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Biografía de Partido Federalista Norteamericano (1781-1824)

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 Primer partido político surgido en los Estados Unidos de América tras la consecución de la independencia de las antiguas colonias británicas (véase Independencia de los Estados Unidos). Su origen se remonta al año 1781, pero fue en la Convención de estados (celebrada en Filadelfia entre el 25 de mayo y el 17 de septiembre del año 1787) cuando consiguió su ratificación absoluta gracias al apoyo de sus primeros líderes y defensores políticos, tales como el propio George Washington, Alexander Hamilton, James Madison, John Jay y Gouverneur Morris, entre otros. En dicha Convención las trece antiguas colonias eligieron, por gran mayoría, a George Washington como primer presidente de los Estados Unidos de América y revisaron los artículos de la vieja Confederación de estados, tras lo cual promulgaron una nueva Constitución con una fuerte base federalista.

Desde el punto de vista político, el programa del Partido Federalista se orientó hacia el fortalecimiento de la centralización del poder en detrimento de la autonomía y autogobierno de cada estado, para lo que abogó por una sociedad fuertemente estratificada al estilo inglés, por un lado, y de contención e inversión según las tendencias igualitarias heredadas del movimiento revolucionario francés por otro. El Partido Federalista pronto encontró a sus más fieles adeptos en las clases más acomodadas de las ciudades industrializadas del norte de la Unión, así como de ciertas regiones rurales del sur con gran presencia de poderosos terratenientes y comerciantes. La postura federalista, liderada por Alexander Hamilton, se encontró rápidamente con una línea antifederalista paralela, defendida por otro gran peso pesado del panorama político estadounidense de entonces, Thomas Jefferson, para quien el sistema de gobierno elaborado por Hamilton y Washington, el primer exponente claro del federalismo americano, amenazaba con restablecer las relaciones de clientela y de privilegio contra las que precisamente se habían levantado en armas todas las antiguas colonias británicas. El nuevo Partido Republicano de Jefferson venía a representar una concepción política y un ideario de Estado distinto al propuesto por el Partido Federalista, en cuanto que Jefferson era partidario de dotar de gran poder de autonomía y autogobierno a los estados pertenecientes a la Unión, además de intentar mantener y defender los viejos ideales importados de la Revolución Francesa.

Aunque ambas concepciones políticas coincidieron en un primer momento en el mismo Gobierno de Washington, lo cierto es que acabaron distanciándose y radicalizando sus posturas hasta que, en el año 1794, se formó el nuevo Partido Republicano liderado por Thomas Jefferson, quien supo atraerse hacia sus filas a un defensor del federalismo como era James Madison. No obstante, el Partido Federalista se mantuvo en el poder desde el año 1789 hasta 1800, bajo la presidencia de George Washington por dos veces (1789-1792-1796) y de John Adams (1796-1800). A partir de la victoria republicana de Thomas Jefferson en el año 1800, el Partido Federalista comenzó un rápido proceso de desgaste político, acompañado de fuertes tensiones y de crisis internas que acabaron desgastando al partido. El Partido Republicano puso su grano de arena en la erosión federalista al lanzar graves acusaciones contra éstos de estar apoyando ideas secesionistas, lo que a la postre supuso literalmente el abandono de la poca militancia que le quedaba al Partido Federalista. En las elecciones del año 1824, el presidente republicano John Quincy Adams volvió a ser reelegido para el cargo presidencial mientras que el candidato federalista Rufus King sufría un gran descalabro electoral, lo que significó la debacle definitiva del Partido Federal como fuerza política en los Estados Unidos de América.

Evolución del Partido Federalista norteamericano

George Washington presidente. La organización del Gobierno federalista

Las elecciones del mes de febrero del año 1789, las primeras bajo la Constitución, dieron a los federalistas el control del nuevo Gobierno norteamericano, con George Washington como primer presidente de los Estados Unidos. El primer objetivo del presidente fue rodearse de los colaboradores adecuados, con gran valía y, sobre todo, de probada honradez, sabedor de que la nación iniciaba su andadura política con síntomas palpables de debilidad y poco unida en lo político. El gobierno estaba aún sin experimentar, y la Constitución todavía no había sido aprobada oficialmente. A ésto hay que unir una gran deuda económica con varias potencias europeas por el apoyo prestado en su guerra contra la metrópoli británica, la amenaza constante de posibles incursiones por parte de los indios en las fronteras y el hecho de hallarse limitada por los imperios territoriales de dos grandes potencias europeas (Gran Bretaña y España aún seguían ocupando gran parte del actual territorio estadounidense). Por todo ello, en la creencia de que era indispensable la creación de un ejecutivo fuerte para el éxito del proyecto político federalista, George Washington no dudó un instante en nombrar a los hombres más capaces para llevar la nave de una nación muy joven pero con un futuro prometedor por delante, siempre bajo los presupuestos políticos dictados por el Partido Federalista, es decir, el nombramiento para el Ejecutivo de los hombres más eminentes del país, aquellos que habían destacado con luz propia en la pasada Convención de Filadelfia, dos años antes. Para el cargo de Vicepresidente, George Washington nombró a John Adams; como Secretario de Guerra a Henry Knox, general que había estado al frente de la artillería durante la Guerra de la Independencia; como Secretario de Estado nombró a Thomas Jefferson, hasta ese momento ministro representante norteamericano en París; a Edmund Randolph como Secretario de Justicia; y, por último, a Alexander Hamilton en calidad de Secretario del Tesoro.

Tanto Jefferson como Hamilton (sobre todo éste último) acabaron convirtiéndose en los dos hombres fuertes del primer gabinete de gobierno del presidente, a los que siempre recurría para todas las cuestiones importantes con absoluta confianza y fe ciega en sus consejos. En el caso de Hamilton, llegó a ser un hombre clave en el gabinete gracias a un cúmulo de circustancias y factores en los que tuvieron que ver mucho su energía y ambición, además de que Washington necesitaba a un hombre versado en economía y fiscalidad para hacer frente a los problemas básicos que el país tenía en asuntos de esta índole. Otros factores, tales como la convicción del presidente de que su función primordial no era la de iniciar la legislación, o el hecho de que Jefferson tardó demasiado en regresar de París e integrarse en la escena política norteamericana, además de que desde el primer momento el Secretario de Estado ocupase un papel relevante ante los miembros del gabinete, los cuales le reclamaban constantemente información, ayudaron también a su rápido ascenso. Gracias a todos estos factores, Hamilton defendió su ideario federalista y lo llevó a la práctica.

Alexander Hamilton y el ideario federalista

Hamilton se propuso desde la jefatura de la Tesorería estadounidense, aparte de restablecer el crédito nacional, atraer a los grandes mercaderes y financieros y a las clases adineradas en general hacia los presupuestos defendidos por el Partido Federalista y el Gobierno central de Washington, para conformar una sola y leal clase gobernante mediante una política directa que favoreciera sus intereses financieros. Al igual que hiciera en su tiempo Oliverio Cromwell al fortalecer a la monarquía Tudor distribuyendo las tierras confiscadas, asimismo hizo Hamilton al proponerse fortalecer al Gobierno federalista produciendo en quienes por entonces ostentaban toda la riqueza del país un verdadero interés en su permanencia.

El programa financiero federalista ideado por Hamilton fue expuesto por él mismo en una serie de informes, escritos entre los años 1790 y 1791, que remitió al Congreso para su aprobación, los cuales trataban, respectivamente, sobre el crédito público, la necesidad de la creación de un banco nacional y las manufacturas, los tres pilares básicos de la política económica federalista desarrollada por Hamilton. Según éste, los Estados Unidos necesitaban imperiosamente el crédito suficiente para fomentar el desarrollo industrial, la actividad mercantil y las operaciones fiscales del Gobierno. El primero de ellos fue presentado en enero del año 1790, y estaba dedicado al crédito público, informe que fue conocido como el Report on the Public Credit. Hamilton recomendó como medida necesaria para que el Estado federal asumiera la deuda externa e interna acumulada durante las etapas del Congreso continental y de la Confederación, que ascendía a la importante suma para aquel momento de 74 millones de dólares, la consolidación de la deuda, es decir, el cambio de los antiguos bonos por otros nuevos a su valor nominal. Esos bonos antiguos habían sido comprados de forma masiva por la población con más recursos económicos del país, principalmente del norte, dispuesta a comprar barato en espera de la recuperación normal del Gobierno una vez establecido y asentado el país, y de ese modo multiplicar su valor. Hamilton pudo persuadir al Congreso del beneficio de su medida alegando que así establecía entre las clases ricas y poderosas del país un compromiso serio con la política nacional y de reforzamiento que pretendía el Ejecutivo. No obstante, la medida de Hamilton topó con la oposición de Madison y de los estados sureños (excepto Carolina del Sur), los cuales ya casi habían acabado de reintegrar todas las deudas contraídas, poniendo serias objeciones al hecho de compartir las grandes deudas de Estado con Massachusetts y otras de los estados de la antigua Nueva Inglaterra. Madison estuvo a punto de persuadir al Congreso para rechazar la propuesta de Hamilton, lo que se pudo evitar gracias a un pacto in extremis entre Hamilton y Jefferson, líder ya en ese momento de una amplio sector del Congreso, por el que el primero obtuvo del segundo la seguridad de todos sus votos a cambio de que la nueva capital del Estado se trasladase de Filadelfia a una ciudad que el presidente Washington eligiera libremente en el margen del río Potomac (la futura Washington D.C).

El siguiente objetivo de Hamilton fue la creación de un banco central estatal a imitación del Banco de Inglaterra, el cual empezaría con un capital de 10 millones de dólares (un quinto suscrito por el propio Gobierno) y que tendría diversos objetivos, entre ellos el de actuar como depositario de los fondos gubernamentales, facilitar la recaudación de impuestos, estimular el comercio y la industria mediante préstamos (auténtica obsesión de los federalistas), emitir papel moneda y controlar las emisiones excesivas de billetes de los diferentes bancos estatales. Atacado el proyecto nuevamente por Madison y Jefferson, quienes alegaban que la Constitución no podía conferir al Congreso el poder de constituir compañías, Hamilton, demostrando una rapidez de reflejos políticos asombrosa, se adelantó a las enmiendas negativas de sus adversarios apelando a la Doctrina de Poderes Implícitos, por la que la Constitución autorizaba al Congreso hacer todo aquello que fuera “necesario y conveniente para el bien nacional”, esto es, recaudar impuestos necesarios, regular la emisión de la moneda y el comercio, etc. George Washington, aunque no se mostró plenamente convencido por la interpretación tan amplia de su secretario del Tesoro, acabó firmando el proyecto y convirtiéndolo en ley. El Banco de los Estados Unidos empezó a operar en Filadelfia, en diciembre del año 1791.

El último documento fue presentado al Congreso por Hamilton y el Partido Federalista en diciembre del año 1791, y fue conocido como el Informe sobre las manufacturas, en el que Hamilton reveló su concepción más brillante y visionaria al establecer un amplio plan de industrialización mediante un complicado sistema de aranceles, subvenciones y medidas proteccionistas con el objetivo de aunar la economía del país, hacerla autosuficiente y acabar con el carácter predominantemente rural de la economía norteamericana. El informe acabó siendo desestimado, aunque el Congreso aprobó una nueva ley arancelaria en el año 1792, más por cuestiones fiscales que como medida de protección. Necesitado de nuevos recursos para hacer frente al elevado costo de su programa de reservas y a la asunción de la deuda pública, Hamilton se vio obligado a aprobar una ley de impuestos al consumo que gravaba, entre otros muchos productos, a los licores destilados, lo que atañía en especial a los pequeños granjeros de Pensilvania y Carolina del Norte que fabricaban el whisky, los cuales, al ver seriamente perjudicado su casi única fuente de ingresos, se amotinaron en el año 1794. El presidente Washington reaccionó con prontitud, y conminó a los granjeros a que regresaran a sus hogares, aunque declaró a ambos estados en estado de rebelión. Persuadido por Hamilton, George Washington convocó al ejército miliciano de tres estados y envió a Pensilvania una fuerza de 13.000 hombres que de inmediato suprimió la denominada Insurrección del Whisky. El ejército de la Unión, al querer dar ejemplo, arrestó a veinte cabecillas de la rebelión, los procesó y los sentenció a muerte, pena que al final fue condonada por Washington, en una demostración palpable de que el nuevo Gobierno Federal, a diferencia del anterior de la Confederación, poseía los mecanismos precisos para imponer la obediencia de sus leyes, aunque a costa de un precio muy alto: en adelante el federalismo no volvería a tener predicamento alguno en los estados sureños de la Unión, lo que favoreció ostensiblemente al Partido Republicano.

Asimismo, el primer gobierno federalista tuvo que hacer frente a dos aspectos importantes para el posterior desarrollo del Partido Federal y de los propios Estados Unidos en su recién iniciada singladura política: por una parte, los que afectaban a la política interior, y por otra, los relativos a la política exterior.

Política interior

El primero de ellos, de orden interno, afectaba a la política que se debía practicar con los indios de la frontera oeste, concretamente con la tribu creek, que había cerrado todos los pasos posibles a la expansión de los colonos, alentados todavía por un gran contingente de tropas británicas que aún no habían abandonado sus asentamientos anteriores a la Guerra de la Independencia. Los indios creek no dejaban de hostigar con ferocidad a las poblaciones fronterizas, amparados por una serie de reivindicaciones territoriales que el Estado Federal de Washington no estaba dispuesto a admitir bajo ningún concepto. Mientras que para el colono fronterizo el mejor indio era aquel que estaba muerto, el Partido Federalista de Washington y Hamilton, por su parte, confiaban en la plena integración de éstos a la civilización occidental, siguiendo el modelo adoptado por la Corona de España para sus posesiones en Sudamérica. Washington osciló entre ambas concepciones hasta el año 1793, fecha en la que el general Anthony Wayne, al mando de un ejército de 4.000 hombres y tras una cuidadosa preparación, aplastó a los indios en la batalla de Fallen Timbers, localidad situada al noroeste del actual estado de Ohio. Dos años más tarde, las doce tribus más poderosas de la zona no tuvieron más remedio que ceder a los Estados Unidos casi todo el territorio del estado.

Política exterior

El segundo aspecto que tuvo que dilucidar el gobierno de Washington y el Partido Federalista fue la de diseñar su política exterior, especialmente con Francia e Inglaterra.

Respecto a la primera, la opinión pública norteamericana se adhirió de lleno y en un principio a la Revolución, aunque cambió de parecer al degenerar ésta en la ejecución de Luis XVI y en el gobierno de terror subsiguiente impuesto por los jacobinos y girondinos. Ante la declaración francesa de guerra contra Gran Bretaña, Holanda y España, George Washington optó por mantener una política de escrupulosa neutralidad, y argumentó la necesidad de instaurar un período de paz necesario para la construcción del país. La opinión sostenida por Washington fue finalmente aceptada por el Congreso, el cual aprobó una ley de neutralidad que acabó convirtiéndose posteriormente en el criterio presidencial en política exterior.

Las relaciones con la antigua metrópoli fueron más difíciles si cabe. Estados Unidos se vio implicada sin quererlo en la guerra franco-inglesa continental. Gran Bretaña, poco dispuesta a tolerar el continuo intento de los barcos norteamericanos por eludir el bloqueo económico impuesto a Francia, incautó 250 buques estadounidenses que transportaban artículos de las Indias Occidentales francesas a Francia. La incautación provocó la lógica reacción en contra del Gobierno norteamericano. En la primavera del año 1794 ambos países se encontraban más próximos a la guerra que a la paz. No obstante, George Washington, consciente de que la paz era más necesaria para su país que la guerra, decidió enviar a Londres al presidente del Tribunal Supremo, John Jay, con la misión de negociar un acuerdo lo más favorable posible. El Gobierno británico se mostró muy poco favorable a la negociación, aunque en noviembre del año 1794 se firmó un acuerdo de paz, el Tratado de Londres, por el que los Estados Unidos obtuvieron mucho menos de lo que se esperaban, ya que la única concesión significativa de importancia que Gran Bretaña concedió fue la de evacuar los puestos fronterizos del noroeste antes del año 1796, además de la concesión de un acceso limitado al comercio marítimo de las Indias Occidentales británicas. Por su parte, Estados Unidos tuvo que aceptar el sometimiento de las deudas prerrevolucionarias y las cuestiones de las fronteras del noroeste a comisiones de arbitraje mixtas.

Cuando se supo en los Estados Unidos lo acordado por el Tratado de Jay, la oposición política al Partido Federalista alentó una serie de protestas contra el Gobierno de George Washington y la política fiscal de Hamilton. Jefferson y Madison, líderes de la oposición antifederalista, denunciaron el acuerdo como si se tratara de una rendición total ante el enemigo, eco que llegó hasta las propias filas del Partido Federalista. Tras un largo debate, y por el margen de un sólo voto, el Senado ratificó el documento firmado por John Jay. George Washington tardó dos meses antes de ratificar definitivamente el documento, lo que hizo finalmente presionado por la necesidades de establecer una paz duradera.

El programa financiero federalista de Hamilton restauró el crédito público y aseguró el éxito del nuevo gobierno, pero lejos de cimentar la Unión, como era su deseo, sus medidas encontraron una peligrosa oposición. La decidida política de Hamilton (descarada muchas veces) por atraerse a los poderosos elementos comerciales y capitalistas del norte incitó lógicamente los celos y resentimientos de los estados sureños y del oeste. En vez de hacer que nuevos elementos se sintieran afectos al Gobierno centralista y federalista, Hamilton concedió más privilegios a los que ya los ostentaban, con lo que se creó un caldo de cultivo apropiado del que se nutriría posteriormente la oposición que acabó desbancando al Partido Federalista del poder gubernamental primero, y del panorama político norteamericano más tarde. Los esfuerzos titánicos llevados a cabo por Hamilton para centralizar el poder del Partido Federalista provocaron entre sus enemigos un serio temor por la posible instauración de un Gobierno tiránico, máxime al conocerse el apego que el propio Hamilton sentía por el sistema monárquico como forma de gobierno ideal. Tanto Jefferson como Madison aprovecharon la oportunidad para crear un partido opuesto y rival al federalista, capaz de arrebatarle el poder: el Partido Republicano.

Thomas Jefferson y el antifederalismo. El Partido Republicano

La fuerte controversia surgida tras la firma del Tratado de Jay puso de manifiesto la división interna dentro del Partido Federalista y la oposición a su política. Dicha oposición, en un principio, se aglutinó en torno a la figura de James Madison hasta que Thomas Jefferson decidió asumir el liderazgo antifederalista, a partir del año 1791. Al año siguiente ya estaban creadas y definidas dentro del propio gabinete las dos facciones políticas en torno a sus respectivos líderes: Hamilton como representante del Partido Federalista y Thomas Jefferson como líder de los antifederalistas. Éste último término es, además de muy expresivo, muy significativo del clima que se estaba creando en la política estadounidense y en la opinión pública en general; la actitud de protesta del embrionario “partido antifederalista” se basaba en la argumentación de que el federalismo de Hamilton tendía a concentrar la riqueza en un reducido grupo de privilegiados, pasando por alto los intereses del resto de las clases sociales del país, en especial de la campesina, de la que Thomas Jefferson se sentía especialmente cercano.

Aunque desde el estricto punto de vista ideológico tanto Jefferson como Hamilton no estaban tan distanciados como la tradición partidista norteamericana posterior ha intentado demostrar, sí había serias diferencias entre ambos en cuanto al futuro de la línea política que debía seguirse en el país a todos los niveles: Hamilton deseaba la concentración del poder y Jefferson, por el contrario, la difusión; el primero abogaba por favorecer la industrialización y esperaba una sociedad estratificada según el modelo británico, y Jefferson creía ciegamente en una “república de granjeros resueltos e independientes”; Hamilton creía que el gobierno republicano sólo podría triunfar si lo manejaba una clase gobernante decidida, y Jefferson creía que el republicanismo requería una base democrática. Por todo ello, todas las diferencias personales, teóricas y políticas de ambos se tradujeron en dos concepciones opuestas. Hasta la renuncia de Thomas Jefferson a su cargo gubernamental, en diciembre de 1793, ambos protagonistas siguieron siendo compañeros de gabinete, aunque cada uno intentó denodadamente socavar al otro y organizar a sus propios seguidores en un frente común en contra del otro.

En el año 1793 Washington volvió a ser elegido presidente, con John Adams como vicepresidente. Madison, ese mismo año, empezó a hablar de una “partido republicano” como sustituto del antifederalista, el cual pronto giró en torno al liderazgo de Thomas Jefferson y su ideario político, merced al pacto que ambos personajes firmaron un año antes. Jefferson enseguida supo atraer a la nueva formación a algunos de sus más importantes rivales políticos, entre ellos George Clinton y Aaron Burr en Nueva York, Albert Gallatin y Alexander Dallas en Pensilvania y el propio James Madison en Virginia. A pesar de haber constituido una importante alianza con el eje Virginia-Pensilvania-Nueva York, los republicanos aún no se constituyeron como un partido político nacional en el sentido moderno del término, pero sí demostraron su fuerza en las elecciones presidenciales del año 1792, en las que su candidato vicepresidencial, George Clinton, recibió la cifra nada despreciable de 50 votos, frente a los 77 conseguidos por el candidato federalista John Adams. El cerco antifederalista se había puesto en marcha.

John Adams presidente. El último gobierno federalista

Agotado por el peso de la presidencia y desgastado políticamente por las continuas críticas republicanas e incluso de su propio partido federalista por haber sancionado el Tratado de Jay, George Washington renunció a presentarse a la elección de una tercera presidencia en el año 1796. Dejó como legado un balance político nada desdeñable: la organización de un gobierno, la fijación del crédito nacional, el fomento del comercio marítimo, la recuperación del territorio retenido por otras naciones durante el período de la Confederación, el acabar (aunque de forma discutible) con el problema de los movimientos indios, el establecimiento de una política territorial expansionista hacia el oeste y la conservación de una política pacifista y neutral.

Su decisión de no presentarse a una tercera presidencia fue decisiva para crear la tradición de no mantenerse en el cargo más de dos presidencias seguidas, tradición que fue mantenida por todos los presidentes estadounidenses salvo Franklin Delano Roosevelt. Antes de retirarse a sus posesiones en Virginia, George Washington entregó a la prensa su famoso discurso de despedida, el Farevell Addres, el 17 de septiembre del año 1796, en el que dio una serie de consejos a sus compatriotas y a la clase política norteamericana en particular. Por una parte, advirtió que debían evitarse en un futuro las alianzas permanentes con potencias extranjeras; por otro lado, previno contra “los fuertes efectos del espíritu partidista”. En resumen, Washington vino a señalar como meta de la política nacional por encima de las demás la necesidad de preservar la Unión como principal garante de la libertad individual.

Los federalistas, desgastados por rivalidades sectarias internas, presentaron como candidato al dos veces vicepresidente John Adams, a pesar del malestar que provocó tal decisión en el todopoderoso Alexander Hamilton, quien, aún después de su dimisión en la secretaría de la Tesorería en el año 1795, seguía siendo el líder en la sombra del Partido Federalista.

Por su parte, el Partido Republicano escogió como candidato a su líder Thomas Jefferson, sin siquiera consultarle. Debido a la peculiaridad del primitivo sistema de votación norteamericano, la presidencia recayó en Adams, con 71 votos a favor, mientras que la vicepresidencia la obtuvo Jefferson, con 68, siendo la primera y única vez en la historia norteamericana que fueron elegidos presidente y vicepresidente dos miembros de diferentes partidos. Con semejante conformación política no es de extrañar que durante la presidencia de John Adams éste sufriera un gran número de dificultades serias, agravadas además por la propia debilidad que venía padeciendo el Partido Federalista, agobiado cada vez más por las constantes guerras internas. Aunque valeroso y honrado, Adams careció de la habilidad política necesaria para hacerse respetar en su partido y poder así desplegar todo su poder; además, cuando lo hizo el remedio llegaba demasiado tarde. Partidario como Washington de erradicar cualquier atisbo partidista que pusiera en peligro el proyecto de la Unión, sin embargo cometió el grave error de mantener el mismo ejecutivo que Washington, la mayoría de cuyos miembros eran fieles y deudores de Alexander Hamilton, al que acudían en búsqueda de consejo un día sí y otro también. Hamilton, sin desempeñar cargo alguno, pasó a detentar el poder real de la Casa Blanca, intrigando a su placer contra el débil gobierno y contra el propio presidente John Adams, al que nunca vio con buenos ojos.

Pero el problema más urgente con el que se enfrentó la Administración de John Adams fue el que afectó a las relaciones con Francia. El Directorio francés vio en Estados Unidos a un enemigo virtual por la firma del Tratado de Jay. Napoleón Bonaparte se desquitó de tal ofensa al negarse a recibir al embajador norteamericano Charles Pinckney en París, además de ordenar la incautación inmediata de todo barco norteamericano que transportase mercancías británicas. En junio del año 1797 el número de barcos mercantes apresados ascendió a más de 300. En un intento por evitar la guerra, John Adams envió una delegación especial a Francia, pero ésta fue recibida por tres subalternos poco importantes (identificados con las letras X, Y, Z) de Talleyrand, el ministro de Exteriores francés, los cuales pidieron a los Estados Unidos el pago de un soborno de 250.000 dólares más un préstamo a fondo perdido de doce millones de dólares como condición para reiniciar las negociaciones. Cuando se supo la noticia del intento de cohecho y soborno en el Congreso norteamericano, toda la clase política se unió en un frente común, tanto federalistas como republicanos, lo que desencadenó en un auténtico clima de guerra en todo el país, hasta el punto de que el Congreso derogó el tratamiento de alianza con Francia firmado en el año 1778, creó el Departamento de Marina y aprobó una sustancial cantidad de dinero para el aumento del ejército y de la flota de barcos de guerra. Asimismo, el Congreso nombró a George Washington como comandante general del ejército recién creado. Aunque la guerra entre ambos países no llegó a estallar oficialmente, sí se sucedieron afrentas navales esporádicas entre ambas flotas.

La histeria de la guerra dio a los federalistas la oportunidad de golpear a la vez a una influencia extranjera molesta como era la francesa y a sus propios enemigos internos. John Adams veía como un auténtico problema el que muchos refugiados políticos recientes (jacobinos franceses, rebeldes irlandeses y radicales ingleses y galeses) se hubieran convertido en francos partidarios del naciente Partido Republicano de Thomas Jefferson. En el verano del año 1798 John Adams promulgó una serie de medidas conocidas colectivamente como Leyes de Extranjería y Sedición (Alien and Sedition Acts), estructuradas en tres partes: la Ley de Naturalización, diseñada con el objetivo de frenar el voto de los extranjeros en favor del Partido Republicano, y para aumentar de cinco a catorce años la residencia requerida para poder votar como ciudadano y adquirir la propia ciudadanía; la Ley de Extranjería, aprobada por Adams en la creencia de que el país estaba atestado de espías extranjeros, lo que dio al presidente la capacidad para deportar a todo extranjero considerado como sospechoso de atentar contra la paz y la seguridad del Estado; y, la más represiva con diferencia de estas leyes, la llamada Ley de Sedición, por la que se establecía la facultad de multar o encarcelar a cualquier ciudadano por escribir, imprimir, pronunciar o publicar declaraciones falsas o que desacreditaran al presidente o al Congreso de los Estados Unidos.

Los estados de Kentucky y Virginia, gobernados ambos por los dos máximos oponentes del federalismo, Jefferson y Madison respectivamente, aprobaron sendas resoluciones que condenaban las leyes presidenciales y daban a las republicanos unas excelentes armas para la próxima campaña presidencial, la cual se basó por parte republicana en denunciar continuamente “el reino federalista del terror” y la extensión arbitraria del poder federalista, que violaba la Carta de Derechos. Aunque ambos estados apelaron a la Constitución como norma suprema para abolir tales leyes, lo cierto fue que tanto Jefferson como Madison nunca pusieron en duda su lealtad a la Unión.

John Adams, en contra de las posturas decididamente belicistas de Alexander Hamilton, partidario de declarar la guerra a Francia para anexionarse todos los territorios de la Corona de España, al estar ésta aliada con el país galo (especialmente Luisiana y la Florida), creía firmemente en una salida pacífica al conflicto, por lo que, respondiendo a ciertas insinuaciones de Talleyrand, decidió reabrir las negociaciones con Francia, máxime al comprobar el talante negociador del nuevo hombre fuerte del Directorio, Napoleón Bonaparte. El tratado resultante, conocido comúnmente como el de la Convención de 1800, saldó las principales diferencias entre los dos países y liberó formalmente a los Estados Unidos de la alianza defensiva con Francia, firmada en el año 1778.

Las elecciones presidenciales del año 1800. El triunfo de Thomas Jefferson y el declive del Partido Federalista

La insistencia de John Adams por conseguir la paz con Francia creó una fisura importante dentro del Partido Federalista que fue aprovechada por su gran rival político interno, Alexander Hamilton, siempre presto a desbancar a un político en el que nunca había creído. En la primavera del año 1800 la crisis del Partido Federalista no pudo ocultarse por más tiempo a la opinión pública cuando John Adams, harto de las continuas intrigas fomentadas por Alexander Hamilton, destituyó de un plumazo a los dos miembros más importantes de su gobierno y hombres de confianza de Hamilton, el secretario de Estado Timothy Pickering y el secretario de Guerra James McHenry.

Con semejantes antecedentes, y sin apenas apoyo de los miembros de su propio partido, John Adams se volvió a presentar a la presidencia acompañado de Charles Pinckney para el cargo de vicepresidente. Por su parte, el tándem republicano lo conformaron Thomas Jefferson para presidente y Aaron Burr para la vicepresidencia. La campaña fue tremendamente enconada, probablemente una de las más feroces de la historia de los Estados Unidos. Como era de suponer, los republicanos utilizaron las leyes aprobadas por John Adams y la subida masiva de impuestos como arma arrojadiza y especialmente útil para derrotar al Partido Federalista, además de acusar a su presidente John Adams de mantener tendencias y simpatías políticas afines a la monarquía como sistema político. Los federalistas, por su parte, acusaron al candidato republicano de jacobino, ateo y libertino.

Los republicanos obtuvieron una victoria insignificante pero suficiente para desbancar de la presidencia al Partido Federalista de John Adams. Thomas Jefferson y Aaron Burr obtuvieron un empate técnico de 73 votos, mientras que Adams y Pinckney obtuvieron 65 y 64, respectivamente. Aunque todos sabían que los republicanos habían elegido como presidente a Thomas Jefferson, la Constitución establecía que en caso de empate debería ser la Cámara de Representantes la que decidiera con su voto (uno por cada estado) el desempate. Debido a que dicha cámara estaba controlada por la mayoría federalista, la llave de la presidencia republicana recayó, paradójicamente, en manos del Partido Federalista, es decir, en manos de Alexander Hamilton. Muchos federalistas intransigentes se mostraron dispuestos a apoyar a Burr en detrimento de Jefferson, lo que provocó así que un político tan cínico y corrompido como era Aaron Burr desgastara con su presidencia a su propio partido y, por ende, al líder de éste, Thomas Jefferson. Pero la división en el Partido Federalista era tan profunda que en las treinta y cinco votaciones que se llevaron a cabo en el transcurso del brevísimo tiempo de tres meses no se llegó a ningún acuerdo. Incluso se llegó a pensar en una posible guerra civil. Por fin, Alexander Hamilton hizo valer su opinión para que los miembros federalistas del Congreso se decantasen, como mal menor, por Thomas Jefferson. Así pues, en el año 1801, el Partido Federalista se encontró excluido de todas las ramas del Gobierno excepto en el poder judicial, donde aún conservaban cierta influencia. Para evitar otra crisis semejante en el futuro político del país se introdujo la Duodécima Enmienda a la Constitución, adoptada en el año 1804, por la que las votaciones para presidente y vicepresidente se harían en adelante por separado.

De 1800 a 1824: la lenta agonía del Partido Federalista

Tras la llegada del Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos, con las presidencias sucesivas de Thomas Jefferson, James Madison y James Monroe entre los años 1800 y 1824 (estuvieron en el poder ocho años seguidos cada uno, siendo sucedidos por sus respectivos secretarios de Estado), el Partido Federalista quedó en franca minoría. El carácter de George Washington, el genio administrativo y económico de Alexander Hamilton y el disciplinado e inteligente patriotismo de sus colegas y subordinados evitaron que la Unión norteamericana se desintegrara antes incluso de estar consolidada. No obstante, los sucesos ocurridos entre los años 1798 y 1800 demostraron que los federalistas como partido u opción política no tenían nada más que aportar al país. La base que habían elegido, una oligarquía de riqueza y talento, resultó ser la mejor fórmula para superar un período de crisis, pero no era lo bastante amplia o profunda para una política duradera, como bien se demostró con la irrupción y posterior triunfo del Partido Republicano.

Durante los doce años que había ocupado el poder, el Partido Federalista ciertamente había logrado un gran número de avances de los que el Partido Republicano se beneficiaría: había lanzado con éxito una Constitución, había puesto en pie una estructura fiscal capaz de salvaguardar el crédito de la nación, y había evitado, al fin, la entrada en muchas guerras que sólo habrían traído al país hambre, miseria y retraso a todos los niveles. Pero, como ya se ha señalado, en 1800 el Partido Federalista había perdido toda su fuerza de antaño y, en especial, el atractivo para los electores. La muerte de George Washington, en el año 1799, privó al partido de su símbolo más efectivo y preciado. Muchos de sus más importantes respaldos financieros se hallaban prisioneros de las deudas como resultado de unas especulaciones desastrosas. Otros dirigentes de peso habían abandonado el Partido Federalista para dedicarse a otras actividades más lucrativas y menos arriesgadas: Theodore Sedgwick y Alexander Hamilton se decantaron por la judicatura; Rufus King por el servicio diplomático; y así un largo etcétera. Como colofón al desastre político y electoral que se le avecinaba al Partido Federalista se había abierto un abismo enorme entre los dirigentes federalistas y el votante de a pie.

La compra de Luisiana, con su enorme potencial de expansión hacia el oeste, parecía condenar al Partido Federalista y a su región, Nueva Inglaterra, a ser una minoría permanente entre los demás estados de la Unión. Por ese motivo, a principios del año 1804, muchos dirigentes federalistas comenzaron a acariciar la idea de crear una Confederación del Norte, formada por Nueva York y Nueva Inglaterra. Alexander Hamilton se negó a semejante proyecto, pero no así el dirigente republicano disidente Aaron Burr, que intentaba relanzar su carrera política una vez que fuera expulsado del Gobierno por el propio Thomas Jefferson, acusado de todo tipo de prácticas corruptas. Pero, al igual que pasara en el año 1801, Hamilton volvió a frustrar con su oposición semejante proyecto, y detuvo la gestación del proyecto político confederado. Aaron Burr, despechado, retó en duelo a Hamilton, el 11 de junio del año 1804, en cuyo encuentro resultó muerto el viejo líder federalista.

El declive federalista comenzó a gestarse de manera gradual y precisa a partir del segundo mandato presidencial de Jefferson. La vieja guardia del partido, que detestaba la democracia en todas sus formas, no se mostró nunca preparada para recuperar el apoyo popular de los electores, pero sí lo estuvieron las nuevas generaciones de jóvenes federalistas, los cuales, en un último intento por recuperar el peso político, llevaron a cabo un profundo y no del todo fracasado plan para vencer a los republicanos con sus propias armas con la creación de organizaciones de base popular, para lo que tomaron la técnica y la estrategia electoral propias de los republicanos. Sin embargo, a pesar de que en las siguiente elecciones presidenciales del año 1808 lograron alcanzar una presencia mucho mayor que la del año 1804 (en las que Thomas Jefferson había barrido por completo al candidato federalista), nunca consiguieron desplazar del ánimo de la gran masa de votantes la impresión de que el Partido Federalista apoyaba el privilegio, la represión y la monarquía como forma de Gobierno, un lastre tan pesado que les abocaría directamente hacia la desaparición total como partido.

La reanudación de la guerra anglo-americana, iniciada en el año 1812, propició al Partido Federalista la última oportunidad para derribar al Partido Republicano en el poder. Los federalistas consideraron la guerra como un intento deliberado por parte del presidente James Madison de arruinarles definitivamente. Durante todo el conflicto desafiaron al Gobierno republicano al llevar su oposición hasta extremos claramente secesionistas, tales como negar el paso de la milicia unionista por los territorios de Nueva Inglaterra para invadir Canadá, o alentar a sus votantes para que no se alistasen en el ejército o a negarse a prestar sus milicias estatales. Los federalistas no sólo boicotearon los préstamos federales, sino que también prestaron dinero e infraestructuras a las tropas británicas. La desafección de los estados de Nueva Inglaterra alcanzó su punto más alto en diciembre del año 1814, cuando los delegados de los estados de Nueva Inglaterra se reunieron en la Convención de Hartford. Algunos de los federalistas más radicales apoyaron sin ambigüedades la secesión definitiva con los estados de la Unión, pero, gracias a que la mayoría de los federalistas eran moderados, tan sólo se limitaron a afirmar el derecho a la anulación y a proponer una serie de enmiendas a la Constitución. En caso de que las enmiendas fueran rechazadas por el gobierno de Washington y de que la guerra con Gran Bretaña continuase, la Convención se reuniría seis meses después en la ciudad de Boston.

Los comisionados elegidos por la Convención para ir a Washington esperaban imponer sus términos a un gobierno manifiestamente débil y a punto de derrumbarse por los acontecimientos tan negativos de la guerra; no obstante, cuando éstos llegaron a la capital, fueron recibidos con la noticia de que las fuerzas estadounidenses habían logrado una victoria resonante en Nueva Orleans y que se había firmado un tratado de paz con Gran Bretaña que ponía fin a la guerra. Desalentados, los representantes federalistas no tuvieron más remedio que regresar en silencio a Nueva Inglaterra.

La Convención de Hartford y sus consecuencias fueron el motivo real que marcó el declive definitivo del Partido Federalista. Sospechosos de deslealtad, de traidores y de simpatizantes de la secesión, los federalistas del norte siguieron presentándose a las elecciones nacionales y presidenciales prestando el apoyo que buenamente podían a sus respectivos candidatos más por pura cuestión de honor político que por intentar conseguir un resultado positivo. En 1824 el candidato federalista Rufus King fue borrado del mapa por el candidato republicano John Quincy Adams, paradójicamente hijo de John Adams, a pesar de las tremendas disputas por el liderazgo que había sacudido los cimientos del Partido Republicano. De ese modo, el Partido Federalista norteamericano dio por concluido su breve pero intenso periplo como organización política.

Bibliografía

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PARTIDO FEDERALISTA NORTEAMERICANO (1781-1824)

Fuente: Britannica

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