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Definición de Estados Unidos de América: Literatura

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 Literatura de Estados Unidos de América

Desde los orígenes hasta 1914

El período colonial y el nacimiento de los Estados Unidos

Con la publicación, en febrero de 1493, de la carta de Cristóbal Colón a Luis de Santángel sobre su primer viaje, la imprenta y el movimiento europeo de expansión hacia el Nuevo Continente sellaron un acuerdo tácito de colaboración. A partir de ese momento, las descripciones de las maravillas que guardaba el Nuevo Mundo animaron a numerosos europeos a probar suerte en aquellas lejanas tierras, y no es descabellado pensar que, sin la difusión masiva de estos textos laudatorios del Nuevo Continente que posibilitó la imprenta, la colonización de América pudiera haberse visto truncada. En Inglaterra fue probablemente John Smith (1580-1631), fundador de Jamestown en 1607, quien más contribuyó a conferir a América esa imagen de paraíso terrenal con su obra Descripción de Nueva Inglaterra (Description of New England, 1616). Tal resultó ser el atractivo de esta obra que, según cuenta el propio Smith, los peregrinos -término con el que se designaba por aquel entonces a los emigrantes- la preferían a los servicios de guía ofrecidos por su autor. Fue Smith un hombre prolífico en su producción literaria; dejó nueve obras en total, entre las que es también obligado mencionar Historia general de Virginia, Nueva Inglaterra y las Islas Bermudas (The Generall Historie of Virginia, New-England, and the Summer Isles) que apareció en 1624, y constituye un extraordinario relato de la historia y la topografía de estas regiones. En sus escritos Smith ofrece al lector un vivo retrato de los europeos intentando abrirse camino en tierras lejanas y extrañas, aunque no pasa desapercibido el hecho de que reserva su mejor pluma para los episodios protagonizados por él mismo.

Menos egotista que Smith fue el autor de otra crónica, que está considerada como una de las obras maestras de la literatura americana en inglés del siglo XVII: Historia de la Plantación de Plymmoth 1620-1647 (History of Plymmoth Plantation 1620-1647), título del genial relato que William Bradford (1590-1657) hizo de la colonia separatista de Plymouth. Este asentamiento (absorbido por Massachusetts Bay Colony en 1691) fue fundado por los colonos que arribaron a la península de Cape Cod a finales de 1620, entre los cuales se encontraba un grupo de puritanos que había decidido escapar de un rey hostil, Jacobo Estuardo , y establecerse en América. Bradford describe la historia de este grupo como una guerra continua contra Satán, y considera la iglesia el mejor instrumento para luchar contra él. Escribe en un estilo claro y sencillo, sin situarse nunca por encima de los acontecimientos que describe. El relato está escrito con una gran modestia, y los propios logros de Bradford (cuando se refiere a sí mismo lo hace como “el Gobernador”) pasan prácticamente inadvertidos.

Desafortunadamente, la colonia de Massachusetts no contó con un historiador de la talla de Bradford, pero su gobernador, John Winthrop (1588-1649) escribió un diario que tituló Historia de Nueva Inglaterra 1630-1649 (History of New England 1630-1649), que constituye una excelente fuente de información sobre la época. Tanto el diario de Winthrop como la crónica de Bradford no fueron publicadas hasta mucho después de que sus autores hubieron fallecido.

Entre los historiadores del Sur de esta época destaca William Byrd (1674-1744), terrateniente de Virginia y propietario de la mayor biblioteca de las colonias. En Historia de la línea divisoria entre Virginia y Carolina del Norte (History of the Dividing Line betwixt Virginia an North Carolina), escrita en 1729, Byrd narra un viaje oficial que realizó por la disputada frontera entre Virginia y Carolina del Norte, y describe, con una cierta preocupación, los personajes que más tarde se popularizarán en las novelas fronterizas de escritores como James Fenimore Cooper.

La crónica histórica más ambiciosa de la primera época de Nueva Inglaterra, sin embargo, es Magnalia Christi Americana (1702), una ardua empresa que Cotton Mather (1663-1728) emprendió animado por tres objetivos muy claros: glorificar las hazañas de Nueva Inglaterra, denunciar a los peregrinos de segunda y tercera generación que habían recaído en el pecado, y demostrar la fidelidad de la colonia a Inglaterra. Esta magna obra, en la que su autor demuestra una concepción distinta de la historia, es una crónica eclesiástica en siete volúmenes, cuya parte fundamental la constituye una extensa colección de biografías de gobernadores y teólogos de la región. Con esta obra Mather no sólo se ganó uno de los puestos más prominentes entre los historiadores de la época colonial, sino también el de su principal biógrafo. De hecho, para él la crónica histórica y las biografías de personas ejemplares no eran sino dos maneras de intentar comprender el plan teleológico de Dios para Nueva Inglaterra.

Una variedad importante en la época dentro del género biográfico fue la autobiografía, y uno de sus representantes más destacados fue el comerciante puritano y juez Samuel Sewall (1652-1730). Sewall es conocido fundamentalmente por dos motivos: en primer lugar, como el juez que ordenó ejecutar las sentencias de muerte tras los juicios por brujería en Salem; en segundo lugar, por su inmenso Diario (Diary), que fue escribiendo durante cincuenta y seis años, y que constituye un auténtico documento histórico de la Nueva Inglaterra de finales del siglo XVII y principios del XVIII. En su absorbente biografía, en la que se arrepiente del gravísimo error cometido en los juicios de Salem, Sewall ofrece el relato tanto de sus experiencias sagradas como de las seculares.

Dentro de esta categoría de crónicas personales, hay también algunas que constituyen más bien los relatos de las vidas espirituales de sus autores. Dos de ellas destacan especialmente. En primer lugar, el Diario (Journal, 1774), del predicador cuáquero John Woolman (1720-72), en el que guía al lector a través de sus experiencias espirituales y ofrece un detallado relato de sus viajes como predicador por América y Gran Bretaña; en segundo lugar, Narración personal (Personal Narrative), en la que Jonathan Edwards (1703-58), con un estilo menos espontáneo que el de Woolman, explica cómo alcanzó el entendimiento de la divinidad mediante su percepción de la naturaleza. Edwards merece también una mención especial por ser la figura más destacada dentro de la literatura confesional de esta época, a la que aportó una imponente colección de escritos, entre los que destacan su Tratado sobre los afectos religiosos (Treatise Concerning Religous Affections, 1746) o Luz divina y supernatural (Divine and Supernatural Light, 1734).

El contrapunto secular a la obra de Edwards se encuentra en un contemporáneo suyo, que fue probablemente el hombre de letras más completo en la América de habla inglesa del siglo XVIII. Con su Autobiografía (Autobiography), publicada por primera vez en 1818, Benjamin Franklin (1706-1790) pretendió -como más tarde se propondría Walt Whitman- abarcar en el relato de su vida la historia del país entero. Con este objeto, Franklin adoptó diversas voces a través de las cuales narra su propia evolución desde la juventud hasta la madurez como si él y todo el país estuvieran realizando ese viaje juntos. Esta obra es particularmente interesante porque en ella, y en una época todavía dominada por la creencia puritana de que sólo la gracia divina podía salvar el alma del mal, Franklin propuso como alternativa “el atrevido y arduo proyecto de alcanzar la perfección moral”.

Otra variante autobiográfica la constituyen los relatos de cautivos de los indios y las narraciones de esclavos. De los primeros, el más popular fue La soberanía y bondad de Dios… (The Soveraignty and Goodness of God…, 1682), de Mary Rowlandson. Retenida por los indios durante once semanas, escribió su narración poco después de ser liberada. Aunque Rowlandson establece un paralelismo entre la cautividad de los israelitas en Egipto con la experimentada por las comunidades de Nueva Inglaterra, su relato posee un carácter eminentemente íntimo, es detallado y creíble, y ofreció al lector de la época la posibilidad de comprender la cruda realidad que suponía la vida en la frontera.

De los relatos de esclavos destaca La interesante narración de la vida de Olaudah Equiano (The Interesting Narrative of the Life of Olaudah Equiano, 1789), cuyo lenguaje, erudito y pulido, delata a su autor como un escritor cultivado. Equiano comienza su narración pidiendo disculpas por atreverse a solicitar la atención del lector. A continuación, ofrece una detallada descripción de la vida en África, de donde Equiano fue raptado para ser convertido en esclavo en América, seguida de un relato del rapto y de sus consecuencias.

Aunque no sea el relato de una esclava, Relato de la parte inicial de la vida de Elizabeth Ashbridge (Some Account of the Fore-Part of the Life of Elizabeth Ashbride) es igualmente apasionante. En ella, Ashbridge narra su experiencia como emigrante sujeta a un tiránico contrato de servicio. Además de describir las duras condiciones en las que vive, Ashbridge relata también los aspectos particulares de su conversión a la fe cuáquera, en lo que es en realidad un temprano Bildungsroman. Ashbridge escribe en un estilo sencillo, carente de la formalidad estilística de Equiano y de la suficiencia moral de los biógrafos puritanos. Sin embargo, el suyo es un relato fascinante de cómo esta inocente joven se enfrenta una y otra vez a la traición, la falta de escrúpulos y la maldad del mundo exterior.

La desconfianza hacia la literatura de creación, característica de la comunidad puritana, no fue obstáculo, sin embargo, para que de la América del Norte colonial naciera también una producción poética cuantiosa y variada. Esta variedad se debió en parte a las influencias que la animaban: entre las más tempranas se cuentan la Biblia y los clásicos, así como las obras de Edmund Spenser, Sir Philip Sidney, John Milton y otros; mientras que en época más tardía destaca el ejemplo de Samuel Butler, John Dryden y Alexander Pope. A menudo, sobre todo en Nueva Inglaterra, la poesía solía ser concebida, no como un fin en sí misma, sino como un medio para reforzar la identidad de la comunidad y su fervor religioso. De hecho, pocos fueron los ministros puritanos de la época que no dejaron algunos poemas escritos para su propia edificación entre sus documentos no publicados. Entre éstos, destaca Edward Taylor (ca. 1644-1729), considerado hoy el mejor poeta americano de la primera época, aunque su poesía no fuera publicada hasta 1939. En particular llaman la atención sus Meditaciones preparatorias (Preparatory Meditations, 1682-1725, publicadas en 1939), basada cada una en un texto, en torno al cual Taylor escribía su sermón semanal. Taylor escribió estos poemas como una forma de prepararse para impartir la comunión, y su tema constante es la unión del ser humano con Dios.

Los poemas narrativos largos de mayor éxito en Nueva Inglaterra fueron los de Michael Wigglesworth (1631-1705), en especial El día del Juicio Final (The Day of Doom, 1662), cuya primera edición se agotó en el primer año de su publicación. Basado en un sueño que Wigglesworth tuvo en 1653 y escrito en el verso propio de la balada, El día del Juicio Final ofrece un sobrecogedor relato del día del juicio final, que comienza, de manera un tanto abrupta e inesperada, con una imagen de la ardiente luz de la gracia divina.

Más conocida hoy en día, y más cercana a la sensibilidad contemporánea por la tensión entre las normas sociales y los sentimientos personales que animan su poesía es la autora del libro La décima musa recientemente surgida en América (The Tenth Muse Lately Sprung Up in America, 1650), Anne Bradstreet (ca. 1612-72). Tras la publicación de este primer volumen, Bradstreet se replanteó su labor poética y comenzó a experimentar con la versificación, la organización interna, las imágenes y los temas de su poesía. Aunque sus piezas más celebradas en su época eran largos poemas filosóficos y didácticos, que reflejaban la influencia de Sidney y Raleigh, hoy en día son más apreciados los poemas breves sobre temas domésticos y sobre su relación con la naturaleza, recogidos en el volumen, publicado póstumamente, Algunos poemas (Several Poems, 1678).

La Ley del Timbre (“Stamp Act”, 1764), que gravaba todos los periódicos, documentos legales y licencias, tuvo como resultado la quema del palacio del gobernador en Virginia, y fue uno de los primeros incidentes que condujeron a la Guerra de la Independencia (1775-1783) contra Gran Bretaña, y a la Declaración de Independencia de los trece Estados Unidos, simbolizados en las trece barras de la bandera americana, el 4 de julio de 1776. Los acontecimientos políticos, no obstante, se vieron acelerados por la publicación, en enero de 1776, del panfleto Sentido común (Common Sense), en el que su autor, Thomas Paine (1737-1809), abogaba por la secesión y apelaba a los principios básicos de la Ilustración para justificar su postura. El enorme éxito de Sentido común (100.000 ejemplares vendidos en unos meses) hay que buscarlo en las circustancias extraordinarias del conflicto armado, y quizá en el hecho de que Paine era en realidad inglés y acababa de llegar a América en 1774. Sin duda también contribuyó a popularizar su obra el fino oído que demuestra Paine para el mejor estilo periodístico. Es difícil imaginar que ninguno de sus predecesores en las guerras de panfletos anteriores a la Revolución se hubiera atrevido a demostrar la extraordinaria confianza vitalista que manifiesta Paine al afirmar que “en nuestras manos está empezar el mundo otra vez desde el principio”. Habrá que esperar hasta Whitman para oír algo semejante.
(Véase Independencia de Estados Unidos de América)

El otro gran escritor político de la época fue Thomas Jefferson (1743-1826), cuya pluma fue la principal artífice en la redacción de la Declaración de Independencia, aprobada el 4 de julio de 1776, y que constituye, al igual que sus cartas y discursos, una lección de estilo. Su libro Notas sobre el Estado de Virginia (Notes on the State of Virginia, 1785) lo convirtió asimismo en el arquetipo de hombre de letras sureño. Esta obra, sin embargo, carece de la elegancia y la convicción que posee la Declaración de Independencia. En su lugar, aparece un tono de ansiedad que impregna todo el libro. Bien es cierto que Jefferson realiza una orgullosa exaltación de la naturaleza americana, pero el tema dominante en el libro es la preocupación por la fragilidad de las instituciones democráticas y el carácter pasajero del impulso que las sustenta.

Un mensaje más optimista es el que transmite J. Hector St. John de Crèvecoeur (1735-1813), inmigrante normando y autor del volumen Cartas de un granjero americano (Letters From an American Farmer, 1782). Su preocupación por encontrar una identidad para el nuevo país le llevó a titular una de sus cartas “¿Qué es un americano?” (“What is an American?”) y a preguntarse si existían características propias de los americanos que los diferenciaran de los británicos. La respuesta se puede extraer de sus propias cartas, en las que sostenía que las condiciones de amplitud geográfica y movilidad social en América formaban las bases de una nueva cultura -para la que hacía falta una nueva literatura. En Europa, en cambio, la vida se veía constreñida por las distinciones de clase, un territorio limitado y unos modelos tradicionales de comportamiento, todos los cuales eran antagónicos a la verdadera naturaleza humana. En su libro Crèvecoeur presentaba América no sólo como un tesoro natural, sino como un modelo social y cultural que permitiría al ser humano recuperar su identidad. El suyo fue uno de los libros que contribuirían a dar forma a ese carácter, como lo harían un siglo más tarde Emerson y Whitman.

El debate en torno a la Constitución, finalmente aprobada el 17 de septiembre de 1787, dio lugar a un sinfín de artículos periodísticos, entre los que merece la pena destacar los ochenta y cinco reunidos en el volumen El federalista (The Federalist), cuyo objetivo era persuadir a los habitantes del estado de Nueva York de votar a favor de la nueva Constitución. Desde un punto de vista histórico, los artículos incluidos en El federalista constituyen una respuesta conservadora a los panfletos radicales de Tom Paine. Difieren asimismo de éstos en su estilo, pues son más secos, más formales, puramente políticos. No sorprende esta concreción estilística, sin embargo, pues el temperamento romántico del momento no parece el más apropiado para expresar los postulados liberales y racionales que animaban a sus autores. Éstos fueron Alexander Hamilton (1757-1804), secretario del General Washington, y más tarde secretario del Tesoro; John Jay (1745-1829), primer presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos y gobernador del estado de Nueva York; y James Madison (1741-1836), cuarto presidente de los Estados Unidos, virginiano y abogado de prestigio. Para preservar el anonimato, los artículos fueron publicados bajo el seudónimo de Publius, aunque en realidad su autoría era ampliamente conocida.

Esta aridez estilística no sólo se manifestó en la producción periodística de la época. En la poesía de la joven República está ausente tanto la belleza simbólica de Edgar Allan Poe o Ralph Waldo Emerson como el egotismo vitalista o introspectivo de Whitman o Dickinson. La producción poética de esta época está al servicio de la razón política, al igual que anteriormente había servido como báculo al Puritanismo. De acuerdo por tanto con el momento histórico de confrontación armada y de búsqueda de una identidad nacional, con las necesidades ideológicas que éste suponía, los poetas adoptaron una concepción estética, que sería rechazada por la generación siguiente, según la cual se consideraba que la verdad existía más allá de la mente que la percibía, la realidad estaba presente en los objetos, instituciones y fuerzas espirituales del mundo exterior, y por tanto el deber del poeta no consistía en recrear el mundo a través del filtro privado e íntimo de su imaginación, sino en describirlo o evocarlo mediante las imágenes extraídas de la observación exterior. Ya cinco años antes de que estallara la guerra, John Trumbull (1750-1831), Philip Freneau (1752-1832) y Timothy Dwight (1752-1817) se hallaban inmersos en la empresa de adaptar el verso blanco y el pareado heroico a las necesidades comunales del momento, invistiendo así a su poesía de un carácter de profecía política, cargada de visiones apocalípticas. Dos de estos poetas, Trumbull y Dwight, junto con David Humphreys (1752-1818) y Joel Barlow (1754-1812), fueron los autores del poema épico burlesco La anarquíada (The Anarchiad, 1786-87), que les valió el apelativo conjunto de “Los ingenios de Connecticut” (“The Connecticut Wits”). No se puede decir, no obstante, que este sobrenombre fuera acertado. El objetivo que animaba a este grupo de poetas no era el de demostrar su virtuosismo lingüístico ni el ingenio de sus mentes, sino el de utilizar las viejas formas métricas y la vieja dicción para convencer a un pueblo joven de las verdades de un nuevo pensamiento, y expandir por todo el mundo la incipiente ideología del republicanismo en sus diversas concepciones.

Un subgénero poético muy utilizado para llevar a cabo esta empresa fue el del poema visionario, de entre doscientos y seiscientos versos y escrito en pareados heroicos. Los ejemplos más conocidos son Prospect of the Future Glory of America (1770), de Trumbull; The Rising Glory of America (1771), de Freneau y Brackenridge; America; or, A Poem on the Settlement of the British Colonies (1772?), de Dwight; The Prospect of Peace (1778), de Barlow; y A Poem on the Happiness of America (1786), de Humphreys. Este subgénero se basaba fundamentalmente en la versión abreviada y secularizada que Pope hizo en su Bosque de Windsor (Windsor Forest, 1713) de la profecía del arcángel Miguel que aparece en los dos últimos libros del Paraíso Perdido (Paradise Lost, 1674) de Milton. Si bien la calidad artística de estos poemas dista mucho de acercarse a la de su modelo, sería difícil sobreestimar su importancia como instrumento a la hora de forjar la imagen más temprana de la joven república.

El proyecto para cuyo servicio se escribieron estos poemas, no obstante, inspiró a sus autores abundantes dudas, que encontraron su manifestación en visiones de oscuridad apocalíptica publicadas de forma independiente. Esta visión dividida de la época es especialmente llamativa en el poema de Joel Barlow La conspiración de los Reyes (The conspiracy of Kings, 1792). Pero fue otro poema, Consejo a un cuervo en Rusia (Advice to a Raven in Russia, 1812), el que proporcionó a esta variante apocalíptica del poema visionario la solidez de la historia real. Este poderoso y amargo poema, escrito en Polonia durante la retirada francesa de Moscú, toma a Napoleón como símbolo de todas las fuerzas militares y monárquicas que Barlow había detestado desde siempre, y que son las que están devastando el mundo civilizado. Los cadáveres congelados con los que se encuentra el sujeto poético permiten a Barlow conferir al tema del ave de presa (al cuervo se le aconseja que emigre hacia el sur en busca de carne más cálida) una grandeza épica de la que había carecido hasta entonces.

La producción poética de la república encontró una voz más íntima en la obra de Philip Freneau. Aunque sus poemas de guerra puedan ser rechazados como propaganda, hay otros que merecen consideración como las breves meditaciones sobre la mortalidad, (La madreselva silvestre/The Wild Honey Suckle, 1786); el imaginado más allá, (El cementerio indio/The Indian Burying Ground, 1788); o el envejecimiento (Al observar una gran manzana de vetas rojas/On observing a Large Red-streak Apple, 1822).

Las primeras obras narrativas en prosa de la época imitaron a Samuel Richardson y Laurence Sterne, de quienes heredaron un propósito didáctico y un tono sentimental y sensacionalista, pero por desgracia sin alcanzar su genio. La mayor parte de la narrativa americana primitiva es, por lo tanto, inasequible desde un punto de vista estilístico a las sensibilidades modernas. Por otra parte, las novelas de aventuras, que siguieron los modelos de Tobias Smollett y Daniel Defoe, aunque evidentemente inferiores a los originales en los que se inspiraron, compensan en algo sus deficiencias mediante cualidades de humor y dinamismo físico. Tal es el caso de El cautivo argelino (The Algerine Captive, 1797), de Royall Tyler, y Caballería Moderna (Modern Chivalry, 1792), de Hugh Henry Brackenridge.

Más interesante es, no obstante, el trabajo de Charles Brockden Brown (1771-1810), que precedió a Washington Irving al intentar ganarse la vida como escritor, y a Edgar Allan Poe en su temperamento artístico y su gusto por la novela gótica. La obra de Brown es peculiar y a menudo contradictoria, por lo que no resulta fácil de comprender. Lo cierto es que sus novelas reflejan una mezcla de ansiedad política y anormalidad psicológica que son el resultado de condiciones históricas y cualidades personales que explican tanto el vigor como las perplejidades de sus diseños novelescos. Sus dos novelas más importantes son Arthur Mervyn (1799, 1800) y Wieland (1798). Arthur Mervyn constituye doblemente un Bildungsroman, una proyección del crecimiento intelectual y político del propio autor, que asocia la caída de un Adán americano con su ascenso en la escala social. Wieland, por otra parte, considerada como la primera manifestación de la novela gótica en América, pretende demostrar cómo la locura se puede esconder bajo la superficie de un mundo razonable, a la vez que denuncia el potencial destructivo de la paranoia federalista.

El período 1800-1865

El reducido mundo de las Letras en Estados Unidos

El mundo literario de Estados Unidos a principios del siglo XIX era muy reducido, y la mayoría de los autores que hoy todavía leemos vivió en los trece estados fundadores del país. Muchos de ellos se conocían, y algunos mantenían relaciones de amistad. Así, por ejemplo, Nathaniel Hawthorne y Herman Melville se hacían visitas con cierta regularidad; Margaret Fuller tuvo como anfitriones en más de una ocasión a Ralph Waldo Emerson y su familia, en Concord; Henry David Thoreau pasaba temporadas en casa de Emerson, para ayudar a su mujer con los niños y la casa cuando él estaba fuera. Y fue Washington Irving quien consiguió que el primer libro de un hasta entonces desconocido Melville fuera publicado en América. Muchos de estos escritores se solían reunir para comer, beber y charlar, y también formaron clubes a los que además asistían artistas plásticos y otras personalidades. Los cuatro más interesantes fueron el “Club de Pan y Queso”, organizado por Cooper en la trastienda de la librería de sus editores en Manhattan, y frecuentado entre otros por William Cullen Bryant, el pintor Samuel F. B. Morse (que más tarde inventaría el telégrafo) y el paisajista de origen inglés Thomas Cole; el “Club Trascendental”, fundado en Boston por Emerson en 1836, que duró cuatro años, y que contó entre sus miembros con Margaret Fuller; el “Club del Sábado”, un grupo más sociable, también formado en Boston en 1856, y al que pertenecieron escritores como Emerson, Lowell, Longfellow o Holmes, e historiadores como John Lothrop Motley y William H. Prescott, y que Hawthorne visitó en ocasiones; y el “Club de Autores”, desde un principio mimado por las figuras ya consagradas del mundo literario, y que contó entre sus miembros con importantes editores de revistas como Richard Watson Gilder y críticos y poetas como R. H. Stoddard y Emund Clarence Stedman, cuyo hijo se convertiría en el albacea literario de Herman Melville.

Esta cercanía era inevitable en un país que sólo contaba con unos pocos centros editoriales, todos ellos en la costa atlántica, y entre los que pronto destacaron los grandes puertos marítimos, que podían recibir las obras publicadas en Gran Bretaña en los barcos más rápidos y publicarlas sin dilación. De hecho, a partir de 1820 los dos centros editoriales principales del país fueron Nueva York y Filadelfia, con ventaja para el primero en el comercio de Ohio gracias al Canal Erie; mientras tanto, Boston no pasó de ser un centro editorial de provincias hasta la segunda mitad del siglo, cuando los editores se dieron cuenta del valor de sus importantes conexiones por ferrocarril con el Oeste.

Las difíciles condiciones económicas

No fue la escasez de editoriales solventes lo que motivó que las obras de los autores americanos alcanzaran la distribución que merecían tanto en Estados Unidos como en Europa. El verdadero problema residía en que los intereses de los editores americanos eran contrarios a los de los escritores. Aunque en Estados Unidos se aprobó una ley de propiedad intelectual en 1790, no fue hasta 1891 cuando los autores americanos gozaron de protección internacional y los extranjeros vieron sus derechos respetados en los Estados Unidos. Antes de esa fecha autores como Sir Walter Scott o Charles Dickens tuvieron que sufrir con impotencia que sus obras fueran pirateadas en el Nuevo Mundo y reeditadas en ediciones muy baratas, sin que ellos recibieran un centavo. Para los autores americanos esto significó renunciar a sus derechos o vender sus libros a precios más altos que los de los mejores autores británicos y europeos. Durante este período, muy pocos escritores en los Estados Unidos consiguieron ganarse la vida con la literatura. De hecho, ni siquiera estaba garantizada la publicación de sus obras. Los únicos que siempre consiguieron encontrar un editor bien dispuesto fueron Irving y Cooper, que supieron mantener su atractivo gracias a su temprano éxito. En el extremo opuesto, Melville se vio obligado a escribir novelas como Redburn o White-Jacket, que él mismo consideraba obras rutinarias, para intentar superar el fracaso de Mardi, y en otras ocasiones le fue imposible publicar piezas que había escrito, incluida al menos una que más tarde fue destruida.

En busca de una voz propia

Durante la primera mitad del siglo XIX las revistas americanas parecían dedicar tanto espacio a los artículos que insistían en la necesidad de tener una literatura nacional como a las propias obras literarias. Los críticos pedían una literatura que igualara en grandeza al nuevo país, y pronto decidieron cuáles debían ser los temas desarrollados por los futuros autores: preferentemente debían tratar el lejano pasado colonial, acercándose todo lo posible a los modelos medievales que tan buen resultado le estaban dando a Sir Walter Scott; también serían bienvenidas las leyendas de los indios americanos, e incluso los motivos del reciente pasado revolucionario, aunque estos últimos se vieran con cierto recelo por su cercanía en el tiempo. Estas fueron las pautas críticas que dominaron la escena literaria durante las décadas de los veinte y los treinta. Sin embargo, en su ensayo de 1842 El poeta (The Poet) Emerson pidió un poeta que describiera los Estados Unidos como eran, y no como podían haber sido.

Sin embargo, ninguno de los escritores americanos de esta época fue tan chovinista como para pensar que se pudiera escribir una gran literatura americana sin referencia a la tradición literaria británica y europea. Como afirmó Cooper en Nociones de los americanos (Notions of the Americans, 1828), los escritores de los Estados Unidos poseían la misma herencia literaria que los británicos. Shakespeare, Spenser, Milton, Bunyan, Addison, Pope, Fielding, Johnson y Burns, entre otros, eran patrimonio común de todo americano culto. Y la antigua colonia no tardó tampoco en responder a los románticos Wordsworth y Coleridge, y más tarde a Lord Byron, Moore y Scott. En la década de los treinta Carlyle era ya una influencia importante para más de un escritor americano, a través de sus traducciones de recientes obras filosóficas alemanas y de sus críticas de los valores británicos.

A pesar del peso de la tradición, y de que en la prosa de autores como Irving o Melville se seguían detectando sus modelos ingleses, hacia mediados de siglo la mejor literatura que surgía de Estados Unidos poseía ya un indefinido carácter americano, que era precisamente lo que la hacía más atractiva. Así, por ejemplo, Rip Van Winkle, que Irving había tomado prestado de un relato alemán, se convirtió en modelo del personaje -genuinamente americano- que sabe convertir en éxito el fracaso. Las novelas de Cooper o Melville, por otra parte, ofrecían una sensación de la inmensidad de la naturaleza, que la mayoría de los escritores europeos sólo conocían de forma indirecta. Walt Whitman asumió el reto singular de convertirse en el poeta nacional de un pueblo nuevo en un continente nuevo, y Emerson consiguió que miles de sus compatriotas adoptaran su filosofía de optimismo y confianza en sí mismos.

El sexo y los papeles sexuales

En una época en la que el sexo estaba prohibido en las revistas y en los libros que no fueran tratados médicos, el único que se atrevió a pedir una relación sana entre cuerpo y alma, y creó un foro para discutir tanto el goce como el sufrimiento sexual, fue W. Whitman.

Sólo él utilizó un lenguaje no sexista y rechazó y denunció la creencia dominante de que el papel de la mujer debía ser secundario respecto al del hombre. De los demás escritores, la única que se preocupó con igual intensidad por los roles sexuales fue Margaret Fuller, que pudiera haber sido motivo de escándalo entre la comunidad literaria de Boston, debido a su relación extramatrimonial con un miembro de la aristocracia romana, fruto de la cual nació un hijo, si no hubiera perecido, junto con el padre y el niño, en un naufragio, rumbo a Nueva York. Entre las escritoras del momento, la más ácida crítica de la institución matrimonial y de los sacrificios que ésta imponía a la mujer fue Emily Dickinson, que nunca se casó.

La naturaleza

De los principales escritores del momento, Emerson, Thoreau y Whitman sintieron una comunión con la naturaleza tan intensa que justifica que se les aplique el apelativo de “místicos de la naturaleza”. Dickinson por su parte, rodeada de parcelas y campos en su casa de Amherst, encontró un sentimiento profundamente pagano (“druídico”), que le permitió encontrar un sentido de armonía entre la naturaleza y el ser humano. Cada uno de estos escritores experimentó la naturaleza y el lugar del ser humano en la misma de una forma diferente. Pero para todos ellos constituyó una fuerza vital que no tenía nada que ver con la interpretación romántica de la época como sanadora de los males de domingueros que -según observó Thoreau- iban a descansar un día en el bosque para volver después a la ciudad.

El panorama religioso

Todos los escritores importantes de este período chocaron de una manera u otra con la religión dominante del momento, el protestantismo, que en la práctica controlaba lo que podía o no ser publicado en libros y revistas. Todos ellos (menos en el caso de Herman Melville y Dickinson) provenían de ambientes en los que el calvinismo se interpretaba de una forma más o menos liberal, aunque tenían una idea muy estricta de lo que era el cristianismo. En The Celestial Railroad, Hawthorne hizo una sátira sobre la necesidad de los estadounidenses de ser progresistas y liberales no sólo en política, sino también en teología, y Melville la continuó en su libro The Confidence-Man. Melville experimentó también un sentimiento de frustración por lo que él consideró la imposibilidad de que el cristianismo fructificara, y de angustia ante el poder brutal del Jehová calvinista, contra el cual consideró la mejor opción revelarse y desafiarlo. Dickinson, igualmente sensible ante la tiranía de esta figura divina, la comparó con un “mastín”; y Stowe, en una serie de novelas, hizo la mejor descripción de cómo el terror inspirado por Dios puede traumatizar a los más jóvenes.

A finales de los treinta y principios de los cuarenta el trascendentalismo era tratado en periódicos y revistas bien como objeto de sarcasmo o como amenaza a la religión establecida. La burla más extendida, de la que se hizo eco Hawthorne en The Celestial Railroad, era que nadie sabía cómo definirlo, si no era como algo foráneo y oscuramente peligroso. La otra cara de la moneda se manifestaba especialmente en la censura que sufrían los escritores que defendían sus postulados. Un ejemplo de este tratamiento se dio cuando James Russell Lowell, al publicar una sección de Los bosques de Maine (The Maine Woods), de Thoreau, en Atlantic Monthly, omitió una frase en la que el autor afirmaba que un pino era tan inmortal como él, y quizá iría al mismo cielo. El mismo tratamiento sufrieron Whitman y Emerson, y otro mucho peor recibió Melville, que fue silenciado para siempre.

El imperativo político

Los principales escritores del período vivieron con la angustiosa paradoja de que la nación más idealista de la historia fuera a la vez culpable de los crímenes más deplorables: el genocidio casi total de los indígenas americanos, la esclavitud de los negros y la guerra declarada contra México por el Presidente antes que por el Congreso. Con la principal excepción de Emerson, la mayoría de los escritores permaneció en silencio ante el continuo traslado de los indios a tierras más duras al oeste del río Mississippi, de acuerdo con la Ley de Traslado de Indios de 1830. En realidad, la mayoría de los blancos estaban convencidos de que al expulsar a los indios de sus tierras obraban de acuerdo con los designios divinos. En cuanto a la guerra imperialista contra México, muy pocos fueron los escritores que alzaron su voz en contra. Entre éstos destaca Thoreau, que pasó una noche en la cárcel de Concord para protestar de forma simbólica por tener que pagar impuestos para sufragar la guerra.
(Véase Esclavitud)

Fue la esclavitud de los negros, calificada por Melville como el crimen más repugnante, lo que más conmocionó a los escritores blancos y a la población en general, como demuestra el éxito que el fugitivo Frederick Douglass alcanzó con la descripción de su propia experiencia como esclavo en sus conferencias y en sus escritos. Cuando la Ley de Esclavos Fugitivos fue aplicada en Boston en 1851 (por el suegro de Melville, Presidente del Tribunal del condado), Thoreau vertió toda su indignación en sus artículos. Y cuando en 1854 se produjo otro caso famoso, los combinó para redactar su cáustico discurso La esclavitud en Massachusetts (Slavery in Massachusetts), que leyó en una celebración alternativa del 4 de julio, en la que un ejemplar de la Constitución fue quemado, porque contemplaba la esclavitud en sus artículos. En ese discurso Thoreau expresó el sentir común de muchos miembros de su generación al afirmar que después del caso de 1854 había sentido una gran pérdida, la pérdida de su país. De forma más opaca, Melville exploró el tema de la esclavitud en Benito Cereno, como un índice del emergente carácter nacional. Tanto Whitman como Melville, especialmente en sus últimos años, consideraron que la política estadounidense había dejado de preocuparse por temas importantes, y se había convertido en un nido de corrupción a pequeña o gran escala.

Pero ante una sociedad que a menudo renunciaba a sus principios, tanto estéticos como sociales o políticos, escritores como Emerson, Melville o Whitman hicieron un llamamiento, cada uno desde su propio punto de vista, a no ceder ante la mediocridad y el conformismo, y a seguir buscando lo genuino, lo individual y lo trascendental.

La prosa de las primeras décadas

Durante la primera mitad del siglo XIX siguieron interesando las obras históricas y biográficas, así como la sátira periodística y el ensayo filosófico, a la vez que fue tomando cuerpo el relato breve y alcanzó su cima la novela de frontera. Una figura dominó el panorama literario de este período como ninguna otra, por la fama que alcanzó y por la influencia que ejerció en otros escritores. Fue también el primer americano que consiguió forjarse una reputación literaria internacional y uno de los primeros en enfrentarse al problema de encontrar una identidad literaria en un país que carecía de una tradición cultural propia. Como tantos otros, Washington Irving (1783-1859) comenzó su carrera literaria escribiendo ensayos para la prensa, y en 1807, junto con su amigo James Kirke Paulding, creó la revista satírica Salmagundi, en la que publicó poemas, ensayos y comentarios sobre política, teatro y una gran variedad de temas, y en la que ya demostró una humorística apreciación de la insignificancia de los asuntos humanos. Con Una historia de Nueva York (A History of New York, 1808), una sátira de corte swiftiano sobre la pedantería de los historiadores de la época, Irving alcanzó la fama en América. Pero la obra que lo consagró al otro lado del Atlántico fue El libro de apuntes de Geoffrey Crayon (The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gent., 1819-20), en la que describe escenas, en su mayoría británicas, al estilo de Addison o Goldsmith. Los dos relatos que más han perdurado dentro de este volumen, sin embargo, son precisamente los que Irving situó en el Nueva York rural, y en los que consigue eludir su tendencia a sentimentalizar. Aunque basados en historias del folklore alemán, “Rip Van Winkle” y “The legend of Sleepy Hollow” inauguraron la tradición del relato breve americano, que pronto continuarían Hawthorne y Poe. De sus otras obras la que mejor ha resistido el paso del tiempo es La Alhambra (The Alhambra, 1832), un volumen basado en relatos españoles.

En cuanto a la novela de frontera, el escritor que explotó sus posibilidades más que ningún otro americano fue James Fenimore Cooper (1789-1851), en su colección de novelas sobre la vida del cazador Natty Bumppo. La primera, Los pioneros (The Pioneers, 1823) es en gran medida autobiográfica. A ésta siguieron El último mohicano (The Last of the Mohicans, 1826) -quizá la más famosa hoy en día-, La pradera (The Prairie, 1827), El explorador (The Pathfinder, 1840) y El cazador de ciervos (The Deerslayer, 1841). En El último mohicano, situada en la región de Lake George, Nueva York, durante las guerras con los franceses y los indios, todos los contendientes se ven desbordados por circustancias que escapan a su control, y la América colonial aparece retratada como un mundo caído en el cual la belleza natural contrasta con la brutalidad de la guerra. A Cooper le resultó siempre difícil caracterizar a sus personajes, especialmente los femeninos, que a menudo resultan acartonados. Pero brilló en las escenas de acción, en las emboscadas, en las peleas y, en general, en el melodrama fronterizo. Sus escenas nocturnas de misterio y terror son también memorables, aunque en lo que realmente no tiene rival es en su descripción del efecto que le producen la inmensidad del mar, del bosque y de las praderas del Nuevo Continente.

Robert Montgomery Bird (1806-1854) publicó diversas obras de ficción entre 1834 y 1839, una de las cuales sigue constituyendo una llamativa representación de la experiencia fronteriza americana. Con su escueto realismo, Nick de los bosques (Nick of the Woods, 1837), localizada en la tierra virgen de Kentucky a finales del siglo XVIII, contrasta con los escenarios característicamente teatrales de Cooper, así como con sus formales situaciones dramáticas. El mayor interés de esta novela reside, sin embargo, en el retrato psicológico que hace del personaje de Nathan Slaughter -un predicador cuáquero cuya fachada pacifista esconde a un asesino de indios- y que une a esta novela con algunas de las obras de Poe, Hawthorne y Melville. No obstante, la actitud francamente racista de esta novela hacia los indios revela la miopía política de Bird. Esta actitud contrasta con la que mantiene Cooper y también con la de William Gilmore Simms (1806-70), autor de Los Yemassee (The Yemassee, 1835), que describe las luchas de comienzos del siglo anterior entre ingleses, españoles e indios yemassee por la posesión de la Carolina del Sur colonial. El retrato que hace Simms de los indios es el de un pueblo temible y orgulloso, que se ve obligado al uso de la violencia ante la amenaza de expulsión. Aunque la novela transmite la convicción inequívoca de Simms con respecto a la superioridad de la civilización europea sobre lo que considera el primitivismo indio, su sentido de pérdida histórica queda también expuesto inequívocamente.

William Cullent Bryant y los “poetas domésticos”

Mucho antes de que los demás se hubieran dado cuenta de sus capacidades, William Cullent Bryant (1794-1878) definió el carácter y el tono de la poesía en América durante la primera parte del siglo XIX, tanto en su propia poesía como en su obra crítica. Con el éxito de su poema Thanatopsis (1817) Bryant encontró un público americano susceptible de apreciar la sensibilidad romántica que ya dominaba Europa. A un ave acuática (To a Waterfowl, 1818), Tierra (Earth, 1835), O Madre de una raza poderosa (Oh Mother of a Mighty Race, 1847) y El fluir de los años (The Flood of Years, 1876), entre otros poemas, no sólo obtuvieron la alabanza de los críticos y del público de la época, sino que además han envejecido poco. Poeta de pensamiento refinado y dicción elegante, en sus poemas más memorables Bryant se volvió hacia la naturaleza y el paisaje americano en busca de evidencias de lo divino, lo que le valió el sobrenombre de el Wordsworth americano. Sus pensamientos rara vez fueron tan profundos como los del poeta inglés, pero resultaron notablemente adecuados a las necesidades de los lectores de su generación.

John Greenleaf Whittier (1807-1892) obtuvo su reputación como poeta regionalista, cuya obra dejó constancia de las costumbres y recuerdos del folklore de Nueva Inglaterra. A Whittier le preocupó desde el principio retratar la belleza que pudiera ofrecer la vida rural, pero sin caer en el sentimentalismo que dominaba este tipo de poesía en la época. Muller (1854), Rumbo a la nieve (Snow-Bound, 1866), y el Preludio a Entre las colinas (Among the Hills, 1869) son las piezas que mejor realizan este propósito.

Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882), el más célebre del grupo en vida, fue sin embargo rechazado por las generaciones posteriores. Autor de poemas como El salmo de la vida (The Psalm of Life, 1838) y La canción de Hiawatha (The Song of Hiawatha, 1855), Longfellow realizó también traducciones libres de la poesía de diversas lenguas europeas, entre las que destaca la de la Divina comedia de Dante. Este ejercicio le sirvió para familiarizarse con los metros europeos que luego utilizó en sus poemas.

James Russell Lowell (1819-1891) fue el que menos maestría poética logró en la lírica. Sin embargo, como poeta público -ya sea en sus odas pindáricas, ya en sus versos satíricos- tiene pocos iguales en la literatura americana. Su obra más interesante es sin duda Los escritos de Biglow (The Biglow Papers, 1848), que constituye una interesante mezcla de voces y estados de ánimo; de prosa y verso; de inglés y cásico, habla yanqui y latín macarrónico.

La literatura en el Antiguo Sur

El Sur prebélico estaba definido por la justificación de la esclavitud en un sistema jerárquico que consagraba visiones del orden del mundo propias de finales de la Edad Media, y por sus afanes secesionistas. En el Sur la idea del Nuevo Mundo se tradujo en la glorificación vagamente mitologizada de la organización feudal, dirigida no por teólogos temerosos de Dios, sino por caballeros andantes. El mito del país sureño separado, dirigido por la clase de los plantadores yacía a flor de piel en los años de la Revolución, y poco a poco fue aflorando hasta culminar en la Guerra Civil. Esta evolución se aprecia claramente en la revista sureña más duradera, el Southern Literary Messenger (1834-64), que Poe dirigió entre 1835 y 1837. En sus primeros años, el Messenger trató de conseguir colaboraciones de escritores del Norte, y mantuvo una posición moderada sobre las diferencias entre Norte y Sur en cuanto a la esclavitud. Sus páginas recogieron ciertos temas con insistencia: la belleza de los paisajes del Sur, el idealismo y caballerosidad de sus gentes y la legitimidad de sus instituciones. Pero pronto otro tema cobraría especial importancia: la necesidad de una clase profesional de hombres de letras que despertara el genio del Sur. Sin embargo, este deseo no llegaría a cumplirse antes de la guerra. Ni los libros ni las revistas se vendían en el Sur, y la producción literaria tardó bastante en alcanzar la calidad de la del Norte.
(Véase Guerra de Secesión de Estados Unidos)

La literatura del Sur se manifestó en cuatro formas básicas. En primer lugar, una poesía lírica de la naturaleza que busca su inspiración en los paisajes sureños. La mayoría de los poetas del Sur de este período, no obstante, fueron meros imitadores de sus modelos británicos, demasiado preocupados (como Poe) por los efectos métricos y sonoros. Aparte de Poe, hay que mencionar a Paul Hamilton Hayne (1830-86) y a Henry Timrod (1828-67), que fue el Poeta Laureado de la Confederación. En segundo y tercer lugar, el idilio de plantación y la novela histórica están estrechamente vinculados en lo que respecta a temas, situaciones y tipos caracterológicos. Muestran una clara influencia de Walter Scott, y como autor más importante destaca William Gilmore Simms, que entre 1834 y 1835 escribió (aparte de Los Yemassee) las novelas Guy Rivers y El guerrillero (The Partisan). Esta última se convirtió en una saga en siete volúmenes sobre la Revolución. Finalmente, fueron también populares los bocetos sobre personajes rurales típicos, a veces con contenido humorístico. En este género destacó Augustus Baldwin Longstreet (1790-1870), a quien se conoció -erróneamente- como un “humorista del sudoeste”, cuando en realidad ni procedía del sudoeste ni su producción literaria era principalmente humorística. Lonstreet fue más bien un temprano realista, cuyo objetivo fue retratar a los habitantes de Georgia “tal como eran”. Sus relatos, publicados primero en diversos periódicos, fueron recogidos en el volumen Escenas de Georgia (Georgia Scenes, 1835).

Es irónico que los puritanos desarrollaran un arte y una literatura superiores a la de los nobles aventureros y caballeros del Sur, pero aún lo es más que el mayor exponente de la literatura de estos últimos tuviera un carácter tan dudosamente sureño. La preocupación literaria de Edgar Allan Poe (1809-1849) abarcó desde la producción periodística hasta la poesía, pasando por la crítica y la narrativa.

En su producción crítica, Poe insistió en la responsabilidad del crítico literario de ceñirse al estudio de la obra en cuestión y de fundamentar sus juicios. Así, en The Philosophy of Composition (1845), Poe ofrece una detallada explicación de cómo escribió su poema más famoso, The Raven, aunque no está claro hasta qué punto esta reseña es fiable. En su libro Poemas: segunda edición (Poems: Second Edition, 1831) Poe aún no ha encontrado su propia voz, y sigue fielmente los pasos de los románticos ingleses Lord Byron y Shelley. Serán poemas como El cuervo (The Raven, 1845), Ulalume (1847) o Annabel Lee (1849), junto con sus relatos, los que establecerán a Poe como el autor americano más popular del siglo XIX junto con Mark Twain, y también como el que más se anticipa al modernismo. Esta última característica se manifiesta, por ejemplo, en la compleja composición de The Raven: un drama interior con un cuidadoso equilibrio de elementos reales, psicológicos y supernaturales, que crean para el lector una sugestión y un significado simbólico distintos de los que percibe el personaje. En relatos como Ligeia (1838) y La caída de la casa de Usher (The Fall of the House of Usher, 1839) Poe explota también el punto de vista para crear una ambigüedad en la que conviven cómodamente interpretaciones supernaturales o psicológicas que son mutuamente excluyentes. Es así como, a partir de los modelos de la novela gótica europea, Poe creará un tipo de relato profundamente personal, que influirá en autores como Conan Doyle o Stevenson. En su única novela, La narración de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym, 1838), que en apariencia trata de un viaje al fin del mundo, pero que ofrece posibilidades prácticamente ilimitadas de interpretación, Poe explota una vez más el valor literario de la ambigüedad y la indeterminación.

La obra narrativa sobre los negros americanos

No deja de ser irónico que la obra más popular sobre la crueldad de la esclavitud a la que se veían sujetos los negros en los Estados Unidos antes de la Guerra Civil fuera escrita por una mujer blanca. La cabaña del tío Tom (Uncle Tom’s Cabin, 1851), de Harriet Beecher Stowe (1811-1896) vendió 350.000 ejemplares durante el primer año, y desde entonces ha sido publicada en unos cuarenta idiomas y leída por millones de personas. Stowe concibió esta novela animada por la indignación que provocó en ella la aprobación en 1850 de la Ley de Esclavos Fugitivos. La fuerza que la hizo tan popular procede sin duda de la capacidad de la autora para reflejar fielmente la sensación de opresión y su determinación de escapar que ella misma había experimentado en su vida familiar.

De las obras autobiográficas sobre este tema destacaremos las de Harriet Jacobs (ca. 1813-1897), Incidentes en la vida de una niña esclava (Incidents in the Life of a Slave Girl), y Frederick Douglass (1818-1895), Narración de la vida de Frederick Douglass, un esclavo americano, escrita por él mismo (Narrative of the Life of Frederick Douglass, an American Slave, Written by Himself, 1845). En su obra Douglas describe con sinceridad y detalle su vida de esclavo desde la niñez hasta que consiguió escapar en 1838. Jacobs, por su parte, hace hincapié en la vida doblemente humillante que vivían las mujeres de color, como esclavas y como objeto de la lujuria de sus amos.

El trascendentalismo

Los trascendentalistas no intentaron definir su propio movimiento porque uno de sus postulados consistía precisamente en el rechazo de toda fórmula que expresara un credo preciso. El trascendentalismo como movimiento comenzó a tomar cuerpo en Nueva Inglaterra en la década de los treinta, a partir del impulso reformista en el seno del unitarianismo. El trascendentalismo hizo suya la más importante objeción anti-calvinista del unitarianismo, según la cual la naturaleza humana es “mejorable” mediante el propio cultivo, y no sólo por un acto de la gracia divina. Sin embargo, pusieron en cuestión el postulado unitario de que la revelación divina y el cristianismo histórico constituyen los límites de la razón humana. Los trascendentalistas fundaron un periódico, The Dial (La esfera de reloj), que se nutrió de las colaboraciones de sus adeptos. También fundaron una granja, Brook Farm, para llevar a la práctica sus postulados de una manera colectiva. El experimento duró seis años, hasta que el edificio principal fue consumido por las llamas en un incendio. Brook Farm sirvió de inspiración a Hawthorne para su novela La granja de Blithedale (The Blithedale Romance, 1852). El objetivo de los trascendentalistas se vio expresado de la forma más clara y más gráfica por el que fue su principal teórico, Ralph Waldo Emerson (1803-1882), cuando dijo que lo que buscaban alcanzar era “la infinitud del hombre en su dimensión privada”.

Ralph Waldo Emerson fue la figura central y seminal del trascendentalismo, y de sus obras se nutrieron autores como Thoreau y Whitman. Emerson comenzó escribiendo poesía, pero fueron sus obras en prosa, La naturaleza (Nature, 1836) y Ensayos (Essays, 1841, 1844), las que lo convirtieron en el patriarca de los trascendentalistas, en Concord, Massachusetts. De hecho, La naturaleza, ensayo en el que Emerson ofrece una teoría del universo que muestra claras influencias de Thomas Carlyle, pronto se convertiría en el manifiesto no oficial del trascendentalismo. Como Wordsworth y Coleridge también, Emerson manifestó en esta obra una tendencia a percibir la naturaleza con el espíritu, de tal manera que ésta es creada cada vez que es percibida. De las obras contenidas en Ensayos destaca “Autosuficiencia” (“Self-Reliance”, 1841), en la que Emerson postula un optimismo individualista, que más tarde se halla en Whitman.

Si Emerson fue el primer teórico y el patriarca del trascendentalismo, Henry David Thoreau (1817-1862) fue un paso más allá e intentó vivir de acuerdo con estas teorías. Un ejemplo lo constituyen los dos años que pasó solo junto a Walden Pond (1845-47); otro, el día que pasó en la cárcel de Concord, su ciudad natal, por negarse a pagar impuestos a un gobierno que apoyaba la guerra con México. Esta segunda experiencia dio lugar a su ensayo más famoso, Resistencia al gobierno civil (Resistance to Civil Government, 1849), hoy más conocido como Desobediencia civil (Civil Disobedience). Aparte de sus Diarios (Journals, comenzados en 1837), la obra en la que Thoreau da su versión personal del trascendentalismo es Walden (1846). Walden constituye a la vez una justificación de su aparentemente excéntrica forma de vida y una acusación contra el mundo comercial y consumista de mediados del siglo XIX. La intención de Thoreau en esta obra era obligar a sus lectores a pensar de una forma nueva y a reevaluarlo todo, desde su estilo de vida hasta el papel de las instituciones.

Entre las mujeres que participaron en este movimiento, la que realizó una contribución literaria más importante fue Margaret Fuller (1810-50). Editora de The Dial de 1840 a 1842, Fuller desarrolló una importante carrera como periodista -probablemente fue la primera mujer estadounidense que vivió de su profesión-, que la llevó a cubrir el alzamiento de los italianos de Mazzini contra Austria. Desafortunadamente, en 1852 Emerson y otros editaron sus Memorias (Memoirs) de una forma que denigraba sus logros como escritora y minimizaba su activismo político.

Principales poetas de Nueva Inglaterra

El poeta más importante surgido hasta entonces en los Estados Unidos fue Walt Whitman (1819-1892). En 1855 publicó Hojas de hierba (Leaves of Grass), su único libro de poesía, que fue engrosando en sucesivas ediciones. Tanto por la intensa y explícita sexualidad y la complejidad psicológica de sus poemas, como por la nueva forma poética, perfectamente adecuada a su contenido democrático y revolucionario, y por su impresionante dominio del lenguaje, Hojas de hierba constituye un hito único en la historia de la literatura americana, y hace que su autor sea imposible de clasificar dentro de ningún movimiento poético. En Canto a mí mismo (Song of Myself), el poema central del libro, Whitman declara que contiene naturaleza sin límites con energía original, y afirma que el mayor poema es Estados Unidos. Y es que para Whitman la poesía lo abarcaba todo: la naturaleza, el género humano, Dios… Así, en ¡Adiós! (So Long!) el poeta afirma sobre su libro: “Quien toca esto toca a un hombre”. La vitalidad que destila la “energía original” de Whitman contrasta con la preocupación por el pecado original de escritores puritanos como Hawthorne; y aunque la primera edición de Hojas de hierba fue muy bien recibida por trascendentalistas como Emerson, Thoreau y otros, la defensa abierta en sucesivos poemas del amor homosexual llegó a aislar a Whitman y a crearle serios problemas a la hora de realizar nuevas ediciones de su libro. En 1865 Whitman publicó la colección de poemas Redobles de tambor (Drum-Taps), que constituye una de las obras literarias más importantes sobre la Guerra Civil, y que posteriormente incorporaría a Hojas de hierba.

Otra figura poética notable, muy diferente de Whitman tanto en su forma de ser como en su forma de escribir, fue Emily Dickinson (1830-1886), que pasó casi la totalidad de su vida en su ciudad natal de Amherst, Massachusetts, donde se convirtió prácticamente en una reclusa. Se desconocen los motivos exactos por los que Dickinson adoptó esta actitud, pero estudios recientes sobre su vida y su obra apuntan de manera bastante convincente hacia una férrea disciplina creativa que ella misma se impuso. Estos estudios demuestran que Dickinson era una poetisa seria y disciplinada, y que, si consiguió realizar una aportación tal a la literatura norteamericana, fue gracias a su radical cuestionamiento, reelaboración y a menudo rechazo del lenguaje convencional, el estilo poético, la teología, los papeles asignados a la mujer y, en fin, las actitudes hacia el mundo en general de su época. La forma poética elegida por Dickinson fue la de los himnos de su niñez, y los temas, la vida, el amor, la naturaleza, el tiempo y la eternidad, que a menudo trató con sorprendente originalidad. Aunque algunos de sus poemas fueron publicados en vida en revistas como Republican, la mayor parte de su obra no vio la luz hasta después de su muerte.

Los grandes novelistas de Nueva Inglaterra

La escena novelística de Nueva Inglaterra en este período estuvo dominada por dos grandes figuras, que compartieron tanto la ambición de alcanzar el éxito como novelistas como una larga y fructífera amistad. Nathaniel Hawthorne (1804-1864) fue uno de los primeros escritores cuya ambición fue la de contribuir a una tradición literaria americana y no británica. Como descendiente de inmigrantes puritanos y vecino de Salem, Massachusetts, donde nació y vivió, y donde un antepasado suyo había sido juez durante la caza de brujas, Hawthorne estuvo profundamente influido por la religión y la moral puritanas. Como autor de su tiempo, sin embargo, también recibió la influencia del Romanticismo, que le empujó a escribir sobre el pasado. La historia colonial americana había estado dominada por los enfrentamientos religiosos, un tema a primera vista poco atractivo desde el punto de vista literario. Pero Hawthorne supo aprovecharlo, enfatizando el ambiente extraño y opresivo de las tradiciones religiosas puritanas. Así, en su libro de relatos, Cuentos contados dos veces (Twice-Told Tales, 1837), Hawthorne investiga, entre otros temas, sobre las consecuencias del orgullo, el egoísmo y el sentimiento secreto de culpa, y sobre la imposibilidad de erradicar el pecado del corazón humano. La letra escarlata (The Scarlet Letter, 1850) causó sensación tanto en los Estados Unidos como en Gran Bretaña, y pronto se convirtió en la obra clásica sobre la Nueva Inglaterra puritana. No obstante, La letra escarlata no es estrictamente una novela: el método que utiliza Hawthorne en esta obra no es narrativo ni dramático, sino expositivo. Sus personajes representan proyecciones de diferentes facultades de la mente del autor. Así, Chillingworth es el intelecto analítico; Dimmesdale, la sensibilidad moral; y Pearl, el don poético inconsciente. Hester, la protagonista, hacia la que Hawthorne consigue dirigir nuestra simpatía, a pesar de condenar sus actos, representa la realidad humana tal como la ve el autor: diversa, inabordable y moralmente problemática.

El otro gran novelista de esta época fue Herman Melville (1819-1891), que llevó la novela de viajes hasta sus cotas más altas. Typee (1846), Omoo (1847), Mardi (1849), Redburn (1849), Casaca blanca (White Jacket, 1850) y Moby Dick (1851) son el fruto de su propios viajes por los Mares del Sur en un ballenero, así como de sus abundantes lecturas. De estas novelas, fueron Typee -la primera crónica personal de los Mares del Sur que podía ser leída como una novela de aventuras- y Omoo -más pulida y llena de atractivos personajes, y de interesante documentación sobre las calamidades provocadas por los cristianizadores- las que le dieron el éxito. Por el contrario, Mardi, en la que domina la especulación metafísica, dañó su reputación de manera irreparable. Hoy en día, Melville es recordado como el autor de la monumental Moby Dick, que en su tiempo constituyó un fracaso de crítica.
(Véase Moby Dick)

Moby Dick es una historia de cazadores de ballenas que adquiere proporciones épicas. La búsqueda de la gran ballena blanca por el capitán Ahab se convierte en la persecución de las fuerzas del caos por el que se ha erigido en redentor de la Humanidad, el capitán Ahab. Ishmael, un miembro de su tripulación, narra las peripecias de Ahab, y describe su transición de héroe a villano debido a su excesiva arrogancia. El peligro que puede conllevar un exceso de confianza nacional -que era precisamente lo que, en opinión de Melville, postulaba Emerson en su ensayo “Autosuficiencia”- encontraría también su lugar en una de las obras de Melville, El timador (The Confidence-Man, 1857).

De la Guerra de Secesión a la Primera Guerra Mundial

La transformación de una nación

Entre el final de la Guerra Civil y el comienzo de la Primera Guerra Mundial los Estados Unidos experimentaron una transformación casi total. Antes de la Guerra Civil, Estados Unidos había sido una república esencialmente rural, agrícola y aislada, la mayoría de cuyos habitantes, idealistas y seguros de sí mismos, creía en Dios. Para cuando entró en la Primera Guerra Mundial como una potencia de rango internacional, ya era un país industrializado y urbanizado, cuya población se había visto obligada a enfrentarse a la teoría de la evolución de Darwin y a profundos cambios en su propias instituciones y valores culturales. También tendría que aceptar, cada vez más abiertamente, el legado de racismo provocado por la esclavitud y la política de traslado de los indios, que habían sido fenómenos tan cotidianos en la vida anterior a la Guerra Civil.
(Véase Primera Guerra Mundial)

El principal fenómeno material de este período fue la industrialización, que se dio a una escala sin precedentes. Entre 1850 y 1880 el capital invertido en la industria aumentó más de cuatro veces, mientras que la mano de obra fabril casi se duplicó. En 1855 se habían terminado cuatro líneas férreas transcontinentales. Cuando estalló la Guerra Civil, excepto por la costa noreste, Estados Unidos era un país de granjas, aldeas y pequeñas ciudades. Pero a principios del siglo XX sólo un tercio de la población vivía en granjas; y para el final de la Primera Guerra Mundial, la mitad de la población estaba concentrada en una docena de ciudades. Nueva York había pasado de los 500.000 habitantes de 1850 a los 3,5 millones en 1900, muchos de los cuales eran inmigrantes del centro, el Este y el Sur de Europa.

Ésta fue también la época en la que surgieron las grandes fortunas, y los grandes potentados, como Andrew Carnegie, J. P. Morgan o John D. Rockefeller; y la época en la que un creciente número de granjeros se vio obligado a abandonar sus tierras, debido a las nuevas condiciones impuestas por el ferrocarril, el gigantesco “pulpo”, como lo describió Frank Norris. Las grandes ciudades, por su parte, se convirtieron en junglas donde sólo los más fuertes, los menos escrupulosos y los que más suerte tenían conseguían sobrevivir, como dejó patente el novelista radical Upton Sinclair. Ni los granjeros ni los obreros estaban organizados, y ninguno de los dos grupos tuvo una representación política hasta la década de los ochenta. La política se llenó de escándalos, como el del desfalco de los fondos de la ciudad de Nueva York.

Esta rápida transformación y estas nuevas condiciones urbanas fueron acompañadas del desarrollo de una literatura nacional de gran abundancia y variedad. Nuevos temas, nuevas formas, nuevas regiones, nuevos autores y nuevos lectores fueron apareciendo, de manera que a principios de la segunda década del siglo XX el espíritu y la sustancia de la literatura de los Estados Unidos había evolucionado considerablemente, de igual manera que su centro de producción había pasado de Boston a Nueva York a finales de los ochenta. Los pioneros, aventureros y periodistas dieron paso a los pobres del campo, los obreros industriales, los ambiciosos hombres de negocios, vagabundos, prostitutas y soldados sin pizca de heroísmo como protagonistas de novelas y relatos. Pero no sólo creció la literatura. Importantes trabajos de filosofía, sociología y psicología comenzaron a aparecer, muchos de ellos fruto del nuevo espíritu de apertura y reforma. También llegaron al país -traducidos- los principales autores europeos del momento: Tolstoi, Henrik Ibsen, Anton Chejov, Hardy, Zola, Galdós fueron a menudo reseñados por Henry James o W. D. Howells en las principales publicaciones de la época.

Realismo y naturalismo

Uno de los acontecimientos intelectuales con mayor repercusión de la segunda mitad del siglo XIX fue la publicación de El origen de las especies (The Origin of Species, 1859) de Charles Darwin. Aunque pocos autores americanos escribieron tratados en respuesta a las tesis de Darwin, todos tuvieron que enfrentarse a este reto a las concepciones tradicionales sobre el origen de la humanidad, la naturaleza y el orden social. Una reacción posible consistía en aceptar las implicaciones más negativas de la teoría de la evolución y utilizarla para explicar el carácter de los personajes de las obras de ficción. De esta forma, los personajes eran concebidos como combinaciones más o menos complejas de atributos y hábitos heredados, condicionados por fuerzas económicas y sociales. Muchos escritores americanos adoptaron esta forma pesimista de realismo, la llamada visión naturalista de la Humanidad, aunque cada escritor, por supuesto, la incorporó a su obra según su propio estilo e ideología.
(Véase Realismo y Naturalismo)

Durante estos cincuenta años se dedicó una gran cantidad de libros a la descripción, análisis y crítica de las instituciones sociales, económicas y políticas del momento, y a los problemas generados por el rápido crecimiento que estaba experimentando el país. Los derechos de la mujer, la corrupción política, la desigualdad económica, los negocios fraudulentos y la explotación de los asalariados, entre otros, se convirtieron en temas corrientes de libros y artículos periodísticos, y encontraron también su lugar en la literatura.

De todos los libros publicados sobre esta época, el que sigue siendo considerado como el tratado estándar es La educación de Henry Adams (The Education of Henry Adams, 1918). Henry Adams (1838-1918) fue bisnieto del segundo Presidente de los Estados Unidos y nieto del sexto, y pasó su niñez rodeado de políticos, artistas e intelectuales de renombre. En La educación, cuyo interés es literario tanto como cultural, Adams hizo un recorrido por todos los principales temas del momento, y en el último capítulo (1905) adoptó una actitud abiertamente pesimista al profetizar que el poder desintegrador al que había dado lugar la ciencia amenazaba con acabar con el mundo entero. Esta visión apocalíptica no resulta en realidad tan extraña como podría parecer a primera vista si se tiene en cuenta la dimensión de la transformación que el mundo de Adams -y el de todos los estadounidenses- había sufrido en la segunda mitad del siglo XIX.

El escritor y el crítico literario más influyente del período naturalista fue sin ninguna duda W. D. Howells (1837-1920). En su obra crítica Howells abogó por un realismo literario que tratara a los americanos corrientes de forma veraz, y es opinión generalizada hoy en día que en sus propias novelas -especialmente en las de los ochenta y los noventa- Howells fue fiel a este principio, en tal medida que Henry James las calificó de documentales. Si bien Howells fue siempre consciente al escribir de su público fundamentalmente femenino y refinado, a menudo corrió también verdaderos riesgos, como por ejemplo en el personaje de Marcia Gaylord de Un ejemplo moderno (A Modern Instance, 1881), en el que analiza con gran sutileza el declive moral de una niña mimada de campo conforme se va convirtiendo en una mujer celosa y vengativa. Howells fue acusado de escribir sólo sobre los aspectos más amables de la vida, pero un personaje tan brutal como Jeff Durgin en El casero de Lion’s Head (The Landlord at Lion’s Head, 1897) no parece avalar su acusación. Como tampoco lo hacen las novelas en las que estudió la relación entre la transformación económica de los Estados Unidos y su condición moral. De éstas cabe mencionar El ascenso de Silas Lapham (The Rise of Silas Lapham, 1885) y Un riesgo de las nuevas fortunas (A Hazard of New Fortunes, 1890).

El más nihilista dentro de los naturalistas fue Stephen Crane (1871-1900), que estaba convencido de que el ambiente tiene una gran importancia a la hora de determinar el destino de las personas. Esta convicción se ve reflejada en su primera novela, Maggie: una chica de la calle (Maggie: A Girl of the Streets, 1893). En La roja insignia del valor (The Red Badge of Courage, 1895), Crane obvia los problemas políticos y centra la atención en la batalla, sumergiendo a los individuos en la maraña de la experiencia colectiva, en un estilo impresionista, que presenta un mundo fragmentado de personajes incompletos. El protagonista, Henry Fielding, responde al caos y la violencia de los que se ve rodeado con ataques alternativos de pánico y euforia, y, ante esta actitud ambigua, el lector se ve obligado a juzgar por sí mismo las reacciones del personaje. Crane se desvía así de las convenciones literarias de la época, y se revela como un autor avanzado y moderno para su tiempo. Crane fue un escritor honesto, que describió lo que vio, y a menudo esto se manifestó como un mundo que era arbitrario más que científicamente previsible. En su relato El bote abierto (The Open Boat, 1897), por otra parte, Crane opuso al pesimismo naturalista de sus novelas una exigencia de valor, integridad y generosidad con nuestros semejantes ante un universo que es esencialmente hostil.
(Véase Nihilismo)

Theodore Dreiser (1871-1945) compartió con Crane, al menos en sus primeras novelas, la visión naturalista del ser humano más como marioneta de las circunstancias que como dueño y señor de su destino. Dreiser, sin embargo, hace mayor hincapié en las circustancias y ambiciones económicas de sus personajes como factores determinantes de su comportamiento. Así en Hermana Carrie (Sister Carrie, 1900), su primera novela, la protagonista, Carrie Meeber, alcanza el estrellato gracias a dos relaciones extramatrimoniales, por las que es incapaz de sentir ningún remordimiento. Las preocupaciones de Carrie no son en ningún momento morales, sino materiales. Una tragedia americana (An American Tragedy, 1925) constituye una disección naturalista del sueño americano, así como un estudio minucioso del tradicional binomio naturalista que enfrenta la responsabilidad individual a las influencias sociales.

Dos autores naturalistas, que trataron el tema de la explotación y la marginación de los asalariados en las grandes urbes industriales, fueron Upton Sinclair (1878-1968) y Jack London (1876-1916). La obra más interesante de Sinclair es la novela La jungla (The Jungle, 1906), en la que analiza con un estilo típicamente naturalista, que tiende hacia el melodrama, la difícil vida de un inmigrante lituano recién llegado a los Estados Unidos. En La gente del abismo (The People of the Abyss, 1903), Jack London se adentra en el East End de Londres y hace un retrato de los marginados, que resulta verdaderamente penetrante en su percepción de lo que constituirían las bases de los movimientos fascistas décadas más tarde. London exploró también los temas eminentemente darwinianos de la voluntad de poder y la supervivencia del más fuerte en sus novelas más populares, La llamada de la selva (The Call of the Wild, 1903) y El lobo de mar (The Sea Wolf, 1904).

Edith Wharton (1862-1937), por el contrario, se movió siempre en ambientes patricios y éstos fueron fundamentalmente los que plasmó en su obra literaria. La tensión entre los valores morales y la ambición material -como en La casa de la alegría (The House of Mirth, 1905)- o la utilización del atractivo sexual para ascender en la escala social -como en La costumbre del país (The Custom of the Country, 1913)- son algunos de los temas, típicamente naturalistas, que Wharton exploró en sus novelas.

El tema de la desigualdad de la mujer también recibió un interesante tratamiento en el volumen Mujeres y economía (Women and Economics, 1898), en el que Charlotte Perkins Gilman (1860-1935) defiende que la dependencia económica de la mujer impide no sólo su propio desarrollo, sino de toda la especie humana. Gilman también escribió obras de ficción, entre las que destaca el relato El papel pintado amarillo (The Yellow Wallpaper, 1913). Jane Addams (1860-1935) también dedicó su vida al activismo social y político. En 1899 fundó Hull-House, en la que se ofrecía todo tipo de servicios sociales a los trabajadores del vecindario. Recogió esta experiencia en su obra autobiográfica Veinte años en Hull-House (Twenty Years at Hull-House, 1910). Addams fue también una activa pacifista, y en Nuevos ideales de paz (New Ideals of Peace, 1907) propuso los barrios de emigrantes de Chicago como modelo de convivencia pacífica de comunidades multiculturales e internacionales.

De los escritos dedicados en esta época a la lacra del racismo contra los negros americanos resulta obligado destacar las obras de dos autores. Después de la esclavitud (Up from Slavery, 1901), la biografía de Booker T. Washington (1856?-1915), que dominó el movimiento por los derechos civiles de los negros entre 1895 y 1915, y que es una obra maestra del género en toda su sencillez. Sin embargo, el capítulo XIV, en el que Washington proponía una convivencia pacífica entre blancos y negros a cambio de la aceptación por éstos de un lugar secundario en la sociedad americana, fue duramente contestado por W. E. B. Du Bois (1868-1963) en Las almas de los negros (The Souls of Black Folk, 1903), donde proféticamente predijo que “el problema del siglo XX es el problema de la línea de color”.

La narrativa regional

La narrativa regional, otra expresión del impulso realista, tuvo su origen en el deseo de preservar los modos de vida típicos antes de que la industrialización los sometiera a su inevitable homogeneización, y también en la demanda de piezas narrativas breves para un creciente número de publicaciones, cuyo público era fundamentalmente femenino. Aunque a menudo nostálgicos, los mejores relatos regionales consiguen ofrecer un buen retrato superficial de un tiempo y un lugar determinados, a la vez que penetran bajo esa superficie y alcanzan las profundidades que transforman lo local en universal. Esta ambigüedad es apreciable incluso en un temprano ejemplo de relato regional como es La suerte de Roaring Camp (The Luck of Roaring Camp, 1868), que convirtió a Bret Harte (1836-1802) en una celebridad. Harte sabía cómo entretener, y aprovechó la curiosidad que todo el país demostró sobre la fiebre del oro para escribir éste y otros relatos sobre el tema al principio de su carrera.

Por el contrario, en lugar de intentar crear un mito con sus relatos, Hamlin Garland (1860-1940) se propuso destruir uno, el de la “cualidad mística relacionada con la tierra virgen”. Así, en Bajo la zarpa del león (Under the Lion’s Paw), de la colección Los caminos más transitados (Main-Travelled Roads, 1891), el lector encuentra un relato regional realista y al servicio de la protesta social.

El trabajo de Harriet Beecher Stowe, Sarah Orne Jewett (1849-1909), y Mary E. Wilkins Freeman (1852-1930) constituye una forma menos didáctica de protesta social. En sus relatos, estas escritoras protestan contra un mundo dominado por los hombres y por los intereses y valores masculinos. Stowe, Jewett y Freeman no sólo se lamentan de la crisis económica y espiritual de la Nueva Inglaterra de posguerra: sus personajes femeninos sugieren la capacidad de los seres humanos de vivir de forma independiente y con dignidad a pesar de las presiones de la comunidad, la autoridad patriarcal y la escasez material.

Entre los escritores regionales del Sur cabe destacar a Joel Chandler Harris (1848-1908), Charles Waddell Chesnutt (1858-1932) y Kate Chopin (1850-1904). Al igual que en el caso de sus colegas del Norte, su obra resulta más universal cuanto más fiel a lo particular. Así, los negros de Georgia que retrata Harris perduran en nuestra imaginación porque los conocía por dentro, al igual que Kate Chopin conocía a sus personajes de los pantanos de Louisiana.

Sin embargo, si hay un autor que realmente consiguió que los personajes de una región en particular vivieran en la imaginación de lectores de todo el mundo, ése fue sin duda Mark Twain (1835-1810, que fue además el escritor más popular de todo el país. Esto se debió probablemente a que tenía el don de saber hacer reír en público y, lo que es aún más difícil, de saber trasladar esta rara cualidad a su literatura. Twain fue un maestro de estilo, y es comúnmente aceptado que su obra maestra, Aventuras de Huckleberry Finn (Adventures of Huckleberry Finn, 1885), constituye el origen de la prosa coloquial norteamericana. Tampoco cabe ninguna duda sobre su habilidad para captar los arquetipos míticos de la América de su juventud y crear algunos de los personajes más memorables de la narrativa norteamericana. Gracias a sus libros sobre el río, Las aventuras de Tom Sawyer (The Adventures of Tom Sawyer, 1876), La vida en el Mississippi (Life on the Mississippi, 1883) y Huckleberry Finn, se conoce lo que era la vida en el valle del Mississippi antes de la guerra mucho mejor de lo que conocemos la de cualquier otra región de los Estados Unidos en cualquier otra época.

(Véase Showboat)

La literatura de los nativos americanos

Es éste uno de los períodos más ricos de la literatura india, en el que se hallan textos muy variados que abarcan desde las traducciones de piezas de oratoria tradicional y de cantos y canciones en las lenguas vernáculas hasta escritos dentro de los géneros de la tradición euroamericana. Las piezas oratorias fueron registradas desde muy pronto, ya que solían formar parte de los rituales que acompañaban a la firma de tratados. Ese es el caso de discursos como Estoy solo (I am alone, 1907) pronunciado por Cochise (ca. 1812-1874) durante una negociación sobre el futuro de su pueblo, los apaches chiricahuas; o Él ha llenado tumbas con nuestros huesos (He has filled graves with our bones, 1876), en el que Charlot explica a su pueblo, los indios cabezas planas, que el hombre blanco quiere obligarles a pagar impuestos.

Fueron los antropólogos, sin embargo, y no los estudiosos de la literatura, los que primero consiguieron penetrar los secretos de las lenguas nativas, y los que alrededor de finales del siglo XIX produjeron algunas traducciones que reflejaban parte de la sofisticación y belleza de una tradición oral, que seguía existiendo, a pesar de las difíciles circunstancias. Dentro de la tradición oral de las distintas naciones indias americanas destaca el Canto Nocturno de los navajos, que es el más elaborado dentro de los ceremoniales de este pueblo, y dura nueve noches completas. También son especialmente interesantes las canciones del pueblo chippewa, que estudió y tradujo Frances Densmore (1867-1957), como, por ejemplo, la Canción del Cuervo. Según Densmore, la leyenda cuenta que los cuervos dieron esta canción a un joven que estaba ayunando. El cuervo entonces se convirtió en la fuerza de su espíritu. Como los cuervos son las primeras aves en regresar a la tierra de los chippewa en primavera, se cree que son ellos los que traen las ansiadas lluvias de esta estación.

En las primeras décadas del siglo XX aparecieron también antologías de canciones indias, como El libro del indio (The Indian’s Book, 1907), que fue publicado con una laudatoria reseña del antiguo presidente Theodore Roosevelt, o de poesía, como El sendero en el arco iris (The Path on the Rainbow, 1918), en cuya introducción, Mary Austin predijo una pronta relación entre las obras de los poetas nativos y la de los imaginistas.

Muchos de los nativos americanos que permanecieron en las reservas siguieron cantando canciones y contando cuentos según la tradición oral; no obstante, algunos de los que abandonaron las reservas comenzaron a adoptar las formas literarias escritas de la tradición euroamericana. Para la mayoría de ellos el contacto con esta cultura fue el resultado de su asistencia -voluntaria o no- a los internados del gobierno federal. Estas escuelas, dirigidas por católicos o protestantes de distintas confesiones, solían ser lugares de horror en los que se intentaba por todos los medios extirpar a los indios su lengua y sus costumbres nativas para convertirlos a la tradición angloamericana. Una de las niñas que pasó por esta experiencia, pero supo aprovecharla para beneficio propio, fue Gertrude Simmons Bonnin (Zitkala Sa) (1876-1938), que la reflejó en su pieza autobiográfica Impresiones de una niñez india (Impressions of an Indian Childhood, 1900).

El realismo psicológico de Henry James

Henry James (1843-1916) está considerado como uno de los grandes novelistas americanos de todos los tiempos; sin embargo, en vida gozó únicamente de un reducido círculo de incondicionales que reconocieron su genio. Varios motivos explican esta falta de sintonía con el público de su tiempo. En primer lugar, en una época en la que los gustos naturalistas requerían de los escritores una mayor preocupación por las clases menos favorecidas y un interés en las consecuencias del determinismo social, James eligió poblar sus novelas exclusivamente con miembros de la clase media acomodada y de la aristocracia, y plantear los conflictos de sus novelas en términos de la libre elección moral. En segundo lugar, en una época de grandes avances científicos y de un extraordinario crecimiento económico, en la que el ritmo de vida experimentó una importante aceleración, el público en general carecía de la paciencia necesaria para enfrentarse a la elaborada sintaxis de James o al ritmo pausado de sus novelas. Finalmente, en un momento histórico en el que el realismo obligaba a los novelistas en Europa y América a ser extremadamente generosos en detalles en las descripciones y en el relato de los actos más triviales y rutinarios, James concentró su interés en la psicología de sus personajes, de tal manera que éstos llegaron a ser acusados de ser mentes sin cuerpo, sin sustancia, que flotaban en un mundo de ensueño, rodeados de riqueza y privilegios, y carentes de problemas.

Sin embargo, hoy en día James es considerado por muchos un gran escritor realista, no por las incursiones en la novela naturalista de su etapa intermedia, como Las bostonianas (The Bostonians, 1886) o La princesa Casamassima (The Princess Casamassima, 1886), sino por el realismo psicológico de sus obras. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, en Retrato de una dama (The Portrait of a Lady, 1881), que está considerada como la obra maestra de su primera época -y por algunos, como su mejor novela-; de hecho, al hacer a Isabel consciente del significado de su experiencia, James transforma un drama costumbrista internacional en un drama psicológico.

En su última época, no obstante, James se acercó al modernismo con las que se consideran las obras más influyentes para la novela como forma literaria: Las alas de la paloma (The Wings of the Dove, 1902), Los embajadores (The Ambassadors, 1903) y La copa dorada (The Golden Bowl, 1904), en las que, siguiendo sus propios consejos a otros novelistas, James redujo al mínimo el papel del narrador; y a las que la riqueza de sintaxis, de puntos de vista y de simbolismo, entre otras características, las convierte en sus novelas más difíciles.

El período de entreguerras

Esta etapa está marcada por la participación victoriosa de Estados Unidos en las dos guerras mundiales, con la internacionalización que esta circunstancia implicó. La indecisión que demostró el gobierno a la hora de participar en el conflicto en ambos casos refleja el continuo debate que se estaba produciendo en el seno de la sociedad americana sobre la conveniencia de que el país participara en los asuntos europeos. Esta polémica no cesó cuando Estados Unidos finalmente decidió entrar en la Primera Guerra Mundial, sino que adquirió nuevas dimensiones tras la Revolución rusa de 1917 y la formación de partidos comunistas en todo el mundo. La reacción contra el comunismo (red scare) provocó la deportación de numerosos activistas de origen extranjero, y culminó con una ley de inmigración muy restrictiva en 1924. El temor a los rojos se vio alimentado por los continuos enfrentamientos laborales y una agitación social que duró hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Una vez más, los americanos decidieron mantenerse al margen. El bombardeo de Pearl Harbour en 1941 los colocó en un camino sin retorno.
(Véase Segunda Guerra Mundial)

Con todo, la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial implicó su reconocimiento como potencia mundial y contribuyó a revitalizar su industria. Aunque pereció un menor número de americanos en este conflicto que en la Guerra Civil y no se luchó en territorio americano, la guerra trajo como consecuencia un sentimiento de impotencia ante lo que se consideró la autodestrucción del Viejo Continente. También se difundió una marcada incertidumbre ante la indefinición del nuevo orden que debería surgir de las ruinas del antiguo. Algunos escritores participaron directamente en el conflicto, y plasmaron estas experiencias en sus obras, como hizo Hemingway en Adiós a las armas (A Farewell to Arms, 1929).

Otros elementos seguían contribuyendo a cambiar la fisonomía y la mentalidad del país. La electricidad llevó una mayor comodidad a los hogares; el teléfono y la radio ayudaron a acortar distancias; la radio y el tocadiscos popularizaron los nuevos estilos musicales; el cine (que fue sonoro desde 1929) creó una forma nueva de entretenimiento; y en conjunto, el cine, la radio y el tocadiscos dieron lugar a lo que hoy conocemos como cultura popular o cultura de masas. El cine tuvo desde el principio una incidencia importante sobre el mundo de la literatura. Escritores de talento fueron reclutados por la industria cinematográfica de Hollywood como guionistas, a la vez que otros conseguían vender sus libros directamente a los estudios a precios inusitados hasta entonces para cualquier escritor. Las técnicas cinematográficas también proporcionaron a los escritores nuevas ideas sobre la forma literaria.
(Véase Estados Unidos de América: Cine.)

El avance tecnológico que causó un mayor impacto en la vida cotidiana de los americanos en el período de entreguerras fue la invención de la cadena de montaje del automóvil por Henry Ford. Este descubrimiento hizo que a partir de 1920 los precios de los coches bajaran considerablemente y resultaran asequibles para un mayor número de americanos. El automóvil revolucionó el mundo laboral del país, ya que se crearon millones de nuevos puestos de trabajo en las fábricas, las fundiciones de acero, la construcción de autopistas, las gasolineras, los restaurantes y moteles de carretera, etc. El proceso de industrialización y de urbanización comenzado después de la Guerra Civil experimentó así un fuerte incremento. La apariencia del campo y la forma de las ciudades cambiaron rápidamente, según se fueron construyendo nuevas carreteras y nuevos barrios y zonas residenciales alrededor de los núcleos urbanos. El automóvil proporcionó además a todo aquel que lo poseía una libertad de movimientos inimaginable hasta entonces.

Desde un punto de vista económico y social, este período está claramente dividido en dos momentos diferentes por el derrumbe de la bolsa de Wall Street en 1929. Así, los años veinte se caracterizaron por una nueva afluencia económica, que trajo consigo la preocupación por la libertad personal y la permisividad social, así como un cierto grado de hedonismo. Los americanos tradicionalistas, que creían en la ética del trabajo, de la conformidad social y de la respetabilidad, intentaron controlar el comportamiento social y privado de sus compatriotas, propugnando el modelo de anglosajón blanco, protestante y virtuoso, habitante de una ciudad de provincias. Frente a este modelo de virtud, que ofrecía una imagen incompleta de lo que en realidad era la sociedad americana, los emigrantes, las minorías raciales, los jóvenes, las mujeres y, por supuesto los artistas se empeñaron en escoger sus propios estilos de vida. La ética tradicional, fuertemente enraizada en la tradición puritana, consiguió en enero de 1919 que se aprobara una enmienda a la Constitución conocida como la “ley seca”, por la cual quedaba prohibida la venta y el consumo de bebidas alcohólicas. Esta ley fue ignorada por amplios sectores de la población, pero tuvo una importante consecuencia social: la aparición del gángster. La ley seca fue anulada en 1933, pero el gángster continuó existiendo en la vida de los Estados Unidos, y se convirtió en una figura recurrente -unas veces héroe, otras villano- del cine y de la literatura de los treinta.
(Véase Crisis de 1929)

Los años veinte también se caracterizaron por una significativa relajación de las costumbres sexuales. Como la moral tradicional había santificado la libertad sexual del hombre, la liberalización de las costumbres se tradujo fundamentalmente en una mayor libertad para la mujer y en una creciente franqueza en la comunicación de los comportamientos sexuales. La joven inocente que había dado vida a personajes como Daisy Miller, de Henry James, cedió paso a la sofisticada, independiente y audaz flapper de la era del Jazz.

La condición de la mujer mejoró también en otras áreas. En agosto de 1920 una enmienda a la Constitución les concedió el derecho al voto, después de más de setenta años de activismo sufragista. Durante los años veinte las mujeres comenzaron a unirse a la fuerza de trabajo en una proporción mucho mayor que hasta entonces. La variedad de empleos por los que podían optar las mujeres también aumentó, y aparte del servicio doméstico y el trabajo en las fábricas, ocuparon la gran mayoría de puestos en la educación primaria y secundaria, en las oficinas, y en las tiendas. Además, algunas mujeres comenzaron a acceder también -aunque en un número muy reducido- a profesiones más cualificadas, como la abogacía, la medicina, el periodismo o la enseñanza superior. El número de mujeres que cursaban estudios universitarios también aumentó, como lo hizo el de las que vivían solas, viajaban solas y, en fin, llevaban una vida independiente, aunque también es cierto que la gran mayoría todavía consideraba el matrimonio y la familia como sus principales metas. Curiosamente, muchos de los escritores americanos que se pronunciaron a favor de una mayor expresión personal y un mayor individualismo negaron estos derechos a las mujeres. Así, Ezra Pound, F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, William Carlos Williams y T. S. Eliot no vieron a la “nueva mujer” como un síntoma de apertura y democratización de la sociedad, sino como una señal de que se encontraba en crisis.
(Véase Sufragismo)

Aunque las vidas de los afroamericanos también experimentaron cambios sustanciales, la segregación continuó definiendo a la mayor parte de la sociedad americana. La industrialización del Norte atrajo a millones de habitantes del Sur rural, que se convirtieron en asalariados fabriles, vivían en barrios segregados y enviaban a sus hijos a escuelas sólo para negros.

El avance más importante del período de entreguerras se produjo en el campo de la ciencia. Descubrimientos tan importantes como la teoría de la relatividad, el principio de incertidumbre y las teorías de la mecánica cuántica dieron al traste con la imagen de estabilidad con la que había investido la ciencia decimonónica a la naturaleza. Para muchos escritores, especialmente para los más conservadores, el principal problema que supuso esta evolución del pensamiento científico fue la correspondiente pérdida de autoridad de las teorías humanísticas que habían explicado tradicionalmente el funcionamiento del mundo y de la vida. Algunos poetas, como John Crowe Ransom, Ezra Pound, T. S. Eliot, Wallace Stevens y Williams Carlos Williams reaccionaron contra la suposición cada vez más extendida de que el pensamiento no científico era incapaz de explicar nada, y contraatacaron minimizando la capacidad de la ciencia para discernir sobre las cuestiones realmente importantes, como la experiencia subjetiva y los problemas morales.

A pesar del crecimiento económico que experimentó Estados Unidos durante los años veinte, el país fue testigo del surgimiento de movimientos socialistas, comunistas y anarquistas, al amparo de un contexto internacional favorable. Estos movimientos pronto suscitaron una hostilidad abierta por parte de las autoridades y de los empresarios, que en 1921 se concretó en la condena a muerte de los anarquistas italianos Sacco y Vanzetti, acusados de un asesinato del que muchos estaban convencidos que eran inocentes. Muchas figuras prominentes de la literatura tomaron parte activa en su defensa, y algunas fueron detenidas y encarceladas por participar en manifestaciones en su favor. Su condena se ejecutó en 1927. Seis obras de teatro, ocho novelas y más de cien poemas se escribieron sobre este suceso.

Si los años veinte constituyeron una etapa de prosperidad, en la que el principal interés fue social y personal, los años treinta fueron una década de preocupación eminentemente económica y política, como consecuencia de la Gran Depresión que siguió a la crisis de 1929. Una cuarta parte de la fuerza de trabajo se quedó en paro. Las primeras páginas de los periódicos comenzaron a hablar de suicidios de banqueros y corredores de bolsa, pero aún más terrible resultaba la enorme cantidad de gente corriente que había perdido ahorros, casa y trabajo. Al no existir ningún tipo de cobertura social la situación fue desesperada para muchos. La libre empresa capitalista, que debía asegurar una vida mejor para todos, había fallado. Ante esta tesitura, en las elecciones de 1932 los americanos optaron por el programa pragmático de recuperación de Franklin Delano Roosevelt, que consiguió aliviar los efectos más dramáticos de la crisis a costa de las arcas del Estado. No obstante, la prosperidad no volvió al país hasta que la Segunda Guerra Mundial volvió a regenerar la industria.

En esta terrible situación, el Partido Comunista gozó de un significativo aumento en su prestigio y en su número de afiliados. Numerosos intelectuales apoyaron su causa, aunque no se afiliaran al partido, y los que visitaron la Unión Soviética volvieron convencidos de que habían visto una verdadera democracia proletaria. Sin embargo, el pacto de no agresión con Hitler y los procesos contra la antigua cúpula bolchevique que comenzaron en 1936 dañaron gravemente la imagen de Stalin en Estados Unidos y provocaron que muchos activistas de izquierdas volvieran la espalda a la URSS.

La literatura de la época

A pesar de los cambios tan dramáticos ocurridos en el período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la literatura norteamericana no abandonó totalmente sus raíces. La influencia de escritores como Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman siguió siendo importante, mientras que la de otros, como Herman Melville y Emily Dickinson, comenzó a ser apreciada. Algunos escritores que habían alcanzado el éxito antes de la Primera Guerra Mundial siguieron publicando, como el naturalista Hamlin Garland, que publicó su autobiografía entre 1917 y 1930, Edith Wharton, que publicó su última obra maestra, La edad de la inocencia (The Age of Innocence), en 1920 o Theodore Dreiser, cuya mejor novela, Una tragedia americana (An American Tragedy), apareció en 1925.

La literatura escrita entre las dos guerras mundiales posee una coherencia interna que se explica por las circunstancias históricas. En términos generales, las obras de este período optaron por tres tipos de soluciones: dar una imagen de decadencia social utilizando técnicas apropiadas, ofrecer una crítica radical de la sociedad americana desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores o desarrollar un ideario conservador que pudiera contrarrestar la fractura social.

La poesía de Entreguerras

Las diversas manifestaciones del Modernismo

Ezra Pound (1885-1972) creó el imaginismo, un nuevo tipo de poesía, según el cual, en lugar de describir algo -un objeto o una situación- y luego generalizar sobre ello, los poetas debían presentar el objeto directamente. Para ello, debían evitar la dicción ornamentada y las formas métricas complejas pero previsibles de la poesía tradicional, pues desviaban la atención del lector del impacto que había de producir la imagen pura. En 1913, sin embargo, Pound cedió su puesto como portavoz del movimiento imaginista a Amy Lowell (1874-1925), para fundar la escuela del vorticismo. Lowell no fue nunca exclusivamente imaginista. En su producción poética se hallan también largos poemas narrativos de tema histórico y poemas de corte periodístico en prosa poética. El movimiento vorticista suponía una variante del imaginismo, según la cual el poeta, además de defender la presentación directa de la imagen, buscaba conferirle dinamismo y energía. Las principales obras de Pound de esta etapa consisten en traducciones libres del provenzal, el chino y el japonés. Como otros poetas de su época, sin embargo, Pound estaba convencido de que un gran poema debía ser una obra larga, y en 1915 comenzó a trabajar en lo que sería su obra más importante: una serie de 116 Cantos. Los cantos eran poemas de longitud diversa, en los que se combinaban recuerdos, meditaciones, descripciones y transcripciones de libros que Pound estaba leyendo. En 1920, Pound también plasmó su pesimismo sobre la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias en los poemas Hugh Selwin Mauberly y Mauberly.

Pocas relaciones de amistad entre dos autores pueden decirse que hayan sido tan productivas como la que existió entre Ezra Pound y T. S. Eliot (1888-1965), en cuyo primer volumen Prufrock y otras observaciones (Prufrock and Other Observations, 1917) se manifiestan ya claramente tanto la visión netamente modernista del autor como la influencia de su amigo y mentor. Esta influencia se convirtió en colaboración en La tierra baldía (The Waste Land, 1921), que Pound corrigió minuciosamente. A lo largo de todo el poema alusiones literarias e históricas se entremezclan con fragmentos de la vida del momento, así como con referencias míticas que Eliot extrajo de La rama dorada (The Golden Bough), de Sir James Frazer, y de Del ritual al romance From Ritual to Romance, de Jessie Weston. Estos libros ofrecían un repertorio de mitos con ayuda de los cuales Eliot consiguió invocar la idea de una tierra baldía que desesperadamente busca su regeneración. En Cuatro cuartetos (Four Quartets, 1934-1943), una obra que, como su título indica, fue concebida como una suma de voces polifónicas que Eliot comenzó poco después de haber sido admitido en la Iglesia Anglicana, se puede apreciar un tono distinto, a menudo cercano al de la predicación.

Además de la mencionada Amy Lowell, dominaron la escena poética modernista en Estados Unidos otras dos mujeres, Hilda Doolittle y Marianne Moore. También en 1913, tres poemas de H. D. (Hilda Doolittle) (1886-1961) aparecieron en la influyente revista Poetry de Harriet Monroe, por mediación de Ezra Pound. La poesía de H. D. fue fiel al credo imaginista en su lenguaje intenso y sus imágenes llamativas (procedentes fundamentalmente de la naturaleza), que habitaban un verso exento de abstracciones y generalizaciones. H. D. adoptó también un punto de vista enteramente modernista en su representación de la psique, a la deriva en una realidad fragmentada, extraña e insegura. H. D. también fue la responsable de la publicación del primer volumen de poemas de Marianne Moore (1887-1972), Poemas (Poems, 1921). Moore, a diferencia de sus contemporáneos modernistas, utilizó la estrofa entera como unidad poética. Su estrofa se compone de versos regulares, medidos en sílabas -y no en pies-, organizados según una estructura complicada. En ellos la rima se produce a menudo en sílabas no acentuadas, e incluso dentro de una palabra. Los efectos que consigue son complejos y sutiles, y a menudo se requieren conocimientos técnicos previos para poder apreciarlos.

El primer libro de poemas de Wallace Stevens (1879-1955), Armonio (Harmonium), no apareció hasta 1923, pero lo estableció como uno de los mejores poetas de su tiempo. Sus poemas, en su mayoría breves piezas líricas, constituyen un triunfo desde el punto de vista técnico, y llaman la atención por su color, sus imágenes y su ingenio. En este libro, Stevens pretendía demostrar que la belleza depende del ojo que la percibe, una preocupación que lo acerca a la ideología modernista. Utiliza verso blanco o estrofas breves, normalmente sin rima, para que el lector dirija su atención hacia el vocabulario más que a la prosodia. Sus poemas están llenos de sorpresas en cuanto a su dicción y a sus imágenes, y, conforme a la costumbre de la época, las alusiones a la música y la pintura son abundantes. Las imágenes sensitivas, especialmente de sonido y color, inundan sus poemas.
(Véase Modernismo)

El estilo más característico de William Carlos Williams (1883-1963) puede apreciarse en La primavera y todo (Spring and All, 1923), donde mezcla poesía y prosa. Al igual que a los poetas expatriados, a Williams la vida moderna americana le parecía fea y superficial. Sin embargo, Williams buscaba para su poesía un lenguaje nítidamente americano, un vocabulario actual y, aún más importante, un verso que reflejara las cadencias de la vida americana contemporánea. Williams consideraba absurda la idea del “verso libre”, pues creía que el ritmo que animaba cada verso y lo conectaba con el siguiente constituía la propia esencia de la poesía. El arte del poeta debía residir en la capacidad de construir entidades rítmicas con los poco prometedores materiales del habla moderna y de la experiencia diaria reflejada por ese tipo de habla. Williams fue publicando sus poemas durante toda su vida en un sinfín de revistas, y más tarde en pequeños volúmenes. De éstos destaca Imágenes de Brueghel y otros poemas (Pictures from Brueghel and Other Poems, 1962); con él ganó el Premio Pulitzer el año de su muerte.

En su poesía, E. E. Cummings (1894-1962) consiguió aunar la innovación formal propia de la época con un suave lirismo y una exaltación temática de los individuos frente a la sociedad, que recuerdan más a Emerson, Thoreau y Whitman. Su poesía se caracteriza por el uso de un lenguaje corriente, que incluye elementos de cultura popular, y por su atención a la forma visual del poema tal y como aparece impreso en la página. Otro elemento innovador lo constituye su intento de expresar la idea de que la vida es un continuo proceso en fragmentos poéticos sin título, que carecen de principio y final. En la poesía de Cummings, por otra parte, es frecuente la presencia del humor y de una indisimulada voluntad de admitir y expresar emociones como el amor o la tristeza. En sus poemas de amor, su exaltación del cuerpo lo acerca más a los trascendentalistas que a sus coetáneos modernistas.

Hart Crane (1899-1932) estaba convencido de que los poetas tenían acceso a un nivel de conciencia superior al de los demás, y se definió a sí mismo como seguidor de Walt Whitman en la tradición visionaria y profética americana. Como en el caso de Whitman, la ambición de Crane también fue escribir el “gran poema americano”. En su obra más compleja, El puente (The Bridge, 1926), Crane se propuso la búsqueda, a la vez personal y épica, de “América”. Al igual que Whitman, su propósito era llegar a dominar las técnicas del modernismo, para al mismo tiempo escribir una poesía de signo contrario -positiva, festiva, y profundamente enraizada en la vida americana contemporánea- sin sacrificar la complejidad o la riqueza técnicas.

La poesía regional y social

De todos los libros de poesía publicados en toda la historia de los Estados Unidos la Antología de Spoon River (Spoon River Anthology, 1915), de Edgar Lee Masters (1868-1950), es uno de los que más impacto ha tenido. Su lenguaje corriente, su forma directa de tratar las vidas privadas, su tratamiento del sexo como un componente básico de la vida y su visión profundamente crítica de la vida de provincias provocaron una conmoción cuando fue publicado. Fue reimpreso diecinueve veces en su primera edición. La Antología de Spoon River está constituida por una serie de poemas sobre los habitantes de la zona de Spoon River, que se encuentran enterrados en el cementerio de la colina. Como todos están muertos, pueden permitirse ser sinceros sobre sí mismos, y sus voces discordantes coinciden en un lamento por sus vidas malgastadas. La Antología pronto se convirtió en un modelo para otros escritores críticos que fueron especialmente críticos con la mezquindad de las ciudades de provincias, como Sherwood Anderson o Sinclair Lewis.

Edwin Arlington Robinson (1869-1935) vio en la poesía un mundo alternativo de elegancia y belleza, lo cual no impidió que escribiera sus mejores poemas sobre vidas desgraciadas o malogradas. Sus breves retratos y poemas narrativos utilizan una forma poética tradicional, con versos regulares, rima y un lenguaje elevado, que en ocasiones contrasta con un tema poco poético según los cánones tradicionales. Enfatiza así su tristeza y banalidad. Robinson escribió tanto poesía regional sobre Nueva Inglaterra como poesía crítica sobre la vida de provincias.

Robert Frost (1874-1963) basó su lenguaje poético en la idiosincrásica dicción de los granjeros de Nueva Inglaterra, una elección que no sólo lo enmarcó dentro de la tradición iniciada por Wordsworth, sino que lo distanció de la oscuridad y la dificultad cultivadas por el movimiento modernista. La claridad de su dicción, los ritmos coloquiales y la simplicidad de sus imágenes lo distinguen claramente de autores como Pound, Eliot o Stevens. Frost crea la dinámica interna de sus poemas precisamente con la contraposición de los ritmos del lenguaje corriente y de las formas métricas tradicionales. De éstos, los más populares y conocidos son probablemente los poemas líricos sobre la naturaleza que describen una escena o un acontecimiento.

Carl Sandburg (1878-1967) buscó con su poesía celebrar a los trabajadores de América en poemas que ellos mismos pudieran comprender. En estos poemas, se combinan pasajes declarativos de gran fuerza con descripciones muy precisas. Sandburg también adopta, en otras piezas, un tono lírico o puramente imaginista. En cuanto a la métrica, Sandburg utilizó un verso libre similar al de Whitman, pero con ritmos más cercanos a los del habla corriente. Su volumen El pueblo, sí (The People, Yes, 1936), un collage de viñetas en prosa, anécdotas y poesía, refleja las investigaciones que realizó sobre la canción tradicional americana.

Entre los poetas sureños, destaca John Crowe Ransom (1888-1974), vinculado al “agrarianismo del Sur”. Para Ransom la poesía ofrecía ante todo una fuente de conocimiento alternativa a la ciencia, de la misma manera que el Sur ofrecía un modo alternativo de vida al del Norte. Ransom utilizó formas métricas tradicionales, pero complicadas por rimas poco comunes y por cesuras en los versos. Su lenguaje resulta a menudo imprevisible con su mezcla de latín, inglés antiguo y formas coloquiales y arcaicas. En general, sus poemas destacan por su ironía, su ingenio y su erudición.

Edna St. Vincent Millay (1892-1950) escribió una poesía que abarca una amplia gama de estilos. En sus piezas más tempranas cantó al amor y a una sexualidad libre y totalmente exenta de culpa. Sus poemas sobre Nueva Inglaterra se enmarcan dentro de la tradición de la poesía regional y tratan sobre la naturaleza y motivos cotidianos. Millay utilizó formas estróficas cerradas y versos regulares, y demostró un alto grado de virtuosismo técnico, dentro de unos límites impuestos por ella misma, como fueron, por ejemplo, los del soneto.

El Renacimiento de Harlem

Entre los escritores relacionados con el Renacimiento de Harlem, dos figuras merecen una mención especial: Langston Hughes (1902-1967) y Countee Cullen (1903-1946). Langston Hughes fue el más popular y el más versátil, y fue también el responsable de la incorporación de los ritmos afroamericanos a la poesía. Hughes trató de evitar los tópicos del primitivismo negro del campo y centró su atención en el mundo urbano. Utilizó formas estróficas procedentes del blues y creó un lenguaje poético basado en el vocabulario negro corriente, intentando no caer en los estereotipos. Countee Cullen afirmó en el prólogo a su antología de poesía negra, Atardecer cantado (Caroling Dusk, 1927), que las formas de la poesía inglesa, y no las transcripciones de los dialectos negros, debían ser las herramientas propias del poeta. Cullen no eludió la responsabilidad que sentía al escribir sobre temas raciales, pero su mayor logro fue probablemente el haber conseguido interesar en estos temas a los lectores blancos que lo admiraban, gracias a su utilización de formas poéticas que les resultaban familiares.

La narrativa de Entreguerras

Las diversas caras del Modernismo

Así como Ezra Pound ejerció su influencia y su magisterio modernista sobre otros poetas, Gertrude Stein (1874-1946) lo hizo sobre novelistas como Sherwood Anderson, F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o William Faulkner. Stein pasó una gran parte de su vida en París, donde hizo amistad con jóvenes pintores del momento como Picasso, Braque o Matisse, que condicionaron su desarrollo como escritora y en el gusto que adquirió por la experimentación. Otra importante influencia que recibió Stein fue la del psicólogo y filósofo William James (hermano mayor de Henry James), que llamó su atención sobre el hecho de que la conciencia es un fenómeno estrictamente personal, que existe en un eterno presente, una teoría que conformó las primeras obras de Stein. En La formación de los americanos (The Making of Americans, terminada en 1908, pero publicada en 1925) Stein se propuso escribir una gran obra sobre la sensibilidad de la nación, que se desarrollara en un eterno presente. Stein aprendió mucho de la técnica de Henry James, como demostró en la novela Las cosas como son (Things as They Are, publicada póstumamente en 1950), que describe un triángulo amoroso entre tres mujeres, basado en una relación que mantuvo la autora en sus días de estudiante.

Ningún autor se comprometió de igual manera con la década de los veinte como F. Scott Fitzgerald (1896-1940), que ha pasado a la historia como la personificación de la era del jazz, y cuyos títulos Chicas y filósofos (Flappers and Philosophers, 1921) y Cuentos de la era del jazz (Tales of the Jazz Age, 1922) confirman su identificación con esta época. El gran Gatsby (The Great Gatsby, 1925), fue su obra maestra y una de las novelas más importantes que ha dado Estados Unidos en el siglo XX, además de un retrato sutil y magistral de una época histórica. La novela está narrada desde el punto de vista de Nick Carraway, que se muestra atraído y repelido por el relato que cuenta. Él es, a su vez, protagonista de una historia secundaria. La figura del narrador es precisamente uno de los mayores logros de la novela, que junto con la magistral utilización del simbolismo y la cuidada construcción temporal la convierten en un modelo de control formal y de estructura narrativa.

Siguiendo el consejo de Gertrude Stein, Ernest Hemingway (1899-1961) acuñó un estilo que, en sus mejores manifestaciones, está cargado de fuerza y es modelo de austeridad descriptiva. Éste es el caso de Fiesta (The Sun Also Rises, 1926), la novela que lo lanzó a la fama, en la que presenta a un grupo de expatriados ingleses y americanos en busca de emociones en Francia y España. El tono de hastío, las relaciones tensas y las caracterizaciones austeras de esta novela marcarían buena parte de la futura obra de Hemingway. En Adiós a las armas (A Farewell to Arms, 1929) el desencanto que impregna la mayor parte de la obra se traduce desde el principio en un sentimiento trágico que culminará con la muerte de Catherine. Igualmente, en Por quién doblan las campanas (For Whom the Bell Tolls, 1940) la muerte del protagonista, aunque argumentalmente es resultado de la casualidad, desde un punto de vista estructural resulta inevitable.

En Manhattan Transfer (1925), John Dos Passos (1896-1970) aplicó los principios del modernismo europeo a la gran metáfora naturalista americana de la urbe moderna, y se sirvió de técnicas caleidoscópicas y cinematográficas para presentar su particular visión de la despersonalización de la vida urbana contemporánea. Manhattan Transfer no ofrece la imagen naturalista de la ciudad como un cúmulo de fuerzas hostiles en tensión permanente, sino como una yuxtaposición sincrónica de conciencias, actos, emociones e ideas sin dueño, que contribuyen a crear un paisaje expresionista de la ciudad más moderna y futurista del mundo. En la trilogía U.S.A. (1937), Dos Passos utilizó las técnicas desarrolladas en Manhattan Transfer, como el uso de diversos narradores, una amplia galería de personajes, y la conjunción de material documental y elementos naturalistas, para construir una gran novela épica modernista sobre las primeras décadas del siglo en América.

William Faulkner (1897-1962) escribió sobre la niñez, la familia, el sexo, las obsesiones, el tiempo, el pasado, el Sur del que provenía, y el mundo moderno. Inventó voces para personajes tan dispares como niños, criminales o locos. Pero además supo desarrollar su propia voz, intensa y retórica. En El sonido y la furia (The Sound and the Fury, 1929) y Mientras agonizo (As I Lay Dying, 1930), Faulkner realizó un esfuerzo prodigioso por articular de manera experimental los aspectos inexpresables de la psicología individual. En El sonido y la furia tres personajes cuentan, cada uno en una sección independiente y en un estilo distinto, partes diferentes de la misma historia. Sólo la cuarta sección, contada por un narrador omnisciente, respeta el tiempo de la narración; las otras tres saltan libremente en el tiempo y en el espacio. En Mientras agonizo Faulkner fue más allá y confió la narración a cincuenta y nueve secciones de monólogo interior de los quince personajes de la novela. En ¡Absalón! ¡Absalón! (Absalom, Absalom!, 1936), considerada por muchos como la obra maestra de Faulkner, cuatro narradores diferentes cuentan la historia de una misma persona. Al observar el lector cómo cambia el relato de un narrador a otro, se da cuenta de que relatar historias es la forma que tenemos los humanos de buscar el significado de las cosas.

Entre los escritores que cultivaron el relato breve conviene destacar tanto a Katherine Anne Porter (1890-1980) como a Dorothy Parker (1893-1967). La obra de Katherine Anne Porter fue relativamente breve (cuatro volúmenes de relatos y una novela), pero cada uno de sus relatos constituyó una obra maestra de técnica y fuerza narrativa. Parker combinó su habilidad para la narración tradicional con nuevas técnicas simbólicas y temas modernos, como los sueños y el sexo. Su principal logro consistió en saber mantener la claridad y elegancia de su estilo a la vez que trataba las emociones humanas más intensas. Dorothy se hizo famosa en la década de los veinte como la encarnación de la mujer emancipada, inteligente e independiente. Su obra literaria refleja el lado oscuro de esa libertad, que nunca respondió, en realidad, a la imagen pública y mítica que la época contribuyó a crear. La fuerza de sus relatos procede del contraste que Parker gustaba de establecer entre las apariencias exteriores y las realidades interiores, haciendo hincapié especialmente en los sentimientos de soledad, vacuidad y falsedad.

La narrativa social y regional

Durante toda la carrera literaria de Willa Cather (1873-1947), su principal motivación fue el estudio de los pioneros en un sentido amplio: sus éxitos, sus motivaciones y su problemática relación con los que venían detrás. Willa Cather también es recordada por sus retratos de mujeres fuertes, independientes y decididas, que desafiaban el canon de sumisión de los asentamientos del Oeste.

El retrato de la ciudad provinciana en este período recayó fundamentalmente sobre dos autores: Sherwood Anderson (1876-1941) y Sinclair Lewis (1885-1951). Anderson intentó aunar en su producción literaria la tradición naturalista con el énfasis modernista en la percepción y la conciencia. Anderson cultivó el relato breve, y en la colección Winesburg, Ohio (1919), realizó una acerba crítica de la vida en la pequeña ciudad de provincias. Desde el punto de vista estilístico, Anderson buscó siempre una prosa sencilla y directa, con oraciones breves y vocabulario poco sofisticado. Esta sencillez de estilo, la utilización del punto de vista de personajes ajenos a la acción como medio para criticar la sociedad convencional, y la concepción del relato como un momento concreto en la vida de un conjunto de personajes, y no como una visión panorámica y comprimida de los mismos, fueron las mayores contribuciones de Anderson a la literatura. En Calle Mayor (Main Street, 1920) y Babbitt (1922) Sinclair Lewis convirtió la ciudad provinciana del Medio Oeste en objeto de su muy particular tipo de sátira. El éxito de Lewis se basa en su profundo conocimiento del mundo sobre el que escribía. Los personajes, el ambiente, la infinidad de detalles que el lector encuentra en estas obras le permiten forjarse una imagen mental a la vez solidaria y crítica del imaginario estado de Winnemac. La técnica sociológica, casi documental, que utiliza Lewis consigue que Main Street aparezca no sólo como un lugar, sino como un estado mental; y que Babbit deje de ser un individuo para pasar a representar al americano medio.

La ambición de Thomas Wolfe (1900-1938) fue diametralmente opuesta a la de escritores como F. Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway. Mientras éstos lucharon por conseguir una estructura tersa y un estilo conciso, Wolfe se proponía “escribir sobre todo y decir todo lo que se pueda decir sobre cada particular”. Como consecuencia, sus libros fueron construidos por sus editores y agentes, que tuvieron que dar forma a la materia prima producida por Wolfe, y convertirla en algo más asequible. Éste fue el caso de Mira hacia el hogar, Ángel (Look Homeward, Angel, 1929), que tuvo que ser reducida en un tercio por Maxwell Perkins, de Scribner (editor de Fitzgerald y Hemingway). Mira hacia el hogar, Ángel es una extensa recreación ficticia de la juventud de Wolfe y de los miembros de su familia, cuyo retrato del Sur montañoso constituye una importante contribución a la narrativa regional.

La mayor parte de la obra narrativa de John Steinbeck (1902-1968) trata sobre su California oriunda y sobre la Gran Depresión. Steinbeck alcanzó el éxito con su tercera novela, El llano de la tortilla (Tortilla Flat, 1935), que se caracteriza por la ironía y el afectuoso humor con los que trata a sus personajes. Con Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1939) Steinbeck se sumó a los autores que habían sentido la necesidad de denunciar la falacia del sueño americano. Steinbeck lo hizo desde el punto de vista de los granjeros del sudoeste, que se vieron obligados a emigrar a California en busca de las uvas de la abundancia. En la obra Steinbeck puso la tradición naturalista y los elementos simbolistas de la novela al servicio de la protesta social, y en ella se oyen también ecos de la doctrina emersoniana que considera al pueblo que trabaja la tierra con sus manos la fuerza motriz del país.

Dentro de la literatura de inmigrantes de primera generación destaca la obra de Anzia Yezierska (1880?-1970). A diferencia de la mayoría de los escritores que trataron el tema de los inmigrantes como si éstos fueran un grupo de víctimas monolítico, Yezierska exploró los conflictos entre los sexos y entre las diferentes generaciones de este grupo de población, en especial los problemas en las familias.

La narrativa afroamericana

Dos autores relacionados con el Renacimiento de Harlem destacan por su obra narrativa: Zora Neale Hurston (1891-1960) y Jean Toomer (1894-1967). Hurston está considerada como la escritora afroamericana más importante e influyente anterior a la Segunda Guerra Mundial. Su novela Sus ojos estaban mirando a Dios (Their Eyes Were Watching God, 1937) es, además de la historia de una mujer, una descripción y una crítica de la sociedad afroamericana, en toda su diversidad. Desde un punto de vista técnico, es una novela eminentemente metafórica y de una gran compresión artística, en la que el humor tradicional desempeña un papel importante. La obra más importante de Toomer es Caña (Cane, 1923), que está dividida en tres partes y contiene relatos breves, apuntes, poemas y una obra de teatro. La unidad temática se la da el retrato de un hombre negro que busca encontrarse a sí mismo mediante el contacto con la tradición cultural negra. Caña se distingue también por su prosa poética, imaginista y altamente evocativa, y por un método que ensambla los distintos géneros literarios como un mosaico.

Richard Wright (1908-1960) fue el primer escritor americano negro que consiguió un éxito de ventas con su novela Hijo nativo (Native Son, 1940). Hijo nativo constituye un crudo análisis de cómo un joven “lumpen” negro se ve acorralado de tal manera por la opresión, el odio y la incomprensión del mundo blanco que llega a recurrir a la violencia de una forma brutal. Aunque el protagonista de la novela podía resultar amenazador e incluso detestable al público blanco, al situar el punto de vista de la narración en la mente de este personaje, Wright obligó a los lectores a ver el mundo como lo veía él, y así a comprenderlo. La novela está estructurada como un relato policíaco, con diversos niveles de alusiones y símbolos literarios, y un trasfondo de análisis social marxista y filosofía existencial.

El teatro norteamericano: la era de O’Neill

En una época en la que la escena en los Estados Unidos estaba dominada por los autores europeos, Eugene O’Neill (1888-1953) fue el primer dramaturgo que alertó al mundo de la existencia de un teatro autóctono norteamericano, y fue además el autor más importante con diferencia hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Tras unos primeros escarceos con el melodrama, hacia 1920 O’Neill comenzó a hacer caso omiso de las divisiones convencionales en escenas y actos, y a experimentar con técnicas para expresar el mundo interior: hizo que sus personajes llevaran máscaras, reintrodujo los coros clásicos y los monólogos dirigidos al público, al estilo de Shakespeare. Con El emperador Jones (The Emperor Jones, 1920) O’Neill se estableció sólidamente como un dramaturgo de importancia e inauguró su etapa expresionista de los veinte. De esta época destacan también Deseo bajo los olmos (Desire under the Elms, 1924), un drama sobre la ambición, el deseo y los conflictos familiares; y Extraño interludio (Strange Interlude, 1928), en la que es desvelada la vida oculta de una hermosa mujer.
(Véase Teatro: Historia)

El expresionismo fue también el estilo cultivado por Elmer Rice (1892-1967) en La máquina de sumar (The Adding Machine, 1923), en la que realizó una interesante sátira sobre la banalidad y la monotonía de las vidas de los americanos corrientes. En Escena de calle (Street Scene, 1929), sin embargo, Rice adoptaría un poético realismo chejoviano -con concesiones al melodrama- para describir los ritmos de la vida diaria en un bloque de pisos de un barrio de clase media baja. Este mismo tono sería el que dominaría las obras de Clifford Odets (1906-1963), entre las que destacan Esperando a Leftie (Waiting for Leftie, 1935) y Despierta y canta (Awake and Sing, 1935). La primera fue probablemente la obra de propaganda de izquierdas más popular de toda la historia. Despierta y canta describe, en palabras de su autor, “la lucha por la vida en condiciones mezquinas”.

En un contexto dominado por la experimentación, el teatro de Lillian Hellman (1905-1984), podría parecer, a primera vista, relativamente convencional. Sin embargo, Hellman fue una dramaturga seria, que supo construir bien sus personajes y hacer un sutil uso de la puesta en escena. La hora de los niños (The Children’s Hour, 1934), la primera y mejor obra de Hellman, trata sobre dos maestras cuya vida se ve destruida cuando una alumna las acusa malintencionadamente de ser lesbianas. Hellman dirige su dedo acusador hacia la sociedad, cuyos prejuicios provocan en gran parte el trágico desenlace. Pero también alerta, como Ibsen en El pato salvaje, contra el peligro de insistir a toda costa en la propia inocencia.

Otra figura importante en las décadas de los treinta y los cuarenta fue Thornton Wilder (1897-1975). Wilder buscó retratar lo universal, pero olvidó que para conseguirlo el arte se debe basar en lo específico, y es en el retrato de lo inmediato y lo cotidiano en lo que su obra Nuestra ciudad (Our Town, 1938) falla. La piel de nuestros dientes (The Skin of Our Teeth, 1942) es un intento de condensar la historia de la humanidad, con todos sus errores, en el retrato de una familia americana convencional de clase media.

La contribución más importante de O’Neill a la década de los treinta fue El luto le sienta bien a Electra (Mourning Becomes Electra, 1931), basada en la Orestíada de Esquilo, en la que, con gran éxito, O’Neill situó el antiguo parricidio y su consiguiente castigo divino en la América de la guerra civil. El interés que O’Neill demostró en ésta y en otras obras por la familia como elemento dramático nació sobre todo de su propia experiencia, pero también de la influencia que sobre él ejercieron el teatro clásico griego y los escritos de Freud.

La narrativa desde 1945 hasta nuestros días

Un breve listado de los principales acontecimientos que pudieran haber ejercido alguna influencia sobre la forma de pensar y de ver el mundo de los norteamericanos en los cincuenta años largos que separan el momento actual de la Segunda Guerra Mundial debería comenzar con el dramático final de la guerra en el Pacífico, acelerado por el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El temor a la aniquilación de la especie por un holocausto nuclear fue una consecuencia directa de este hecho y de la Guerra Fría. Ésta dominaría la escena política durante casi tres décadas, en las que los norteamericanos serían testigos de la caza de brujas del senador McCarthy a principios de los cincuenta, la ejecución de los Rosenberg por traición en 1953 y la crisis de los misiles con Cuba en 1962. Los años sesenta verían el nacimiento del movimiento por los derechos civiles, con su mensaje inequívoco de que en Estados Unidos no todas las razas eran tratadas de la misma forma. También serían testigos del asesinato de John F. Kennedy en noviembre de 1963, de su hermano Robert cinco años más tarde, y de Martin Luther King en 1968. La aparentemente eterna guerra de Vietnam alimentó un creciente movimiento pacifista. La violencia hizo presa en los guettos urbanos, mientras que el asesinato de cuatro estudiantes por la Guardia Nacional en una universidad en 1970 la exacerbó también en las universidades. El Presidente Richard Nixon dimitió tras el caso Watergate en 1974. La CIA financió, planeó y llevó a cabo una larga serie de golpes de estado en los países de América Latina con el propósito de impedir que se repitiera la experiencia cubana en el continente, mientras continuaba la tensión en Oriente Medio.

Pocas obras serias de ficción fueron escritas directamente como resultado de alguno de los acontecimientos arriba indicados, aunque algunas fueron consecuencia directa de la Segunda Guerra Mundial. Entre éstas destacan Los desnudos y los muertos (The Naked and the Dead, 1948), de Norman Mailer (1923-), y De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1951), de James Jones (1921-1977). Por lo general las novelas sobre la guerra eran largas crónicas sin ambiciones experimentales, que buscaban su estilo en el naturalismo de los treinta.

Los escritores del Sur

Entre 1945 y 1960 se pueden distinguir dos grupos geográficos principales de narradores, aunque los del Sur constituyeron más bien un conjunto de individualidades -en muchos casos se trató de mujeres- que un grupo estilísticamente homogéneo. Todos compartieron, sin embargo, la influencia de William Faulkner. Entre los escritores ya establecidos Katherine Anne Porter siguió trabajando en su única novela Barco de necios (Ship of Fools, 1962), que, ambientada en un transatlántico con destino a Alemania en 1931, explora las relaciones de un amplio número de pasajeros. El barco, en palabras de su autora, representa “este mundo en su viaje hacia la eternidad”. Eudora Welty (1909-), por su parte, produjo un buen número de relatos y varias novelas; Las manzanas doradas (The Golden Apples, 1949) es probablemente la mejor. En 1940 apareció El corazón es un cazador solitario (The Heart Is a Lonely Hunter), de Carson McCullers (1917-1967) que fue un éxito de crítica, y en 1946, El miembro de la boda (The Member of the Wedding) que es probablemente su mejor trabajo. Truman Capote publicó su primer libro en 1948, Otras voces, otras habitaciones (Other Voices, Other Rooms), que es una colección de relatos de gran sensibilidad poética.

Los escritores más jóvenes de este grupo demostraron una fascinación por lo grotesco, por incongruencias extremas de carácter y ambiente, y por el cultivo de una imaginación creativa sin límites. En este grupo Flannery O’Connor (1925-1964) destaca como una de las mejores autoras de relatos. O’Connor cultivó con éxito el humor, y a menudo el humor negro. Sus relatos de esta época aparecieron en el volumen Un hombre bueno es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find, 1955). Otro maestro del relato fue Peter Taylor (1917-), que, como Katherine Anne Porter cuidó al máximo la forma de sus narraciones. Taylor es fundamentalmente un cronista de costumbres, y sus relatos no presentan grandes crisis dramáticas, ya que, según él, la vida de la mayoría de la gente tampoco las presenta.

Escritores de Nueva York

Este grupo incluye fundamentalmente a autores que publicaron sus obras en la que fue la revista cultural más completa e interesante de los años cuarenta y cincuenta, Partisan Review. Entre los autores favoritos de esta revista se encontraba Saul Bellow (1915-), cuya exuberante novela, Las Aventuras de Augie March (The Adventrures of Augie March, 1953) le granjeó el respeto de muchos críticos. Otro autor de este grupo es Bernard Malamud (1914-1986). En El ayudante (The Assistant, 1957), su mejor novela, Malamud exploró temas como la responsabilidad individual y los conflictos entre judíos y gentiles, en una prosa que permanece siempre fiel al lenguaje hablado. Después de su enorme éxito como novelista de guerra, Norman Mailer publicó otras dos novelas interesantes durante este período. En La costa bárbara (Barbary Shore, 1951) Mailer consiguió en parte crear una inquietante fantasía sobre sexo, poder y totalitarismo ambientada durante la Guerra Fría. En El parque de los ciervos (The Deer Park, 1955) siguió explorando las relaciones entre el sexo, el dinero y la política, y demostró su deuda estilística con F. Scott Fitzgerald.

Los cincuenta

Fueron años en los que la palabra “política” era sinónimo de Guerra Fría y de cruzada contra los comunistas, reales o imaginarios. Desde el punto de vista económico, aunque fueron años de recesión, la gran mayoría de los americanos tenía trabajo, cobraba más que nunca y era regalada con una creciente gama de accesorios para el hogar y de modelos automovilísticos. Al americano medio se le educaba para que pensara bien de su país, y el segmento más desfavorecido de la población permanecía esencialmente “invisible”. El hecho de que fuera una década orientada fundamentalmente hacia el éxito y carente de toda autocrítica hizo que los escritores serios se fueran distanciando de los valores oficiales y se refugiaran en su propia exploración literaria. Bellow captó este estado de ánimo de forma brillante en su novela corta Atrapa el día (Seize the Day, 1956), en la que describe un día desastroso para el protagonista, al que le resulta imposible vivir en un mundo de optimistas, conformistas y abanderados de la familia y el comercio. Además de los monólogos del protagonista, Atrapa el día incluía un tipo de comedia amarga y emotiva que constituía un interesante avance en el estilo de Bellow. Igualmente, el protagonista de la única novela que escribió Ralph Ellison (1914-1994), Hombre invisible (Invisible Man, 1952), cuenta que eligió como héroe al músico de jazz Louis Armstrong, porque “ha escrito poesía haciéndose invisible”. La novela de mayor éxito de los cincuenta fue, sin embargo, El guardián del centeno (The Catcher in the Rye, 1951), de J. D. Salinger, en la que el protagonista es incapaz de adaptarse a las costumbres educativas, comerciales o sexuales de la sociedad adulta, pero sí consigue desvelar sus trampas y sus falsedades.

En su panfleto El negro blanco (The White Negro, 1957) Mailer definió el mundo americano como algo estúpido y empalagoso, infestado de beaterías y complejos, y reverente ante el autoritarismo. Como cura proponía el modelo de un nuevo tipo de aventurero, que rechazaría y se opondría a este mundo necio. Un hecho que parece dar la razón a la definición de Mailer fue la prohibición que tuvo que soportar la novela de Vladimir Nabokov (1899-1977) Lolita (1955), que durante años tuvo que ser adquirida en Francia, donde se publicó, y llevada al país de forma ilegal. Lolita, narrada en primera persona por su protagonista, es una novela llena de vida y de imaginación, de confesiones, soliloquios y aberrantes juegos de palabras, pero su principal logro es conseguir que el lector acabe por sentir simpatía por la increíble vitalidad que demuestra su repulsivo protagonista.

No exactamente fieles al guión de Mailer, pero lo bastante desafiantes hacia el mundo establecido como para convertirse en la manifestación literaria crítica que más publicidad recibió, fueron los miembros de la Generación Beat, de los cuales el novelista más famoso fue Jack Kerouac, y su obra más representativa, En la carretera (On the Road, 1957). Se trató de un movimiento centrado en la playa norte de San Francisco, Venice West en Los Ángeles y Greenwich Village en Nueva York que desarrolló un sentido individualista alejado de los problemas sociales y enfatizó la liberación personal mediante la iluminación de la conciencia. El uso de drogas, el jazz y el sexo buscaban liberar al individuo de la alienación de la sociedad moderna. El verso era caótico y obsceno y la estructura literaria sin normas intentaba expresar la experiencia inmediata. El movimiento beat constituyó un importante antecedente de los movimientos contraculturales que caracterizaron los años por venir.

La relajación de los sesenta

Los primeros años de la década de los sesenta parecieron a la mayoría de los estadounidenses llenos de oportunidades tanto a nivel social como individual. El nuevo presidente, John F. Kennedy, parecía preocupado por la justicia social y la cultura. El acuerdo con la Unión Soviética para poner fin a los ensayos nucleares en el espacio, la creciente preocupación por introducir cambios en las relaciones entre blancos y negros y la relajación de las costumbres sexuales y de la censura oficial parecían prometer una era más liberal, menos restrictiva y más comprometida con la vida.

Entre 1961 y 1963 fueron publicadas tres novelas de autores cuyo interés residía en la exploración activa y exuberante de las fantasías, de las experiencias extremas y de formas de humor que más tarde se conocerían como “humor negro”. Estos libros, como muchos otros después de ellos, volvieron la espalda a la vida corriente que con tanto fervor habían retratado los autores de la primera mitad de siglo. El agente cizañero (The Sot-Weed Factor, 1961), de John Barth (1930-); Catch-22 (1961), de Joseph Heller (1923-); y V (1963), de Thomas Pynchon (1937-), confirmaron que sus autores no tenían intención de desperdiciar ningún recurso verbal ni estilístico para conseguir los efectos deseados. Estas novelas parodiaban otros estilos literarios a la vez que hacían un guiño irónico al lector sobre sus propias bases narrativas.

De los escritores judíos que comenzaron sus carreras literarias en esta década destaca Philip Roth (1933-) con las novelas Soltando lastre (Letting Go, 1962) y Cuando ella era buena (When She Was Good, 1967). Soltando lastre es una novela convencional tanto en su técnica como en su contenido (amor, matrimonio, vida universitaria), pero la maestría que demuestra Roth para retratar ambientes recuerda a menudo a F. Scott Fitzgerald, así como el uso del narrador en primera persona durante parte de la novela remite al Nick Carraway de El gran Gatsby. Este romanticismo adolescente fitzgeraldiano es aún más marcado en Cuando ella era buena, que ofrece, por otra parte, un sólido retrato del país a finales de los cincuenta.

En 1962 apareció también Otro país (Another Country), en la que James Baldwin (1924-1987) exploró los problemas que suponían ser negro y homosexual en una sociedad de blancos heterosexuales. Otro país contiene escenas llenas de vivos detalles e inteligentes reflexiones, pero carece -como el resto de las novelas de Baldwin- de una estructura que le confiera unidad.

La década de los sesenta experimentaría su primera crisis con el asesinato del presidente Kennedy, que iría seguido por el de su hermano Robert y el de Martin Luther King. Las revueltas en los guettos y en las universidades sobre el telón de fondo de la guerra de Vietnam son muy conocidas. Como lo son las drogas, duras y blandas, cuyo consumo se generalizó como nunca hasta entonces. La pornografía pareció ser una consecuencia inevitable de la revolución sexual. La crisis de la institución familiar tradicional se vio exacerbada por las condiciones generales y el creciente movimiento de liberación de la mujer. El movimiento por los derechos de los homosexuales cobró auge también a partir de la rebelión de Stonewall.

Todos estos conflictos resultaron difíciles de asumir a los escritores dentro de unas pautas literarias tradicionales, como podrían ser las del naturalismo, y dieron lugar a la loca brillantez de Los gritos del grupo 49 (The Crying of Lot 49, 1966) de Thomas Pynchon, y al poderoso encanto con el que deleita al lector el Roth cómico en La queja de Portnoy (Portnoy’s Complaint, 1969). Una vez finalizada la década, aparecieron dos novelas de gran interés inspiradas en estos hallazgos. El planeta de Mr. Sammler (Mr Sammler’s Planet, 1970), de Saul Bellow, es un retrato más adusto sobre el individualismo que, a los ojos de Sammler, un judío entrado en años, impregna todo el mundo que lo rodea. Rabbit Redux (1971) la segunda novela sobre Harry “Rabbit” Angstrom, de John Updike (1932-), es una obra maestra en su retrato de una pequeña ciudad de provincias en crisis sobre sus antiguos valores, con la guerra de Vietnam y la revolución negra como telón de fondo.

Desde 1970 hasta nuestros días

Entre las escritoras cuya preocupación recae en el retrato de la América de clase media que vive en los barrios residenciales y en las pequeñas ciudades de provincias, destacan nombres como Ann Beattie (1947-) y Bobbie Ann Mason (1940-), cuyo principal interés reside en el relato. Beattie es una estilista y una creadora de escenas, más que de secuencias largas, que cultiva asimismo un agudo e idiomático humor. Mason, por su parte, describe con afectuosa solidez a sus personajes de la otrora rural región de Kentucky, que juegan a las cartas, beben Pepsi-Cola con sus tacos y son teleadictos. La novelista más prolífica de esta época es Joyce Carol Oates (1938-), que es también la escritora que más ha utilizado la violencia en su obra desde Faulkner, una importante influencia en su obra.

Tres de las novelas más admiradas de la década de los ochenta fueron escritas por mujeres en el momento culminante de sus poderes creativos. Beloved (1987), de Toni Morrison es a la vez una novela histórica y una meditación contemporánea sobre las relaciones entre blancos y negros. El estilo de Morrison es unas veces tradicional y otras profundamente experimental. En Mil acres (A Thousand Acres) Jane Smiley traslada el argumento de El Rey Lear a una granja en Iowa en 1959, y presenta la incesante lucha que mantienen tres hermanas con su padre, con sus maridos, entre ellas y con la ingrata tierra de la granja. Por su parte, El color púrpura (The Color Purple, 1982), de Alice Walker (1944-) hace un imaginativo uso del género epistolar y de la lengua vernácula.

En general, los novelistas contemporáneos ponen menos énfasis en que sus obras alcancen la categoría de “arte”, al contrario que sus predecesores del período de entreguerras. Comparativamente, menos novelas presentan experimentos lingüísticos o estructurales, pero esto no significa que la fantasía haya perdido la batalla ante el realismo. Parodias como JB (1975), de William Gaddis (1920-) o alardes estrambóticos como La fiesta de Gerald (Gerald’s Party, 1986) o Pinocho en Venecia (Pinocchio in Venice, 1991), de Robert Coover (1932-), siguen apareciendo en el mercado. A una escala más humana, hay que destacar las sofisticadas mezclas de fantasía y realismo de John Gardner (1932-1982), Los diálogos de Sunlight (The Sunlight Dialogues, 1972) y Luz de octubre (October Light, 1976); y de Paul Theroux, El arsenal familiar (The Family Arsenal, 1976) y El bucle de Chicago (Chicago Loop, 1991).

Por lo que respecta al relato, en este período destacan dos nombres: John Cheever (1912-1982), que en Los relatos de John Cheever (The Stories of John Cheever, 1978) retrata a los americanos blancos de clase media y barrios residenciales con una peculiar mezcla de ironía y tristeza; y Raymond Carver (1938-), cuyo volumen Desde donde llamo (Where I’m Calling From, 1988) describe escenas completamente exentas de glamour de vidas carentes de heroísmo.

Uno de los factores que más ha contribuido a la buena salud de que goza la narrativa de los Estados Unidos en este final de siglo es el hecho de que hayan aparecido en escena nuevos autores de origen indio, asiático y latino. Esta circunstancia no es ajena del todo al desarrollo de la teoría crítica o New Criticism, que aplica enfoques basados en la importancia del contexto cultural para entender el acto literario, abriendo un espacio novedoso para la interpretación de la escritura colonial y postcolonial. Entre estos autores cabe destacar a Leslie N. Scott Momaday (1934-), que con El camino a la montaña de la lluvia (The Way to Rainy Mountain, 1969) inauguró el “Renacimiento nativo americano”. Otra autora dentro de este grupo es Marmon Silko (1948-), que, de acuerdo con la tradición de los nativos americanos, busca combinar los logros estéticos de sus relatos con los efectos terapéuticos que éstos puedan ejercer sobre su comunidad. Entre los autores latinos es obligado mencionar a Denise Chávez (1948-), autora de La última de las chicas del menú (The Last of the Menu Girls, 1986), un volumen de siete relatos relacionados, que podrían considerarse novela. De la comunidad asiática el nombre más popular es Maxine Hong Kingston, con La mujer guerrera (The Woman Warrior, 1976), que destaca por el imaginativo y poético análisis de su patrimonio chino americano. Más reciente es El Club Joy Luck (The Joy Luck Club, 1989), de Amy Tan, con un ingenioso y afectuoso tratamiento de cuatro mujeres chino-americanas y sus familias.

La poesía desde 1945 hasta nuestros días

Algo más de una década después del final de la Segunda Guerra Mundial la poesía americana recibió dos importantes golpes, administrados por Allen Ginsberg (1926-1997) y Robert Lowell (1917-77). Aullido (Howl, 1956), de Ginsberg, fue recitado por su autor en San Francisco, en otoño de 1955, y publicado al año siguiente. En su poema, Ginsberg, con una energía claramente whitmaniana, denunció desde la costa Oeste el espíritu autocomplaciente y gris de la próspera era Eisenhower. Con su forma abierta y experimental, y su énfasis en el lenguaje oral, Aullido marcó la ruptura con el poema de forma tradicional. Desde Boston, Lowell también desafió el statu quo literario del momento con Estudios de una vida (Life Studies, 1959), un libro directo e intensamente autobiográfico sobre las turbulencias literarias del autor.

Estos poemas anticiparon y exploraron tendencias en las relaciones sociales americanas que saldrían a la luz en los sesenta y en los ochenta: el malestar social causado por el uso del poder del gobierno y las empresas privadas; la crisis del matrimonio y la familia; los derechos y poderes de las minorías raciales, las mujeres y los homosexuales; el uso de las drogas; y los estados alternativos de conciencia. En conjunto, estos dos libros también sugerían que la poesía de posguerra no sólo iba a gozar de renovadas energías, sino que éstas nacerían en diversas regiones del país.

Los años cuarenta: las influencias de la generación anterior

Los cambios radicales en estilo y contenido que sufrió la poesía en las décadas de los cincuenta y los sesenta estaban fuertemente enraizados en la década anterior. La poesía americana floreció en los cuarenta gracias a una nueva confianza en las tradiciones literarias autóctonas, proveniente en parte de los éxitos alcanzados por los modernistas de la primera mitad de siglo, especialmente T. S. Eliot y Ezra Pound. Los Cuatro Cuartetos de Eliot, aunque escritos en Inglaterra, podían ser considerados como el mejor poema americano de los cuarenta, en competición únicamente con los Cantos de Pisa, de Pound. Otros poetas más jóvenes sólo comenzaron a ejercer su influencia sobre las nuevas generaciones después de la guerra. Así, los dos primeros libros del poema Paterson, de William Carlos Williams, aparecieron en 1946 y 1948, y su importante colección La música del desierto (The Desert Music), en 1954. La poesía de Williams representó una atractiva alternativa a la de Eliot para autores como Allen Ginsberg, Denise Levertov (1923-) y Robert Creeley (1926-). Wallace Stevens también se reveló como una importante influencia en los cuarenta y los cincuenta. Después de publicar dos volúmenes de poemas en estas décadas, su Poesía completa (Collected Poems) apareció en 1954. El estilo meditativo y su lenguaje alegre fueron bien recibidos por Theodore Roethke (1908-63), James Merrill (1926-) y John Ashbery (1927-). El impacto de H. D. y Gertrude Stein tampoco se sintió del todo hasta después de la guerra. H. D. completó Trilogía (Trilogy) en 1946, y su poema épico meditativo Helena en Egipto (Helen in Egypt) apareció en 1961. Su obra proporcionó un modelo único, por su fuerza visionaria y la energía de su lenguaje, a Robert Duncan (1919-88), Denise Levertov y otros autores. Aunque Gertrude Stein murió en 1946, algunos de sus experimentos más radicales con el lenguaje poético no se publicaron hasta finales de los cincuenta.

Aunque los inmensos éxitos alcanzados por los poetas del período de entreguerras podrían haber hecho pensar a los que ahora empezaban que ya quedaba muy poco por hacer, la nueva generación demostró que podía brillar con luz propia en obras tan interesantes como Una calle en Bronzeville (A Street in Bronzeville, 1945), de Gwendolyn Brooks (1917-); Norte y Sur (North South, 1946), de Elizabeth Bishop (1911-79); El castillo de Lord Weary (Lord Weary’s Castle, 1946), de Robert Lowell; La doble imagen (The Double Image, 1946), de Denise Levertov; Los hermosos cambios (The Beautiful Changes, 1947), de Richard Wilbur (1921); Ciudad celestial, ciudad terrenal (Heavenly City, Earthly City, 1947), de Robert Duncan; Los desposeídos (The dispossessed, 1948), de John Berryman (1914-72); y El hijo perdido (The Lost Son, 1948), de Theodore Roethke.

Hacia finales de los años cuarenta, con la muerte del gran poeta irlandés W. B. Yeats en 1939 y la emigración a los Estados Unidos de su más distinguido discípulo inglés, W. H. Auden, estaba claro que el centro poético en lengua inglesa había pasado de Inglaterra a la ex-colonia.

La poesía de los cincuenta y los sesenta

La nueva confianza y sofisticación técnica de la poesía norteamericana de los cuarenta fomentó los estilos más experimentales de las décadas siguientes. Temas autobiográficos más extremos y explícitos como el sexo, el alcoholismo, el divorcio o la locura encontraron cabida en los poemas de los cincuenta y los sesenta. Estudios de una vida, de Robert Lowell, exploraba los desórdenes de varias generaciones de su familia de Nueva Inglaterra; Ida y casi vuelta a Bedlam (To Bedlam and Part Way Back, 1960) y Todos los más preciosos (All My Pretty Ones, 1962) de Anne Sexton (1928-74), trataban abiertamente el aborto, la sexualidad de la mujer y la vida de la propia autora en sanatorios psiquiátricos; Cantos de sueño (Dream Songs, 1964), de John Berryman, desvelaba su alcoholismo y su lucha con la locura; Aullido, de Allen Ginsberg, celebraba su homosexualidad; Ariel, de Sylvia Plath (1932-63) exploraba las superiores energías de una mujer al borde del colapso.

Parte de la poesía de este período era abiertamente política, con una tendencia a la protesta social general en los cincuenta, y a la crítica de aspectos más concretos en los sesenta. Los poetas de la generación beat -con Aullido como manifiesto- exploraron en sus obras alternativas a la vida en una sociedad estandarizada y mecanizada. En los sesenta muchos poetas se identificaron con movimientos concretos de reforma y de protesta. Denise Levertov, Adrienne Rich (1929-) y Robert Lowell, entre otros, escribieron poemas contra la participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam y contra el apoyo de su gobierno al régimen corrupto de Vietnam del Sur. Los importantes movimientos libertarios de los sesenta a favor del poder negro, la liberación de la mujer y los derechos de los homosexuales contaron también con el apoyo de un buen número de poetas. Los poetas afroamericanos intentaron dotar a sus obras de los ritmos del inglés negro, y enfatizaron los valores orales de la poesía, ayudando así a definir la importancia de estas tradiciones en la poesía de los setenta y ochenta, y contribuyendo a abrir las puertas de la poesía americana a otras voces no europeas, como las del Caribe, México y América Latina. Al mismo tiempo el movimiento feminista llamó la atención de muchas autoras sobre la necesidad de encontrar un lenguaje común para explorar las experiencias de las mujeres, silenciadas hasta entonces en la literatura. Entre ellas estaba Adrienne Rich, cuyo volumen El sueño de un lenguaje común (The Dream of a Common Language, 1978) sugería la necesidad de ir al fondo de las cosas y crear un lenguaje de experiencias compartidas.

Dado que el principal interés de la poesía de esta época consistía en revelar lo oculto, en expresar las intimidades del ser, las formas poéticas se hicieron más abiertas, los poemas dependían menos de la rima, las estrofas y los versos regulares fueron cada vez menos utilizados, y los poemas adquirieron una nueva disposición sobre la página.

La poesía reciente

El espíritu innovador en la poesía más inmediata ha estado dominado por los poetas procedentes de las tradiciones minoritarias: Alberto Ríos (1952-) y Lorna Dee Cervantes (1954-) dentro de la tradición latina; Simon J. Ortiz (1941-) entre los nativos americanos; y Cathy Song (1955-) y Li-Young Lee (1957-) entre la comunidad asiática. Además, el resurgimiento de la tradición poética afroamericana de los sesenta encontró dignos herederos. El legado de imaginación histórica y capacidad formal de Robert Hayden (1913-80), el dinámico ejemplo de la continua evolución de Gwendolyn Brooks y la recuperación del poder del mito africano por parte de Audre Lorde (1934-92) son algunos de los recursos que han heredado poetas como Michael Harper (1938-) y Rita Dove (1952-).

De la misma manera que los poetas de esta época buscaron nuevas formas de pensar en otras tradiciones, también exploraron formas poéticas alternativas. El verso y el metro tradicionales no han sido descartados, sino que se han convertido en una posibilidad más, entre muchas otras. En los últimos treinta años los poetas han buscado formas poéticas que les permitieran expresar el continuo fluir de la vida. El diario poético ha ofrecido una posibilidad, aprovechada por Robert Creeley en “Fragmentos” (“Pieces”) o en “Un cuaderno de día” (“A Day Book”), que enfatizan la actividad de escribir, más que el producto acabado.

Las secuencias de poemas constituyen otra posibilidad para enfatizar la complejidad de la conciencia y la fluidez de la vida externa. Éste es el caso de Cantos de sueño, de John Berryman, que presenta una enorme flexibilidad en sus voces poéticas, a pesar de la estricta forma estrófica y del uso de rima. Otra alternativa son los poemas largos, como Divinas Comedias (Divine Comedies, 1976), de James Merrill, o Trabajo de campo: antes de la guerra (Ground Work: Before the War, 1984) y Trabajo de campo II: En la oscuridad (Ground Work II: In the Dark, 1987).

El teatro desde 1945

La guerra siempre ha ejercido una influencia perniciosa sobre el teatro, y la que tuvo la Segunda Guerra Mundial sobre la escena en Estados Unidos fue igualmente negativa. Así, el efecto producido por el bombardeo de Pearl Harbour fue la intensificación de un teatro que se esforzaba en ofrecer al público espectáculos alegres que reducían la exploración social y psicológica al mínimo. De esta forma, los dramaturgos que alcanzaron el éxito durante la guerra fueron los que utilizaron su técnica para convencer al público de que por muy mal que fueran las cosas en el momento presente, al final todo acabaría bien. De estos autores el principal fue Thornton Wilder.

A pesar del ominoso ambiente impuesto por la Guerra Fría y del creciente comercialismo de Broadway, dos figuras de talla excepcional hicieron su aparición casi simultánea en la escena neoyorquina poco después del final de la guerra. El zoo de cristal (The Glass Menagerie), de Tennessee Williams (1911-83) se estrenó en 1945; y Todos mis hijos (All My Sons), de Arthur Miller (1915-), un año después. Desde entonces Miller y Williams han sido comparados y considerados como opuestos o como complementarios desde todos los puntos de vista: Norte y Sur, el intelecto y los sentidos, lo social y lo personal, lo masculino y lo femenino. Sin embargo, y a pesar de que Miller y Williams ocupan hasta cierto punto posiciones antitéticas, estas apreciaciones no fueron obstáculo para que Williams creara un personaje tan masculino como Stanley Kowalsky en Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, 1947) o Miller brindara una confesión tan íntima como la de Después de la caída (After the Fall, 1964).

El secreto del éxito de estos dos dramaturgos en el teatro de posguerra es a la vez sencillo de explicar y difícil de encontrar en otros autores. Ambos compartieron una excepcional habilidad para articular los sentimientos de muchos de sus compatriotas. Lo que consiguieron capturar fue un punto de inflexión en la conciencia nacional, el paso de la confianza a la duda. En la tierra del éxito, escribieron obsesivamente sobre los fracasados, opusieron las ambigüedades sexuales al arraigado mito de la virilidad, y desvelaron el potencial destructivo de la mayoría conformista y alienada. En este sentido, la diferencia entre ambos es fundamentalmente cuestión de grado. Miller, que todavía guardaba una cierta fidelidad a la ideología socialista, escribía con un modelo de mundo ideal en mente, y la indignación que rezuman sus obras nace del convencimiento de que los seres humanos podrían actuar mejor de lo que lo hacen. La sociedad para Williams no era otra cosa, sin embargo, que una jungla, y así la retrató en sus obras, como en la fábrica de zapatos que sirve de telón de fondo en El zoo de cristal, o en figuras como la familia Gooper de La gata sobre el tejado de cinc caliente (Cat on a Hot Tin Roof, 1955) o en el Boss Finley de Dulce pájaro de juventud (Sweet Bird of Youth, 1959).

En ambos casos, no obstante, las obras de los dos autores continúan con una tradición genuinamente americana, pero despojada de sus certidumbres. Esta tradición se manifiesta por ejemplo en el sueño del paraíso perdido que obsesiona a los personajes de Williams o se ve simbolizado por la melodía que se oye fuera del escenario en Muerte de un viajante (Death of a Salesman, 1949). Sobre todo, estas obras son alegorías, búsquedas no tanto de un mundo feliz sino de un lugar donde el héroe dramático pueda recuperar la dignidad humana.

Aparte de las obras de O’Neill que alcanzaron la escena años después de su muerte, entre las que se encuentra su obra maestra El largo viaje hacia la noche (Long Day’s Journey into Night, 1956), pocas pudieron competir en este período con las de los nuevos maestros. Desde que Williams y Miller consiguieron establecerse en Broadway, sólo otros dos autores lo han logrado. Son Edward Albee (1928-) y Neil Simon. Albee, un estilista con un oído extremadamente afinado para el habla americana, comparte con O’Neill temas como el matrimonio visto como una prisión -¿Quién teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, 1962)- o la familia en crisis.

Las obras de Simon son todas relatos sobre la vida de Manhattan, que no exceden en lo más mínimo los gustos de los aficionados a su teatro. Sin embargo, Simon no parece haber llegado a esta lucrativa comunión de gustos con su público ejerciendo la autocensura, sino porque realmente los comparte. Igualmente, Simon no escribe si no es para divertirse, lo que confiere a sus obras una sensación de libertad poco corriente en Broadway, cuyo escena más comercial ha contribuido a dignificar.

Dos nombres más completan la escena de posguerra, en este caso fuera de Broadway: David Mamet (1947-) y Sam Shepard (1942-). El territorio espiritual de este último es el Oeste americano, y sus obras constituyen una eterna peregrinación hacia el inalcanzable El Dorado. Mamet, por su parte, representa el territorio urbano de Chicago, donde atrajo la atención de la crítica por primera vez con El búfalo americano (American Buffalo, 1975), en la que un grupo de ladrones de barrio planean un robo que son incapaces de llevar a cabo. Éstos son los personajes de Mamet: gente ignorante de ciudad, que dedican por entero sus vidas a salvaguardar el pequeño y escuálido rincón que les ha sido asignado.

Como en el caso de Williams y Miller, Shepard y Mamet invitan a la comparación dualista: lo rural frente a lo urbano, lo visionario frente a lo crítico, la improvisación frente a la composición estructurada, y el mundo fantástico y el lenguaje sintético frente a un realismo enfático y a los hábitos de lenguaje de los delincuentes de poca monta. En los años recientes, la negritud y el dolor del SIDA, como en el caso de Tony Kushner, emergen como temas importantes en fórmulas que combinan la comedia y la pena, el simbolismo y la experiencia personal.

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E. González Sardinero

ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA: LITERATURA

Fuente: Britannica

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