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Definición de Laico, -ca

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 (Del lat. laicus, formado sobre la base del gr. laÕj ‘pueblo, multitud’); adj. de dos terminaciones.

1. Dícese de la persona que no ha recibido orden religiosa alguna: cansado de la vida urbana, se fue a África como misionero laico. (Ú. t. c. sust.: tanto los laicos como los clérigos pertenecen a la Iglesia).
2. [Por extensión] Dícese de aquello que no sigue una doctrina religiosa o no depende de la Iglesia: las encíclicas son misivas papales que tratan de conmover a la sociedad laica; de pequeño estudió en un colegio laico.

Sinónimos
Lego, seglar, laicista, profano, secular, anticlerical, civil, terrenal, mundano, carnal.

Antónimos
Eclesiástico, clerical, religioso, espiritual, celestial.

 (1 y 2)[Religión] Laico.

En la antigua Roma, el significado del término laicus era, fuera del contexto religioso, el de ‘perteneciente al pueblo llano’, por contraste con la Administración pública. Dentro del ámbito de la Iglesia católica, alude a todos los miembros del Pueblo de Dios, incorporados por medio y gracia del sacramento bautismal, que no pertenecen al ministerio institucional, es decir, que no han recibido orden religiosa alguna.

Origen y evolución histórica del término “laico”

Desde los primeros siglos del cristianismo hasta bien entrada la Edad Media, el término “laico” englobaba a todo el conjunto de fieles cristianos, los cuales poseían en común una serie de notas definidoras: todos tenían un mismo Señor, una misma fe, un Bautismo (Ef. 4, 5). Para la naciente Iglesia cristiana, todos los fieles eran ante Cristo iguales en todos los aspectos, sin distinciones jurídicas, políticas ni sexistas. Todos eran uno en Cristo Jesús (Gal. 3, 28; Col. 3, 11). Los primeros dirigentes cristianos se denominaron con diferentes nombres (discípulos, hermanos, santos, elegidos, etc.), con el objeto de diferenciarse del grupo mayoritario no creyente o pagano. De ese primer grupo de cristianos surgió el grupo de los Doce Apóstoles, con una clara preeminencia en el gobierno interno de la naciente Iglesia y en las labores de predicación, al que pronto se agregó el apóstol Matías y Pablo de Tarso. Alrededor de ese primigenio grupo apareció un nutrido grupo de colaboradores —necesarios del todo punto, a medida que la Iglesia aumentaba tanto cuantitativa como cualitativamente— a los que se les llamó diáconos, auxiliares o ministros de los Apóstoles, y más tarde los señores, obispos y presbíteros, conformando así la tríada jerárquica del gobierno interno de la Iglesia.

Al margen de esa organización jurídica quedó el resto de los discípulos, es decir, los fieles comunes y corrientes, a los que, en un primer momento, no se les dio ningún nombre. Pero, a medida que las necesidades de la predicación se fueron haciendo cada vez más evidentes, fue necesario recurrir al resto del pueblo cristiano para cubrir una serie de ministerios institucionales o carismáticos que la jerarquía institucionalizada de la Iglesia no podía llevar a cabo ni abarcar. La Iglesia recurrió a la designación de hermanos o fieles, designando así a los destinatarios de la predicación que no eran Apóstoles ni, más tarde, ordenados clérigos. San Pablo usó el término de idiôtes (1Cor. 14) para aludir a esa gran masa de fieles que carecían de una función pública propia en la comunidad cristiana. Una vez que se cristalizaron del todo las formas organizativas de la Iglesia, mediante la ordenación sagrada por la imposición de manos y por la destinación a las funciones del culto y gobierno (el clero, propiamente dicho), conformando el llamado ordo clericorum (obispo, presbítero y diácono), el resto de los fieles pasaron a denominarse laicos (tal como apareció en la epístola a los corintios de San Clemente Romano, escrita alrededor del año 96 de nuestra era).

No hay duda alguna de que, en los tres primeros siglos de la existencia de la Iglesia cristiana, la situación jurídica y real de los laicos era equiparable a la de los clérigos ordenados, como muy bien demuestran los numerosos escritos de la época, los cuales aluden a la común vocación, santidad y difusión del mensaje evangélico por parte de los laicos, que en numerosas ocasiones les condujeron hacia el propio martirio.

La separación entre los laicos y los consagrados (el clero) se agudizó sobremanera a partir del siglo III, con la aparición del monacato y su alto contenido espiritual. Este hecho propició que la evolución del laico derivase hacia una visión cada vez más pasiva y discente sobre su inserción en la Iglesia, como consecuencia de la equiparación por parte de la Iglesia del clérigo y el monje, por la que el laico se contrapuso no sólo al detentador de un ministerio público en la Iglesia, sino al perfecto, es decir, al consagrado al altar y a los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Con el advenimiento de la Alta Edad Media se produjo otra circunstancia que contribuyó, todavía más si cabe, a la cada vez más patente separación entre el laico y el clérigo: el movimiento de centralización cultural que inició la Iglesia en favor de la promoción del clero, lo cual sirvió para establecer una definitiva asociación clérigo-hombre culto y laico-lego.

En plena Edad Media se llegó a un desdoblamiento del concepto de laico. Por un lado, se perdió totalmente el sentido de participación activa del laicado en el ámbito propio de la Iglesia, muy vivo en los primeros siglos, hasta el extremo de que la misión de la Iglesia se identificó, de modo exclusivo, con el ministerio de los clérigos. A su vez, triunfó la idea de que la plenitud de la vida cristiana correspondía solamente al estamento clerical, reduciendo al laico al sostenimiento de las virtudes comunes en el ejercicio de sus tareas profanas, consideradas por la mayoría como un obstáculo para alcanzar la verdadera santidad.

La otra acepción del término laico se aplicó al conjunto de señores seculares, los cuales pretendían arrogarse las prerrogativas en el gobierno de la Iglesia durante la época de lucha que sostuvieron el Imperio y el Pontificado por el dominio del mundo cristiano.

En los siglos posteriores, el proceso de separación entre laicado y clero apenas varió, agravándose la situación en varios momentos precisos del devenir histórico debido a un conjunto de factores coyunturales. La temática sobre el papel del laicado se vio influida por la experiencia negativa que produjo la aparición de varios movimientos de corte heterodoxo dentro del seno de la iglesia, como el de los cátaros, las beguinas y begardos, los fraticelli, etc., así como por la necesidad de salir al paso de los planteamientos protestantes que obligaron a la jerarquía eclesiástica a estudiar y profundizar su acción y papel dentro de la Iglesia, con el consiguiente recelo hacia el laico no ordenado, juzgado por esas estructuras cerradas y jerarquizadas como poco preparado. A todo esto se añadió la imperiosa necesidad de oponerse a nuevas formas de cesaropapismo, o a movimientos antirreligiosos o simplemente anticlericales que, bajo la bandera del laicismo, cristalizaron en la sociedad cristiana con gran fuerza, ya en pleno siglo XIX. La transición de la sociedad feudal a la industrial, dominada por la burguesía y el racionalismo, ratificó la total separación entre clero-Iglesia y mundo-pueblo laico.

El laico en el mundo actual

En los últimos decenios del siglo XIX se produjo en diversos países de tradición católica el final de la injerencia de los poderes seculares en el gobierno y la administración interna de la Iglesia. Paralelamente a ese proceso, la propia Iglesia exhortó al conjunto de los laicos a tomar parte activa en la vida de la Iglesia, además de encargarles la tarea del apostolado que las condiciones y cambios del mundo moderno reclamaban. Los pontífices Pío XI (1922-39) y Pío XII (1939-58) publicaron sendas encíclicas, Mystici Corporis y Mediator Dei, respectivamente, en las que confirieron a los laicos un papel relevante en la nueva dirección apostólica que la Iglesia venía emprendiendo desde principios de siglo.

Desde fines del siglo XIX y principios del XX, se organizaron en Bélgica, Alemania, Países Bajos e Italia una serie de asociaciones de católicos con un marcado componente político y sindical, que dieron origen a los diversos movimientos de la democracia cristiana, la cual desempeñó un papel importantísimo en la política europea de entreguerras. Las acciones sociales, la reflexión teológica y la creciente conciencia del papel de la autonomía del laico como miembro integrante del Pueblo de Dios se plasmó en una gran cantidad de iniciativas, entre las que destacó, a mediados del presente siglo, el nacimiento de la Acción Católica como paradigma de la participación activa del laicado en el apostolado y en la estructura jerárquica de la Iglesia.

Actualmente existen una gran variedad de organizaciones y grupos de laicos que actúan en diversos terrenos de las estructuras sociales (familiar, intelectual, profesional, acciones sociales, cooperación internacional, medios de comunicación, etc.), que demuestran la relevancia conseguida por los laicos en el gobierno de la Iglesia, eso sí, no sin polémicas y fricciones con las jerarquías eclesiásticas más tradicionales.

El concilio Vaticano II (1964) contó, a modo consultivo, con la presencia de un importante grupo de laicos, lo que asentó definitivamente el papel creciente y significativo del laico en el orden interno de la Iglesia, además de su reconocimiento a todos los niveles por parte de las jerarquías eclesiásticas. La constitución emanada en ese mismo concilio, Lumen Gentium, después de definir a la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios (cap. II) y de exponer el tema de la jerarquía en sus diferentes grados (cap. III), dedicó todo el capítulo IV a la definición tipológica del laico: “Con el nombre de laico se entiende aquí a todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido una orden sagrada y los que viven en un estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el Bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo… El carácter secular es propio y peculiar de los laicos… Viven en el siglo, es decir, en todas y en cada una de las actividades y profesiones, así como en la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida”.

Después del concilio Vaticano II, los laicos han ido incorporándose progresivamente en los órganos de gobierno y pastorales de las Iglesia, y han tenido también un mayor protagonismo en la liturgia. En el año 1967, el papa Pablo VI (1963-78) creó el llamado Consejo de Laicos, cuya finalidad es la de promover el apostolado seglar en el plano internacional. También se creó la Comisión Pontificia de Estudio, Justicia y Paz, organismo encargado de estudiar los diferentes problemas derivados del desarrollo y de la paz en el mundo.

Bibliografía

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TRUHLAR, Karel Vladimir: La hora de los laicos: la santidad de los laicos en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia del concilio Vaticano II. (Madrid: Ed. Razón y Fe. 1967).

LAICO, -CA

Fuente: Britannica

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