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Definición de Cultura azteca: historia

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 La historia de los mexicas, aztecas o tenochca todavía se encuentra plagada de dudas y problemas que, al igual que la de otros pueblos antiguos, hace pensar en muchas ocasiones que nos hallamos ante un mito, que se trata verdaderamente de una historia mítica. La misma fecha de la fundación de la ciudad de Tenochtitlan -1325, según la opinión más generalizada; 1345 para W. Jiménez Moreno, y 1370 para Paul Kirchhoff-, cuánto más otros acontecimientos ligados a los más remotos orígenes de la tribu azteca. A ello contribuye poderosamente el método de contar el tiempo y el más complejo problema de los diversos sistemas cronológicos locales, así como el no menos importante de la ocultación de los humildes orígenes de la tribu que hicieron los mismos mexicas cuando, ya en la cumbre del poder, reescribieron también su propia historia.

Origen y consolidación de los aztecas

Confusas leyendas, que es preciso interpretar con detalle para tratar de encontrar el lugar de origen de los aztecas en la realidad geográfica que hoy conocemos, sitúan tal centro en el lugar llamado Chicomoztoc -las siete cuevas-, Quinehuayan, Aztlan o Aztatlan. Al parecer, este lugar se hallaba al otro lado de un río o curso de agua, acaso en una isla, o al otro lado de un meandro, en dirección al noroeste del valle de México. Es cierto, al parecer, que de esa región originaria saldrían en una fecha que queda fijada en el Códice Boturini, en 1168, un grupo de siete calpulli cuyos nombres se mencionan: Yopica, Tlacochcalca, Huitznahuaca, Cihuatecpaneca, Chalmeca, Tlacatecpaneca e Itzquiteca. Esta tribu de chichimecas -término genérico equivalente a “bárbaro”-, gentes de vida nómada y economía probablemente cazadora y pescadora, emigraría hacia el sureste, como tantas otras tribus nahuas en fechas anteriores, en busca de la riqueza y del bienestar que sabían dominaba en los imperios del sur, dentro de las fronteras de lo que llamamos Mesoamérica. Los siete calpulli -grupo socio-político basado, al parecer, según A. Caso, en lazos de parentesco (véase el apartado “El calpulli” en la entrada Cultura azteca: sociedad)- estaban regidos por siete jefes, los cuales a su vez obedecían las órdenes de cuatro jefes-sacerdotes o portadores de la imagen del dios tribal Huitzilopochtli, los teomamaque. Aún se mencionan como jefes superiores los Sumos Supremos, tres caudillos, de los cuales uno pudo tener predominio absoluto, al menos para ciertos asuntos graves y en algunos momentos. Ése sería el caso de Motecuhzoma, personaje fabuloso, padre de Mexi Chalchiuhtlatonac -el nombre de “mexicas” o “mexicanos” viene del pueblo que conducía Mexi-, al que sucedió más adelante otro personaje llamado Cuauhtlequezqui.

La historia mítica de los mexicas en las primeras etapas está impregnada de la presencia del dios tribal Huitzilopochtli. Este dios o su imagen sagrada y misteriosa -el colibrí hechicero o el colibrí izquierdero- fue encontrado en una cueva y, al parecer, daba buenos consejos a la tribu a través de los sacerdotes portadores o teomamaque. El mito que explica su concepción milagrosa y su extraordinario nacimiento (al que se hace referencia en las entradas dedicadas a la religión y al arte aztecas) es muy revelador, especialmente si es correcta la interpretación más común, de Seler y Caso, que considera a Huitzilopochtli como el dios solar, a su madre Coatlicue como la tierra, a su hermana Coyolxauhqui como la Luna, y a los Cuatrocientos Surianos como las infinitas estrellas. Luna y estrellas perecen al nacer el sol cada mañana, con sus potentes rayos.

Aunque cada uno de los calpulli debió de tener su dios particular y exclusivo, todos ellos adoraban a Huitzilopochtli, que es al parecer el responsable de los continuos desplazamientos del pueblo azteca en su peregrinar hacia el lugar donde debían fundar su ciudad. Los mitos que corresponden a esta época ilustran con precisión el extraordinario poder de este dios: así, el abandono de un grupo rebelde en las orillas del lago de Patzcuaro se hace origen de los tarascos y símbolo de la barbarie, o el sacrificio de aquellos otros rebeldes en Coatepec, que sin duda explica y justifica la terrible costumbre de los sacrificios humanos. Esta serie de actos hablan con claridad de las dificultades internas en el gobierno tribal antes de alcanzar la unidad de jefatura. Debemos imaginar, asimismo, cuántas no serían las dificultades de orden externo como consecuencia de aquellos constantes desplazamientos: choques con otros pueblos, depredaciones, robos, etc.

Llegada al valle de México.

Durante los siglos XII y XIII debieron de llegar al valle de México una serie de grupos tribales pertenecientes, como los mexica, a la familia nahua, y que se convirtieron en los incómodos vecinos de los aztecas cuando después de 1215 penetraron estos advenedizos en el mismo valle de México, a donde habían ido a parar todos los grupos anteriores. Allí se encontraron con los chichimecas de Tenayuca, los supuestos descendientes de los toltecas en Culhuacan, los acolhuas de Tezcoco, los chalcas de la ciudad de Chalco, los tepanecas de Azcapotzalco, los tlatepotzcas de Tlaxcala y Huexotzingo, los tlahuicas de Cuernavaca, Huaxtepec y Tepoztlan, etc.

Entre 1256 y 1276, según Jiménez Moreno, se supone que la tribu azteca, mandada ahora por un jefe único (Huitcilihuitl el Viejo, hijo al parecer de Cuauhtlequezqui), se asentó en un promontorio rodeado por un bosque de ahuehuetes, Chapultepec, que fue luego escenario de sangrientas luchas con sus vecinos. “Los mexicas llegan en una época en que todas las tierras están tomadas […] Además, acostumbraban robarse a las mujeres ajenas y tenían ciertas prácticas que consideraban sus vecinos repugnantes, algunos tipos de sacrificios humanos que los demás no aceptaban…” (Jiménez Moreno). Esta bien ganada fama de crueles, pendencieros, ladrones y falsos a su palabra, unida a su afán de invadir el territorio ajeno, hizo que ninguno de sus vecinos aceptase de buen grado a este pueblo y, en consecuencia, que les atacaran y les persiguieran para evitar su compañía.

El primero de estos choques se produjo con los de Culhuacan, cuyo señor Coxcoxtli, aliado de los tepanecas de Azcapotzalco, hizo que salieran los aztecas de su fortaleza para atacar entonces la ciudad indefensa y caer de improviso sobre las mujeres y los niños. Huitzilihuitl, hecho prisionero, fue sacrificado en Culhuacan, y la tribu entera fue confinada a continuación en Tizapan -el lugar de las serpientes-, donde sus enemigos pensaban tenerla bien sujeta e indefensa.

Las relaciones posteriores entre los mexicas y los culhúas fueron las de un pueblo sometido respecto de sus señores. Esta dependencia, por otra parte, no era mal vista por los propios mexicas, ya que siendo los culhúas los supuestos descendientes y herederos de los antiguos y prestigiosos toltecas, era muy estimable ante todos los demás del valle hallarse en una íntima relación con ellos. Desde finales del siglo XIII -probablemente, 1299- hasta la fundación de Tenochtitlan a mediados o finales del siglo XIV, la tribu azteca sufrió un intenso proceso de aculturación o toltequización. “Los mexicanos fueron sometidos a servidumbre, pero con derechos de comercio dentro de la metrópoli de los colhúas y con libertad según algunas fuentes, de emparentar con ellos por medio de matrimonios” (López Austin).

Por estas fechas, los mexicas habían aprendido ya la agricultura y utilizaban incluso el sistema de chinampas. Su tradición religiosa se fue complicando más y más, utilizaron como los otros pueblos nahuas un sistema calendárico, y muy posiblemente también poseían la escritura y utilizaban los códices (Bernal).

Hacia 1323, los aztecas se granjearon el odio eterno de los culhúas al pedir a Achitometl, señor de Culhuacan, a su hija en matrimonio, pero con el propósito de desollarla y transformarla en su diosa Yaocihuatl, ‘la mujer guerrera’. Sea venganza o provocación, lo cierto es que los culhúas expulsaron a los aztecas de Tizapan y les hicieron huir por el lago de Tezcoco en busca de un lugar definitivo para la fundación de su ciudad.

Fundación de Tenochtitlan.

Si tradicionalmente se consideraba que la fundación de Tenochtitlan se había producido en 1324 o 1325, los cálculos efectuados por Wigberto Jiménez Moreno fijan el acontecimiento en 1344 o 1345, mientras que para Paul Kirchhoff no sería antes de 1370.

Independientemente de que tal hecho sucediese en una fecha u otra, lo que más importa en este momento es considerar cómo los mexicas de Tizapan, expulsados por los culhúas, iniciaron una última búsqueda del lugar de reposo y asentamiento que deseaban y cómo iniciaron esta búsqueda por entre los tulares y cañaverales de las orillas y las islas del lago de Tezcoco. En una fuente antigua -el manuscrito de 1558-, simbolizando este peregrinar, se dice que:

“…fueron a establecerse entre los tulares
En Acocolco estuvieron seis días
Y he aquí que entonces
los mexicas se acercaron a la tierra
aquí, a Tenochtitlan”.

Sería de poco interés detenerse ahora en la consideración de las varias leyendas que explican la localización y el nombre de Tenochtitlan: lugar donde se asentó la tribu del caudillo Tenochtli según una de esas leyendas, o sitio rocoso en el que un águila devoraba una serpiente sobre un nopal (tetl, ‘piedra’, y nochtli, ‘nopal’), según la más difundida de estas leyendas, que explica de un modo simplista el escudo de la República mexicana. Mucho más importante es considerar dos hechos que tuvieron una notable influencia en el desarrollo histórico de los mexicas. En primer lugar, los aztecas andaban buscando un sitio que no fuese de nadie, y la isla donde iban a fundar su ciudad se hallaba aparentemente en una zona que, si bien era de alguien, venía a situarse en el punto de confluencia de los territorios de los culhúas de Culhuacan, de los tepanecas de Azcapotzalco y de los acolhuas de Tezcoco. En el juego de las fácilmente reversibles alianzas político-militares, este lugar gozaba, por lo tanto, de una situación privilegiada que iba a ayudar a los aztecas, por el momento, a sobrevivir. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que una fracción mexica segregada de los que habían sido sometidos a Tizapán por los culhúas se había establecido desde el siglo XII probablemente en aquel lugar: los tlatelolcas. Nada más lógico, por lo tanto, que volviesen a ampararse al lado de sus parientes en el momento desgraciado que estaban viviendo. Por último hay que tener en cuenta, como sugiere Kirchhoff, que los aztecas eran, con toda probabilidad, originariamente, pescadores y no cazadores: el lugar elegido les iba a permitir volver a practicar la técnica de subsistencia que ya casi tenían olvidada: la pesca.

Según León-Portilla, es en la Crónica Mexicayotl donde se nos explica con todo detalle cuál va a ser la base económica de los primeros tiempos:

“Obtengamos piedra y madera / paguémoslas con lo que se da en el agua: / los peces, renacuajos, ranas, / camaroncillos, moscos acuáticos / culebras del agua, gusanillos laguneros, patos / y todos los pájaros que viven en el agua”.

Así empezaron nuevamente su historia los mexicas de Tenochtitlan. Pero no se debe olvidar que en esta época ya conocían, según se ha visto, la agricultura y especialmente el trabajo de las chinampas que les fue de tanta utilidad en este lugar. Caza de aves acuáticas, pesca y recolección, unidas a la agricultura de las chinampas, configuraban pues la base económica sobre la que se desarrollaría el esplendor político de los aztecas en el periodo subsiguiente.

En el momento del asentamiento definitivo en Tenochtitlan, por último, se observa que de los siete primitivos calpulli que ya se han mencionado, cuatro dominaron a los demás, de modo que la ciudad, siguiendo con ésto una ordenación cosmológica, estuvo dividida desde su fundación en cuatro sectores o barrios, correspondientes a otros tantos calpulli.

En cuanto al gobierno de la tribu, parece que en los primeros cincuenta años siguió siendo el de los teomamaque, aunque se destacase en algunos momentos cierto caudillo o jefe militar, que pudo llamarse Tenochtli o de cualquier otra manera. Pero, en definitiva, el problema capital para los mexicas entre 1325 y 1375 fue el de subsistir: la situación estratégica del hogar elegido, las luchas interurbanas en el Valle, la bien asentada economía, unido todo ello a su posición insular, contribuyó a que los aztecas alcanzasen, al fin, una cierta estabilidad e independencia.

El periodo tepaneca (1376-1427) y las alianzas aztecas

El periodo tepaneca

El último cuarto del siglo XIV y el primero del siglo XV fue un periodo en el que los mexicas de Tenochtitlan se hallaban, por una parte, unidos y posiblemente dominados por los tlatelolcas, mientras que, por otra, eran tributarios de los tepanecas de Azcapotzalco. Así, de una manera disimulada y silenciosa, se fueron fortaleciendo y cobrando empuje suficiente para construir de un modo fulgurante el imperio que conocieron los españoles solamente un siglo después.

Como tributarios y mercenarios de los tepanecas, los aztecas de Tenochtitlan intervinieron en 1367 en la toma y destrucción de Culhuacan, mientras los de Tlatelolco en 1371 tomaron Tenayuca dominada por los chichimecas de Tezcoco.

El persistente deseo de todos los pueblos del Valle, y entre ellos de los tenochcas, de emparentar y relacionarse con los descendientes de la dinastía tolteca de Tula, los culhúas, hizo que en 1376 pidieran al Señor de Culhuacan, Nauhyotl, que les concediese el privilegio de tener como Señor o Tlatoani de su ciudad al príncipe Acamapichtli Itzpapalotl, hijo del mexica Opochtli y de la princesa culhúa Atotoztli.

Siendo Tenochtitlan tributaria de Azcapotzalco, hizo una mala elección de tlatoani al pedir a Acamapichtli a los culhúas, ya que esto, naturalmente, desagradó profundamente a Tezozomoc, Señor de Azcapotzalco, quien en represalia aumentó los tributos a los aztecas con el fin de agotarles económicamente y provocarles a una guerra, en la que evidentemente, tenían todas las de perder. La intención de los tenochcas al hacer la elección de Acamapichtli como tlatoani de su ciudad era, independientemente del entronque con la familia de Culhuacan, hallar un medio para procurar la unificación con sus hermanos, los tlatelolcas. Sin embargo, este fin no se cumplió, ya que los tlatelolcas no deseaban tal unión con los tenochcas y, en efecto, para responder a esas intenciones decidieron ellos a su vez pedir como tlatoani de Tlatelolco a un hijo de Tezozomoc de Azcapotzalco, que se convirtió por lo tanto en su primer monarca: Cuacuauhpitzáhuac.

La política de Acamapichtli (1376-1396) fue muy inteligente: conocedor de sus escasas posibilidades, mantuvo una actitud amistosa hacia Culhuacan, al mismo tiempo que sumisa respecto de Azcapotzalco. La mayor parte de las conquistas o guerras que atribuyen las fuentes a este tlatoani se refieren a lugares del mismo valle de México, y casi siempre hay que suponer que se trataba de acciones tepanecas en las que los tenochca tomaban parte como mercenarios o tributarios que eran de Azcapotzalco. Es así como hay que interpretar también la conquista de Cuauhtinchan, en Puebla.

Durante el gobierno de Acamapichtli, la ciudad de Tenochtitlan creció y se perfeccionó especialmente en lo relativo a comunicaciones -acequias, canales y calles- que permitirían intensificar su naciente comercio. La relación con Culhuacan, como hemos dicho, fue sumamente amistosa y en algún momento colaboraron los tenochcas con los culhúas en su campaña contra Xochimilco, o solicitaron para esposa de Acamapichtli a una princesa culhúa: Ilancueitl.

A la muerte de Acamapichtli en 1396, los representantes de los cuatro calpulli reunidos en consejo eligieron al que, al parecer era cuarto hijo del soberano muerto, Huitzilihuitl (1396-1417). Este tlatoani iba a dar nuevo rumbo a las relaciones políticas de los tenochca con sus vecinos, de modo que esa política le permitiría una mayor libertad de acción en el Valle. En efecto, se pidió a Tezozomoc que concediese en matrimonio a una de sus hijas, Ayauhcihuatl, quien se casaría con Huitzilihuitl y conseguiría de inmediato la reducción de los tributos hasta ser éstos puramente simbólicos: dos ocas, algún pescado y ranas cada año. De ese matrimonio nacería Chimalpopoca, el que sería tercer tlatoani de Tenochtitlan y nieto muy querido de Tezozomoc. Durante el reinado de Huitzilihuitl se alcanzaron victorias militares importantes y conquistas provechosas, como las de los señoríos de Cuauhnahuac (Morelos) y Culhuacan. Las relaciones diplomáticas se completaron finalmente con el enlace matrimonial de una hermana de Huitzilihuitl con Ixtlilxochitl, tlatoani de Acolhuacan.

Todas estas acciones dieron como resultado un periodo de 21 años de relativa paz, en el que se fraguó la grandeza azteca. Huitzilihuitl pudo desarrollar un comercio mucho más intenso que en tiempos de su padre, mientras, como representación viva del antiguo dios tribal Huitzilopochtli, elaboraba y transformaba las ideas religiosas de su pueblo tomando préstamos, especialmente de los toltecas.

A la muerte de Huitzilihuitl en 1417, fue elegido tlatoani de la ciudad el hijo de aquél y nieto de Tezozomoc, Chimalpopoca (1417-1427), que era por entonces un niño de unos 11 o 12 años. Aún bajo el dominio de Tezozomoc, la coalición de pueblos acaudillados por este monarca y en la que entraban los tenochcas dio fin al imperio chichimeca de Ixtlilxochitl. Como consecuencia de esa campaña militar se estableció una alianza tripartita en la que intervinieron Tezozomoc de Azcapotzalco, Chimalpopoca de Tenochtitlan y el tlatoani de Tlatelolco, y cuya capital se situó en Azcapotzalco.

En 1426 murió Tezozomoc, y le sucedió como tlatoani de Azcapotzalco su hijo Tayauh, quien junto con Chimalpopoca y Tlacateotl de Tlatelolco se reafirmó en la alianza suscrita por su padre. Pero el hermano de Tayauh, Maxtlatzin -‘el tirano Maxtla’-, hasta entonces señor de Coyoacan, deseoso de suceder a su padre, consiguió por medio de guerras y traiciones eliminar a sus tres enemigos, entre los cuales se encontraba Chimalpopoca, quien murió a la edad de 22 años.

Del reinado de Chimalpopoca hay que mencionar un primer acueducto de arcilla para traer agua potable desde Chapultepec a la ciudad de Tenochtitlan. La situación resultante tras toda esa serie de acontecimientos lleva a considerar la muerte de Chimalpopoca como el fin de un periodo y el comienzo de otro en el cual se iba a alcanzar la grandeza azteca o, al menos, sentar las bases sobre las que se construiría su imperio.

La alianza tripartita

La subida al poder de Maxtlatzin supuso la ruptura de todas las alianzas establecidas por su padre, Tezozomoc. Se inició un periodo de opresión y tiranía para casi todos los pueblos del Valle. Este estado de cosas era particularmente grave para Tenochtitlan, cuya economía basada en el comercio iba a verse, de continuar mucho tiempo esa situación, abocada a una crisis catastrófica.

La elección de Itzcoatl (1427-1440) como tlatoani de Tenochtitlan -era hijo de Acamapichtli y de una esclava concubina y, por lo tanto, hermano de Huitzilihuitl y tío de Chimalpopoca- no parecía, al principio, que fuese a resolver la difícil situación. En efecto, planteado el problema de las relaciones entre Tenochtitlan y Azcapotzalco, Itzcoatl era, al parecer, partidario con otros muchos del sometimiento de los tepanecas. Es en ese momento cuando hizo su aparición en la escena política de Tenochtitlan una figura que fue de enorme trascendencia en los años siguientes, Tlacaelel. Tlacaelel era hermano de Chimalpopoca y de Moctezuma Ilhuicamina y, por lo tanto, sobrino de Itzcoatl. Su actitud como cihuacoatl de Tenochtitlan, en esa primera ocasión en que se hace referencia a él en las fuentes, fue de total disconformidad con la mayoría: opinaba que el pueblo azteca debía oponerse por todos los medios a la dominación tepaneca y así fue como, consiguiendo primero el cambio de opinión de Itzcoatl y luego de casi todos los jefes, pudo lanzar a su pueblo por el camino de la grandeza militar y las conquistas.

Así, inmediatamente después de acceder Itzcoatl al puesto de tlatoani en 1427, se formó una alianza tripartita en la que intervenían el propio Itzcoatl de Tenochtitlan, Nezahualcoyotl, hijo de Ixtlilxochitl, de Tezcoco, Tecocohuatl de Cuauhtitlan y Tenocellotl de Huexotcinco. El ejército combinado de esas cuatro ciudades atacó a Azcapotzalco y derrotó con gran sorpresa de los propios aliados que respetaban y temían a los tepanecas, al ejército de Maxtla. Éste tuvo que huir a Coyoacán, su antiguo dominio, pero finalmente fue derrotado nuevamente y también tuvo que marcharse de allí.

Las conquistas realizadas por los acolhuas y huexotzincas desde 1428 contra tepanecas y otomíes fueron muy numerosas: Tenayuca, donde reinaba Tellitl, fue liberada por los huexotzincas; Nezahualcoyotl conquistó Acolhuacan, donde era tlatoani Quetzalmaquiztli; Huexotla, donde reinaba Cuappiyo; Acolman, de la que era Señor Teyolococohuatzin, y Toltitlan. E igualmente cayeron bajo el dominio de la coalición Huitzilopochco, Atlacuihuayan, Teocalhueyacan, el importante centro otomí de Quahuacan y Tecpan.

En el conjunto de esas acciones militares, la participación de los mexicas fue cada vez más importante. Mixcoac cayó en 1429; Cuitlahuac, donde reinaba Xochitlolinqui, fue conquistada en 1429 y 1433; Xochimilco, bajo el reinado de Tepanquizqui, cayó en 1429, y en 1430 sucedió otro tanto con Coyoacan, donde se había refugiado Maxtla, e Itztapalapa fue conquistada por Itzcoatl, quien instaló allí a su hijo como tlatoani. Tezcoco fue conquistado en 1430 o 1431, y Maxtla tuvo que salir huyendo de allí para refugiarse en Taxco (Guerrero), tras lo que nunca más se supo de él (1433). Así fue como Netzahualcoyotl, cuñado de Itzcoatl, que durante mucho tiempo se había refugiado en Tenochtitlan, trasladó su corte a la antigua capital de los acolhuas.

Se dice que una de las primeras acciones de gobierno de Itzcoatl -probablemente inspirada por Tlacaelel- fue la de quemar los antiguos manuscritos históricos. La finalidad era clara: se trataba de ocultar los orígenes humildes y muchas veces humillantes de los mexicas, cuando parece que su grandeza se iba a asentar sobre nuevas bases de conquista y poderío militar. También por aquellas primeras fechas del gobierno de Itzcoatl, cobraron mayor importancia los pipiltin -los hijos de Acamapichtli y Huitzilihuitl que quedaron, según Tezozomoc-, quienes a partir de entonces intervinieron en los consejos al lado de los caudillos o jefes de calpulli.

La Triple Alianza

Hacia 1433 se formó, siguiendo la tradición de las alianzas que ya hemos mencionado, una nueva coalición, esta vez triple. Intervinieron en ella Itzcoatl de Tenochtitlan, Nezahualcoyotl de Tezcoco y Totoquihuatzin de Tlacopan (Tacuba). La constitución de esta alianza se verificó de un modo natural como consecuencia de las obligaciones mutuas inmediatas al derrumbamiento del imperio tepaneca de Tezozomoc. Cada uno de esos príncipes tomó los títulos que más convenían al prestigio debido a las relaciones con otras ciudades del Valle. Así, el tlatoani de Tenochtitlan tomó el título de Culhúa Tecuhtli al considerarse sucesor de los culhúas y, por lo tanto, de los toltecas; el tlatoani de Tezcoco recibió los títulos de Acolhua Tecuhtli y Chichimeca Tecuhtli, como sucesor de Xolotl y sus chichimecas históricos; finalmente, el tlatoani de Tlacopan recibió el título de Tepanecatl Tecuhtli, como heredero de los derechos de Azcapotzalco al ser Totoquihuatzin nieto de Tezozomoc.

Los puntos principales del pacto o alianza tripartita fueron los siguientes: “1º alianza perpetua; 2º ofensivas militares en conjunto, con pacto de distribución de tributos; 3º defensivas militares en caso de ataque de pueblos extraños; 4º dirección militar de los mexicanos; 5º ayuda mutua en casos normales o de calamidad” (López Austin).

La alianza establecida no lo iba a ser por un determinado número de años, sino para siempre, y los intereses de las tres ciudades se iban a interferir mutuamente de tal manera que en muchos casos el gobierno interno, realmente independiente, iba a estar supeditado en cierta medida al interés común. Por otra parte, la alianza establecía con toda claridad una distribución de botín y tributos como consecuencia de las campañas militares de carácter ofensivo. Según unas fuentes, dos quintas partes eran para cada uno de los estados fuertes, Tenochtitlan y Tezcoco, y una quinta parte para el aliado más débil, Tlacopan, mientras otras fuentes nos informan de que una quinta parte era para Tlacopan, cuatro quinceavas partes para Tezcoco, y las restantes ocho para Tenochtitlan. La dirección militar, sin embargo, estaba en manos de los mexicas, con lo cual gozaban del privilegio de ordenar el ataque de tal manera que los primeros fueran siempre ellos, lo que les permitía obtener un mayor botín que sus aliados. De otra parte, se sabe que muchos pueblos tributaban a las ciudades confederadas, pero algunos lo hacían sólo a una o a dos de esas ciudades, como consecuencia de haber sido vencidos por la coalición o por los ejércitos de una o dos de esas ciudades. Evidentemente, aunque debían consultarse los tres tlatoque para iniciar una campaña militar importante, podían por otra parte hacer sus propias guerras en cualquier momento o circunstancia y contra cualquier pueblo.

Las campañas militares iniciadas por los acolhuas de Nezahualcoyotl llevaron la guerra por la Sierra de Puebla al valle de Morelos; en la primera de esas campañas se conquistaron las ciudades de Cempoallan, Tollancinco, Cuauhchinango, Pahuatlan y Xicotepec, mientras en Morelos conquistaron Yauhtepec como paso previo a la conquista de Cuauhnahuac (Cuernavaca). Bajo la dirección mexica se conquistó, en la misma zona de Morelos, Xochimilco, y luego, extendiéndose por el valle de Atlixco, conquistaron Huaquechula en 1432 y al año siguiente Cuauhnahuac y Xiuhtepec. Por el sur, las tropas de la alianza alcanzaron el río Balsas, comenzando la conquista de los cuitlatecos en Tetella del Río; pero encontraron al Oeste la resistencia de tepoztecos, yopes y tarascos, y se formó una frontera que perduró en algunos puntos hasta cincuenta años. Por el Norte, en 1439, los aliados sometieron por segunda vez el principado de Cuauhtitlan (Barlow).

De este modo es posible comprobar que antes de 1440, fecha de la muerte de Itzcoatl, el dominio militar de la Triple Alianza se extendió y consolidó mucho más allá del propio valle de México, lo que sentó las bases para el imperio de los aztecas.

De las reformas de Tlacaelel a la llegada de los españoles

Las reformas de Tlacaelel

Ya se ha mencionado en párrafos anteriores que Tlacaelel fue una de las figuras más importantes en los orígenes del imperio azteca. “La obra y el pensamiento de Tlacaelel, puesto en práctica principalmente por Itzcoatl, Motecuhzoma y Axayacatl es de tal trascendencia que puede afirmarse implica el imperio y la realización de una fundamental reforma en los campos político, social, histórico y religioso. Con Tlacaelel nace la visión místico-guerrera del pueblo azteca, que se considera a sí mismo como pueblo elegido del Sol”. (León-Portilla). Las reformas establecidas por Tlacaelel tanto en tiempos de Itzcoatl, como en el de sus sucesores, fueron de carácter muy diverso: religiosas, jurídicas, administrativas y económicas.

En el plano religioso, Huitzilipochtl, el dios tribal de los mexicas, fue incorporado al panteón de los pueblos centromexicanos, especialmente nahuas, con los que se habían puesto en contacto los aztecas, lo que supuso que toda la religión de los mexicanos se configurase en torno a la idea central de Huitzilopochtli como divinidad solar. Esto tiene una gran importancia para comprender el incremento progresivo de los sacrificios humanos durante el siglo XV, ya que el Quinto Sol o edad en que vivían los aztecas debía terminar, al igual que los cuatro soles de edades anteriores, con un gran cataclismo. Para evitar ese final catastrófico, Tlacaelel ofreció como única solución la ofrenda del alimento más delicado para el dios solar: la sangre que hace vivir a los hombres. De ahí que se incrementasen más y más los sacrificios humanos y las guerras para obtener víctimas, lo que era a su vez un medio de difundir el terror por todo el ámbito del México central, con lo que gran parte del éxito militar de los aztecas estaba asegurado aun antes de empezar la batalla. La fama de crueles y pendencieros que tenían de antiguo quedó así reforzada.

La grandeza de Huitzilopochtli se tenía que manifestar de un modo aparente y así, en tiempos de Itzcoatl, se inició la construcción de un templo mucho mayor que el anterior, dedicado a los dioses Huitzilopochtli y Tlaloc, en el recinto ceremonial de Tenochtitlan.

Por otra parte, la grandeza del dios estaba unida desde entonces a la de su pueblo y si mediante la destrucción de los códices históricos antiguos (véase Códices prehispánicos) se borraba un periodo triste y humillante de la historia del pueblo azteca, la necesidad de remediar el trágico final del Quinto Sol mediante los sacrificios humanos daba una razón mística a un fin político inmediato, la conquista de todos los pueblos vecinos.

Las transformaciones que experimentó la organización sociopolítica del estado azteca fueron también de una gran trascendencia. Por indicación de Tlacaelel se nombró un consejo compuesto por cuatro nobles, llamados Tlacochcalcatl, Tlacatecatl, Eznahuacatl y Tlillancalqui, cuyos nombramientos durarían el tiempo del reinado del tlatoani. Igualmente, se nombraron diez y siete tiahuacan u ‘hombres valientes’ y otros cinco dignatarios más. Todos estos títulos tuvieron al principio una raíz que los unía a cada calpulli en especial, pero muy pronto dejaron de tener esa adscripción social o territorial para transformarse en nombramientos o títulos independientes, de tal manera que el propio Tlacaelel que fue primeramente Atempanecatl tiacauh pasó a ser después Tlacochcalcatl y finalmente Cihuacoatl. Ninguno de esos títulos, por otra parte, era de carácter hereditario, y había que conquistarlos por los propios méritos.

El reparto de tierras fue una consecuencia de la expansión militar que se produjo a partir de la época de Itzcoatl. Desde este momento se reguló el reparto de tierras de modo que una vez separadas las del tlatoani y las del cihuacoatl, tomaban parcelas los tiahuacan o capitanes valientes y algunos macehualtin que se habían distinguido en el terreno militar, así como los templos particulares de cada calpulli.

Motecuhzoma Ilhuicamina (1440-1469)

A la muerte de Itzcoatl fue elegido tlatoani su sobrino, y hermano de Chimalpopoca y Tlacaelel, Motecuhzoma Ilhuicamina, ‘el Iracundo’, quien consolidó las conquistas de su predecesor por una parte, mientras por otra extendía las fronteras del imperio hasta lugares nunca alcanzados por ningún pueblo nahua del altiplano. Durante su reinado no le faltó, como se dicho anteriormente, el consejo de Tlacaelel. Para su entronización como tlatoani se instauró una costumbre que luego perduraría hasta la conquista española: la de ponerse en campaña con el objeto de obtener los prisioneros necesarios para ser sacrificados en el Templo Mayor.

Las conquistas de Motecuhzoma fueron muchas y se extendieron por diferentes regiones. La guerra de Chalco, que dio lugar a uno de los más bellos poemas épicos del periodo azteca, duró casi todo el reinado de Motecuhzoma, ya que la ciudad no quedaría dominada por completo hasta 1465.

“Aquí en Chalco, el polvo amarillea,
las casas han comenzado a humear.
Arden en llanto tus vasallos, aquí en Chalco
Oh, tú que imperas entre espadañas
tú Motcuhzoma y tú Nezahualcoyotl:
tú destruyes la tierra, desbaratas a Chalco!
¡sienta piedad tu corazón!

Las conquistas por la región de Morelos llevaron a los aztecas a la zona de Huaxtepec, a Cuernavaca y Tepecoacuilco, y llegaron hasta Taxco en la región Chontal, mientras Nezahualcoyotl tomaba a los tarascos la fortaleza de Oztoman y, por la región del río Balsas superior y la Mixteca, llegaban los aliados hasta Coixtlahuaca (1458-61).

Por el norte y nordeste del imperio, Motecuhzoma conquistó Xilitepec y Tlatlauhqui, en Puebla, llegó hasta la región Totonaca y conquistó en la costa Huatusco, Cotastla, Cozamaloapan y Tochtepec, hasta acercarse por este punto a las conquistas meridionales. Por otra parte, las conquistas de los aliados de Tenochtitlan, especialmente de Tezcoco, se extendieron especialmente por el valle de Puebla: Huehuetlan cayó en 1465, Tepeaca en 1466, y también fueron conquistadas las ciudades de Orizaba y Tehuacan.

En el último periodo del reinado de Motecuhzoma Ilhuicamina, la actitud de los tenochca frente a los aliados tezcocanos varió totalmente; se anexionaron las conquistas que éstos habían realizado hasta ese momento y, por último, Tlaxcala, que entonces era en cierto modo aliada de Tezcoco, quedó en una situación de franco aislamiento respecto a la Triple Alianza. Por otra parte, esta etapa representó un paso fundamental hacia la construcción de la ciudad que conocerían los españoles en el siglo XVI. De la ciudad de barro que era Tenochtitlan hasta ese momento, se pasó a la ciudad de piedra, y Motecuhzoma puede considerarse el verdadero constructor de la ciudad. En efecto, durante su reinado vinieron arquitectos de la ciudad de Chalco que hicieron grandes construcciones, entre las que cabe destacar el gran acueducto que desde Chapultepec llevaba el agua potable a Tenochtitlan. Fue por esas fechas también cuando se empezó a fraguar un nuevo estilo escultórico que caracterizó el último periodo de la civilización azteca, así como la instalación de un verdadero jardín botánico en Morelos (Bernal).

Nezahualcoyotl (1418-1472), Señor de Tezcoco

Durante los reinados de Itzcoatl y Motecuhzoma en Tenochtitlan, fue tlatoani de Tezcoco una de las figuras más interesantes del siglo XV mexicano: el rey-poeta Nezahualcoyotl. Era, según se ha dicho más arriba, hijo de Ixtlilxochitl y de una hermana de Chimalpopoca. Niño aún, en 1414 su padre le había designado heredero del trono y, habiendo huido con él tras la derrota de los chichimecas en 1441 frente a las tropas de Tezozomoc, le prometió antes de morir a manos de los tepanecas que reconstruiría el imperio acolhua. Durante varios años tuvo que vagar de un lado a otro, huyendo de los temibles tepanecas. Muchos de esos años los pasó en la corte de Tenochtitlan, amparado por su tío Chimalpopoca, pero su hora llegó cuando, tras la muerte de Tezozomoc, el imperio tepaneca se resquebrajó y hundió finalmente. Aliado con los de Tenochtitlan y Tlacopan, volvió a Tezcoco e inicio un nuevo periodo de esplendor para la ciudad. Ya se ha comentado cómo se extendieron sus conquistas por lugares diferentes, engrandeciendo así su territorio. Reconstruyó su ciudad e inauguró una nueva era de prosperidad para los suyos.

Pero siendo grande su actividad política y militar, su personalidad destacó sobremanera en el campo de la poesía y en las reformas legales y religiosas. Como poeta y amante de la poesía supo reunir, al igual que en otras ciudades como Huexotcinco, una corte literaria de notable importancia en su época. Todo su pensamiento religioso, su filosofía y su poesía se orientaban hacia la tradición tolteca, quizá como reacción ante la nueva situación que estaba imponiendo el pueblo azteca, como pueblo elegido del Sol y, en el fondo, como reacción a la filosofía de Tlacaelel.

En materia de moral, podemos considerar sus leyes como muy puritanas. La embriaguez y los “pecados” sexuales eran castigados en Tezcoco con la muerte, y su rigor llegó al extremo de condenar a muerte a uno de sus propios hijos por haber cometido adulterio.

Desde un punto de vista religioso, si bien aceptaba por la fuerza de las circunstancias la imposición mexica de su dios Huitzilopochtli, desarrollaba ocultamente la creencia en un dios supremo, sin cuerpo ni imagen y del que no hay, en consecuencia, estatuas o pinturas, ni existe la posibilidad de ceremonias y rituales. Este tipo de reforma religiosa no podía alcanzar a la masa popular. Debemos suponer que estas ideas se desarrollaron sobre todo en un medio intelectual muy refinado, pero que sólo trascendieron a una minoría de sacerdotes, señores y poetas en torno al tlatoani.

Su sucesor, Nezahualpilli (1472-1516), fue una figura enteramente decadente y profundamente civilizada que tuvo incluso menor influencia que su padre en el medio ambiente de la época en que le tocó vivir. La suerte del pueblo azteca estaba echada y nada podía oponerse a la realización de su destino.

Axayacatl (1469-1481)

A la muerte de Motecuhzoma Ilhuicamina en 1468, fue elegido tlatoani de Tenochtitlan Axayacatl, nieto de Itzcoatl. Durante su reinado, la gran expansión verificada en el periodo de su antecesor se consolidó, y aún se realizaron nuevas conquistas. Tampoco le faltó el apoyo y el consejo de Tlacaelel, quien, nacido en 1398, murió entre 1475 y 1480, a una edad por lo tanto muy avanzada. Su sucesor en el cargo de cihuacoatl fue un hijo de Chimalpopoca, Tlilpotonqui.

En tiempos de Axayacatl se produjo la unión, tantas veces deseada y nunca lograda, de los tenochcas y los tlatelolca. En efecto, tomando como pretexto que el tlatoani de Tlatelolco, Moquihuix, que se había casado con una hermana de Axayacatl, despreciaba a ésta y prefería a sus concubinas, Axayacatl se fingió ofendido en su honor y declaró la guerra a Tlatelolco. Pese a que la resistencia fue feroz, y tomaron parte en ella incluso las mujeres, la ciudad fue tomada y dominada, y sometida a partir de entonces a un gobierno de tipo militar -con un cuauhtlatoani a la cabeza. Además, debía pagar tributo a Tenochtitlan como cualquier pueblo conquistado. La derrota de Tlatelolco puede fecharse en 1473.

La expansión hacia el oeste continuó en el periodo de Axayacatl; de inmediato se produjo el hundimiento de la resistencia matlatzinca en el valle de Toluca, que había durado cerca de cuarenta años -acaso con ayuda tarasca-; conquistaron Malinalco y Tlacotepec en 1477, y avanzaron hacia Tlaximacoyan y Oztoman.

Llegados los aztecas a la frontera del reino tarasco, el choque entre ambas fuerzas se hizo inevitable. La batalla decisiva se produjo hacia 1480 en las proximidades de Tlaximacoyan. Allí se produjo la única derrota de los ejércitos aztecas a causa del empleo de armas de cobre por parte de los tarascos, aunque los propios tenochca la explicasen por la superioridad numérica de aquéllos. Una línea fronteriza con fortificaciones defensivas marcó a partir de entonces el límite entre el imperio azteca y el reino tarasco.

La expansión militar, sin embargo, no se detuvo por otros rumbos. Por la región de Puebla, tras ocupar las tierras conquistadas por Tezcoco y cerrar así por todas partes el señorío de Tlaxcala, conquistaron Matlatlan y llegaron hasta Maxtlan. Finalmente, por el nordeste conquistaron una amplia zona de la Huasteca, y llegaron entre 1480 y 1481 hasta Tampatel, Tuxpan y Tenexticpac. La serie de campañas militares que se acaban de mencionar, con toda la destrucción y dolor que implicaron, acabaron de extender el terror y el odio contra los aztecas por todo el territorio del México central.

Tizoc (1481-1486)

A la muerte de Axayacatl en 1481 fue entronizado como tlatoani de Tenochtitlan su hermano Tizoc, quien dirigió los destinos del imperio durante muy pocos años y murió en 1486, probablemente asesinado por los nobles mexicas que le habían elegido. Éstos repararon en que Tizoc prefería desarrollar más una vida religiosa y mística que militar, y que algunas campañas habían sido desastrosas; como no podían sustituirle en vida por otro tlatoani, decidieron eliminarlo en beneficio del propio imperio que estaban constituyendo. No obstante, la actividad bélica de Tizoc, inmortalizada en la famosa Piedra de Tizoc, no fue enteramente despreciable, y si bien fue derrotado por los de Meztitlan, aliados con los huastecos, no dejó de hacer conquistas tanto en el territorio de éstos últimos -Tamajachco y Miquitlan- como más al sur, en la región meridional de Puebla, donde se apoderó de Atezcahuacan, o en Guerrero, con la conquista de Otlappan.

Ahuizotl (1468-1502)

El hermano mayor de Axayacatl y Tizoc, Ahuizotl, desarrolló durante su reinado una actividad militar que compensó con creces los desastres y escasas conquistas de su predecesor. En efecto, mientras que avanzó por la Huasteca y conquistó Tricoac y Ayotochcuitlatan, llevando las lindes del Imperio hasta la frontera cultural mesoamericana (véase el apartado “Los límites del imperio” en la voz Cultura azteca) con los chichimecas de la región de Tamaulipas, se extendió asimismo por el suroeste y llegó a dominar toda la costa del Pacífico que va desde Acapulco a Zacatulan, y conquistó Tlacotepec y Panotlan.

Sus campañas por el occidente de Oaxaca le llevaron en tres direcciones tras la nueva conquista de Otlappan en 1486: hacia Coyolapan, donde estableció una fuerte guarnición, y hacia Teopuctlan y Huehuetlan, muy cerca ya de la costa del Pacífico.

A pesar de la importancia de esta serie de expediciones militares, debe decirse que la más arriesgada y extraordinaria fue, sin duda, la campaña del Istmo. Partiendo de Xaltepec, alcanzó la costa de Xochitlan y Tehuantepec, avanzó por toda la región de Soconusco, conquistó Amaxtlan, Chiapa de Corzo y Comitlan, y llegó en su avance hasta el territorio de la actual Guatemala.

Con respecto al gobierno interior, Ahuizotl construyó numerosos templos y palacios, además de hacer una nueva reconstrucción del Templo Mayor, para cuya inauguración se dice que fueron inmolados muchos millares de víctimas humanas. Como consecuencia del aumento de población de la ciudad y el deseo de regular el nivel de las aguas del lago, se hizo necesaria la construcción de un nuevo acueducto, esta vez desde Coyoacan. Una inundación en la ciudad en 1499 fue la causa indirecta de la muerte del tlatoani, ya que al intentar salir de una habitación donde se hallaba atrapado, Ahuizotl se dio un golpe en la cabeza que le produjo, al parecer la dolencia de la cual moriría tres años después, en 1502.

Motecuhzoma Xocoyotzin (1502-1520)

La inesperada muerte del gran conquistador que había sido Ahuizotl, condujo a una nueva elección de tlatoani. Dudosos los electores entre Macuilmalinatzi y Motecuhzoma Xocoyotzin, el Joven, hijos ambos de Axayacatl, la elección recayó finalmente en el segundo, ya que se había distinguido en algunas campañas militares de su antecesor y últimamente tenía fama de hombre sabio y sumamente religioso, virtudes todas ellas necesarias para dar nuevo brillo y prestigio a Tenochtitlan y el imperio.

De Motecuhzoma II se posee, sin duda, más información que de cualquier otro tlatoani de Tenochtitlan. Los acontecimientos que le tocó vivir explican ampliamente esta abundante información. Todos los autores indígenas y españoles coinciden al trazarnos el retrato del que iba a ser protagonista del final del imperio azteca. “La historia lo presenta como hombre severo, estricto, grave, digno, celoso del trabajo y la limpieza de su ciudad, atento siempre al buen funcionamiento del gobierno y el culto, magnífico, cruel y déspota cuando se trataba de mantener su opulencia y autoridad, pero siempre respetando las leyes que él había impuesto. Era el prototipo del Tlatoani” (López Austin).

Durante el reinado de Ahuizotl se había podido observar cómo la clase de los macehualtin, que se había distinguido en el campo de batalla, ocupaba en progresión creciente puestos de gobierno de gran responsabilidad, mientras los pipiltin habían ido dejando de ser importantes en la corte. La llegada de Motecuhzoma II al poder cambió radicalmente esta situación, pero en provecho del propio tlatoani que, desde un principio, llevaba una idea de gobierno marcadamente monárquica y autoritaria. Motecuhzoma ordenó la destitución de la mayor parte de los cortesanos que habían ocupado puestos de gobierno durante el reinado de Ahuizotl, e hizo otro tanto con los jefes de calpulli. De este modo tenía las manos libres para hacer nuevos nombramientos entre jóvenes pipiltin o hijos de tlatoques tributarios o dominados, que se habían educado en las mismas escuelas donde Motecuhzoma había sido maestro y hombre religioso. Esta nueva generación de jóvenes jefes fue arcilla fácilmente moldeable en manos de un hombre de grandes capacidades, como era el caso de Motecuhzoma Xocoyotzin.

Las relaciones entre Tenochtitlan y Tezcoco eran cada vez más tensas, hasta que las hostilidades culminaron tras la muerte de Nezahualpilli en 1516, con la disputa entre Cacama -hijo de aquél y de una hermana de Motecuhzoma- e Ixtlilxochitl. Cacama resultó vencedor por haberse amparado en su poderoso tío, pero parece evidente por otra parte que las ideas filosófico-religiosas de Nezahualcoyotl debieron de influir, acaso imperceptiblemente, en el meditativo Motecuhzoma, de forma que todo su pensamiento alcanzó un estado de duda que sería fatal en el momento de la llegada de Hernán Cortés y su hueste de españoles. Las ideas religiosas de la tradición de Quetzalcóatl parece que habían penetrado en el ámbito del pensamiento azteca, o al menos en el pensamiento de su monarca. Cuando le llegó la noticia de que unos hombres barbados habían descendido de unas montañas que navegaban por el mar de Oriente, no dudó un momento en sospechar que aquellas gentes eran las enviadas por el dios tolteca, que regresaban según la profecía.

Desde un punto de vista estrictamente político, Motecuhzoma representó el fin de la Triple Alianza que hasta entonces había funcionado casi de manera perfecta. Desde muy pronto se observó su deseo de anular a sus aliados, Tezcoco y Tlacopan. Esto hace pensar que, de no haberse producido la invasión española, Motecuhzoma hubiese llegado a transformar la Triple Alianza en un verdadero imperio con un auténtico y único emperador.

Si bien durante el reinado de Motecuhzoma Xocoyotzin la actividad militar no fue lo más importante, en ese tiempo se realizaron numerosas campañas militares para sofocar rebeliones o para hacer nuevas conquistas. En este terreno hay que destacar, sobre todo, las campañas para dominar a los mixtecas (1506) y a los tepanecas de la sierra. Achiutla en 1504, Zozollan en 1506 y Texopan en 1512 fueron cayendo en poder de los aztecas. Otras campañas les llevaron a conquistar Xaltianquizco e Itztitlan, de cuyo saqueo regresaban cuando Cortés desembarcaba en Veracruz, pese a lo cual nunca llegaron a dominar la costa de Oaxaca, desde Guerrero hasta Tehuantepec.

La cohesión del imperio se aseguró en tiempos de Motecuhzoma II por medio de varios métodos. Todos los tlatoque vasallos de Tenochtitlan, que debían residir durante algún tiempo en la corte, dejaban al marcharse a su ciudad de origen para desempeñar su cargo a un hijo o hermano que servía de rehén al tlatoani azteca. Por otra parte, Motecuhzoma Xocoyotzin construyó dentro del recinto sagrado el llamado Coatecalli o ‘casa de los diversos dioses’, en el que se recogían las imágenes de los dioses de los pueblos sometidos o conquistados, con lo que éstos quedaban así, por una parte, reconocidos a los aztecas por el honor de admitir a sus dioses en la capital del Imperio y, por otro, obligados a quien poseía las imágenes de esos mismos dioses.

A partir de 1517, toda una serie de portentos y presagios funestos vinieron a anunciar al tlatoani que algo extraordinario iba a producirse. Luego se sabría que lo que aquellos portentos anunciaban era la llegada de los españoles. Auroras boreales, rayos sin trueno, cometas y otros hechos semejantes preocuparon profundamente a Motecuhzoma, quien llamó a consejo a numerosos sabios y sacerdotes de todo el imperio para que le ayudasen a resolver el enigma. Las noticias que recibió en 1519 del desembarco de unos hombres blancos y barbudos, de unas grandes montañas que navegaban por el mar, junto con la presencia de extraños venados (caballos) y perros de gran talla y fiereza, así como de instrumentos que vomitaban fuego, le llevaron a pensar que se trataba del regreso de Quetzalcoatl anunciado por las tradiciones más antiguas y que él siempre había esperado. Quetzalcoatl venía a tomar posesión del reino del que había sido desposeído. Por eso, dándose cuenta de que nada podría oponer a los poderes sobrenaturales del dios, lo único que Motecuhzoma deseaba era impedir que los enviados de Quetzalcoatl se acercasen a Tenochtitlan. Por ello les envió presentes con el fin de disuadirles y aplacarles, sin imaginar que esos presentes, por el contrario, iban a servir de atracción y estímulo a los advenedizos españoles. En efecto, el encuentro se produjo el 8 de noviembre de 1519, pero ni siquiera entonces sabía Motecuhzoma cuáles eran las intenciones de aquellos seres, ni siquiera si su naturaleza era divina o humana. Esta realidad la comprendería algo más tarde y la padecerían sus efímeros sucesores, Cuitlahuac, hijo también de Axayacatl, y Cuauhtemoc, hijo de Ahuizotl y yerno suyo. Este último, ajusticiado por los hombres de Cortés el 28 de febrero de 1525 durante la expedición a Honduras, se convirtió en héroe nacional y símbolo de la resistencia indígena a la invasión hispánica.

Un poeta anónimo cantó el final del imperio azteca con palabras inolvidables:

“El llanto se extiende, las lágrimas gotean allí, en Tlatelolco
Por agua se fueron los mexicanos;
semejan mujeres, la huida es general…
Llorad amigos míos,
tened entendido que con estos hechos
hemos perdido la nación mexicana.
¡El agua se ha acedado, se acedó la comida!
Esto es lo que ha hecho el Dador de la vida en Tlatelolco

[Cantares mexicanos]

Los vecinos de los aztecas

Para completar el cuadro histórico y sociocultural del área central del México antiguo, conviene tratar, aunque con una impuesta brevedad, de otros pueblos que habían elaborado y estaban aún viviendo en el momento de la máxima expansión militar e imperialista de los aztecas sus propias y particulares historias.

El pueblo tarasco, que habitaba en la región montañosa y lacustre de Michoacán, sobrepujó en muchos aspectos al azteca, como lo atestiguan las ruinas de sus edificios, sus trabajos en oro y plata y sus armaduras. En la costa del Golfo de México, desde el actual estado de Tamaulipas hasta la región olmeca, se hallaban desde tiempos muy antiguos los Huastecos y Totonacas, entre los cuales se situaba el río Tuxpan a modo de frontera.

El pueblo huasteco, emparentado lingüísticamente al parecer con los mayas (de los cuales debieron separarse acaso en torno al comienzo de la era cristiana debido a la presión ejercida por los totonacas para llegar a la costa), carece de fuentes suficientemente explícitas como para que podamos reconstruir su historia, por lo que su cultura únicamente puede conocerse a partir de los restos arqueológicos. Se sabe, sin embargo, que el pueblo huasteco, belicoso y bárbaro en muchos aspectos, supo resistir con éxito no sólo el persistente ataque de los aztecas, sino también los primeros intentos de conquista por parte de los españoles.

Los totonacas, o al menos aquellos que vivían en la región meridional en el tiempo de la conquista española, estaban organizados políticamente en una confederación de unas treinta o cincuenta ciudades. Los que habitaban más al norte habían llegado, al parecer, a constituir un verdadero estado unitario del que se recuerdan en las crónicas los nombres de varios soberanos, el último de los cuales, Catoxcan, tuvo que someterse a los chichimecas. Los totonacas practicaban, al igual que los huastecos, la deformación craneana, usaban el bezote o adorno labial, se vestían con el quechquemitl y tanto su economía como su alimentación y el tipo de sus viviendas se parecía al de los pueblos del centro de México.

Contemporáneamente a la fundación de Tenochtitlan, los chichimecas se hallaban gobernados por Quinatzin (1298-1357), quien trasladaría la capital de su imperio desde Tenayuca -donde la había instalado Xolotl- hasta Tezcoco, al mismo tiempo que los nuevos grupos de chichimecas llegados al valle de México se desviaban hacia la Sierra Nevada, donde algunos fundarían el estado de Tlaxcala (véase el apartado “Historia” en la voz Tlaxcala), mientras otros se unirían a los totonacas. El proceso civilizador iniciado entre los chichimecas tiempo atrás se acentuó cuando apareció en Tezcoco -fundado en 1327- un grupo de mixtecas a los que las crónicas llaman los regresados, dando a entender que se trataba de un grupo de emigrantes del Valle, acaso toltecas, que habiendo residido en la Mixteca durante algún tiempo, regresaban ahora portadores de conocimientos tales como la escritura, el calendario, la cerámica, etc. Varios cambios importantes debieron de producirse en esa época: el dialecto nahua de los chichimecas fue sustituido por el náhuatl que hablaban los aztecas (véase el apartado “La lengua” en la entrada Cultura azteca), mientras que el culto al antiguo dios chichimeca Mixcoatl fue perdiendo importancia frente a Tezcatlipoca.

Durante el reinado de Techotlala (1357-1409), sucesor de Quinatzin, el imperio chichimeca se dividió en principados soberanos e independientes de los cuales el de los tepanecas de Azcapotzalco alcanzó una gran importancia, sobre todo bajo el reinado de Tezozomoc (1406-1418). Éste, mediante campañas militares -en las que actuaban a veces como aliados o mercenarios los aztecas-, matrimonios y alianzas e, incluso, compras y sobornos, logró crear una especie de imperio del cual fueron sus enemigos más encarnizados los propios chichimecas de Tezcoco y, muy pronto, también los aztecas de Tenochtitlan.

Ixtlilxochitl I (1406-1418), hijo de Techotlata, era tlatoani de Tezcoco cuando se planteó dramáticamente la enemistad de tepanecas y chichimecas. Tezozomoc, como descendiente que era de Xolotl, pretendía el trono de Tezcoco y, por ello, no solamente no asistió a la ceremonia de entronización de Ixtlilxochitl, sino que envió una carga de algodón a este último para que sus gentes le fabricasen mantas, insulto con el que pretendía provocar la guerra. Este insulto fue soportado para ganar tiempo por Ixtlilxochitl, quien organizó un gran ejército, al tiempo que trataba de conseguir el apoyo de los mexicas. Casado con una hermana de Chimalpopoca, de Tenochtitlan, de la cual había tenido a su hijo Nezahualcoyotl, hizo jurar a éste su cargo como heredero del trono en 1414. Cuatro años después, las tropas de Tezozomoc estaban a las puertas de Tezcoco; Ixtlilxochitl huyó hacia el bosque con su hijo y algunos fieles seguidores, y allí pidió al joven Nezahualcoyotl que vengara la afrenta y reconstruyera el imperio poco antes de que los tepanecas de Tezozomoc le alcanzaran y dieran muerte.

El fin del imperio tepaneca, con la muerte de Tezozomoc, el asesinato del tirano Maxtla y el triunfo de la Triple Alianza, supuso el renacimiento de Tezcoco que, tras ser reconquistado en 1431, volvía a ser la capital del reino de Nezahualcoyotl.

El pueblo zapoteco se hallaba en una fase de aparente decadencia en el momento de la máxima expansión azteca. Los relatos históricos para esta época se centran en Zaachila, en el valle de Zimatlan, y mencionan a tres soberanos sucesivos que llevan hipotéticamente el nombre de la ciudad, aunque quizá sus nombres reales fueran otros.

El primero de ellos, Zaachila I, llevó en primer lugar sus ejércitos contra los chontales que vivían en la costa, y después, aliado con los zapotecos serranos y con los mixtecos, luchó contra los mixes, quienes dirigidos por un jefe legendario llamado Condoy pudieron resistir el ataque y se refugiaron desde entonces en la zona más montañosa del país. Zaachila II, hijo del anterior soberano, continuó la lucha contra los mixes y construyó una serie de fortalezas que garantizaron las comunicaciones por oriente. Finalmente, Zaachila III tuvo que hacer frente a los dos más poderosos enemigos del momento: los mixtecas y los aztecas. Los primeros lograron instalarse en Monte Albán, la ciudad sagrada de los zapotecos, cuya decadencia se inició probablemente en tiempos de esta invasión, y en Cuilapan, a unos 4 km de Zaachila. La penetración de los aztecas condujo al establecimiento de una guarnición permanente en Huaxyacac, que llegaría a ser después la capital del actual estado de Oaxaca.

Cocijo-eza, el hijo de Zaachila III, sucedió a éste en 1482 y se casó con una princesa azteca llamada Coyolicaltzin o Pelaxilla -‘copo de algodón’- de la que tuvo tres hijos; de estos, al menos Cocijo-pij fue designado por su padre gobernador de Tehuantepec en 1518. Cocijo-eza murió en 1529, y el último rey zapoteca llegó a vivir hasta 1563.

Los mixtecos experimentaron también en la época de la expansión azteca un movimiento expansivo que fue frenado muy pronto por la conquista azteca.

De las dinastías reinantes en Tilantongo, se conocen los nombres de los descendientes del gran conquistador que fue en el siglo XI 8 Venado. La segunda dinastía terminó con 4 Águila, águila sangrienta, casado con la princesa 6 Agua. El hijo de ambos y el padre murieron el mismo año, 1289, sin dejar sucesión directa. Comenzó así la Tercera Dinastía con el matrimonio de la viuda 6 Agua con el príncipe 4 muerte, de cuyo matrimonio nació en 1293 la princesa 3 Conejo. La Cuarta Dinastía no comenzó hasta 1357 con el soberano 6 Venado, quien se casó con 13 Viento, y terminó con don Felipe de Santiago, que todavía vivía en 1580.

También se conocen con detalle las dinastías que reinaron en Teozacualco. La segunda de estas dinastías se inició con el hijo del mismo 8 Venado, coyote manso, que se casó con 4 Muerte, joya de lagarto, y terminó en 9 Movimiento, casado con 2 Tigre, de cuyo matrimonio nacieron tres hijos: un varón que murió pronto; una hija que se casó con el rey de Tilantongo y otra casada con el de Cerrotorcido Quetzal, cuyo hijo, 2 Perro, fue el origen de la Tercera Dinastía de Teozacoalco. La Cuarta Dinastía, por último se inició con el mismo don Felipe de Santiago ya citado, hasta que se unieron Tilantongo y Teozacoalco en pleno siglo XVI.

La civilización mixteca o mixteco-puebla fue obra de los mixtecas y sus parientes más próximos, los popoluca de Puebla y los mazatecas de Oaxaca. Llegó en su expansión hasta Tulum, de Yucatán, a la región de Sinaloa en el noroeste de México, y hasta Nicaragua en Centroamérica. El estilo mixteca, según Covarrubias, viene a ser una mezcla de elementos procedentes de Xochicalco, Teotihuacan, Monte Albán y Cerro de las Mesas.

J. Alcina Franch

Temas relacionados

Cultura azteca.
Cultura azteca: sociedad.
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Cultura azteca: ciencia y escritura.

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CULTURA AZTECA: HISTORIA

Fuente: Britannica

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