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Definición de Feria

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 (Del lat. feria); sust. f.

1. En lenguaje eclesiástico, cualquier día de la semana que no es sábado ni domingo: las misas en feria suelen ser más cortas que las de los domingos.
2. Tiempo de descanso y suspensión del trabajo: me gusta dedicar las ferias a no hacer absolutamente nada.
3. Mercado celebrado en sitio público y en días señalados, de mayor importancia y envergadura que el ordinario: todos los sábados hay feria en la plaza mayor del pueblo.
4. Lugar público en que tiene lugar este mercado: aparqué el coche en la feria y, cuando volví a buscarlo, se lo había llevado la grúa.
5. Gente que concurre en este mercado: toda la feria se alborotó cuando el alcalde y la alcaldesa aparecieron en coche de caballos.
6. Conjunto de instalaciones recreativas y de puestos de venta de dulces y chucherías que, con ocasión de determinadas fiestas, se monta en algunas poblaciones: si os portáis bien, os compraré una manzana de caramelo en la feria.
7. Instalación donde se exponen los productos de un solo ramo industrial o comercial, para su promoción y venta: mi abuelo acude todos los años a la feria de agricultura que se celebra en la Casa de Campo de Madrid.
8. [Uso figurado] Trato, acuerdo: parece que ha habido feria entre los dos caciques de la región.
9. [En México] Calderilla, cambio, dinero de poco valor: no llevo feria para convidarle a un trago, pero podemos tomar algo en la casa.
10. [En Costa Rica] Propina, adehala: pagaron lo que debían más una pequeña feria por las molestias ocasionadas.
11. [Poco usado] Dádivas o agasajos que se dan con ocasión de ciertas festividades en algunos lugares (ú. s. en plural): todo el pueblo preparaba con ilusión las ferias de San Cosme.

Sinónimos
Mercado, certamen, concurso, ferial, exposición, presentación, exhibición, salón, muestra, zoco, rastro, rastrillo, zacatín, bazar, lonja, verbena, festejos, romería, festividad, vacación, descanso, asueto, fiesta, ocio, trato, convenio, acuerdo, calderilla, cambio, propina, adehala, agasajo.

Antónimos
Trabajo, ocupación.

Modismos
Feria de muestras. Instalación periódica de máquinas, herramientas, vehículos y diversos productos industriales para su promoción y venta.
Ferias mayores. Las de Semana Santa.
Revolver la feria. [Uso figurado y familiar] Alborotar, ser causa de disturbios o entorpecer a otros en un negocio en el que son diestros.

 (3) [Historia]Grandes asambleas comerciales, organizadas de forma regular a largos intervalos de tiempo fijos, y sostenidas por mercaderes y comerciantes de diversas regiones, a menudo muy alejadas entre sí. Vinculadas de forma indisociable al desarrollo urbano, las ferias aparecieron en la Antigüedad a menudo como consecuencia de la actividad económica generada por los grandes centros de religiosos y políticos. Así, hubo ferias en los santuarios griegos de Delfos y Delos, en el Egipto faraónico, en La Meca desde tiempos preislámicos y a orillas del Ganges.

Con frecuencia se ha planteado el problema de diferenciar ferias y mercados. Durante la Edad Media a menudo se empleaba el término “mercado” para aludir a una feria. Sin embargo, existen diferencias importantes entre ambas instituciones económicas. La distinción entre mercados y ferias residía en la frecuencia de su celebración: los primeros solían celebrarse con periodicidad semanal, mientras que las ferias eran en la mayoría de los casos anuales y, en algunos casos, semestrales. El mercado tenía influencia en un ámbito estrictamente local, mientras que la feria podía atraer al comercio de una o varias regiones o incluso de países muy alejados entre sí. Además, la feria tenía por lo general una duración larga, de una a varias semanas, mientras que los mercados duraban tan sólo uno o dos días.

El origen de las grandes ferias es diverso. La mayoría de ellas surgieron de la celebración de mercados periódicos, celebrados con gran concurrencia de mercaderes y organización precaria. No cabe sin embargo afirmar que el origen de las ferias se halle ligado indisolublemente a la celebración de estos grandes mercados. Ambas formas de intercambio son igualmente antiguas y satisfacían necesidades económicas análogas, si bien en grado distinto. La mayoría de las grandes ferias surgieron de forma espontánea sin que existieran precedentes de grandes mercados, como resultado de factores geográficos, económicos, sociales y políticos coyunturales.

Las ferias antiguas y medievales respondieron a una estructura comercial no sedentarizada que hacía necesario el establecimiento de puntos de intercambio que vertebraran de forma más o menos estable el intercambio internacional. Constituyeron una forma sencilla de intercambio de bienes en tiempos en los que tanto la demanda como la oferta eran bajas. Solventaban el problema de la distribución de los bienes al concentrar en un mismo espacio y tiempo a vendedores y compradores de regiones muy alejadas. Este encuentro solía tener lugar en territorios neutrales como fronteras geográficas o políticas, a intervalos de tiempo regulares y a menudo aprovechando festividades religiosas. Junto a esta asociación religiosa, las ferias cumplieron importantes funciones sociales y políticas, ya que facilitaban el intercambio de información entre regiones alejadas y servían de foro de difusión de innovaciones técnicas y culturales entre gentes de origen muy diverso.

Las ferias cumplieron un cometido esencial para el comercio al asegurar el abastecimiento comercial de regiones en las que la autoridad política se encontraba fragmentada y la seguridad de las comunicaciones era incierta. Hubo, en efecto, escasas ferias de importancia en los estados centralizados y con un poder político fuerte, y las ferias tendieron a florecer particularmente en regiones fronterizas o periféricas. La conquista romana de la Europa occidental hizo posible una gran fluidez del comercio regular. En cambio, la decadencia del Imperio y la consiguiente crisis política y social conllevaron el florecimiento de las ferias dada la falta de vertebración de la redes comerciales. Así también, en la Europa occidental medieval, tras un largo período de esplendor desde el siglo XII, las grandes ferias se trasladaron progresivamente hacia el este, a medida que la autoridad monárquica hacía progresos de centralización y la urbanización creciente en Francia y el Imperio alemán hizo prescindible su celebración. Las famosas ferias de Champaña fueron sustituidas de esta forma por las de Frankfurt y éstas a su vez por las de Leipzig.

Las ferias en la Antigüedad.

La celebración de reuniones periódicas de mercaderes no institucionalizadas se remonta a los primeros tiempos del desarrollo urbano. Durante la Antigüedad, comercio y religión estuvieron estrechamente relacionados y los grandes centros religiosos albergaban grandes mercados. De ahí que la palabra latina feriae, que designaba a los días de festividades religiosas, esté en el origen del término castellano “feria”. Sin embargo, los grandes imperios mediterráneos tendieron a estructurar el comercio sobre puntos de intercambio permanente asociados a los centros de poder político y religioso, como Babilonia, Atenas, Roma o Alejandría.

En la Italia prerromana existieron las ferias, pero la expansión romana y el alto nivel alcanzado por los intercambios en los territorios beneficiados por la pax romana hicieron innecesaria su celebración. En época romana se solía habilitar un lugar destinado a los intercambios comerciales junto a los centros de culto. En Galia y Germania se construyeron foros monumentales para albergar a los mercaderes permanentes de los grandes centros comerciales del Imperio. La existencia de estos grandes mercados no impidió la pervivencia de los pequeños mercados locales que, sin embargo, vivieron una época de auge desde que la crisis final del Imperio romano occidental desbaratara las redes del comercio. La instalación de los pueblos germánicos en el antiguo solar romano restableció la tradición ferial que se hallaba en la cultura propia de estos pueblos. La quiebra de la unidad política en Europa desde el siglo V produjo la desarticulación del comercio y por ello la Edad Media habría de conocer como ningún otro período el desarrollo del sistema de ferias como única forma de establecer una red regular de intercambios.

Las ferias en la Edad Media.

Del siglo V al XV las ferias constituyeron una de las formas más relevantes de actividad económica de la Europa occidental. Su evolución sirve para ilustrar el desarrollo general de la economía en este período en diversos sentidos. Las ferias desempeñaron un papel fundamental al asegurar la conexión, a través de las vías terrestres, entre el ámbito mediterráneo y el mar del Norte, e impulsaron el crecimiento urbano. Las primeras ferias favorecieron el desarrollo de la actividad industrial y comercial en regiones agrícolas con escasas relaciones comerciales con otras áreas de producción. Aumentaban el consumo y creaban demanda para nuevos productos, abriendo así nuevos mercados y estimulando nuevas actividades económicas; animaban a los mercaderes a emprender viajes arriesgados y favorecieron el incremento de la producción al asegurar su más amplia distribución. Las ferias impulsaron el perfeccionamiento de los instrumentos de pago, cambio y crédito, por lo que fueron esenciales en el nacimiento del primer capitalismo comercial.

Celebradas en días fijos y con una duración que variaba entre un día y varias semanas, las ferias medievales se abrían normalmente coincidiendo con una festividad religiosa, lo que facilitaba su continuidad anual. Las ferias medievales, además de fenómenos económicos de gran importancia, constituían auténticas fiestas populares, aspecto éste puesto de relieve con gran vivacidad por la literatura vernácula medieval.

Las ferias medievales tuvieron en principio un marcado carácter de mercado agrícola y ganadero. Entre los siglos VII y XI, el arranque de la economía de Europa occidental provocó la proliferación de mercados rurales. Ya entonces aparecieron las primeras ferias. En el siglo VII destacaron las de Cahors y las de Saint-Denis. En época carolingia se crearon numerosas ferias. En este período las ferias se instalaban por lo general al amparo de grandes monasterios, en campo abierto o en pequeñas poblaciones (como las ferias de Chappes, en Champaña, que florecieron en el siglo IX). También algunas de ellas, las que alcanzaron un mayor desarrollo posteriormente, se hallaban instaladas junto a grandes ciudades, como las de Châlon-sur-Saône, Cambrai o Colonia.

Gradualmente comenzaron a ofrecer productos manufacturados o importados, como tejidos o especias. Los mercaderes trataron de organizarse y regular la compraventa, así como de crear nuevas ferias sobre el modelo de las ya existentes. La proliferación de ferias durante el siglo XV da cuenta de la prosperidad y el alto nivel de las relaciones alcanzado en las postrimerías de la Edad Media. Sin embargo, su proliferación es también signo de la pérdida de importancia económica de las ferias dentro del marco general de la economía.

Finalmente las ferias medievales adquirieron un carácter eminentemente financiero, basado en las operaciones de crédito y en el intercambio de capital. Esta evolución fue el resultado de factores diversos: crecimiento de la población, puesta en cultivo de nuevas tierras, aumento de la producción agrícola, mejora de las vías de comunicación, fluidez de las relaciones comerciales con el mundo islámico y los países norteños, desarrollo del sentido del lujo, etc.

En el latín altomedieval se distinguía entre el gran mercado anual (forum) y el semanal (mercatum). Pronto el término “feria” (fiesta) se impuso para designar a los grandes mercados anuales, ya que éstos se celebraban coincidiendo con festividades cristianas (a menudo el día de Todos los Santos, de san Martín, de san Miguel o de la consagración de una iglesia local). Las ferias medievales presentaron multitud de variedades, desde las ferias aldeanas, en las que se reunían los vendedores ambulantes y los campesinos, normalmente en la festividad del santo patrón de la localidad, hasta las grandes ferias, como las de Champaña, donde se dirimían los más importantes negocios. La función económica que cumplieron fue también diversa. En algunos lugares se realizaban compraventas de toda clase de productos, mientras que en otros las ferias se especializaron en productos determinados (ferias de vino, de pescado, de ganado…) o bien se convirtieron, a partir del siglo XIV, en centros financieros de primera magnitud en los que se realizaban las operaciones monetarias internacionales.

Pero era el estatuto legal de la feria medieval lo que la distinguía del mercado. Para atraer a los grandes mercaderes, las autoridades locales les concedían privilegios (“paz de ferias”) que garantizaban su seguridad y favorecían el comercio. La protección de los mercaderes por establecimientos religiosos o por autoridades locales favoreció el desarrollo de las ferias. La garantía de seguridad era una de las claves para el triunfo y continuidad de una feria. La seguridad y la confianza mutua, bases del intercambio en la Alta Edad Media, fueron aseguradas en principio por una serie de tabúes y supersticiones religiosas relacionadas con el castigo a la traición y la felonía, y posteriormente por las condenas y prohibiciones interpuestas por las autoridades policiales y judiciales. La “paz de ferias” incluía el conductus, salvoconducto entregado a los mercaderes por la autoridad local. El conductus resultaba imprescindible para la circulación de los mercaderes, si bien no siempre era respetado y en la mayoría de las grandes ferias se crearon compañías armadas pagadas por el concejo o el señor de la ciudad para proteger el mercado y las vías de acceso a éste.

La celebración de ferias incluía además una serie de privilegios fiscales y judiciales. Los impuestos y peajes eran reducidos o eliminados. Ningún mercader podía ser arrestado por deudas contraídas u ofensas cometidas antes de la celebración de la feria, lo que significaba la suspensión temporal de las leyes de persecución y represalia sobre la persona y los bienes de los mercaderes. Oficiales públicos garantizaban el respeto a las normas económicas y a la justicia local. En Champaña existieron los “guardias de la feria”; en Flandes, los “maestros de ferias”, elegidos de entre el concejo municipal. A menudo los privilegios judiciales que concernían a los pobladores de la ciudad se hacían también extensivos a los mercaderes foráneos llegados con motivo de la feria y el derecho local se aplicaba en los pleitos entre comerciantes, dirimidos generalmente por el tribunal del concejo. En algunas ciudades, como en Montagnac, el oficial real o el castellano se encargaban de resolver estas querellas. El castigo de los delitos comerciales (fraude, robo, ruptura de contrato…) solía ser más severo durante la celebración de la feria, ya que se entendía que se habían traicionado los privilegios especiales. Los guardianes de las ferias se convirtieron en verdaderos garantes de las transacciones y organizaron eficaces sistemas de coerción, utilizando como castigo la prohibición de frecuentar la feria para los mercaderes infractores y a menudo también para sus compatriotas.

Cada mercader tenía su lugar asignado dentro de la feria, en tenderetes, en los soportales del mercado o de las casas o a lo largo de los caminos. Los mercaderes de una misma ciudad o región formaban una compañía o nación con el fin de garantizar su seguridad y proteger sus intereses. Se hospedaban en un mismo lugar y dentro de la feria se instalaban juntos para la venta de sus mercancías. Cada nación elegía a uno o varios capitanes de compañía que representaban sus intereses ante los tribunales locales y las autoridades de la feria.

Algunas de las grandes ferias tenían un esquema regular de operaciones: un corto período en el que los mercaderes se instalaban; ocho días, llamados de “entrada”, para la exhibición de sus mercancías; un período de ventas de dos o tres días; otro de traslado de los bienes y, por último, un período en el que se cerraban las transacciones, que solía durar diez días. Los cambistas, italianos o cahorsinos en su mayoría, desempeñaban un importante papel debido a la disparidad de monedas y a su valor fluctuante. Las transacciones se hicieron normalmente a través de letras de cambio desde fines del siglo XIII.

Los siglos XII y XIII conocieron el auge de las ferias medievales. Fue ésta la gran época de las famosas ferias de Champaña. Tuvieron un origen temprano: las primeras referencias datan de fines del siglo X para la feria de Provins; la más tardía, la de Bar-sur-Aube, se creó a principios del siglo XII. Las ferias de Champaña se convirtieron en punto de encuentro de las corrientes comerciales del ámbito hanseático, flamenco y mediterráneo. Organizadas de forma cíclica, cubrían la mayor parte del año prácticamente sin interrupción: se celebraban dos ferias en Troyes, dos en Provins, una en Lagny y una en Bar-sur-Aube. La protección de los condes de Champaña -Teobaldo el Grande y Enrique el Liberal- hizo posible el éxito de sus ferias. El salvoconducto concedido a los mercaderes se hizo extensivo fuera de las fronteras del condado, haciendo que otros soberanos lo reconocieran y logrando finalmente que el rey Felipe Augusto concediera, en 1209, un salvoconducto regio válido para todo el reino de Francia. Entre finales del siglo XII y principios del XIV se convirtieron en el principal centro de comercio de la Cristiandad. Desde mediados del siglo XIII el tráfico financiero predominó sobre las actividades de compraventa en las ferias champañesas, que acabaron convirtiéndose en un mercado monetario donde se establecía la cotización de las diversas monedas y se liquidaban las cuentas de los grandes negocios. Esta función financiera declinó desde principios del siglo XIV y desde entonces las ferias de Champaña conocieron una rápida decadencia.

En Francia, Flandes y los territorios del Imperio alemán las ferias medievales alcanzaron su mayor desarrollo. Las ferias flamencas tuvieron también un origen temprano. Datan de entre fines del siglo XI y principios del XII. En el siglo XIII, el conde de Flandes estableció un ciclo de ferias (Torhout, Ypres, Lille y Messines) que abarcaba la mayor parte del año. Estas ferias estaban especializadas en el comercio de productos textiles. Declinaron en el siglo XIV al convertirse Brujas en un centro comercial de carácter permanente, aunque subsistieron como centros financieros durante algún tiempo.

La conversión de Brujas en centro financiero hizo que las grandes ferias de compraventa de producto se trasladaran más al sur, siguiendo el flujo del intercambio entre el Mediterráneo y el mar del Norte. Chalon-sur-Saône, Lyon y Génova, ciudades en las que se celebraban ferias desde muy antiguo, se convirtieron en grandes centros del comercio internacional. Con el apoyo del duque de Borgoña las ferias de Châlon se desarrollaron enormemente y a fines del siglo XIII sus dos convocatorias (la feria caliente y la feria fría) eran de las más importantes del Occidente cristiano. La instalación del papado en Aviñón supuso la definitiva consagración de las ferias borgoñonas.

Las ferias de Génova atrajeron mercaderes de Berna y Friburgo desde principios del siglo XIV. En el siglo XV, cuando alcanzaron su esplendor, eran cuatro: la de Epifanía, la de Semana Santa, la de Agosto y la de Todos los Santos. La mayoría de las ferias locales italianas, a diferencia de las genovesas, tuvieron tan sólo una importancia regional. Sólo a fines del siglo XV las ferias de Ferrara y Lombardía alcanzaron verdadera proyección internacional.

La decadencia de las ferias de Génova se produjo a raíz del florecimiento de las ferias lyonesas. Las ferias de Lyon estuvieron fuertemente ligadas a la monarquía francesa. El delfín Carlos (posteriormente Carlos VII) concedió sus primeros privilegios en 1420, privilegios que fueron completados por Luis XI en 1463. Dicho monarca estableció a fines del siglo XV un ciclo de ferias en Lyon coincidiendo con las mismas fechas que las de Génova, lo que causó el rápido abandono de éstas, si bien para entonces la ciudad italiana se había convertido en uno de los principales centros permanentes del comercio mediterráneo. La protección regia y la posición estratégica de Lyon hicieron de sus ferias las más importantes de Europa desde el declive de las genovesas hasta el surgimiento de las ferias holandesas de Amberes.

En otros lugares de Francia hubo también ferias importantes, como las de Caen, Falaise o Avranches en Normandía o las de Angers en Anjou. Pero las más importantes de estas ferias secundarias fueron las de Occitania (Pézenes, Montaganac, Nïmes…), que comenzaron a desarrollarse después de que esta región se convirtiera en dominio de los reyes de Francia en el siglo XIII. Las ferias occitanas alcanzaron su esplendor a mediados del siglo XIV.

Dentro del ámbito germánico, las ferias más importantes fueron las de Frankfurt, que formaban un ciclo anual junto con las de Friedberg. Tuvieron su auge a fines del siglo XIV, tras el declive de las ferias de Champaña y cuando se desarrolló el comercio hanseático con los ámbitos eslavo e italiano. Declinaron a principios del siglo XV. Con el declive de las ferias de Frankfurt, otras ferias alemanas cobraron importancia. Así, las de Nördlingen, Zurzach, Linz, Bolzano y, sobre todo, las de Leipzig, ciudad que se convirtió en puente entre el comercio del este y el oeste de Europa. Al calor del comercio hanseático se desarrollaron también las ferias escandinavas, especializadas en el comercio del pescado salado del Báltico, de las cuales la de Skanör, en Suecia, fue la de mayor relevancia internacional durante el siglo XIII.

De entre las ferias holandesas destacaron en el siglo XIV las de Deventer. Las ferias de Brabante, celebradas en Amberes y en Bergen op Zoom, se convirtieron a fines de las Edad Media en los principales centros del comercio textil. En el siglo XVI, las ferias de Amberes monopolizaron prácticamente el comercio de la lana inglesa, y propiciaron el declive de Brujas como centro comercial.

Las ferias inglesas tuvieron una menor trascendencia para el comercio internacional. Tuvieron también carácter cíclico. Las más significativas fueron las de Winchester, Boston, Northampton, Saint-Yves, Stamford y particularmente la de Saint Bartholomew de Londres, creada en 1102, que comenzó a decaer en el siglo XVII y continuó celebrándose hasta 1855.

A fines de la Edad Media, el concepto de feria había sufrido una profunda mutación. Se tendió a la especialización cada vez más desarrollada: las sedas y brocados se comercializaban en Lyon y Ginebra y las lanas castellanas en Medina del Campo. Las ferias habían adquirido un verdadero carácter financiero como centros de cambio de moneda. Los siglos XIV y XV vieron la decadencia de las grandes ferias de Champagne, Inglaterra o Flandes. Fue ésta sin embargo la época de auge de las de Lyon, Ginebra, Amberes, Frankfurt, Piacenza o Medina del Campo que, como mercados financieros, extendieron su actividad hasta la Edad Moderna.

Las ferias durante la Edad Moderna y Contemporánea.

La evolución del comercio internacional a partir del siglo XVI y sobre todo del XVII contribuyó al declive de las ferias al llegar las mercancías hasta los grandes centros urbanos y de consumo. El siglo XVI supuso, en general, el principio de la decadencia del sistema de intercambio de las ferias. Muchas se convirtieron en centros de contratación secundarios y en pretexto para festejos. A principios del siglo XVI las ferias lyonesas fueron las más importantes de Europa, tanto como mercado de compraventa como financiero, sobre todo para el ámbito italiano, hispánico y holandés. Sin embargo decayeron rápidamente debido a las luchas entre Francisco I de Francia y el emperador Carlos V. Desde aproximadamente 1535 su lugar fue ocupado por las ferias de Beçanson, Medina del Campo y Novi. El declive del sistema de grandes ferias internacionales fue sustituido por una vasta red de pequeñas ferias regionales que se multiplicaron por toda Europa. En Francia, en el momento de la Revolución de 1789, había más de 50.000 de estas ferias. Tuvieron asimismo una gran importancia dentro del sistema de distribución comercial en la Rusia zarista hasta la Revolución de 1917. Las más importantes de éstas eran las de Nijni Novgorod, Kharkov o Irbit.

El proceso de industrialización de los siglo XIX y XX produjo un renacimiento de las ferias como exposiciones internacionales creadas para el muestrario de la producción industrial. Este sistema exigía un mantenimiento económico demasiado gravoso y fue sustituido por la celebración de ferias anuales en instalaciones fijas. Las ferias de muestra sirven para mostrar o comparar la producción de diversas firmas para facilitar la compra e incentivar la competitividad. Estas ferias deben adherirse a la U.F.I. (Unión de Ferias Internacionales), con sede en París. Actualmente todas las ciudades importantes del mundo desarrollado cuentan con este tipo de ferias de celebración anual. Entre las que actualmente conservan su proyección internacional destacan las de París, Lyon, Milán, Leipzig, Hannover y, entre las especializadas, la de libros de Frankfurt-am-Mein.

El ámbito hispánico.

Al parecer existieron en la Hispania visigoda ferias y mercados, ya que la Lex visigothorum cita las reuniones de mercaderes (conventus mercantium). En el reino castellano-leonés, la feria más antigua de la que ha llegado noticia es la de Belorado, fundada por Alfonso el Batallador en 1116. Desde época de Alfonso VII – que otorgó feria a Sahagún- las referencias documentales a fundación de ferias son mucho más numerosas. A partir del siglo XIII y siguiendo la línea de la expansión cristiana sobre al-Andalus, proliferaron las ferias en los territorios de reconquista. Las ferias actuaron a menudo como incentivo a la repoblación al revitalizar la actividad comercial. Entre los siglos XII y XIII se crearon las de Valladolid, Cuenca, Cáceres, Sevilla, Córdoba, Badajoz, Segovia, Burgos, Santiago de Compostela o Madrid. En el ámbito catalán, se conocen las ferias de Barcelona, Martorell, Vilafranca del Penedès, Cervera, Lérida, etc. También en el reino de Valencia florecieron las ferias desde época de Jaime I, cuando aparecieron las de Moralla, Játiva o Valencia. Estas ferias constituyeron el mecanismo principal de vertebración comercial entre los distintos centros de producción de la Península Ibérica.

También en los reinos hispánicos medievales se siguió el procedimiento de otorgar paces especiales para los foros comerciales. Parece que en Castilla ferias y mercados gozaban de un mismo estatuto de privilegios judiciales, si bien esta cuestión sigue siendo materia de controversia científica. Es indudable, sin embargo, que las ferias revestían mayor solemnidad que los mercados. Tanto ferias como mercados pudieron pertenecer a la jurisdicción señorial, aunque en principio sólo cabe referirse a la existencia de auténticas ferias a los casos en que la monarquía otorgó un conjunto de privilegios especiales. Alfonso X estableció en las Partidas que el derecho de concesión de paces de feria pertenecía tan sólo al monarca castellano.

A partir del siglo XIV las ferias castellanas alcanzaron un gran desarrollo. Las más importantes fueron las de Segovia, Valladolid, Alcalá de Henares, Salamanca, Sevilla y, sobre todo, las de Medina del Campo, celebradas en mayo y octubre. Las ferias de Medina del Campo, que durante la segunda mitad del siglo XV convirtieron a esta villa en capital financiera de la corona castellana, existían ya en 1421, y de ello se deduce que debieron ser creadas, o al menos impulsadas, por Fernando de Antequera. Las ferias de Medina del Campo propiciaron la creación de otras como la de Medina de Rioseco (1511), Villalón o Mondoñedo (1541) que no alcanzaron la misma dimensión internacional. Desde principios del siglo XVI las ferias de Medina del Campo desplazaron en importancia al resto de las ferias castellanas. Se convirtieron en el principal centro de contratación de la Península Ibérica y a ellas llegaban mercancías de Flandes, Italia, Francia o Inglaterra.

El desarrollo del comercio americano favoreció enormemente el auge de las ferias castellanas. Éstas pasaron a depender en buena medida del tráfico de metales preciosos con las Indias, hasta tal punto que a veces se cambiaba la fecha tradicional de celebración de una feria para hacerla coincidir con la llegada o salida de la flota indiana. El comercio con España dio lugar asimismo a la aparición de grandes ferias americanas, sobre todo en los puertos a los que arribaban los galeones españoles, como Veracruz o Portobelo. Estas ferias se mantuvieron hasta el declive del sistema de flotas en el siglo XVIII.

Las ferias españolas sufrieron el declive general del sistema comercial de ferias durante el siglo XVI y la gran crisis del siglo XVII al debilitarse el flujo de metales preciosos provenientes de América. Las ferias de Medina del Campo desaparecieron cuando, a principios del siglo XVII, se trasladó a dicha villa la Chancillería regia. Las ferias se celebraron a partir de entonces en Burgos, pero ya en plena decadencia.

Temas relacionados

Comercio.
Dinero.
Mercado.
Moneda.

Bibliografía

CIPOLLA, C.M. Historia económica de Europa. vol.1 y. 2. Barcelona, 1979.
LADERO QUESADA, M.A. Las ferias de Castilla. Siglos XII-XV. Madrid, 1994.
LE GOFF, J. Mercaderes y banqueros en la Edad Media. Barcelona, 1962.

V. Horrillo

FERIA

Fuente: Britannica

3 Comments

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