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Definición de Aridez

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 (De árido); sust. f.

1. Sequedad o falta de humedad en un terreno: la isla de Lanzarote se caracteriza por su acusada aridez a consecuencia de la falta de lluvias.
2. [Uso figurado] Cualidad de lo que es aburrido, difícil o poco agradable: la lectura de esa novela se me hizo insoportable por su aridez y falta de trama.

Sinónimos
Sequedad, sequía, esterilidad, agostamiento, improductividad, aspereza, desabrimiento, aburrimiento, tedio, fastidio.

Antónimos
Humedad, frescura, lozanía, fecundidad, amabilidad, alegría, entretenimiento.

 (1) [Climatología y Edafología]

Fenómeno resultante de la falta de agua a causa de las insuficientes precipitaciones. Dicha insuficiencia viene definida en relación con las necesidades que tienen tanto el suelo como la vegetación, además de con la escorrentía superficial existente.

La escasez de precipitaciones está condicionada por el régimen térmico presente, es decir, las regiones frías a pesar de contar con escasas y débiles precipitaciones, que nunca llegan a superan los 250 mm/año, no se deberían incluir dentro del grupo de áreas áridas ya que la evapotranspiración es realmente reducida. Este hecho hace que surja una confrontación entre diversos autores; unos optan por introducir a estas zonas dentro de las denominadas regiones áridas y otros no.

La causa de esta disconformidad de opiniones se centra en el hecho de que además de tener presente la cantidad de precipitaciones caídas también es importante estimar la evapotranspiración; algunos autores contabilizan como factor determinante para la aparición de la aridez que dicha evapotranspiración sea superior a las precipitaciones. De este modo se define un día, un mes o un año como seco según unos determinados umbrales de precipitaciones, temperatura y humedad relativa.

No debe confundirse la aridez con la sequía; la aridez responde a un estado habitual deficitario del balance de agua y siempre corresponde a determinados climas y, por el contrario, la sequía se debe a un déficit hídrico específico, inusual, prolongado e intenso que puede generarse en cualquier tipo de clima, incluso en aquéllos que aparecen caracterizados por la abundancia de precipitaciones. La aridez es, por tanto, un concepto de naturaleza climática y bioclimática que confiere unas características muy peculiares al paisaje y que contribuye, dependiendo de su grado o intensidad, a la improductividad y degradación del suelo.

Los dominios áridos vienen definidos por un déficit en el balance hídrico que aparece marcado por unas mayores tasas de evapotranspiración que de precipitaciones. Se consideran áreas áridas a aquéllas cuyo régimen de precipitaciones no supera los 250 mm/año, y abarcan aproximadamente el 30% de las tierras emergidas. En cuanto a su aspecto biológico dominan las plantas xerófilas (cactus, encinas, etc), siempre adaptadas a estos suelos secos. Éstas presentan fenómenos de adaptación como pueden ser la presencia de hojas pequeñas y duras, enriquecidas en queratina para minimizar la cantidad de agua perdida por evapotranspiración (véase adaptación biológica). También están presentes las estepas, que vienen marcadas por la escasez de precipitaciones y, en los casos extremos, las zonas de desierto integral.

El origen de este fenómeno es muy variado; unas veces viene relacionados con la latitud (como puede ser el caso de las áreas tropicales y subtropicales) y aquí nos encontramos con los desiertos del Sáhara, de Irán, de Kalahari, de Atacama, etc.

En el hemisferio sur hay menos regiones áridas por el hecho de que son menos las tierras emergidas. Otras zonas áridas se conforman a partir de fenómenos de continentalidad, es decir, sólo llegan masas de aire cálidas y secas como consecuencia del largo recorrido que realizan desde las zonas costeras. En este caso podemos señalar los desiertos de Asia central. Esto no quiere decir que las corrientes frías no generen aridez; un ejemplo claro lo encontramos en los desiertos peruanos, en Chile o en la Pampa argentina. Finalmente mencionaremos a las cordilleras o barreras montañosas ya que provocan aridez en las zonas interiores como consecuencia del efecto föehn, como ocurre en ciertas regiones de las Rocosas y los Andes.

Esta falta acusada y prolongada de agua provoca la génesis de los denominados sistemas morfogenéticos áridos y/o semiáridos. Las acciones mecánicas predominan frente a las fisicoquímicas o bioquímicas ya que estas últimas vienen favorecidas por la presencia de agua y en estos dominios ésta es prácticamente inexistente. Como consecuencia de ésto abundan los afloramientos de superficies rocosas en el paisaje diferenciando entre los desiertos de piedra (véase hamada), donde aflora la roca in situ, y los regs que aparecen cubiertos por fragmentos de rocas.

Los procesos dominantes respecto a las rocas son la termoclastia, la gelifracción y la haloclastia (rotura por presencia de sales). En cuanto a los suelos, dominan las formaciones superficiales de costras, tanto calcáreas como yesíferas y que se conforman sobre terrenos arcillosos y/o arenosos. También es un fenómeno habitual la salinización de las capas más superficiales del suelo. Cuando este proceso se presenta con unas características muy acentuadas disminuye el rendimiento agrícola del terreno y se tiende a la improductividad. Las acciones morfogenéticas son mucho más eficientes sobre las rocas blandas y alteradas y los principales agentes son las escasas aguas corrientes existentes en superficie y, sobre todo, el viento. Las precipitaciones debido a su carácter espasmódico caen de una manera muy concentrada lo que favorece su acción erosiva. La escasa vegetación existente no puede frenar o minimizar dicha erosión que, por el contrario, se ve favorecida por la presencia de fuertes pendientes.

La escasa lluvia que cae forma toda una serie de canales que, dependiendo de su tamaño, se denominan rill o cárcavas, dando lugar a un tipo de arroyada concentrada. La arroyada difusa provoca un rebajamiento generalizado de las pendientes lo que beneficia las formaciones de glacis. Otro fenómeno muy abundante en estos dominios es el endorreísmo, grandes depresiones en las cuales se acumula una cierta humedad y agua pero sin salida ya que aparecen desconectadas de ríos o del mar. Cuando la falta de agua es realmente muy prolongada y dominan las altas temperaturas se suele formar en el fondo de dichas depresiones una capa de salitre que varía en cuanto a su espesor. En cuanto a la acción del viento, ésta va a ser, sobre todo, de transporte selectivo y depende, en última instancia, de la intensidad o fuerza que alcance. Adquiere este tipo de agente mucha importancia como consecuencia de que el roquedo aparece desnudo, sin una capa protectora de vegetación que reduzca su acción. Las formas de transporte dependen del tamaño de las partículas; cuando éstas no superan los 0,2 mm los lleva en suspensión y si los supera, por saltación o rodamiento. La puesta en acción de dichas partículas se efectúa o por deflación o por corrasión. Las rocas en los medios áridos suelen conformarse con una morfología piramidal muy característica y reciben la denominación de draikanter (cantos afacetados de forma piramidal). Las formas de relieve de origen eólico mayoritarias son las construcciones dunares, que aparecen condicionadas por el transporte y por la sedimentación. Así nos encontramos con dunas, nebjas (dunas de pequeño tamaño que aparecen fijadas por la escasa vegetación existente), barjanas (grandes dunas con una morfología de media luna), ergs y yardangs.

Medición de la aridez

Varios han sido los índices empíricos empleados para intentar medir el fenómeno de la aridez y así estimar las zonas influenciadas por ésta. Una de las fórmulas más empleadas fue la determinada por Emmanuel de Martonne en el año 1926. Así se intenta cuantificar los contrastes existentes entre la capacidad humectante (precipitaciones) y desecante (evapotranspiración) que posee la atmósfera. Este índice que ahora se va a representar no intenta determinar los meses según su mayor o menor aridez sino que propone estimar las características del avenamiento según datos anuales de temperatura y precipitación a través de la siguiente fórmula:

I = P / (T+10);

en donde P corresponde a las temperaturas caídas en un año y T a las temperaturas correspondientes. I entonces expresa las condiciones del avenamiento que provocan dichas temperaturas y dichas precipitaciones; los valores tienen la siguiente correspondencia:

- 5, valores propios de las regiones de desierto con nulas aguas superficiales.

- entre 5 y 10, caracterizan zonas en donde existe cierta escorrentía superficial pero siempre con caracteres temporales y endorreicos.

- entre 10 y 30, caracterizan otras zonas en donde también corre agua por la superficie ahora ya de características exorreicas, es decir, alcanza el océano.

- entre 30 y 40, el agua de escorrentía es abundante y, sobre todo, constante.

- 40, el agua de escorrentía es muy abundante en estos casos y suele determinar climas de características muy húmedas.

Posteriormente los discípulos de E. de Martonne crearon otro índice ahora ya de características mensuales; es el que sigue:

i = 12p / (t+10);

éstos para conseguir que se pudieran realizar comparaciones con el índice anual pusieron en el numerador la pluviosidad mensual multiplicada por 12.

Ya en tiempos mucho más recientes, aproximadamente hacia 1950, J. Dubief estableció un nuevo índice que proponía establecer el tiempo (medido en días) que tarda la lluvia precipitada en evaporarse:

D = P / Ed;

siendo P las precipitaciones y Ed la evaporación real diaria alcanzada. Para lograr hacer una idea sobre los resultados obtenidos mencionar que D = 28 es propio de los dominios desérticos.

Tipos de dominios áridos

El dominio hiperárido

Característico del Sáhara Central, Oriental y del desierto de Atacama. La sequía es realmente extremada, pudiéndose prolongar durante años. Se trata de zonas de desierto integral donde no llueve. Dominan las acciones de erosión eólica, tales como la deflación, la corrasión, las formaciones de regs y, sobre todo, grandes ergs que se extienden sobre amplias superficies. La superficie del terreno al ser extremadamente seca carece de cualquier tipo de vegetación. Las plantas existentes se han de refugiar en las grietas, oquedades o fisuras, así como en los fondos de los oueds, donde pueden disponer de cierta humedad ya que es donde se almacena la escasa agua que cae en los periodos de lluvias. Se trata de un tipo de vegetación contraída.

El dominio árido

Propio del Sáhara septentrional y meridional, del Kalahari o del desierto de Irán. En este caso las precipitaciones son algo más abundantes que en el caso extremo mencionado anteriormente. La gelifracción toma cierta importancia en las regiones áridas frías y, en el resto, la acción de las aguas corrientes de características espasmódicas. El viento sigue manteniendo su protagonismo. Ya aparecen diversos tipos de arbustos y arbolillos como tarajes, retamas, etc.

El dominio semiárido

Se trata de un dominio de transición hacia las zonas de características templadas y hacia los medios tropicales subhúmedos. Aquí entrarían la casi totalidad de las regiones mediterráneas, con la presencia de la vegetación que de dicho clima resulta (estepas herbáceas donde aparece el esparto como elemento dominante, acacias, olivos, espliegos, etc). El agua adquiere una cantidad tal en el suelo que su acción erosiva se vuelve máxima y, con ella también los fenómenos de disolución.

Al pie de las montañas abundan las morfologías de glacis y el viento va reduciendo de manera progresiva su importancia.

Regiones áridas

Son tantas y tan diversas las regiones de la superficie terrestre que aparecen calificadas como áridas que se presenta la necesidad de realizar una clasificación. Ésta se efectúa a partir de las condiciones climáticas sobre las cuales se desarrolla dicha zona y se tiene en cuenta, aunque como factor secundario, su localización por lo que se ha tendido a realizar una simple subdivisión entre aquéllas que se encuentran en el hemisferio norte y aquéllas que se instalan en el hemisferio sur.

Desiertos y semidesiertos de condiciones climáticas cálidas en el hemisferio norte

Dominio afroasiático: la zona árida más extensa del planeta se prolonga desde las costas del Sáhara hasta el valle del Indo. Todo el ámbito central del Sáhara y de Arabia es lo que se conoce como desierto absoluto ya que las precipitaciones no superan los 25 mm/año y son extremadamente irregulares. La vegetación aquí presente aparece contraída y se reduce a los ueds o a las zonas interdunares donde la presencia de escasas aguas freáticas permiten el desarrollo de ciertos arbustos o arbolillos como retamas o tarajes.

Dominio norteamericano: destacan el desierto de Mojave, el de Chihuahua y el de Sonora, aunque las condiciones áridas son mucho menos intensas por lo que sería más adecuado hablar de semidesiertos. En estos ámbitos las precipitaciones pueden llegar a alcanzar los 400 mm/año lo que supone un mayor desarrollo vegetativo. Las cactáceas pasan a un segundo término y aparecen los agaves, las acacias, etc.

Desiertos y semidesiertos de condiciones climáticas cálida en el hemisferio sur

Dominio árido tropical de América del Sur: destaca toda la franja costera, desde el Perú hasta Chile, incluyendo la Puna (zona supraforestal de los Andes secos); aquí las precipitaciones son realmente muy escasas (mucho más escasas que en las zonas interiores donde las condiciones climáticas existentes nos llevarían a hablar con más propiedad de semidesiertos que de desiertos). La escasa vegetación presente (véase catinga) depende, en última instancia, de las acumulaciones de humedad que puedan producirse al tratarse de un dominio costero y próximo al mar en donde son abundantes las brumas.

Dominio árido de África: se trata de la extensión de un desierto costero por Namibia y parte de Angola. La escasa vegetación aquí desarrollada aparece relacionada con la presencia de valles secos que almacenan cierta humedad en sus fondos.

Dominio árido de Australia: aquí también se desarrollan regiones áridas pero sin llegar nunca a las condiciones de desierto (Gibson, Simpson, etc). La mayor parte de éstas son interiores, ya que es aquí donde las precipitaciones son verdaderamente escasas e irregulares. La vegetación más abundante es la conocida con el nombre de mulga (de la familia de las acacias) que es una especie de matorral que puede llegar a alcanzar los 6 metros de altura y los matorrales de pequeños eucaliptos. Hacia el norte van incrementándose progresivamente las precipitaciones y tienden a concentrarse en los meses de estío.

Zonas áridas de condiciones climáticas templado-frías en el hemisferio norte

Como ya se ha mencionado anteriormente es en este punto donde surgen las controversias por encontrarse bajo la acción o influencia de climas de características frías. Para algunos autores sí constituyen parte de las denominadas áreas áridas y para otros no. Sin embargo, se ha optado aquí por enumerarlas para conseguir dar una visión más global e integral de lo que suponen en el conjunto de la superficie terrestre estas zonas áridas.

Dominio de Asia Central: en este ámbito se desarrollan las regiones áridas al este de la línea montañosa Pamir-Altai y todas son de características continentales. Los desiertos de condiciones rigurosas se instalan en las zonas deprimidas; un ejemplo de ésto lo encontramos en el desierto de Takla Makan. Aun así es aquí donde ha evolucionado el desierto de altura más importante del mundo: el Tíbet. Las precipitaciones rara vez superan los 100 mm/año y la secuencia de heladas continúa hasta en los propios meses de verano. La vegetación es, por tanto, escasa y pobre.

Dominio de América del Norte: en este ámbito únicamente la Gran Cuenca (véase NEVADA estados unidos) se puede considerar como región árida. Las escasísimas precipitaciones caen en primavera, el verano es bastante caluroso y el invierno muy frío. Las cactáceas estás ausentes por completo como consecuencia de dicho frío invernal.

Zonas áridas de condiciones climáticas templado-frías en el hemisferio sur

La Patagonia aparece aquí como el único ámbito de características áridas bajo unas condiciones climáticas templado-frías. A ésta se podría sumar, aunque en menor medida, una pequeña franja del oeste argentino. La causa principal es su ubicación geográfica a sotavento de los Andes lo que da lugar a un efecto orográfico caracterizado por el incremento de la sequedad (escasas precipitaciones) que aparece favorecido por el importante papel desecante que ejerce el viento.

De todos modos, como puede verse son muchas las áreas influenciadas por este fenómeno de la aridez; suponen cerca del 30% de la superficie emergida. Como anécdota, hay que mencionar que el 100% del territorio de las Antillas Holandesas, de las Islas Caicos y Turks (todas en el Caribe) vienen definidas como áridas. Haití presenta aridez en casi el 65% de su territorio. Argentina también agrupa bastante superficie árida, casi el 70%, mientras que en Chile esa superficie se reduce hasta el 47%.

Consecuencias y efectos

Una de las consecuencias más visibles de la aridez se encuentra en las transformaciones que sufre el suelo para adaptarse a dicho fenómeno, al igual que la propia vegetación que sobre estos dominios se asienta. El suelo responde ante esta sequedad de larga duración con la presencia de grietas, desconchamientos, costras de características calcáreas y/o yesíferas, etc. Estos suelos como consecuencia de la importante evaporación que sufren se van haciendo progresivamente más salados; de ahí que se diga que son como saladares y que dentro de algunas clasificaciones se les relacione con los suelos salsódicos. Estas características (secos casi constantemente, bajo contenido en materia orgánica, etc) les hacen ser poco productivos y poco fértiles aunque dicha fertilidad se puede ver ampliada con el uso de potentes y eficaces técnicas de suministro de agua artificial por medio del riego. Los cultivos se ven intensamente afectados por estas condiciones. En la clasificación americana se habla de aridisoles y en la de la FAO de xerosoles aunque de forma generalizada se emplea la denominación de serosems o suelos grises de características subdesérticas. Aparecen muy poco coloreados como consecuencia de la débil alteración climática y de la poca materia orgánica en ellos presentes, que no suele superar el 1%.

En definitiva estos suelos constituyen el avance de la desertización, hecho que conlleva la degradación y pérdida de suelo. En el caso de la península Ibérica se trata de un problema muy acuciante en toda el límite sureste, especialmente en la provincia de Almería.

Temas relacionados

Relieve terrestre.
Suelo.
Clima.

Aridez

Fuente: Britannica

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