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Definición de Ebla

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 Antigua ciudad siria (hoy Tell Mardikh), situada a 55 km al suroeste de Alepo y a algo más de 140 km al norte de Hama. Su descubrimiento y excavación arqueológica a partir del año 1964 ha facilitado nueva información acerca de los asentamientos urbanos del antiguo Próximo Oriente y ha permitido incorporar a la Historia Antigua importantes conocimientos de uno de los primeros imperios semíticos.

Su descubrimiento arqueológico.

Las ruinas de Ebla constan de tres partes muy bien diferenciadas: en primer lugar, una colina central (tell) de unos 170 m de diámetro, de forma redondeada y situada a 431 m sobre el nivel del mar, en donde se ubicó la “ciudad alta”; en segundo lugar, la base de esa colina, en la que se asentaba la “ciudad baja”, con forma anular; por último, un terraplén de 50 m de anchura y 20 m de altura, con los vestigios de las murallas que rodeaban a la ciudad potenciadas con torres defensivas y sectores reforzados que coincidían con las cuatro puertas de acceso.

Cuando en los años sesenta se iniciaron las excavaciones en Tell Mardikh dirigidas por el profesor italiano P. Matthiae, se desconocía que aquéllas eran las ruinas de Ebla. Su identificación fue posible más tarde, gracias al texto grabado sobre un fragmento de estatua de uno de los reyes eblaítas de nombre Ibbit-Lim.

Fases arqueológicas de Tell Mardikh.

Las excavaciones efectuadas en la colina de Tell Mardikh han permitido a P. Matthiae establecer seis grandes secuencias estratigráficas, fijadas entre el 3500 a.C. (Bronce Antiguo) y el 60 a.C. (periodo romano), a su vez susceptibles de subdividirse en trece fases, cuyo resumen es como sigue:

Mardikh I (3500-3000 a.C.): fase correspodiente a los primeros hábitats eblaítas de tipo semita; empleo de cerámica y útiles de cobre.

Mardikh II A (3000-2400 a.C.): desarrollo de la cultura protosiriana. Presencia de hábitats en la “ciudad baja”. Existencia de una primera construcción palacial en la acrópolis.

Mardikh II B1 (2400-2300 a.C.): época de la hegemonía de Ebla, que coincide con el Bronce Antiguo IV A. Construcción del Gran Palacio real G y otros recintos. Ebla fue incendiada con toda probabilidad hacia el 2250 a.C. por el rey acadio Naram-Sin.

Mardikh II B2 (2300-2000 a.C.): reconstrucción de la ciudad y disturbios políticos que finalizaron con una destrucción parcial de la misma.

Mardikh III A (2000-1800 a.C.): nuevo renacimiento urbano propiciado por gente amorrea, coincidente con la cultura paleosiriana arcaica. Edificación de importantes monumentos, entre ellos, el Gran templo D, el Palacio real E y la Puerta monumental (puerta sudoeste).

Mardikh III B (1800-1600 a.C.): continuidad de la presencia amorrea y construcción de grandes hipogeos funerarios. Hacia el 1600 a.C., la ciudad fue destruida por el hitita Mursilis I.

Mardikh IV A (1600-1400 a.C.): época coincidente con el Bronce Reciente I. La ciudad se hallaba prácticamente abandonada con excepción de la acrópolis.

Mardikh IV B (1400-1200 a.C.): Ebla se hallaba en poder de los hititas, al igual que toda Siria.

Mardikh V A (1200-900 a.C.): continúa la decadencia de Ebla, ya entrada la Edad del Hierro.

Mardikh V B (900-720 a.C.): restos de poco interés arqueológico. La ciudad fue destruida por las tropas asirias de Sargón II.

Mardikh V C (720-535 a.C.): Ebla constituye ahora una aldea agropecuaria sin apenas interés.

Mardikh VI A (535-330 a.C.): Siria está en poder de los persas. En Ebla, los nuevos dominadores construyen un pequeño palacio.

Mardikh VI B (330-60 a.C.): en esta última subfase, Ebla pasará a poder de Alejandro Magno. Tras el control helenístico, los romanos pondrían fin a la historia de Ebla, que fue abandonada totalmente.

Ebla en las fuentes antiguas.

El mundo científico conocía la existencia de Ebla gracias a una serie de citas que aparecían en algunas fuentes clásicas del Próximo Oriente. La más antigua mención procede de un texto de la ciudad de Lagash, datado hacia 2500 a.C., en donde se alude a “un canal de Ebla” relacionado con la ciudad de Adab. La primera mención expresa de la ciudad de Ebla aparecía en los textos de Sargón de Acad y de su nieto Naram-Sin, quienes se atribuían sendas victorias -e incluso la destrucción- sobre tal ciudad. Ebla sería también recordada en una de las estatuas de Gudea de Lagash (2141-2122 a.C.), en la que se hacía alusión a la importacion de madera desde aquella ciudad.

En textos correspondientes a la III dinastía de Ur (2122-2004 a.C.) y a la dinastía de Isin (2017-1794 a.C.) también se consignaban citas sobre la ciudad siria. Lo mismo cabe decir de los archivos de Alalakh y de la capital de los hititas, Khattushas. En un documento de esta última se alude a la destrucción de Ebla por parte de un rey hitita, tal vez Mursilis I (1520-1590 a.C.). La ciudad fue también mencionada en Egipto, según se sabe por la Gran lista geográfica de Karnak, correspondiente a las campañas militares del faraón Thutmosis III (1490-1436 a.C.). Luego se recogió de forma más o menos indirecta en fuentes meso-asirias, tras lo cual dejó de ser mencionada.

Ha llamado la atención a los historiadores el hecho de que Ebla no haya sido registrada ni en la documentación de Mari ni en la de Ugarit, dos de los centros que compitieron con Ebla en importancia durante el final del tercer milenio a.C. y buena parte del segundo.

Los archivos reales.

Uno de los hallazgos más sensacionales de Tell Mardikh son sus archivos, distribuidos por diferentes estancias del Gran palacio real G. El más significativo se descubrió en la Sala L.2679 del citado palacio, y albergaba millares de tablillas correspondientes al nivel histórico del 2300 a.C. Las tablillas son de barro y miden entre 4 cm de lado (las más pequeñas) y 36 cm (las más grandes). De ellas, unas 2.500 se han conservado perfectamente, otras 5.000 corresponden a fragmentos grandes y medianos, y el resto -unas 10.000- a fragmentos pequeños.

Los temas registrados en ellas son de muy variado contenido, pero predominan las de carácter administrativo, dada la gran burocracia que existió en Ebla. Las tablillas fueron descifradas por G. Pettinato y hoy continúan siendo leídas por el profesor A. Archi al frente de un equipo de expertos italianos. La premura y rapidez con que se leyeron en un principio ha motivado que hoy en día, pasados ya más de treinta años desde su descubrimiento, se estén leyendo otra vez desde nuevas perspectivas.

Organización política y administrativa.

A finales del siglo XX, a la luz de las investigaciones efectuadas sobre las tablillas descubiertas, se hacía muy difícil determinar cómo estuvo organizada la vida política y administrativa eblaíta. Sin embargo, sí que es posible establecer las líneas generales del sistema político por el cual se regían, así como de sus esquemas administrativos.

La monarquía.

Ebla se organizó políticamente bajo planteamientos monárquicos; en un principio se trataba de una monarquía electiva (la duración del reinado de sus reyes se ha evaluado en siete años), pero con el tiempo se convirtió en dinástica. La figura del rey llevaba el título sumerio de en, que en eblaíta equivaldría a malikum. Como jefe del Estado, el rey era el responsable de la política exterior e interior, y controlaba las catorce provincias en las que al parecer se articuló el reino de Ebla. Firmaba los tratados internacionales y, junto con la reina (malkiktum), entendía en multitud de asuntos de régimen interno, tanto civiles como religiosos. Gran importancia tuvo también la figura de la reina madre, la ama-gal-en.

La administración.

Se ignora cómo estuvo estructurada la administración, pero se sabe que toda ella descansaba sobre la figura del visir, lugal sa.za, quien residía en palacio y era nombrado por el rey. Por debajo del visir se hallaban los distintos gobernadores (lugal-lugal), cargo que se ocupaba de por vida.

La ciudad de Ebla se hallaba dividida, a efectos administrativos, en dos departamentos: la “ciudad alta” y la “ciudad baja”. En la primera se articulaban cuatro unidades de carácter político y burocrático de gran importancia: la “Casa del rey” (e-en), la “Casa excelsa” (e-makh), el “Lugar de los carros” (gi-gir) y la “Casa de los bueyes” (e-am). En la “ciudad baja” se hallaban dos unidades administrativas, controladas por sendos comisarios (mashkim).

Clases sociales.

Los textos de los archivos permiten conocer la existencia de dos tipos de gentes (mejor que clases sociales): libres y esclavos. Entre los libres se hallaban los “hijos de Ebla” (dumu-nita eb-la-ki), súbditos de plenos derechos. Libres eran también los “extranjeros” (bar-an). La mayoría de las gentes libres se dedicaban a profesiones íntimamente conectadas con el Palacio, por lo que se ha hablado de la gran “funcionarización social” de Ebla. Se calcula que, en el momento de su destrucción, eran libres en Ebla unas 12.000 personas (de un total aproximado de 30.000).

En cuanto a los extranjeros, se sabe que acudían a la rica ciudad de Ebla a desarrollar diferentes profesiones, sobre todo, y de acuerdo con la documentación, comerciantes, escribas, artistas (bailarinas, por ejemplo), técnicos y estudiantes, además de embajadores y de militares, que acababan enrolados como mercenarios.

Los esclavos (ir) eran poco numerosos. En su mayoría habían sido comprados en el extranjero o capturados en las guerras. Sus quehaceres se relacionaban con la esfera de lo doméstico y trabajaban tanto en viviendas de particulares como en templos.

Todas estas personas, desde el rey hasta el último sirviente, vivían gracias a un sistema de redistribución de productos, según el cual a cada individuo le correspondían “raciones” (she-ba) diarias o mensuales de alimentos, bebida y vestidos.

Economía y comercio.

Ebla constituyó un gran imperio económico, basado sobre todo en sus excedentes agropecuarios y manufacturas textiles y metálicas, ampliamente difundidas por todo el Próximo Oriente de acuerdo con un eficiente sistema comercial. Aunque la producción de cereales era escasa dadas las condiciones climáticas del país, Ebla supo hacer acopio de cereales de otros lugares (comprándolos e incluso cultivándolos en países vecinos) y almacenarlos convenientemente. Mucho más importante fue su cabaña ganadera, siempre bien cuidada por personal experto y de gran consideración social. A fin de controlar toda la producción agropastoril, Ebla se supo dotar de dos calendarios (llamados “calendario viejo” y “calendario nuevo”), de base lunar, los cuales fijaban el tiempo de la siembra y de la cosecha, así como las fechas del pago de impuestos y de la celebración de las principales fiestas religiosas.

La producción industrial estaba encabezada por el sector textil, que alcanzó un gran volumen de producción y que en su mayor parte se exportaba. Al parecer, los telares y las tintorerías eran propiedad del Estado. Este tipo de industria era seguida de cerca por las manufaturas metálicas. La carencia de metales no había sido obstáculo para un gran desarrollo de la metalurgia, pues Ebla se abastecía de metales en el exterior. El cobre y el estaño -para la producción del bronce- fueron los metales más trabajados, y con ellos se fabricaban multitud de instrumentos, armas y carros. Gracias a sus intercambios comerciales, Ebla también supo obtener grandes cantidades de oro y plata, con los que sus orífices confeccionaron instrumentos de elite y preciosas joyas. La labra de piedras preciosas y semipreciosas fue también muy importante.

Por las tablillas de los archivos se puede decir que el Palacio fue el primer ente económico de Ebla, y que desde allí se regulaba la totalidad de la política económica (precios, distribución de “raciones” a empleados y súbditos, impuestos y tributos, comercio). Ebla no conoció la moneda, pero para sus transacciones comerciales, llevadas a cabo por los tamkaru, se empleaban dos sistemas: la compraventa (nisham o “precio”) y el trueque (shu-bala-ka o “cambio de mano”). Se ha podido establecer que el Estado vigiló en todo momento el precio de sus productos y la paridad oro-plata (1 a 5) para evitar inflaciones.

La cultura eblaíta.

Además de los textos administrativos, que son los más numerosos de los conservados, los eblaítas también guardaban documentación de tipo histórico, religioso y cultural. Entre los textos históricos deben citarse los tratados internacionales, los elencos de ciudades sometidas, las cartas, la correspondencia oficial y otros de contenido histórico-jurídico (dotes matrimoniales, concesión de tierras). Los textos religiosos, de carácter también literario, se centran en mitos y epopeyas, himnos, encantamientos y conjuros, muchos de ellos de inspiración sumeria. Los textos de tipo cultural caen dentro de los llamados textos lexicales, que pueden ser divididos en dos clases: los textos monolingües sumerios, constituidos por ejercicios escolares, vocabularios ordenados a modo de diccionarios; y los textos biblingües -con los ideogramas y sus lecturas sumeria y eblaíta-, los cuales han permitido reconstruir un Gran Vocabulario con más de 1.400 voces sumerias con su traducción eblaíta. Esto quiere decir que, hacia el 2400 a.C., en Ebla se trabajaba ya en investigaciones filológicas de gran alcance que sentaron las primeras bases para la confección de diccionarios.

Entre los más significativos textos eblaítas deben citarse la Carta de Enna-Dagán, rey de Mari, a un rey de Ebla; el Ritual por la sucesión al trono de Ebla; el Tratado comercial entre Ebla y Abarsal; Gilgamesh y la ciudad de Aratta y Siete jóvenes, siete muchachas.

La religión de Ebla.

De acuerdo con la documentación, los eblaítas dispusieron de un panteón muy numeroso integrado por unas 500 divinidades. Al parecer, las tendencias politeístas se fueron concretando hacia un claro henoteísmo. Aunque falta información suficiente para articular el panteón, de sustrato local semita, sí se ha podido reconstruir aproximadamente el orden que en importancia alcanzaron sus dioses, pero todavía no se ha profundizado en el contenido teológico de los mismos, dada la extrema parquedad de los textos en este sentido. El principal dios de Ebla ciudad fue Kura, mientras que el del Estado fue Nidakul, también leído en ocasiones como Hidabal o Nidabal. Otros dioses significativos fueron Dagán, Ada y Kamish. Respecto a las diosas, deben citarse Ishkara y sobre todo a Eshtar.

Todos los dioses recibieron culto en templos apropiados (Gran Templo D, Templo N, Templo B1, Santuario B2, por ejemplo), en donde eran atendidos por personal especializado, del que también se conocen algunas de sus categorías. Sacerdotes importantes fueron los conocidos como shesh-II-ib, pashishu, gudu, ma-khu o natilum, cuyas exactas funciones se ignoran. Todos ellos estaban dirigidos por el abu-mul o “padre de las divinidades”. También existió una rama sacerdotal femenina, a la cual pertenecieron algunas de las princesas eblaítas (caso de Dakhir-Malik, hija de Ebrium). Los dioses fueron representados mediante estatuas o emblemas confeccionados con materiales nobles (maderas selectas y metales preciosos).

Las fiestas religiosas fueron en Ebla muy significativas y numerosas, sobre todo las celebradas en honor de los dioses Dagán, Ashtapi, Ada, Adamma, Eshtar y Kamish. Gran expectación causaron las fiestas denominadas izi-garin (“consagración”), i-gis (“unción”) y sikil (“purificación”). Otro tanto ocurrió con las procesiones, celebradas tanto en Ebla como en las ciudades de su entorno. Lamentablemente, la falta de textos dogmáticos hace que se desconozca qué es lo que los eblaítas pensaban de sus dioses o qué influencias creían que tenían sobre el cosmos y la humanidad.

Junto a la religión oficial, con sus prácticas cúlticas, existieron también creencias populares de raigambre personal, prácticamente desconocidas, en torno a dioses menores que no se incluyeron en el panteón oficial (Dadu, Dulum, Gar, Mani, Naim, Qrdu o Wanu).

El arte eblaíta.

Las excavaciones hasta ahora efectuadas han puesto al descubierto restos de importantes palacios, así como de numerosos templos. Lo más significativo de todo ello, por la complejidad de su planta, por sus diversas fases constructivas, por la articulación de sus piezas en torno a un céntrico Patio de las Audiencias, fue el Gran Palacio Real G. Entre los templos, el más importante, sin duda, fue el que ha sido llamado Gran Templo D, dedicado a la diosa Eshtar y construido hacia 1900 a.C.

Conectada con un palacio, llamado Palacio Occidental Q, y excavada en la roca se hallaba la necrópolis real, compuesta por una decena de tumbas de tipo hipogeo. Cuatro de ellas son especialmente interesantes por los objetos artísticos encontrados, y han sido bautizadas por los arqueólogos con nombres deducidos de algún rasgo característico. Así, destaca la Tumba de la Princesa -la única que se ha hallado sin profanar-, en uso entre 1825 y 1750 a.C. según indican los ajuares encontrados: más de 70 vasijas de cerámica y piedra, así como diferentes objetos de oro. Este hipogeo comunicaba originariamente con la Tumba del Señor de las cabras, de estructura más compleja y en la que se han hallado 40 piezas cerámicas, restos de ofrendas de animales, piezas de muebles, numerosas joyas y otros objetos, algunos de origen egipcio, que han servido para fechar dicha tumba entre 1765 y 1700 a.C. Finalmente, la Tumba de las cisternas, más moderna que las dos anteriores, ha aportado restos de cerámica, vasos de piedra, varias joyas y una maza egipcia, todo lo cual hace que se la sitúe entre 1700 y 1650 a.C.

Ebla alcanzó notable perfección en lo que se refiere a sus obras plásticas, sobre todo en el campo del relieve. Así, debe citarse la magnífica Estela de Eshtar, dedicada a tal diosa (hoy en el Museo Arqueológico de Idlib), de 1’50 m de altura y trabajada en todas sus caras con escenas rituales y figuras míticas. Lo mismo cabe decir de los relieves que adornaron algunas pilas lustrales o recipientes cúlticos, de basalto, entre las cuales destacan las conocidas con los nombres de pila de los prótomos de león, pila de los cápridos y pila de los dignatarios.

Pequeños trabajos en glíptica (sellos), taracea (madera y conchas) y en marfil, aparte de una extraodinaria orfebrería (león echado de Ebla), completan los objetos artísticos hallados en las ruinas de Ebla, que, bajo planteamientos estéticos básicamente semitas, supieron incorporar las mejores influencias mesopotámicas.

Bibliografía.

ARCHI, A.: “The Archives of Ebla”, en Cuneiform Archives and Libraries, Leiden, 1986, pp. 72-86.
LARA PEINADO, F.: Ebla. Una nueva historia. Una nueva cultura, Madrid, 2000.
MATTHIAE, P.: Ebla. Un impero ritrovato, Turín, 1995, 3a. edic.
MATTHIAE, P. (et al.): Ebla. Alle origini della civiltà urbana, Milán, 1995.
PETTINATO, G.: Ebla. Un impero inciso nell’argilla, Milán, 1979.
—: La città sepolta. I misteri di Ebla, Milán, 1999.

Federico Lara Peinado

Ebla

Fuente: Britannica

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