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Biografía de China: Historia (1644-1911)

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 Tras la caída del último soberano Ming, Chongzhen (1611-1644), las tribus bárbaras manchúes que le arrojaron del trono y conquistaron China inauguraron un nuevo período dinástico que con el nombre de Qing detentaría el “Manto del Cielo” hasta 1911, año en que su caída y la consecuente proclamación de una República significó asimismo el punto final de la larga historia del Imperio Chino.

El Imperio Manchú: la Época Temprana (1644-1796)

Los gobernantes manchúes de una primera época que podría denominarse como temprana (desde 1644 hasta finales del siglo XVIII), afrontaron la tarea de implantar y consolidar este Imperio, y una vez conseguido esto, de engrandecerlo hasta alcanzar su máximo esplendor. Esta época temprana, de siglo y medio de duración aproximadamente, abarcó los reinados de los emperadores Shunzi (1644-1661), primer soberano manchú; Kangxi (1662-1722); Yongzheng (1723-1735) y Qianlong (1735-1795). La muerte de este último marcó un punto de inflexión a partir del cual puede afirmarse que dio comienzo el declive de la dinastía.

Implantación y consolidación política (1644-1683)

Desde el siglo XV, distintas ramas del pueblo jurchida se habían establecido en Manchuria, en los confines septentrionales del Imperio Ming, y venían disputándose entre ellas la hegemonía de dicho territorio. Fue una de ellas, los Chien Chou, quienes paulatinamente adquirieron mayor preponderancia, ya patente hacia 1600, gracias a las conquistas realizadas por sus caudillo Nurhaci (1559-1626). Nurhaci fue también el fundador de la futura dinastía Qing en 1616, pero a quien realmente se debe la expansión manchú fue a su hijo y sucesor, Abahai (1626-1643). Este último arrebató a los Ming el dominio de Corea, y mediante alianzas con los jefes militares del Norte, se hizo con el control de las provincias septentrionales, amenazando con dirigirse a Pekín; paralelamente, y con vistas a legitimar su intrusión en China, Abahai aprovechó las vinculaciones étnicas de los manchúes con los mongoles para adoptar el título de Gran Khan (1636) y erigirse así como legítimo sucesor de la antigua dinastía mongol de los Yuan. No obstante, como ya se señaló, el factor decisivo que propició la definitiva invasión manchú fue la propia debilidad interna del régimen Ming, en pleno proceso de descomposición a consecuencia de las revueltas campesinas y en última instancia, por la insubordinación de varios generales del ejército, uno de los cuales, Wu Sangui, solicitó la ayuda de los manchúes en su lucha con otro jefe rebelde, circunstancia aprovechada por éstos para tomar Pekín (1644) y dar comienzo a un nuevo período dinástico.

La clave que explica el éxito político-militar de los manchúes frente a enemigos superiores en número residió en su forma de organización tribal, basada en la institución de las “banderas”. Las banderas fueron creadas por Nurhaci como unidades militares independientes que agrupaban un número variable de compañías o niru, -en un principio sobre la veintena, pero posteriormente fueron aumentando-, y un contingente de alrededor de 8.000 hombres de armas. La originalidad de estas unidades fue que a su naturaleza militar añadían un carácter civil, respondiendo a la necesidad de una sociedad de tipo tribal que se estructura sobre la base de relaciones similares a las que se establecen en un sistema feudal, en cuanto la lealtad e identificación hacia un grupo social (ya sea etnia, tribu, clan o familia) constituye un elemento integrador de los individuos que la forman. En este sentido, las banderas desempeñaban también el papel de unidades sociales que a medida que los manchúes iban extendiendo su dominio, se multiplicaban en relación a la etnia; así junto a las originales banderas jurchidas, se fueron añadiendo banderas mongoles y chinas de etnia han (véase dinastía Han). A su vez, encuadrar en sus filas no sólo a los hombres de armas, sino también a su familia, vasallos y esclavos, posibilitó a los manchúes crear un ejército multiétnico muy numeroso en el que la población conquistada contribuía a su propia expansión, y sobre todo, disponer de unidades tácticamente autosuficientes. Además, la logística de sus soldados corría a cargo de los miembros civiles de la bandera, los pao-i, gracias a lo cual no suponían una carga económica para el gobernante.

Las cuatro banderas manchúes originales se identificaban cada una de ellas por un color: blanca, amarilla, azul y roja, pero al aumentar su número a ocho (1615), las nuevas añadieron un reborde de otro color. También se distinguían unas de otras por la especialización militar: mientras en las banderas manchúes predominaban los soldados a caballo, las chinas estaban integradas en su mayoría por infantería y dotadas de armas de fuego. Tras la implantación dinástica, las banderas se convirtieron en la principal institución social del Imperio en cuanto gozaban de una serie de privilegios jurídicos y económicos que convertía a sus miembros en la élite política del Imperio, así como el elemento que contribuyó a vertebrar la sociedad manchú respecto a la preexistente sociedad china; no obstante, la inclusión de otras etnias (hacia 1650 el elemento manchú apenas representaba un 15%), la pérdida del espíritu combativo y la tendencia a la centralización marcada por las características de la Administración imperial fue progresivamente difuminando el componente tribal-feudal de las banderas, y con ello perdieron la fuerza integradora que antes habían poseído.

El primer emperador manchú, Shunzi (1638-1661) fue entre todos los soberanos Qing de la época temprana el que jugó un papel menos relevante en los asuntos de gobierno, debido en gran parte al hecho de ser menor de edad al ascender al trono. La primera parte de su reinado contó con la figura dominante de su tío y regente Dorgon (1612-1650), quien continuó la tarea de sojuzgar el territorio imperial. Dorgon fue el encargado de derrotar al general Ming Li Tzucheng, principal rival de Wu Sangui, e iniciar la consolidación del régimen. Pese a la relativa facilidad con que los manchúes se establecieron en el Norte de China, completar la conquista de todo el Imperio fue una empresa lenta que no culminó hasta varias décadas después de la fundación oficial de la dinastía manchú. Las provincias del Sur se convirtieron durante todo este tiempo en refugio de los príncipes Ming que habían logrado huir de la Corte, así como de algunos generales como Wu Sangui que no había perdido la esperanza de erigirse en el legítimo heredero de la casa Ming; de hecho, en 1673 encabezó una gran rebelión y se autoproclamó emperador, llegando a tener bajo su control varias provincias del Suroeste (Guangxi, Sichuan, Yunnan). Aunque Wu falleció en 1678, esta insurrección no pudo ser sofocada por completo hasta 1681. En 1683 toda China quedó bajo dominio manchú, después de vencerse la última resistencia localizada en la isla de Formosa, con lo que esta isla también fue incorporada por primera vez al Imperio chino.

Aunque los manchúes tenían sus propias instituciones políticas, éstas no se diferenciaban en exceso del aparato gubernamental del Imperio después de siglos de permanente contacto en los que la influencia china se había dejado sentir sobre estas tribus en muchos aspectos. En consecuencia, los gobernantes manchúes se limitaron en la mayoría de los casos, a superponer su propia estructura a la ya existente, cuando no a copiar simplemente los órganos chinos. Como ejemplos de ello, hay que señalar que Abahai estableció en 1631 seis ministerios siguiendo el modelo Ming, y que se mantuvo el neiko o gabinete privado como principal órgano asesor del soberano, al menos en esta primera época. La mayor preocupación del Gobierno fue sin duda asegurarse el privilegio de casta sobre el elemento chino, para lo cual sólo necesitaban efectuar un relevo de unos por otros en los cargos fundamentales del poder y la burocracia, estableciendo además normas legales que certificasen dichos privilegios: los individuos de origen manchú gozaban de mayores facilidades a la hora de emprender la carrera administrativa. De esta forma, puede decirse que los manchúes encontraron en el carácter centralista de la Administración del Imperio el instrumento idóneo para asentar su dominio sobre los chinos Han, porque pese a ser numéricamente muy inferiores a dicha etnia, ocupar la cúspide les permitía controlar el resto del aparato estatal,a aprovechando la experiencia adquirida durante siglos por esta misma Administración. Dos factores contribuyeron al éxito de esta estrategia: de una parte, la eficacia del sistema de banderas para proporcionar candidatos de plena confianza a los cargos de mayor responsabilidad, especialmente los de gobernador de provincias; de otra parte, la dualidad lingüística chino-manchú en todos los documentos oficiales, que aunque suponía un esfuerzo burocrático doble, significaba reconocer la importante presencia en la Administración de los chinos Han, y por tanto atraerse su lealtad hacia un régimen teóricamente opresor.

Esta misma fórmula de adoptar lo previamente existente fue aplicada en lo que atañe a la ideología oficial del régimen. En efecto, los nuevos dirigentes manchúes fomentaron el pensamiento confuciano como base sobre la que sustentar su sistema autocrático, conscientes que una lectura conservadora de sus ideas podía alimentar valores como la sumisión del pueblo ante sus gobernantes, aunque éstos fueran extranjeros, o la aceptación de la realidad social tal y como ésta venía dada, y en definitiva, legitimar tanto el sistema político de dominación manchú como la estructura feudal de la sociedad. Siguiendo igual criterio, se conservó el sistema de examinación civil para todos los funcionarios y se realzó de forma consciente el papel social de los intelectuales-literatos, a imitación de las dinastías chinas anteriores; además, cabe añadir que los primeros soberanos manchúes, Shunzi y Kangxi, se esmeraron por aprender con prontitud el idioma local y al parecer sintieron una genuina admiración por la cultura milenaria china.

La época del esplendor manchú (1683-1735)

A la muerte del emperador Shunzi (1661), le sucedió en el trono Kangxi (1654-1722), cuyo prolongado reinado está considerado uno de los períodos de máximo esplendor del Imperio manchú. Al contrario que su antecesor, Kangxi asumió personalmente las tareas de Gobierno desde una edad muy temprana (con apenas quince años), demostrando en ello una decisión y valía que le convierten a ojos de la historiografía en uno de los grandes emperadores chinos de todos los tiempos.

La primera empresa llevada a cabo por Kangxi fue completar la unificación territorial del Imperio, que como ya se ha relatado se prolongó hasta 1683. La energía con que dirigió las campañas contra el rebelde Wu Sangui y los piratas de Formosa no sólo propició una restauración del orden, sino que dejó entrever la intención del soberano de implantar de forma efectiva, y no sólo nominal, su autoridad suprema en todo el Imperio; en este sentido, cabe afirmar que Kangxi se comportó como un auténtico monarca absolutista, consciente del papel que debía desempeñar en virtud de su posición en la cúspide de la pirámide del poder. Por ello no admitió competencia alguna en la figura de un primer ministro; en 1669 desalojó al que había gobernado durante su minoría de edad. Su afán por controlar de cerca los asuntos públicos le convirtió en un soberano muy dinámico, que cuando no se encontraba en campaña militar, trabajaba intensamente en palacio revisando los miles de documentos que requerían su aprobación, o estaba de viaje en una de sus frecuentes visitas de inspección. Esta última fue una de sus facetas más destacadas: en dichas visitas el monarca no sólo comprobaba por sí mismo el buen funcionamiento del Gobierno en aspectos claves como la construcción de los diques y canales, sino que reforzaba la lealtad hacia su persona de los funcionarios provinciales. Kangxi también combatió la corrupción burocrática e intentó evitar la división en el seno de la Administración, para lo cual contó con un instrumento eficaz en este sentido: la Censoría (Tucha yuan). Este órgano siguió conservando las funciones que le eran propias bajo la dinastía Ming, es decir, controlar las actividades del resto de organismos y funcionarios públicos, con la facultad de emitir informes denunciando actitudes corruptas o inmorales, siempre según los preceptos del confucianismo. En 1686 ascendió al cargo de censor principal Kuo Hsiu (1638-1715), quien se distinguió en dichas funciones y contó con la entera confianza del emperador pese a no ser de origen manchú. Por lo demás cabe añadir que el reinado de Kangxi, al igual que el de su sucesor, se vio acompañado por una coyuntura económica favorable y una intensa actividad en el campo de la política exterior.

En el empeño por fomentar la escolástica confuciana y la cultura asociada a esta corriente, pero indudablemente también con fines políticos, Kangxi patrocinó un importante proyecto en el campo artístico: la compilación de la historia oficial de la dinastía Ming (1679), tarea cuya dirección encargó al literato Hsu Chien-hsue (1631-1694). El soberano propició asimismo, al menos en una primera etapa, la recuperación del privilegiado papel que en la Corte Ming habían desempañado los misioneros jesuitas y franciscanos, por su dominio de ciencias como la astronomía, las matemáticas e incluso la medicina; al parecer, el propio Kangxi se puso en sus manos para ser curado de la malaria (1693). Sin embargo, desde principios del siglo XVIII dos factores se combinaron para disminuir su influencia: de una parte, la expansión de los cultos asiáticos, budismo y lamaísmo principalmente, entre el pueblo, la burocracia y la misma Corte; por otra, la creciente actitud de intolerancia de la Iglesia de Roma hacia la práctica de los jesuitas de adaptar la doctrina cristiana a las especiales circunstancias del ritual confuciano.

Si bien durante el reinado de Kangxi China gozó de la estabilidad y calma interna que había carecido en el período precedente, la cuestión sucesoria empañó nuevamente este panorama, volviéndose a extender un clima de terror en la Corte. El problema residía en la costumbre de los monarcas manchúes de elegir su heredero entre todos sus descendientes, basándose en un criterio subjetivo, en vez de designar como tal al primogénito. En el caso de Kangxi, la designación de Yinjeng (1688-1755) como su sucesor al trono despertó la abierta oposición del resto de posibles candidatos, y con ello las intrigas palaciegas tan frecuentes en la historia del país, aprovechando que el emperador se encontraba en su lecho de muerte. Finalmente, fue Yongzheng (1678-1735) quien logró hacerse con el título de heredero, en teoría de forma legal ya que habría sido la última elección de Kangxi; sin embargo, la realidad indica que se lo arrebató por la fuerza a su hermano mediante un golpe de estado, e incluso que probablemente pudo matar a su padre.

El reinado de Yongzheng (1723-1735) se caracterizó por el continuismo respecto a la línea emprendida por Kangxi. Al parecer, Yongzheng no poseía el talento de su predecesor, pero era extraordinariamente ambicioso y receloso de su poder, lo que unido al eficaz aparato estatal heredado garantizó un periodo próspero y sin apenas traumas. El nuevo soberano manchú afianzó el carácter absolutista del régimen mediante una serie de medidas plenamente eficaces. Para empezar, persiguió de forma implacable a todos aquéllos que se habían opuesto a su subida al trono durante la lucha sucesoria y estableció una férrea censura sobre las manifestaciones contrarias a su política. A continuación, depuso a la mayoría de los príncipes manchúes que gozaban de un cargo al frente de las banderas y los atrajo a la Corte, de forma que les privó de su principal instrumento de poder, teniéndolos al mismo tiempo bajo su control. Yongzheng combatió asimismo la corrupción, reformó la Administración fiscal con vistas no sólo a aumentar los recursos del Estado sino también a racionalizar el sistema de recaudación, favoreció la cultura e integración entre chinos Han y otras etnias e impulsó un proceso de colonización en las provincias del sudoeste.

Con todo, la principal aportación de Yongzheng fue la instauración en 1729 del Consejo de Estado o Gran Consejo (chun-chi chu), órgano que venía a desempeñar las funciones que hasta entonces habían recaído en la secretaría o neiko. El propósito principal que motivó la fundación del Consejo, además de dotar al sistema de una capacidad mayor para dirigir el gigantesco aparato administrativo del Estado, fue conseguir un contrapeso a la influencia de los secretarios, cuyo nombramiento dependía de los consejeros. Estos últimos, a su vez, eran elegidos por el emperador entre los funcionarios de su entera confianza, lo que en definitiva convertía al Consejo en un instrumento político del soberano para mantener un estricto control sobre todas las esferas del poder.

El reinado de Qianlong (1736-1796)

El sucesor de Yongzheng fue su cuarto hijo Qianlong (1711-1796), quien sucedió a su padre en 1736. Este reinado ha sido tradicionalmente considerado el punto culminante de la era manchú, el momento en el que esta dinastía alcanza los límites de su grandeza para a continuación iniciar, si bien de forma muy lenta, su decadencia. Otros factores parecen ahondar en esta misma línea interpretativa, como el hecho de que Qianlong fue el último soberano chino que asumió el protagonismo de gobernar directamente el Imperio; además, sus últimos años coincidieron con el despertar del interés de los gobiernos occidentales, especialmente el inglés, por las posibilidades comerciales que ofrecía el mercado chino.

Al igual que sus predecesores, Qianlong asumió personalmente la tarea de dirigir los asuntos de Gobierno y supo rodearse de un equipo de eficientes funcionarios que contribuyeron a mantener el buen funcionamiento de la Administración imperial, al menos durante la primera parte de su reinado. Además, el nuevo monarca contó a su favor con una Hacienda saneada gracias a la reforma de su padre y una coyuntura económica favorable, factores que le permitieron volcar grandes recursos en una política exterior expansiva, con la organización de costosas expediciones militares destinadas a ensanchar los confines del Imperio. Este emperador fue además un apasionado de la cultura y artes chinas, ejerciendo como un auténtico mecenas de artistas y patrono de proyectos culturales. Su aportación más fastuosa fue la compilación de todas las obras existentes en las bibliotecas imperiales, junto a muchas otras donadas por particulares, en una enorme lista bibliográfica de más de diez mil títulos que recibió la denominación de Ssu ku chuan-shu (‘Biblioteca Completa de los Cuatro Géneros`) y cuya elaboración llevó una década (1772-1782). No obstante, y pese a la frenética actividad del soberano, hay que señalar que en esta época apenas se acometieron reformas de importancia en contraste con los dos reinados precedentes, y que en consecuencia las estructuras del Estado permanecieron relativamente estáticas.

Pese al buen comienzo del reinado, a medida que avanzaron los años los problemas empezaron a acumularse. En primer lugar, el monarca no supo atajar la división en la Corte, para a continuación delegar la dirección del Gobierno en favoritos poco experimentados, y más preocupados por aumentar su poder personal que por la prosperidad del país; la figura paradigmática de ello fue un joven oficial llamado Heshan (Ho-shen, 1750-1799). Con una meteórica carrera gracias al favoritismo que le profesar el soberano, Heshan se hizo hacia 1780 con las riendas del poder, que utilizó sobre todo en su propio provecho. Debido a la rapacidad del favorito, los problemas derivados de las distintas facciones en la Corte y la relajación de los sistemas de control, reapareció de forma alarmante el fenómeno de la corrupción, que se extendía fácilmente entre una burocracia gigantesca muy susceptible de caer presa de prácticas malsanas (malversación de fondos, sobornos, cohechos, etc.). Paralelamente, el cambio de ciclo económico comenzó a traducirse en el brote de revueltas campesinas, mientras la dominación impuesta a pueblos extranjeros originó otras de tipo étnico, como la rebelión de los musulmanes de Gansu (1781) y de los tibetanos en varias ocasiones. Sin embargo, fue la insurrección iniciada en 1775 por la sociedad del Loto Blanco la que mayores quebraderos de cabeza provocó al trono, no tanto por la dificultad de sofocarla (hecho que no se produjo hasta el reinado siguiente) como por constituir la primera manifestación de abierta oposición anti-manchú.

Cuando Qianlong abandonó voluntariamente el trono en 1796 para no gobernar más años que su abuelo Kangxi, dejó a su sucesor un Imperio de grandiosas proporciones, aparentemente fuerte y vital según la visión de sus propios contemporáneos. La realidad era no obstante bien diferente: se trataba más de “un gigante con pies de barro”, en cuyo seno se estaban ya gestando los desajustes que en el siglo XIX se manifestarían con toda crudeza, conduciendo al sistema a un progresivo deterioro difícilmente reversible.

La política exterior (1683-1796)

Tras su consolidación interna, la dinastía manchú inició una política exterior de carácter expansivo destinada a restaurar el antiguo esplendor del Imperio chino como principal potencia del Lejano Oriente. En un principio, la prioridad del régimen fue restaurar el tradicional sistema de reinos vasallos que pagan tributos en reconocimiento de la teórica soberanía del trono de Pekín sobre su territorio, cuyo caso más paradigmático lo constituía Corea. La posición geoestratégica de este último país lo convertía además en un valioso bastión desde el que contener el expansionismo de las otras dos potencias de la zona, Japón y Rusia, y conscientes de ello, los dirigentes manchúes de la época temprana ejercieron un estrecho control sobre los asuntos internos coreanos, imponiendo prerrogativas como aprobar la designación de sus reyes o conceder títulos nobiliarios. Pese a que esta política garantizaba a la Corte de Pekín un exclusivo monopolio sobre Corea, hay que señalar que sólo surtió efecto mientras las potencias rivales no tuvieron la suficiente fuerza como para discutir la hegemonía china, evidencia que se encargaron de demostrar los acontecimientos del siglo XIX.

Al margen del punto anterior, la atención de la política exterior de este período se centró en las fronteras terrestres del Imperio en Asia Central, donde el expansionismo manchú que siguió a la implantación de la nueva dinastía chocó a su vez con el avance colonizador de Rusia hacia el Este. Ambas potencias firmaron en septiembre de 1689 el Tratado de Nerchinsk, destinado a delimitar las fronteras comunes a lo largo de la cuenca del río Amur y las montañas Xingan. Sin embargo, la verdadera importancia de este tratado residió en el hecho de ser el primero que un emperador chino firmaba con una nación europea y reconocía a su soberano como un igualdad, sentando las bases de las futuras relaciones con Occidente. En 1727 los dos imperios establecieron un nuevo acuerdo que complementó al anterior, el Tratado de Kiachta, que rectificó ligeramente las fronteras y estableció las condiciones que hicieron posible un fluido comercio a través de ellas, así como una tímida presencia rusa en Pekín. Cabe concluir, por tanto, que las relaciones chino-rusas durante el siglo XVIII, resueltas por medio de los cauces diplomáticos, cumplió los objetivos de los gobernantes manchúes de mantener sus posiciones en Asia Central sin necesidad de recurrir a la confrontación directa, y a más largo plazo, consolidar un “status quo” territorial que se mantuvo prácticamente inalterable hasta mediados del siglo XIX.

La situación en las regiones occidentales del Imperio se complicaba además por la presencia de las belicosas tribus mongolas, siempre propicias a levantarse contra la autoridad de Pekín. Hacia 1680 una de dichas tribus, los zungares u oirates, establecieron un poderoso reino que llegó a controlar un extenso territorio comprendido entre el Tíbet y Mongolia. El emperador Kangxi obtuvo resonantes victorias contra los oirates en el campo de batalla, pero no pudo expulsarles del Tíbet hasta 1720, aprovechando una insurrección local de tipo nacionalista; el protectorado subsiguiente establecido por los manchúes (1751) constituyó la base desde la que asentar su dominio sobre esta vastísima región, hasta incorporarla definitivamente como provincia en 1792. Mientras, durante el reinado de Qianlong fueron sofocados los últimos reductos de resistencia mongoles en el Turquestán oriental (1757-1759), con lo que las tropas imperiales llevaron la autoridad china a toda la cuenca del Tarim. Gracias a estas conquistas, a finales del siglo XVIII el poder imperial manchú había alcanzado su máxima extensión y parecía revivir el antiguo esplendor alcanzado por los emperadores Han.

La evolución económica (siglos XVII-XVIII)

La época temprana de la dinastía Qing se caracterizó, en el terreno económico, por el crecimiento y la expansión. Tras la crisis de la primera mitad del siglo XVII, la coyuntura favorable que siguió a la implantación del dominio manchú motivó que China experimentara una auténtica explosión demográfica, triplicando casi su población entre 1650 y 1800. Este fenómeno fue al mismo tiempo consecuencia y causa de la expansión de la agricultura, que al disponer de mayor número de brazos dedicados a las tareas del campo experimentó un notable crecimiento.

El proceso de expansión agrícola se desarrolló sobre la base de la puesta en cultivo de las nuevas tierras conquistadas, con un avance especialmente significativo en las regiones del Suroeste, junto a la generalización de las dos mejoras fundamentales que experimentó el campo chino en el siglo XVI: la intensificación del ciclo de los cultivos, que permitía recoger un mayor número de cosechas al año, y la introducción de plantas de procedencia americana que, como en el caso de la patata, significaron un alivio contra las hambrunas, o como el cacahuete y el maíz, enriquecieron algo la sobria dieta del campesinado. Por último, cabe señalar que aunque el arroz siguió siendo el producto esencial en el centro y Sur del país, el protagonismo de la expansión agrícola recayó sobre todo en el grano, que fue ganando terreno cada vez más hacia el Sur.

Hasta la completa pacificación del Imperio en 1683, la política económica de la dinastía manchú se centró básicamente en la recuperación de un país asolado por las guerras, para lo cual dictaron dos primeras medidas: la abolición del sistema tributario de los Ming, y la exención del pago de impuestos a las zonas más afectadas por las devastaciones bélicas. En caso de malas cosechas, también se concedieron importantes reducciones fiscales, y en cualquier caso se procuró que las tasas no alcanzaran niveles excesivos. En 1712 el emperador Kangxi congeló de forma permanente la prestación individual (ting-fu), primer paso hacia una simplificación del sistema que se llevó a cabo finalmente durante el reinado de su sucesor Yongzheng. Esta reforma (1727) consistió en la fusión en un único impuesto del ting-fu y la contribución territorial, cuyo pago comenzó además a ser habitualmente realizado en metálico; como medidas adicionales, se creó un organismo de verificación de cuentas y se aumentó el salario de los funcionarios encargados de la recaudación como medio para combatir la frecuente práctica por parte de éstos de exigir tasas mayores de las estipuladas oficialmente. Con todos sus defectos y limitaciones, es indudable que la reforma de 1727 racionalizó el sistema, contribuyó a reactivar la economía al estimular la circulación monetaria y por extensión, también las actividades comerciales o manufactureras, siendo un factor decisivo en la era de prosperidad que vivió China en el siglo XVIII.

Al margen del sistema fiscal, la intervención estatal en la economía por parte de los primeros gobernantes Qing fue ciertamente escasa. Siguiendo el modelo de actuación de dinastías anteriores, su principal esfuerzo se volcó en el mantenimiento de la extensa red de almacenes de grano y la construcción y/o reparación de las obras hidráulicas de los grandes ríos, así como garantizar el correcto funcionamiento del Gran Canal Imperial. Los monopolios del Estado sobre productos como la sal o metales preciosos, aunque continuaron constituyendo una importante fuente de ingresos, tendieron al estancamiento por la falta de inversión, mientras que la mentalidad fisiócrata dominante, herencia del confucianismo más ortodoxo, que considera la agricultura fuente de toda la riqueza, hizo asimismo que las autoridades apenas prestara atención al sector industrial, sino eran los productos artesanales tradicionales destinados a la exportación, como las porcelanas. En general, cabe concluir que los distintos gobiernos manchúes intervinieron en unos pocos aspectos de la economía considerados tradicionalmente fundamentales (fiscalidad y obras públicas) para la estabilidad del Imperio, pero que permanecieron indiferentes ante el resto de sectores, perdiendo la oportunidad de liderar el proceso de crecimiento y profundizar en él mediante reformas de mayor calado que, en definitiva, allanaran el camino para pasar de una economía feudal a otra de tipo capitalista.

El crecimiento económico también se plasmó a lo largo del siglo XVIII en un incremento considerable de los intercambios comerciales. Los mercados internos de productos no de primera necesidad como el tabaco, algodón, la seda o el té experimentaron una notable expansión, lo que permitió que una clase urbana de ricos comerciantes comenzara a prosperar en las ciudades con mayor actividad. Beneficiándose también de este proceso, amplios sectores del campesinado más acomodado pudieron entrar en el circuito comercial, ya fuera en el ámbito provincial o regional, para vender sus excedentes y obtener así una renta en metálico. No obstante, este proceso siguió siendo muy desigual según las zonas y los estratos sociales; muchas provincias, especialmente en el interior, continuaron permaneciendo al margen de la economía de mercado, del mismo modo que la mayoría de explotaciones campesinas sólo producían lo suficiente para alimentar a sus trabajadores y pagar las rentas de la tierra. El comercio exterior se benefició también del auge económico general, así como de la apertura de las rutas marítimas tras la captura de las bases piratas en las costas de Fujian, el Guangdong y Formosa. En 1685 se abrió en Cantón la primera aduana para controlar el comercio de ultramar, gestionada por superintendentes (hoppo) pero con grandes limitaciones a la entrada del comercio extranjero. A partir de 1757 se levantaron gran parte de estas restricciones, y en 1760 se estableció un monopolio oficial, el Cohong, destinado a regular el masivo crecimiento del tráfico que comenzó a experimentar este puerto. Desde entonces, el denominado “Sistema de Cantón” se convirtió en el marco que albergó toda relación comercial entre China y las naciones extranjeras, principalmente la Compañía inglesa de las Indias Orientales, pese a los infructuosos esfuerzos de ésta por ampliar sus privilegios. En este sentido, el rey Jorge III envió en 1793 una embajada encabezada por Macartney que perseguía este objetivo, pero se topó con una férrea negativa por parte del emperador Qianlong a todas sus peticiones de mayor apertura comercial.

Sociedad y Cultura

La sociedad de la primera época Qing se asentaba sobre los mismos principios que habían caracterizado la sociedad china tradicional, y que la dividía en clases y grupos relativamente cerrados, cuyo estatus venía dado por herencia. Los dominadores manchúes se limitaron a mantener la misma estructura social que se encontraron porque cumplía a la perfección la misión de reproducir en su seno los rasgos que caracterizaban al Estado o la propia ideología del régimen, es decir, una fuerte jerarquización y estratificación, el predominio de las relaciones de tipo feudal, el culto a las tradiciones, el respeto a las funciones de cada grupo, etc., y en todo caso, dictaron medidas que repercutieran en esta misma línea, como la prohibición de los matrimonios entre el “común” del pueblo y la pequeña nobleza o gentry. Teniendo en cuenta este punto de partida, pocas novedades ofreció la dinámica social del período 1644-1796 en cuanto a su estructura fundamental, que siguió sustentándose sobre la institución esencial, la familia patriarcal o chia, alrededor de la cual se articulan las relaciones sociales de los individuos, bajo los principios morales del confucianismo ortodoxo, tendentes a ensalzar las virtudes de dicha estructura.

Pese a todo ello, la sociedad no permaneció estática, albergando procesos internos de indudable relevancia. Para empezar, hay que señalar el fenómeno de distorsión social que conllevó la inclusión de los individuos de origen manchú, quienes por gozar de un estatus de privilegio introdujeron un componente de antagonismo chino-manchú en la sociedad que tendría repercusiones en el futuro. Si se considera el pequeño porcentaje que los conquistadores representaban respecto al resto de población china, es evidente que su situación de privilegio venía a ser fundamentalmente una estrategia política para afianzar el poder de una minoría sobre la mayoría, y por tanto necesitaba de instrumentos para respaldarlo. En este sentido, y tras incautarse de grandes extensiones de las nuevas tierras colonizadas, los elementos manchúes de las banderas pasaron a engrosar la clase de los terratenientes, convirtiéndose en una nueva casta de señores feudales cuya posición en la pirámide social era reflejo de su dominio sobre la propiedad de la tierra, y ésta a su vez una garantía de su preeminencia sobre el resto de elementos étnicos del Imperio.

Sin embargo, en el Sur, donde la penetración manchú había sido menos apreciable, alcanzaron un alto grado de desarrollo las formas de organización basadas en el parentesco, grupos o clanes que hacían de su origen en un antepasado común un elemento de cohesión interna más fuerte que el representado por un único núcleo familiar. Estos clanes constituyeron un marco ideal desde el que preservar la propia identidad regional o local, sentimiento muy desarrollado en las provincias sureñas; organizar las actividades sociales o económicas de la zona, los grandes comerciantes hicieron fortuna bajo la estructura de un clan, como los Hui chou o los Shansi, o generar en núcleos que por su marcado carácter religioso-político, generalmente opositor al régimen manchú, pasaron a la clandestinidad como sociedades secretas, entre las cuales las más importantes fueron las Tríadas y la antigua secta del Loto Blanco.

La escasa movilidad social que pudo darse en esta época vino a través del tradicional sistema de examinación civil heredado de los Ming, porque posibilitaba ejercer una carrera burocrática y llegar al prestigioso estatus de oficial-literato. Sobre el papel, el sistema estaba abierto a todos los varones, no en vano, cada año se presentaban decenas de miles de candidatos a las pruebas para alcanzar el grado de sheng-yuan (‘lúcido talento’), el primer escalón. La realidad indicaba que sólo unos pocos lograban recibir el grado máximo de chin shih, con la tendencia general a reducirse su número según avanzó el tiempo: así, los que anualmente culminaban la carrera pasaron de unos trescientos a mediados del siglo XVII, a poco más de un centenar a principios del siglo XVIII. El hecho que la carrera burocrática constituyese un medio para adquirir prestigio social, y con ello ascender de estatus, lo convirtió en un instrumento acaparado por las propias élites que habían tenido éxito en las pruebas para perpetuar la posición de privilegio alcanzada; es decir, se trataba de restringir la entrada a nuevos grupos en busca de promoción social para preservar la propia, lo que explica la tendencia anteriormente apuntada. Sin embargo, tuvo una peligrosa contrapartida: el aumento del número de aspirantes que son rechazados de forma sistemática originó la figura de un determinado tipo social, como fue la del intelectual frustrado, resentido con el Estado y con la sociedad neoconfuciana; muchos de los protagonistas de las rebeliones populares del siglo XIX pertenecían a esta clase.

Como ya se señaló, uno de los rasgos definitorios de este período fue el afán de los gobernantes manchúes por rescatar el papel que el confucianismo había ejercido con dinastías anteriores, lo cual fue más evidente en el terreno de la cultura. No obstante, el aparente resurgir de los estudios sobre los textos clásicos de este pensamiento fue un fenómeno más bien superficial; así, los sabios en la materia tendían a perderse en divagaciones sobre aspectos formales, en una escolástica sin profundidad que carecía en sus debates de la riqueza intelectual de antaño, y cualquier interpretación no ortodoxa de los textos despertaba enseguida sus recelos. Respaldaba esta tendencia el carácter cada vez más endogámico del sistema de exámenes, así como la estrecha vigilancia ejercida por el Estado en su pretensión de buscar en las doctrinas confucianas únicamente la justificación para el absolutismo político manchú. Teniendo en cuenta este panorama, no es extraño que las mentes más originales de la época se hallasen bajo sospecha, y que estudios de indudable mérito científico fueran considerados habitualmente ataques al tradicionalismo. En el campo de las artes, el patronazgo ejercido por el emperador Qianlong, si bien propició un aumentó de la producción artística, lo hizo desde un punto de vista demasiado rígido y academicista, en perjuicio de creaciones individuales de mérito; la propia elaboración de la bibliografía de los cuatro géneros, el Ssu-ku chuan-shu, fue una muestra de la obsesión manchú por la cantidad, pero descuidando la calidad. Las porcelanas constituyeron un ejemplo de esto último: su perfección técnica era incomparable a cualquier pieza anterior, pero adolecían de expresividad artística.

Pese al dirigismo estatal, la vida artística de este período fue bastante rica, con el florecimiento de facetas como la novela, la poesía, el teatro y la pintura; al margen de la cultura oficial, también se dio una proliferación de manifestaciones culturales y artísticas en los ámbitos urbanos más dinámicos (cuenca del Yangtzé, costas del Sudeste), al amparo de la expansión económica protagonizada por la emergente clase de los comerciantes ricos. Entre las figuras más destacadas cabe citar a los filósofos confucianos Ku Yenwu (1613-1682), Hu Wei (1633-1714), Zhang Zuxeng (1738-1801) y Zhi Yun (1724-1805); los escritores Wu Zhingzu (1701-1754), Yuan Mei (1716-1798) y Pu Sungling (1640-1715), entre otros.

Para más información, véase China: Arte.

China en el siglo XIX

Después de siglos de aislamiento, el Imperio chino tuvo que hacer frente en el siglo XIX a la influencia exterior representada por la progresiva injerencia en su territorio de las potencias occidentales, un fenómeno nuevo en su historia que alcanzó paulatinamente tal magnitud que por primera vez determinó de modo decisivo el devenir histórico de este país, constituyendo un poderoso factor de desestabilización. Durante toda esta época la sociedad china se debatió entre la necesidad de evolucionar para afrontar el tremendo reto planteado por esta apertura hacia el exterior y la tendencia a reaccionar violentamente contra dicha intrusión, regresando a los valores tradicionales propios. El resultado fue un siglo marcado por la inestabilidad, los conflictos, tanto externos como internos, los intentos de modernización económica y de reformas políticas. En definitiva, una época marcada por el lento desmoronamiento de las bases del poder imperial, una inexorable decadencia social, económica y cultural, y en último término por la caída de la dinastía Qing, que supuso al mismo tiempo la desaparición de un régimen milenario.

Las instituciones políticas

A comienzos del siglo XIX el emperador seguía siendo la autoridad suprema, ejerciendo en teoría el Gobierno de forma autocrática y personal. Se hallaba asistido por dos organismos de carácter consultivo, sin verdadera capacidad de decisión: el Gran Consejo (junjichu) y la Gran Secretaría (neige). El primero de ellos, creado por Yongzheng en 1729, tenía sus funciones menos definidas, desarrollando tareas como asesorar al soberano en cuestiones de política general, nombrar altos funcionarios o emitir sus edictos. La Gran Secretaría venía a ser la cúspide de la burocracia estatal, y en virtud de ello se encargaba de coordinar el trabajo de los distintos ministerios, organismos encargados de una faceta concreta de los asuntos públicos. En esta época, su número era de seis: Administración Civil (competente en todo lo relacionado con los funcionarios), Justicia, Hacienda, Obras Públicas, Ejército y Marina, y del Ritual; la existencia de este último constituía una prueba de la importancia que el ceremonial, el protocolo o los ritos religiosos seguía desempeñando en el ejercicio del Gobierno, lo que no dejaría de ser un serio obstáculo en las relaciones con Occidente; de hecho, los emisarios enviados a la Corte imperial sufrían un protocolo humillante. Un rasgo relevante de la Administración imperial de este siglo era la dualidad manchú-china, que en lo que respecta a los asuntos de Gobierno se manifestaba en la traducción de todos los documentos a las dos lenguas y en el reparto proporcional de los cargos, con la preeminencia del elemento manchú en virtud de su carácter de pueblo conquistador; como se verá, este hecho se convirtió a lo largo del siglo en un poderoso factor de conflictividad interna.

La administración de las dieciocho provincias chinas de esta época, excepto Zhili, corría a cargo de un gobernador dependiente directamente del Gobierno central; además, varias de ellas se encontraban agrupadas bajo la autoridad de un único gobernador general, como el caso de Hunan y Hubei, reunidas con la denominación de “Lianghu” (‘las dos Hu’) y Guangdong y Guangxi, que formaban el Liangguang (‘las dos Guang’). La unidad básica de la administración local lo constituía el distrito, a cuyo frente se situaba un yamen o gobierno local, una institución con amplias competencias en el ámbito de su jurisdicción; así, el yamen se encargaba de la seguridad y orden público, recaudar impuestos, albergar los almacenes de grano, reclutar hombres para el servicio de armas o en las obras públicas, etc. En este sentido, el mandarín puesto al frente de un yamen gozaba de una posición de privilegio y venía ser el último pero vital escalón de la pirámide de poder del Imperio, ya que de su actuación dependía en buena parte el funcionamiento eficaz del resto de la burocracia estatal. Esta apreciación resultaba más cierta en el caso de la Hacienda, puesto que la recaudación de la contribución territorial a las familias campesinas, principal recurso económico del Estado, recaía en manos de estos funcionarios; dado su margen de libertad de acción, tenían la facultad de establecer las cuotas de entrega, exigir recargos para su propio beneficio, dictar exenciones, etc., lo que finalmente se traducía en una merma considerable de los ingresos de las arcas del Estado: se calcula que a principios del siglo XIX sólo una tercera parte de lo recaudado llegaba a la Corte.

La práctica administrativa por parte de los miles de funcionarios de la burocracia estatal, provincial o local estaba regida por un complejo reglamento destinado a impedir los casos de abuso o corrupción, males endémicos de una burocracia tan gigantesca como la china. Las principales medidas encaminadas a ello eran la limitación de tiempo en la permanencia de un mismo cargo (tres años como máximo) y el control ejercido por los censores imperiales. Sin embargo, la inercia del propio sistema encaminaba a sus servidores a actuar con lentitud, despilfarro de recursos, e ineficacia, implantándose a largo plazo una corrupción sistemática practicada y aceptada por todos; así, llegó a ser frecuente que un funcionario acumulara grandes riquezas a costa de sus administrados y que implantara en la esfera de su influencia un sistema caciquil basado en las relaciones clientelares o familiares, destinado a perpetuar su poder más allá del tiempo establecido legalmente. A lo largo de esta época el sistema de examinación civil para reclutar funcionarios cayó igualmente presa de esta misma tendencia, y de constituir en principio un sistema abierto a todas las clases sociales pasó a convertirse en un instrumento de promoción social controlado por los grupos dirigentes, dejando de ser frecuente el tradicional ejemplo del campesino pobre que alcanza el más alto grado de la jerarquía intelectual, el chin-shih.

La estructura social

La sociedad china decimonónica siguió conservando los rasgos definitorios que la habían caracterizado desde la implantación de la dinastía manchú. La familia (chia) conservaba su carácter de núcleo básico en cuanto constituía el marco social que albergaba las relaciones de parentesco y las costumbres inherentes a ella desde hacía siglos: la autoridad patriarcal y la preeminencia del elemento masculino, la práctica del concubinato, el culto a los antepasados o la agrupación en clanes para reforzar su presencia en la vida de la aldea. La marcada estratificación en distintas clases sociales, herencia del pensamiento confuciano clásico, regía en gran parte la dinámica social, lo que determinaba una escasa movilidad de abajo hacia arriba. Esta tendencia se fue acentuando a lo largo del período dinástico manchú y sin duda terminó siendo otro factor de conflictividad interna, dado que no permitía a las clases emergentes acceder a los escalones superiores de la pirámide social.

Dado el carácter eminentemente agrícola de China, el campesinado (nong) representaba la clase más numerosa, alcanzando en términos cuantitativos un 80% del total de la población. No obstante, albergaba en su seno notables diferencias, desde el agricultor rico poseedor de su propia parcela de tierras, al campesino pobre en una situación de dependencia respecto al propietario nominal de las tierras que él trabajaba. Este último elemento era sin duda el predominante, y determinaba la existencia de un paisaje rural de carácter feudal en el que unos pocos, las élites locales, ejercían un dominio absoluto sobre las vidas de la mayoría, sistema que algunos autores denominan “feudalismo burocrático” en cuanto el Estado y sus funcionarios locales son una parte fundamental de dicho dominio. Las condiciones de vida de esta mayoría eran ciertamente miserables y fueron adquiriendo proporciones preocupantes a medida que se acentuó la presión social y económica del Imperio durante el siglo XIX, hasta crear un caldo de cultivo favorable a la revuelta social generalizada.

Por su parte, la tendencia general de las clases dirigentes tradicionales -aristocracia, terratenientes y casta militar manchú- durante toda la época Qing fue buscar reafirmar su posición de privilegio en la sociedad mediante estrategias familiares, jurídicas, económicas e ideológicas que fortaleciesen y justificasen dicha posición. Como ya se ha apuntado, la institución política de los exámenes civiles fue paulatinamente convirtiéndose en un valioso mecanismo que vinculaba saber intelectual con estatus social, de forma que la posesión de un grado escolar permitía acceder a títulos y honores, y esto a su vez a la propiedad de tierra, base fundamental del poderío económico. El estatus de letrado-funcionario o shi implicaba además gozar de ventajas jurídicas que ante la ley les diferenciaba del “común” del pueblo, como estar exento de la prestación de servicios al Estado y tener derecho a un tratamiento judicial privilegiado. Finalmente, cabe añadir que estas élites desempeñaron un papel relevante como difusores de la ideología oficial del Imperio y la dinastía reinante mediante la lectura pública (hsiang-yueh) del Edicto Sagrado del emperador Kangxi, encaminada a recordar al pueblo sus deberes.

Menor peso social que las anteriores seguían teniendo las clases urbanas, divididas según el pensamiento confuciano entre comerciantes (shang) y artesanos (gong). Los primeros, aunque gozaban teóricamente de un estatus inferior al campesinado debido al prejuicio tradicional frente a la ganancia comercial, aumentaron su prestigio a medida que se incrementó la magnitud de los intercambios; de hecho, comenzó a ser habitual entre los ricos comerciantes del Sureste y la cuenca del Yangtzé la compra de títulos y propiedades, emulando así a las clases dirigentes tradicionales. Por su parte, los artesanos constituían un grupo más cerrado, menos poderoso económicamente y apegado a la tradición, cuyas relaciones se circunscribían al marco del sistema gremial. Las ciudades eran asimismo residencia de una heterogénea amalgama de baja extracción social cuyas filas fueron incrementándose según se fue deteriorando la situación socioeconómica.

El sistema económico

A principios del siglo XIX el Imperio chino basaba su economía en el sector agrícola, el cual suministraba los recursos necesarios para alimentar a una población en constante aumento -300 millones de habitantes en el año 1800- y producía el excedente que hacía factible un aparato del Estado tan voluminoso, formado por decenas de miles de personas. En este sentido, la mayor preocupación del Gobierno seguía siendo, al igual que lo fue en el pasado, asegurarse el correcto funcionamiento de los suministros periódicos de grano y arroz a la Corte, utilizando el sofisticado sistema imperial de canales y vías fluviales. Sin embargo, hay que señalar que las responsabilidades del Estado en materia económica iban más allá, abarcando entre otras tareas la construcción y el mantenimiento de los diques de los grandes ríos o el estrecho control de la explotación de determinadas minas e industrias estratégicas: éste era el caso del cobre, material básico para la fabricación de moneda, o de algunos productos manufacturados destinados al comercio exterior, como porcelanas y telas.

Además de grano y arroz, los dos cultivos esenciales, la economía agraria y por tanto la dieta alimenticia presentaba una cierta variedad gracias a la generalización de los cultivos de origen americano, patata, boniato, maíz, cacahuete, etc., introducidos a partir del siglo XVI y que aprovechaban los terrenos desfavorables para el cultivo del arroz. A los productos de consumo habituales se añadían el té y otras plantas de carácter medicinal, destinadas principalmente al comercio exterior, así como otras de uso industrial como el algodón, la seda y el cáñamo. El sistema de explotación, aunque de tipo intensivo, experimentó notables mejoras en cuanto al número de cosechas que se podían recoger anualmente, sin embargo seguía adoleciendo de una rémora de suma importancia: la bajísima productividad por persona. Este hecho determinaba que el crecimiento de la producción se debiera siempre al empleo de más brazos, posible gracias al constante incremento demográfico, o la puesta en cultivo de nuevas tierras, lo que no se traducía en una mejora real de las condiciones de vida. Por otra parte, las adversidades climáticas y naturales, como inundaciones fluviales o prolongadas sequías, siguieron durante el siglo XIX asolando periódicamente las zonas rurales, con las catastróficas consecuencias en forma de carestías, hambrunas, cuando no rebeliones campesinas que culpaban de los desastres al mal gobierno de las autoridades.

La actividad industrial era escasa, estaba muy localizada y disponía de los mismos medios tradicionales de siempre, lo que desde luego no permite hablar de modernización técnica o introducción del capitalismo industrial, procesos que en China no se iniciaron hasta los últimos decenios del siglo XIX y aun así de modo muy precario; la rígida estructura de la sociedad y el Estado, apegados a sus privilegios y costumbres, dificultaban en extremo un progreso significativo en este sentido por más que muchos intelectuales y reformistas tomaran conciencia ya en esta época de la inferioridad china en esta faceta frente a Occidente. Tampoco se daba la existencia de un auténtico mercado nacional, sino de mercados regionales cada uno con unas particularidades propias; así, la región de Guangdong, con un comercio muy activo y numerosas manufacturas de productos de lujo como seda o porcelanas, gozaba de un grado de desarrollo económico no comparable con algunas provincias del Norte y Oeste del Imperio, sumidas en una economía de subsistencia. Por sectores, la minería (en Guangxi y Yunnan) y el textil (ciudades del bajo Yangtzé) eran los más desarrollados, en cuanto concentraban a un mayor número de trabajadores y constituían la primera fuente de riquezas de una provincia o región concreta.

Los factores de desestabilización (1796-1839)

El final del reinado de Qianlong (1796) marcó el inicio de una nueva etapa en la historia de China caracterizada por el crecimiento de la inestabilidad interna, que tuvo su reflejo, más que su causa directa, en el gobierno de emperadores (o sus ministros, en el frecuente caso de que los soberanos hicieran dejación de sus funciones) incapaces de dar soluciones a los acuciantes problemas del Imperio. Aunque quizá el mayor de estos problemas fue hacer frente al reto de la penetración occidental a partir de 1840; ya antes de esta fecha la sociedad china empezó a generar en su seno tensiones y elementos de conflictividad que ponían en cuestión las bases en las que se sustentaba el Imperio.

La crisis socioeconómica

En contraste con el relativamente tranquilo y próspero reinado de Qianlong (1736-1796), los soberanos manchúes que le sucedieron en el trono, Jiajing (1796-1820) y Daoguang (1821-1850), se encontraron con una coyuntura económica desfavorable y las consecuentes tensiones sociales que ello originó. En primer lugar, hay que señalar como causa principal del cambio de tendencia económica el creciente desequilibrio entre población y recursos: mientras que la primera seguía incrementándose de forma espectacular -entre 1770 y 1840 la población china prácticamente se duplicó, pasando de 200 a 400 millones de habitantes- los recursos no aumentaron al mismo ritmo, debido a los condicionantes económicos antes señalados.

Sin embargo, al igual que sucedió en el pasado con otras dinastías, uno de los factores que más contribuyó a la decadencia económica del Imperio fue el considerable crecimiento de la corrupción burocrática; este factor no sólo provocaba el mal y tardío funcionamiento de la administración, con efectos nefastos sobre servicios esenciales como la reparación de los diques fluviales, el mantenimiento de los almacenes de grano y la recaudación de impuestos para el Estado, sino que al esquilmar los fondos públicos contribuyó a una crisis monetaria de grandes proporciones. Ésta consistió esencialmente en la depreciación de la sapeca de cobre, moneda de pago habitual, respecto a la onza o tael de plata, auténtica divisa del Imperio cuyo acaparamiento generó una gran escasez de moneda de plata. La gravedad de esta crisis aumentó debido a la falta de medidas desde la Corte, paralizada por las rivalidades entre camarillas más preocupadas por sus intereses particulares.

El deterioro de la situación económica condujo, desde comienzos del siglo XIX, a la proliferación de revueltas campesinas. En 1820 estalló una primera en Guangxi, una de las provincias más levantiscas del Imperio, a la que siguieron otras en Guizou (1826), Taiwán (1826 y 1830), Hunan y Guangdong (1832) y Sichuan (1834). Generalmente iban dirigidas contra la autoridad local, el yamen, en cuanto este órgano era el representante del poder imperial, pero la desorganización y falta de un programa claro de reclamaciones facilitaba su rápido sofoco. En algunas de estas sublevaciones también estaba presente un elemento de fuerte sentimiento regionalista: es el caso de las ricas provincias meridionales, contrarias al elemento manchú en cuanto éste era visto como el tradicional invasor “bárbaro” procedente del Norte; en otros casos, el componente étnico y religioso resultó fundamental, como en las rebeliones de los tibetanos de Kokonor en 1807 y de los musulmanes del Turquestán occidental en 1825. Por último, la dejación de las funciones de seguridad por parte de las yamen motivó un rebrote del fenómeno de la piratería en los ríos y sobre todo en las costas del Sur, ocasionando trastornos importantes en el denso tráfico mercantil de esta región.

Las sociedades secretas

El creciente descontento de las rebeliones campesinas también comenzó a plasmarse en el brote de un tipo concreto de disidencia política: el de las sociedades secretas. Como ya se señaló, éstas no eran un fenómeno nuevo, y venían siendo una forma de organización social habitual desde el comienzo de la época manchú, especialmente en las provincias del Sur del Imperio; sin embargo, a partir del primer tercio del siglo XIX adquirieron una mayor fuerza y un decidido contenido político, claramente marcado por el sentimiento nacionalista anti-manchú -el lema habitual de muchas de ellas era fan Qing fu Ming (‘Destronemos a los Qing y restauremos a los Ming’)- e ideales sociales, económicos y religiosos tendentes a discutir el sistema de poder imperante. Su carácter subversivo les obligaba generalmente a desenvolverse en la clandestinidad y a desarrollar un método de lucha que en ocasiones adquiría la forma de bandidaje; esta estrategia sólo cambiaba con el estallido de levantamientos.

Ya a finales del siglo XVIII, la sociedad del Loto Blanco protagonizó un levantamiento de grandes proporciones en las provincias noroccidentales que se prolongó hasta 1804 y dejó exhaustas las arcas del Estado, pero que no fue derrotada por completo, y posteriormente realizó un intento de golpe de estado fracasado. Como se verá, las sociedades tuvieron un papel primordial en la gestación de las grandes revueltas de mediados de siglo, y volvieron a ser una forma eficaz de organización durante el levantamiento bóxer (1899-1900) y en la estructuración de los movimientos disidentes en el exilio, ya a principios del siglo XX.

Pese a presentar rasgos esenciales comunes, existían diversos tipos de sociedades secretas. En el Sur, las Tríadas constituían no sólo un grupo de oposición política, sino una forma de estructuración social alternativa y clandestina con implicaciones económicas y culturales; organizadas mediante pequeños núcleos autónomos, las Tríadas formaban una extensa red con sociedades filiales como la del Cielo y Tierra, el Cuchillo Pequeño y la Sociedad de los Mayores y los Ancianos. En las provincias del centro y Norte el componente religioso estaba más acentuado; entre estas últimas, y además del Loto Blanco, cabe citar las sociedades de la Observancia, Ocho Diagramas y los Nian, estos últimos protagonistas de uno de los dos mayores levantamientos del siglo.

El clima cultural

La dinastía manchú, si bien había adoptado como propia la ideología tradicional china basada en los principios del confucianismo, generó a largo plazo un rechazo de gran parte de las élites intelectuales han, por el uso político que sus gobernantes hicieron de dichos principios, en cuanto se convirtió en un instrumento para fomentar el acatamiento y el conformismo frente a su estrategia de perpetuar el dominio de casta. Así, la censura y la represión pasaron a ser políticas habituales de sus gobernantes, empeñados en borrar toda demostración que llevara a poner en tela de juicio su mandato, llegando incluso a prohibir manifestaciones religiosas. Aunque la intelectualidad tardó en reaccionar en este sentido, a principios del siglo XIX comenzó a crearse el caldo de cultivo que conduciría a la revitalización cultural.

En la búsqueda de esta nueva ideología regeneradora se rescataron conceptos de la tradición china como datong (‘gran unidad’) y pingjun (‘igualación’) que incluso estuvieron presentes en la formación del pensamiento revolucionario comunista, y otros de procedencia heterodoxa como taiping (‘paz universal’), que inspiró la mayor rebelión popular de la historia china; además, la influencia occidental actuó de acicate al poner de relieve el atraso chino no sólo en la faceta tecnológica, sino en el campo de las ideas políticas. En cambio, en esta primera época no abundaron figuras singulares destacadas: Wei Yuan (1794-1856), autor de un tratado de geografía y de imaginativas propuestas de modernización económica, y el escritor y ministro Lin Zexu (1785-1851), que jugaría un papel esencial en la Primera Guerra del Opio (véase Guerras del Opio), fueron los dos únicos intelectuales de auténtica talla. En el campo de la literatura, cabe señalar un notable florecimiento del género novelesco popular, no exento de crítica social. En estas novelas, El sueño del pabellón rojo y Las flores del espejo son dos muestras representativas, se exaltaba los valores tradicionales del pueblo, generalmente encarnado en un héroe, en contraposición con la rigidez estúpida de la ideología oficial y las autoridades.

El “cierre” a Occidente y el problema del Opio

Los gobernantes manchúes del primer tercio del siglo XIX intentaron mantener la política tradicional de “cierre” respecto a las potencias occidentales y europeas, excepto Rusia. Esta política era expresión de una actitud de desconfianza muy arraigada entre la élite gobernante china, por la cual el elemento extranjero, pese al desconocimiento general que de él se tenía, era percibido como una seria amenaza al “status quo” político, social y económico del Imperio. Por otra parte, existía el convencimiento, ya expresado por Qianlong al enviado británico Macartney (1793), de que China era autosuficiente en todos los aspectos, y que no le era necesario recurrir a las mercancías e innovaciones occidentales. No obstante, el “cierre” distaba de ser estricto -en realidad, nunca lo había sido como demuestra la constante presencia de religiosos jesuitas en la Corte- porque como ya se señaló, desde principios del siglo XVIII los comerciantes ingleses tenían acceso al puerto de Cantón. Pese a que el Gobierno chino mantenía un estrecho control sobre la actividad comercial de este puerto mediante el sistema del Cohong, la propia inercia comercial, sin olvidar la corrupción inherente a la burocracia china, desbordó paulatinamente dichos controles, de modo que en las primeras décadas del siglo XIX existía ya un considerable volumen de negocio en torno a ciertos productos de exportación como porcelanas, algodón, la seda y el té, junto a otros de importación entre los que comenzó a sobresalir el opio.

Mientras esto sucedía, en la Corte se persistía en la “política del cierre”, y así se lo expresó el emperador Jiajing en una carta dirigida al monarca inglés Jorge III con motivo de la embajada enviada por este último al mando de William Pitt Amherst (1816); en un gesto que revela las diferencias culturales entre ambas civilizaciones y la incomprensión china hacia el proceso que ya estaba en marcha, el soberano chino rechazó las proposiciones de apertura justificándose en la falta de observancia del protocolo por parte de los emisarios británicos, conminándole además a no volver a enviar más embajadas. Esta actitud recelosa tuvo también su reflejo en la política del Gobierno chino respecto a la presencia religiosa extranjera: desde comienzos de 1800 disminuyó sensiblemente el número de misioneros e iglesias -en 1827 fue cerrado en Pekín el último templo católico- y la fe cristiana pasó a ser vista con malos ojos por las autoridades, desencadenándose incluso persecuciones contra sus miembros.

A partir de 1830 el contrabando de opio pasó a constituir el principal obstáculo en las relaciones con Occidente en cuanto se había convertido en un problema de gran magnitud para China. En un período de quince años (1820-1835), y pese a las prohibiciones, casi se cuadriplicó el volumen de esta mercancía que entraba en China a través de los puertos sureños del Guandong y Fujian, un incremento espectacular que llevó aparejados efectos nefastos tanto sobre la economía como la sociedad. En efecto, Gran Bretaña había establecido un circuito comercial en Asia que le proporcionaba grandes beneficios, ya que el opio era llevado por los barcos de la Compañía Oriental desde la India, y con el dinero de la venta se compraban los cargamentos de té que esos mismos barcos transportaban en su viaje de vuelta hasta la metrópoli; por el contrario, este comercio significaba un desequilibrio total de la balanza del comercio exterior chino, provocando entre otras consecuencias la constante fuga de moneda de plata, tanto nacional (tael) como de origen extranjero (el carolus o dólar español).

En lo que atañe a la sociedad, el opio también comenzó a representar un grave problema. Aunque el uso de esta sustancia se remontaba a mucho tiempo atrás, se hacía básicamente por sus virtudes terapéuticas, mientras que ahora predominaba su consumo por adicción. Por todo el Imperio, millones de hombres adoptaron este hábito que no sólo amenazó con crear un grave problema de salud pública, sino que acentuó la tendencia a la ineficacia y lentitud de la Administración; no en vano, la mayor proporción de fumadores se daba entre la clase funcionarial. Los funcionarios adictos eran además los primeros interesados en hacer la vista gorda ante el contrabando, lo que a su vez revertía en un incremento constante de la corrupción; los cuadros del Ejército y la mayoría de miembros de la Corte eran asimismo activos fumadores; por si fuera poco, en 1834 el Gobierno inglés liberó el comercio del opio, lo que supuso un nuevo impulso a su mercado.

La Época de los Tratados Desiguales (1839-1860)

El desencadenamiento de la primera guerra del opio marcó el inicio de una nueva etapa de la historia de China en la que los acontecimientos internos del Imperio se hallaron estrechamente influidos por los intereses económicos de las potencias occidentales. El proceso de decadencia general en el que China venía debatiéndose desde décadas atrás posibilitó que esa influencia fuera cada vez mayor, y que después de reducir toda resistencia por las armas, se tradujera en un sistema de tratados que postraba al país en una situación cercana al colonialismo, con una consecuencia fundamental: la pérdida de la soberanía sobre su propio territorio, que tanto tiempo y esfuerzos llevó después recuperar.

La Primera Guerra del Opio (1839-1842)

Hacia 1835 la situación de China podía calificarse de desesperada: por las razones ya apuntadas, todos los intentos por frenar el tráfico de opio habían fracasado, mientras Inglaterra seguía presionando para obtener mayores concesiones y el sistema imperial parecía encaminarse hacia un colapso total corroído por la incapacidad política, la corrupción administrativa y la crisis económica.

Bajo estos condicionantes, el emperador Daoguang convocó las opiniones de todos los altos funcionarios para encontrar soluciones urgentes. Aunque en el transcurso de este debate fue paulatinamente ganando terreno en la Corte la postura favorable a adoptar una actitud condescendiente con el tráfico de opio, hacia 1838 el soberano se decantó por la posición contraria al nombrar comisario imperial a Lin Zexu, un intelectual confuciano riguroso que proponía una política de total intransigencia. Lin consideraba que la cuestión del opio era un asunto de exclusiva competencia interna, por tanto, los intereses extranjeros debían permanecer al margen, sin ser tenidos en cuenta a la hora de decidir medidas. Esta política pronto se tradujo en un edicto imperial que estableció penas muy severas tanto para traficantes como consumidores, y en marzo de 1839 el propio Lin Zexu llegó a Cantón, donde mandó confiscar y destruir miles de fardos de opio. La política intransigente de Lin Zexu hacia los intereses comerciales británicos alcanzó su punto culminante en el mes de junio, con la prohibición de arribar al puerto de Cantón a todo barco extranjero. Esta medida irritó definitivamente a Inglaterra, y a finales de 1839 se desencadenaron los primeros enfrentamientos armados.

El desarrollo bélico del conflicto estuvo marcado por la superioridad del armamento y las tácticas británicas, de modo que desde un principio la iniciativa se decantó claramente de su lado. Por su parte, tanto las banderas imperiales, cuerpo central del ejército manchú, como los batallones verdes chinos, mostraron una total ineficacia para sostener una guerra moderna, y las milicias reclutadas a toda prisa carecían del entrenamiento indispensable para oponer siquiera una tímida resistencia. En una primera fase, la Armada inglesa al mando del almirante Elliot conquistó Hong Kong (junio de 1840) mientras otra expedición ponía sitio a Cantón (mayo de 1841), finalmente liberada mediante el pago de un rescate; en el verano de 1841, las fuerzas británicas remontaron la costa en dirección Norte, capturando en su camino los puertos comerciales más importantes como Amoy, Ningbo y Fuzhou, hasta alcanzar la cuenca baja del Yangtzé (primavera de 1842); en pocas semanas, las grandes ciudades de la región (Hangzhou, Shanghai y Nankín) cayeron en su poder, y los enviados chinos se vieron obligados a pedir la paz, firmada mediante el Tratado de Nankín (agosto de 1842).

A medida que los acontecimientos bélicos se desarrollaban de forma desfavorable, en la Corte de Pekín la posición hegemónica de Lin Zexun y la facción intransigente se veía constantemente debilitada. Finalmente, el ministro fue culpado de la derrota, perdió el favor del emperador y tomó el camino del exilio, produciéndose un cambio de política con el ascenso de los miembros más prominentes de la facción conciliadora a los cargos del Consejo y la Secretaría. Al frente de esta última facción se encontraba la aristocracia manchú más tradicional, apoyada por la clase comercial con intereses en el contrabando del opio así como gran parte de la burocracia que también se beneficiaba económicamente de ello; por distintos motivos, a todos estos grupos les convenía mantener una buena relación con la potencias occidentales. En el caso de la aristocracia manchú, parece evidente que tras la guerra sus líderes extrajeron una lección de profundas consecuencias: el enfrentamiento directo con Occidente, destinado de antemano al fracaso debido a la inferioridad china, sólo podía acarrear un desprestigio aún mayor para el régimen y el desencadenamiento de levantamientos populares; era preferible por tanto hacer concesiones, y a cambio contar además con el apoyo militar occidental. Este razonamiento estuvo desde entonces muy presente en el sector conservador de la Corte y explica muchas de las actuaciones del Gobierno imperial a lo largo del siglo XIX.

La apertura comercial (1842-1856)

Las consecuencias derivadas de la firma del Tratado de Nankín fueron inmediatas. Además de una cuantiosa indemnización de 21 millones de dólares, Inglaterra obtuvo la soberanía sobre Hong Kong, la abolición del sistema del cohong, el reconocimiento de un estatus de igualdad jurídica entre las dos naciones, y la apertura al libre comercio de cinco puertos: Cantón, Amoy, Fuzhou, Ningbo y Shanghai. Asimismo, se rebajaron las tarifas aduaneras -una reducción que alcanzó el 70%- , se permitió el arribe de barcos de guerra a dichos puertos, y se estableció el principio de extraterritorialidad para los súbditos y propiedades británicos, lo que legalmente les dejaba fuera del alcance de las medidas del Gobierno chino. En 1843 un tratado complementario reforzó la posición británica, y al año siguiente se firmaron tratados similares con Estados Unidos (Tratado de Wanguia, julio de 1844) y Francia (Tratado de Whampoa, octubre de 1844). La trascendencia de las cláusulas de estos tratados era enorme: por primera vez en su historia, el Imperio Chino se veía obligado a reconocer como un “igual” a un pueblo extranjero considerado “bárbaro”, aunque de hecho les concedía ventajas tan importantes que a partir de entonces se estableció una relación de desigualdad entre China y las potencias occidentales, en la que éstas últimas ostentaban el rol de “nación más favorecida”.

En los siguientes años, los occidentales consolidaron su presencia mediante la obtención de concesiones en algunos de los puertos abiertos al comercio extranjero. En 1845, el cónsul británico de Shanghai firmó con las autoridades chinas locales un acuerdo que les permitía comprar tierras (land regulations). Éste fue el primer paso para el establecimiento de concesiones que dejaba en manos extranjeras las funciones de Administración, Seguridad, Hacienda, Urbanismo, etc.; especialmente perjudicial fue la pérdida de jurisdicción imperial sobre el sistema de aduanas (1854), que privó al Estado de una de sus principales fuentes de ingresos. En 1850 los extranjeros de Amoy obtuvieron un estatus similar, y en 1854 Inglaterra, Francia y Estados Unidos fundaron la concesión internacional de Shanghai, dotada de un poder político prácticamente independiente respecto a China. Gracias a su estratégica posición, esta última ciudad pronto se convirtió en un emporio comercial de grandes proporciones, experimentando un crecimiento espectacular en el transcurso de dos décadas (1840-1860) que le llevó a cambiar por completo su fisonomía, estructura productiva y composición social, hasta convertirse en el principal centro económico del Imperio, aunque prácticamente no pertenecía a él.

Mientras en Shanghai la presencia extranjera alcanzó su expresión más acentuada, en Cantón, el puerto comercial chino tradicionalmente más activo, topó con grandes resistencias. Ya durante el conflicto del Opio los cantoneses habían opuesto una tenaz defensa ante el asedio británico, y aunque el pago de un rescate de seis millones de dólares restableció la paz en la ciudad, sus habitantes siguieron conservando muy vivo un sentimiento xenófobo y nacionalista chino que al mismo tiempo tenía carácter anti-manchú. En consecuencia, Cantón se convirtió en un potente foco de disidencia política, dirigido tanto contra las potencias occidentales como el Gobierno imperial, punto de reunión de intelectuales confucianos y difusor de la ideología intransigente propugnada por Lin Zexu. Bajo este clima, y tras unos años de calma, a partir de 1850 la agitación cantonesa volvió a ser constante, obligando a los extranjeros a retirarse del puerto en varias ocasiones.

Pese a sus consecuencias políticas, la apertura a Occidente no produjo un cambio sustancial en el conjunto de la economía del Imperio. En esta primera época, la introducción de mercancías occidentales sólo afectaba a las zonas costeras, que al coincidir con las zonas más desarrolladas del país, no ocasionó especiales traumas; por el contrario, las regiones interiores apenas se vieron afectadas por el cambio. Incluso se apreció un leve descenso en el ritmo de crecimiento de las importaciones inglesas y un aumento de las exportaciones, lo que equilibró en parte la balanza comercial. Sin embargo, el tráfico de opio siguió constituyendo un problema de primer orden para las autoridades: se calcula que desde el final de la guerra (1842) hasta 1850 el volumen de esta mercancía introducida en China aumentó un 30 %. Por otro lado, la crisis monetaria, traducida en escasez de plata y la constante depreciación de la sapeca, continuó agravándose a lo largo de esta época.

La Segunda Guerra del Opio (1856-1860)

El ascenso al trono de Pekín de un nuevo emperador, Xianfeng (1851-1861), supuso un nuevo giro en la línea política imperial respecto a Occidente. Si tras la derrota de 1842 Daoguang había confiado las tareas de Gobierno a la facción conciliadora de la Corte, el nuevo soberano tendió a nombrar ministros partidarios de la línea intrasigente. Entre estos últimos, comenzó a destacar la figura de Ye Ming Zhen, gobernador de Cantón desde 1849. Ye, formado en las tradiciones del mandarinato chino, mantuvo en la década de 1850 una dura pugna por el poder frente a la aristocracia manchú, personificada en el Príncipe Gong, hermano del emperador, en su mayoría partidarios del continuismo respecto a la política conciliadora, finalmente, el nombramiento de Ye como gran secretario en 1856 significó su victoria, al menos de manera temporal.

La actitud abiertamente hostil de Ye Ming Zhen alarmó a las potencias occidentales, que aprovechando dos incidentes sin demasiada trascendencia desencadenaron un nuevo conflicto, denominado posteriormente la Segunda Guerra del Opio. El primero de estos incidentes se produjo en el puerto de Cantón, cuando un buque de bandera británica, el Arrow, fue apresado por la policía china por orden de Ye bajo la acusación de ejercer contrabando y piratería; el segundo afectó a Francia, ya que un misionero de esta nacionalidad, de nombre Chappdelaine, fue ejecutado en Guangxi por orden de la autoridad local, contraviniendo así lo estipulado en los tratados de 1844 en cuanto al estatus jurídico de los extranjeros. En definitiva, ambas potencias, Francia e Inglaterra, se encontraron con la oportunidad idónea para consolidar su presencia, al mismo tiempo que su intención era provocar un nuevo vuelco en la Corte de Pekín más favorable a sus intereses.

Al igual que el conflicto de 1840, las tropas europeas tomaron rápidamente la iniciativa, derrumbando la débil oposición china en poco tiempo. Así, a finales de 1857 tropas de tierra anglo-francesas conquistaron Cantón, el principal foco de resistencia, y en junio de 1858, una fuerza naval conjunta bombardeó y ocupó Tianjin, en la costa Norte. La serie de cuatro tratados firmados a continuación en esta última ciudad con las potencias implicadas (Francia, Inglaterra, Rusia y Estados Unidos) constituyó un paso más en el proceso de injerencia extranjera en China: en sus cláusulas, además de ratificar y ampliar las ventajas obtenidas en 1842 -los puertos abiertos pasaron a ser más de una docena, incluidos algunos en el interior como Nankín o Hankou- se establecía el derecho de las potencias a asentar delegaciones diplomáticas permanentes en la capital (Pekín), la legalización del comercio del opio, el derecho de adquirir propiedades, la protección del culto cristiano en todo el territorio y la prohibición de toda tarifa comercial. Con Rusia se firmó además un acuerdo adicional (Tratado de Aihui, mayo de 1858) que estableció unas nuevas fronteras entre ambos imperios, con la cesión por parte de China del territorio comprendido entre el río Ussuri y el Mar de Japón.

El carácter humillante de los tratados de Tianjin generó tal indignación que cuando los negociadores se dirigían a Pekín para formalizarlos ante el emperador, fueron rechazados con disparos de cañones; sin embargo, las potencias no estaban dispuestas a ceder los privilegios adquiridos por la fuerza de las armas, y una fuerza militar occidental ocupó y saqueó la capital imperial (1860), obligando a ratificar los tratados. Paralelamente, huido el emperador Xianfeng y parte de la Corte a su residencia de Jehol, la facción conciliadora encabezada por el Príncipe Gong (1833-1898) aprovechó las circunstancias para erigirse en el interlocutor por parte china en las negociaciones con las potencias. El Tratado de Pekín (octubre de 1860) agravaba aún más la situación de postración frente a las potencias, ya que entre otras medidas, despojó al emperador de sus privilegios en el protocolo, pero a partir de este instante y durante las siguientes cuatro décadas, el Gobierno imperial, consciente de su debilidad, consideró que era preferible sacrificar parcelas de su soberanía, evitando en lo posible el enfrentamiento directo en sus relaciones con Occidente, antes que optar por una guerra abierta que sólo podía ocasionar el despojo de China y la irremediable caída de la dinastía.

Para más información sobre este apartado, véase Guerras del Opio.

Los grandes levantamientos populares

A mediados del siglo XIX, mientras el Imperio chino se enfrentaba al desafío planteado por la decidida penetración occidental en su territorio, en el interior se gestaban varios movimientos producto de las crecientes contradicciones, tensiones y desajustes en el seno de su sociedad, fenómenos ya vistos con anterioridad. Durante algo más de dos décadas, entre 1850 y 1875 aproximadamente, China fue escenario de continuas y sangrientas revueltas de distintos matices y composición, aunque todas ellas compartían su descontento con el Gobierno manchú, a la vez que proponían una profunda renovación política y social. El más importante de todos ellos por su magnitud y el tiempo que duró fue el levantamiento Taiping.

El Movimiento Taiping (1850-1864)

La revuelta de los Taiping (‘Reino de Paz’ o ‘Gran Paz’) fue un levantamiento campesino con un marcado carácter social, a la vez que con implicaciones políticas y religiosas, aunque en cualquier caso los rasgos definitorios de su naturaleza fueron complejos, cuando no aparentemente contradictorios debido al sincretismo de las ideas que lo impulsaron. Dirigido principalmente contra la dinastía manchú, considerada culpable de la decadencia del Imperio, su razón de ser respondía al mismo tiempo al afán de renovación en un sentido modernizador, prescindiendo de las tradiciones del pasado, con elementos arcaizantes; la búsqueda de un sistema social igualitario pero impregnado de idealismo utópico, y la adopción de una creencia religiosa que mezclaba elementos cristianos con otros propios de la cultura china.

Antecedentes

El movimiento de los Taiping fue fundado por Hong Xiu Quang (1814-1864), maestro de escuela de la región de Guangxi, una de las más pobres y levantiscas del Imperio. Hong procedía de una familia de campesinos humildes perteneciente al pueblo hakka, y como muchos otros en su época había intentado sin éxito acceder a la carrera administrativa a través del sistema de examinación imperial. Resentido y creyéndose un visionario, creó una secta religiosa, la Sociedad de los Adoradores de Dios, y comenzó a reclutar hombres entre los hakka de su mismo entorno, sin que teóricamente importara demasiado su extracción social: en sus filas había campesinos pobres, mineros, artesanos e incluso potentados, o simplemente parados, vagabundos y maleantes. Entre los lugartenientes más destacados de Hong figuraban Feng Yun Shan, igualmente maestro de escuela, Shi Da Kai, un competente soldado, y Yang Xiu Qing, un carbonero sin trabajo.

Hong elaboró la base de su pensamiento ideológico-religioso a partir de lectura de la Biblia, adoptando conceptos como el monoteísmo, la igualdad de todos los hombres ante Dios, un mesianismo de tipo milenarista, el puritanismo moral propio del protestantismo, o el reino de paz y armonía que habría de implantarse con la llegada del redentor y para disfrute de todos los creyentes. La confusión vino sin embargo cuando se vio obligado a incorporar elementos de la propia tradición china con el fin de ganarse el apoyo de las sociedades secretas que tanto proliferaban en las provincias meridionales del Imperio. En efecto, en los últimos años de la década de 1840 numerosos grupos de las Tríadas y otras sociedades, la mayoría ubicadas en Cantón, se unieron a los Adoradores de Dios, reforzando el movimiento pero creando una confusión de ideas que su líder no deseaba. En enero de 1851 Hong dio el paso decisivo que puso de relieve el alcance de su intenciones: después de obtener alguna victoria sobre tropas imperiales y deshacerse de los líderes aliados de las sociedades secretas, fundó un Estado en el centro de Guangxi al que denominó “Taiping Tianguo” (‘Reino Celestial de la Gran Paz’), y del que él mismo se nombró “Rey Celestial”. En septiembre de 1851 los Adoradores de Dios se apoderaron de la ciudad fortificada de Yong`an, donde comenzaron a organizarse de cara a su expansión ulterior.

Primera fase de la revuelta: Expansión y Crisis (1852-1856)

En la primavera de 1852 las fuerzas Taiping rompieron el cerco al que le tenían sometido las tropas imperiales en su fortaleza de Yong`an e irrumpieron en la provincia vecina de Hunan. Allí siguieron reclutando tropas de descontentos, para a continuación dirigirse hacia el Norte hasta alcanzar la cuenca del Yangtzé; en enero de 1853 se apoderaron de la ciudad de Wuhan, y siguiendo el curso de dicho río, en marzo llegaron hasta Nankín, ciudad que convirtieron en su ‘capital celestial’ con el nombre de Tianjin. La relativa facilidad con que los ejércitos Taiping se habían expandido a través del centro del China se debió a varios factores. Por un lado, el fanatismo propagado por Hong se plasmó en un entusiasmo y una disciplina militar de la que carecían las banderas manchúes, lo que unido al empleo de tácticas modernas basadas en la movilidad y la sorpresa les confería una notable superioridad en el campo de batalla. Por otra parte, Pekín subestimó en un principio el movimiento, pensando que se trataba de una más de las frecuentes revueltas de campesinos, y cuando quiso reaccionar ya era demasiado tarde.

Tras hacerse con el dominio de casi todo el Sur y centro del Imperio, los Taiping se aprestaron a organizar una expedición para la conquista de la capital y el Norte (mayo de 1853). Sin embargo, esta campaña tropezó con los inconvenientes de un menor apoyo popular a los rebeldes por parte del campesinado y una resistencia más seria por parte de los ejércitos imperiales, que habían tenido ya tiempo de reorganizarse, a lo que se añadía el propio desgaste después de varios años de continuas luchas. Lin Feng Xian, jefe de las fuerzas Taiping situadas ante Kaifeng, antigua capital imperial situada a orillas del Río Amarillo, no pudo ocupar dicha ciudad, y el largo asedió debilitó a su tropas hasta el punto de verse obligado a retroceder ante el cotraataque lanzado por el general manchú Senggelinquin. El año 1854 fue de retroceso general de los Taiping hacia sus puntos de partida en el valle del Yangtzé, y en la primavera de 1855 una gran derrota les hizo abandonar la idea conquistar todo el Imperio.

A la grave derrota de 1855, se sumó el desencadenamiento de una dura pugna interna entre sus líderes (wang) que hizo entrar en crisis el Estado Taiping. Su origen estuvo en el antagonismo cada vez mayor entre Hong y uno de sus principales lugartenientes, Yang Xiuquing. Este último había ido adquiriendo gran prestigio dentro del movimiento, lo que al parecer despertó los celos de Hong; sin embargo, el enfrentamiento también respondía a dos concepciones ideológicas distintas sobre el camino que debía seguir el movimiento: así, Yang era partidario de acentuar los rasgos sociales de la revuelta, apoyándose en los estratos bajos del campesinado, mientras Hong consideraba prioritaria la faceta militar, para la cual necesitaba recurrir a grupos acaudalados. Por su parte, Shi Dakai, otro de los líderes o wang desde el comienzo, se desvinculó del movimiento Taiping y decidió iniciar un levantamiento por su cuenta. En ese momento crítico de debilidad (1856), el Gobierno de Nankín presidido por Hong se refugió en los caudillos militares y estableció una alianza con los rebeldes Nian, factores que posibilitaron su supervivencia durante unos años más.

En las zonas bajo su autoridad, los Taiping intentaron implantar un sistema social inspirado en su doctrina de la “Gran Paz”.Las primeras medidas tomadas por Hong y sus seguidores fueron liberar a los campesinos de sus obligaciones feudales, redistribuir entre ellos tierras de los grandes señores mediante una ley de reforma agraria (1853) y crear almacenes públicos de grano (“graneros celestiales”) para hacer realidad su idea de una abundancia para todos. Asimismo, la producción de algunas industrias artesanas estratégicas (pólvora, metales) fueron puestas bajo titularidad del Estado, se redujeron o en algunos casos se abolieron impuestos, y los intercambios comerciales se desarrollaban con la supervisión de “inspectores celestiales”. La mayoría de estas medidas estaban encaminadas a reorganizar el sistema productivo con el objetivo de proporcionar recursos para la guerra, aunque es indudable el carácter revolucionario de muchas de ellas, cercano al comunismo. No obstante, hay que señalar que la confusión y ambigüedad ideológica inherente a dicha doctrina, junto al hecho de que su dominio sobre el territorio nunca llegó a estar lo suficientemente consolidado, no permitieron que fructificara en un cambio profundo de la estructura social china; además, según evolucionó, la tendencia del movimiento fue acentuar los rasgos conservadores sobre los progresistas, de forma que en los últimos años apenas se cambiaban ya las estructuras de poder de los territorios bajo su dominio, permitiendo que terratenientes y antiguos funcionarios siguieran en sus cargos. No se puede hablar por tanto de reformas profundas y mucho menos de revolución social.

Segunda fase: Revitalización y Decadencia Final (1858-1864)

La crisis interna sufrida por el movimiento Taiping a raíz de los acontecimientos de 1855-1856 culminó con el ascenso al poder de nuevas figuras, entre las que destacaron Li Xiu Cheng, el “Rey Fiel”, y un pariente de Hong Xiu Quang, llamado en la terminología propia el “Rey Escudo”, y de nombre Hong Rengan. Entre ambos reorganizaron el Estado Taiping haciendo más énfasis en los aspectos modernizadores que en los idealistas, buscando incluso la ayuda técnica de los occidentales, e intentaron poner coto a la corrupción y acabar con las luchas intestinas entre camarillas. Una vez establecida la situación interna, tomaron la iniciativa nuevamente en las operaciones militares. Así, en 1859 Li Xiu logró romper el bloqueo imperial en torno a Nankín, y al año siguiente emprendió una brillante ofensiva que proporcionó a los Taiping el dominio de la mayor parte de la rica región de la desembocadura del Yangtzé y la provincia costera de Zhejiang, lo que le permitió controlar importantes puertos como Hangzhou y Wenzhou. Las medidas de apertura económica hacia los occidentales, en contraste con la política de cierre intransigente propugnada desde Pekín, redundaron asimismo en una notable prosperidad de las zonas Taiping.

Hacia 1861-1862 el alto grado de consolidación alcanzado por el Estado Taiping comenzó a resquebrajarse a consecuencia del radical cambio de contexto en el escenario político. En efecto, el final de la Segunda Guerra del Opio, con la entrada de los ejércitos europeos en Pekín y la firma de los tratados de Tianjin y Pekín, junto al ascenso en la Corte del partido conciliador del Príncipe Gong, motivaron que las potencias occidentales, siempre guiadas por sus propios intereses económicos, decidieran ahora apoyar por todos los medios al debilitado gobierno imperial. Por otra parte, y debido a varios factores como el cansancio por años de continuas luchas y la pérdida del fervor revolucionario, los Taiping habían ido perdiendo paulatinamente el apoyo popular del que habían gozado en un principio. El incremento del radicalismo y la intolerancia respecto a la tradición china también jugaron en su contra, ya que el bando imperial lo utilizó para presentarse como defensor de los valores del confucianismo y otras creencias muy implantadas en amplios sectores de la sociedad. Finalmente, otro factor de decadencia fue la imposibilidad de terminar con las disensiones en el seno del movimiento, disensiones que comenzaron de nuevo a aflorar en cuanto la situación militar comenzó a ser desfavorable.

A finales de 1861 las tropas imperiales del Hunan, equipadas con armas occidentales, lograron detener el avance rebelde que intentaba remontar el Yangtzé y contraatacaron logrando recuperar casi toda la provincia de Anhui. A este duro golpe se sumó poco después la pérdida de Suzhou, donde se había establecido la nueva capital Taiping. En 1863 un ejército conjunto chino-occidental, comandado por el aventurero británico Charles George Gordon, inició una campaña para conquistar Nankín, hecho acontecido en julio de 1864 y que provocó la desbandada general de las fuerzas Taiping. La represión de sus elementos fue de una extraordinaria crueldad, lo que unido a las víctimas ocasionadas por la guerra, elevó el numero total de muertos ocasionados por la rebelión Taiping a varios millones de personas, lo que sin duda le sitúa como el conflicto más sangriento del siglo.

Para más información de este apartado, véase Rebelión Taiping.

La rebelión de los Nian (1853-1868)

En la misma época en que el levantamiento Taiping comenzaba a adquirir sus máximas proporciones, otra insurrección popular de características similares se estaba gestando en el seno del Imperio, protagonizada por la Sociedad Secreta de los Nian (‘rollo’). Los Nian se formaron como resultado de una escisión de la secta del Loto Blanco, cuyos miembros se establecieron en una región pobre y relativamente despoblada comprendida entre las provincias de Anhui, Shandong, Jiangsu y Henan, al Sur del Río Amarillo. Sus rasgos definitorios no eran muy diferentes de los del resto de sociedades secretas chinas: compartían el mismo universo mitológico y un sentido ritual basado en la tradición, se identificaban mediante un sistema de títulos y una jerarquía, tenían un marcado carácter antimanchú, y reclutaban a sus miembros entre las capas más descontentas de su ámbito social. En el caso de los Nian, además de los campesinos pobres de la zona, sus filas se vieron engrosadas a principios de la década de 1850 por miles de fugitivos que huían de las devastaciones causadas por la rebelión Taiping, especialmente las inundaciones, así como por turbas de marginados, bandidos o individuos que actuaban al margen de la ley; no en vano, el jefe supremo de los Nian, Zhang Luo Xing, era un antiguo contrabandista de sal.

Aunque no se sabe mucho acerca de la organización interna de los Nian, sí parece evidente que la clave del éxito de su levantamiento residió en el método de lucha que llevaron a cabo. Al contrario que la mayoría de rebeliones populares, el grueso de sus fuerzas las componían hombres a caballo; la movilidad era por tanto su punto fuerte, ya que podían desplazar tropas de un punto a otro en un tiempo mucho menor que un ejército de soldados a pie. Hábilmente, los estrategas militares Nian adoptaron tácticas de guerrillas que les permitían infligir graves pérdidas con escasas bajas propias y escapar de los cercos aprovechando su velocidad y el conocimiento del terreno. Además, las aldeas y pueblos adheridos al movimiento levantaron muros de tierra, en principio para defenderse de los Taiping, sin embargo, a largo plazo estos puntos fortificados constituyeron una eficaz red de bases de aprovisionamiento para las tropas Nian, siendo un complemento ideal a la movilidad de su caballería.

La revuelta de los Nian comenzó hacia 1853 con pequeños ataques, saqueos y robos a los símbolos del orden social establecido, como grandes propiedades de terratenientes, comerciantes en tránsito por su territorio y gente acomodada en general. Era asimismo frecuente que los Nian recurrieran al secuestro a cambio un rescate en metálico, u otras prácticas de extorsión, siempre con la esperanza de obtener un cuantioso botín. En cierto modo, puede decirse que en un principio su forma de operar les acercaba bastante al puro bandidaje con fines lucrativos, aunque en teoría detrás de ello también existía un vago propósito de hacer “justicia social”: así, los fondos obtenidos de sus actividades revertían en servicios a la comunidad campesina, si bien no existen datos fiables para afirmar que su intención era provocar una subversión del orden social tradicional. En cualquier caso, en el seno del movimiento Nian pronto comenzó a predominar el elemento político, y con ello los ataques contra los símbolos de la autoridad imperial, como los locales que albergaban el yamen, los almacenes públicos, las cárceles, los séquitos oficiales y pequeños contingentes del ejército.

Hacia 1856 el levantamiento había alcanzado ya una cierta consolidación bajo el liderazgo de Zhang Luo Xing, quien ese mismo año se proclamó “Señor de la Gran Alianza de los Nian”. La colaboración con los rebeldes Taiping, a quienes se unieron en su fracasada expedición al Norte, posibilitó además que expandieran sus defensas al Norte del Río Amarillo; por otra parte, debido a la caótica situación del Imperio, en guerra tanto contra los Taiping como contra las potencias occidentales, el Gobierno no dispuso de fuerzas suficientes para emplear frente a ellos. Especialmente provechosa para los Nian fue su alianza con los Taiping, pese a que en muchos aspectos sus respectivas ideologías eran antagónicas: mientras estos últimos difundían la idea de una profunda renovación en todos los aspectos de la sociedad, los Nian apenas eran partidarios de introducir cambios, y mucho menos de tipo modernizador.

Cuando partir de 1862 el balance de fuerzas comenzó a inclinarse del lado del bando imperial y los Taiping fueron vencidos, la eficaz estructura defensiva de los Nian les permitió resistir varios años más de lo que en un principio parecía posible, incluso después de la muerte de su líder, acontecida en el asalto a la ciudadela de Zhibe (1863). En efecto, durante varios años un ejército manchú reforzado por caballería mongola y al mando del competente general Senggelinquin les persiguió infructuosamente, hasta que en mayo de 1865 las tropas imperiales sufrieron una gran derrota en Shandong en la que el propio general perdió la vida. A raíz de esta victoria los Nian se expandieron hacia el Oeste, poniendo cerco a la ciudad imperial de Kaifeng y enviando avanzadillas hasta el Shanxi, donde esperaban enlazar con los rebeldes musulmanes Hui. Alarmado por estos acontecimientos, el Gobierno de Pekín puso al frente de las tropas a Zeng Guofang (1811-1872), vencedor de los taiping; este hábil general utilizó la táctica de destruir metódicamente los pueblos fortificados, privando así a los rebeldes de sus bases de aprovisionamiento, y después les rodeó esperando a que estuvieran lo suficientemente debilitados para asestarles el golpe definitivo. Los Nian orientales, cercados en la zona del Gran Canal Imperial, fueron los primeros en caer (1867), y al año siguiente fueron aniquilados los últimos núcleos de resistencia de los Nian occidentales.

Los levantamientos menores

La inestabilidad interna del Imperio chino también se vio afectada a mediados del siglo XIX por las rebeliones protagonizadas por las minorías étnicas y/o religiosas. En la provincias occidentales, donde la población musulmana constituía un importante porcentaje de población, el descontento que venía de lejos -hay que recordar el levantamiento del Turquestán en 1825- se generalizó a lo largo de esta época a medida que los grupos dirigentes manchúes no atendían sus demandas sociales y políticas; así, aunque la diferencia religiosa fue en principio un factor desencadenante, el componente anti-manchú fue en definitiva el rasgo aglutinador de todas estas revueltas, y como ya se señaló en el caso de los Nian, la situación de extrema debilidad del poder imperial durante este período facilitó su propagación.

Cronológicamente, la primera de estas rebeliones estalló en el Yunnan a comienzos de la década de 1850. Su origen se localizó en un conflicto en el sector minero de la provincia por la discriminación a la que eran sometidos los trabajadores musulmanes respecto al resto. Las autoridades, en vez de adoptar una política de apaciguamiento, reaccionaron con extraordinaria violencia contra los musulmanes, provocando una enorme matanza entre sus fieles (abril de 1856) en la capital provincial, Kunmimg. La represión desencadenó a su vez una rebelión general de la población musulmana dirigida contra la autoridad manchú, a la que se unieron numerosos chinos de raza Han, y que temporalmente proclamó un sultanato independiente con capital en la ciudad de Dalí y un intelectual chino llamado Du Wen Xiu como sultán. Los rebeldes llegaron incluso a poner cerco a Kunming en varias ocasiones, pero a partir de 1860 comenzaron a debilitarse a consecuencia de las disensiones internas: mientras Du Wen Xiu era partidario de la resistencia a ultranza, algunos de sus jefes militares se dejaron sobornar por el Gobierno imperial, pasándose a este bando con gran parte de las tropas. Los rebeldes aún lograron resistir los ataques de los imperiales durante más de una década, hasta que en 1873 fue conquistada Dalí, capturados y ajusticiados los principales cabecillas, incluido Du Wen Xiu, y desencadenada una sangrienta represión entre sus seguidores que según las crónicas de la época causó un descenso de población superior al 50%.

En 1862, los musulmanes de las regiones de Shanxi y Gansu, en su mayoría de etnia china Hui, protagonizaron otra rebelión que se prolongó durante algo más de una década. En el caso de los Hui, además del factor político anti-manchú, desempeñaba un peso importante la rivalidad étnica y religiosa con los chinos Han, con quienes mantenían un frágil “status quo” de convivencia. La chispa que desencadenó la revuelta fueron las noticias sobre la expansión de los Taiping hacia el Noroeste: los líderes Hui de Shanxi contemplaron la oportunidad de enlazar con éstos, e intentaron infructuosamente hacerse con el control de la provincia. En una segunda fase (1864-1866), los rebeldes, privados ya del apoyo Taiping, trasladaron el grueso de la lucha a la lejana Gansu, donde las tropas imperiales tenían más dificultades de aprovisionamiento. En 1866-1867 la expansión de los Nian occidentales les brindó a los Hui una nueva oportunidad de equilibrar el balance de fuerzas; sin embargo, la derrota definitiva de los Nian en 1868 les obligó a retirarse nuevamente del Shanxi. Las eficaces tácticas militares del general imperial Zuo Zongtang (1812-1885), consistentes en la destrucción metódica de sus bases y ciudades, les fue mermando paulatinamente hasta que en 1873 culminó la campaña con la conquista de la última de las plazas Hui, Suzhou. No obstante, Zuo no se detuvo ahí y siguió avanzando hacia el Oeste, de forma que hacia 1878 había sometido todo el Turquestán a la autoridad manchú. Al igual que en el caso de los musulmanes de Yunnan, la represión subsiguiente fue terrible, ocasionando según algunos autores varios millones de víctimas mortales.

Además de las anteriores, otras rebeliones de menor calibre contribuyeron al clima de inestabilidad. En la provincia sudoccidental del Guizou, tradicionalmente levantisca, la minoría étnica de los Miao se encontraban en un estado de rebeldía frente a las autoridades imperiales desde mediados de la década de 1850, atacando con frecuencia a sus representantes. Esta rebeldía, más o menos larvada, derivó en guerra abierta a partir de 1865, cuando el Gobierno dispuso de tropas suficientes para emprender una extensa campaña. Después de sangrientas luchas, a principios de la década de 1870 los últimos focos de resistencia de los Miao fueron aniquilados.

Por su parte, numerosas sociedades secretas incrementaron en esta época sus actividades subversivas, estableciendo asimismo nexos de unión con las grandes rebeliones, a las que les unía un fuerte sentimiento anti-manchú. En las ciudades costeras abiertas al comercio extranjero el auge de las sociedades fue aún más palpable, viéndose favorecida su acción por la abundancia de un proletariado fácilmente reclutable (estibadores, bateleros, etc.). En 1854 una sociedad ligada a las Tríadas, los Turbantes Rojos, se sublevaron en diversas ciudades del Guangdong, llegando a establecer un cerco en torno a Cantón que finalmente no pudieron concluir con éxito. En Shanghai, los integrantes del Cuchillo Pequeño, una ramificación de las Tríadas, alcanzaron tal influencia que a mediados de 1850 se apoderaron del Gobierno municipal y proclamaron la restauración de la dinastía Ming, siendo necesario recurrir a la intervención de las tropas occidentales para derrotarles. En la cuenca del Yangtzé, la Sociedad de los Mayores y Ancianos alcanzó la hegemonía gracias a la captación de los miles de bateleros del río en paro y al enorme flujo de huidos tras las derrotas Taiping y Nian. En cambio, en el Norte del Imperio las sociedades secretas encontraron más dificultades para desenvolverse, dado que en estas provincias el Gobierno imperial ejercía un control más férreo sobre el territorio.

La época de la restauración del poder imperial (1860-1894)

El final de las guerras del Opio y las grandes revueltas populares inauguró un período de mayor estabilidad interna durante el cual el Gobierno imperial chino pudo recuperar gran parte de la autoridad perdida desde 1840; de hecho, la subida al trono del heredero de Xianfeng, Tongzhi (1862-1874), fue recibida por amplios sectores de la sociedad como el comienzo de una “restauración” que debía de devolver al Imperio manchú su antiguo esplendor. Sin embargo, a estas alturas parecía ya evidente, incluso para la Corte de Pekín, que lo que estaba en juego era la propia supervivencia del sistema imperial, sistema que venía resquebrajándose ante su incapacidad para hacer frente a los problemas que se le planteaban. Por tanto, la tarea emprendida en esta época por los dirigentes manchúes se encaminó a introducir cambios necesarios para detener la decadencia del Imperio, política que será conocida como de “autofortalecimiento” o “consolidación” (ziqiang), aunque al mismo tiempo se cuidaban de evitar cualquier intento de reforma alejado de los presupuestos conservadores que inspiraban dichos cambios, temiendo que ello minase definitivamente las bases del propio sistema imperial. Esta contradicción, que podría resumirse en la fórmula “cambiar para que nada cambie”, demostró finalmente ser inservible siquiera para la supervivencia del Imperio. Así pareció constatarlo la derrota en la guerra contra Japón de 1895, hecho que llevó a un replanteamiento de la línea seguida hasta entonces.

El fortalecimiento político-institucional (1860-1872)

La muerte del emperador Xianfeng (agosto de 1861) no sólo supuso un cambio de soberano, sino la subida al poder de la facción cortesana partidaria de establecer una alianza estratégica con las potencias occidentales. Como ya se señaló, el Príncipe Gong había liderado esta opción en los años anteriores, logrando erigirse en el interlocutor ante las potencias, pero necesitaba aliados de cara a consolidar su posición en la Corte frente al “partido intransigente”. Estos apoyos los encontró en las figuras de las emperatrices viudas, tanto Cian, la consorte, como Cixi (1835-1908), madre del heredero; aprovechando el vacío de poder en Pekín por el exilio de gran parte de la Corte en Jehol, tramaron en octubre de 1861 un golpe de estado que logró triunfar sin apenas oposición. Hábilmente, los nuevos dirigentes del Imperio sólo mandaron la ejecución de los más destacados líderes intransigentes y perdonaron al resto, con lo que lograron atraerse a estos últimos su causa al mismo tiempo que descabezaron definitivamente a la facción rival.

Una vez establecida la línea política que debía seguirse, la repartición del poder quedó claramente delimitada: Cian y Cixi, dada la minoría de edad del emperador, pasaron a ser las figuras más influyentes de la Corte, ejerciendo un “poder en la sombra” tan frecuente en el pasado entre las emperatrices chinas; por su parte, el Príncipe Gong recibió el nombramiento de príncipe consejero del Gobierno, lo que equivalía a concederle un poder absoluto en la dirección los asuntos del Gobierno. Este equilibrio de funciones permitió que, salvo esporádicas situaciones de tensión, el Imperio gozara de una relativa estabilidad política durante varias décadas.

Una de las primeras medidas del príncipe fue la creación de un Ministerio de Asuntos Exteriores (Zongli Yamen), del que él mismo fue su presidente hasta 1884. La razón de ser de este organismo, así como su enorme importancia en la nueva organización del Estado manchú, respondía a una máxima prioridad del régimen: preservar a toda costa la paz con la potencias occidentales. Para ello se hacía necesario mantener continuas relaciones con sus embajadores en Pekín, y sobre todo hacerlo a un nivel de eficiencia elevado, que como se había demostrado en el pasado, difícilmente podía adecuarse a las tradicionales recepciones en la Corte donde el protocolo constituía una barrera para el mutuo entendimiento. Por tanto, sus competencias eran casi absolutas respecto a los asuntos de las concesiones extranjeras, aunque en teoría sus decisiones estaban supeditadas a la autoridad imperial, encargándose entre otras funciones del nombramiento o destitución de los superintendentes chinos de los puertos abiertos. Dependientes del Zongli Yamen, también se crearon dos nuevos departamentos, el Servicio de Traducciones, creado para facilitar las tareas propias del ministerio, y la Inspección General de Aduanas, oficina cuya novedad residía en que la dirección fue encomendada a occidentales; el primer Inspector de Aduanas fue el inglés Robert Hart (1835-1911).

De la amistad con Occidente, el Príncipe Gong esperaba obtener un doble beneficio: a corto plazo, su ayuda militar para terminar de sofocar todas la rebeliones internas del Imperio y la transferencia de tecnología para emprender la modernización; al largo plazo, un período prolongado de paz que permitiera al Estado y a la propia dinastía reinante recuperarse tras décadas de ininterrumpida decadencia, hasta poder tratar de igual a igual con las potencias. El precio que debía pagarse lo constituía, indudablemente, la presencia cada vez mayor de estas últimas sobre suelo chino, lo que en el futuro no dejaría de constituir una fuente de conflictos.

En coherencia con el pensamiento antes apuntado, los esfuerzos se dirigieron al reforzamiento de las instituciones ya existentes, intentando una modernización limitada a la mejora de su eficacia y con ello, de la presencia del Estado en todas las facetas de la vida del país según la tradicional visión confuciana, pero sin trastocar nada que pudiera conducir a un replanteamiento de las bases sobre las que se sustentaba la autoridad imperial; en consecuencia, la Administración del Imperio apenas sufrió reforma alguna de consideración, y los cambios más significativos afectaron a los dos instrumentos considerados básicos para consolidar el poder central: la Hacienda y el Ejército.

Para lograr el objetivo del fortalecimiento del Estado era necesario en primer lugar dotar de recursos a las maltrechas arcas públicas. Así, a la tradicional contribución territorial y el tributo en grano a las provincias se añadió una nueva imposición, el lijin, consistente en una tasa del uno por mil aplicada a la actividad económica. En origen, el lijin fue instituido por algunos gobernadores provinciales durante la guerra contra los Taiping, gravando exclusivamente los intercambios entre los comerciantes locales, sin embargo, paulatinamente su cobro se hizo extensivo a la compra de productos de primera necesidad, al mismo tiempo que se generalizó en todo el Imperio: hacia 1860 todas la provincias, excepto algunas periféricas (Yunnan y Heilungkiang, donde se introdujo en 1874 y 1885 respectivamente) habían hecho de esta tasa su principal fuente de recursos, contribuyendo en gran medida a la recuperación del poder estatal aunque ello fuera a través del fortalecimiento de la estructura de gobiernos provinciales. No obstante, hay que señalar que este impuesto, aunque se redujo una vez sofocadas las rebeliones, supuso el mantenimiento de una alta presión fiscal sobre áreas claves de la economía como el comercio. Asimismo, se intentó solucionar el problema inflacionista provocado por la depreciación de la moneda de cobre respecto a la plata con una unificación de todo el sistema (1867) que al menos corrigió la disparidad entre unas monedas y otras.

El Ejército era el otro instrumento esencial de Estado con vistas a reforzar su presencia en el territorio. En este sentido, la experiencia de los grandes levantamientos populares y las guerras del Opio contra Occidente habían puesto de relieve la extrema debilidad de Pekín, reflejada no sólo en la inferioridad en armamento o tácticas, sino en su incapacidad para crear un auténtico Ejército nacional, eficaz, disciplinado y al servicio del Gobierno central. Por el contrario, las fuerzas militares que nacieron del colapso de las banderas manchúes y los “batallones verdes” chinos, que habían llevado el peso del restablecimiento del orden en el Imperio, tuvieron un carácter muy distinto. Se trató de ejércitos regionales, reclutados y pagados por las élites locales de cada región -por tanto leales a sus jefes más que al Gobierno imperial- más disciplinados y mejor aprovisionados y armados que las tropas regulares, gracias a la compra de pertrechos y armas occidentales.

El ejemplo más representativo de este tipo de ejército fue el llamado “Los Valientes de Hunan”, cuerpo de milicias civiles creado por Zeng Guofan en 1852 en un principio para defender esta provincia de los ataques Taiping, pero cuya eficacia en el combate le hizo asumir cada vez más protagonismo hasta convertirse en el más poderoso instrumento bélico en suelo chino, si se excluye los cuerpos armados de las potencias occidentales. Al margen de su capacidad operativa, el rasgo más llamativo del Ejército de Hunan fue el fuerte adoctrinamiento político-moral en los principios ortodoxos del confucianismo que Zeng imponía a sus soldados, lo que además de actuar como factor de cohesión ideológica interna, implicaba asumir la defensa de unos ideales determinados que iban más allá del mero objetivo de protegerse de los rebeldes: suponía el compromiso de restituir el orden imperial tal y cómo concebía el pensamiento chino tradicional.

La otra fuerza regional de importancia fue el Ejército de Huai, dirigido por Li Hongzhang (1832-1901) y formado en 1862 con base en la provincia de Anhui. Li disponía de mayores medios que Zeng Guofan gracias al control que ejercía sobre las regiones agrícolas más ricas de China y sus éxitos en el campo de batalla resultaron cruciales para la derrota de los rebeldes Nian, aunque su capacidad política era menor.

Además de ser los vencedores de las rebeliones de mediados del siglo XIX, Zeng Guofan y Li Hongzhang desempeñaron junto a otros como Zuo Zontang (1812-1885), el papel de “hombres fuertes” del renacido poder imperial, y llegaron a ejercer cargos de gran relevancia en las instituciones del Gobierno central -Zeng fue miembro de la Gran Secretaría-. Dada la fuerza y prestigio alcanzada por estos generales, la Corte de Pekín no podía prescindir de sus servicios si quería llevar a buen término la restauración del orden imperial, ya que la fidelidad de las provincias dependía en gran medida de la fidelidad hacia el régimen de quienes ejercían, de hecho, una influencia mayor que la propia autoridad del emperador. Aunque algunos autores han visto en ello un renacer del fenómeno de los “señores de la guerra”, tan frecuente en la China de la primera mitad del siglo XX, es indudable que el perfil de Zeng o Li se acercaban más al del prototipo de funcionario confuciano respetuoso con las tradiciones del Imperio, y por tanto con la autoridad suprema del emperador, que al caudillo guerrero que tiende a suplantar esta última. Por otra parte, sus intereses personales coincidían en lo esencial con los dinásticos, porque estaban igualmente inspirados por una mentalidad conservadora para la cual la preservación de la antigua estructura imperial constituía un objetivo prioritario. En virtud de ello, representaron uno de los pilares básicos en los que se apoyó el poder imperial para reafirmarse y el factor fundamental de la estabilidad alcanzada durante el período 1860-1894.

La reconstrucción económica (1860-1872)

Paralelamente a la revitalización del poder político, las autoridades del Imperio emprendieron la ardua labor de reconstruir la estructura económica de China, seriamente dañada debido a las continuas guerras. Hay que recordar que la mayoría de provincias chinas, todas aquellas afectadas por una rebelión, habían sufrido enormes pérdidas de población, lo que dejaba a la agricultura sin brazos suficientes para ocuparse en sus tareas; asimismo, los recursos productivos del Imperio habían sufrido una devastación nunca antes conocida, y requerían de una urgente intervención. En esta función destacó la figura de Wen Xiang (1818-1876), auténtica mano derecha del Príncipe Gong, miembro del Gran Consejo y presidente de los ministerios de Obras Públicas y Administración.

Dado que la economía china era aún básicamente agrícola, todos los esfuerzos del Gobierno se centraron en un primer momento en aumentar la producción de este sector. La puesta en cultivo de las tierras abandonadas durante los levantamientos populares constituyó el proceso fundamental en este sentido, aunque también respondía a la necesidad de repoblarlas con nuevos asentamientos campesinos. Los gobernantes colaboraron activamente en esta tarea otorgando tierras a los soldados desmovilizados; como ejemplo, Zeng Guofang instaló a miles de componentes de su ejército en el Hunan, y Li Hongzhang hizo lo propio en el Anhui. En el bajo Yangtzé, donde se requería gran cantidad de mano de obra por el carácter intensivo de sus cultivos, el Gobierno atrajo a numerosas familias campesinas desde el Norte bajo la promesa de concederles el derecho de propiedad sobre las tierras que cultivasen, y en el Guizou, el gobernador les cedía gratuitamente los aperos e instrumentos de labranza a cambio de establecerse en las zonas despobladas. Por el contrario, en otras ocasiones las repoblaciones surgieron de forma espontánea por parte de los refugiados que vagaban en busca de nuevas tierras donde instalarse: en estos casos, las autoridades se limitaron a legalizar la situación de hecho. En conjunto, estas medidas resultaron exitosas ya que lograron el objetivo de aumentar la producción, y poner fin, al menos temporalmente, a las grandes hambrunas que habían asolado el Imperio durante el período de las guerras civiles.

No obstante, cabe añadir que la situación global del campesinado chino siguió siendo miserable. La economía de subsistencia continuó siendo predominante en casi todo el país porque la productividad siguió estancada. El aumento de tierras en cultivo no fue acompañado de una auténtica revolución tecnológica, sino que simplemente se procedió a volver a poner en funcionamiento el tradicional sistema de diques y canales; solamente las zonas dedicadas a productos destinados a la exportación (té, algodón) recibían una inversión que posibilitaba el aumento del rendimiento, pero ello se debía casi siempre al capital extranjero, y en consecuencia, a una explotación de tipo colonial cuyos beneficios no revertían en una mejora de sus trabajadores. Tampoco el Gobierno se interesó en inculcar una mentalidad de empresa en el agricultor, siendo su principal y casi única preocupación extraer un excedente para alimentar a la Corte y el Ejército, así como volver a aprovisionar el sistema de almacenes públicos. Por otro lado, en las tierras de nueva colonización la reforma de la propiedad en favor de una clase de pequeños propietarios, ideal preconizado por los confucianos más rigurosos como Zeng Guofang, fue la política minoritaria, y cuando así sucedió, lo exiguo de los lotes repartidos, de menos de una hectárea, impidió que este tipo de pequeña explotación prosperara, como en el caso de los campesinos del Zhejiang, cayendo finalmente en manos de sus antiguos dueños debido a las deudas.

La reconstrucción económica en la agricultura fue acompañada de una reducción de la contribución territorial que, más que servir de estimulante a la actividad económica, perseguía aliviar la excesiva presión fiscal provocada por las guerras. En algunas provincias, como Jiangsu, la reducción llegó a ser de dos tercios respecto a la cantidad anterior, mientras que también se dio el caso de regiones muy afectadas por las devastaciones que fueron declaradas exentas total o parcialmente de su pago. Por el contrario, las tasas sobre otras actividades económicas, en particular el comercio, se mantuvieron en los altos niveles del período anterior, representando un serio obstáculo a la expansión de los intercambios comerciales entre regiones, y por tanto, a la articulación de un auténtico mercado interior. Como formidables barreras a la expansión comercial cabe añadir también la dificultad de las comunicaciones terrestres, la inseguridad debido al bandidaje, la mentalidad gremial, la corrupción de los funcionarios de aduanas, etc. Sólo en las ciudades y regiones cercanas a los puertos abiertos a los occidentales el comercio experimentó un auge sensible, al beneficiarse del libre mercado imperante en ellos.

Fundamentos ideológicos de la restauración imperial

Para volver a consolidar un régimen que había sufrido un largo período de decadencia y descrédito ante su propio pueblo no sólo bastaba incidir en la reconstrucción material de sus bases, sino en la reconstrucción de la ideología, también gravemente dañada por los ideales subversivos de las revueltas populares. En este sentido, el Gobierno de Pekín fomentó un regreso a los valores del confucianismo ortodoxo como pensamiento oficial del Estado, sobre cuyos principios, considerados axiomas de la verdadera sabiduría, debía sustentarse la regeneración espiritual del Imperio; no obstante, hay que señalar que su auténtica importancia residía en ser un formidable instrumento para mantener la fidelidad del pueblo hacia el Estado y el emperador. Además, los círculos de poder y las élites intelectuales chinos continuaban considerando este pensamiento superior al de Occidente, y por tanto se negaban en su mayoría a adoptar como propios los principios occidentales, calificados de “bárbaros”. Entre otras medidas, se volvió a instituir el sistema de examinación civil como única vía para acceder a un cargo administrativo, se fomentó el surgimiento de academias donde se estudiaba a los clásicos confucianos, se reunieron extensas bibliotecas, se realizó un esfuerzo por adoctrinar al pueblo en el auténtico saber y los principios morales, etc; en definitiva, se produjo un notable florecimiento cultural, aunque fuera como parte de una estrategia encaminada a consolidar y legitimar el régimen.

En realidad, subyacía en esta deliberada política una deliberada intención de autoprotección frente a una cultura, la occidental, cuyos principios y valores -liberalismo económico y político, individualismo, democracia- eran percibidos como una seria amenaza para el Imperio manchú, y por tanto se hacía necesario impedir que arraigaran en China. No obstante, la civilización occidental había demostrado también su superioridad en los aspectos más pragmáticos, y conscientes de este hecho, incluso hasta los dirigentes manchúes más conservadores asumieron la necesidad de aprender de ellos. El dilema se resolvió mediante la fórmula de conservar (o en algunos casos reforzar) la superestructura tradicional del Estado Confuciano, aquella que hace referencia a sus principios, instituciones, sistema político y social, pero añadir a su estructura económica todos aquellos elementos de la cultura occidental, como tecnología, avances científicos, capitalismo e industrialización, que favorecieran su fortalecimiento material.

El programa de industrialización (1860-1880)

Si en las actividades económicas tradicionales el empeño fue restaurar una situación similar a la que gozaba el Imperio antes de los levantamientos, en el sector industrial se intentó aplicar la máxima esgrimida por el Príncipe Gong y su partido: “apropiarse” de la tecnología superior de los occidentales sin dejar que ningún otro aspecto de la civilización occidental invadiera China. Feng Guifen, uno de los más entusiastas impulsores de esta política, fue aún más allá al expresar el deseo de “[...] usar las técnicas de los bárbaros para controlar a los propios bárbaros”, dándole así un matiz claramente revanchista a la intención de modernizarse. Estas declaraciones se plasmaron en una primera etapa, que duró hasta principios de la década de 1870, en la que la industria militar centró casi toda la atención; en cambio, en una segunda fase más prolongada (entre 1872 y 1890, aproximadamente) se intentó una diversificación entre todos los sectores productivos, teniendo como horizonte el modelo de desarrollo iniciado en Japón.

Realizaciones

Con la necesaria ayuda de técnicos extranjeros, a principios de la década de 1860 se instalaron las primeras factorías para la fabricación de armas, munición y barcos en Suzhou, Jiangnan (Shanghai), Fuzhou, Tientsin y Nankín. Cronológicamente, el arsenal de Suzhou fue el primero en levantarse -y como tal puede considerarse el primer establecimiento industrial moderno de China- , aunque en 1865 se desmanteló para ser trasladado a las zonas costeras. El arsenal de Jiangnan se montó a iniciativa de Zeng Guofan y fue el de mayor tamaño de los enunciados, centrándose en el montaje de cañoneras; en cambio, el de Nankín fue de menor tamaño y su producción estuvo más diversificada. El arsenal de Fuzhou fue construido en 1866 por otro de los generales más influyentes del régimen, Zuo Zongtang, y de sus astilleros salieron en cinco años un total de quince buques de guerra; por su parte, el arsenal de Tientsin compartía con Jiangnan el monopolio de la importación de armas, y desde 1870 estuvo controlado por Li Hongzhang. Otros arsenales menores fueron montados en distintas provincias del interior (Jilin, Yunnan, Sichuan, etc), aunque la mayoría cerraron tras el final de los levantamientos populares.

La repercusión de esta primera fase de industrialización militar fue más simbólica que efectiva. La precipitación que lo caracterizó estaba determinada por la urgencia de contar con armamento moderno para acabar con los últimos focos de revueltas internas, pero indudablemente fue en detrimento de una consolidación a largo plazo. Su carácter limitado tampoco permitió hablar aún de un cambio sustancial en el sector, porque no impulsó un desarrollo de industrias auxiliares significativo, debido a que la mayor parte de materia primas se importaban, ni generó un comercio libre a causa del régimen de monopolio por parte del Estado. La proyección de un programa de construcciones navales constituyó un indicativo de la pretensión del régimen manchú de dotarse del instrumento considerado en esta época como la máxima expresión del poderío de un país; sin embargo, el hecho de seguir siendo dependiente de Occidente en materia tecnológica constituía un claro síntoma de inferioridad, y mientras esta situación se mantuviera, China difícilmente podría competir de igual a igual con las potencias aunque dispusiera de una marina de guerra de considerable tamaño -lo que tampoco fue el caso-. Por otra parte, el impacto de esta industrialización sobre la sociedad fue de alcance muy limitado: no supuso el nacimiento de las clases sociales propias de la era industrial, burguesía y proletariado, ya que el Estado controlaba todo el proceso productivo y la cantidad de mano de obra utilizada fue relativamente escasa.

A principios de la década de 1870 las instancias de Gobierno en Pekín comenzaron a replantearse la política de industrialización militar, que no había surtido los efectos deseados. Para los “hombres fuertes” del Estado como Li Hongzhang y Zeng Guofang era evidente que el programa estatal de arsenales no bastaba para fortalecer a China y competir con Occidente, sino que exigía emprender un proceso de modernización que afectara a todo el tejido productivo del Imperio, y que implicara en su gestión no sólo al Estado sino a las élites económicas chinas. En definitiva, se trataba de imitar el modelo del Japón Meiji: una auténtica revolución industrial impulsada y controlada por el Estado.

El surgimiento de empresas civiles con participación de capital privado pero bajo la dirección estatal tuvo su primer y más significativo ejemplo en la fundación de la compañía China Merchants` Steams Navigation (1872), dedicada al transporte marítimo mediante barcos de vapor. La China Merchants`, que tenía su sede en Shanghai, estaba controlada por funcionarios públicos pero se financiaba en su mayor parte con las aportaciones de capital privado, atraído por los altos beneficios que reportaba dicha actividad. A finales de la década su crecimiento le llevó a ostentar el monopolio del sector del transporte de mercancías y personas, hasta absorber o provocar el desmantelamiento del resto de compañías, pero también hizo aparecer el fenómeno de la corrupción entre sus gestores públicos, que tendían a reproducir en el terreno de la empresa las tradicionales prácticas que condujeron al colapso de la Administración: búsqueda del enriquecimiento inmediato, malversación de fondos, especulación, etc. Esto fue paulatinamente provocando la huida de la inversión privada, y con ello la falta de capital que la financiara. Otro tanto puede decirse de la compañía minera de Kaiping, fundada por Li Hongzhang en 1877 para explotar los yacimientos de hierro y carbón de esta zona septentrional. En los primeros años su crecimiento fue espectacular, debido principalmente a la demanda de carbón de la China Merchants` y de hierro por parte de los arsenales, pero la caída de las compras, unida a los fallos de gestión y la falta de mecanización, determinaron su declive a partir de 1890.

El sector textil, basado en los métodos de trabajos artesanales, hizo tímidos intentos a partir de 1870 por introducir la maquinaría occidental y el modo de gestión capitalista. Las primeras iniciativas surgieron en las ciudades donde desde hacía décadas venía gestándose, bajo el influjo occidental, una intensa actividad económica en dicho sector: en Shanghai se montaron varias empresas algodoneras mecanizadas, y en Guangdong un rico comerciante de la seda abrió varios establecimientos fabriles para la fabricación de este tejido; también en la ciudad interior de Lanzhou (Sichuan), las autoridades impulsaron la instalación de una fábrica de lanas. Sin embargo, hay que señalar que este desarrollo tuvo un alcance muy limitado, y que el grueso de la producción textil china continuó rigiéndose bajo los principios de la tradicional industria artesana, sector que no obstante terminó por desmoronarse ante su incapacidad para competir con las importaciones occidentales.

La industrialización afectó asimismo a otros sectores antes inexistentes. En 1880 se planificó la construcción de una red de ferrocarriles que partiendo desde Pekín debía enlazar la capital con los centros neurálgicos de la cuenca del Yangtzé, el Oeste (Lanzhou) y los centros mineros del Norte; el primer tramo fue inaugurado al año siguiente, entre las localidades de Tangshan y Xugezhuang. También en 1881 se levantaron las primera líneas de telégrafo, que unían Tientsin con Shanghai, y esta última ciudad con Nankín. Finalmente, cabe añadir que la necesidad de formar personal técnico se plasmó en la fundación de escuelas y academias especializadas, entre las que destacaron una academia naval en Fuzhou y varios institutos politécnicos en Cantón, Tientsin y Pekín.

Consecuencias

El intento por parte del poder manchú de llevar a cabo un proceso de modernización económica e industrialización rápida imitando el ejemplo de su vecino Japón no produjo los resultados satisfactorios que se esperaban de ello, debido a la conjunción de varios factores. Uno de los más determinantes fue sin duda el desequilibrio creado en las empresas de naturaleza capitalista entre inversión privada, que en un primer momento fue elevada, y el excesivo protagonismo del Estado en su control. Aunque con ello se pretendía ejercer un cierto proteccionismo frente a la competencia occidental, este sistema acabó resultando totalmente antieconómico porque, como ya se señaló, fomentaba la corrupción, los monopolios, los privilegios, y a largo plazo, la falta de inversión en la actividad, clave de cualquier expansión capitalista.

En el trasfondo de este proceso subyacía la falta de mentalidad empresarial de una sociedad todavía anclada mayoritariamente en sus propios valores tradicionales y que calificaba de “bárbara” toda innovación procedente de los occidentales; era este mismo contexto lo que motivaba que los funcionarios encargados de gestionar las empresas lo hicieran como si estuviesen aún al frente de las oficinas de la Administración imperial, o que en numerosas ocasiones los propios trabajadores reaccionaran violentamente en contra de la introducción de máquinas. Por otra parte, la nueva clase de los comerciantes y agentes financieros chinos, encargados de actuar de intermediarios entre las empresas extranjeras y los mercados locales, tampoco era lo suficientemente influyente como para hacer prevalecer sus puntos de vista sobre la poderosa burocracia, y en muchas ocasiones ellos mismos se guiaban más por un sentido de enriquecimiento inmediato que por la perspectiva de un crecimiento continuado que redundara en la nación. Por último, no debe olvidarse que la política de modernización contó con la decidida oposición de algunos sectores sociales y políticos muy influyentes en la Corte, de gran parte de los intelectuales confucianos más intransigentes y de amplios estratos de población campesina, para quienes estos cambios suponían una seria amenaza a su tradicional modo de vida.

En definitiva, podría afirmarse que tras más de dos décadas de continuo esfuerzo modernizador siguiendo las pautas de desarrollo occidental, el Estado manchú y confuciano mostró sus limitaciones para encajar dicho proceso, limitaciones que estaban estrechamente vinculadas a su carácter conservador. Comenzó entonces a resultar evidente que no se podría lograr una transformación económica exitosa si ésta no era acompañada de cambios profundos en la estructura social, política e institucional. En definitiva, la ansiada modernización no pasó de ser una “fachada” superficial que revelaría su inconsistencia cuando fue puesta a prueba.

La política exterior y las relaciones con Occidente (1860-1894)

Después de el largo período de enfrentamientos internos representado por las Guerras del Opio y las rebeliones populares, durante las cuales la pérdida de prestigio y fuerza del Imperio Manchú también repercutió en sus relaciones con otros Estados, la restauración imperial de 1860 pretendió entre otros objetivos devolver a China su tradicional papel de potencia, desterrando en lo posible la humillación y el servilismo en que había caído respecto a las potencias occidentales tras la firma de los tratados de Tientsin (1858-60), así como volviendo a tener presencia en aquellas zonas consideradas por Pekín como áreas de su influencia.

En cuanto a esta última faceta, la pacificación del Imperio permitió a los gobernantes manchúes restituir el sistema de tributos con los territorios vasallos de Corea, Vietnam, Birmania e islas Ryukyu. Asimismo, la represión de las rebeliones musulmanas llevó a los ejércitos imperiales comandados por Zuo Zongtang hasta la lejana y extensa región occidental de Sikiang, que en 1885 fue incorporada como provincia al Imperio, y les puso en disposición de seguir su expansión hacia Asia Central. Sin embargo, en este afán expansionista Pekín chocó con los intereses de Rusia, país que en 1871 se anexionó la región Norte del Turquestán, el Ili, aprovechando la inestabilidad creada por una nueva rebelión musulmana. El posterior Tratado chino-ruso de Livadia (octubre de 1879), destinado a fijar las fronteras definitivas en la zona, no hizo más que ratificar el hecho consumado de la ocupación rusa de este territorio, resultando tan desfavorable para los intereses chinos que el emisario imperial enviado a negociar fue sentenciado a muerte a su regreso a Pekín. En 1881 un nuevo tratado, firmado en San Petersburgo, rectificó el anterior, devolviendo a China gran parte de los territorios perdidos en 1871, aunque a costa de aceptar la presencia rusa en el Turquestán Oriental y previo pago de una cuantiosa indemnización.

Las relaciones del Imperio Manchú con el Japón de la era Meiji fueron en un principio amistosas, y se concretaron en la firma de un tratado comercial en 1868 que fue ratificado en 1873. Sin embargo, comenzaron a enturbiarse a raíz del choque de intereses de ambos imperios en varios escenarios del Lejano Oriente. Así, en 1874 una expedición militar japonesa atacó Taiwán, y al año siguiente se anexionó el archipiélago de las Ryukyu, reino tributario de Pekín; los dirigentes manchúes entablaron negociaciones para obtener ventajas por parte de Japón, pero sin poder llegar a alcanzar un acuerdo satisfactorio. Más problemática aún fue la cuestión de Corea, reino vasallo de los Qing pero donde se concretaba gran parte del afán expansionista de Japón. Este último inició una ofensiva diplomática apoyada en demostraciones de fuerza con el objetivo de obtener concesiones comerciales y derechos de establecimiento (1875-1876), acontecimientos que alarmaron a Pekín. Los dirigentes chinos intentaron entonces compensar la penetración japonesa propiciando la apertura del país a las potencias occidentales y obteniendo del monarca coreano ventajas militares (1882), lo que a su vez fue interpretado por Tokio como una vulneración de la independencia coreana. A partir de entonces, el antagonismo chino-japonés en Corea siguió aumentando hasta desembocar en la guerra abierta de 1894-95.

Las relaciones del Imperio con las potencias occidentales en los años 1860 estuvieron determinadas por las consecuencias de los tratados de 1858, que habían ampliado el sistema de concesiones y ventajas comerciales de forma considerable. Como ya se señaló, la política de conciliación impuesta desde el Zongli Yamen, más que el reflejo de una auténtica vocación de amistad con Occidente, constituía una estrategia para ganar tiempo de cara al fortalecimiento material del Imperio, de modo que estaba condicionada al éxito de este último proceso. En consecuencia, los gobernantes manchúes se limitaron a intentar contener el ritmo de penetración de las potencias haciendo uso de la diplomacia, táctica que al menos durante un tiempo logró su objetivo de frenar el expansionismo occidental.

En 1868 delegados chinos y británicos entablaron negociaciones para revisar el Tratado de Tientsin, con el resultado de un nuevo acuerdo, la Convención Alcock, en la que por primera vez desde 1840 la posición china salía reforzada. Sin embargo, cuando dicho acuerdo fue enviado a Londres para ser ratificado por el Parlamento británico (1870), los grupos de poder con intereses comerciales en China presionaron para que este hecho no se consumara. La noticia de la negativa de Londres a firmar la Convención Alcok produjo en China una honda decepción acerca de la eficacia de la política de conciliación, reforzando la posición de aquellos círculos que proponían una línea de intransigencia hacia las potencias, e hizo reaparecer el clima de xenofobia característico del período de las guerras del Opio. Las buenas relaciones chino-británicas sufrieron un nuevo revés en 1875, cuando un intérprete inglés que acompañaba al cónsul fue asesinado en la frontera china con Birmania. El hecho fue aprovechado por Inglaterra para exigir a las autoridades chinas una compensación, alcanzada en la Convención de Zhifou (1876) con la apertura a su comercio de otros cuatro puertos -Yichang, Wenzhou, Wuhu y Pakhoi- y el derecho a intervenir en Birmania. El Gobierno chino pudo mantener su teórica soberanía sobre este reino vasallo una década más, hasta que Inglaterra lo anexionó definitivamente a su Imperio en enero de 1886.

La creciente hostilidad hacia Occidente también comenzó a plasmarse en un incremento de los incidentes a propósito de cuestiones delicadas como la presencia cada vez mayor de las misiones cristianas, cuyas implicaciones iban más allá del terreno religioso. En efecto, el establecimiento de éstas en suelo chino era una imposición occidental contemplada en las cláusulas de los tratados de 1858-1860, y en virtud de ello, las misiones gozaban asimismo de un estatus legal que les permitía ejercer una considerable influencia política, social y económica a nivel local contra la que nada podían hacer las autoridades chinas. A lo largo de la década de 1860 el rechazo chino a las misiones se fue incrementando y traduciendo en altercados violentos, hasta derivar en levantamientos abiertos en varias provincias durante los años 1868-1869. Este clima de tensión culminó finalmente con los sucesos de Tientsin en 1870: el cónsul francés de la ciudad, una decena de monjas, varios comerciantes y unos treinta cristianos chinos fueron asesinados por una multitud descontrolada que además incendió edificios e iglesias. Las consecuencias directas de este acontecimiento, ocurrido poco después de la negativa inglesa a la revisión de los tratados, fueron enormes: por una parte, enturbió las buenas relaciones del Gobierno imperial con las potencias, que además mostraron su malestar por el leve castigo impuesto a los culpables de la matanza; de otra, distanció definitivamente las posiciones del partido “conciliador” del sentimiento mayoritario del país, claramente decantado por un fuerte sentimiento anti-extranjero.

De forma paralela al desarrollo de estos sucesos, la dinámica política en la Corte también comenzó a experimentar un giro en contra de los partidarios de la línea conciliadora respecto a Occidente. Además de quedar privados de una de sus figuras más destacadas, Zeng Guofang, fallecido en 1872, el fracaso de su política tras los sucesos de 1870 provocó la configuración de una nueva facción intransigente denominada qingliu (‘política pura’), a cuyo ascenso contribuyó con sus intrigas palaciegas la emperatriz Cixi, ya que la rivalidad entre ambos partidos favorecía sus intereses. La entronización de Guangxu (1875) mediante una hábil maniobra de la emperatriz viuda fue un triunfo fundamental de ésta, que prácticamente pasó a asumir todo el poder en calidad de regente, y significó la derrota del Príncipe Gong y Li Hongzhang, quienes aunque siguieron durante algún tiempo al frente de los asuntos de Gobierno, no dejaron a partir de entonces de perder peso político, de forma que a comienzos de la década de 1880 ya no fueron capaces de imponer su propia línea de actuación en relación a la política exterior.

El cambio de actitud del Gobierno chino hacia el elemento extranjero ya se había puesto de manifiesto con ocasión del Tratado de San Petersburgo de 1881, pero adquirió un tono de mayor agresividad a raíz del conflicto desencadenado con Francia por la posesión de Vietnam. Este reino, formado por las regiones históricas de Tonkín y Annam, gozaba de un estatus de vasallaje con los Qing, pero desde que tropas francesas ocuparon Saigón en 1874, los intereses comerciales de esta potencia en la zona se habían ido incrementado paulatinamente, de modo que en 1882 decidieron ocupar militarmente todo el país y establecer un protectorado, todo ello ante la permisividad del Tsungli Yamen chino, que no deseaba un enfrentamiento frontal con París. Sin embargo, en la Corte y otras instituciones imperiales dominadas por el qingliu, ya no se pensaba de igual forma; desde estos círculos se fomentó las actividades subversivas de las Banderas Negras, grupos asociados a las sociedades secretas del Sur de China, y dictaron órdenes para exacerbar al máximo el sentimiento anti-occidental en la región.

En 1883 las Banderas Negras asesinaron al gobernador francés de Hanoi, lo que empeoró definitivamente las relaciones entre ambos países pese a los esfuerzos de Li Hongzhang, representante chino en Tonkín, por llegar a un entendimiento pacífico. Finalmente, en agosto de 1884 Francia bombardeó sin previa declaración de guerra el puerto de Fuzhou, destruyendo la mayor parte de la moderna flota china construida durante los primeros años de la modernización. Una vez conseguida la superioridad naval, Francia pudo bloquear todo intento del ejército imperial por aproximarse a la zona en disputa, pero tampoco logró victorias decisivas. En consecuencia, en la primavera de 1885 ambas partes entablaron conversaciones de paz que se concretaron en la firma del Tratado de Tientsin: aunque sus cláusulas no fueron tan severas como tratados anteriores, no se exigía el pago de indemnizaciones en metálico, China se vio obligada a reconocer el protectorado francés sobre Vietnam y otros privilegios de tipo comercial, renunciando a su vez a la relación de vasallaje que mantenía con este reino.

El ocaso del Imperio (1894-1911)

Los reiterados fracasos de los gobernantes manchúes frente al desafío occidental, ya fueran partidarios de una política de conciliación o de la intransigencia, supuso igualmente el fracaso del proyecto de restauración del prestigio imperial que se intentó llevar a cabo a partir de 1860. Tras la nueva humillación que representó el Tratado de Tientsin de 1885, para algunos, los sectores reformistas y más progresistas del régimen, fue evidente que la modernización iniciada en aquella fecha no había dado los resultados esperados -fortalecimiento material, trato de “igual a igual” con las potencias- , siendo una tarea urgente replantearse las bases de ésta para evitar el declive definitivo del Imperio. Esta urgencia adquirió proporciones alarmantes con la crisis provocada por la derrota frente a Japón en 1895, a consecuencia de la cual las potencias se aprestaron a incrementar su presencia en China, no ya mediante concesiones de tipo comercial, sino a través de una directa usurpación de la soberanía china que amenazaba con desmembrar el Imperio.

La guerra chino-japonesa (1894-1895)

Como ya se señaló, la penetración japonesa en Corea con fines económicos había ido incrementándose desde 1876, y con la justificación de garantizar su independencia, ésta se tradujo en presencia militar a principios de 1890. China, que mandó a su vez tropas con el pretexto de ayudar a sofocar una rebelión (1893), no aceptó dicha presencia y la escalada hacia un conflicto culminó el 1 de agosto de 1894 con la declaración de guerra mutua.

Sobre el papel, era una guerra entre los dos Imperios dominantes en el Lejano Oriente y la consecuencia lógica del choque de intereses de ambos en un escenario como Corea que por su situación geoestratégica constituía un valioso objeto de disputa. No obstante, cabe introducir un matiz de suma importancia que explica la trascendencia del conflicto: mientras Japón era una nación dinámica y moderna en plena expansión, China se hallaba sumida en un largo proceso de decadencia. Bajo este contexto, Corea suponía para la primera el territorio donde saciar su afán expansionista; en cambio, para el Imperio chino se trataba de salvar su maltrecho prestigio conservando la soberanía, al menos teórica, sobre un país que tradicionalmente había estado sometido a su influencia. Esta diferencia también se plasmó en el terreno militar: las tropas japonesas, muy disciplinadas y equipadas con el más moderno armamento, resultaron netamente superiores a las chinas tanto en tierra como en el mar, poniendo una vez más de manifiesto la estrecha relación entre un país industrializado y un ejército eficaz.

El Tratado de Shimonoseki (17 de abril de 1895), más allá de las pérdidas territoriales que supuso para China -Corea, islas de Taiwán y Pescadores, península de Liaotung- y la constatación de su debilidad militar, supuso una nueva humillación en la línea de los tratados desiguales firmados con los occidentales a lo largo del siglo XIX. Dos consecuencias inmediatas se desprendieron de ello: una profunda crisis interna que fortaleció la postura de aquellos que pedían una reforma política urgente, y el comienzo de una política de “despojo” por parte de las potencias, lo que a su vez incrementó el clima de xenofobia y una reacción violenta concretada en la rebelión de los bóxer.

Para más información de este apartado, véase Guerra Chino-japonesa.

La época del “despojo” de China (1895-1900)

Tras el final de la guerra chino-japonesa, las potencias occidentales consideraron que la victoria de Japón otorgaba a este país unas ventajas con respecto a China ante las cuales no podían permanecer ajenas, y se aprestaron a su vez a sacar provecho de la coyuntura para ampliar su presencia. Este incremento de su presencia se llevó a cabo no ya a través de la apertura comercial de diversos puertos costeros, sino mediante su directa apropiación, enmascarada bajo la fórmula de una cesión en arriendo por un número elevado de años (generalmente noventa y nueve); el establecimiento de una “zona neutral” en torno a estos puertos, consistente en un territorio, más o menos extenso, pero en realidad bajo control de la potencia en cuestión; y la declaración por parte china de algunas regiones estratégicas como “zonas de influencia” de una determinada potencia, zonas en las que en virtud de los intereses económicos o geoestratégicos que la potencia poseyera en ella, gozaba de una preferencia a la hora de intervenir.

Así, sólo una semana más tarde de la firma del Tratado de Shimonoseki, Francia, Alemania y Rusia obligaron a Japón a restituir la península de Liaotung, maniobra que favorecía los intereses rusos en su afán de consolidar su influencia en Manchuria y prolongar hasta Vladivostok su ferrocarril transiberiano (1896). Como contraprestación a estas gestiones, Francia obtuvo nuevas ventajas en Indochina, entre ellas el permiso para llevar el ferrocarril de Hanoi hasta Nanning, en la provincia de Guangxi, y Alemania la concesión de derechos de explotación minera y construcciones ferroviarias en el Shandong. No contento con dichas ganancias, Berlín presionó al Gobierno chino para la concesión de nuevos privilegios, y con el pretexto del asesinato de dos de sus misioneros en la región, obtuvo la posesión en arriendo del puerto de Qingdao (1897) y una “zona neutral” adyacente alrededor de la bahía de Jiaozhou.

Por su parte, Inglaterra, aunque oficialmente mantenía una postura en favor de la integridad y soberanía territorial del Imperio, obtuvo a su vez la bahía de Weihaiwei, también en el Shandong, como compensación a la penetración alemana en esta misma provincia; asimismo, Londres reclamó y le fue concedido frente a su colonia de Hong Kong la posesión de los “Nuevos Territorios” (1898), una notable extensión de tierra al Norte de la península de Kowloon de casi mil kilómetros cuadrados, y la declaración de la cuenca del Yangtzé como zona de influencia exclusivamente británica. También en 1898, Francia obtuvo en arriendo la bahía de Guangzhouwan, frente a la isla de Hainan, y varias provincias del Suroeste, colindantes con sus posesiones en Indochina, como zona de influencia; Japón amplió sus intereses en la provincia de Fujian; y Rusia ocupó, en principio por un arriendo de sólo 25 años, los puertos de Port Arthur y Dalian, actuales Lushun y Luta respectivamente, para poder prolongar hasta el Sur de la península de Liaotung su ferrocarril transiberiano. Incluso un país sin presencia tradicional en China como Italia se sumó a este proceso de “despojo”, pretendiendo sin éxito obtener el arriendo de una bahía portuaria en el Zhejiang.

En principio, las potencias pretendían mediante este sistema establecer una garantía por la cual el Imperio chino no caería en manos de una sola de ellas, y por tanto seguiría conservando intacta su soberanía e integridad territorial. La realidad indicaba que, al contrario que había sucedido anteriormente con el sistema de apertura comercial, el proceso que ahora se estaba llevando a cabo significaba una clara extirpación de la soberanía china que de continuar adelante sólo podía conducir a la desmembración del Imperio. Sin embargo, el incremento de la rivalidad entre las potencias fue el factor decisivo que jugó a favor de la integridad china, ya que visto el ritmo al que crecía el número de concesiones, llegó un momento que los gobiernos occidentales se mostraban más preocupados de dificultar las ganancias de los demás que por favorecer las propias. Este cambio de mentalidad derivó en una situación de “tablas” en la que nadie podía ya aspirar a obtener mayores privilegios sin provocar un grave conflicto entre estas naciones, como pudo comprobarse con el estallido de la Guerra Ruso-japonesa de 1904 por el dominio de Manchuria. Finalmente, las potencias llegaron a la conclusión de que les era más útil a sus intereses, al menos de momento, una Imperio débil pero unido, y así pareció entenderlo Estados Unidos al formular su política de “Puerta Abiertas” respecto a China, adoptada a continuación por el resto de países.

La Reforma de los Cien Días (1898)

El grave proceso descrito con anterioridad, que llegó a su punto culminante en el año 1898, provocó en Pekín un clima de desesperación que decantó al emperador Guangxu y a una parte de la Corte por el programa reformista que un grupo de intelectuales liderados por un filósofo cantones, Kang Youwei (1858-1927), venía proponiendo desde hace tiempo como único medio de salvar el Imperio. Kang y su principal discípulo Liang Qichao (1873-1929), destacados representantes de la escuela confuciana, creían que una reinterpretación positiva de este tradicional pensamiento chino, fundamento ideológico del Imperio manchú, podía conducir a una transformación profunda de las bases políticas, sociales y económicas sobre las que éste se sustentaba sin entrar en contradicción con la esencia del sistema imperial. Este objetivo podía conseguirse si se reorientaban los valores del confucianismo de forma que actuaran, no como justificación del conservadurismo del régimen, por otra parte, lo habitual en la historia china, sino como un elemento dinamizador de los cambios. En definitiva, se trataba de afrontar la tan ansiada modernización desde unas posiciones que no rompieran drásticamente con el pasado y la tradición, pero admitiendo que debía comenzarse por una reforma de las instituciones políticas y sociales. Este fermento ideológico también se nutría de las aportaciones de otros destacados pensadores como Yan Fu (1853-1921), admirador del sistema político liberal, y Tan Sutung (1865-1898), quien iba aún más allá y proponía la instauración de una auténtica democracia popular.

Estas ideas se plasmaron en el programa reformista de Kang Youwei en una serie de medidas, entre las que cabe señalar el establecimiento de una monarquía constitucional de estilo occidental; la abolición de las instituciones y cargos feudales; la garantía de algunas libertades fundamentales del individuo (derecho a dirigirse al Gobierno), así como el libre derecho de prensa y asociación; la separación de la esfera privada del soberano del conjunto de los asuntos públicos, con la elaboración de unos presupuestos del Estado; la introducción masiva de la tecnología occidental; reforma del Ejército, aboliendo el sistema de banderas manchúes; o el fomento y desarrollo de los estudios científicos, que debían a su vez conllevar la reforma del sistema educativo y los programas de enseñanza. Sin embargo, el contexto de inestabilidad y apresuramiento en el que se redactaron no dio oportunidad a que pudieran aplicarse.

Tras la derrota contra Japón en 1895, Kang, Liang y otros reformistas consideraron que había llegado el momento adecuado para llevar a la realidad su proyecto, dado que el país se hallaba sumido en una profunda crisis ante la cual los dirigentes manchúes parecían incapaces de dar soluciones. Agrupados en una sociedad denominada “Protección Nacional”, los reformistas habían alcanzado ya cierta preponderancia en algunas provincias, en particular las sureñas (Hunan, Guangdong, Sichuan, etc.), y en la primavera de 1898 lograron hacerse escuchar en la Corte y captar la atención del emperador Guangxu, pese a la estrecha vigilancia a la que éste estaba sometido por parte de la facción conservadora encabezada por la emperatriz viuda Cixi. En una entrevista concedida en palacio, Kang convenció personalmente al soberano de la necesidad de aplicar con urgencia sus ideas, y éste le autorizó para emprenderlas de inmediato mediante un edicto imperial (11 de junio de 1898). En el transcurso de los siguientes tres meses -aproximadamente cien días- Kang Youwei, asistido por sus ayudantes, redactó y publicó de manera apresurada un numeroso paquete de medidas a aplicar por decreto que provocó la alarma en los círculos conservadores de la Corte.

En efecto, pronto resultó evidente que la clase dirigente manchú no estaba dispuesta a desprenderse de un plumazo de todos los privilegios de los que había gozado durante décadas, y mucho menos del monopolio del poder, de forma que enseguida se orquestó en torno a la figura de la emperatriz un poderoso grupo de oposición a las reformas. El 21 de septiembre de 1898 dicho grupo llevó a cabo un golpe de estado palaciego que detuvo por completo el proyecto reformista. Por orden de Cixi, el emperador fue puesto bajo arresto en sus dependencias, y a continuación desencadenó una persecución de quienes habían promovido las reformas, con el resultado de la encarcelación y posterior ejecución de muchos de ellos: Kang y Liang pudieron escapar al exilio, pero Tan Sutung fue ajusticiado. A partir de entonces, Cixi tomó las riendas del poder para ejercerlo “detrás de la cortina” según la expresión habitual, e imponer un marcado carácter conservador y xenófobo al régimen.

Aunque indudablemente la “Reforma de los Cien Días” fracasó, no todas las consecuencias fueron negativas para quienes la impulsaron. Por lo pronto, acentuó el antagonismo chino-manchú en muchos sectores sociales, incluido el propio Gobierno y la Administración imperial. El sentimiento anti-manchú no era nuevo, pero casi siempre había estado circunscrito al ámbito de las sociedades secretas, revueltas campesinas, etc. Este acontecimiento contribuyó también a exacerbarlo entre quienes, como los funcionarios, élites provinciales y jefes del ejército, formaban un poderoso sostén de la sociedad del Imperio, de forma que cada vez con más insistencia, éstos comenzaron a achacar la culpa de la decadencia del Imperio al excesivo despotismo de la dinastía Qing. Sólo así se explica que muchos de estos elementos, en principio de mentalidad conservadora y contrarios a la reforma política, apoyaran los sucesos revolucionarios de 1911 con tal de provocar la caída dinástica. Pese a la represión gubernamental, la Reforma de los Cien Días también hizo que se mantuviera vivo, especialmente en las provincias del Sur, el clima favorable a la introducción de reformas, plasmado en la proliferación de asociaciones, periódicos, etc., pero sobre todo sirvió para afianzar una convicción general entre todos aquellos que buscaban la regeneración nacional: la consecución de los cambios pasaba ya necesariamente por el desalojo del poder de la dinastía reinante.

La Rebelión de los Bóxer (1899-1901)

Como ya se señaló, la derrota ante el Japón en la guerra de 1894 produjo una honda crisis en China, uno de cuyos efectos fue el aumento del odio al elemento foráneo, sentimiento bastante extendido entre gran parte de la población a finales del siglo XIX. No sólo se culpaba a la presencia extranjera de los múltiples reveses del país en el plano político o militar, sino también en el socioeconómico, porque para muchos la repentina introducción de cambios en el tradicional sistema de vida chino tanto tecnológicos (mecanización, prácticas capitalistas) como culturales (influencia de los misioneros o de la ideología occidental) eran la causa principal del progresivo desmoronamiento y empobrecimiento de China; según esta discutible corriente de opinión, de haber permanecido desde un principio cerrados a la influencia extranjera, y por tanto ajenos a la modernización, seguirían siendo un país próspero y fuerte al igual que lo habían sido durante siglos. Bajo este contexto, no es de extrañar que comenzaran a proliferar las manifestaciones dirigidas contra todo elemento extranjero, particularmente en las provincias del Norte, y así, en una las más castigadas por la crisis, el Shandong, las actuaciones de una pequeña secta religiosa, las Grandes Espadas, vinculada al Loto Blanco, comenzaron a adquirieron mayor repercusión y virulencia hasta cristalizar en poco tiempo en un movimiento más amplio conocido por los occidentales como la Rebelión de los Boxers.

Los boxers nutrieron sus filas gracias a los miles de desertores del ejército, trabajadores sin empleo o simplemente gente marginada cuyo sensible aumento fue uno de los efectos negativos de un sistema en crisis, y como tal, resultaban fácilmente atraídos por el mensaje xenófobo de este movimiento. La xenofobia que caracterizaba a los rebeldes boxers fue también un factor alimentado desde la Corte por el partido gobernante de la emperatriz Cixi, aunque en un principio su criterio fue combatir la revuelta en cuanto ésta suponía una alteración del orden. Sin embargo, esta postura experimentó un giro radical al contemplarse el fenómeno desde Pekín bajo una perspectiva distinta, la que ofrecía a la dinastía una oportunidad de librarse, de una vez por todas, de la dominación extranjera. Según esto, es fácil llegar a la más habitual interpretación del papel desempeñado por el Gobierno manchú en el levantamiento bóxer, en el sentido de utilizar la revuelta como un instrumento al servicio de sus intereses y en contra de la molesta presencia occidental en suelo chino. No obstante, subyacía además un intento de desviar la atención sobre el conservadurismo del Gobierno tras los recientes intentos de reforma de 1898, achacando a los occidentales todos los males que padecía el Imperio, y de ahí el apoyo tácito de la emperatriz y gran parte de la Corte a esta revuelta aún a sabiendas del riesgo que ello suponía para su régimen. Bajo este punto de vista, no sólo estaba en juego recuperar la soberanía frente a los poderes externos, sino también consolidar internamente la dinastía, recuperar la legitimidad perdida a ojos de su pueblo. Según este razonamiento, se llegaría a una clara conclusión: el régimen no estaba dispuesto a asumir las consecuencias de una transformación profunda del sistema, pero consciente de su debilidad, buscaría fortalecerse a través de un movimiento popular que aunase los sentimientos del país en una única dirección, la del rechazo a los extranjeros, pero sin un contenido político que representase un peligro para el “status quo” político, y especialmente el monopolio dinástico del poder. No en vano, los bóxer carecían de un programa social o político, impulsados únicamente por un fanatismo religioso dirigido contra el cristianismo, y pudieron ser fácilmente atraídos para sustentar los intereses de la Corona mediante la difusión de la consigna “Sostened a los Qing, aniquilad a los extranjeros”.

No obstante, hay que señalar el precario equilibrio en el que en un principio se desenvolvió Pekín, ya que de haberse involucrado directamente en el conflicto, uniendo las tropas imperiales a las fuerzas rebeldes, se hubiera encontrado probablemente con una derrota militar en el campo de batalla de imprevisibles consecuencias. Por otra parte, decantarse claramente por el bando occidental, postura defendida por el gobernador del Shandong Yuan Shikai, hubiera sido percibido como una “traición” por parte de los rebeldes, con el peligro de insuflar en el movimiento un componente anti-manchú que también deseaban evitar a toda costa. Sólo cuando la situación llegó a un punto de ruptura total, con el asesinato del ministro alemán Von Ketteler y el asedio a las delegaciones occidentales (20 de junio de 1900), el Gobierno encabezado por Cixi no tuvo más remedio que declarar la guerra oficialmente a las potencias, guerra que se sabía de antemano que estaba perdida. No obstante, fue sintomático que ni siquiera entonces las mejores tropas del Imperio entraran en la lucha, e incluso que sus jefes obraran de forma independiente a las órdenes recibidas desde Pekín, hasta el punto de que la mayoría de gobernadores garantizaron a los extranjeros la protección en los territorios bajo su jurisdicción; además, a esta deserción de los militares se unió la neutralidad de las provincias del Sur, que en su mayoría se mantuvieron al margen de la rebelión. Esto constituyó una evidencia del enorme distanciamiento que separaba ya a las élites del Imperio con respecto a la retrógrada Corte manchú, y con ello, que la estrategia de radicalidad seguida por ésta ultima al confiar su suerte al triunfo de la rebelión no podía tener éxito.

Teniendo en cuenta todos los factores que rodearon el fenómeno bóxer, su fracaso no podía significar más que un nuevo y casi definitivo revés para el ya decadente Imperio chino. Las durísimas condiciones impuestas por las potencias en el “Protocolo Bóxer” (septiembre de 1901) -una indemnización de 450 millones de taels en plata; prohibición de importar armas; desmantelamiento de las defensas fortificadas de Pekín; presencia de guarniciones extranjeras en la Corte- significaron un desprestigio para Pekín aún mayor que el Tratado de Shimonoseki, y sólo la intervención interesada de Estados Unidos mediante la formulación de una política de “Puertas Abiertas” que garantizaba la supervivencia del Imperio, impidió su fragmentación inmediata. Comprendiendo la precaria posición de debilidad en que ahora se encontraba, incluso la propia emperatriz Cixi terminó desmarcándose de las posiciones más conservadoras, de las que se hábilmente declaró ser rehén, y admitió la necesidad de emprender algún tipo de reforma. No obstante, la excesiva tibieza de éstas no satisfizo a las fuerzas de oposición al régimen, lo que unido a la propia muerte de la emperatriz en 1908, determinaron el fracaso de este último esfuerzo por salvar el Imperio.

Las fuerzas de oposición al régimen (1894-1911)

Las nefastas consecuencias que para el Imperio tuvo la revuelta bóxer desencadenaron de nuevo un movimiento de oposición al régimen, una vez comprobado que era incapaz de solucionar los problemas de China. A diferencia de otras ocasiones, este movimiento era muy amplio, abarcando todos los sectores de toda la sociedad, y muy heterogéneo a cuanto a ideologías, aunque todas ellas tenían ya un rasgo común: su determinación de poner fin a la dinastía manchú.

Entre las fuerzas opositoras destacaban los herederos del programa reformista de Kang Youwei y Liang Qichao, en la clandestinidad desde la fracasada reforma de 1898 pero agrupados en torno a las tradicionales sociedades secretas, que gozaban de considerable implantación en el centro y sur del Imperio; entre estas, alcanzó relevancia la Sociedad de los Hermanos Mayores, localizada en la región del Yangtzé. No obstante, los más destacados líderes reformistas se hallaban exiliados en Japón, donde contaban con las simpatías de este Gobierno y una considerable cantera de descontentos entre los miles de estudiantes chinos llegados a Tokio desde finales del siglo XIX. Bajo este clima propicio, comenzaron a fundarse asociaciones y periódicos que desarrollaban una frenética actividad preparando acciones de propaganda subversiva y conspiraciones que buscaban derrocar a la dinastía Qing. De hecho, en 1899 los reformistas llevaron a cabo un fracasado intento de rebelión en Hankou, y al año siguiente hicieron lo propio en el Guangdong, en alianza con la revolucionaria Sociedad para el Resurgimiento de China.

Otro grupo de opositores más radicales, partidarios de una revolución que condujera a la proclamación de una República, comenzó a adquirir mayor fuerza y protagonismo que el primero. Su primer núcleo organizativo fue la ya citada Sociedad para el Resurgimiento (Xing Chung-hui), fundada en Hawai por Sun Yat Sen (1866-1925). En 1895 Sun intentó al frente de esta sociedad una primera insurrección, localizada en Cantón, que fue abortada, y en 1900 se alió con los reformistas en otra intentona baldía; comprendió entonces que debía adoptar una estrategia distinta: con tal fin viajó por diversos países occidentales y Japón para recabar a su causa el apoyo de las influyentes y numerosas comunidades chinas de ultramar. Finalmente, resultado de la fusión de varios pequeños grupos revolucionarios, fundó la Liga Unida (Tung meng hui) de la que él mismo fue nombrado presidente (1905) y le dio un contenido ideológico que plasmó en sus célebres “Tres Principios del Pueblo”, nacionalismo, democracia y socialismo, o lo que es lo mismo: lucha contra el imperialismo extranjero, adopción de un régimen republicano democrático, y búsqueda de la justicia social a través, principalmente, de un nuevo reparto de la tierra.

Junto a estas dos tendencias principales, reformistas y revolucionarios, cabe añadir otras fuerzas menores dentro de un amplio abanico ideológico, desde confucianos ortodoxos hasta anarquistas, pero cuya influencia en los sucesos que desembocaron en la revolución de 1911 fue muy pequeña. En cambio, hay que destacar el papel fundamental que tuvieron en dicho acontecimiento ciertas élites del Imperio, tanto la emergente burguesía comercial como la vieja clase de los funcionarios de provincias, personificada en la cúspide por los poderosos gobernadores. Aunque ideológicamente moderadas e incluso reaccionarias, estas clases aportaron la clave del triunfo revolucionario porque poseían la capacidad para movilizar hombres y recursos en mucha mayor proporción que el propio Gobierno manchú, lo que en definitiva demostró ser el factor decisivo para el rápido colapso de un Imperio en desmoronamiento.

Temas relacionados

China: Historia (Prehistoria-Siglo X).
China: Historia (siglos X-1644).
China: Historia Contemporánea.

Bibliografía

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MIGUEL HERNANZ

China: Historia (1644-1911)

Fuente: Britannica

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