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Biografía de Guerra Anglo-estadounidense (1812-1815)

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 Conflicto bélico que, entre 1812 y 1815, enfrentó a Gran Bretaña y Estados Unidos a consecuencia de la violación de los derechos marítimos de los países neutrales en el contexto de las guerras napoleónicas que enfrentaban a Francia e Inglaterra.

Desde 1807, el bloqueo que la Marina Real británica ejercía sobre la Francia de Napoleón causó subsidiriamente el aumento de la tensión entre Estados Unidos y su antigua metrópoli, al decretar el gobierno británico el desvío hacia los puertos ingleses de todos aquellos barcos que se dirigieran a las costas francesas. Por su parte, Francia ordenó la captura de cualquier navío que hubiera acatado estas medidas, lo que creó una situación de doble cerco al comercio ultramarino con Europa occidental. Unos 1.500 buques mercantes con bandera estadounidense fueron apresados hasta 1812 y miles de ciudadanos de la Unión (cuyo “certificado de naturalización” no aceptaban los británicos, sobre todo si los apresados eran ingleses de nacimiento) fueron capturados y llevados al frente como súbditos de la Corona. La administración de Thomas Jefferson puso en práctica su doctrina de la “coerción económica” para presionar tanto a Gran Bretaña como a Francia, prohibiendo por la Ley de Embargo las relaciones comerciales marítimas con Europa. En 1808-09 estas medidas fueron completadas con la limitación del intercambio comercial con las posesiones británicas en Canadá y con las españolas en la Florida oriental. La tensión creada por el conflicto comercial alentó en Estados Unidos en un fuerte movimiento nacionalista y antibritánico que respondía al “complejo colonialista” que arrastraba el país tras la Guerra de la Independencia. En los años siguientes, ese estado de opinión derivó hacia un belicismo en el que se mezclaban, junto al patriotismo republicano, intereses económicos y territoriales muy alejados del conflicto comercial.

Causas del conflicto

El conflicto europeo provocado por el expansionismo napoleónico, en pleno fragor, afectó negativamente al comercio estadounidense (pese a que su economía había experimentado un rápido crecimiento como consecuencia de la guerra que se libraba allende el Atlántico), debido al doble bloqueo. Ni Francia ni Gran Bretaña respetaron el estatuto de neutralidad al que se acogía Estados Unidos para seguir comerciando con ambos países y, mediante distintas ordenaciones, permitieron la violación de sus derechos de navegación. Gran Bretaña, que mostraba una actitud de abierto desafío hacia la Unión, mantenía un sólido bloqueo de las costas europeas y norteamericanas, obligando a los barcos estadounidenses a atracar en puertos ingleses y vigilando de cerca el tráfico junto a las costas de Nueva Inglaterra. La requisa de barcos con bandera de la Unión, junto a la sistemática captura y leva forzosa en alta mar de ciudadanos norteamericanos, crearon un profundo malestar en la opinión pública de Estados Unidos, que interpretaba estos hechos como el desprecio de la antigua metrópoli a la colonia emancipada. La administración presidida por Thomas Jefferson impuso desde 1807 medidas restrictivas de las exportaciones hacia Europa (Ley de Embargos), que debilitaron el comercio y la producción estadounidenses, pero que, con el tiempo, forzaron a Gran Bretaña (cuya economía de guerra dependía en buena medida del mercado americano) a revisar las “órdenes en Consejo” que permitían la violación del comercio neutral.

El clima de hostilidad antibritánica tenía sus raíces profundas en el pujante nacionalismo estadounidense, verdadero acicate del conflicto de 1812. La guerra se declaró, de hecho, en el momento en que Gran Bretaña aflojaba su presión sobre el comercio norteamericano. El conflicto respondió a intereses económicos y políticos que trascendían los perjuicios coyunturales del bloqueo británico y que comenzaron a manifestarse desde el inicio de la presidencia del republicano James Madison (1809-1817), cuando la política de coerción económica dejó paso progresivamente a la provocación bélica. Madison trató no obstante de resolver la cuestión comercial por vía diplomática. En un intento de aliviar el estancamiento del comercio ultramarino, el Congreso aprobó la Ley de No Relaciones, que limitaba las restricciones de intercambio comercial a Francia y Gran Bretaña. Estas disposiciones no tuvieron efecto práctico y el Congreso las sustituyó por la segunda Ley Macon, que levantaba todas las restricciones comerciales y expulsaba de aguas estadounidenses tanto a franceses como a británicos, con la promesa de que, en el caso de que alguno de estos dos estados derogase las leyes que permitían el ataque a los navíos neutrales, la Unión cancelaría de inmediato sus relaciones comerciales con su enemigo. Napoleón consideró que dicha ley podía serle de utilidad en su política de aislamiento de Inglaterra y, en noviembre de 1810, anunció la retirada de las órdenes que permitían el apresamiento de navíos neutrales. A pesar de que Madison fue advertido de que se trataba de una maniobra del francés para provocar una guerra anglo-estadounidense, el presidente aplicó la Ley Macon y canceló las relaciones comerciales con Inglaterra, a menos que ésta pusiera fin a sus ataques contra la flota mercante de la Unión.

La desafiante actitud del gobierno británico impidió un acuerdo y, al tiempo, caldeó el clima de exaltación patriótica de ciertos sectores del partido republicano y de la opinión pública, cada vez más inclinados a la guerra. Durante los dos años siguientes, las violaciones de los derechos marítimos de Estados Unidos fueron continuas, tanto por parte de Inglaterra como de Francia. Madison no enmendó pese a todo su política, argumentando que el honor de la nación se hallaba comprometido con Francia. Finalmente, el 1 de junio de 1812 el presidente demandó del Congreso una declaración de guerra, apoyándose en una larga nómina de agravios que presentó ante la cámara: violación de las aguas territoriales por la Marina Real, captura y leva forzosa de ciudadanos de la Unión y bloqueo de las costas estadounidenses, entre otras. El 18 de junio, el Congreso declaró abiertas las hostilidades, tras una conflictiva votación en la que triunfó la tendencia probelicista por un estrecho margen de votos. El voto favorable provenía de los estados con menor peso comercial (Vermont, Georgia, Kentucky, Tennessee, Virginia, Carolina del Sur), mientras que la mayoría de los representantes de los estados del noreste (Maryland, Nueva Inglaterra y Nueva York), los de mayor flujo comercial transatlántico, votaron en contra. Dos días antes, Inglaterra había derogado las “órdenes en Consejo” que permitían el ataque a barcos con bandera neutral. El bloqueo de las relaciones comerciales con Gran Bretaña, aplicado con rigor desde marzo de 1811, había causado graves perjuicios a la economía inglesa, que dependía del mercado americano. A pesar de la urgencia de revisar las leyes de bloqueo del comercio con la Unión, diversas coyunturas políticas impidieron su derogación hasta el 16 de junio. Las dificultades de comunicación y la voluntad belicista del gobierno republicano impidieron que se detuviesen los preparativos militares.

La guerra no fue predominantemente marítima, como cabría esperar de un conflicto que, en teoría, respondía al lema republicano: “libertad de comercio y navegación”. Sus causas profundas hay que buscarlas en los intereses de grupos de poder muy concretos que nada o casi nada tenían que ver con el comercio ultramarino. Los más perjudicados por el bloqueo (los armadores y comerciantes de Nueva Inglaterra y Maryland) se opusieron tenazmente a la guerra, creando un clima de opinión que rozó la agitación sediciosa. En el Congreso, fueron los representantes republicanos de los estados del noroeste y del sur quienes apoyaron la declaración de hostilidades, enarbolando consignas nacionalistas y antibritánicas. Los primeros, porque la guerra serviría como pretexto para la anexión del Canadá y para emprender una ofensiva definitiva contra los pueblos indios que, armados por los británicos, ponían en peligro la expansión territorial hacia el Oeste; los segundos, porque la producción sureña atravesaba momentos de crisis que, erróneamente, atribuían a la política proteccionista británica y porque alentaban la esperanza de incorporar el territorio de la Florida española.

El inicio de una guerra que, desde su inicio, tuvo un marcado cariz expansionista levantó las iras del partido de la oposición, el federalista, cuya propaganda generó un intenso debate acerca de la capacidad de autodeterminación de los estados de la Unión y de su derecho de resistencia a la política del gobierno de la República. Los federalistas bautizaron al conflicto como la “Guerra del Señor Madison” y atacaron al ala probelicista encabezada por los llamados “Halcones de la Guerra”, grupo de jóvenes congresistas procedentes de los estados del noroeste y sureste interesados en los que, se suponía, serían los suculentos frutos del conflicto: la eliminación de la amenaza india y la conquista de Canadá y la Florida. El peligro que para la colonización representaban los pueblos indios del oeste constituyó una causa determinante de la política probelicista de la administración Madison. En el medio oeste y en el noroeste, la creación de una gran confederación india que intentaba resistir al expansionismo blanco se convirtió en un importante escollo para el avance de la colonización agrícola. Las autoridades de la Unión acusaban a los ingleses de sufragar el movimiento de resistencia indio, pese a que los británicos se limitaron a proporcionarle armas; en realidad, este movimiento surgió de la toma de conciencia por parte de ciertos jefes de las naciones indias (como los hermanos shawnee Tecumseh y Tenskwatawa) de la amenaza de aniquilación que se cernía sobre sus pueblos. Una vez declarada la guerra, la confederación india luchó junto a los ingleses desde sus bases en Canadá.

El hecho de que Madison no aceptara la oferta de armisticio incondicional hecha por el gobierno británico convenció a muchos de que los republicanos preparaban una guerra de conquista que beneficiaría fundamentalmente a los estados del noroeste. Vino a reforzar esta opinión la negativa del Congreso (de mayoría republicana) a aprobar disposiciones para aumentar la flota de guerra con carácter de urgencia, cuando se suponía que se iba a enfrentar a la más poderosa armada del mundo. Las sospechas sobre las motivaciones profundas de la guerra generaron un importante movimiento de resistencia que se extendió de Nueva Inglaterra a los estados de Massachusetts, Rhode Island y Connecticut, cuyos gobernadores se negaron a reclutar a las milicias que reclamaba la Unión.

Desarrollo de la guerra

El gobierno estadounidense hizo gala desde el principio del conflicto de una inaudita incompetencia militar, causada, por una parte, por los intereses concretos de los grupos de poder favorables a la guerra y, por otra, por la inmadurez del ejército de la Unión. El escenario bélico se extendió desde el Golfo de México a los Grandes Lagos y de allí a los estados del noroeste. La Unión tenía escasa posibilidades de éxito a priori en el terreno militar: Inglaterra mandaba en el mar y, en tierra, pese a que los efectivos americanos eran muy superiores a los ingleses gracias a la incorporación masiva de milicianos, los cuadros del ejército regular eran escasos, estaban mal pertrechados y contaban con escasa experiencia táctica.

La primera fase de la guerra se caracterizó por inesperados triunfos estadounidenses en el mar y por —también inesperadas— derrotas en tierra. Absorbida por la guerra contra Napoleón, Gran Bretaña no estaba en disposición de enviar refuerzos militares a Norteamérica. Frente a los cerca de 700.000 milicianos que se unieron al escaso ejército regular de la Unión, los ingleses contaban con 5.000 hombres acantonados en Canadá y con un escaso número de buques. En un primer momento (agosto de 1812-febrero de 1813), las potentes fragatas norteamericanas conocidas como Old Ironsides derrotaron en distintos encuentros a los ingleses, tras breves combates. Estos triunfos carecían de relevancia estratégica, pero crearon un clima de exaltación patriótica que difuminó en parte la división de la opinión pública respecto a la guerra.

El gobierno republicano planeó la invasión del Alto Canadá desde Detroit por las tropas al mando del general Hull, mientras el general van Rensselaer avanzaba desde el Niágara y el general Dearborn penetraba en el Bajo Canadá por el valle del Richelieu. Este primer intento de invasión fracasó debido a la defección masiva de los milicianos que, una vez traspasada la frontera, se negaron a combatir, alegando que habían ido al frente a defender sus hogares, no a conquistar Canadá. Los ingleses, en cambio, avanzaron hasta Detroit. Tras conquistar los fuertes Michilimachinac (Michigan) y Dearvorn (Illinois), en agosto de 1812 tomaron la ciudad, mal defendida por el general Hull. Poco después, van Rensselaer era derrotado en Queenston. La región de los Grandes Lagos quedó, pues, a merced de los ingleses, que hicieron retroceder la zona bajo control militar estadounidense hasta el Wabash y el Ohio. En octubre de 1812 se llevó a cabo un nuevo intento de ocupación de Canadá. Pese a que los de la Unión consiguieron una primera victoria en Queenston, la negativa de los milicianos de Nueva York a combatir fuera de sus fronteras detuvo nuevamente el avance.

La guerra pudo terminar entonces. Pero la Marina Real siguió capturando barcos con bandera republicana y, en Estados Unidos, los primeros éxitos militares en el mar alentaron la continuación de las hostilidades. Tras los fracasos iniciales en tierra, el gobierno fomentó la construcción naval y la campaña de 1813 se centró en el dominio del lago Erie. El general W. H. Harrison avanzó desde Ohio hacia Detroit, ciudad que pudo reconquistar en octubre de 1813. Las tropas inglesas al mando del general Procter se replegaron hacia el Niágara tras rendir Detroit. Pero Tecumseh, jefe de la confederación india, convenció al inglés para resistir en un poblado situado en el centro de la península de Ontario. Allí se libró la batalla decisiva del lago Erie, junto al río Thames, el 5 de octubre. En ella murió Tecumseh, tras lo que quedó deshecha la gran confederación india. Esta batalla devolvió a la Unión el control sobre la frontera, pero evidenció el fracaso de los nuevos intentos de ocupación del Canadá: en abril de ese mismo año las tropas al mando de Perry penetraron en el Alto Canadá y destruyeron la capital, York (Toronto), además de Queenston y Newark, pero no pudieron afianzar estas conquistas y tuvieron que retirarse. En diciembre, una nueva ofensiva de los británicos tuvo como resultado la conquista del fuerte Niágara y la destrucción de los poblados colonos de Black Rock y Buffalo por las tropas indias. Al término del segundo año de guerra no quedaban tropas de la Unión más allá de la frontera canadiense, y los británicos amenazaban con proseguir su avance desde sus bases en el Niágara. En el mar, las primeras victorias estadounidenses dejaron paso a la guerra de corso, que causó graves pérdidas a la marina mercante británica.

La caída de Napoleón en abril de 1814 permitió a Inglaterra enviar grandes efectivos de veteranos a Norteamérica y reforzar su cerco naval a las costas estadounidenses. La estrategia británica consistía en un ataque masivo en cuatro frentes (Niágara, lago Champlain, bahía de Chesapeake y Nueva Orleáns), al tiempo que se mantenía un férreo bloqueo marítimo. En el frente del Niágara, las tropas unionistas al mando de Jacob Brown tomaron el fuerte Erie en julio de 1814, antes de desencadenarse la gran ofensiva británica. Unos días después de esta conquista, el ejército de Brown fue derrotado en Chippewa por el grueso de las tropas inglesas recién desembarcadas. Poco después, un nuevo encuentro de ambos ejércitos en Lundy Lane (quizás el episodio más cruento de la guerra) se saldó con un número escalofriante de víctimas de ambos bandos: 853 norteamericanos de un total de 2000 y 878 británicos de un contingente algo mayor. Estos encuentros hicieron fracasar la invasión inglesa desde el Niágara y dieron sus primeros momentos de gloria al ejército estadounidense. Desde el lago Champlain y el río Hudson, un ejército formado por 10.000 veteranos de la guerra napoleónica al mando de George Prevost avanzó hacia el estado de Nueva York, siendo sorprendentemente derrotado en Plattsburg por la flotilla estadounidense mandada por Macdonough. Tras su derrota, Prevost se replegó hacia Canadá. Más al sur, el ejército de veteranos al mando del general Robert Ross desembarcó en la bahía de Chesapeake, con Washington, Baltimore y Filadelfia como objetivos. El 24 de agosto cayó Washington, donde los ingleses quemaron la mayoría de los edificios públicos. Eran momentos de gran confusión: Nueva Inglaterra y Connecticut amenazaban con la autodeterminación, ante el temor de que el ejército inglés prosiguiera su avance hacia el norte. Pero el estado mayor británico no buscaba la ocupación permanente de ciudades sino una derrota rápida y definitiva sobre los estadounidenses, por lo que las tropas de Ross abandonaron Washington para atacar su siguiente objetivo, Baltimore. La resistencia del fuerte Mac Henry logró detener su avance y el ejército de Ross, tras la muerte de éste, tuvo que reembarcarse.

En este momento crítico se produjo un gran triunfo del ejército unionista del sur, mandado por el senador por Tennessee y futuro presidente, Andrew Jackson. Éste se había distinguido ya en marzo de 1814 por su aplastamiento de los indios upper creek, aliados de Tecumseh, en la batalla de Tohopeka o Horseshoe, lo que privó a los británicos de un importante apoyo y abrió a la Unión el camino hacia la conquista de gran parte del territorio de Alabama. Tomando como excusa el establecimiento de grupos upper creek en la Florida española, Jackson invadió también este territorio, conquistando la ciudad de Pensacola. En noviembre de 1814, un nutrido ejército al mando del general Eduard Pakenham partió de Jamaica para emprender la mayor ofensiva inglesa de la contienda, cuyo objetivo sería Nueva Orleáns. El 8 de enero de 1815, Pakenham ordenó el ataque frontal de su ejército de 5.300 hombres contra los 3.500 de Jackson, llegados desde Mobile. Los estadounidenses se hallaban inmejorablemente situados tras un parapeto natural que los mantenía a resguardo de la artillería británica. Los fusileros del oeste, al mando de Jackson, masacraron a sus adversarios: cayeron allí unos 2.000 ingleses (Pakenham entre ellos), frente a los 13 muertos y 58 heridos de las filas unionistas. La espectacular victoria americana provocó una gran exaltación patriótica, aunque en realidad carecía de valor político, ya que el tratado de paz anglo-estadounidense se había sellado en diciembre en la ciudad belga de Gante.

Consecuencias del conficto

La guerra anglo-estadounidense de 1812 no resolvió ninguna de las cuestiones comerciales que en teoría la habían provocado. En el Tratado de Gante (24 de diciembre de 1814) ni siquiera se hizo mención a estas cuestiones. Las negociaciones resultaron difíciles, dada la negativa inglesa a devolver los territorios conquistados. Los acuerdos finales, muy poco concluyentes, restablecieron la situación anterior a la guerra: ambas partes acordaron el armisticio y la devolución de las conquistas, además de crear comisiones para la fijación de fronteras. En el sur, Estados Unidos consiguió no obstante la ocupación de facto de la Florida oriental, que marcó el fin del imperio español en América del Norte y la consolidación de la expansión estadounidense por el suroeste.

Las relaciones anglo-americanas mejoraron después de 1815. En materia comercial, la guerra de 1812 puso en evidencia la estrecha dependencia mutua del comercio británico y estadounidense. Después de la guerra, las relaciones comerciales se darían sobre la base de la reciprocidad. En 1815, el Congreso de la Unión aprobó la derogación de las leyes que limitaban el comercio directo con Gran Bretaña. Sin embargo, siguieron vigentes la leyes británicas que impedían a los estadounidenses comerciar con los territorios británicos en América del Norte y sólo cuando en 1820 el Congreso puso en vigor nuevas medidas de bloqueo antibritánico se avino Gran Bretaña a derogar las restricciones que discriminaban el comercio con la Unión. Respecto al expansionismo de los Estados Unidos hacia los territorios británicos en Canadá, el Tratado de Gante puso fin a los intentos de anexión, al asumir el derecho de Canadá a determinar su suerte.

La exaltación patriótica que generó en conflicto quiso ver en las victorias parciales del ejército americano un triunfo definitivo sobre Gran Bretaña, lo cual resulta muy dudoso, dada la escasa eficacia militar de dichas victorias. Sin embargo, episodios bélicos como la batalla de los Grandes Lagos o la de Nueva Orleáns se convirtieron en pilares del patriotismo americano. Aunque no puede considerarse en rigor histórico a esta contienda como una “Segunda Guerra de la Independencia”, sí puede en cambio interpretarse como la definitiva liberación del “complejo colonial” que lastraba la conciencia colectiva de los estadounidenses. Es significativo que la letra del himno nacional de la Unión surgiera del fragor de la batalla del fuerte Mac Henry, cuando el soldado Francis Scott Key dedicó un poema a la maltrecha pero todavía ondeante bandera de las barras y las estrellas. La guerra, que había sido costosa en hombres (desaparecieron unos 51.000) y recursos (se perdieron alrededor de 1.400 navíos), afianzó la conciencia de nacionalidad estadounidense y abrió definitivamente la frontera del oeste a la colonización gracias la liquidación de la resistencia india.

La guerra creó asimismo un amplio movimiento de resistencia popular que causó una grave crisis institucional y minó la cohesión de la Unión. Nueva Inglaterra y Connecticut, que contaban con una importante presencia del partido federalista, amenazaron con la secesión si se mantenía el conflicto, lo que, aunque no llegara a producirse, evidenció la inmadurez de las instituciones fundamentales de la Unión. Pero los triunfos militares de 1814 y la firma de una paz que se entendió como una victoria estadounidense deslegitimaron la política del partido federalista, que perdió su influencia y acabó disolviéndose en los años siguientes a la guerra.

Bibliografía

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GUERRA ANGLO-ESTADOUNIDENSE (1812-1815)

Fuente: Britannica

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