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Definición de Diaconisa

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 (Del lat. diaconissa); sust. f.

1. Mujer que, en los primeros siglos del cristianismo, se dedicaba al servicio de la Iglesia: las órdenes de diaconisas estaban integradas por ancianas, viudas y vírgenes.
2. En la religión protestante, mujer que se consagra a obras de piedad y caridad: las ocupaciones principales de las diaconisas se reducen a los hospitales, orfelinatos y establecimientos de dementes.
3. Mujer o compañera de un diácono: el suelo recibió un nuevo fregado por orden de la diaconisa.

Sinónimos
Religiosa, monja, enfermera.

 (1, 2 y 3)[Religión] Diaconisa.

El diaconado nace en la Iglesia cristiana ya en los primeros tiempos a causa de la conveniencia de que los apóstoles pudieran dedicarse por entero a la predicación del evangelio, de la buena nueva, con el objetivo de atender a otras necesidades cotidianas, como el cuidado de las viudas y otras personas necesitadas. Así consta en los Hechos de los Apóstoles (6,1-7). Por extensión, y atendiendo a su misión común de apoyo a los apóstoles, se llega a denominar y tratar como diaconisas a mujeres que ayudan a los predicadores del evangelio en lo que éstos les solicitan. Así San Pablo, en la Carta a los Romanos (16,1-2), llama diaconisa a Febe, de la Iglesia de Cencres, portadora de la carta, recomendándola para que la acojan bien y la atiendan en lo que necesite, puesto que ella “ha favorecido a muchos y a mí mismo”. Otro testimonio, mucho más revelador y concreto que el anterior, aparece en una epístola del romano Plinio el Joven dirigida al emperador Trajano, en la que le relataba la tortura que infligió a dos cristianas honradas con el nombre de diaconisas.

La Iglesia romana no ha reconocido nunca una orden propiamente dicha de diaconisas, aunque se pueda considerar como un oficio que existió, de hecho, en la Iglesia con la aprobación de la misma. San Pablo, en la I Carta a Timoteo (3,12), señala las cualidades de las mujeres, se cree que en referencia a las mujeres de los diáconos, es decir, diaconisas; en todo caso, se interpreta que San Pablo se refiere a mujeres dedicadas al servicio oficial en las Iglesias, de ayuda al ministerio de los diáconos en obras de misericordia e incluso en la administración del bautismo, concretamente del bautismo de las mujeres. En el siglo IV, las diaconisas viven en comunidades y llegan a confundirse posteriormente con los miembros de otras instituciones religiosas femeninas, o bien son absorbidas por estas otras instituciones.

La orden de las diaconisas entró en franco declive a la par que surgió el monacato, tanto masculino como femenino, por el que todas las mujeres que quisieran oficiar en la Iglesia se vieron obligadas a convertirse en monjas para seguir dentro del estamento clerical. Sus primitivas atribuciones dentro de la organización del culto fueron absorbidas por los hombres, los diáconos, dentro de la más pura tradición patriarcal y misógina de la que pronto hizo gala la Iglesia y su jerarquía. Según las Constituciones Apostólicas de fines del siglo V, las diaconisas pasaron a englobar el último grado de la jerarquía eclesiástica, hasta su total desaparición como tales.

El ministerio de las diaconisas varió, dependiendo del tiempo y de las propias iglesias nacionales. La Didascalia (siglo III), así como las Constituciones Apostólicas y la suma de varias disposiciones conciliares y de escritores eclesiásticas, como San Jerónimo, San Epifanio y demás, ayudaron a fijar las funciones de las diaconisas, siempre alejadas de la celebración de los oficios litúrgicos, de entre las que destacaron: proveer a la honestidad de las mujeres; ayudar en el bautismo y en la instrucción en la fe de mujeres; intervenir en procesos judiciales contra ex-diaconisas expulsadas por sus faltas o delitos; la organización de ágapes o banquetes solemnes; el cuidado de los enfermos; custodiar el matroneum, que era la parte de la Iglesia destinada a las mujeres; y repartir la limosna entre las mujeres necesitadas. Las diaconisas llegaron a gozar de cierta preeminencia e importancia en las iglesias heréticas monofisitas y nestorianas, en donde suplían a los clérigos en el cuidado del altar y administraban la hostia consagrada a las mujeres, a lo que se sumaba la lectura de las Sagradas Escrituras en las reuniones de mujeres.

Para poder ser admitidas en la institución de las diaconisas se requerían tres requisitos principales. El primero era alcanzar la edad de setenta años, que se mantuvo hasta el concilio de Calcedonia, del año 451, por el que se rebajó el listón a los cuarenta años, previo examen riguroso de la candidata. La segunda premisa era que la mujer fuese virgen, o bien que hubiera contraído matrimonio una sola vez. La tercera y última condición pasaba por la exigencia de haber llevado una vida recta y virtuosa en consonancia con lo prescrito por la Iglesia. Una vez que eran aceptadas como diaconisas por la imposición de manos del obispo de su diócesis, éstas no podían contraer matrimonio ni abandonar el voto de obediencia, además de estar obligadas a vivir con sus parientes más próximos. Por su condición de consagradas a Dios, tampoco podían administrar personalmente sus propios bienes sin la aprobación de la dignidad eclesiástica a cuyo cargo estaban sujetas, ni heredar sus bienes, los cuales pasaban a sus herederos naturales más directos. El quebrantamiento de cualquiera de estos requisitos entrañaba la inmediata expulsión y la excomunión.

La supresión definitiva de las diaconisas en la Iglesia occidental se produjo hacia el siglo VI, período a partir del cual los bautismos de personas adultas ya eran muy escasos y los ministerios propios de las diaconisas podían ser ejercidos por personal masculino no consagrado de un modo oficial. El cargo resistió más tiempo en la Iglesia oriental para acabar diluyéndose como en la occidental.

Realmente, la mujer ha ocupado en todo momento un lugar secundario en el oficio ministerial de la Iglesia católica, que se ha negado siempre a equipararla al hombre. Ensalza, es cierto, ese puesto secundario que le asigna, pero le niega la posibilidad de asumir responsabilidades de primera categoría, no dejando, por ejemplo, que sea partícipe del ministerio del orden (obispos, presbíteros, diáconos), reservado al varón. La Iglesia católica entiende que hay una relación de igualdad fundamental entre varón y mujer en su condición de fieles, con los mismos derechos en cuanto tales, pero que la ordenación sagrada no es un derecho y no se sitúa en el plano de la igualdad, sino en el de la variedad de funciones y responde a la voluntad de Cristo. De todas formas, desde el concilio Vaticano II la mujer dispone de un margen más amplio de posibilidades de actuación pastoral en la Iglesia católica del que disponía anteriormente.

Las diaconisas en las iglesias protestantes

La irrupción de la Reforma luterana, a principios del siglo XVI, trajo consigo la supresión de las numerosas comunidades religiosas católicas dedicadas a obras de caridad y beneficencia de los desvalidos, como eran los hospitales y centros de asilo. Con la necesidad de rescatar el espíritu y la función de esos organismos, por su gran labor social, algunas comunidades protestantes y anglicanas recuperaron, a mediados del siglo XIX, el oficio de las diaconisas, a las que se les otorgó un papel eclesiástico pero no monástico, al cuidado de dichos centros. La primera iniciativa surgió en el año 1836, a cargo de Fliednir, presbítero de la ciudad alemana de Düsseldorf. Tras medio siglo con el movimiento, en el año 1901 había en Alemania un total de 100 casas que englobaban a unas 14.000 diaconisas, extendiéndose el movimiento a países protestantes como Suecia, Noruega, Dinamarca, Inglaterra y Francia. En Estados Unidos y Gran Bretaña se constituyó un activo movimiento de diaconisas, dependientes del obispo y cuya organización interna estaba calcada de las antiguas congregaciones de diaconisas católicas. Actualmente, estas diaconisas tienen la obligación de llevar a cabo una serie de ejercicios espirituales y de meditación, el fomento de la lectura de las Sagradas Escrituras, la práctica de pláticas y charlas con sus acólitos, la asistencia a los oficios divinos e incluso, en algunas comunidades, llevar un estilo de vida basado en horas canónicas precisas. Sus ocupaciones principales se reducen a los hospitales, orfelinatos y establecimientos de dementes. Al frente del movimiento hay una diaconisa superior, la cual, junto con el obispo, confieren el ingreso de las candidatas mediante la imposición de manos.

Bibliografía

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DIACONISA

Fuente: Britannica

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