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Definición de Aborigen [Definition of]

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 (Del latín ab ‘desde’ y origo ‘origen’: ‘de origen’, ‘de los orígenes’); sust. y adj.

1. {sust.} Originario del suelo en que vive.
2. {sust.} Se dice del primitivo morador de un país.

 [Antropología] Aborigen.

Con este término se denomina al antiguo habitante de un país, o al habitante de un país en su etapa histórica más antigua.

La palabra aborigen se usa normalmente para distinguir a los habitantes antiguos de un país, poseedores por lo general de una cultura y de una tecnología de tipo tradicional, de los que se establecieron posteriormente en él, dueños de culturas más complejas (por lo menos desde el punto de vista de la organización social) y de tecnologías por lo general más avanzadas. Se trata, en cualquier caso, de una palabra confusa y ambigua, que ha sido esencialmente utilizada por los pueblos de la antigüedad (especialmente por los romanos), para referirse a los antiguos pobladores de las regiones donde luego ellos se asentaron, y por los colonizadores europeos (y sus descendientes) para designar a los pueblos a quienes, en la Edad Moderna, impusieron su dominio en América, África, Asia y Oceanía.

Junto a la palabra “aborigen” han sido utilizadas otras voces, muchas veces igual de ambiguas y confusas, para designar a los pobladores de un país anteriores a las colonizaciones de origen europeo y poseedores de tecnologías no tan desarrolladas y de culturas supuestamente menos avanzadas. Así, la voz “nativo” se ha aplicado a muchos grupos étnicos (desde norteamericanos hasta polinésicos) con organizaciones sociales no complejas, sin tener en cuenta que todas las personas y todos los pueblos, incluidos los más avanzados, son por definición “nativos” del lugar donde han nacido. Lo mismo puede decirse de los términos “natural” y “autóctono”. Por su parte, el término “indígena” ha tenido también, tradicionalmente, un uso muy confuso, equiparado en ocasiones al de “indio” (asociado por lo general a pobladores autóctonos de la India y de América), y en otras ocasiones a cualquier persona o grupo socialmente no complejo originario de un lugar cualquiera (no necesariamente sudasiático ni americano) antes de la llegada de colonizadores posteriores. Por fin, el término “salvaje”, acaso el más peyorativo de todos ellos, tiene una clara denotación de inferioridad cultural inaceptable como taxonomía clasificatoria para la mayoría de los antropólogos modernos; y el de “primitivo” constituye también un término ambiguo (tradicionalmente aplicado tanto a pueblos de la prehistoria euroasiática como de la Edad Moderna de otros continentes) y marcado por una fuerte connotación racista y peyorativa.

Por lo general, puede decirse que la palabra “aborigen” se ha aplicado a las personas y sociedades tradicionales provistas de un sistema cultural y de un desarrollo social considerado por los colonizadores occidentales como especialmente poco desarrollado, supuestamente muy atrasado y primitivo. Así, en España se dio un uso muy intenso a esta palabra en relación con los antiguos habitantes de las islas Canarias, los guanches, que fueron exterminados o asimilados en muy poco tiempo por los colonizadores españoles del siglo XV. En América, se ha denominado “aborígenes” a los pueblos demográfica y sociopolíticamente menos desarrollados, especialmente a los de organización tribal de Sudamérica, mientras que a los de Norteamérica, cuya organización social ha conocido desarrollos supratribales a veces muy complejos, casi “nacionales”, se les ha aplicado de forma más regular el nombre de “nativos”, cuyo sentido parece ser menos peyorativo.

En cualquier caso, el nombre de “aborígenes” se ha aplicado de forma especialmente intensa, casi por antonomasia, a los pobladores autóctonos de Oceanía, especialmente de Australia, cuyas extremas condiciones de aislamiento demográfico y cultural durante los milenios anteriores a las colonizaciones europeas determinaron una configuración del sistema social, productivo, religioso y cultural que pareció especialmente “atrasado” y “primitivo” a los colonizadores occidentales de los siglos XVII en adelante.

Los aborígenes de la Edad Antigua.

Para entender con precisión el concepto y el sentido de la voz “aborigen” es necesario saber que en los historiadores y escritores latinos de la Antigüedad usaron abundantemente el término para designar a los habitantes de una región asentados en ella desde tiempo inmemorial, sin que se tengan noticias de que antes hubiesen llegado desde algún otro lugar.

Así, Plinio utilizó en alguna ocasión el término de “aborígenes de Cádiz” para referirse a los tirios, que fundaron supuestamente aquella ciudad. Diversos historiadores clásicos señalaron que los escitas y los egipcios latinizados se llamaban a sí mismos aborígenes, porque se consideraban pertenecientes a los grupos étnicos primigenios de la humanidad, y primeros pobladores además de sus respectivos países. Los propios romanos se consideraban descendientes de aborígenes procedentes de los montes Apeninos. Ello está de acuerdo con el hecho de que la palabra origo “origen”, esté emparentada con oros “montaña”. Según Tito Livio, los aborígenes itálicos procedían, en última instancia, de la mítica Arcadia, desde donde habrían sido llevados a Italia por Hércules, por Jaro o por Cam. Era creencia común que los aborígenes habían poblado Italia unos 2.000 años antes de la época clásica romana, y hay indicios históricos de que los pueblos a los que los romanos llamaron “aborígenes” tuvieron, efectivamente, existencia real. Su recuerdo, sin embargo, quedó en buena medida borrado por la leyenda, lo que explica que las descripciones de sus costumbres que realizaron Virgilio y otros autores parezcan corresponder a poblaciones antiguas ideales, y no auténticamente históricas.

Al geógrafo griego Estrabón le debemos, en cualquier caso, indicaciones muy interesantes al respecto. Según él, los aborígenes eran uno de los pueblos pobladores del primitivo Lacio, junto con los equos, volscos y ernicios, cada uno de los cuales tenía su propio territorio y organización estatal. Otros historiadores antiguos identificaron a los aborígenes con los enotrios. Dionisio de Halicarnaso llegó a decir que la capital de los aborígenes fue la ciudad de Lista, y mencionó otras como Mefila, Suna, Vesbola, Trebula, Palatium, Issa, Tiora, Corsula, Marruvio y Orvinium, algunas de las cuales parecen haber tenido auténtica dimensión histórica. Según la tradición historiográfica romana, más adelante los aborígenes se habrían expandido a costa de los umbrios y de los sículos, para adueñarse de buena parte del litoral etrusco y del Lacio. Se cree que alcanzaron su apogeo político en torno al 1370 a.C., pero que después fueron derrotados por los umbros y los ligures, antes de acabar siendo asimilados por nuevos pueblos. Entre ellos, según una vieja tradición, por los de origen griego que supuestamente llegaron a Italia con Eneas después de la Guerra de Troya. Aquella mezcla de pueblos aborígenes y foráneos acabarían, según la tradición, siendo finalmente sometidos por los romanos. Y la palabra aborigen quedaría como denominadora por antonomasia de cualquier pueblo establecido en un país en los tiempos más antiguos a los que la tradición pudiese remontar. De hecho, San Jerónimo, ya en la época cristiana, señaló que el nombre designaba a los primeros habitantes de cualquier región.

Los aborígenes australianos.

Aunque, a lo largo de la historia, también se ha dado el nombre de “aborígenes” a muchos grupos étnicos de América, África o Asia pobladores de tierras colonizadas en la época medieval y moderna por invasores occidentales y por sus descendientes, desde el siglo XVIII el término ha sufrido un proceso de especialización que ha acabándolo asociándolo, de manera estrecha aunque no exclusiva, a los grupos étnicos establecidos en Australia antes de la llegada de los colonos europeos.

La aplicación del nombre “aborigen” a estos pueblos tuvo históricamente una connotación peyorativa y una función de discriminación racista. Por “aborigen” se identificaba a cualquier persona perteneciente a cualquier grupo étnico auctóctono australiano visto desde la perspectiva del invasor europeo, sin atender a la tribu o grupo específico (de los muchos y muy distintos que había) al que perteneciese. Era y es, por tanto, un término ambiguo y generalizador que no puede ser utilizado, en el terreno científico, como taxonomía clasificatoria efectiva. En cualquier caso, lo prolongado e intenso de su uso ha hecho que incluso los integrantes de los propios grupos designados lo hayan acabado aceptado como gentilicio general, al menos cuando es usado en contraposición al concepto de personas o grupos descendientes de colonos europeos. Es curioso que, aunque los aborígenes australianos tengan características morfológicas y culturales comunes con las poblaciones llamadas melanesias de Nueva Guinea y de otros lugares (tal y como han demostrado antropólogos como J.P White y J. F. O’Connell), a las personas autóctonas de Nueva Guinea no se les suele llamar aborígenes. Lo mismo sucede con los maoríes de Nueva Zelanda y de la Polinesia, a quienes tradicionalmente (aunque de forma no exclusiva) se les suele denominar indígenas.

La acepción convencional actual de la palabra “aborigen” en Australia es la de “persona de ascendencia aborigen que se identifica como aborigen y es aceptada como tal en la comunidad en la que vive”. El término comenzó a ser usado en tiempos de los primeros exploradores europeos de aquellas latitudes para designar a los pueblos que fueron localizados habitando en Australia y en Tasmania.

En la actualidad, se tiene la certeza de que los aborígenes australianos son descendientes de poblaciones que, hace en torno a 40.000 años, emigraron hacia el sur desde Asia, a través del archipiélago indonesio. Allí vivieron en condiciones de gran aislamiento durante milenios, se atomizaron en grupos y ramas progresivamente diferenciadas, y desarrollaron culturas de extraordinaria originalidad e interés antropológico. De hecho, las culturas aborígenes australianas han sido objetos de estudios clásicos por parte de los más significativos antropólogos occidentales, desde Lewis Henry Morgan, que analizó a partir de ellos la teoría de la “promiscuidad primitiva”, hasta Bronislaw Malinowski, Alfred Reginald Radcliffe-Brown y Claude Lévi-Strauss, para quienes los sistemas de parentesco y de familia de estas poblaciones resultaron extraordinariamente interesantes, pasando por Géza Róheim, autor de estudios clásicos sobre sus mitos y ritos religiosos y su dimensión psicológica y onírica.

El interés antropológico de estas poblaciones se justifica por el hecho de que, a la llegada de los primeros colonizadores europeos, Australia era el único continente poblado sólo por pueblos de cazadores-recolectores nómadas. Su unidad social básica era la banda, compuesta por un número pequeño de individuos, que muy raramente alcanzaba al centenar. Algunas bandas solían asociarse a otras, siempre y cuando tuvieran lengua y religión común, para formar tribus, que podían integrar, por lo general, entre un centenar y dos millares de individuos. Algunos antropólogos han calculado en unas quinientas las lenguas aborígenes que se hablaban en Australia antes de la llegada de los colonos europeos. Algunas de ellas se agrupaban, tal como demostró Maddock, en ramas y familias (algunos especialistas han llegado a intuir, aunque no a probar la existencia de un tronco común protoaustraliano), aunque lo cierto es que la inmensa mayoría de ellas han acabado extinguiéndose, y las que sobreviven cuentan con un número ínfimo y en retroceso de hablantes.

Por lo que respecta a las religiones aborígenes, la originalidad de sus creencias y ritos hizo que diversos antropólogos del siglo XIX no las reconociesen como sistemas religiosos, y afirmasen, basándose en observaciones confusas y erróneas como la de que no tenían oraciones ni sacrificios, que los aborígenes australianos carecían de religión. La antropología posterior no sólo ha demostrado que las creencias religiosas impregnan toda la vida social y cultural de los aborígenes, sino que algunas de sus concepciones en torno al totemismo, al sentido religioso de los sueños y al culto a los antepasados son de las más extraordinarias y complejas que se han documentado nunca en cualquier sociedad. Estudios como el de Stanner de 1966, centrado en el simbolismo y en los ritos de los murinbata, se han constituido en clásicos mundiales de la historiografía religiosa. Muchas de las religiones autóctonas australianas han acabando extinguiéndose por culpa del proceso de exterminio demográfico y cultural al que han sido sometidos durante siglos los aborígenes, y otras han dado lugar a religiones sincréticas, mezcladas sobre todo con el cristianismo en las áreas donde los aborígenes fueron forzados a asimilarse culturalmente a la población de origen europeo. En lo que respecta al arte, cuya existencia habían negado también algunos antropólogos del siglo XIX, basándose en la errónea premisa de que los pueblos nómadas no pueden desarrollar ninguna forma artística estable, la antropología posterior ha demostrado también que es excepcionalmente rico en elementos decorativos y ornamentales de profundo carácter simbólico, que se expresa en adornos, joyas, boomerangs, tallas pequeñas, decoraciones, tatuajes, etc.

Aunque los primeros avistamientos y exploraciones fueron anteriores, fue en el siglo XVIII cuando comenzaron a establecerse grupos significativos de pobladores europeos en el continente australiano. La mayoría eran presos convictos, enviados a aquellas remotas tierras a cumplir penas de larga duración, en condiciones extremas de aislamiento y dureza, así como sus guardianes y pequeñas contingentes de funcionarios. Desde el principio se produjeron choques y conflictos con los aborígenes, cuyo número se calcula entre 300.000 y 700.000 antes de la llegada de los europeos y de que se redujese dramáticamente como consecuencia de las matanzas y persecuciones realizadas por éstos, así como de las epidemias que contagiaron a la población autóctona, desprovista de defensas naturales contra ellas, lo que les provocó terribles mortandades. Las nuevas migraciones europeas de hacia 1850, nutridas por cerca de medio millón de aventureros y de delincuentes (procedentes en su mayoría de Gran Bretaña, Centroeuropa y Escandinavia) víctimas de lo que se llamó “la fiebre del oro” penetraron profundamente en el interior del continente australiano, y fueron igualmente desastrosas para la población aborigen.

El continuo flujo de inmigrantes europeos, que se realizó siempre a costa de los territorios y de la cultura aborigen, tuvo otro momento de máximo crecimiento tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se establecieron en Australia más de tres millones de personas procedentes de numerosos países de Europa (entre ellos de España), de Norte y Sudamérica, Asia (sobre todo del Líbano, la India o Vietnam), Malasia, Filipinas, etc. Todos estos factores determinaron que la población aborigen se hiciera cada vez más minoritaria, y hubiera de ceder cada vez más territorios y derechos a los recién llegados. En el censo australiano del año 1986, se identificaron como aborígenes 228.000 personas, lo que constituía el 1,5 % de la población. Aunque sus grupos y comunidades están dispersas por toda Australia, se concentraron sobre todo en los Territorios del Norte, y en menor medida en Queensland. Entre los principales grupos sobrevivientes (aunque de forma muy precaria) hasta tiempos modernos, se pueden mencionar los aranda, gidjingali, walbiri y dalabon del Territorio del Norte; los karadjeri de Australia occidental; los kakadu de Queensland; y los pidjanjara y maralinga de Australia del Sur.

Las situaciones de marginación y de carencia de derechos humanos que han sufrido los aborígenes australianos a lo largo de los siglos han sido dramáticas. A las matanzas arbitrarias y sistemáticas de los siglos XVIII y XIX siguieron, a finales de éste, la creación de reservas que tenían el objeto de excluirles de la comunidad nacional. Sus territorios, y también sus lugares sagrados, les fueron arrebatados para ser dedicados a la explotación minera y agropastoril. Hasta bien entrado el siglo XX fue un fenómeno común que los niños aborígenes fuesen secuestrados y apartados de sus padres, recluidos en misiones cristianas o entregados a familias de descendientes de colonos europeos, donde se veían obligados a servir en condiciones cercanas a la esclavitud. Sólo a partir de un referéndum celebrado en 1967 se les concedió el estatuto de ciudadanía y el derecho al voto. En el año 1976, el gobierno federal comenzó a restituirles ciertos derechos sobre sus territorios tradicionales, aunque eso proceso sólo se ha desarrollado de manera práctica y efectiva en los Territorios del Norte, con la promulgación, en 1977, de la Ley de los Derechos Aborígenes sobre la Tierra. Aunque en el año 1983 se promulgaron nuevas disposiciones para restituir sus derechos sobre sus territorios patrimoniales, éstas no han llegado a ser puestas verdaderamente en práctica. Es por ello que, todavía a finales del siglo XX, la mayoría de los aborígenes australianos sufren situaciones de marginación y de miseria profundas. Muchas comunidades se han roto, y sus miembros se han visto obligados a emigrar a los cinturones industriales de las grandes ciudades donde se concentra la mayoría de la población australiana. Allí muchos sufren índices de enfermedades, de malnutrición, de alcoholismo y de penas de prisión muy superiores a los que afectan a la población de origen europeo.

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Aborigen

Fuente: Britannica

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