Atlas & Maps

Definición de Feudo

0

 (Del lat. medieval feudum, voz que probablemente derive del fráncico fehu ‘posesión, propiedad’); sust. m.

1. Tipo de relación contractual durante la Edad Media por la cual un señor feudal cedía a un campesino tierras o rentas en usufructo, y a cambio éste y sus descendientes se comprometían a prestarle vasallaje.
2. [Por extensión] Tierra o rentas que el señor feudal concedía en usufructo a sus vasallos.
3. Reconocimiento o tributo con cuya condición se concedía el feudo.
4. Vasallaje o respeto debido al señor feudal.
5. [Uso figurado] Lugar en el que se ejerce una gran influencia o control: la derecha volvió a triunfar en su tradicional feudo castellano.
6. [Uso figurado] Posesiones o bienes exclusivos de una persona: en su feudo extremeño es él el que hace y deshace a su antojo.
7. [Deportes] Terreno de juego que pertenece al equipo local (especialmente en fútbol): el Bayern volvió a cosechar una sorprendente derrota en su propio feudo, y ahora peligra su clasificación.

Sinónimos
Vasallaje, sumisión, servidumbre, respeto, dependencia, sujeción, dominio, territorio, heredad, posesión, propiedad, hacienda, pertenencia, comarca, señorío, marquesado, ducado, baronía, principado, casa.

Antónimos
Rebeldía, insumisión.

 (1)[Historia] Feudo.

Si se toma la clásica definición de feudalismo emitida por el eminente historiador belga F. L. Ganshof, el feudo sería, dentro de las relaciones de dependencia personal al uso en época medieval, el “bien” que el vasallo recibía de su señor, ya fuese mueble o inmueble. Sin embargo Pierre Bonnassie acierta al estimar que el mismo vocablo, feudo, ha servido a lo largo del marco cronológico de la Edad Media para designar a varios fenómenos que, si bien similares en esencia, a la postre vinieron a significar cosas muy dispares y distintas.
El propio origen etimológico de la palabra feudo resulta ambiguo y equívoco, puesto que el término indoeuropeo feo (‘ganado’) pasó al germánico antiguo como fehu, mientras que el latín adoptó la forma pecus. El original sentido del término evolucionó hacia el de una concesión efectuada a cambio de algo. El problema de definir el término “feudo” es resolver qué era lo que se daba a cambio de ese bien, lo cual sufrió, como es lógico, las alteraciones motivadas por las enormes coordenadas temporales en las que se insertó su eclosión. Como definición más completa del concepto feudo, no tanto formalmente sino cotejando todos los aspectos socioeconómicos de su valor, Bonnassie ofrece la siguiente: “el feudo fue una forma de redistribución de los beneficios de la expansión entre los miembros de la clase dominante”. (Op. cit., p. 97).

De su importancia como elemento indispensable de las relaciones feudo-vasalláticas no cabe la menor duda, pues, pese a que pueda parecer una especie de regalo, fue el verdadero motor de las relaciones socioeconómicas por excelencia que dan nombre a la Edad Media como “época feudal”. Las palabras de un prestigioso especialista, Julio Valdeón, resumen en sí mismas la esencia del feudo: “el feudo no era una recompensa por el homenaje que el vasallo había prestado, sino la causa sine qua non de la existencia del vasallaje mismo”. (Op. cit., p. 86).

Primeros usos del feudo

Tras la desaparición de los sistemas socioeconómicos derivados del imperio romano, la Europa de las invasiones germánicas conoció una extensión de los sistemas de dependencia personal como modo de articulación de las relaciones sociales. Dichos sistemas de dependencia personal no habían sido, ni mucho menos, desconocidos en el Imperio romano, puesto que, por ejemplo, fenómenos como el colonato o el patrocinio de clientelas agrarias habían estado a la orden del día; siendo el medieval un mundo eminentemente agrario, no es de extrañar que estas relaciones traspasaran el ámbito de lo puramente agrícola para establecerse como vínculo dominante de las relaciones socioeconómicas. A ello se unió, además, una curiosa aportación de las estructuras sociales de los invasores bárbaros: el comitatus, relación de dependencia militar por la que los soldados se enmarcaban en una determinada jefatura guerrera. La mezcla evolutiva de las distintas esencias de dependencia acabó por configurar lo que se conoce como régimen feudal y, por ende, el feudo.

Si existe una distinción clara en esta primera época de uso del vocablo feudo (aproximadamente entre los siglos VII y X de nuestra era), ésa es la que hace alusión a su carácter prioritariamente público. Con ello se obtiene que el feudo era un bien público, casi siempre un territorio, concedido por una autoridad pública (un comes o un conde) a un beneficiario que, a cambio los derechos fiscales y económicos de la citada circunscripción, se comprometía a mantener en ella la defensa y la administración. Pierre Bonnassie ha documentado perfectamente este fenómeno en la Francia carolingia y en sus territorios adyacentes (norte de Italia y Cataluña, por ejemplo). El beneficiario recibía el nombre de veguer y el sentido público jamás dejó de ser la esencia del feudo.

Véase Imperio carolingio.

El apogeo del feudalismo

El componente público del término feudo acabó desapareciendo cuando el último gran representante (al menos el único en intentarlo) de un poder centralizado, el Imperio carolingio, desapareció de la faz de Europa para dar lugar a un inmenso mosaico de pequeños reinos o principados. Así pues, durante la época de eclosión del feudalismo, durante los siglos XI, XII y XIII, el feudo fue un bien que se concedía con carácter privado y, por supuesto, a cambio de servicios privados. También desde esta misma época resulta totalmente imposible separar el concepto feudo del denominado ‘régimen feudal’. El cambio de esencia se vio acompañado, además, de otros dos importantes factores que se derivaron de la fragmentación del poder en la Europa medieval: la ascensión de una aristocracia dirigente, la nobleza, a las capas más altas de la pirámide social y, en segundo lugar, un fenómeno de expansión económica y territorial en todo el territorio europeo que posibilitó el nuevo cambio de relaciones sociales: los vínculos feudo-vasalláticos. En este sentido, el otorgante del feudo, el señor, solía ser un miembro de esa oligarquía nobiliaria mientras que el beneficiario del feudo, el vasallo, era normalmente un hombre libre, al igual que el señor, pero situado por lo general en un escalafón social inferior.

El intercambio del feudo por el vasallaje llevaba aparejado toda una serie de contrapartidas que ambos firmantes se comprometían a realizar mutuamente: por parte del vasallo, las obligaciones eran las de auxilium et consilium (‘ayuda y consejo’), generalmente de carácter militar pero no únicamente; por parte del señor, la concesión del feudo era todo lo que le obligaba el vínculo.

Ni que decir tiene que el pacto feudal se acicalaba con todo un complejo ritual, en el que lo sagrado y lo profano se unían intrínsecamente, llamado homenaje, prestado por el vasallo a su señor. Previamente al homenaje o bien de manera posterior (la tipología es muy variada según los diversos territorios europeos), el acto mediante el cual el señor concedía el feudo se denominaba investidura. Una vez realizados investidura y homenaje, se procedía a sacralizar el contrato feudo-vasallático mediante el correspondiente juramento. El lazo personal del contrato era, como es lógico suponer, estrechísimo entre los vinculados, toda vez que la concesión de un feudo solía convertirse en la cesión, en usufructo (nunca en propiedad), de unas tierras para su cultivo. En este punto, es obligado distinguir con precisión este tipo de tenencias, con un marcado carácter nobiliario, de las tenencias campesinas a censo, es decir, las que llevaban aparejadas una cantidad, en dinero o en especie, por su disfrute y que reciben el nombre de manso.

Características y evolución del feudo

A partir del siglo XIII la concesión de un feudo, esto es, el vínculo feudo-vasallático, comenzó a generalizarse de tal manera que llegó a perder su esencia inicial para transformarse, según el lógico cambio de los tiempos, en algo muy parecido a los ‘mansos’ que anteriormente se han distinguido.

El primer cambio producido fue, en general, la supresión de las obligaciones militares por parte del vasallo para con su señor: son los llamados feudos francos. En segundo lugar, los tributos en dinero que los señores exigían a sus vasallos tras la concesión del feudo no era, de facto, una situación mucho más distinta que la de las tenencias a censo campesinas. Otro de los cambios sustanciales fue que, como ya se ha citado anteriormente, había cierta unanimidad en asociar la concesión de un feudo a la cesión de unas tierras señoriales para usufructo del vasallo. En líneas generales, esto ocurrió así durante toda la plenitud medieval, pero ello no excluyó que, por ejemplo, el feudo fuese también la concesión de cualquier elemento derivado de la propiedad de la tierra, o cualquier cesión del ban señorial al vasallo, como podían ser los impuestos (tallas señoriales o diezmos eclesiásticos), derechos diversos (peaje o acuñación de moneda) y también el ejercicio de las prerrogativas judiciales. Ocurrió que en los últimos tiempos medievales, al haber escasez de tierras una vez acabados los procesos de expansión territorial de la Plena Edad Media, la práctica de la cesión de parte del ban señorial se generalizó, pues no había tierras para enfeudar.

El paroxismo es esta clase de cesión la constituyeron los llamados feudos de bolsa o feudos de cámara. Esta concesión señorial al vasallo no tenía, absolutamente, ninguna base territorial, puesto que únicamente se trataba de un salario que el señor pagaba a sus vasallos. Sin embargo, los rituales del pacto feudo-vasallático, esto es, investidura, homenaje y juramento, continuaban siendo acatados por todos los elementos de la sociedad medieval.

Otro nuevo estadio de la evolución bajomedieval del feudo fue el casi absoluto control que los vasallos comenzaron a hacer de la concesión señorial. En principio, la investidura de un feudo tenía previsto su reversión al ban señorial en el caso de que el vasallo incumpliese las condiciones pactadas, pena denominada en época medieval con el nombre de felonía. Durante los siglos XIII, XIV y XV esta cuestión, vital en la esencia tanto del feudo como de los vínculos feudo-vasalláticos, fue solapada como una mera anécdota teórica que jamás se cumplía, lo que marcó el camino del feudo hacia su conversión en un usufructo hereditario. De esta manera, cuando el vasallo fallecía su heredero se aprestaba a renovar el homenaje con el señor de su padre.

Aunque tácitamente el señor se podía negar, la crisis de las rentas señoriales acontecida desde el siglo XIV hizo que, muchas veces, los señores feudales aceptasen de buen gusto el relevium, pago que el nuevo vasallo depositaba en metálico a las arcas señoriales como tasa de sucesión. Piénsese, por ejemplo, que el heredero del vasallo podía ser una mujer o un niño, algo totalmente contradictorio si se tiene en cuenta que la esencia de las contrapartidas del vasallo para con su señor, el auxilium et consilium, eran de origen militar.

Desde la hereditabilidad recién adquirida, el feudo pasó a convertirse en una pseudopropiedad del vasallo, pues éste podía infeudarla (concederla en feudo a otro vasallo, denominado valvasor, que era vasallo de vasallo), enajenarla y, finalmente, venderla, siempre y cuando tuviese el beneplácito del señor y a cambio de pagar una tasa denominada laudemio. El grado de evolución final del feudo lo describe acertadamente Bonnassie: “al señor sólo le quedaba la posibilidad de ponerse en el lugar de un comprador eventual, en virtud de un derecho preferente de compra llamado retracto feudal”. (Op. cit., p. 99). Perdida toda la esencia del vínculo feudo-vasallático, las condiciones del feudo pasaron a ser reguladas como una mera compra y venta desde el siglo XVI, cuando el afianzamiento de la burguesía como clase emergente y el fortalecimiento de las monarquías como órganos centralizados de gobierno minaron las bases sociales sobre las que tales vínculos se sostenían.

Particularidades hispánicas en relación al feudo

Por lo que respecta al uso del feudo como concesión articuladora de las relaciones feudo-vasalláticas, la península Ibérica presenta unas particularidades sobradamente conocidas debido a sus especiales características histórico-sociales. Ello ha dado lugar a un amplio debate entre los partidarios del concepto feudalismo en su sentido más amplio y los que prefieren aplicarlo con una mira mucho más restringida, únicamente dirigida a las obligaciones de tipo militar. Dentro de esta última corriente el principal representante ha sido el insigne Claudio Sánchez Albornoz, para quien, salvo en la zona de Cataluña (por la influencia carolingia), nunca hubo en España relaciones feudales plenas y, por ende, la concesión de feudos nunca participó de las mismas características que en el resto de Europa. Por el contrario, los defensores de la concepción amplia del término ‘feudalismo’, entre los que se puede citar al prestigioso Abilio Barbero, las relaciones de dependencia a todos los niveles presentan casos similares a los vínculos feudo-vasalláticos europeos. En cualquier caso, la polémica, expresada a través del debate académico, cada vez tiene más puntos de convergencia y hay que remitir a otro lugar para acaparar todos los puntos de vista.

La principal particularidad que presenta el feudo hispánico es una acusada ausencia del componente militar en cuanto a las contrapartidas del vasallo. No se trata de que éste no debiese prestar ese tipo de ayuda, sino que la especial coyuntura histórica de la Península (la presencia del enemigo islámico) funcionó como motor para que la defensa territorial se plantease sin necesidad de acometer complejos rituales y vínculos. En Castilla, por ejemplo, la palabra ‘feudo’ se utilizó como sinónimo de beneficio o prestimonio, con la particularidad de que la concesión de un beneficio, feudo o prestimonio no llevaba aparejada, en esencia, la condición de vasallo al receptor de tal beneficio. Por otro lado, el feudo casi nunca se convirtió en hereditario, sino que los señores feudales conservaron todas sus prerrogativas casi a lo largo de toda la época medieval. En estos casos hay que hacer una salvedad con los reinos de Aragón y Navarra, además de la ya citada excepción de Cataluña, pues la influencia europea fue mucho mayor y sí se convirtieron los feudos en hereditarios generalmente.

Temas relacionados

Ban.
Feudalismo.
Edad Media.
Vasallaje.
Señorío.

Bibliografía

BARBERO, A. VIGIL, M. La formación del feudalismo en la península ibérica. (Barcelona: Crítica, 1978).
BLOCH, M. La sociedad feudal. (México: UTEHA, 1958).
BONNASSIE, P. Vocabulario básico de la historia medieval. (Barcelona: Crítica, 1983).
GANSHOF, F.L. El feudalismo. (Barcelona: Ariel, 1979).
GARCÍA DE VALDEAVELLANO, L. El feudalismo hispánico. (Barcelona: Ariel, 1981).
VALDEÓN BARUQUE, J. El feudalismo. (Madrid: Historia 16, 1992).

OPR

 (1)[Historia] Clases de feudos.

Feudo de cámara.

El que está constituido en renta anual de dinero sobre la hacienda del señor, inmueble o raíz.

Feudo franco.

El que se concede libre de obsequio y servicio personal.

Feudo impropio.

Aquél al que falta alguna circunstancia de las que pide la constitución del feudo riguroso, como el feudo de cámara, el franco, etc.

Feudo ligio.

Aquél en que el feudatario queda tan estrechamente subordinado al señor que no puede reconocer otro con subordinación semejante, a distinción del vasallaje en general, que se puede dar respecto de diversos señores.

Feudo propio.

Aquél en que concurren todas las circunstancias que pide su constitución para hacerlo riguroso, como el feudo ligio, el recto, etc.

Feudo recto.

El que contiene obligación de obsequio y servicio personal, determinado o no.

FEUDO

Fuente: Britannica

So, what do you think ?