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Definición de Cultura de Teotihuacan

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 Cultura precolombina centrada en torno a la antigua ciudad de Teotihuacan, el más importante centro arqueológico de México central. Está situado a unos 50 km al NE de Ciudad de México. El lugar comenzó a ser habitado a partir del siglo VI a.C. por un pueblo agrícola que vivía en chozas. Los principios de la ciudad datan de unos dos siglos antes de Cristo y el comienzo de su ruina, del siglo V; quedó abandonada casi por completo hacia el siglo VII. Se trata del asentamiento más importante de México.

El aspecto más famoso del centro arqueológico es el centro ceremonial, que está planificado a ambos lados de la avenida central, llamada Calle de los Muertos, con la Pirámide de la Luna en el N, la Pirámide del Sol en el O y la Pirámide de Quetzalcoatl, en la cual destacan el recinto que la rodea y las esculturas que decoran la pirámide antigua. Pero este centro ceremonial era una parte mínima de la ciudad que se extendía en una superficie no menor de 30 km2 y de la cual dependían centenares de aldeas y pueblos a lo largo de todo el valle, que concentraban una población en el momento de mayor auge que rondaba los cuatrocientos mil o quinientos mil habitantes para todo el territorio teotihuacano, y unos ciento cincuenta mil o doscientos mil habitantes para la zona urbana propiamente dicha.

Cronología e historia

El desarrollo cultural de Teotihuacán abarca la última parte del llamado periodo Preclásico, o Preclásico final, de la historiografía mesoamericana, así como todo el periodo Clásico propiamente dicho, lo que indica que se trataba de un verdadero estado y de una verdadera civilización, al menos en términos de desarrollo sociocultural.

Antes del Preclásico tardío existían pequeñas aldeas que empezaban a poblar el valle de Teotihuacan. Después, hasta que se levantaron las grandes construcciones que caracterizan el sitio, la zona era un conglomerado de pequeñas edificaciones que ocupaban un área de 6 km2 y una población estimada de 6.000 habitantes.

Durante la fase llamada Tzacualli se produjo el asentamiento de los patrones culturales básicos que estuvieron presentes durante toda la evolución del centro urbano y su planificación definitiva. En estos momentos el sitio ya alcanzaba los 3 km de longitud; fue entonces cuando se inició la construcción de la Pirámide del Sol y la Ciudadela, unidas por la Calzada de los Muertos. También se trazó una compleja red de drenajes y canales para satisfacer las necesidades de una población que estaba alcanzando los 70.000 habitantes.

La siguiente fase, Miccaotli, significó la máxima expansión física de la ciudad, que alcanzó un perímetro de 22,5 km2. El conjunto ceremonial constituido por las Pirámides del Sol y de la Luna se relacionó con la construcción del Palacio de Quetzalpapalotl. Hacia el sur y el este se emplazó el complejo de la Calzada de los Muertos, un amplio conjunto de templos, plataformas y estructuras residenciales.

En la fase Tlamimilolpa, el cuadrante básico ya formado se rellenó de multitud de pequeñas construcciones habitacionales: los conjuntos de apartamentos. También se finalizaron las obras en la Ciudadela y se cubrió el templo de Quetzalcoatl con una estructura de talud y tablero. Es importante señalar que en esta fase hubo una tendencia a la secularización y al expansionismo comercial y político, que trajo como consecuencia el emplazamiento permanente de viviendas en el corazón de la ciudad.

A lo largo de la siguiente fase, Xolalpan, la población se incrementó hasta alcanzar entre 125.000 y 200.000 habitantes. Este periodo fue testigo tanto de la máxima presencia teotihuacana en el exterior como del comienzo de la decadencia de esta influencia. Después, en el tiempo de Metepec, se produjo la decadencia total de la ciudad. El vacío de poder que significó la destrucción de Teotihuacan se tradujo en una lucha por el control de la zona por parte de varios centros, entre los cuales destacaba Monte Albán, que también se vio afectado por la decadencia de esta ciudad (véase el apartado “Decadencia de Monte Albán” en la entrada Cultura zapoteca).

Aunque Teotihuacan era un inmenso campo de ruinas en la época del esplendor azteca, el lugar fue conocido y valorado por ellos como lugar sagrado. En realidad, el nombre de la ciudad es azteca y significa ‘lugar donde uno se convierte en dios’, ya que, según recoge fray Bernardino de Sahagún, este lugar era como cementerio de reyes, los cuales, tras la muerte, se transformaban en dioses; de ahí, también que los aztecas llamasen a la avenida principal de aquellas ruinas Miccaotli o ‘calle de los muertos’. Un poema recogido por los informantes de Sahagún dice así:

“Y toda la gente hizo (allí) adoratorios (pirámides)
al Sol y a la Luna,
después hicieron muchos adoratorios menores.
Allí hacían su culto
y allí se establecían los sumos sacerdotes
de toda la gente.
Así se decía Teotihuacán
porque, cuando morían los señores,
allí los enterraban.
Luego encima de ellos construían pirámides,
que aún ahora están.
Una pirámide es como un pequeño cerro,
solo que hecho a mano.
Por allí hay agujeros,
de donde sacaron las piedras
con que hicieron las pirámides
y así las hicieron muy grandes,
la del Sol y la de la Luna.
Son como cerros
y no es increíble
que se diga que fueron hechas a mano
porque todavía entonces
en muchos lugares había gigantes…

Y lo llamaron Teotihuacán
porque era el lugar
donde se enterraban los señores.
Pues según decían:
Cuando morimos,
no en verdad morimos,
porque vivimos, resucitamos,
seguimos viviendo, despertamos.
Esto nos hace felices.”

(Códice Matritense, folio 195r)

Economía y sociedad

A pesar de que más de un tercio de la población de Teotihuacan se dedicó a la agricultura en el valle, un conjunto urbano de tal envergadura necesitaba controlar diferentes regiones para asegurarse el aprovisionamiento.

En el valle de Teotihuacán la producción agrícola se basó fundamentalmente en el cultivo del maíz, la calabaza y el amaranto, y se utilizaron sistemas hidráulicos para poner en cultivo la mayor parte de tierra posible. Las zonas al sur de Chalco-Xochimilco, Ixtapalpa y sur de Texcoco fueron explotadas para la caza de venados, la obtención de sal, recursos acuáticos y el aprovechamiento de la madera de abetos y pinos. Los asentamientos en estas zonas fueron construidos según los esquemas teotihuacanos, como es el caso de Escatepec y Zumpango.

Pero, sin duda, lo más impresionante de Teotihuacan fue la especialización de la ciudad en la manufactura de objetos y el comercio. Entre los bienes que se producían destaca sin duda la obsidiana, pues se han descubierto más de 400 áreas de trabajo de este material, así como la cerámica Naranja Delgada, manufacturada en Puebla pero controlada por Teotihuacan.

El desarrollo económico de Teotihuacán fue paralelo a la evolución de su sistema religioso; fue un centro de peregrinación que atrajo gente de todas las regiones, lo que favoreció sin duda su actividad comercial. La elite de la ciudad controlaba la mayor parte del comercio y las fuentes de obsidiana, y el libre intercambio de productos se permitía sólo a pequeña escala; un control de bienes que, junto con una religión planificada y vigilada por el estado, logró que esa elite controlase por completo la región y sus recursos para hacer de ella un área de aprovisionamiento de Teotihuacan.

La existencia de una elite tan poderosa puede verificarse fundamentalmente por las construcciones arquitectónicas de la ciudad, pues no existen como en otras zonas retratos de los gobernantes o arte público, y los entierros practicados en Teotihuacan eran generalmente cremaciones sin ofrendas. En general, la mera contemplación de las características arquitectónicas de la ciudad no deja duda acerca de la enorme y compleja estratificación que existía, ya que la realización de unas obras tan impresionantes sólo pudo ser llevada a cabo por unas instituciones altamente desarrolladas y una autoridad capaz de movilizar a las masas y de disponer los recursos necesarios. Pero son los conjuntos de apartamentos multifamiliares los que más información proporcionan acerca de la estratificación de la sociedad teotihuacana; unos conjuntos que variaban enormemente en espacio, disposición, decoración, etc., dependiendo del tipo de familias que residieran en ellos.

Parece que el poder emanaba de la religión y era de tipo monopolista, es decir, la clase dirigente de la ciudad concentraba el poder religioso, político, administrativo y militar. Esta elite seguramente se emplazaba a lo largo de la Calzada de los Muertos, en la Ciudadela; mientras que una elite de segundo grado ocupaba el Gran Conjunto y la zona circundante (vid. infra).

Expansión

“El crecimiento mismo de Teotihuacan hasta alcanzar el volumen de población mencionado debió de obligar a la expansión comercial y a la constitución imperial, ya que, para sustentar su enorme desarrollo, necesitaba no sólo el valle de Teotihuacan y el […] de México, sino de regiones más amplias; para ello, el comercio internacional y la conquista se imponían. De no haber existido esta posibilidad de expansión, el aumento demográfico de Teotihuacán se hubiera visto detenido antes” (Bernal).

En esta época, la influencia de Teotihuacan sobre el valle de Oaxaca llegó a ser muy grande, tanto que algunos investigadores opinan que en el periodo de transición Monte Albán II-III, esta última ciudad parece haber sido conquistada por los teotihuacanos. Otros estudiosos opinan que, a pesar del afán expansionista de Teotihuacan, el registro arqueológico y el estudio del arte muestran que la presencia teotihuacana en Monte Albán debió de ser pacífica. Algunas representaciones de Monte Albán muestran personajes de elite teotihuacanos recibidos por señores zapotecos, y puesto que el resto del registro arqueológico no muestra invasiones sociales ni territoriales, parece que mediante este tipo de “relaciones diplomáticas” los dos centros consiguieron mantener su distancia y sus fronteras (véase el apartado “Relaciones con el exterior” en la entrada Cultura zapoteca).

Por otra parte, en Teotihuacan se ha localizado todo un barrio en el que debió de predominar la población de Oaxaca, a unos 3 km al oeste de la Ciudadela. No parece probable que la influencia de las dos civilizaciones entre sí haya sido interpuesta de manera significativa por los oaxaqueños radicados en la modesta y retirada zona de Teotihuacan que hemos localizado. Más bien, las relaciones entre los dos centros pudieron haber fomentado el crecimiento del enclave oaxaqueño mismo en Teotihuacán (Millón, 1967: 44.) Estos contactos se debieron de establecer en las fases II-IIIA de Monte Albán y en la fase Tlamimilolpa de Teotihuacan (350-450).

Es importante mencionar, al hablar de las relaciones entre ambos centros, que se han definido una región y un estilo artístico que representarían un zona intermedia ente Teotihuacan y Monte Albán. El área se llama Ñuiñe y se sitúa en la Mixteca Baja; en esta zona se aprecia una transición en estilo escultórico y en sistema glífico entre Teotihuacan y Monte Albán, y pudo haber sido un área que sirvió de amortiguador entre ambos centros.

La expansión e influencia teotihuacana se extendía igualmente a la zona Mixteca, al oriente de Guerrero y sur y occidente de Puebla. Pero no solamente se produjo en relación con esas culturas, sino también sobre el área maya, especialmente en la región del Petén -Tikal-, y en el altiplano de Guatemala -Kamilalijuyú-, en cuyo caso parece implicarse una acción de conquista por parte de la minoría teotihuacana.

“En los valles de Puebla-Tlaxcala, el dominio teotihuacano parece absoluto y aún, posiblemente, Cholula haya jugado, desde entonces, el papel de segunda capital. Puede pensarse que las primeras conquistas fueron en el valle de Puebla-Tlaxcala, con proyecciones hacia Teotihuacan, lo que llevaría a los teotihuacanos hasta el valle de Oaxaca durante Teotihuacán II (Bernal).

Finalmente, la expansión hacia occidente fue también muy importante, aunque quizá algo posterior: la influencia en Guerrero, según lo ha postulado Miguel Covarrubias, debió de ser muy fuerte, y otro tanto podemos decir de la influencia en Michoacán, Colima y Nayarit, especialmente en Iztepetl, en Ixtlan de Nayarit y en la fase Ortices de Colima. La influencia en la región septentrional, especialmente en Chiametla y La Quemada, parece representar más que una conquista total del territorio, el establecimiento de guarniciones y fortalezas.

La ideología

La religión y la ideología actuaron como mecanismos integradores de la sociedad. La elite teotihuacana logró confeccionar una leyenda por la cual esta metrópoli se convirtió en un gran centro de peregrinación, mediante un elaborado proceso de teocratización de la ciudad y de sus habitantes más cualificados. El resultado de los esfuerzos de la elite culminó con la idea de que Teotihuacan era el ombligo del mundo y el único centro que conocía los mecanismos mediante los cuales el sol se podía mantener en el universo, una idea que no sólo adquirieron los habitantes de la ciudad, sino que sus artífices exportaron a otros lugares.

Además, mediante la manipulación e instrumentalización de dicho carácter simbólico y mítico, la elite dejó poco a poco de ser teocrática y se transformó en estatal, y los cultos celebrados en esa ciudad dejaron de ser meramente esotéricos para erguirse en verdaderos cultos de estado, lo que sin ninguna duda contribuyó a la expansión que ha sido comentada anteriormente.

Los medios que eligió la elite para expresar y difundir la ideología fueron, en primer lugar, la arquitectura y la planificación del centro urbano; también los murales pintados, la cerámica y el arte lapidario.

En la arquitectura, destaca el empleo en todos los edificios a lo largo de la Calzada de los Muertos del revestimiento formado por la combinación de talud y tablero. Muchos investigadores apuntan que con este sistema se conseguía la sacralización de los espacios seculares, pues hasta los edificios menos sagrados se presentan con una fachada típica de un recinto templario.

En general, toda la ciudad fue concebida como un espacio sagrado. Teotihuacan fue fundada, planificada y orientada sobre una cueva situada bajo la Pirámide del Sol, y su orientación 15,25º al noroeste puede estar conmemorando el punto de partida del comienzo del tiempo, cuando se originó allí el mundo. Estas construcciones mentales fueron manipuladas después por la elite para desarrollar complejos cultos de estado.

Por otra parte, templos, palacios edificios públicos y residencias privadas fueron decorados con pinturas que reforzaban las ideas de la elite. Las representaciones eran profundamente litúrgicas, aunque poco a poco hubo un cambio hacia posiciones más militaristas y secularizadas. La figura principal en las representaciones litúrgicas fue sin duda alguna Tlaloc, el dios de la lluvia, que aparece con varias vertientes diferenciadas. Por ejemplo, cuando se representaba con rasgos de cocodrilo estaba asociado al dios de la lluvia; cuando aparecía con rasgos felínicos, representaba la vertiente de dios asociado al inframundo. En otra de sus vertientes, como divinidad de elite, la representación de Tlaloc alcanza una mayor difusión fuera de los límites de la ciudad, lo que sugiere que fue acompañando a los gobernantes en sus conquistas.

La tendencia hacia el militarismo de la sociedad teotihuacana se puede observar en varios motivos representados en los murales, por ejemplo, en algunos de ellos se empezó a representar toda la parafernalia de los guerreros, como flechas, escudos, lanzadardos, etc.

Por último, la cerámica fue también un medio muy importante para la trasmisión de las ideas. Como se verá más adelante, la cerámica evolucionó desde un estilo puramente geométrico a un estilo decorativo simbólico que representaba entre otros dioses a Tlaloc, Quetzalcoatl, Xipe Totec (dios de la primavera), etc. Estas tres deidades son además las únicas que siguen siendo representadas cuando comienza la decadencia de la ciudad, al tiempo que se fueron introduciendo otras deidades y símbolos extranjeros como el dios maya Chac.

El arte teotihuacano

La principal característica del arte teotihuacano es que, por primera vez, se desarrolla urbanística y arquitectónicamente, es decir, espacialmente. Sin duda, son las ruinas del centro ceremonial teotihuacano las que han hecho más famosa a esta cultura mesoamericana, pero entre las expresiones artísticas que caracterizan a los teotihuacanos se encuentran también la escultura, la cerámica, la pintura y el trabajo de la obsidiana.

Arquitectura

La urbe que es Teotihuacan, con sus aproximadamente 20 km2, reúne en su recinto algunas de las construcciones piramidales más importantes de todo el continente; es, sin duda, por todo ello por lo que ha atraído la atención de la mayor parte de los investigadores que han pasado por México. Desde 1864, en que la Comisión Científica de Pachuca, bajo la dirección de Ramón Almaraz, determinó las coordenadas geográficas de las dos pirámides principales, los estudios se han sucedido sin interrupción. Por allí pasaron primeramente el francés Desiré Charnay, los mexicanos Leopoldo Batres y Antonio García Cubas y el norteamericano Holmes. En 1905 y 1909 trabajó allí, con bastante desacierto, Leopoldo Batres. De 1917 a 1922 dirigió un importante proyecto de investigación Manuel Gamio. En 1924, Alfred L. Kroeber estudió la cerámica más antigua de Teotihuacan. En 1925 trabajó allí Pedro Dozal y, en 1931-1932, George C. Vaillant. Al año siguiente fue el sueco Sigvald Linné quien excavó en San Francisco Mazapan y en Xolalpan. José R. Pérez se encargó de los trabajos en 1933; Linné y Gösta Montell excavaron en Tlamimilolpa, mientras que Alfonso Caso y sus colaboradores lo hicieron en 1939 al pie de la pirámide de Quetzalcoatl. Pedro Armillas y Carlos Margain trabajaron separadamente o en colaboración desde 1942 a 1950. Posteriormente, ha realizado importantes excavaciones Laurette Séjourné, en Zacuala (1955-1958), Yayahuala (1958-1961) y Tetitla (1963-1964), y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, bajo la dirección de Ignacio Bernal, realizó importantes trabajos de excavación, restauración y reconstrucción entre 1960 y 1964. Pero, sin duda, el más importante proyecto de investigación llevado a cabo últimamente es el del Mapa de Teotihuacan, dirigido por René Millón, que maneja una enorme cantidad de información que todavía no ha sido explotada por completo.

Bajo el punto de vista urbanístico, debe considerarse que la ciudad de Teotihuacan se planificó sobre la base de grandes espacios, junto con la colocación y uso de módulos más pequeños. El proyecto de René Millón está aclarando problemas de organización urbanística, de vialidad, espacialidad, etc., así como otros de carácter social, político, histórico, etc. (Millón, 1973 y 1981).

Bajo un punto de vista que considera principalmente los grandes espacios, se debe afirmar que éstos se encontraban en relación directa e inmediata con el sistema religioso de la ciudad. Las principales construcciones utilizadas para este tipo de planificaciones fueron la pirámide escalonada, las plazas, las avenidas, las plataformas y los altares.

La pirámide escalonada nació en el periodo Preclásico tardío de la historiografía mesoamericana, como base de sustentación de un templo, en Cuicuilco. Teotihuacan desarrolló la idea de la pirámide de planta circular y elaboró un verdadero modelo en el que, por una parte, se utilizaba la planta cuadrada como base y una proporción altura/anchura que daba una apariencia rechoncha o aplastada a la construcción, en contraste con otras de áreas diferentes, mucho más esbeltas. En cuanto a la decoración, el perfil de tablero y talud se hizo clásico en estos edificios y se repitió hasta la saciedad allí por donde se dejaba sentir la influencia teotihuacana. Las pirámides quedaban generalmente en medio de grandes explanadas o plazas, o al fondo de avenidas. El ejemplo más característico de la primera de estas situaciones es el de la Pirámide de Quetzalcoatl, en el centro del patio interior de la Ciudadela. La Pirámide de la Luna, al final de la Calzada o Camino de los Muertos, es un buen ejemplo del segundo caso. En realidad, lo que de manera consciente o inconsciente perseguían los arquitectos o constructores teotihuacanos era la realización de un gran escenario en el que pudiera desarrollarse el drama religioso o ceremonial de manera espectacular.

La larga avenida, en ligera pendiente, contribuyó a hacer más alta la Pirámide de la Luna, que se halla al final de ese camino, hasta el punto de que a una cierta distancia la altura de esta pirámide y la del Sol parecen equivalentes, cuando en realidad la primera mide 42 m de altura y la segunda, 63 m.

La arquitectura religiosa teotihuacana es una arquitectura proyectada hacia el exterior. Los templos propiamente dichos, aunque no se ha conservado ninguno en pie, debieron de ser recintos muy reducidos y oscuros: viviendas misteriosas de los dioses. Por el contrario, la decoración, a veces polícroma, del exterior de las plataformas, las grandes escalinatas, junto con el espectáculo del sacerdocio en funciones, etc., todo ello debió de contribuir a crear una imagen impresionante ante los ojos del pueblo que confirmase la supremacía sobrenatural de las divinidades y del propio cuerpo sacerdotal como representante de esas divinidades.

La llamada Pirámide del Sol, que es uno de los mayores monumentos de la América precolombina, tiene planta casi exactamente cuadrada (222 x 225 m) y está orientada con su frente hacia el oeste. La época de su primera construcción corresponde al periodo Tzacualli -Preclásico final-, como se ha demostrado por el material cerámico encontrado en su interior y, en consecuencia, sus cuerpos escalonados no presentan el perfil clásico, sino que están trazados en forma de talud de considerable altura -hasta 16 m- para alcanzar con sus cuatro o cinco cuerpos la altura total de 63 m. Las escaleras de acceso a la cima de esta pirámide son desiguales y se apoyan directamente en cada uno de los taludes; en el primer cuerpo, se halla dividida en dos escalinatas que rodean un cuerpo piramidal añadido posteriormente a la estructura principal. Esta construcción adosada se corresponde al periodo Miccaotli, presenta ya el perfil clásico de tablero y talud y está compuesta por tres cuerpos superpuestos que no alcanzan el primero de la pirámide propiamente dicha. El conjunto de la pirámide con su construcción anexa se apoya sobre una ancha y alta plataforma en uno de cuyos lados se sitúa la llamada Casa de los Sacerdotes, compuesta de numerosos patios, vestíbulos y habitaciones.

En la parte más alta del Camino de los Muertos se sitúa la llamada Pirámide de la Luna, de planta rectangular (150 x 120 m) y que está formada por cinco cuerpos de altura diferente -de hasta 12 m- de perfil en talud, como los de la Pirámide del Sol. En su parte frontal, que ha sido reconstruida en 1963, se halla adosada una complicada construcción con varios cuerpos y escalonamientos que soportan las escaleras de acceso divididas en varios tramos. Su construcción debió de tener lugar, en conjunto, en el periodo Miccaotli.

La tercera gran estructura arquitectónica de Teotihuacan es la llamada Ciudadela, en cuyo interior se eleva el templo de Quetzalcoatl. Esta estructura, que fue excavada y reconstruida muy cuidadosamente por Gamio, Reygadas y Marquina entre 1917 y 1920, está compuesta por un recinto cuadrado de unos 400 m de lado, rodeada de plataformas de 32 y 65 m de anchura sobre las cuales, y en los lados norte, sur y oeste, se elevan cuatro basamentos piramidales en cada lado. Los del lado oeste tienen escalinatas abiertas hacia el Camino de los Muertos, además de otra central de acceso al patio interior, mientras los basamentos piramidales de los lados norte y sur tienen sus escaleras abiertas hacia el lado del patio central. Este patio interior se halla dividido en dos partes desiguales y a distinto nivel: el patio propiamente dicho, que tiene una extensión de 235 x 195 m, y un rectángulo posterior, hacia el lado oriental, más elevado y ocupado por habitaciones y vestíbulos alrededor de patios. Entre las habitaciones y el gran patio se sitúa el Templo de Quetzalcoatl, y en el centro de éste se eleva un pequeño adoratorio cuadrado con cuatro escalerillas.

Las labores de exploración y restauración, llevadas a cabo entre 1960 y 1964, dieron lugar al descubrimiento y excavación de uno de los conjuntos más extensos de plataformas y pirámides: la llamada Plaza de la Luna, con no menos de doce estructuras piramidales que rodean una muy extensa plaza ubicada a los pies de esta pirámide.

El Templo de la Agricultura queda situado en el lado sur de la gran plaza de la Luna, a la que se ha hecho referencia anteriormente, y se halla compuesto por tres estructuras superpuestas que corresponden a otras tantas épocas de construcción. La estructura más antigua está formada por varios cuerpos piramidales, con perfil de tablero y talud. En la segunda época, un tablero con pinturas murales cubría la estructura antigua, al tiempo que el basamento se rehizo totalmente. Por último, en la época más reciente se cubrió toda la estructura anterior con tableros sobre taludes.

La ciudad de Teotihuacan, con independencia de los conjuntos arquitectónicos de carácter ceremonial, es una ordenada acumulación de módulos menores de carácter residencial. Éstos, en contraste con la arquitectura religiosa, son conjuntos que se proyectan hacia el interior. De manera sorprendente reproducen un modelo mediterráneo, en el que apenas hay una muy breve comunicación con el exterior, mientras el patio -un patio rehundido generalmente y semicubierto- constituye el corazón vivo de la estructura. A veces, ese patio es el núcleo de una actividad que también es de carácter religioso y que se proyecta en pequeños templos, altares, etc. Aquí, como luego se verá, el arte de la pintura desempeña un papel muy importante. Todo en estos módulos es de proporciones humanas, lo que contrasta fundamentalmente con la organización, el tamaño y la proporción de los sectores religiosos, los cuales se han hecho a escala sobrehumana. Los conjuntos residenciales excavados hasta ahora ya son muy numerosos; a continuación, se mencionan algunos de ellos.

El llamado Grupo Viking, por ejemplo, corresponde a una época posterior a las pirámides del Sol y de La Luna y anterior al templo de Quetzalcoatl, o es contemporáneo suyo en su fase más reciente. Está compuesto de estructuras ordenadas en torno a dos patios, uno al norte y otro al sur, y todo el conjunto es una serie muy complicada de habitaciones, patios, pórticos y adoratorios. Enfrente del conjunto anterior se halla el grupo de los Edificios Superpuestos, conjunto compuesto por numerosos patios a los que se abren habitaciones con pórticos y adoratorios. Otros conjuntos residenciales en los que abundan las pinturas murales son los de Tepantitla, Atetelco y Tetitla. Los grupos de Zacuala y Yayahuala, excavados por Laurette Séjourné, son unidades habitacionales complejas, de planta cuadrada, en cuyo interior hay uno o varios templos pequeños con numerosos patios, en torno a los cuales se abren habitaciones con o sin pórticos, al mismo o a distinto nivel, con un perfecto sistema de drenaje, etc. Hay que mencionar, finalmente, en las proximidades de la Pirámide de la Luna, el Palacio nº 3 o Palacio de las Mariposas, en el que destaca un patio cuyas pilastras ofrecen una extraordinaria riqueza en los diseños de los relieves.

El arte de Teotihuacan es un arte integrador en el que el núcleo lo constituye la arquitectura, a la que se adhieren otros tipos de expresión artística como son el relieve, la escultura y la pintura, principalmente. Los ejemplos más característicos pueden ser el Templo de Quetzalcoatl, en el que arquitectura y escultura se hallan formando un todo perfectamente armónico; el Palacio de Quetzalpapalotl o de las Mariposas, que podría ser el ejemplo más adecuado con referencia a la interrelación de arquitectura y relieve; y el templo de la Agricultura o cualquiera de los grupos residenciales citados, que podrían expresar la armónica relación entre arquitectura y pintura. En realidad, la combinación de estas tres maneras artísticas con la arquitectura se da en muchas ocasiones de manera simultánea o yuxtapuesta.

El caso de la pirámide de Quetzalcoatl, en la parte central del patio interior de la Ciudadela, es quizá el caso más relevante de arquitectura escultórica. Los paramentos de cada uno de los cuerpos piramidales se componen de un amplio tablero vertical limitado por grandes fajas o cornisas, en cuyo interior se desarrolla un relieve del que surgen, de trecho en trecho, verdaderas esculturas de bulto; y de un talud inferior en el que hay, igualmente, muy bellos relieves. La representación escultórica es extraordinariamente rica y sabe combinar un complicado simbolismo con el naturalismo más violento y la esquematización geométrica más abstracta. A lo largo de los taludes y tableros, cuerpos ondulantes de serpientes con amplios y esquematizados crótalos discurren por entre representaciones muy realistas de conchas, caracoles y otros elementos que aluden a un ambiente acuático. De este fondo relativamente homogéneo surgen alternativamente cabezas de serpiente o dragón que emergen de una especie de flor abierta y cabezas de una divinidad que remite tanto a Tlaloc, el dios de la lluvia y el rayo, como al dios del Maíz, ya que si, por una parte, se destacan los grandes ojos circulares como rasgo más característico de Tlaloc, por otra, todo el conjunto del rostro de la supuesta divinidad parece haberse hecho tratando de representar la mazorca del maíz. Tlaloc y quizá Quetzalcoatl pueden ser los símbolos divinos de la dedicación de este Templo.

Escultura

El gran periodo de la estatuaria teotihuacana es el periodo Miccaotli, y aunque no son muchas las esculturas conocidas, éstas son importantes hasta el punto de llenar de por sí todo el amplio panorama de la escultura monumental de esta civilización. Del conjunto se destacan dos grandes estatuas conocidas con nombres que quizá no correspondan a las divinidades que tratan de designar: Chalchiuhtlicue o Diosa de las Aguas y Tlaloc, que posiblemente sea una estatua semejante a la primera, aunque inacabada. En la actualidad ambas se conservan en el Museo Nacional de Antropología de México: una, en los jardines que lo rodean, y la otra, en su interior.

La Chalchiuhtlicue, que fue encontrada junto a la Pirámide de la Luna, representa, con sus más de 3 m de altura y sus 22 toneladas de peso, la máxima expresión del arte escultórico de la civilización teotihuacana. Su forma, que apenas representa una bloque prismático trabajado en relieve, es deshumanizada, escueta, hierática, silenciosa, profunda. Por la vía de la abstracción se ha llegado a la concepción de un verdadero cubismo primitivo que nos recuerda en ocasiones el arte de Tiahuanaco, en la región Circum-Titicaca, del área andina.

La segunda gran estatua es la que se conoce con el nombre de Tlaloc de Coatlinchan, que se encontró sin concluir, debido a lo cual, y también a la erosión, sus rasgos no son muy reconocibles. Puede decirse, sin embargo, que se trata de la representación de un varón, que lleva una camisa corta y una máscara sobre la boca, lo cual acaso justifique el nombre que se le ha dado. Su traslado hasta la entrada del Museo Nacional de Antropología de México representó un ingenioso y complicado esfuerzo para transportar la pieza, que supera a la Chalchiuhtlicue en volumen y peso.

Ambas estatuas impresionan por su extraordinaria solidez, estatismo y frialdad. Su geometrismo puede interpretarse como un verdadero cubismo, al que queda reducida la figura para abstraer una realidad viva y humana, ya que efectivamente no se trata de una representación realista, sino de una verdadera divinidad y, por tanto, de un ente abstracto. Como dice Paul Westheim (1950:180), la Chalchiuhtlicue no impresiona por lo fuerte de sus gestos. Es un concepto. No representa, significa. Significa divinidad, grandeza, omnipotencia.

Además de estas grandes estatuas, los escultores teotihuacanos crearon un buen número de otras obras de menor tamaño, pero de gran interés y valor estético. Citaremos, entre éstas, el vaso de sacrificios o cuauhxicalli, conservado en el Museo Británico, el cual representa un ocelote o tigre con las extremidades extendidas sobre una superficie plana de la que emerge únicamente la cabeza, y que tiene sobre el lomo el recipiente que guarda la sangre y los corazones del sacrificio. Aunque con mayor libertad que en el caso de la Chalchiuhtlicue o del Tlaloc, ese ocelote está desarrollado dentro de un estricto geometrismo, si bien en esta ocasión el juego de planos verticales y horizontales proporciona una gran variedad a la figura.

El caso del Xiuhtecutli, o dios del fuego, del Museo de Viena presenta otras características. En primer lugar, habría que decir que pertenece a una tradición que procede muy probablemente del núcleo olmeca, donde ya señalamos ejemplares de Huehueteotl, dios viejo o dios del fuego, con el gran brasero sobre la cabeza. Se ha abandonado, sin embargo, el naturalismo o realismo de las piezas olmecas para reinterpretar el tema dentro de unos cánones absolutamente geométricos. La impresión que da es la de una figura encajada en un bloque, dividido en cuatro cuerpos horizontales, uno encima del otro, de carácter tan marcadamente arquitectónico que casi se podría hablar de pisos. Arriba, el ancho borde del brasero, con su ornamentación abstracta -rectángulos incisos en la superficie-, creadora de un ritmo que se despliega en la horizontal. Abajo, las piernas cruzadas que forman otra especie de rectángulo tendido horizontalmente, cuyo lado superior se hunde un poco hacia su centro. En medio, la parte de la cabeza: los ojos, la boca, óvalos alargados. El artífice se abstuvo de abombar la cabeza hacia adelante y, sin embargo, logró plasticidad. Lo logró mediante el “calado”, como lo llama el escultor, y por el contraste de masa aérea y masa de piedra (Westheim, 1950: 182).

La mayor tendencia al realismo o naturalismo la apreciamos en la figura de alabastro, que representa a un individuo sentado, con las piernas cruzadas a la manera oriental y con las manos abiertas en actitud de sostener algún objeto o cuerpo desaparecido o inexistente, escultura que se conserva en una colección privada de México. La actitud de la figura, al igual que la del Huehueteotl, corresponde a la tradición olmeca. Su realización, en la línea de un cierto geometrismo, proporciona una sensible tendencia hacia un realismo muy estilizado que aproxima esta estatua a las famosas máscaras, de las que nos ocuparemos más adelante.

En el Museo Nacional de Antropología de México existe una réplica del Xiuhtecutli citado (Alcina, 1978: lam. 50), en el que las características señaladas por Westheim quedan si cabe exageradas o llevadas hasta su extremo máximo, ya que el conjunto de la escultura es un verdadero cubo lítico, únicamente aligerado mediante el calado.

La máscara de piedra, como dice Paul Westheim (1950: 121), es uno de los elementos más característicos de todas las culturas del México antiguo. Desde Teotihuacan hasta la llegada de los españoles se fabricaron en gran cantidad, algunas de ellas de un preciosismo y riqueza realmente excepcionales.

Es evidente que la máscara está ligada al ritual y al culto de los muertos. Su relación, sin embargo, no es precisa. Por una parte, la máscara, como representación de una divinidad o de un espíritu, transmite al individuo que la lleva todo el poder y las cualidades de aquélla. Por otra parte, la máscara es la representación ideal del muerto: de alguna manera, el cadáver que la lleva hoy se identifica con su propio linaje, con sus propios antepasados, con sus propios abuelos, a los que se reverencia y a los que se ofrece un culto especial. Cuando muere lo corpóreo, debe permanecer eternamente la imagen de la persona, no en forma de retrato, no como representación realista, sino como una imagen-concepto (Westheim, 1950: 123).

En la mayor parte de las máscaras teotihuacanas de las muchas conocidas (Alcina, 1978, láms. 61-62; Bernal, 1967, láms. 43-46; Westheim, 1950, figs. 35-36), se aprecia una tendencia al esfuerzo por aplanar la masa cúbica y conferirle de esta suerte un aspecto casi bidimensional, aunque no hasta el grado de crear la impresión de una escultura en relieve. Hay desarrollo cúbico, pero lo cúbico se reprime, se modifica hacia lo plano. Se aspira al mismo tiempo a la plasticidad y a una condición de plano, con una sensibilidad sin par, que se revela en cada una de estas máscaras y que en cada una de ellas nos maravilla de nuevo (Westheim, 1950: 186).

De los muchos ejemplares de máscaras atribuidos a la cultura teotihuacana, la mayor parte han sido tallados en piedras finas como ónice, serpentina, jadeíta, etc., piedras de por sí raras y, por consiguiente, ricas. Pero, a veces, esta riqueza se acrecienta mediante incrustaciones de concha, obsidiana, nácar, etc. Tal es el caso de la máscara de ónice conservada en el Museo Arqueológico de Florencia, en la que los ojos se habían realizado mediante incrustaciones de concha y obsidiana; o la riquísima máscara del Museo Nacional de Antropología de México, en la que hay incrustaciones de turquesa, concha roja, obsidiana y nácar (Alcina, 1978: lám. 63). Todas las máscaras, sin embargo, ofrecen un patrón semejante en cuanto al diseño general; predominan las líneas horizontales sobre las verticales; el plano frontal es de una tersura extraordinaria y termina en un arco superciliar que queda representado generalmente por una línea muy neta y fina; labios y nariz, aun siendo muy realistas, resultan totalmente impersonales; y, en conjunto, la máscara, como afirma Westheim, no es un retrato sino un concepto.

Entre la escultura más alejada del estilo teotihuacano, en piedra, hay que mencionar finalmente las figurillas de jade o serpentina, cuya tradición es claramente olmeca. Estas figurillas suelen presentar una cabeza desproporcionada, de rasgos hieráticos, gran sombrero o turbante, destacadas orejeras y un cuerpo más bien esquemático, pero extraordinariamente pulido (Bernal, 1967: láms. 51 y 52). También hay que mencionar aquí las siluetas de obsidiana que, en opinión de Covarrubias, tienen su origen en la cultura olmeca y cuya evolución se desarrolla en el sentido de un máximo realismo.

Pintura

Así como la estatuaria teotihuacana representa fundamentalmente hieratismo, geometría, estatismo, frialdad y rigidez conceptual, la pintura mural, por el contrario, es movimiento, acción, vivacidad, expresividad, dinámica, aunque los conceptos sigan siendo los mismos, y sean iguales la ritualización y el lenguaje simbólico de formas y colores. Podríamos decir que la escultura representa un lenguaje formal preciso, estricto, mientras la pintura representa ese mismo lenguaje, pero de manera mucho más cursiva.

Teotihuacan ha proporcionado una extraordinaria cantidad de obras importantes en el campo de la pintura mural: algunas se han encontrado en un contexto arquitectónico de carácter templario, pero la mayor parte pertenece a conjuntos residenciales, aunque dentro de ellos se sitúen en edificios con un carácter evidentemente religioso: Tepantitla, Tetitla, Atetelco, Zacuala y Yayahuala.

En el conjunto denominado Templo de la Agricultura y situado a medio camino entre la Pirámide del Sol y la de la Luna, se descubrieron una serie de pinturas de gran importancia. Los colores, que se aplicaron al fresco o al seco, es decir, como una especie de temple, eran de procedencia mineral: de la hematita, la limonita y la goetita se obtenían varias tonalidades de rojo; de la giobertita se obtenía el negro; y de la malaquita, el verde. La base de las pinturas consistía en una capa de cal mezclada con arena de cuarzo muy fina, con lo que los colores resaltaban de manera extraordinaria. En relación con la segunda estructura del Templo de la Agricultura se descubrieron unos grandes paneles en los que se representaban, en fajas horizontales, flores rojas con tallos verdes y numerosos frutos, tortugas, caracoles, etc. Estas pinturas cubrían los muros del vestíbulo edificado sobre la estructura más primitiva de ese templo. Junto a él, en su parte posterior, fue descubierto por Leopoldo Batres un conjunto pictórico de gran importancia que, desgraciadamente, se ha perdido. Se representaban en aquellas pinturas, en colores verde jade, amarillo claro y rosa pálido, once sacerdotes que portaban ofrendas de maíz, palomas y cerámica a dos divinidades -acaso Chalchiuhtlicue. Recientemente se ha creído localizar algunos fragmentos de esta antigua pintura mural, de la que conocemos algunas copias y que, para René Millón, representa el complejo del peregrino-adoratorio-templo-mercado (Millón, 1972).

De todos los conjuntos pictóricos conocidos, destaca como el más importante el llamado Tlalocan o Paraíso de Tlaloc, descubierto en el complejo de Tepantitla. Representa “un monte, del que surge una corriente de agua que va a parar a una laguna, donde se observa a un perro o coyote. En el mural de Tepantitla el dios está emergiendo del mar, lo que queda indicado por las olas, estrellas de mar y tortugas estilizadas, y deja caer de sus manos las gotas de lluvia que fertilizan la tierra. Su rostro está cubierto con una máscara, y un pájaro quetzal planea encima de su cabeza con las alas extendidas […]. A diestra y siniestra del benefactor dios de la lluvia, sus sacerdotes y criados, vistos de perfil, entonan himnos de alabanza, simbolizados por anchas volutas adornadas con flores que salen de sus bocas, y vierten sobre la tierra desde sus sacos unos ríos de semillas y de piedras preciosas (Krickeberg, 1961: 285-86).

“La parte más sorprendente, original e importante es aquella en que se representa el Tlalocan o reino del dios de la lluvia, en el que figurillas humanas pintadas de distintos colores se bañan en la laguna y retozan en el agua. Hay quienes se sumergen arrojándose a ella de cabeza, otro nada de espaldas, otros se arrojan al agua con las manos, y otro, por fin, después de haber salido del baño, exprime su paño de caderas, del que brotan algunas gotas […]. A la orilla del río otros hombres descansan debajo de los árboles o cortan flores, y hay uno de ellos que come una caña de maíz que acaba de cortar. Más arriba, otros cuatro individuos, en una extraña danza, caminan cada uno con una mano entre las piernas, que es cogida por el que le sigue. En la esquina superior, unos hombres sentados se divierten en un peculiar juego de pelota en el que aparece ésta colocada sobre una especie de postes y los jugadores las golpean con los pies […]. En otro lugar, un individuo adulto carga a un niño; en otro, cuatro hombres, con sendas ramas en las manos, tratan de cazar una mariposa, mientras que casi todos hablan o cantan y el terreno aparece sembrado de piedras verdes, es decir, que en este lugar ideal, incluso las rocas son preciosas porque están hechas de jade (Caso, 1942: 132 y ss.). La descripción es un pálido reflejo de la enorme variedad y vivacidad del paraíso teotihuacano que se puede contemplar en este muro de Tepantitla.

En otros lugares del mismo conjunto habitacional se descubrieron varios muros con pinturas. En una de esas habitaciones se descubrió una larga procesión de sacerdotes sembradores. También se han encontrado pinturas -aunque de menor interés- en los edificios superpuestos y concretamente en una plataforma en el lado noroeste, donde se ven fajas rojas con círculos verdes o ganchos de un estilo que recuerda el de Veracruz Central y El Tajín. Igualmente, se encontraron ganchos y volutas pintadas en las excavaciones de 1917.

Más importantes son las pinturas descubiertas en la Casa de Barrios, donde, en un panel, aparecen dos sacerdotes cantando ante un altar con símbolo solar, mientras en otro se representa un escudo con lanzadera, dardos y escudo. Otro fragmento pictórico relacionado con los anteriores fue llevado a California y actualmente figura en la Colección Robert Woods Bliss. Representa a una divinidad teotihuacana que camina por una calzada en dirección a un templo.

En el yacimiento de Tetitla, al suroeste de la zona arqueológica de Teotihuacan, y que está compuesto por numerosas salas, pórticos y patios, se hallaron también varios paneles pintados de notable interés. Entre los más importantes de estos paneles habría que mencionar el rostro de un personaje y las piernas de otro situado en dos muros del pórtico sur de una estructura situada junto a la entrada oeste del conjunto habitacional; en el patio principal, situado en el lado sureste del complejo, se han localizado algunas de las más importantes pinturas murales de Tetitla como, por ejemplo, las manos con círculos, la gran figura del sacerdote sembrador con máscara y gran adorno de plumería sobre la cabeza, o la serie de jaguares adornados con plumas que se hallan en el pórtico del lado oriental de la plaza; finalmente, en un edificio del conjunto norte hallamos una serie de murales en los que el motivo principal es la representación de un pájaro, quizá el quetzal, en múltiples actitudes (Séjourné, 1966).

En Atetelco, finalmente, hay que señalar un panel pintado con la representación de varios coyotes. Asimismo, se encontraron pinturas en Zacuala (Séjourné, 1959) y algunos escasos motivos en Yayahuala (Séjourné, 1966).

Cerámica

La tradición de las figurillas de cerámica que se inicia en el horizonte Preclásico del valle de México se continuará a través de la secuencia de la cultura teotihuacana, hasta incluir un total de 32 tipos de acuerdo con la clasificación de Eduardo Noguera (1965: 92-95). Según dicha clasificación, en el periodo Tzacualli (Teotihuacán 1) se cuenta con ocho tipos: 1) figurillas de tipo muy primitivo, aplanadas y con rasgos faciales realizados mediante pastillaje; 2) aspecto y banda de pastillaje como en el caso anterior, con rasgos faciales y adornos mediante incisiones anchas y oblicuas; 3) variante del tipo anterior, con tocado más elaborado; 4) figurillas con ligero prognatismo, rasgos faciales y adornos realizados mediante pastillaje; 5) figurillas con tocados grandes, sencillos o con penacho, rasgos faciales realizados por pastillaje, y un aplastamiento posterior de la cabeza; 6) figurillas con fuerte prognatismo, representación acusada de rasgos faciales: no llevan cabello ni tocado; 7) figurillas muy sencillas, con ojos representados por profundas perforaciones.

En la clasificación de Noguera, para el periodo Miccaotli o Teotihuacán II se pueden señalar tres tipos de figurillas: 1) las más características, que representan individuos vestidos a la manera de sacerdotes, con ancho tocado y una capa o pelerina que les cubre los brazos; 2) otro tipo, enteramente semejante al anterior, salvo por el hecho de que carece de tocado; y 3), finalmente, otro tipo en el que la cabeza se halla hendida, al estilo olmeca. Todas las figurillas de este periodo se hacen por modelado, pastillaje o incisión.

Durante el periodo Tlamimilolpa-Xolalpan, Teotihuacan alcanzó su momento de mayor brillantez en lo que se refiere a las figurillas. Éstas se comienzan a fabricar mediante moldes o son modeladas mediante palillos. La mayor parte de ellas presentan rostros sumamente expresivos, lo que hace que se las conozca como “de tipo retrato”. Se distinguen, en realidad, dos tipos: el de cabeza hundida y el de cabeza ovoide. Los cuerpos suelen ser muy sencillos, apenas diseñados, por lo que se ha supuesto que iban vestidos de trapo o papel para representar alguna deidad (Noguera, 1965: 93, y fig. 29).

Por último, el periodo Teotihuacán III (Metepec) es el que vio surgir un mayor número de tipos. Los 19 que señala Noguera se distinguen, en realidad, por las diferentes formas de tocados con que se cubren. Entre ellos cabe señalar, como más importantes, los siguientes: a) el de cara enmascarada que se relaciona con el dios Xipe Totec; b) de cabeza de forma larga piramidal; c) la típica cara ancha con máscara-yelmo de jaguar; d) la cabecita con anteojeras en forma de anillos planos que, sin duda, se refieren a Tlaloc; e) figurillas con anillos sobre la frente; f) figurillas con gran tocado o turbante; g) cabecitas de gorro frigio; h) cabecitas con mechones de cabello sobre las sienes; i) cabecitas de ancianos desdentados o imágenes de Huehueteotl; j) dioses gordos; k) cabezas de jaguar o de lechuza; l) representaciones de cráneos o esqueletos humanos y típicas máscaras teotihuacanas.

Para concluir el tratamiento que hemos hecho del arte teotihuacano, no podemos dejar de mencionar la cerámica. Durante el periodo Teotihuacán I (Tzacualli), se fabricó una cerámica de características típicamente preclásicas, en colores marrón, anaranjado, rojo o negro, bien lisa o bien con motivos geométricos incisos. También existe la decoración pintada, y en este caso se pueden señalar en blanco sobre rojo o en rojo sobre amarillo, o con técnica negativa. La etapa Chimalhuacan de Armillas o Patlachique se encontró en El Tepalcate, y corresponde a un periodo precedente al del interior de la Pirámide del Sol, la cual se sitúa en el periodo Tzacualli.

En la fase Miccaotli (Teotihuacán II), la cerámica o bien no presenta decoración -marrón o negra- o su decoración es incisa o pintada en rojo sobre color ante. Es en esta época, sin embargo, cuando aparece la cerámica muy refinada con finalidad ceremonial, denominada point cloisonné, polícroma y laqueada, así como la anaranjada delgada, cuyas paredes son tan finas como cáscara de huevo, y cuya fabricación se localizaba probablemente entre Puebla y Veracruz.

Durante las fases Tlamimilolpa-Xolalpan, que equivalen al periodo Teotihuacán III, floreció con su máximo esplendor la cerámica teotihuacana, cuyas formas ceremoniales se hacen más variadas y elegantes. Abundan entonces las jarras de base plana y bordes evertidos, con uno o dos mangos-vertederos y, sobre todo, los típicos vasos cilíndricos con tapadera cónica y tres pies, algunos de los cuales alcanzan una belleza extraordinaria mediante la incrustación de discos de ónice, por ejemplo, o mediante frisos pintados dentro de un estilo muy similar al de los murales ante descritos, etc. La cerámica anaranjada fina se hace cada vez más frecuente y toma formas bellas y elegantes. La cerámica point cloisonné presenta una gama de tonos muy delicados: rosa, verde turquesa, gris, blanco, ocre dorado, etc. Finalmente, también hay que mencionar numerosos ejemplares realizados en la técnica champlevé o “por raspado”.

J. Alcina Franch

Temas relacionados

América Prehispánica.

Bibliografía

CASO, A.: “El paraíso terrenal en Teotihuacán”, en Cuadernos Americanos, vol. 6, nº 6, México, 1942.
—: Indian art of Mexico and Central America, Nueva York: Knopf, 1957.
KUBLER, G.: “The Iconography of the Art of Teotihuacán”, en Studies in Pre-Columbian Art and Archaeology, nº 4, Washington: Dumbarton Oaks, 1967.
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—: Urbanization at Teotihuacán, México, vol. 1, “The Teotihuacán Map”, Part 1. Text, Austin: The University of Texas Press, 1973.
—: “Teotihuacán: city, state and civilization”, en Supplement to the HMAI, vol. 1, Austin, 1981.
WESTHEIM, P.: Arte antiguo de México, México: Fondo de Cultura Económica, 1950.
—: Ideas fundamentales del arte prehistórico de México, México: Fondo de Cultura Económica, 1957.

CULTURA DE TEOTIHUACAN

Fuente: Britannica

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