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Definición de Códices prehispánicos

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 Manuscritos realizados en Mesoamérica durante la época prehispánica y el periodo colonial, de extraordinario valor para el estudio de las culturas prehispánicas, dado que tratan de rituales y temas religiosos, explican conocimientos astronómicos y calendáricos, o recogen datos históricos, genealógicos, económicos, cartográficos y de carácter etnográfico.

Características generales

Aunque no se trata de libros encuadernados como los códices medievales europeos, se les ha dado este nombre por ser manuscritos pintados, frecuentemente sobre hojas unidas que forman una especie de biombo plegable cuyas cubiertas de piel o madera les asemejan a aquellos documentos medievales. Estos manuscritos transmiten la información a través de signos pictográficos, ideogramas, o símbolos fonéticos, y dada su complejidad muchos permanecen todavía indescifrados.

Por los vestigios encontrados en yacimientos arqueológicos (trozos de vasijas representando estos manuscritos y bastidores de piedra utilizados sin duda en la preparación del papel de fibra vegetal frecuentemente utilizado en los manuscritos), los primeros códices pudieron haberse realizado en el periodo clásico (en el siglo I d.C.). La mayor parte de los códices prehispánicos conservados son, sin embargo, del posclásico (a partir del siglo X). Tras la Conquista de América, los pueblos indígenas siguieron elaborando estos códices, ciñéndose a las tradiciones indígenas, aunque poco a poco se fueron introduciendo en ellos elementos nuevos tanto en los materiales como en las representaciones de las figuras, por efecto inevitable de la aculturación. En todo caso, el manuscrito era siempre elaborado por un especialista, el ‘tlacuilo’, una persona con habilidades especiales que seguía un proceso de formación.

De los aproximadamente 500 manuscritos que se conocen, sólo catorce se contemplan con seguridad como elaborados antes de la llegada de los españoles. Sin embargo, el número de códices debió ser numerosísimo dada la gran cantidad de descripciones que encontramos sobre ellos en las crónicas de los conquistadores. Hernán Cortés, por ejemplo, nos consta que envió a Europa varios de estos ejemplares (algunos de los cuales se conservan actualmente en museos), mientras que Bernal Díaz del Castillo habla de ellos en su Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España, y Diego de Landa (el obispo responsable de la destrucción de muchos de ellos) los describe en su obra Relación de las Cosas del Yucatán. La destrucción de la mayor parte de los códices obedeció a diferentes causas, entre ellas la precariedad del material en que algunos fueron elaborados (sobre todo, los pintados sobre tela), y su incineración sistemática por parte de las autoridades eclesiásticas, que los consideraban peligrosos para la propagación de la nueva fe. Afortunadamente, muchos se conservaron gracias al interés de diversas personas (incluso los eclesiásticos que en un principio los combatieron) como por ejemplo Lorenzo Boturini, un italiano que en el siglo XVIII logró reunir una notable colección.

Los códices están fabricados en papel de amate (una fibra extraída de la corteza de una variedad de ficus), pieles curtidas (frecuentemente de venado), o en lienzo de algodón o magüey. Existen muchos vestigios arqueológicos que han permitido conocer cuál fue su proceso de elaboración. Por ejemplo, abundan las cajetas y godotes, pequeños cuencos de cerámica donde se mezclaban los pigmentos en polvo (minerales y metales molidos con morteros) y el aglutinante (una mezcla oleosa) para obtener los diferentes colores y tonalidades. El ‘tlacuilo’ usaba también un punzón de hueso, piedra -a veces de obsidiana- para trazar el esbozo del códice y más tarde aplicaba la pintura con plumas de ave. El formato es variado, ya que se han encontrado ejemplos en forma de tira, esto es, papeles unidos o pieles; en forma de biombo, formado por piezas que se pliegan como un fuelle; en un lienzo creado con piezas cosidas, o simples hojas de material vegetal o animal. Para leerlos se debía contar con entrenamiento, ya que los signos e imágenes estaban sujetos a una serie de convenciones que, muchas veces, sólo podían ser entendidos por individuos de una etnia, grupo profesional o social. Para leerlos se extendía en ocasiones sobre un petate ante un grupo; el experto refería su contenido mientras señalaba los dibujos.

La lectura de los símbolos pictográficos, ideogramas, signos fonéticos y jeroglíficos que se pueden encontrar en estos manuscritos difiere considerablemente: unos deben leerse de arriba a abajo o a la inversa, otros de izquierda a derecha o de derecha a izquierda, e incluso los hay que deben leerse en forma de meandro. Por otra parte, en algunos los textos ocupan dos hojas, aunque por lo general la mayoría utiliza el formato de composición de página por página.

Existe también una gran diversidad temática entre los códices prehispánicos, aunque en líneas generales se pueden agrupar de la siguiente manera: códices que tratan sobre rituales o son de carácter astronómico (asociadas a la adivinación), sobre temas históricos (anales y secuencias cronológicas), genealógicos (sobre dinastías), cartográficos (mapas de regiones y pueblos), económicos (sobre tributos, padrones y catastros) y etnográficos (sobre costumbres, leyes, códigos de conducta, etc).

Los códices prehispánicos

Como ya se ha indicado, no existe un acuerdo absoluto acerca de cuáles de entre el medio millar de códices conservados fueron realizados antes de la llegada de los españoles a Mesoamérica. Sin embargo, no hay duda de que, al menos, catorce de ellos son prehispánicos. Los más difíciles de datar son el Rollo Selden, el Códice Borbónico o Borgia y el Tonalamatl de Aubin.

Los códices prehispánicos, por sus características y procedencia pueden clasificarse en tres grupos: Códices Mayas (vid. infra), Códices del Grupo Borgia y Códices del Valle de Oaxaca.

Códices Mayas

Una característica distintiva de estos códices con respecto a los realizados en Oaxaca y en el centro de México es la utilización de escritura jeroglífica, es decir pictogramas e ideogramas con algunos elementos fonéticos, frecuentemente glifos onomásticos, como son la unión de dibujos cuyo sonido crea una palabra nueva.

Los Códices Mayas consisten en tres tiras de copo (amate), cubierta por una goma natural y una delgada capa de cal, que permitían al artista-escriba pintar por ambos lados. El códice se dobla en forma de biombo y probablemente constara de cubiertas de madera. Cada hoja de estos manuscritos se divide en secciones horizontales separadas por medio de líneas rojas, trazos que a la vez indican la dirección de la lectura, que debe hacerse de arriba a abajo. Los Códices Mayas reciben el nombre de la ciudad donde se conservan: Dresde, Madrid, y París.

Véase también el apartado “Los códices mayas” en la voz Cultura Maya: escritura y ciencia.

Códice de Dresde

Consta de 39 hojas de 20,5 x 9 cm, pintadas a ambos lados, y cuatro en blanco. Se trata de un manuscrito del siglo XIII, probablemente procedente de Chichén Itzá. Es también probable que sea una copia de un manuscrito del posclásico tardío (dada la influencia de las deidades del centro de México), dedicado a temas astronómicos, de adivinación, y datos sobre los eclipses de Venus. La hoja más interesante es la número 80, que trata sobre las profecías de los katunes, y recoge una tradición que se continuó hasta el Chilam Balam. Asimismo, el Códice de Dresde representa ceremonias, deidades, temas relativos a enfermedades y de asuntos relacionados con tareas agrícolas.

Véase Códice de Dresde.

Códice de Madrid

Es también conocido como Códice Tro-Cortesiano, ya que estuvo separado en dos secciones: el Códice Cortesiano, adquirido por el Museo Arqueológico de Madrid en 1872, y el Códice Troano (propiedad de Juan Troano y Ortolano) que fue adquirido por dicho museo a Juan Palacios de Madrid en 1888, una vez que León de Rosny descubrió en 1880 que los dos códices formaban un mismo original que había pertenecido a la familia de Hernán Cortés. Hoy en día forma parte de los fondos del Museo de América de Madrid.

Este manuscrito consta de 56 hojas de 22,6 cm x 12,2 cm, unidas todas ellas para plegarse en forma de biombo. Procede del sudeste de México o de las tierras bajas de Guatemala. En cuanto a su temática, incluye predicciones sobre el futuro, detalles sobre ritos asociados al calendario, registros sobre contabilidad, sobre cacería y ritos sobre la lluvia y las cosechas.

Véase Códice de Madrid.

Códice de París

También recibe el nombre de Códice Peresiano, ya que fue descubierto por León de Rosny en la Biblioteca Nacional de París (donde todavía se conserva) entre unos papeles donde aparecía un documento con el nombre de Pérez. Consta de un total de once hojas de papel de amate de 20,2 y 25 cm x 12,5 cm con inscripciones y dibujos por ambos lados sobre ritos, profecías y temas zodiacales. Procede, como los anteriores, de las tierras bajas de Guatemala o del sudeste de México.

Véase Códice de París.

Códices del Grupo Borgia

Con este nombre se conocen una serie de códices procedentes de los actuales estados mexicanos de Puebla, Tlaxcala y Oaxaca. Se cree que fueron realizados en el siglo XIII o XIV de nuestra era. Características comunes son, por una parte, que todos ellos están realizados en piel curtida de animal y doblados en forma de biombo y, por otra, que representan figuras esquematizadas, delineadas con un trazo muy definido de pintura negra y policromadas con colores planos. Los Códices Borgia fueron estudiados a partir de los trabajos de Edward Seller, que comenzaron a publicarse a partir de 1901.

Códice Borgia

El más importante del grupo, consta de 39 hojas de piel curtida de 27 x 26,5 cm, 38 de ellas pintadas por un solo lado y las dos últimas en blanco, ya que contaban con una cubierta probablemente también de piel. Procede de la zona de Puebla-Tlaxcala, y actualmente está conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana de Roma. Trata temas variados, entre ellos rituales de adivinación, representación de deidades y diversa iconografía del centro de México. Destacan las 28 secciones dedicadas a un Tonalpohualli (calendario ritual de 260 días, con 20 semanas de 13 días).

Códice Cospi

Recibe este nombre por una inscripción que indica que en 1665 Valerio Zani regaló el manuscrito a Ferdinando Cospi. Hoy en día se conserva en la Biblioteca Universitaria de Bolonia. Procede de la zona de Puebla-Tlaxcala y está compuesto de 20 hojas de piel de 18 x 18 cm, no pintadas por ambos lados, ya que unas tienen figuras por el anverso y otras por el reverso. Los temas tratados por este códice versan sobre artes de adivinación, representación de deidades, ofrendas y numerales de punto y barra.

Códice Fejérváry-Mayer

Este manuscrito mixteco recibe el nombre de un coleccionista húngaro. Actualmente es propiedad de los Museos Públicos de Liverpool (Inglaterra). Se trata de un códice de 23 hojas, todas ellas dibujadas con excepción de la primera y la última donde, presumiblemente, iban adheridas unas cubiertas de piel. Sus hojas miden unas 16,2 x 17,2 cm y otras son cuadradas, de 17,5 cm de lado. El códice incluye un almanaque adivinatorio, y números de punto y barra que se relacionan con ceremonias, ritos y ofrendas.

Códice Laud

Junto con el anterior forma un subgrupo dentro del grupo de manuscritos Borgia. Perteneció al arzobispo de Canterbury, quien puede que lo recibiera del Príncipe de Gales, quien a su vez lo recibió como obsequio en un viaje a España en 1623. Este códice mixteco esta compuesto por 24 hojas de 15,7 cm x 16,5 cm que forman un biombo que desplegado mide casi cuatro metros de longitud. Dedica sus páginas a temas de adivinación y, como el anterior, utiliza números de punto y barra. Hoy permanece depositado en la Biblioteca Bodleian de Oxford (Inglaterra).

Códice Vaticano B

También conocido como Vaticano 3773, debe su nombre al lugar donde se conserva desde al menos 1596, la Biblioteca Apostólica Vaticana de Roma. Es un manuscrito en hojas de piel que conserva sus cubiertas originales de madera. Se cree que procede de Tlaxcala-Puebla y es el de menores dimensiones del Grupo Borgia, ya que sus 48 hojas miden 13 cm x 15 cm. Incluye temas relacionados con el calendario ritual o Tonalpohualli.

Códices del área de Oaxaca

El área de Oaxaca abarca tres regiones diferentes: la región occidental, donde se localizaban los Mixtecos, la región del norte, habitada por Cuicatecos, Mazatecos y Chinantecos, y la región del este, donde se desarrolló la cultura Zapoteca. Una característica común de los códices prehispánicos que conocemos procedentes de Oaxaca es su temática, ya que tratan sobre cuestiones históricas y dinásticas. Los personajes representados tienen un origen místico, descienden del cielo, surgen de los árboles o emergen de la tierra. Los códices prehispánicos precedentes de este área son los siguientes: el Códice Colombino, el Códice Nuttall, el Códice Bodley, el Códice Vindobonensis o de Viena, el Códice Becker I, y el Manuscrito Aubin n° 20.

Códice Colombino

Se trata de un manuscrito mixteco en forma de biombo de piel pintado por un solo lado, que consta de 24 hojas de 18,5 x 25,5 cm. Procede del área de Tututepec y fue conservado por los caciques de este pueblo hasta 1717, cuando se utilizó en una disputa de límites entre los pueblos de Tututepec y San Miguel de Sola, ya que contenía anotaciones en mixteco de 1541 sobre linderos. Su contenido es histórico, y narra las proezas de un personaje identificado como 8 Venado o Garra de Tigre, quien gobernó entre 1028 y 1048 d.C. Es probable que los cuatro fragmentos de que consta este manuscrito sean parte del Becker I, descrito más adelante. El manuscrito forma parte de la Biblioteca de Antropología e Historia de México. Anteriormente había sido adquirido por Manuel Cardoso y también formó parte de la colección del comerciante y cónsul Josef Doremberg; finalmente fue adquirido en 1891 por la Junta Colombina para los actos del Centenario del Descubrimiento de America, y de ahí recibe su nombre.

Códice Nuttall

Este manuscrito es un biombo de piel que consta de 47 hojas de 19 x 25,5 cm pintadas por ambos lados. Procede de Teozacoalco y trata de asuntos genealógicos e históricos, en concreto las dinastías de Tilantongo a partir del matrimonio del gobernante 8 Venado, las genealogías de Teozacoalco y Cuilapan y las hazañas del gobernante 8 Venado hasta 1050. Probablemente, este códice fuera uno de los enviados por Hernán Cortés al rey Carlos I en 1519. En 1859 se encontraba en el monasterio dominico de San Marcos, en Florencia; luego fue vendido a John Temple. El códice fue adquirido por el Museo Británico, donde se conserva desde 1917. Recibe este nombre de la investigadora que lo descubrió, Zelia Nuttall.

Códice Bodley

Consta de 23 hojas de piel de 26 x 29 cm pintadas a ambos lados y unidas para formar un biombo. Recoge la más importante compilación de genealogías de las dinastías de Tilanlongo y Teozacoalco encontradas hasta el momento, que abarcan desde 698 hasta 1521, y tienen un origen místico. No se conoce a ciencia cierta cómo ha llegado este documento a la Biblioteca Bodleian de Oxford, pero se especula que fue uno de los manuscritos que Robert Deveroux, segundo conde de Essex, “tomó” de la biblioteca del obispo de Faro, Jerónimo de Osorio, tras el saqueo de las costas de España y Portugal. Según esta hipótesis, el conde de Essex habría regalado el manuscrito a Thomas Bodley.

Códice Vindobonensis

El Códice Vindobonensis Mexicanus I, o Códice Viena, es un conjunto de 52 hojas de piel con cubiertas de madera, con unas medidas de 22 x 26 cm. Procede de Tilantongo (Oaxaca) y, como los otros, su contenido versa sobre temas genealógicos, históricos y mitológicos, desde los siglos VIII al XVI. Dedica parte de sus páginas a la historia de 9 Viento, personaje que se ha identificado con el dios Quetzalcóatl. Incluye glifos toponímicos para designar fechas, personas, dioses y sacerdotes, y es el único del grupo que trata sobre los dioses y las creencias míticas de esta región del México prehispánico. Ha sido estudiado en profundidad por Alfonso Caso, Nowotny y Jill Furst, entre otros.

Es muy probable que éste sea uno de los códices enviados por Cortés a Carlos I; más tarde estuvo en poder de Manuel I de Portugal, quien lo regaló al papa Clemente VII. Tras cambiar de propietario varias veces, en 1677 el príncipe Juan Jorge de Sajonia-Eisenbach lo obsequió a la Real Biblioteca de Viena, hoy Biblioteca Nacional, donde se conserva desde entonces.

Códice Becker I

El manuscrito Becker I tiene tres fragmentos -un total de 16 hojas de piel-, que probablemente formaban parte del Códice Colombino, ya que como aquél procede de Tututepec y narra la historia del personaje mítico y señor mixteco 8 Venado. Refleja detalles de su vida y hazañas entre 1047 y 1468.

Manuscrito Aubin N° 20

Se trata de un rollo de piel de 51 x 91 cm que se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Describe un calendario ritual basado en cinco parejas de dioses que se asocian a las cinco divisiones del Tonalpohualli y a las cinco divisiones cósmicas.

Los Códices poshispánicos

Tras la llegada de los españoles al continente americano se siguieron confeccionando manuscritos que seguían a grandes rasgos los modelos anteriores. Si en un primer momento se destruyeron una enorme cantidad de códices (ya que muchos de ellos describían ritos, creencias y deidades indígenas), más tarde fueron las propias autoridades eclesiásticas y políticas las que fomentaron la confección de nuevos manuscritos, ya que éstos se convertían en un imprescindible medio de información y comunicación entre los europeos y las comunidades indígenas. De hecho, podían ser utilizados tanto para el control de tributos como para apoyar la evangelización a través del conocimiento de los ritos y costumbres.

Los códices elaborados durante los siglos XVI y XVII seguían modelos previos pero fueron incorporando paulatinamente elementos nuevos, caso de los patrones de composición de las figuras. En cuanto a los materiales utilizados, se siguieron utilizando los soportes y técnicas tradicionales, como el papel de amate o la piel de venado curtida y encalada, pero también se fueron confeccionando manuscritos en papel europeo, por lo que muchos códices de esta época se realizaron siguiendo el modelo de libro europeo, en colecciones de folios encuadernados. Entre los códices mas destacables de los dibujados tras la llegada de los españoles a Mesoamérica, muchos de ellos con anotaciones en castellano, se pueden citar los siguientes: el Códice Selden, el Códice Sánchez Solís (tambien conocido como Códice Egerton), el Códice Baranda, el Códice Becker II, el Códice Dehesa, el Códice Muro, el Códice Yanhuitlan, el Lienzo de Zacatepec N° I, el Mapa de Teozacoalco, el Códice Sierra, la Tira de Tepexpan, el Códice Tulane, el Códice Porfirio Díaz, el Códice Magliabecchiano, el Códice Telleriano, el Códice Ríos, el Códice Mendoza, el Códice Telleriano, el Códice Borbónico y el Códice Boturini.

Entre los manuscritos post-hispánicos destaca el Rollo Selden, publicado como muchos otros por Kingsborough entre 1831 y 1841. Fue descifrado en parte a partir de los trabajos de Zelia Nuttall, quien en 1902 logró hallar una clave histórica para su interpretación. Esta investigadora identificó al personaje nombrado como 8 Venado, y aunque no lo señaló como un gobernante mixteco, su intuición abrió los horizontes de los trabajos de J. Cooper Clark, Richard G. E. Long, H. J. Spinden y Alfonso Caso quienes, entre otros, han continuado los estudios para una completa lectura e interpretación de estos valiosos testimonios del pasado.

Temas relacionados

Códice.
América Colonial.
Hispanoamérica: Pintura y escultura colonial.

Bibliografía

ALCINA FRANCH, J. Códices méxicanos. (Madrid, 1992).
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Códices prehispánicos

Fuente: Britannica

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