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Biografía de Palestina: Historia (25000 a.C.- )

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 Con el nombre de Palestina, derivado del árabe Falastin, se conoce a los territorios situados en el SO de Asia, ligados desde tiempos ancestrales al mundo mediterráneo y a la historia del continente europeo. Palestina, la tierra de Canaán, ha sido la Tierra Prometida para los hebreos y la Tierra Santa para los cristianos, puesto que una de sus principales ciudades, Jerusalén, tiene el honor de ser Ciudad Santa para las tres religiones del Libro (islamismo, judaísmo y cristianismo).

Con todo, el primero en utilizar la denominación de Palestina fue Herodoto de Halicarnaso, el Padre de la Historia, para designar la franja costera comprendida entre Jaffa y Gaza; curiosamente, se trata de la misma zona donde, en la actualidad, y bajo el nombre de Autoridad Nacional Palestina, se centra la construcción de un espacio autónomo árabe dentro del estado hebreo de Israel.

La tortuosa historia de la región, entendiendo el término en su sentido lato e histórico, ha estado plagada de conflictos debido a la especial confluencia de intereses religiosos y políticos entre sus distintos pobladores; esta inestabilidad continúa en la actualidad con el proceso de paz de la región entre árabes y hebreos. Debido a ello, este somero repaso a la conflictiva historia de Palestina podrá arrojar algunas de las especiales condiciones que dificultan el entendimiento entre las partes implicadas en dicho proceso.

Palestina prehistórica

Las excavaciones arqueológicas han datado hacia el período paleolítico (25000 a.C.) la presencia del hombre en el lado oriental del río Jordán. Poco tiempo más tarde, los habitantes prehistóricos de Palestina cruzaron al otro lado del río hasta llegar a las costas sirias del Mediterráneo. Hacia el año 7000 a.C., llegó a la zona la denominada revolución Neolítica, es decir, el paso al sedentarismo de sus habitantes, tal y como demuestran los yacimientos arqueológicos, en los que se encontraron profusión de instrumentos líticos dedicados a la agricultura, así como importantes construcciones de silos y almacenes para el alimento. También en esta época comenzó la construcción de los primeros asentamientos urbanos conocidos de la Historia, ciudades como Jericó, Meggido, Tell el Far´ah o Khirbet Kerak, situados hacia el norte que, en el decurso del milenio, se fueron extendiendo hacia el sur. Posiblemente, los numerosos huesos de ovejas, cabras, asnos y camellos encontrados signifiquen que en edades tan tempranas los palestinos habían domesticado a los animales.

Los yacimientos más importantes de la época prehistórica en Palestina son los de Tell Gezer, Pet Gibrin y la impresionante ciudad subterránea de Der`a, excavada por Schumacher a finales del siglo XIX. El estudio de los cráneos y los esqueletos encontrados en la zona han servido para catalogar la raza prehistórica como un cruce entre la raza semítica y la hitita; en efecto, desde aproximadamente el año 3000 a.C., pobladores indogermanos procedentes de Arabia se fueron asentando en Palestina, mientras que la invasión de los pueblos semitas comenzó unos quinientos años más tarde.

Uno de estos pueblos, los amorreos, de condición nómada y, seguramente, procedentes del este del río Jordán, invadieron Palestina hacia el año 1850 a.C. y se asentaron en ella, mezclándose con la población autóctona existente. En seguida, los amorreos ocuparon como lugares de vida las colinas y las montañas, dejando que otro pueblo, denominado comúnmente canaanitas, pasase a hacer lo propio en los valles y en la costas. Según las dataciones ofrecidas por la Biblia, también fue este el momento en el cual el patriarca hebreo Abraham abandonó Ur, la capital del imperio sumerio, para establecerse en la orilla derecha del río Jordán.

Véase Sumerios.

De la dominación egipcia a la conquista de Canaán por los hebreos.

Hasta el siglo XVI a.C., Palestina era una provincia del imperio egipcio conocida con el nombre de Martu (‘Tierra de Occidente’), y estaba dividida en varios departamentos administrativos. Los amorreos fueron vencidos por otro pueblo, los amoritas, procedentes de los desiertos de Arabia, lo que inauguró una época de prosperidad al iniciarse los contactos comerciales entre éstos y el esplendoroso imperio egipcio de Tutmosis III. Según la documentación conservada de este mandatario, se sabe que la importancia del comercio con Palestina era grande para los egipcios, especialmente con Jerusalén, la capital de Canaán.

Durante la época de Akhenatón, los fenicios pasaron a dominar toda la franja costera de Palestina (especialmente las ricas ciudades portuarias de Sidón y Tiro), mientras que los pueblos semitas, denominados en la fuentes egipcias como jabiri, intentaban desprenderse del dominio del imperio de las pirámides; a su vez, los hititas del norte establecieron constantes contactos con los palestinos descontentos para atraerlos a su causa. Todo este elenco de querellas finalizó durante los reinados de Seti I y Ramsés II, que volvieron a someter a todo el país a pesar de la ayuda prestada por los hititas a los jabiri. Sin embargo, en el umbral de la siguiente dinastía, la descomposición de los cuadros administrativos del imperio egipcio alcanzó también a Palestina, que se vio dividida en una multitud de pequeños principados con reyezuelos independientes, acabando con la prosperidad anterior y dando comienzo a una época de cierta inestabilidad.
(Véase Egipto: Historia)

Desde aproximadamente el año 1600 a.C., cuando los datos del Antiguo Testamento son más fiables, dio comienzo la invasión hebrea de Canaán, momento en el que hay que situar la huida de Egipto protagonizada por Moisés, la llegada al Jordán antes citada de Abraham y la continuación del lento peregrinaje llevado a cabo por Josué, Isaac y Jacob.

Según el libro sagrado de los hebreos, la Torah (el Pentateuco de la Biblia cristiana), Canaán estaba ocupada por heteos, gergeceos, amorreos, cananeos, fereceos (los fenicios, probablemente), heveos, jebuseos y filisteos, pueblos mucho más poderosos y grandes que las pequeñas tribus hebreas; sin embargo, la fe de estos últimos en la Tierra Prometida por su dios Yahvé les hizo superar cualquier tipo de obstáculo para, pacientemente, colonizar Palestina, pese a la resistencia de, principalmente, los cananeos, quienes finalmente fueron asimilados por los vencedores.

Las doce tribus hebreas triunfantes se repartieron la zona, respetando los asentamientos fenicios por su importancia en la supervivencia económica de los nuevos dominadores de Palestina. Así, las gentes de Rubén, Gad, Judá, Benjamín, Efraím, Manasés, Dan, Isacar, Zabulón, Simeón, Neftalí y Aser se repartieron los territorios que van desde el lago Tiberíades hasta el desierto del Neguev, de norte a sur, y desde Gaza a Jerusalén, de oeste a este. Pese a ello, el acoso de los filisteos en el sur, único pueblo que se resistió a la conquista, tuvo como consecuencia épocas de dominio de este pueblo sobre los hebreos, que se suelen dar generalmente por finalizadas tras la destrucción del templo filisteo por Sansón, uno de los míticos Jueces del pueblo judío.

Pese a todo, la comparación con otras fuentes y testimonios posteriores permiten adivinar una región poblada por un número muy diverso de tribus, con diferentes orígenes y culturas. Este detalle, la heterogeneidad de la zona, se presentaba ya en épocas tan tempranas como uno de los factores de riesgo que alteraría la convivencia pacífica de la zona.

De la unión de las tribus a las invasiones asiria, babilónica y nabatea.

Los estudiosos de la Biblia ofrecen la secuencia temporal 1050-1020 a.C. como la más probable para datar la unión de todas las tribus hebreas bajo el mando del rey Saúl; sin embargo, fue con su sucesor, el rey-profeta David, cuando se pusieron las bases del poderío monárquico judío en Palestina, especialmente tras la toma de Jerusalén en el año 1000 a.C.

La primera gran lucha que los muros jerosolimitanos tuvieron que sufrir acabó con la derrota de los filisteos y amonitas bajo el mando del primer monarca de todas las tribus, pese a lo cual, Saúl halló la muerte en la batalla. Su hijo David continuó con las luchas esporádicas contra el resto de filisteos que aún persistían en la región, desplazando el límite del recién creado reino hasta más allá del este del río Jordán. La figura legendaria del rey David cobró más importancia si se tiene en cuenta su aportación a la legislación y administración del Estado, ya que transplantó, dentro de la particular idiosincrasia hebrea, gran parte de los modelos egipcios, bien conocidos por todos los gobernantes de Oriente Próximo.

Posteriormente, el gran monarca hebreo de los primeros tiempos fue el propio hijo de David, el no menos legendario Salomón, durante cuyo larguísimo reinado (930 a.C.-870 a.C.), se alcanzó una prosperidad inigualable, ya que embelleció la gran urbe de Jerusalén con construcciones como el magnífico templo homónimo, del que hoy sólo se conserva el famoso Muro de las Lamentaciones.

Fue en el lapso de tiempo que marca el tránsito entre los siglos X y IX a.C. cuando se formalizó de facto el control hebreo sobre las extensiones territoriales logradas por Saúl y David, así como el comienzo de una inigualable riqueza económica del reino. Los intercambios comerciales entre los hebreos y fenicios, en la costa mediterránea, o bien con la India y África, incrementaron la presencia de mercaderes judíos en toda esta zona; otro acontecimiento importante fue el alto grado de desarrollo que adquirió la navegación, por una parte, y las caravanas comerciales, formadas sustancialmente por camellos, que pasaron a ser muy habituales en estos tiempos. También fueron importantes los contactos, culturales y comerciales, que Salomón estableció con el legendario reino árabe de Saba (situado en el actual Yemen), a través del cual su reino pudo su reino hacerse con joyas, piedras preciosas y especias, principalmente.

La prosperidad salomónica conoció su primer quebrajadura a raíz de la división, en el año 937 a.C., del reino de Palestina en dos: el de Israel al norte y el de Judá al sur. Naturalmente, la riqueza y prosperidad alcanzada por los hebreos en apenas un siglo hizo que los grandes poderes de la zona se interesasen por incorporar estos territorios a sus dominios. Sin embargo, fueron las constantes luchas entre los soberanos de Judá y los de Israel los que, a lo largo de los siglos IX y VIII a.C., minaron y contribuyeron a la defección del antiguo territorio salomónico, además de todo su poder económico. De hecho, el reino de Israel fue sometido en el año 722 a.C. por el poderoso monarca asirio Sargón, Rey de Acad, lo que dio lugar, a su vez, a la primera inmigración de contingentes arameos hacia Palestina. Desde esta fecha y, aproximadamente, hasta el final del siglo VII, los reinos de Judá e Israel se vieron obligados a pagar costosos tributos a sus gobernadores asirios, además de ver cómo sus territorios eran continuamente devastados, conquistados y reorganizados por los monarcas del este.

Durante la vida del profeta-gobernador Ezequiel (ca.714-684 a.C.), los hebreos volvieron a intentar resistirse a la dominación, especialmente económica, de los asirios, para lo cual contaron con ayuda, totalmente interesada, de los emperadores egipcios de la época. Sin embargo, tuvo que ser la casualidad, o bien gracias a las plegarias de los hebreos, lo que les salvase de la total destrucción de su cultura y sus formas de vida. Una epidemia desconocida asoló el ejército que, comandado por el propio emperador de los asirios, Senaquerib, entraba en Palestina para restaurar el control político y militar de la provincia. Este acontecimiento propició, por una parte, la restauración del gobierno de los descendientes de David entre los hebreos, especialmente los profetas Isaías y Josías (ca. 639-609 a.C.); por otra parte, en el año 612 a.C., y después del gran descalabro sufrido en Palestina, se confirmó por completo la destrucción del imperio asirio, toda vez que su capital, Nínive, fuera conquistada por el imperio persa.

La situación no variaba mucho para los hebreos. El desaparecido imperio asirio fue repartido entre dos soberanos que serían los instigadores de nuevos imperios: Nabopolasar de Babilonia, por parte del cada vez más creciente reino de Babilonia, y Ciaxares de Media, cabeza del linaje medo que daría lugar al brillante imperio persa. Por si ello fuese poco, Josías falleció en una batalla contra el soberano egipcio más importante de la época, Nequés. De nuevo, como antes de la unión de tribus, la soberanía hebrea estaba puesta en entredicho por la existencia de poderes más grandes alrededor; además, el factor heterogeneidad aumentaba el riesgo, debido a las inmigraciones egipcia (en el sur) y aramea (en el este) anteriormente comentadas.

(Véanse las entradas correspondientes a Imperio Persa y Babilonia).

La entrada en escena del poder babilónico hizo que los judíos comenzasen a intercambiar constantemente emisarios con los poderes egipcios, los únicos aliados posibles para sobreponerse a la amenaza oriental, quienes en realidad, como se empeñó en demostrar el profeta Jeremías, esperaban ávidos el momento de lanzar sus soldados contra los propios hebreos.

Los diferentes tratados en contra de los babilonios no fructificaron en ningún avance positivo, como demostró la toma de Jerusalén por Nabucodonosor II, emperador de Babilonia, en el año 586 a.C., causa del desmoronamiento del reino de Judá. Ante esta situación, la mayoría de población hebrea superviviente a los enfrentamientos optó por la emigración, distribuyéndose como comunidades exógenas en distintos territorios, lo que fue aprovechado por un próspero reino, el de los árabes nabateos, quienes desde su capital en Petra iniciaron una serie de asentamientos en Palestina. Antes de la llegada de los persas, la antigua tierra de Canaán era un solar devastado por los enfrentamientos, dominado por los nabateos a excepción de las grandes urbes, como Jerusalén, Jericó, Sidón o Tiro, que seguían estando en posesión de los hebreos reacios a la emigración, principalmente los miembros de las tribus de Efraím y Manasés.

Palestina entre Persia y Alejandro Magno

En el año 536 a.C., el emperador Ciro II el Grande permitió a los más de treinta mil judíos que vivían en el imperio persa regresar a Palestina, momento en que se inició la construcción del Segundo Templo de Jerusalén y la reedificación del primero; como contrapartida, la región fue agregada a la satrapía de Siria bajo gobierno sasánida, y, asimismo, se establecieron gobernadores especiales en Judá, Samaria y Fenicia, las zonas más ricas e importantes de la región. Tan sólo el sur de Judá, la zona de Hebrón, escapaba al control persa de Palestina, pues era una especie de frontera natural con las tribus nómadas árabes. Con todo, la resistencia de los judíos no fue bien medida por el sabio monarca persa, puesto que ésta comenzó casi al mismo tiempo de instalarse en la tierra de Canaán.

Alrededor del año 514 a.C., cuando el Segundo Templo de Jerusalén se acercaba al término de su construcción, los hebreos, bajo la dirección del profeta Zacarías, participaron de manera activa en la elección de Darío I al trono sasánida, de tal modo que, bajo la dirección de los profetas Ezra y Nehemías, las luchas intestinas dividieron a los palestinos entre los partidarios de la Torah y los samaritanos, expulsados de la obediencia de Yahvé por el propio Nehemías. En tales circunstancias, y especialmente en tiempos de Darío III el Grande, Palestina se convirtió en otro de los múltiples escenarios mediterráneos de la pugna entre el imperio persa y el rey de Macedonia, Alejandro Magno.

La influencia helena ya se había dejado sentir en Palestina desde tiempos atrás, cuando los griegos del Ática habían pasado a controlar las ciudades portuarias antes dominadas por los fenicios; sin embargo, su acción en el interior de la región había pasado prácticamente inadvertida hasta que la llegada del poderoso emperador macedónico unió Palestina a la recién conquistada provincia de Siria.

Según todos los datos que han llegado hasta la actualidad, el objetivo de Alejandro era mantener a salvo Egipto de las incursiones persas, así como evitar que las ciudades portuarias de Palestina se convirtieran en bases marítimas de sus enemigos medos, puesto que ello hubiese supuesto un grave quebranto de su dominio del mar Mediterráneo y hubiera puesto en peligro, de igual modo, la provincia egipcia. La labor de Alejandro Magno en la zona fue de enorme importancia, pues revitalizó el comercio con Egipto y con el Egeo, además de procurar la construcción de diversas ciudades e, incluso, la reconstrucción de algunas importantes destruidas durante la guerra, como Samaria.

En este sentido, hay que destacar que, desde el inicio de la dominación, los macedonios no sólo evitaron cualquier conflicto con la poderosa clase sacerdotal hebrea, sino que respetaron cuidadosamente los cultos autóctonos y la particular idiosincrasia de los pueblos semitas. Únicamente, en la misma línea que en el resto de sus conquistas, la clase sacerdotal hebrea era asesorada en cuestiones de estado por una corte de procuradores macedonios, una elite dirigente de excelentes funcionarios imperiales.

Cuando, a la muerte del más grande emperador de la Antigüedad (323 a.C.), sus posesiones fueron divididas entre los generales de su ejército, la dinastía tolemaica reinante en Egipto aprovechó, de la mano de Tolomeo I, para hacerse con el control efectivo de Palestina, especialmente tras la derrota infligida por estos últimos, con la ayuda de otro militar, Seleuco I, al general Antígono en la batalla de Ipsos (301 a.C.); tras ello, el sueño de la unión de todos los territorios alejandrinos pasó a mejor vida, y los Tolemaidas pudieron mantener la posesión de Palestina hasta el siglo II a.C. Pese a ello, el poder de los seleúcidas sirios en Asia Menor acabó por engullir también el único resto de poder egipcio que quedaba más al este de la península del Sinaí, no sin que el territorio palestino sufriera, por el largo espacio de ochenta años, violentos choques militares en su seno. Antes de ello, el dominio tolemaida de Palestina propició, en los tiempos de paz, una prosperidad económica similar a la de los mejores tiempos de Salomón.

La principal fuente para el estudio de la administración en esta época la conforman los escritos de Zenón, especie de primer ministro durante el reinado de Ptolomeo II Filadelfo (286-245 a.C.). En ellos se pueden obtener valiosos datos acerca de las transacciones comerciales efectuadas entre Palestina y Egipto, en las que sobresalen las exportaciones de vino, aceite y cereales desde los fértiles campos egipcios hacia las principales ciudades hebreas; en sentido contrario, las armas, los guerreros y, especialmente, los esclavos domésticos, eran las principales ofertas del mercado palestino. En cualquier caso, el proceso de helenización de ambas provincias orientales fue bastante claro, pese a que los restos materiales y urbanísticos fueron borrados con el devenir de los tiempos y sólo hoy se pueden rastrear algunos topónimos.

(Véanse las entradas correspondientes a Grecia Antigua e Imperio Persa).

La revuelta macabea y los príncipes hasmoneos

El desgaste producido en el seno de la dinastía tolemaida se hizo evidente en a lo largo de todo el siglo II a.C., mientras que el poder de los seléucidas sirios aumentó de forma considerable, especialmente durante el reinado de Antíoco IIIel Grande (222-187 a.C.). Durante este período, los conflictos en Palestina fueron determinantes para que, alrededor del año 180 a.C., su sucesor, Antíoco IV Epífanes, controlase todo el territorio hebreo, en especial tras la derrota y ruina de los tolemaidas en la batalla de Galilea; sin embargo, este soberano intentó que los judíos abandonasen sus prácticas religiosas y adoptasen el credo oficial sirio, basado en cultos de ultratumba.

Las normas dictadas por Antíoco Epífanes en el año 169 a.C. fueron verdaderamente dolorosas para el pueblo hebreo; entre ellas se incluían la prohibición de la circuncisión y la no obligatoriedad de guardar la fiesta hebrea semanal (el Sabbath), hecho este último que no hizo sino aumentar el descontento de las masas, dando origen al movimiento de los macabeos, quienes encabezados por uno de los grandes guerreros de la Antigüedad, Judas Macabeo, se levantaron violentamente contra los dominadores sirios el 25 de diciembre del año 168 a.C., cuando un altar dedicado a Zeus fue edificado en el Templo de Salomón, violando todas las creencias hebreas.

Espoleados por las predicaciones del profeta Matatías y con la fuerza de la injusticia por bandera, los macabeos continuaron la lucha tras la muerte de Antíoco Epífanes (164 a.C.), cuyo resultado fue la práctica independencia de todo el sur de Palestina; mientras tanto, continuaron durante todo el siglo las luchas entre hebreos y samaritanos. La victoria de los macabeos provocó que los sucesores de Judas Macabeo gobernasen Palestina hasta la invasión romana; este período de la historia es conocido como la dominación de los hasmoneos, mezcla de príncipes y sacerdotes que deben su nombre al primer antepasado (Hasmoneo) de la familia, que se convirtió en el linaje de los principales dirigentes del movimiento macabeo. En cualquier caso, los seleúcidas de Siria no se rindieron ante el revés sufrido. Antes al contrario, en el año 162 a.C. una gran fuerza militar al mando del general Nicanor trajo en jaque a los hebreos, pese a lo cual Judas Macabeo consiguió derrotar al ejército sirio y acabar con la vida del legendario general. Sin embargo, apenas un año más tarde, otro ejército enviado por Demetrio I Sóter consiguió poner cerco a Jerusalén y matar al enemigo más temido, el no menos legendario héroe Judas Macabeo. Su hermano Jonathan tomó el testigo en la lucha y en la dirección de la resistencia.

El primer príncipe hasmoneo fue Simón, quien en el año 142 a.C. logró la rendición de las fuerzas sirias que aún continuaban asolando el territorio palestino. A su figura se debe, en primer lugar, el reconocimiento de sus derechos dinásticos sobre el trono de Palestina y la firma de una paz con los seleúcidas, en tiempos del rey sirio Demetrio II.

Por otra parte, el agravio económico que suponía para los hebreos el pago de un tributo anual a sus vecinos sirios fue suprimido por Simón, que comenzó a reedificar el edificio estatal y económico del antiguo estado palestino. Todo este mutuo reconocimiento tácito se vino abajo cuando dos jóvenes monarcas sucedieron a sus experimentados padres: Juan Hircano (133-104 a.C.), por parte hebrea, y Antíoco VII Sidetes, por lado seléucida, volvieron a resucitar las viejas querellas por la dominación de Palestina. El poder sirio aún continuaba siendo grande, pese a que el Mediterráneo comenzaba a ser dominado por los romanos que infligían graves quebrantos bélicos a los hebreos.

Por si fuera poco, tras la muerte de Juan Hircano, los enfrentamientos internos entre los judíos dividieron a estos en dos grupos: los fariseos, que observaban de forma rígida y estricta los preceptos del Talmud, y los saduceos, algo más relajados de costumbres. En los orígenes del movimiento macabeo, los fariseos habían sido el apoyo interno más importante de la revuelta nacionalista, por lo que, tras los pobres resultados obtenidos bajo mandato de Juan Hircano, especialmente la cuestión samaritana sin resolver, los propios fariseos se sintieron traicionados.

Por ello, pese a que bajo el mandato de Aristóbulo I (103-102 a.C.), los límites del dominio hasmoneo se extendieron hacia el norte, su hermano y sucesor, Alejandro Janeo (102-76 a.C.), hubo de sufrir el enfrentamiento entre fariseos y saduceos como una cruel espiral de violencia interna que, en último caso, sólo facilitó la llegada de los invasores romanos a territorio palestino. El punto culminante sucedió en el año de la muerte del monarca, al que sucedió, por compromiso directo entre las oligarquías hebreas, su viuda, Salomé, que confió en los fariseos para hacerse con el control de un reino incontrolable. A su muerte, en el año 66 a.C., sus hijos Aristóbulo II e Hircano II comenzaron una cruel y suicida lucha por el trono, resultando vencedor, por corto espacio de tiempo, el primero de ellos. Sin embargo, los derechos del segundo fueron recogidos por Antípatro de Idumea, un oscuro y sagaz gobernador que no dudó en aliarse con el poder romano para entronizar a su familia, factor especialmente importante para su hijo y sucesor: Herodes el Grande.

Palestina bajo Roma: los herodianos y el gobierno de los procuradores.

Como es lógico deducir, el clima de violencia y enfrentamiento sufrido en Palestina contribuyó en gran medida para que el más grande poder del Mare Nostrum, el Imperio romano (todavía bajo gobierno de la República en estos primeros años), tratase de incluirla entre sus dominios. A tal efecto, las legiones romanas, encabezadas por el general Pompeyo, no tuvieron casi ningún problema en el año 63 a.C. para conquistar Jerusalén e incluirla en la provincia de Siria.

Como en el resto de sus conquistas, el dominio romano se estableció en las ciudades y tras la firma de varios acuerdos y pactos con las elites aristocráticas de la zona, mientras que en el resto de la Palestina interior el dominio continuó siendo, grosso modo, para los hebreos autóctonos. Por otra parte, la tradicional organización romana no pasó por alto el desorden administrativo que vivía Palestina, para lo cual se dividió la región en cuatro circunscripciones territoriales: Judea, Samaria, Galilea y Perea, salvaguardando ciertas ciudades importantes situadas al norte del río Jabbok para gobiernos militares (tetrarquías). Entre estos gobiernos militares floreció la llamada Decápolis romana, formada por las más importantes ciudades de Palestina, las que más habían sufrido el proceso de helenización y que era, a efectos prácticos, un solar dominado por los romanos pero rodeado por los habitantes autóctonos. Entre las ciudades más importantes de la Decápolis se pueden citar Damasco, Filadelfia (la actual, Ammán, capital de Jordania), Escitópolis o Gadara.

Véase Imperio Romano.

A pesar de que Pompeyo pactó con el legítimo monarca hasmoneo, Hircano II, que Roma respetaría las costumbres hebreas y que, en principio, el dominio de la ciudad del Tíber sólo alcanzaría la Decápolis y el resto quedaría a salvo a cambio de un tributo económico, muy pronto el expansionismo romano comenzó a dar muestras de no conformarse con lo pactado. Bastó la aparición del general más ambicioso de la todavía República, Julio César , y la colaboración interesada de la familia de Antípatro de Idumea para que el poder de los hasmoneos declinase definitivamente.

Con el pretexto de una campaña de los partos, tradicionales enemigos romanos en Asia menor, los cuales llegaron a amenazar la propia Jerusalén en el año 40 a.C., Julio César se puso al frente de las legiones de Egipto y puso fin a los pactos de Pompeyo. Antípatro fue recompensado con la ciudadanía romana por la ayuda prestada y se le eligió como procurador de Judea, mientras que sus hijos, Fasael y Herodes, fueron nombrados, respectivamente, gobernadores de Jerusalén y Galilea.

Cabe anotar también que el intento de los partos por hacerse con el dominio de Palestina fue apoyado por gran parte de los hebreos autóctonos, especialmente por Antígono, el legítimo sucesor dentro del linaje hasmoneo. Pese al poder de los ejércitos romanos, Antígono fue capaz de ser coronado rey de los hebreos en Jerusalén gracias a la ayuda de los partos, pero no tuvo mucho tiempo para disfrutar de ello, pues en el año 37 a.C. Herodes el Grande recuperó en su cabeza todo el gobierno de la región. Así pues, quedaba inaugurada la época de dominio romano sobre Palestina, ejercida a través de una minoría de procuradores procedentes de la aristocracia hebrea y dentro de la cual los herodianos se revelaron como los mejores aliados de, primero, los generales y, después, los sucesivos emperadores.

El surgimiento del cristianismo

Pese a la aparente época de paz y prosperidad económica que la provincia asiática pareció vivir bajo el dominio de Herodes (37-4 a.C.), el sentimiento nacional y religioso del pueblo hebreo había sido hondamente socavado. Los romanos habían comenzado lentamente a propagar sus ritos paganos y politeístas por toda Palestina, a la vez que menospreciaban los lugares de culto judío, especialmente el Templo de Salomón, restaurado por última vez en la época de Judas Macabeo (166 a.C.).

En este sentido, el conocido episodio bíblico de la ocupación del templo por los mercaderes es un reflejo de la situación que se debió vivir constantemente en la época. Y también es en esta línea, comprometiendo la religión y la identidad “patriótica” hebrea, donde hay que inscribir, históricamente, la figura de Jesús de Nazaret, profeta para judíos y musulmanes, traidor para los romanos y mesías redentor para los cristianos.

Sin ánimo de polemizar con los diferentes sentimientos religiosos, las investigaciones desde la perspectiva histórica que se han hecho sobre la figura de Jesucristo reconocen, por una parte, que la convivencia con los esenios, un grupo considerado como radical por los hebreos, contribuyó a fomentar su idea de la religiosidad como salvación del mundo. Por otra parte, parece también bastante clara la pertenencia de Jesucristo a un grupo nacionalista hebreo, los celotes o zelotas, cuyas acciones violentas contra la dominación romana no dudaban en utilizar las medidas más virulentas y sangrientas. En este sentido, la figura del profeta nazareno aparece como clave en la promulgación de la vía del perdón, la justicia y la caridad como la única posible para resistir la dominación romana. De hecho, las contribuciones que, para la religiosidad universal, han hecho los hombres y mujeres nacidos en Palestina, fueron y son tan importantes que resultan difíciles de cuantificar; únicamente, finalizar con la reseña del nacimiento del cristianismo en Palestina, la región donde tantos y tan diferentes sentimientos religiosos se habían dado y se darían cita en años sucesivos.

Véase Cristianismo.

La expulsión de los judíos: la primera Diáspora

Tras los conocidos episodios bíblicos acerca de la muerte en la cruz de Jesucristo, a manos del procurador de Judea Poncio Pilatos, Herodes Agripa I fue elegido rey de Judea. La extensión de la doctrina cristiana por sus discípulos y por los Apóstoles prendió como una llama en la debilitada y hastiada población hebrea, por lo que estalló la rebelión contra Roma.
En principio, la distribución del poder entre los sacerdotes hebreos y los procuradores romanos pareció satisfacer a todas las partes enfrentadas, pero los primeros problemas, acrecentados por el continuo hostigamiento zelota, hicieron su aparición durante el mandato de Ventidio Cumano (48-52) y Félix (52-60), para acabar por estallar violentamente entre los años 66 y 68 de nuestra era.

Debido a la intransigencia mostrada en ciertos asuntos relativamente sin importancia, pero decisivos para la idiosincrasia hebrea por referirse a sus costumbres, por el procurador Gesio Floro (64-66), la violencia alcanzada en el conflicto contra el imperialismo del Lazio acabó por destrozar gran parte de los recursos de la zona, además de la correspondiente sangría entre los hebreos, menores en equipamiento militar. El conflicto, definitivamente, contó con un elemento inesperado que fue fatal para los hebreos: la helenización y latinización progresiva de la zona desde los tiempos de Alejandro Magno había atraído a grandes contingentes de población continental hacia las ciudades de Palestina, principalmente hacia la Decápolis, lo que significó el inicio de continuas masacres contra la población judía, barbarie alimentada y aplaudida incluso por varios no sólo procuradores (como el propio Gesio Floro), sino también emperadores como Calígula. Entre los años 66 y 67, los judíos fueron víctimas de terribles persecuciones en el territorio delimitado por la franja costera que se extiende desde la egipcia Alejandría hasta la Cesarea marítima; sin embargo, el particular carácter indómito del pueblo hebreo hizo que sus contrataques, especialmente en Galilea y Samaria, contra la población extranjera, constituyeran una situación tan delicada que fue necesaria la intervención imperial.

Roma decidió acabar de una vez por todas con el levantamiento, para lo cual el propio emperador Vespasiano se puso a la cabeza de un ejército que, en el año 70, arrasó Jerusalén y acabó con todas las bases del estado judío. El destruido Templo de Salomón tendría como inquilinos y guardianes de sus ruinas a la Legio X Fretensis romana, tras lo cual se estableció un gobierno con carácter cuasi militar hasta la pacificación total del territorio. Tras un período de relativa calma, una nueva insurreción acontecida en el año 132 bajo el mando de un celote, Barkokebas, dio como resultado el edicto de expulsión de los judíos de territorio palestino. El propio reconstructor de Jerusalén (a la que llamó Aelia Capitolina), el emperador Adriano, fue quien firmó el documento que dio pasó a la primera gran diáspora del pueblo judío.

Palestina bajo el dominio de Bizancio.

Como ya se ha anunciado con anterioridad, la propagación del cristianismo sería de vital importancia para el desarrollo de la historia de Palestina en particular (algo obvio en el resto de Europa); en principio, por la conversión a la religión de Cristo del emperador Constantino I en el siglo IV y el edicto de tolerancia romana con la nueva religiosidad emitido en Milán (313). Estos acontecimientos enfrentaron nuevamente a los judíos con los imperialistas romanos, puesto que al problema político se le unió el religioso, que ya existía antes pero que ahora iba a cobrar mayor importancia, que no virulencia, puesto que el número de hebreos en Palestina sufrió una drástica disminución desde los edictos de Adriano. Además, el propio emperador Constantino, el gran edificador de lo que posteriormente sería el Imperio Romano de Oriente, embelleció Jerusalén con construcciones tan importantes como la Iglesia del Santo Sepulcro. En este sentido, cabe destacar la gran prosperidad alcanzada por Palestina, al menos las zonas próximas a Jerusalén, durante el gobierno de los constantinianos, aparte del inicio de las multitudinarias peregrinaciones y del eremitismo hacia la región, crisol de las tres religiones del Libro. En lo referente a la administración, señalar la conversión de la antigua Palestina Tertia en provincia propia, así como el inicio de la importancia de los obispos religiosos en la política de la época, promoviendo, a su vez, todo un elenco de diócesis, parroquias y, en definitiva, una organización eclesiástica de primer nivel.

El siguiente hito importante en la historia de Palestina tuvo lugar en el año 395, cuando el testamento del emperador Teodosio dividió el Imperio Romano en dos partes, oriental y occidental, entre sus hijos Arcadio y Honorio. De esta manera, Palestina pasó a formar parte del Imperio de Oriente, Bizancio, y fue dividida en varias provincias: Palestina Prima (formada por Judea del Norte y Samaria, con capital en Cesarea), Palestina Secunda (Galilea, con capital en Escitópolis, la actual ciudad de Bet She`an) y Palestina Tertia (Perea y el territorio del Moab, con capital en la legendaria ciudad de Petra).

Con el cambio de administración y la nueva población que sustituyó a los expulsados hebreos, Palestina volvió a recuperar parte de su antiguo nivel económico y comercial, destacando la reconstrucción de Jerusalén por los bizantinos, incluido el antiguo templo de Salomón. Paralelo a este crecimiento económico, el prestigio del obispo de Jerusalén fue agravándose también, de manera que, tras el concilio de Calcedonia (451), el depositario de tal merced quedaba nombrado automáticamente como la más alta dignidad eclesiástica: patriarca de Palestina. El primero de ellos, Juvenal (cuyo obispado se extendió desde el 421 hasta el 458), fue uno de los más destacados actores en una de las primeras querellas cristológicas que asolaron la región: el monofisismo.

Dejando de lado las revueltas de los hebreos en el año 450 y de los samaritanos en época de Justiniano I, el episodio más destacado durante este período fue la breve ocupación, durante el año 614, de Jerusalén por parte del soberano persa Cosroes II. La reacción del emperador bizantino Heraclio fue rápida, logrando recuperar las fronteras algunos años más tarde (628); sin embargo, la flaqueza mostrada por Constantinopla en sus fronteras orientales anunció la llegada del poder árabe a la zona, dejando atrás más de cinco siglos de presencia romana, en su vertiente occidental u oriental, y un impresionante legado artístico, político y religioso para dejar paso a los que se iban a convertir en la amenaza del orden mediterráneo.

Véase Imperio Bizantino.

La llegada del Islam.

Tan sólo trece años más tarde de la huida de Mahoma hacia Medina (622), es decir, la Hégira, que da comienzo a la cronología islámica, Palestina fue invadida por las tropas árabes del Islam. Desde los tiempos del califa Abú Bakr (632-634), la llamada a la yihad puso a los siervos de Alá en el camino de la rica y floreciente Palestina, territorio cuyo alcance para el expansionismo árabe era tan lógico como razonable; tan sólo la resistencia de varios grupos cristianos en la zona impidió un paseo militar, puesto que desde las inmigraciones nabateas y la llegada de población aramea y siria, la afluencia de pobladores árabes hacia Palestina había sido constante, por lo que recibieron a las tropas del Islam con los brazos abiertos.

Tras derrotar a los bizantinos en Wadi al-`Arab (Mar Muerto) y en `Ahjnadin, ambas en 634, el sucesor de Abu Bakr, el califa Omar, conquistó Jerusalén (638) y comenzó a borrar todas las huellas cristianas y hebreas que había en Palestina, excepto el Templo de Salomón. El inicio de la construcción del templo de Qubat al-Shakra (la mal llamada Mezquita de Omar, finalizada en el 691 por el omeya Abd al-Malik) fue el exponente más claro de la dominación islámica, que se iba a aprovechar de la debilidad bizantina para extender su control en la zona, su cultura y su forma de entender el gobierno durante más de un milenio.

A imagen de la administración establecida en otros territorios conquistados, Omar dividió la región en dos provincias, (`ijund) Jordania (en árabe al-Urdunn) y Palestina (Falastin), a cargo de la cual se hallaba un emir que era asistido por un cadí para asuntos de justicia. Pese al habitual respeto que los árabes solían mostrar por los credos de los pueblos conquistados, la particular mezcla de población palestina hizo de ello un asunto delicado. Apoyados por una gran mayoría popular de gentes procedentes de Arabia, el proceso de islamización de Palestina fue uno de los primeros puntos de apoyo donde se edificaría el gran edificio del Islam medieval.

Durante el gobierno omeya, particularmente, la conversión al Islam en Palestina fue una de sus líneas políticas más claras, sobre todo tras las medidas restrictivas de libertad de culto, oficios y pago de impuestos dictadas por al-Walid (705-715) y Omar II (716-720); es obvio decir que las conversiones crecieron espectacularmente, en especial entre las familias cristianas que, durante el dominio bizantino, se habían convertido en oligarquías urbanas. Asimismo, la diáspora de los judíos fue casi total, con lo que su representación quedó ligada únicamente a la ciudad de Jerusalén, por expresa normativa omeya, y a las peregrinaciones esporádicas (poco habituales en el mundo hebreo).

Véanse las entradas correspondientes a Califato y Califato Omeya.

La pugna entre abasíes y fatimíes

La época de estabilidad propiciada por el dominio islámico contribuyó a crear un fuerte sentimiento pro-árabe en Palestina, clima al que también ayudó la continua afluencia de población procedente de la península de Arabia. Sin embargo, los asuntos del califato también afectaron a la zona, especialmente el golpe que acabó con el dominio omeya (750) y puso a los abasíes al frente del gobierno califal.

Teóricamente al menos, la autoridad de Bagdad tenía que ser respetada por todos los emires islámicos, pero las pugnas entre pro-yemeníes y pro-abasíes ocuparon alrededor de cien años de continuo conflicto en Palestina, que, en líneas generales, siempre se mostró como un bastión pro-abasí. Este acontecimiento fue clave en la continuación del proceso de islamización de la zona y, especialmente, en la construcción de una serie de fortalezas defensivas que blindaron la costa palestina en contra de posibles intentos bizantinos de recuperar sus antiguos territorios.

Los siglos IX y X estuvieron marcados por los enfrentamientos entre diferentes facciones islámicas por hacerse con el control de Palestina, que devastaron y socavaron la prosperidad anterior lograda bajo los omeyas con una serie interminable de revueltas y contrarrevueltas.

Con todo, el mayor problema de la población palestina lo constituía la presencia de los fatimíes en Egipto, conflicto que se agravó en el año 969 al ocupar los fatimíes Siria. El débil nexo que unía a Palestina con Bagdad pasó a ser apenas una delegación de iure sobre los asuntos religiosos, lo cual bastó para convertir la región en un polvorín de luchas internas islámicas, puesto que los intereses fatimíes, que desde el año 969 habían establecido un tímido control de la situación, confluyeron con los abasíes y con los de otros pueblos o facciones, incluidas las esperanzas bizantinas para aprovecharse de la confusión.

Particularmente funesta fue la acción del califa fatimí al-Hakem (996-1021), cuyo gobierno despótico y tiránico logró lo nunca pensado: la unión de todos los contingentes de población cristianos, beduinos, hebreos y árabes para intentar su deposición, a base de intentar una y otra vez su asesinato o minar su ejército, el único y verdadero apoyo para llevar a cabo su política. En el haber de dicho califa queda, por ejemplo, la orden de destrucción de la Iglesia del Santo Sepulcro (1009), hecho éste totalmente inusual en el respetuoso mundo islámico.

Palestina: escenario de las Cruzadas

La difícil convivencia entre los árabes iba a sufrir un inesperado elemento de cohesión con la llegada de los cruzados europeos en busca de recuperar los Santos Lugares. A raíz del cisma surgido entre las dos iglesias, la oriental y la occidental, en el año 1054, la posición bizantina quedó aún más débil políticamente de lo que ya era, al faltarle el apoyo, cuanto menos moral, para mantener el último bastión del Imperium Romanum; por otra parte, la derrota sufrida por los bizantinos en la batalla de Manzinkert (1071) a manos de los turcos selyuquíes, que puso a estos últimos en disposición de capturar Jerusalén, hizo aumentar las peticiones de ayuda de los cristianos orientales hacia sus “hermanos” de religión europeos.

Así pues, en el año 1096, un gran contingente de tropas cristianas, haciendo suya la defensa de los peregrinos y con la anuencia de las máximas autoridades políticas y religiosas europeas, se puso en camino hacia Palestina con el objetivo único de devolver a Jerusalén el esplendor cristiano de los tiempos pasados. La ciudad, en dominio selyuquí desde el año 1071, había sido recuperada por los fatimíes en el año 1098. Apenas un año más tarde, después de que los diferentes contingentes europeos se moviesen con más pena que gloria por el desconocido territorio asiático, uno de los dirigentes de los Soldados de Dios, Godofredo de Bouillon conquistaba Jerusalén y creaba el reino latino de Oriente. De esta forma, Palestina sufrió la ocupación de unos extranjeros y la transmisión de unas instituciones totalmente ajenas a su entorno, como las diferentes órdenes militares que se encargaban de la vigilancia de los caminos.

Las diferentes cruzadas que se sucedieron en el tiempo, desde el año 1147 hasta la definitiva pérdida de San Juan de Acre (1291), propiciaron trescientos años de continua guerra en la zona, donde cristianos e islámicos se enfrentaron en un brutal conflicto que les enemistaría durante siglos y cuyas imprevisibles consecuencias se siguen, prácticamente, pagando en el umbral del siglo XXI.

Véanse las entradas referentes a Cruzadas; Orden del Temple; Orden del Hospital.

La extensa dominación turca

Palestina aún sobrevivió después del lógico fin del ideal cruzado como un poder autónomo gobernado por el emir de Jerusalén. Tras la desaparición del linaje de los ayubíes (los descendientes del legendario Saladino I), fue una familia turca, los mamelucos, los que se encargaron de obtener el gobierno de la región. Para ello, sin duda, se aprovecharon de las cualidades de los magníficos sultanes Baybars y al-`Ashrhaf (el vencedor de San Juan de Acre).

Debido a sus excelentes gobiernos, Palestina volvió a ser un territorio fértil en el que sus habitantes vivían en paz durante los siglos XIII y XIV, y que sólo vieron empañada su felicidad por dos acontecimientos imprevisibles: por una parte, la temible epidemia de Peste Negra que asoló el Mediterráneo durante la segunda mitad del siglo XIV mostró sus perniciosos efectos también en Palestina, especialmente funestos en cuanto a demografía se refiere; por otra parte, en los años que separaron el siglo XIV del XV, las temibles incursiones de los jinetes asiáticos, los mongoles de Tamerlán, hicieron que toda el Oriente Próximo sintiese la destrucción que emanaba del habitual pillaje del rey de la Horda de Oro. Pese a ello, Palestina fue de las zonas menos afectadas, al menos directamente, aunque sí repercutió en el hecho de que el poder mameluco fuese, poco a poco, debilitándose en favor de la pujanza de los turcos selyuquíes. Tras la caída de Constantinopla a manos del sultán Mehemet II (1453), la constante presión sobre las fronteras palestinas finalizó en el año 1517, cuando Selim I incorporó Palestina a la provincia de Siria, adelantando el límite del imperio otomano hasta la península del Sinaí.

Realmente, la vida de la población palestina no conoció gran variación, salvo un endurecimiento de sus condiciones de vida: la interpretación del Corán tradicional de la zona, la sunna, no era del agrado de los fundamentalistas turcos, mucho más agresivos y radicales en su interpretación de la palabra del Profeta. Con todo, la proverbial riqueza de los campos palestinos, junto con el comercio y ciertas industrias exóticas, propició una época de esplendor de la región que coincidió, aproximadamente, con el gobierno del sultán turco Solimán Iel Magnífico (1520-1566).

Los siglos XVII y XVIII apenas presentaron detalles históricos de importancia con respecto a Palestina; fueron, quizás, los únicos años de paz continuada que se vivieron en la región, puesto que la administración turca funcionaba con corrección. Durante gran parte del siglo XVIII, Palestina estuvo gobernada de facto (teóricamente lo estaba por el sultán de Damasco) por Dahir al-Omar, gobernador de Jerusalén. Salvo algunas pequeñas incursiones de cristianos que, desde sus bases militares en las islas del Mediterráneo, atacaban con el único objeto de rapiña, la identidad musulmana de los pobladores de Palestina se afianzó cada vez más; sumamente respetuosos con otros credos, seguían permitiendo las peregrinaciones de cristianos y hebreos hacia sus lugares santos, pero siempre teniendo en cuenta que cualquier altercado debía ser juzgado por la ley de Alá.

El único episodio realmente destacable aconteció entre 1799 y 1801, cuando un joven y brillante militar francés quiso extender las campañas contra Egipto hacia Palestina, en un particular “sueño cruzado”. Así, en 1799 las tropas francesas al mando de Napoleón Bonaparte, tomaron la ciudad de Haifa, desde donde se aprestaron a resucitar la recuperación de los Santos Lugares como lo habían hecho setecientos años antes sus antepasados borgoñones y europeos. Obviamente, el final fue el mismo, y las organizadas tropas del imperio otomano acabaron, en la batalla del Tabor, con el ideal napoleónico, con la última cruzada de los europeos.

Palestina en el siglo XIX

El siglo XIX significó para Palestina el principio de interminables problemas aún sin solucionar. En primer lugar, una de las causas capitales fue el proceso de irremisible deterioro de las bases sobre las que se había sostenido el Imperio otomano, algo lógico si se tiene en cuenta su longeva duración temporal.

Palestina había sido una de los distritos en los que había sido dividida la provincia de Siria; sin embargo, la construcción del canal de Suez en Egipto hizo que tanto Gran Bretaña como Francia comenzasen una política de intervencionismo en Palestina, aprovechando la debilidad otomana y los propios objetivos de la población islámica. El primero en dar el paso fue el virrey de Egipto, Mehemet Alí, quien invadió la región otomana en el año 1831, y que junto a su hijo, Ibrahim Bajá, reinó sobre Palestina desde 1832 hasta 1840, intentando modernizar y centralizar la entonces ya caótica organización turca. La debilidad del imperio turco era tal que la propuesta de ambos sobre insertar Palestina como protectorado egipcio a cambio de un elevado tributo fue inmediatamente aceptada por el sultán de Constantinopla.

A partir de este momento, prácticamente hasta la actualidad y quién sabe hasta cuándo, la continua militarización e intervención de las potencias europeas y mundiales en Oriente Próximo se incrementó, al acudir varias de ellas (Rusia, Gran Bretaña y Francia) a la petición de ayuda emitida por los sultanes turcos. Tras este aparente altruismo, en el cual el viejo ideal europeo de protección a los peregrinos saltó a la palestra como pretexto continuamente, sólo subyacía un inherente sentido de sus propios intereses.

La primera potencia en intervenir fue Francia: tras la firma con los turcos del Tratado de París (1856), el protectorado de Palestina cambió de dueño, salvaguardando de esta manera los intereses galos en la zona. Sin embargo, la extensión de ese protectorado hacia Beirut hizo emitir a los propios palestinos y libaneses las primeras protestas sobre la intervención extranjera, y fue factor, por ejemplo, que influyó indirectamente en la cruel matanza de cristianos acontecida en el Líbano (1860), acontecimiento que provocó la inmediata protesta de los países europeos implicados en la zona pero que, a modo de incongruente solución, conllevó el envío de nuevas tropas a la Palestina por parte de todas las partes autoimplicadas. Contando con el clima de febril actividad política, el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914), en la que el Imperio Otomano tomó partido por las potencias del Eje, significó la entrada en escena de todas las potencias europeas en una sórdida pelea por el control de la zona palestina.

Véase Primera Guerra Mundial.

Con la guerra prácticamente finalizada a favor de las potencias aliadas, Gran Bretaña tomó ventaja en el reparto de tan preciada posesión otomana, al adoptar gran parte de las reivindicaciones de la llamada Nación Árabe. La doble diplomacia mostrada con los representantes palestinos contó con el famoso Thomas H. Lawrence (Lawrence de Arabia) como interlocutor entre el guardián de los Santos Lugares, Hussein ibn Abidel Hiyaz, y el comisario británico de Egipto, sir Henry Mac Mahon.

En esta entrevista, celebrada en 1916 y pactada de antemano con otros líderes palestinos, el gobierno británico se comprometió a la creación de un estado árabe independiente entre el Mediterráneo y el mar Rojo, mientras que Gran Bretaña se reservaba la creación de una franja territorial que pusiera en contacto el Sinaí con los puertos palestinos. Sin embargo, apenas unos meses más tarde, el acuerdo Sykes-Picot, firmado entre Francia y Gran Bretaña, aseguraba, a su vez, la futura internacionalización de la zona, con una serie de divisiones artificiales en la que cada potencia europea basaría el control de sus intereses asiáticos. Como es obvio, la voluntad de entendimiento entre los árabes y los británicos se resquebrajó profundamente, al observar los jefes islámicos cómo su pacto con Mac Mahon se incumplía; pese a que la razón les asistía, también es cierto que fue su perdición, puesto que la falta de apoyo internacional y las constantes diatribas que consumían por dentro a la Nación Árabe acabó por condenarla a una posición insólita: ver cómo su propio país les era arrebatado de sus manos.

El movimiento sionista y el conflicto árabe-israelí.

Tras la finalización de la Primera Guerra Mundial, el ejército británico ocupó Palestina (1918), que le había sido entregada por consenso internacional como Protectorado. Lo que parecía ser el inicio de los planes de Mac Mahon y Hussein no fue sino la confirmación oficial de que Gran Bretaña había sido seducida por las tesis sionistas. El movimiento, que hizo de la frase “el año que viene celebraremos la Pascua en Sión” algo más que un deseo, había sido encabezado por Theodor Herzl en el Primer Congreso Sionista (Basilea, 1897); rasgando fuerte en la peculiar conciencia hebrea, propugnaba el regreso de la población judía a Sión, a Palestina, al lugar de donde habían sido expulsados al inicio de la era cristiana.

Ya en los años finales del siglo XIX la comunidad hebrea internacional, con todo el poder económico que les avalaba, había ofertado al Imperio otomano la cesión de Palestina a cambio de que dinero judío solventara las deudas internacionales que abrumaban a los turcos, cuestión a la que éstos se negaron con rotundidad. Sin embargo, la oportunidad de una Palestina bajo mandato británico no fue desaprovechada por los judíos, que contaban con importantes lobbys de presión en la gran mayoría de potencias europeas y que, sin duda, mostraron mucha más cohesión y unidad que sus vecinos árabes. El más importante de todos ellos estaba situado en Gran Bretaña, donde la familia Rotschild, una de las más importantes de la banca mundial, había prestado sus fondos a la corona tanto para sufragar los gastos de la guerra como para asumir los costes del Canal de Suez.

La política de entendimiento dio como fruto la denominada Declaración Balfour (1917), donde Gran Bretaña, de la mano de la primera autoridad del Foreign Office, lord Arthur Balfour se comprometía con el sionismo a participar en la creación de un “estado judío dentro de Palestina siempre y cuando se respetasen los intereses del resto de poblaciones allí asentadas”. Como el resto de poblaciones allí asentadas se percataron rápidamente de las intenciones de la comunidad internacional, los vientos de la guerra, pues, se instalaron en la antiquísima región de Oriente Próximo para no cesar en el transcurso del siglo.

Véase Sionismo.

Del protectorado británico al Libro Blanco

Tras el conocimiento de la declaración Balfour, los primeros enfrentamientos entre la población árabe y la población hebrea de Palestina no se hicieron esperar, lo que obligó a reforzar la seguridad de los contingentes de tropas europeas allí establecidos. Desde finales del siglo XIX ya funcionaban en Palestina diferentes movimientos que, dedicados a apoyar la causa palestina, propugnaban la unión de las familias más importantes y solicitaban la ayuda de sus hermanos de religión; pero, a raíz de los excelentes resultados obtenidos por los diferentes congresos sionistas, la inmigración hebrea hacia Palestina comenzó a notar un progreso espectacular, sobre todo de judíos procedentes de los países del Este de Europa. Como es lógico suponer, los diferentes intereses y la llegada de nuevos pobladores contribuyó a crispar aún más los ánimos.

Por otra parte, tras el fin de la Primera Guerra Mundial y la celebración del Tratado de Versalles en Francia (1919), la situación se iba a complicar definitivamente. La doble trama y la complejidad se puede resumir en la siguiente frase: “los ingleses, durante la primera guerra mundial, habían tratado de Palestina con los árabes como de país independiente, con los hebreos como de sede nacional; habían convenido con los franceses en que sería internacionalizada y acabaron quedándosela bajo forma de mandato”. (Félix Pareja, en López García, op. cit., p. 6).

La lucha dialéctica entre el valedor de los intereses árabes, Faysal ibn Hussein, y el delegado del sionismo mundial en el congreso, Chaim Weizmann, no pudo evitar que la Sociedad de Naciones, reunida en la conferencia de San Remo (1920), dictaminase la concesión del protectorado a Gran Bretaña, mientras que parte del territorio tradicionalmente palestino era repartido entre Siria y Líbano.

A partir de 1922, durante el mandato de sir Herbert Samuel en Palestina, el peso de las poblaciones hebreas y palestinas iba a invertir su tendencia natural. A pesar de la existencia de varias agrupaciones en defensa de los intereses árabes, lo cierto fue que la falta de acuerdo a la que sus dirigentes llegaron determinó el comienzo de un éxodo masivo de campesinos palestinos hacia otros países árabes del entorno; por el contrario, y ayudados sobremanera por la persecución hebrea que apadrinaron los movimientos totalitaristas de las décadas de los años veinte y treinta, los hebreos comenzaron a llegar en masa a Palestina, colonizaron los campos y pusieron en funcionamiento nuevos cultivos.

A partir de este momento, las diferentes asociaciones han sido denominadas por los investigadores como Agencia Judía y Agencia Árabe, y dentro de ellas se agruparon todas las facciones, partidos y entes políticos o paramilitares cuyo enfrentamiento larvado en la década de los veinte pasó a ser una auténtica guerra civil en el decenio siguiente, sobre todo tras la fundación, en 1932, del Alto Comité Árabe, presidido por Hadj Amin desde 1936.

Por parte de los gobernadores del Protectorado, todo el esfuerzo político por evitar el conflicto directo se limitaba a la formación de comisiones de seguimiento, formadas por miembros del congreso británico, y a la emisión, en varios modos y en varios momentos, del llamado Libro Blanco sobre Palestina, un esfuerzo por mantener la paz que, sin embargo, llegó demasiado tarde.

El primer Libro Blanco, publicado en 1930, se basó en el llamado informe Simpson y constituyó la primera crítica dentro del seno británico a los términos en los que se basaba el protectorado; en primer lugar, el legado John Hope Simpson acertaba al señalar que la venta masiva de tierras, que propiciaba el paro rural, así como la prohibición de las empresas hebreas de contratar a trabajadores islámicos y la ausencia de un plan agrario conjunto, eran los tres factores que, llevados hasta el extremo, podrían desencadenar un conflicto bélico en la zona. La rotundidad de sus opiniones provocó un gran revuelo internacional, reportó al gobierno británico duras críticas y sirvió como pretexto para que, por ejemplo, Chaim Weizmann dimitiese de su puesto dirigente en la Agencia Judía y en la Organización Sionista. Los verdaderos implicados en el tema, los palestinos y hebreos que habían empezado a convivir, mostraron la cara más concienciada del conflicto, puesto que en algunas pequeñas circunscripciones (como, por ejemplo, Jerusalén o Haifa), comenzaron a formarse comisiones de estudio bilaterales en pos de solucionar los tremendos errores mostrados por el Libro Blanco.

Sin embargo, las hondas conexiones internacionales de un conflicto interior acabaron por destrozar las esperanzas de paz; en primer lugar, el relevo en la dirección de la Agencia Judía lo tomó David Ben Gurión, hombre fuerte en sus posiciones pero sin la mano izquierda de su antecesor para los asuntos delicados; por otra parte, la influencia del Alto Comité Árabe en los asuntos palestinos fue importantísima, como demuestra el elevado seguimiento de los trabajadores a las huelgas generales convocadas en 1936 y 1938.

Pese a todo, el factor desencadenante de la ruptura fue que la situación se había escapado de cualquier control: comenzaban a proliferar los grupos paramilitares independientes, de tipo clandestino pero cada vez con mayor apoyo popular, puesto que el ingrediente del miedo funcionó a la perfección para cohesionar y enemistar a los seculares enemigos. Así pues, organizaciones como la palestina Ezzedin al-Qassem o la hebrea Irgun Zwei Leumi pasaron, directamente, de la confrontación política a la guerra abierta.

Ante el cariz de los acontecimientos, la llamada comisión Peel del gobierno británico redactó, en 1939 y basándose de nuevo en el estudio de la comisión Woodhead del año anterior, un nuevo Libro Blanco en el que se obviaban todos los puntos advertidos por Simpson nueve años antes y se pasaba, casi sin tapujos, a apoyar todas las reivindicaciones para crear un Hogar Nacional Judío en Palestina. El propio Winston Churchill protestó por la aprobación de tal informe, pero la inminencia de la Segunda Guerra Mundial sepultó las críticas y las esperanzas de los palestinos. Así, entre 1939 y 1945, cuando medio mundo se encontraba en guerra con el otro medio, palestinos y hebreos fomentaban una política de armamento continuo, sin importarles que los foros internacionales diesen o no razones a las suyas propias.

Véase Segunda Guerra Mundial.

La resolución 181 de la ONU y la proclamación del Estado de Israel

En el proceso de militarización de las fuerzas enfrentadas, los hebreos tomaron pronto la iniciativa. Un grupo paramilitar fundado en los años 30, la Haganah, comenzó a formar la base del futuro ejército israelí, con el Moshe Dayan al frente; mientras tanto, los palestinos confiaban en las tropas británicas asentadas en la zona, y en la hipotética ayuda que pudiesen prestar el resto de naciones hermanas de religión.

Hubo un detalle importantísimo en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial que los hebreos aprovecharían en su favor para empujar su Hogar Nacional hacia el status de verdadero estado. Éste no fue otro que el acceso a la presidencia de los Estados Unidos de América de Harry Truman en sustitución de Franklin Delano Roosevelt; entre otros apoyos, el candidato norteamericano contó con la ayuda, tanto moral como financiera, de todos los judíos norteamericanos, a cambio de que los asuntos exteriores del gigante americano coadyuvaran en todo lo posible a la causa sionista. Como es lógico pensar, el otro gigante mundial, la URSS de Stalin comenzó también a preocuparse por el asunto de Palestina, con la intención de aprovechar la más mínima oportunidad para dañar al enemigo; en definitiva, la internacionalización del problema árabe-israelí se adivinó plena en los años finales de la Segunda Guerra Mundial.

Así pues, el 22 de mayo de 1945 el presidente de la Agencia Judía, David Ben Gurión, presentó ante el gobierno de Londres la petición que durante tantos años había estado acariciando la causa sionista: el establecimiento de un estado hebreo en Palestina. Ante la amenaza de inmigración masiva por parte de los judíos de toda Europa (no hay que olvidar la persecución de la Alemania nazi), el gobierno británico decidió dejar el asunto en manos de las superpotencias, puesto que el organismo supranacional creado tras la Primera Guerra Mundial, la efímera Sociedad de Naciones, había desaparecido, y la ONU era aún sólo un proyecto. Como es obvio, la Agencia Judía había planteado el tema esperando tal respuesta, sabiendo el apoyo total de Truman a su causa. De manera paralela, varios atentados y sabotajes contra intereses árabes en Palestina demostraron que, en caso de necesidad, la Haganah podía ser un ejército temible para cualquier enemigo.

La reacción árabe comenzó a finales del propio mes de mayo, con la creación de la Liga de Estados Árabes en El Cairo. Ante el cariz de los acontecimientos, el gobierno británico envió nuevas tropas hacia Palestina y formó una nueva comisión, esta vez anglo-americana, intentando comprometer a los Estados Unidos de América en el problema. El error fue doble: por una parte, tanto hebreos como palestinos estaban ya completamente decididos a expulsar a los británicos y arreglar sus diferencias bilateralmente; por otra parte, el nuevo dictamen de la comisión mixta sólo tuvo que negar, punto por punto y palabra por palabra, el Libro Blanco de 1939 para, por ejemplo, poner a los refugiados hebreos en disposición plena de entrar en Palestina.

Aún hubo un último intento británico por reunir a David Ben Gurión y a Hadj Amin en la conferencia de Londres (25 de julio de 1946), pero la suerte estaba echada: el nuevo organismo supranacional, la Organización de las Naciones Unidas, recibía un dardo envenenado de británicos y norteamericanos, el primer asunto serio, el problema palestino. Desde ese preciso instante, todas las partes implicadas comenzaron a diseñar planes para la división del país en áreas de influencia, habida cuenta del absoluto fracaso de la convivencia pacífica entre palestinos y hebreos. Por fin, en la Asamblea General de la ONU (2 de abril de 1947), las propuestas de las partes implicadas no satisfacieron a nadie, especialmente a los hebreos, cada vez más conscientes de que su sueño se aprestaba a llegar. De esta forma, la ONU planteó la división en la llamada Resolución 181: Israel controlaría el 55% del territorio, Palestina el 45% y Jerusalén, aunque económicamente del lado israelí, pasaría a ser administrada por la propia ONU. Naturalmente, pasaron por alto el qué hacer con el 48% de población árabe que vivía en la hipotética división judía.

Debido a ello, y tras un nuevo rechazo de un plan alternativo presentado por países minoritarios, Gran Bretaña anunció la retirada de sus tropas. Al día siguiente, la Liga de Estados Árabes anunció la creación del Ejército Árabe de Liberación y el inicio de las hostilidades; por su parte, los hebreos esperaron hasta la retirada del último soldado británico de Palestina (14 de mayo de 1948) para hacer efectivo el sueño de sus antepasados: la proclamación del Estado de Israel. Obviamente, también significó el inicio de la guerra civil entre palestinos y judíos, el primero de los múltiples conflictos armados que iban a hacer de Oriente Próximo un punto de máxima fricción en la segunda mitad del siglo XX.

Las guerras entre árabes e israelíes

Desde la declaración del Estado de Israel y hasta la década de los noventa, la historia de Palestina se confunde con la de los sucesivos conflictos bélicos acontecidos entre israelitas y palestinos. Desde la Guerra Civil (1948-1949), pasando por la guerra entre Egipto e Israel (1956), la Guerra de los Seis Días (1967) o la Guerra del Yom Kippur (1973), hasta la invasión del Líbano por Israel (1982) o la Guerra del Golfo (1990-91), la escalada bélica en la zona ha dominado cualquier otra noticia acerca de la historia de tan afamada región. Por ello, en los puntos siguientes de esta entrada se intentará dar cabida al resto de informaciones importantes que no hagan referencia a guerras. Para ello, véase Guerras Árabe-Israelíes y Guerra del Golfo Pérsico.

Los años sesenta y setenta: la OLP

La década de los sesenta vino marcada por el constante fortalecimiento de las escasas bases sobre las que se había asentado el Estado de Israel. Por el lado contrario, solamente el poder egipcio, representado por su presidente, Abdel Gamal Nasser, parecía erigirse como garante de los defenestrados derechos de los pobladores palestinos. Ya desde los años cincuenta habían comenzado a proliferar varias organizaciones paramilitares árabes que operaban, con el terrorismo como principal vía, para reclamar esos mismos derechos. Los más importantes de ellos, dentro de la multitud de pequeñas asociaciones, eran el Movimiento de los Nacionalistas Árabes, presidido por Georges Habach, y la organización al-Fatah, dirigida por el que iba a convertirse, a los ojos del mundo contemporáneo, en la imagen de las reclamaciones palestinas, Yasir Arafat.

Como colofón a la organización de la resistencia pro-árabe, en la conferencia de El Cairo (noviembre de 1964) quedaron regularmente establecidos los estatutos de la organización que aglutinaría a todos los grupos paramilitares contrarios a Israel: la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), cuyo primer presidente fue un brillante abogado palestino que ya había tenido una destacada participación en los foros internacionales acerca de los problemas de Oriente Próximo: Ahmed Chukeiri.

A pesar de que tanto Habach como Arafat entraron a formar parte del organigrama dirigente y que sus asociados hicieron lo mismo, tampoco pudo la OLP acabar con los pequeños movimientos, mucho más vivos, más rápidos en captar adeptos y que contaban con mucho más apoyo popular, especialmente por el odio residente en los infrahumanos campos de refugiados palestinos. En una evolución aproximada (López García, op. cit., pp. 20-21), tras los conflictos acontecidos entre 1967 y 1973, casi un millón de palestinos vivían en los territorios ocupados por Israel (repartidos entre Cisjordania, Gaza y el Sinaí-Neguev), cuya vida pasó prácticamente a la nada debido, simplemente, a la resolución de los conflictos internacionales. Su reclusión en campos de refugiados únicamente benefició a la OLP, que disponía así de la mínima infraestructura necesaria para adiestrar a todos sus “soldados”.

Por ello, además de negar el Estado de Israel y de no someterse a ninguna autoridad, la OLP buscó en la vía del terrorismo sus objetivos principales: sabotear y desmoralizar a las tropas hebreas, atentar contra la vida de israelíes civiles y, especialmente, dotar a su lucha de la consabida, deseada y totalmente necesaria publicidad internacional.

Así pues, desde la explosión de los conductos petrolíferos de Haifa (1969), vitales para el desarrollo económico de Israel, el secuestro de aviones internacionales (práctica tristemente habitual desde 1970) y atentados diversos en Cisjordania, Jerusalén, Gaza, Galilea y demás, al menos la OLP consiguió el último de los objetivos anteriormente mencionados. Dos hechos, entre 1970 y 1985, contribuyeron a realzar la imagen internacional de la organización y no para bien, precisamente, sino para que el viejo y absurdo estereotipo del fanatismo árabe resurgiera en la boca de todos los países implicados, de una forma u otra, en el conflicto. Los dos hitos negativos referidos son la masacre perpetrada contra los atletas olímpicos israelíes en las Olimpiadas de Munich (1972) y el secuestro del navío italiano Achille Lauro (1985) y su funesto término.

Tras ello, se esconde el verdadero problema de aquella Nación Árabe que bautizó Lawrence de Arabia a principios de siglo: la inexistencia de unión, coordinación o cooperación entre los diferentes países islámicos implicados en la cuestión palestina. En los años sesenta y setenta, bajo el estandarte de Nasser, la hipotética promesa de arrojar a los hebreos al mar sólo significó el período más turbulento de atentados de la OLP; bastó la victoria hebrea en la Guerra de los Seis Días o en la Guerra del Yom Kippur para que las decenas de miles de refugiados palestinos en Jordania, Líbano o Siria, huyendo de las posiciones tomadas por el ejército hebreo, se convirtiesen en una losa pesada para la colaboración interárabe. Ello significó, por ejemplo, la propia guerra entre la OLP y el ejército regular jordano en protesta por el Plan Rogers, enunciado por el secretario de Estado norteamericano durante la presidencia de Nixon, William Rogers, y aceptado plenamente por Egipto, Jordania e Israel. Mediante dicho plan, los propios países árabes serían los garantes de la paz en Oriente Próximo y tendrían a su cargo la vigilancia de la OLP, especialmente de su armamento y sus ingresos. Hay que tener en cuenta que la OLP sólo se financiaba mediante donaciones desinteresadas del resto de países islámicos; es decir, lo que realmente preocupaba a israelíes y, sobre todo, a norteamericanos, era que el mayor montante económico de los ingresos palestinos pasaban directamente a las arcas de Moscú, el proveedor habitual de armas y equipación militar de la OLP. De nuevo, las implicaciones externas del conflicto borraban del mapa las reivindicaciones internas.

La difícil vida diaria en Palestina

Dejando de lado la transitoriedad de los grandes protagonistas periodísticos del problema palestino, y soslayando las hondas repercusiones internacionales de un conflicto, Palestina e Israel tienen una realidad cotidiana que, quizá por el mismo peso internacional, se suele desdibujar frecuentemente. Esta realidad cotidiana es la de los pobladores hebreos e islámicos de la zona sometidos constantemente a un continuo estado de guerra.

Desde los primeros años de la década de los setenta, el gobierno de Israel comenzó a desalojar los campos de refugiados en el norte de Jordania, bajo pretexto de ser auténticos centros militares de reclutamiento y armamento. Con el abandono de Egipto y Siria de la causa de la OLP, únicamente el rey Hussein de Jordania ofreció acomodo a los refugiados, si bien se reservaba la vía de acabar con el adiestramiento palestino. Con todo, el objetivo buscado por Israel era colonizar los territorios ocupados, especialmente en Cisjordania y Gaza, para facilitar, en el futuro, su posible y probable anexión al Estado.

Según datos de López García, únicamente entre 1967 y 1973 unos mil quinientos pobladores hebreos habían formado ya una veintena de colonias en Gaza y Cisjordania; la cifra se eleva hasta cuatro mil colonos y casi cuarenta colonias en 1983 (op. cit., p. 24), pese a la devolución del Sinaí en 1982 como cumplimiento de los acuerdos de Camp David. Lo peor de todo ello es que el plan, establecido con minuciosidad por los dirigente hebreos, estableció unos seseetna mil colonos en Gaza y Cisjordania a medidos de los años ochenta, cifra que se preveía aumentar hasta un millón trescientos mil, contando también con Judea y Samaria, antes del año 2010.

Por si fuera poco, la población árabe que vive rodeada de colonos hebreos se ha visto en la terrible diatriba de tener que vivir en espacio ocupado y trabajar en la economía hebrea, emigrando transitoriamente para ocupar un puesto de trabajo en el lado israelí, puesto que se les niega cualquier posibilidad de cultivar las tierras e, incluso, tenerlas en propiedad. Como es lógico, la convivencia en estas condiciones, tanto para hebreos como para palestinos, es un infierno cotidiano.

Volviendo sobre el tema de la propiedad, desde la década de los años setenta los palestinos celebran todos los 30 de marzo el llamado Día de la Tierra, “celebración” que consiste en la reivindicación de sus derechos más elementales, especialmente el de la propiedad de la tierra. Todos los analistas e historiadores que se ocupan del conflicto palestino coinciden en señalar dicho asunto como uno de los vértices donde se tendría que apoyar la hipotética resolución.

En efecto, desde la proclamación del Estado de Israel en 1948, una ley entregaba las tierras abandonadas a los inmigrantes hebreos. La posterior modificación, en 1950, otorga al Estado de Israel la capacidad de ser propietario de todas las tierras requisadas a los árabes, bien por la vía militar o bien por cualquier otra vía. Otras modificaciones temporales han hecho que, de facto, sea prácticamente imposible para un morador islámico ser propietario de tierras. En la década de los sesenta, estas leyes significaron el paso del 70% de las tierras árabes a manos de colonos israelíes, cumpliendo el Estado de Israel las leyes vigentes.

Particularmente interesantes fueron los sucesos y huelgas provocados por la brutal expropiación (120.000 metros cuadrados) hecha por Israel en 1976. Por una parte, la vida cotidiana volvía a ser difícil por estos términos y los palestinos vieron en la OLP su único baluarte seguro. En definitiva, millones de hombres y mujeres, palestinos y hebreos, se ven condenados a la más triste de las existencias por culpa de la incapacidad de sus gobiernos en ponerse de acuerdo.

El despertar palestino: de Camp David a la Intifada

Con los acuciantes problemas de convivencia y el lastre de los campos de refugiados, la Guerra del Yom Kippur actuó como chispa desencadenante de varias importantes consecuencias: la primera de todas ellas, el implícito reconocimiento el Estado de Israel por Egipto al aceptar la Resolución 242 de la ONU. La segunda, la toma de conciencia palestina de que la OLP era el único garante de sus reivindicaciones; la tercera, y no menos importante, el abandono de Egipto a la causa de sus hermanos islámicos.

Así pues, cuando Anwar El Sadat y Menahem Beguin firmaron en Maryland, bajo la anuencia de Jimmy Carter, los acuerdos de Camp David (1978) y la posterior ratificación en el Tratado de Washington (1979), la situación de las reclamaciones palestinas conoció un viraje obtuso pero totalmente previsible, dejando la solución del problema en manos de sus propios damnificados.

Contando con la impunidad del Líbano, la OLP se propuso dañar en todo lo posible los intereses israelíes en el mundo, para lo cual comenzaron los actos terroristas anteriormente mencionados; más importante, menos dañino y más beneficioso para su causa fue la creación del Frente Nacional Unido (encargado de las reclamaciones en Gaza) y del Frente de Resistencia Nacional (para los temas relacionados con Cisjordania), coordinados todos ellos por el Comité de Orientación Nacional presidido por el propio Arafat. Desde el Congreso de la OLP celebrado en Beirut (1977), la organización quedó legitimada por sus bases populares como la única depositaria de sus legales reclamaciones. Tres años antes, en 1974, la OLP había sido admitida como miembro observador en las Asambleas de la ONU, certificando de esta forma la presencia del problema palestino en los foros de debate internacionales.

Israel reaccionó con prontitud y con la dureza que se supone a uno de los más férreos y rígidos estados del mundo. Por lo pronto, la invasión del Líbano (1982) tuvo como casi único objetivo acabar con la impunidad que la OLP gozaba en su territorio; por otra parte, el plan de asentamiento de colonos hebreos en los territorios ocupados prosiguió su escalada, vulnerando en parte los acuerdos de Camp David. Especialmente pernicioso se reveló el plan hebreo de Paz para Galilea: la paz consistió en treinta mil muertos en los campos de refugiados palestinos y cinco mil militantes de la OLP, dejando, como era su objetivo, a la organización de Arafat en un estado cercano al caos.

Sin embargo, tras varios años en los que incluso la noticia de la muerte de Arafat estuvo en los medios de comunicación casi constantemente, en diciembre de 1987 la OLP volvió a recuperar parte de su prestigio perdido entre sus bases de apoyo social: la proclamación de la Intifada. Dicho movimiento no fue sino el cambio lógico de estrategia para llamar la atención del mundo acerca del problema palestino. Tras más de cuarenta años de lucha, el mundo árabe estaba totalmente dividido, mientras que el poderío militar y diplomático de Israel hacía prácticamente imposible volver a los extremos de 1948 sin que una masacre acabase, literalmente, con todos los refugiados palestinos.

La Intifada no fue otra cosa que “la lucha de las piedras contra los fusiles”, pero ayudó a recuperar el espíritu nacionalista del pueblo palestino, que se había acabado confundiendo con el terrorismo más procaz a lo largo de los años. Así, el continuo hostigamiento al que los jóvenes palestinos sometieron a las fuerzas policiales y militares israelíes hicieron cambiar de opinión a la opinión pública: en aquellos momentos, sí que Israel aparecía como el opresor de una reivindicación justa, no como el protector del mundo contra el terrorismo árabe. Por si fuera insuficiente, el Congreso Nacional Palestino de 1988, celebrado en Argel, reconocía las resoluciones ONU 242 y 338, con lo que daba implícita la existencia del Estado de Israel. Nada había cambiado en la situación: ni los palestinos eran antes unos terroristas sin escrúpulos y los israelíes el pueblo oprimido y denostado por la barbarie nazi, ni en aquel momento cambiaron las tornas. Simplemente, la Intifada cumplió el objetivo previsto: convertir Gaza y Cisjordania en el campo de batalla donde miles de jóvenes inocentes, palestinos sobre todo pero también judíos, morían por vivir en paz. Nada había cambiado, sólo las formas. La OLP tardó diez años en imitar el gesto de Anwar El Sadat, pero al hacerlo volvió a dar vida a sus reivindicaciones.

Arafat y Rabin: la esperanza de la paz

No obstante, el hecho de aceptar las resoluciones ONU por parte de la OLP también escondía una nueva carta: la proclamación, el 15 de noviembre de 1988, del Estado de Palestina en los territorios de Gaza y Cisjordania, virtualmente parte del Estado de Israel pero sin status efectivo. En el congreso de la OLP de 1989, celebrado en Túnez, Yasir Arafat fue nombrado presidente de la ANP (Autoridad Nacional Palestina) y ratificado en su cargo por todas las asociaciones terroristas, incluso las más radicales (como Hamas y Yihad islámica). Por parte de Israel, el jarro de agua fría fue tremendo, pero Isaac Rabin encabezaba una serie de opiniones totalmente favorables a acabar, por la vía del acuerdo, con el constante y sangriento conflicto que minaba la vida de su pueblo.

Como es lógico, los Estados Unidos de América reaccionaron con celeridad y el secretario de Estado, James Baker, presentó, en abril de 1989, el famoso plan Baker para la paz en Palestina. En realidad, dicho planteamiento no era sino la revisión casi calcada de la propuesta efectuada por el entonces príncipe heredero de Arabia Saudí, Fahd Ben Abdel Aziz, en el marco de la Conferencia Árabe celebrada en Fez (Marruecos, 1982). Simplemente, mejores condiciones y mejores presentadores halló en 1989 siete años antes.

Pese a la buena voluntad de todos, lo cierto fue que la cuestión se endureció notablemente en la década de los noventa, cuando la violencia de la Intifada alcanzó su mayor auge, seguida de una no menos mayor represión de los palestinos por parte del ejército israelí. Políticamente hablando, el Estado de Israel se había escindido en posturas contrapuestas a lo largo de la década de los ochenta sobre el problema de la convivencia con los palestinos, sintiendo, por vez primera en la historia, la presión internacional para la definitiva solución. En este sentido, cabe destacar la intervención del presidente norteamericano, George Bush, del presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, y de los estados miembros de la CEE.

Paradójicamente, también Israel se veía preso de la Resolución 242 de la ONU, en tanto no se podía conceder a la OLP entidad como interlocutor válido del problema palestino a causa del status de terroristas que tenían, para las leyes israelitas, todos y cada uno de sus miembros. Para acabar de oscurecer el panorama, el inesperado estallido de la Guerra del Golfo, volvió a enemistar a los antagonistas, habida cuenta del no menos inesperado apoyo que los sueños de gloria de Sadam Hussein, recibieron por parte de Yasir Arafat (según los analistas, su mayor error político en años).

Véase Crisis del Golfo Pérsico.

De la conferencia de Madrid (1991) a la Declaración de Washington (1993)

Tras el triunfo de las tropas norteamericanas (bajo mando ONU) en la guerra contra Irak, los Estados Unidos de América conocieron su más alto nivel de intervención en el conflicto de Oriente Próximo desde los acuerdos de Camp David. El 31 de julio de 1991, Bush y Gorbachov anunciaban con solemnidad el consenso alcanzado por todos los implicados para comenzar, por primera vez, una serie de rondas de negociaciones destinadas a alcanzar la paz en la región.

La primera de ellas tuvo lugar en la capital española, Madrid, desde el 30 de octubre al 4 de noviembre de 1991. Además de las negociaciones entre Palestina e Israel, uno de los mayores éxitos del foro matritense radicó en la existencia de conversaciones bilaterales entre Israel y el resto de países vecinos implicados (Jordania, Líbano y Siria, principalmente), asegurando con ello que el planteamiento de problemas generales no quedaría en suspenso ante la imposibilidad de negociación individual del resto de países. Pese a que el cierre de las conversaciones no se vio correspondido con ningún acuerdo definitivo, lo cierto fue que todos los asistentes reafirmaron su voluntad negociadora para celebrar reuniones futuras en las que concretar la paz. De hecho, existieron al menos diez sesiones bilaterales, repartidas en distintas ciudades y con especial preferencia a la capital norteamericana, hasta la consecución, el 13 de septiembre de 1993, de la Declaración de Principios entre Israel y la OLP, cuyo primer artículo resume todo el proceso:

“El objetivo de las negociaciones israelí-palestinas [...] es, entre otros, el establecimiento de una autoridad interina palestina de autonomía, el Consejo elegido por los palestinos de Cisjordania y Gaza, por un período transitorio no superior a cinco años y que conduzca a un arreglo permanente basado en las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Se entiende que los acuerdos interinos forman parte integrante del proceso de paz en su conjunto sobre el estatuto permanente, el cual deberá conducir a la puesta en práctica de las Resoluciones del Consejo de Seguridad 242 y 338.”

La firma de los acuerdos por parte de Yasir Arafat, en nombre de la ANP (Autoridad Nacional Palestina), y de Isaac Rabin, en nombre del Estado de Israel, contó no sólo con el beneplácito del anfitrión norteamericano, Bill Clinton, sino el de toda la comunidad internacional, puesto que se sentaban las bases para poner fin al conflicto que había lastrado a Oriente Próximo durante todo el siglo XX. Todo ello se completó entre los años 1994 y 1995 con el establecimiento real de una autonomía palestina en Gaza y Cisjordania, así como la reanudación de relaciones diplomáticas entre Israel, Siria y Jordania.

Palestina en el umbral del siglo XXI

Después de la firma de los acuerdos, lo realmente difícil es llevarlos a la práctica. Por ello, y lamentablemente, los resultados de 1993 se pueden quedar en la nada si el problema no es solucionado de forma directa por los propios interesados en la paz. Y, realmente, los años finales de la década de los noventa no han hecho otra cosa que mostrar el elevado número de ambos implicados que rechazan los acuerdos y, por ende, la convivencia pacífica.

Por lo que respecta a los palestinos, el liderazgo indiscutible de Yasir Arafat y de los partidarios de la negociación no es sino una parte del problema. Las disidencias en el seno de la OLP y el resto de grupos paramilitares han sido hondas. Especialmente peligrosos para el proceso de paz son los grupos más radicales, Hamas y Yihad islámica (los expertos sospechan que, en realidad, se trata del mismo grupo), quienes no han dudado en sembrar la discordia afirmando que Arafat es poco menos que un “traidor vendido a la causa sionista”. Además de ello, los lamentables atentados perpetrados por sus acólitos han dañado la imagen de esperanza que el pueblo palestino pretendía transmitir, especialmente los efectuados en 1994 contra Tel Aviv y los de enero y julio de 1995 contra Netanya y Ramat Gan, respectivamente. La masacre de Netanya llevó, por ejemplo, al dirigente del partido laborista hebreo, Ezer Weizmann, a solicitar la suspensión del proceso de autonomía de Gaza y Cisjordania mientras Yasir Arafat, considerado como el culpable de los hechos, no garantizase el cese inmediato de la violencia armada en Israel. Por contra, la ANP culpa a la política de asentamientos hebreos en los territorios de su mando y, especialmente, al incumplimiento de uno de los puntos firmados en el 93: la sustitución del ejército israelí por una policía palestina autónoma.

En el lado hebreo, las interrogantes no son menores. El gran mentor de los acuerdos de paz, Isaac Rabin, cayó abatido por los balazos de un ultraderechista judío el 5 de noviembre de 1995, tras lo cual se recrudecieron las dudas sobre las garantías israelíes al proceso de paz y, sobre todo, los enfrentamientos entre hebreos y palestinos en Gaza y Cisjordania. El sustituto de Rabin, Simon Peres, se apresuró a tranquilizar a la opinión pública mundial, avalando el cumplimiento de los acuerdos. Pese a ello, la victoria en los comicios israelitas (mayo de 1996) del Likud, el partido derechista, elevó al primer ministerio a Benjamin Netanyahu, que basó su victoria electoral en la típica tríada de negaciones hebrea: no a la devolución de los altos del Golán a Siria, no a la revisión del status de Jerusalén (capital del Estado de Israel de facto), especialmente el complejo tema de Jerusalén Este (la zona árabe de la ciudad), y no a la independencia de Gaza y Cisjordania. Todo ello no ha hecho sino aumentar las suspicacias y la confusión que rodea desde su puesta en marcha al proceso de paz en Palestina.

La Palestina real

Tomando como base la Declaración de Principios sobre Arreglos Interinos de Autonomía, se fijó un complejo calendario de negociaciones a cumplir por ambas partes. El primer punto del acuerdo, el acceso a la autonomía de Gaza y parte de Cisjordania (la región adyacente a Jericó) se cumplió en los meses siguientes. El segundo punto, la soberanía de la ANP sobre el resto de Cisjordania, también se logró en 1995, pese a la reticencia existente por el asesinato de Rabin y los atentados de Yihad islámica. El tercer punto, la revisión del status de Jerusalén, la extensión de la soberanía palestina y la sustitución del ejército israelí por la policía autónoma palestina, quedaron fijadas para una nueva ronda de conversaciones, a celebrar en mayo de 1996. No se debe olvidar que el plazo máximo para la finalización del proceso de paz quedaba establecido en cinco años.

Como es evidente, las reuniones de mayo de 1996 no se celebraron. Durante los primeros meses de este año, la violencia recobró en Palestina un grado como no se recordaba: al asesinato de Yahya Ayyashe, dirigente histórico de Hamas, supuestamente a manos de agentes del Mossad (servicio secreto israelí), respondieron los intransigentes palestinos con una oleada de sangrientos atentados que viciaron el clima de entendimiento.

Aunque hubo un intento de reunión de las partes implicadas en Taba (Egipto, 5 de mayo de 1996), la inminencia de las elecciones hebreas suspendió temporalmente el encuentro… hasta su suspensión definitiva, debido casi exclusivamente a la victoria electoral del Likud. Los acontecimientos se han dado la vuelta en poco tiempo; por parte hebrea, Netanyahu confirmó los peores presentimientos al crear el Ministerio de Infraestructuras Nacionales, organismo prácticamente dirigido a guiar los asentamientos de colonos hebreos en los territorios ocupados. Además, el dirigente de dicho organismo, Ariel Sharon, era uno de los más destacados enemigos políticos de la línea de Rabin, amén de ocupar en legislaturas anteriores el cargo de ministro de Defensa. Como prueba de su “buena disposición”, la construcción de un túnel en Jerusalén Este no tomó en consideración que un buen trecho del mismo tenía que pasar justamente debajo del templo de Qubat al-Aqsa, lo que originó constantes enfrentamientos entre la policía israelí e indignados palestinos a lo largo del verano de 1997.

Por el lado palestino, las cosas no fueron mucho mejor. Las escisiones de Yihad islámica y Hamas no encontraron otra forma de mostrar su malestar que convocando una nueva Intifada a finales de 1996. Como consecuencia de ello, los atentados, bombas y enfrentamientos armados proliferaron como nunca a lo largo de 1997, poniendo en entredicho no sólo la validez de Arafat como interlocutor de los palestinos sino atacando la capacidad de éste para controlar a la población. Precisamente, desde la crítica de Ezer Weizmann, el parlamento israelí no ha cesado de atacar este punto débil de la ANP, uno de los factores que más dificultaban la reanudación de las conversaciones. Además, el 10 de agosto de 1997, un inusual bombardeo del ejército israelí a pocos kilómetros de la frontera con Siria hizo que de nuevo el mundo árabe se echase encima de los israelíes; Arafat no dudó en calificar de “terrorismo de Estado” el bloqueo impuesto por Netanyahu a los territorios gobernados por la ANP.

Mientras tanto, Netanyahu escuchaba las primeras críticas a su dirección gubernativa, con el agravante de que procedían de su propio partido. Pese a todo, el 29 de septiembre de 1997, gracias a la mediación de la secretaria de estado norteamericana para asuntos de Oriente Próximo, Madeleine Albright, se volvieron a reanudar las conversaciones rotas en 1996, en el marco de la ciudad de Nueva York.

Las primeras piedras de toque fueron nuevas, producto de la espontaneidad de la situación y no previstas en los acuerdos de 1993. En primer lugar, los hebreos prometieron pagar parte de los fondos de cohesión cedidos por la ONU para sufragar la paz en Palestina si Arafat continuaba con la política de desarmar a los integristas de Hamas y Yihad islámica, función a la que la policía palestina estaba dedicada casi en exclusividad. Por el lado de la ANP, las eternas cuestiones del pasillo entre Gaza y Cisjordania, así como la revisión del estatuto de Jerusalén Este han de ser condiciones sine qua non para continuar el debate. Por si fuera poco, Netanyahu afirmó que no tenía ninguna intención de abandonar los asentamientos en Cisjordania, factor clave en las discordias entre palestinos y hebreos desde el acceso del Likud al gobierno de Israel. Mientras los políticos continuaban discutiendo, la fecha tope de mayo de 1998 para la finalización del proceso de paz hacía del tiempo una cuestión de incalculable valor.

Además de todos los componentes políticos, está la cuestión económica, vital para el desarrollo de la ANP y que por ello planteó, en la reanudación de las conversaciones neoyorquinas de septiembre de 1997, la construcción tanto de un puerto como de un aeropuerto internacional en Gaza. Los palestinos asisten impertérritos a una total ausencia de ingresos económicos, agravada por dos cuestiones fundamentales: la existencia de las citadas leyes restrictivas sobre la compra de propiedades agrarias en manos árabes y, más difícil de solucionar aún, la progresiva sustitución de los trabajadores palestinos en Israel por mano de obra inmigrante, procedente sobre todo de los países del Este de Europa. Por si fuera poco, en lo que respecta a la población, el proceso de paz corre el riesgo de perder lo único que habían conservado los palestinos desde su expulsión en 1947 y el factor que hizo a los hebreos llegar a proclamar su Estado: la esperanza.

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Bibliografía.

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O. Perea Rodríguez

PALESTINA: HISTORIA (25000 A.C.-    )

Fuente: Britannica

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