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Definición de Figuras retóricas

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 Concepto y generalidades

Bajo la etiqueta de “figuras retóricas” (también conocidas a veces como “recursos o procedimientos estilísticos” e, incluso, como “colores”, “ornatos” o, en latín, “ornatus”) se engloban todas aquellas fórmulas fijas del lenguaje que, tanto en su uso oral como en la práctica escrita (de naturaleza o no literaria), permiten obtener una serie de efectos expresivos encaminados a producir fines de muy diversa índole (estéticos, humorísticos, ingeniosos, ofensivos, repulsivos, etc.), pero que tienen en común su intención de captar la atención del receptor después de haber causado su extrañeza mediante una alteración del orden, la pronunciación o el significado habitual de las sílabas, las palabras o el resto de los elementos que conforman el mensaje.

Es precisamente este efecto de extrañeza sobre el propio vehículo de la expresión lo que sitúa a las figuras retóricas dentro de la denominada función poética del lenguaje, tradicionalmente definida -dentro de la más elemental teoría de la comunicación- como “la encargada de embellecer el mensaje”, y perfilada -a raíz, sobre todo, de un esclarecedor trabajo del lingüista moscovita (aunque nacionalizado estadounidense) Roman Jakobson-, como el procedimiento mediante el cual, cuando se escribe un texto con una voluntad creativa, no sólo se selecciona cada uno de los términos que lo componen entre varias palabras posibles, sino que, además, se realiza la selección definitiva de cada uno de ellos en función de las restantes voces que constituyen la totalidad del mensaje, con el propósito de conseguir un determinado efecto fónico (es decir, relacionado con el sonido), sintáctico (o sea, relativo al orden de los elementos que conforman la oración) o semántico (y referido, por tanto, al significado de las palabras y oraciones). Tal vez el ejemplo que, entre los lectores ajenos al ámbito de la lingüística, mejor ilustre este proceder de la función poética sea el de la rima, que exige al poeta que la construye elegir una serie de palabras no sólo atendiendo a lo que desea expresar por medio de ellas (es decir, a la selección normal que regula cualquier otra comunicación carente de fines artísticos), sino también al resto de las palabras con las que tienen que relacionarse para alcanzar ese efecto fónico perseguido (en este caso, la coincidencia entre los sonidos finales de los distintos versos que configuran un poema rimado).

Pero, antes incluso que en los textos literarios, las figuras retóricas se detectaron, observaron y estudiaron por su recurrencia en los discursos de políticos, maestros, abogados y demás personas acostumbradas, por exigencias de su oficio, a pronunciar en público largas alocuciones. De ahí procede precisamente su designación tradicional, ya que estos oradores eran conocidos en la Grecia clásica con el nombre de “rétores”; y de ahí también se deriva la pervivencia y el rendimiento de numerosas figuras retóricas en todos los registros del lenguaje hablado, desde el culto hasta el familiar y el vulgar. No es de extrañar, por ende, que el hablante esté continuamente recurriendo a las figuras retóricas en su vida cotidiana, aun cuando desconozca el nombre y la definición de todas ellas; y así, se sirve de la metáfora en expresiones como “eres un cielo”, de la metonimia al hablar del “cuello de la camisa”, de la sinécdoque cuando se refiere a las “cabezas de ganado”, y -entre otros muchos usos habituales de las figuras retóricas- de la antonomasia cuando afirma de alguien que “está hecho un Nerón”.

Del mismo modo, el lenguaje periodístico recurre una y otra vez a la eficacia expresiva de estos recursos lingüísticos. Por ejemplo, en una oración tan breve (y tan leída o escuchada en cualquier información deportiva) como “el cuero besó las mallas” hay, simultáneamente, presencia doble de la sinécdoque (“cuero” en lugar de balón, es decir, designación de una realidad por medio de la materia que la compone; y “mallas” en lugar de portería, o sea, referencia a un objeto aludiendo sólo a una de las partes de que consta), de la personificación o prosopopeya (pues se atribuye a un objeto inanimado, como es un balón, una acción propia de seres humanos, como es la de besar) e, incluso, de la metáfora (ya que el contacto entre el balón y las redes de la portería es identificado con un beso). Además, el lenguaje de la publicidad, cuya principal finalidad es la de llamar la atención del receptor, ha sabido aprovechar la eficacia de las figuras retóricas a la hora de causar extrañeza y conseguir así una mayor fijación del mensaje -en este caso, el slogan publicitario- en la memoria de quien lo recibe. Repárese, por ejemplo, en el empleo de la hipérbole (o exageración extrema) en “Naranjada Casera. Para la sed monstruosa”; en el uso continuo de la metáfora (“Rolex de acero: la caja fuerte”), la antítesis (“Un poco de Magno es mucho”) y los más variados juegos de palabras (“Películas Kodak súper 8, para no hacer un rollo de película”); y, desde luego, en la apelación constante a los recursos fónicos, como la rima (“¿Qué hora es? La hora 103″; “Nocilla, ¡qué merendilla!”) y la aliteración (o acumulación de sonidos iguales en una misma frase, como el eco de la “j” en “Rebajas de menaje”, o la machacona insistencia de la bilabial sonora en “Bono bueno el Bono-Bus”).

Cabe recordar, asimismo, el contacto directo del hablante con las figuras retóricas a través de su asombrosa recurrencia en las más variadas formas del acervo folclórico paremiológico y literario, desde los refranes, modismos y frases hechas, hasta las coplas tradicionales, las canciones infantiles o las adivinanzas. La inagotable amplitud y variedad de la metáfora sustenta expresiones tan conocidas y usadas por todos como “caen chuzos de punta” o “tiene muchos humos”; pero otras figuras menos conocidas -como puede serlo el calambur- dan pie, en cambio, a algunos juegos de palabras tan populares y extendidos entre todos los hablantes como los de las adivinanzas “oro parece, plata no es” y “Este banco está ocupado / por un padre y un hijo. / El padre se llama Juan / y el hijo ya te lo he dicho”, donde las respectivas soluciones (“plátano” y “Esteban”) quedan explícitas en el mismo enunciado de la adivinanza, en virtud de ese recurso consistente en dar lugar a una palabra o idea uniendo sílabas de dos palabras contiguas (“plata+no” y “Este+ban”).

Con todos estos ejemplos queda, pues, bien patente que la utilización de las figuras retóricas no es privilegio exclusivo, en modo alguno, de los textos literarios ni del registro culto o elevado del lenguaje. Sin embargo, es su empleo con mayor rigor e intensidad por parte de los escritores lo que aconseja ejemplificar cada una de las figuras (y así se hace, en esta Enciclopedia Universal, dentro de los artículos dedicados a cada una de ellas) con textos de naturaleza literaria, en los que resulta fácil señalar la utilización intencionada de cada uno de estos recursos por parte de un autor culto que conoce a la perfección el alcance de su eficacia expresiva. Conviene añadir, además, que este empleo culto y estético de las figuras no implica, en modo alguno, la aparición en el mensaje de esa complejidad que ha llevado a muchos hablantes a utilizar el adjetivo “retórico” para señalar con él algunos vicios de la elocución como la hinchazón, la oscuridad o la pedantería; véase, al respecto, cómo en tan sólo cinco versos un poeta de la talla de San Juan de la Cruz es capaz de acumular un número insospechado de figuras retóricas sin dejar por ello de expresarse en un lenguaje de claridad meridiana:

“¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada”.

Se aprecia, en efecto, en primer lugar y de manera bien visible el empleo del apóstrofe (o interpelación emotiva a un ser u objeto distinto del destinatario normal del texto) en esa reiterada exclamación dirigida a la noche, e igual de evidente parece la utilización de la rima. Pero también resulta patente la anáfora (o reiteración de la cláusula inicial) en los tres primeros versos: “¡Oh noche […]. / ¡Oh noche […]. / ¡Oh noche […]”; el hipérbaton (o alteración del orden normal en la construcción oracional): “amable más que la alborada”, en lugar de “más amable que la alborada”; el poliptoton (o repetición de elementos similares que corresponden a diversas formas de una misma raíz léxica): “amable”, “amado”, “amada”; el paralelismo sintáctico y morfológico: “¡Oh noche que + verbo en pretérito indefinido / […] / ¡Oh noche que + verbo en pretérito indefinido”; la anadiplosis (o comienzo de una frase o verso con la misma palabra en que acaba la frase o verso anterior): “amado con amada / amada en el […]” ; y desde luego, el quiasmo (o disposición sintáctica en forma de equis): “amado con amada, / amada en el amado […]. Hay que anotar, asimismo, el uso del símil o comparación (en grado de superioridad) en “noche amable más que la alborada”; y, como nos enseña el contexto en que está inserta esta breve y sencilla -pero densa en recursos retóricos- estrofa, la doble metáfora que está identificando al Ser Supremo y el alma del poeta con la pareja de enamorados designados -respectivamente- como “amado” y “amada”, dentro de una sostenida alegoría (o metáfora continuada) en la que la noche representa -según las interpretaciones místicas del poema- esa vía de unión entre el alma y Dios, o -según otras lecturas menos espirituales- la “ausencia o superación del conocimiento intelectual, del conocimiento de las cosas o circunstancias (materiales o no) que se alcanzan mediante la razón especulativa” (Domingo Ynduráin, en su “Introducción” a SAN JUAN DE LA CRUZ: Poesía [Madrid: Cátedra, 1984. pág. 217]. Un mero recuento de los recursos estilísticos detectados hasta ahora (apóstrofe, rima, anáfora, hipérbaton, poliptoton, paralelismo, anadiplosis, quiasmo, símil, metáfora y alegoría) permite comprobar que, en manos de un poeta avezado e inspirado como lo fue el carmelita, las figuras no sólo no suponen un obstáculo para la claridad y el entendimiento del mensaje, sino que consiguen realmente ese objetivo suyo de causar extrañeza sin distraer por ello la atención que el lector debe dedicar al contenido.

Clasificación

El ejemplo recién propuesto sirve también para ilustrar la variedad de figuras y la diferente naturaleza que se observa entre algunas de ellas, pues bien se echa de ver que unas ponen de manifiesto ciertas peculiaridades que sólo pueden darse en el nivel fónico de la lengua (el que comprende todo lo relacionado con los sonidos), mientras que otras sólo se producen en el nivel morfológico (el de las formas que adoptan las palabras), otras en el sintáctico (es decir, el referido al orden de la oración) y otras, en fin, en el semántico (donde queda englobado todo lo referido al significado). Tradicionalmente, los estudiosos de la retórica partían de esta división de la lengua en dichos niveles o sistemas para clasificar, a su vez, estos recursos estilísticos en dos categorías elementales: las figuras de dicción y las figuras de pensamiento. Dentro de las primeras -caracterizadas, grosso modo, por su empleo chocante del lenguaje- quedaban englobadas, por un lado, las destinadas a producir extrañeza en los planos fónicos y morfológicos (denominadas luego, con mayor precisión, metaplasmos), como la aliteración, la paronomasia, la antanaclasis y el calambur; y, por otra parte, las que aplican sus artificios extrañadores al nivel sintáctico (es decir, las metataxis), como el asíndeton, la elipsis, el zeugma, la aposiopesis, el polisíndeton, la anadiplosis, la anáfora, la epanalepsis, la epífora, la epanadiplosis, el poliptoton, la enumeración, la gradación, el paralelismo, el quiasmo y el hipérbaton. Y dentro las figuras de pensamiento -todas ellas operativas en el plano semántico, por lo que su fuerza chocante está en el contenido más que en el sonido, la forma o la disposición de las palabras, que podrían ser sustituidas por otras similares sin que la figura desapareciese-, estaban los tropos (luego llamados también metasememas), como la metáfora, la metonimia y la sinécdoque; y las que luego fueron designadas como metalogismos, entre las que hay que citar el apóstrofe, la interrogación, la antítesis, el oxímoron, la paradoja, la lítotes, la ironía, la comparación, la hipérbole y la preterición.

En párrafos inferiores se abordará esta división moderna de las figuras retóricas en metaplasmos, metataxis, metasememas y metalogismos, y se ampliará esta clasificación con nuevas y más complejas y enriquecedoras subdivisiones. Pero antes, resulta obligado reproducir la clasificación tradicional de las figuras retóricas, pues son muchos los autores y los manuales contemporáneos que siguen apelando a su mayor difusión y sencillez:

Clasificación tradicional

A partir de esa primera división elemental en figuras de dicción y figuras de pensamiento, la retórica tradicional ha llegado a elaborar una propuesta clasificatoria mucho más detallada y precisa, en la que se aprecian los seis apartados siguientes:

- Figuras de pensamiento: llamadas así por concernir a un enunciado completo. Son la antítesis, la perífrasis, la hipotiposis, la reticencia, la preterición, la ironía, el epifonema, la imprecación, la deprecación, la exclamación, la prosopopeya, la interrogación y el apóstrofe.

- Tropos o figuras de significación: denominadas así por concernir al cambio de sentido de una palabra o un sintagma. Son la metonimia, la sinécdoque, la metáfora, la antonomasia, la hipérbole o la lítotes.

- Figuras de dicción: reflejan alguna modificación en la forma de las palabras. Son figuras como el anagrama, la paragoge, la aféresis, la metátesis o la apócope.

- Figuras de elocución: se interesan por la elección de los vocablos más adecuados para expresar un enunciado. Son todas las formas de iteración (epanadiplosis, anáfora, epífora, anadiplosis, epanalepsis, epizeuxis, anástrofe o antimetábole), la sinonimia, el asíndeton, el polisíndeton, el epíteto, la amplificación, etc.

- Figuras de construcción: atañen al orden de las palabras en la oración. Son el hipérbaton, la anáfora, la elipsis, el zeugma, el quiasmo, etc.

- Figuras de ritmo: conciernen al aspecto fónico de las palabras. Son la onomatopeya, la aliteración, la jitanjáfora, el tautograma, etc.

Clasificación del Grupo µ

La perspectiva tradicional consideraba que la retórica se basaba en las figuras para subvertir el lenguaje, desviándolo de su uso normal. Lo paradójico es que éstas son tan abundantes en la lengua cotidiana, que la desviación parece convertirse en lo normal; a ello hay que sumar el hecho de que no todas las figuras conllevan una desviación, por lo que autores como G. Genette y F. Lázaro Carreter han cuestionado dicha visión tradicional, ante la imposibilidad de definir un patrón claro de desviación. A partir de ésta y otras revisiones han surgido otras clasificaciones; de entre todas, la más aceptada es la propugnada por el llamado “grupo µ”, que distingue las siguientes divisiones:

- Metaplasmos: modificaciones que afectan a las palabras o a elementos inferiores a ellas, en lo tocante a su expresión.

- Metataxis: modificaciones que afectan a la oración.

- Metasememas: modificaciones que afectan a las palabras, en lo que se refiere a su significado.

- Metalogismos: modificaciones en la lógica de la oración.

Estas cuatro áreas pueden someterse a su vez a cuatro alteraciones, a saber: adición (simple o repetitiva), supresión (total o parcial), supresión-adición (parcial o total) y permutación. Combinando todas las posibilidades, obtendremos la siguiente clasificación:

- Metaplasmos por supresión total: espacio en blanco.
- Metaplasmos por supresión parcial: síncopa, sinéresis, aféresis y apócope.
- Metaplasmos por adición simple: diéresis, epéntesis, paragoge y próstesis.
- Metaplasmos por adición repetitiva: paronomasia, reduplicación, rima y aliteración.
- Metaplasmos por supresión-adición parcial: calambur y equívoco.
- Metaplasmos por supresión-adición total: neologismos, arcaísmos.
- Metaplasmos por permutación: anagrama y metátesis.

- Metataxis por supresión total: zeugma, asíndeton, elipsis y parataxis.
- Metataxis por supresión parcial: truncamiento de la oración.
- Metataxis por adición simple: concatenación, paréntesis y enumeración.
- Metataxis por adición repetitiva: repetición, polisíndeton y simetría.
- Metataxis por supresión-adición parcial: silepsis y anacoluto.
- Metataxis por supresión-adición total: quiasmo.
- Metataxis por permutación: hipérbaton, tmesis e inversión.

- Metasememas por supresión parcial: sinécdoque y antonomasia generalizadoras, comparación y metáfora en presencia.
- Metasememas por adición simple: sinécdoque y antonomasia particularizadoras.
- Metasememas por supresión-adición parcial: metáfora en ausencia.
- Metasememas por supresión-adición total: metonimia.
- Metasememas por supresión-adición negativa: oxímoron.

- Metalogismos por supresión total: reticencia, suspensión y silencio.
- Metalogismos por supresión parcial: lítotes.
- Metalogismos por adición simple: hipérbole.
- Metalogismos por adición repetitiva: pleonasmo, antítesis e iteración.
- Metalogismos por supresión-adición parcial: eufemismo.
- Metalogismos por supresión-adición total: alegoría, fábula y parábola.
- Metalogismos por supresión-adición negativa: ironía, antífrasis y paradoja.
- Metalogismos por permutación: inversión cronológica o lógica.

JRF

FIGURAS RETÓRICAS

Fuente: Britannica

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