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Biografía de Iser, Wolfgang (1926- )

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 Crítico y teórico literario alemán, nacido en 1926, que ha desarrollado junto a Hans Robert Jauss algunos de los postulados fundamentales de la Estética de la recepción.

El análisis con el que Jauss define las líneas maestras de la historia de la literatura se convierte en soporte de las ideas medulares de la Estética de la recepción, casi con carácter programático. Wolfgang Iser, en el seno mismo de la Universidad de Constanza, asume estos planteamientos, aunque enfocándolos desde una nueva perspectiva que él coloca al frente de su ensayo El acto de leer, síntesis de todo su pensamiento: “El efecto estético, por tanto, debe ser analizado en el triple avance dialéctico del texto y el lector, así como de la interacción que acontece entre ellos. Se llama efecto estético porque -aunque causado por el texto- exige la actividad de representar y percibir del lector, a fin de conducirle a una diferenciación de actitudes. Con esto queda dicho que se entiende este libro como una teoría del efecto y no como una teoría de la recepción” (p. 12).

La suya es, por tanto, una teoría del “efecto estético”, encaminada a explicar los efectos que el texto causa en el lector, no a dilucidar los elementos formales o significativos que intervienen en la constitución del texto como objeto.

Una teoría de la lectura

W. Iser, en la línea de R. Ingarden, analiza el texto sólo en función de las relaciones que mantiene con el lector; la suya es una perspectiva fenomenológica, no culturalista o historicista, asentada en la idea de que un texto literario sólo puede desarrollar su efecto cuando es leído; la crítica debe atender al análisis de ese proceso de lectura, por el que el texto puede convertirse en obra, tal y como había indicado en 1972: “Es la virtualidad de la obra la que da origen a su naturaleza dinámica, y ésta a su vez es la condición previa para los efectos que la obra suscita. A medida que el lector utiliza las diversas perspectivas que el texto le ofrece a fin de relacionar los esquemas y las «visiones esquematizadas» entre sí, pone a la obra en marcha, y este mismo proceso tiene como último resultado un despertar de reacciones en su fuero interno” (El proceso de lectura: enfoque fenomenológico, p. 216).

Iser pone de manifiesto que sólo en la lectura el texto se realiza en cuanto potencial de efectos, y que esa lectura no es ajena a una serie de capacidades intelectivas y cognoscitivas. Sólo conociendo esas posibilidades, podrán comprenderse algunos de los mecanismos del acto literario, ya que no sólo están en el polo de la recepción, sino, a su vez, debe tenerlas presente el autor al crear su texto.

La competencia del lector

La significación textual depende de la competencia con que actúe el lector y no de la previsibilidad con que opere el autor; Iser supera a Ingarden en sus concepciones, ya que éste pensaba en una obra de arte como en una estructura o en un esquema que debía ser completado en el acto de su recepción, en cambio, Iser conjetura con el hecho de que es el lector el que crea y el que reconstruye el texto, sin preocuparse por esa supuesta realidad llamada “literatura”. Iser afirma que la teoría de la recepción “siempre tiene que ver con lectores que se constituyen históricamente” (p. 12); sólo con el análisis de esas reacciones puede decirse algo acerca de la literatura. Una teoría del efecto está anclada en el texto; una teoría de la recepción, en los juicios históricos del lector (p. 12).

La figura del lector

Una de las consecuencias principales del análisis del efecto estético le lleva a Iser a afirmar que el significado de un texto sólo se realiza mediante la interacción de la capacidad receptiva del lector y de las previsiones que pueda plantear el autor en el ejercicio de su creación.

El lector implícito

Ahora bien, si un lector, para reconstruir ese texto, se adecua a las perspectivas que en su interior existen, conviene pensar que el texto es ya portador de una imagen concreta de lector que es al que Iser denomina “lector implícito”, es decir, un texto contiene un conjunto de estructuras que permiten que sea leído de un modo determinado, o lo que es lo mismo: que su significado potencial aparezca ya organizado y, sobre todo, personificado en una suerte de “modelo trascendental” que es el que se pone en juego en la lectura; se trata de un modelo que no coincide con el de ningún lector concreto; antes al contrario, sirve de guía a esas operaciones particulares que representan las lecturas; como afirma Iser, este concepto de lector implícito circunscribe, por tanto, un proceso de transformación, mediante el cual se transfieren las estructuras del texto, a través de los actos de representación, al ámbito de la experiencia del lector (p. 70).

El lector real

Y sin embargo, frente al texto, hay que situar al “lector real”, es decir al individuo que pone en funcionamiento una determinada cantidad de experiencias para reconstruir las “imágenes” de que el texto es portador. Es importante concebir, como lo hace Iser, la lectura como una tensión surgida entre el lector real y el lector implícito en el texto; este “modelo implícito” de significaciones obliga a que el ser real, que se encuentra fuera del texto, se enfrente ante un determinado código de valores que coincidirá o que se opondrá al suyo propio: “En este sentido se le propone al lector una determinada estructura del texto, que le obliga a tomar un punto de mira, que a su vez permite producir la integración solicitada de las perspectivas del texto. Sin embargo, el lector no se halla libre en la elección de este punto de visión, pues éste se deduce de la forma de presentación del texto, provista de perspectiva” (p. 65).

Iser piensa que una operación como la de la lectura presupone continuas transformaciones y ajustes de ese lector real a todo aquello que se va encontrando en el texto (marcado con una precisa intencionalidad) y que va reconstruyendo con su imaginación; es más, en una lectura, es casi seguro que las primeras impresiones se vean modificadas por los nuevos hechos y las nuevas circunstancias a las que el lector real se va enfrentando.

La realización de la lectura

Para explicar el modo en que el acto de la lectura se construye, Iser propone dos términos con los que pretende describir el proceso por el que el lector es llevado al interior del texto.

Los repertorios

En primer lugar, hay que contar con que el texto no existe sólo por sí mismo, sino que pertenece a un universo de referencias extratextuales que, de algún modo, lo determinan; Iser, a ese mundo de referencias, lo denomina “repertorio”, en clara conexión con los principios de intertextualidad: “El repertorio de los textos de ficción no sólo consta de aquellas normas extratextuales, sacadas de los sistemas de sentido de una época; en más o menos relevante medida, también introduce en el texto la literatura precedente, frecuentemente incluso todas las tradiciones, en la condensación de las citas. Los elementos del repertorio se ofrecen siempre como una mezcla de la literatura precedente y las normas extratextuales” (p. 132).

Las estrategias

Al repertorio le cumple organizar una estructura de sentido que es la que debe realizarse mediante la lectura, cauce en el que intervienen los conocimientos del lector y su capacidad por dejarse atrapar e impresionar por ese conjunto de referencias, que es al que Iser denomina “estrategias del texto”: “[…] las estrategias organizan la previsión del tema del texto, así como sus condiciones de comunicación. Por tanto, no deben equivaler exclusivamente ni a la presentación ni al efecto del texto. Más bien, son ya siempre previas a esta separación de carácter realista de la estética. Pues en ellas coincide la organización del repertorio inmanente al texto con la iniciación de los actos de comprensión del lector” (p. 143).

El objeto estético

Mediante las “estrategias” se configuran los objetivos del texto y sus orientaciones y son esas estrategias las que proyectan las condiciones de la experiencia de ese texto. Así, Iser logra explicar los cambios que se producen en el lector real al tener que adaptarse continuamente a las estrategias con que el texto ha seleccionado datos del “repertorio” global del que proviene.

Por ello, Iser no piensa en la lectura como en un acto seguro y concreto, sino como en un fenómeno lleno de dudas y de incertidumbres; un lector ha de estar continuamente sometiendo al texto a preguntas que proceden de las nuevas “estrategias” a las que se enfrenta; de ahí, que Iser indique que lo que se asume al leer sea un conjunto de perspectivas cambiantes y no una serie de conocimientos cerrados e inmodificables; ésta es la única manera en la que el texto puede convertirse en “objeto estético”, a partir del juego de las “perspectivas internas” con que continuamente es configurado: “[…] es estético en cuanto que lo ha producido el lector mediante la dirección trazada por la constelación cambiante de puntos de vista” (p. 161).

En última instancia, leer supone evaluar los sentidos que se reciben, dar consistencia al mundo en el que se entra, configurar las realidades que se describen. Un texto nunca se encuentra cerrado como sistema, sino abierto y pendiente de la capacidad reconstructora del lector.

El acto de la lectura: los vacíos del texto

Un texto selecciona normas o valores para que el lector reaccione ante ese conjunto ideológico, completándolo de acuerdo a sus posibilidades y organizando, de esta manera, su particular visión del mundo. Ello significa que un individuo puede ordenar sus experiencias a través de las lecturas que realiza, lo que no deja de ser un proceso que, en sí, presupone ciertas contradicciones, ya que cuando se lee no sólo se entra en el mundo de ficción que representa cada obra, sino que se lleva al mismo el conjunto de lecturas ya asumidas antes de esa nueva realización de significados. El lector opera desde su particular memoria de lecturas.

Un texto es un espacio inconcreto, lleno de posibilidades significativas y de remisiones extratextuales que se encuentran a la espera de su concreción. Para explicar la multiplicidad de probabilidades que un texto ofrece, Iser indica que al lector se le entrega un sistema de indeterminaciones -o de “vacíos” de significado- que tendrá que rellenar en conformidad con su experiencia. En un texto, es tan importante la parte escrita como la no escrita, es decir, todo ese conjunto de ideas y de valores que se ponen en funcionamiento en cuanto se comienzan a recorrer las primeras líneas de un texto: “Si el texto es un sistema de estas combinaciones, entonces debe ofrecer un espacio sistémico a quien deba realizar la combinación. Éste es dado por los pasajes vacíos que como determinados espacios en blanco marcan enclaves en el texto, y de esta manera se ofrecen así a ser ocupados por el lector” (p. 263).

La lectura como acto creativo

La actividad representadora del lector es regulada por esos espacios vacíos, que, a la vez, permiten coordinar las perspectivas dentro del texto. Por ello, toda lectura es un acto creativo y cada lectura es diferente; no sólo la de un lector con respecto a la de otro, sino la de un mismo lector que separara dos lecturas por un determinado lapso de tiempo: habría un conjunto de experiencias nuevas que se integrarían en la función de rellenar esos vacíos desde los que el texto acaba de estructurarse.

Continuamente, cuando se lee, se pone en juego una dualidad, una oposición que convierte a la lectura en un acto de imprevisibles consecuencias: no es sólo la realidad que aguarda agazapada entre las estrategias del texto, sino las imágenes de lo real con que el lector se enfrenta a ese mundo referencial. En ese choque se producen modificaciones singulares en el lector, porque el mundo en el que penetra siempre es superior al mundo en el que vive, aunque sólo sea porque posee una estructuración más consistente: “Si, por tanto, los espacios de indeterminación dejan espacios libres, en el mejor de los casos de ellos procede un estímulo sugestivo, pero apenas la solicitud de disponer a la complementación necesaria a partir de nuestro caudal de conocimientos” (p. 274).

La modificación de la conducta del lector

Iser demuestra cómo el lector modifica su realidad experimental y cómo, en virtud de esas transformaciones, el texto adquiere unos significados que, de otra manera, no hubiera podido obtener. Por ello, además, los textos de ficción no pueden ser idénticos a las situaciones reales, ya que, si lo fueran, el lector carecería de la capacidad de reconstruir (es decir, re-vivir) ese mundo en el que se le invita a entrar.

Véase en esto una nueva diferencia con respecto al modelo de Jauss ya que éste piensa en el texto como un objeto que ha de ser incardinado en el curso de la historia de donde proviene y a la que da sentido.

Temas relacionados

Estética de la recepción.

Bibliografía

ISER, Wolfgang: The Implied Reader: Patterns of Communication in prose Fiction from Bunyan to Beckett. Baltimore: 1974.
——————–: El acto de leer. Madrid: 1987.
——————–: “El proceso de lectura: enfoque fenomenológico”, en Estética de la recepción. Madrid: 1987, pp. 215-243;
——————–: Prospecting: From Reader Response to Literary Anthropology. Baltimore: 1989.
——————–: “Concluding Remarks”, en New Literary History, n. 22:1 (1991), pp. 231-239;
——————–: The Fictive and the Imaginary: Charting Literary Anthropology. Baltimore: 1993.

Fernando Gómez Redondo.

ISER, WOLFGANG (1926-    )

Fuente: Britannica

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