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Definición de Diplomacia

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 (De diploma); sust. f.

1. Ciencia política que se ocupa de los intereses y relaciones oficiales entre los estados: estudia diplomacia porque desea ser embajador de su país en el extranjero.
2. [Por extensión] Experiencia en este tipo de relaciones internacionales: este asunto requiere el uso de la diplomacia, no de la fuerza.
3. [Por extensión] Conjunto de personas y organismos que intervienen en este tipo de relaciones internacionales: a la recepción del embajador asistió la diplomacia española en pleno.
4. [Uso figurado] Corrección, sutileza y amabilidad fingida en el trato hacia los demás: debes tratar a las personas con más diplomacia y ser “políticamente correcto” para evitar que se ofendan.

Sinónimos
Política, mediación, negociación, protocolo, embajada, cancillería, delegación, tacto, suavidad, corrección, habilidad, disimulo, cortesía.

Antónimos
Torpeza, rudeza, grosería, zafiedad.

 (1, 2 y 3)[Política] Diplomacia.

Actualmente, por el término diplomacia entendemos tanto las instituciones como los mecanismos utilizados por las diferentes entidades nacionales para establecer sus contactos a nivel de relaciones internacionales. Etimológicamente, el término diplomacia deriva del griego , que significa, literalmente, documento. Sin embargo, el contenido de la palabra ha pasado en nuestros días de denominar a los diferentes textos por los cuales se llevaban a cabo las relaciones entre los gobiernos, a designar un campo especialmente importante en lo que se refiere a política exterior.

Evolución histórica de la Diplomacia

Como en tantas otras ocasiones, resulta difícil asignar una fecha en la que podamos establecer el nacimiento de la diplomacia. Realmente, desde que los hombres vivieron en sociedad es posible pensar que los contactos con otras sociedades de su entorno precisara de cierta representación a un nivel que podríamos llamar diplomático, pero carecemos de las suficientes garantías para saber si, cuanto menos, participaba de las características de representación que hoy asociamos con la diplomacia.

Con todo, el primer pueblo del que tenemos expresa mención de un cierto nivel organizativo en ese sentido es la Grecia Clásica. Las diferentes polis griegas sí precisaban, debido al carácter asociacionista de sus estructuras, personas que representasen sus intereses en las negociaciones que, sobre temas diversos (comercio, alianzas militares, pactos sobre neutralidad…), implicaban a unas con otras en el entramado del poder griego. Sin embargo, nuestros primeros embajadores eran, más bien, mensajeros que portaban los documentos oficiales y que estaban bajo la responsabilidad del envío. Generalmente, se recurría para ello a generales del ejército o bien a hombres de probada valía en el cumplimiento de tan azarosas misiones. Los oradores brillantes o los hombres versados en retórica no se ocuparon casi nunca de dichas misiones, lo que nos hace pensar que la primera diplomacia no tenía el matiz estricto de negociación que tiene hoy en día. Pero no por ello hemos de menospreciar este primer intento de establecer contactos con otras sociedades.

El declive de la civilización helénica está asociado, en parte, al surgimiento del otro gran poder del Mediterráneo antiguo: el imperio romano. Durante bastante tiempo se pensó que los cónsules romanos cumplían una misión parecida a la de nuestros actuales embajadores, pero ello se debe más a una confusión lingüística entre lo que actualmente significa el vocablo cónsul que a lo realmente establecido por el gobierno imperial. Efectivamente, el omnímodo poder militar de la ciudad del Tíber hacia casi innecesaria la negociación, puesto que las conquistas militares eran realmente, por así decirlo, la diplomacia romana. Nunca tuvo Roma, ni aún en su ocaso como gran imperio, una estricta diplomacia, aunque ello no quita para que en determinadas ocasiones los militares romanos actuaran, como en el caso de Grecia, como portadores de documentos diplomáticos que no tenían nada que negociar sino que eran, por lo general, órdenes dadas al ejército.

La Diplomacia en la Edad Media

En la Edad Media, sobre todo en sus últimos años, empezaron a cobrar especial importancia las misiones diplomáticas entre los diferentes señores feudales, la mayor parte de los casos reyes o príncipes. Generalmente, la misión solía recaer en un prelado eclesiástico encargado de llevar a buen puerto la negociación. En el umbral que separa los siglos XV y XVI tuvo lugar el nacimiento de las chancillerías regias que, poco a poco, se fueron encargando de recoger el testigo de los prelados a la hora de las negociaciones.

La Diplomacia en la Edad Moderna

Todo lo apuntado por las épocas anteriores tiene su expresión definitiva en el Renacimiento. Los poderes de las ciudades-repúblicas italianas, generalmente apoyados en una débil base social, necesitaban de grandes negociaciones para sostenerse, lo que dio lugar a la multiplicidad de cargos consulares con dicho objetivo. Además, debemos tener en cuenta que una gran parte del poder político de las ciudades italianas se basaba en su dominio comercial, lo que incluía una serie de pactos que eran llevados a cabo en un primer momento por los propios mercaderes; pero más tarde el estado tomó las riendas de lo que consideraba vital para su autoridad.

No sólo las ciudades italianas comenzaron a considerar la importancia de la institucionalización de los cargos diplomáticos, sino que en toda Europa se dio el mismo paso, máxime si tenemos en cuenta que el descubrimiento de América, los viajes costeros por África y las nuevas rutas terrestres que ponían en contacto a Europa con zonas del Extremo Oriente, todo ello hacía necesario la existencia de mecanismos diplomáticos.

De los primeros tiempos de la diplomacia nos han quedado en la actualidad varios mecanismos que siguen vigentes, como es el caso del mantenimiento de embajadores en los distintos estados y la conexión evidente entre las embajadas y el departamento de Asuntos Exteriores de su lugar de origen. Incluso temas de apariencia tan cotidiana como el protocolo diplomático, la libertad de tránsito de embajadores de un país a otro, la inmunidad, la libertad de la valija diplomática y el carácter extraterritorial de la embajada, esto es, que los miembros de la embajada sólo pueden ser juzgados por las leyes de su país de origen, todo ello ya tuvo lugar en la Edad Moderna y fue, como tal, institucionalizado.

El auge de la Diplomacia secreta

Las tensiones nacionalistas que sufrieron los estados europeos a lo largo de los siglos XVII y XVIII supusieron un gran banco de pruebas para la incipiente diplomacia de los diferentes países. Durante este tiempo, la idea de la defensa de los intereses nacionales primó sobre cualquier otro fin, lo que derivó en un refuerzo de las instituciones derivadas a ello. Así pues, los encargados de realizar las labores de representación tuvieron que profesionalizarse al máximo y tener una formación cada vez más competente, puesto que la delicadeza de los asuntos a tratar así lo exigía. Con todo, la defensa de los intereses nacionales no estaba exenta del deseo de mantener un equilibrio entre los estados, por lo que las negociaciones eran, la mayoría de las veces, largas y costosas.

Sin embargo, hasta el surgimiento a finales del siglo XVIII de una especie de código de conducta entre los estados, tampoco se vio ajena la diplomacia de los secretos, el espionaje y los pactos en falso. En este sentido, hay que destacar la labor de la diplomacia francesa, encabezada por el gobierno de los cardenales Richelieu y Mazarino, que contaban con hábiles negociadores en todos los conflictos que se dieron en la época y que siempre terminaron, generalmente, con tratados y pactos favorables a los intereses del estado francés, hecho que le llevó a ostentar la hegemonía europea durante bastantes años.

La Diplomacia en el siglo XIX

Tras la incertidumbre creada en Europa por las Guerras napoleónicas (hecho que demostró, en parte, la inutilidad de las relaciones diplomáticas, al menos tal y como se planteaban), la idea de hegemonía de las naciones europeas se vio sustituida por la de equilibrio. Es obvio pensar que la diplomacia desempeñó un papel preponderante en el mantenimiento de los status de los diferentes países europeos. El canciller austríaco Metternich fue el primero que enunció la teoría del equilibrio sobre los puntos conocidos como sistema Metternich: en ellos se mostraba que el camino a seguir por la diplomacia no era otro que el mantener y respetar los principios sobre los que se mantenían todas las naciones, no sólo la representada por cada embajada, en una especie de pacto solidario con todas las entidades nacionales. Quedaban, a priori, desterradas la ambición, el ansia de conquista y la insolidaridad con los más débiles…

Muy pronto se consumó el fracaso de las propuestas de Metternich: el surgimiento de Prusia como estado emergente en el siglo XIX significó la llegada al poder del poderoso canciller de hierro, Otto von Bismarck. Éste creó un sistema de precarios equilibrios mediante la firma a discreción de pactos y tratados con casi todas las naciones europeas, conocidos con el nombre de Sistemas Bismarckianos. La diplomacia, pese a su mayor profesionalización (todos los cargos diplomáticos debían ser aprobados mediante oposición pública), volvió a ser secreta, engañosa y los embajadores y cónsules eran más bien vistos como espías que como representantes de un país. Como era obvio, el sistema no pudo mantenerse por mucho tiempo y, tras una nueva reunión diplomática (hecho habitual en todo el siglo XIX) en la que se trataron todos los temas de desacuerdo y se llegó a un acuerdo pacífico, todos los países se enzarzaron en uno de los más virulentos conflictos de la Historia y que, naturalmente, significó el fin de la diplomacia que se había mantenido hasta ese momento: la Primera Guerra Mundial (1914-1919).

La Diplomacia en el siglo XX

Tras la finalización de la Primera Guerra Mundial, todos los dirigentes de los países implicados insistieron en la necesidad de sustituir las bases sobre las que se había asentado la diplomacia. En este sentido, cabe destacar la propuesta del presidente de los Estados Unidos de América, Woodrow Wilson, plasmada en un escrito que ha pasado a la historia con el nombre de los Catorce Puntos de Wilson. En él se especificaba, entre otras cosas, que la diplomacia debía tender a solucionar los conflictos de los diferentes estados mediante un órgano de arbitraje internacional en el que tomaran parte todos ellos, en busca de una solución pacífica. Esto y la conformidad de todos los países fueron el germen de la Sociedad de Naciones, institución creada para tal fin y que parecía colmar las expectativas depositadas en el resurgimiento de la diplomacia. Sin embargo, los Estados Unidos de América regresaron al aislacionismo diplomático y no se comprometieron con los acuerdos que se iban a tomar. Nueva y tristemente, el final de la cuestión fue otro brutal conflicto: la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Tras la finalización de la guerra, los países implicados (y los que no lo estaban) formaron la definitiva asociación de arbitraje internacional: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Pero, nuevamente, el espíritu plural de las negociaciones quedaron rotas, puesto que los acuerdos tomados para preparar el futuro tras la guerra fueron tomados de forma tripartita por los máximos dirigentes de los países vencedores: Roosevelt (presidente de los Estados Unidos), Churchill (primer ministro británico) y Stalin (máximo dirigente de la Unión Soviética). Puede que gran parte del fracaso de los acuerdos tomados en el ámbito ONU se deba a este nacimiento descabellado, aunque podemos mitigar el pesimismo con respecto a su actuación si tomamos en cuenta que, al menos, los países menos favorecidos (que son mayoritarios en las Asambleas de dicho organismo), tienen un foro internacional de debate donde poder discutir las cuestiones, sin el cual, seguramente, los conflictos bélicos se multiplicarían por diez.

La diplomacia en la actualidad

Hoy en día, la diplomacia es una actividad perfectamente estructurada y coordinada con los diferentes ministerios de los que depende, especialmente con el Ministerio de Asuntos Exteriores de cada entidad nacional. Además, cuenta con una estricta profesionalización del sector, a la cabeza de la cual está, por lo general, un Secretario de Estado nombrado por el Ministro correspondiente, en base a sus conocimientos, experiencia y categoría para desempeñar el cargo en cuestión.

Básicamente, para la apertura de relaciones diplomáticas con cualquier país hay que cumplir tres pasos:

1- Establecer un organismo abierto en el territorio de aquel país con el que se quiera mantener las relaciones, con el fin de centralizar las propuestas que vienen ordenadas desde el país de origen y cumplir con el servicio internacional que es de su competencia.

2- Crear, esta vez en el país de origen, una estructura adecuada para canalizar las propuestas a las embajadas en el extranjero y que, a su vez, sirva de instrucción a las personas que en un futuro se van a dedicar a ello.

3- Contar con la presencia de suficiente personal, tanto cuantitativamente como cualitativamente. Este punto es importantísimo, puesto que de él depende el perfecto funcionamiento de toda la maquinaria diplomática.

Los organismos establecidos en el país de origen suelen recibir el nombre de Secretarías de Asuntos Exteriores o Gabinetes de Relaciones Internacionales. Generalmente, están divididas en departamentos que atienden a un criterio geográfico (es decir, uno para cada embajada existente en los distintos países con los que se mantienen relaciones) o a un criterio especializado (uno para cada uno de aquellos aspectos específicos que se han de tratar en cada caso: comercio, expedición de pasaportes, información general, organizaciones internacionales, asociaciones caritativas, ONG´s…).

Es obvio que uno de los principales problemas de las secretarías exteriores es la difícil coordinación entre todos los departamentos existentes, cuestión que se complica aún más si tenemos en cuenta las complejas interdependencias que se producen entre los distintos ministerios que necesitan de los servicios de relaciones internacionales para llevar a buen puerto su política (sobre todo, Agricultura y Pesca, Industria y Energía, Hacienda, Defensa e Interior, así como, obviamente, el de Asuntos Exteriores). Naturalmente, tampoco debemos olvidar que la complejidad de trámites diplomáticos conlleva una extensa rama dedicada a la burocracia administrativa, dedicada a la gerencia de las secretarías de relaciones y que se ocupa de organizar presupuestos, asignar partidas monetarias, seleccionar al personal…, en fin, todo un delicado entramado de gestión logística y de intendencia organizativa.

Las Embajadas

Con el nombre de Embajada se designa al organismo que representa en territorio extranjero al estado que lo sostiene, dependiente de la Secretaría de Relaciones Internacionales correspondiente. El organigrama de una embajada, a grandes rasgos, podría ser el siguiente:

Embajador- Es el responsable de cualquier iniciativa que se tome en la embajada, tanto a nivel de la más alta negociación política como del más nimio asunto. También está encargado de coordinar y gestionar todas aquellas órdenes dadas desde el país de origen con respecto a su labor diplomática.

Tradicionalmente, el cargo era nombrado mediante directa decisión política, recayendo la dignidad en miembros de familias acomodadas que eran los únicos que podían permitirse el lujo de los gastos que conllevaba la estancia en un país extranjero prácticamente sin ingresos, dado que la retribución no era demasiada. A partir del siglo XIX, se generaliza la oposición pública para todos los funcionarios del cuerpo diplomático y, en la actualidad, la amplia mayoría de embajadores proceden de dicho cuerpo, aunque ello no es óbice para que, esporádicamente, el Estado designe a alguien conocido y respetado en ambientes internacionales para llevar a cabo alguna misión diplomática delicada, como puede ser el caso de ex-presidentes o personajes del ámbito cultural. Un ejemplo de ello es el ex-presidente norteamericano Jimmy Carter o, en el caso de España, el también ex-presidente del gobierno Adolfo Suárez.

Secretario de Embajada- Generalmente, suele ser un diplomático experimentado que tiene la obligación de asesorar al embajador y de encargarse de las cuestiones que éste le pida. Es un cargo de cierta responsabilidad, puesto que sustituye al propio embajador cuando se halla ausente.

Agregados- Como su propio nombre indica, no son cargos que estén relacionados en sí con la embajada, sino que son miembros dependientes de otro ministerio o departamento de gobierno, encargados del asesoramiento o, incluso, de la gestión directa de la diplomacia en las áreas en las que son requeridos como expertos. Actualmente, la mayoría de embajadas cuentan con asesores de Cultura, Agricultura, Ingeniería…que han venido a sustituir al agregado en la embajada por excelencia de pasadas épocas: el militar (aunque no se excluye que en la actualidad aún se tenga).

Funcionarios administrativos- Pertenecen al cuerpo diplomático y están al cargo de los diferentes departamentos en los que la gestión de la embajada se divide: Información, Cultura, Comercio, Industria, Pasaportes y Visados…

Traductores- Es evidente que una embajada tiene necesidad de los mejores y más rápidos. Generalmente, suelen emplear a ciudadanos bilingües nativos del país en cuestión.

De manera genérica, las palabras embajador y cónsul se han tenido por sinónimos. Diplomáticamente, hay una diferencia: el embajador, como ya hemos citado anteriormente, es el responsable de todos y cada uno de los asuntos que suceden en la embajada, mientras que el cónsul es aquella persona encargada únicamente de los asuntos relacionados con el comercio. Esta confusión proviene de que, tradicionalmente, los países, decididamente más sinceros que en la actualidad, procuraban separar en todo lo posible los asuntos estrictamente comerciales de los propiamente diplomáticos, intentando que los asuntos económicos no afectasen a las posibles soluciones políticas. Pero en el mundo de hoy, donde no existe una clara frontera entre ambos términos, los embajadores se han “apropiado” también de las labores consulares, que era el nombre que recibían anteriormente, ocupándose de temas tan espinosos como la expedición de visados, pasaportes, certificados de nacimiento… Aún en nuestros días es posible que existan, de un mismo país, embajada y consulado, con el fin de distribuir la burocracia y agilizar en lo posible cualquier tipo de trámite que se desee realizar.

Lenguaje, reuniones y protocolo

Durante toda la historia y hasta el siglo XVII, las embajadas hablaron en latín. Si bien los romanos no usaron mucho la diplomacia, al menos se permitieron el curioso legado de entregar su idioma para la negociación, ya que el latín era el idioma hablado por la mayoría de los miembros de las clases nobiliarias, que eran los que se encargaban de la diplomacia. La preponderancia francesa en la época moderna hizo que su lengua fuera indispensable a la hora de entablar una negociación, aunque poco a poco se tendió al bilingüismo anglo-francés: por ejemplo, los comunicados de la efímera Sociedad de Naciones se redactaban en ambos idiomas. Hoy en día se mantiene dicho sistema a la hora de redactar algún comunicado oficial, aunque a la hora de las reuniones la traducción simultánea se completa con español, ruso y chino, lógicamente, al ser los más hablados.

En cuanto a la forma del lenguaje, es obvio decir que tiende a ser tanto lo más exacto como lo más respetuoso posible, abandonando un tanto los tecnicismos que cabría esperar en aras del buen entendimiento entre los negociadores.

Por lo que se refiere a las reuniones diplomáticas, lo cierto es que éstas proliferan entre todos los países y se producen derivadas de los más diversos temas. En la actualidad, las reuniones internacionales están en la gran diatriba de reafirmar su utilidad, habida cuenta de los fracasos sonados que han cosechado en los últimos años (júzguese por la Guerra del Golfo o por la Guerra Civil balcánica). El interés se centra, de manera general, en saber si los acuerdos tomados van a ser respetados por la cesión negociadora o si, como habitualmente, van a necesitar de apoyo militar para ser cumplidos, alejando los espíritus radicales de su seno e instaurando la cordura como única norma fija a seguir.

Una de las cuestiones más importantes a la hora de las reuniones diplomáticas es lo tocante al Protocolo. Si tuviésemos que escribir sobre la evolución histórica de las normas de protocolo diplomático, podríamos redactar páginas y páginas acerca del significado y la obligatoriedad de cuestiones en apariencia tan nimias como el vestido, el calzado, el lugar que debe ocupar un embajador en la entrada de la negociación o quién ha de levantarse primero a la hora de finalizar una reunión. Sin embargo, pensemos que un embajador en una negociación diplomática representa al propio Estado, por lo que cuestiones así son chispa de conflicto y ocurre lo mismo que hemos mencionado atrás con el lenguaje: todo ha de ser correcto y respetuoso. Para no remontarnos mucho en el tiempo, resumiremos diciendo que las actuales normas de protocolo se basan en los 53 artículos redactados en la Convención de Viena (1961) por la ONU, en los cuales se establece, entre otras cosas, el criterio de la edad como máxima a distinguir entre iguales y se contemplan tres tipos de personas acreditadas para una reunión diplomática, que cuentan con distinto tratamiento:

1- Embajadores, legados y nuncios papales.
2- Ministros y enviados especiales.
3- Agregados y personal de Asuntos Exteriores.

La inmunidad diplomática

Para finalizar, nos detendremos un tanto en el espinoso tema de las inmunidades y privilegios diplomáticos. El privilegio más destacado del que gozan las embajadas es el de la inviolabilidad de sus instalaciones, siendo inmunes tanto a registros como a embargos. Ello ha de llevarse a cabo aunque vaya en contra de los derechos de los ciudadanos del Estado en el que se encuentra situada la embajada y que, además, ha de hacerse responsable de la garantía de las inmunidades desde el mismo momento de la apertura de las relaciones diplomáticas.

Otras obligaciones del Estado anfitrión hacen relación a la garantía de libre comunicación entre los miembros de la embajada y su país de origen, así como de garantizar la inviolabilidad de la valija diplomática que transporte documentos al país de origen. El personal del cuerpo diplomático es inmune a las leyes, tanto penales como procesales, del país donde resida, aunque puede ser expulsado (declaración de persona non grata) y juzgado por los cargos imputados de acuerdo a la jurisdicción de su país de origen.

Como contrapartida, los miembros de las embajadas están obligados a respetar escrupulosamente las leyes y costumbres del país anfitrión y a no mezclarse en asuntos que no son de su estricta competencia. Cuando un conflicto atente contra ellos, es preciso aguardar las instrucciones y dictámenes que tome el gobierno nativo.

Finalmente, en el caso de ruptura de relaciones diplomáticas (lo más frecuente es que sea tras una declaración de guerra oficial), ambos países se comprometen a desmantelar sus instalaciones respetando el mantenimiento de la documentación en cualquier caso. Generalmente, se suele recurrir a un país garante aceptado por ambos para que vigile dicha labor. Estas normas son universalmente conocidas y han de ser aceptadas si se quiere hacer de la Diplomacia el vehículo negociador que todos esperamos que sea.

Bibliografía

DUROSELLE, J.B. Histoire diplomatique de 1919 à nos jours. (París: 1957).
RENOUVIN, P.(Dir.). Historia de las relaciones internacionales. (Madrid: Ed. AKAL, II vols., 1990).
STRAUSZ, R. et al. International Relations in the Age of conflict between democracy and dictatorship. (Nueva York: 1954).

OPR

DIPLOMACIA

Fuente: Britannica

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