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Biografía de Cautiverio de Babilonia (586-536 a.C)

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 Nombre dado a los casi cincuenta años (586-538 a.C.) que los judíos permanecieron cautivos en Babilonia. También se conoce con este nombre, más concretamente como Segundo Cautiverio de Babilonia, al período de tiempo en el que los papas abandonaron su tradicional emplazamiento en Roma para residir en la ciudad francesa de Avignon, y que fue, aproximadamente, de setenta años (1309-1377). En esta entrada se analizará el primero de ellos; para el segundo, véase CISMA DE OCCIDENTE.

El Primer Cautiverio de Babilonia (586-538 a.C.)

Fue el profeta Jeremías quien, ante la poca observancia de los ritos judíos, vaticinó que Israel sufriría un cautiverio de setenta años. Jeremías, y el resto de los estrictos creyentes en el credo hebreo, se quejaban constantemente de la introducción de nuevos cultos (como el de Baal) y nuevos ritos (como los de Astarté y Moloc) en el reino de Judá, cuestión que se hizo más evidente durante los reinados de Manasés y Amón. Durante esta época la estabilidad de Israel se veía amenazada por dos poderosos imperios: el babilonio al este y el egipcio al oeste. Ya en tiempos del monarca caldeo Nabapolasar, Palestina había estado bajo la órbita babilónica, pero la presión egipcia había impedido cualquier intento de conquista. Sin embargo, en el año 605 a.C. tuvo lugar un acontecimiento importantísimo: la victoria en la batalla de Carchemis de los caldeos, gobernados por Nabucodonosor, hijo y sucesor de Nabapolasar, frente a los egipcios, comandados por el faraón Nequés (o Necao). Esta victoria abrió el camino a Babilonia sobre Siria y Palestina, con lo que, algunos años más tarde, el reino de Judá fue incorporado como territorio vasallo al Imperio Babilónico.

Olvidados los nuevos credos, todos los hebreos se hermanaron de nuevo en la fe de Yahvé y, acaudillados por su monarca, el rey Joaquín, la tenaz resistencia de los judíos hizo del reino de Judá un territorio ingobernable; la respuesta de Nabucodonosor fue rauda y efectiva: en el año 597 a.C. Jerusalén fue tomada, saqueada y arrasada, lo que incluyó la destrucción del Templo de Salomón y el despojo de sus principales tesoros. Joaquín y varios miembros dirigentes fueron expulsados del territorio babilónico. Como fecha de inicio del Cautiverio se toma el año 586 a.C. a causa de que una nueva revuelta de los judíos contra el dominio de Nabucodonosor, dirigida por el caudillo Sedecías, motivó una expulsión aún mayor: 10.000 familias fueron deportadas a territorio caldeo; el principal dirigente, Sedecías, tuvo que observar en Babilonia cómo oficiales del ejército invasor mataban a su familia poco antes de que le sacasen los ojos (castigo reservado a los traidores), previo paso a su muerte por insurrecto. Además, de nuevo Jerusalén fue saqueada y el Templo destruido.

Razones espirituales e históricas de la deportación

Según las fuentes bíblicas y cronísticas, el número de judíos deportados a Babilonia, durante las sucesivas oleadas, estuvo cercano a los 250.000, contando también con varios grupos de la aristocracia urbana que huyeron a Egipto; únicamente fueron validados para quedarse en Palestina los campesinos rurales más pobres, lo que configuró, de facto, la total destrucción del reino de Judá como estructura político-administrativa. Las autoridades babilónicas ingresaron a los israelitas mediante sus propios vínculos familiares y de parentesco, formando comunidades totalmente exógenas a la estructura social del imperio, y las dedicaron preferentemente a la cría de ganado y al cultivo agrícola de su Estado. Ello ha hecho observar a historiadores del imperio caldeo que, efectivamente, uno de los más graves problemas a los que se enfrentaba Nabucodonosor era al déficit de mano de obra agraria de su imperio, por lo que la deportación, al menos a nivel histórico, tiene, como poco, tanto de solución a un problema económico como de profecía espiritual y religiosa. Los fértiles campos de Nippur, Zora, Neerda y demás regiones agrícolas de Babilonia, antes yermos y despoblados, se convirtieron en la más próspera fuente de riqueza caldea gracias a los cultivos hechos por los deportados hebreos.

Sin embargo, un factor crucial para la espiritualidad del pueblo judío desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de su propia religión: la cerrazón de las familias y su no incorporación a la sociedad babilónica influyó sobremanera para que la religión les uniera no sólo a nivel espiritual, sino también como configuración de una identidad nacional. La prohibición expresa de Nabucodonosor para que los judíos no construyesen sinagogas ni templos, y para que tampoco ejercieran públicamente sus cultos galvanizó el sentimiento de grupo dentro de los deportados. Muchos profetas que aún residían en Palestina, como Jeremías o Ezequiel, alentaban con encendidas plegarias que la deportación, el Cautiverio de Babilonia, había sido un castigo de Yahvé por su mal comportamiento, pero que la odiada servidumbre podría acabar si la observancia de las leyes continuaba.

El fin del Cautiverio

Conforme al paso de los años, la tensión de las autoridades babilónicas con los judíos se fue relajando, incluso se llegó a dar validez al pago de una compensación económica para que quien quisiese pudiera regresar a Palestina. Pero no ocurrió lo mismo con la fe hebrea, inconmensurable adalid de la voluntad de sus creyentes, cada vez más convencidos de que sus plegarias podrían acabar con el Cautiverio. A estas plegarias se le unió, como años atrás, el creciente poder del imperio persa, cuyos ejércitos suponían un gravísimo problema para Babilonia en sus fronteras orientales. Por ello, cuando en el año 538 a.C. Ciro II invadió Babilonia, los judíos le recibieron con los brazos abiertos. El astuto soberano persa, al conquistar las antiguas tierras que habían sido de Nabucodonosor, se enfrentaba al mismo déficit que el caldeo, pero actuó con magistral sabiduría: declaró libres a los judíos y les exhortó para que regresasen a su patria, a la vez que devolvió los tesoros capturados por los caldeos e, incluso, donó del botín cierta cantidad para la reconstrucción del Templo de Salomón. Así pues, un gran número de ellos, los más exaltados y fervorosos creyentes y patriotas, abandonó Babilonia rumbo a Sión, encabezados por Zorobabel, bisnieto del deportado rey Joaquín, que fue nombrado por Ciro gobernador de la provincia persa de Palestina, aunque con completa autonomía para cuestiones internas.

La astucia de Ciro queda reflejada en el exiguo número de israelitas que volvió a Palestina, no mayor de 50.000. Por una parte, el tradicional respeto de los persas para con las religiones de los pueblos conquistados era un aval que garantizaba, al menos por el momento, el abandono del aislamiento a las comunidades hebreas de Babilonia. La mayoría de ellos, también notablemente seducidos por la fertilidad de los campos en contraposición con la dureza del agro palestino, optó por formar sus propias comunidades judías en Babilonia, máxime teniendo en cuenta que gran parte del antiguo reino de Judá había sido ocupado, durante su ausencia, por samaritanos, edomitas o amoabitas, varios pueblos de alrededor. Entre el enfrentamiento y la inquietud del futuro, los judíos continuaron en Babilonia, bajo unas mejores condiciones pero igualmente contribuyendo al funcionamiento del imperio persa. Este acontecimiento ha sido denominado como la primera gran Diáspora hebrea, esto es, la formación de comunidades judías en territorios lejanos a Sión, a Palestina. Únicamente la encendida predicación del profeta Esdras en tierras persas, durante la segunda mitad del siglo V a.C., hizo a algunos regresar a su tierra, pero, en general, gran parte de los deportados no volvió a Palestina tras el fin del Cautiverio de Babilonia.

Temas relacionados
Babilonia.
Judaísmo.
Palestina: Historia.
Imperio persa (en voz Persa)
Mesopotamia.
Religión.

Bibliografía

GASPAR, L.- Historia de Palestina. (Madrid: Masperó, 1972).

OPR

Cautiverio de Babilonia (586-536 a.C)

Fuente: Britannica

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