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Definición de Caudillismo

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 (De caudillo); sust. m.

1. Sistema político y de gobierno que gira en torno a la figura de un caudillo o jefe militar que ostenta todo el poder de forma abusiva y al margen de cualquier tipo de institución: en Latinoamérica ha habido numerosos sistemas de caudillismo.

Sinónimos
Absolutismo, dictadura.

Antónimos
Democracia, libertad.

 [Historia]

Sistema de relaciones políticas, sociales y culturales que se produce cuando una sociedad se organiza alrededor de un caudillo. Éste ejerce un poder independiente de cualquier institución, es libre de toda constricción y, al intentar perpetuarse en el poder a cualquier precio, constituye una fuerza desestabilizadora permanente. El término “caudillo” y el régimen político que representaba, el caudillismo, se encontraban a medio camino entre la jefatura o el liderazgo y las realidades institucionales, propias de sociedades políticamente vertebradas. En América el caudillismo nació como posibilidad en el transcurso de las Guerras de Independencia, a comienzos del siglo XIX, al extender la militarización de la sociedad y la práctica del bandidaje y la guerrilla. Según menciona John Lynch, un caudillo podía gobernar “con o sin oficio de Estado o autoridad de Estado”, con un poder constitucional o sin su respaldo. Su autoridad y legitimidad residían en él mismo, no requería de instituciones formales para ejercer el poder; un caudillo, en fin, era reconocible a primera vista por su carisma y capacidad de convocatoria popular.

El caudillo poseía tres rasgos definitorios: poder económico, implantación social y programa político. Solía emerger como un héroe local o regional; su autoridad emanaba de la propiedad territorial y del control de hombres y abastecimientos y destacaba por un historial de hazañas personales comunes y una destacada afición a la milicia y las armas. La importancia del caudillismo era inversamente proporcional a la pujanza de las instituciones democráticas y representativas y al poder del Estado. Como la competición política se expresaba en conflictos armados, el ganador era aquel que vencía mediante la violencia, y el poder heredado o la base electoral carecían de importancia como fuente de poder. La práctica política se convertía en algo coyuntural, y el personalismo y la violencia ocupaban el lugar de la ley y el orden institucional. Aunque los militares se podían convertir en caudillos y los caudillos podían ser militares profesionales, no siempre ambas instituciones se apoyaron y a veces fueron competitivas entre sí.

El liderazgo caudillista también se apoyaba en una familia extensa y la influencia personal mediante redes de clientela vertebradas en los vínculos de reciprocidad y redistribución de sus miembros. El núcleo de la clientela del caudillo era un grupo de fieles hombres armados, y en su periferia se situaban dependientes y partidarios. Cada parte ofrecía algo que consolidaba el sistema jerárquico, tierras, dinero, trabajo, lealtad, armas o suministros. A pesar del carácter extralegal de las obligaciones mutuas, no contractuales, los vínculos eran muy fuertes y permanentes. La estructura de estas relaciones seguía el esquema terrateniente-campesino, que demandaba obediencia, lealtad y respeto a cambio de trabajo y una mínima seguridad social y física. Por esa causa, el caudillismo impuso que los campesinos, convertidos en peones, aparceros o soldados, según las circunstancias, se vieran envueltos en luchas políticas, y el mundo del caudillismo se nutrió de las estancias, hatos y haciendas latifundistas. En realidad, cuando un terrateniente local, un cacique, había logrado una buena base de poder económico y social, tenía riqueza y hombres, solía pretender que sus dominios alcanzaran una escala estatal y nacional, quería convertirse en caudillo.

Cabría afirmar que el caudillismo implicaba el gobierno dictatorial; en realidad, hay muchos matices que considerar. El libertador Simón Bolívar consideraba la dictadura una especie de cura desesperada para un sistema político enfermo, nunca una opción política válida por sí misma; el dictador era un protector temporal del pueblo frente a la anarquía y la opresión. Hubo caudillos como Juan Manuel de Rosas en Argentina o Antonio López de Santa Anna en México que se presentaron como tales dictadores protectores, pero en otros casos los términos caudillo y dictador no se hacen equivalentes. El caudillo puede ser regional o nacional, el dictador siempre es nacional; el caudillo manda en una estructura primitiva, el dictador presidía una administración compleja, con recursos e intereses más sofisticados. En realidad, el caudillismo, que empezó a declinar en Hispanoamérica hacia 1870, representó una primera fase de los gobiernos dictatoriales; la calificación de caudillo perduraría en sociedades modernas o en vías de modernización. Cuando el caudillo emergió desde el ámbito local a la historia nacional, cambió el poncho por el uniforme y la hacienda o estancia por el palacio; sólo el carácter autónomo y absoluto de su poder permanecieron incólumes.

El argentino Juan Manuel de Rosas (1829-1852), el venezolano José Antonio Páez (1830-1850, el mexicano Antonio López de Santa Anna (1821-1855) y el guatemalteco Rafael Carrera (1837-1865) fueron los caudillos más relevantes. Las características comunes a todos ellos fueron la base de poder regional, la alianza con miembros de las elites nuevas o tradicionales y la toma del poder con la utilización de ejércitos o milicias personales (los gauchos en el caso de Rosas, los llaneros en el de Páez, los indígenas en el de Carrera), así como la implantación de una dictadura personal y la supervivencia en el poder mediante el uso de la violencia. Rosas, un rico patricio, encabezó el movimiento de expansión de las estancias ganaderas, gobernó mediante una combinación de diplomacia, patronazgo y violencia (la mazurca o policía política fue la primera en su género en el mundo) y sucumbió a la pérdida de poder político y económico traído por el paso de las fincas de ganado vacuno al pastoreo de ovejas como fuente principal de riqueza. Páez fue un llanero humilde, conocedor de la vida rural, un gran militar, hatero, hacendado y hombre de negocios, que gobernó como pudo y supo un país en perpetua disolución por el choque de intereses entre hacendados, granjeros arrendados y trabajadores rurales, y acabó perdiendo una guerra frente al federalismo. Santa Anna, un criollo blanco, supo manejar con inmensa habilidad la política local mexicana, fue patrón, propietario y árbitro de las diferencias de los demás y protegió los principios conservadores de la sociedad. Finalmente, Carrera fue un mestizo de rasgos indígenas, de oscuro origen, que capitalizó el descontento indígena contra las políticas liberales y se hizo a sí mismo como caudillo independiente y popular y como presidente de un nuevo país.

Durante el siglo XX latinoamericano, algunas dictaduras personalistas han mantenido rasgos de caudillismo: Juan Vicente Gómez, en Venezuela; Rafael Leónidas Trujillo, en la República Dominicana; o Anastasio Somoza en Nicaragua, repitieron algunas de las principales características del caudillismo tradicional latinoamericano. Éste se exportó desde los años cincuenta a las recién independizadas repúblicas de África y Asia con la complicidad de las antiguas metrópolis coloniales y de las grandes potencias, que contaron así con gobernantes afines a la protección de sus intereses. Líderes populares carismáticos como el brasileño Getúlio Vargas o el argentino Juan Domingo Perón;Juan Domingo Perón, con sus políticas populistas, también respondieron a cierta tipología caudillista, un rasgo que en cambio las brutales dictaduras militares de los setenta y los ochenta no adquirieron casi nunca.

Temas relacionados.

Independencia de América (en voz Independencia).
Formación de Estados Nacionales (en voz América Contemporánea).

Bibliografía.

LYNCH, J. Caudillos en Hispanoamérica (1800-1850). Madrid, 1993.

MLG

Caudillismo

Fuente: Britannica

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