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Definición de Peronismo

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 (De Perón); sust. m.

1. Movimiento político argentino de carácter populista surgido en 1945 tras la subida al poder del general Juan Domingo Perón.

 [Política] Peronismo

Corriente política argentina de carácter nacionalista y populista formada hacia 1945 en torno al general Juan Domingo Perón y a su mujer Eva Duarte de Perón. También se conoce como justicialismo.

Iniciada la Segunda Guerra Mundial, Argentina trató de mantener a toda costa una posición neutral. Se acusaba al gobierno de estar a favor del eje en la contienda y de mantener por ello la neutralidad. La guerra puso al desnudo grandes deficiencias económicas del país. Si lo puntual de la gran depresión de 1929 (véase Crisis de 1929) fue superado con la baja de los gastos del estado y un intervencionismo incipiente en la economía privada, lo endeble del esquema armado durante aquellos años se puso de manifiesto inmediatamente. El país seguía dependiendo de sus ventas en el exterior, ahora más concentradas en Gran Bretaña, que, ante el inicio de la guerra, restringió sus compras. Pero durante los diez años pasados desde la crisis, y a raíz de la escasez de divisas y de los controles a las importaciones, se había generado un proceso de industrialización para sustituir las importaciones, encarado en forma individual y sin apoyo oficial por empresas argentinas. Este fenómeno se iba a acentuar durante la vigencia de las restricciones que la producción bélica impuso en los países consumidores.

El proceso de sustitución de importaciones había hecho crecer, a su vez, a la clase obrera que, sin embargo, por lo informal del desarrollo de la industrialización, se encontraba sin protección alguna para sus derechos. Desde 1930 funcionaba la Confederación General de Trabajadores (CGT) que aglutinaba a diversos gremios, con preponderancia de los relacionados con el sector de servicios. Esta organización se había desprendido de sus orígenes anarcosindicalistas y presentaba en ese momento, influida por socialistas y comunistas, un criterio orientado hacia la constitución de un sindicalismo fuerte. En este estado de cosas comenzaron a perfilarse ciertos movimientos en las fuerzas armadas, disconformes en primer lugar con una política gubernamental que ellos veían como antinacional. En efecto, imbuidos por ciertas ideas nacionalistas que veían en la industrialización del país el afianzamiento de la independencia y la defensa de la soberanía nacional, ciertos oficiales jóvenes comenzaron a reunirse en la búsqueda de alternativas. Se agruparon en el GOU (Grupo Obra de Unificación o Grupo de Oficiales Unidos), dentro del cual se encontraba el ya influyente Coronel Juan Domingo Perón, un militar nacionalista y anticomunista, admirador del fascismo y corporativismo italianos. Su amplia visión política le permitió diseñar un concepto corporativista adaptado a la situación argentina: el Estado benefactor, además de dirigir la economía y velar por la seguridad de la nación, resolvería las diferencias sociales. De esta manera, se garantizaría que el proletariado se elevara socialmente y la burguesía no temería por conflictos que podían poner en peligro la propiedad privada de los medios de producción. Así se lograría la armonía de clases.

Tras el golpe de estado de junio de 1943, se formó un gobierno de militares nacionalistas y Perón ocupó la Dirección Nacional del Trabajo (promovida después a Secretaría de Trabajo y Bienestar Social) desde la cual convocó a la “vieja guardia sindical” formada en la década de 1930, con excepción de los comunistas, quienes fueron perseguidos y arrestados. Estimulando la organización, los reclamos y la movilización obrera, lanzó un torrente de decretos destinados a mejorar la situación de los trabajadores (paga, vivienda, vacaciones, pensiones, compensación por accidentes) y, en medio de una ruidosa publicidad por radio y prensa, intervino en las huelgas a favor de los obreros. Para aislar a los líderes opositores, sólo otorgaba los beneficios a aquellos sindicatos con “plena personería gremial”, validación que él mismo entregaba. De esta manera, los afiliados presionaban a los líderes para que cooperasen con el gobierno.

Cuando a principios de 1944 el General Farrel asumió la presidencia, Perón fue ascendido a Ministro de Guerra, desde donde se encargó de la distribución de suministros y promociones y cultivó así su popularidad entre el grupo de oficiales. Perón manejaba distintos discursos. Con los obreros, se mostraba anticapitalista y antinorteamericano. Con los militares, subrayaba la necesidad de un Estado fuerte para impedir los desórdenes sociales y ante los empresarios señalaba el peligro de las masas desorganizadas y del avance del comunismo en Europa. En un discurso pronunciado en agosto de 1944 indicó: “Señores capitalistas, no se asusten de mi sindicalismo, nunca mejor que ahora estaría seguro el capitalismo… Lo que quiero es organizar estatalmente a los trabajadores para que el Estado los dirija y les marque rumbos y de esta manera se neutralizarían en su seno las corrientes ideológicas y revoluciones que puedan poner en peligro nuestra sociedad capitalista en la postguerra”.

Al acercarse el fin de la guerra, la oposición democrática de radicales, comunistas, socialistas, demoprogresistas y algunos grupos conservadores se fue uniendo y fortaleciendo, lo que revitalizó los partidos políticos. Con el apoyo y la incitación constante de los Estados Unidos, los partidos opositores reclamaron la renuncia del gobierno. Así llegaron a un acuerdo para las elecciones: la Unión Democrática mostraría el repudio de la sociedad civil hacia los militares y la alineación con los principios Aliados. La Unión repudió la legislación social del gobierno. Los sindicatos publicaron un contramanifiesto “en defensa de los beneficios obtenidos mediante la Secretaría de Trabajo y Previsión”. En todo el país la gente hablaba de guerra civil. El gobierno militar, presionado por la opinión pública y ganado por la desconfianza hacia Perón, forzó su renuncia el 8 de octubre y lo puso en prisión. La oposición parecía victoriosa pero, una vez destituido Perón, no pudo ponerse de acuerdo sobre la composición de un gobierno provisional. El ejército no estaba dispuesto a entregar el poder a la Corte Suprema, lo que significaría anular la revolución de 1943. En este vacío de poder, los partidarios de Perón actuaron. El 17 de Octubre de 1945, la oligarquía y la clase media presenciaron cómo miles de obreros se lanzaban a las calles y marchaban hacia la Casa Rosada para pedir la liberación de su líder. Se decidió así la salida de la crisis a favor de Perón. Sus adversarios en el gobierno dimitieron y el coronel habló a la multitud en la Plaza de Mayo, ahora como candidato oficial a la presidencia. Para la campaña, Perón creó el Partido Laborista, donde predominaban los dirigentes sindicales, y recibió el apoyo del Ejército y la Iglesia. Ganó las elecciones de 1946 con el 54 % de los votos.

El primer gobierno de Perón (1946-1951)

La situación política y económica en la que Perón asumió el gobierno no podía ser mejor. Tenía amplias mayorías en ambas cámaras, casi todos los gobiernos de las provincias, estaba respaldado por el Ejército, los sindicatos y la Iglesia y tenía el manejo del creciente aparato estatal. También gozaba de una situación internacional muy favorable, gracias al auge de precios agrícolas de la posguerra. Las arcas nacionales estaban llenas de divisas de la época de la guerra y la Argentina era el granero del mundo. La principal preocupación de Perón era mantener y aumentar el empleo industrial urbano, ya que esto era esencial para la protección de su base política. Como presidente continuó otorgando beneficios a los sindicatos y redistribuyendo los ingresos hacia las clases obreras, lo que expandió el mercado interno. Impulsó la repatriación de la deuda externa mediante la nacionalización de los servicios públicos, como los ferrocarriles, por los cuales se pagó tres veces su valor. Una vez superados los temores de la guerra con Brasil, y por las condiciones económicas reinantes, se dio prioridad a la industria ligera sobre la pesada.

El entorno de Perón especulaba con que en cinco años sobrevendría otra depresión, seguida por una guerra entre las dos superpotencias, durante la cual la Argentina quedaría aislada. En este lapso de cinco años se debía lograr la independencia económica y la industrialización automantenida, así como la provisión acelerada de bienes de capital y materias primas importadas, antes de que cesase su disponibilidad. Todo esto quedó plasmado en el Plan Quinquenal que se lanzó a fines de 1946, en el cual la agricultura era prácticamente omitida. Perón mantuvo su prédica antinorteamericana con la doctrina de la Tercera Posición, que sostenía que el justicialismo era una ideología socialcristiana basada en los preceptos de justicia y armonía de clases, alejada tanto del capitalismo como del comunismo. Así reanudó las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética e hizo lo posible para mejorar las relaciones con los Estados Unidos, que, con el advenimiento de la Guerra Fría, estaban interesados en aceptarlo como un baluarte contra el comunismo.

Los adversarios de Perón en esta época se encontraban principalmente entre la clase media, que no era beneficiaria directa de la Justicia Social peronista y sufría por la falta de derechos y libertades. La manipulación de las instituciones republicanas fue otro factor de enfrentamiento con la oposición. En 1946, Perón eliminó a los jueces de la Corte Suprema menos uno y vació al Poder Legislativo de toda capacidad. También hizo uso de la intervención federal en variadas ocasiones, prohibió las coaliciones como la Unión democrática o el Frente Popular, subordinó la CGT al Estado, acabó en 1947 con la autonomía universitaria echando a más de 1.500 profesores opositores y restringió la libertad de prensa. Durante todo su gobierno, Perón mantuvo una intensa actividad propagandística, en la que jugó un muy importante papel su segunda esposa, Eva Duarte de Perón, mitificada como Evita, la abanderada de los humildes, el símbolo de la elevación de los pobres al poder. A través de la Fundación Eva Perón, con subsidios del Estado, Evita repartió alimentos, construyó hospitales, escuelas, fundó la rama femenina del Partido Peronista y pugnó por el otorgamiento del voto femenino, lo que consiguió en 1947.

En 1949, Perón reformó la Constitución. Acorde con la política estatista e intervencionista de Perón, declaró la propiedad nacional del petróleo y el derecho estatal a nacionalizar los servicios públicos y a regular el comercio, así como a expropiar empresas o tierras. También aumentaba el poder presidencial y del Estado y la autoridad para intervenir provincias, permitía la reelección ilimitada y establecía la elección directa del Presidente y senadores. La libertad y los derechos individuales liberales se vieron reemplazados por derechos corporativistas.

El Plan Quinquenal dio un balance negativo. La idea de que una industrialización liviana acelerada otorgaría independencia económica era errónea, ya que la demanda de importaciones de bienes de capital y combustibles crecía. Las reservas de divisas se estaban consumiendo y el campo estaba en franca decadencia. La nacionalización de los servicios, la fuerte capacidad negociadora de los sindicatos y la decisión del gobierno de los Estados Unidos de que los dólares del Plan Marshall no podrían utilizarse para comprar productos argentinos llevaron a la crisis económica. La capacidad de maniobra de Perón se vio limitada y el régimen se hizo cada vez más represivo. Así, mientras la base popular era controlada por medio de los sindicatos y muchas veces por medio de la represión directa, las clases media y alta se convirtieron en una fuente de campaña opositora. El costo laboral que significaba la política justicialista empujó a gran parte de la burguesía industrial al campo opositor. Los conflictos sociales y los avances del autoritarismo civil incomodaban a los militares. En estas condiciones se acercó la fecha de elecciones. Durante la campaña, los peronistas monopolizaron los medios de comunicación, rompieron las manifestaciones opositoras y silenciaron a los disidentes con arrestos por desacato. En 1951, Perón ganó las elecciones con el 64% de los votos; obtuvo una aplastante mayoría en todas las provincias y en la Capital.

El segundo gobierno de Perón (1952-1955)

El nuevo gobierno adoptó un nuevo rumbo económico con el Segundo Plan Quinquenal, de 1953 a 1957. Con él se intentaba reavivar el desarrollo agrícola y reequilibrar la balanza comercial, restando recursos a la industria y estimulando las exportaciones. Por medio del congelamiento de los salarios y la suspensión de los subsidios alimenticios se apuntó a la reducción del consumo interno y de la inflación. Se le dio más prioridad a la industria pesada que a la ligera, por su capacidad de reemplazar importaciones de bienes de capital. Se favoreció a las empresas grandes y se proyectó el aumento de la producción energética. El plan tuvo un éxito parcial y de corta vida. Durante un breve período frenó la inflación y restauró la balanza de pagos, pero el estancamiento industrial continuó.

La muerte de Eva Perón en 1952 fue un duro golpe para el régimen. En un año de pésimas cosechas, de industrias en decadencia y de vertiginosa inflación, Perón perdió a su mejor intermediaria frente a los sindicatos y al pueblo en general. Mostrando su capacidad para extraer provecho de toda contrariedad, montó alrededor de su muerte un espectáculo de lealtad y respaldo a su gobierno. En un nuevo plan para reforzar su dominio político, extendió el corporativismo más allá de los sindicatos y patronos industriales y estableció toda una gama de nuevas instituciones. Perón contaba con muchos enemigos: los terratenientes, afectados desde el principio por las políticas anti-agropecuarias; las multinacionales extranjeras que no podían entrar al país; la burguesía industrial nacional, que exigía la apertura económica a estos capitales y que cargaba con los costos de los derechos sociales; la clase media, por la intolerancia y prepotencia políticas peronistas y por su identificación obrerista; y la iglesia, avasallada en los campos de beneficencia y educación y que no dejaba de manifestar su desagrado por el creciente culto laico. Perón todavía mantenía el apoyo del proletariado y el de un sector de los pequeños y medianos empresarios, pero al fin la marina protagonizó un intento de golpe de estado. Ante una nueva oleada de protesta, Perón descargó un duro ataque contra la oposición: lanzó a la policía a una redada de sus oponentes e hizo un dramático llamamiento a la CGT, los sindicatos y los “descamisados”. El estado de sitio fue restablecido y se difundieron rumores de que Perón estaba armando a los obreros. Al fin, en septiembre estalló en Córdoba una sublevación militar encabezada por el general Eduardo Lonardi, a la cual se sumó la Marina en pleno y muchos civiles. Perón se refugió en la embajada de Paraguay y el general Lonardi se presentó en Buenos Aires como presidente provisional de la nación.

El postperonismo

Desde el derrocamiento del primer experimento nacionalista popular de Perón se abrió una época conocida como de “empate”, con múltiples alternativas manejadas por la burguesía agraria pampeana (proveedora de divisas y por lo tanto dueña de la situación en los momentos de crisis externa) y la burguesía industrial, volcada hacia el mercado interior. Hasta 1966 se dieron una serie de esfuerzos destinados a destruir al peronismo y a crear una alternativa civil de apoyo mayoritario, pero fueron vanos. La regla tácita operante durante esta época señalaba que el peronismo no debía gobernar ni podía ocupar espacios de poder relevantes; gobiernos militares y civiles no peronistas se adueñaban del poder pero no podían mantenerlo por la presión peronista; éstos a su vez podían derribar gobiernos pero no podían tomar el poder.

La desperonización se precipitó tras el golpe de estado: se intervinieron el Partido Peronista y la CGT, así como la mayoría de los sindicatos; se prohibió el uso de símbolos peronistas, se detuvo a muchos dirigentes y se anuló la Constitución de 1949. En 1958, Perón, desde Madrid, ordenó a sus seguidores votar por el radical disidente y desarrollista Arturo Frondizi, con lo que demostraba su fuerza aún desde el exilio. En los años siguientes, con la declinación del nivel de vida de la clase obrera nació la izquierda peronista, cuyas metas eran el socialismo y la soberanía popular. El Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, impulsor de la “Revolución Argentina”, continuó el proyecto desarrollista de Frondizi, favoreció la apertura y la concentración de capitales para impulsar el proceso de industrialización y modernizó la estructura productiva, estableciendo un Estado autoritario donde confluían el poder político y el económico. En esta situación, el peronismo profundizó su división entre los que querían resistirse a los militares y los que querían colaborar, los vandoristas. Poco después, la inesperada respuesta social a la política económica oficial derivó en el surgimiento de las guerrillas urbanas, como el ERP y los montoneros. Perón, desde el exilio, reformuló su teoría de la Tercera Posición y la asoció a las luchas del Tercer Mundo para librarse del imperialismo y el colonialismo. Al mismo tiempo aplaudió la ruptura chino-soviética y la consideró un “golpe al socialismo internacional dogmático” de la Unión Soviética y una demostración de la tendencia mundial al surgimiento de “diversas variedades de socialismo nacional”. Lo que Perón buscaba con sus declaraciones demagógicas era dar a cada sector una imagen de sí mismo, otorgar una representación idealizada del caudillo.

El último peronismo con Perón

Ante las elecciones de 1973, Perón parecía el único capaz de evitar la fractura de la sociedad argentina. Como por una cláusula de residencia no pudo presentar su candidatura, en su lugar fue Héctor Cámpora, que al frente del FREJULI (coalición que reunía sobre el eje peronista a frondicistas, conservadores populares, populares cristianos y otras agrupaciones) triunfó el 11 de marzo de 1973 con el 49,59 % de los votos. El 25 de mayo de 1973, mientras el centro de Buenos Aires vivía una fiesta, Cámpora asumió la presidencia. Después de 18 años, el peronismo volvía al poder. Cámpora reconoció a los Montoneros su contribución y otorgó a muchos de sus cabecillas importantes puestos en el gobierno. Además, declaró una amnistía general para todos los guerrilleros encerrados como presos políticos. También reemplazó a toda la plana mayor del Ejército. De inmediato, la izquierda y la derecha peronistas lucharon por el control del espacio político. El 20 de junio, Perón regresó al país, que ya era muy diferente. Tras ganar las elecciones presidenciales con el 61,8 % de los votos, la JP y el peronismo de izquierda vieron cómo Perón defendía a los líderes sindicales y a la derecha peronista y castigaba verbalmente a los “grupos marxistas terroristas y subversivos”. En el período 1973-1974, la triple A y otros comandos fascistas asesinaron a más de doscientos peronistas revolucionarios, militantes de izquierda no peronistas y refugiados políticos extranjeros. En enero de 1974, los Montoneros empezaron a hacer frente a Perón, que murió el 1 de julio, con 78 años. Su esposa María Estela Martínez asumió la presidencia bajo la conducción derechista de López Rega. El frente peronista se fue fracturando aún más; los Montoneros decidieron “volver a la resistencia” clandestina y la violencia política se apoderó del país; a principios de 1976, cada cinco horas se cometía un asesinato político y cada tres estallaba una bomba. El 24 de marzo de 1976, la Junta Militar encabezada por el teniente general Jorge Rafael Videla por el Ejército, el almirante Emilio Eduardo Massera por la Marina y el brigadier general Orlando Ramón Agosti por la Fuerza Aérea dio comienzo a una brutal dictadura militar: fueron disueltos el Congreso y las legislaturas provinciales; los gobernadores y los jueces, depuestos; y fue prohibida la actividad política estudiantil y de los partidos. La UIA, la CGE, la CGT y los sindicatos más importantes fueron intervenidos, sus fondos congelados y las actividades relacionadas con las huelgas y las negociaciones colectivas, declaradas ilegales. Se establecieron consejos de guerra militares con poderes para dictar sentencias de muerte por una gran variedad de delitos y para encausar sumariamente a todo aquel que se sospechase subversivo. Por fin, en 1983, agobiados por la situación económica, debilitados por la derrota de Malvinas y presionados por la opinión pública nacional e internacional, los militares devolvieron el gobierno a los civiles en las elecciones en las que triunfó el radical Raúl Alfonsín.

El peronismo finisecular y el tránsito hacia el nuevo siglo

A finales de la década de 1980, la economía argentina había llegado a un nivel de deterioro brutal. En ese marco se realizaron las elecciones del 14 de mayo de 1989. El peronismo, que había llevado a cabo un proceso de renovación liderado por Antonio Cafiero, quien se suponía iba a ser el candidato, presentó en cambio a Carlos Saúl Menem, el gobernador de la empobrecida provincia de La Rioja, en el noroeste del país. Menem, que inesperadamente había vencido en la interna al presidente del partido, Cafiero, gobernador de la provincia de Buenos Aires, aunque también renovador, tenía una imagen más afín a la tradición peronista. Del lado de la UCR el candidato era Eduardo Angeloz, gobernador de la provincia de Córdoba, que se colocaba a la derecha de Alfonsín en el seno del radicalismo. Como se preveía, con un discurso cargado de promesas que beneficiarían a los sectores más pobres de la población, Menem ganó las elecciones.

El nuevo presidente debía ocupar su cargo el 10 de diciembre, pero la situación económica y los saqueos a supermercados aceleraron los tiempos y el recambio se produjo el 8 de julio. A pesar de las promesas electorales, el gobierno buscó el apoyo de los grandes empresarios (a los que incorporó al gabinete en el ministerio de Economía), de la derecha encarnada en Alsogaray y de los Estados Unidos, para aplicar una receta estrictamente liberal. Sin embargo, el dominio de la inflación tardó casi dos años en concretarse, de la mano de Domingo Cavallo, su nuevo ministro de Economía. Se puso en marcha entonces una ley de convertibilidad que fijaba la paridad del peso con respecto al dólar estadounidense en uno a uno, se prohibía por ley la emisión monetaria sin respaldo en divisas y se liberalizaba la economía de toda traba de control estatal de algunas de sus variables. Durante esos dos años fueron privatizadas la mayor parte de las empresas públicas, como una medida necesaria para bajar el déficit del Estado y aduciendo que así se reducía la deuda externa. Se vendieron la empresa telefónicas, las de electricidad, la de aguas corrientes, los ferrocarriles, la compañía de aeronavegación y las petroquímicas y siderúrgicas en manos del Estado. Fue una verdadera liquidación que generó fondos al Estado y, por la velocidad con que se hicieron, no se tomaron los recaudos necesarios para asegurar, por parte estatal, los controles básicos en la prestación de los servicios. En definitiva, el presidente Menem completó el desguace del Estado que había iniciado Martínez de Hoz en 1976.

En una actitud que en su momento fue repudiada, el presidente Menem, haciendo uso de facultades constitucionales, otorgó un indulto que beneficiaba a los ex comandantes presos por los actos de represión de la dictadura y a ex guerrilleros pertenecientes a diversas organizaciones. Con ello logró apaciguar a los militares que seguían activos en cuanto a sus demandas por el olvido, pero no logró cerrar las heridas que la época oscura había provocado en la sociedad argentina.

Hacia 1993, el prestigio del presidente Menem iba en aumento, sobre todo por el éxito de la estabilización lograda por Cavallo. Surgió así en el entorno presidencial la idea de intentar una reforma electoral que permitiera su reelección. Pero para ello debía conseguirse el apoyo del radicalismo, ya que eran necesarios 2/3 de los votos en las cámaras para sancionar la necesidad de la reforma electoral. Repentinamente, hacia finales de 1993, una reunión en la residencia presidencial entre Menem y el ex presidente Alfonsín produjo un acuerdo, el Pacto de Olivos, que le permitió al oficialismo contar con el quórum necesario para declarar la necesidad de la reforma y la convocatoria de elecciones constituyentes. Las modificaciones, entre otras, fueron sancionadas en 1994 e incluían la posibilidad de reelección del presidente por un período más.

Carlos Saúl Menem fue efectivamente reelecto en 1995, cuando los efectos de la devaluación de la moneda mexicana golpeaban duramente a las economías dependientes, entre las que se incluía la de Argentina, con una recesión de la que a comienzos del siglo XXI todavía no había salido. Su línea política y su estilo personal de conducción no se modificaron en lo más mínimo por estos inconvenientes. En 1996, debido a enfrentamientos con el presidente, el ministro Cavallo se vio obligado a renunciar, pero tampoco se modificó el rumbo económico. Por esa razón tal vez su popularidad decayó notoriamente, especialmente cuando las dificultades económicas, agravadas por la devaluación que se produjo en Brasil, generaron un índice de paro que rondaba el 17%, sin miras de disminuir. La oposición, haciendo referencia continua a la corrupción que rondaba su entorno, se unió para formar la Alianza, una fuerza en la que se reúnen la UCR y el Frente para un País Solidario (FREPASO), una coalición de centro izquierda cuyos fundadores provienen en su gran mayoría del peronismo y de organizaciones defensoras de los derechos humanos, y que cuenta entre sus filas con el Partido Socialista y la Democracia Cristiana.

La renovación presidencial que se llevó a cabo el 10 de diciembre de 1999 eligió para el gobierno nacional a la citada Alianza, encabezada por el radical Fernando De la Rúa y por Carlos “Chacho” Álvarez, del FREPASO. Habiendo obtenido mayoría en la Cámara de Diputados (no así en el Senado), casi todas las provincias quedaron en manos de gobernadores peronistas. Pero el nuevo Gobierno, recibido con esperanza tras el largo periodo menemista, no tardó en verse acorralado por la gravedad de la crisis económica del país, el galopante déficit público y el consiguiente descrédito político. La situación se hizo insostenible a finales de 2001 con un estallido social sin precedentes en la historia reciente del país que certificó la caída del Gobierno De la Rúa.

Sin necesidad de pasar por las urnas, los peronistas recuperaron el poder. Los líderes del justicialismo argentino, enfrentados en varias corrientes, eligieron a Adolfo Rodríguez Saá para ocupar la presidencia pero, una semana después de asumir el cargo, fue sustituido por Eduardo Duhalde, gobernador de Buenos Aires y uno de los principales enemigos políticos del ex presidente Carlos Menem. Líder transitorio, Duhalde cumplió el objetivo de convocar elecciones en la primavera de 2003 aunque, para entonces, el justicialismo resurgía con fuertes divisiones internas. Tres candidatos peronistas pugnaron por la presidencia en la jornada electoral del 27 de abril: Néstor Kirchner -gobernador de Santa Cruz- y los ex presidentes Carlos Menem y Rodríguez Saá. Los dos primeros fueron los más votados y quedaron emplazados para una segunda vuelta pero la retirada de la candidatura de Menem, cuando los sondeos pronosticaban una abultada victoria de su oponente, precipitó el proceso y Néstor Kirchner se convirtió en presidente electo de la República.

Bibliografía

SCALABRINI ORTIZ, R.: Yrigoyen y Perón, Buenos Aires: Plus Ultra, 1972.
GILLESPIE, R.: Soldados de Perón, Buenos Aires: Grijalbo, 1987.
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ROMERO, L. A.: Breve historia contemporánea de la Argentina, Buenos Aires: FCE, 1994.
Historia Visual de la Argentina, Buenos Aires: Biblioteca Clarín, 1999.

Temas relacionados

Historia de Argentina.
Nacionalismo en América Latina.
Populismo en América (en voz Populismo).
Caudillismo.

Enlaces en Internet

http://www.pj.org.ar/ ; Página oficial del Partido Justicialista argentino.

PERONISMO

Fuente: Britannica

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