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Definición de Progreso

 (Del lat. progressus); sust. m.

1. Evolución a un estado mejor o más avanzado: la profesora dice que he hecho muchos progresos en las clases del alemán.
2. Desarrollo cultural, tecnológico o económico de una sociedad: el progreso contribuye al bienestar social.
3. Avance o marcha hacia adelante: las grullas iniciaron ya su progreso deste los territorios invernales hacia los estivales.

Sinónimos
(1 y 2) Adelanto, florecimiento, impulso, mejora, perfeccionamiento; (1, 2 y 3) avance.

Antónimos
(1 y 2) Empeoramiento, involución, retraso; (1, 2 y 3) retroceso.

 [Sociología]

Idea según la cual el curso de la civilización se caracteriza por un aumento gradual de bienestar o de felicidad, una mejora del individuo y de la humanidad, gracias a la consecución de un objetivo deseable. No es suficiente la idea de un universo en perpetuo flujo para construir el concepto de progreso, se requiere también una finalidad, un objetivo último del movimiento, cuya consolidación en la historia señala el progreso.

El concepto de progreso depende del modelo de valor elegido como medida. Así, la elección de un modelo puede engendrar desde una actitud conservadora hasta otra radicalmente progresista adaptándose al cambio de las situaciones históricas.

La doctrina del progreso se desarrolla, siguiendo un enfoque socio-político en dos direcciones: la concepción ilustrada y la idealista. El concepto ilustrado (véase Ilustración) está ligado a la idea de la posible perfectibilidad humana, que puede lograrse en el mundo de los hombres, por ello, la actitud que se adopta al realizar la interpretación histórica es la de evaluar del hecho histórico, convirtiendo al hecho mismo en el criterio metodológico historiográfico, con rasgos distintos según el ámbito específico al que se le aplica. Por su parte, el concepto idealista (véase Idealismo) considera el progreso como un proceso necesario del universo, realizado por un principio espiritual, y por lo mismo, continuo y con posibilidades sólo aparentes de retroceso, considerando la comprensión del hecho histórico como una fase inevitable, en la que la participación humana activa, con frecuencia no es más que ilusoria e instrumental.

Origen del concepto de progreso

La idea de progreso, por tanto, no es unívoca. Además de estas dos concepciones fundamentales existen muchas ideas de progreso a las que les corresponde una procedencia histórica distinta. Respecto a esto se ha de tener en cuenta que la concepción es distinta según los atributos que se reconozcan como propios a la idea de progreso.

En el mundo clásico, se obtienen concepciones esporádicas que se acercan a la idea de progreso sólo en parte. Se desarrolla el sentido de proceso del universo y el de carácter gradual del proceso, pero la mayoría de las veces haciendo referencia al pasado y sin la identificación de una meta o un objetivo último, ni de un mejoramiento en el futuro. Numerosos autores se remontan únicamente a la cristiandad y al sentido de esperanza que ésta lleva consigo para abordar la idea de progreso.

La tesis más tradicional sobre la aparición de la idea de progreso es del Renacimiento. Este período, al dirigir el interés hacia el hombre y hacia su vida secular, prepara el clima favorable para su emergencia, acercándose a la concepción de progreso actual. A través de su concepción de solidaridad entre los pueblos, el pensador francés del siglo XVI Bodin consideraba que la historia de las civilizaciones es unitaria, así como un proceso de ascenso gradual hacia formas de civilización cada vez más elevadas. Francis Bacon, a principios del siglo XVII, afirma que la Edad Moderna está más adelantada que las edades pasadas (Edad Antigua), en cuanto que ha progresado más el conocimiento y por ello está más cerca de la verdad. Finalmente, Descartes encuentra leyes naturales invariables y las convierte en el fundamento de la ciencia, eliminando del proceso histórico la idea de la guía providencial.

La doctrina sobre la idea de progreso, aparece de forma independiente en Francia e Inglaterra en el siglo XVIII. En Francia, el argumento de los modernos explica que si las leyes naturales son invariables y la naturaleza produce hombres potencialmente valiosos en la misma medida en todos los tiempos, entonces, carecen de fundamento la teoría de la degeneración y la pretendida superioridad de los antiguos sobre los modernos, así como el principio de autoridad de los primeros sobre los segundos, por el contrario, se puede afirmar que los modernos son superiores a los antiguos a causa de un conocimiento más rico adquirido a través de los siglos y de las experiencias de los precedentes.

Siguiendo esta línea, en las teorías del abate de Saint-Pierre, aparecen elementos que se han señalado como necesarios para que se pueda hablar de progreso: no sólo el carácter gradual del proceso histórico, sino también la mejora del futuro de la humanidad y la indicación de una meta. Otros ilustrados, como Turgot, al igual que el anterior, identifican el concepto de progreso con el avance de la civilización, entendiendo que las épocas en que la razón guía la conducta del hombre son períodos de progreso civil y social. Éste es un elemento importante en la concepción de progreso, puesto que, se elimina la necesidad del mejoramiento y se sustituye por la idea de la posibilidad, a la que corresponde también la posibilidad contraria, la del retroceso. Estas ideas son evidentes en Turgot, pero dominan también el pensamiento de todos los ilustrados; así, según estos autores la concepción de progreso está ligada a la interdependencia de las ciencias y al fortalecimiento de la racionalidad a través de la difusión de la cultura, de la mejora de las costumbres y de las características de los hombres por medio de instituciones y leyes adecuadas. Asimismo, la idea básica de Condorcet es la confianza en el progreso que caracteriza al siglo XVIII francés, convencido de que éste debía estar garantizado por el dominio de la razón y, aceptando así una idea de progreso basada en el avance de los conocimientos humanos como principio esencial del progreso social. Se debe señalar también la insistencia de Condorcet en que el progreso no tiene límites, debido a que tampoco la posibilidad de perfeccionamiento de las facultades humanas lo tiene, por tanto, no puede haber interrupciones, sino disminuciones en sus ritmos o, por el contrario, aceleraciones, ya que la historia futura es previsible para quien es capaz de encontrar en la historia del pasado las leyes generales de los fenómenos sociales, aunque esa previsibilidad no es posible a largo plazo, puesto que, no se ha encontrado la ley general de la evolución histórica. Condorcet entiende que la dirección en la que se mueve el progreso político es la igualdad, por tanto, toda acción que tiende a promover un cambio social debe tener como objetivo una mayor igualdad.

En ese mismo siglo, nacen también en Inglaterra y Alemania otras doctrinas sobre el concepto de progreso. En Inglaterra, la doctrina del progreso abarca una fe en la perfectibilidad, tanto del hombre como de la sociedad, dentro de un camino hacia una condición cada vez más feliz. En Alemania, las principales aportaciones sobre el concepto de progreso las realizan los ilustrados, en concreto Lessing y Herder, admiten una concepción del progreso comparable con la del cristianismo primitivo, es decir, una concepción teológica de la historia. Por el contrario, Kant formula una doctrina ética basada en el perfeccionamiento moral e identifica la meta de la humanidad con una sociedad civil universal gobernada por la ley moral.

En Italia, también surge una doctrina de progreso durante la primera mitad del siglo XVIII, pero sin gran influencia. La doctrina a la que se hace referencia es la de Vico, que recurre a la intervención divina para explicar la historia del hombre o de la civilización, por tanto, la ley que rige el progreso es la de la divinidad. Vico afirma que existe otro componente en el progreso que es la decadencia y, por ello, éste no sólo conlleva la felicidad o el aumento del bienestar tras la civilización, sino también la barbarie o decadencia. Así, el progreso no tiene un comportamiento rectilíneo, como decían los ilustrados, sino en espiral.

A principios del siglo XIX se elaboran concepciones históricas que identifican el progreso temporal con el progreso ideal. Los idealistas alemanes consideran el progreso histórico como necesario, pero independiente de la acción del hombre o como condicionante de esa misma acción. Para éstos y, a diferencia de los ilustrados, el fin coincide con la libertad, pero ésta entendida como la libertad de espíritu en relación con la naturaleza o conciencia de esa libertad. No se trata por tanto, de la libertad de elección, si no de un proceso necesario, del reconocimiento del hecho. Al igual que para Vico, para los idealistas se produce el progreso porque se produce el crecimiento continuo.

Asímismo, la doctrina del progreso idealista se fundamenta en encontrar la ley del devenir. En Francia, se parte de la nueva ciencia de la sociología, con exponentes como Fourier, Saint-Simon y Comte. Pero éstos no tratan de buscar esa ley del devenir, sino más bien la ley del desarrollo social. Son los herederos de la Ilustración francesa, aportando algo nuevo a la concepción de progreso, como es una ley científica o general en lugar de una fe optimista y, desechando de esta concepción la idea de que la necesidad del desarrollo le resta importancia y responsabilidad a la acción del hombre.

Las observaciones anteriores pueden aplicarse a muchas filosofías del siglo XIX, incluida la marxista. El principio de que la única salvaguardia contra el quietismo es la posibilidad (cuando ésta se reconoce) de acelerar el progreso y la invitación a la humanidad que se deriva de ella, es lo que va a justificar todos los movimientos de los hombres a partir de ahora, utilizándose la idea de progreso como arma política, hasta tal punto que el papa Pío IX en 1864 condena esta idea en el Syllabus errorum.

La necesidad del progreso fundada sobre una ley general es confirmada también por los evolucionistas del siglo XIX (véase Evolucionismo), por ejemplo, Spencer que ya en 1851 considera al progreso como fruto de la evolución, de la adaptabilidad cada vez más adecuada al ambiente, es decir, todos los grados de la adaptación se derivan de las adaptaciones ya realizadas y corresponden a la adopción de hábitos de comportamiento adecuados en la lucha por la supervivencia. En las obras posteriores a la de Spencer, en las que se precisan más concretamente las leyes de la evolución, los diferentes autores siguen esta perspectiva.

En la obra de Darwin Origen de las especies (1859) se argumenta que todo el proceso histórico en el que se venía basando el concepto de progreso queda subordinado a leyes naturales y se incorpora al amplio proceso de la evolución del universo. La evolución ya no se considera un movimiento, si no un mejoramiento. Esta será la doctrina fundamental que perdurará durante todo el siglo XIX. Para más información véase Teoría de Darwin sobre el Origen y Evolución de las Especies.

En las primeras cuatro décadas del siglo XX se impone en toda Europa y de forma especial en Italia, el concepto romántico del progreso. Asímismo, después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolla progresivamente la concepción ilustrada de este término, que evoluciona de forma paralela a los movimientos de reacción contra los fascismos y los ideales de resistencia, como redescubrimiento de los valores ilustrados y del pensamiento revolucionario capaz de transformar el mundo, pero que pretende ser distinguido del antifascismo anterior (romántico) por su contemporaneidad con los mismos fascismos, considerándose así como un romanticismo racional que se opone al romanticismo-fascismo irracional y militante. De esta forma, surgen dos concepciones de progreso, la romántica y una ilustrada renovada. A partir de la Primera Guerra Mundial se asiste a una crisis de la idea de progreso. La Teoría evolucionista que predominó en el siglo XIX se reduce a su significado científico y, ya no se encuentra tanto en Darwin y Wallace como en los filósofos positivistas del siglo XX (véase Positivismo). El evolucionismo anterior se diferencia del de este siglo por la noción de contingencia aplicada a los seres vivos y a su formación, la cual ya no está ligada a la armonía del universo ni a la idea de progreso. Ya no existe una idea de progreso o de retroceso, porque las variaciones o transformaciones son más complejas y se producen de forma casual, actuando la naturaleza solo como tamiz y a posteriori, considerándose que a la evolución se le puede dar un significado de progreso introduciendo una fuerza o ley externa. Exponentes de estos filósofos irracionalistas del siglo XX serían Bergson y Pierre Teilhard de Chardin.

En el campo del progreso tecnológico, después de las dos guerras mundiales, se alimenta la idea de que los cambios derivados de la revolución tecnológica dan una nueva idea de progreso enfocada hacia un mundo mejor que el anterior y en un futuro mejor que el presente. Pero esto conlleva un problema: la situación de precariedad destinada a una destrucción total de la humanidad, y el remedio a esta catástrofe final no consistiría en un retroceso, sino en una utilización adecuada de los medios del progreso. La dirección del mejoramiento tecnológico provoca dos tipos de reacciones: la caída del hombre en una perplejidad angustiosa o la construcción de un diseño de la sociedad justo e inteligible que indique la dirección (sea ésta el comunismo, fascismo o sociedad capitalista). Estas dos reacciones impulsan a rechazar en la actualidad la idea de progreso tecnológico por varios autores, así por ejemplo, Carl L. Becker destierra esta idea por su creencia en el bienestar y en la autosuficiencia del hombre, por su fe en el poder de la ciencia para desterrar el sufrimiento. Asimismo, los investigadores que afirman que la idea de progreso se deriva de la concepción teológica cristiana de la vida, como Reinhold Niebuhr, inciden en que a las experiencias trágicas de nuestros días no se les puede oponer una “historia de éxito” con la que se pretende sustituir la historia bíblica y cristiana. Para Karl Löwith y Emile Brunner la idea moderna de progreso tecnológico es una simple traducción de la historia cristiana a conceptos seculares. Según Eric Voegelin, esta concepción de progreso tecnológico es la identificación del espíritu de modernidad, como medida de los movimientos políticos modernos, con un proceso regresivo o autodestructivo al que está sometida la civilización post-cristiana, debido a que las políticas adoptadas para restaurar el equilibrio en la civilización actual son medidas o métodos violentos que acrecientan el desequilibrio y conducen a la guerra.

Todo lo anterior relativiza la idea de progreso, ya que, el concepto se asume como un valor abstracto y equívoco: desde un punto de vista se toma como el propio progreso y desde otro como un retroceso. Esta ambigüedad provoca una discusión acerca del término que lo hace entrar por primera vez en crisis en el siglo XX, lo que no había ocurrido en siglos anteriores. Por lo tanto, a partir de entonces, al concepto de progreso no se le dotará de un sentido intrínseco, sino que se le reconoce una raíz social, enfrentándolo críticamente con la sociedad que asimila este concepto. Esta ambigüedad del concepto ha llevado a usar en la ciencia política dos términos aparentemente contradictorios: modernización (en lugar de progreso como tal) y subdesarrollo (en lugar de retroceso o decadencia).

La mayor contribución del siglo XX al concepto de progreso proviene del pensamiento científico, partiendo de la idea de que sólo la ciencia puede resolver los problemas sociales que la propia ciencia ha contribuido a crear y, que el progreso humano será indefinido si su futuro es proyectado y construido de una forma científica. La biología, como ciencia, aporta una parte importante a este pensamiento, incidiendo en que si se admite un modelo de progreso basado en el control de la naturaleza exterior e interior del hombre, también se debe profundizar en el conocimiento del hombre y de su naturaleza. Este planteamiento inició una discusión en el mismo ámbito científico entre dos autores actuales: François Jacob y Jacques Monod. Con diferentes planteamientos, ambos apoyan la hipótesis del origen fortuito de la vida, excluyendo la importancia y responsabilidad de la biología y otras ciencias en este tema.

Estas tesis fueron rechazadas por numerosos científicos destacando la importancia y responsabilidad del hombre y de su selección en la construcción del futuro. Por ejemplo, Ilya Prigogine, en una aproximación a las teorías de la Ilustración sobre el progreso del siglo XVIII, invoca una ciencia unificada que aproxime las dos proposiciones anteriores: tecnología y filosofía de la naturaleza.

El debate actual sobre el concepto de progreso

En el siglo XXI el debate sobre la definición del concepto de progreso sigue en pie, pero relacionado con el tema de la evolución, es decir, el progreso evolutivo, lo que supone vincular los conceptos de evolución y progreso; la ciencia biológica sigue teniendo mucho que decir en este tema. Se trata pues de buscar una definición o concepto de progreso que reúna la historia de la civilización con la evolución de los seres vivos y su entorno, en definitiva, de observar si la teoría de la evolución es progresionista.

Autores como Stephen Jay Gould propusieron que el concepto de progreso es dañino, incontrastable e inoperativo, afirmando que está acabado y no debe utilizarse en ciencia. Esta tesis es apoyada por filósofos e historiadores actuales como Michael Ruse, David Hull y Jesús Mosterín, que sostienen la idea de que el progreso aparece como una creencia cuasi-religiosa que se encuentra de manera consciente o inconsciente en la obra de numerosos evolucionistas y que el uso de este concepto constituye una tentación constante para los biólogos evolucionistas. Esta posición es apoyada por Peré Alberch, desde el campo biológico. Por tanto, para éstos progreso y evolución son términos que no deben confundirse y menos ir unidos, aunque se recurra al término de progreso para explicar la evolución con cierta frecuencia, sobre todo por parte de algunos biólogos, de forma consciente o inconsciente.

Radicalmente contrarias a estas posiciones son las que mantienen Jorge Wagensberg, Brian Goodwin o M. McKinney, firmes partidarios de la rehabilitación de la idea de progreso en la biología evolutiva, pues para ellos el único mecanismo aceptable que puede impartir direccionalidad al proceso evolutivo es la selección natural, pero no se puede explicar la existencia de procesos evolutivos direccionales o progresivos a lo largo de millones de años, cuando la selección natural direccional sólo se refiere a procesos que se desarrollan, como mucho, a lo largo de miles de años. Por tanto, esta posición es partidaria de recordar ideas como la de la “evolución gradual y el cambio progresivo”, que aunque conllevan una carga ideológica importante, responden a muchas de las preguntas planteadas en la realidad actual. En este sentido, progreso y evolución son términos parejos, que en circunstancias determinadas no pueden ir separados.

Temas relacionados

Antropología política.
Revolución social.
Sociología.

Bibliografía

AGUSTÍ, Jordi y WAGENSBERG, Jorge (Eds.). El progreso, ¿un concepto acabado o emergente? Barcelona. Ed. Tusquets, Colección Metatemas Nº52, 1998.
BOBBIO, Norberto; MATTEUCI, Nicola y PASQUINO, Gianfranco. Diccionario de Ciencia Política. Madrid, Ed. Siglo XXI de España, 1994.

PROGRESO

Fuente: Britannica

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Historiador, Ingeniero y Matemático embarcado en un proyecto que aglutine dichas disciplinas.

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