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Definición de Cisma de Oriente

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 Ruptura entre la cristiandad de Occidente (latina y germana) y la de Oriente (predominantemente griega) ocurrida temporalmente a mediados del s. IX, cuando el patriarca de Constantinopla, Focio, fue excomulgado por ocupar su sede irregularmente, y definitivamente a mediados del s. XI (hasta la actualidad), cuando el patriarca, Miguel Cerulario, y el legado papal, Humberto de Silva Cándida, se excomulgaron mutuamente como medida de fuerza en vez de dialogar sobre las diferencias entre ambas iglesias.

Causas y orígenes del cisma

Esta ruptura se trató en realidad de un proceso de alejamiento de los cristianos latinos y griegos, en el que hubo razones tanto eclesiásticas como políticas, además de una buena dosis de incomprensión mutua. Entre las causas remotas de la separación está la constitución de Constantinopla en capital del Imperio Romano de Oriente (330), pues a partir de entonces el Arzobispo Patriarca de esta ciudad aspiró a poseer una dignidad eclesiástica sobre Oriente equivalente a la del emperador en el campo político. Ya en el primer Concilio Ecuménico de Constantinopla (381) esta sede alcanzó la preeminencia en la Iglesia después de Roma. Así, si bien no se discutía desde Constantinopla la primacía de aquella, se tendía a reducirla a algo honorífico y potenciar en cambio una pentarquía (Roma, Constantinopla, Antioquía, Jerusalén y Alejandría) de iguales.

Por otra parte, siempre habían existido algunas diferencias doctrinales (la cuestión del filioque), litúrgicas (uso de panes ácimos o no en la consagración) y disciplinarias (celibato o matrimonio de los sacerdotes) entre Occidente y Oriente, no siempre vistas con respeto. Un precedente de los cismas de Focio y Miguel Cerulario fue el llamado Cisma de Acacio: el patriarca constantinopolitano de este nombre, en 484, fue llamado al orden por el papa Félix III por su postura monofisita. Acacio rompió con Roma, siendo secundado por las sedes de Antioquía y Alejandría. Esta separación no tendría mayores consecuencias, pues en 518 el emperador Justino I restableció la situación. Otro momento de tensión, de entre varios que hubo, fue cuando el papa Gregorio Magno tuvo que prohibir al patriarca Juan IV que tomase el título de “papa universal” (594). Hubo otras separaciones en Oriente, pero debidas a desviaciones doctrinales (monofisismo, nestorianismo), y que afectaron sólo a una parte pequeña de la cristiandad.

El Cisma de Focio (858-867)

En 847 había sido elegido Patriarca de Constantinopla el obispo Ignacio, hijo del ya fallecido emperador Miguel I y abad de un monasterio de la ciudad, de vida ejemplar pero con mediana capacidad intelectual. Su nombramiento había sido en realidad una imposición del partido de los monjes y de la emperatriz madre Teodora (y no elección sinodal), de modo que Ignacio poseía gran ascendiente en la Corte bizantina. Pocos años después, en el 856, el emperador Miguel III alcanzaba la mayoría de edad y mediante un golpe de estado reclamó el gobierno; no obstante, estaba muy influenciado por su tío Cesar Bardas, el cual había desplazado a Ignacio en la Corte. El comportamiento inmoral de ambos disgustó al patriarca, que en la fiesta de la Epifanía de 858 negó la comunión a Bardas. Éste reaccionó con dureza: acusando a Teodora de conspiración, la obligó a recluirse en un monasterio, ordenando a Ignacio que le impusiera el velo. Cuando éste se negó fue considerado cómplice y, por encubrir a algunos conjurados de una conspiración posterior, traidor. Fue deportado a la isla de Terebinto en octubre de 858.

Aún así, se mostró dispuesto a abandonar la sede patriarcal siempre y cuando su sucesor fuera de su agrado. En una solución de compromiso, el elegido fue finalmente Focio, un hombre culto que era presidente de la Chancillería imperial, y por tanto laico: en seis días recibió todas las órdenes sagradas para poder ser ordenado obispo y luego patriarca. Se trataba de un nombramiento irregular, pues los cánones prohibían la elección de laicos, y tampoco estaba vacante el puesto dado que Ignacio aún no había dimitido. Y además, tales órdenes las confirió Gregorio Asbestas, arzobispo de Siracusa, que tras la conquista de esta ciudad se había refugiado en Constantinopla, donde se había enemistado con Ignacio, que le excomulgó; Gregorio había recurrido a Roma, y su caso estaba aún sin solucionar cuando ordenó a Focio. Así pues, este hecho y la intención de Focio de actuar independientemente como patriarca, sin la supervisión de Ignacio, condujo a la ruptura de los dos partidos. Los partidarios de Ignacio, en febrero de 859, consideraron depuesto a Focio. Y Focio, a continuación, convocó un sínodo en marzo e hizo lo propio con Ignacio, con apoyo de Bardas (que le envió prisionero a Mitilene), y envió un informe muy general al papa Nicolás I al tiempo que solicitaba el envío de legados para participar en un concilio que debía terminar con los restos de la herejía iconoclasta (condenada hacía tan sólo unos años, en 843).

El papa envió a Rodoaldo de Porto y a Zacarías de Anagni, no sólo para participar en tal concilio sino, también para examinar la cuestión de la deposición de Ignacio y obtener información que le permitiera a él decidir personalmente el asunto, en el que veía irregularidades. En el concilio, reunido en abril de 861, se discutió otra vez la cuestión del depuesto patriarca, estando él mismo presente. Los legados se dejaron ganar de algún modo para la causa de Focio y confirmaron la deposición de Ignacio. Esto suponía una extralimitación de sus competencias, pues la última palabra sobre el asunto la poseía el papa. Nicolás I pidió nuevas pruebas de la culpabilidad de Ignacio, que fueron respondidas con el silencio. Al fin, en un sínodo de agosto de 863, el papa depuso a Focio por haber sido elegido siendo laico y por un obispo en situación irregular, Asbestas (que también fue definitivamente depuesto). Restituía a Ignacio en su sede y a los obispos seguidores de éste en sus puestos, del mismo modo que anulaba los nombramientos de Focio. Amenazaba con la excomunión a los que incumpliesen estos mandatos.

Cuando todo ello llegó a conocimiento de los implicados, el emperador Miguel III hizo saber al papa su desacuerdo en términos muy duros mientras Focio callaba. Nicolás I contestó en términos parecidos pero concedía una nueva discusión del asunto en Roma, con presencia de representantes de ambas partes (si Focio e Ignacio no podían acudir en persona) y de un enviado imperial. Esta vez ni el emperador ni el patriarca de Constantinopla respondieron. En esta situación de tensión se produjo la expulsión de los misioneros bizantinos de Bulgaria, a cuya jurisdicción aspiraba también la Iglesia romana y a donde también había enviado por su parte otros misioneros. Así, Focio condenó en una encíclica enviada a los otros patriarcas de Oriente la posición del papa e incluso le acusó de hereje (por la cuestión del filioque) y, en un concilio celebrado en 867, la liturgia latina introducida en Bulgaria. En un paso más, se depuso al propio Nicolás I y se encomendó el cumplimiento de la sentencia al rey franco Luis II. Esto significaba la separación de las cristiandades latina y griega, sujetas a Roma y Constantinopla respectivamente.

Pero muy pronto la situación iba a cambiar por la desaparición de algunos de los protagonistas: el papa Nicolás I, que estaba promoviendo un estudio teológico de todos los hechos, murió en noviembre de 867, menos de un mes después de que el emperador Miguel III fuese asesinado por su consejero Basilio el Macedonio, que se coronó en su lugar como Basilio I. Éste, lógicamente, se apoyó en los opositores al anterior emperador, entre ellos Ignacio y sus partidarios. De este modo, detuvo a Focio y lo recluyó en un monasterio, y el 23 de noviembre repuso a Ignacio en su sede. El nuevo papa Adriano II ratificó este cambio y condenó (y exilió) públicamente a Focio en el sínodo de Roma de 869 y también en el IV Concilio Ecuménico de Constantinopla (5 octubre de 869 a 28 de febrero de 870). No por ello las relaciones entre ambas cristiandades fueron perfectas en lo sucesivo: el hecho de que Bulgaria quedara sujeta al fin a Bizancio no gustó al papa, que según parece llegó a excomulgar a Ignacio.

De cualquier forma, éste murió en 878 y su sucesor fue precisamente el hábil Focio, que hacía años que había vuelto del destierro y hasta se encargaba de educar a los príncipes imperiales. En esta ocasión, el papa Juan VIII sí aceptó esta elección, aunque imponiendo algunas condiciones, muchas de las cuales fueron finalmente soslayadas en el concilio de noviembre de 879. Se ha afirmado que en 881 Focio volvió a ser excomulgado por Juan VIII, pero no parece probable. Sí es cierto que en 886 cayó en desgracia ante el emperador León VI (hijo de Basilio I), que lo desterró de nuevo, dedicándose a la teología y muriendo en la última década del siglo. Aunque la unidad de la Iglesia había sido plenamente restablecida, no hubo cordialidad desde entonces entre Oriente y Occidente, afectada además por la enemistad entre los monarcas carolingios y los emperadores bizantinos, cuestión meramente política.

El Cisma de Cerulario (desde 1054)

En el contexto de problemas precisamente políticos, el apoyo de los papas a los normandos del sur de Italia contra los bizantinos, Miguel Cerulario fue nombrado patriarca de Constantinopla (1043). Era de familia noble, monje y consejero imperial y del anterior patriarca, Alejo Estudita, pero de escasa formación. Ya antes de su nombramiento había dado muestras de su antiromanismo y, aunque el papa León IX abandonó su alianza con los normandos y se aproximó a Bizancio y al Imperio Germánico (acercamiento promovido por Argyros, gobernador bizantino en los territorios de Italia meridional), no desaprovechó la ocasión para discutir la autoridad jurisdiccional de Roma, tendencia siempre latente desde hacía dos siglos.

Criticó, con ayuda del arzobispo Juan de Ochrida (Bulgaria), algunas pequeñas diferencias doctrinales, litúrgicas y doctrinales entre latinos y griegos: el filioque, el uso de pan ácimo en Occidente, el ayuno del sábado y el celibato eclesiástico. Más grave fue su decisión de cerrar las iglesias de Constantinopla de rito latino, exigiendo que se suprimiesen los usos diferentes a los bizantinos (a través de una carta de Ochrida). La respuesta pontificia llegó a través del cardenal Humberto de Silva Candida, que reafirmaba la primacía de Roma y las numerosas equivocaciones de la Iglesia griega. El cardenal era un hombre inteligente, conocedor de la doctrina y los cánones y que hablaba griego, pero que, como Cerulario, tenía un fuerte carácter que le llevaba en ocasiones a actuar sin prudencia.

Mientras el papa era hecho prisionero por los normandos (junio de 1053), el emperador bizantino Constantino IX y el mismo Miguel Cerulario daban muestras de querer llegar a un acuerdo. La curia romana envió así una legación a Constantinopla, encabezada por Silva Candida, a quien acompañaban Federico de Lorena, canciller romano, y Pedro, arzobispo de Amalfi. El cardenal llevaba consigo una bula de excomunión firmada por el León IX (pero escrita por el propio Silva Candida) contra el patriarca de Constantinopla y sus partidarios que debía ser utilizada si éste no abandonada sus errores, y dos cartas, una también para Cerulario, en el que se le reconvenía por dichos errores, y otra para el emperador, más moderada. Bien recibidos los legados pontificios por Constantino IX, y no tanto por Miguel Cerulario, aún no se habían entrevistado entre ellos cuando el 13 de abril de 1054 murió el papa.

Durante la espera, Silva Candida se enzarzó en una terrible discusión sobre los ácimos con el monje Nicetas Sthetatos, al que obligó a retractarse. Esta polémica y la actividad de Cerulario crearon un sentimiento contrario a los legados, que dado que no eran recibidos por el patriarca, decidieron partir sin más, aunque antes de hacerlo depositaron públicamente la bula de excomunión en el altar de Santa Sofía de Constantinopla (16 de julio). En ella se atribuía Cerulario, Ochrida y partidarios numerosas herejías (“simoníacos, valesianos, arrianos, donatistas, nicolaítas, severianos, pneumatómacos, maniqueos, nazareos”); tanto por las acusaciones, evidentemente exageradas, como por el mismo hecho en sí, dado que el remitente había muerto, podría discutirse la validez jurídica de tal excomunión. Pronto el emperador solicitó la vuelta de los legados para examinar la cuestión, pero el patriarca soliviantó los ánimos del pueblo contra ellos, que tuvieron que huir, pues hasta el emperador había cedido a las presiones de Miguel Cerulario. Después, el 24 de julio, se reunió un sínodo, en donde se presentó la excomunión extensiva a toda la Iglesia de Oriente (cuando en realidad se refería sólo al patriarca, Juan de Ochrida y pocos más); en cualquier caso, el sínodo devolvió la excomunión a los legados y a quienes les habían enviado o apoyado, es decir, al papa y a Argüiros y, generalizando, a la Iglesia latina.

A pesar de la dureza de ambas partes, en mayor grado que en época de Focio o en cualquier otro momento, entonces no se pensó en crear un cisma. No se trató de una separación inmediata, aunque con el tiempo los demás patriarcados de Oriente, Antioquía (el patriarca de esta sede en 1054 era Pedro, espíritu eminentemente religioso, que trató de mediar entre los rivales), Jerusalén y Alejandría, se adhirieron al bando de Constantinopla y la separación afectaría también al pueblo. Las circunstancias (como el saqueo de Constantinopla por los cruzados en 1204, el Imperio Latino del s. XIII o las presiones comerciales de genoveses y venecianos) ahondarían en los siglos siguientes los resentimientos mutuos, ya que no las diferencias de fe (que siempre fue prácticamente la misma). Tras las efímeras uniones de 1274, durante el Segundo Concilio ecuménico de Lyon, y de 1439, durante el de Ferrara-Florencia, las iglesias oriental (llamada ortodoxa) y occidental (católica) han permanecido separadas.

No ha sido hasta los años sesenta del s. XX, tras el Concilio Vaticano II, que se han dado pasos significativos de acercamiento. El 7 de diciembre de 1965, día de la clausura del concilio, el entonces papa Pablo VI y el patriarca de Constantinopla Atenágoras I se levantaron mutuamente las sentencias de excomunión de nueve siglos atrás, y se retractaron de las ofensas e incomprensiones habidas desde entonces (“lamentamos las palabras ofensivas, los reproches sin fundamento y los gestos condenables que, por ambas partes, marcaron o acompañaron los tristes acontecimientos de ésta época; lamentamos también y borramos de la memoria y de la Iglesia como institución las sentencias de excomunión que le siguieron”).

Juan Pablo II ha hablado varias veces en discursos y documentos del “escándalo” de la separación de la Iglesia y, claro partidario del ecumenismo, ha promovido con intensidad la aproximación a la Iglesia ortodoxa, bien mediante el diálogo doctrinal, mediante la oración conjunta, como, por ejemplo, con ocasión de la apertura y cierre de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro durante el Gran Jubileo del Año 2000, o bien realizando visitas a países de mayoría ortodoxa, como Grecia, Bulgaria, Rumanía, Ucrania o Georgia, aunque aún no ha podido hacerlo a Rusia, donde el patriarca de Moscú es el más influyente prelado ortodoxo.

Enlaces en Internet

http://www.archimadrid.es/princi/princip/otros/docum/revhis/laculpa.htm ; Página con un análisis del Cisma de Oriente (en español).
http://www.canalsocial.net/enciclopedia/encicontenido.asp?titulo=CISMA%20DE%20ORIENTE.cat=Historiaiglesia ; Página con la historia del Cisma de Oriente (en español).

Bibliografía

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BGA

Cisma de Oriente

Fuente: Britannica

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