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Definición de Cultura azteca: religión

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 El mundo de las creencias religiosas y de las prácticas mágicas entre los aztecas constituye uno de los aspectos más sobresalientes de su cultura, hasta el punto de poderse decir que la religión formaba parte indisoluble de la vida de todos y cada uno de los habitantes del México central en los tiempos inmediatamente anteriores a la llegada de los españoles.

Las fuentes para el estudio de la religión

El conocimiento acerca de la religión de los aztecas proviene de un amplio número de fuentes que cabría subdividir en varias categorías. Aquéllas que se deben considerar como más auténticas y cercanas al origen del conocimiento teológico, ritual y mítico son las que se pueden calificar como arqueológicas en su sentido más amplio, debido al tipo de materiales utilizados y a su procedencia. Se trata de grandes o pequeñas esculturas en piedra, relieves en numerosos objetos, instrumentos con mosaicos, figurillas en cerámica, vasijas pintadas, máscaras de piedra o de madera, pinturas murales y un sinfín de otros objetos. El hecho de que estas representaciones no hayan sido concebidas como obras de arte, sino como auténticas obras ritualizadas les dota de una mayor autenticidad, pero al mismo tiempo las hace de más difícil interpretación.

En segundo lugar, se encuentran los muy abundantes documentos indígenas de carácter pictográfico que conocemos ordinariamente con el nombre de códices. Aunque la mayor parte de los documentos prehispánicos fueron destruidos en los primeros momentos del contacto, algunos de esos códices se han conservado hasta nuestros días; a ellos deben sumarse otros muchos realizados ya bajo la dominación española, casi siempre a petición de los propios españoles y con comentarios en español o en lenguas indígenas, pero siempre en caracteres latinos, lo que ha permitido iniciar la interpretación de los glifos, signos y símbolos del sistema mexica. Estos códices pintados por los tlacuiloanime (‘escribas’) en piel de venado o en papel de maguey, y que utilizaban pictografías, ideogramas o símbolos fonéticos, solían tratar de cuestiones calendáricas y de adivinación, o se referían a temas teológicos y del ritual.

Entre los más importantes documentos prehispánicos hay que mencionar el Códice Borbónico, el Tonalamatl Aubin, o los códices Borgia, Fejérvary-Mayer y Cospi (Véase Códices Prehispánicos); estos últimos no son estrictamente aztecas, ya que provienen de la región de Tlaxcala o de la zona Mixteco-Puebla, pero sus contenidos religiosos se hallan muy próximos al espíritu y la letra de la religión mexica. Otros códices posteriores a la conquista, como los de la familia Magliabecchiano, representan a la tradición azteca, aunque formalmente ya adquieran caracteres relativamente europeos o europeizantes.

La información más explícita, aunque quizá la más peligrosa de utilizar en virtud de las sutiles modificaciones introducidas por sus autores en las informaciones obtenidas de los indios, son las realizadas por frailes españoles como Motolinía, Durán, Sahagún o Torquemada. De todos ellos es, sin duda, Bernardino de Sahagún, a quien se considera el padre de la Etnología y quien desarrolló una obra de mayores dimensiones utilizando un método que todavía hoy puede ser considerado como magistral, el que nos proporciona una más amplia información acerca de la religión azteca. Sus versiones en nahuatl de los Códices Matritenses y el Códice Florentino, que sirvieron de base para la redacción de la Historia General de las Cosas de Nueva España, constituyen sin duda la base para cualquier estudio sistemático de la religión de los aztecas. No obstante, habría que decir que, en virtud de su educación humanística, la versión que nos dio de la religión de esta gran civilización se halla sin duda deformada por el modelo grecolatino utilizado para sistematizarla.

Aún habría que mencionar una última categoría entre las fuentes para el estudio de la religión de los aztecas. Se trata de las obras de indios o mestizos que escribieron durante la época colonial ya en español, ya en lengua nahuatl. Habría que mencionar entre esos autores a Tezozomoc, Alva Ixtlilxochitl y Chimalpahin, aunque son varias las obras anónimas que también tienen importante información sobre este tema.

Estructura general de la religión azteca

Conviene aclarar desde un principio que el conjunto de creencias del pueblo azteca puede ser calificado de mágico o religioso según se refiera a las creencias del pueblo llano o de las elites. Si se quiere, esa división puede englobar lo que podría llamarse religión popular y religión oficial sin que ello signifique una total separación entre ambos tipos de creencias, ya que siempre existió una sutil relación, muchas veces simbiótica, entre ellas, lo que casi siempre hace aún más compleja la realidad a estudiar.

La religión de los aztecas es fundamentalmente una religión sincrética. Su sincretismo es por una parte regional, y por otra representa el resultado de un proceso acumulativo a lo largo del tiempo. En el momento de la conquista española estaban integrados en el mismo panteón Otontecuhtli, dios del fuego de los otomíes; Tlazolteotl, diosa del amor de los huastecos; Itzpapalotl, diosa de la tierra de los chichimecas, o Tzapotlatena, diosa de las medicinas de los zapotecos, etc. Al mismo tiempo, divinidades cuyos más remotos orígenes se pueden detectar a través de los datos arqueológicos estaban también incorporadas al mismo panteón mexica. Así, la diosa de las cosechas podría remontarse al Preclásico de Tlatilco, o cierto dios infantil semi-jaguar podría ser de origen olmeca. Tlaloc, Huehueteotl, Quetzalcoatl y Chalchiuhtlicue podrían ser dioses cuyos perfiles simbólicos y cuyas funciones se perfilasen a lo largo de la época teotihuacana. La incorporación de Xipe Totec se produciría todavía durante el periodo clásico de Teotihuacán, pero los nahuas toltecas aportarían la religión de Tezcatlipoca, que vendría a sustituir a la de Quetzalcoatl, la Serpiente emplumada. Por último, los aportes chichimecas de los siglos XIII al XV completarían el panteón con dioses tan importantes como Xolotl o Huitzilopochtli. Toda esa acumulación histórica y la interrelación entre los diversos Estados y reinos de Mesoamérica proporcionan algunas de las bases para comprender la profunda complejidad de la religión de los aztecas.

Uno de los principios más ampliamente presentes en los sistemas religiosos mesoamericanos no sólo en el momento de la conquista española sino, con toda probabilidad, desde épocas muy antiguas, quizá desde el periodo Preclásico, es el principio dual. Ometecuhtli y Omecihuatl, equivalentes a Señor 2 y Señora 2 respectivamente, que recibirán también los nombres de Tonacatecuhtli y Tonacacihuatl, Señor y Señora de la Vida y de la Creación, constituyen el principio dual del origen del mundo; puede decirse que son el principio creativo por excelencia, ya que ellos fueron los padres de los cuatro Tezcatlipoca y, por lo tanto, el principio de los dioses y de los hombres. Ese principio dual perdurará y se perfeccionará hasta llegar a concretarse en el Tloque Nahuaque, el dueño del cerca y del junto, el sol y la tierra que, como luego veremos, se halla estrechamente ligado al mito del nacimiento de Huitzilopochtli.

Pero el principio dual reaparece de múltiples maneras en todo el sistema religioso mexica: es, por una parte, la dualidad sexual que se presenta en muchos dioses que funcionan como parejas -por ejemplo Mictlantecuhtli y Mictlancihuatl o Tlaltecuhtli y Coatlicue, que son la tierra en sentido masculino y femenino-, pero es también la dualidad que significa uno y su contrario, como ocurre con la oposición Huitzilopochtli-Tezcatlipoca, como Sol diurno el primero y Sol nocturno el segundo.

Pero, si es importante el principio de la dualidad, no lo es menos el de la cuatripartición, que se deriva del concepto de las cuatro direcciones del mundo. Esta cuatripartición ya se manifiesta en la primera creación de los dioses por parte de Ometecuhtli y Omecihuatl, la que se refiere a los cuatro Tezcatlipoca: el Tezcatlipoca Rojo, también llamado Xipe, o Camaxtla, al que se atribuye la región del Este; el Tezcatlipoca Negro o verdadero Tezcatlipoca, que domina en el Norte; el Tezcatlipoca Azul o Huitzilopochtli, que corresponde a la región meridional; y el Tezcatlipoca Blanco, casi siempre denominado Quetzalcoatl, que es el dios del ocaso. A estos cuatro Tezcatlipoca corresponden no sólo los cuatro colores ya indicados, sino también cuatro árboles, cuatro pájaros, cuatro Tlatoques, etc.

Pero el mundo, tal como era concebido en la religión azteca y en la de la mayor parte de los pueblos mesoamericanos, no es solamente el espacio comprendido entre esas cuatro direcciones; el centro era el quinto punto cardinal, el más importante quizá, ya que es en el centro donde se situaba el símbolo de la tierra, ya sea Tlaltecuhtli, ya sea Coatlicue. Por otra parte, el mundo de lo real se completaba mediante trece cielos y nueve inframundos que se hallaban por encima y por debajo de la superficie terrestre, de tal manera que el Sol celeste se hundía cada día en la Tierra para pernoctar en los sucesivos nueve inframundos y renacer cada mañana por Oriente.

Por otra parte, la división cuatripartita, más el centro, no era únicamente una división del espacio, sino que se transformaba en una división temporal en la Leyenda de los Soles, en la que se explica cómo se llegó al mundo actual, a la era presente; diríase que es una explicación catastrofista de la evolución de la tierra, de la vida y de la sociedad. Según esa leyenda, hubo un primer Sol o primera era, llamado Naui Ocelotl (4 Jaguar) y dominado por Tezcatlipoca; el Segundo Sol, o Naui Ehecatl (4 Viento), estaría dominado por Quetzalcoatl; el tercer Sol, o Naui Quiahuitl (4 Lluvia), estaría dominado por Tlaloc; y el cuarto Sol, o Naui Atl (4 Agua), sería la época de Chalchiuhtlicue. El quinto Sol o Naui Ollin (4 Movimiento) era la época en la que los aztecas consideraban que vivían, y se hallaba bajo el signo de Huitzilopochtli. De ahí que en las representaciones en relieve, de las cuales la más conocida es sin duda el Calendario azteca (véase en la entrada Cultura azteca: arte), el rostro central, ya sea de Tonatiuh como de Tlaltecuhtli, esté encerrado en un signo ollin o movimiento, de manera que el punto cardinal central sería la época actual: tiempo y espacio se encuadrarían en una misma dimensión.

De los principios señalados se desprende una serie de números sagrados que con mucha frecuencia reaparecían en los mitos y que tenían sentido en ocasiones dentro del sistema calendárico ritual mesoamericano, del que hay que recordar aquí que el año ritual constaba de 260 días y que, al combinarse con el año solar de 365 días, venía a coincidir nuevamente, cerrando un ciclo completo de 52 años solares o 73 años rituales. Este periodo de 52 años era el equivalente a nuestro siglo, y la celebración de su final representaba un momento de peligro en el que el mundo podía acabar: por eso, la ceremonia del Fuego Nuevo que se realizaba en ese momento tenía un significado trascendental.

Según Pedro Carrasco, una de las características principales de la religión mesoamericana era su politeísmo. “Una muchedumbre de dioses, desde los etéreos o invisibles a los de forma material, humana o animal, explica la existencia del mundo, su creación y la naturaleza de sus distintas manifestaciones. Los dioses aparecen entre los hombres, hombres vivos personifican a los dioses en la tierra y los muertos se suman a uno u otro de los mundos sobrenaturales. El hombre mesoamericano no creía únicamente en sus dioses, sino que los esculpía y pintaba ritualizando toda su relación con ellos”.

En contraste, o superando, ese evidente politeísmo de la religión mesoamericana y azteca en particular, en algunas cortes del centro de México y especialmente en la de Tezcoco, durante el reinado de Netzahualcoyotl, se alcanzó -al menos eso se deduce de numerosos poemas de ese soberano y de otros poetas, algunos anónimos- el concepto de un dios único e invisible al que no se puede representar y que se nombra de manera muy diferente: Tloque Nahuaque, Ipalnemohuani (‘aquél por quien se vive’), etc.

Para concluir con esta breve caracterización del sistema religioso azteca, es preciso destacar el hecho de que la representación de esa innumerable serie de divinidades del panteón se hacía mediante un lenguaje simbólico que afectaba al atavío de tales divinidades. Formas y colores como elementos básicos determinantes de tal lenguaje permitían las mayores complejidades en un sistema combinatorio prácticamente infinito. La complejidad se acentúa si tenemos en cuenta que el color faltaba casi siempre en la escultura y el relieve, y en cualquier caso el diseño en los códices era relativamente diferente al de los relieves y esculturas. La importancia del color, como señala Alfonso Caso, era decisiva: “Por ejemplo, una especie de abanico de papel plegado puesto detrás de la nuca es característico de las deidades del agua, de los Iztaccihuatl, la montaña nevada, rojo en Chicomecoatl, diosa del maíz, azul en Chalchihtlicue, diosa del agua, y verde en Tepeyolohtli, dios de las montañas”.

De otra parte, símbolos que correspondían a diferentes divinidades pueden verse circunstancialmente agrupados en la representación de un dios o de características locales o con advocaciones diferentes a las más comunmente conocidas. Si a las descripciones en códices y relieves añadimos las de carácter literario recogidas por los cronistas, se comprende que la definición de una divinidad no es nada fácil y la serie politeísta del panteón azteca puede llegar a parecer fácilmente un inmenso caos. De ello se desprende que, pese a lo mucho que se ha investigado hasta ahora en el tema de la religión azteca, sea mucho todavía lo que hay que estudiar hasta obtener un cuadro completo y coherente de este complejísimo sistema religioso.

Cosmovisión, cosmología y cosmogonía

El primero de los aspectos a considerar aquí que, como señala Johanna Broda, “denota la visión estructurada en la que los antiguos mesoamericanos combinaban sus nociones de cosmología relacionando tiempo y espacio en un conjunto sistemático” es el concepto de “cosmovisión”, término de uso común en español y alemán, que resulta mucho más adecuado que otros como “cosmología” o “visión del mundo”.

El mundo, tal como era concebido en general en Mesoamérica y, en particular, entre los aztecas, consistía en un espacio o territorio de forma rectangular o cuadrada, cuyos límites eran los cuatro puntos cardinales y en cuyo centro se hallaba un orificio o punto de comunicación entre el inframundo y el cielo, que constituía por eso el quinto rumbo o punto cardinal. Por encima de la superficie terrestre se hallaban nueve o trece cielos: en ello las fuentes no se ponen de acuerdo, pero tampoco están de acuerdo en cuanto a la forma en que hay que contarlos, ya que si bien para unos los cielos se ordenaban sucesivamente del primero al decimotercero, de manera que este último se encontraba en el lugar más alejado de la superficie terrestre, para otras fuentes el más elevado era el séptimo, y cada cielo sería como un escalón en una pirámide, el primero de ellos en el Este, allí por donde nace el Sol, y el decimotercero en el Oeste, allí por donde se oculta y pasa al inframundo.

Los nueve inframundos se ordenarían de manera parecida, de modo que el sol en su viaje nocturno iría pasando por cada uno de los escalones de otra pirámide, ésta invertida y con sólo nueve escalones o inframundos, de los que el quinto sería el más alejado de la superficie terrestre.

Los cielos e inframundos, según el Códice Vaticano Latino 3773, formaban la siguiente secuencia de arriba abajo:

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Cielos

13º y 12º Omeyocan Lugar de la dualidad.
11º Teotl tlatlauhca Dios que está rojo.
10º Teotl cozauhca Dios que está amarillo.
9º Teotl iztacca Dios que está blanco.
8º Iztapalnacazcayan Lugar que tiene esquinas de lajas de obsidiana.
7º Ilhuicatl xoxouhca Cielo que está verde.
6º Ilhuicatl yayauhca Cielo que está negruzco.
5º Ilhuicatl mamalhacoca Cielo donde está el giro.
3º Ilhuicatl Tonatiuh Cielo del Sol.
2º Ilhuicatl Citlalicue Cielo de Citlalicue (la de la Falda de Estrellas).
1º Ilhuicatl Tlalocanihuan
Metztli Cielo de Tlalocan y la Luna.
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Inframundos

1º Tlalticpac La Tierra.
2º Apanohuayan El pasadero del agua.
3º Tepetl monanamicyan Lugar donde se encuentran los cerros.
4º Itztepetl Cerro de obsidiana.
5º Itzohecayan Lugar del viento de obsidiana.
6º Pancuecuetlacayan Lugar donde tremolan las banderas.
7º Temiminaloyan Lugar donde es muy flechada la gente.
8º Teyollocnaloyan Lugar donde son comidos los corazones de la gente.
9º Itzmictlan apochcalocan Lugar de obsidiana de los muertos. Lugar sin orificio para el humo.
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[López Austin, 1980, I: 62-63]

Aunque no ha llegado a nosotros un exagerado número de mitos de creación, son varios los que pueden mencionarse y varias las versiones con que se cuentan, según los autores que los reproducen. A continuación se mencionarán algunos de esos mitos.

Con independencia de la divinidad invisible y espiritual por excelencia conocida con los nombres de como Tloque Nahuaque (‘el dueño del cerca y del junto’), Ipalnemohuani (‘aquél por quien se vive’) o Moyocoyani (‘el que se inventa a si mismo’), el origen de todo -de los dioses y de los hombres- se halla en el Omeyocan o Tamoanchan, el 13º cielo, donde reside Ometeotl, el dios de la dualidad compuesto, por esa razón, por los dioses Ometecuhtli, Señor 2 o la dualidad con valor masculino, y Omecihuatl o Señora 2, la dualidad con valor femenino. Esta pareja creadora de la vida puede tomar, y de hecho toma, otros nombres que son a su vez parejas, entre las cuales las más importantes son las siguientes: Tonacatecuhtli-Tonacacihuatl, Señor y Señora de nuestra carne o del sustento; Citlaltonac-Citlalcueytl, Estrella resplandeciente y Faldellín de Estrellas; Tlaltecuhtli-Coatlicue, Señor de la Tierra y Señora de la Falda de Serpientes; o Mictlantecuhtli-Mictecacihuatl, Señor y Señora del lugar de los muertos, etc.

La pareja creadora, Ometecuhtli-Omecihuatl o Tonacatecuhtli-Tonacacihuatl, procreó cuatro hijos divinos, los cuatro Tezcatlipocas a que se ha aludido más arriba, relacionados con los cuatro colores y direcciones del mundo y equivalentes a otros tantos dioses. El Tezcatlipoca Rojo (del Este) era equivalente a Xipe-Totec o Mixcoatl-Camaxtle; el Tezcatlipoca Blanco (del Oeste) era Quetzalcoatl, dios del aire y de la vida; el Tezcatlipoca Negro (del Norte) era Tezcatlipoca Yaotl, espejo que humea, el enemigo; y el Tezcatlipoca Azul (del Sur) era equivalente a Huitzilopochtli, Colibrí de la izquierda o siniestro. Esos cuatro Tezcatlipocas, los hijos de Ometeotl, eran los “ministros de ese génesis dinamo de lo Intangible y son los encargados de la creación del mundo visible, palpable y mutante, así como de la hechura de una generación de fenómenos naturales y desencadenamiento de las formas de vida, deidades que a la luz deben operar como guardianes de los hombres…” (Fernández).

Una vez creados los cuatro Tezcatlipocas tuvieron que pasar seiscientos años antes de que se iniciasen otras grandes creaciones: la de Cipactli fue la creación de los dioses acuáticos: Tlalocatecuhtli y Chalchiuhtlicue, mientras Quetzalcoatl y Huitzilopochtli crearon el primer hombre, Oxomoco, y la primera mujer, Cipactonal, de los cuales descienden los macehualtin.

La llamada Leyenda de los Soles, a la que se ha aludido más arriba, representa otro mito del que se conservan varias versiones, y en el cual se explica la evolución de las sociedades humanas hasta llegar a ser lo que hoy son. Según este mito, existía desde su creación una lucha constante entre Quetzalcoatl, como dios benéfico y civilizador, y Tezcatlipoca, como dios maligno y de carácter nocturno. Este proceso de lucha constante fue dando lugar a una sucesión de épocas o soles. La primera época o Sol de Tigre presenció la ascensión de Tezcatlipoca convertido en sol. Su disfraz era una piel de tigre, semejante a las estrellas del cielo. En esta época vivieron sobre la tierra los gigantes (quinametin) que no sabían cultivar la tierra. Un día Naui Ocelotl (4 Tigre), Quetzalcoatl dio un bastonazo a Tezcatlipoca, que al caer al agua se transformó en tigre y se comió a continuación a los gigantes. Este sol duró 676 años. Durante el segundo periodo o Sol de Viento, que duró 364 años, Quetzalcoatl hizo el papel de sol hasta que fue derribado por un zarpazo de Tezcatlipoca. Entonces se levantó un gran viento que derribó los árboles e hizo que la mayor parte de los hombres perecieran, de forma que sólo quedaron algunos convertidos en monos o infrahombres. Ese cataclismo ocurrió el día Naui Ehecatl (4 Viento).

Durante el tercer periodo o Sol de Lluvia, que duró 312 años, los dioses comisionaron a Tlaloc para que hiciese de sol. El día Naui Quiahuitl (4 lluvia), Quetzalcoatl hizo que lloviese fuego, con lo cual pereció de nuevo la humanidad; los únicos hombres que sobrevivieron quedaron convertidos en guajolotes. Al comenzar el cuarto sol o Sol de Agua, que duraría 676 años, Quetzalcoatl encargó a Chalchiuhtlicue que hiciese de sol. Fue entonces Tezcatlipoca quien hizo caer un diluvio que inundó toda la tierra y acabó con los hombres, que se convertirían en peces un día Naui Atl (4 agua). Tezcatlipoca y Quetzalcoatl levantaron la tierra, pero el último sol había desaparecido en esa catástrofe.

El quinto sol es aquél en el cual los aztecas consideraban que vivían. En su comienzo y para determinar quién iba a ser el sol, se reunieron todos los dioses en Teotihuacan. Uno de ellos se sacrificaría para convertirse en sol. Había dos candidatos: uno rico y otro pobre; el rico y poderoso “se preparó ofreciendo al padre de los dioses bolas de copal y liquidámbar y en vez de espinas de maguey, tintas en su propia sangre, ofrecía espinas hechas de preciosos corales. El otro dios, pobre y enfermo, no podía ofrecer más que bolas de heno y las espinas de maguey teñidas con sangre de su sacrificio” (Caso).

Después de que durante cuatro días los candidatos ayunaran e hicieran sacrificios, al quinto día todos los dioses se colocaron en dos filas, al final de las cuales se hallaba el brasero sagrado donde habían de arrojarse los candidatos para convertirse en sol. El dios rico y poderoso lo intentó tres veces sin que ninguna venciese el temor que le impedía arrojarse al brasero. Luego se arrojó el dios pobre y, por envidia y pundonor, lo hizo a continuación el rico. Así nacieron el Sol y la Luna, la cual brillaba tanto como aquél. Los dioses, indignados, por su atrevimiento, le golpearon el rostro con un conejo y le dejaron marcado con manchas. El sol entonces estaba inmóvil. Para que iniciase su movimiento pidió el sacrificio de los otros dioses y, como éstos se resistían, los mató a todos y los convirtió en estrellas. Se supone que este quinto sol habrá de terminar un día Naui Ollin (4 Movimiento), también debido a una catástrofe semejante a las anteriores, aunque causada esta vez por terremotos.

Los aztecas creían que tal catástrofe podía producirse al final de un periodo de 52 años. Por ello, para evitar la llegada de dicho final, la noche en cuestión se apagaban todos los fuegos sagrados de los templos y los hogares, y los sacerdotes, seguidos por el pueblo, iban en procesión hasta el Cerro de la Estrella, donde esperaban hasta la media noche de ese día. Cuando pasaba el cenit la estrella Aldebarán o las Cabrillas, sabían ya que amanecería un nuevo día. Se encendía entonces el Fuego Nuevo, que se repartía por todos los templos y hogares y que duraría otros 52 años.

Según otro mito reproducido por Mendieta, Quetzalcoatl fue responsable de la creación del hombre, ya que descendió al mundo subterráneo o Mictlan y recogió allí los huesos de las generaciones pasadas, para regarlos después con su propia sangre y hacer surgir al hombre presente.

El más allá entre los aztecas no era un solo cielo o un solo infierno, sino varios lugares sagrados con distinta ubicación destinados a distintos tipos de muertos. La mayor parte de los muertos iban al Mictlan, el inframundo dominado por Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl. Para llegar al Mictlan, “tenía que pasar por un caudaloso río, el Chignahuapan, que es la primera prueba a la que les someten los dioses infernales. Por eso se entierra con el muerto el cadáver de un perro de color leonado, para que ayude a su amo a cruzar el río. El alma tiene que pasar después entre dos montañas que se juntan, en tercer lugar por una montaña de obsidiana; en cuarto lugar por donde sopla un viento helado que corta como si llevara navajas de obsidiana; después, por donde tremolan las banderas; el sexto es un lugar en que se flecha; en el séptimo infierno están las fieras que comen los corazones; en el octavo se pasa por estrechos lugares entre piedras; y en el noveno y último, el Chignahumictlan, descansan o desaparecen las almas (Caso).

Tonatiuh dominaba en dos cielos o paraísos, el oriental llamado Tonatiuhchan y el occidental llamado Cincalco. El Tonatiuhchan o casa del sol era el refugio de los guerreros muertos en combate, o de aquéllos que habiendo sido capturados eran sacrificados en el techcatl o piedra de los sacrificios; el Cincalco o casa del maíz era el paraíso de las mujeres muertas en el parto que, a esos efectos, era considerado como un combate en el que el niño vendría a ser una especie de prisionero. Los guerreros acompañaban a Tonatiuh hasta el cenit, mientras las mujeres lo hacían desde el cenit hasta el ocaso.

El Tlalocan, o paraíso de Tlaloc, situado hacia el sur, era el lugar reservado para los que morían ahogados o por causa del rayo, la lepra o alguna otra enfermedad a la que se consideraba relacionada con los dioses del agua. Era un lugar en el que la gente bailaba y cantaba, y era eternamente feliz.

Aunque el Tamoanchan, ‘el lugar de nuestro origen’, que se confunde con el Omeyocan, ‘lugar de la dualidad’, es todo lo contrario que los paraísos mencionados, ya que es de donde se procede y no a donde se va; sin embargo, puede ser considerado como un cielo, al menos temporal, para los que mueren niños, ya que en ese caso regresan al lugar de donde proceden, donde se yergue el Chichihuacuauhco o árbol nodriza, que en lugar de frutos tiene innumerables tetas de las que mana la leche para alimentar a las almas antes de nacer, o a estos niños regresados antes de que vuelvan a nacer.

El Panteón

Según se ha comentado más arriba, el sistema religioso azteca representa el más absoluto triunfo del politeísmo, por lo que sería prácticamente imposible que mencionásemos siquiera algunos de los centenares o incluso millares de divinidades de ese panteón. A continuación se mencionarán algunas de las más destacadas y se citarán algunos grupos de divinidades especialmente relevantes en aquel inmenso conjunto.

Aunque fue muy probablemente el último en incorporarse al panteón, Huitzilopochtli es tal vez el dios azteca más importante y una de las dos divinidades a las que estaba dedicado el Templo Mayor de México-Tenochtitlan. Su nombre significaba, al parecer, ‘colibrí de la izquierda’ o ‘precioso izquierdero’, en alusión al sol del cielo azul o diurno que, en su marcha de Oriente a Poniente, deja a su izquierda la parcela del mundo sobre la que reinaba; al mismo tiempo, alude al carácter guerrero de este dios, ya que el colibrí, como otros pájaros, representaba a las almas de los guerreros muertos en la batalla, que acompañaban al sol desde el amanecer hasta el cenit.

Huitzilopochtli era la contraparte de Tezcatlipoca, de modo que si el primero era el dios del cielo azul, el sol diurno, el segundo era el sol “que está empañado por el humo de la noche”. Garibay llega a afirmar que Huitzilopochtli “es solamente una faz del otro. El misterio se muestra en forma doble. Un dios de la faz oscura, un dios de la faz clara. Para el día Huitzilopochtli; para la noche Tezcatlipoca. Ambas un mismo sol”. Por otra parte, y desde una perspectiva de carácter histórico, “el gran dilema que se planteaba a los mexicas era precisamente el de decidirse en favor de Huitzilopochtli o de Tezcatlipoca para que uno u otro polarizasen la evolución religiosa en sentido monolátrico camino del monoteísmo. Para los mexicas en plena euforia triunfal, Tezcatlipoca -aunque reverenciado y temido- cada día perdía terreno ante el ímpetu juvenil de Huitzilopochtli” (Jiménez Moreno, 1971).

La iconografía de Huitzilopochtli es corta y, en general, muy pobre y de poca calidad. No hay ni una sola escultura de bulto que lo represente; los relieves son muy escasos: el del Teocalli de la Guerra Sagrada es, quizás, el único; hay una sola pintura mural, la identificada por Alfonso Caso en Tulum (Caso, 1971), y las restantes representaciones se encuentran en los códices: Telleriano-Remensis, Fejérvary-Mayer, Tudela y Florentino (véase Códices prehispánicos). Sin embargo, la descripción de sus atuendos que hacen los informantes de Sahagún es sumamente precisa: “En la cabeza tiene puesto un gorro de plumas amarillas de guacamaya, con su penacho de Quetzal, en la frente su soplo de sangre, en el rostro, sobre la faz, tiene rayas, sus orejeras de pájaro azul, su doble: una serpiente turquesa (Xiuhcoatl), su amecuyotl lo va cargando en la espalda, en su mano una bandera de plumas de Quetzal. Están atadas sus caderas con mallas azules, sus piernas de color azul claro. Campanillas, cascabeles hay en sus piernas, sus sandalias de príncipe. Su escudo, un tehuehuelli (rodela pequeña), un haz de flechas de rastrillo sobre el escudo, su bastón de serpientes erguido en una mano”.

Pese a lo minucioso de la descripción de la indumentaria de Huitzilopochtli, lo más característico de esa indumentaria es lo que se refiere a las diversas capas de plumería de aves diferentes y de colores igualmente distintos, en los que el simbolismo alude a las diversas direcciones del mundo. Así, se pueden mencionar hasta siete capas de plumas.
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Tipo de capa Plumas de Color Rumbo
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tozquemitl ———- amarillo Este
xiuhtotoquemitl azulejo azul Sur
quetzalquemitl quetzal verde Norte
huitzitzilquemitl colibrí irisado Oeste
tlauhquecholquemitl guacamaya rojo Este
aztaquemitl garza blanco Oeste
tzanaquemitl tordo negro Norte
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Fuente: Garibay, en Sahagún, 1958: 34-35.
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Quizás lo más sobresaliente de Huitzilopochtli sea el mito de su nacimiento. Concebido por Coatlicue de manera milagrosa mediante una bola de plumón caído del cielo, ese embarazo provocó la ira de los hijos de la diosa de la Tierra, Coyolxauhqui, la Luna y los Centzon Huitznahua, ‘los cuatrocientos sureños’ o ‘los innumerables sureños’, quienes se disponían a matar a su madre por aquella afrenta. Pero Huitzilopochtli, que mientras crecía en el vientre de su madre había sido informado de la marcha de sus hermanos por un traidor de ellos llamado Árbol enhiesto, vino a nacer, armado de todas sus armas y atavíos, justo a tiempo para destruir a los que pretendían asesinar a su madre: mató y descuartizó a Coyolxauhqui “y persiguió a los cuatrocientos sureños, los fue acorralando [y] los hizo dispersarse”. Eso sucedió un año 1 Tecpatl, en la cumbre de Coatepec, la montaña de la serpiente.

Este mito ha sido interpretado de maneras muy diferentes. La más común de estas interpretaciones es la de Seler y sus discípulos, quienes suponen que Huitzilopochtli es el sol, que destruye al amanecer a la luna y las estrellas. Sin embargo, para Jiménez Moreno, Yolotl González, Rudolf van Zantwijk y otros, la interpretación del mito debe ser de carácter histórico, lo que en opinión de J. Alcina tiene poca consistencia.

Aún cabe otra interpretación si pensamos que la muerte de Coyolxauhqui y los Centzon Huitznahua representa la institucionalización del sacrificio humano mediante la extracción del corazón, al tiempo que ese sacrificio se enfocaba en el sentido de considerar que la sangre de los sacrificados, el agua preciosa, era el único manjar capaz de aplacar las iras de los dioses y, en especial, de Huitzilopochtli, quien, como responsable del Quinto Sol, Naui Ollin, impediría así que el mundo se acabase. La idea de que los sacrificios sangrientos servían para mantener el Quinto Sol se introdujo probablemente en época de Itzcoatl y de Tlacaelel, los cuales debieron construir una historia que demostrara a todos los pueblos del valle de México que la tribu azteca era el pueblo elegido por su dios, Huitzilopochtli. Los sacrificios, por otra parte, requerían víctimas -prisioneros-, hecho que obligaba a sacralizar la guerra, lo que tuvo una gran importancia en la cultura azteca. Todo ello, en definitiva, perseguía infundir el terror entre todos los pueblos vecinos de los aztecas, en el valle y fuera de él, a los que inexorable y sucesivamente irían incorporando al Imperio. De acuerdo con esta tesis, el planteamiento sería originalmente político y a él se añadiría una instrumentalización historiográfica adecuada, la cual reflejaría un esquema mítico congruente para justificar el predominio azteca o mexica, de tal manera que el dios sería, de acuerdo con esa historiografía inventada a posteriori, un héroe divinizado.

Tan importante como el dios tribal Huitzilopochtli y en algún sentido más importante que el dios patrono de los aztecas era, según se ha dicho, Tezcatlipoca, el sol nocturno que se oponía a aquél como sol diurno; dios septentrional frente al dios meridional. “Originalmente significa el cielo nocturno y está conectado por eso con todos los dioses estelares, con la Luna y con aquéllos que significan muerte, maldad o destrucción. Es el patrono de los hechiceros y de los salteadores, pero al mismo tiempo es el eternamente joven, el Telpochtli que no envejece nunca, y Yaotl, el enemigo, el patrono de los guerreros, por lo que se encuentra conectado con Huitzilopochtli” (Caso, 1971).

El nombre y uno de sus signos principales significa ‘espejo humeante’, lo que podría aludir a un tizne de reflejos metálicos (tezcapoctli). En muchas representaciones, el signo de espejo humeante aparece adornando su sien y también en el lugar del pie de que carece. Como dios celeste de la noche representa especialmente a la Osa Mayor. Su cojera podría deberse al hecho de que, en las regiones más meridionales de México, la Osa Mayor ha perdido una estrella que se comió el Monstruo de la Tierra. También en función de su carácter de divinidad del cielo nocturno está relacionado con la Luna y las estrellas.

Otra de sus principales características es la de ser un guerrero joven. Como dios juvenil por excelencia, encarna también la belleza de la juventud y con ese carácter protagoniza un mito de carácter casi universal: como tal guerrero juvenil rapta a Xochiquetzal, la diosa de las flores y del amor, de extraordinaria belleza, que en el mito se halla casada con el viejo Tlaloc. Como tal mancebo guerrero, presidía el Telpochcalli, la escuela de los jóvenes guerreros macehualtin, y como tal también llevaba cortado el pelo a dos alturas diferentes (tzotzocolli); exhibía el adorno de plumas de garza (aztaxelli), el escudo o chimalli, el atlatl o lanzadardos y los dardos de tlacochtli, características todas de su condición de guerrero.

El cuchillo de pedernal o de obsidiana es su fetiche y por ello recibe el nombre de Tecpatl o Iztli; con el nombre de Iztlacoliuhqui, ‘el cuchillo curvo de pedernal’, es el señor del frío y del hielo. Se le representa en ocasiones como Tepeyolohtli, disfrazado con la piel de jaguar que es ‘el corazón del monte’.

Como patrono de los hechiceros, es una divinidad que se muestra con una figura humana muy atractiva, portador del xonecuilli y utilizando un lenguaje seductor pero engañoso; a tal característica se refiere el nombre de Necoc Yao Monenequi, ‘fingidor’ o ‘hipócrita’, o bien Necocyaotl, ‘el enemigo de dos caras’. En el mito de Quetzalcoatl, Tezcatlipoca y otros nigromantes en los que se transforma, como Ilhuimecatl, tientan y engañan al dios Quetzalcoatl y causan su perdición. De algún modo, pues, Quetzalcoatl y Tezcatlipoca son opuestos u oponentes, al igual que Tezcatlipoca y Huitzilopochtli, pero esta oposición de la que se tratará más adelante es de carácter moral y, en cierto sentido, tiene un carácter histórico.

Quetzalcoatl es una de las divinidades más complejas y de mayor influencia del panteón mesoamericano. Es indudable que se trata de uno de los dioses más antiguos de ese panteón, ya que como Serpiente emplumada aparece, al menos, desde la época clásica de Teotihuacan. En ese sentido, en la época tolteca, Quetzalcoatl pudo representar una religión o un culto antiguo y Tezcatlipoca una nueva religión que trataba de desplazar a la del anterior. Al mismo tiempo, Quetzalcoatl era representado como un personaje barbado, no porque fuese un obispo irlandés o mucho menos Santo Tomás, como algunos quieren, sino porque la barba es un signo de ancianidad, de respeto y, por lo tanto, de santidad.

Aunque es un dios de múltiples advocaciones, se le suele representar en los códices pintado de negro, como es propio de sacerdotes, ya que Quetzalcoatl es un sacerdote que se autosacrifica con espinas de maguey o punzones de hueso; lleva en una mano el sahumador con mango en forma de serpiente y una bolsa de copal; suele llevar sobre la boca una máscara que representa un pico de ave que lo caracteriza como Ehecatl, o dios del viento; lleva un gorro cónico de piel de tigre (ocelocopilli); el peto se halla orlado de caracoles y su pectoral está formado por el corte transversal de un gran caracol marino, el ehecailacacozcatl, o pectoral de viento; lleva una orejera de turquesa de la que cuelga una borla roja y un objeto que se conoce como epcololli, o ‘concha torcida'; en la nuca lleva un penacho de plumas rojas de guacamaya y negras de cuervo.

Entre las numerosas advocaciones y sentidos de esta divinidad, una de las más importantes es la que hace de él, junto con su hermano gemelo Xolotl, el planeta Venus. Su mismo nombre puede ser traducido como ‘gemelo precioso’, ya que coatl significa también ‘hermano gemelo’. De ese modo, el planeta Venus sería al amanecer Quetzalcoatl y al atardecer Xolotl. Como Tlahuizcalpantecuhtli, representaría a ambos dioses al mismo tiempo, con rostro humano vivo y en forma de calavera. En algunas versiones del mito según el cual Quetzalcoatl crea la nueva humanidad robando los huesos antiguos a Mictlantecuhtli, son los dos hermanos, Quetzalcoatl y Xolotl, los que, tras el atardecer, van juntos al inframundo. “Emprenden el viaje los dos hermanos gemelos y llegan al mundo subterráneo para hacer la súplica ante Mictlantecuhtli, a quien solicitan les entregue los huesos; pero conociendo Quetzalcoatl, como dice el cronista, que el dios de los muertos es doblado y caviloso, en cuanto recibe los huesos arranca a correr. Ofendido Mictlantecuhtli de que así se vaya huyendo, echa a correr detrás de él persiguiéndolo y ordena a las codornices que lo ataquen. Resbala el dios en su huida, al ser atacado por las aves y al caer rompe los huesos y apenas tiene tiempo de recoger los fragmentos y salir con ellos del infierno. Discuten enseguida los dos hermanos, y, a pesar de que el negocio no salió tan perfecto como hubieran deseado, se sacrifica Quetzalcoatl sobre los huesos y al regarlos con su sangre da origen a la nueva humanidad. Pero como los fragmentos son de distinto tamaño, así son los hombres y las mujeres que hay en el mundo y las codornices por su osadía de haber perseguido al dios serán sacrificadas y con su sangre se regarán los altares de sacrificios, pues fueron colaboradoras del dios infernal y trataron de impedir que el héroe cumpliera su misión”. (Caso, 1971).

El hecho de que Quetzalcoatl fuera el dios creador de la nueva humanidad le situó en una situación paternal en su relación con los hombres, porque tras su creación, mediante el autosacrificio, volvió a actuar como Prometeo al robar el maíz que guardaban las hormigas en el cerro, transformándose él mismo en hormiga. Pero además, Quetzalcoatl enseñó a los hombres a pulir el jade y otras piedras finas, a tejer el algodón milagroso, a fabricar los mosaicos de plumas, a medir el tiempo y a observar el firmamento, a hacer el calendario e inventar las ceremonias y fijar los días para las oraciones y los sacrificios. En definitiva, Quetzalcoatl fue el dios civilizador por excelencia, lo que le transformó en un ser benéfico, bondadoso y que representaba la santidad.

Por eso su oposición a Tezcatlipoca, como patrono de los hechiceros, llegó a ser una oposición moral, de modo que Quetzalcoatl representaba el bien y Tezcatlipoca el mal. Esa es la impresión que proporciona el mito de las tentaciones y huida de Quetzalcoatl de Tula, cuando Tezcatlipoca, Ilhuimecatl y Toltecatl pervierten al sacerdote por excelencia haciéndole beber pulque, obligándole a mantener relaciones sexuales con su hermana, Quetzalpetlatl, llenándole de vanidad, etc. Tras lo cual dice el poeta:

“Y no bajaron ya nunca
al baño ritual del río,
ni tampoco se punzaron con espinas
ni nada hicieron cuando la aurora aparece
Y cuando amaneció el día, se llenaron de tristeza
se sintió desolado su corazón”.

La culminación de la labor de Tezcatlipoca, el triunfo del mal, se produjo con la autoinmolación de Quetzalcoatl, que se quemó y se transformó en el lucero del alba, en el planeta Venus que vuelve a lucir cada día. De ese mito deriva, por una parte, la emigración de Quetzalcoatl como Kukulkán y sus seguidores a tierras de Veracuz, Tabasco y Yucatán, y también la leyenda de su regreso, lo que contribuiría a que la llegada de Hernán Cortés y su hueste un año Ce Acatl a la región de Veracruz impresionase de tal manera a Moctezuma Xocoyotzin que, muy probablemente, sirvió para vencer moralmente la resistencia de los aztecas antes de que los españoles llegasen al valle de México.

Por último, hay que decir que puesto que Quetzalcoatl era al mismo tiempo un dios y un hombre llamado Ce Acatl Topiltzin, nunca se podrá saber si fue divinización del hombre o bien un sacerdote de la religión de Quetzalcoatl. En cualquier caso, no se puede dudar de la importancia de esta divinidad no sólo en Mesoamérica, sino incluso más allá de sus fronteras. Los tzeltales de Chiapas lo conocían con el nombre de Cuchulchán; los mayas de Yucatán lo llamaron Kukulkán; los quichés le dieron el nombre de Gucumatz, y en Nicaragua hay representaciones que podrían atribuírsele llevadas hasta allí con toda seguridad por los pipiles. Algunos autores suponen que Bochica, en Colombia, al igual que otras divinidades del suroeste de Estados Unidos y del área del Mississippi, derivan también del concepto de Quetzalcoatl.

Debe plantearse con más detalle la caracterización de al menos otro de los grandes dioses del panteón azteca; se trata de Tlaloc, uno de los dioses de mayor influencia, repercusión y presencia en toda Mesoamérica. Es bien sabido que Tlaloc es uno de los dioses más antiguos del panteón mesoamericano; de origen quizá preclásico, su máximo desarrollo se produjo en el periodo Clásico, en Teotihuacan, pero su importancia no decreció en el momento del imperio azteca, ya que en el Templo Mayor de Tenochtitlan presidía el culto junto con Huitzilopochtli, el dios tribal, e incluso se puede presumir, a juzgar por las ofrendas descubiertas, que su importancia relativa era incluso mayor que la del dios de los aztecas.

Tlaloc estaba presente entre los mayas con el nombre específico de Chac, mientras que entre los totonacas era conocido como Tajín; los mixtecos lo adoraban con el nombre de Tzahui, y los zapotecas con el de Cocijo. Su imagen aparece, en realidad, en todo el territorio mesoamericano.

Tradicionalmente, siguiendo la definición que de él hicieron los cronistas de la primera época, se ha considerado a Tlaloc como dios de las lluvias y del rayo y, por lo tanto, como el dios más importante de la agricultura, de las cosechas y de los fenómenos atmosféricos que influían en los cultivos. Ello no es extraño si tenemos en cuenta que todas las altas culturas de Mesoamérica tenían su base económica en la agricultura. Sin embargo, algunos autores como E. Pasztory y C. Klein, estudiando básicamente las representaciones de Tlaloc en códices, esculturas y relieves, han puesto de manifiesto recientemente una dualidad interna en este dios: Tlaloc A sería el que tradicionalmente conocemos como dios de la lluvia, mientras Tlaloc B sería una divinidad relacionada con el mundo terrestre y otros elementos simbólicos de carácter nocturno, y estaría en asociación con el sol nocturno, es decir, con el sol a su paso por el inframundo. Todo ello abre nuevas perspectivas, especialmente en la relación de esta divinidad con Coatlicue y Tlaltecuhtli y, en general, con todo lo que simboliza el inframundo.

De otra parte, la díada agua-tierra no debe entenderse como una oposición, sino más bien como un par de conceptos estrechamente relacionados. El agua de las lluvias se almacenaba en las cuevas situadas en el interior o en la base de las montañas, de modo que los manantiales venían a ser la afloración de esas aguas terrestres. La representación en los códices de los cerros muestra con toda claridad este concepto. No es extraño, por eso, que algunos de los santuarios más importantes dedicados a Tlaloc se hallen en la cima de las montañas.

Aunque el beneficio de las aguas para la agricultura puede inducir a pensar que Tlaloc es, por esa razón, una divinidad benéfica, no hay que olvidar que el clima del altiplano mexicano divide el año en dos épocas: tonalco o época seca y xupan o época de lluvias, lo que acarrea en ambos casos catástrofes como sequías o inundaciones; es lógico, por ello, considerar que los sacrificios humanos a Tlaloc eran tan abundantes como a cualquier otro dios aparentemente malévolo en mayor medida.

Iconográficamente, Tlaloc es una de las divinidades más fáciles de identificar: sus ojos rodeados por dos aros -especie de anteojos- formados por dos serpientes entrelazadas; su boca que, vista de frente, aparenta ser un mostacho, aunque en realidad se trata también de las fauces de una serpiente; y el color azul celeste que identifica a la divinidad en conjunto son los rasgos más comunes. Naturalmente, en las representaciones que aparecen frecuentemente en los códices se añade una larga serie de detalles que vienen a completar la identificación del dios: abanico de papel plegado en la nuca, el quetzalmiahuayo o ‘espiga preciosa’, etc.

Aunque resulta siempre problemático decir qué dioses del inmenso panteón azteca son los más importantes, es indudable que los cuatro mencionados hasta ahora -Huitzilopochtli, Tezcatlipoca, Quetzalcoatl y Tlaloc- se cuentan entre ellos. Algunos de los restantes se considerarán a continuación, pero agrupados por afinidades.

Una de las parejas más importantes en el panteón mexica es la formada por Coatlicue y Tlaltecuhtli, valores femenino y masculino atribuidos a la tierra, o Monstruo de la tierra, en los que apreciamos significados que relacionan a ambos dioses con el origen de la vida, la paternidad-maternidad de dioses y hombres, con el parto y al mismo tiempo con la vuelta al inframundo, con la muerte, etc. Aunque es imposible definir aquí las mutuas relaciones, hay que mencionar como dioses o diosas emparentadas, las siguientes: Toci, nuestra abuela; Teteo inan, madre de los dioses; Tonantzin, nuestra madrecita; Cihuacoatl, mujer culebra; Tlazolteotl, diosa del placer sexual y diosa de las inmundicias; Xochiquetzal, diosa del amor y de la belleza juvenil, flor preciosa; Yaocihuatl, mujer guerrera; Temazcalteci, diosa del baño de vapor y patrona de las comadronas, etc. Cómo se relaciona el amor con el sexo, el embarazo y el parto, el nacimiento de dioses y hombres, la fecundación de los campos, el baño de vapor o temazcal, la purificación, etc. es algo que resulta difícil de sintetizar, pero que da cuenta de la relación entre el Tamoanchan, la vida terrestre y el más allá, ya sea en el Tlalocan, el Mictlan o cualquier otro de los mundos de ultratumba o cielos de los aztecas.

Tlaltecuhtli es el dios que incorpora al inframundo a todos aquellos que murieron en condiciones “normales” y que por lo tanto tienen como destino el Mictlan; este dios tiene características iconográficas que lo relacionan con Coatlicue, aunque casi siempre se representa con un rostro de cuya boca emerge o en cuya boca se introduce un cuchillo sagrado (tecpatl) que podría ser un símbolo de sacrificio y muerte, pero quizá también podría representar el falo generador, originador -1 Tecpatl-, fecundador de la tierra. La Coatlicue del Metro, una pieza escultórica ya famosa, y la Piedra del Sol o Calendario Azteca, al igual que innumerables relieves generalmente situados en la base de otras esculturas, serían representaciones de este Tlaltecuhtli, siempre enfrentado con el inframundo o emergiendo de él.

Si Tlaloc es la divinidad de las aguas, Ehecatl lo es del viento y Coatlicue-Tlaltecuhtli de la Tierra, el Fuego tiene por dios a Huehueteotl-Xiuhtecuhtli. Como Huehueteotl, ‘dios viejo’ o ‘dios del tiempo’, es uno de los más antiguos dioses del panteón mesoamericano, ya que tenemos representaciones que se remontan al periodo Preclásico del valle de México y desde luego son muy abundantes en la etapa teotihuacana. Se trata de ancianos esqueléticos y arrugados, inclinados y que llevan sobre la cabeza o la espalda un brasero o tlecuil, lo que les hace ser también dioses del centro, en tanto que el fuego, el hogar, se hallaba en el centro de la casa.

Como dios del fuego propiamente dicho, se le conoce como Xiuhtecuhtli, que se traduce como ‘Señor turquesa’, ‘Señor de la hierba’ o ‘Señor del año’. Su disfraz o nahual es la Xiuhcoatl, o sea la serpiente de fuego, que lleva una especie de cuerno con la representación de siete estrellas sobre la nariz. Con esta arma destruyó Huitzilopochtli a Coyolxauhqui en el mito de su nacimiento. Son esas también las serpientes que rodean a la Piedra del Sol o Calendario azteca y también son las dos serpientes que se hallan a ambos lados de la pirámide de Tenayuca.

Hay una representación de este dios que muestra a un personaje sentado en cuclillas y con los brazos unidos sobre las rodillas, que aparentemente sólo tiene dos dientes y del que existen un gran número de ejemplares hallados en su mayor parte en el Templo Mayor. Interpretada esta figura como Xiuhtecuhtli por Matos, en opinión de Nicholson podría ser Tepeyollotl, dios jaguar relacionado con la noche, las montañas y las cuevas.

Además de los dioses celestes ya citados hay que mencionar a Tonatiuh, el sol diurno por excelencia, al que se considera como un águila, unas veces ascendente -Cuauhtlehuanitl- otras veces descendente -Cuauhtemoc- y al cual se representa a veces como un disco calendárico en el que las fechas de los cuatro soles anteriores son hitos importantes de su propia historia, que es la historia de las sucesivas humanidades. Así es como se halla representado en la famosa Piedra del Sol, aunque hoy algunos autores suponen que el rostro central de este relieve no representa a Tonatiuh sino a Tlaltecuhtli.

Como dioses celestes hay que mencionar también a Metztli o Coyolxauhqui, la Luna, cuyo animal representativo es el tigre y a la que otras veces se representa en forma semejante al disco solar, en cuyo centro se halla un hueso retorcido o un conejo, lo que alude al castigo que le propinaron los dioses por su osadía al alumbrar con tanta intensidad como el sol. Las estrellas se hallan divinizadas en conjunto como los innumerables dioses del Norte o del Sur. Los planetas son conocidos, igualmente, con el nombre genérico de Tzontemoc o ‘los que caen de cabeza’, ya que se ocultan en el horizonte de manera diferente a como lo hacen las estrellas.

Entre los dioses de la agricultura, del agua y de la vegetación, además de Tlaloc (al que ya se ha hecho referencia9, hay que mencionar a Chalchiuhtlicue, ‘la del faldellín de jade’ que, al ser unas veces esposa y otras hermana de Tlaloc, lleva adornos de papel pintados de azul y en la cabeza una banda azul y blanca terminada en dos grandes borlas o bucles a ambos lados del rostro. Chicomecoatl o ‘Siete Serpiente’ es, sin embargo, la diosa más importante de este grupo. Se representa con el cuerpo y el rostro pintados de rojo, llevando una mitra con rosetones de papel en la cabeza y una doble mazorca de maíz en las manos.

Otros dioses relacionados con la vegetación y la fecundidad de la tierra eran Cinteotl, que viene a ser como el maíz deificado y que está íntimamente relacionado con Xochipilli, el príncipe de las flores, dios del baile, las flores y el amor; Xilonen, que era la tierna espiga del maíz; Xochiquetzal, diosa del amor, de la belleza y de las flores, patrona de las labores domésticas y de las prostitutas que vivían con los jóvenes guerreros; Macuilxochitl, posiblemente el nombre calendárico de Xochipilli; Mayahuel, diosa del maguey con el que se hace el pulque u octli, y la cual alimenta con sus pechos a sus innumerables hijos, los Centzon Totochtin, o dioses de la embriaguez; Xipe Totec, ‘nuestro señor el desollado’, dios de la primavera y los joyeros, en cuyo culto se incluía el desollamiento de un esclavo cuya piel servía de vestido ceremonial al sacerdote, etc.

Ceremonialismo: las fiestas

El año solar estaba dividido en 18 meses de 20 días, más cinco días complementarios llamados aciagos; al no contar con el corrector año bisiesto, el error acumulado -un día cada cuatro años- fue alejando la realidad climática de la cuenta de los años. Varias soluciones propuestas no satisfactorias no impiden asegurar que los aztecas tenían algún sistema corrector, ya que la correlación entre los meses o veintenas, la realidad ambiental y las fiestas que se celebraban en cada veintena era perfecta.

La asociación de las estaciones del año con los puntos cardinales -contraria a la costumbre europea que identifica el mediodía con el sur- hacía que, en México, el norte se asociara “con el solsticio de verano, el día en que el sol sale por el punto más septentrional y en que alcanza la posición más al norte del cenit, mientras que el sur se asocia al solsticio de invierno, el día en que el sol sale por el punto más meridional y está más bajo y hacia el sur al mediodía. Los equinoccios de primavera y otoño se relacionan entonces con los puntos este y oeste. Las estaciones del año se definen a base de los cambios graduales en el punto de la salida del sol. Después del solsticio de invierno, cuando el sol sale por el punto más meridional, el sol va saliendo cada vez más al norte hasta llegar al punto intermedio o equinoccial. Durante la primavera el sol continua saliendo cada vez más hacia el norte, hasta llegar al solsticio de verano. Desde ese momento, durante el verano, el sol retrocede en su salida hacia el equinoccio. A partir del equinoccio de otoño su salida sigue cada vez más al sur, hasta llegar a la posición más meridional en el solsticio de invierno”. (Carrasco, 1977).

Los 18 meses o veintenas se distribuían siguiendo ese mismo orden contrario a la marcha de las agujas del reloj, situándose cinco veintenas en el invierno (Este), cuatro en la primavera (Norte), cinco en el verano (Oeste) y cuatro en el otoño (Sur). “Se pueden identificar tres ciclos principales en las fiestas del año mexicano. Primero, el referente a los dioses celestes: los cuatro Tezcatlipocas creadores, junto con el sol y su séquito de guerreros y mujeres. Otro, el de las deidades del Tlalocan representantes del agua, la lluvia y los mantenimientos. En tercer lugar, el de los dioses del inframundo que incluye a los muertos y Mictlantecuhtli, así como a Cihuacoatl-Ilamatecuhtli, al dios de los mercaderes Yacatecuhtli y al dios del fuego. Cada uno de estos ciclos tiene un grupo de fiestas principales en cada una de las partes del año”. (Carrasco, 1977).

Sacrificios humanos

Muchos de los festivales mensuales incluían sacrificios de hombres, mujeres y niños como práctica común, y fue éste precisamente uno de los motivos de mayor repulsión por parte de los conquistadores españoles. El estudio de tales sacrificios ha dado origen a numerosas teorías que tratan de explicarlo.

La mayor parte de los autores, como Eduardo Seler, Alfonso Caso e, incluso, Miguel León-Portilla consideran el sacrificio humano, y en especial la ofrenda de su sangre y su corazón, como la necesidad exigida por los dioses para su propia alimentación y sostenimiento. El corazón y la sangre representan la energía vital y, por lo tanto, su ingestión por parte de los dioses significa el mantenimiento y aumento energético y vital de los dioses en general.

Para León-Portilla, la necesidad fundamental era la de alimentar al sol diurno, Huitzilopochtli, en manos del cual se hallaba el Quinto Sol que amenazaba concluir mediante terrible cataclismo -terremotos- salvo que se le alimentase con el agua preciosa, la sangre de las víctimas humanas. Estas ideas habrían sido introducidas y desarrolladas por Tlacaelel (véase el apartado “Las reformas de Tlacaelel” en la voz Cultura azteca: historia) hasta conformar una ideología que justificaba la guerra y el sacrificio humano.

Para Laurette Séjourné, el sacrificio humano fue un instrumento de conquista, ya que todos los pueblos del entorno azteca que finalmente cayeron bajo su dominación fueron aterrorizados por esta práctica basada en la obtención de prisioneros. Otros autores, como Sherburne F. Cook, consideran que esta práctica, especialmente cuando fue aplicada masivamente, permitió hacer un correctivo del crecimiento de la población en el valle de México. Finalmente, para Michael Harner, el canibalismo ritual, consecuencia de los sacrificios humanos, sirvió tanto para corregir el necesario equilibrio demográfico como para obtener proteínas animales de las que carecía la población del área central de México (González Torres, 1985).

Aunque algunas de las tesis defendidas por los autores mencionados pueden servir de base para entender mejor esta práctica ritual, especialmente al entender cuestiones que afectan a la ideología y al comportamiento político, es indudable que en casi todas ellas se olvida el contexto religioso en el que se produce este ritual. Como dice Pedro Carrasco, “los sacrificios humanos […] se hacen comprensibles a base de las ideas sobre el destino de los muertos. Todos los muertos se convierten en dioses (teteo) según la concepción nahuatl. El nombre teteo se aplica a los muertos que van al Mictlan o infierno; las mujeres muertas en el parto son las diosas (cihuateteo) y el cautivo sacrificado es el dios cautivo (malteotl). La manera de tratar durante las ceremonias a la futura víctima del sacrificio y la manera de darle muerte indican claramente que se la identifica con la deidad a la cual se le sacrifica, o que se va a sumar a la hueste de dioses menores dependientes de esa deidad” (Carrasco).

Se conocían varios procedimientos para verificar el sacrificio. El más común consistía en colocar a la víctima sobre el altar de los sacrificios o techcatl, sujeta por cuatro sacerdotes, mientras un quinto se encargaba de abrir el pecho a la víctima y arrancar el corazón que ofrecía a los dioses. En otras ocasiones, el sacrificado era atado a una especie de marco de madera, lugar en el que era flechado hasta morir. Con ocasión de las fiestas de Xipe Totec, o de la diosa de la Tierra, se desollaba a la víctima y el sacerdote se vestía con la piel de aquélla. “El sacrificio gladiatorio sólo se hacía con aquellos prisioneros que se habían distinguido por su valor. Consistía en un verdadero desafío entre el capitán prisionero y varios guerreros aztecas de los más destacados, puesto que dos eran caballeros águilas y los otros dos caballeros tigres. Sin embargo, la pelea no era igual, porque el cautivo estaba amarrado y sólo tenía para defenderse una espada de madera, pero sin navajas de obsidiana en los filos; en vez de navajas, tenía pegadas bolitas de plumón indicando esto que iba a ser sacrificado […] Peleaba el cautivo con uno de los caballeros aztecas y si lo vencía venían los otros. Si a pesar de sus armas deficientes lograba vencer a los cuatro, se presentaba un quinto que era zurdo y éste, generalmente, acababa con el valiente prisionero. Sabemos, sin embargo, que un guerrero tlaxcalteca, Tlahuicole, pudo vencer a los cinco y fue perdonado” (Caso, 1971).

Organización sacerdotal

Dada la importancia que tenía en el mundo azteca todo lo relativo a la religión, es lógico pensar que, de igual modo, la organización sacerdotal representaba uno de los sectores sociales y profesionales más amplios y complejos. No hay que olvidar, sin embargo, que el ceremonial desarrollado en o en torno a los templos con ocasión de las fiestas mensuales, o con independencia de ellas, no sólo era desarrollado por el sacerdocio, sino por algunos de los sectores afectados o relacionados con la ceremonia en cuestión. Por eso “se requería la participación de grupos profesionales como guerreros, mercaderes, médicos, etc. Y al mismo tiempo que en los templos se celebraban las grandes ceremonias públicas, podía haber celebraciones privadas en cada hogar dedicadas a los dioses del altar familiar” (Carrasco, 1977).

Con independencia de que los más altos funcionarios de Tenochtitlan -el Tlatoani y el Cihuacoatl- cumplieran funciones al mismo tiempo de carácter religioso y militar, la cúpula de la organización sacerdotal estaba presidida por dos sumos sacerdotes llamados Quetzalcoatl Totec Tlamacazqui y Quetzalcoatl Tlaloc Tlamacazqui, que representaban a los dos dioses principales del Templo Mayor y de la ciudad de Tenochtitlan: Huitzilopochtli y Tlaloc respectivamente. “Inmediatamente después de los dos sacerdotes de Huitzilopochtli y Tlaloc, seguía en categoría el llamado Mexicatl Teohuatzin nombrado por ellos, que tenía a su cargo los asuntos religiosos de Tenochtitlan y de las provincias conquistadas. Era además el jefe directo de los otros sacerdotes” (Caso, 1971: 107).

Según fray Bernardino de Sahagún, la carrera sacerdotal constaba de cuatro peldaños o escalones: (a) tlamacazton, ‘acólito’ o ‘aprendiz'; (b) tlamacazqui, ‘diácono’ o ‘sacerdote joven'; (c) tlamemaca, ‘sacerdote’ en general o ‘sacerdote de mayor edad'; (d) quequetzalcoa, los dos sumos sacerdotes ya mencionados, a los que cabría agregar los cuacuacuiltin o ‘sacerdotes ancianos’ (Rojas, 1986: 194-95).

Por debajo de Mexicatl Teohuatzin, al que nos hemos referido como jefe religioso de Tenochtitlan, se hallaban dos adjuntos suyos: el de Huitznahuac-Teohuatzin, que tenía las mismas funciones que el primero, pero en un nivel jerárquico inferior, y el Tepan Teohuatzin, dedicado exclusivamente a los temas educativos del calmecac.

En un nivel inferior se hallaba el Ome Tochtli, que era, según Sahagún, el maestro de todos los cantores y que presidía a los sacerdotes de los innumerables dioses del Pulque o Centzon Totochtin. Otro sacerdote llamado Tlillancalcatl estaba encargado del cuidado de los ornamentos (Rojas, 1986).

J. Alcina Franch

Temas relacionados

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Bibliografía

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CASO, Alfonso: El pueblo del Sol, México: Fondo de Cultura Económica, 1953.
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CULTURA AZTECA: RELIGIÓN

Fuente: Britannica

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