Atlas & Maps

Definición de Italia: Literatura

0

 Historia de la literatura y la lengua italianas.

Preliminares de una alta complejidad lingüística: el caso del italiano

Por italiano, o lengua italiana, se entiende hoy por hoy el sistema lingüístico, de origen neolatino, hablado mayoritariamente en Italia por los habitantes y miembros de dicho país.

Dentro del código del italiano, en manera más acusada que en cualquier otra comunidad lingüística, hay que tener en cuenta las correspondientes variedades sociales que conforman el rico y variado conjunto de manifestaciones y de posibilidades comunicativas presentes en la Península Itálica.

La complejidad y riqueza lingüística del italiano, en donde variedades diatópicas, diastráticas y diafásicas se entremezclan en un entramado y complejo abanico diasistemático, es de índole histórico. Hay que rastrear, por lo tanto, su origen a lo largo de la historia de la lengua italiana.
Para poder llegar a comprender qué se entiende hoy por italiano y cuál es la gama de su amplísimo repertorio será necesario emprender un viaje a contracorriente que pueda explicar las causas sociales, políticas e históricas que han dado lugar a la complejidad lingüística italiana.

No hay que olvidar que el italiano, como lengua nacional, es, realmente, muy joven; como también lo es la formación y consolidación del Estado italiano como unidad política y nacional. Sólo a partir de la segunda mitad del siglo XIX se puede hablar de unificación y formación de un moderno Estado nacional, y, por tanto, sólo a partir de la segunda mitad del XIX se puede hablar de lengua italiana, entendida como modelo lingüístico unitario.

Después de 1861, Italia necesita una lengua verdaderamente nacional. Se recurre, entonces, a la aceptada y prestigiosa tradición áulica del florentino-toscano, tradición que, desde el Cinquecento, había consolidado el florentino como la lengua de la comunicación escrita y literaria en todo el ámbito interterritorial.

Tras la unidad de Italia, el gobierno y los intelectuales italianos se vuelven a plantear la renovación real de una lengua de cultura que, en este caso, aparte de ser vehículo escrito de comunicación literaria, sirva también como modelo real de comunicación social y vital para todos los italianos. Sólo tras recientes experiencias políticas y económicas de trascendencia nacional e internacional, la sociedad italiana empieza a sentirse un país, y sus ciudadanos experimentan la verdadera necesidad de recurrir a un mismo código lingüístico de comunicación social y política.

Tras este breve exordio se abren, sin embargo, interrogantes acerca de la historia lingüística italiana que exigen una reflexión más atenta en relación con la historia social y cultural de dicho país. La problemática lingüística de Italia arranca, por tanto, de los orígenes mismos del nacimiento, formación y consolidación románica de los distintos dialectos del latín; es decir, es una problemática sociolingüística heredada, prácticamente, desde la Alta Edad Media que se consolida, en el siglo XIII, con las llamadas “ciudades-estado” de la época comunal y que, a pesar de los esfuerzos de unificación lingüística elitista llevados a cabo en el Renacimiento y el bilingüismo (con la consiguiente diglosia), ha acompañado a la vida de los italianos hasta, prácticamente, las últimas décadas del siglo XX.

A través de la Alta Edad Media: los primeros pasos del uso del vulgar en Italia. Consideraciones previas

Sin lugar a dudas, los problemas genealógicos de la diversidad lingüística italiana tienen su primer y más remoto origen en la época prelatina, en los diversos dialectos anteriores a la imposición del latín en toda la Península Itálica.

Estas lenguas prelatinas, sustratos del latín, configuran, claramente, el primer sesgo diferenciador con respecto a la norma del latín clásico-escrito. Tras la caída del Imperio Romano, con el consiguiente desvanecimiento de la norma del latín culto y la correspondiente eclosión de las tendencias lingüísticas populares del latín hablado-vulgar (primer paso necesario para el nacimiento de los diferentes vulgares), los fenómenos de sustrato se muestran como los responsables más directos de las distintas variedades lingüísticas regionales en la diversificación romance y, en el caso que nos ocupa, en la diversificación regional del italiano.

En relación con el fenómeno del sustrato, la Península Itálica presenta un panorama geolingüístico de gran interés, ya que, dada su longitud y posición territorial, en ella confluyeron las más diversas lenguas prelatinas, algunas incluso de origen no indoeuropeo. Dichas lenguas, de norte a sur, fueron dejando huellas lingüísticas notablemente divergentes con respecto al latín, hasta tal punto que sus distintas resoluciones han permitido trazar actualmente, dentro del dominio geográfico de la Península Itálica, la gran línea divisoria del territorio romance: la famosa isoglosa “La Spezia-Rimini”, que divide en dos la Romania, la occidental y la oriental (véase lenguas románicas).

A estas tendencias diversificadoras con respecto al modelo unificador del latín escrito hay que añadir, tras la caída del Imperio, otras dinámicas que favorecieron el desarrollo de las propias tendencias internas al cambio lingüístico, ya presentes en el latín vulgar: la revolución social del cristianismo, favorecedor de la expansión del sermus vulgaris, y los distintos influjos lingüísticos exteriores a la problemática itálica. Se trata del influjo germánico que, en los territorios septentrionales de la península, conectó con las resoluciones propias de los sustratos celtas, el influjo árabe y, sobre todo, el griego-bizantino, cuya presencia, en las zonas meridionales, ha dado lugar a una variedad lingüística muy alejada de las soluciones neolatinas correspondientes a las zonas centrales del territorio italiano.

Estos fenómenos de superestrato y adstrato ahondan también en la complejidad lingüística del territorio italiano desde los mismos orígenes de sus primeras manifestaciones vulgares. Hasta tal punto dichos fenómenos inciden en esta complejidad que, aparte de la línea divisoria romance ya indicada, otra segunda segmentación atraviesa el territorio italiano: la isoglosa “Roma-Ancona”, que traza una división marcadamente diferenciadora entre los dialectos italianos del sur y los del norte. Sus consecuencias son principalmente de orden interno con relación al actual mapa dialectal italiano. En consecuencia, fenómenos lingüísticos de orden románico gravitan, como es lógico, sobre la compleja situación dialectal italiana, cuya riqueza y diversidad tienen ya su origen en fenómenos románicos, e incluso prerrománicos.

Mientras en otras zonas del territorio románico, como por ejemplo España o Francia, la implantación de instituciones de gran trascendencia histórico-social —como la corte imperial, la Iglesia, la actividad mercantil o la empresa militar de la Reconquista— actúa como fuerza unificadora en la difusión del vulgar, en Italia su aparición autónoma e independiente con relación al uso del latín es, considerablemente, más tardía. No es casual que haya que esperar a la corte siciliana de Federico II, en pleno siglo XIII, para que una lengua neolatina trascienda los usos prácticos y se eleve a rango artístico y literario.

Las razones de este retraso en la aparición del vulgar italiano son de diversa índole. Por una parte, no debe olvidarse que, en Italia, se encuentra el centro neurálgico de la Iglesia de Roma. Por consiguiente, al ser el latín la lengua eclesiástica, es comprensible la fuerza que dicha tradición lingüística y cultural tuvo para Italia, hasta el punto de poderse hablar de freno en el avance y desarrollo del vulgar. Por otro lado, es posible que los motivos de dicho retraso se deban también a su fragmentación política y a la falta de potentes instituciones estatales sobre las que cimentarse una actividad social y económica propulsora del desarrollo y difusión de los distintos romances. Cuando tales condiciones se dan finalmente, en el siglo XIII, el uso del vulgar impregna, con su potencia lingüística y literaria, toda la vida italiana en época comunal. Nacen los poetas, y nace Dante Alighieri, “el padre de la lengua italiana”.

Durante la Edad Media, en Italia no desaparece, sin embargo, la tradición cultural del Imperio. Por consiguiente, se asiste a la continua latinización de la clase dirigente longobarda, cuyos centros capitales son Pavia, en el norte, y Montecassino, en el sur (este último destaca como centro de fusión cultural entre la tradición eclesiástica y la longobarda). Como es de esperar, por tanto, los primeros testimonios del vulgar italiano aparecen de forma marginal, y están ligados a dos típicas realidades textuales de particular uso pragmático y sociolingüístico: la jurídica y la religiosa.

Los primeros pasos en el uso del vulgar escrito en Italia

A pesar de ser el indovinello veronese, en el siglo IX, el primer documento conscientemente realizado en italiano, este texto, sin embargo, no contiene finalidad práctica alguna. Es necesario esperar al año 960 para encontrar el primer documento oficial en el que se recurre al uso del vulgar con una finalidad de comunicación práctica: el placito de Capua. Se trata de la primera de una serie de fórmulas de juramento notarial, insertas en textos enteramente escritos en latín, cuya finalidad pragmática inmediata reside en aclarar, mediante el vulgar, los puntos de mayor trascendencia jurídica en relación con la defensa de una de las partes implicadas en el pleito. Respecto al indovinello veronese ha habido un gran salto. Para hacer válido el acto jurídico, el juez se ve en la necesidad comunicativa de usar, en el punto más importante del documento, una lengua comprensible por todos los participantes en la causa; incluso para quienes no conocen el latín, pero que, sin embargo, como testigos, son llamados a pronunciar el juramento.

El uso del vulgar posee en este caso, con toda la fuerza performativa de cualquier juramento, una validez lingüística en sí misma, independiente de la lengua de prestigio dentro de la que el juramento se incluye. Gracias a estas fórmulas notariales, todas ellas escritas bajo el influjo del modelo de Capua, se puede conocer más de cerca la situación sociolingüística compleja en la que vivían los distintos vulgares en Italia a partir del siglo X, una situación que se movía bajo el signo del bilingüismo y de la diglosia.

En consecuencia, se puede decir que el vulgar se abre paso con respecto al latín como muestra real de comunicación social de unos ciudadanos que, en el habla común de todos los días, ya no reconocen ni se reconocen en el latín. El latín ha quedado reservado para la escritura, para la ley y para usos institucionales. La lengua oral pasa por otra dimensión comunicativa. Ha surgido otra lengua diferente del latín, aunque éste haya sido su origen.

En el caso de las fórmulas de juramento del texto de Montecassino, nos encontramos con un ejemplo modelo de posteriores textos notariales que no hacen sino reflejar un nuevo bilingüismo. En todos estos casos, el letrado hace de intermediario, casi de traductor, entre las reglas del código de la lengua escrita y los intereses de sus clientes, que se expresan en vulgar. Por consiguiente, entre lengua escrita y lengua hablada se tiene que establecer una zona intermedia, hecha de acercamientos y de intentos de encuentro. Es decir, se ha creado un nuevo espacio lingüístico cuyos límites no son del todo claros ni están totalmente delimitados, pero dentro de los cuales deben moverse los profesionales que regulan la vida pública. De esta manera el latín romanceado, el latín plagado de “errores” atribuibles al escriba o al notario, puede ser considerado el primer intento real de reconocimiento escrito del recién nacido discurso oral romance.

Junto a los documentos de carácter jurídico escritos en romance, los textos religiosos representan una realidad vigorosa en el conocimiento del primer desarrollo e implantación del vulgar en Italia.

La labor de cohesión comunicativa entre elites culturales y capas populares ha sido una constante retórica en la labor doctrinal de la Iglesia. A lo largo de la Edad Media, la Iglesia fue la fuerza social más cercana a las clases populares, la única institución que se planteó, de manera constante, el problema de la comunicación con los “ignorantes”. No es por tanto de extrañar que la Iglesia fuera consciente, desde muy pronto, de la fractura lingüística entre latín y vulgar, y propugnara, en consecuencia con su doctrina, la necesidad de tender puentes entre ambas lenguas.

Una política lingüística tan inteligente como la de la Iglesia alcanza su punto culminante en la práctica pastoral y en la predicación que, frente a la rigidez litúrgica de la misa —dicha en latín—, se abría paso en el vulgar y en la realidad cotidiana del auditorio para quien se predicaba. No debe olvidarse que un momento crucial y definitivo para el acercamiento de la Iglesia a la realidad lingüística de la Edad Media tiene lugar, de forma institucionalmente unánime, en el siglo IX, con el Concilio de Tours (813), en el que se toma conciencia real de los problemas lingüísticos y se decide aconsejar a los obispos la traducción de las homilías a la lengua romana rústica o a la alemana para que todos puedan comprenderlas fácilmente. Entre todos los textos religiosos italianos escritos en vulgar, los más relevantes son los siguientes:

Siglo XI

— Una especie de mural, acompañado de su correspondiente scripta romana, que representa la pasión de San Clemente. Lo más interesante de dicho documento, considerado un primer intento de uso del vulgar con una cierta finalidad artística y narrativa, es la diglosia que acompaña los turnos de palabra de los distintos personajes del relato. Los personajes negativos de la historia, perseguidores y martirizadores de San Clemente, hablan en vulgar, y el santo lo hace en latín. En cierto modo, en esta especie de “cómic”, el vulgar es todavía usado más como dialecto que como lengua.

— La fórmula de confesión umbra, cuya finalidad no es artística ni expresiva, sino que, en la línea de los documentos notariales ya mencionados, muestra la finalidad práctica del uso vulgar que permite la comprensión entre fiel y confesor. Mediante la fórmula de carácter performativo, introductora del mismo acto de la confesión, el texto, que mezcla latinismos alternados con formas decididamente más vulgares, muestra de nuevo esa zona de transición en la que el escriba, que conoce tanto el latín como el vulgar, hace de intermediario entre la norma escrita y la comunicación práctica con hablantes no alfabetizados.

Siglo XII

— Los llamados ritmos: cassinese y de Sant’Alessio. Son poemillas de materia religiosa, aunque no de carácter litúrgico. Más bien podrían ser considerados exempla moralizantes que, representados en las plazas o en las cortes medievales por los clerici vagantes, cumplían la doble función de enseñar amenizando. La importancia de estos textos radica en su naturaleza narrativa de carácter moralizante. Son, por tanto, uno de los primeros pasos que da el vulgar hacia el desarrollo de la literatura.

El policentrismo y plurilingüismo en la Italia comunal

El siglo XIII es una época de capital importancia para la historia lingüística de Italia. A lo largo de él, en la Península Itálica tienen lugar transformaciones de orden socioeconómico y político cuya repercusión sobre la expansión, desarrollo y consolidación del vulgar son indudables.

En el Duecento hace aparición en la zona septentrional la potencia económica de una nueva clase emergente: la burguesía mercantil y comercial, que, junto con la burguesía artesanal y las recientes capas populares urbanas, crean un complejo tejido social urbano que permitirá, incluso en los momentos de máximo desarrollo comunal, hablar de un sistema político de representación muy cercano a la actual democracia.

Son los primeros pasos de lo que, en la historia de Italia, se conoce por época comunal. El desarrollo del comercio y la actividad mercantil, con la consiguiente formación de capas burguesas en las distintas ciudades más importantes del norte y del centro de la península, permite configurar un mapa político-administrativo plagado de poderosas y pujantes ciudades: Venecia, Génova, Pisa, Florencia, Bolonia, Siena, Perugia, etc., ciudades independientes entre sí, cada una dotada de su propio gobierno municipal autónomo. Se trata de las denominadas “ciudades-estado” italianas.

Como es lógico, dado el policentrismo político-administrativo, hay que hablar, por consiguiente, de su correspondiente plurilingüismo. Cada ciudad-estado tiene su propia “lengua” (dialecto del latín o vulgar), que no sólo usa con claros fines prácticos y comerciales, sino cuyo uso fomenta como bandera de su propia afirmación nacionalista.

En este sentido, es importante destacar el anónimo genovés del siglo XIII. Se trata de estrofas rimadas, escritas en un dialecto genovés del Duecento, en las que se cantan las glorias militares de Génova, en confrontación abierta con Venecia o con Pisa, y sobre todo se ensalza la belleza y la pujanza económica de esta ciudad. En la misma línea de afirmación de la cultura municipal del siglo XIII destaca la figura de Bonvesin de la Riva, divulgador de la cultura latina y adulador de las glorias comunales de Milán. Su lengua es el milanés del Duecento, y, aunque su registro estilístico recoja también el léxico elevado de la tradición latina o francesa, la tónica general de su escritura se sitúa en la línea local del milanés “medio” de la época. La temática y el género literario elegido rodean el texto de una cultura “popular” moralizante y didascálica. En el mismo tono moralizante, jocoso y didáctico cabe señalar la poesía de Giacomino da Verona, un buen ejemplo de uso del vulgar padano del siglo XIII. Lo mismo hay que decir de la poesía municipal, de finalidad pragmática evidente, de Guittone d’Arezzo, poesía ejemplar, política e ideológica de la Florencia de la segunda mitad del siglo XIII.

Por otra parte, el desarrollo y la complejidad social, aunada a la nueva pujanza económica, configuraron, en las ciudades-estado de la zona septentrional de Italia, un marco cultural y una visión del mundo alejada de los cánones vitales e imaginarios de la alta Edad Media. Una “revolución” social se está llevando a cabo en la época comunal, y, en consecuencia, se está produciendo también una alteración de los parámetros antropológicos e imaginarios precedentes. En dichas ciudades-estado, cuyo desarrollo comercial y cuya complejidad social permiten hablar de una sociedad evolucionada, se asiste a un crecimiento cultural importante, a un continuo proceso de laicización de la cultura, a un visión cada vez más “práctica” y más “edonista” de la vida, y, como consecuencia de todo esto, se asiste también, por parte de las clases burguesas, al nacimiento de un nuevo público lector capaz de degustar una literatura escrita en vulgar, una literatura que es epopeya del triunfo económico de la nueva sociedad mercantil.

Nace en el siglo XIII, por tanto, la prosa literaria italiana, los primeros textos narrativos en vulgar con una clara finalidad amenizante y promotora de la propia cultura.

La importancia lingüística y cultural del francés en la Italia septentrional del XIII

En la zona septentrional de Italia, donde los resultados lingüísticos de los distintos dialectos italianos quedaban enmarcados dentro del área occidental de la Romania, al norte de la isoglosa “La Spezia-Rimini”, la homologación ideológica y la ósmosis cultural de las capas burguesas no se llevó a cabo mediante el nacimiento de una prosa en vulgar italiano que cantara y ensalzara estas nuevas formas de vida. Esta narrativa de entretenimiento, que nace acompañada de las primeras acumulaciones de capital a mediados del siglo XIII, se desarrolla a través de otra lengua: el francés.

Desde el punto de vista lingüístico, la zona más septentrional de la Península Itálica se sentía unida al francés por su propia evolución diacrónica con respecto al latín. Por consiguiente, los textos en prosa de carácter fabuloso y aventurero, así como toda la tradición épico-caballeresca escrita en francés, eran perfectamente comprendidos y leídos en esta lengua. Por otra parte, el interés político de Francia sobre Italia y, más concretamente, la relación entre Francia y la región septentrional italiana, constituye una constante en la historia lingüística de esta última. No debe olvidarse, además, que los lazos comerciales entre ambas zonas configuraron una de las rutas comerciales más pujantes de la Edad Media.

Por esta razón, en toda la zona norte de Italia —y sobre todo en el Veneto, la zona más alejada de las soluciones galoitálicas— desaparece la posibilidad de elevar el dialecto a rango de lengua literaria. En todo caso, se llega a escribir una literatura híbrida entre francés y véneto, fruto de la fusión entrecruzada de ambos sistemas lingüísticos, fenómeno que se ha venido a denominar “literatura franco-veneta”. Piénsese en Libro de las maravillas del mundo (o Il Milione) de Marco Polo, que ha llegado a nosotros a través de una serie de versiones en el dialecto florentino-toscano, pero que, en un principio, fue escrito en francés. Un caso similar, aunque situado en otra zona geográfica italiana, es el de Brunetto Latini, quien escribió su primera versión de un tratado de sabiduría práctica medieval, el Tresor, primeramente en francés, y más tarde lo tradujo al florentino.

En este sentido, se puede afirmar que el francés sirvió de primer vehículo lingüístico cultural para el área norte de Italia. En consecuencia, si de una parte imposibilitó el desarrollo del vulgar septentrional italiano con fines literarios, por otra, a través de dicha lengua, se empezó a conocer a los clásicos latinos. Francia sirvió de filtro cultural para la entrada del mundo clásico en Italia.

En toda esta zona del norte de Italia, el francés fue de tal importancia y gozó de tal prestigio que, dadas las semejanzas lingüísticas con los dialectos del norte, impidió el desarrollo literario de los respectivos vulgares y el prestigio artístico que a éstos les hubiera correspondido.

El uso y desarrollo del vulgar en prosa

La prosa práctica en vulgar seguirá a lo largo del siglo XIII su curso. Cartas de mercantes, epistolarios e historias de vidas privadas de hombres de esta poderosa clase social constituyen los primeros testimonios, de una cierta consolidación, del desarrollo del vulgar prosístico.

Ahora bien: si en el norte de Italia, dadas las relaciones geográficas, lingüísticas y socioeconómicas con Francia, el avance del vulgar ilustre y literario se había visto frenado por la potencia del francés, en otra zona de Italia, la región centro-septentrional, el eje Bolonia-Florencia sí recurrió al uso del boloñés o del florentino como vehículos lingüísticos de alta comunicación literaria.

En Bolonia, en el año 1240, Guido Faba, notario y rector de la ciudad, propone aplicar las técnicas retóricas del ars dictandi latino al vulgar, y escribe obras como Gemma purpurea o Parlamenta et epistole. Al mismo proyecto de difusión de la retórica latina responde fray Guidotto, gramático boloñés, quien, en su obra Fiore di rettorica, versa en vulgar boloñés pasos fundamentales de la Rhetorica ad Herennium ciceroniana.

Si el boloñés cobra a partir de la segunda mitad del siglo XIII una gran fuerza lingüística, no puede compararse a la del florentino. En Toscana un cierto aislamiento geográfico y político había permitido la introducción de toda la riqueza cultural del francés, pero sin tanta fuerza de penetración como en el norte, hecho que permitió no anquilosar el propio desarrollo lingüístico ilustre de los distintos vulgares toscanos, entre los que destaca, ya desde el Duecento, el poderío del florentino, en cierta forma reflejo de la potencia económica que va alcanzando la ciudad de Florencia.

Por una parte, desde una perspectiva estrictamente dialectal, los dialectos toscanos, como la mayor parte de los centrales, pueden ser considerados variedades lingüísticas de transición entre los más septentrionales —situados al norte de la isoglosa “La Spezia-Rimini”— y los más marcadamente meridionales —ubicados al sur del eje “Roma-Ancona”. Esta es, sin duda, una poderosa razón de estricta lingüística interna, influyente en la posterior elección del florentino como la “lengua” de Italia a partir del siglo XVI. La posición intermedia del toscano entre los dialectos del norte y del sur favorece una cierta posibilidad comunicativa que engloba todo el abanico dialectal italiano.

Por otra parte, la Florencia del siglo XIII empezó a ser una de las ciudades más ricas y desarrolladas de la península. En consecuencia, en florentino se escribieron gran cantidad de textos en prosa cuyo carácter comunicativo no es estrictamente local ni práctico. Así, por ejemplo, Brunetto Latini, maestro de Dante, aparte del Tresor, traduce al florentino, por primera vez, De Inventione, de Cicerón. Es la primera traducción integral de un texto clásico. La consideración del florentino estará en auge a lo largo de todo el siglo XIII; a esta lengua se traducen numerosos textos clásicos (o, como se dice en italiano, “se vulgarizan”). Es decir, el vulgar florentino empieza a ser considerado una lengua dotada de dignidad lingüística, y, por tanto, capaz de expresar la sabiduría de los antiguos. Sin duda, éste es un paso decisivo en el reconocimiento del florentino como futura lengua nacional.

En la misma línea de excelencia lingüística, el florentino-toscano se hace lengua de la “ciencia” y de la historiografía. A Ristoro d’Arezzo se debe el primer tratado “científico”: Composizione del mondo. Las primeras crónicas vulgares de la historiografía italiana están escritas también en florentino-toscano: Cronichetta pisana, Cronachetta lucchese y, en torno a finales del siglo XIII, la Gesta florentinorom documenta el expansionismo regional de Florencia. En Florencia nace también Ricordano Malaspini, autor de Istoria fiorentina.

Ahora bien, la excelencia lingüística y cultural de la prosa florentina durante el siglo XIII llega a cotas más elevadas. En vulgar florentino se escribe el primer texto narrativo de un claro interés literario: el Novellino, conjunto de relatos o novelle que, a modo de exempla, narran la primera epopeya de la nueva clase mercantil en ascenso.

El ennoblecimiento poético del vulgar italiano

Los primeros testimonios poéticos en italiano aparecen también durante el siglo XIII en el sur de la península, en la corte del monarca Federico II de Sicilia. En esta zona del sur de Italia, ya a partir de la región de Roma, hay una sociedad consustancialmente diferente a la dinámica vitalidad de las zonas del norte y centro peninsulares. Se trata de una sociedad todavía feudal en su estructura socioeconómica, pero que, en su organización política y en sus relaciones de corte, preludia, en cierta manera, la estructura piramidal y compleja de las posteriores “señorías” y de las cortes renacentistas italianas. Los cortesanos de Federico II —Giacomo da Lentini, Pier delle Vigne, Stefano da Messina, etc.— representan, en cierto modo, el tipo de cortesano teorizado más tarde por Castiglione. Sin lugar a dudas, este modelo sociopolítico, encabezado por la personalidad de Federico II (hombre de amplia cultura y de enormes intereses en el ámbito de las artes y las letras), favorece el nacimiento de la poesía italiana en lengua vulgar. Los primeros textos poéticos en vulgar son, por consiguiente, los de la escuela poética siciliana.

La producción poética de la corte de Federico II no sólo supone la dignificación del vulgar siciliano al elevarlo a rango de arte; se puede también afirmar que la escuela poética siciliana, retomando la alta poesía amorosa de las cortes provenzales, impone al resto de Italia un modelo poético, áulico y cortesano, característico de la mejor tradición culta, que pervivirá hasta prácticamente el siglo XX. La escuela siciliana crea, por tanto, el primer fruto literario de vulgar ilustre. Se trata de un siciliano refinado y purificado con respecto al habla común, en el que se ha introducido el léxico culto de la poesía amorosa provenzal, con el objetivo de seleccionar y limitar, de forma concienzuda, su vocabulario.

Los textos poéticos de la escuela siciliana fueron rápidamente admirados en las capitales literarias de la Italia central y septentrional: Florencia y Bolonia. Los poemas más famosos fueron rápidamente adaptados al toscano, lengua a través de la que se han conocido. La escuela siciliana se transmite, por tanto, “toscanizada” al resto de los poetas italianos del Duecento. Los poetas siculo-toscanos fueron, por consiguiente, los mediadores entre la corte poética siciliana y el posterior movimiento del dolce stil-novo. Guinizelli, Cavalcanti, Cino da Pistoia y el propio Dante reciben la herencia de la corte de Federico II.

Posteriormente, los poetas del dolce stil-novo llevan a cabo una cierta variación del léxico de la escuela siciliana, prestando especial atención a palabras clave como gentile, onesta, pietà, virtù y nobiltà, términos que recogen el sentir filosófico y teológico de los componentes de dicha escuela. Se van concretando gracias a dicha operación estilística de selección, lima y precisión léxica las palabras-lema de la escuela poética italiana. Sustantivos como amor, cor, vita, morte, pensier, disir, y adjetivos como dolce, soave, begli, leggiadro, gai, conforman un campo semántico que podrá encontrarse hasta en la mejor libretística del melodrama lírico italiano del siglo XIX.

Existe, sin embargo, otra tradición poética toscana, enmarcada temporalmente entre los siglos XIII y XIV: la llamada línea realista y expresionista, ligada, como se ha visto en casos anteriores, a la cultura comunal. Esta línea ha sido tenida en menor consideración por no pertenecer directamente al paradigma estético dominante de la poesía cortesana y culta ya señalada. Poetas como Cecco Angiolieri, Folgore di San Gimignano y Rustico di Filippo poseen, en una tradición autónoma de estilo y de lenguaje, claros precedentes romances: Marcabruno y Rutebeuf. Esta poética de tradición realista, ya codificada por tratadista de prestigio como Matteo di Vendôme y Boncompagno da Signa, en sus gusto por los carmina lusoria, potatoria y amatoria se conectaba con la línea goliárdica.

Este tipo de material lingüístico-literario no encuentra cabida en la sutilidad cultista de la poesía amoroso-cortesana. Estamos ya ante la primera criba estilística y poética llevada a cabo en la tradición italiana. No sólo será el florentino el dialecto italiano llamado a erigirse en lengua nacional, sino un tipo particular de florentino: el áulico, cortesano e ilustre, alejado de una visión realista, cómica, jocosa o sarcástica de la existencia. En consecuencia, en relación con un único registro lingüístico, el áulico, se exige un restringido abanico de géneros literarios, únicamente los relacionados con la poética de lo sublime y de lo excelso.

Dante y la búsqueda de una lengua italiana ilustre

En la historia lingüística de Italia, Dante Alighieri representa un paso importantísimo, tanto por las variedades de lengua y de estilos usados en sus obras como por su aportación en la reflexión teórica sobre el lenguaje. Dante plantea la primera toma de conciencia del plurilingüismo italiano. Es el iniciador, en el siglo XIV, de la famosa questione della lingua: reflexión y discusión sobre qué modelo de lengua debe elegirse como vehículo de comunicación para toda Italia.

Se debe tener presente que Dante hace una elección lingüística revolucionaria al escribir el Convivio (compuesto entre 1304 y 1308) en vulgar. Las razones que llevaron al autor a elegir el vulgar se exponen a lo largo de todo el tratado primero. Dante reconoce en el vulgar el instrumento lingüístico que garantiza, en oposición al latín, una verdadera comprensión y participación comunicativa por parte de amplios sectores del público. Esta voluntad educativa, impregnada de la cultura religiosa de su época, la “misión” del intelectual para con la sociedad, guiará a Dante desde el Convivio hasta la Commedia. Es importante ser conscientes de que para Dante, hombre del siglo XIV, la elección del vulgar es un medio imprescindible para llevar a cabo la “reforma” moral y, en cuanto tal, política de Italia.

Pero no es únicamente cuestión de conveniencia práctica. La lengua vulgar, para Dante, está dotada en sí misma de validez. Dante ha elegido el vulgar para escribir el Convivio “per lo naturale amor a la propria loquela”. Como dirá también en De vulgari eloquentia (compuesto a partir de 1303), la lengua materna se aprende sin reglas gramaticales con la nodriza; el latín, por el contrario, se aprende con el estudio artificial de la gramática. Por esta razón, la lengua vulgar es la más noble, porque es natural y no fruto de la elaboración. De vulgari elocuentia se escribió, sin embargo, en latín y no fue pensada con fines divulgativos. En realidad, De vulgari intenta abrir una reflexión lingüística sobre el modelo de vulgar ilustre llamado a ser, por su dignificación y excelencia artística, lengua para toda la Península Itálica. Se pude decir que esta obra de Dante reconoce, por primera vez en la historia lingüística de Italia, desde una posición intelectual, la complejidad de las condiciones lingüísticas del país.

Para Dante, la lengua es un sistema convencional de signos que la sociedad establece con fines comunicativos; pero, dado que las sociedades cambian, cambia también su lengua. Sólo la gramática, como sistema abstracto de signos lingüísticos, permanece inmutable. Podría llegar a decirse que De vulgari eloquentia es, en realidad, uno de los primeros textos occidentales de filosofía del lenguaje, aparte de poder ser considerado también, en algunos puntos, un verdadero tratado de poética. No se puede olvidar que es, sin lugar a dudas, el primer intento de tratado descriptivo, dialectal y geolingüístico de las distintas zonas de Italia.

En relación con la problemática del cambio lingüístico, Dante posee una clarísima percepción del policentrismo lingüístico, pero al mismo tiempo, dado su planteamiento político en defensa de la regeneración ética y política de toda Italia, su objetivo principal es el de la unificación lingüística del país. En consecuencia, el modelo de lengua de Dante es una lengua elevada, un italiano ilustre, cardinal y curial que pueda servir de ejemplo unificador en la expresión lingüística de todos los intelectuales italianos, en cuanto que tales, llamados a ser el grupo dirigente.

Sin embargo, después de pasar revista a los distintos vulgares, ubicados geográficamente al oeste y al este de los Apeninos, el escritor va a ir desechando la mayor parte de ellos por su falta de dignificación artística y literaria, por su decidido carácter local y municipal. Dante encuentra en el siciliano, sin embargo, la más digna expresión lingüística de los vulgares italianos, seguido del boloñés y del florentino, vulgares que supieron recoger la llama de la poesía de la corte de Federico II y crear el movimiento del dolce stil-novo. Ahora bien, el italiano ilustre será una meta ideal que no existe, de hecho, en ninguna ciudad italiana. El vulgar ilustre es la expresión lingüística ideal de una concepción excelsamente unitaria de todas las regiones de Italia.

Dante, sin embargo, no sólo conocía la gran diversidad lingüística italiana, sino que, a pesar de su elección ilustre de dignificación intelectual, reconocía el potencial retórico de tal diversificación. En este sentido, se puede afirmar que Dante es quien sistematiza, por primera vez, la riqueza lingüística italiana entre Duecento y Trecento. Dante, en la Commedia, pone de manifiesto el grandioso mural de todo el tejido lingüístico de su época, pasando de los registros estilísticos más populares, vivos y coloquiales a los más sublimes y excelsos. En realidad, la Commedia da cabida a todos los niveles y registros de la producción lingüística italiana de aquel momento.

La poética de Dante engendra, en sí misma, una feliz contradicción. El poeta sabe colocarse en el vértice de la producción cultural de la canción y del estilo trágico por ésta requerido, hasta dar sus mejores frutos en un estilo medio (“cómico”): el de la Divina Comedia. En esta obra tiene cabida el mundo de los miles de personajes del poema, con sus múltiples formas lingüísticas, porque al mundo histórico, que es verdad parcial, corresponde otra trascendente, que conduce a las complejas teorías del lenguaje simbólico de la tradición teológica medieval. En la Divina Comedia, por tanto, se pasa del florentino popular, e incluso plebeyo, al uso del latinismo más cultista; es decir: se introduce una amplia diversidad lingüística en función de su diversidad argumentativa.

Dante representa, en la historia lingüística de Italia y en su literatura, una posición plurilingüe, de riqueza y respeto por la diversidad. Es consciente del potencial expresivo de la diversidad y sabe hacer uso de ella cuando las exigencias retóricas de sus textos, reflejo y estudio de la realidad moral de su época, así lo exigen.

El monolingüismo de Francesco Petrarca

Frente al plurilingüismo de la obra de Dante, Petrarca, el segundo gran coloso de la tradición lingüística y literaria italiana, tan sólo en la distancia de cuarenta años con respecto a Dante, representa el más estricto monolingüismo. El paso del plurilingüismo al monolingüismo tiene gran trascendencia. La posición lingüística de Petrarca, así como sus planteamientos poéticos, tendrán repercusión en la evolución del italiano y en su propia caracterización como sistema lingüístico.

Se ha dicho que la personalidad de Petrarca interesa a la historia de la lengua italiana, fundamentalmente, por su poesía en vulgar. Sin embargo, la posición lingüística de Francesco Petrarca es de sumo interés, con respecto a la reflexión que, como intelectual, llevó a cabo acerca de las posibilidades comunicativas de su grupo y su correspondiente sociedad. Para el poeta italiano, el latín vuelve a ser la lengua de la escritura, del arte y de la literatura.

El latín de Petrarca no es, precisamente, un latín romanceado, sino que se caracteriza por la vuelta más fidedigna a los modelos clásicos. Cicerón, Tito Livio y Séneca son los mejores interlocutores del escritor. En este sentido, se puede afirmar que Petrarca es el primer intelectual moderno que introduce una nueva visión humanista con relación a los clásicos, al romper con los parámetros comunales de la Edad Media. El nuevo tipo de intelectual, cuya cultura y actividad es de orden universal y no municipal, tiene el deber de regenerar su sociedad, mediante la vuelta imitativa al pasado glorioso de los antiguos. Estamos ante el nacimiento del humanismo.

Petrarca es un intelectual de corte, cosmopolita y europeo, acostumbrado al diálogo con papas y reyes, un hombre que usa el latín como vehículo universal de comunicación e intercambio intelectual. No mantiene relación alguna con la cultura de su ciudad ni está interesado en las manifestaciones artísticas y culturales que está empezando a producir la nueva burguesía mercantil. En consecuencia, el vulgar no presenta para él ningún tipo de interés lingüístico, sino que, por el contrario, considera su uso como un retroceso con respecto a la antigüedad clásica.

En opinión de Petrarca, quien hace concesiones en relación a una comunicación comprensible para todos no es digno de estima. De ahí la crítica petrarquesca a Dante. Las limitaciones de la obra de Dante radican, según Petrarca, en la elección del vulgar. A la literatura —y de manera especial a la poesía— le corresponden lectores cultísimos, aristocráticos, alejados de cualquier tipo de actividad práctica. Por consiguiente, para que la cultura pueda ser tal debe estar alejada de la prosaica realidad pragmática, a menos que traicione su excelsa misión con respecto a una sociedad limitada.

La posición lingüística de Petrarca se ve favorecida por la nueva etapa política que se vive en las más importantes ciudades de Italia: las “señorías”. Los estados del nuevo gobierno de las ciudades adoptan rápidamente la refinadísima búsqueda lingüística de Petrarca como propaganda política de los nuevos “intelectuales”. Tras la huella dejada por Petrarca, muchos discípulos llegarán a ser cancilleres de los distintos estados del siglo XIV, y ofrecerán su inteligencia al servicio de la diplomacia.

Este fortísimo relanzamiento del latín como lengua de la comunicación más culta no sólo limita el uso del vulgar a situaciones sociolingüísticas de los más bajos niveles, sino que, fundamentalmente, modifica su naturaleza. En este sentido, la lengua del Canzoniere es, radicalmente, distinta a la de la Commedia. La primera se limita a un restringido campo léxico, construido, sobre el modelo anterior de los poetas del dolce stil- novo, a partir de palabras-emblema. Se suprime de la poesía de Petrarca cualquier posibilidad de expresionismo realista. Parece como si Petrarca quisiera recluirse en torno a objetos eternos sustraídos a la mutabilidad de la historia. Se trata de palabras-clave, provenientes de una tradición poética ya consolidada en Italia. La novedad, en este caso, no radica en su utilización, sino en el intento de hacer de ellas un instrumento exclusivo de una poesía increíblemente elaborada.

Desde una perspectiva estrictamente lingüística, el conjunto de la lírica vulgar petrarquesca es florentino. Sin embargo, teniendo presente el celo antiexpresionista del autor y el extenuante estudio de altísima monotonía armónica, Petrarca, en más de una ocasión, se esfuerza en privar al florentino de su propio color dialectal. Prefiere dar entrada a formas sicilianas, provenzales o latinas, de manera que se asiste a un vulgar poético, asépticamente culturalizado, en una operación purista y preciosista que impide el reconocimiento de cualquier huella de la procedencia geográfica de su lengua.

Con Petrarca nacen las características alternancias de la lengua poética italiana: fiero / fero, oro / auro, mondo / mundo, etc. son signos de una miscelánea lingüística muy dosificada y precisa, basada en aportaciones estilísticas de diversa procedencia poética y cortesana, y resultado de una alta depuración estética. El monolingüismo de Petrarca se contrapone, por tanto, al plurilingüismo de Dante. La elección que la tradición italiana hará de ambas alternativas condicionará no sólo la fisonomía de la poesía italiana, sino la de toda la lengua italiana en general.

Boccaccio: su función lingüística y cultural

Boccaccio se encuentra entre estos dos polos extremos. La gran obra en prosa vulgar del siglo XIV, el Decameron, constituye uno de los textos narrativos claves de la cultura italiana del Trecento y uno de los monumentos lingüísticos más interesantes de este siglo. El escritor, previamente, ya había escrito en vulgar otras obras literarias: el Filocolo, la Fiammetta, y el Ninfale fiesolano. Sin embargo, a pesar del considerable impulso lingüístico que la prosa de Boccaccio da al desarrollo de la lengua y de la sintaxis trecentesca, la influencia de Petrarca recae también en su actividad más erudita de literato. En latín escribió Genealogia deorum gentilium.

El Decameron ha sido visto como la real epopeya de los poderosos mercantes de su época. De hecho, el autor retoma toda la tradición oral, cuyo antecedente más inmediato, en la sociedad florentina del siglo XIII, se encontraba en el Novellino, texto que, a su vez, recogía toda la tradición francesa de los flabiaux. Por este motivo, su lengua presenta una amplia variedad lingüística. El propio Boccaccio opinaba que su obra había sido escrita no sólo en florentino vulgar, sino incluso en estilo humildísimo (Introducción a la Cuarta Jornada).

Sin embargo, esto no es cierto del todo. La genialidad del autor ha consistido en la caracterización lingüística de los distintos personajes de sus diferentes cuentos, quienes, tanto desde una perspectiva léxica como sintáctica, se expresan, más compleja y rebuscadamente, o más simple y espontáneamente en función de sus distintas caracterizaciones, de las peripecias y de las diversas aventuras narrativas por las que tienen que pasar. El dato más relevante, en la lengua y en el estilo de Boccaccio, cuya importancia supone un paso clave en la evolución de la prosa italiana, radica, sin embargo, en la sintaxis del Decameron. El modelo sintáctico boccacciano reproduce el latino.

Como más tarde en el XVI, la característica principal de su sintaxis se centra en el encajonamiento de unas oraciones en otras: los gerundios y los participios proporcionan a las frases una compleja estructuración hipotáctica, a la que se contrapone la ingenua parataxis del precedente modelo de prosa narrativa: el Novellino. En Boccaccio, encontramos una oración principal en la que se insertan hasta cuatro oraciones dependientes, en las que, a su vez, pueden introducirse otras tantas oraciones secundarias. Se trata de un auténtico ovillo de complejidad con precisas relaciones de jerarquía sintáctica, explicitadas por los más diversos conectores lógico-sintácticos.

El autor sabe jugar con los niveles y registros del florentino del XIV, y reproducir, mediante turnos dialógicos, el movimiento y la rapidez de la lengua hablada. La gama estilística y lingüística de Boccaccio reproduce, por tanto, hasta los más nimios detalles de la realidad, con una “disponibilidad” mimética tal, que la lengua del Decameron puede ser considerada uno de los puntos álgidos de la prosa literaria italiana. De la codificación artística, entretejida de máximas y particularizada en el encadenamiento racional de los argumentos, se pasa a la alusividad, puente comunicativo entre interlocutores expertos, para llegar a los chistes, que, nacidos del movimiento rápido del hablado, muestran la elementariedad más brusca, con inflexiones parodísticas propias del diálogo de los personajes más simples.

En cierta manera, Boccaccio sigue el camino, abierto por Dante, en la composición de la Divina Comedia. De hecho, en 1373, interrumpe la carrera emprendida en la imitación de su maestro Petrarca, para escribir el Tratatello in laude di Dante. En este texto, retomando los argumentos usados por el propio Dante en el Convivio, Boccaccio, indirectamente, se identifica con el poeta florentino, y, por tanto, se justifica en la elección lingüística de toda su obra en vulgar y, principalmente, del Decameron.

Sin embargo, en la línea ya imperante, a partir del siglo XIV se va a desatar un profundo antidantismo por parte de los nuevos intelectuales italianos que, como representantes del Humanismo, se adhieren al modelo cultista del latín o del florentino áulico y purificado de cualquier contaminación con el hablado. Petrarca devuelve a su discípulo, con esta finalidad, el Decameron, con la historia de Griselda traducida al latín. En una de sus cartas seniles Petrarca (XVII, 3) le confiesa a Boccaccio no haber llegado a terminar la lectura del Decameron, por tratarse de una obra en prosa y compuesta para el pueblo. Estamos ante la primera señal definitiva de la fractura entre la lengua popular y la de los intelectuales, hecho que plantea una evidente ruptura entre la mayor parte de los italianos, y su propia lengua familiar y de comunicación inmediata.

Entre latín y vulgar. El ascenso triunfal del florentino en el siglo XV

Hasta la segunda mitad del siglo XIV, la expansión de los distintos vulgares, bajo la influencia de la cultura comunal, es imparable. En toda la Italia centroseptentrional, se asiste a una avalancha de textos escritos en vulgar que van ganando terreno, cada vez con más fuerza, al latín.

Sin embargo, a lo largo del Trecento y, fundamentalmente, en el Quattrocento, se asiste a un cambio político decisivo para el freno del vulgar ilustre; el latín vuelve a ser modelo lingüístico de textos de alto nivel cultural, y vuelve a ser propuesto también como lengua de cultura de las nuevas cortes de las “señorías”, y, posteriormente, de los “principados”. El poder político de las ciudades-estado recae, exclusivamente, en las grandes familias de la nobleza, quienes, tras haber llegado a alianzas con los mercantes más ricos e influyentes, alejan de su gobierno a los estratos sociales inferiores.

Se configuran, por consiguiente, unos grupos de poder, cuya cultura elitista responde a una concepción social alejada del precedente modelo duecentesco. Por otra parte, con el establecimiento de los estados de las “señorías”, cercanos a la configuración política de las monarquías absolutas ya reinantes en Francia o en España, la circulación comercial y cultural, entre las distintas ciudades y regiones de Italia, se hace cada vez más difícil. El afán expansionista de muchas de ellas les lleva a claros enfrentamientos políticos, diplomáticos, e incluso, militares. Tal hecho va a marcar y reforzar la división y la fragmentación política y territorial del país.

Italia muestra, de esta manera, su debilidad frente a países vecinos, que, como España y Francia, van a poner los ojos en los “estados” italianos, con el afán de ampliar su poderío. Se inicia, por consiguiente, ya a partir del siglo XV, otra de las constantes políticas y lingüísticas en el panorama histórico italiano. La presencia extranjera: francesa, española, austríaca o americana repercutirá también, a lo largo de la historia, en mayor o menor medida, en la propia lengua italiana.

La repercusión lingüística de tales acontecimientos políticos es evidente. En primer lugar, se acentúa, con mayor vigor que en momentos anteriores, la diversificación dialectal en los niveles de comunicación no formal, áulica o institucional. La gran mayoría de los ciudadanos, a excepción de una minoría, sólo conoce su propio dialecto, y considera que la lengua de su ciudad debe ser la única existente. En segundo lugar, la esfera intelectual y cultural se opone al universo popular y municipal. Los intelectuales constituyen un grupo cerrado al servicio de los grandes señores y de sus correspondientes cortes y, en consecuencia, cada vez más alejados de la realidad popular de su época, se dotan de instrumentos de poder que sirven para perpetuar la concepción ideológica que los sustenta.

Nace así la necesidad de crear un modelo de lengua unitaria que, unificada desde lo alto, responda a los valores defendidos por la comunidad aristocrática; una lengua unificada que cohesione también la actividad intelectual de las cortes del Humanismo y del Renacimiento. La lengua elegida será, por diversos motivos, el florentino.

Sin embargo, con anterioridad al ascenso absoluto del florentino, a imitación de los pasos dados por Petrarca, el vulgar, todavía en el siglo XV, no es considerado una lengua de suficiente dignidad como para poder transmitir el conocimiento y la sabiduría de los clásicos. Filología, gramática, retórica, teología, etc., continúa haciéndose en latín. Por otra parte, las cancillerías señoriales de la Italia padana y meridional beben de su magisterio, y forman discípulos que liman y pulen su instrumento lingüístico. En cierta manera, en el siglo XV, se retoma la polémica abierta por Dante a principios del Trecento. Ha habido, sin embargo, una cierta involución antivulgar, que, sólo en apariencia, parece quedar subsanada con la elección del florentino culto.

Frente al grupo de intelectuales más intransigentes con respecto a la defensa del latín, Flavio Biondo, Leonardo Bruni y Leon Battista Alberti, a pesar de las profundas divergencias existentes entre ellos, rompen una decidida lanza en favor del florentino, siempre que éste sea limado, pulido y ennoblecido por un ejercicio intelectual. El mismo Alberti, con la ayuda de Pedro de Medici, organiza, en 1441, la primera competición poética en vulgar: el Certamen Coronario. Se trataba de estimular a los hombres de cultura en la creación poética en florentino, con la finalidad de que éste cobrara plena dignidad literaria. El concurso, sin embargo, queda desierto. Lo que muestra que, en opinión de los intelectuales del XV, miembros del jurado, el florentino no había alcanzado aún un rango suficiente de consideración poética. Este episodio demuestra el difícil camino que tuvo que recorrer el florentino, hasta llegar a erigirse en modelo de lengua culta para los italianos.

No debe olvidarse que el toscano y, sobre todo, el florentino son, de todos los dialectos italianos, los más cercanos al latín, tanto en su sistema fonético y fonológico como en su estructura morfosintáctica. El latín fue asimilado por la comunidad etrusca mejor que en otras zonas de la Italia prerromana. El etrusco era una lengua radicalmente distinta del latín, hecho que no permitía superposiciones de un sistema lingüístico a otro. El nivel cultural de la civilización etrusca era, por otra parte, mayor a cualquier otro. Asimismo, durante la Edad Media, Toscana quedó apartada de las grandes rutas comerciales y de los grandes acontecimientos sociopolíticos del resto del país, por consiguiente, el toscano no había sufrido, desde el punto de vista lingüístico, ninguna de las influencias del francés. Hecho que favoreció la creación y la proliferación de una poderosa literatura escrita en florentino, previa y más consistente que la del resto de las demás zonas de Italia. Todos estos hechos, aunados al primado literario de figuras de altura literaria, Dante, Petrarca y Boccaccio, irá situando al florentino como el modelo de imitación lingüístico-literario de la nueva visión humanista.

En el siglo XV, la fortuna y consideración de Dante y su obra ha variado ya considerablemente. Tras el legado antivulgarizante de Petrarca, y el correspondiente auge del Humanismo latino, en la consideración prestigiosa de una lengua materna como vehículo de expresión estética y cultural, el florentino sólo puede abrirse paso si opera, dentro de las variedades lingüísticas de su diasistema, una amputación estilística de carácter antihablado y antiexpresivo. La figura de Dante, por tanto, así como su plurilingüismo expresivo irán, a lo largo del XV y en el XVI, desdibujándose ante la influencia determinante de Petrarca, sin duda, el literato más poderoso en el futuro de la lengua italiana a partir del siglo XVI.

En el siglo XV, se pasa, por consiguiente, del Humanismo latino al triunfo definitivo del Humanismo vulgar. Al primero se debe el gran número de latinismos que entran en el léxico del italiano a lo largo del siglo XIV y XV. A veces, palabras romances del vocabulario familiar de todos los días son sustituidas por otras formas cultas, directamente tomadas del latín: esercito, orazione, repubblica sustituyen a oste, diceria, comune.

En otras ocasiones, se corrige la forma toscana-vulgar para acercarla al modelo latino: eterno en lugar de etterno, inferno por ninferno, necessità y no nicessità., etc. Sobre todo, en el siglo XV, el influjo léxico del latín es casi absoluto en el florentino culto, gracias al uso cancilleresco. Adverbios y conjunciones latinas penetran en la prosa vulgar, y, en ocasiones, en textos prosísticos florentinos, pueden encontrarse locuciones enteras escritas en latín, hecho lingüísticamente prestigioso, que pone de relieve la cultura latina del autor, quien, en su estilo, reproduce, paso por paso, el latín.

La cultura humanista que, en Italia y posteriormente en el resto de Europa, da un gran impulso al desarrollo intelectual de toda la humanidad al poner las bases de la cultura moderna, crea, sin embargo, un nuevo tipo de bilingüismo. Se trata de un intercambio cultural y lingüístico de ida y vuelta, en el que los humanistas se enriquecen del latín para ofrecer una nueva concepción de la humanidad y de la existencia, y, al mismo tiempo, el latín se transforma en una lengua dinámica, con la incorporación de una nueva sintaxis, la de la propia experiencia vulgar de sus escritores. Es decir, el latín del siglo XV es un latín-italiano, modelado por la prosa florentina, latín que refleja una nueva actitud de pensamiento.

En este tira y afloja entre latín y vulgar florentino, la corte de Lorenzo de Medici contribuye, indiscutiblemente, a la primacía absoluta del florentino como lengua de cultura. En la Florencia de la corte medicea, afloran las experiencias lingüísticas y literarias más variadas. Nos encontramos, de un lado, con Pulci, creador del Morgante. En esta obra, a través de la influencia del poeta florentino antimediceo Domenico di Giovanni, llamado el Burchiello, Pulci se muestra como un excelente conocedor de toda la gama de instrumentos lingüísticos del florentino tradicional y popular. De otro, en la misma corte, tiene cabida un intelectual humanista y cortesano como Angelo Poliziano, finísimo literato, que enseña el florentino con traducciones del griego y del latín, y con comentarios de Ovidio y Horacio. A él se deben las conocidas Stanze per la giostra de Giuliano de Medici y la Favola a Orfeo. Obras que, en ambos casos, se mueven dentro de un horizonte poético y retórico claramente cortesano. Su estilo se eleva a un altísimo nivel de elaboración formal, y recoge toda la tradición cultista de un siglo y medio de poesía italiana: escuela siciliana, dolce stil-novo, Petrarca.

Es un momento crucial para la conversión del toscano-florentino en lengua nacional, en una posición intermedia a la posterior fase, en la que el diktat de Bembo no permitirá vía de escape. Es una etapa de transición, en donde es frecuente encontrar casos de hibridismo lingüístico. Frente a Matteo Maria Boiardo, autor de Orlando enamorado, quien todavía recurre a formas lingüísticas populares en unión con otras en exceso italianizadas, se alza la poesía pastoril de la Arcadia del napolitano Iacopo Sannazaro. El poema pastoril, hecho de fiestas, ritos jocosos, paisajes idílicos e irreales, toscaniza las estructuras gramaticales, mientras que el léxico recibe una clara impronta latina. Se trata de un literato que ya ha aprendido el italiano como una lengua muerta, un escritor que fundamenta su estructura lingüística en la lengua de Boccaccio y de Petrarca. Ha quedado ya fijado, por lo tanto, el destino del “italiano literario”, una lengua aprendida mediante el estudio, como un artificio técnico y de laboratorio. Estamos a las puertas de la conversión del florentino en la única vía expresiva de la cultura y la literatura de toda Italia.

La “questione della lingua” y la imposición lingüística del florentino literario en el XVI. El diktat de Bembo

La definición misma de “questione della lingua” indica que los intelectuales italianos del XVI están buscando un modelo lingüístico que les proporcione señas de identidad social. Por esta razón, en el siglo XVI, el debate sobre la lengua se cierra con una elección, en cierta manera ya predeterminada y anunciada desde la Edad Media: el triunfo y la imposición absoluta del florentino. Dicha elección canónica de la alta cultura italiana permanecerá, como norma, invariable hasta la unificación política de Italia, momento en que se vuelve abrir la polémica lingüística, aunque ya con tintes diferentes.

La larga querella lingüística que concluye, aparentemente, con el ascenso del florentino-toscano culto, muestra una sociedad homogeneizada en un nivel cortesano e intelectual, a pesar de las profundas divisiones sociales y políticas de toda la península italiana, ahora en manos españolas y francesas. Por otra parte, la coherencia del mundo intelectual y literario pone de manifiesto, en su resultado final, la tradicional separación italiana entre mundo cultural, tradiciones y realidades populares.

Aunque no faltan defensores acérrimos del latín, en el siglo XVI la tendencia dominante es la que propugna el triunfo de una lengua cortesana. Dicho modelo lingüístico resultaría de la fusión y amalgama de las más prestigiosas cortes de Italia. Por esta razón Calmeta, según testimonia el gramático Castelvetro, insiste en que el modelo principal de lengua sea el florentino trecentesco, enriquecido con la lengua de Roma, sede del Papado. También Baltasar de Castiglione defiende, en su Cortigiano, que la lengua unitaria recoja la belleza y elegancia de los hombres de buen juicio de todas las cortes italianas. Para el autor, es posible también incluir, en este modelo lingüístico ideal, los francesismos y españolismos de su época. El ideal de Castiglione supone un perfecto equilibrio lingüístico entre lo viejo y lo nuevo, la armonía ideal de un modelo lingüístico prácticamente inexistente.

La hipótesis de una lengua nacional, amalgama de las distintas lenguas de Italia, encuentra eco teórico en Gian Giorgio Trissino, quien descubre y publica el De vulgari elocuentia de Dante. También Girolamo Muzio rechaza la idea que el vulgar común derive del florentino. Es contrario a aprender una lengua a partir de sus escritores, y afirma que la lengua escrita debe ser la que, universalmente, se entienda en toda Italia.

En una realidad lingüística opuesta se mueven los defensores del carácter toscano y florentino del vulgar italiano. La lengua de los escritores es, según Maquiavelo, la lengua natural florentina. Aunque en el florentino haya elementos provenientes de otras regiones de Italia, tal hecho no significa nada. Toda lengua absorbe elementos de otras lenguas para adaptarlos, rápidamente, a su propio funcionamiento y a su propio código lingüístico, hasta llegar a hacerlos irreconocibles. Para Claudio Tolomei existen claras semejanzas entre el florentino y el resto de los dialectos toscanos. Pero su posición, en el debate lingüístico del XVI, se caracteriza por romper la exclusividad imperante del modelo cortesano. Para Tolomei existe una lengua hablada y otra escrita, una lengua de uso popular, históricamente siempre precedente, y una lengua literaria, producto de un cierto grado de refinamiento cultural.

Sin embargo, entre todas estas posiciones, la tesis lingüística imperante será la famosa tesis del veneciano Pietro Bembo, el primer gramático, en sentido moderno, de la lengua italiana. Su posición lingüística da respuesta a las exigencias curiales de la “intellighenzia” del Cinquecento. Pietro Bembo, en sus conocidas Prose della volgar lingua (1525), sostiene, a través de la técnica dialógica de corte ciceroniano, que no existe una lengua, en el sentido más estricto de la palabra, si ésta no es acompañada de su correspondiente literatura. El uso vivo de la lengua familiar y popular queda, en principio, excluido de la concepción literaria de Bembo. En su opinión, es inútil, por tanto, remitirse al florentino vivo de su época. El modelo del “bello scrivere” serán, sin embargo, los grandes escritores del XIV: Petrarca para la poesía y Boccaccio para la prosa.

En consecuencia, Bembo evita cualquier concesión lingüística de carácter práctico y comunicativo, y propone como modelo a los dos colosos de la tradición italiana medieval. El autor reconviene a Lorenzo de Medici por sus veleidades literarias de sabor popularizante, aconsejándole:

“La lengua de la escritura, Giuliano, no debe a la del pueblo acercarse, a menos que al acercarse a ella no pierda gravedad, no pierda grandeza”.

Gravedad y grandeza serán rasgos estilísticos míticamente dominantes en la tradición culta italiana a partir de este momento. Triunfa, por tanto, el trecentismo bembista. El florentino-toscano literario se asume como lengua nacional, gracias a una selección de corte academicista de la que quedan excluidos también todos los registros diafásicos inferiores al tono áulico impuesto por los géneros literarios hegemónicos. Desde luego, quedan excluidas también todas las variedades diatópicas ajenas al florentino-toscano, asi como las variantes diastráticas de carácter popular, incluidas las más propiamente florentinas.

1525 se muestra, en consecuencia, como un año decisivo para la historia de la lengua italiana. El diktat bembiano seguirá, a partir de este momento, su curso. Un gran número de gramáticas, de estudios lexicográficos y diccionarios empiezan a publicarse. Leonardo Salviati idea la creación del primer gran diccionario de la lengua italiana que recoja, con anterioridad a 1400, todos los vocablos y expresiones encontrados en textos escritos con excelencia literaria. A partir de 1525, por consiguiente, se pone en marcha una dinámica lingüista normativa y prescriptiva que pule, fija y da esplendor a la reciente lengua italiana. Se trata de una dinámica que responde, exclusivamente, a las aspiraciones lingüísticas, poéticas y retóricas de una minoría intelectual.

A estas aspiraciones puristas en relación al uso del florentino, se crea, bajo el reinado de Cosimo de Medici en Florencia, la Accademia della Crusca, institución que, inspirada en las consideraciones lingüísticas de Leonardo Salviati, lleva a cabo un ejercicio de legislación lingüística. La Accademia selecciona la excelencia lingüística de los diferentes escritores, y sanciona y rechaza cualquier uso lingüístico que no responda al modelo de perfección estilística de la norma bembista.

En este sentido, es interesante señalar la labor de purificación y toscanización llevada a cabo por los mismos literatos no toscanos. El caso más representativo es el del ferrarés Ludovico Ariosto. El escritor da a la luz su Orlando Furioso en 1516, 1521 y 1532, y, en cada una de las respectivas ediciones, procede a una atenta y cuidadísima eliminación de las propias formas dialectales “padanas”. Las modificaciones realizadas en la última edición de 1532 son las más interesantes, puesto que Le Prose de Bembo ya han sido publicadas. El escritor emiliano ajusta, por tanto, su texto a los resultados lingüísticos del florentino-tosano culto y literario, italianizando, en consecuencia, su propia lengua. A la operación lingüística y estilística de Ariosto, se van a ir sumando escritores del resto de las regiones de Italia. Éste, como Torquato Tasso, se niega a someterse por entero al diktat bembiano, propugna un lengua poética abierta a los distintos resultados regionales, y será castigado con la exclusión del “tesoro” de la Accademia della Crusca.

El primado del florentino-toscano literario es ya absoluto. La elección lingüística de Bembo, ejercicio refinadísimo de laboratorio intelectual y cortesano, se superpone a la situación lingüística de la Italia real, violentando, incluso, la expresión lingüística de la mayor parte de los intelectuales y literatos italianos, cuya forma de expresión hablada y familiar es el, a partir de ese momento, denominado dialecto.

El intercambio lingüístico y el proceso de toscanización de Roma. El nacimiento anticlasicista de la literatura dialectal

Roma es, en el siglo XVI, capital del Estado Pontificio, límite político-administrativo entre las dos partes fundamentales de Italia. A lo largo de todo el siglo XVI y durante el XVII, al ser Roma el centro religioso de la cristiandad y uno de los estados más poderosos de la península, se convierte en una ciudad de acogida, en un espacio de tránsito e intercambio sociocultural y, por supuesto, lingüístico. A Roma llegan ciudadanos de toda Italia y ciudadanos del resto de Europa, preferentemente españoles. No se olvide que en 1527 tiene lugar el saco de Roma a manos del ejercito español de Carlos V.

Es decir, Roma se muestra como un crisol de intercambio lingüístico. En el caso de la comunidad italiana, está claro que las personas provenientes de los distintos puntos de Italia no podían comunicarse en romanesco. Por esta razón, se busca una lengua, en cierta manera de compromiso, una lengua común que acercara y posibilitara al máximo las semejanzas y las potencialidades comunicativas. El resultado de dicho proceso fue la progresiva erosión y desmeridionalización del habla local romana que ya, entre XVI y XVII, tendía hacia una adecuación progresiva a las tendencias lingüísticas de integración interregional.

Junto a esta dinámica de intercambio e intercomprensión lingüística llevada a cabo por estratos sociales inferiores, en este mismo periodo se asiste, también en Roma, a otro fenómeno lingüístico de homologación interregional, protagonizado, desde arriba, por sectores de la curia papal, cada vez más acostumbrados a la hegemonía del florentino-toscano en usos tanto escritos como hablados. Asimismo, gracias a la presencia del clero en todas las capas sociales, a través del ejercicio pastoral, el toscano encuentra una vía lingüística de penetración social, en capas populares y no sólo entre los intelectuales.

Por consiguiente, el dialecto romano tiende a ver subordinado su prestigio al del italiano y, contemporáneamente, al perder los rasgos meridionales, que desde época latina lo habían acercado a las tendencias lingüísticas del latín meridional, se italianiza, colocándose en una posición lingüística excelente para ser en el siglo XIX y en el XX, después del florentino-toscano, un dialecto determinante en la formación del italiano nacional.

A pesar del diktat bembiano, a lo largo del siglo XVII se afirman, en Italia, las literaturas dialectales. Ya con anterioridad el dialecto de Padua había sido utilizado como instrumento de arte por Angelo Beolco, más conocido como Ruzzante. Lo mismo cabe decir del veneciano en las comedias de Maffeo Vernier o en el teatro de Aretino. Dos siglos antes, el mismo Lorenzo de Medici se había servido del florentino popular, en su famosa Nencia, para caracterizar el habla campesina.

Sin embargo, en el siglo XVII, el fenómeno de las literaturas en vulgar asume una amplitud mayor, recorre la península italiana. Se encuentra en Venecia, cuya expansión política a partir del XV, ha erigido al veneciano en el gran dialecto de toda la región veneta y de parte del territorio septentrional, hasta el XV, perteneciente a Milán. El veneciano domina aún la tradición teatral verneriana y, en el siglo XVIII, se asistirá a su gran eclosión en las comedias de Carlo Goldoni. El dialecto es también el medio lingüístico usado en las obras en boloñés de Giulio Cesare Croce, por los romanos Castelletti, Peresio y Berneri, y el napolitano aparece en la cuentística del gran Basile.

Estas literaturas dialectales tienen, sin embargo, como contrapunto referencial, la literatura nacional escrita en florentino-toscano. En ella, introducen un sistema lingüístico distinto, el dialecto, y una clara disonancia estilística con respecto al canon estético dominante. De esta manera, la expresividad lingüística y literaria, el gusto por la miscelánea y por la inversión estilística con relación a la norma petrarquesca, hacen entrada, por primera vez, en el paradigma intelectual de la cultura italiana, aunque sea de forma marginal. Temas nuevos, géneros nuevos, metros nuevos, códigos lingüísticos y expresivos nuevos se abren paso en el alambicado panorama italiano, para expresar una vida social y una realidad existencial plural y viva, que no podía adecuarse al monolingüismo del florentino literario que, en tantos casos y para tantos autores, seguía proponiendo, también en materia literaria, el signo de la diglosia.

La política lingüística de la Iglesia. “Questione della lingua” y predicación religiosa entre los siglos XVI y XVII

La historia de la predicación religiosa interesa fundamentalmente desde una perspectiva lingüística como uno de los puntos más interesantes de la historia de la lengua italiana, dado el papel trascendental jugado por la Iglesia en la difusión del italiano de base florentino-toscana. De esta manera textos que, en apariencia, podrían pasar desapercibidos para el estudio de la lengua, como los vocabularios eclesiásticos escritos en la segunda mitad del XVI y en las primeras décadas del XVII por sacerdotes preocupados de su labor pastoral, se muestran, hoy por hoy, como documentos imprescindibles para el conocimiento del italiano “hablado” de épocas pasadas.

Es sabido que, desde la Edad Media, la predicación religiosa podía realizarse en vulgar, en lugar de en latín, o, en ocasiones, en un latín romanceado, según las necesidades del auditorio para el que se predicaba. En esta línea de política lingüística, a partir del siglo XVI, se asiste a un cambio radical en el campo de la predicación religiosa y en el modelo lingüístico que se ha de seguir. A lo largo del Cinquecento, la lengua de la predicación fue, progresivamente, adecuándose a niveles más altos de cultura. Por tanto, a partir del Concilio de Trento, la lengua humilde, usada hasta el momento en la labor evangélica, se moldeará a la preceptiva retórica y lingüista del modelo de Bembo.

Las homilías de Francesco Panigarola o Cornelio Musso eran verdaderos ejemplos de estilo, cuya calidad prosástica no los alejaba del estilo áulico y literario. El clero culto, en Italia y fuera de ella, se había vuelto consumidor de textos de retórica eclesiástica, textos que proponían la utilización de las técnicas de persuasión aristotélica, aplicadas en este caso a la persuasión de los fieles. Por consiguiente, en el caso italiano, dicha dignificación poética y retórica sólo podía realizarse, lingüísticamente, en el florentino-toscano literario propuesto por Bembo.

Entre todos los tratados de retórica eclesiástica del finales del siglo XVI, merece especial atención Il Predicatore de Francesco Panigarola. El texto representa un gran esfuerzo, en la línea de renovación lingüística y estilística emprendida por la Iglesia, en la difusión de los principios de predicación religiosa, conforme a los modelos de elegancia y excelencia literaria vigentes en el momento, y contrarios a los principios de simplicidad popular imperantes hasta el siglo XVI. Panigarola, por tanto, redacta esta obra con la finalidad de acercar la cultura elitista a sus feligreses, y adapta también la retórica aristotélica a las necesidades pastorales de la Iglesia. Se trata de encontrar una teorización retórica relativa al uso de un italiano “medio”, expresado mediante un registro estilístico “medio”, que pudiera llegar a grandes capas sociales y, al mismo tiempo, contribuyera a la culturización popular y a la difusión del modelo florentino-toscano.

En consecuencia, la Iglesia católica italiana toma una clara posición en el debate lingüístico de su época. Con Panigarola se produce la adhesión eclesiástica incondicional al diktat bembiano y, fundamentalmente, la teorización del primado de la lengua florentina hablada para la predicación desde el púlpito. Tal hecho muestra que la Iglesia, adelantándose a las tesis lingüísticas defendidas por Manzoni, ya empieza a difundir el famoso lema de “scquare i panni in Arno” (aclarar la ropa en el Arno), refiriéndose a la necesidad de “florentinizar” las variedades lingüísticas no toscanas, no sólo a través de métodos librescos y tentativas individuales, sino, sobre todo, haciendo residir a los futuros predicadores durante un largo período de tiempo en Florencia.

La educación en la “lengua italiana” hablada se convirtió, por consiguiente, en una de las etapas de formación imprescindibles de todo predicador a partir de la segunda mitad del siglo XVI. Gracias a este proceso de ósmosis lingüística y cultural desarrollada por la Iglesia, ya en el siglo XVII, los predicadores barrocos, cuyos máximos representantes son Daniello Bartoli y Paolo Segneri, crean las primeras estrategias retóricas y persuasivas en sentido moderno, técnicas argumentativas que posibilitarán, en el siglo XIX y en el XX, la recepción ideológica de los primeros discursos políticos de masas.

La renovación de la prosa italiana en el XVII: Galileo Galilei

Ya desde la primera mitad del XIII, pero, fundamentalmente y de forma sistemática, a partir del siglo XV, cierto sector de la ciencia, la medicina, escribe Tratados y Recetarios de carácter cosmético, curativo, dietético, etc., en vulgar y no en latín. Es decir, en el sector de la ciencia aplicada, dirigida a fines prácticos, el uso del vulgar prevaleció desde muy pronto. Sin embargo, no sucede lo mismo en la investigación científica y académica de alto nivel. Por esta razón la elección que Galileo Galilei hace del vulgar para su obra científica cobra una relevancia significativa, máxime cuando la voz de Galileo provenía de las aulas universitarias.

Galileo sabía que dicha elección lingüística comportaba riesgos evidentes en la difusión de su obra científica porque, al abandonar el latín y al escribir en italiano, reducía considerablemente su difusión en el ámbito científico internacional. Pero el científico italiano era consciente también del paso que daba en el afianzamiento y dignificación del italiano como lengua de la cultura y del pensamiento científico más innovador, al situarlo, de esta manera, a la altura de una lengua de nivel internacional.

Esta elección lingüística se encuentra estrechamente ligada a la radical elección científica de Galileo Galilei, quien, con su método experimental, abre un nuevo paradigma en la ciencia de su época. Rompe con la tradición pseudocientífica de la Contrarreforma y pone las bases epistemológicas de la moderna concepción científica. En consecuencia, su prosa presupone ya un público laico, alejado de los parámetros dogmáticos del Concilio tridentino.

A dicho proyecto de renovación intelectual responde el estilo y la sintaxis de la prosa de Galileo. Una prosa nítidamente argumentativa, clásica en su composición, a caballo entre un intento de reconciliación con las excelencias del florentino literario y la realidad técnica de la ciencia. La prosa de Galilei es, en consecuencia, una prosa clara y precisa cuyo léxico obedece también a estas exigencias de claridad expositiva. Por consiguiente, el científico italiano, en el plano del léxico, lleva a cabo la eliminación de viejos vocablos de carácter abstracto e indeterminado, opuestos a las necesidades concretas de la precisión científica. En el nivel morfosintáctico, la sintaxis del período, aun respetando ciertos módulos de latinidad, se desembaraza de las complejidades de una hipotaxis compleja, para hacer una apuesta por el acercamiento al estilo paratáctico. En resumen, se trata de una prosa cercana ya a la búsqueda de un italiano común.

Hispanismos y galicismos en el léxico italiano del XVI y del XVII

La presencia española y francesa en Italia, durante ambos siglos, es evidente. Desde el XV Fernando I de Aragón había ocupado el reino de Nápoles, que ya por entonces se denominaba de las dos Sicilias. Carlos V había combatido con Francisco I de Francia por la ocupación del milanesado que, finalmente, había pasado a manos españolas, con el episodio previo del saco de Roma. Por otra parte, es también importante recordar la fuerza de las rutas comerciales entre España e Italia tras el descubrimiento de América.

Se intensifica, por tanto, el intercambio comercial, cultural y humano entre ambos países. Es, sin embargo, un intercambio de ida y vuelta. España, ya desde el XV, pero sobre todo a partir del XVI, ha tenido los ojos puestos en Italia como cuna de la poesía y el arte; gran número de italianismos entran en el vocabulario culto y cortesano del español de aquella época. Italia, a su vez, recibe de España, tal y como queda registrado en las áreas léxicas del italiano, en las que más abundan los hispanismos, un influjo de carácter ideológico en sentido amplio; un modo de entender el mundo y ver la realidad a través del prisma de la hispanidad.

En consecuencia, en el sector semántico, proveniente de la práctica caballeresca de los gobiernos españoles en el sur de Italia, se encuentran términos como: alborotto, assiento (enrolarse), appuderato (de nuestro apoderado, oficial del ejército encargado de las pagas), etc., junto con tecnicismos de los bandos milaneses: acclarare (asignar), allistare (registrar), esecutare (llevar a cabo) y con el célebre par impegno/disimpegno, ligado al código de honor de la nobleza española, posteriormente usado en italiano con valor genérico. Complimento, baciamano, creanza, sforzo, dissinvoltura, sussiego asi como disdoro o puntiglio son vocablos pertenecientes a las buenas formas de la alta sociedad española. A la vida mundana de la alta sociedad, corresponden los nombres de los bailes como sarabanda, spagnoletta, ciaccona, castagnette (nacchere en italiano “estándar”). También los títulos de don y signore, vivos aún en zonas rurales del sur, son, claramente, de procedencia española.

De la vida militar y marinera entran también al italiano gran número de préstamos: alfiere, almirante, guerrilla, terzo. Existen además hispanismos más populares que no han entrado directamente en el italiano, sino en distintos dialectos meridionales, preferentemente en napolitano y siciliano: ammoinare (nap. enfadarse), smaiato (nap. pálido, enfermo, sin alegría), disairari (sic. tomarse a mal algo), carnizzeri (sic. por maccellaio: carnicero), pusateri (sic. posadero), sustu (sic. por aburrimiento). A estas palabras deben añadirse las más exóticas, de procedencia americana, que llegaron al italiano a través del español o del portugués: caimano, condor, iguana, cacao, mais (maíz), patata, café, tabacco.

En cuanto al léxico francés, hay que decir que, en este momento, es menor que el del español, aunque, lógicamente, por razones históricas se verá incrementado a partir del siglo XVIII, hasta dejar una huella constante en el vocabulario del italiano a lo largo de todo el siglo XIX e incluso en el XX.

En el léxico del italiano entre los siglos XVI y XVII cabe destacar los siguientes francesismos: galleria, tappezzeria, gabinetto, lacché (lacayo), correspondientes al campo cortesano. El mundo de la diversión, del placer y de la sensualidad empieza a hacer aparición ya en el léxico francés del XVII que comienza a exportarlo al resto de Europa: parrucca, moda, giustacuore, galloni. Otras palabras están ligadas al mundo de la cultura y de la vida francesa en general: libertino, libertinaggio (movimiento intelectual francés cuyo origen es el XVII), azzardo (azar) de orígen árabe, pero que posiblemente entra en italiano a partir del francés hasard. Rango, dettaglio, etc., entran en el italiano en este siglo.

La “revolución” lingüística del italiano en el siglo XVIII

El siglo XVIII es para Italia, como para el resto de los países de Europa, un siglo trascendental en relación a la consolidación definitiva y a la toma de poder de la burguesía. La revolución industrial y la revolución burguesa sustituyen el antiguo régimen por un nuevo sistema social. En el XVIII, irrumpe una drástica y nueva visión de la sociedad, de la historia y del individuo cuyos efectos, si no de forma inmediata sí mediata, quedarán reflejados en el arte, en la cultura, y, por supuesto, en la lengua.

En este sentido, el llamado Siglo de las Luces presenta en Italia un gran interés con respecto al afianzamiento del italiano como lengua moderna de cultura. Los cambios ideológicos y sociohistóricos que sacuden Europa, durante el siglo XVIII, van a dejarse sentir también en Italia, cuyas capas burguesas e intelectuales, más acordes con la posiciones ilustradas, ven la necesidad urgente de modernizar el país, su cultura, y, en consecuencia, también su lengua.

Por tanto, los intelectuales italianos, que debido a la nueva visión estructural de la sociedad, no responden, únicamente, a los precedentes intereses cortesanos y aristocráticos, se sienten en la necesidad de iluminar a toda la sociedad y al Estado italiano en beneficio de todos. Los hombres de cultura, por consiguiente, creen necesario poner sus instrumentos culturales al servicio del Estado, con la finalidad de que éste pueda acometer las reformas sociopolíticas necesarias para la modernización social del país.

Las consideraciones precedentes implican, por supuesto, la transformación social de los centros urbanos, sobre todo, los correspondientes a la zona septentrional de Italia. La transformación y modernización social, ya mencionadas, posibilitaron la dinámica de demanda cultural, y, como consecuencia, la movilidad social. Hecho que dio un notable impulso al número de “usuarios” del italiano. En el XVIII, cada vez existen más sectores sociales que acceden a la cultura; es decir, al conocimiento del italiano, aunque sea de forma leída y escrita.

Al calor de los distintos factores de renovación cultural y social, la lengua italiana se abre también a su propia renovación lingüística. Pone al día su vocabulario con la adopción del léxico correspondiente a las nuevas áreas de conocimiento impulsadas por la Ilustración: filosofía política, derecho, economía. Deja paso a los distintos “europeísmos”: galicismos y anglicismos. De esta manera, no sólo se renueva el léxico cultista del italiano, sino que, en muchos casos, se renueva también el propio sentido semántico de determinadas palabras o familias de palabras, pertenecientes a la más genuina tradición italiana.

El léxico intelectual italiano se pone al día también, gracias a la creación de neologismos de orígen grecolatino, que han modificado su sentido, tras volver al italiano después de su paso por el francés. Éste es el caso de filósofo o filosófico, vocablo, que conforme al nuevo sentido ilustrado, designa toda actividad de tipo intelectual. Lo mismo podemos decir de las palabras clave, emblemáticas de la nueva concepción racionalista del mundo. Lumi, illuminato, illuminismo dejan de adscribirse al ámbito de la religiosidad supersticiosa para pasar a designar actividades de carácter racional. De hecho lo que en España conocemos por Ilustración, en Italia, se denomina Illuminismo. En la misma línea patria y nazione empiezan a dejar de designar la concreta ciudad natal para referirse al conjunto del territorio italiano.

En general, todos los campos léxicos correspondientes a la vida política, social y económica, provenientes del francés, se introducen en el vocabulario del italiano con el rango de neologismos. A partir de este momento el francés se convierte, con respecto a la lengua italiana, en la lengua de cultura privilegiada de las capas sociales cultas. Más tarde y ya en el siglo XVIII, intelectuales como Alfieri o Goldoni, y, en el XIX, Manzoni e incluso D’Annunzio escriben en francés obras de literatura o mantienen con dicha lengua una relación de extrema familiaridad. Después de la segunda guerra mundial, con la implantación cada vez más intensa del mito americano, el francés cederá su influencia al inglés, pero nunca en la misma medida que en otros países de Europa.

El francés no influye, sin embargo, solamente, en el léxico culto del italiano dieciochesco, sino que penetra también en las áreas y en los campos léxicos más populares del italiano, en las palabras relativas a los usos domésticos y a la cocina: ragù, cotolette, dessert, en el ámbito de la moda: mantò (con el acento agudo, característico del francés, en el sentido de abrigo), flanella, o colores como bleu, que junto con azzurro, vive en el italiano actual, incluso con mayor implantación en el italiano septentrional, y lillà entran a formar parte de la lengua italiana en el setecientos.

Desde una perspectiva morfosintáctica, se simplifica la estructura del período, en general, todavía heredera de la tradición de Boccaccio y de Bembo, hasta adquirir el andamento rítmico y sintáctico de la prosa moderna. La sintaxis latinizante, densa y sobrecargada de oraciones secundarias, de participios y gerundios que reproducen el uso latino, cuyos excesos más aberrantes habían llevado a la oscuridad del conceptismo y del manierismo de la prosa barroca, se desvanece. Gracias a los escritores de la Ilustración, se afirma un tipo de período lineal, extremadamente breve, donde la parataxis ha sustituido a la hipotaxis. La subordinación, escasa, se caracteriza únicamente por la presencia de oraciones de relativo. Se suprime el hipérbaton, y se instaura el orden lógico y directo de la construcción moderna: Sujeto, Verbo y Predicado, claramente influido por el orden lógico del periodo sintáctico francés.

En consecuencia, va ganando terreno el estilo nominal de la prosa política y periodística, cuyos orígenes son del XVIII.

Este tipo de prosa periodística, como la del Caffé, se acerca, de esta manera, con su rapidez y su voluntad comunicativa, cada vez más a los módulos de la lengua hablada.

Se transforma incluso, de forma radical, la lengua poética, liberada por el ejercicio musical de los poetas de la Arcadia, quienes, volviendo a la tradición renacentista, tamizada ahora por las enseñanzas de la estética racionalista, acercan la poesía a un público nuevo, en gustos y en costumbres más moderno. El teatro, espectáculo de gran popularidad en el XVIII, cobra un gran impulso gracias a Goldoni. El escritor, sirviéndose en sus comedias del veneciano llega a crear un lenguaje “superdialectal”, comprensible por todos los demás dialectos septentrionales. En cierta manera, aunque no de forma explícitamente directa, el teatro de Carlo Goldoni podría ser visto como la expresión literaria de las nuevas aspiraciones vitales de los sectores más avanzados del norte peninsular.

En el sur, el melodrama musicado cumple la misma función de endoculturización y ósmosis lingüística, pero, en este caso, se trata de un italiano heredero de los parámetros lingüísticos y poéticos de la tradición más cultista de Italia. Metastasio, su máximo representante, sigue sirviéndose de toda la tradición léxica prefijada por el petrarquismo del XVI. Se trata del mismo léxico sublime y etéreo, el léxico amoroso de la mejor línea de la alta cultura italiana, léxico que será asociado, en cierto sentido, con lo italiano en general, gracias al mundo del melodrama musicado.

Las polémicas lingüísticas del XVIII: un camino a la renovación

En el siglo XVIII, la llamada “questione della lingua” trasciende el ambiente literario. Dadas las condiciones de movilidad social y cultural, vuelve a plantearse el problema ancestral entre intelectuales y público. La exigencia de ponerse al mismo nivel de Europa, se traduce, en el plano lingüístico, en la propuesta de liberación con respecto al canon hegemónico en la tradición cultural italiana.

De los círculos literarios de la Arcadia, provienen figuras intelectuales como Muratori y Graviana, quienes con anterioridad a los hermanos Verri, llevan a cabo una renuncia de los principios perceptivos de la Accademia della Crusca. Ambos defienden, por vías separadas, la hipótesis de una lengua nacional, toscana por tradición, pero común a toda Italia; una lengua moderna al servicio de la cultura de su tiempo, una lengua que recoja también la práctica cotidiana y popular.

Contra el rígido purismo de la Crusca se alzan, a lo largo del XVIII, voces de distinta procedencia. Sin embargo, la más innovadora es la polémica lingüística emprendida, entre 1764 y 1766, por el Caffé, revista de la Academia milanesa dei Pugni. En esta revista, Pietro Verri diseña, en artículo dedicado a la literatura italiana, un modelo de intelectual, completamente alejado de las preceptivas poéticas y retóricas vigentes, más acorde con las posiciones de Galileo Galilei. En la misma línea, Alessandro Verri pronuncia la famosa Rinunzia de los escritores del Caffè a formar parte del Vocabolario de la Accademia della Crusca. La idea básica del documento propugna la necesidad de una lengua italiana, viva y dinámica, que permita a los italianos entrar en la modernidad. Para estos escritores, la verdadera funcionalidad de una lengua está en sus ideas, en los contenidos de modernidad que, provenientes del resto de Europa, renuevan el léxico del italiano.

Más moderadas parecen las posiciones de Giuseppe Baretti y de Melchiore Cesarotti, quien con su Saggio sulla filosofia delle lingue (1775) advierte de la relación recíproca entre lengua y sociedad, y de la natural tendencia de las lenguas al cambio lingüístico en razón del devenir histórico. Cesarrotti, al igual que Baretti, advierte de la distinción entre uso escrito y hablado de la lengua, y entre la necesidad de diferenciar la lengua común, cuya base lingüística es en su mayoría toscana, y el dialecto, de uso casi exclusivamente local.

Efectos lingüísticos de la dominación napoleónica

Durante la dominación napoleónica, continúa, en forma activa, la renovación lingüística del italiano iniciada en el XVIII. Dicho impulso renovador se refuerza e incluso se hace más intenso. En líneas generales, se asiste al crecimiento de la influencia francesa, incrementada, en este caso, por la presencia de las tropas napoleónicas en las regiones septentrionales de la república Cisalpina, y del posterior Reino itálico. De modo que, en dichas zonas, modeladas política y administrativamente conforme a la constitución francesa, se difunde el francés por vía popular.

Sin embargo, la aportación lingüística más interesante de este período consiste en el enriquecimiento y transformación de determinados lenguajes sectoriales del italiano: el político, el administrativo y el científico. Estamos ante uno de los momentos decisivos para la formación de una de las más importantes terminologías técnicas de la cultura moderna.

Frente a los galicismos técnicos del italiano de principios del XVIII: autorizzazione, consegna, gestione, installare, manutenzione, organizzare, etc., hay otros de la segunda mitad del siglo como contabilità, controllore; voces del periodo revolucionario, 1789-99: attivare, centralizzare, destituire, funzionario, responsabilità. Y, finalmente, palabras francesas introducidas en el periodo napoleónico, la mayor parte de éstas creadas dentro del interior del propio sistema léxico del italiano, por clara evolución semántica, o gracias a procesos de derivación y creación léxica, según los mecanismos derivativos y compositivos propios de la lengua italiana: pensionato, ricorrente, importo, ratifica, diramazione. Se modelan, a partir del francés, appello, dimissione, optare y opzione (cultismos), polizia, procedura, votazione, etc.

Por esta época se introduce en Italia el lenguaje jacobino. En su mayoría se trata de palabras griegas y latinas, ya presentes en italiano, que vuelven a Italia con un sentido semántico más acorde al nuevo orden sociopolítico. En su mayor parte, mediante el nuevo léxico jacobino, se forma el actual sistema semántico de la vida parlamentaria y democrática en Occidente: democrazia, popolo, massa, libertà, eguagliaza, cittadino, fraternità, destra, sinistra.

La potencia del francés fue, en este período, hasta tal punto poderosa en la Italia del norte que escritores y patriotas del período romántico lamentan, como Vincenzo Monti, la perversión que el francés ha ejercido sobre la lengua italiana. Se trata, en efecto, de un momento crítico para el italiano. Piénsese que, en una región como Piamonte, anexionada directamente a Francia, apenas si se toleraba el uso del italiano. La lengua oficial era el francés y, progresivamente, se estaba imponiendo en zonas próximas, hasta llegar incluso su poderío a Toscana. Por esta razón, no es de extrañar el decreto napoleónico del 9 de abril de 1809, mediante el cual el toscano, el dialecto más perfecto de todos los de Italia según Napoleón, debía ser transmitido en su pureza, a mayor gloria del Imperio y de sus letras.

Para llevar a cabo tal decisión, fue posible usar como lengua oficial al mismo nivel que el francés, el italiano. Napoleón, en su intento de fomentar el uso del italiano, llegó incluso a crear un premio para las mejores obras escritas en lengua italiana. Y volvió a imprimir, en 1808, el diccionario de la Accademia della Crusca, con la finalidad de conservar la pureza del italiano y, al mismo tiempo, juzgar las obras propuestas para el concurso imperial.

La unificación política de Italia y la imposición de un modelo lingüístico inexistente

Los años sucesivos a la caída de Napoleón, los años de la polémica romántica, son también los del auge y desarrollo de la nueva conciencia nacional. Conciencia que, acompañada de un férvido sentimiento nacionalista, prepara la inminente unidad política de Italia, y, por lo tanto, también su unificación lingüística.

El período de la Restauración que se abre en toda Europa tras la derrota de Napoleón se caracteriza por el aumento del clima antiliberal, antinacional y antidemocrático. Este endurecimiento político se recrudece en Italia, donde la ocupación por Austria de los territorios nororientales italianos, enrarece el clima político más exasperante. En consecuencia, el rechazo a la ocupación austríaca y al endurecimiento antiprogresista de su política, contribuyeron, decididamente, a la cultura del “Risorgimento”. En tales circunstancias sociohistóricas, la problemática lingüística de Italia, asi como sus diversas manifestaciones artísticas y literarias, asumen significados políticos que van más allá de la concepción ilustrada del compromiso social. Hablar italiano, en todo el territorio nacional, en estos momentos, es uno de los emblemas nacionalistas más importantes para la cohesión política del país.

Sin embargo, el problema de la unificación lingüística, dependiente del carácter elitista del propio “Risorgimento” sigue siendo, con anterioridad a la efectiva unidad italiana e incluso en las décadas sucesivas, un asunto teórico de debate intelectual. En resumidas cuentas, tanto uno como otra contaron con una reducidísima base social. La separación histórica entre intelectuales y capas populares, debida a la barrera lingüística existente entre lengua literaria y dialecto del uso cotidiano, se perpetuó también en esta fase crucial para la historia de Italia.

De esta manera, una vez unificada la península italiana, quedaba por unificar su lengua. La profunda ausencia de participación popular en las luchas políticas del “Risorgimento”, caracterizó también el período político de construcción del Estado nacional italiano, y su correspondiente política lingüística. Si bien es cierto que la elección lingüística estaba ya hecha desde hacia casi cuatro siglos antes, la difusión del modelo florentino-toscano, con las modificaciones sufridas a lo largo de los siglos XVIII y, sobre todo, en el XIX, emplearía todavía más de un siglo hasta llegar a contar con una lengua hablada por todos los italianos.

En el siglo XIX, existen aún una serie de factores socioeconómicos y culturales que actúan a modo de freno lingüístico en la difusión del italiano. Los espacios de unificación todavía por resolver, la cuestión social y la meridional, la lentitud del desarrollo burgués, la escasa y difícil escolarización de las clases subalternas, especialmente en zonas rurales, junto con las carencias estructurales del jovencísimo Estado italiano, harán de la unificación lingüística un proceso largo y costoso.

El cómputo estadístico del número de italianos capaces, por estas fechas, de utilizar el italiano de forma escrita y hablada es sorprendente. Del censo de 1881, se deduce que el 78% de la población italiana es analfabeta, en Cerdeña y Sicilia el porcentaje alcanza el 90%. El restante 22% era prácticamente analfabeto. Su conocimiento del italiano se reducía a escribir su nombre y apellidos, y a leer algo de italiano con balbuceos y con suma lentitud. Los ciudadanos italianos verdaderamente alfabetizados corresponden a las capas burguesas; saben escribir más o menos en toscano. En la comunicación cotidiana usan el dialecto, y sólo se sirven del “italiano”, en situaciones no confidenciales, con personas de otras regiones de Italia, pero se expresan, sin embargo, sin ninguna naturalidad y con gran incertidumbre, ya que se trata de una lengua aprendida en los libros y no a través de una real práctica comunicativa.

Más significativos se muestran, en esta misma línea, los testimonios relativos al malestar sentido por los diputados en las primeras sesiones del Parlamento.

Por otra parte, en algunas zonas de Italia, por ejemplo Piamonte, se seguía usando el francés. La excepción la constituyen Toscana y Roma, donde el italiano, con ciertas variaciones dialectales, según los hablantes y las distintas situaciones sociolingüísticas, se habla y se entiende sin dificultad. Fuera de dichas zonas, se calcula que sólo el 08% sabía, en 1861, hablar y escribir correctamente el italiano, incluidas Toscana y Roma, el porcentaje de italófonos alcanza el 2,5%.

La “questione della lingua” en el siglo XIX. La solución manzoniana y la controversia con Ascoli

El siglo XIX es el momento en el que, con la resolución de los acontecimientos históricos ya indicados, la cuestión lingüística italiana parece encaminarse hacia una solución, en un principio teórica y, posteriormente, ya en el XX, práctica. En el plano teórico, los debates lingüísticos siguen dominando el panorama intelectual de la Italia del XIX.

Durante la primera parte del siglo surge el grupo de los denominados puristas y clasicistas, cuya reacción al exceso de francesismo del período napoleónico les lleva a teorizar una vuelta a las posiciones lingüísticas más, estrictamente, trecentistas. La reedición del Diccionario de la Crusca, con el consiguiente añadido léxico de uso cinquecentesco, fue corregida y encargada, ya desde 1806, a Antonio Cesari (1760-1828), el máximo representante de la escuela purista. Césari, en su Dissertazione sopra lo stato presente della lingua italiana (1808), y en su posterior diálogo, Le Grazie (1813), propone, en sintonía con las tesis de Salviati, una rígida vuelta al uso florentino del XIV. De esta manera, el autor renuncia, en mor de la frescura de la lengua italiana, a cuatro siglos de evolución y espontaneidad lingüística. En la misma línea de restauración, arcaizantemente florentina, hay que destacar a pensadores como Basilio Puoti, Luigi Fornaciari, Pietro Fanfani.

En clara confrontación con los puristas, pero próximos a consideraciones estetizantes y literarias, se encuentra la corriente clasicista, encabezada por Vincenzo Monti y por Pietro Giordani. Monti rechaza la exclusividad trecentista y toscanizante de los puristas ya que, según su opinión, es necesario tener presente la mejor tradición literaria nacional. Monti llega a teorizar una prudente libertad de enriquecimiento y renovación lingüística, aunque regulada por una fuerte educación literaria y artística. Similar, pero con fuertes matizaciones pedagógicas y progresistas, es la posición de Giordani, cuyo ideal es el del escritor de elite, guía nacional en el uso del italiano. Aun teniendo por modelo lingüístico y estilístico a los escritores antiguos, Giordani considera imprescindible no perder de vista la relación cultura/sociedad, relación más sólidamente consolidada en el siglo XIV que en los días del pensador. A pesar del tono, en apariencia progresista, la propuesta de Giordani permanece anclada a una visión elitista y literaria de los fenómenos lingüísticos.

Dejando de lado las posiciones lingüísticas de Foscolo y de Leopardi, cuyas contribuciones y reflexiones en materia de creación les han dado cabida dentro de los grandes autores de la literatura italiana. Merece, sin embargo, especial interés la posición asumida por Alessandro Manzoni, más acorde con los postulados románticos.

Los románticos italianos se conectan, por una parte, con las posiciones ilustradas en materia lingüística, a causa de su interés en la renovación del italiano. Sin embargo, por otro lado, van más allá, al propugnar una literatura actual, nacional y popular, enraizada en el contexto histórico de los escritores. De ahí que, según las tesis románticas, la lengua italiana deba adaptarse a tales fines, y llegar a ser un instrumento expresivo renovado, sencillo, unitario y verdadero, distinto y, radicalmente alejado de la lengua de la tradición clasicista, áulica y académica. En el ámbito de esta polémica encuentra también cabida la defensa del dialecto. Es decir, para algunos románticos, la difusión de la lengua nacional podía ser efectuada sin penalizar el patrimonio cultural de los dialectos.

Ahora bien, el hecho más sobresaliente de las posiciones románticas reside en el abandono progresivo del modelo literario del italiano, con el consiguiente acercamiento a la realidad hablada de la lengua. De esta manera, gracias al calor de las luchas políticas por la unidad de Italia, la lengua de los italianos se concibe ya como un verdadero instrumento de comunicación lingüística.

En este contexto de reflexión y de debate, Manzoni ofrece la solución más audaz y más radical para su tiempo, con respecto al modelo lingüístico sobre el que se debía unificar Italia. El escritor ya había reflexionado, incluso en el terreno de la práctica, acerca del tipo de italiano que debía servir como vehículo y modelo comunicativo de la nueva realidad social y cultural italiana. Su novela de 1827, I Promessi Sposi (Los Novios), era un buen botón de muestra de las reflexiones lingüísticas del autor, quien, con la redacción de su obra, había afrontado ya, con rigor e interés, la creación de una lengua adaptada a las exigencias retóricas y estilísticas de los nuevos personajes que hacían aparición en el ámbito de la literatura italiana: los campesinos Renzo e Lucia. Manzoni, en consecuencia, había optado por florentinizar, desde abajo, la lengua de sus personajes. De Manzoni proviene el celebérrimo “riscaquare i panni in Arno”. Dicho que corresponde al tiempo de estudio vivo del florentino por parte del escritor milanés en la ciudad de Florencia, con el objetivo de estudiar y conocer el habla local con la que mayoritariamente habrían de expresarse sus protagonistas.

Con posterioridad, en la carta titulada Sulla lingua italiana (1850), el escritor teoriza la adopción del florentino vivo como solución al problema lingüístico de los italianos. Su propuesta no es del todo novedosa, puesto que ya Macchiavelli, y otros intelectuales del XVI habían planteado la misma solución. Nueva es, sin embargo, su perspectiva no exclusivamente literaria.

El interés concreto del escritor, de orden, preferentemente sociocultural, supone un intento real de unificación lingüística de Italia. Las anteriores propuestas de italiano seguían partiendo de un patrimonio lingüístico común, pero ligado a la retórica ancestral de la alta literatura italiana. Para Manzoni, el anterior anclaje literario, alejado de la lengua hablada de una concreta comunidad lingüística, había impedido expresar todos los aspectos de la vida, y había mantenido a la lengua italiana en un nivel de abstracción idealizante. Los aspectos más positivos de la tesis manzoniana se centran, por tanto, en la superación de los aspectos exclusivamente literarios de los fenómenos de comunicación lingüística, y en la necesidad de llegar al uso vivo de una lengua antiacadémica y natural.

De esta manera Manzoni contribuye decididamente en el desvanecimiento del histórico divorcio entre lengua escrita y lengua hablada, contribuyendo, contemporáneamente, a la capacitación y rehabilitación del italiano como lengua moderna e instrumento común de comunicación social. La parte más negativa de su posición lingüística reside en los aspectos más generales y teóricos de su planteamiento. La búsqueda unitaria que llevó a cabo Manzoni en su novela, al fundir niveles lingüísticos de la tradición literaria junto con el florentino hablado y el milanés hablado de su época, era imposible en la práctica lingüística concreta y cotidiana de los italianos. Los continuadores del escritor, de hecho, no supieron llevar adelante la natural sencillez lingüística y estilística del maestro, y su ejercicio literario, forzado y antinatural, instauró nuevamente un rígido florentinismo, híbrido y retórico.

Posteriormente, una vez realizada por completo la unidad política de Italia, Broglio, ministro de Educación y Ciencia del primer gobierno italiano, encargó a Manzoni la redacción de un informe oficial sobre la unificación lingüística nacional y sobre los medios para su difusión. El escritor sintetizó, para esta ocasión, parte de su carta dedicada a la lengua italiana, y propuso básicamente la difusión del florentino vivo a través de la escuela y de la enseñanza. Como la Iglesia durante los siglos XVI y XVII, Manzoni propone una serie de medidas de política lingüística entre las que cabe señalar: mandar a los maestros nacionales, no toscanos, a Florencia para aprender la lengua viva de la ciudad, impulsar y estimular a los jóvenes estudiantes de Magisterio en el aprendizaje y adquisición real del florentino, mediante un sistema de becas que les garantizara una larga permanencia en la capital de Toscana con el objetivo de mejorar su competencia activa en el uso del florentino, crear un nuevo diccionario del florentino hablado para uso escolar.

Manzoni no parecía ser consciente de la contradicción que proponía, ya que, nuevamente, el florentino, para llegar a ser lengua de todos los italianos, debía aprenderse a través del estudio. Como más tarde le objetó Ascoli, un diccionario para los hablantes de una lengua madre debe ser sedimentación de su acervo lingüístico, y no normatividad prescriptiva de la lengua literaria. En realidad, Manzoni se limitaba a proponer una nueva norma lingüística, mientras que el país necesitaba una serie de procesos socioculturales concretos que permitieran una verdadera unificación, que no podía realizarse desde arriba. No era posible hacer florentino a todo el resto de los ciudadanos italianos, únicamente mediante la escuela o el uso de un diccionario, y hacerles olvidar sus respectivas lenguas maternas y el propio patrimonio cultural en ellas acumulado.

A partir de este momento, por consiguiente, de manera más oficial que en el siglo XVI, se hablará de una única lengua italiana: el florentino-toscano, y el resto serán, simplemente, dialectos. Tal diferenciación terminológica, en el caso de Italia, obedece, casi exclusivamente, a razones de política lingüística. Todas las lenguas de la península italiana, a excepción del florentino-toscano, son designadas dialectos, pero, dadas las diversidades lingüísticas internas al propio código dialectal, gran número de éstos son, en el mejor sentido de la lingüística interna, lenguas y no dialectos.

La tesis manzoniana, lógicamente, dio lugar a un gran debate en toda Italia. Carlo Tenca critica a Manzoni el no haber tenido en consideración que la lengua no es, solamente, un conjunto de vocablos, sino, fundamentalmente, una forma de pensamiento. Tenca, en su defensa del patrimonio lingüístico italiano, piensa que la unidad ofrece una inmejorable oportunidad histórica para crear una lengua unitaria de confluencias y sumas, y no de exclusiones.

Sin embargo, la figura más relevante en la oposición a las soluciones manzonianas es Graziadio Isaia Ascoli, quien resuelve, en modo efectivo, la controversia, al aportar reales soluciones prácticas al debate lingüístico. Lingüista y dialectólogo, Ascoli se mueve, en su crítica a la tesis manzoniana, por el rigor de la propia investigación. En su opinión, no es posible pasar por alto el peso de la tradición lingüística italiana que ha llevado al florentino a situarse a la cabeza de las manifestaciones lingüísticas de Italia. Para resolver el problema, en un momento tan favorable como el que brinda la unidad política, es necesario revisar los factores históricos, sociales y culturales que han contribuido al primado del florentino, y, en cierta manera, tratar de paliarlos, si de verdad se quiere lograr una real unificación lingüística de todo el territorio nacional.

Para Ascoli, la unificación lingüística de Italia se lograría al extirpar la ancestral retórica y el elitismo cultural italiano, mediante la difusión de la cultura, y con el favorecimiento de una vida nacional, social y colectiva para todos los italianos. Con los planteamientos de Ascoli, se ponían las bases, aunque en un nivel teórico, para zanjar la plurisecular “questione della lingua”. El tiempo los iría resolviendo en el terreno de la práctica y de la comunicación cotidiana.

Procesos de unificación lingüística en la Italia del siglo XX: un lento camino por recorrer

Como Ascoli preveía, la verdadera unidad política de Italia iba a ponerse en marcha cuando el país empezara a desarrollar cauces sociales, individuales y colectivos para lograr el objetivo de la unidad. En este sentido, factores como la unificación política y administrativa, y la difusión de la democracia, el progreso tecnológico y el desarrollo industrial, el incremento de la escolarización, la prensa nacional, la urbanización y las distintas migraciones internas y externas ayudan a poner en contacto a miles de ciudadanos y ciudadanas de estratos sociales distintos y de proveniencia geográfica distinta. Por otra parte, acontecimientos como la primera guerra mundial o la difusión de la radio, y sobre todo de la televisión, fueron, poco a poco, favoreciendo la difusión del italiano y su posterior, aunque más lenta, adquisición.

En primer lugar, la lengua de la burocracia, en su formación como lenguaje sectorial para todos los italianos, ha sufrido una influencia determinante de los dialectos meridionales (esta zona de Italia cuenta con el mayor número de funcionarios del Estado) y, en consecuencia, dada la dominación española en el reino de las dos Sicilias, durante casi cinco siglos, la presencia del español es también muy poderosa en esta variedad del italiano. La variedad burocrática ha gozado de un notable prestigio lingüístico, al menos en niveles populares, y ha ejercido también un influjo considerable en el italiano común.

Con respecto a la importancia lingüística que ha jugado, en la difusión del italiano, el servicio militar hay que destacar su labor de “mestizaje” lingüístico y de creador de “italianidad”. El ejército, justamente, con fines de unificación nacional, manda, para hacer la mili, a los italianos del norte al sur, y viceversa. De esta manera, de forma sistemática, la población juvenil masculina entra en contacto con ambientes y personas de culturas y dialectos distintos. Se acostumbra a hablar en italiano, y se favorece así el intercambio de expresiones y términos de los respectivos dialectos, que, gracias a dicho proceso, entran en el italiano común.

En esta línea de difusión del italiano por parte del ejército, la primera guerra mundial marca un hito en la difusión e innovación del italiano. En los casi cuatro años que duró el primer conflicto mundial, el campesinado, cuya presencia en el frente de guerra fue mayoritaria, tuvo ocasión de encontrarse e intercambiar sus respectivas experiencias dialectales. La burguesía, en la medida que participó en el conflicto, se liberó, en parte, de la retórica ancestral del “bell’italiano”. Sobre todo, gracias al encuentro de poblaciones de distintas zonas de Italia, durante la guerra del 14, se perfiló, por primera vez en la historia de la lengua italiana, un nivel lingüístico de italiano popular y unitario, rico en regionalismos, pero no exclusivamente regional.

Gracias a los testimonios “escritos” de los soldados y prisioneros de guerra, semianalfabetos muchos de ellos, se documenta la creación del primer italiano popular, una lengua no culta, ni gramaticalmente correcta como la del italiano estándar, pero viva y ampliamente utilizada por las capas populares. Expresiones del italiano familiar actual como attaccare bottoni (pegar la hebra), essere fuori uso (estar fuera de uso), tagliare la corda (cortar con algo negativo), fare fesso (hacer el tonto) son formas idiomáticas que entran al italiano común a través de la experiencia lingüística de la primera guerra.

La renovación lingüística que, en los niveles militares de la tropa de a pie, favorecía la difusión del italiano como lengua nacional, eliminando la retórica grandilocuente del italiano aristocrático y elitista, contrasta con el discurso político de quienes habían impulsado la entrada de Italia en la guerra. Gabriele D’Annunzio, primer protagonista de la empresa intervencionista, basa la persuasión sensorial de su retórica en el preciosismo estetizante de unos textos que reproducen, nuevamente, el ancestral sentimiento católico de la pasión de Cristo, en este caso dedicada a la salvación de la Patria. El escritor utiliza la complejidad formal de una lengua áulica y enrevesada, cuya función persuasiva reside en la dificultad de un mensaje divinizado.

Ya en los años del despegue económico, durante las primeras décadas del XX, se produce también el fenómeno social de la emigración italiana a América, la mayoría de los emigrantes provienen del sur, son campesinos y analfabetos. La emigración, al entrar en contacto con realidades socioeconómicas más avanzadas, se “desprovincializa”. Aprende la importancia de la instrucción, comprende que debe aprender a leer y a escribir la lengua del país de acogida para defender sus intereses y para lograr una cierta integración, y la propia para poder mantener contacto con la familia de Italia. En este sentido la emigración se convierte en una escuela de emancipación.

Sin embargo, los efectos lingüísticos de la emigración repercuten, sólo indirectamente, en la creación y evolución de la lengua italiana. Por el contrario, el otro gran movimiento migratorio de la Italia del XX, cuya repercusión en la unificación lingüística del país ha sido determinante, es, sin duda alguna, la inmigración del campesinado meridional hacia los centros urbanos e industriales del norte: Milán, Turín y Génova. Asimismo, dentro de las regiones del sur, los centros urbanos ven multiplicar su población con el progresivo abandono de los pequeños núcleos rurales. En este caso, los ciudadanos que se incorporan a las capitales de las diferentes provincias y regiones de Italia abandonan sus dialectos locales en favor del dialecto de cada ciudad. Se liman las respectivas hablas rústicas y se amalgaman las urbanas, bastante más italianizadas.

Con respecto a los campesinos meridionales que llegan al norte de Italia a trabajar, el proceso es más drástico, complejo y de mayor rendimiento lingüístico unificador. Dada la divergencia de los dialectos meridionales con respecto a los septentrionales (en donde se hablaba, incluso en Turín, bastante más italiano que en el sur), los trabajadores meridionales, para comprenderse con otros trabajadores de distintas procedencias geográficas o con los cargos directivos de las empresas, y con la finalidad de lograr una integración social aceptable, necesitan aprender italiano. Estamos, en consecuencia, ante dos órdenes de fenómenos lingüísticos, un trasvase del dialecto local y familiar al regional, y otro del dialecto regional al italiano. En este cuadro complejo de relaciones interlingüísticas, hay que tener presente también la defensa del dialecto del propio espacio de acogida inmigratoria, en detrimento del de orígen, índice de pertenencia absoluta a dicha sociedad, más prestigiosa.

Tras la unidad de Italia, el grado de escolarización, y la consiguiente alfabetización, son todavía inapreciables. Los maestros de las zonas rurales por su parte, dada su escasa preparación cultural y la necesidad pedagógica de hacerse comprender por los alumnos, continúan dando clase en dialecto. Hasta bien entrado el XX, después de la segunda guerra mundial, la enseñanza primaria no se imparte en italiano; lengua que se usa en la escuela, pero que, sin embargo, no es practicada fuera del ambiente escolar. Los efectos lingüísticos de un grado de escolarización aún escaso se dejan sentir rápidamente. Si de una parte, aumenta la difusión del italiano en todo el territorio nacional, su nivel de competencia sigue siendo muy bajo y, únicamente las capas burguesas de la población logran un manejo activo de la lengua. El resto y, preferentemente, los estratos populares de ámbito rural hablan italiano mezclado con el dialecto. A partir de 1964, cuando la enseñanza elemental se hace obligatoria, el italiano se encamina a ser una lengua verdaderamente hablada y escrita por todos los italianos.

Un impulso notable, en la difusión del italiano como lengua común, ha sido dado a través de la difusión de los periódicos y diarios de ámbito nacional, cuya tirada, ya en 1950, alcanza al 50% de la población adulta. Sin embargo, la radio y, fundamentalmente la televisión, que en 1958 llegaba al 80% de los hogares italianos, son los medios de comunicación de masas que han hecho realmente posible que el italiano llegara y se extendiera por toda la geografía italiana. La radio, incluso antes que la televisión, ha contribuido a homogeneizar la pronunciación del italiano. La pronunciación radiofónica, más rígida y normativa que la de la televisión, ha sido, en un principio, más toscanizante, con claros elementos romanos en su caracterización fonética. En la actualidad, ha incorporado la presencia de componentes léxicos septentrionales, turineses y milaneses en su mayoría. La lengua común sigue, de esta manera, las diferentes tendencias económicas y sociopolíticas en relación a los espacios y centros de poder más prestigiosos y de mayor peso en el desarrollo nacional.

Estos factores de unificación y homologación lingüística no han seguido un curso lineal ni uniforme según las distintas áreas geográficas y los diferentes sectores sociales. Debe tenerse presente que en los años cincuenta existía aún una tasa del 14% de analfabetos, y los semianalfabetos eran también muy numerosos. Los profundos desniveles socioeconómicos entre el norte y el sur marcaron también una ruptura en el panorama de homogeneidad lingüística del país.

Los veinte años de fascismo italiano (1925-1945) supusieron, por otra parte, una involución con respecto a los ideales y los logros de unificación lingüística de períodos históricos precedentes. La política lingüística del fascismo es expresión y consecuencia del freno en el desarrollo de la democracia y de la vida política de los italianos. Hay una vuelta a la retórica elitista del italiano más aristocratizante, el fascismo combate el uso del dialecto y cualquier neologismo que provenga de los países “plutodemocráticos” (palabras de Mussolini) de Europa o de América. Términos como calcio (patada) por fútbol o autista por chófer son muestras del purismo italianizante de la política lingüística del fascismo.

Tras este paréntesis en la historia política y lingüística de Italia, con el restablecimiento de la democracia y de las libertades, el italiano se encamina a su verdadera síntesis de integración plurilingüe y pluricultural. Hecho que favorece, a partir de la segunda mitad del XX, el aumento en el número real de italófonos, la renovación de las estructuras léxicas y sintácticas de la lengua, el afianzamiento de un italiano común-medio hablado y escrito por casi todos los italianos, el enriquecimiento de la expresividad multigenérica de su literatura y el respeto y la posibilidad de integración cultural de cánones estéticos, en cierta manera, alejados de la alta tradición más genuinamente italiana.

El italiano actual: variedades, registros y niveles

La lengua italiana se convierte, por tanto, a lo largo del siglo XX, en una lengua viva y verdadera, estratificada en una rica gama de variedades, registros y niveles de uso, según el espacio y el tiempo, la jerarquía social, y los distintos tipos de situaciones sociocomunicativas, dependiendo, a su vez, del medio, escrito o hablado, en el que se exprese el mensaje.

En primer lugar, cabe señalar el llamado italiano estándar, variedad nacional generalmente escrita y formal, el italiano que todavía se enseña, el que se habla en situaciones oficiales e institucionales. Esta variedad, la heredera más directa del italiano literario, ha ido sufriendo el influjo de los centros de poder político, económico y cultural y también la influencia lingüística de los grandes medios informativos: prensa, radio y televisión. La lengua estándar, en un nivel oral, al reproducir esquemas propios de la lengua escrita, se acerca cada vez más al uso escrito-hablado de los presentadores y los periodistas de la radiotelevisión italiana.

En los últimos años, este tipo de italiano, cuya existencia sirve fundamentalmente para el establecimiento del resto de las variedades y registros de los restantes usos del italiano, ha rebajado considerablemente los niveles de aulicismo estetizante aún vigentes hasta, prácticamente, los años 60.

En segundo lugar, se encuentra el denominado italiano de uso medio que, más que una variedad unitaria, debe entenderse como el común denominador de distintos fenómenos lingüísticos de naturaleza principalmente hablada, familiar e incluso popular. El italiano de uso medio se extiende por todo el territorio nacional. En realidad, mientras todas sus caracterizaciones lingüísticas son formas propias del hablado, no todas lo son del escrito. En esta segunda variedad, en oposición a la primera, las manifestaciones escritas, de clara tendencia a la informalidad, reproducen las tendencias estructurales propias de la lengua hablada: elipsis y omisiones, imperfecta programación discursiva, prevalecimiento de la organización semántica sobre la sintáctica, tendencia al énfasis y a la redundancia expresiva, etc.

La tercera variedad es el italiano regional y local, el italiano de uso medio utilizado en situaciones tendentes a una mayor informalidad, pero con la incorporación léxica y morfosintáctica característica de cada realidad lingüística regional. El italiano regional, o mejor todavía, los italianos regionales son la verdadera realidad hablada de Italia. El italiano hablado es siempre regional, casi nunca escrito. El italiano regional puede perder ciertos rasgos dialectales, nunca perderá, sin embargo, su respectiva pronunciación. En este caso, el italiano regional asciende al de uso medio.

Si, por el contrario, el italiano regional se maneja con menor competencia lingüística, y con tendencia a una mayor caída hacia el dialecto, no sólo regional, sino también local, nos encontramos con un desplazamiento progresivo hacia el siguiente tipo de italiano: el italiano popular.

En general, se puede decir que los distintos italianos regionales y locales son el resultado del encuentro entre el italiano estándar y los diferentes dialectos. Dependiendo del grado de “italianización”, el tipo de italiano regional será más alto o más bajo. De hecho, el italiano regional se caracteriza tanto por la conmutación de código lingüístico como por la presencia de enunciados mixtilingües. Por consiguiente, los diferentes italianos regionales trazan un claro paso del bilingüismo (lengua en oposición a dialecto) a la diglosia.

Los italianos regionales pueden ser considerados, en consecuencia, variantes diatópicas y diastráticas del italiano.

Dentro de los respectivos italianos regionales, cabe destacar cuatro grandes variedades regionales: septentrional, toscana, romana y meridional. Cada una de las cuatro variedades se caracteriza por sus respectivas soluciones fonológicas y morfosintácticas, reflejo de las correspondientes soluciones dialectales. Por ejemplo, pronunciación generalizada de /s/ interdental. en el septentrional, frente a la generalizada sordez del mismo fonema en el meridional. Uso generalizado del passato prossimo (tiempo verbal correspondiente al pretérito perfecto español) en el norte, única presencia del passato remoto (el pretérito indefinido español) en el sur.

Sin embargo, el fenómeno más llamativo de los italianos regionales es su diversidad y riqueza léxica, hasta el punto que es posible hablar de geosinónimos. Así, por ejemplo, frente al panettiere (panadero) de Turín, se encuentra prestinaio en Milán, el fornaio de Florencia, el fornaro en todo el sur. Curioso es el caso de idraulico (fontanero) que puede encontrar hasta diez acepciones, según distintas zonas de Italia: lattoniere, trombaio, stagnino, stagnaio, stagnaro, etc.

La siguiente variedad, el italiano popular, es el tipo de italiano usado por los italianos de las clases populares en las distintas regiones de Italia, cuyo nivel cultural y de escolarización es bastante bajo; se trata de semianalfabetos. Por consiguiente, su conocimiento directo y su competencia activa del italiano estándar-medio es también muy baja, su necesidad de utilización escasa y, en consecuencia, en aquellas ocasiones sociolingüísticamente formales en que dichos hablantes se ven en la necesidad de utilizar el italiano, recurren a una mezcla lingüística entre el italiano y sus respectivos dialectos. Este mixtilingüismo, tendente a la simplificación sistemática de sus estructuras morfosintácticas, caracteriza no sólo este tipo de italiano, sino a cualquier otra habla popular.

El italiano popular es, en cierto sentido, un fenómeno panrrománico, ya que algunas de sus caracterizaciones lingüísticas se encuentran también en el francés popular y en el español vulgar. La diferencia con estas variedades diastráticas del francés o del español reside en que el italiano popular es, al mismo tiempo que una variante diastrática, también una variedad diatópica.

Por este motivo, representa el nivel sociolingüísticamente inferior dentro de los respectivos italianos regionales, y, como éstos, es un fenómeno lingüístico fundamentalmente hablado, a pesar de que muchos de los estudios sobre este tipo de italiano se han hecho a partir de textos “escritos” por semianalfabetos que, en situaciones dramáticas y extremas, se veían en la necesidad de coger la pluma para comunicarse o liberar su angustia. La verdadera naturaleza lingüística de esos documentos es hablada, y muchos de los rasgos del italiano popular están presentes en el italiano de uso medio como rasgos característicos de la gramática peculiar del hablado.

La única, pero importante diferencia, entre un tipo y otro de italiano, reside en la admisión o no de las principales características diferenciadoras del italiano popular con respecto al de uso medio. Aparte de los fenómenos peculiares del hablado, el italiano popular, como variedad diastrática inferior, presenta errores o desvíos lingüísticos con respecto al modelo del italiano estándar y al de uso medio. Muchos de esos errores son compartidos, en los niveles inferiores de sus respectivos diasistemas, por otras lenguas neolatina, y por el mismo italiano en época de orígenes, sobre todo en el desarrollo de sus primeros textos prosísticos. Lo cual indica el grado de espontaneidad lingüística y la falta de evolución morfosintáctica del italiano popular.

Aunque el italiano popular, como variante diastrática recorre todo el territorio italiano, y, por lo tanto, se trata de un fenómeno lingüístico de carácter nacional, en sus peculiaridades diatópicas, el italiano popular de entremezcla con los respectivos usos dialectales y, como mínimo, con los niveles de regionalismo lingüístico, presentes en el italiano regional. En consecuencia, estamos ante la variedad social inferior del diasistema del italiano que, lógicamente, se entremezcla con la diferenciación geográfica y dialectal de Italia.

Es posible hablar, por tanto, de italianos populares, tantos como italianos regionales. Léxicamente, fonológicamente y también, morfosintácticamente, el italiano popular está marcado por las estructuras dialectales, con frecuencia iguales o similares a las del italiano estándar-medio. Gracias a procesos de analogía, interferencia, ultracorrección, simplificación o superposición de estructuras morfosintácticas configura un sistema lingüístico mixto, a caballo entre ciertas pinceladas superficiales de italianidad y unos cimientos fuertemente asentados en la dialectalidad, más o menos regionalizada.

Clasificación general de los dialectos italianos. Relación “lengua-dialecto” en el panorama lingüístico de la Italia de hoy

Los distintos factores de modernización de la sociedad italiana han favorecido la progresiva italianización de la inmensa mayoría de sus habitantes, lo cual no significa que los dialectos hayan perdido, verdaderamente, su vitalidad.

Existen cuatro grandes tipos o clases de dialectos italianos todavía hoy vivos. Los dialectos septentrionales, a su vez divididos en galoitálicos: piamonteses, ligures, lombardos, emilianos, romañolos, y los vénetos; los dialectos de transición: entre Emilia Romania y las Marcas, los centrales, cuya posición favorece también la mediación lingüística entre las series extremas, divididos, principalmente, en toscanos, marquisanos, umbros, por un lado, y aretinos y romanescos y aretino-aquilanos, por otro, y, por último, los meridionales, diferenciados a su vez en altomeridionales: abruceses, molisanos, campanos, salentinos y calabrolucanos, y meridionales extremos: salernitanos y sicilianos.

A pesar del peso y de la diversidad dialectal, se puede decir que la competencia pasiva del italiano se ha generalizado en todo el país, pero no así, totalmente, la activa. En su conjunto, el repertorio de la mayoría de los italianos está formado, hoy por hoy, por una escala de variedades de italiano y de variedades de dialecto, no siempre igualmente ricas y productivas. Lo cierto es que las capitales de las distintas regiones de Italia han dejado de ser centros activos en la difusión del dialecto para transformarse en centros de difusión de la lengua nacional.

En este impulso de difusión del italiano los jóvenes han jugado un papel determinante. No sólo han sido quienes, gracias a su total escolarización, han aprendido y usado el italiano entre ellos y con sus profesores, sino que además han sido la principal vía de italianización, junto con los medios de comunicación, para los componentes de sus propias familias que, generalmente, de puertas a dentro, hablaban en dialecto.

Aparte del hecho generacional, es importante tener presente el factor sociolingüístico de la diglosia. Muchos italianos experimentan, todavía hoy, desconfianza y vergüenza al hablar su dialecto, sentido aún como signo de status inferior, social y culturalmente. Por esa razón, en situaciones socialmente formales, camuflarán, en la medida de lo posible, y dependiendo del grado y nivel cultural, el dialecto, y extremarán la formalidad expresiva del italiano.

Por el contrario, el uso del dialecto puede ser visto también como vehículo lingüístico de mayor solidaridad y confianza, en oposición a la rigidez estilística y formal del italiano. Por este motivo, el dialecto sigue resistiendo, frente al italiano, en los centros de trabajo. Sin embargo, dada la mayor competencia activa del italiano por parte de la mayoría de los sectores sociales, nos enfrentamos con un bilingüismo que va aligerando, cada vez más, su presente carga de diglosia.

Es cierto que la mayor resistencia de la diglosia es más intensa en las regiones de Italia donde la italianización es menor: el sur. Allí, precisamente, el uso del dialecto presenta una mayor regresión. En ciertas zonas del norte, el dialecto no es visto, sin embargo, como signo de inferioridad, sino que, una vez alcanzado el máximo nivel de italianidad, puede ser sentido incluso como bandera nacionalista, y signo de distinción por parte de determinados sectores sociales acomodados, que se distinguen, mediante su uso, de otros ciudadanos no autóctonos, que sólo hablan el italiano.

La conservación del dialecto varía, por tanto, según la región y el lugar. En el Veneto y en Sicilia se usa más que en el resto del país; en Boloña es también una realidad, lingüísticamente viva, mientras que, en las grandes ciudades industriales del norte: Milán o Turín, decae su uso considerablemente. Como es lógico, los centros pequeños conservan más que los grandes la tradición dialectal.

En cualquier caso, es posible concluir diciendo que la inmensa mayoría de los italianos, en las últimas décadas del siglo XX, está en grado de manejar, con más o menos soltura, el correspondiente italiano regional. Hecho que está suponiendo la pérdida de la riqueza expresiva más específicamente dialectal, cuyo uso es siempre, a excepción de las zonas indicadas, cada vez más restringido. Los efectos más visibles del encuentro entre lengua y dialecto son, en consecuencia, el italiano regional y el italiano popular por un lado, y, por otro, la progresiva italianización de los dialectos.

En general, dicho proceso de italianización de los dialectos ha facilitado la transferencia e incorporación de palabras y construcciones dialectales al italiano común, al favorecer las mixturas interlingüísticas de los italianos regionales y los populares.

Últimas tendencias del italiano contemporáneo. Los últimos debates lingüísticos

La tendencia a la mayor economía lingüística, y, por lo tanto, una relativa predisposición a la reducción sistemática está ganando terreno en el italiano vivo de hoy, el cual se ha convertido en un vehículo real de comunicación. En este sentido, el passato prossimo (equivalente al pretérito perfecto español) gana terreno, incluso fuera del área septentrional, imponiéndose como el tiempo del pasado de las formas habladas en toda Italia. El futuro se está viendo arrinconado por el uso del presente, sobre todo en frases temporales como: “Quando arrivo, ti telefono” (Cuando llegue, te llamaré). Y, junto a las oraciones temporales en presente de indicativo, es cada vez más frecuente el uso del imperfecto de indicativo en las condicionales de irrealidad: Se mi chiamavi, venivo (Si me hubieras llamado, habría venido/ había venido).

Por supuesto que el modo indicativo está ganando la partida al subjuntivo, cuyo uso se encuentra en franco retroceso, a la par que los nexos conjuntivos áulicos y cultos, tipo affinché, más propios de un estilo escrito, pomposo y altisonante. Dichos nexos conjuntivos pierden, incluso en el escrito, fuerza a favor de perché, dove, come, etc,. Hay ocasiones en que la tendencia a la reducción sistemática se ve contradicha por el fenómeno contrario. Es el caso de come mai (¿pero cómo?), sin duda más usada que perché interrogativo, donde el otro motor fundamental del cambio lingüístico, la tendencia a la expresividad y al énfasis, prima sobre el de la sistematicidad.

En relación a la sintaxis del período, en general, se está asistiendo también a una mayor linealidad paratáctica, con el consiguiente predominio de la nominalización. La reducción subordinante lleva al uso frecuente de cláusulas oracionales con participio pasado: Partito da Roma, X è arrivato (Tras dejar Roma, X llegó…), a anteposiciones apositivas con valor subordinante: Ospite del governo spagnolo, X si trova adesso…(Huésped del gobierno español, x se encuentra ahora…), al uso frecuente de repeticiones anafóricas que reducen el correspondiente nudo relativo: le cifre della dissoccupazione…, cifre che…(las cifras del paro…cifras que…), formas, que junto con las llamadas dislocaciones a la izquierda o a la derecha, tienen la finalidad de destacar y poner de relieve el foco semántico del enunciado. Se asiste también al predominio de las construcciones escindidas que, introducidas por influjo del francés en el XVIII, ganan terreno en el italiano actual, tal y como también está sucediendo en español: È Maria che me l’ha detto…( es María quien me lo ha dicho).

En general, se podría decir que las formas de la sintaxis implícita dominan sobre las explícitas, de manera que el contenido y la expresividad son los factores relevantes del orden posicional y jerarquizante de la estructuración enunciativa, en contraposición a los clásicos nexos conjuntivos o indicadores de función.

De todas las últimas tendencias lingüísticas predominantes en el italiano de hoy, la formación de palabras es quizás el fenómeno más interesante y de mayor relieve del italiano actual. Nuevas formaciones verbales a partir de sustantivos: azionare, dilazionare, relazionare, urgenzare, derivación de sustantivos a partir de formas verbales sin ningún tipo de sufijo: blocco (bloqueo), inoltro (del verbo inoltrarsi: ir más allá, adentrarse, a su vez formado a partir de in y oltre), realizzo (en lugar de realizzazione), vitalidad de prefijos y sufijos para la derivación de nuevas palabras, formas compuestas con o sin guión intermedio, donde el segundo término actúa de determinante: problema base (problema básico o de base), parola chiave, conferenza stampa (rueda de prensa), redattore-capo (redactor jefe) aumentan, en un proceso imparable de derivación y composición léxica, el vocabulario del italiano de las últimas décadas.

De la composición léxica se llega al tipo yuxtapuesto dual o múltiple Confindustria (Confederación Italiana de la Industria), cartolibreria (de cartoleria: papelería y librería), fantascienza (ciencia-ficción). Las razones de esta tendencia elástica hacia la derivación de palabras hay que buscarla en la flexibilidad natural de la lengua italiana en el manejo plural de formaciones adjetivas con mínima diversidad sufijal y con inapreciable matización semántica: agonico/agonistico. Otro motivo, principalmente sociológico, reside en el creciente proceso de tecnificación lingüística y en la decisiva incorporación de francesismos y anglicismos en la nueva configuración léxica del italiano.

Por otra parte, la avalancha de neologismos corresponde a las rápidas y novísimas dinámicas de transformación social. Algunos campos nocionales obedecen a las nuevas profesiones y oficios: dietista, doppiatore (quien realiza los doblajes cinematográficos), stilista, telecronista, etc,. Los mecanismos de formación de neologismos están fundamentalmente basados en la analogía: tifo (los seguidores de un equipo de fútbol, de tifus, tipo de salmonelosis), caramella (francesismo: caramelo, usado en lugar de monóculo), neve (por cocaína), y en el eufemismo “non vedente”, “agente di custodia”, extracomunitario.

Junto con los neologismos, presencia léxica característica de todas las lenguas occidentales, el italiano asiste a un fenómeno lingüístico curioso y, bajo ciertos aspectos, preocupante, el uso y el abuso de los barbarismos o extranjerismo, que en determinados lenguajes sectoriales han eliminado las formas léxicas más propiamente italianas.

A partir de los años 50, y sobre todo de los 70, la incorporación de extranjerismos, principalmente anglicismos, se ha ido incrementando. El caso de los francesismos es diferente. La incorporación y presencia de los préstamos y calcos léxicos del francés al italiano es una constante desde el siglo XIII, pero, indudablemente, dicha tendencia se ve incrementada a partir del XVIII. En cualquier caso, campos léxicos como el de la moda, sobre todo la femenina, sigue estando dominada por el francés: défilé, tailleur, fuseaux, prèt-à-porter, etc,. Sin embargo, la pronunciación francesa ha ido perdiendo prestigio frente a la inglesa, así por ejemplo crème caramelle ha pasado a ser cream caramel. A pesar de la función de puente lingüístico que el francés ha tenido con respecto al inglés, hoy por hoy, entre los grupos sociales más jóvenes, la pronunciación inglesa supone mayor prestigio que la francesa.

La mayoría de los angloamericanismos del italiano actual son términos no adaptados al sistema del italiano: babysitter, boom, computer, establishment, gap, holding, sexy. Hay otros asimilados como bluffare, boicottare, manageriale. Son calcos las locuciones: assumere, en lugar de supporre, realizzare por “rendersi conto” (darse cuenta), emergenza por urgenza, severo por grave. Hay que añadir que, después de la segunda guerra mundial, con la correspondencia y el regreso de los emigrantes, el inglés ha tenido mayor capacidad de penetración en los dialectos, y no sólo en los centromeridionales. Entre las áreas léxicas más influidas por los anglicismos destacan las del cine, los espectáculos, el deporte, la política, el periodismo, el campo científico y, curiosamente, el ámbito de la moda masculina.

En cualquier caso, la presencia de los extranjerismos, no sólo de los indicados, recorre el italiano de muchos sectores sociales. Germanismos, hispanismos, eslavismos, de orígen ruso en su mayoría, arabismos políticos, en unión a la proliferación de siglas que mantienen el orden de determinación adjetiva del inglés AIDS (no SIDA como en francés o en español), dificultan la comprensión de la prensa o de determinados medios de comunicación a quienes no tienen una cierta familiaridad con las correspondientes lenguas extranjeras.

Como es lógico, la incorporación indiscriminada de los extranjerismos o barbarismos al italiano, asi como la eliminación y “muerte” de los dialectos, han dado lugar a determinadas controversias y debates con respecto al modelo de lengua que se estaba configurando a lo largo del siglo XX. Aunque la llamada “questione della lingua” termina con Ascoli y con Manzoni, como se ve, el desarrollo concreto de la lengua común, la misma dirección de este desarrollo, sus respectivas implicaciones sociales y culturales han vuelto a abrir la ancestral e histórica polémica lingüística acerca del modelo y tipo de italiano que se está imponiendo.

En los años 60 (64-65) Pier Paolo Pasolini es el primero que denuncia la inexistencia del italiano como lengua viva y común. Según el escritor, la lengua que se empezaba a desarrollar en torno a la década de los 60, era la lengua de la tecnología, producto lingüístico de la burguesía industrial del norte del país. Los reales y verdaderos italianos eran, en su opinión, los dialectos y el italiano popular que respondían a las vivencias existenciales e históricas de todos los italianos. Muchos otros escritores concordaban en la posición de Pasolini.

En posiciones radicalmente opuestas, se sitúa el novelista Italo Calvino, para quien el problema del italiano, en la segunda mitad del siglo XX, radica en el excesivo peso de una lengua abstracta, de orígen burocrático, político, retórico y literario, la “antilingua”, que, al frenar el impulso del “italiano tecnológico”, privaba a la lengua de una real capacidad de comunicación, expresiva y eficaz.

En las últimas décadas, los debates lingüísticos han llegado a cuestionar la propia existencia del italiano como lengua de valía internacional, por lo cual se recomendaba un real bilingüismo inglés-italiano que favoreciera la integración italiana en ámbito internacional. Algunos lingüistas reaccionaron rápidamente a estas propuestas defendiendo la necesidad de desarrollar, afianzar y difundir el uso real del italiano. Los más radicales defensores de la lengua nacional sostuvieron la necesidad de mantener la propia tradición lingüística para poder defender el propio patrimonio cultural. El modelo de comunicación internacional, para estos filólogos y lingüistas, no se basaba en el monolingüismo hegemónico y excluyente del inglés, sino en un plurilingüismo integrador de todo el abanico de lenguas y culturas de Europa.

Una nueva y polifacética literatura para un nuevo y renovado italiano

Como es lógico, a partir de la segunda mitad del siglo XX, la literatura italiana pierde definitivamente el monotematismo literario y su exclusivismo estilístico, preciosista y cultista. Si bien es cierto que, a partir del siglo XVIII, se asiste a una cierta renovación del léxico poético, y, a finales del XIX, con la figura de D’Annunzio se transforman los estilemas de la precedente tradición poética italiana. El poeta sigue moviéndose en la línea áulica que, aun habiendo sido violentada, rota y subvertida, mantiene en su registro tonal, un eje de actuación textual, claramente, hegemónico.

Sin embargo, la mayor parte de las figuras de la poesía italiana de la primera mitad del XX se abren, definitivamente, a la renovación sintáctica y lingüística del código petrarquista todavía vigente. Se asiste, por estas fechas, a una erosión del lenguaje poético tradicional, de manera que se renueva la sintaxis y el léxico poético italiano, al hacerse una poesía más cercana a la prosa, al hablado y a la realidad existencial más concreta, menos excelsa, pero más común. Los poetas del XX admiten una libertad lingüística y experimental, hasta el momento inadmisible. Giovani Pascoli, Guido Gozzano y, en general, toda la escuela crepuscular, son los primeros innovadores de la lengua poética italiana. Con ellos, los futuristas empiezan a poner las bases de lo que será, posteriormente, la renovación genial de los grandes poetas del XX italiano: Ungaretti, Montale y Saba.

Ya, en la segunda mitad de este siglo, a finales de los 60 y en los 70, la neovanguardia asesta el golpe definitivo a toda la construcción lingüística y estilística de la gran línea de poesía italiana, al destruir hasta los mínimos semánticos y morfosintácticos de comprensión textual.

En el terreno de la narrativa, campo menos consustancialmente italiano que el poético, el siglo XIX había aportado ya los primeros ejemplos de una lengua viva, entendida como vehículo renovador de una narrativa fuertemente enraizada en la realidad lingüística y dialectal de Italia. En un principio Manzoni —cuyos planteamientos de política lingüística y de estilismo narrativo ya se conocen— y posteriormente Giovanni Verga hacen entrar la realidad social de la Italia de aquel momento en la literatura. El dialecto se hace así protagonista estilístico del verismo italiano.

Evidentemente, ya en la primera mitad de este siglo, autores como Italo Svevo (véase Ettore Schmitz), Luigi Pirandello o Federico Tozzi, al ser los primeros experimentadores de unas nuevas formas de narrativa antidecimonónica, permiten que entre, en sus textos, un italiano medio, más o menos cercano al estándar-literario, según las exigencias retóricas e ideológicas de sus distintas obras. Una lengua hablada, más o menos literarizada, con oscilaciones estilísticas y sociolingüísticas tendentes hacia el polo de mayor o menor prestigio lingüístico, se introduce plenamente en su literatura. Se reflejan, de esta manera, por vía textual, las imprecisiones e inseguridades diafásicas, diastráticas y diatópicas del uso italiano de aquella época.

A partir de este momento, la literatura italiana, aunque de forma vacilante, con avances y tendencias regresivas hacia formas del pasado, se abre al plurilingüismo lingüístico del nuevo siglo. Dicha eclosión, de diversidad lingüística, estilística y temática, tiene, para la narrativa, su momento álgido de incorporación al paradigma de la alta cultura italiana hacia finales de los años 50. Con anterioridad, ciertos autores del denominado neorrealismo habían continuado la mímesis poética y lingüística iniciada por el verismo. A partir de 1957, sin embargo, figuras clave de la renovación narrativa y novelística italiana como Carlo Emilio Gadda o Italo Calvino abren el campo de la lengua y de la literatura al expresionismo y a la experimentación lingüística antirretorizante.

Con ellos y gracias a ellos, otros escritores dan cabida al dialecto, a lo cómico y a lo jocoso, a la ironía, al pastiche, a la amalgama, al experimentalismo “rupturista”, al dialecto, a la jerga, que, en unión a lo sublime, al preciosismo y al cultismo lingüístico, más o menos academicista, ofrecen, en estas últimas décadas, una amplia gama de posibilidades expresivas cuya riqueza y libertad son muestra de la multiplicidad de exigencias existenciales de nuestra época y de nuestra historia.

Bibliografía

BRUNI, F.: L’ITALIANO. Elementi di storia della lengua e della cultura (Torino: UTET, 1984).
DEVOTO, G.: Il linguaggio d’Italia. Storia e strutture linguistiche italiane dalla preistoria ai nostri giorni (Milano: BUR, 1977).
GENSINI, S.: Italiana. Elementi di storia linguistico-letteraria (Roma: Minerva Italica, 1981).
MARAZZINI, C.: Il secondo Cinquecento e il Seicento (Bologna: Il Mulino, 1993).
MATARRESE, T.: Il settecento (Bologna: Il Mulino, 1993).
MENGALDO, P. V.: Il Novecento (Bologna, Il Mulino, 1994).
MIGLIORINI, B.: Storia della lingua italiana (Firenze: Sansoni, 1960).
SERIANNI, L.: Il primo Ottocento (Bologna: Il Mulino, 1989).
SERIANNI, L.: Il secondo Ottocento (Bologna: il Mulino, 1990).
SGRILLI, P.: Il Medioevo (Bologna: Il Mulino, 1994).
TAVONI, M.: Il Quattrocento. Storia della lingua italiana (Bologna: Il Mulino, 1992).
TROVATO, P.: Il primo Cinquecento. Storia della lingua italiana (Bologna: Il Mulino, 1994).

Temas relacionados

Italiano.

Elisa M. Martínez Garrido

ITALIA: LITERATURA

Fuente: Britannica

So, what do you think ?