertores de las culturas célticas hasta la llegada de los invasores romanos, con claros rasgos de continuidad y mezcla cultural entre ambos componentes étnicos. De esta forma, sustratos celtas y escandinavos forjaron a los primeros escoceses que encontraron los romanos a su llegada a las tierras del norte.


Las luchas contra Roma

A lo largo del siglo I a.C., el general Cneo Julio Agrícola, al frente de dos legiones, fue avanzando lentamente por el territorio donde estaban asentados, entre otros grupos, los caledonios y los britanos, con el propósito de establecer una línea de dominación romana que, a lo largo de un imaginario eje entre los ríos Forth y Clyde, constituyó el más grande vestigio de la cultura romana en la época, sobre todo porque estaba salpicada de castra, fuertes militares con contingentes destinados a la defensa. Tal vez el primer momento álgido de la dominación romana se sitúe en el 84 a.C., cuando las tropas de Julio Agrícola derrotaron a las tribus autóctonas celtas, unos 10.000 hombres dirigidos por un caudillo llamado Calgaco, en la batalla de los Montes Grampianos (Grampian Stones), también llamada batalla de Ardoch; con ello, los romanos extendieron su dominio hasta las actuales islas Orcadas.

Pero esto no significó el dominio completo del territorio, sino, más bien, una tregua y una reorganización de las fuerzas por ambos bandos. La humedad, el frío y los amplios bosques escoceses dificultaban el asentamiento de una civilización mediterránea acostumbrada a un tipo de vida totalmente distinta. Esta es la razón de que, pese a que la cultura romana, como se verá más adelante, tuvo su importancia en el desarrollo histórico de Escocia, la pretendida romanización del país norteño fue lenta y salpicada de retrocesos, nunca un proceso continuo. De hecho, tras la derrota de los Grampianos, los caledonios comenzaron a recuperar posiciones y a hostigar sin descanso los asentamientos romanos del Clyde. La situación para los invasores llegó a ser desesperada ya que, privados de las defensas naturales que tan excelentemente sabían aprovechar por culpa de la peculiar orografía escocesa, no quedó más remedio que construir una defensa artificial. Así, el emperador Trajano ordenó la retirada de los asentamientos militares más septentrionales, justo hacia el lugar en el que, en el año 120, otro emperador, Adriano, comenzó la construcción de la famosa muralla a la que dio su nombre; más allá de su utilización militar, se trata del vestigio arquitectónico romano de mayor importancia en Escocia, y uno de los más importantes de toda Europa.

En cualquier caso, la crisis del Bajo Imperio Romano afectó notablemente el ya de por sí precario de Escocia, de tal modo que las incursiones de caledonios y, posiblemente, otros varios grupos tribales autóctonos de nombre desconocido, fueron en aumento hasta el punto de que el emperador Antonio Pío tuvo que construir una segunda muralla, llamada dique de Graham, situada a tan solo unos kilómetros del perímetro del muro de Adriano. La reacción romana en Escocia y, en general, en toda la Britania, llegó tras el acceso al trono imperial de Septimio Severo. Las campañas británicas del nuevo emperador se saldaron con la extensión del dominio hasta mucho más allá de la muralla de Adriano, llegando a establecer contingentes militares y asentamientos urbanos en Perth, Forfan, Stirling y Aberdeen. Pero, en todo caso, cabe calificar a esta acción como el último esfuerzo imperial, ya que, tras la muerte de Septimio Severo en York (211), puede darse por finalizado el período de precario dominio romano de Escocia.

Las invasiones del siglo IV d.C.

De nuevo la escasez de las fuentes obliga a situar las invasiones de pueblos bárbaros en Escocia alrededor del siglo IV, aunque es más que probable que tuvieran lugar algún tiempo antes. A la tradicional fiereza combativa de los caledonios y de otros pueblos autóctonos, especialmente anglosajones y galeses en el sur, se le unió la llegada de dos invasores, pictos y escotos, sobre cuya procedencia aún existe diversidad de opiniones. Es bastante posible que los pictos fueran una rama colateral de los propios caledonios, ya que algunas excavaciones arqueológicas han datado su asentamiento en el norte de Aberdeen hacia el primer milenio a.C., además de que algunas menciones en fuentes romanas son susceptibles de ser datadas a finales del siglo III. Si se acepta este origen anterior, los pictos habrían permanecido aislados de la expansión hacia las Lowlands hasta que, probablemente debido a un fenómeno interno de crecimiento demográfico, comenzaron su andadura hacia otros territorios. Con respecto a los escotos, más que de una etnia o tribu, cabría hablar de un numeroso grupo de piratas, aventureros y guerreros que, procedente de Hibernia (la actual Irlanda), invadió el territorio del nordeste hacia mediados del siglo IV. Su presencia en fuentes escritas romanas data de mediados del siglo IV, aunque, como en el caso de los pictos, es bastante posible que su presencia efectiva en el territorio de la actual Escocia pueda remontarse unas décadas atrás.

Aún intentó Roma detener con las armas la nueva oleada de ataques protagonizada por estos pueblos; así, el pujante Imperio Romano de Oriente tomó el testigo de su émulo occidental durante el siglo IV: Constancio Cloro derrotó, en el 305, a una confederación de caledonios y pictos, acción que tuvo su efecto más concreto en la creación de una especie de provincia romana en época de Teodosio, a la que llamó Valentia en honor del nuevo emperador de Occidente, Valente. Esta circunscripción, en realidad, se limitaba al estrecho corredor delimitado por el perímetro interno entre las murallas construidas por Adriano y Antonino Pío.

No obstante, el fenómeno invasor, al contrario que la intervención romana, fue en aumento. En el 367, los pictos lograron adentrarse hasta la frontera con Irlanda, ataque que, entre otras consecuencias, tuvo como más inmediata el comienzo de la fortificación de la mayoría de los incipientes núcleos urbanos de toda la Britania, aterrados ante la posibilidad de que los terribles “bandidos pintados” atacasen su población. Mucho más importante fue la campaña de saqueo y destrucción de una confederación de pictos, escotos y sajones llevada a cabo en el 368, coincidiendo con varios problemas internos de los reinos ingleses; en esta ocasión, los invasores saquearon Londres, lo que contribuyó a aumentar el pánico. Durante todo el siglo IV continuaron las invasiones, agravadas en el siglo IV por el intento de los escotos, principalmente, de invadir Irlanda, el territorio de asentamiento de los brigantes. La invasión se llevó a cabo en el 429, durante una campaña militar que conocemos gracias a los datos suministrados por Beda el Venerable y que, desde luego, lo que certifican es el total abandono de la maquinaria militar romana en el territorio escocés.

Cristianismo y paganismo: San Columbán

Como en otras tantas ocasiones a lo largo del medievo europeo, el mayor legado de la romanización lo constituyó la extensión del cristianismo; en el caso escocés, además, el cristianismo tuvo como protagonista a un monje irlandés, San Columbán, que llegó a Dalriada en el 563 y que, hasta su muerte, en el 597, realizó una impresionante labor de conversión, de tal modo que la mayoría de los pueblos escoceses, entre ellos pictos y escotos, adoptaron el catolicismo como religión y abandonaron el paganismo. No obstante, todavía hubo grupos de caledonios, en el norte, y brigantes, en el sur, que se aferraron a sus ancestrales ritos de origen celta; San Columbán, mucho más tolerante que la Iglesia oficial, adoptó muchos de estos ritos y muchas de las celebraciones al cristianismo con el fin de lograr más adeptos, pero estos grupos citados, sobre todo en las Highlands escocesas del norte, se mantuvieron fieles a los ritos celtas, barnizados convenientemente de cristianismo, incluso hasta el siglo XV.
De esta forma, la creación de un sentimiento de identidad nacional escocés se fue convirtiendo cada vez más en una cuestión de credo religioso. De los diferentes pueblos existentes en el territorio a finales del siglo VIII, anglosajones, britanos, escotos, pictos, junto con la población de origen romano, comenzaron a conformar sus respectivas identidades de acuerdo a su vinculación al paganismo o al cristianismo, o, en el caso de los celtas del norte, el sustrato celta sería importantísimo para el devenir de la historia escocesa en el futuro, como se verá más adelante. Piénsese, por ejemplo, que hasta 1070, y gracias a la influencia de Santa Margarita de Escocia, no se adoptó el rito romano en las Iglesias del país.

Los reinos escoceses en la Alta Edad Media

Hacia el siglo V comenzó el proceso de asimilación entre escotos y pictos, hasta llegar prácticamente a la absorción de los pictos en los escotos, desapareciendo cualquier vestigio de su propia cultura. Téngase en cuenta, además, que al igual que sucedía en el resto de Europa, los monarcas se titulaban reyes de su pueblo, con independencia de que gobernasen un territorio u otro.

El primer reino del que se tiene constancia histórica acerca de un gobierno picto es el de Deira, cuyo primer rey, Edwin (617-633), mantuvo dura competencia con Oswiu (641-670), rey de Bernicia (alrededor de la actual Dumbarton). En Bernicia, por ejemplo, el número de britanos y de habitantes con costumbres sajonas era muy alto, lo que mantuvo una dinámica de enfrentamiento soterrado, plagado de invasiones y contrainvasiones, durante los siglos VIII y IX, teniendo siempre en cuenta el componente religioso de los enfrentamientos y que, finalmente, la unión de Deira y Bernicia bajo soberanía anglosajona convertiría al territorio en el reino de Northumbria, uno de los tradicionales elementos de la heptarquía británica medieval.

Hacia el año 503, los escotos abandonaron sus pretensiones sobre Irlanda y se asentaron en la costa este de Escocia. En las primeras décadas del siglo VI nació el reino escoto de Dalriada (Dál Riata en gaélico), cuya capital era Argyll y desde donde se comenzó la construcción del futuro reino de Escocia. En Dalriada convivían ambos grupos, pictos y escotos, dado la gran extensión de este territorio que se extendía hasta el corazón de Middlothian y que, por el norte, llegaba hasta las islas Orcadas. El primer monarca picto en ostentar el dominio de Dalriada fue Angus I MacFergus (729-761), aunque mantuvo una dura disputa con Talorgan, del clan Drust, y con Teuduburo (750-752), hijo de Bili, que se autotituló monarca del reino de Strathclyde, otro de los pequeños reinos de la futura Escocia.

La distancia entre pictos y escotos comenzaba a ser cada vez menor, pero, en el plano político, la preeminencia de los segundos caminaba a pasos agigantados. De hecho, las noticias proporcionadas por Beda el Venerable acerca de la invasión de Irlanda por parte de los pictos en el 429 confirman que, en realidad, fueron pictos y escotos, confederados o, más probablemente, unidos por lazos de parentesco interno, uno de los causantes de la estratificación social en clanes de la temprana Escocia medieval. Sobre todo después del saqueo de Iona por los piratas normandos, entre el 802 y el 806, dos monarcas todavía pictos, pero con sangre escota en sus venas, Constantino I (811-820) y Angus II MacFergus (820-839), allanaron el camino de esta preeminencia, sobre todo tras la muerte de Angus II enfrentándose a una nueva invasión normanda de Escocia.

En cualquier caso, la fecha tradicional para señalar el comienzo del reino de Escocia es el 847, cuando los pictos (ya totalmente asimilados a los escotos) aceptaron la soberanía del monarca de aquéllos, Kenneth I MacAlpin. A la amplia franja territorial dominada por los escotos se la comenzó a denominar en las fuentes de la época como Alban o, más frecuentemente, “Tierra de los Escotos”, esto es, el actual nombre del país: Scotland. La época de apogeo de los reyes del clan MacAlpin coincide, precisamente, con el inicio de la debilidad de los reinos ingleses debido a las expediciones de rapiña danesas en las costas, lo que, por supuesto, obligó a destinar más recursos humanos y económicos al litoral en detrimento de los territorios interiores, que, en su vertiente norte, fueron presa fácil para la todavía innata capacidad de asalto de unos escotos a los que casi ya hay que comenzar a denominar “escoceses”.

La vinculación feudal con Inglaterra

Precisamente en esta época de consolidación del reino escocés hay que situar el fundamento de las relaciones entre Escocia e Inglaterra: el vasallaje, institución feudal entre hombres libres que obligaba a una serie de prestaciones y contraprestaciones entre vasallo y señor. El primer rey escocés del que se tiene constancia que haya prestado juramento de fidelidad al rey de Inglaterra fue Constantino II (900-943), quien, en el 924 efectuó tal rito con su homólogo anglosajón, Eduardo I. Sin embargo, ello no significa que dentro de la precariedad de relaciones feudales, los escoceses, aun cayendo en la felonía, no dejasen de intentar expandir territorialmente sus dominios. El objetivo principal, a mediados del siglo X, fueron los territorios de Lothian. Pero a finales del citado siglo, y conforme a la evolución de los reinos bárbaros europeos, comenzaron las contiendas entre las aristocracias de linaje, los clanes, por hacerse con el control de los mecanismos que ofrecían el acceso al trono.

Este proceso tuvo su culminación cuando en el 1005 se produjo un relevo entre clanes en la gobernación del reino, relevo no precisamente pacífico: Kenneth III MacAlpin, fue asesinado por Malcolm II MacKenneth, quien se convirtió en nuevo rey escocés. El monarca intentó modificar la antigua, e inusual, costumbre de los escotos, consistente en elegir al rey alternativamente de entre dos de los clanes más importantes: los MacKenneth, descendientes de Constantino, y los MacAlpin. La ceremonia, de hondas raíces celtas, se realizaba en la Stone of Destiny (‘La Piedra del Destino’), monolito situado en la ciudad de Perth, que justificaba, en la sociología de la época, la preponderancia de los clanes, pero también la importancia del pueblo en la elección del monarca debido al carácter electivo, al estilo de las antiguas sociedades tribales, de la nominación y la coronación.

Naturalmente, la previsión de Malcolm II era instaurar el procedimiento hereditario entre su clan, pretensión que fue rechazada por casi todos los clanes restantes. A pesar de ello, a Malcolm II le corresponde un papel importante en la extensión territorial del reino, ya que, en el 1018, derrotó a los sajones del reino de Lothian en la batalla de Carham, incorporando estos dominios, incluso gran parte del reino anglo de Northumbria, a su patrimonio. Además, otro de los pequeños reinos del sur, el de Strathclyde, pasaba por momentos difíciles, ya que su rey, Owen el Calvo, había fallecido. Los clanes intentaron apostar a sus primogénitos en el trono, pero Malcolm II fue más rápido: así, su nieto Duncan, fue elegido gobernador del reino mientras se discutía el proceso de elección de un nuevo monarca. Pero la apuesta fue un error: ayudado por parte de la aristocracia escocesa, Duncan I asesinó a su abuelo y fue elevado al trono del que tal vez sea el más extenso reino escocés de la época, incluyendo, por supuesto, Strathclyde.

El morbo gótico de la época, visible en el devenir de otros reinos y pueblos europeos de la época, como merovingios o visigodos, tiene, en el caso escocés, el modelo paradigmático de MacBeth, un feudatario del rey con jurisdicción sobre Ross y Moray, que estaba emparentado con Malcolm II por vía de Doada, segunda hermana de Malcolm. Este aparentemente vulgar caballero escocés fue magistralmente elevado a la categoría de mito por la genial pluma de Shakespeare. El personaje central de las disputas, la princesa Gruoch, es decir, la lady Macbeth de la tragedia, era nieta de Kenneth III MacAlpin, y, en realidad, la avalancha de peticiones matrimoniales entre los diversos clanes escoceses escondía un enfrentamiento latente: el de la preeminencia de las formas de vida de Escocia: la autóctona caledonia, de origen celta, o la incipiente anglosajona, ayudada por la extensión del cristianismo. De esta forma, el triunfo de MacBeth pareció asentar la costumbre caledonia, pero, en primer lugar, la irregularidad de su acceso al trono, en el 1040, tras asesinar al anterior monarca, Duncan I; y, después, la falta de apoyos entre la cada vez mayor aristocracia anglosajona, hizo que se precipitase su final: en 1057 Malcolm Canmore, vengó a su padre, Duncan I, y asesinó a MacBeth para proclamarse rey. Quién sabe si los celos shakesperianos con respecto a la proverbial belleza de lady Gruoch, a los que MacBeth debe su fama universal, también estuvieron detrás de su estrepitosa caída que, de camino, revela la gran inestabilidad de la monarquía escocesa en los Siglos de Hierro medievales.




La consolidación del reino: de Malcolm III a David I (1058-1153)

Durante el extenso reinado de Malcolm Canmore (1058-1093), coronado como Malcolm III MacDuncan, los acontecimientos que modificaron la vida de los escoceses prorrumpieron desde el exterior. Así, el impacto de la conquista normanda de Inglaterra, después del triunfo en la batalla de Hastings (1066) de Guillermo el Conquistador, fue también amplio en Escocia, donde, de igual modo que en sus vecinos ingleses, comenzaron a extenderse las instituciones feudales y las nuevas costumbres de los normandos, si bien con un devenir más lento. Así, en el 1068, Guillermo respetó la integridad territorial escocesa a cambio de que Malcolm III, conforme a las tradiciones antiguas existentes entre escotos y anglosajones, jurase fidelidad al nuevo monarca. Para aquilatar más el proyecto, Malcolm se casó con una anglosajona, la princesa Margaret (Santa Margarita de Escocia). Los años de paz y convivencia se tornaron en nuevos enfrentamientos a partir de 1087, cuando Guillermo II el Rojo sucedió a su padre como rey de Inglaterra. Con el pretexto de impedir una posible alianza entre irlandeses y escoceses, Guillermo el Rojo penetró en Carlisle, la tomó bajo su mando y comenzó a fortificar el camino entre esta ciudad y Cumberland, para que esa hipotética alianza no se llevase a cabo. Indignado, Malcolm III solicitó entrevistarse con Guillermo en la frontera, pero éste se negó y quiso trasladar la entrevista a su feudo inglés de Gloucester. Esto fue suficiente para que Malcolm III levantara las armas e invadiese Northumberland, lo que dio inicio a una larga época de enfrentamientos entre ingleses y escoceses, que se extendería durante toda la Edad Media.

Fallecido Malcolm en la batalla de Alnwick (1093), su muerte desató una crisis en el reino, aunque, a su vez, muy sintomática en cuanto a la jerarquización de la monarquía: ya no había procedimiento electivo, pues los clanes se dividieron entre dos opciones, pero siempre dentro del mismo linaje: apoyar a Donald, hermano de Malcolm, o apoyar al hijo de Malcolm, Duncan. De hecho, la disyuntiva tenía un hondo componente político, ya que antiguos caledonios, escotos y galeses (todos ellos habitantes de Escocia) apoyaban a Donald, mientras que los anglosajones preferían a Duncan, pues, al haber sido entregado como rehén de Malcolm a Guillermo el Conquistador para garantía del vasallaje, se había educado en Londres y sus costumbres eran completamente anglosajonas, lo que le valió la protección del rey inglés. Cuando las armas estaban preparadas para un nuevo conflicto entre Escocia e Inglaterra, la intervención de Santa Margarita, madre de Duncan, evitó la contienda al preferir como candidato a su hijo segundogénito, Edgard, que fue elevado al trono escocés en el 1094. Como garantía del cumplimiento de la paz entre todos los contendientes, su hermana Eadgyth (llamada Matilde por los ingleses) fue prometida al hermano de Guillermo el Rojo, el futuro rey de Inglaterra Enrique I. En cualquier caso, la influencia inglesa en la casa real de Escocia daba sus primeros pasos, como puede entreverse en estas alianzas. De hecho, el idioma de la corte comenzaba a ser, en vez del tradicional gaélico, el francés normando que hablaban los ingleses.

Edgard reinó en paz desde 1094 hasta 1107, pero, a su muerte, el mapa escocés se renovó, ya que la unión no se pudo mantener y de nuevo se produjo una escisión de los reinos: Alejandro I fue elegido rey de los escotos, manteniendo el dominio de Dalriada, mientras que David I gobernaba los reinos de Lothian y Strathclyde. Precisamente sería este último rey, uno de los más importantes monarcas de la historia de Escocia, el restaurador de la unidad tras la muerte de Alejandro (1124). David I, de costumbres y educación anglosajona, aceptó los particularismos celtas de los antiguos descendientes de los caledonios, contribuyendo con ello a que la gran masa de población comenzase, a su vez, a unirse, con independencia de su pertenencia a un determinado clan o unas determinadas costumbres ancestrales. De igual modo, introdujo el sistema de jurados en la administración de justicia y logró el fin del dominio territorial de los clanes, que en ocasiones podía acarrear perjuicios para la monarquía, mediante la conversión de los potentados locales en servidores de la Corona. También promulgó unas leyes declarando la libre propiedad rural, por lo que, a pesar de estar Escocia sometida a vínculos feudales, sus agricultores y, en general, toda la población, gozó durante gran tiempo de unas prerrogativas inusuales en la Edad Media europea. En general, toda la política de David I se basó en la implantación del modelo socioeconómico anglonormando, de raíz feudal, aunque intentando acomodar las características propias del país. Gracias a esta política de unión interna y mejoras sociales, la época de auge bajo David I también tuvo su correspondencia en cuanto al dominio territorial, pues Escocia alcanzó como límite por el sur el río Tees, así como toda la provincia de Northumberland, recibida como dote por su enlace con Matilde, hija de los reyes de Inglaterra. De hecho, tras la muerte de Enrique I, esgrimiendo los derechos de su sobrina Matilde, David se presentó como candidato al trono inglés, y lo hizo a la típica manera escocesa: invadiendo el condado de Moray en 1137, después de la proclamación de Esteban I, sobrino de Enrique I, como monarca inglés.

Para sus propósitos contó con la ayuda del clan MacGregor, pero también de John Bailleul, un personaje normando que prueba una vez más la tremenda mezcolanza de naciones en la Escocia de la época. Los MacGregor y John Bailleul fueron sus aliados en el sur, aunque fueron derrotados por Esteban I el 22 de agosto de 1138, en la batalla de Standard (Yorkshire); David, junto a su hijo Enrique, se refugió en Carlisle y aceptó la intervención de un legado pontificio para diseñar una tregua, en la que Esteban I cedió los dominios que los escoceses habían logrado y que extendían el reino hasta los límites del río Till. No hubo más problemas hasta 1152, en que la muerte de Enrique, hijo de David y heredero del trono, dejó al reino sin otro sucesor que Malcolm IV, más conocido como Malcolm el Niño; David, amargado por este funesto hecho, apenas sobrevivió un año y falleció en 1153, muerte que abocó al país a unas amplias turbulencias en el reinado de Malcolm IV (1153-1165).

La influencia anglosajona de los siglos XII y XIII

Durante la minoridad de Malcolm IV y, en general, durante todo su gobierno, una de las medidas tomadas por David I, en principio con buen criterio, acabó revelándose fatal para la integridad territorial escocesa y, a la postre, causó una mayor influencia de los consejeros ingleses, puesto que al limitar el poder de la alta aristocracia de los clanes escoceses, subordinados a la obediencia de la monarquía, los cada vez más importantes linajes anglosajones accedieron a la dirección, primero, del consejo de regencia durante la minoridad de Malcolm IV, y, más tarde, a la manipulación soterrada de las directrices regias. Este último fenómeno fue mucho más visible durante el reinado de Guillermo I el León (1165-1214), un monarca en realidad mucho más preocupado de apoyar la rebelión de Enrique, hijo del monarca inglés Enrique II, o en firmar alianzas con Francia, de lo que ocurría en su propio reino. Los consejeros anglosajones habían logrado el dominio de los asuntos políticos escoceses, por lo que volcaron toda su influencia en que Guillermo I atendiese otros problemas relacionados con Inglaterra.

En 1180 la insostenible situación dio un brusco viraje en dos direcciones: en Escocia, los habitantes de Galloway, Aberdeen y otros feudos con mayoría de antiguos escotos entre su población se rebelaron contra Guillermo I, a lo que hubo que sumar, en Inglaterra, la captura del propio monarca por las tropas de Enrique II. Al año siguiente, el tratado de Falaise sentaba las bases de los conflictos anglo-escoceses de los años venideros, pues Guillermo I aceptó no ya el juramento de fidelidad vasallática que antaño profesara el monarca escocés al inglés, sino que convirtió a su reino en un mero apéndice del gobierno de Londres, manteniendo su propia jurisdicción únicamente en la cuestión religiosa. Ello significaba invalidar las leyes comunes que databan de la época de David I y aceptar la jurisdicción de los tribunales ingleses. Ante la presión social de los clanes, y de prácticamente todo el reino, la posición de Guillermo I tras Falaise era, ciertamente, precaria, pero la muerte de Enrique II (1189) alivió un tanto su situación, ya que el sucesor de Enrique, Ricardo Corazón de León (1189-1199), era, en realidad, una especie de imagen suya en Inglaterra: más preocupado de los asuntos continentales, sobre todo de Anjou, o de su participación en las Cruzadas, que de la situación real de Inglaterra. Así pues, aunque Ricardo, sin duda para financiar su empresa jerosolimitana, impuso un fuerte tributo a los escoceses por aliviar las directrices de Falaise; al menos Escocia recuperó parte de su jurisdicción, tendencia también visible durante el breve reinado de Juan Sin Tierra (1169-1216), pero también durante la “regencia” de éste en ausencia de su hermano el cruzado.

En 1214, a la muerte de Guillermo I, lo sucedió en el trono escocés su hijo Alejandro II (1214-1249), que trató de aliviar el alto tributo anual que se pagaba a los ingleses por el grave peligro de insurrección popular que sufría. La opción elegida fue, al menos, la más adecuada: vender Northumberland a cambio de una elevada suma de numerario. El siguiente monarca, Alejandro III (1249-1285), también fue presa de los consejeros anglosajones por acceder al trono en minoría. De hecho, fue el consejo de regencia quien determinó su matrimonio con Margaret, hija de Enrique III, Rey de Inglaterra. En 1266, deshaciéndose un tanto de esta presión, Alejandro emprendió una expedición hacia las islas Hébridas, totalmente asoladas por las incursiones vikingas, expulsó a los invasores de la provincia y recuperó su control. Para certificar esta paz entre Noruega y Escocia, Alejandro propuso el matrimonio de su hija, Margaret, con Erik, rey de Noruega. La hija de este último matrimonio, la célebre “dama de Noruega”, fue la chispa que encendió las nuevas luchas civiles a la muerte de Alejandro III, ya que fue presentada como reina por parte de la aristocracia escocesa (sobre todo, los Bailleul, de origen normando), mientras que los Bruce (emparentados con el secular clan MacGregor), prefirieron levantarse en armas contra la princesa Margarita y acudieron, paradójicamente, a reconocer como regente al monarca inglés, Eduardo I.

Los disturbios de entre 1286 y 1290 tienen una compleja base sociopolítica. En principio, los Bruce, más que apoyar a Eduardo I (del que desconfiaban ampliamente), lo que intentaban era finalizar con el dominio de la aristocracia anglosajona y normanda de los Bailleul en Escocia; por ello, aunque en esencia no hubieran tenido problema para aceptar la legalidad de la “dama de Noruega” como heredera, al ser ésta una niña, significaría la perpetuidad del sistema de los Bailleul. Por ello, rápidamente Eduardo I se presentó como aliado, pretextando el peligro de una invasión vikinga sobre Escocia aunque, en realidad, esperaba cumplir sus objetivos anexionistas. De hecho, Eduardo negoció en secreto con la Santa Sede hasta conseguir la bula en la que se validaba el matrimonio entre la “dama de Noruega” y su hijo homónimo. Este matrimonio fue aceptado como garantía de paz entre las dos facciones escocesas en el tratado de Birgham (1290); pero, tras la muerte de la princesa en las islas Orcadas, a los pocos meses de firmarse el tratado, las hostilidades se reanudaron, para gozo del monarca inglés. Así, los Bailleul y los Bruce, principalmente, pelearon por legitimar su acceso al trono en las sucesivas entrevistas que la aristocracia escocesa mantuvo con Eduardo I a lo largo de 1291, celebradas preferentemente en Norham y en Northumberland. Durante este año, una comisión de más de cien eruditos, abogados, teólogos y licenciados estudió una por una las candidaturas presentadas.

De los trece candidatos, tres eran los principales, pues basaban sus pretensiones en ser descendientes directos de Guillermo el León: fueron John Bailleul, Robert Bruce el Noble y John de Hastings. El 17 de noviembre de 1292, Eduardo eligió al primero de ellos como monarca escocés; tras la ceremonia de coronación, celebrada en Scone el 30 de ese mismo mes, Juan Balleuil se dirigió hacia Newcastle, donde, el 26 de diciembre de 1292, prestó juramento vasallático de fidelidad a Eduardo, reconociendo implícitamente la superioridad de Inglaterra en los asuntos de Escocia.

La lucha por la independencia: sir William Wallace

Los ánimos anexionistas de Eduardo I, alentados por las continuas disputas de los dos principales bandos escoceses, fueron mucho más visibles a partir de que éste se indignase por la negativa de John Bailleul a prestarle los auxilios feudales a que le obligaba su juramento, servicios establecidos en el envío de tropas escocesas que apoyasen a Inglaterra en la recientemente iniciada guerra contra Francia. Una expedición inglesa de castigo derrotó a los Bailleul en Dumbar y en Berwick; su confianza se depositó a partir de entonces en el clan rival, con Robert Bruce el Noble a la cabeza. Pero John Bailleul, aún vigente rey, reaccionó poniéndose en contacto con el tradicional rival continental de Inglaterra. La Auld Alliance (‘Vieja Alianza’ en escocés), uno de los tratados internacionales sobre defensa mutua más antiguos que se conocen, fue firmado en 1295, y en él se disponían, entre otras cláusulas, ciertos enlaces matrimoniales entre escoceses y galos.

El conocimiento de esta felonía feudal fue suficiente para que Eduardo I, al frente de un importante ejército, invadiese Escocia, a sangre y cuchillo, en 1296. En apenas unos meses, los ingleses controlaron la situación, Eduardo se autoproclamó rey de Escocia y sustituyó a todo el elenco de gobernadores escoceses por sus propios hombres de confianza, naturalmente, todos ellos ingleses. John Bailleul fue hecho prisionero, desposeído de su corona, y el gobierno efectivo recayó en un noble inglés, Hugh Cressingham, conde de Surrey, a modo de virrey. La dominación inglesa, además de su carácter sangriento, representó una afrenta de incalculables dimensiones para la población escocesa, que vio cómo Eduardo I decidía trasladar la secular Stone of Destiny, lugar de coronación de los monarcas escoceses, hacia la abadía de Westminster. Para Eduardo I, era una sutil manera de anunciar la desaparición de la corona escocesa, o, mejor dicho, su absorción en la inglesa; para los escoceses, la chispa sociológica que encendió la resistencia a la dominación extranjera y la lucha por la independencia.

Fue en este contexto donde apareció el héroe nacional escocés por antonomasia: William Wallace (ca. 1270-1305). Después de una breve estancia en prisión, Wallace, junto con sir Andrew de Moray, comandó un ejército reclutado entre las clases no nobiliarias del país que derrotó a los ingleses en la batalla de Stirling Bridge (1297), haciéndose con el control del castillo y de tan importante enclave estratégico. A los pocos meses, y tras una breve pero intensa campaña de saqueo en las regiones inglesas de Northumberland y Cumberland, Wallace fue derrotado por Eduardo I en la batalla de Falkirk (1298); este revés hizo que Wallace intentase negociar con el rey de Francia, Felipe IV, con el papa Bonifacio VIII, e incluso con el rey noruego Haakon VII, buscando apoyos para su causa. Finalmente, a su vuelta a Escocia, fue delatado por un traidor en 1304 y ajusticiado cruelmente en Londres al año siguiente. Pero, aunque se puso fin a su vida, la martirización de su idea independentista, contrariamente a lo esperado por Eduardo I, insufló nuevos bríos a la resistencia escocesa.

La independencia escocesa: Robert I Bruce y la batalla de Bannock Burn (1314)

El testigo de Wallace lo tomaron precisamente aquellos a quienes, en épocas posteriores y de manera poco razonable, se acusó de la muerte del mítico guerrero: los Bruce. El conde de Carrick, Robert Bruce, nieto de Robert Bruce el Noble, fue el principal dirigente que, tras la muerte de aquél, dirigió el independentismo escocés. En los primeros años, el conde de Carrick tuvo que luchar contra las tropas de John Comyn, el antiguo enemigo de su abuelo, que había aceptado el pacto con los ingleses. En una emboscada secreta, y en la más fiel tradición trágica escocesa, Robert, vengando la memoria de su abuelo, asesinó a Comyn en la iglesia de Dumfries, con lo que cometió dos crímenes: sacrilegio y traición a la Corona. A pesar de ello, la Iglesia escocesa, que había permanecido en una situación de neutralidad durante el conflicto, comenzó a apoyar la causa de los Bruce. De hecho, el obispo de Glasgow, Lamberton, fue uno de sus principales valedores para que la condena por sacrilegio del incidente de Dumfries no se llevase a cabo, e, incluso, para que, tras una breve estancia en el castillo de Lochmaben, propiedad del conde de Douglas, el conde de Carrick fuera coronado como Robert I Bruce, rey de Escocia, en Scone, el día 27 de marzo de 1306.

Como es lógico suponer, este acontecimiento significó la apertura de nuevas campañas militares inglesas. Así, mientras que el grueso del ejército escocés se hallaba acampado en Galloway, Eduardo I dirigía sus fuerzas hacia Perth; el encontronazo entre ambos contingentes se produjo en el bosque de Methven y finalizó con una gran victoria inglesa que no sólo mermó a las tropas adversarias, sino que, además, logró hacer prisioneros a gran parte de los apoyos de Robert Bruce I, entre ellos a su esposa, la reina, y a sus hijos. Robert huyó hacia Kintyre, donde se refugió en las posesiones de los clanes MacDonald y Campbell, fieles seguidores suyos. No tardó en encontrar nuevos apoyos y en armar un nuevo ejército que, a principios de 1307, se apoderó del castillo de Turnbury, en Carrick. Desde allí, Robert Bruce se dirigió hacia Ayrshire, precisamente la patria de William Wallace, donde consiguió nuevos refuerzos para su ejército. Las tropas inglesas, acampadas en Carlisle, recibieron una triste noticia: el rey Eduardo I se hallaba muy enfermo; de hecho, tras la victoria escocesa en la batalla de Loudon Hill (1307), Eduardo I falleció en las cercanías de Carslile. La ausencia del gran estratega bélico, de ese martillo de los escoceses, como rezaba su apodo popular, allanaría el camino para la empresa de Robert I Bruce: la independencia de Escocia.

Preocupada Inglaterra por el futuro de su nuevo rey, Eduardo II, las campañas de Robert Bruce I fueron exitosas: en 1308 conquistó Aberdeen y Forfax, además de derrotar en Galloway a los MacDouglas, feudatarios del rey inglés. Las tropas inglesas intentaron reaccionar en 1310, pero tuvieron que retirarse al conseguir los escoceses el dominio del castillo de Dunstoffnage. En realidad, el modus operandi de Robert Bruce I fue similar al de Wallace: como éste, también el rey se atrevió a invadir Inglaterra y sometió a tributo a los territorios de Durham y Chester, aunque dentro del propio reino enclaves tan importantes como Carlisle y Berwick seguían en manos inglesas. En 1313, los escoceses tomaron Perth y la más ansiada posesión: el castillo de Edimburgo.

El asalto definitivo se libró al año siguiente: un ejército de más de 50.000 hombres, entre ingleses y mercenarios de toda Europa, invadió Escocia. Los escoceses les esperaron en el bosque de Torwood para preparar una celada que les llevaría hacia la ensenada de Bannock Burn. El ejército escocés, realizando una maniobra envolvente, destrozó a la caballería inglesa, que tuvo que retroceder despavorida. El propio Eduardo II hubo de embarcar en Berwick y reconocer su derrota: Escocia era independiente y Robert Bruce recorrió victoriosamente todo el país. Para validar aún más esta victoria y, sobre todo, la independencia, los embajadores religiosos de Escocia lograron que el papa Juan XXII firmase la Declaración de Arbroath (1320), en la que se promulgaba la independencia de Escocia. El hecho de que gran parte de las fuerzas combatientes en Bannock Burn fueran paneuropeas, así como la intervención del papa aviñonés, siempre favorable a la política exterior francesa, es lo que ha llevado a diversos historiadores a enmarcar estos acontecimientos como precedentes inmediatos de la Guerra de los Cien Años, conflicto al que Escocia no permanecería ajena.

Después de la declaración de Arbroath, Robert I Bruce intentó conseguir el dominio de los importantes enclaves escoceses que aún permanecían ligados bien a Inglaterra, bien gobernados por nobles anglófilos. En 1322 tomó Berwick, tras derrotar a los ingleses en la batalla de Byland, pero no pudo hacer lo mismo con Carlisle. En 1326, con el triunfo de Robert I Bruce, los asuntos de Escocia serían tratados por un nuevo órgano consultivo, el Parlamento, en el que tendrían representación todos los estratos de la población, paso adelante en la independencia del país. Tras esta derrota, Eduardo II prefirió firmar una tregua de paz, poco antes de fallecer en 1327; la situación de tregua, el potencial militar de Escocia y la inquietud de Inglaterra ante la minoría de Eduardo III, obligaron a sus representantes a reconocer la independencia de Escocia, confirmada mediante la firma del Tratado de Northampton (1328), acuerdo con el que se veían cumplidos los sueños escoceses.

Conflictos bajomedievales

En 1329 falleció Robert I Bruce, óbito que desató una nueva polémica entre la belicosa nobleza de Escocia, contraria al gobierno del conde de Douglas durante la minoría del nuevo rey, David II Bruce. Así, empezó a formarse un bando anglófilo que, con la ayuda soterrada de Inglaterra, presentó como candidato al trono a Edward Balleuil, hijo de John, argumentando que los derechos al trono de este linaje habían sido cercenados irregularmente por los Bruce. En agosto de 1332, Edward y sus partidarios invadieron Forfax y, unos días más tarde,  lograron vencer a las tropas del conde de Douglas y del conde de Mar en la batalla de Dupplin Moor, el 12 de agosto de 1332. El 24 de septiembre del mismo año, después de ocupar Perth, Edward Balleuil se coronó rey de Escocia en Scone, con el nombre de Eduardo I; pero, tal vez mal aconsejado por sus adláteres, cometió un imperdonable error: jurar fidelidad a Eduardo III de Inglaterra, y cederle, en compensación por las guerras pasadas, amplios territorios del sur de Escocia, incluido Berwick. Rápidamente, los clanes escoceses más combativos, como los Murray, los Campbell, los Moray y, principalmente, los Stewart (futura casa real Estuardo), contraatacaron presentando batalla a Edward Bailleul, que tuvo que huir a Inglaterra y pedir refuerzos. Un año más tarde, los escoceses fueron derrotados por lnglaterra en la batalla de Halidon Hill, lo que conllevó la restitución del trono de Edward Balleuil y, mucho más importante, el envío de David II Bruce, el rey-niño, a Londres, donde sería educado y tenido como garantía del cumplimiento de los acuerdos.

Durante todo el siglo XIV, Escocia se vio inmersa de lleno en la crisis del feudalismo; el período continuo de guerras había causado una gran desolación en los campos de cultivo, lo que produjo el descenso de las rentas señoriales y, por tanto, la reacción violenta de estos contra sus vasallos. A pesar de que las leyes escocesas, vigentes desde la época de David I, otorgaban gran independencia a los campesinos libres, la crisis económica provocó la multiplicación de la estructura señorial, agravado por la presencia de distintas jerarquías en la capa superior debido a los clanes. Además, también hay que contar con la gravísima crisis demográfica que produjo en Escocia las primeras oleadas de la Peste Negra (1349-55), de altísima mortandad y que agravaron los factores anteriormente descritos. Por si fuera poco, los grandes nobles del país, divididos entre independentistas y anglófilos, no cejaron en su empeño de debilitarse mutuamente, cuestión que fue aprovechada por Eduardo III de Inglaterra para, siempre teniendo como referente la guerra de los Cien Años, intentar el viejo sueño inglés de unión con Escocia.

El gran protagonista de esta época de la historia escocesa es el clan Douglas, especialmente el conde de Liddesdale, una de las figuras más siniestras de la Europa medieval. En principio, Liddesdale se unió a los independentistas que, entre 1336 y 1340, recuperaron el control de las ciudades de Perth, Dumbar, Stirling y Edimburgo. Pero, tras el regreso de David II Bruce, en 1342, tomó partido por el vigente rey, Eduardo I Balleuil, y asesinó a Alexander Ramsey, noble afín a los Bruce y jefe de la casa del joven David. Al quedar este asesinato sin punición por ninguno de los dos Eduardos, escocés e inglés, los Bruce, los Stewart y los Campbell reunieron tropas alrededor de David II Bruce, con el propósito de invadir Inglaterra. La invasión fue rechazada tras la derrota escocesa en la batalla de Neville’s Cross (1346), pues Eduardo III de Inglaterra había sabido el punto justo de reunión de la invasión “gracias” a su delación por parte de Douglas de Liddesdale, al que había prometido la corona escocesa en detrimento de Balleuil. David I Bruce regresó a Londres, pero esta vez como prisionero; quedaron como baluartes del independentismo escocés principalmente los Stewart y un despechado conde de Liddesdale.

El 21 de enero de 1356, Eduardo I de Escocia, en realidad un pelele en manos de su homónimo inglés, fue obligado a abdicar para instaurar en el trono a David II Bruce; aparentemente, los independentistas habían ganado la batalla política, pero, en realidad, David había firmado un acuerdo con Eduardo III mediante el que le juraba fidelidad y, lo que es más importante: si David fallecía sin hijos, el trono sería para el inglés. El Parlamento escocés protestó ampliamente contra el contenido de esta tregua, juzgándola lesiva para los intereses del reino, pero no hubo ninguna respuesta oficial. De hecho, los Stewart se levantaron en armas en 1363, aunque fueron sofocados rápidamente. La ocasión de comprobar el calado del acuerdo llegó en 1371, cuando falleció David, el último monarca de la casa Bruce, que fue sucedido por Robert II Estuardo, nieto por parte materna de Robert I, aunque Eduardo III, basándose en lo firmado con David, intentó hacer valer sus derechos, que fueron rechazados por el Parlamento escocés. Pero lo que frenó una nueva invasión escocesa fue la reanudación de la guerra entre Inglaterra y Francia. En cualquier caso, sólo fue un aplazamiento: ingleses y escoceses volvieron a pelear en la batalla de Otterburn (1388), saldada con un empate tácito que devolvía la situación al mismo lugar que diez años antes, aunque, eso sí, con dos sensibles bajas: Douglas de Liddesdale, escocés, y el conde de Percy, inglés. La renovación generacional de los protagonistas en el conflicto se confirmaría en 1390, con la muerte de Robert II Estuardo, al que sucedió su hijo, Robert III Estuardo.

La difícil transición del siglo XV: la casa Stewart (Estuardo)

Como en otros lugares de Europa, el siglo XV se caracterizó por el crecimiento del poder autoritario de la monarquía, fenómeno que desembocaría en el establecimiento del Estado Moderno, y siempre en continua disputa con las pretensiones centrífugas del estamento nobiliario. Como en el caso francés o castellano, entre otros, la monarquía escocesa fue entregada a privados o validos, en quienes el rey delegaba todas las funciones. Fue el caso del reinado de Robert III Estuardo, en el que el verdadero gobernador de Escocia fue el duque de Albany. La protesta contra esta situación, incluido el caos en que vivía el país, centró las reuniones parlamentarias de 1397, pero nada pareció cambiar durante este breve reinado. De hecho, tras la muerte de Robert III Estuardo (1400), James Stewart, miembro de una rama menor del linaje, esgrimió sus derechos al trono por ser el descendiente más cercano de los reyes del clan Bruce; elegido por el pueblo y coronado en Edimburgo como Jacobo I, la acción conjunta del duque de Albany y de los Douglas le obligaron a huir a Francia, aunque fue capturado por los ingleses. Permaneció en Londres hasta 1424.

Además del factor reseñado anteriormente, hay que tener en cuenta dos premisas más para el siglo XV escocés: la anterior y tradicional división del país, anglófilos e independentistas, dejó paso a una división geográfica de intereses: clanes y nobleza de las Highlands, clanes y nobleza de las Lowlands. La aristocracia cortesana, totalmente influida por pautas de comportamiento inglesas, únicamente se preocupó de sus propios intereses, pactando, si era necesario, con el rey de Inglaterra antes que con la tradicional y anticuada nobleza de las Highlands, quienes conformaban, ciertamente, la única reminiscencia de los antiguos tiempos pero que, con menos medios económicos a su disposición, comenzó a ruralizarse y a empobrecerse en demasía comparándola con la próspera nobleza del sur. El otro factor que hay que tener en cuenta es que, por primera vez en la Historia escocesa, la anglofilia no fue impuesta por la fuerza de las armas, sino que la propia nobleza se encargó de llevar las costumbres y usos ingleses a todos los ámbitos de acción. Inglaterra, desolada también por la peste, por las tensiones internas (constantes revueltas de los galeses) y, en la segunda mitad del siglo XV, por la funesta guerra entre los York y los Lancaster, bastante hacía con intentar solucionar sus propios problemas.

No obstante, tras el regreso de Jacobo I Estuardo, la ya avisada veta autoritaria de la monarquía se puso en funcionamiento. Ayudado también por la férrea voluntad de su esposa, la reina Jeanne de Somerset, mandó apresar a los duques de Albany, al conde de Lennox y al resto de los nobles que impidieron el desarrollo de su programa político. Pero la popularidad que podía alcanzar con esta reorganización del país no fue bien entendida por los highlanders (habitantes de las Highlands), quienes únicamente vieron la sustitución de unos nobles por otros, pero siempre anglófilos. De hecho, tal vez fuese lo que costó la vida al propio Jacobo I, asesinado en Perth en 1436 por Robert Graham, descendiente de la casa condal de Atholl, aunque en esta muerte se mezclaron curiosos condicionantes de venganza secular: los condes de Atholl descendían del tronco regio de Roberto Estuardo, concretamente de su segundo matrimonio con lady Euphemia de Ross; precisamente fue esta rama la que vio sus derechos al trono cercenados por la elección de Robert III, hijo del primer matrimonio… de ahí que muchos historiadores hayan considerado el asesinato de Jacobo I como una venganza familiar en toda regla.

Retomando el hilo cronológico, el sucesor de Jacobo I fue su hijo, Jacobo II Estuardo, quien contó con un consejo de regencia en su minoría en el que, además de la reina Jeanne, estaban miembros de los linajes Douglas y Crichton, como representantes principales. Las tensiones fueron grandes, pero en 1449, una vez mayor de edad, Jacobo II representó el resurgimiento del ideal independentista escocés, sobre todo en el apartamiento de consejeros anglófilos en el entorno cortesano. Consiguió la aprobación del Parlamento para financiar una campaña de invasión contra Inglaterra, en la que se alistaron muchos highlanders, incluso descendientes de los asesinos de su padre, que veían, por fin, un monarca cincelado a esa “vieja usanza” que tanto añoraban… con tal mala suerte que, en el asedio de Roxburgh (1460), en plena campaña militar, uno de los cañones escoceses explotó y acabó con la vida de Jacobo II.

Su hijo y sucesor, Jacobo III, a la vista del éxito paterno, continuó con su misma política, hostigando brutalmente los condados fronterizos con una Inglaterra diezmada por sus conflictos civiles. De hecho, los primeros años fueron la culminación de las empresas anteriores, al conquistar los escoceses Berwick y Roxburgh. Ante este avance, los ingleses ofrecieron al duque de Albany, hermano del rey, armas y dinero con que realizar una insurrección contra Jacobo III, quien, asustado ante la posibilidad de perder el trono, canceló las campañas inglesas y se refugió en el castillo de Edimburgo, para desesperación de los highlanders y triunfo de la política anglófila, que de nuevo copó los puestos más importantes del poder regio. Otra sedición, esta vez de signo totalmente contrario, levantó en armas a gran parte de las Highlands, capitaneada por Angus Bell, en contra del dominio de la nobleza anglófila. Incluso el propio hijo y sucesor de Jacobo III, el duque de Rothsay y futuro Jacobo IV, fue tentado por la ambición de Eduardo IV de Inglaterra para que acelerase su acceso al trono. Finalmente, Jacobo III fue asesinado en 1488 y Jacobo IV subió al trono. A pesar de mantener la tradicional amistad galoescocesa, el reinado de Jacobo IV significó el punto de inflexión de la influencia inglesa en la monarquía escocesa. Firmó con Inglaterra los tratados de Ayrton (1497) y Saint Andrews (1498), en los que se respetaban los límites territoriales sin tener en cuenta las recientes victorias de los anteriores monarcas, lo que le hizo sufrir la insurrección del duque de Lennox; como colofón a su política de paz con Inglaterra, en 1502 Jacobo IV contrajo matrimonio con Margarita, hija del rey inglés Enrique VII. A pesar de que los highlanders, indignados, provocaron varias rebeliones, lo cierto es que la paz y prosperidad del reino fue enorme, lo que contribuyó a crear las bases económicas y culturales sobre las que se fundamentaría la Escocia de los siglos venideros… y también Inglaterra, puesto que el matrimonio entre Margarita y Jacobo IV sería la causa fundamental de la entrada de la casa Estuardo en el trono inglés, durante el siglo XVII.

Pero, retomando el hilo cronológico, el siglo XV, en general, fue un siglo de reorganización de las relaciones a todos los niveles. Como hito importante, hay que destacar el progreso escocés en el campo de la educación. Durante gran parte de los siglos medievales, los escoceses tuvieron a gala ser los más cultos de todos los europeos, pues la educación era uno de sus signos de identidad, si bien es cierto que domeñado desde sus inicios por la existencia de escuelas rurales o catedralicias, es decir, de rango eclesiástico, diseminadas por cualquier población del país. En el plano laico, y a lo largo de todo el siglo XV, este fenómeno se tradujo en la fundación de diversas universidades: la primera, la de Saint Andrews (1411), seguida de las de Glasgow (1451), Aberdeen (1494) y, ya en el siglo XVI, la de Edimburgo (1582). Por otra parte, la modernización de las estructuras estatales y monárquicas tuvo como protagonistas a gran parte de los titulados por las universidades escocesas, lo que, si bien no hizo decaer el poder de la nobleza de las Lowlands, sí relegó a un absoluto segundo plano a los antaño poderosos clanes de las Highlands. El mundo de la espada parecía declinar definitivamente ante el triunfo de la pluma.

Escocia durante la temprana Edad Moderna

Los hitos logrados durante el reinado de Jacobo IV se desvanecieron, principalmente, por la llegada al trono inglés de uno de los monarcas más peculiares de la Historia: Enrique VIII (1509). Abandonando la política de su antecesor, Enrique VIII volvió a declarar la guerra a su cuñado, Jacobo IV. Éste, indignado ante la situación y a pesar de los intentos de consenso realizados por su esposa, la reina Margarita, se apresuró a firmar con el monarca francés, Luis XII, una extensión de la Auld Alliance de 1295, en la que, entre otras curiosidades, se entregaba a los súbditos de ambos reinos la doble ciudadanía, escocesa y francesa. Con renovados bríos, y con un gran apoyo popular, Jacobo IV se dispuso a invadir Inglaterra, pero fue derrotado por Enrique VIII en la batalla de Flodden Field (1513); pereció, junto a él, buena parte de la aristocracia escocesa, en una jornada realmente catastrófica.

El heredero del trono, Jacobo V, era todavía un niño cuando fue coronado en 1513, por lo que el poder lo ostentó un consejo de regencia dominado por la reina madre y por el duque de Albany; los primeros años de este reinado estuvieron caracterizados por las luchas por el control del consejo, luchas que, en ocasiones, llegaron a las armas entre partidarios y detractores de uno y otra. En 1522, durante uno de los períodos de dominio del duque de Albany en la regencia, Enrique VIII declaró la guerra a Escocia, lo que fue aprovechado por los nobles contrarios a Albany para sublevarse. La situación fue de continua violencia hasta la mayoría de edad de Jacobo V, en 1528, a quien Enrique VIII ofreció una tregua si el nuevo rey apoyaba sus ansias reformistas. Al negarse Jacobo, se reanudó la guerra, un enfrentamiento largo, plagado de asedios y maniobras de desgaste que sólo sirvieron para prolongar la agonía de Jacobo V, finalmente derrotado y muerto por los ingleses en la batalla de Solway Moss (1542).

La situación se complicaba por la existencia de una nueva minoría, la de María Estuardo, nacida apenas una semana antes del fallecimiento de su padre. La reina madre, María de Guisa, mujer enérgica y con extraordinarias dotes de gobierno, supo aguantar la situación de rebeldía y condujo a la moderación a las diferentes facciones nobiliarias. A María de Guisa también le sirvió de gran “ayuda” el que la mayor parte de los nobles belicosos hubiese fallecido en las batallas de Floden (1513) y Solway Moss (1542), lo que produjo una renovación de los cuadros dirigentes caracterizada por el acceso a los puestos del poder de algunos highlanders pero, sobre todo, de letrados universitarios elevados al estamento nobiliario. Como mal menor ante la posible invasión inglesa, María de Guisa aceptó a regañadientes el que su hija, María Estuardo, fuese enviada a Inglaterra como garantía de la paz entre ambos reinos. De hecho, al año siguiente (1543), ante la negativa de María de Guisa a que su hija se casase con el hijo de Enrique VIII, éste reanudó la contienda, saqueando y prendiendo fuego a todas las poblaciones escocesas que encontró en su camino. Sólo la muerte de Enrique, en 1547, dio un poco de tregua a los escoceses, a pesar de que el regente inglés, lord Somerset, continuó la invasión hasta llegar a las mismas puertas del castillo de Edimburgo. Acosada por todos los frentes, finalmente María de Guisa aceptó que María Estuardo se casase con el Delfín de Francia, con el único objetivo de firmar la paz con Inglaterra, en 1550.

La Reforma protestante en Escocia: John Knox

Las condiciones de los tratados de 1550 permitieron que Escocia tuviera una época de paz bajo la regencia de María de Guisa, paz culminada en 1558 con la boda entre María Estuardo y el futuro Francisco II. Pero, en 1560, con el fallecimiento del rey francés, María Estuardo regresó a Escocia. Entre tanto, el principal problema del reino, como en el resto de Europa, fue la incendiaria mecha de la Reforma protestante. La magnitud de la misma fue importantísima, toda vez que la tradicional confesión católica de Escocia, en el caso de la familia Estuardo, era uno de sus signos de identidad. Pese a ello, las críticas contra la incontinencia de los prelados y, en general, contra la sociedad pretendida por los anglófilos, hizo que simpatizasen con la Reforma los habitantes de las Highlands, que veían en esta pureza espiritual la única solución a los problemas. Hablar de la Reforma en Escocia es sinónimo de John Knox, un antiguo capellán católico de Eduardo IV de Inglaterra seducido por la predicación de Lutero que, después de abandonar Inglaterra, fue llamado por los protestantes escoceses para llevar a cabo la Reforma en el país del cardo. En 1559, Knox pronunció un incendiario discurso público en Perth que, tradicionalmente, se tiene como la fecha de referencia para la introducción del protestantismo en Escocia. Knox y sus acólitos, lógicamente, chocaron con la férrea voluntad católica de María Estuardo, que prohibió todo tipo de reuniones entre ellos (los famosos covenants) y que expulsó a Knox de Escocia, hecho que desató graves disturbios populares sobre todo en las ciudades del norte. En Perth, por ejemplo, la algarada popular saqueó e incendió las iglesias y los palacios de los nobles. Cuando la situación se hizo insostenible en Edimburgo, María Estuardo decidió huir a Dumbar, aunque la reina madre, María de Guisa, falleció en el camino.

Con el aval de la popularidad de la Reforma, Isabel I de Inglaterra decidió pactar con los protestantes una intervención; la situación fue tan sorprendente que, en 1560, cuando las tropas inglesas cruzaron el puente sobre el río Tweed, fueron recibidos con vítores y alegrías por los escoceses. Mediante el Tratado de Edimburgo, firmado ese mismo año, el Parlamento escocés sufrió un brusco cambio por el que se alejó del poder a la representatividad de los enclaves rurales y se aumentó la afluencia de rica burguesía urbana. Por su parte, John Knox, de nuevo en Escocia, comenzaba a reformar la Iglesia según el sistema presbiteriano, basado en el calvinismo, con el total consentimiento del pueblo. Los consejeros de la corte, especialmente sir Lethington y Jacobo Moray, hermano de María Estuardo, forzaron a la reina María a un entendimiento con el pueblo que pasaba por aceptar la Reforma. John Knox expuso su programa en el castillo de Edimburgo, que se debatía entre la imposición del protestantismo, deseada por Knox, y la libertad de culto, límite máximo permitido por María. Knox, aunque repugnaba el catolicismo y peleaba por ilegalizarlo, aceptó las condiciones sabiendo que el empuje popular y las intrigas palaciegas mantendrían a la reina demasiado ocupada como para reaccionar. Y, efectivamente, las persecuciones a los católicos comenzaron con la misma proclamación de la libertad de culto, en 1562.

El final del siglo XVI: crisis y rebelión

Tal como preveía Knox, los asuntos de palacio, la lucha por el poder y el envenenado ambiente cortesano fueron sus mejores aliados para la extensión de la Reforma. Jacobo Moray y lord Lethington entablaron feroces disputas por el control del trono, a lo que hubo de sumarse la nueva llegada del conde de Darnley, primo de la reina María Estuardo, de cuyos encantos ésta había quedado tan prendada que le tomó por esposo en 1565. Junto a Darnley llegó otro intrigante, lord Rizzi, que se hizo con el puesto de secretario de la reina y que se convirtió en el verdadero hombre fuerte del país. Jacobo Moray encabezó, al año siguiente, una conspiración armada contra María Estuardo, pero fue rechazado y obligado a huir a Inglaterra, donde encontró acomodo de la mano de Isabel I, pensando ésta en que, sin duda, podría ser un arma para utilizar en el futuro. Pero no hizo demasiada falta, porque el espíritu de otro legendario monarca escocés, MacBeth, pareció instituirse en la corte regia de Edimburgo: Rizzi fue ejecutado por Darnley en 1566, al parecer celoso de su intimidad con la reina; este arrebato enemistó a María Estuardo con su esposo, y no cejó de hostigarlo hasta que el nuevo amante de María, lord James Hepburn Bothwell, asesinó a Darnley al año siguiente. A la semana, Bothwell secuestró a la reina en Cramond y la llevó prisionera a su castillo de Dumbar, amenazándola de muerte si no contraía matrimonio con él; la reina accedió y la ceremonia se llevó a cabo en Holyrood a finales de 1567, ceremonia que le valió al propio Bothwell el título de duque de Orkney y el perdón general de sus delitos.

Todos estos acontecimientos fueron eficazmente aprovechados por Isabel I de Inglaterra, que había resucitado el ideal de unión con Escocia, para alentar diversa propaganda ideológica desfavorable al catolicismo, en primer lugar, pero también desfavorable a la casa Estuardo. Ello fue suficiente para que un grupo de nobles protestantes, capitaneados por Jacobo Moray, se levantase en armas contra María, la hiciese prisionera en la batalla de Musselburgh, donde pereció el odiadísimo Bothwell, y la obligase a abdicar en favor de su hijo Jacobo, mientras que el propio Moray obtenía la regencia del país. María Estuardo tuvo un triste fin: fue llevada a Londres como prisionera de Isabel I, y ni siquiera la existencia de parentesco entre ambas la sirvió para no vivir humillada el resto de sus días. Cuando Jacobo VI llegó a la mayoría de edad, en 1585, promulgó un decreto de unión entre las iglesias de Escocia e Inglaterra, finiquitando la resistencia católica escocesa; dos años más tarde, en 1587, la ejecución de María Estuardo, ante la aparente indiferencia de su hijo Jacobo, puso fin durante un largo espacio de tiempo a las querellas religiosas de Escocia.

Las últimas décadas del siglo XVI estuvieron presididas por la reorganización interna de carácter positivo, quizá no tanto por la capacidad de Jacobo VI y más por la desaparición de todos los intrigantes consejeros (Moray, asesinado en 1581; Morton, asesinado en 1583…) Se promulgaron leyes para incentivar la producción agrícola, en grave crisis desde la Peste Negra del siglo XIV, así como para fomentar el comercio, especialmente con Inglaterra y Francia. Definitivamente, la apertura de Escocia al calendario gregoriano, aceptada en el año 1600, parecía augurar nuevas y buenas perspectivas en la siguiente centuria.

El siglo XVII: la Unión con Inglaterra (1603)

En 1603 sucedió uno de los acontecimientos más importantes de la Historia de Escocia: la muerte de Isabel I de Inglaterra sin descendencia otorgó el trono a Jacobo VI, rey de Escocia, pero también I de Inglaterra. La tan pretendida unión de las dos coronas se confirmaba así de la manera más inverosímil: con el acceso al trono inglés del descendiente de un linaje, Estuardo, que con más ahínco había combatido esta idea en los tiempos pasados. En principio, el acontecimiento fue bien recibido por los dos reinos, que esperaban el fin de los seculares conflictos en aras de la paz y la convivencia. Pero las contrapartidas fueron, desde el principio, lesivas para la identidad nacional escocesa: el propio Jacobo VI, en su única visita a Escocia durante su reinado (1617), y con una flagrante ausencia de tacto, disertó acerca de la superioridad de la civilización y costumbres inglesas sobre las de su propio país. Siguiendo con su plan, en 1618, el monarca comenzó a mediatizar el nombramiento de obispos presbiterianos en Escocia, en un intento por unir las dos iglesias; como quiera que los máximos beneficiados fueron siempre prelados ingleses, ello no hizo sino contribuir a ampliar la impopularidad del rey entre sus súbditos escoceses. De hecho, la muerte de Jacobo (1625) y el consiguiente acceso al trono de su hijo, Carlos I Estuardo, coronado en Edimburgo, fue recibido como un alivio por casi toda Escocia. Pero, tras el alivio, llegó la decepción: Carlos se mostró mucho más despreocupado por los asuntos escoceses que su padre y dedicó toda su atención a las batallas con el Parlamento inglés y a la participación de Inglaterra en la Guerra de los Treinta Años.

Las tensiones explotaron definitivamente en 1637, cuando Carlos I intentó introducir el credo anglicano en Escocia obligando a adoptar un nuevo catecismo. Los disturbios superaron en violencia a los acontecidos en tiempos de las prédicas de Knox, especialmente en la iglesia de Saint Giles de Edimburgo. Al año siguiente, con la suficiencia propia de un monarca autoritario, Carlos I planteó a los escoceses que eligieran entre su rey o su religión. Tal vez demasiado pronto para esta pregunta, la respuesta escocesa fue la firma masiva de un pacto en la iglesia de Greyfriars, Edimburgo, mediante el que se comprometieron a defender su credo presbiteriano hasta la muerte. Sus partidarios, llamados covenanters (‘juramentados’) y acaudillados por Alexander Leslie, asustaron al monarca, que se apresuró a convocar un concilio en Glasgow para discutir el problema. La asamblea, tan inútil como precipitada, sólo sirvió para que, una vez acabada, los covenanters se dirigiesen a pelear contra las tropas inglesas que habían sido enviadas a Escocia. El período comprendido entre 1639 y 1649 ha pasado a la historia escocesa con el sobrenombre de Guerras de los Obispos, ya que, desde sus inicios, los clérigos llevaron la voz cantante en cuanto a las armas, defendiendo a Escocia de las intrusiones anglicanas, como, en primer lugar, durante la batalla de Dunse Law (1639), que significó la primera victoria de los covenanters sobre Inglaterra. Carlos I, acosado por todos los frentes, convocó una nueva asamblea en Edimburgo para 1640, año en que, por otra parte, los problemas en Inglaterra le obligaron también a convocar al Parlamento Largo. Pero los covenanters no respetaron a un rey en descrédito continuo y cruzaron el Tweed para, después de desarmar a los destacamentos del cauce del Tyne, llegar a ocupar Newcastle, en el colmo de su osadía. El monarca estuardo solicitó una tregua, firmada en Ripon, pero su situación comenzaba a ser muy preocupante.

Las luchas contra Cromwell

En 1641, Carlos I viajó hacia Escocia para presidir el Parlamento, en el que se promulgaron importantes decretos sobre cuestiones políticas y religiosas, especialmente la prohibición de que los obispos de Escocia fueran anglicanos. Pero esta decisión, por otra parte, actuó como espoleta de salida para la guerra civil inglesa, en la que, en principio, los covenanters escoceses, dirigidos por Leslie, se alinearon con el Parlamento inglés, cuyas tropas estaban comandadas por Oliver Cromwell; en la batalla de Marston Moor (1643), el triunfo correspondió a los rebeldes, pero los hombres de Leslie sufrieron un grave descalabro que diezmó ampliamente sus perspectivas de lucha. Esta cuestión fue aprovechada por el dirigente de las fuerzas escocesas leales a Carlos I, James Graham, duque de Montrose, para devastar los focos rebeldes de las Highlands y conquistar Perth, tras derrotar al ínfimo y mal preparado ejército presbiteriano. Pero Carlos I no pudo aprovechar la cuestión, dado que tras la derrota de sus hombres ante el nuevo ejército de Cromwell en la batalla de Naseby (1645), optó por refugiarse en Escocia e imploró la protección de su pueblo. La baja estima con que contaba el monarca, junto con su negativa a firmar el Covenant, fueron determinantes para que el Parlamento escocés decidiera entregarlo a Cromwell, a cambio de que Inglaterra pagase de una sola vez las 200.000 libras esterlinas que se debían a Escocia por la participación de las tropas de Leslie en Marston Moor. Este acontecimiento significó, a la par, la ejecución de Carlos I y la consiguiente instauración de la República Inglesa, con Cromwell convertido en Lord Protector; pero, como dato curioso, también fue el factor que determinó la impenitente fama de “tacaños” que arrastran los escoceses incluso en la actualidad.

La muerte en el patíbulo de Carlos I (1649) colocó a Escocia en una difícil situación, pues en la República su reino quedaba supeditado por completo al Parlamento Rabadilla inglés, y los choques por cuestiones religiosas comenzaron a ser cada vez más evidentes. Por eso, gran parte de la nobleza, en especial sus caudillos militares, Alexander Leslie y el duque de Montrose, trabaron contacto con el hijo del fallecido monarca, exiliado en Holanda, y le proclamaron rey de Escocia, Carlos II, en una solemnísima ceremonia celebrada en Scone (1651). Inmediatamente, Cromwell se puso en marcha para castigar la desobediencia; cruzó el Tweed en dirección a la capital, Edimburgo. Allí fue rechazado por las tropas de Leslie; pero los escoceses, en un alarde de audacia, persiguieron a los ingleses que, reorganizados, derrotaron a las tropas de Leslie y Montrose en la batalla de Dumbar; ambos dirigentes fallecieron (Montrose ahorcado al día siguiente en Caithness). Cromwell puso precio a la cabeza de Carlos II y éste huyó a Francia; como gobernador general de Escocia, el Lord Protector designó a uno de su hombres de confianza, el general Monk, quien, no obstante, realizó algunas reformas de interés, sobre todo centralizando la caótica administración territorial escocesa.

De la Restauración a la Revolución: el jacobinismo escocés

Tras la muerte de Cromwell (1660), la Restauración de la monarquía y de la casa Estuardo, en la persona de Carlos II, fue excelentemente acogida por ingleses y escoceses, pero de manera especial por estos últimos, que habían visto cómo Escocia pasaba a ser una cuestión de segunda importancia en los asuntos políticos y sociales. Pero el propio carácter del monarca, disoluto y libertino, que centró toda su vida en vengar las afrentas republicanas a su familia, hizo que muy pronto cundiera el desánimo entre los escoceses, que pasaron de ser un mero cauce de rentas a la Corona. De hecho, las ansias de venganza de Carlos II no se quedaron al sur del Tweed, sino que también en Escocia comenzaron las tropelías, ejecuciones y persecuciones, de tal modo que el período ha pasado a la Historia con el sobrenombre de murder times (‘tiempos de asesinatos’). En 1662 se restauró la iglesia episcopal y fue abolido el Covenant de 1638, ante la impotencia de quienes protestaban, pues eran inmediatamente ejecutados, como fue el caso del duque de Argyll. La crisis agraria de las Lowlands, junto con el clima de tensión, hizo que comenzase la emigración de escoceses hacia los futuros Estados Unidos, lo que, unido a la gran cantidad de pérdidas habidas entre guerras y ejecuciones, convirtió a Escocia en uno de los países europeos con menos población activa. Únicamente puede destacarse cierto crecimiento de la burguesía urbana dedicada al comercio, principalmente en Glasgow y Edimburgo. En 1679 estalló una revuelta popular, acaudillada por Stewart Hamilton, violentamente reprimida por uno de los varios bastardos de Carlos II, el duque de Monmouth, que derrotó a los insurrectos y ajustició a los supervivientes de la batalla de Bothwell Bridge. Tras ello, el nombramiento de un virrey para Escocia, Jacobo, duque de York, deshizo todas las mejoras administrativas creadas por Monk. La muerte de Carlos II (1685) y el advenimiento de un nuevo rey, Jacobo VII de Escocia y II de Inglaterra, no trajo ninguna solución, sino que empeoró el entramado escocés: además de continuar con los asesinatos sistemáticos de los contrarios, ante la presión parlamentaria inglesa, Jacobo VII decidió el reparto de amplios territorios de las Highlands entre los nobles ingleses afines a su causa, repartos draconianos que reservaban a los habitantes de esos dominios, la inmensa mayoría descendientes de los antiguos clanes escoceses, unas condiciones de vida rayanas en la esclavitud.

No es de extrañar, pues, que Escocia, en principio, apoyase fervientemente la Revolución Gloriosa de 1688, en la que Jacobo fue depuesto en beneficio de su hermana María, casada con Guillermo III de Orange, estatúder de Holanda. Pero la revuelta estalló en las Highlands, donde el férreo tradicionalismo hizo que este cambio se considerase lesivo para la dinastía escocesa, sustituida por una dinastía extranjera. Éste es el origen del jacobismo escocés, cuyos rebrotes a favor de los Estuardo no dejarían de existir hasta bien entrado el siglo XIX. Un highlander, John Dundee, apelando incluso al legendario espíritu de William Wallace, comandó la rebelión escocesa contra el príncipe Orange, aunque, en realidad, la lucha se debía más a la precaria, pobre y austera vida del norte de Escocia, país humillado y maltratado durante años y atrasado sociológicamente para comprender las novedades de los nuevos tiempos. Como prueba de su defensa de las tradiciones, en las Highlands los hombres aún iban armados y lucían el atuendo tradicional escocés, es decir, la falda escocesa, kilt, mantenida hoy día como motivo folclórico. Por lo que respecta a la lucha, a pesar de la evidente desventaja numérica de los jacobitas, los húmedos terrenos de Killiechranhie (1690) bastaron para derrotar a un ejército inglés que tampoco mostró demasiado entusiasmo por defender a un príncipe no menos extranjero para ellos que para los escoceses. Pero Dundee falleció en la batalla, duro revés a la suerte de un movimiento que, ante la ausencia de su carismático dirigente, fue derrotado en Edimburgo a finales de ese año y, posteriormente, capturado en su retirada hacia Cromdale. El Parlamento escocés aceptó a Guillermo (II de Escocia) y a María como reyes de Escocia y el jacobismo se retiró a su refugio latente de las Highlands, no sin que Guillermo se aprovechase de las tensiones entre clanes para, aliándose con los Campbell, asesinar a la gran mayoría del clan MacDonald en la llamada masacre de Glencoe (1692). La presencia de ingleses en las propias Highlands acabó por finiquitar el movimiento jacobita, al menos durante un tiempo.

Escocia en el siglo XVIII: la integración en Gran Bretaña

El siglo XVIII, en principio, supuso la definitiva integración de Escocia en el entramado gubernativo inglés, dando inicio al ente que se conoce con el nombre de Gran Bretaña. En 1702, Guillermo III y María II fallecieron sin descendencia, lo que llevó al trono inglés a Ana, segunda hija de Jacobo VII de Escocia, casada con el príncipe Jorge de Dinamarca. La total defección de la causa jacobita hizo que el Parlamento aceptase como un mero trámite burocrático a la reina Ana; pero la sorpresa mayor estaba aún por llegar, ya que, conforme a los deseos de sus consejeros ingleses, y ante la total “anglización” de los parlamentarios escoceses, Ana planteó a Escocia la Act of Union: la integración de Escocia en Inglaterra. En el siglo XVIII, el mapa social, político y económico clásico del reino escocés estaba totalmente desvirtuado. A la cada vez mayor emigración hacia América y Europa se unía, en principio, la total decadencia del sistema de clanes de las Highlands, con lo que el antaño poder de los descendientes de reyes quedaba en una mera anécdota; por otra parte, la nobleza cortesana, además de su inicua cuota de poder, estaba totalmente emparentada con los grandes magnates ingleses, con quienes había establecido vínculos familiares desde la unión de 1603. Si a ello se suma que el emergente grupo social escocés, la burguesía mercantil urbana, estaba totalmente a favor de una unión que sólo podía traer beneficios económicos, pues el resultado no pudo ser otro que el que fue: en 1707, el Parlamento escocés aprobó por mayoría las condiciones del Act of Union, mediante el que Escocia pasaba a integrarse en el Parlamento inglés, con representantes propios pero renunciando a su propia cámara legislativa. La reina Ana, no obstante, prometió no unir el funcionamiento de ambos tesoros regios y mantener la independencia eclesiástica. Otra de las cuestiones por las que los escoceses aceptaron, además de las económicas, fue porque la unión se planteó en términos de absoluto respeto: una nueva bandera, formada por la unión de la cruz roja inglesa y las bandas blancas escocesas, un nuevo Parlamento y, por supuesto, un nuevo nombre: Gran Bretaña, haciendo alusión al común nombre del territorio en época romana.

De nuevo desde las Highlands se encendió la mecha de la protesta, pues el tradicionalismo sólo veía en esta novedad la absorción de Escocia por el enemigo secular. Las primeras insurrecciones se produjeron en 1708 y 1715, esta última mucho más importante y que necesitó de tropas unionistas para derrotar a los rebeldes en la batalla de Sheriffmuir. Pero la principal de todas ellas llegó en 1745, cuando el heredero de la causa jacobita, Carlos Eduardo Estuardo (el famoso Bonnie Prince Charlie de los cantos populares escoceses), se proclamó rey de la Escocia tradicional en Holyrood, apoyado por varios nobles descontentos por la Unión y por los sempiternos highlanders. Las tropas unionistas, dirigidas por William August, duque de Cumberland, fueron desbordadas ante el entusiasmo popular y derrotadas en la batalla de Prestonpans, lo que permitió a Carlos Eduardo comenzar a “gobernar” efectivamente e, incluso, avanzar hacia Inglaterra al sur de Derby, donde, tal vez asustados ante la magnitud de su empresa, decidieron regresar a Escocia. El error fue fatal, ya que Cumberland, reagrupando a sus tropas, los derrotó, en el año 1746, en un lugar de infausto recuerdo: Falkirk. En una de esas curiosas paradojas de la Historia, el mismo lugar donde el mítico Wallace fue derrotado por Eduardo I en 1298, significó también la derrota de aquellos que, bajo el barniz del jacobismo, en realidad añoraban la propia época de Wallace.

Esto último no sólo es una imagen poética, ya que la reina Ana, a raíz de la rebelión de Bonnie Prince Charlie (que huyó a Francia), dictó una serie de leyes que, bajo su apariencia pueril, eran bastante duras: prohibición de usar el kilt en lugares públicos, prohibición de llevar armas incluso en las Highlands, abolición del sistema de adopción parroquial de los clanes y obligatoriedad de empadronamiento en las dependencias de la Unión. Paralelamente, y tal vez por compensación, se abolieron todo tipo de derechos y rentas feudales, máximo eje económico de las Highlands… la modernización de Escocia, a pesar de muchos, había comenzado e, incluso, en la época ministerial de Pitt el Viejo, se lograría que los highlanders cumpliesen el servicio militar en el ejército de Gran Bretaña, donde, como es lógico, destacaron como grandes soldados en las innumerables campañas militares del cada vez mayor Imperio Británico.

Tecnología y cultura en la Escocia moderna

El siglo XVIII significó para Escocia el nacimiento de un nuevo modo de vida, el urbano, que había estado prácticamente ausente de la historia de un país eminentemente rural. La principal referencia de este nuevo devenir fue la capital, Edimburgo, convertida en una ciudad moderna, asfaltada, con luz artificial nocturna y que, contando con la secular iniciativa culta de Escocia, produjo notables talentos que, a su vez, fundamentan algunos momentos culminantes del devenir cultural europeo. Es sintomático que, tras la fundación en 1692 del Banco de Escocia, actualmente operativo, naciese en Escocia el primer pensador económico europeo, Adam Smith, que también fue profesor en la universidad de Glasgow. En 1682, por ejemplo, se fundó la National Library of Scotland, una de las primeras bibliotecas nacionales europeas. También es obligado destacar (y en estas líneas aún más), que Escocia vio nacer una de las mayores obras editoriales de la Historia: el primer volumen de la Encyclopaedia Britannica se publicó en Edimburgo en 1768 y fue su director William Smellie. El ambiente cultural e ideológico que hizo de Escocia la principal referencia intelectual de la Europa de entre los siglos XVIII y XIX se proyecta a través de sus filósofos, como David Hume, de sus novelistas, como Tobías George Smollett, de sus periodistas, como James Boswell, o de sus poetas, como el exitoso Robert Burns. Algún tiempo más tarde, representando la unión de ambas centurias y con el movimiento literario del Romanticismo como hilo conductor, Walter Scott recogería gran parte de las tradiciones históricas de su país y las renovaciones culturales para redactar novelas maestras de la literatura universal.

Sin menospreciar estos hechos, el siglo XVIII ha de mencionarse especialmente en el plano industrial. En 1770 se fundó el Clyde Trust, una compañía de capital mixto, privado y público, que convirtió al río Clyde en el centro de una instalación de comunicaciones marítimas, mediante el drenaje, la excavación artificial y la aplicación de complejos programas industriales. Ello significó, al contrario que había ocurrido históricamente en Escocia, la afluencia de inmigrantes de otros territorios, así como una mayor movilidad geográfica en el propio territorio, que, además del importante crecimiento económico, ayudó a extender las bondades de la Unión. Finalmente, entre estas fundaciones dieciochescas e ilustradas hay que destacar la famosa Honourable Company of Edinburgh Golfers, el primer club de golf del mundo, fundado en 1744, y lugar de celebración del primer campeonato mundial de tal deporte en 1870, acontecimientos de los que los escoceses se sienten particularmente orgullosos.

La Escocia de los siglos XIX y XX

Durante los siglos XIX y XX, el devenir propio de la nación escocesa se confunde con el de la entidad supranacional en la que estaba integrada, Gran Bretaña. Sería inútil señalar como hechos propios de Escocia la participación de sus ciudadanos en el Imperio Británico, en el desarrollo de la política del país y en todos aquellos acontecimientos en los que, de la mano de sus vecinos ingleses, se vieron inmersos.

Sí cabe destacar que la tradicional ruralidad escocesa saltó hecha añicos gracias, precisamente, a su unión con Gran Bretaña, ya que todo el inmenso desarrollo tecnológico llevado a cabo en los siglos XIX y XX, que comúnmente se conocen con el nombre de Revolución Industrial, tuvieron en Escocia un inmejorable banco de pruebas, lo que contribuyó a industrializar el país y a modernizarlo sociológicamente. En 1826 se abrió la primer línea de ferrocarril del territorio, entre Edimburgo y Dalkeith, primero con fines comerciales pero, poco después, ampliada al transporte de viajeros. La multiplicación de tramos de vía férrea fue constante durante el siglo XIX e, incluso, en 1890 fue inaugurada la línea subterránea (el popular shooglie) en Glasgow, que a finales del siglo XX continuaba siendo la única ciudad que contaba con tal medio de transporte. En el mismo plano hay que situar el crecimiento industrial de Glasgow, una de las ciudades con mayor crecimiento de la Europa de la época, y, cómo no, el nacimiento de las industrias de destilación de bebidas alcohólicas, principalmente whisky. A partir de 1846, cuando la Gran crisis de la patata llevó a la ruina a muchos campesinos y comerciantes, la tendencia hacia el modo de organización fabril y el triunfo de la industria sobre otros negocios más tradicionales fue la consecuencia más inmediata de todo el proceso.

El principal problema político del siglo XIX fue la Ruptura de la Iglesia Escocesa. Bajo los gobiernos de Gladstone y Disraeli, se promulgaron diferentes reformas de las estructuras urbanas (las Burgh Reform Acts, de 1833), y, especialmente, de las estructuras religiosas (First Reform Act, de 1832). En 1843, alrededor de 500 prelados firmaron una acta de dimisión mediante la que se separaban de la obediencia presbiteriana, formando la Iglesia Libre de Escocia (conocida popularmente como la Wee Free). El asunto, de mucha más importancia social que política o propiamente religiosa, causó una pequeña crisis en el gabinete británico de asuntos escoceses, pero la separación fue pacífica y no se produjeron disturbios de gran calibre. De hecho, ambos asuntos fueron paliados en los años sucesivos: la integración de los municipios escoceses en la estructura británica tuvo, como contrapartida, la creación, en 1885, de la Secretaría Británica para asuntos escoceses; en el plano religioso, tras varias reuniones, se consiguió que, en 1929, la Iglesia Nacional de Escocia y la Iglesia Libre volvieran a reunirse bajo una misma administración.

De la mano de Gran Bretaña, los escoceses participaron en los dos conflictos bélicos del siglo XX. La Segunda Guerra Mundial también, como es lógico, fue devastadora para Escocia, aunque es cierto que sus ciudades sufrieron muchísimo menos las consecuencias de la aérea batalla de Inglaterra; a pesar de ello, en 1943 perdieron la vida más de un millar de escoceses, principalmente en Clydebank y Glasgow, como resultado del más amplio bombardeo de la aviación alemana en el territorio. Por contra, Escocia tiene en su haber uno de los hechos más insólitos de la guerra: el sorprendente aterrizaje en paracaídas de Rudolf Hess en las cercanías de Glasgow durante la primavera de 1941, acontecimiento que ha sido interpretado de diversas maneras, pero que no ha podido ser esclarecido.

En un país eminentemente costero destacó durante el siglo XX el crecimiento de la industria naviera, con dos importantes hitos: en 1937 fue botado en Clydebank el Queen Elisabeth, el transatlántico más grande del mundo, que fue superado en 1967 con la botadura de su hermano mayor, el Queen Elisabeth II. La apertura a nuevas energías estuvo presente desde 1959, fecha de la inauguración de la primera central nuclear escocesa, la de Chapelcross, en el condado de Dumfriess. Pero el principal rumbo económico del siglo XX lo supuso el hallazgo de petróleo y gas natural en la franja escocesa del mar del Norte. La irrupción de estas industrias, principalmente en Peterhead, dio una importante inyección económica, tanto en puestos de trabajo directos como en industrias auxiliares, precisamente a una de las zonas más necesitadas, lo que contribuyó a equilibrar los niveles de renta y de poder adquisitivo de la población.

Como anécdota, y no precisamente positiva, del siglo XX escocés, hay que señalar la catástrofe de Lockerbie, acontecida en 1988 cuando un Boeing 747 estadounidense que cubría la ruta entre Frankfurt y Nueva York fue secuestrado por terrorista libios. Una de las bombas con que los terroristas amedrentaban a la tripulación explotó en pleno vuelo, por lo que el aparato se precipitó sobre el citado barrio residencial, situado en el condado de Dumfriess; el incidente se saldó con casi 300 muertos. En un país eminentemente pacífico como Escocia, la catástrofe de Lockerbie no puede sino ser una de las páginas más negras de su historia.

Fuente: Britannica

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