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Definición de Antiguo Régimen

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 Expresión que, en la terminología histórica, designa al sistema político, social y económico propio de los países del Occidente cristiano durante los siglos de la Edad Moderna, y al que pusieron fin la era de las revoluciones burguesas y la primera industrialización capitalista.

El Antiguo Régimen como categoría historiográfica

El concepto de Ancien Régime procede de la época misma de la Revolución francesa, acontecimiento que marca precisamente el fin del sistema sociopolítico y económico del período moderno. En su origen, la expresión Antiguo Régimen tuvo un sesgo claramente peyorativo. Así llamaron los revolucionarios a la sociedad caduca que deseaban arrasar, y el término englobaba al conjunto de sus instituciones jurídicas, políticas y culturales. La Revolución representaba históricamente el paso de una época a otra, merced a la sustitución de un régimen antiguo por un orden nuevo de cosas. Al principio, la expresión se usaba para nombrar las viejas formas de representación política o los antiguos sistemas de imposición fiscal que debían desaparecer con el vendaval revolucionario. Después, este sentido político originario se hizo extensivo a la crítica contra el señorío y el orden feudal, abolido formalmente el 11 de agosto de 1789 por la Asamblea nacional, apenas iniciada la Revolución. Ese régimen feudal (que actualmente denominamos señorial), comprendía para los revolucionarios la propiedad feudal, los diezmos, la venalidad de los oficios, los privilegios corporativos, el voto por órdenes en las asambleas y el antiguo sistema fiscal. Desde el primer momento, estas instituciones constituyeron lo fundamental del Antiguo régimen que debía ser destruido con la Revolución.
Pero el uso de la expresión era ya común a mediados de siglo XVIII, y parece tener su origen en el lenguaje de los jurisconsultos franceses de la centuria anterior. En 1790, el marqués de Mirabeau la usó en uno de sus memoriales dirigidos a Luis XVI: “compare el nuevo estado de cosas con el antiguo régimen”, recomendaba al monarca. El concepto fue progresivamente ampliándose hasta designar el pasado en su conjunto, contrapuesto al nuevo orden creado por la Revolución. Sin embargo, este pasado fue definido de forma diversa en las distintas etapas revolucionarias: en algunos momentos, se identificó con la administración antigua, el régimen de gobierno absolutista y el viejo orden social de los privilegios; en otros, con el feudalismo agrario o con las ideas políticas y religiosas contrarias a la filosofía ilustrada del derecho natural. A todos estos fenómenos históricos se denominó Antiguo Régimen, en general (como han señalado Pierre Goubert, Diego Venturino o François Furet) a todo aquello que los revolucionarios se propusieron destruir, a la idea que los hombres de fines del siglo XVIII se hicieron de un pasado que rechazaban en su conjunto.

La expresión fue consagrada por Alexis de Tocqueville en su célebre libro El Antiguo régimen y la Revolución, aparecido en 1856. En él, con mayor perspectiva histórica que sus predecesores, Tocqueville comparaba la situación anterior y posterior a 1789, y afirmaba que la Revolución francesa había abolido “la forma antigua de la sociedad”. A esta forma antigua la llamaba “el Antiguo Régimen”, concepto que desde entonces han seguido utilizando los historiadores. Con Tocqueville, la sociedad del Antiguo Régimen se convirtió por vez primera en una categoría del análisis histórico, en un sentido distinto del que había surgido políticamente durante la Revolución. Con esta categoría, los historiadores han analizado la sociedad anterior a 1789, estudiando la evolución que hizo posible que la Revolución germinara en ella y no en cualquier otra sociedad. Así pues, el Antiguo Régimen sigue relacionándose estrechamente con la Revolución francesa, aunque el estado de conocimientos actual ha difuminado radicalmente la contraposición entre la sociedad anterior y posterior a esa “fecha fetiche” que es 1789. En cualquier caso, cuando se habla de Antiguo Régimen se hace referencia al tipo de sociedad imperante en casi toda Europa antes de la Revolución francesa.

Según Tocqueville, en todo el continente, pese a su fraccionamiento político, existían las mismas instituciones de origen feudal y el mismo ordenamiento social. El señorío, el feudo, los servicios personales, los derechos feudales, las corporaciones, la organización de las ciudades, etc., todo se asemejaba. La Iglesia ocupaba un lugar privilegiado y de gran significación política. Sin embargo, no era sólo el peso del feudalismo lo que caracterizaba a la sociedad del siglo XVIII. Tocqueville señalaba que, en todas partes, las instituciones feudales estaban en decadencia, al mismo tiempo que emergían nuevas estructuras sociales que estaban resquebrajando el viejo orden desde su interior. Este contraste entre lo viejo y lo nuevo era lo más característico de la sociedad del Antiguo Régimen en el siglo XVIII.

Tocqueville describió a la perfección esta época de transición, dibujando un cuadro general a partir del análisis concreto de la sociedad francesa. Aunque la Iglesia, aliada con la monarquía, seguía teniendo un gran poder económico y político, el pueblo se alejaba de ella y la piedad se debilitaba. A pesar de que los nobles conservaban sus privilegios y su posición superior en una sociedad jurídicamente desigual, la nobleza de fines del Antiguo Régimen había perdido el control sobre el gobierno y decrecía en poder y riqueza, al tiempo que otra clase, la burguesía, se apropiaba de los recursos económicos y del hueco dejado por la aristocracia en el espacio político. Aunque la aristocracia seguía imponiendo su modelo social, las costumbres se estaban democratizando rápidamente. La Francia de fines del siglo XVIII, concluye Tocqueville, era el país más democrático de Europa, pese a que todavía subsistían muchos restos de feudalismo. Era también el país donde más habían avanzado la centralización política y administrativa, y donde el yugo de las viejas instituciones se hacía más insoportable, debido a los cambios sociales. Por ello estalló la Revolución.

Para los escritores e historiadores de la época del Romanticismo, la expresión Antiguo Régimen se convirtió en una auténtica arma dialéctica. En efecto, la historiografía liberal decimonónica la convirtió en un símbolo, en una de esas abstracciones que modifican y fijan nuestra concepción de la Historia. Como categoría historiográfica, pasó a designar el período de la Historia europea comprendido entre el siglo XVI y el XVIII, o incluso hasta fechas más tardías, según los países, ya que se admite generalmente que el Antiguo Régimen termina cuando se impone el sistema sociopolítico que tiene como fundamentos el constitucionalismo, la soberanía nacional y la igualdad jurídica formal, conceptos todos ellos ligados a la revolución burguesa.

Del sentido puramente político que tuvo en su origen, el concepto se ha hecho extensivo a los ámbitos de la demografía y de la economía. El Antiguo Régimen económico hace referencia a las estructuras anteriores a la primera Revolución industrial, es decir, a un sistema de producción de base agraria, al que está ligado un ordenamiento social de tipo estamental y aristocrático. Su crisis final se relaciona con el triunfo del sistema de producción capitalista-industrial y con la consolidación de un régimen de crecimiento poblacional sostenido.

En cuanto al Antiguo Régimen social, existen grandes divergencias entre los autores a la hora de asignarle unos límites cronológicos precisos, puesto que las transformaciones de las estructuras sociales son mucho más lentas que las meramente políticas o jurídicas. Algunos historiadores han llegado a afirmar que la sociedad de Antiguo Régimen (o sociedad tradicional, dominada por el estamento nobiliario) perduró hasta la Primera Guerra Mundial. No obstante, la opinión más aceptada en el mundo académico es la definida por Pierre Goubert, según la cual la descomposición de este tipo de sociedad se prolongó durante casi un siglo, desde la época de las grandes revoluciones burguesas (1770-1789), hasta la consolidación de la primera Revolución industrial a lo largo del siglo XIX.

La validez de este concepto, aplicado a un período tan extenso y heterogéneo como la Edad Moderna, ha sido puesta en duda por su carácter esencialmente teleológico. En efecto, el Antiguo Régimen sólo cobra sentido desde la perspectiva posrevolucionaria, es decir, desde el punto de vista de su quiebra y descomposición. De ahí que la expresión haya triunfado sobre todo entre los estudiosos de la Edad Contemporánea, para los que las revoluciones burguesas del siglo XVIII marcan un antes y un después en la Historia de la humanidad. En todo caso, la crítica a la esencia teleológica del concepto puede aplicarse igualmente a cualquiera de las categorías cronológicas que utiliza el paradigma historiográfico actual (Antigüedad, Edad Media, Renacimiento, Ilustración, etc.), que fijan una periodización convencional emanada de una concepción progresiva de la historia. La filosofía ilustrada contempló la Historia a la luz de su idea del Progreso, y de este análisis teleológico surgió la concepción del Antiguo Régimen como una estructura sociopolítica muerta, fundada sobre la desigualdad y el privilegio. El concepto de Antiguo Régimen (al igual que, por ejemplo, el de Edad Media) está cargado con esta ideología de cuño ilustrado que tiene al Progreso como rasero absoluto de la Historia y que implica una concepción despreciativa de las épocas preindustriales o predemocráticas, que se conciben como “tiempos oscuros” o “tiempos de barbarie”. Esta carga ideológica hace que, a menudo, los historiadores prefieran la expresión, más neutra, de Edad Moderna. No obstante, también frecuentemente ambos conceptos se utilizan indistintamente como sinónimos, lo que implica cierta falta de rigor.

El uso riguroso del concepto de Antiguo Régimen suele estar asociado a las escuelas historiográficas herederas de la tradición filosófica ilustrada y del liberalismo. Los historiadores más conservadores tienden a rechazarlo, por considerarlo excesivamente peyorativo y “contaminado” por sus orígenes revolucionarios, mientras que los historiadores marxistas no siempre lo rechazan, aunque por lo general prefieran otros términos, más precisos, para nombrar la larga evolución del mundo medieval al moderno (feudalismo, feudalismo tardío, transición del feudalismo al capitalismo, etc.). El concepto sigue siendo utilizado predominantemente por los historiadores franceses, para quienes la Revolución de 1789 continúa siendo el jalón que marca el inicio absoluto de la así llamada Edad Contemporánea. Pero, incluso en las escuelas historiográficas en las que el concepto goza de mayor aceptación, suele reprochársele su imprecisión respecto a la historia económica, ya que el fin del Antiguo Régimen económico -es decir, el triunfo del capitalismo industrial- no suele coincidir en el tiempo con las transformaciones políticas asociadas a la revolución burguesa.

La sociedad del Antiguo Régimen

El Antiguo Régimen tiene una fecha simbólica de defunción comúnmente admitida: el 11 de agosto de 1789, cuando los revolucionarios franceses proclamaron la abolición del régimen señorial. Pero no tiene una fecha de nacimiento precisa. El concepto designó, en principio, a la organización política existente en el momento de estallar la Revolución de 1789. Pero, desde un punto de vista más amplio, designa a un cierto tipo de sociedad, que los juristas del siglo XVIII llamaron feudal. Los revolucionarios franceses señalaron, como componentes básicos de esta sociedad, los siguientes: derechos y justicias señoriales, diezmos, carácter hereditario de los cargos públicos, privilegios de tributación y desigualdad de nacimiento.

Para la mayoría de los historiadores, el concepto de Antiguo Régimen va más allá de un país (Francia) y de un siglo (el XVIII), para abarcar la sociedad europea del período moderno, entre fines del siglo XV y fines del siglo XVIII. La sociedad de esta extensa época era heredera de un feudalismo que había evolucionado de modo muy desigual según las zonas, y cuya transformación había comenzado mucho antes en la Europa occidental que en la oriental. Las estructuras socioeconómicas eran, sin embargo, las mismas, lo que explica el carácter general de los problemas sociales y el hecho de que la revolución se extendiera rápidamente desde el ámbito francés para sacudir los cimientos sociales de casi todos los países europeos.

Pierre Goubert presenta la sociedad del Antiguo Régimen como esencialmente rural y agraria, ordenada conforme a la posesión de la tierra según criterios jerárquicos muy rígidos. La vida dependiente de la agricultura hizo que, en torno a ésta, se configurasen los hechos jurídicos, económicos, demográficos y mentales. La agricultura y la ganadería proporcionaban el sustento único o principal de la mayor parte de la población europea. Al menos las tres cuartas partes de la población se dedicaban a la agricultura y vivían en un hábitat rural, que englobaba a la familia campesina, la aldea, la colectividad rural y el señorío. Esta sociedad estaba fuertemente condicionada por la debilidad de una economía de subsistencia, en la que apenas funcionaban los mercados nacionales. Ello provocaba una perpetua vulnerabilidad demográfica. La economía agraria tenía sus ritmos de crecimiento, con fluctuaciones cíclicas y sus crisis, reflejadas en el movimiento de los precios y de las rentas. El crecimiento se relacionaba también estrechamente con el de la economía mercantil y con el aumento de los recursos del estado, a través del mercado y de los impuestos.

La sociedad del Antiguo Régimen se caracterizaba además por sus formas de gobierno aristocrático. En la mayoría de los países europeos, la evolución de este tipo de gobiernos desde fines de la Edad Media había desembocado en la instauración de monarquías absolutistas. El carácter agrícola de la producción económica otorgaba el predominio social al reducido grupo de personas que concentraba en sus manos la propiedad o la posesión de la tierra y disponía de derechos señoriales sobre ella. Este tipo de sociedades suelen denominarse “estamentales”, por estar organizadas en estamentos u órdenes sociales diferenciados jurídicamente -y no en clases, como la sociedad industrial, regida por criterios económicos-. La sociedad del Antiguo Régimen estaba basada en la relación entre grupos organizados de diversa índole, más que en relaciones de individuos aislados. Era, pues, una sociedad corporativa y, hasta cierto punto, colectivista, que mostraba un fuerte recelo hacia los individuos ajenos al propio grupo.

Los estamentos, por su parte, se caracterizaban por la compartimentación de funciones, su carácter cerrado, su pluralidad jurídica, sus privilegios y su concepto del honor. Todos dependían jurídicamente de uno u otro estamento de la sociedad, y cada uno de éstos determinaba los derechos jurídicos de que disponía el individuo. La existencia de privilegios legalmente reconocidos era el principio rector de este orden de cosas. En líneas generales, y con la excepción de algunos territorios, los privilegiados no llegaban al 5% de la población. En la Francia del siglo XVIII, los estamentos privilegiados eran el clero (llamado Primer Estado) y la nobleza (Segundo Estado). El Tercer Estado lo formaba el común del pueblo no privilegiado jurídicamente (los “plebeyos”), si bien en esta categoría entraban las condiciones económicas y sociales más opuestas, desde el gran hombre de negocios hasta el campesino más pobre. El grupo privilegiado por antonomasia era la nobleza, que servía de modelo al resto de la sociedad. La nobleza fue, en su origen, una casta de guerreros y de propietarios rurales privilegiados. Pero su vocación militar, que estaba en la base de su condición privilegiada, se debilitó hasta casi desaparecer en el transcurso de la Edad Moderna. Su poder radicaba en la posesión de la tierra, sobre la que ejercía una autoridad jurídica y política de carácter señorial.

La sociedad rural del Antiguo Régimen estaba organizada sobre la base del señorío. En la mayor parte de Europa, la administración inmediata la ejercían los señores jurisdiccionales, que poseían sobre sus vasallos prerrogativas de carácter administrativo, de justicia y hacienda. Se trataba de una forma evolucionada del feudalismo, despojado de parte de sus características políticas. Los señores recibían diversos derechos por sus funciones públicas y percibían una serie de rentas en su calidad de propietarios de las tierras. En algunos casos eran rentas fijas, que podían devaluarse con la inflación. Pero era muy frecuente que fueran rentas en especie, lo que les permitía realizar buenos negocios con que mantener su posición económica. En Europa oriental (donde había tenido lugar un proceso de refeudalización), los señores podían disponer, además, del trabajo gratuito de sus siervos.

La jerarquización social tripartita, de origen medieval, era común a toda Europa. Pero, a fines del siglo XVIII, esta división había dejado de funcionar, por no corresponderse con la auténtica distribución de intereses, influencias, riqueza y actividades productivas de los distintos grupos sociales. La emergencia de la burguesía como clase social estaba desbancando rápidamente a la sociedad aristocrática.

El sistema demográfico del Antiguo Régimen

En su Ensayo sobre el principio de la población (1798), Thomas Robert Malthus afirmó que “la capacidad de crecimiento de la población es mayor que la capacidad de la tierra para producir medios de subsistencia”. Esta opinión, que debe considerarse a la luz del primer liberalismo capitalista británico, constataba en parte un hecho empírico característico del régimen demográfico anterior al siglo XIX. La mayoría de las descripciones que se han hecho del comportamiento demográfico de las sociedades agrarias del Antiguo Régimen se acercan bastante a este postulado malthusiano. Aunque el concepto de “Antiguo régimen demográfico” no es muy preciso, suele utilizarse con frecuencia para designar a un tipo de sistema que resultaba del comportamiento de las sociedades agrarias del período moderno anterior a la Revolución industrial. Los recientes estudios han demostrado que apenas existieron diferencias en el comportamiento de la población en el período comprendido entre los últimos siglos de la Edad Media y mediados del siglo XVIII.

El Antiguo régimen demográfico se caracterizaba por la estrecha interdependencia entre la evolución de la población y la economía agraria. En una sociedad agraria con tecnología poco avanzada y en la que la gran mayoría de la población tenía que dedicarse a la producción de alimentos, los límites del crecimiento demográfico venían fijados naturalmente por la disponibilidad de tierras cultivables y por la productividad agrícola. Las poblaciones tenían que limitar su tasa de crecimiento anual conforme al volumen, muy reducido, de la producción de alimentos que permitían la roturación de nuevas tierras de cultivo, las mejoras en las tierras más pobres y los escasísimos adelantos en la tecnología agrícola. Como el crecimiento de los recursos era mucho más lento que el de la población, este último tendía necesariamente a rebasar el umbral del equilibrio entre ambas variables. Si no se tomaban medidas para impedirlo, se producía entonces un brusco incremento de la mortalidad y surgían las llamadas crisis demográficas.

El sistema demográfico del Antiguo Régimen consistía, básicamente, en un comportamiento reproductivo que incluía frenos y equilibrios para ajustar el aumento de la población a los recursos de subsistencia disponibles. Como estos recursos eran muy limitados -aunque variasen mucho según las zonas-, el crecimiento demográfico era siempre reducido, considerado a largo plazo. De ahí el contraste tan llamativo entre la demografía de los siglos XVI y XVII y la de los siglos XIX y XX. Mientras en el primer período el sistema demográfico del Antiguo Régimen sólo permitió un aumento muy reducido de la población, que alcanzó a lo sumo un incremento del 3 por mil en las coyunturas más favorables, en los siglos XIX y XX este crecimiento se disparó y llegó incluso a triplicarse. Este cambio está estrechamente relacionado con la revolución tecnológica que separa ambos períodos. Pero el proceso incluye un siglo de transición, el XVIII, que impide exagerar la discontinuidad entre ambos regímenes demográficos. Ello obliga a ir más allá de la caracterización malthusiana de la dinámica demográfica del Antiguo Régimen, cuya evolución durante el siglo XVIII preparó la ruptura hacia el nuevo sistema poblacional de la sociedad industrial.

La razón del débil crecimiento demográfico anterior a 1750 radica en la economía agraria de las sociedades del Antiguo Régimen. A comienzos del medievo ya se habían ocupado las tierras más fértiles del continente, por lo que los posteriores aumentos de la población sólo fueron posibles merced a tres opciones: a) la incorporación de nuevas tierras de cultivo, normalmente de peor calidad y con rendimientos decrecientes; b) la introducción de nuevos cultivos que aumentaran la producción de alimentos; y c) los adelantos tecnológicos que permitieran mejorar la calidad de la tierra y su rendimiento productivo. Pero incluso la acción combinada de estos tres factores sólo podía producir un crecimiento de los recursos muy modesto a largo plazo. La población europea creció sólo a un ritmo del 1,3 por mil de media anual en el período 1200-1700. Además, este crecimiento no fue uniforme, sino que incluyó épocas positivas (siglos XIII y XVI) y épocas de retroceso o estancamiento (siglos XIV y XVII).

Para entender este crecimiento tan débil no basta con acudir a la alta mortalidad (30-35 por mil). Mucho más característico de las poblaciones europeas del Antiguo Régimen fue el hecho de que su comportamiento reproductivo se adaptara al equilibrio de los recursos agrarios disponibles y se regulara conforme a ellos, lo que producía una tasa de fertilidad relativamente baja. La fertilidad podía limitarse socialmente, ajustándose hasta cierto punto al precario equilibrio entre población y recursos. Esto fue lo que hicieron de forma característica las poblaciones del Antiguo Régimen, según se desprende del modelo muy regular de matrimonio que originó la baja fertilidad típica de los siglo XVI, XVII y XVIII en la mayor parte de Europa. Con una natalidad levemente superior a la mortalidad, apenas se alcanzaban tasas de crecimiento natural del 2 por mil anual, en épocas normales, que, en circunstancias favorables, podían alcanzar a lo sumo el 5 por mil. Un crecimiento tan débil no significaba, sin embargo, una ausencia de dinamismo demográfico, sino la adaptación del crecimiento de la población a los recursos disponibles, dentro del sistema de equilibrio malthusiano. Así pues, las sociedades del Antiguo Régimen adaptaban, de manera consciente o inconsciente, su fertilidad al ritmo que determinaba la mortalidad y la capacidad de producción. Regulaban la fertilidad de forma urgente para recuperarse a corto plazo en momentos de crisis, mediante el descenso de la edad de contraer matrimonio y el incremento consecuente del número de nacidos. Este modelo reproductivo se encuentra suficientemente documentado en casi toda Europa septentrional y occidental.

En el crecimiento lento de la población influyó también enormemente la inestabilidad de una mortalidad incontrolable. Este fenómeno, característico del Antiguo Régimen, fue llamado por Jean Meuvret “crisis demográfica de tipo antiguo”. Estas crisis se correspondían por lo general con crisis agrarias o crisis de subsistencia. La población europea de la Edad Moderna dependía básicamente del consumo de cereales panificables. Ello la hacía muy dependiente de las crisis de producción agraria. La dependencia climática de las cosechas y la acción de otros factores naturales hacía que la producción fluctuara en coyunturas de abundancia y escasez. Si las malas cosechas se sucedían durante varios años, se producía una crisis demográfica. El hambre y las epidemias, a las que se unía frecuentemente la guerra, eran las tres fuentes principales de las crisis de mortalidad.

Pero las crisis demográficas de tipo antiguo no sólo eran agrarias, sino que afectaban al conjunto de la economía, porque cuando había una mala cosecha caía en picado la demanda de productos manufacturados de uso cotidiano. Mucha gente perdía su trabajo, tanto en la ciudad como en el campo, por lo que quedaba sin ningún recurso de subsistencia, abocada a la mendicidad. Las enfermedades se propagaban rápidamente entre la población debilitada por el hambre. Como consecuencia, había un aumento repentino de las muertes por las epidemias, al mismo tiempo que descendía el número de matrimonios y la natalidad. Por otra parte, estas crisis alcanzaban también al ámbito de las mentalidades. Jean Delumeau definió su impacto en el imaginario colectivo como “el miedo a morir de hambre”. Este miedo fue el caldo de cultivo de gran parte de los motines de subsistencia característicos del Antiguo Régimen.

Del Antiguo al Nuevo Régimen

Para los historiadores liberales, que ponen el énfasis en la caída de la monarquía absolutista y en la abolición formal del régimen señorial, sin duda el ciclo revolucionario que transcurrió entre 1770 y 1793 (llamado por Godechot el ciclo de las “revoluciones atlánticas”) señala el fin de un mundo periclitado y el inicio de una era de progreso, en la que, según la concepción progresiva de la Historia, todavía estaríamos inmersos. Pero todos los procesos de cambio histórico son largos y costosos. La sociedad del Antiguo Régimen no se desmoronó a causa de una determinada coyuntura. Ésta pudo, en todo caso, acelerar su descomposición. La llamada “era de las revoluciones burguesas” marca esta crisis final, que se prolongó más o menos según los países.

La coyuntura revolucionaria fue fruto de la interacción de una serie de cambios sociales, políticos y económicos. Allí donde estos cambios no se dieron (como sucedió en la Europa del Este) sobrevivieron las estructuras características del Antiguo Régimen (sociedad estamental, monarquía absoluta y economía agraria) hasta bien entrado el siglo XIX. Y es que la crisis final del Antiguo Régimen se caracterizó por el ascenso de la burguesía como clase social, la crítica al despotismo ilustrado, y la aparición del liberalismo, así como por lo que Rostow ha llamado el “despegue industrial”. Hechos todos ellos que, aun cuando fueron perfilándose a lo largo del siglo XVIII en las llamadas “sociedades atlánticas”, encontraron su punto referencial a fines de dicha centuria en las revoluciones norteamericana y francesa. Sin embargo, fue Inglaterra -que vivió las experiencias revolucionarias en el siglo XVII y que accedió tempranamente a la revolución industrial-, el primer país en iniciar la transición hacia la sociedad de tipo capitalista contemporánea. En la Europa continental, el Imperio napoleónico (1800-1815) contribuyó a difundir las ideas de la Revolución francesa, pero no sería más que a partir de la década de 1830 cuando comenzaran a imponerse las monarquías constitucionales.

A lo largo del siglo XVIII, la sociedad del Occidente europeo comenzó a experimentar algunos cambios, que progresivamente harían tambalearse el régimen señorial. Pierre Goubert ha señalado como causas de la descomposición de este régimen un conjunto de nueve rupturas: la aceleración de los transportes; la industrialización; el establecimiento de una red bancaria nacional e internacional; las unificaciones lingüísticas en los diversos países; la instauración del servicio militar; la unificación jurídica; la simplificación administrativa y hacendística; la revolución demográfica; y, por último, el retroceso de la religión. Estas rupturas no se produjeron de forma simultánea, ni con una misma cronología en todos los países.

El despotismo del siglo XVIII buscó en la filosofía ilustrada las fórmulas para iniciar desde arriba unas reformas que adaptasen la economía y las leyes a las nuevas necesidades de la sociedad. Fortalecer el trono, corregir los abusos, centralizar y racionalizar la administración, enseñar al pueblo, etc., fueron algunos de los objetivos de este programa de reformas. Pero esta vía reformista introdujo, junto a diversas mejoras materiales, un poso de crítica contra el sistema que trataba de reformar, y cuya crisis final contribuyó, paradójicamente, a precipitar. La Guerra de los Siete Años dejó a la mayor parte de los gobiernos europeos cargados de deudas. Las necesidades fiscales de las monarquías dieron lugar a conflictos entre los distintos estamentos, con los gremios, las colonias, y los municipios. Estos conflictos tuvieron una trascendencia fundamental en el cambio de la coyuntura socioeconómica de la segunda mitad del siglo XVIII. Desde 1763, los problemas hacendísticos se convirtieron en detonantes de las principales revoluciones: la americana y la francesa.

J. Godechot ha señalado que, a uno y otro lado del Atlántico, los partidarios del nuevo orden tenían una misma filosofía de los derechos naturales e ideas semejantes acerca de la soberanía popular. Los planteamientos de Montesquieu, Voltaire y Rousseau establecieron un programa revolucionario completo, que desbordaba los proyectos reformadores del despotismo ilustrado. La idea de Montesquieu de la división de poderes sigue siendo todavía hoy -como señala M. Duverger- uno de los elementos clave de los actuales modelos democráticos. Rousseau, por su parte, es el mayor exponente de la crítica socio-política al sistema absolutista y el adalid del pacto social. Sus planteamientos no sólo llevaron al sufragio universal, sino también a la teoría del mandato imperativo de los cargos electos.

Una obra fundamental en la caída del Antiguo Régimen fue la Enciclopedia (1745-1772), que contenía una incisiva crítica a la sociedad tradicional y que contribuyó decisivamente a la divulgación de los planteamientos más avanzados de la burguesía, creando en determinados sectores un estado de opinión contrario al viejo sistema. Libertad formal, defensa de la propiedad e igualdad de derechos iban a ser los principios teóricos del nuevo régimen. Estas ideas, que se extendieron por toda Europa desde Francia, habían tenido sus precedentes en la Inglaterra del siglo XVII, especialmente en la obra de Locke, que sentó los cimientos del liberalismo moderno. El siglo XVIII también vivió un importante desarrollo del pensamiento económico. En todos los países surgieron notables economistas que defendieron la transformación del sistema productivo conforme a los criterios de “orden natural” y del racionalismo (Campomanes y Jovellanos en España; Genovesi en Italia; Malthus, Ricardo y Adam Smith en Inglaterra; Say en Francia).

Por su parte, la monarquía del despotismo ilustrado (cuya formulación más conocida fue la de Federico II en su Exposición de las obligaciones del soberano para con los súbditos) no sólo no pudo contener el avance de las nuevas ideas, sino que, por otra parte, entró en colisión con la iglesia por temas regalistas y económicos. Además, fue perdiendo la adhesión de los sectores ilustrados, sobre todo a partir de 1780, tras el triunfo de la revolución americana. Y, por último, se granjeó la crítica de los sectores más conservadores, por la centralización del poder y el menosprecio de la tradición.

Fue la incapacidad de la monarquía absolutista, anquilosada por su hipertrofia burocrática, de imponer las reformas políticas necesarias, y, entre ellas, la supresión del régimen señorial, lo que produjo la transformación de los gérmenes de rebelión social de la segunda mitad de dicha centuria en una revolución duradera. La superposición del sistema monárquico absolutista, de vocación estatista y centralizadora, y del sistema señorial heredero de las estructuras centrífugas medievales, precipitó el fin del Antiguo Régimen, minado en su interior por sus propias incoherencias. La existencia del régimen señorial, que perdió rápidamente su justificación política, terminó por aparecer a fines del siglo XVIII como esencialmente parasitaria. Al mismo tiempo, el peso del aparato administrativo y fiscal de la monarquía absoluta era demasiado oneroso respecto a las posibilidades reales de la sociedad y la economía.

Una de las rupturas más notables entre el Antiguo Régimen y la época contemporánea se produjo en el comportamiento de la población. Según los estudios recientes, a mediados del siglo XVIII se iniciaron una serie de importantes transformaciones, que produjeron el paso paulatino de una dinámica poblacional caracterizada por las continuas oscilaciones en el crecimiento, a un crecimiento sostenido. En la segunda mitad del siglo XVIII la población comenzó a crecer con cierta regularidad, aunque de forma desigual según los países. Holanda, Inglaterra, los países escandinavos o Rusia tuvieron un crecimiento muy superior al de España, Italia o Francia. Pero, sin duda, el área de crecimiento más espectacular fue Norteamérica. Los factores que contribuyeron a estos cambios demográficos fueron: los progresos de las técnicas agrícolas y la comercialización de los productos agrarios; la reducción o el atajamiento de los ciclos de virulencia y la atenuación de determinadas enfermedades; y, por último, el aumento de la nupcialidad y de la natalidad. Todos estos cambios contribuyeron a acabar con la demografía estancada característica del Antiguo Régimen.

En cuanto a los cambios económicos, durante el Antiguo Régimen una serie de factores obstaculizaba el nacimiento de las sociedades industriales: la supremacía de la agricultura y el medio rural, el carácter doméstico de la actividad manufacturera, la carencia de mercados nacionales y de buenas comunicaciones, el escaso desarrollo de la banca, el sistema monetario y de finanzas, así como el sistema impositivo, además de las ideas acerca de la riqueza. A lo largo del siglo XVIII, con el lento cambio que vivieron las “sociedades atlánticas”, afloraron las primeras sociedades industriales. El último tramo del siglo XVIII y los comienzos del XIX marcaron, al menos en los países más desarrollados de uno y otro lado del Atlántico, la infancia de la sociedad industrial, lo que Rostow ha llamado el “despegue industrial”. En este sentido, cabe recordar la definición que da Claude Fohlen de la locución “Revolución Industrial”: período que “cubre sin distinción, en todos los países, la fase de desarrollo económico en el transcurso de la cual el predominio agrícola cede el paso al predominio industrial”. Esta definición considera la diferente cronología con que se produjo -y sigue produciéndose- el fin del Antiguo Régimen económico en distintos ámbitos geopolíticos.

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Historia de Europa.

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VHL

Antiguo Régimen

Fuente: Britannica

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