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Biografía de Bonifacio VIII, Papa (1294-1303)

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 Papa de la Iglesia católica nacido en Anagni hacia 1235 y muerto en Roma el 11 de octubre de 1303. Dotado de un agudo instinto político y un gran conocedor de los cánones de la Iglesia, quiso mantener intactos los derechos y privilegios del Papado recibidos de sus antecesores, Gregorio VII e Inocencio III. Sin embargo fracasó a la hora de ejercer la suprema soberanía sobre los príncipes cristianos y no pudo llevar a cabo su proyecto de unir a la Cristiandad para luchar contra los turcos, marcando sus nueve años de pontificado el comienzo del declive del poder del Papado.

Síntesis biográfica

Perteneciente a una noble familia catalana establecida en Italia, primero en Gaeta y después en Anagni, fue hijo de un tal Loffred y su verdadero nombre fue Benedetto Gaetano. A través de su madre, estuvo conectado a la casa de Segni, que había dado varios papas a la Cristiandad, entre ellos Inocencio III, Gregorio IX y Alejandro IV. Estudió en Todi y Spoleto y es posible que también en París, obteniendo el doctorado en Derecho Civil y completando su formación con el estudio de los cánones en Anagni, Todi, París y Roma. En 1265 formó parte de la delegación papal a Inglaterra que, encabezada por el cardenal Fieschi, tenía como misión mediar entre Enrique III y los barones rebeldes. En 1276 pasó a formar parte de la Curia y adquirió una notable influencia desde su oficio de notario apostólico. Alcanzó el cardenalato en 1281 y en 1291 el papa Nicolás IV le nombró cardenal-sacerdote de los títulos de San Silvestro y San Martino ai Monti. Trabajó como legado papal en Francia y Sicilia y fue un cercano consejero del papa Celestino V, al que, ante su insólita decisión de abdicar, le urgió para que dictase una constitución en la que declarase la legalidad de la abdicación papal y la obligación del colegio cardenalicio de aceptarla.

El 13 de diciembre de 1294 abdicó Celestino V y once días después el cardenal Gaetano fue elegido papa en el cónclave celebrado en el Castel Nuovo de Nápoles. Tomó el nombre de Bonifacio VIII y fue coronado y consagrado en Roma el 24 de diciembre de 1294. Al día siguiente emitió su primera encíclica en la que anunciaba la renuncia de su antecesor y su propia elevación a la máxima dignidad de la Cristiandad. Después, con la aprobación de los cardenales, revocó todos los derechos y privilegios otorgados por Celestino. Para evitar un posible cisma, Bonifacio VIII ordenó custodiar a Pietro da Morrone (Celestino V) en Castello di Fumone (Frosinone), donde éste permaneció hasta su muerte (1296).

Política en Italia

El primer asunto del que se ocupó Bonifacio VIII fue la pacificación de Sicilia, reclamada por Carlos II de Nápoles y por Jaime II de Aragón. El segundo fue coronado rey en Palermo en 1286 y fue excomulgado por usurpar un feudo de la Santa Sede. El 21 de junio de 1295 el papa ratificó el acuerdo alcanzado en 1291 entre Carlos II y Jaime II, según el cual el aragonés se comprometía a entregar la isla al napolitano a cambio de su matrimonio con Blanca de Nápoles, hija de Carlos, a la que acompañaría una dote de 70.000 libras de plata. Bonifacio VIII restauró la paz entre el Papado y Jaime II y le compensó por la pérdida de Sicilia con la entrega de Córcega y Cerdeña. Pero los sicilianos se rebelaron contra la dominación francesa y ofrecieron la corona a Federico, hermano menor de Jaime II. El legado papal fue expulsado de la isla y Federico fue coronado en Palermo el 25 de marzo de 1296. Bonifacio comenzó la guerra y nombró a Jaime II capitán general de la Iglesia, lanzándolo contra su propio hermano. En 1302 se llegó a la paz gracias a la intervención del príncipe Carlos de Valois. El papa reconoció a Federico como vasallo de la Santa Sede y le permitió permanecer en posesión de la isla hasta su muerte, momento en el que Sicilia pasaría a manos del rey de Nápoles.

Bonifacio también actuó como mediador entre las repúblicas de Génova y Venecia, que venían manteniendo una guerra durante más de cuarenta años. El 24 de junio de 1296 el papa proclamó una tregua y ordenó a ambos estados que enviasen embajadores a Roma. Fue la negativa de los genoveses lo que evitó que se llegase a un acuerdo. La paz sólo se alcanzó en 1299, por agotamiento de ambos contendientes. La intervención papal para restaurar la paz en Florencia tampoco tuvo ningún resultado. El cardenal Mateo d’Acqasparta fue enviado a la ciudad como legado papal, con la misión de restaurar la concordia entre los partidos de los Negros y los Blancos, pero fracasó y la ciudad fue puesta en entredicho. En 1301 el papa nombró a Carlos de Valois capitán general de la Iglesia y le envió a pacificar Florencia, pero en vez de eso, se puso del lado del partido de los Negros y sometió a la ciudad a una terrible devastación, que tuvo como resultado el exilio de todos los fieles al partido Blanco, entre ellos, el poeta Dante.

El papa también tuvo enemigos dentro de la propia Roma, donde la principal oposición provenía del colegio de los cardenales, y en especial de Jacopo Colonna y de su sobrino Pietro Colonna, que se aliaron con los enemigos políticos del papa, Jaime II de Aragón y Federico II de Sicilia. Los esfuerzos del papa por romper esta alianza no sirvieron de nada y los cardenales fueron excomulgados el 10 de mayo de 1297. Éstos respondieron con ataques a varias iglesias de Roma y con la lectura de un manifiesto en el que declaraban inválida la elección de Bonifacio VIII y apelaban a la convocatoria de un concilio, pero el papa replicó que ellos habían sido unos de sus principales patrocinadores desde el principio y que habían tomado parte con él en los diversos consistorios y firma de documentos, ratificando además la excomunión. En diciembre de 1297 el papa proclamó la cruzada contra sus enemigos, cuyos castillos y fortalezas fueron conquistados, la principal de ellas, la de Palestrina (1298). Los Colonna imploraron el perdón y lo consiguieron, pero el papa se negó a restituirles sus dignidades cardenalicias, lo que provocó una nueva revuelta de la familia, que en esta ocasión fue rápidamente apagada. Finalmente los revoltosos fueron de nuevo excomulgados, desterrados y sus posesiones repartidas entre los familiares del papa y otros nobles.

Intervención en el exterior de Italia

En 1295 Bonifacio VIII nombró legado papal a Isarnus, arzobispo de Carcassona, para que resolviese en Dinamarca la prisión del arzobispo de Grund, Jens Grand, por parte del rey Eric VI. El papa decidió a favor de Grand y excomulgó al rey de Dinamarca éste se negó a aceptar la decisión papal y el reino fue puesto en entredicho. Eric se sometió en 1303 y Grand fue trasladado a la sede de Riga, mientras que la sede de Grund fue entregada a Isarnus. Bonifacio VIII también intervino en Hungría, apoyando las ambiciones de Caroberto de Nápoles de ceñir la corona de San Esteban, pero los nobles magiares eligieron a Andrés III, y a su muerte a Ladislao, hijo de Wenceslao II de Bohemia. El papa lanzó interdictos que no tuvieron resultado alguno y el conflicto se amplió cuando Wenceslao II aceptó de los nobles polacos la corona de Polonia. La sucesión en Hungría y Polonia no se resolvió hasta el pontificado del sucesor de Bonifacio, Clemente V.

Bonifacio VIII no quiso intervenir en los asuntos de Alemania, a pesar de las peticiones de los dos aspirantes a la corona del Sacro Imperio, Alberto de Austria y Adolfo de Nassau, en verano de 1298. La guerra entre ambos llevó a la muerte de Adolfo el 2 de julio de 1298, pero el papa se negó a coronar a Alberto, acusándole de ser el culpable de la muerte de Adolfo. En 1302 Alberto envió agentes a Bonifacio para descargarse de las acusaciones que sobre él pesaban y el 30 de abril de 1303 obtuvo el reconocimiento pontificio. Poco después el papa recibió del nuevo emperador el juramento de fidelidad y la promesa de no enviar vicarios imperiales a Toscana o Lombardía sin la autorización papal, durante los siguientes cinco años. En 1298 Bonifacio recibió peticiones de ayuda del Consejo de Regencia escocés, que protestaba de la superioridad feudal de Inglaterra. El papa envió un memorial a Eduardo I, en el que le recordó que Escocia había sido un feudo papal desde tiempos antiguos. El monarca inglés respondió que Inglaterra nunca se había sometido a juzgados ajenos y no lo haría en esta ocasión y pronto la causa se vio perdida para Roma ante la imparable superioridad de Inglaterra sobre Escocia.

Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso

Los conflictos del papa con Felipe IV el Hermoso comenzaron cuando en 1296 los obispos franceses denunciaron a Roma las exacciones a que era sometida la Iglesia gala para sufragar la guerra contra Inglaterra. Bonifacio publicó la bula Clericis laicos, en la que se prohibía a los poderes seculares reclamar tributos y a los clérigos entregarlos, sin la autorización de la Santa Sede. Esto levantó las iras de Felipe el Hermoso, que en respuesta promulgó una ordenanza que prohibía las exportaciones de metales preciosos y restringía la capacidad de los mercaderes extranjeros en su reino, perjudicando enormemente a las rentas romanas, por lo que el papa tuvo que rectificar con la bula Etsi de statu (1297), en la que renunciaba a ejercer en Francia las pretensiones universalistas enunciadas en la bula anterior. Además, el 11 de agosto de 1297 el papa accedió a la canonización de Luis IX de Francia, abuelo de Felipe IV. Al fin, en 1298 los monarcas de Francia e Inglaterra firmaron la tregua de dos años preconizada por el papa. Pero continuó la ominosa presión fiscal de la Corona de Francia sobre el clero y en 1301 Bonifacio envió como legado papal ante Felipe a Bernard de Saissiers, obispo de Pamiers, pero éste fue acusado de traición y Felipe IV envió a Roma a Guillaume de Nogaret para recibir del papa la confirmación del cese de su legado y su entrega al brazo secular. En vez de ello, el papa exigió la liberación del legado, restableció el vigor de la Clericis laicos, con la bula Salvator Mundi y publicó una nueva bula, Asculta Filli, en la que se enunciaban todos los principios teológicos que defendían la superioridad del Papado sobre cualquier otro poder. Cuando el documento fue presentado ante el rey de Francia el 10 de febrero de 1302, éste lo arrojó al fuego y prohibió su publicación en el reino, haciendo circular en su lugar una falsificación, Deum time, probablemente obra de Pierre Flote, que disculpaba las acciones de Felipe IV y negaba la herejía. El monarca prohibió a los clérigos franceses viajar a Roma, así como enviar allí ningún tributo y éstos se pusieron del lado del rey, escribiendo una carta a Bonifacio en la que negaban el poder temporal de la Iglesia sobre el reino de Francia. Finalmente, en agosto de 1302, el cardenal de Oporto declaró en un consistorio público en el que se encontraban los representantes del rey, que el papa nunca había reclamado ninguna soberanía temporal sobre Francia, pero que su intervención había respondido a su obligación de atajar el pecado (ratione pecati); pero cuando los cardenales exigieron una satisfacción por la quema de la bula y por los ataques personales que había recibido Bonifacio, Felipe IV contestó con la confiscación de los bienes de los prelados que se habían mostrado del lado de Roma.

Bonifacio VIII convocó un concilio general en Roma para el 30 de octubre de 1302. A él acudieron cuatro arzobispos, treinta y cinco obispos, seis abades y numerosos doctores en cánones. En este concilio fueron publicadas dos nuevas bulas; una de ellas ofrecía protección a los eclesiásticos que quisiesen viajar a Roma; la otra fue la famosa Unam Sanctam (18 de noviembre de 1302), probable composición del arzobispo de Bourges, Aegidius Colonna, en la que se enunciaban en términos inequívocos los fundamentos teóricos de la teocracia pontificia. En febrero de 1303 el papa envió a Francia, como legado con misión de paz, a Jean Lemoine, que reclamó con insistencia el reconocimiento por parte del rey de Francia de los doce artículos de la Unam Sanctam, bajo amenaza de excomunión y deposición. El rey, mientras, negó la potestad del papa para actuar de mediador en sus conflictos con Inglaterra y Flandes y despidió al legado con evasivas. Entonces Felipe IV convocó una solemne reunión en París en la que encargó a Guillaume de Nogaret que depusiese al papa. Éste obtuvo de los Colonna el material suficiente para formular terribles acusaciones contra el pontífice: idolatría, herejía, infidelidad, pérdida de la Tierra Santa por su culpa, inmoralidad, libertinaje, simonía, etc. Felipe consiguió la adhesión de muchos eclesiásticos franceses y envió cartas a todos los príncipes europeos para pedir su ayuda en un futuro concilio en el que se tratarían las acusaciones contra el papa. En agosto de 1303, en un consistorio en Anagni, Bonifacio se declaró inocente de todos los cargos y se dispuso a proteger la autoridad pontificia. Prohibió que la Universidad de París concediese diplomas en teología, cánones y derecho civil y depuso al arzobispo Gerhard de Nicosia, principal signatario de las cismáticas resoluciones de París; declaró que sólo la Santa Sede podía proveer las sedes vacantes y sólo el papa tenía el poder de convocar el concilio. La bula Super Petri solio, del 8 de septiembre, excomulgaba de nuevo a Felipe IV y liberaba a sus vasallos del juramento de fidelidad. Un día antes, Guillaume de Nogaret y Sciarra Colonna, a expensas del rey de Francia, penetraban en Anagni y capturaron al papa, que fue confinado en su castillo. El 9 de septiembre los burgueses de Anagni consiguieron rescatarlo y Bonifacio viajó rápidamente a Roma, donde llegó el día 13. Permaneció bajo la estrecha vigilancia de los Orsini y murió ocho días después de unas violentas fiebres. Fue enterrado en la cripta de San Pedro, según algún cronista, “con menos decencia de la que corresponde a un papa”.

Un papa mecenas

A través de su biógrafo, su sobrino, el cardenal Stefaneschi, sabemos que Bonifacio VIII fue un amante de las artes y un espléndido mecenas, para el cual trabajaron Giotto y otros importantes artistas de la época. Hizo levantar espléndidas estatuas en Anagni y Perugia (que le valieron entre sus detractores el calificativo de idólatra), y también restauró numerosas iglesias y catedrales, entre ellas las romanas San Pedro y San Juan de Letrán. Hizo cultivar el arte de la miniatura, llegando en su tiempo los iluminadores vaticanos al nivel de los miniaturistas franceses y empleó al escultor Arnolfo di Cambio, que fue quien construyó su sarcófago.

El papa también se interesó por las ciencias y fue el fundador de la Universidad de Roma, conocida como Sapienza (1303). Bajo su patronazgo se comenzó a reconstruir la Biblioteca Vaticana. Bonifacio VIII fue uno de los más importantes canonistas de la Iglesia y enriqueció la legislación general de la Iglesia con la promulgación en 1298 de un gran número de constituciones propias y de sus antecesores. Después de una corta transición, fue sucedido por Clemente V.

Temas relacionados
Historia del Papado.

Bibliografía

NIETO SORIA, J.M. El Pontificado Medieval. Madrid, 1996.
ULLMANN, W. Il papato nel medioevo. Roma, 1975.
WOOD, C. Felipe “El Hermoso” y Bonifacio VIII, el Estado contra el Papado. México, 1968.
XAVIER, A. Bonifacio VIII: Iglesia y Estado, Iglesia o Estado, Iglesia con Estado, Iglesia sin Estado, Iglesia sobre Estado, Iglesia bajo Estado, Iglesia del Estado. Barcelona, 1971.

JMMT

Bonifacio VIII, Papa (1294-1303)

Fuente: Britannica

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