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Definición de Finalismo

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 (De finalidad); sust. m.

1. Teoría filosófica que propone la existencia de una finalidad en todos los seres, tanto animados como inanimados.

 [Filosofía]

El finalismo es una teoría filosófica que propone la existencia de una finalidad fuera del ámbito de las actividad humana, es decir, en todos los seres tanto animados como inanimados. Según eso, todas las cosas tendrían en su actividad o en su devenir un fin, propósito o meta. Finalidad y finalismo se relacionan, pero también se distinguen: la finalidad es la relación en general de una actividad con su resultado inmediato; el finalismo indica, sin embargo, la relación con un fin más lejano, que se alcanza por medio de una serie de acciones interdependientes. Actuar en vista a una finalidad es propio de la mente humana. Por analogía, se pretende extender este modelo de forma más o menos explícita a todo el universo.

Actualmente, la discusión se ha reavivado en torno al denominado finalismo biológico (o del mundo orgánico), pues el finalismo es visto íntimamente ligado al problema del origen, naturaleza y desarrollo de la vida. Se trata, en definitiva, de dilucidar si la organización y la actividad de los seres vivos están encaminadas hacia algún fin.

El finalismo a través de la historia

Probablemente el finalismo fue la primera interpretación de la realidad, basada en un ingenuo animismo y en una visión antropocéntrica del mundo. Todas las cosas estaban animadas y corrían hacia un fin. Simultáneamente, sin embargo, se desarrolló la teoría contraria. Ambas teorías fueron desarrolladas por la filosofía griega en el atomismo de Demócrito y en la teleología aristotélica y platónica. Las teorías antifinalista (materialismo) extraían sus argumentos de los acontecimientos del mundo físico, mientras que los simpatizantes del finalismo se basaban en el estudio de los fenómenos de la vida. Anaxágoras es el primero que hace notar que el rítmico movimiento de los astros testimonia un bello orden y hace pensar en que todo se dirige hacia un fin. Aristóteles, en su obra De la generación de los animales y en la Física expone la teleología de todo cuanto existe, oponiéndose así a la hipótesis de la evolución biológica regida por el azar, tal como era propuesta por Empédocles. La constatación de que de un animal nace siempre otro animal de la misma especie (y tantos otros hechos similares que se producen en la naturaleza), llevó a Aristóteles a concluir que la naturaleza no está regida por el azar.

A la hora de explicar de dónde proviene esa finalidad, los autores distinguen un teleologismo intrínseco (finalismo biológico) y otro extrínseco. Los defensores del teleologismo (finalismo) intrínseco afirman que la capacidad finalística es inherente al organismo y guía desde dentro la actividad del mismo, siendo su fin inmediato la unidad y la conservación del propio organismo. A esta tendencia pertenecen los vitalistas, que defienden la existencia de un principio vitalístico directo, que puede ser el élan vital de Bergson, o la entelechia, de Driesch, etc. Por el contrario, quienes abogan por un teleologismo extrínseco, creen que la capacidad finalística les viene dada a los seres por un factor externo al organismo. Es decir: todo objeto tendría su propio fin fuera de él mismo. En definitiva, los defensores del finalismo extrínseco acaban admitiendo que debe existir un ser que ha dado a los seres naturales las metas y los fines que parecen manifestar y la capacidad para alcanzarlos.

De esta forma, prácticamente la explicación teleológica del universo acaba siendo una explicación teológica, pues los que la propugnan acaban admitiendo una mente o un ser ordenador y arquitecto del mundo. Es el caso de Anaxágoras con su referencia al Nous, o de Platón y Aristóteles que ponen en el principio al Uno, o al motor inamovible. Santo Tomás asumió la teoría de Aristóteles para establecer la quinta vía de la demostración de la existencia de Dios: el orden que se observa en todo el mundo, exige la presencia de un ser que todo lo ha ordenado, y ese ser es Dios. Con la interpretación cristiana, todo el mundo se entiende en un gran concierto, en el que los niveles inferiores están supeditados a los superiores, encontrándose en la cumbre el ser humano. Por otro lado, partiendo del principio de que “Dios no hace nada inútil”, a todo fenómeno individual se le asigna una finalidad.

Crisis del finalismo

En los siglos XVII y XVIII, con la euforia de los grandes desarrollos de las ciencias, sobre todo matemáticas y físicas, las teorías teleológicas y vitalistas soportaron los ataques de las interpretaciones mecánicas, primero de pensadores no biólogos, como Descartes, Galileo y Bacon, y luego también por biólogos que comenzaron a defender las teorías embriológicas preformistas, como Bonnet y Haller. Particularmente dura fue la crítica de Spinoza al finalismo, tildándole de “prejuicio desastroso”, fruto de la ignorancia natural de los hombres.

A finales del siglo XVII se produce un movimiento en favor del finalismo, representado por pensadores como Malebranche, Newton y Leibniz, movimiento que será también secundado por el deísmo que proclamaba la idea del Dios-arquitecto.

De esta forma, las teorías teleológicas pudieron prevalecer hasta mediados del siglo XIX, cuando volvieron a sufrir los virulentos ataques del positivismo científico, anclado en los nuevos conocimientos y teorías biológicas, especialmente en el evolucionismo. Estas teorías dieron pie para rechazar, incluso en el campo de los fenómenos vitales, toda interpretación de la naturaleza que no se redujera a causas puramente fisico-químicas.

Una interpretación nueva se impuso entonces para las tres cuestiones fundamentales relacionadas con la vida: origen, evolución y finalidad. El origen de la vida fue explicado como resultado fortuito de elementos químicos y de fuerzas físicas que favorecieron la formación de la primera estructura viviente; el desarrollo de la vida se explicó como fruto de causas eficientes necesariamente concatenadas; y la finalidad, simplemente fue negada, porque no entraba en el campo de lo experimental. Esta corriente se impuso en numerosos biólogos de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, y perdura en materialistas contemporáneos como Maegeli, Roux, Haeckel, Loeb, Rabaud, etc.

Reacción teleológica

No obstante, a esta corriente materialista, hicieron frente por un lado los espiritualistas -como Teilhard de Chardin, Celesia y Lecomte du Noüy, que permanecieron fieles al principio de una inteligencia directora trascendente a la naturaleza sensible-, y por otro, los vitalistas modernos, que interpretaron el elemento teleológico desde el vitalismo -tales como Von Baer, Reinke, Hartmann, Driesch, Richet, Rignano, Cuénot, Lillie o Russell.

La perspectiva teleológica moderna se ve favorecida por los recientes descubrimientos de la neuroendocrinología, la embriología y la psicología, así como por la desvinculación de la teoría evolucionista del viejo materialismo.

FINALISMO

Fuente: Britannica

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