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Biografía de Egipto: Historia (15000 a.C.- )

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 Egipto es, sin duda, uno de los países más atrayentes de África por haber albergado en su seno una de las más brillantes civilizaciones de todos los tiempos. Su particular posición geográfica también ha influido para que el paso de otras civilizaciones y culturas, como la helénica, la romana, la cristiana y, especialmente, el Islam en varias de sus formas, hayan dejado un rastro visible no sólo en los magníficos edificios que aún continúan en pie. En la presente entrada se plantea a grandes rasgos la evolución histórica de unas tierras cuya importancia económica en el Mediterráneo las han hecho deseables para todas y cada una de las grandes civilizaciones que han dominado dicho espacio geográfico; la tierra de las pirámides, la tierra del Nilo, el granero del imperio romano, el paso más próximo de Europa hacia Oriente ha formado un país cuyos logros son tan impresionantes que incluso los tiempos contemporáneos han de plegarse, en obligado reconocimiento, a la historia de sus habitantes y sus esfuerzos por superar constantemente las peculiaridades geográficas del país.

Véase Egipto.

Etimológicamente, el vocablo “Egipto” deriva del latín Aegyptus, el nombre que, en la mitología griega, tenía uno de los hijos de Poseidón y de Libia. Este dios tuvo cincuenta hijos, uno de ellos homónimo, a los que casó con las cincuenta hijas de su hermano Dánao. Dicho hijo homónimo, Egipto, se convirtió en rey del territorio comprendido entre el valle del Nilo y la península del Sinaí, al que dio su nombre. El origen etimológico del término explica, en clave mitológica, varios de los rasgos generales de las costumbres egipcias, como los matrimonios entre hermanos.

Egipto prehistórico (ca. 15000-3000 a.C.)

El principal problema para el establecimiento de hipótesis científicas acerca del período prehistórico de Egipto es la falta de yacimientos. Paradójicamente, sólo se han excavado las necrópolis en el Alto Egipto, aunque los resultados han logrado estratificar varias culturas, denominadas cultura de El Fayum, cultura Amratiense, cultura Badariense y cultura Guerzeense que se pueden asemejar, cronológicamente y con las debidas reservas, al clásico período solutrense de la prehistoria general. Esto ofrece la posibilidad de cifrar el momento en el que los fértiles valles del Nilo fueron habitados por los antepasados biológicos del hombre aproximadamente en el año 15000 a.C. Por otra parte, también existen problemas entre quienes se muestran partidarios de observar una migración en masa de población no autóctona para explicar los hallazgos cerámicos y de utensilios en los yacimientos. Supuestamente, parte de la población que habitaba en el Creciente Fértil (Mesopotamia), cruzó el río Jordán y la península del Sinaí para establecerse en Egipto hacia esa fecha. Sin embargo, las actuales líneas de investigación se muestran más partidarios de: “concentrar la atención en la continuidad de desarrollo de la cultura egipcia ante la ausencia de una clara ruptura en la documentación arqueológica”. (Trigger et al., op. cit., p. 17). Ello significa que, descartando la irrupción de población no originaria de Egipto, puede que los habitantes prehistóricos de Egipto fuesen autóctonos, aunque la hipótesis está pendiente de la lógica certificación científica en forma de hallazgo arqueológico. Pese a todo, la hipótesis puede ser viable debido a la correspondencia entre las cerámicas y el estudio geológico de las terrazas del Nilo, la principal fuente de datación para la prehistoria egipcia.

Durante el período paleolítico (6000-5000 a.C.) el clima de Egipto sufrió una brusca variación térmica, que provocó el paso a una aridez que destruyó los incipientes cultivos de las masas de población y, en consecuencia, los poblados pasaron a construirse no en la llanura aluvial, sino en el propio valle, donde se constituirían los primeros asentamientos urbanos. La primera cultura sedentaria y pre-agrícola datada en Egipto es la cultura de Jartum (4500-4000 a.C.), durante el período mesolítico. Algo posterior es la llegada, desde el norte, de población de origen camita y semita, eminentes agricultores que aprovecharon las excelentes crecidas del Nilo pero que, sin embargo, tuvieron un ingenio espectacular: la invención del alfabeto jeroglífico, acontecimiento ocurrido alrededor del tercer milenio antes de Cristo y que, como tal, da por finalizada en la división historiográfica el período. Los habitantes prehistóricos de Egipto se agrupaban en pequeños asentamientos urbanos alrededor del valle del Nilo llamados momos o nomos, que solían estar protegidos por empalizadas de madera dado que los enfrentamientos entre ellos eran constantes.

Véase Prehistoria.

La civilización faraónica (3000-525 a.C.)

Las luchas entre los distintos nomos acabaron por delimitar dos reinos: el Bajo Egipto, en el norte, cuyas principales ciudades estaban asentadas en el delta del Nilo, y el Alto Egipto, al sur del primero. Realmente, la cualidad más esencial para distinguir un territorio del otro eran las creencias: mientras que en el Bajo Egipto el culto a la tríada egipcia clásica (Isis, Osiris y Horus) estaba ya fuertemente asentada, en el Alto Egipto el dios más adorado era Set. Antes de continuar, es preciso indicar que la prosperidad del Imperio Egipcio se basó casi en exclusiva en la capacidad desarrollada por sus habitantes para aprovechar las crecidas del río Nilo en su beneficio económico; tal cuestión, por ejemplo, fue la que utilizó Arnold Toynbee para emitir su teoría de que las civilizaciones se basan en el binomio reto-respuesta. En este sentido, el reto de la civilización egipcia tuvo una respuesta tan satisfactoria que se extendió durante más de tres milenios.

Véase Civilización.

Dinastías tinitas pre-imperiales (3000-2270 a.C.)

El primer período se suele denominar en la historiografía como pre-imperial debido a que los dirigentes no fueron faraones de ambos reinos unificados hasta el final del marco cronológico. Sin embargo, las dinastías I y II, llamadas tinitas por proceder de la ciudad de Tinis (Alto Egipto), ostentaron la hegemonía en el gobierno durante más de setecientos años. Su monarca más representativo fue Menes, que se autotitulaba príncipe del Alto Egipto y que logró, hacia el 2200 a.C., unificar ambos reinos en su mano. Aunque las fuentes para este período son escasas, se suele atribuir también a Menes la fundación de la primera gran ciudad del Imperio: Menfis, sobre el delta del Nilo, así como la construcción de varios diques y empalizadas para el desarrollo de la actividad agrícola. Las tumbas de las dos primeras dinastías se encuentran en la necrópolis de Ábido, cuyos restos son prácticamente las únicas fuentes para el estudio de las dinastías tinitas, además de las inscripciones halladas en el primer gran templo menfita, dedicado al dios Ptah y construido por el propio Menes.

La organización política de las dinastías tinitas es, asimismo, poco conocida, aunque las hipótesis más actuales plantean que los diferentes nomos egipcios acabaron derivando en los reinos del Alto Egipto, cuyos faraones portaban la corona blanca, y del Bajo Egipto, representado por la corona roja. Por ello, quizá la aportación más importante para este período, al menos la que perduraría en el futuro, fue que: “los faraones egipcios reclamaron el status de dioses. A través de sus nombres de Horus […] afirmaron ser la encarnación terrenal de esa divinidad”. (Trigger et al., op. cit., p. 80). Cuando Menes logró ceñirse el pchent, la corona del Egipto unificado, el proceso de deificación de la autoridad faraónica había finalizado, pero no se dispone actualmente de ningún dato que nos ofrezca una secuencia cronológica fiable. Por último, la alianza entre la aristocracia dirigente y los sacerdotes de los distintos cultos comenzó a fundamentar el futuro estado imperial y centralista que gobernaría Egipto durante tres milenios.

El Imperio antiguo (2270-2200 a.C.)

En la división del Imperio por dinastías, el imperio antiguo abarca desde la III hasta la X. El rasgo principal fue el traslado de la capital desde Tinis a Menfis, inaugurando de esta forma el Egipto imperial. El dominio de la institución faraónica fue absoluto durante este período, que conoció a varios de los más grandes faraones imperiales. El primero de ello fue Zoser, de la III dinastía, que trasladó la frontera del imperio hasta los límites de Nubia (actual Etiopía) y que construyó su sepultura en la famosa necrópolis de Sakkarah. Con todo, los más conocidos faraones fueron Keops, Kefrén y Micerino (IV dinastía), que conquistaron la península del Sinaí y sometieron a toda Nubia a la obediencia del faraón. Como colofón, la construcción de las pirámides homónimas y la Esfinge, en la necrópolis de Gizeh, les encumbró hasta límites históricos insospechados.

Véase Pirámides de Gizeh.

El faraón Userkaf, de la V dinastía, unificó todos los cultos de Egipto e impuso el que habría de ser el principal de ellos: el dios Ra, la divinidad solar. Las megaconstrucciones de los faraones anteriores fueron obviadas en la V y la VI dinastía, pues sus monarcas prefirieron unas sepulturas más modestas pero importantísimas para el estudio de la historia de Egipto, ya que cada una de ellas se encuentra decorada con textos religiosos, literarios y filosóficos del Imperio, así como los acontecimientos más destacados. Casi todas ellas se encuentran en la necrópolis de Sakkarah. Hacia el año 2200 a.C., los príncipes de Heracleópolis consiguieron la hegemonía sobre el resto de las dinastías, y los miembros de la VII y VIII gobernaron con autoridad gracias a la decadencia interna de Menfis. Un poco más tarde, en el año 2170 a.C., la propia capital fue trasladada a la ciudad de origen de sus soberanos, durante las dinastías IX y X. El período se caracterizó por la inestabilidad interior y las constantes disputas por el trono.

El imperio medio (2160-1580 a.C.)

Este período también ha recibido el nombre de Imperio Tebano debido a que la capital y la ciudad más importante fue Tebas, y comprende a los faraones de las dinastías XI-XVII. El culto tebano clásico, el del dios Amón, se convirtió también en hegemónico en todo Egipto. Los faraones más notables fueron los de la XII dinastía, que crearon las bases sociales necesarias para extender la influencia egipcia a todo el mundo oriental. La ciudad de Tebas era un importantísimo emporio comercial dominado por capas sociales de grandes mercaderes y comerciantes, quienes prestaron todo su apoyo el gobierno de los faraones, tanto político como, y principalmente, económico. Así, el faraón Amenemhat I (2000-1970 a.C.) fue el primero en consolidar el nuevo culto tras la construcción del templo de Amón en Tebas. Otros faraones importantes fueron Senusret I (1970-1936 a.C.), Senusret III (1887-1850) y Amenemhat III (1850-1800 a.C.), de los cuales ya hablaba Heródoto de Halicarnaso como los gobernantes de un imperio floreciente que se extendía desde el delta del Nilo hasta Nubia.

Tras la muerte de Amenemhat III, el poder absoluto de los faraones tebanos se debilitó progresivamente, facilitando la entrada de los reyes hicsos, gobernantes que regían ciertas tribus de pastores del sur de Egipto. La invasión de los hicsos estuvo acompañada también de grandes contingentes de población asiria y semita, atraídos por la riqueza y el esplendor tebano. Los hicsos establecieron su capital en Avaris (posteriormente llamada Tanis) y gobernaban en nombre de los faraones, dos en este caso, pues la caída de la hegemonía de Tebas volvió a dividir el imperio en Alto y en Bajo. La población egipcia miraba con resquemor la intervención en el gobierno de los invasores, con lo que, bajo la XVII dinastía, comenzó la expulsión de los hicsos y demás extranjeros.

El imperio nuevo (1580-1085 a.C.)

Comprendido entre las dinastías XVIII y XX, se trata de un período muy conocido y sobre el que existe mucha información, pues la ciudad de Tebas volvió a recuperar el esplendor perdido como centro gobernante de un imperio teocrático y centralizado hasta límites inigualables. La expansión territorial egipcia fue enorme, aprovechándose de la debilidad del imperio asirio y de la luchas internas de Palestina.

Véase Imperio Asirio.
Historia de Palestina.

El gran triunfador de la dinastía XVIII fue Ahmés I (1580-1557 a.C.), quien logró acabar con el poder de los hicsos expulsándoles de Avaris y obligándoles a huir hacia el Sinaí. Posteriormente, Amenofis I (o Amenhotep) (1558-1530 a.C.) y Tutmosis I (o Tutmés) (1530-1515 a.C.) continuaron la expansión hacia el noroeste, llegando en varias campañas hasta los ríos Jordán y Éufrates, respectivamente. Con todo, la hija de Tutmosis I, la faraona Hatshepsut (1505-1483 a.C.), fue la figura más destacada en la consolidación del centralismo tebano, pues gobernó de facto el imperio nuevo tanto durante el reinado de su marido Tutmosis II (1515-1505 a.C.) como en el gobierno de su sobrino Tutmosis III (1483-1450 a.C.) durante la minoría de edad de éste. Durante estos años, las campañas hacia el sur llegaron hasta la actual Somalia, mientras que se consiguió firmar una tregua con los sumerios del Éufrates. La construcción de templos dedicados al dios Amón continuó siendo una de las máximas de los faraones tebanos, destaca en este sentido la edificación del mausoleo de Luxor en Karnak (Menfis), obra de Tutmosis III.

También fue éste el encargado de proscribir la figura de Hatshepsut, pues la consideró enemiga del imperio a su muerte por varias de las decisiones que había tomado cuando él era menor de edad. Una época de cierta recesión en la expansión territorial se vivió bajo el gobierno de su hijo, Amenofis II (1450-1405 a.C.), aunque el arte funerario egipcio vivió, por contra, su período de máximo apogeo. De hecho, Amenofis II comenzó la construcción de la famosa necrópolis del Valle de los Reyes, con las tumbas denominadas hipogeos como máxima expresión artística. Durante el gobierno de su hijo, Amenofis III (1405-1370 a.C.), las tropas del faraón fueron derrotadas por el imperio hitita en Siria, el primer gran revés de la expansión egipcia por Oriente. Con ello se dio paso a un período de inestabilidad, agravado por el hecho de que los sumos sacerdotes del dios Amón acaparaban gran parte de los cargos públicos y políticos, lo que restaba poder al emperador en beneficio de la clase sacerdotal egipcia.

Véase Imperio Sumerio.
Hititas.

La revolución amarniense

Los historiadores han llamado, un tanto maliciosamente, revolución amarniense a los proyectos de reforma efectuados por el sucesor de Amenofis III, su hijo Akhenatón (Amenofis IV) (1370-1350 a.C.), en un intento de recuperar el poder para los faraones en detrimento de los todopoderosos sacerdotes de Amón. Sus primeras medidas fueron totalmente novedosas: sustituyó el culto de Amón por el de Atón (el disco solar), como medio de acabar con los sacerdotes del primero, y trasladó la capital del imperio al interior, a la ciudad de Tell El-Amarna, lejos de los vicios de la corte tebana. El propio faraón se declaró único sumo sacerdote de Egipto y cambió su nombre por el de Akenaton (‘Horizonte Solar’). Estos acontecimientos, sin precedentes en el imperio, supusieron la vuelta del estado centralista a sus inicios, acercando más al pueblo a sus soberanos y logrando un gran apoyo popular. Sin embargo, su hermano y yerno Tutankaton (que tras el triunfo de su acción cambió su nombre por Tutankamon), famoso por su sepultura intacta hallada en el Valle de los Reyes, traicionó al faraón y regresó de nuevo a Tebas y al culto de Amón, ayudado por los desprestigiados sacerdotes. En cualquier caso, la reforma amarniense no logró los objetivos deseados y la situación de inestabilidad continuó hasta el fin de los días de Tutankamon.

Las luchas contra palestinos e hititas

Inmediatamente después del triunfo de Tutankamon, Palestina se sublevó contra Egipto y para evitar la sedición tuvo que ser necesaria la intervención del general Homenheb, casado con una hija de Akenatón y que llegó, como consecuencia de su prestigio, a ser faraón a la muerte de Tutankamon. El hijo del general, Seti I (1318-1312 a.C.) fue uno de los más destacados faraones del imperio, pues logró contener la alianza entre hititas y palestinos en contra del poder tebano y, en un acto de absoluto dominio, logró que las provincias sirias le pagasen un elevado tributo. Durante el gobierno de Ramsés II (1312-1233 a.C.) y de su hijo Meneptah (1233-1223 a.C.) tuvo lugar la famosa diáspora bíblica de los judíos, que huyeron de Egipto tras ser expulsados en diferentes oleadas. A pesar de ello, los lazos económicos con Palestina eran importantísimos para el sustento del comercio exterior, por lo que se les permitió establecerse en dicho territorio donde ya se concentraba la mayor parte de la población semita del imperio. El propio Meneptah tuvo que luchar de nuevo contra los hititas y les venció en la batalla de Cadés, para pasar posteriormente a luchar contra los pueblos del mar (pobladores indoeuropeos procedentes del Mar Egeo, especialmente libios), que ya habían hecho varias incursiones a las ricas ciudades de la costa mediterránea egipcia. Tras su muerte y durante todo la época de la XX dinastía, las luchas internas y la inestabilidad política fueron una rémora para el imperio, que vio cómo muchos extranjeros, sobre todo jefes militares libios, usurpaban el poder y se convertían en sacerdotes religiosos, lo cual era casi como detentar el poder político.

La decadencia imperial bajo los saítas (1085-525 a.C.)

Hacia el año 1090 a.C., se produjo una escisión en el imperio: el legítimo soberano, Esmerdes, estableció un gobierno en Tanis, mientras que el sumo sacerdote de Amón, Heribor, quedó en Tebas como gobernante del imperio. Este acontecimiento marcó la decadencia del imperio, además de mostrar los gravísimos problemas existentes entre las dinastías dirigente y el cada vez más creciente poder de la clase sacerdotal. Paralelamente a estos sucesos, las sagas de militares libios continuaban creciendo tanto como su influencia en la política, especialmente exterior, gracias a su reputada fama militar. Uno de ellos, Chechong, inauguró la XII dinastía haciéndose con el poder tras una brillante campaña en Palestina que acabó con el saqueo de Jerusalén (950 a.C.). Desde este momento, Egipto se dividió en pequeños principados independientes que no pudieron evitar que la cada vez mayor presión fronteriza del imperio asirio acabase por absorber, bien fuese como tributarios o bien fuese totalmente, a muchos de ellos.

Véase Imperio Asirio.

En el año 663 a.C. los príncipes de Sais, cuyo primer representante fue Nekao I (ca. 672-664 a.C.), volvieron a retomar el control del imperio, por lo que a los miembros de la XXVI dinastía se les conoce también como príncipes saítas. Pese a ello, la desconfianza ante los nuevos gobernantes fue cada vez más acusada: no en vano, su principal arma, el ejército, estaba formado por mercenarios procedentes de Grecia, con lo que la inmigración de estos aumentó considerablemente. Un faraón saíta, Psamético I, acabó con la dominación asiria del sur y expulsó a todos los sacerdotes y militares libios de Egipto; sin embargo, como quiera que los extranjeros fueron sustituidos por otros, los problemas de convivencia internos continuaron, sobre todo en la frontera oeste, donde el cada vez más asentado reino independiente de Judá amenazaba con despegarse de la decadencia egipcia. No obstante, Nekao II (610-595 a.C.) logró recuperar gran parte del territorio sirio y palestino, pese a lo cual no pudo evitar la pérdida de casi la totalidad de Palestina al ser derrotado por Nabucodonosor II, soberano caldeo, en la batalla de Karkemish, convirtiendo a las gentes del Tigris en las dueñas de Siria y Palestina. Por si fuese poco, el más hegemónico poder oriental de la época, el Imperio Persa, ya había participado en varias sublevaciones de palestinos y controlaba, de facto, todas las tierras al Este del río Jordán. Los últimos faraones egipcios, Psamético II (594-568 a.C.) y Ahmés II (568-526 a.C.) intentaron en vano recuperar el prestigio perdido. Finalmente, en el año 525, el soberano persa Cambises II derrocó y asesinó a Psamético III (568-525 a.C.), incorporando Egipto como una satrapía más de su imperio y acabando con el imperio egipcio clásico.

Véase Imperio Sumerio.
Imperio Persa.

Rasgos de la civilización faraónica

A pesar del alto grado artístico y cultural que alcanzaron otras civilizaciones contemporáneas, como la asiria, persa o babilónica, no cabe duda de que el legado del Imperio egipcio influyó sobremanera en todas y cada una de las culturas del mediterráneo oriental, en sus tiempos de apogeo, y que formó parte del sustento donde habrían de asentarse las brillantes civilizaciones fenicia o helénica posteriores. La particularidad de sus ritos y creencias religiosas, la escritura cifrada, demótica y jeroglífica, sus brillantes templos, pirámides y monumentos de todo tipo, así como una fenomenal disposición para lo que hoy día se llamarían obras públicas mostraron la capacidad de un pueblo para dominar los elementos y expandirse por encima de ellos, formando la más brillante civilización de la Antigüedad.

Religión egipcia

Basada en creencias ultraterrenas, la religión egipcia consideraba a los dioses como antepasados de los faraones; la gran mayoría de ellos tenía, en la época pre-imperial, formas animales, aunque a partir de la III dinastía se han conservado las representaciones clásicas antropomorfas: con cabeza de animal y cuerpo humano (Horus con cabeza de halcón, Sebek con cabeza de cocodrilo, Anubis como un chacal…). Aun así, muchos de ellos continuaron siendo animales (el buey Apis, el gato Amón…) y las creencias populares les hacían susceptibles de convertirse en los citados mamíferos en el momento en que los dioses quisieran, por lo que el respeto por la fauna del pueblo egipcio fue ejemplar. Las principales fuentes para el estudio de la religión egipcia son, como ocurre en casi todo, los textos grabados en las pirámides y mastabas, así como las noticias que recogieron algunos cronistas, como Heródoto (quien visitó Egipto en el siglo V a.C.), pero que están tomadas mucho tiempo más tarde del verdadero esplendor de dichas creencias y ritos.

Poco tiempo más tarde, con la unificación del Alto y del Bajo Egipto, la mitología egipcia comenzó a tomar el cuerpo legendario de todos conocido. Se introdujeron nuevos cultos que los egiptólogos denominan como “dioses cósmicos”: Ra, la divinidad solar, Nut, representante de los cielos, o Geb, la tierra. Los cultos fueron dirigidos, en esta época, por los sacerdotes de Heliópolis, la ciudad más importante en lo espiritual del imperio antiguo. La leyenda fue construida de tal manera que Ra, hastiado de la vida humana, se retiró al cielo, que cruzaba diariamente con su barca de oro desde Oriente a Occidente, mientras que el dios que gobernaba la tierra era Osiris, hijo de Geb, que contaba con el consejo y anuencia de Isis, su hermana y esposa. Osiris fue quien enseñó a los hombres las leyes, el comercio, el cultivo de la tierra y el resto de las cuestiones inherentes a la vida humana. Sin embargo, su hermano Set, celoso de las omnímodas creaciones de Osiris, lo asesinó y lo descuartizó, enterrando cada parte de su cuerpo en un lugar distinto del valle del Nilo. Su esposa Isis, ayudada por los dioses Thot y Anubis, fue lentamente localizando cada parte del cuerpo de su difunto esposo para embalsamarlo y convertirlo en la primera momia, de donde deriva el embalsamamiento de los cadáveres. Al hacer esto, Isis devolvió la vida a Osiris y lloró, sus lágrimas pasaron a simbolizar las crecidas del río Nilo, tan vitales en el devenir del imperio. Desde entonces, Osiris fue el gobernador del reino de los muertos; pero su hijo Horus, no contento con ello, persiguió la venganza contra su tío Set, al que logró capturar y encadenarlo para enviarlo al juicio de su madre, Isis, quien perdonó a Set. Desde entonces, el ciclo se repetía constantemente, de forma que la tríada de dioses egipcia, Isis, Osiris y Horus, se identificó con el paso del tiempo y el devenir de los días.

Realmente, casi todos los dioses tenían su explicación en mitos relacionados con el sol. Además de Ra, el sol en plenitud, o Hathor, el sol en su máxima belleza, la tríada divina representa el paso de los días en relación con la llegada o puesta del sol: Osiris era el dios del atardecer, que se ocultaba vencido por el mundo de las tinieblas (representado por su hermano Set); mientras tanto, Osiris era la luna, la esposa fiel en busca de su marido fallecido, así como Horus representaba el nacimiento de un nuevo sol, la venganza de Osiris fallecido y quien vencía a las tinieblas. Todo ello era interpretado por los sacerdotes imperiales como una maniquea lucha del bien contra el mal, del sol contra la noche, de la luz contra la oscuridad… el sol, símbolo de la riqueza de Egipto, era la máxima divinidad en todas sus formas posibles.

Véase Mitología Egipcia.

Las creencias ultraterrenales

Con la presencia protagonista de varios de los dioses anteriores, sobre todo en Osiris, Thot y Anubis, la creencia de los egipcios en una vida más allá de la muerte sobresalió por su agudeza, por la fe que despertó entre sus pobladores y por la dedicación plena de todo un elenco de sacerdotes, vestales y sacerdotisas a la preparación, tanto del cuerpo como del alma, de sus parroquianos para el juicio de la vida eterna. Además del mito de la momia de Osiris, la razón principal para el embalsamamiento de los cadáveres quedaba sugerida por la creencia en que una de las partes de la persona (`ba o ka), podría sobrevivir a la muerte corporal siempre y cuando el cuerpo se conservase correctamente y no se corrompiese con el paso del tiempo. Al contrario que la dualidad alma-carne del cristianismo, por ejemplo, la dualidad en la que creían los egipcios era más parecida a un “doble” del cuerpo que a una parte espiritual y otra tangible. Esa era la razón por la cual en los ajuares funerarios se encontraban tanto pequeñas estatuillas de dioses como las riquezas y bienes del difunto (y entre los bienes, en el caso de faraones y clases privilegiadas, se hallaban los esclavos a su servicio), además de todo tipo de objetos de uso cotidiano (escudillas, vasijas, armas, libros…); ni que decir tiene que los ajuares funerarios, especialmente los de faraones, grandes sacerdotes y miembros de la clase dirigente, despertaron la curiosidad interesada de los ladrones de tumbas, de tal manera que no hubo prácticamente ninguna pirámide o mastaba que, pese a los mecanismos de sellamiento de las cámaras funerarias, haya conservado intactos todos sus objetos. De manera paralela a la extensión de las momificaciones, el círculo religioso se fue completando con el hecho de que la vida del “doble” en el más allá, que los egipcios identificaban, no con un mundo celestial y superior, sino con una especie de vida subterránea, debía ser juzgada por el soberano del reino de los muertos, Osiris, asistido por una divinidad que ejercía de abogado, Toth. En este caso, los buenos actos y los malos actos en la vida pasada se pesaban en una balanza de oro, teniendo en cuenta que los malos sólo tenían como contrapeso una pluma. En caso de que el juicio fuese favorable, el “doble” del difunto pasaba a disfrutar de una vida nueva en el reino de Osiris, mientras que los condenados por sus malas acciones eran deportados al pozo de la oscuridad. Debido a ello, el objeto más preciado por su valor espiritual en el ajuar funerario era el famoso Libro de los Muertos, donde el “doble” podía encontrar defensa en el citado juicio apelando a las oraciones allí contenidas.

Véase Libro de los Muertos.

Estas creencias fueron la razón vital para dos de las aportaciones egipcias más sugerentes y conocidas: la construcción de grandes sepulcros funerarios y el peculiar arte de la momificación. Con respecto a los primeros, y como quiera que su función primigenia estaba destinada a la conservación intacta del cadáver, se construían en lugares apartados de las húmedas crecidas del Nilo, en lugares donde la sequedad imperante ayudase a mantener el estado ideal de conservación. Por el lado de la momificación, el cuerpo era vaciado con la ayuda de precisos y adelantados utensilios médicos para procederse después a su desecación; posteriormente, con la ayuda de varios aceites y ungüentos aromáticos, se le barnizaba de una mezcla de todos ellos entre cada capa de finos vendajes, hechos de lino, papiro o cualquier planta suave. Una vez finalizado el amortajamiento, el cuerpo era metido dentro de un sepulcro antropomorfo en cuya tapadera estaba representada con exactitud la efigie del difunto. La mayoría de la población egipcia se pasaba toda la vida trabajando para poder pagar los elevados costes de la momificación y el sepulcro, al igual que las clases dirigentes, cuyas pirámides, mastabas e hipogeos eran construidos desde el mismo momento de, en el caso de los faraones, por ejemplo, su acceso al trono. La esencia de la religión egipcia era la preparación para la vida en el reino de los muertos, de tal manera que los fallecidos también gozaban de cierto halo de divinidad, por lo que se les temía, en el sentido religioso del concepto, y se respetaba su memoria.

Arte y construcciones

Como ya se ha citado anteriormente, la influencia de la religión egipcia en las construcciones funerarias dio al arte egipcio toda una carga de connotaciones cuya máxima expresión fueron las monumentales pirámides, en lo que Arnold Hauser denomina como “arquitectura con fines propagandísticos”. Las construcciones principales fueron las citadas pirámides, los templos y los palacios, para lo cual fueron necesarios, además del trabajo de miles y miles de esclavos, un perfecto y avanzadísimo conocimiento de las más profundas técnicas constructivas. Toda la arquitectura egipcia es adintelada, presentando una ausencia total de cúpulas y bóvedas, pese a lo cual resalta el uso de la columna, decorada con capiteles diferentes, así como unos motivos decorativos que iban desde las figuras de animales hasta la decoración alfabética o jeroglífica. Entre los monumentos funerarios, cabe distinguir pirámides, mastabas e hipogeos, cada uno de ellos más en auge según los diferentes gustos de las dinastías reinantes. La colocación de los inmensos sillares de piedra, con pastas hechas a base de silicatos, ha permitido que varios de esos edificios permanezcan, para la admiración de las generaciones posteriores, actualmente aún en pie, como el magnífico legado de una civilización brillante.

Véase Arte egipcio.

Además de las construcciones funerarias, la arquitectura civil de la civilización egipcia también resultó una muestra excelente del alto grado cultural alcanzado por los habitantes del imperio. Los complejos mecanismos utilizados para proteger las cámaras funerarias fueron también utilizados en la vida cotidiana para engendrar mecanismos, especialmente los aplicados a la ingeniería agrícola, la estrella de los trabajos técnicos de Egipto. El hecho de que las inundaciones del Nilo fueran aprovechadas para lograr una fértil agricultura era debido también al conocimiento de ciencias que alcanzaron un gran desarrollo: la astronomía, las matemáticas, la ingeniería, la construcción de canales, puertos… Otro legado que fue especialmente importante lo constituyeron las artes decorativas menores, con ejemplos en los ajuares de sillas y tronos construidos en madera, oro o marfil, así como el trabajo de la cerámica, vidrio y, naturalmente, la joyería, con inspiraciones en la naturaleza, y con el oro, nácar, lapislázuli y gemas como principales ingredientes.

El legado cultural

Otra de las grandes aportaciones de la civilización egipcia fue el gran número de alfabetos, escrituras y obras literarias que, debido a la expansión de su cultura, han llegado para su estudio hasta nuestros días. La expedición de Napoleón Bonaparte, militar pero con un gran número de operaciones culturales también logradas, a principios del siglo XIX, proporcionó uno de los hallazgos más importante de la humanidad: la piedra de Rosetta, que data de los tiempos de Ptolomeo Epífanes y que contiene un mismo texto en escritura demótica, jeroglífica y griega. Gracias a ello, varios de los misterios ancestrales del mundo egipcio han podido ser descifrados, si bien el número de tesoros de su cultura es aún tan grande que la egiptología no ha encontrado, ni mucho menos, su límite.

Véase Escritura Egipcia.

Toda la literatura egipcia se aleja por completo del concepto actual de literatura, aunque en su descargo cabe destacar que la interpretación de varias de las más importantes obras de la época imperial deben ser revisadas en estudios recientes, con más perspectivas y medios de los que podían usar los eruditos decimonónicos, los primeros fascinados por las perspectivas del estudio literario egipcio. Como no podía ser de otra forma, la religión influyó casi por completo en la redacción de textos, con las diferentes versiones del Libro de los Muertos a la cabeza, aunque también se han encontrado tratados científicos y técnicos de gran importancia para averiguar el modo, materiales y medios con los que contaron para la construcción de sus monumentos. Por último, es preciso señalar que la decoración escrita de muchos templos y tumbas, especialmente las pirámides de Gizeh, hace que sean auténticos “libros en piedra”, donde la población podía leer desde las campañas militares de sus faraones hasta la correcta manera de desempeñar sus labores agrícolas y artesanas.

Organización social

La estructura social del imperio egipcio bien podía ser la transposición de su monumento más representativo, la pirámide, a escala cotidiana. Se trataba de una monarquía autoritaria, jerárquica y divinizada, cuya cohesión interna se logró gracias al poder omnímodo de su máxima autoridad. En la cumbre de la hipotética pirámide social se encontraba el emperador, que procedía de un linaje o casta perpetuado con mecanismo endógenos, como los matrimonios entre hermanos, totalmente habituales en el imperio. Al poder político unía el religioso, pues tenía la consideración de dios viviente como hijo de Ra, al que se le debía obediencia también en el plano espiritual. La gran mayoría de los faraones tuvieron como único objetivo la estabilización del territorio que gobernaban y el intento de que su posteridad fuese recordada por su grandeza, expresando estos deseos a través de las monumentales construcciones de templos y tumbas. En el segundo escalón social se encontraban una especie de divisiones creadas por la funcionalidad del sistema, pero dentro de las cuales los sacerdotes tenían la mayor parte de privilegios, como la exención de impuestos y la libre disposición de los tesoros que hubiera en el templo donde prestaban servicio. El otro grupo, los guerreros, pertenecían a ciertas familias específicas, y se dedicaban al arte de la guerra prácticamente desde que podían mantenerse en pie y hasta el fin de sus días. Con todo, el poder de los militares no alcanzó jamás el de los sacerdotes, quienes en muchos momentos de la historia imperial detentaron de facto el poder político. Los cargos espirituales eran transmitidos por herencia, con lo que existieron grandes familias de sacerdotes, en los que también recaía la guarda de la cultura y que, por el respeto de su labor y el inmenso miedo que todo lo relacionado con el mundo religioso inspiró a los egipcios, eran casi figuras enigmáticas para la población. Entre faraones y sacerdotes se planteaban todo tipo de asuntos políticos, quedando el ejército y los guerreros como brazo ejecutor de los designios monárquico-divinos.

Por debajo de estos niveles privilegiados se hallaba la gran masa popular, entre los que había que distinguir cierta elite (pero con las mismas obligaciones que los demás) formada por los escribas, amanuenses, funcionarios imperiales y los mercaderes o comerciantes dedicados a la actividad económica, especialmente los que trabajaban con especias en itinerarios de largo recorrido o los dedicados al comercio de esclavos. La mayor parte de la población egipcia vivió íntegramente dedicada a las labores agrícolas, dada la fertilidad del valle del Nilo para tales menesteres. En el último escalafón de la pirámide se hallaban los esclavos, generalmente procedentes de las guerras, que no contaban con ningún derecho pero sin los cuales el funcionamiento del imperio hubiese sido imposible, y no sólo porque fueron ellos los que labraron las impresionantes pirámides, sino porque la ausencia de costes laborables propició, en el resto de los grupos sociales, la posición que ocupaban. Para finalizar, únicamente reseñar que, pese a la inexistencia de un sistema de castas (salvo los matrimonios entre hermanos de las familias imperiales) o de una legislación que lo impidiera, la sociedad egipcia se mostró siempre desfavorable a la mezcla de sus gentes con elementos extranjeros, especialmente judíos, libios y griegos, sobre todo en las capas de sacerdotes y militares. Los extranjeros eran mirados con recelo y siempre residían en barrios o ciudades exclusivas para ellos, incluso llegaron a contar con sus propias instituciones, leyes y mecanismos sociales.

Egipto entre Persia y Alejandro Magno (525-31 a.C.)

El dominio persa de Egipto, que comenzó en el año 525, tiene la particularidad de que sus gobernantes también están incluidos en las tablas de faraones imperiales, a pesar de la existencia de dinastías paralelas autóctonas a las que los persas permitieron llevar el título de manera honorífica. Así, todos los emperadores desde Cambises II hasta Darío II (423-404 a.C.) forman la XXVII dinastía, quedando la última, la XXXI, para los últimos dominadores: Artajerjes III (358-336 a.C.) y Darío III (335-330 a.C.). Las nuevas costumbres aqueménidas no fueron del agrado de los habitantes del Nilo, pues las gravosas cargas fiscales que recaían en una de las satrapías más ricas del imperio aumentaron constantemente, especialmente para sufragar los gastos que acarreaba la política bélica de Persépolis y cuyo primer objetivo fue limitar las copiosas rentas que gozaban los templos del Nilo, con lo que el enfrentamiento entre la dureza fiscal y militar persa y la tradicional sensibilidad religiosa egipcia fue un constante argumento en esta época. A este respecto, la gran mayoría de las fuentes griegas no dejó de utilizar adjetivos horrorosos para calificar el gobierno persa de Egipto: “reinado del terror y la impiedad: los templos de los dioses de Egipto fueron incendiados y saqueados, las divinidades escarnecidas y profanadas”. (Bengtson, op. cit., p. 305). Fue por ello que varios de los faraones “honoríficos” (XXVIII a XX dinastía) comenzaron a conspirar contra los persas, acusándoles de no respetar las creencias autóctonas (algo, si no falso, verdaderamente inusual en esta época sasánida, salvo la identificación de lo económico con lo religioso). Entre los años 350 y 342 a.C., y aprovechándose de la rebelión del mago Gaumata en Persia, los faraones autóctonos se hicieron de nuevo con el poder, aunque sólo llegaron a controlar algunas zonas del país, especialmente Neferites y Nectanebos I; el sucesor de este último, Nectanebos II, fue derrotado por Artajerjes III en el año 341 a.C., acabando con la resistencia de los egipcios al dominio persa.

Poco después se inició la pugna entre los gobernantes orientales de Egipto y el gran poder macedonio, representado por Alejandro Magno. Desde su subida al trono heleno (334 a.C.), las ricas tierras del Nilo fueron el primer objetivo de su expansión territorial, agravado el hecho además porque estaban en poder de sus enemigos habituales en Asia menor. Así pues, en el primer año de su reinado se apresuró a cruzar el Helesponto y a derrotar a Darío III en la batalla de Isos (333 a.C.), pese a lo cual el rico Egipto fue el objetivo de uno de sus generales, Amintas, que se había pasado al lado persa para poder controlar el valle del Nilo. Como quiera que ninguno de sus dos enemigos, Darío y Amintas, se movió con precisión sino que prefirieron aniquilarse mutuamente, Alejandro se personó en Pelusio y desde allí conquistó Menfis, para lo cual contó con la ayuda de varios grupos paramilitares autóctonos que se pusieron a su servicio, muchos de ellos formados por las tropas y los restos del ejército de los antiguos faraones. De hecho, la conquista de Egipto por Alejandro Magno en el 332 a.C. fue aclamada por el pueblo, que odiaba mucho más a los persas que al portador de una cultura cuyas raíces se encontraban mucho más próximas a ellos que los sasánidas. El monarca se proclamó rey de todas las tierras egipcias, y fueron los propios sacerdotes egipcios los que le otorgaron la corona del Egipto unificado. Como colofón, fundó la ciudad que había de ser reflejo de la prosperidad egipcia y foco de irradiación de la cultura helénica por todo el Mediterráneo: Alejandría, la nueva capital, entre el lago Mareotis y el Mediterráneo.

Véase Grecia Antigua.

La reorganización de Alejandro Magno

Los oscuros mecanismos de la satrapía persa fueron, en el caso de Egipto, sustituidos por la ágil y rápida tradición helénica de administración. Después de proseguir con las victoriosas campañas militares por el valle del Nilo hasta llegar a las cataratas de Nubia, Alejandro Magno nombró a dos nativos, Dolaspis y Petisis, como delegados para el Alto y Bajo Egipto en materia de administración local de matiz civil; en materia militar, dos generales macedonios quedaban investidos de la misma forma, aparte de crearse dos strategoi (gobiernos militares) en las principales fronteras de Egipto: Libia (al mando de Apolonio) y Arabia (al mando de Cleómenes). Alejandro dejó el valle del Nilo en el año 331 a.C. para dirigirse, por Oriente, hacia la península del Indostán, sometiendo Persia y Babilonia. Pese a que nunca más volvió a Egipto, sus reformas fueron ampliamente aceptadas por la población, y Alejandría se convirtió en el más claro exponente de la helenización del país de las pirámides, tanto en materia cultural como en económica o espiritual. Como en todos aquellos territorios sometidos por el emperador macedonio, la brillantez de sus logros culturales perduró en el tiempo mucho más allá de su propia existencia.

La hegemonía tolemaida (323 a.C.- 31 a.C.)

Tras la muerte del emperador macedonio en Babilonia (323 a.C.), las provincias de su imperio pasaron a ser repartidas entre los generales de su ejército. Egipto fue, como es lógico pensar, una de las más deseadas, por lo que se estableció una dura pugna entre Seleuco I, que ya se había hecho dueño de Siria, Palestina y Persia, y Ptolomeo Sóter (también llamado Ptolomeo Lago). La victoria correspondió a este último, que fundó la dinastía tolemaida o lágida que gobernó el país por espacio de tres siglos. Él mismo fue el representante más distinguido de su propio linaje, cuyo reinado se extendió desde el 323 al 283 a.C. Llevó a cabo una curiosa mezcla de las costumbres helénicas y egipcias, pues, por ejemplo, se dejó seducir por los matrimonios entre hermanos como medio de preservar la casta; a cambio, varió por completo la oscura administración de la satrapía persa para, continuando con la línea macedónica, trazar un organigrama al más puro estilo griego, con gobernadores provinciales en cada ciudad importante y el desarrollo de un comercio próspero aprovechando las condiciones naturales del puerto de Alejandría. Como colofón, el desarrollo de las letras y la cultura egipcia conoció la época de mayor esplendor, especialmente tras la fundación de la archifamosa biblioteca de Alejandría y una universidad donde las traducciones, clases y compilaciones culturales fueron la envidia del mundo incluso en época medieval. Su sucesor, Ptolomeo II Filadelfo (283-247 a.C.), continuó en la misma línea de su antecesor, con mucha mayor preocupación por el comercio para lo cual construyó una de las siete maravillas de la Antigüedad clásica: el faro de Alejandría.

El último gran monarca egipcio importante fue Ptolomeo IV (247-222 a.C.), el vencedor de Antíoco el Grande; desde este momento, la preocupación por la cultura de los monarcas fue tan superior a los asuntos políticos y económicos que se llegaron incluso a granjear la enemistad de su propio pueblo. El primero en sufrir una sublevación de parte del ejército autóctono fue Ptolomeo V Epífanes (205-181 a.C.), que tuvo que sufragar de su propio tesoro los gastos para que un ejército mercenario sofocase la rebelión. Por ello, cuando tras la muerte de Ptolomeo XIII (80-52 a.C.) quedó al frente del trono su hija Cleopatra VII, las tropas romanas ya habían heredado el antiguo objetivo de Alejandro Magno: hacerse con el control del fértil valle del Nilo.

Egipto bajo la dominación romana (31 a.C.- 395 d.C.)

Egipto ya había sido escenario de las luchas civiles romanas, especialmente la sostenida por los miembros del Primer Triunvirato (Julio César, Pompeyo y Craso). Uno de ellos, Pompeyo, huyó hacia las tierras del Nilo, donde fue perseguido implacablemente por su enemigo irreconciliable, César. Cleopatra, que había sido obligada a tomar por esposo a su hermano, Ptolomeo XIV, menor de edad, vio en el brillante general romano la clave para mantener su trono de faraona y, a la vez, intentar evitar o, cuanto menos, retrasar la más que probable absorción de su reino por Roma. Julio César quedó prendado de los encantos de Cleopatra y mantuvieron una alianza tácita que hubiera acabado con la llegada al trono del hijo de ambos, nacido de sus relaciones ilegítimas: Cesarión. Sin embargo, la muerte de César en los idus de marzo del año 44 a.C. provocó otro revuelo en Egipto: la faraona envenenó a su hermano y marido, mientras que los leales a la debilitada corona egipcia secuestraron y asesinaron a Cesarión. De nuevo la inestabilidad de la república romana hizo depositarios de todo el poder a los miembros del Segundo Triunvirato: Marco Antonio, Octavio y Lépido, el primero de ellos quedó encargado de las cuestiones referentes a Oriente debido a la brillantez militar demostrada en la guerra contra los partos. Con ocasión de un viaje a Alejandría, Marco Antonio fue seducido como lo había sido Julio César y, bajo la promesa de nombrarlo rey, Cleopatra convenció a éste para que iniciase la segregación de Roma, que controlaba Egipto nominalmente como una provincia más. Fallecido Lépido, la lucha entre los dos restantes triunviros, bajo la bandera de la rebelión, iba a tener consecuencias irreparables en el destino de Roma, pero también en el de Egipto. Así, las tropas insurrectas de Marco Antonio fueron derrotadas en la batalla de Accio (31 a.C.), tras lo cual Octavio volvió a incluir Egipto entre las provincias romanas y restableció el orden. Cleopatra intentó, de nuevo pero vanamente, atraerse la simpatía del flamante vencedor, pero éste se aprestaba a formalizar su sueño imperial; de esta forma, mientras Octavio Augusto viajaba hacia Roma para hacerse coronar emperador y acabar con una República en ruinas, Cleopatra, con Alejandría a punto de rebelarse y cercada por su propio ejército, acercó un áspid a su pecho y acabó con sus sueños de gloria.

El protagonismo de Alejandría

Una vez dentro del Imperio, Egipto se convirtió en el granero de Roma. La fertilidad de sus campos y sus cosechas de trigo, que viajaban en barco por todo el Nilo para ser exportadas desde el puerto de Alejandría, fueron el fundamento básico para la larga época de pax romana inaugurada tras la proclamación imperial de Octavio Augusto. También el Nilo vivió una época de paz, puesto que nada cambió en cuanto a administración (los romanos también la heredaron de la influencia helénica), salvo que la figura del emperador estaba representada por el Praefectus de Oriente, cuya sede era Alejandría y al que los egipcios trataban como si fuese el faraón, venerándolo como a un dios. Pese a ello, la diferencia entre la ciudad alejandrina y el resto del territorio era bastante apreciable, especialmente en el trato que recibían los romanos, cuya única voluntad en materia de administración fue su innata capacidad para gravar a la población con nuevos tipos de impuestos de capitación personal. También hay que destacar que, durante toda la época de dominación romana, Alejandría luchó políticamente para obtener el status de ciudad autogobernada, lo que equivaldría casi a ser un poder autónomo vinculado a Roma por lazos de fidelidad; sin embargo, el recuerdo de Julio César y, especialmente, de Marco Antonio, estaba demasiado cerca como para que los emperadores accedieran a las peticiones del consejo municipal de la ciudad, vital por sus envíos de trigo para el devenir de todo el imperio.

Los momentos de tensión bajo la dominación romana fueron provocados casi exclusivamente por dos problemas: la escasez de cosechas y el enfrentamiento de la población autóctona con la minoría judía, formada por intelectuales helenizados que servían con gran apoyo y esmero al imperio. Así pues, uno de estos enfrentamientos motivado por la carestía sorprendió en Alejandría a Germánico, hijo adoptivo de Tiberio, en el año 19 de nuestra era, de lo cual mandó cumplidas noticias a la ciudad del Tíber. Los disturbios, todos ellos en Alejandría, volvieron a recrudecerse en el año 37, bajo el gobierno de Calígula; el componente antijudaico de las revueltas, continuas durante la época de dicho emperador, hizo que los problemas fuesen en constante aumento, sobre todo en el año 38 cuando una embajada del rey judío, Herodes Agripa I, nieto de Herodes I, provocó la violenta protesta de la población egipcia, ofendida por el trato de las autoridades romanas. El sucesor de Calígula, Claudio (41-54), decidido a acabar de una vez por todas con las revueltas, emitió su famosa epístola a los alejandrinos que significó, de facto, la segunda expulsión de los judíos de Egipto (41). Pese a ello, un gran número de hebreos continuó en el territorio, provocando más levantamientos como el del año 68 (aprovechando la confusión entre la muerte de Nerón y la proclamación de Galba) o los acontecidos en el año 73, con ocasión de una inmigración masiva de celotes judíos que huían de la guerra contra Roma en Palestina, lugar del que también fueron expulsados por los romanos.

El declinar del Imperio y el cristianismo en Egipto

Durante la época del Bajo Imperio el problema hebreo fue resuelto y cabe señalar los viajes que varios emperadores romanos realizaron hacia las tierras del valle del Nilo. El primero de ellos fue Adriano, en el 130, estancia que aprovechó para fundar la única ciudad exclusivamente romana de Egipto: Antinoópolis, en honor de su favorito Antinoo, ahogado en el Nilo. Otros visitantes fueron Septimio Severo (199-201) y Caracalla (215), si bien este último no lo hizo en son de paz sino con una violenta represión debido al apoyo alejandrino a su hermano rebelde Geta, asesinado por sus agentes en el 215; Caracalla expulsó, asimismo, a todos los extranjeros de Egipto por su relación con el citado incidente, cargando en ellos una culpa que, en realidad, tenían sólo los alejandrinos, incansables luchadores de su propia identidad y plenamente conscientes del caos que se provocaría en el imperio si tuviesen la posibilidad de paralizar el envío de trigo.

Posteriormente, el gran acontecimiento de la época en Oriente, la extensión del cristianismo, vivió en Egipto uno de sus episodios más destacados, especialmente por la talla intelectual de Orígenes (ca. 185-ca. 251), hijo de un obispo de Alejandría fallecido en las persecuciones de Caracalla. Éstas fueron especialmente virulentas durante los mandatos de Decio, que obligó a Orígenes a establecerse en Cesarea (Palestina), Valeriano, Galieno (durísima en el año 260) y Diocleciano. Pese a ello, la iglesia cristiana ya contaba, al menos en Alejandría, con la extensión e importancia suficiente para que la expansión del cristianismo fuese veloz: en tiempos del patriarca Clemente (ca. 202-203), ya contaba con un obispado del que dependían unas cincuenta parroquias y una escuela catequética propia, muy orientalizante e influida por el pensamiento aristotélico, pero de la cual daría cumplida labor el citado Orígenes. Además, las persecuciones hicieron que la mayoría de los miembros de las comunidades cristianas se apartasen a la ciudad de Tebas, en la región de la Tebaida; allí, muchos de ellos se convirtieron en anacoretas, como Pablo de Tebas, San Antonio o San Simeón el Estilita.

Paralelamente, la crisis del imperio latía lentamente por todo el territorio egipcio. La rebelión de dos soldados, Macriano y Quieto, hacia el año 261, fue el detonante que aprovecharon los dirigentes del brillante y poderoso nuevo reino de Palmira para, hacia el 269, invadir Egipto y ocupar Alejandría. La intervención de Aureliano (270-275) libró a la helenística ciudad de la amenaza, pero los problemas económicos arreciaban: la constante subida de impuestos provocó una brutal subida de los precios, por lo que muchos egipcios, atraídos por el anacoretismo, abandonaban los campos no pudiendo pagar con su trabajo los altos costes imperiales. A pesar de las medidas del emperador Probo (276-282), muchos de los antaño fértiles campos del Nilo estaban abandonados por falta de mano de obra, a lo cual ayudaron también los brotes de peste durante el siglo III. Dichos problemas, generales en todo el imperio, fueron la causa de la escasez de trigo y, por el camino inverso, del aumento de las comunidades cristianas, si bien nunca puede esto ser observado en términos causa-efecto, sino como fenómenos paralelos en el tiempo.

Véase Anona.
Peste.

Para finalizar, y siguiendo con el tema religioso, tras el edicto de tolerancia emitido por el emperador Constantino (313), los cristianos pasaron a residir otra vez en todo Egipto, mientras que la gran mayoría de los anacoretas abandonaron el desierto para formar parte de los primeros cenobios monacales del cristianismo, fundados en la obediencia de una regla redactada por San Pacomio hacia el 323. De la crisis del siglo III se pasó a la profunda reorganización del siglo IV; sin embargo, y aunque a todos los niveles se puede decir lo mismo, en el caso de Egipto la sustitución de Roma por Constantinopla fue más que una sentencia poética.

Véase Imperio Romano.

El control bizantino (395-642)

En el año 395 el emperador Teodosio dividió el Imperio romano en oriental y occidental, haciendo recaer el gobierno de cada uno de ellos en sus hijos Arcadio y Honorio, respectivamente. Dicha división, como opina Maier: “no pudo deberse a un simple capricho administrativo. El oriente griego y el occidente latino se diferenciaban con toda claridad desde hacía mucho tiempo”. (Maier, Bizancio, p. 5). Precisamente era Egipto uno de los lugares en los que la particular idiosincrasia helenizante, mezclada con sus propias tradiciones seculares, hicieron que la nueva capital imperial, Constantinopla, quedase al cargo administrativamente de la provincia del Nilo. Para finales del siglo IV, Egipto era una de las provincias más densamente pobladas y más ricas como lo había sido durante toda su existencia. La reforma administrativa que databa de la época de Constantino (324-337) se afianzó para dotar al mundo egipcio de cohesión interna: seis departamentos constituían la provincia, denominados Egipto (circunscrito casi a Alejandría), Tebaida, Augustanmica, Heptanomis (también llamado Arcadia), Alto Egipto y Bajo Egipto. Por ello, el control bizantino y la continuación del comercio con el Mediterráneo, al igual que en tiempos de los macedonios, parecían augurar una sólida y estable época; los problemas vinieron a raíz de las múltiples querellas religiosas en las que tomó parte la escuela teológica de Alejandría, principalmente. Antes de ello, la mayoría de la población cristiana había sufrido una implacable persecución a manos del emperador Julianoel Apóstata, durante su breve pero sangriento reinado (361-363). Posteriormente, ya durante el siglo V, las pugnas de los concilios ecuménicos contribuyeron a aumentar la inestabilidad de Egipto, con lo que muchos de sus damnificados habitantes cristianos volvieron de nuevo a la Tebaida, al desierto, a los cenobios regidos por la regla de San Pacomio. A partir del año 451, con la resolución en contra de la iglesia nacional egipcia por cismática, los coptos pasaron a proclamar la independencia de Alejandría y de las provincias con respecto al imperio bizantino; prácticamente hasta final del siglo VI, la pugna entre dos facciones coptas (melkíes y jacobitas), así como los graves problemas de Constantinopla en la frontera de los Balcanes y contra el imperio persa, provocó una situación de caos que, paradójicamente, significó un retorno a tiempos pasados: el soberano persa Cosroes II, después de cercar Constantinopla en el año 608, conquistó Alejandría en el año 616, segregándola definitivamente de Bizancio. El otro poder insurgente de la época, el Islam, no tuvo más que aprovecharse de la situación y acceder al puente de plata que los coptos, temerosos de una nueva represión y contando con el respeto islámico a las religiones conquistadas, tendieron constantemente durante la primera mitad del siglo VII. El Islam haría una entrada triunfal en el país del Nilo.

Véase Imperio Bizantino.

La desintegración helenística: el cisma copto

Tras la fundación de Constantinopla y la supremacía tanto intelectual como espiritual de dicha ciudad, la estrella de Alejandría comenzó a declinar como guía del mundo helénico y, naturalmente, egipcio. Uno de los factores que más peso tuvo en la desintegración de la unidad cultural egipcio-helénica fue el hecho de que comenzasen a tomar cuerpo, ayudados por el tradicional respeto de los habitantes del Nilo a las diferentes creencias religiosas, una serie de cultos calificados como heterodoxos por la jerarquía eclesiástica constantinopolitana. Además del clásico culto a la tríada egipcia (Isis, Osiris y Horus), nuevas ideologías cristianas (arrianismo, gnosticismo cristiano…) e, incluso, restos del paganismo romano, convivieron durante la dominación bizantina en el país africano; sin embargo, la más dura de todas ellas fue el conflicto monofisita, provocado por la resolución final del Concilio de Constantinopla (381), acerca de la igualdad de esencia entre el Padre y el Hijo. Dicho concilio fue convocado con el fin de solucionar el problema del arrianismo, pero la diferente evolución de las ortodoxias de Oriente y Occidente, así como el claro enfrentamiento entre la autoridad de las distintas sedes obispales bizantinas (Edesa, Constantinopla, Alejandría y Antioquía), acabó por hacer del monofisismo un enfrentamiento de carácter político. El enfrentamiento entre el patriarca de Constantinopla, Nestorio, y el patriarca de Alejandría, Cirilo, fue la última lucha de Egipto por no perder su preponderante papel en el universo espiritual del Mediterráneo.

Véase Cristianismo.
Gnosticismo.
Arrianismo.
Monofisismo.
Nestorianismo.

Aunque las propuestas alejandrinas salieron victoriosas del Concilio de Éfeso (431), la intervención de un nuevo teólogo, mucho más radical que Cirilo, como fue el archimandrita Eutiquio, hizo que la postura egipcia fuese condenada, a su vez, por el concilio de Constantinopla (448). En los años siguientes se sucedieron las disputas, los concilios y las condenas contra los partidarios de Eutiquio; esto dio lugar a la formación de la iglesia copta, una iglesia nacional egipcia que tiene su propio rito, su propio dialecto y su propia escritura. El patriarcado copto llegó mucho más lejos, puesto que suplantó la autoridad imperial basándose en la falsedad del concilio de Calcedonia (451); ello significa que, incluso hoy en día, el jefe de la iglesia copta es el gobernador de Egipto, conforme a sus postulados religiosos. El cristianismo monofisita, además, extendió su área de influencia hasta llegar a Etiopía, Armenia y Siria occidental, llegando su existencia hasta nuestro días. Ello fue posible porque, al igual que ocurriera con otro tipo de desviaciones heterodoxas, la mayoría de la población identificó las propuestas de su iglesia como una batalla contra la dominación imperial, dando con este giro el matiz tan característico de “iglesia nacional” al monofisismo copto como ya ocurriera con priscilianistas o donatistas. En este sentido, la población copta de Egipto contribuyó al fin de la helenización, puesto que la bandera autóctona fue reivindicada, una vez más, desde lo religioso para acotar todas las acciones cotidianas, sociales y económicas.

Véase Copto.

Egipto bajo el Islam (641-1517)

La expansión árabe bajo el gobierno de los Califas Perfectos destrozó todas las estructuras políticas orientales que habían sido conocidas hasta entonces. El califa Omar conquistó, durante su gobierno (634-644), la gran mayoría de los territorios que antaño habían sido persas o babilónicos, incluidas las ciudades de Damasco, Ctesifonte y Jerusalén. Una vez llegados al punto jerosolimitano, la península del Sinaí era el objetivo más próximo para continuar absorbiendo los dominios persas y bizantinos. La población copta de Egipto, escarmentada en exceso de los dos enemigos islámicos, favoreció con sus revueltas y con el envío de tropas auxiliares tanto la entrada de Omar en sus tierras (por Pelusio, la llave oriental de Egipto, al igual que hiciera Alejandro Magno) como su victoria en la batalla de Heliópolis (640), donde los destacamentos bizantinos fueron borrados del mapa. La ciudad que resistió más tiempo el asedio de los árabes fue Babilonia (situada a la cabeza del delta del Nilo y a la que no hay que confundir con la histórica ciudad de los ríos Tigris y Éufrates), gracias a sus magníficas murallas y a su privilegiado entorno natural para la defensa. Tanto fue así que, tras tomarla los árabes a principios del año 641, fue rebautizada como Fustat (debido a sus fosos de defensa, fussatun en egipcio antiguo) y desde allí pasó el Islam a gobernar Egipto; la antigua Fustat no es sino el casco urbano antiguo de la actual capital egipcia: El Cairo. Únicamente queda en el debe de la conquista islámica el incendio que causó daños irreparables en la magnífica biblioteca alejandrina.

Finalmente, y con todo el camino libre, el 6 de abril del año 641 el califa Omar entraba triunfalmente en Alejandría, donde fue recibido como legítimo soberano por el jefe administrativo copto de Alejandría, Ciro (llamado Muqauqis por los árabes) y, naturalmente, por los vítores de la población egipcia.

La dominación califal (641-868)

El proceso de islamización de Egipto fue, como en el resto de los territorios conquistados por los árabes, un fenómeno de larga duración temporal; en principio, los credos nacionales fueron respetados y los árabes no era sino una minoría gobernante establecida en varios núcleos urbanos con una especial importancia estratégica, como fue el caso de Fustat. A los pocos años del establecimiento islámico en Egipto, el emperador bizantino Manuel, gran revitalizador altomedieval del imperio de Oriente, hizo una tentativa en el año 645 para apoderarse de nuevo de Egipto, ayudado por la confusión reinante en los poderes islámicos tras el asesinato de Omar y la subida al trono del nuevo califa, Otmán (644-656). Nuevamente la unión de lo egipcios con los árabes, dirigidos por el gobernador provincial de Fustat, `Amr, acabó con esta intentona bizantina. Los deseos imperiales no finalizaron con este revés, puesto que, de nuevo, Otmán y `Amr tuvieron que hacer frente a una invasión militar dirigida por el propio emperador Constancio en el año 654. Pese a los éxitos militares, la nepotista política del califa Otmán y los sucesos internos del califato, que acabarían con la primera fitna, o guerra civil, entre los árabes, provocó el distanciamiento de la cabeza regente del Islam con su gobernador provincial de Egipto, que se convirtió de hecho en el dueño y señor de las tierras del Nilo. Hasta la llegada de los Omeyas al poder de Bagdad (661), Egipto se convirtió en la cabecera de la expansión islámica por África del Norte, mientras que internamente la benevolencia de la situación, pese al delicado momento de las luchas entre facciones aristocráticas árabes por el califato, favoreció un nuevo auge comercial egipcio, con Alejandría a la cabeza.

Véase Califato.

Las reformas omeyas en Egipto (661-750)

La llegada al poder de los Omeyas modificó gran parte de la estructura política de Egipto. Se ponía fin a la época de expansión para pasar a unos tiempos que, sin excluir las conquistas, se caracterizaron por una profunda reestructuración y por la creación de las instituciones que iban a regir el vasto imperio de la media luna. Con respecto a Egipto, las modificaciones más destacadas las llevó a cabo el califa Abd al-Malik (685-705); al frente de cada ciudad, no sólo en El Cairo, el califa puso a un gobernador, bajo la obediencia de un emir que actuaba como representante territorial del califa. Cabe destacar que, en la época de Abd al-Malik, Egipto contaba también con todo el norte del África conquistado, lo que posteriormente se llamó la Ifriquiya árabe, bajo su jurisdicción, con lo que el cargo de emir de Egipto pronto se reveló como uno de los más importantes dentro del organigrama islámico. Más aún, las reformas de Abd al-Malik representaron: “un esfuerzo de araboislamización como nunca se había hecho”. (Cahen, op. cit., p. 35). En efecto, y con respecto a Egipto, el lenguaje de la administración, autóctono hasta la época, pasó a ser el árabe, e igual suerte corrió el patrón monetario bimetalista de dinares y dirhems; la rica producción nacional, especialmente la derivada de la agricultura, los papiros y los tejidos de lujo (los famosos tiraz alejandrinos) fueron puestos bajo el monopolio estatal para su exportación y distribución. Paralelamente, en materia económica, los impuestos de los súbditos no musulmanes, el jaray aplicado a la tierra y la yizya de capitación personal, fueron aumentado progresivamente. Tales reformas comenzaron a despertar los recelos de una población egipcia que, en principio, había apoyado la entrada del Islam en su país pero que se veía abocada sin remedio a un proceso de islamización lento pero imparable. La situación fue particularmente desastrosa en los campos, puesto que el incremento del jaray hizo que muchos agricultores huyesen, como lo habían hecho en época romana, para no estar sujetos a la losa de la tributación.

Los comienzos del siglo VIII continuaron con la tónica reformadora del cada vez más asentado gobierno islámico. Sin embargo, las continuas quejas de los egipcios formaron parte del elenco de problemas habituales del emir de El Cairo. La sustitución de los cultos ancestrales por el islámico provocó varias revueltas populares que recordaron la dureza persa en la represión, quizá más sorprendente por tratarse de una civilización, la araboislámica, generalmente respetuosa en sumo grado con estas cuestiones; pero el propio carácter “nacional” de dichos movimientos fue tomado como un intento de sedición. De manera paralela, las conversiones a la fe de Mahoma fueron forzadas con un argumento económico: el impuesto personal a las comunidades no musulmanas, la yizya, quedaba sin valor en el caso de conversión, por lo que muchos egipcios, principalmente los miembros de las elites aristocráticas, pasaron a jurar el Libro. Hay que tener en cuenta que la importancia de Egipto para el Islam era mucho más vital, si cabe, que lo había sido para griegos, persas, romanos y bizantinos: estos aún tenían alguna provincia rica entre sus posesiones, mientras que para Bagdad el trigo del Nilo era su tesoro más preciado. La tensión del siglo VIII hizo que varios núcleos egipcios se pusieran del lado beréber en la revuelta de éstos acontecida en el Magreb (739), pero que fue rápidamente sofocada por el ejército árabe. En cualquier caso, el visitante más prestigioso de Egipto en esta época fue el califa Marwan II, expulsado del poder por los abasíes, los nuevos dueños del Islam a partir del año 750.

Véase Califato Omeya.

Egipto bajo los abasíes (750-868)

A raíz de la violenta llegada al poder de los abasíes, Egipto siempre estuvo en la vanguardia de la oposición a las decisiones tomadas en la nueva capital islámica, Damasco, si bien fue una oposición tímida al ver sesgado el matiz “nacional” por las cada vez más frecuentes conversiones de sus habitantes. Los primeros problemas llegaron con la revuelta del Alto Egipto entre los años 780 y 785, al mando de un descendiente de Marwan II, el último califa omeya, que tuvo en jaque a las tropas islámicas con el apoyo de la población autóctona. Con todo, la aportación más destacada de Egipto a la historia islámica de esta época es la formación y propagación en sus tierras del malikismo, una corriente renovadora dentro de la interpretación del Corán que iba a ser decisiva en el devenir de la media luna. La escuela egipcia contó con Safii (767-820) como personaje más destacado, paradójicamente, la influencia de sus escritos y lecciones hizo que los conflictos se agravasen durante el dominio intelectual de los mutaizlíes en el espíritu intelectual del califato omeya. Así, en época del califa Harum al-Rashid (786-809), el famoso protagonista de las Mil y una noches, la lucha entre qaysíes y yemeníes por el poder egipcio hizo resucitar el viejo ideal nacional copto de propia identidad, agravado además por dos acontecimientos fundamentales: la subida de impuestos entre los años 782 y 792, así como la llegada de varios emigrantes omeyas procedentes del sur de la península ibérica que, aprovechándose del caos egipcio, no sólo arrebataron Creta a Bizancio sino que controlaron por los mismos diez años el puerto de Alejandría, privando al califato de las cosechas de trigo. Sólo la intervención de Abd Allah Tahir, el mejor general árabe, acabó con los desórdenes en el 794.

Otra de las aportaciones abasíes a la historia de Egipto fue la gran labor constructiva y teórica sobre el tema agrícola, fundamentalmente. La construcción de canales, desagües, embarcaderos y otras obras se multiplicó con respecto a años anteriores, cuando se seguían prácticamente utilizando las mismas estructuras de época faraónica. La producción se diversificó hasta el punto de que al clásico trigo comenzaron, cada vez con más frecuencia, a acompañarle cosechas de arroz, lino y caña de azúcar, cultivos importados de los dominios islámicos de Oriente. De igual modo, la riqueza aurífera de Nubia constituyó la base material para la expansión de la moneda árabe, la más usada para el comercio durante toda la época medieval. Todos estos cultivos y explotaciones vivieron un gran auge durante el gobierno abasí de Egipto.

Véase Califato.

Tuluníes e ikhshidíes (868-969)

La reforma militar del califa al-Mutasim (833-842) puso al frente del ejército egipcio a un general de origen turco, Ahmed Ibn Tulun, que se aprovecharía de tal circunstancia y de las pugnas en la época de al-Mutawakkil (847-861) para segregar las tierras del Nilo al dominio abasí. En el año 868 se proclamó sultán independiente del califato, pasando a reorganizar el imperio amparado en la construcción de un poderoso ejército que llegó a anexionarse parte de Siria. Ibn Tulun, ferviente sunnita como todos los turcos, suprimió algunos cargos, como el de qadí, en beneficio de la propia organización selyuquí de Samarra, su ciudad de origen; reedificó casi por completo Fustat, construyendo varios edificios para albergar a la corte y una de las mezquitas más ricas de toda África. A pesar de ello, los califas no aceptaron la pérdida de Egipto y durante toda la época fueron constantes los ataques de musulmanes contra la dinastía tuluní. Sólo tras la muerte de Ibn Tulun (905) y la subida al nunca reconocido sultanato egipcio de su hijo, Jumarawayh, pudieron los califas abasíes hacerse cargo de la situación. Sin embargo, sería por poco tiempo, puesto que los problemas internos del califato hicieron que de nuevo otro militar turco, Ikhshid, se proclamase sultán independiente en el año 935, título que sus sucesores conservaron hasta el año 969. La reorganización ikhshidí benefició, especialmente, a los ricos mercaderes egipcios, con los que colaboraron en una curiosa iniciativa: construir una flota naval que fuese mercante en tiempos de paz y militar en tiempos de guerra. La población autóctona, copta e islámica, recibió con agrado estos dos autogobiernos, puesto que sus derechos volvieron a ser reconocidos debido a la necesidad de apoyo popular de sendos levantamientos.

Sin embargo, las bases de ambos regímenes no tenían otro sustento que el carisma especial de sus primeros dirigentes, razón por la cual ninguno de los dos sobrevivió a la muerte de ninguno de ellos. La situación de declive del califato, cercado por problemas internos y por la cada vez mayor presión del renacido imperio bizantino, hizo que, en el año 969, el general fatimí Yahuar proclamase como califa a al-Muizz, que abandonaba su residencia del Magreb para residir en la nueva y lujosa capital islámica: El Cairo (del árabe al-Qahira, ‘la Victoriosa’). La proclamación del califato fatimí de Egipto en el año 969 no fue más que el inicio de la disgregación del poder califal de Bagdad. El imperio buyí se dividió en pequeños estados con gobiernos autónomos, a los que constantemente visitaban agitadores procedentes de Egipto que instaban a la población civil a rebelarse contra el poder abbasí personalizado por los buyíes.

El esplendor fatimí (969-1171)

La familia de los fatimíes se autoproclamaba descendiente de Fátima, la hija de Mahoma y esposa de Alí. Su doctrina ideológica se conoce con el nombre de ismailismo, una especie de mezcla de postulados chiíes político-filosóficos que esperaban una renovación espiritual del Islam por un agitador político y religioso, jefe espiritual de la comunidad fatimí, denominado mahdi por el fundador de la dinastía en el Magreb, Ubaydallah al-Mahdí. Tras una serie de luchas contra el poder de Bagdad, Ubaydallah al-Mahdí se proclamó califa en Túnez (909), extendiendo su poder por todo el norte de África (Argelia, Egipto, Siria…) e, incluso, llegó a dominar Malta y Sicilia. La parte central de su gobierno se centró en Egipto, donde gobernaron como una especie de secta iluminada y con gran rigidez y austeridad en la aplicación de los preceptos del Corán. Los fatimíes fomentaron una nueva expansión territorial hacia Siria, llegaron en el siglo XI a dominar Alepo y gran parte de Palestina, pero verían frenadas sus aspiraciones por dos acontecimientos principales: la victoria de los selyuquíes en la batalla de Manzinkert (1071) contra el imperio bizantino, que dejó a los turcos como dueños de todo Asia menor, y la inesperada llegada, a partir del año 1097, de tropas cristianas de Europa para recuperar los Santos Lugares. Desde ese año, las Cruzadas fueron unidas indefectiblemente a la historia de Egipto, donde la cruz y la media luna vivieron momentos de máxima rivalidad.

La revitalización egipcia durante el gobierno fatimí abarcó todos los niveles. En primer lugar, el hecho de su estricta religiosidad contribuyó a cohesionar la administración, puesto que las decisiones siempre eran tomadas por el califa, superior por su halo religioso al resto; por otra parte, Alejandría volvió a recuperar el esplendor comercial pasado, especialmente por las excelentes relaciones que, en clave económica, mantuvieron con los italianos de Amalfi o, salvo en los períodos de guerra, con el propio imperio bizantino. Como poder independiente, no se sintieron especialmente convenidos a comerciar con el golfo pérsico, por lo que pasaron a establecer nuevas rutas comerciales entre Alejandría y el Yemen, a través del Mar Rojo, o hacia la capital andalusí, Córdoba, comercio que contaba con convoyes anuales de intercambio. Paralelamente a su integridad para con sus creencias, los fatimíes se mostraron totalmente respetuosos con cristianos y judíos egipcios, a quienes prefirieron en muchos momentos como parte de su organigrama administrativo antes que a los propios musulmanes, recelosos de sus creencias. Las leyes restrictivas fueron tácitamente abolidas y los creyentes en otras religiones vivieron, quizá, su momento de máxima libertad, salvo un período de persecuciones durante el califato de Hakim (996-1021), cuyas intenciones integristas desataron varias sangrías entre los confiados cristianos hacia el año 1008. Aunque se duda de la figura del califa, su mala entendida piedad islámica y sus acciones integristas fueron puestas en una doctrina predicada por un persa convertido, Darazi, que prendió hondamente en el nordeste de Egipto; tras la muerte del califa “iluminado”, la mayor parte de sus creyentes emigró al actual Líbano, donde son conocidos con el nombre de Drusos, derivado de Darazi, uno de los credos más fervientes y más puros de la sunna islámica que también tuvo su origen en Egipto.

La desintegración del califato fatimí (1094-1171)

El talón de Aquiles del califato fatimí fue la particular construcción de su ejército; tras los períodos tuluní e ikhshidí, donde los propios cristianos podían formar parte de las tropas egipcias, la llegada al poder de los fatimíes hizo del ejército regular de Egipto una auténtica fuerza militar mercenaria donde los guerreros beréberes pronto constituyeron una minoría elitista que sólo esperaba su oportunidad para conspirar. El jefe militar de Egipto, que contaba con barrio propio en El Cairo para el alojamiento de tropas, era denominado visir; a partir de que tal cargo recayese en Badr al-Yamalí (finales del siglo XI), la cabeza militar comenzó a confundirse con la cabeza religioso-política. Los propios califas comenzaron a desconfiar de su ejército, como lo prueba el hecho de que Mustansir, fallecido en el año 1094, formase una elitista guardia compuesta de soldados nubios. En ese mismo año, fue el propio Badr quien se encargó, por la vía militar, de nombrar al sucesor del califa, imposición que no fue aceptada ni por los creyentes ismailíes, ni por sunníes, ni por cristianos. El que debía ser heredero, Nizar, contó con el apoyo de los ismailíes del resto de los territorios islámicos, pero el poder del ejército beréber era demasiado grande para que no le quedase más remedio que huir de Egipto apresuradamente. Nizar fue el fundador de la secta integrista más temida durante toda la Edad Media: los asesinos (del árabe haxix-xin, ‘comedor de hachís’), cuyo odio implacable hacia los ismailíes hizo que, en no pocas ocasiones, se aliasen incluso con los cruzados para intentar acabar con el califato fatimí. De hecho, y a pesar de las medidas de presión dictadas por Badr al-Yamalí, “el régimen hubiese sucumbido ante los selyuquíes si las Cruzadas no se hubiesen venido a interponer entre ellos a tiempo. Los fatimíes les debieron setenta años de supervivencia”. (Cahen, op. cit., p. 256). Realmente, durante todo el siglo XII Egipto no pudo hacer otra cosa que aunar sus fuerzas contra el enemigo cruzado, enemigo que, a su vez, se interponía, con su dominio de Palestina, entre el Sinaí y los temidos selyuquíes.

Véase Cruzadas, Las.

Saladino y los ayubíes (1171-1250)

La decadencia del califato fatimí de Egipto comenzó a finales del siglo XI hasta que acabó sucumbiendo ante uno de los más poderosos guerreros turcos de la historia: Sallah al-Din (Saladino I), nieto del atabeg del Mossul, Zengi, e hijo de Nur el-Din, sultán de Alepo, que se proclamó sultán independiente de Egipto en el año 1171. La familia de los ayubíes gobernaría Egipto por espacio de casi dos siglos, y sería la encargada tanto de revitalizar el ahora sultanato del valle del Nilo como de, prácticamente, acabar con el sueño cruzado. Nur al-Din envío a su hijo, dos años antes de su proclama, como supervisor de los ataques de tropas egipcias contra los cruzados; como quiera que la situación de las milicias beréberes del califato fatimí era desastrosa, el famoso guerrero turco decidió pasar a la acción y acomodarse en el poder. La yihad, uno de los preceptos coránicos, fue encendida por todos los lugares de Egipto. Desde allí partió el ataque islámico que ha pasado a la historia como desastre de Hattin (1187): las tropas cristianas fueron barridas del mapa y Saladino reconquistó Jerusalén, aunque no pudo mantenerla durante mucho tiempo. Por último, hay que destacar que fue una ciudad egipcia, Damietta, la que se convirtió en el objetivo de las cruzadas Quinta y Séptima, pero fue bien defendida por las tropas musulmanas.

Pasados los primeros momentos de tensión, especialmente tras el pacto entre el sultán al-Kamil y el emperador germánico Federico II, la situación egipcia volvió a la realidad. El intento selyuquí de unificar Siria y Egipto bajo un mismo gobierno, una misma dirección política y un mismo credo ortodoxo, la sunna turca, fracasó en el país del Nilo. En primer lugar, la particular idiosincrasia de los cuadros de población autóctona impidió que la unión fuese más allá del simple nexo militar en defensa del territorio; por lo que respecta a la población islámica, la implantación del ismailismo fatimí (doctrina heterodoxa según la sunna selyuquí, no conviene olvidarlo) había sido bastante grande durante los siglos anteriores para que la rigidez turca acabase tan fácilmente con ella. Como desde la época tuluní los coptos dominaban los cargos administrativos, la dominación territorial ayubí fue bastante escasa. Fue por ello que durante todo el siglo XII, mientras las Cruzadas continuaban con vigor, Egipto dio la impresión de ser una parte más del formidable imperio selyuquí; cuando, a partir del siglo XIII, el ideal europeo comenzó su recesión, sobre todo tras la toma de San Juan de Acre (1291), el último reducto cruzado en Tierra Santa, los egipcios mostraron su verdadera cara. Así pues, el sultán ayubí Nedchem acabó siendo asesinado (1249) por los miembros de su guardia personal, los mamelucos, tropas de esclavos procedentes del mar Negro, semimongoles y cuyos rasgos de civilización no guardaban ningún parecido con los antaño dominadores de Egipto, cualquiera que fuese su procedencia.

El gobierno de los mamelucos (1250-1517)

Tanto la invasión de los mongoles de la Horda de Oro como la eclosión de los mamelucos en Egipto acabaron por destruir la unidad selyuquí en Oriente. En el caso concreto de Egipto, los mamelucos se comportaron como lo que en realidad eran: una minoría dirigente que gobernó el país sin otro apoyo que el de sus armas, su ejército y la represión inherente a las dos anteriores. Todo ello fue especialmente tangible durante el gobierno del cuarto sultán, Baybars I (1260-1277), vencedor de los cruzados en diferentes batallas y el guía director de los nuevos parámetros de gobierno. La explotación de las minorías fue su recurso más avanzado, borró del mapa la antigua autonomía y los derechos que habían gozado los cristianos y judíos en Egipto. Los mamelucos estaban islamizados aunque muy alejados de las finas y sutiles disquisiciones teológicas de los musulmanes de épocas anteriores. En opinión de Cahen: “el endurecimiento confesional que entonces se produce […] no tiene nada que reprochar al Islam la Europa de la Inquisición […]; a fines de la Edad Media […] las religiones no musulmanas habían desaparecido [se refiere a Egipto] o ya no jugaban más que un mínimo papel”. (Cahen, op. cit., p. 304). En efecto, la represión mameluca sobre los diferentes credos egipcios minimizó la importancia social que éstos habían tenido durante el resto de la dominación islámica. Con todo, tampoco hay que olvidar que los siglos XIII y XIV constituyeron un período de enorme crisis para el Islam medieval, crisis de la que, de forma un tanto paradójica, Egipto fue uno de los lugares donde menos latió. La razón para ello hay que buscarla, nuevamente, en la importancia económica de la región. Los mamelucos no serían tan sutiles como los fatimíes o tan poderosos como omeyas y ayubíes, pero dotaron con su rigidez a Egipto de una honda cohesión. El fin de las cruzadas reavivó el comercio entre los países islámicos, del que Egipto era abanderado, con mercaderes italianos, bizantinos, catalanes y franceses; como consecuencia del dominio mongol en las rutas terrestres, el comercio, por la vía de Alejandría, sufrió un aumento importantísimo entre los años 1340 y 1360, dotando a los zocos de El Cairo del esplendor acostumbrado. Durante la época del sultán mameluco Baybars II (1309-1310), la prosperidad económica fue enorme, y se mantuvo pese a algunos altibajos durante toda la centuria.

Sin embargo, el siglo XV marcaría la definitiva pérdida de la importancia económica de Egipto. En primer lugar, porque la caída de Constantinopla (1453) a manos del sultán otomano Mehemet II anunciaba la llegada, con más fuerza que antes, de los renovados turcos selyuquíes; en segundo lugar, si cabe aún más importante, porque la llegada de los navegantes portugueses a las costas del Yemen, por un lado, y el descubrimiento de América (1492) por otro, renovaron las rutas de acceso al comercio por un mar que ya no era el Mediterráneo, acabando así con el lugar de privilegio que Alejandría había tenido durante siglos. Como colofón a la decadencia de los mamelucos, en el año 1517, el sultán otomano Selim I, tras una brillante campaña militar por Mesopotamia y Siria, alcanzaba nuevamente Alejandría por Pelusio y convirtió a Egipto en parte integrante del Imperio Otomano. De hecho, las divisiones internas en el seno de la dinastía mameluca hicieron que parte de los antiguos dominadores, encabezados por Jair Bey, combatieran al lado otomano.

Véase Mameluco.

Rasgos del Egipto islámico medieval

El largo transcurso del período que tradicionalmente se denomina como Edad Media tuvo en Egipto a la dominación islámica como parte fundamental de su entramado, al igual que sucedió prácticamente en todo Oriente Próximo salvo el imperio bizantino. Pese a que, con mayor o menor número de altibajos, el proceso de islamización fue la clave del destino histórico de Egipto, lo cierto fue que durante la época medieval, quizá con la salvedad del período mameluco, la afluencia de la idiosincrasia islámica fue unida a la lógica evolución de unas costumbres milenarias cuyas hondas raíces siempre hicieron del país del Nilo un lugar especial dentro de la organización mahometana. Hay que tener en cuenta que, por ejemplo, durante las épocas omeyas y abasíes la población copta, de religión cristiana, continuó siendo mayoritaria con respecto a la islámica, que se concentraba únicamente en Alejandría y en el antiguo El Cairo (Fustat). Al igual que durante los períodos persa, helénico, romano y bizantino, o que durante la inigualable civilización faraónica, Egipto bajo el Islam continuó siendo un país gobernado por la naturaleza, por las crecidas del Nilo, y dedicado en cuerpo y alma a la agricultura. Este rasgo esencial del Egipto medieval es la particularidad más destacada y que, como se verá a continuación, tuvo hondas implicaciones sociales, económicas y culturales, aunque en este último terreno la brillantez musulmana se impuso al resto no sólo en Egipto, sino también al mundo general del medievo.

Sociedad, política y administración

La sociedad egipcia del período medieval fue, aunque heterodoxa en sus orígenes religiosos, un solo bloque que funcionó con un cohesión digna de elogio. Se establecieron tácitamente unas escalas funcionales entre ellos que resistieron el paso del tiempo. Los cristianos coptos, mayoritarios hasta el siglo XI, se dividían entre los que ocupaban puestos en los organigramas administrativos de las ciudades, especialmente en Alejandría y Damietta, o los agricultores, propietarios o jornaleros, principalmente distribuidos en el Alto Egipto y en la comarca de Tebas, donde residía un gran número de monjes en los distintos cenobios espirituales. La elite dirigente islámica, principalmente en El Cairo, se ocupaba de los asuntos políticos y económicos. La mayoría de ellos era de procedencia árabe, en el caso de cargos importantes, o bien beréber si se trataba de soldados del ejército (tras la conquista de África del norte). El otro elemento islámico de Egipto lo constituyeron las constantes inmigraciones de tribus beduinas, generalmente asentadas en los arrabales de las ciudades o bien en las cercanías del desierto. Finalmente, el tímido artesanado y los incipientes comercios urbanos contaban con el elemento hebreo como uno de los más destacados, no se excluía que dichos oficios pudieran estar representados por musulmanes o coptos.

Aunque las funciones administrativas no eran, según la rigidez coránica, oficio para rumíes (‘cristianos’ en árabe), en Egipto la administración fue llevada mayoritariamente por los autóctonos, de los cuales los cristianos coptos obtuvieron la mayor parte de las prerrogativas. Incluso en un elemento tan capital del mundo islámico como era el ejército, el califa al-Mutasim prefirió a los egipcios autóctonos como soldados antes que a los árabes, pues eran menos insurgentes y menos dispuestos a tomar partido por las constantes pugnas políticas del Islam. Por lo que respecta a la política, los intereses nacionales siempre fueron más respetados por los gobernadores musulmanes de Egipto que en cualquier otra provincia del vasto imperio mahometano. La razón de dicha preeminencia es doble: por una parte, la importancia de la población no musulmana podría acarrear multitud de conflictos internas; por otro lado, se trata de la misma razón por la cual la Alejandría romana fue segregada por Marco Antonio y los coptos pugnaron contra el imperio bizantino para mantener un status de semi-independencia: la vital importancia de las cosechas egipcias para cualquier gran imperio que gobernase el valle del Nilo hizo que las peticiones de sus gobernantes autónomos fueran siempre más tenidas en cuenta que las de otros lugares. El Islam podría haber prescindido de, por ejemplo, la costa marroquí si no fuese el camino hacia el no menos rico al-Andalus; pero sin el trigo egipcio y sin el oro nubio difícilmente hubiese mantenido su posición en el Mediterráneo durante catorce siglos.

Arte y cultura

Hablar de cultura islámica medieval en Egipto es, indefectiblemente, hablar de Safii (767-820) y el malikismo. Aunque de origen palestino, sus enseñanzas tuvieron lugar en las diferentes escuelas de Egipto y Siria. Éstas quedaron plasmadas en su libro Kitab al-Umm, una estupenda muestra de elucubración teológica acerca de la interpretación jurídica y espiritual del Corán, tanto en aspectos primordiales como en los factores cotidianos, que haría de Egipto la lanzadera del malikismo hacia todo el mundo islámico. Además, la tradicional mezcla de espíritu helénico no se quebró con la llegada musulmana a Egipto. Este hecho fue especialmente destacado en el mundo científico, con nombres como Ibn Yunus, traductor, compilador y revisor de la astronomía tolemaica en el Egipto fatimí, o al-Biruni, en cuya magna enciclopedia astronómica se formuló, hacia el año 1000, la primera teórica heliocéntrica razonada de la historia. Una de las ciencias que los musulmanes dominaron con precisión fue la óptica, que también contó con un representante de excepción en el Egipto fatimí, aunque de origen iraquí: Ibn Haytam, de cuya fuente bebió posteriormente al-Kindi y que logró arrancar excelsas palabras para sus tratados hasta del maestro de Oxford Roger Bacon, el máximo estudioso cristiano de los trabajos ópticos de ambos. La historiografía musulmana del período mameluco contribuyó hondamente al conocimiento del mundo islámico que se tiene actualmente y que, pese a los siglos, aún sigue teniendo en el sirio Dahabi (siglo XV) o el egipcio Ibn Iyas (siglo XVI) sus principales fuentes. El cronista principal de Egipto durante época mameluca fue Ibn Tagribirdu, y el primer gran compilador sobre las civilizaciones que un día habían sido dueñas del valle del Nilo fue, asimismo, un nativo islámico: Maqrizi. La cultura también llegó a instalarse entre las aficiones de la clase dirigente, como lo demuestra el príncipe Abu-l-Fida, más conocido por sus obras de historia y geografía que por su actividad política.

Por lo que respecta a la actividad artística, hay que señalar a los fatimíes (969-1171) como los responsables del embellecimiento urbano de El Cairo, así como la construcción de una Escuela Teológica en la antigua mezquita de Ibn Tulun que sería el embrión de la futura Universidad de al-Azhar, todavía hoy entre las más prestigiosas del mundo islámico. Tras la llegada de los ayubíes (1171-1250), las escuelas morales del Islam, las madrasas, se convertirían en el foco de irradiación de cultura musulmana por todo el Mediterráneo, y tuvieron en Alejandría y en El Cairo dos de sus más perdurables emplazamientos. Sin embargo, fue durante el gobierno de los mamelucos (1250-1517) cuando la cultura egipcia alcanzó su más alto nivel, tanto en la elaboración como en la difusión de sus ingenios de todo tipo. Entre los más destacados monumentos se encuentran la mezquita de Qalaun y la mezquita de Kaitbay; sin embargo, lugar aparte merece el edificio, construido a partes iguales para albergar un templo, una madrasa y un mausoleo conocido como Qubat al-Hassan, en El Cairo.

Egipto bajo el Imperio Otomano (1517-1848)

Aunque la conquista de Egipto para el imperio turco fue hecha por Selim I (1467-1520), la verdadera reorganización territorial se debe a su hijo Solimán I (1494-1566), apodado el Magnífico por su gran capacidad dirigente en todos los sentidos. Además de completar las conquistas de su padre hacia 1534, en el año 1525 dotó a Egipto de varias leyes administrativas que continuaron vigentes hasta bien entrado el siglo XIX. Las tierras del Nilo pasaron a ser una provincia del imperio a cuya cabeza se hallaba un walí, con competencias judiciales y ejecutivas, cuyo primer representante fue el propio mameluco Jair Bey, por los servicios prestados en la ocupación; sin embargo, y previendo cualquier tipo de ambición, el nombramiento se hacía sólo por un año y la administración central constantinopolitana, la rebautizada ciudad de Istanbul, se reservaba el derecho de deponerle en el momento que considerase oportuno. Le acompañaban en el organigrama un tesorero (defterdar), encargado personalmente de las complejas finanzas egipcias, y también los seis comandantes de los seis ucaq, destacamentos militares destinados a controlar casi policialmente el orden público. En último lugar, un comité de diez miembros, el diwan, estaba encargado de asesorar al walí en los asuntos políticos y económicos. La sencillez de este modelo escondía una amalgama de tradiciones islámicas, reforzadas por el poder militar, base fundamental de la existencia del imperio otomano.

Pese a ello, también como causa de la importancia militar, el mismo problema del ejército fue el causante de no pocas revueltas. Hacia finales del siglo XVI el entramado administrativo egipcio, con diversas variaciones a la generalidad de las provincias imperiales, comenzó a declinar, mostrando una peligrosa caída del poder del walí en beneficio de los ucaq, con lo que las revueltas fueron constantes y las deposiciones de sultanes, walíes y demás cargos nombrados desde Istanbul ocuparon gran parte de la historia moderna de Egipto. El problema se agravó con la existencia de dos facciones militares enfrentadas: los jenízaros y los beys mamelucos. Estos últimos habían logrado la confianza del imperio otomano, por lo que fue constante el acaparamiento de cargos no sólo militares, sino también de otros rangos y, especialmente, el de tesorero, el más preciado de todos ellos. Como quiera que los soldados jenízaros eran los más poderosos del imperio, también fueron los encargados de mantener, de facto, los diferentes cargos y nombramientos en Egipto. Salvo la llegada a El Cairo de los walíes de la familia Köprülü, hacia principios del siglo XVII, quienes siempre venían desde Istanbul acompañados por su propio ejército, la situación de Egipto durante los siglos XVII y XVIII fue la de una tensa y larvada guerra subterránea entre jenízaros y mamelucos. El único período de paz continuada aconteció entre los años 1631 y 1656, durante el gobierno de Ridwan al-Faqari; nombrado por el sultán otomano amir (cargo con ausencia de competencias políticas pero que, dada la confusión, tomó las riendas del poder), la optimización de los múltiples recursos egipcios y la victoria contra una tentativa jenízara de derrotarlo en el campo de batalla le otorgó un gran prestigio que pudo acallar las voces en su contra, dando un pequeño aporte de estabilidad al mundo egipcio. Pero, en cualquier caso y al igual que ocurrió con Ibn Tulun o Ikhshid, su dominación no sobrevivió a su muerte. Finalmente, los acontecimientos acabarían por estallar en una auténtica guerra civil entre ambas facciones acontecida en el año 1711, donde Alejandría, Damietta y El Cairo fueron las ciudades más dañadas, los jenízaros fueron derrotados y los beys mamelucos lograron acaparar toda la administración egipcia.

Véase Jenízaros.

Los beduinos y el declive otomano

Debido a la estricta moral coránica impuesta durante todo el gobierno mameluco, la población egipcia había sufrido un cambio sustancial desde la época califal. Como ya se ha citado anteriormente, la práctica desaparición de las minorías copta y judía, si no como entes físicos (la mayoría de ellos residía en el Alto Egipto) sí como cualquier nivel de importancia social que hubieran tenido en el pasado, motivó cierto reagrupamiento de la población, bien en ciudades o bien en el medio rural, así como la llegada de nuevos contingentes islámicos procedentes de los más diversos países, atraídos por la riqueza proverbial del valle del Nilo. El grupo más importante de inmigrantes lo constituyeron los beduinos, quienes amparados en su nomadismo y en su tradicional belicosidad lograron controlar el Alto Egipto hasta su definitiva derrota por tropas otomanas en el año 1576. No obstante, la tribu de los Banu Omar obtuvo el distintivo, meramente cortés, de ser investidos como “Príncipes del Alto Egipto”. Por ello, durante todo el siglo XVIII, su jefe Sayj Humam extendió su control de nuevo por el territorio del sur, aprovechándose de las luchas internas entre jenízaros y mamelucos, llegó incluso a atacar convoyes comerciales y a saquear los zocos de El Cairo. Durante todo este período, el Alto Egipto estuvo prácticamente controlado por los beduinos, quienes ofrecían su protección a los desamparados campesinos del Nilo a cambio de un tributo, en monetario o en especie, lo cual se convirtió en un grave problema al restar ingresos al estado otomano. Sólo la intervención de Ali Bey al-Kabir hacia 1760 volvió a restaurar el orden en el sur de Egipto.

Precisamente fue Ali Bey al-Kabir el protagonista del hito más importante de la historia egipcia del siglo XVIII, al intentar la primera sublevación contra el imperio otomano. Desde su posición de dirigente de las tropas mamelucas, en 1770 atacó Siria al frente de un poderoso ejército; los dirigentes de Istanbul, siempre reacios al envío de tropas a Egipto, recurrieron a su cuñado, Abu al-Dahab Bey, para que le traicionase, como efectivamente así sucedió. Lo más importante fue que el propio Ali Bey mantuvo contacto con el imperio ruso para acordar una alianza que cogiera entre dos fuegos al poder otomano; debido a ello, Ali Bey fue un precursor de varios acontecimientos posteriores: la constante ambición de los beys mamelucos por desafiar al imperio declarándose independientes y, como en el caso de Rusia, la progresiva intervención de potencias internacionales en Oriente Próximo, rasgo que iguala la historia de todos los países de esta zona durante los siglos XVIII y XIX.

Véase Historia de Palestina.

Desde el fallecimiento de Ali Bey las muestras del declive de la dominación otomana fueron en constante aumento. Tras una nueva lucha civil entre facciones mamelucas, en el año 1785 dos gobernantes se repartieron el poder: Murad Bey al-Qazdugli e Ibrahim Bey al-Qazdugli. A pesar de la ignorancia mutua de ambos en sus zonas de influencia (ignorancia cercana al enfrentamiento armado), ambos estuvieron de acuerdo en negarse a ejecutar el último resto que hacía que Egipto pareciese una provincia otomana: el pago del tributo anual a Istanbul. Contrariamente a lo demostrado hasta ese momento, el sultán otomano envió un ejército destacado para poner orden y obligar a los mamelucos a pagar. Las escaramuzas fueron continuas hasta 1788, cuando los otomanos se retiraron. Las razones fueron obvias: la destreza mameluca en el arte de la guerra había hecho prácticamente imposible que el ejército otomano se apropiara del delta del Nilo; por otra parte, la guerra entre Moscú e Istanbul se aprestaba a llegar y los turcos necesitarían todos los hombres posibles para defender sus fronteras del nordeste. Por lo que respecta a Egipto, únicamente hay que añadir que de esta manera tan solapada, ambos beys fueron nuevamente devueltos a su posición de poder y prometieron pagar el impuesto… cuando la situación económica egipcia lo permitiera, hecho que significó la práctica independencia de Egipto con respecto al imperio otomano.

Véase Guerras ruso-turcas.

La intervención de Napoleón Bonaparte (1798-1805)

El hundimiento de las estructuras del imperio otomano, constante durante todo el siglo XVIII, provocó que la chispa de la revuelta social se encendiera por todo Egipto. Aparte de los ya mencionados saqueos efectuados por beduinos, el clima popular era irrespirable debido a la intransigencia e intolerancia de los dirigentes mamelucos con las peticiones populares. El abandono de los campos, de los diques, de las obras de ingeniería, así como el rígido corsé de los gremios sindicales en las ciudades hicieron que la situación evolucionara hacia un estado de rebeldía popular contra la minoría dirigente. Las consecuencias económicas fueron particularmente funestas: devaluaciones monetarias, control estatal sobre las cosechas de trigo, y derivado de todo esto, más los factores políticos, carestía, hambre y contiendas. Como quiera que en Europa, en Francia, una revolución “popular” había acabado supuestamente con las injusticias derivadas del mal gobierno, el país galo se convirtió en el abanderado de las luchas populares en todo el mundo y quería extender la revolución más allá de los Alpes y los Pirineos. Por ello, además de la tradicional rivalidad anglofrancesa, los contingentes militares galos desplazados a Italia escucharon las peticiones de ayuda del pueblo egipcio. El entonces general Napoleón Bonaparte decidió intervenir, en un campaña con idénticos factores de prestigio, el cada vez más creciente interés colonial y, por último aunque en pequeñas dosis verídicas, factores de defensa del ideal revolucionario.

Véase Revolución Francesa.

Tras desembarcar en Alejandría, la brillantez de la caballería mameluca sufrió las consecuencias del cambio de orientación bélica: la artillería de Napoleón acabó por infligirles una severa derrota en la batalla de las Pirámides (1798). Los mamelucos se retiraron al sur y Napoleón quedó convertido en señor del Bajo Egipto, aunque las escaramuzas continuarían durante los años siguientes. En seguida, los rasgos generales de la administración francesa fueron transplantados a Egipto contando con el apoyo de los ulamas, dirigentes religiosos que tenían la confianza del pueblo. Consejos, juntas municipales, delegados y todo el elenco del organigrama galo administrativo comenzó a multiplicarse para formalizar la extensión de la Revolución a un país islámico; de forma paralela, y cuestión ésta muy importante para el estudio de la historia de Egipto, todo un equipo de arqueólogos, historiadores, eruditos y hombres de letras se trasladó al país del Nilo. Éstos realizaron interesantísimas aportaciones culturales y quedaron prendados de la milenaria historia de un país formidable. Cabe por discutir si las pretendidas reformas napoleónicas hubieran surtido el efecto deseado con una mayor duración temporal; pero como no vale elucubrar en la Historia, el hecho fue que la tenaz resistencia mameluca en el sur y este del país, así como, especialmente, la llegada de la flota británica, bajo mando del almirante Horacio Nelson, a las costas de Alejandría (1799), hicieron que el ideal francés se desvaneciera. Finalmente, en el año 1801, el desembarco en Alejandría de tropas aliadas anglo-otomanas finiquitó el breve sueño de Napoleón. Como consecuencia se produjo una penosa evacuación de las fuerzas francesas que fue la causa por la cual Egipto vivió un auténtico período de anarquía durante los siguientes cuatro años.

Véase Historia de Palestina.
Historia de Europa.

Las bases del Egipto contemporáneo: Muhamad Ali (1805-1848)

De las importantes consecuencias que tuvo para Egipto la corta intervención francesa dos fueron las más destacables a nivel internacional: el territorio del valle del Nilo era una perla sumamente apetecida por los países europeos, especialmente Gran Bretaña y Francia, y la agonizante desintegración del Imperio Otomano no retrasaría mucho más tiempo la entrada en el país de dichas u otras potencias extranjeras. No menos importantes fueron las consecuencias internas: el control del país pasaba por apartar a los mamelucos del poder y, debido a la confianza depositada en ellos, los ulamas serían la llave para el futuro de Egipto. Por ello, en el año 1805 el ulama de El Cairo, con la aprobación de toda la jerarquía religiosa y con cierta esperanza por parte del pueblo, proclamó gobernador de Egipto, aún dependiendo legalmente de Istanbul, al personaje clave en el siglo XIX y vital para comprender el devenir del país hasta la actualidad: Muhamad Ali (1805-1848). Muhamad Ali representó para Egipto lo que los monarcas y directores del Despotismo Ilustrado fueron para los países europeos durante el siglo XVIII, es decir: sentó las bases de apoyo y dictó las reformas necesarias para el despegue del país. Además, su carácter ambicioso e independiente le elevó hasta el lugar que ocupa en la historia del Islam.

A los seis años de su proclama, Muhamad Ali se enfrentó al primer problema grave: los mamelucos. Retirados los franceses, los beys intentaron acceder a sus antiguas posiciones de poder; para evitar tal acción, el gobernador no dudó en utilizar la fuerza de las armas, para lo cual quedó autorizado, espiritualmente, por los ulamas, su verdadero apoyo autóctono contra el gobierno extranjero que tanto había esquilmado a Egipto. Muchos de los defenestrados mamelucos optaron por el destierro hacia otros países e hicieron bien, pues la gran mayoría de los que intentaron resistirse fue aniquilada en la famosa Matanza de la Ciudadela de El Cairo (1811), con lo que se puso un sangriento fin a más de quinientos años de presencia en el país del Nilo.

La política reformista

Después de acabar con la amenaza mameluca, se inició el capítulo de reformas, comenzó la industrialización de Egipto y emergió, mediante escuelas especiales o concediendo becas en el extranjero, una elite administrativa distinta a la tradicional, que siempre había estado copada por intereses oligárquicos y que no obedecía más que a los propios linajes. En el campo económico, los monopolios estatales acabaron con las disputas entre los diferentes gremios urbanos y, si bien se restó competitividad a las manufacturas egipcias, al menos se acabó con otro de los ancestrales factores de tensión social. Idénticas medidas fueron tomadas con respecto a los campos, además de un importante presupuesto para acometer toda clase de reformas en las antiguas estructuras agrarias. Como colofón, a pesar de que el proceso de industrialización fue lento y no logró sus objetivos finales, Muhamad Ali sí logró la reorganización y modernización del ejército egipcio, algo totalmente necesario para amedrentar los intereses europeos y, sobre todo, una modernización fundamental visto el irrisorio papel que la tradicional caballería islámica había desempeñado contra los cañones napoleónicos.

Como consecuencia de la política reformadora se produjo un cambio sustancial en la sociedad egipcia, cambio que, con las debidas reservas y a pesar de la importancia de los ulamas en el siglo XIX, se puede definir como una especie de proceso de laicización. La nueva coyuntura procuró un crecimiento importante del nivel adquisitivo, además de que la reforma de la propiedad de la tierra hizo que muchos campesinos contratados se convirtieran en propietarios de sus trabajadas cosechas, de lo cual se beneficiaron tanto la nueva elite rentista como los agricultores coptos del Alto Egipto. Los cultivos sufrieron un notable incremento y se produjeron innumerables excedentes que fueron destinados al mercado, con el objetivo de reactivar las exportaciones. Ello también fue la consecuencia de que todo un elenco de pequeña clase media urbana cambiase sus actividades cotidianas para entrar de lleno en el mundo de la banca, la compraventa de bienes inmuebles y los grandes negocios internacionales. Si bien es cierto que, sobre todo tras la pérdida del objetivo político expansionista en 1840, las reformas de Muhamad Ali fueron paralizadas por la falta de fondos, o bien se mostraron insuficientes para las ilusiones depositadas en ellas, lo cierto fue que en apenas medio siglo Egipto se convirtió en quizá el único país del Islam capaz de competir en todos los ámbitos económicos con el mundo capitalista occidental, pese a que la internacionalización de la zona comenzaba a mostrar sus primeros síntomas. Todo ello, toda la política reformista, sin embargo, no resintió el tradicional carácter nacional del mundo del Nilo: “los tentáculos de estos elementos extranjeros pronto habían de alcanzar todos los niveles de la economía egipcia e incitar un movimiento nacionalista que tenía por lema ‘Egipto para los egipcios'”. (Von Grunebaun, op. cit., p. 306).

El expansionismo egipcio del siglo XIX

Una vez lograda la paz interior, el carácter belicoso del gobernante egipcio y sus ansias de controlar territorios le llevaron a disputar frecuentes guerras durante toda la decimonona centuria. Paradójicamente, y pese a que el nexo con Istanbul se debilitaba cada vez más, Gustave Von Grunebaun define de esta curiosa forma una de las causas de la extensión fronteriza egipcia: “Las guerras de expansión de Muhamad Ali fueron generalmente emprendidas a petición del sultán Mahmud II, que no se fiaba de un vasallo tan activo e intentaba embarcarle en misiones peligrosas con la esperanza de que se rompiera el cuello”. (Von Grunebaun, op. cit., p. 302). Aunque no cabe descartar, desde luego, la afirmación del historiador austriaco, lo cierto fue que las campañas, aun bajo bandera otomana, constituyeron auténticas demostraciones de fuerza por parte de Egipto, cuyo ejército dirigió con mano de hierro el general Ibrahim Baja. En 1811 fuerza egipcias pacificaron el movimiento de los Wahabíes, puritanos reformadores que pretendían instalar una nueva doctrina contra el imperio otomano en la península de Arabia; posteriormente, la propia iniciativa de Muhamad Ali le hizo emprender una campaña de conquista en Sudán, con la esperanza, frustrada al final, de encontrar oro para sus múltiples proyectos. Algo más tarde, en 1822, nuevamente Egipto intervino a petición de Mahmud II en la guerra de independencia griega, donde se hizo con el control de Creta y Morea. Como era obvio, las potencias europeas no tardaron en fijarse en las brillantes acciones militares de los soldados dirigidos por Ibrahim Pasa, tanto que Gran Bretaña comenzó a negociar secretamente, con su ministro Henry Palmerston a la cabeza, para atraerse a Egipto en su interés colonial. Aunque seducido por las ofertas europeas, Muhamad Ali decidió guiarse por fidelidad islámica al sultán otomano, decisión de la que se arrepintió en los años siguientes al no obtener compensación económica a los esfuerzos gastados.

Como no podía ser de otra manera, el débil nexo de unión con Istanbul se quebró tras la retirada egipcia de las islas del Egeo (1827), tras lo cual Egipto fijó sus ojos en la rica provincia de Siria. Desde principios del año 1831, Acre, Damasco, Hims y Alepo fueron cayendo consecutivamente del lado egipcio y, un año más tarde, Muhamad Ali se convirtió en walí de Siria, tras vencer a las tropas otomanas en la batalla de Konya. Como quiera que este acontecimiento provocó las protestas de los legados británicos, el carácter del gobernador egipcio mostró de nuevo su ambición: la firma, en el año 1833, del tratado de Unkiar-Skelessi entre Egipto y el imperio ruso motivó la entrada de la potencia europea en el cada vez más complejo mundo de Oriente Próximo. A pesar de la ayuda prestada por el soberano libanés Basir Il Sihab, los problemas en Siria, instigados por el sultán otomano y por agentes británicos, acabaron con el sueño expansionista egipcio. Tras varias batallas, con intervención británica enviando su flota a la zona, el ambicioso gobernante egipcio tuvo que firmar una tregua en 1840 por el cual sus fronteras se vieron reducidas a poco más de lo que tenía antes de empezar las campañas.

Véase Colonialismo.
Colonialismo e Imperialismo en el siglo XIX.
Guerras ruso-turcas.
Rusia: Historia II.

La intervención de las potencias extranjeras

Aunque ya desde 1840, como en el resto de Oriente Próximo, los intereses coloniales europeos habían dado muestras de lo que iba a deparar el futuro, la muerte de Muhamad Ali en 1848 y, más exactamente, la dilapidación de las reservas económicas logradas bajo su mandato en los gobiernos de Abbas Hilmi I (1848-1854) y, especialmente, tanto de su hijo Said (1854-1863) como su nieto Ismail (1863-1879), acabó con todos los sueños enarbolados tras el lema “Egipto para los egipcios”. A pesar de que en un primer momento, sobre todo con el inicio de la construcción del ferrocarril, pareció que los dirigentes continuarían con la política rígida del gran Muhamad, la constante llegada de elementos occidentales provocó no ya una laicización de Egipto, sino una funesta occidentalización de las costumbres que no hizo otra cosa que dilapidar también la cohesión social del período anterior. Con todo, el peor negocio de Egipto de la época, causa inmediata de la pérdida del poder autónomo y de la dirección política extranjera, fue la concesión a Ferdinand de Lesseps del permiso para la construcción del canal de Suez. Se trató del punto de ruptura con el devenir del Egipto clásico que ha sido repasado durante estas líneas, puesto que: “convirtió a Egipto en una presa para la avidez de las grandes potencias europeas y había de costar tanta sangre y dinero y dar a Egipto tan poco a cambio, ya que no sólo no recibió ningún ingreso del canal hasta pasado medio siglo, sino que además se endeudó hasta el cuello”. (Von Grunebaun, op. cit., p. 306).

OPR

Las crisis egipcias durante el siglo XIX

Con una población de unos veinticinco millones de habitantes, durante veinte años trabajaron las autoridades egipcias para modernizar el país y al mismo tiempo para extender sus dominios territoriales, aprovechando la decadencia que sufría la Sublime Puerta, el Imperio Otomano. El gobierno de Mumahad Ali llevó a cabo una revolución agrícola, que consistió en la construcción de riegos y canales, y en la introducción de nuevos cultivos, junto con la reactivación del comercio exterior egipcio. La mejora de la situación de las arcas estatales permitió a Muhamad poner en marcha su política de poder en el exterior. En 1815 realizó una expedición al Hedjaz y entre 1820-22 emprendió la conquista del Sudán y Creta. Estas acciones, obviamente, atrajeron la atención de las potencias europeas, sobre todo Francia, Inglaterra y Rusia, que mantenían importantes intereses en la región. La intención del Bajá egipcio era obtener del Sultán otomano el carácter hereditario de su mandato y, sobre todo, deseaba consagrar de iure la independencia que ya disfrutaba de facto.

La construcción del canal de Suez (1854-1969)

La realización de este proyecto fue sin duda muy dificultosa. Suez representaba en el mediterráneo la gran vía del comercio internacional. Las potencias europeas rivalizaban por imponer su condición hegemónica en la región, sobre todo, Francia y Gran Bretaña, y alternaban, conforme a esta circunstancia, su apoyo a Egipto, al mismo tiempo que mantenían la estabilidad del Imperio otomano. Desde 1848 las presiones francesas e inglesas para obtener concesiones económicas beneficiosas aumentaron. Si Muhamad Ali consiguió no acceder a tales pretensiones, esta situación cambió por completo bajo el mandato del nuevo Bajá de Egipto Muhamad Said (1854-1863). Inglaterra obtuvo la concesión de la construcción de la linea de ferrocarril Alejandría-El Cairo-Suez en 1850, mientras Francia consiguió, por medio del ex cónsul de Alejandría Ferdinand De Lesseps, el encargo de la construcción y explotación del Canal de Suez, a través de un acta de concesión fechado en 1854.

La Compañía de Suez se registraría legalmente en Egipto y tendría un consejo de administración internacional cuyo presidente sería del país que hubiese proporcionado la parte de capital más importante. A priori, se trataba de una empresa de carácter privado pero, en realidad, el proyecto desde sus inicios se convirtió en un tema clave dentro de la política internacional, centrando las rivalidades de Francia y Gran Bretaña. Si bien Francia había obtenido la concesión del Said, Gran Bretaña intentó, mediante presiones al Sultán, evitar que diera el consentimiento a su vasallo egipcio para seguir adelante. En un principio, Inglaterra no había estado interesada por el proyecto, pues su primer ministro, Palmerston, siempre había creído que la existencia de ese canal se convertiría en un segundo Bósforo o en un Gibraltar egipcio, y no le faltó razón. Los primeros años de realización trascurrieron con las constantes presiones británicas sobre el Sultán del Imperio otomano para paralizar los trabajos. Las razones esgrimidas por los ingleses consistieron en denunciar los métodos de trabajo forzado supuestamente empleados por Francia para reclutar a unos sesenta mil egipcios. A pesar de todas estas interrupciones durante el mandato del Jedive egipcio Ismail I, que estuvo en el poder desde 1863 hasta 1978, se llevó a cabo la inauguración del canal.

Crisis económica e intervención extranjera (1869- 1882)

Durante este período, Ismail I llevó a cabo toda una serie de reformas políticas y sociales que convirtieron a Egipto en un Estado moderno, proceso que ya había sido iniciado por Muhamad Ali. Pero debido a las numerosas construcciones la economía del país entró en la bancarrota, por lo que hipotecó totalmente su independencia al vender a Inglaterra las acciones que constituían su participación en la Compañía del Canal. La situación de crisis llegó a tal extremo que sus acreedores, Francia e Inglaterra, sometieron al país a una intervención financiera que duró desde 1876 hasta 1882.

Las injerencias internacionales habían provocado malestar entre la población egipcia, pero esta vez, propició la rebelión del movimiento nacionalista dirigido por el coronel Arabi Pachá. El enorme malestar social por la situación económica derivó en un conflicto civil que tuvo uno de los episodios más dramáticos en la matanza de cristianos en Alejandría. Inglaterra intervenía con la excusa de apoyar la autoridad del Jedive Tawfiq (1879-1992), aunque en realidad defendía sus propios intereses.

Egipto bajo protectorado inglés (1882-1922)

En un primer momento la intervención inglesa se preveía momentánea. Apenas se hubiese aplacado la revuelta del coronel Arabi y restituido el poder del Bajá la situación podía haber vuelto a la normalidad. Pero tras la victoria en Tell el-Kebir y los sucesivos acontecimientos, se propició que la presencia británica se extendiera temporalmente. En la práctica, las injerencias británicas en Egipto convirtieron al cónsul ingles, Edward Baring, futuro lord Cromer, en un autentico virrey. El principal problema al que hubo de enfrentarse fue, sobre todo, la sublevación del Mahdi en el Sudán que en 1985 ocupó Khartum. Puesto que la intervención financiera había dejado a Egipto sin recursos económicos, la campaña militar contra el Sudán fue dirigida por los británicos que guiados por el general Kitchener vencieron a los derviches en 1898, recuperaron Khartum y organizaron el Sudán como condominio anglo-egipcio. En ese mismo año, se produjo en la región uno de tantos enfrentamientos entre las potencias europeas, debido a las políticas imperialistas desarrolladas en el, por la historiografía denominado reparto de África. El conflicto de Fashoda entre británicos y franceses fue el punto de inflexión que marcó el descenso de la influencia francesa en la región egipcia, paralelo a la ascensión británica. Esto quedó reflejado totalmente al firmarse en 1904 la convención anglo-francesa, documento que fue la base de la futura Entente Cordiale en la I Guerra Mundial, en el que se estipulan las zonas de influencia del norte de África para cada potencia y, en el cual, Francia renunció a señalar un plazo a la ocupación inglesa de Egipto. La situación económica había mejorado con el nuevo jedive Abbas II (1892-1914), pero los problemas derivados de las actividades de los movimientos nacionalistas volvieron a agravarse. Muchos de estos eran partidarios de una alianza con el Sultán turco frente a los ingleses. Paralelamente, en estos años se produjo un renacimiento del fervor musulmán bajo la figura de Mustafa Kamil. Se reorganizó así el viejo Partido Nacional que reivindicaba como aspecto básico de su programa la independencia egipcia. El antieuropeísmo y anticristianismo fueron sus ideas fuerza sobre todo hasta 1914 cuando al ser suspendido y, tras la muerte de Kamil, perdió toda su influencia.

Véase Primera Guerra Mundial.

Al estallar la I Guerra Mundial, el Jedive Abbas II se encontraba en Constantinopla y no regresó a Egipto. Fue sucedido por su tío Husayn Kamil (1914-1917) que adoptó el titulo de Sultán. Esto se debió en gran parte a la situación anómala que se produjo con el estallido de la Gran Guerra. Egipto, que seguía perteneciendo teóricamente al imperio otomano, se unió con los aliados, mientras que la Sublime Puerta se alineaba con las potencias centrales. Así fue como la soberanía otomana se suprimió del territorio Egipcio. Los egipcios deseaban tras la guerra acceder a su total independencia. El movimiento nacionalista no descansó y envió una delegación del Partido Nacional, denominado Wafd, al parlamento británico, donde ésta expuso sus peticiones. Sin lograr obtener ninguna respuesta satisfactoria, inevitablemente, estalló una importante revuelta en 1919, encabezada por Saad Zaglul Bajá. La situación finalizó con la resolución de Lloyd George, primer ministro británico, de proclamar el fin del protectorado en febrero de 1922. Egipto volvía a recuperar su independencia a condición de que se mantuviera el dominio británico en el canal de Suez y su status en el Sudán. Asimismo, Gran Bretaña se encargaría de la defensa de Egipto ante cualquier ataque externo.

El largo siglo XX de Egipto independiente

Egipto fue uno de los primeros países del continente africano que accedió a su independencia, si bien en los términos en los que ésta se declaró existían todavía limitaciones para el ejercicio de una soberanía totalmente plena. La influencia de Gran Bretaña continuó patente hasta la II guerra mundial. El desarrollo histórico de Egipto durante la segunda mitad del siglo XX es imposible de entender sin tener en cuenta las condiciones especiales del área geohistórica a la que pertenece, cuyas circunstancias derivan del peculiar proceso de colonización e independencia de cada uno de los territorios. Ante todo, el eje conductor de la política egipcia se fundamentará en el desarrollo de los principios panarabistas, en el deseo de establecer su hegemonía dentro de la familia árabe y en un enfrentamiento constante con el recientemente creado Estado de Israel.

El período monárquico egipcio de 1922-1953

El 15 de marzo de 1922 el sultán egipcio Ahmed Fuad fue proclamado rey y adoptó el nombre de Fuad I. Se instauró un régimen constituido como monarquía parlamentaria, recogido en la Constitución egipcia de abril de 1923. El paso siguiente hacia la normalización política del sistema imponía la necesidad de la celebración de elecciones generales, que se produjeron en febrero del año siguiente. En estas elecciones la victoria la consiguió el Partido nacionalista Wafd por lo que Zaghlul fue erigido como primer ministro. A pesar de lo apuntado, el desarrollo político careció de fluidez. Las carencias del sistema derivaban de la Constitución, que otorgaba exageradas atribuciones al poder ejecutivo. Los enfrentamientos entre el poder del rey y el partido Wafd fueron constantes. El monarca actuó con constantes intromisiones en la vida política, apoyó la formación de otros partidos políticos, como los Liberales Constitucionales o el Partido de la Unión, en definitiva, impulsó coaliciones antiwafdistas. En esta situación la gobernabilidad resultaba imposible. La Constitución fue suspendida por Fuad I desde 1928 hasta 1935. Las elecciones celebradas en octubre de 1930, boicoteadas por el Wafd, dieron la victoria al Partido Liberal Constitucional que formó un nuevo gobierno. El régimen siguió adoleciendo de las mismas restricciones desde su nacimiento.

En 1936 murió Fuad I y fue sucedido por su hijo Faruq I, quien reinó tras alcanzar la mayoría de edad, desde julio de 1937 hasta 1952, año en el que se abolió la monarquía. El rey Faruq se caracterizó, al igual que su padre, por un intervencionismo político constante. Los enfrentamientos, por este motivo, con los nacionalistas del Wafd, siguieron siendo la tónica general de la vida política del país. En el año 1937 fueron retirados del poder y algunos miembros del Wafd fundaron un nuevo partido, denominado Partido Saadista, mucho más moderado en la defensa de sus postulados y dispuesto a colaborar con el rey, por lo que ocuparon el poder desde 1939. Tras el peligro que supuso el conflicto de Abisinia, durante el cual se temió la extensión del imperialismo italiano, Egipto firmó un definitivo tratado con Inglaterra. Este tratado de 1936 tuvo veinte años de vigencia. En él se estipuló la cooperación entre ambos países en tiempo de guerra, así como la retirada de los británicos, que sólo se mantendrían en el Canal mientras se mantuviera en vigor el tratado, tras lo cual abandonarían también esa zona. Durante el reinado de Faruq I, Egipto alcanzó un renovado prestigio internacional que le permitió ingresar en la Sociedad de Naciones, circunstancia que cambió totalmente con el estallido de la II Guerra Mundial. Egipto estuvo dividido entre los que se sintieron partidarios del eje, en gran medida por simple anglofobia y, casi en exclusiva, el partido Wafd que defendía una postura claramente antinazi. A pesar de declararse no beligerante, Egipto se convirtió en una de las principales bases militares británicas. Entre los años 1940 y 1942 se registró una gran intensidad de combates entre las tropas del eje y las inglesas, en torno a la frontera entre Egipto y Libia. Ante esta circunstancia los ingleses presionaron a Faruq para que se produjera un cambio de gobierno, y éste elevó como primer ministro al líder nacionalista wafdista Mustafa al Nahhas. La política de mejoras sociales desarrollada por Nahhas despertó los recelos de las oligarquías, lo que provocó la segunda escisión dentro del partido, con el nacimiento del Bloque Wafdista Independiente. De nuevo el rey Faruq intervino destituyendo al gobierno Wafd y formando uno nuevo con el partido saadista.

Egipto en la II Guerra Mundial

En febrero de 1945 el gobierno declaró la guerra a Alemania y Japón, lo que le permitió a Egipto participar en la Conferencia de San Francisco y su ingreso en las Naciones Unidas. Tras la II Guerra Mundial se abre en Egipto un período histórico que algunos autores han calificado como la etapa de Agonía de la Monarquía, cuya extensión temporal se sitúa entre 1948 y 1952. Los problemas internos siguen estando marcados por un nacionalismo panarabista incipiente y marcadamente anglófobo, cuyas reivindicaciones siguen siendo los temas referentes al Canal y a Sudán. A toda esta problemática se unirá a partir de estos momentos el conflicto que condicionará la historia de toda la región del Próximo Oriente durante el siglo XX, el conflicto árabe-israelí. La relación entre estos acontecimientos es directa. Tras la primera guerra de los palestinos contra Israel, la derrota fue sentida en Egipto como una humillación. La opinión pública culpó a la clase dirigente por su incompetencia. El armisticio de 1949 fue considerado por los egipcios como una interrupción momentánea del conflicto y no como el restablecimiento de la paz. Desde ese mismo año Egipto quedó implicado en la cuestión Palestina por cuanto estableció el control militar en Gaza. Las relaciones con Gran Bretaña tampoco fueron buenas. La guerrilla hizo frente a las fuerzas inglesas en el Canal, mientras el gobierno wafdista denunciaba el incumplimiento del tratado anglo-egipcio de 1936. Todo esto derivó en incendios y desórdenes que se extendieron hasta El Cairo en enero de 1952.El gobierno wafdista cayó por su incapacidad de mantener el orden. El rey nombró como nuevo primer ministro a Ali Maher, que fue sucedido a los pocos meses por Al Hilali. Con esta difícil y conflictiva situación se produjo la actuación del grupo de los Oficiales Libres. Esta organización de militares jóvenes actuó en el seno del ejército como una sociedad secreta nacionalista, que, con el golpe de Estado del 23 de julio de 1952, puso en marcha el proceso que dio paso a la revolución y a la proclamación de la República.

Véase Segunda Guerra Mundial.

La revolución del Grupo de los Oficiales Libres (1952-1954)

Como ya se indicó, la situación política egipcia sumió al país bajo una profunda crisis. La inestabilidad social aumentaba a la misma velocidad que se sucedían los distintos gabinetes de gobierno. La iniciativa para transformar este panorama partió del seno del ejército. Tras el desengaño sufrido por la derrota en la guerra con Israel, dentro del cuerpo militar se formó, en la clandestinidad, el Comité de Oficiales Libres presidido por el oficial Gamal Abdel Nasser. Este grupo entró en contacto con otras fuerzas revolucionarias y con los partidos de izquierda. A todos ellos les unía un objetivo común, la necesidad de actuar frente a la crisis política, social y económica, frente a las arbitrariedades de la monarquía y a la corrupción del régimen político. Al frente del movimiento revolucionario se situó una figura de prestigio, Muhamad Naguib. Como primera acción, se llevó a cabo un golpe de estado el 22 de julio de 1952 que triunfó con gran facilidad. Ese mismo día, Naguib fue nombrado jefe del Estado Mayor del ejército, mientras el poder efectivo lo detentaba el Consejo de la Revolución, integrado por once miembros y presidido por Nasser. Alí Maher fue nombrado jefe del gobierno.

El 26 de julio el rey Faruk fue obligado a abdicar y exiliarse. Le sucedió su hijo Fuad II, asistido por un Consejo de Regencia. Poco después Alí Maher dimitía como jefe del gobierno y fue sustituido por Nasser. Las primeras medidas revolucionarias se produjeron en pocos meses. A la promulgación de la Ley de Reforma Agraria, prosiguió la ley que suprimía los partidos políticos, que se sustituyeron por un partido único, denominado Rassemblement de la Libération, cuyo programa se podía resumir en tres aspectos: la evacuación de las tropas británicas y el derecho de autodeterminación de Sudán, ejecución de reformas sociales y reforzamiento de los lazos con el resto de los países árabes. El 10 de febrero de 1953 fue promulgada la nueva Constitución, válida para un período de tres años. Unos meses más tarde se abolió oficialmente la monarquía y se proclamó la República, de la que fue presidente a Naguib. La revolución, sin embargo, entraba en crisis. El enfrentamiento subterráneo de las dos tendencias existentes, una de ellas representada por Naguib con un talante moderado y democrático y, la segunda, representada por Nasser, se radicalizó. El conflicto finalizó de forma favorable para Nasser que alcanzó la presidencia de la República y que apartó a Naguib definitivamente de la vida política en 1954. Se iniciaba así una nueva etapa en la que Egipto contó con un dirigente extraordinario como fue Gamal Abdel Nasser.

El Egipto de Nasser (1954-1970)

Bajo el mandato de Nasser Egipto atravesó por un proceso histórico fundamental. Ni la figura de Nasser, ni la revolución que protagonizó pueden quedar reducidos a los límites territoriales de un solo país, pues afectaron de una manera u otra a todo el ámbito árabe. Los rasgos característicos de la política nasseriana son el estatalismo económico, la búsqueda de la unidad árabe y un neutralismo activo. Para esto último, potenció la plataforma de actuación de la organización de los Países No Alineados.

Véase Países No Alineados.

Nasser concentró el poder político de Egipto de manera absoluta. Bien es cierto que siempre estuvo apoyado, legitimado y sostenido por un fervor popular casi unánime, al igual que por unas estructuras y mecanismos de poder conformados bajo su sello personalísimo. Durante 1955 empezó a producirse lo que se ha llamado el viraje político de Egipto que se concretó en una política independiente ante Occidente, en una intención firme de liderar al conjunto de los países afroasiáticos, como así demostró en la Conferencia de Bandung y en la defensa de un neutralismo activo. Todos estos proyectos del ideario nasseriano le propiciaron un gran prestigio y, a su vez, numerosos problemas. El más grave lo supuso la firma del Pacto de Bagdad el 24 de febrero de 1955. Este pacto estableció una alianza militar entre Irak y Turquía, al que se adhirieron más tarde Gran Bretaña, Paquistán e Irán. El acuerdo, inspirado por los Estados Unidos, debe contextualizarse dentro del papel que el Próximo Oriente comenzó a tener en la llamada Guerra Fría. Como consecuencia directa de esto, se inició todo un proceso de reajustes en las alineaciones políticas y estratégicas de la región.

Véase Guerra Fría.

En enero de 1956 se promulgó una nueva Constitución con un claro carácter presidencialista, en la que la asamblea nacional quedaba en un segundo plano. Ésta fue aprobada en referéndum y Nasser fue elegido presidente. Una de sus primeras decisiones fue la construcción de la Presa de Asuán sobre el río Nilo, básica para producir la energía eléctrica necesaria para el desarrollo económico del país. Al no disponer de financiación propia pidió ayuda financiera al Banco Mundial (BIRD). Estados Unidos y Gran Bretaña negaron su ayuda como consecuencia de los tratados que Egipto había establecido con la Europa comunista. La respuesta de Nasser fue contundente. Anunció la nacionalización de la Compañía del Canal de Suez, cuyos ingresos destinaría a la construcción de la presa. Esta decisión afectaba directamente a los intereses económicos franco-británicos, así como a los planteamientos político-estratégicos, en el Próximo Oriente, de los Estados Unidos. El conflicto estalló tras la ofensiva israelí que dio comienzo en octubre de 1956 iniciando un ataque sobre la península del Sinaí, que progresó sin encontrar apenas obstáculos hacia Sharm El-Shaeik al sur, hacia Ismailía por el oeste y Gaza por el norte. Con la excusa de detener la posible extensión del conflicto, Francia y Gran Bretaña desembarcaron en el canal, lo que provocó la más absoluta condena internacional. El 6 de noviembre las Naciones Unidas ordenaron el cese del fuego, y acordaron crear una fuerza internacional que se instalaría sobre el territorio donde se habían efectuado las operaciones militares.

Véase Guerras Árabe-israelíes.

El fin del Egipto nasseriano

El balance del conflicto fue muy positivo para Nasser. Tras esta crisis de Suez vio aumentado su prestigio, tanto en Egipto y los países árabes, como entre los países afroasiáticos, de manera que se alzó como un gran líder político de talla internacional. Además, a pesar de la derrota militar, el objetivo de adueñarse del Canal se vio realizado. La situación por tanto permitió al gobierno tomar importantes medidas en política interior, sobre todo en el terreno económico. El régimen nasserista fue obteniendo en esos años su característica configuración, que aglutina rasgos populistas y militaristas, con postulados socialistas, en un contexto fuertemente estatalizado, junto con un deseo de resurgimiento del movimiento panarabista al que Nasser nunca renunció. En este último sentido puede ser entendida la creación de la República Árabe Unida en 1958 que unió Egipto con Siria, y en marzo con Yemen. La R.A.U estuvo destinada al fracaso desde su nacimiento por varios motivos. Principalmente, porque aglutinó países cuyas realidades, además de complejas, eran muy distintas y, además, la concepción panarabista de Nasser descansaba en una contradicción. Por un lado, defendía la unión en igualdad de las naciones árabes y, por otro, pretendía una situación hegemónica para Egipto. En 1961 se consumó la escisión de Siria, tras el golpe de estado de Damasco. Nasser no renunció al proyecto, pero sus ataques hacia el partido Baaz en 1962-63 hicieron imposible una marcha atrás. Fue precisamente en estos años cuando el régimen adoptó una orientación basada en principios socialistas, como lo demuestra la Carta Nacional presentada por Nasser en 1962, y la nueva Constitución que se llevó a cabo. Todo ello implicó la reforma de las estructuras económicas y sociales que multiplicaron las nacionalizaciones. El dirigismo estatal estableció un plan decenal dividido en dos etapas quinquenales, la primera de 1961 a 1965 y, la segunda, de 1966 a 1970. Las relaciones con el resto de los países árabes siguieron siendo especiales, se firmaron pactos con Irak y Siria y se creó en 1964 el Mercado Común Árabe.

El prestigio de Egipto y de su máximo dirigente, Nasser, fue descendiendo sobre todo tras el conflicto que mantuvo con Arabia Saudí sobre la cuestión de Yemen, en la que los egipcios apoyaban a los republicanos, mientras los saudíes se situaron con las fuerzas monárquicas.

El año crítico dentro de la amplia etapa nasserista fue 1967. Un nuevo conflicto con Israel, la llamada Guerra de los seis días, propinó un fuerte golpe sobre la imagen de Egipto y de su líder Nasser. Hasta su muerte, el 28 de septiembre de 1970, aún pudo jugar un papel importante como mediador entre Hussein de Jordania y los guerrilleros palestinos. Este hecho y la inauguración de la presa de Asuán, financiada finalmente en su mayoría con capital soviético, fueron las últimas acciones de un régimen que se encontraba tan enfermo y agotado como su máximo representante.

Anwar el-Sadat ( 1970-1981)

Tras la muerte de Ganmal Abdel Nasser fue elegido como sucesor Anwar el-Sadat, vicepresidente egipcio hasta ese momento. Éste dirigió los designios del país hasta el 6 de octubre de 1981, año en el que murió asesinado por los integristas islámicos. El régimen de Sadat, en líneas generales, alteró radicalmente los principios y las prácticas nasseristas, hasta colocar al país en una situación contraria a la del anterior régimen. Por este motivo muchos autores hablan de Segunda Revolución egipcia.

En política interior se promulgó una nueva Constitución en 1971. El nuevo presidente propició una tendencia hacia una ficción pluralista o, lo que puede ser considerado, como un pluralismo controlado desde el poder, que revistió al régimen de una apariencia más democrática, si bien la oposición siguió siendo inexistente. En el nivel económico la trasformación se encaminó hacia una mayor liberalización, articulada al servicio del sector público. Al conjunto de esta política se le conoce con el nombre de Infitah o apertura. En la política exterior se puso fin a cualquier tipo de relación con la Unión Soviética y, como contrapartida, se produjo un acercamiento a Occidente y, en especial, a los Estados Unidos. Este giro de la política egipcia le supuso un progresivo aislamiento del resto del mundo árabe. Al régimen sadatí se fueron oponiendo todos los regímenes árabes o, al menos, distanciándose claramente de él. Este aislamiento concluyó con la expulsión de Egipto de la Liga de los Estados Árabes y la adopción de medidas represivas contra su régimen. Esto se produjo como consecuencia del acontecimiento más importante dentro de esta etapa, en el cual Egipto tuvo un papel protagonista: el cuarto conflicto arabe-israelí o Guerra del Yom Kipur (1973).

A principios de 1972, Sadat alteró la composición de todo su gabinete con el fin de preparar el frente interior para el inevitable conflicto con Israel. Asumió la jefatura y se proclamó gobernador general. Las relaciones diplomáticas con Jordania quedaron rotas, al mismo tiempo que expulsaba del país a los asesores militares soviéticos, lo que provocó un enfriamiento de las relaciones, que empeoró al hacer público que recibía armamento de las potencias occidentales. Las siguientes medidas preparatorias hacia el conflicto se intentaron en 1972, en la cumbre de Tánger entre Egipto, Siria y Argelia, sin que se consiguiera ningún avance significativo. Habría que esperar hasta enero de 1973 para que se creara un mando militar unificado egipcio-sirio. La decisión de iniciar la guerra fue tomada en común. El 6 de octubre de 1973 se produjo el ataque sobre Israel en dos frentes de batalla, situados al norte y al sur. El conflicto finalizó sin que se pudiera hablar de una derrota árabe, ni tampoco de una victoria. Los principales resultados inmediatos de la guerra de Yom Kipur fueron los acuerdos separados, entre Egipto e Israel por un lado y, Siria e Israel por el otro. Las desavenencias durante el conflicto de estos dos países terminaron por contaminar unas relaciones ya de por sí difíciles.

Del Yom Kippur a los acuerdos de Camp David

A partir de ese momento, los esfuerzos para alcanzar una solución a la situación de conflicto permanente en la región copará toda la labor exterior egipcia. El primer paso será la asistencia de Egipto a la Conferencia de Ginebra, en la que se reunió con Jordania, Israel, La Unión Soviética y Estados Unidos, para tratar el asunto del proceso de Paz. El cambio de actitud egipcio se pudo ir comprobando entre 1974 y 1975 cuando se normalizaron las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos y se abrió de nuevo a la navegación internacional el Canal de Suez, ambas cosas interrumpidas desde 1967. La situación interna del país, sin embargo, no atravesaba sus mejores momentos. El aumento del coste de la vida colocaba a la mayoría de la población en niveles de carestía. Las numerosas manifestaciones, motivadas por el malestar general, fueron duramente reprimidas y se saldaron, en 1977, con un balance de veinte muertos y más de cuatrocientos heridos.

En ese mismo año Sadat realizó la primera visita oficial de un líder árabe a Israel. La trascendencia de este hecho es significativa. Hasta ese momento ningún país había aceptado visitar Israel pues suponía el reconocimiento de su existencia. Por tanto, la reacción del resto de los países árabes fue de condena y ruptura de relaciones con Egipto. Concretamente, Argelia, Libia, Jordania, Siria y la República Democrática de Yemen se reunieron en la ciudad de Trípoli para construir un frente de resistencia ante la considerada Traición egipcia. No obstante, las negociaciones del proceso de paz siguieron su curso. Tras el rechazo del plan propuesto por Israel, las presiones norteamericanas obligaron a los dos países a reanudar de nuevo el proceso, que llegó a su fin el 26 de marzo de 1979, al firmar en Washington el Tratado de Paz. Firmado por Anwar al-Sadat y Menahem Beguin, con el presidente estadounidense Jimmy Carter como testigo, el tratado contenía las exigencias egipcias de Soberanía sobre el Sinaí y las exigencias de seguridad de paz de Israel. En el tratado se estipulaba, siguiendo unos plazos, cómo debía trascurrir el proceso. En un plazo de nueve meses, tras la firma, Egipto recuperaría la mitad del territorio aproximadamente, el resto quedaría completamente evacuado en marzo de 1982. Además los dos países se comprometían a normalizar las relaciones diplomáticas, económicas y culturales. La parte más conflictiva del Tratado son las cláusulas referentes a los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania, pues existían diferencias entre los planteamientos egipcios e israelitas, así como por la actitud de Jordania y la de los mismos palestinos. En 1981, tras el referéndum nacional en el cual El-Sadat fue elegido para ocupar el cargo con carácter vitalicio, el gobierno desencadenó una dura represión frente a uno de los problemas que más van a afectar el desarrollo político del país, el fundamentalismo islámico. Apoyada por Irán, la acción culminó con la detención de más de mil quinientas personas. En ese mismo año, el presidente Sadat murió, asesinado por un comando de extremistas islámicos de su propio ejército, mientras asistía a un desfile militar. Su ejecutor fue Jalid Istambuli. El vicepresidente en ese momento, Hosni Mubarak, fue su sucesor.

Egipto bajo la presidencia de Hosni Mubarak

En octubre de 1981 Hosni Mubarak fue ratificado en el cargo de presidente por medio de un referéndum popular. En líneas generales, el nuevo mandatario continuó la política, tanto interior como exterior, de su antecesor. Las primeras medidas tomadas al frente de su cargo fueron la detención y persecución de numerosos miembros de organizaciones extremistas islámicas, sospechosas de su oposición al régimen. Al mismo tiempo, ordenó la destitución de más de cien oficiales del ejército por el mismo motivo. En mayo de 1984 se celebrarían las primeras elecciones que tenían lugar en el país tras largo tiempo. Los incidentes durante el proceso electoral fueron sangrientos. La participación, de un censo donde el derecho al voto para la población era muy restringida, no llegó al 50%. La victoria la obtuvo el Partido Nacional Democrático, que dirigía Mubarak, y fue derrotado el partido Wafd, que en esta ocasión había hecho frente común con la Hermandad Musulmana.

Durante la década de los ochenta Egipto fue reanudando y normalizando las relaciones con el resto de los países árabes. En 1984 las reanudó con Jordania y en 1989 con los países de la Liga Árabe y, un poco después, con Libia y Siria. Mubarak fue elegido presidente de la O.U.A. Este proceso hacía inevitable un nuevo orden en la región del Próximo Oriente, en la que existía una ausencia de liderazgo homogeneizador impositivo y, en la cual, el equilibrio se conseguía con un efectivo contrapeso de fuerzas. Bajo estas circunstancias, ni Egipto podía vivir aislado del mundo árabe, ni el mundo árabe de Egipto. Sin embargo, ese equilibrio de fuerzas se vio comprometido durante la llamada crisis del golfo, de 1990. La guerra del golfo dividió al mundo árabe entre los países islámicos integristas y los pro-occidentales, entre los que se encontraban Egipto y Arabia Saudí que condenaron la acción de Irak.

Véase Guerra del Golfo Pérsico.

La postura oficial egipcia provocó numerosos altercados entre su población, que seguía sufriendo las consecuencias de la continuada crisis económica. Las arbitrariedades y la corrupción del gran capital restaban efectividad a las prestaciones económicas que durante los noventa recibía Egipto por parte de los Estados Unidos. En septiembre de 1993 Mubarak fue reelegido para un tercer mandato de seis años. Ese mismo año cumplía el segundo vencimiento de la deuda externa. Egipto tuvo que firmar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.), a pesar de que tras su participación en el conflicto del golfo, del lado de los aliados, éstos habían condonado la deuda que ascendía a 21.500 millones de dólares, a la mitad. Mubarak intentó salir de la gravísima situación económica con fuertes medidas que permitían reducir el déficit presupuestario, pero que a su vez implicaban elevados costes sociales. Junto a la situación económica, el otro grave problema que afecta a distintos países árabes, en general y, a Egipto en particular, a finales del siglo XX, es el resurgir de movimientos fundamentalistas islámicos. Los dos problemas están en cierta medida relacionados. Los atentados terroristas de estos grupos de integristas, como por ejemplo la Yihad, sobre los turistas, ha provocado la reducción progresiva de este sector, fundamental en la economía egipcia pues representaba la mayor fuente de entradas de divisas al país. En 1993 se ejecutó a veintinueve miembros de estos grupos terroristas, sin que por ello la situación haya variado. Los atentados han provocado más de un millar de afectados y han sido la causa de la muerte del premio Nobel egipcio Naguib Mahfouz. En 1994 Mubarak escapó con vida de un atentado que se llevó a cabo contra su persona en la capital de Etiopía, Addis Abeba. Las relaciones con Sudán han empeorado rápidamente por este motivo. Mubarak lanzó en 1996 graves acusaciones contra el gobierno de dicho país insinuando cierta permisividad con estos sectores fundamentalistas, que desde su centro de actividad en el Sudán, siguen actuando sobre Egipto.

EDMC

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Egipto: Historia (15000 a.C.-    )

Fuente: Britannica

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