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Definición de Armas de fuego

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 [Ingeniería y tecnología]

Son las armas que utilizan la presión de los gases producidos por la deflagración de la pólvora u otra sustancia análoga dentro de un tubo cerrado por un extremo, para impulsar un proyectil a gran velocidad y precisión. Precisamente, la alta velocidad del proyectil cuando impacta con un objeto o cuerpo es lo que determina la utilidad como arma de este sistema, ya que cuanto mayor sea la velocidad mayores serán los destrozos causados en el blanco. Otro dato determinante en la capacidad de producir destrozos es el diámetro del proyectil, es decir, su calibre, así como su peso. En cuanto a la posibilidad de dirigir el proyectil es esencial, ya que de otra forma de nada serviría un proyectil de alta capacidad destructiva si no se puede dirigir su trayectoria de forma adecuada.

Una vez descrita la esencia del arma de fuego, podremos comprender que quizás la parte más importante sea el cañón, es decir, el tubo de forma cilíndrica, cerrado por el extremo donde se produce la deflagración de la pólvora y donde se produce la sobrepresión de los gases que empujan el proyectil.

Este tubo ha de tener unas características de resistencia notables, ya que ha de soportar la altísima presión que se crea en el momento de explotar la pólvora. Además, ha de estar fabricado con unas tolerancias mínimas, ya que ha de dejar pasar el proyectil y dirigirlo en línea recta, por lo que no vale un cañón curvado o deformado.

El dominio de la pólvora

La historia de las armas de fuego va unida sin lugar a dudas a la de la pólvora. Esta sustancia ya era conocida y utilizada en China en el siglo XI de nuestra era, donde la mezcla de carbón, salitre y azufre era utilizada para fabricar pequeños artefactos explosivos. Ya se describen algunas aplicaciones de la pólvora como sistema para propulsar diversos proyectiles desde armas de bambú.

La pólvora llego a occidente muy posiblemente de la mano de los árabes, en torno a los siglos XII y XIII. Ya en este último siglo aparecen referencias en diversos libros sobre la pólvora en Europa o, como era conocida, con el nombre de sal pétrea.

Del dominio de la pólvora a su utilización en armas de fuego efectivas sólo hay un siglo, ya que en el XIV ya se hace mención, en diversos escritos, a primitivas armas de fuego. Concretamente, en un manuscrito de 1326 del inglés Walter de Milimete, se describe un rudimentario cañón con forma de vaso, cargado con una gran flecha y que era disparado mediante una mecha aplicada a la parte trasera del cañón. Se trata, pues, de una auténtica arma de fuego, donde se utiliza la combustión de la pólvora para lanzar a gran velocidad una flecha contra el enemigo. Ese siglo, el XIV, será pródigo en citas sobre la utilización de las armas de fuego en combate.

Estas primeras armas se fabricaban según dos técnicas totalmente distintas. Por una parte, se podía fundir el cañón en una pieza con forma de vaso, en latón o bronce. Por otra, se procedía a fabricarlo partiendo de duelas de hierro, soldadas y sujetadas con fuertes cinchos, como si se tratara de un tonel. En ambos casos se practicaba un orificio en su parte trasera denominado oído, por donde se procedía a inflamar desde fuera la pólvora. Estas primeras piezas artilleras eran colocadas en rudimentarias cureñas o bases, con el fin de sostener el cañón.

En estos primeros tiempos, la pólvora era muy deficiente y su composición variaba de un lugar a otro. Las mezclas utilizadas podían ser, por ejemplo, 6 partes de salitre, 1 de azufre y 2 de carbón vegetal, o bien 22, 4 y 5, respectivamente.

Del siglo XIV nos han quedado multitud de referencias sobre cañones portátiles, de los que muy pocos han sobrevivido hasta la actualidad. Estos pequeños cañones, antecesores de las armas de fuego portátiles, solían tener un cañón facetado en su exterior y una recámara para colocar la pólvora de menor sección que el resto del ánima. También contaban con un soporte de madera en su extremo para poder apoyarla.

Todas estas armas debían cargarse por la boca, es decir, se trata de armas de avancarga, en las que primero se colocaba la medida de pólvora suficiente para lanzar la bala. Si la medida era superior a lo que podía resistir el material del que era fabricado el cañón, éste podía estallar con funestas consecuencias para los encargados de la pieza o servidores.

Tras la carga de pólvora iba colocado el taco, que debía cerrar perfectamente la recámara donde estaba situada la pólvora. A continuación, se introducía la bala, que en esta época solía ser de piedra y estaba tallada de forma esférica. Antes de colocar cada uno de los elementos debía ser atacado el anterior, para colocarlo perfectamente en su sitio. Una vez cargado, se introducía pólvora en el oído y también en un pequeño agujero situado en la parte exterior, el fogón. Preparada la carga, sólo era necesario acercar una mecha previamente encendida al fogón para que estallase. Las armas de fuego portátiles poco tenían que ver con las que conocemos en la actualidad, ya que eran poco más que tubos.

El perfeccionamiento de este tipo de armas tiene mucho que ver con los avances realizados en los sistemas de ignición, que son los que realmente harán evolucionar a estos artefactos. Este tipo de armas portátiles largas, las pistolas, aparecerán más tarde, aunque eran casi imposibles de apuntar. Pese a ello, no era éste su mayor problema, ya que su alcance era tan corto que se utilizaban a muy pocos metros. A pesar de la baja efectividad de estas primeras armas, no era desdeñable su impacto psicológico en el enemigo, ante soldados que cargaban con tubos que al disparar hacían gran ruido y que, además del disparo, dejaban una gran humareda.

Primeras armas efectivas

El primer avance en este campo fue la creación de la llave de mecha, que era una evolución del anterior sistema aparecida a principios del siglo XV. Se creaba un mecanismo que llevaba sujeto en su parte superior la mecha encendida. Existieron varios tipos de sistemas para acercar la mecha al fogón: el más común era colocar una especie de cuchara donde se depositaba la pólvora y que podía quedar cubierta por una placa o cubrecazoleta.

Estos sistemas se fueron perfeccionado con diversos disparadores, manteniendo la mecha como sistema principal de encendido. De esta forma, el tirador quedaba libre para apuntar con ambas manos. Así, aparecen los primeros arcabuces, que tendrán su continuidad hasta el siglo XVII tanto por la sencillez de su sistema como por su bajo precio. Por contra, tenemos que añadir que su uso era difícil, lento e inseguro con tiempo húmedo.

La forma más normal de fabricar el cañón del arma, la parte más delicada, era arrollando una placa rectangular de metal al rojo sobre una vara de acero: los bordes eran puestos unos encima de otros y trabajados hasta que quedase un tubo superpuesto. El calibre obtenido de esta forma era menor al deseado, ya que a partir de ese momento se inicia el trabajo interno del tubo hasta lograr una superficie lisa y perfecta con el calibre deseado.

También se aplicaba, en la parte posterior, una tapa llamada tornillo de culata. A partir de este momento, se taladraba el oído para, a continuación, montar la mira y los mecanismos de disparo. La otra posibilidad de fabricar el cañón era arrollando una tira de metal sobre una barra, de forma helicoidal. Una vez que toda la tira se había colocado, se procedía a soldarlo y se trabaja en el interior.

A finales del XIV y principios del XV los fabricantes de cañones ya habían logrado un cierta especialización y comenzaron a crear gremios de fabricantes de tales artefactos. También aparecieron los primeros tratados en los que se hablaba del proceso de fabricación de los cañones y de las armas de fuego, como el Bellifortis de Konrad Kyeser (1405).

Cañones en el campo de batalla

Como dijimos anteriormente, la artillería fue durante muchos años casi una curiosidad que atraía a reyes y gobernantes, pero con un uso muy limitado hasta que en 1453 se produjo el sitio de Constantinopla, donde el sultán Mohamed II utilizó hasta 56 cañones pequeños en 14 baterías y 13 piezas de gran tamaño. Según cuentan las crónicas, las piezas de mayor tamaño disparaban balas de piedra de 75 cm de diámetro y 500 kg de peso. Cada disparo tardaba aproximadamente unas dos horas en ser preparado y algunas de las piezas pesaban alrededor de 90 T.

Aunque estos cañones eran gigantescos para la época, los normales pesaban en torno a las 16 T, como los que se conservan aún en la Torre de Londres (Gran Bretaña): son de origen turco y lanzaban balas de piedra de unos 300 kg a unos 1.600 m de distancia, utilizando para ello una carga de unos 135 kg de pólvora que iba colocada en una recámara de menor tamaño que el ánima del arma.

No eran armas muy precisas ni tampoco seguras. Los cañones de hierro realizados a partir de duelas de metal se fabricaron durante el siglo XV y hasta el XVI. Esta forma de fabricar los cañones de hierro venía obligada por la imposibilidad de obtener hierro colado, al contrario de lo que ocurría con el bronce.

A lo largo del siglo XV se fue haciendo común el uso de artillería de campaña. El cañón iba montado en un soporte de madera resistente llamado cureña, que estaba provisto de ruedas para facilitar su remolque. Entre las piezas de artillería de esta época hemos de destacar, entre las pesadas, a las bombardas, y entre las ligeras, a los falconetes.

También en el siglo XV empiezan a ser habituales ciertos montajes en los que se utilizaban varios cañones de mosquetes en hileras, dispuestos como los tubos de un órgano y que podían ser disparados en una sola salva.

Llave de rueda

El arma portátil sufrió un gran cambio con la utilización de la llave de rueda, de la que hay constancia de su utilización en 1515. Era un intento de mejorar la fiabilidad del sistema de disparo. La primera arma de este tipo que se conserva con una fecha concreta de fabricación es un arcabucillo perteneciente al rey español Carlos I y V de Alemania, fechado en 1528. El problema que se planteó para su desarrollo era cómo lograr la ignición de la pólvora de la cazoleta sin tener que llevar consigo la mecha.

La solución pasaba por encontrar un sistema que pudiese producir el fuego necesario y en el momento preciso. Así, se llegó al mecanismo de rueda aproximadamente a principios del siglo XVI. El sistema se basaba en una rueda estriada en su perímetro y que hacía contacto con una sustancia que, al ser frotada por las estrías del metal de la rueda, lanzaba trozos incandescentes. Estas chispas eran las que prendían pólvora.

Normalmente, se utilizaba como elemento de ignición la pirita, mineral con fuerte propensión a soltar trozos incandescentes al ser golpeados por un metal. Aunque el proceso de carga y preparación del disparo era parecido al de la llave de mecha, el tiempo necesario para realizar el disparo era menor y el arma era, sobre todo, más fiable. Por contra, el sistema de ignición de rueda era caro, complejo y delicado, por lo que no llegó a ser de uso generalizado en los ejércitos.

Mosquete

Durante el siglo XVI harán acto de presencia por primera vez las armas de fuego portátiles en el campo de batalla. En 1528 los soldados españoles utilizaron por primera vez el mosquete bajo el mando del Duque de Alba. Se trataba de un arma que medía 1,80 m, tenía un peso de 7 kg y su calibre era de 2,54 cm. Además del arma, el soldado tenía que llevar una horquilla para apoyarla (pues era muy pesada) a la hora de disparar. La base era de madera, coronada en la parte superior por una horquilla de metal.

Era capaz de disparar una bala hasta unos 220 m efectivos. Además de la utilización de armas de este tipo por los soldados españoles, también fue característica la denominada concentración del fuego: un gran número de soldados con mosquetes dispuestos a disparar al unísono sobre el enemigo.

La consecuencia de todo ello fue el abandono del arcabuz por este arma, más pesada y larga con la que un soldado era capaz de alcanzar cadencias de tiro de hasta 40 disparos a la hora, una cifra bastante notable para la época. Las balas eran bastante pesadas (pesaban unos 43 gramos), procedían de fundición y tenía forma redonda, mostrándose mucho más eficaces que las del arcabuz: sus disparos eran capaces de perforar una coraza sin problemas.

Los soldados solían llevar la pólvora en un recipiente de cuerno de animal o de madera. De este recipiente se extraía una medida lo más precisa posible de pólvora, que era vertida por el cañón y atacada por una baqueta, la cual solía ir guardada en un receptáculo paralelo al cañón del arma. Tras introducir la pólvora, se colocaba el taco, que era de nuevo atacado y, tras ello, se introducía la bala también atacada. A continuación, era necesario cebar la cazoleta del arma con una pequeña cantidad de pólvora, con lo que el mosquete quedaba listo para el disparo. Éste se producirá cuando una vez colocada el arma en su soporte se le acerque a la cazoleta la mecha encendida con una mano. Era esencial utilizar el soporte para poder dejar una mano libre, que era la que acercaba la mecha para el disparo.

El cañón en los asedios

La artillería del XVI, por su parte, alcanzó un mayor desarrollo: con balas de piedra o hierro de hasta 130 kg eran capaces de abrir enormes boquetes en las antiguas fortificaciones, construidas en mampostería pero con altos y delgados muros de época medieval. De ahí nació la necesidad de construir las fortificaciones con formas más macizas y bajas, tanto para poder colocar artillería en su interior como para protegerlas de los ataques de una artillería cada vez más efectiva. Así, nacieron las nuevas fortificaciones, de formas poligonales y con puestos específicos para las armas de fuego.

También se mejoró bastante la calidad de la pólvora, sobre todo con la introducción de una mezcla más granulada que quemaba muy lentamente, liberando de forma gradual los gases dentro de la recámara Al mismo tiempo, también comenzó la construcción de los primeros cañones hechos por fundición en hierro, piezas aún poco resistentes pero de mucho menor precio que los usuales, realizados en bronce.

Aunque se sabía desde hacía tiempo que una flecha que gira en su vuelo es mucho más estable, este principio no fue puesto en práctica en las armas de fuego hasta bastantes siglos después: hasta finales del siglo XV no encontramos cañones rayados en su interior. Hacia 1480, un armero vienés introdujo las primeras estrías dentro del cañón, aunque poco tienen que ver con las que se utilizan en la actualidad, que giran a lo largo del diámetro del ánima para imprimir un giro a la bala: estas primeras estrías eran rectas.

Como es lógico, los armeros tuvieron conciencia que un arma cargada por la recámara y no por la boca sería mucho más rápida de poner en servicio. Multitud de sistemas se inventaron para lograr el arma de retrocarga efectiva.

Todos se enfrentaban con el problema del cierre de la recámara, es decir, conseguir algo que encajase perfectamente con el cañón, ya que si no era así se producían escapes de gases que restaban energía a la bala, además de poder resultar peligroso para los servidores o tiradores.
En este sentido, hubo algunas experiencias interesantes durante el siglo XV, como un cañón con una recámara totalmente recargable. La recámara era una pieza independiente que se cargaba con antelación. Se podían tener varias recámaras totalmente preparadas y simplemente se tenía que colocar en su posición. Una vez cerrado el cañón mediante unos cierres de metal, se efectuaba el disparo. Era sumamente fácil eliminar la recámara ya gastada y sustituirla por otra: el sistema era bueno y rápido, pero la estanqueidad de la cámara dejaba mucho que desear.

Nace la balística

El XVI será el siglo en el que la balística se convertirá en una disciplina científica de primer orden para todas las naciones, debido a sus implicaciones bélicas. Muchos trabajos sobre el tema se publicarán en este siglo, destacando ante todo las obras del italiano Niccoló Tartaglia: en el año 1537 publicó un libro muy influyente en todo el mundo, Nuova Scientia, seguido algo más tarde por Quesiti et Inventioni Diverse.

Una de las aportaciones más importantes de este autor será que por primera vez hace referencia a la verdadera naturaleza de la trayectoria de los proyectiles. En contra de lo que todos sus contemporáneos pensaban, la trayectoria de un proyectil artillero siempre es curva. De hecho, cuanto mayor velocidad se imprima a dicho proyectil, la trayectoria que describirá será más plana. El otro libro esencial en el trabajo con armas de fuego y su fabricación es el Pirotechnia, escrita por otro italiano: Vannuccio Vincenzio Austino Luca Biringuccio.

En esta obra se sistematiza por primera vez la relación existente entre el calibre de la pieza y la longitud del cañón. El autor establece que la pólvora ha de quemarse antes que la bala salga del tubo, ya que los gases provocados por la bala cuando ésta haya salido del arma serán desaprovechados. También hace una apuesta decidida por las balas de hierro, mucho más perfectas que las talladas en piedra, y también habla de taladros para el trabajo interno de los tubos a partir de bloques de metal fundido.

A mediados del siglo XVI se producen dos acontecimientos muy importantes para el desarrollo de las armas de fuego portátiles. En primer lugar, nace la pistola tal y como la conocemos hoy en día, es decir, un arma portátil para empuñar con una o dos manos y de menor tamaño y capacidad que las armas largas, como fusiles o arcabuces. Pero el otro hecho será trascendental: la aparición de la llave de chispa.

También en el siglo XVI hicieron su aparición las granadas explosivas y los lanzagranadas. Las granadas no son más que recipientes llenos de pólvora y de metralla a los que se les dota de una mecha, que debía ser encendida antes del disparo o bien por el propio disparo, lo que siempre suponía un cierto peligro de que explotase antes de ser lanzada. Para su lanzamiento se recurría a pequeños morteros que se clavaban en el suelo o se apoyaban sobre piedras.

Precisamente, el mortero será otra arma muy utilizada durante esta época para el asedio. En concreto, se conoce como mortero a cualquier sistema artillero que se utiliza para disparar proyectiles con una inclinación del tubo de más de 45º. Con esa inclinación, el proyectil describe una trayectoria corta y muy alta, por lo que al caer a tierra lo hace de forma casi perpendicular. Se podían disparar proyectiles sobre las murallas por muy altas que fueran, dejando sin protección la parte interna de la fortificación.

Llave de pedernal

El sistema de ignición de pedernal trataba de superar los problemas de complejidad de la poco común llave de rueda. Aunque el principio de funcionamiento es el mismo (golpear un mineral capaz de desprender chispas contra un superficie metálica), lo que cambia es el diseño de todo el conjunto, cosa que sucede a principios del siglo XVI.

En este caso, el pedernal o sílex iba sujeto firmemente en el extremo de un gatillo, montado sobre un fuerte resorte. Una vez cargada el arma y colocada la pólvora en la cazoleta, se montaba el gatillo, es decir, se elevaba, quedando fuertemente sujeto en esa posición. Cuando se disparaba el arma, lo que sucedía era que se desbloqueaba el gatillo, que era presionado con fuerza por un resorte hasta que golpeaba una pieza de metal.

El roce entre metal y pedernal producía gran cantidad de chispas que encendían la pólvora de la cazoleta. Es de destacar que en España se desarrolló este mecanismo con ciertas peculiaridades: era conocido con el nombre de llave a la catalana.

Nuevas formas de hacer la guerra

El siglo XVII traerá consigo un nueva época para la artillería y su uso. En primer lugar, se empiezan a utilizar los primeros proyectiles cilíndricos, más eficaces que los esféricos utilizados hasta el momento.

Pero donde se dará un paso gigante será en el uso que se hará de la artillería en el campo de batalla. Fue un rey sueco, Gustavo Adolfo, el que llegó a la utilización del cañón con una visión muy moderna de sus posibilidades: usándola con profusión y concentrándola en grandes baterías con un enorme poder de fuego. También esta época verá la generalización del uso de las armas de chispa.

A pesar de la presencia de las armas largas en el campo de batalla, aún se siguió utilizando la pica como forma de contrarrestar el avance de la caballería hasta que en el siglo XVIII fue definitivamente desplazada por la bayoneta de cubo, un arma blanca que podía ir colocada en el extremo del fusil sin interrumpir el disparo, con lo que podía ser utilizado indistintamente como arma de fuego o como arma blanca, según las circunstancias.

A ésto hay que añadir que la bayoneta nunca había sido de gran utilidad frente a las modernas armas de fuego, que terminaron por dejar a las armas blancas obsoletas o lo que es peor, a los que luchaban con ellas indefensos.

En el siglo XVII apareció un arma que alcanzaría gran popularidad en ciertos países como España. Se trata del trabuco, arma de gran calibre y con la boca acampanada. Gracias a su calibre, era posible disparar varias balas al mismo tiempo o incluso cargarla con metralla, lo que la hacía temible a corta distancia por su amplio ángulo de fuego.

El siglo XVIII se inició precisamente con la demostración del reinado de las armas de fuego en la guerra moderna, como se desprende de la declaración del fusil como arma normalizada en el ejército español. Otro hecho que puede parecer insustancial, como es la adopción de la baqueta de hierro en el fusil, traería consigo grandes cambios: en primer lugar, se facilitaba el trabajo de carga y, en segundo lugar, permitía reducir el calibre, lo que conllevaba un adelgazamiento en los fusiles que, con anterioridad, eran pesados y grandes en comparación con su limitada capacidad de fuego.

Por otra parte, las balas se hacían cada vez más pequeñas y necesitaban, a su vez, cargas de pólvora menores. La mira telescópica fue utilizaba por primera vez en un arma de fuego en la Guerra Civil americana, donde era usada por los tiradores de elite.

También se generalizó el uso de proyectiles explosivos y de metralla para la artillería. Las piezas artilleras, por su parte, se habían beneficiado de los avances logrados en el campo de la metalurgia: por fin era posible obtener cañones de hierro colado. Además, se había avanzado un gran trecho en el trabajo del ánima con la utilización de taladros movidos gracias a la fuerza hidráulica. De esta forma, se podía fabricar un cañón partiendo de un bloque de metal fundido y horadado.

Otra gran ventaja, además de la calidad lograda en la ánima, era la posibilidad de fabricar cañones con unos calibres normalizados, cosa que la deficiente tecnología había impedido hasta el momento. Antes, los calibres de las armas eran bastante arbitrarios, pero gracias a los nuevos procesos de producción se podrá normalizar su fabricación.

En estos nuevos procesos hay que destacar los trabajos del suizo Jean de Maritz y de John Wilkinson, que en el tercer cuarto de siglo lograban cañones con ánimas de una precisión impresionante para la época.

A pesar de las muchas aportaciones en el campo de la balística y en el cálculo de la trayectoria de los proyectiles, hasta el siglo XVIII se calculaban los disparos de forma bastante rudimentaria: en el mejor de los casos, los servidores de las piezas trabajaban con unas tablas de alcances bastante deficientes.

Será el británico Benjamin Robins el que introduzca el cálculo sistemático de los factores que intervienen en la trayectoria del proyectil, tomando en cuenta un factor hasta ese momento ignorado: la resistencia del aire. Utilizó para sus investigaciones un péndulo balístico que será de gran utilidad en la artillería futura para el cálculo más preciso de las trayectorias, lo que redundará en una mayor efectividad de este arma en el campo de batalla.

Nuevas armas para los nuevos ejércitos

El arma portátil de fuego había cambiado: ya no eran instrumentos costosos sólo al alcance de unos pocos, sino que los ejércitos ya hacían un uso masivo de los fusiles, que se habían impuesto definitivamente sobre las armas blancas. Esta generalización chocaba con el carácter artesanal e incluso artístico que, en muchos casos, tenían las armas fabricadas hasta ese momento.

Se trataba de aparatos complejos que necesitaban un proceso de elaboración lento y de una precisión muy exigente para la capacidad técnica de la época. Esto trajo consigo que un arma de fuego fuese cara, compleja y delicada. Estas características no casaban con los nuevos ejércitos de grandes formaciones de hombres que necesitan armas fiables, sencillas y, sobre todo, baratas.

La solución vino con los primeros intentos de estandarización en la fabricación de las armas de fuego. En este sentido, hemos de citar al armero Le Blanc que, a finales del siglo XVIII, fabricaba armas partiendo de piezas comunes y de medidas normalizadas, de forma que cualquier arma podía ver sustituidas sus piezas por otras de repuesto sin ningún problema.

Aunque la estandarización de las piezas era aún un deseo más que una realidad, la verdad era que anunciaba el camino de la futura masificación en la fabricación económica de armas: este proceso marcará la homogeneización del armamento en los ejércitos.

Como ya dijimos, los armeros no dejaban de probar una y otra vez distintas combinaciones de armas de retrocarga. Uno de ellos fue el londinense Henry Nock: en 1786 presentó el que probablemente fuera la primera arma portátil de retrocarga efectiva. Se trataba de un fusil de chispa en el que la recámara, al ser accionado un mecanismo, se colocaba en posición vertical, por lo que se podía colocar la carga y la bala antes de cerrarla, quedando sólidamente colocada en su sitio y lista para el disparo.

A pesar de ser una idea bastante revolucionaria no fue muy utilizada, por lo que la retrocarga tendrá aún que esperar algún tiempo hasta que su definitiva imposición. Si la retrocarga para los fusiles tardó un tiempo en ser aceptada por los ejércitos, no ocurrió lo mismo con un nuevo tipo de granada artillera conocida con el nombre de su inventor, el coronel británico Henry Shrapnel: a estas alturas, se utilizaban con profusión las granadas artilleras que explotaban al contactar con el suelo; pero la granada Shrapnel fue un paso notable en la industrialización de las formas de matar más “efectivas”. Se trataba de una granada cargada con pólvora y metralla que, además, iba dotada de un temporizador. El proyectil no explotaba por contacto sino en función del tiempo transcurrido desde el disparo, pudiéndose realizar una cierta programación del lugar de la explosión. Se podía hacer explotar sobre la concentración de tropas y no en el suelo, con lo que la carga de metralla lograba una mayor dispersión y efectividad.

Desde que fuera desarrollada en 1803 no ha dejado de estar presente en todos los conflictos hasta el siglo XX.

Sistemas de ignición por percusión

El XVIII también vio las primeras investigaciones en las armas personales que utilizaban como sistema de ignición de la carga la percusión. El primer avance en este campo lo realizó en 1779 Edward Howard, cuando investigaba nuevas mezclas que permitiesen la sustitución de la pólvora: llegó al fulminato de mercurio, que si bien no podía sustituir a la pólvora, tenía la ventaja de explotar bajo presión o después de un fuerte golpe.

Fue el reverendo Alexander John Forsyth el que, partiendo de esa idea, desarrolló el primer sistema para sustituir la cazoleta llena de pólvora en las armas por el fulminato colocado en un recipiente. Por ello, se llamó a este mecanismo de ignición llave de Forsyth, llave de frasco o llave de perfume.

Este novedoso sistema conllevaba grandes ventajas sobre los utilizados anteriormente. En primer lugar, no había que cargar con pólvora la cazoleta cada vez que se quería disparar, proceso delicado y lento; además, el nuevo sistema no era perturbado por el clima, como ocurría con el anterior, y el disparo era mucho más rápido: mientras que se apretaba el gatillo la bala salía por el cañón. También era más sencillo de mantener, ya que la parte móvil era un percutor que golpeaba el fulminato.

Finalmente, la gran última ventaja era que se podía adoptar con facilidad a cualquier arma de chispa. A partir de este desarrollo aparecerán multitud de armas dotadas de mecanismos de percusión cada vez más elaborados, en los que el fulminato iba colocado de diversas formas: desde pequeñas cápsulas de difícil manejo hasta tiras de papel con pequeños bloques de fulminato pegado.

Cartuchos de percusión

Todos estos sistemas y algunos más, junto con los más antiguos de chispa, quedarán anticuados ante el desarrollo del cartucho cerrado de retrocarga. El creador será un suizo, Johannes Pauly: junto al francés François Prélat lo patentó en 1812. Se trataba de un cartucho en el que iba incorporado el fulminante. Fabricado en papel, tenía su base en latón, que era donde iba dispuesto el fulminante. Se trataba de un sistema perfecto para un arma de retrocarga, donde con un sólo bloque y proceso se dejaba el arma lista para el disparo. Poco tardaría la artillería en adoptar el sistema de fulminante para el disparo de las piezas, siendo la pionera la artillería naval a mediados del XIX.

Un tipo de arma, más curioso que eficaz, será la impulsada por vapor que, aunque se sale del contenido estricto del tema que nos ocupa, avanza los caminos que recorrerán los armeros durante el XIX. En el siglo del vapor por excelencia, no podía faltar una prueba de la aplicación de su presión para impulsar proyectiles: en este caso, se eliminaba la pólvora por vapor a alta presión. El experimento más impresionante en este campo fue el realizado por Angier Perkins en 1861, cuando probó un arma automática a vapor capaz de lanzar 60 proyectiles de más de 40 gr en un minuto. A pesar de ser una de las primeras armas automáticas de repetición que se conocen, no pasó de experimento y pronto se abandonó el vapor por algo tan seguro a la hora de matar como la pólvora. También entre lo anecdótico hemos de citar los intentos de crear armas donde el disparo fuese producido por el paso de una corriente eléctrica, aunque corrieron la misma suerte que las propulsadas por vapor.

Revólver

Las pistolas habían tenido un uso muy limitado hasta la fecha. El gran usuario de este arma de fuego portátil había sido la caballería, que la utilizaba de forma curiosa: dando vueltas sobre su objetivo en una formación conocida como carrusel, en la que se realizaban las descargas del arma para continuar después el trabajo con los sables.

El problema era que el alcance y precisión de los disparos mostraba pobres resultados frente a los distintos tipos de armas largas. Además, la carga era tan complicada como en aquellas. Para solventar este último problema se crearon multitud de armas cortas de más de un cañón, siendo la más usual la de dos. La búsqueda de un arma de este tipo llevó al sistema conocido como revólver. Aunque se han fabricado armas largas de tipo revólver, lo más usual es que se trate de pistolas.

Básicamente, el revólver es un arma dotada de varios cañones o de un cilindro, también llamado tambor, provisto de varias recámaras que giran en torno a un eje. De esta forma, y con un movimiento rotatorio sobre el eje, se puede colocar o bien los cañones en posición de disparo frente al mecanismo disparador o, lo que es más común, una recámara frente a un único cañón y sistema disparador.

La primera pistola que contaba con un tambor fue patentada por el norteamericano Artemns Wheeler en 1818, dotada, además, de un cebador de fulminante. Este primer arma revólver fue perfeccionada mediante un mecanismo que hacía girar el tambor tras cada disparo, hasta la aparición del primer arma moderna de este tipo: la creada por el también norteamericano Samuel Colt.

La principal aportación de este nuevo arma se encontraba en el cierre de las recámaras, que por fin lograba un ajuste perfecto con el cañón. Estas innovaciones ya estaban presentes en las patentes de 1835 y 1836, que dieron un gran prestigio a este fabricante. Los primeros modelos de Colt contaban con 5 recámaras en el tambor, cada una de ellas cebada por un fulminante: el arma alcanzará un éxito sin precedentes. Como ejemplo, baste decir que uno de los modelos de Colt, el Wells Fargo (de calibre 7,9 mm), logró una ventas en los Estados Unidos de América de más de 300.000 unidades hasta 1873.

Paralelamente a la invención del revólver, que llegará hasta nosotros con pocos cambios en su funcionamiento básico, en 1832 se dio forma definitiva a un arma que también ha llegado hasta nosotros en forma igualmente muy parecida: el fusil de caza de retrocarga, creado por el francés Lefaucheux.

Fusil de cerrojo

La revolución industrial del XIX no sólo supuso la creación de nuevos métodos de trabajo, nuevas máquinas y, sobre todo, nuevas fuentes de energía y trabajo: también supuso una auténtica revolución en el desarrollo y fabricación de las armas de fuego. De hecho, durante este siglo se procederá a dar cuerpo a antiguas ideas que los armeros habían intentado sin éxito años antes. La evolución de la tecnología hará posible nuevas armas y, sobre todo, una mejora en su calidad.

En el camino hacia un arma de guerra más efectiva, rápida y barata, uno de los hitos más importantes será el desarrollo del fusil, patentado por el prusiano Johan Nikolaus Dreyse, el primer fusil de retrocarga eficaz de la historia. Se basaba en la utilización de un cartucho en el que la carga de pólvora estaba colocada en el extremo posterior, mientras que el fulminato iba colocado entre la pólvora y la bala. La originalidad del sistema estribaba en que el fusil utilizaba una aguja que atravesaba la pólvora y llegaba al fulminato a la hora del disparo.

La retrocarga se realizaba mediante un cerrojo, es decir, la recámara podía ser abierta y cerrada mediante una corredera. Al abrir y cerrar la recámara para colocar la bala en su posición, frente a la aguja percutora, se armaba el mecanismo de disparo, por lo que sólo había que apretar el gatillo.

Se trataba de un arma fiable que disparaba balas de 31 gr de peso y de calibre 15,43 mm, con una velocidad en la boca del cañón de 296 m/s. La gran ventaja de este sistema era que permitía una carga muy sencilla y rápida, además de ser un arma potente y segura que fue adoptada por el ejército prusiano en 1841, siendo determinante en sus victorias durante la década de los años 60. Como era lógico, este sistema fue copiado por todos los ejércitos.

El siguiente paso en el desarrollo del cartucho moderno lo daría Casimir Lefaucheux, con la invención de un cartucho de papel con la base en latón donde, a su vez, iba colocado el fulminante, activado mediante un percutor de aguja: el cartucho moderno está a sólo un paso.

A pesar de estos avances, ejércitos como el británico seguían utilizando fusiles intermedios entre los de retrocarga antiguos y los modernos estriados. Así, el fusil Enfield, adoptado por el ejército en 1853, era de retrocarga aunque de cañón estriado. Para la carga se utilizaba un cartucho realizado en papel engrasado. Antes de la carga, se rompía el cartucho para verter la pólvora en el cañón. El papel se utilizaba como taco y, a continuación, se introducía la bala que, al ser golpeada por la baqueta, se aplastaba y se adaptaba a las estrías.

En paralelo, se iban haciendo nuevas aportaciones en cuanto a la forma de la bala y a su comportamiento dentro del cañón. En primer lugar, se intentó que la bala se adaptase a las estrías del cañón imprimiéndoles un movimiento rotatorio, ya que la trayectoria de la bala se vuelve más estable. En ese sentido, se comprobó que con una bala de forma cilindrocónica se lograban mejores resultados, por lo que empezó a ser utilizada a partir de mediados de siglo, abandonando definitivamente el proyectil esférico.

Mejoras en la pólvora

La química también se ocupó de la pólvora, que hasta esta época había evolucionado muy poco. El único avance realmente importante realizado hasta el momento fue el de la mezcla granulada, pero por lo demás seguía siendo un propulsante que ensuciaba y corroía los cañones del arma, liberando muchos residuos y, sobre todo, gran cantidad de humo, lo que provocaba que el campo de batalla se hiciera insoportable tras varias descargas de las armas.
Será el químico Christian Friedrich Schönbein quien en 1846 logre la primera pólvora sin humo ni residuos al producir la nitrocelulosa, mezcla de ácido sulfúrico, ácido nítrico y celulosa. Esta sustancia, tratada con éter o alcohol, dará lugar a una pólvora sin humo muy potente, utilizada por primera vez en el fusil francés Lebel (1886). Este no fue el último paso, ya que en 1890 Frederick Augustus Abel gelatinizó con acetona una mezcla de nitrocelulosa, nitroglicerina, vaselina y acetona, creando la pólvora progresiva o cordita.

Esta nueva pólvora, además de no crear humo, era de explosión progresiva, con lo que se solventaba un grave problema de los armeros. Las nuevas piezas rayadas eran más precisas que las anteriores, pero al ajustar el proyectil de forma precisa con el ánima no permitía que los gases pudiera salir del cañón más que tras la bala, provocando grandes sobrepresiones que obligaban a reforzar los tubos que aguantaban dicha presión. Con la cordita este problema desaparece, ya que la combustión se produce de forma progresiva, evitando grandes sobrepresiones y facilitando tubos más ligeros.

Nace la gran industria del armamento

La química había puesto ya su grano de arena: poco más tarde lo hará la metalurgia. Será la empresa alemana Krupp la que más interés se tome en el desarrollo de nuevas armas. Esta especial dedicación a la fabricación de mejores armas artilleras le valdrá una triste fama mundial.

Pero, volviendo al origen, en la década de los 40 esta empresa logró los primeros cañones para fusiles y artillería fabricados en acero de colada o dulce, otro avance en el camino de abaratar el coste del arma y mejorar su calidad, idea constante a partir de este momento. Esta empresa comenzó una carrera para fabricar los cañones más grandes y potentes: ya en 1867, presentó una pieza de retrocarga y 50 T, capaz de disparar proyectiles de 480 kg, aunque necesitaba una carga de pólvora de 75 kg.

Los experimentos de retrocarga en artillería se sucedieron durante décadas dando resultados diversos, como un sistema italiano en el que se usaba una cuña para cerrar la recámara. En este nuevo tipo de cañones ya se utilizaba masivamente el estriado para inducir el giro a los proyectiles, aunque estas innovaciones tardarán en hacerse populares.

También, en la segunda mitad del siglo, se inventó un sistema para aligerar los cañones de su enorme peso: el conocido cañón Armstrong, que llevaba la cámara recubierta de zunchos de hierro que, al enfriarse, comprimían el tubo. Con la aplicación de varias de estas planchas de metal el cañón se volvió más ligero y también más resistente que uno de su mismo peso.

La otra innovación decisiva en la modernización de la artillería será la creación de piezas dotadas de sistemas amortiguadores de retroceso. Hasta el momento, el retroceso del disparo provocaba que la pieza se moviera violentamente hacia atrás, con lo que se perdía la posición óptima de puntería. Tras el disparo debía ser colocada de nuevo en posición y apuntada, lo que provocaba que para lograr sucesivos tiros con una precisión aceptable, el tiempo necesario para su preparación fuese excesivo. Pero fue por poco tiempo: en 1868 nació uno de los primeros sistemas capaces de absorber el retroceso y colocar la pieza en posición de forma automática, aunque sólo era utilizable en piezas fijas de cierto tamaño.

Todas estas innovaciones forzaron una evolución en la forma de combatir y provocaron el nacimiento de nuevas formas de hacer la guerra. Un ejemplo de ello es la aparición de los primeros barcos acorazados, ya que los antiguos barcos de madera eran presa fácil para las modernas baterías, más precisas y destructivas. Además, también nació un tipo de artillería hasta el momento desconocida, también de la mano de Krupp: la antiaérea, es decir, un cañón con la posibilidad de imprimir a su tubo un alto grado de inclinación en vertical para luchar contra los globos de observación. La primera pieza de este tipo data de 1870.

Cartuchos metálicos

Como hemos visto, muchos fueron los intentos de fabricar el cartucho más estable, de carga rápida y efectivo para armas cada vez más sencillas y baratas. La solución definitiva (ya que es la más extendida para las armas de fuego actuales) fue la que patentó el norteamericano Walter Hunt en 1847. En la patente se hablaba de la bala cohete, una bala que llevaba en su base la carga de pólvora y el fulminante repartido en la base de forma anular. La bala metálica sobresalía de un recipiente tubular donde iba colocada la pólvora.

Poco más tarde, en 1854, nació una empresa mítica: la norteamericana Smith Wesson, dedicada a fabricar armas utilizando este nuevo cartucho. Será esta empresa la que desarrolle el cartucho, tal y como lo conocemos, en el año 1866, compuesto por una bala que sobresalía por la parte anterior de un casquillo cilíndrico de metal.

En la parte posterior estaba colocado el fulminante, que era accionado mediante percusión. La parte posterior del casquillo tenía un ligero reborde de mayor diámetro que el resto del casquillo. gracias al cual el casquillo encajaba perfectamente en la recámara y permitía dotar al arma de un sistema de expulsión del casquillo mediante una uña extractora.

Este cartucho fue perfeccionado hasta darle su configuración actual por E.M. Boxer, que lo introdujo, como fuego central, dentro de un recipiente metálico, estable y duro. De esta manera, se abría el camino para la creación de armas automáticas o de repetición.

De los Estados Unidos de América llegó la que quizá sea la primera arma de repetición efectiva de la historia: el fusil Winchester. La conjunción del nuevo tipo de cartucho y el ingenio de Oliver F. Winchester dieron lugar a un fusil que almacenaba las balas en un recipiente tubular paralelo al cañón y que al accionar una palanca situada bajo el gatillo se abría la recámara.

Continuando con la descripción del sistema, la bala más próxima a la recámara es empujada por un muelle que hay al final del depósito, con lo que penetra en el cañón. Cuando se vuelve a colocar la palanca en su posición original, la recámara se cierra y el percutor queda montado. El proceso de carga es sencillo, ya que tan sólo hay que disparar y operar la palanca, con lo que se logra una alta cadencia de disparo. Además, la recarga del depósito de balas es también muy rápida, al tratarse de balas completas que no necesitan ninguna preparación. Era un arma sencilla y muy efectiva que conoció un gran éxito: del modelo 73 de la marca (con calibre 11,2 mm), se llegaron a fabricar más de 700.000 unidades.

Ametralladora

Parece que los Estados Unidos de América aprendieron rápido, ya que en 1862 apareció el arma de fuego que caracterizará a partir de ese momento la guerra: la ametralladora.

El año en cuestión, un norteamericano, Richard Jordan Gatling, presentó la primera ametralladora efectiva de la historia, conocida como cañón Gatling, ya que la palabra ametralladora es posterior, de origen italo-español.

El cañón Gatling estaba compuesto por 6 cañones de fusil que giraban sobre un eje. Al girar una manivela, los cañones giraban a la vez que unos cerrojos colocados en su parte trasera, que se acercaban y alejaban alternativamente según iba girando el conjunto.

Cuando el cerrojo estaba más alejado del cañón recibía una bala, que caía de un depósito por gravedad. Siguiendo el giro, la bala y el cerrojo se iban acercando al cañón hasta que la bala entrase totalmente en dicho cañón. El cerrojo llevaba, a su vez, un percutor de aguja que, al llegar el momento preciso del disparo, era accionado por una pestaña fija.

Una vez realizado el disparo, el cerrojo se iba separando del cañón y extraía a su vez el casquillo vacío, que era sacado de su posición dejando el cerrojo y su correspondiente cañón listos para recibir una nueva bala. El proceso era idéntico para los seis tubos del cañón, cada uno en una fase distinta, por lo que siempre había un tubo disparando.

Este ingenioso sistema lograba alcanzar cadencias de tiro sostenido de 200 disparos al minuto, con calibres de 25,4 mm o 12,7 mm. Se trataba de un arma de posición terrible, ya que podía barrer las líneas del enemigo con largas ráfagas. A tal efecto, fue probada con éxito en la Guerra de Secesión americana, demostrando su efectividad y fiabilidad.

Después de tan macabra comprobación, el cañón Gatling equipó a ejércitos de todo el mundo en diferentes configuraciones y calibres, siempre con magníficos resultados. Esta y otras armas modernas se tuvieron que ver las caras en la Guerra de Secesión, en la que se utilizaron por primera vez masivamente armas de retrocarga y nuevas piezas artilleras más modernas, como las de tubo rayado, o los proyectiles cilindrocónicos, que se impondrán poco más tarde en todo el mundo.

Una vez comprobada la eficacia de la ametralladora se desató una auténtica carrera por fabricar nuevos modelos en diferentes configuraciones. Como era lógico, se trataba de conseguir un arma más ligera suprimiendo los tubos giratorios por uno solo, además de conseguir un mecanismo que evitara accionarla manualmente.

Armas automáticas

Se buscaba la primera arma automática en la que, una vez montada y apretado el gatillo, no dejase de disparar hasta que se acabe la munición o se suelte el gatillo, sin que el tirador tenga que accionar ningún mecanismo adicional.

En 1883 Hiram Stevens Maxim patentó su sistema de fuego automático: se trata del denominado de retroceso corto. Una vez montada el arma y con un cargador metálico lleno de balas, el primer disparo hace que el cañón y el cierre obturador se desplacen hacia atrás (por la fuerza del retroceso) unos milímetros. Tras recorrer un corto espacio, el cañón se detiene, mientras que el cierre sigue retrocediendo y deja al aire la recámara.

En su movimiento, expulsa el casquillo gastado mediante una uña y, llegado a este punto, una nueva bala ha sido obligada a introducirse en la recámara por un resorte, mientras que el bloque se detiene armando, a su vez, el percutor. Un muelle obliga al bloque a avanzar arrastrando al percutor, que dispara la segunda bala. El proceso seguirá hasta que se quite el dedo del gatillo o se acabe la munición.

Pronto se desarrolló otro sistema para armas automáticas aprovechando los gases quemados de la pólvora o, más bien, su presión. En este caso, hay una pequeña toma de gases taladrada dentro del cañón y cuando se dispara la primera bala los gases tienden a entrar por dicho orificio.

La presión del gas impulsa un pistón que, al ser empujado, acciona todo el mecanismo del arma. El pistón tenderá a recuperar su posición original por la acción de un muelle, por lo que el proceso se repite indefinidamente de forma alternativa, siguiendo el movimiento del pistón de adelante hacia atrás. Este último sistema de funcionamiento será el que se imponga con el tiempo y es el más utilizado en la actualidad para las armas largas de fuego, tanto automáticas como semiautomáticas.

La primera ametralladora de este tipo fue la Hotchkiss (1885) de calibre 8 mm, con cargadores de 30 balas y tubo único refrigerado por aire. En este caso, el automatismo era más sencillo y fiable, ya que el cañón no retrocedía. Este sistema de automatismo es conocido como sistema Blowbach.

Cada modelo utilizó diversas estrategias para refrigerar el cañón, que alcanzaba altas temperaturas. Así, se solía fabricar con una especie de radiadores alrededor del cañón que disiparan el calor o fabricando un depósito de agua alrededor del cañón de forma cilíndrica.

La guerra industrializada

La ametralladora será, junto con la artillería, la gran protagonista de la guerra de posiciones de la I Guerra Mundial. En este tipo de batalla, los frentes se estabilizan en posiciones defensivas muy extensas que son batidas constantemente por la artillería y defendidas de los ataques de la infantería enemiga por ametralladoras. Los frentes se estancaron durante meses ante la imposibilidad de avances, cortados una y otra vez por las ráfagas de las armas automáticas.

Aunque las primeras ametralladoras eran armas muy pesadas y sólo aptas para su uso en posiciones defensivas fijas, pronto empezaron a ser utilizadas sobre soportes metálicos, como una especie de trípodes, que les conferían cierta movilidad.

También fueron adoptadas, ya bien entrada la guerra, en la nueva arma aérea, donde destacaron algunos modelos concretos. Por parte aliada, se utilizó la Lewis 303, de cargador rotatorio, o la francesa Hotchkiss M.K. I, alimentada por cinta o bandeja rígida de 25 disparos. Sin embargo, la reina indiscutible de la guerra, tanto en el cielo como en las trincheras, fue la británica Vickers, que llegaba a obtener una cadencia de fuego de hasta 800 disparos por minuto. Los alemanes, por su parte, utilizaron la LMG.08/15 Spandau y la Parabellum MG.13, que más tarde daría lugar a toda una familia de ametralladoras.

Si el desarrollo de la ametralladora había sido sorprendente, tampoco el del fusil quedó atrás tras la aparición de las armas de cerrojo. La madurez del sistema llegó con la adopción por el ejército francés del fusil Lebel modelo 1886, arma de cerrojo que utilizaba un calibre 8 mm y que estaba dotada de un depósito tubular de 8 cartuchos con pólvora sin humo y que será reglamentario hasta la II Guerra Mundial.

Siguiendo este modelo, aparecerán otras armas parecidas que se batirán en la Gran Guerra, como el alemán Mauser o el británico Lee-Enfield. El alemán, que data de 1898 y es conocido oficialmente como carabina 98 k, es un fusil muy potente de calibre 7,92 mm que permite hacer blanco con precisión hasta los 600 m, con una trayectoria muy tensa o plana y un cargador de 5 cartuchos, convirtiéndose en poco tiempo en un arma a copiar.

Pistolas semiautomáticas

Finalmente, las nuevas tecnologías también fueron aplicadas a las pistolas. A pesar de que el revólver era una fórmula especialmente acertada por su sencillez y fiabilidad, no faltaron nuevas propuestas para las armas cortas. La más interesante y la primera que otorgó a la pistola de un mecanismo semiautomático fue la alemana Luger. Esta pistola tuvo una lenta evolución hasta que llegó a las manos de Georg Luger.

Utilizaba el retroceso de una palanca articulada para armar el percutor, eliminar el cartucho vacío y cargar uno nuevo en la recámara. De esta forma, confería una velocidad de disparo desconocida hasta ese momento. Además, la munición iba colocada dentro de la empuñadura en un cargador cerrado de 8 balas, con lo que era muy fácil recargarla sólo con introducir un nuevo cargador.

Esta famosa pistola, conocida originalmente como Parabellum y más tarde como Luger, estuvo en producción desde 1898 hasta 1942. Precisamente, la empresa que desarrolló esta pistola también creó el rey de los cartuchos para armas cortas, el 9 mm Parabellum, un cartucho de algo menos de 3 cm, con bala de tipo troncocónico de algo más 5 gr de peso y una velocidad inicial de más de 300 m/s.

En este mismo sentido, hemos de destacar la aparición algunos años más tarde de la Browning calibre 45 modelo 1911 A1 en los Estados Unidos de América, un arma semiautomática que avanza la forma moderna de este tipo y que difería notablemente de la Luger.

La Browning americana será el origen de la mayor parte de las pistolas semiautomáticas creadas a partir de ese momento. Un ejemplo de la configuración típica podemos verlo en la pistola semiautomática española Star Modelo 30P, reglamentaria de la policía española: pesa, con el cargador completo de 15 cartuchos de 9 mm, 1.290 gr.

El cañón moderno

Ya hablamos anteriormente del inicio de una auténtica competición por crear piezas artilleras cada vez más grandes. Pero la revolución en este campo vino precisamente de un cañón pequeño: el 75 mm francés de tiro rápido (sistema Déport), fabricado por Schneider en 1897.

La principal innovación de esta pieza se encuentra en la introducción de un sistema de montaje elástico entre tubo y cureña. De esta forma, un sistema hidroneumático formado por dos cilindros llenos de aceite y aire, completados con pistones, absorbe el retroceso del tubo, a la vez que los vuelve a colocar en su posición original sin afectar a la puntería. Al estar estaba dotada de un sistema de retrocarga por tornillo rápido y fiable conseguimos una pieza que es capaz de disparar hasta 31 proyectiles en un sólo minuto, con gran precisión.

Era un conjunto ligero que estaba dotado, por primera vez, de un escudo para proteger a los servidores y un tubo de acero niquelado capaz de aguantar 6.000 disparos. La munición, por su parte, era de vaina fija… será una pieza copiada hasta la saciedad.

Entre las cargas también hay novedades, como la introducción del proyectil de fragmentación, hecho de fundición y segmentado en su interior. Esos segmentos serán la metralla liberada tras la explosión, relegando al olvido las famosas granadas Shrapnel.

Pese a ello, la gran innovación en las cargas de los proyectiles será la masiva incorporación, a partir de principios de siglo, del trinitrolueno como carga explosiva. Este explosivo, conocido comúnmente como TNT o trilita, es muy estable, ya que sólo explota cuando lo hace un detonador, no afectándole la presión o el calor. Además, tiene un poder destructivo muy superior al de otros explosivos conocidos. Todas estas características lo convertirán en el explosivo militar más común hasta la actualidad.

Tampoco hay que olvidar que también lo utilizó la artillería para lanzar granadas llenas de gas, como el famoso gas mostaza, que caracterizó buena parte de los combates de trincheras, con el horror de las quemaduras y asfixias de soldados de todos los bandos.

Como dijimos, la empresa alemana Krupp se especializó ya en el siglo XIX en fabricar los más impresionantes cañones. Por ello, será en la II Guerra Mundial cuando demuestren dicha capacidad de especialización, con piezas como la de tubo largo, capaz de alcanzar blancos a 120 km de distancia y que fueron utilizadas para bombardear París, o el mortero gigante de 42 cm, de un poder destructivo desconocido hasta ese momento. La piezas de gran alcance estaban dotadas de una tecnología que les permitían velocidades de salida del tubo altísimas para la época: hasta 1.600 m/s.

En el otro extremo encontramos los lanzagranadas, ingenios de pequeño tamaño y de trayectoria muy curva para lanzar estos proyectiles sobre las trincheras próximas. Pero lo que llega a un gran avance tecnológico son los morteros de trinchera, pieza fue diseñada en 1915 por F. W. C. Stokes. Se trataba de un sencillo tubo apoyado en la tierra por su parte inferior y que tenía un alto ángulo de elevación. Era (y es) cargado por la boca con una granada y su cartucho, ambos unidos en una sola pieza.Al llegar al fondo del tubo, un percutor fijo provocaba el disparo. Este arma, de calibre 60 mm, tenía una alcance de algo más de 1,5 km y era perfecta para el combate en trincheras debido al alto ángulo de entrada que confería a la granada.

Las armas de la II Guerra Mundial

El periodo de entreguerras fue especialmente prolífico en la creación de nuevas armas que tendrán un papel destacado en las próximas décadas. En esta época, concretamente en 1918, nace un nuevo tipo de arma de repetición portátil copiada hasta la saciedad: el subfusil alemán Schmeiser. Se trataba de un arma de pequeño tamaño capaz de disparar ráfagas de balas de 9 mm y dotada de una culata plegable. A partir de este modelo, el subfusil se hará muy popular y contará con modelos tan famosos como el UZI israelí.

Un poco más tarde, en 1921, nace otra arma legendaria: la ametralladora Thompson norteamericana. Se trataba de un arma de calibre 45 y cargador circular con capacidad para 50 o 100 balas y que será utilizada durante la II Guerra Mundial con un cargador convencional.

La II Guerra Mundial fue el escenario de la adaptación de antiguas armas para nuevos cometidos. Como sabemos, las formaciones de tanques, inéditas en la guerra moderna, y de poderosos aviones provocaron la adaptación de las armas ya existentes a las nuevas necesidades de movilidad y de potencia de fuego. Así, la artillería dejó de ser un instrumento prácticamente inmóvil que garantizaba la inmovilización del enemigo en su líneas para pasar a ser (o, cuanto menos, a tratar de serlo) tan rápida en sus movimientos como el resto de armas. Además, ha de poder hacer frente a aviones y tanques, las grandes revelaciones de esta contienda.

Un cañón sobresalió entre todos los implicados por su calidad y versatilidad: el 88 mm, fabricado, como no, por Krupp y conocido como Flak 18. Era un arma que estaba diseñada como antiaérea y que dotaba a sus proyectiles de una altísima velocidad de salida.

Curiosamente, se comprobó que esa alta velocidad era perfecta para utilizarla frente a la amenaza de los tanques: demostró ser un cazatanques magnífico en todos los frentes de la guerra, con un alcance de más de 14 km en combate terrestre y 10.000 m como defensa antiaérea.

Otro cañón famoso por su tamaño fue el Dora alemán, de la misma empresa. Con su 1.350 T de peso, calibre 80 cm y proyectiles de 7 T es el cañón más grande construido, aunque de todos modos era más normal usar calibres bastante más pequeños, como el norteamericano de 155 mm o los remolcados de 105 mm. Incluso los gigantescos cañones navales de los acorazados no pasaban del medio metro de calibre.

Los Estados Unidos de América llegaron a fabricar durante la contienda hasta medio millón de piezas de artillería, comprendidas entre los calibres 37 y 240 mm.

Durante la guerra se fue extendiendo el uso de nuevas armas semiautomáticas y automáticas, aunque se usaron masivamente los fusiles de repetición manuales. Concretamente, el ejército americano empezó a utilizar un fusil semiautomático a principios de la guerra: el Garand. Pero fueron los soviéticos, con el fusil Degtyarev, y los alemanes, con el FG-44, los que apostaron claramente por la armas automáticas.

Los británicos, por su parte, hicieron un uso intensivo de una metralleta ligera conocida como Stern. Ese mismo ejército utilizó también con profusión la ametralladora, más pesada, llamada Bren, mientras que los alemanes utilizaron la MG-34 de alimentación por cinta, que podía alcanzar los 1.000 disparos por minuto.

Durante esta guerra fue común agrupar estas armas en montajes múltiples para el tiro antiaéreo, sobre todo en grupos de 2 o 4. Asimismo, también fue utilizada de tal manera en los aviones: aparatos como el Spitfire de Supermarine utilizaba 4 ametralladoras Browning 303 de 7,7 mm.

Otra macabra innovación introducida en la artillería fue la utilización de proyectiles incendiarios cargados con fósforo blanco.

Armas avanzadas

Tras la II Guerra Mundial se ha extendido como arma básica de infantería el fusil de asalto, un tipo de arma con la que se eliminan varias, ya que sustituye al fusil, a la ametralladora ligera y a la pesada. Se trata de armas relativamente ligeras que pueden funcionar como automáticas puras o como semiautomáticas, según la elección del tirador, y que tienen alcances de tiro muy largos y precisos.

El más notable de los fusiles de asalto durante la guerra mundial fue el FG-44 alemán, del que en buena medida descienden los posteriores. Entre los que se harán más famosos en plena Guerra Fría cabe destacar el AK-47 soviético, también conocido con el nombre de Kalashnikov. Cuenta con un cargador de 30 cartuchos de calibre 7,62 y es, probablemente, el arma más fabricada y copiada de la historia. Contemporáneo al AK-47 es el también famoso fusil de asalto americano M-16 o el español CETME.

Con el tiempo, los calibres de estas armas se harán cada vez menores, motivado por el deseo de lograr heridas útiles que provocan mayores dificultades al enemigo que la propia muerte del soldado. Hoy es muy común que el calibre de estas armas sea de 5,56 mm.

En cuanto a la artillería moderna, hemos de destacar que además de su alta movilidad, a pesar de calibres como el 155 mm, también ha ganado en precisión, debido en parte al uso de la electrónica, el radar, etc. También ha diversificado su munición con la aparición de multitud de nuevos tipos preparados para su utilización antitanque, antipersonal e, incluso, de tipo nuclear.
Los cañones que utilizan los carros de combate han seguido una fuerte evolución con la aparición de nuevas piezas con cargadores automáticos, similares a los utilizados en los nuevos barcos de guerra, logrando cadencias de tiro muy altas. También se ha generalizado un tipo de cartucho para artillería en el que la vaina es combustible, con lo que una vez realizado el disparo no se ha de retirar del cañón.

Para finalizar, vamos a hablar un tipo de cañón muy especial presentado en los años 50 en los Estados Unidos de América. Para su desarrollo, se partió del concepto de la ametralladora de Gatling: utilizando en sistema parecido al de la ametralladora de seis tubos, se logró el actual cañón Vulcan M. 61 de 20 mm de calibre, capaz de alcanzar 7.200 disparos por minuto. Se monta en la mayor parte de los cazas norteamericanos y también figura como instrumento de defensa antimisil en los barcos de guerra En este caso, no es movido por la mano del tirador sino por un motor eléctrico o mediante presión hidráulica. También hay versiones de calibres menores para ser utilizados incluso por la infantería.

Bibliografía

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REID, WILLIAM- Historia de las armas, Madrid, Editorial Raíces, 1987.
WILKINSON, FREDERICK- Armas y armaduras, Barcelona, Editorial Noguer, 1978.

Armas de fuego

Fuente: Britannica

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