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Definición de Mesoamérica

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 Denominación que recibe el territorio histórico-cultural que comprende desde el norte de México hasta el límite entre América central y América del sur. Es un concepto geográfico-cultural que delimita un área cultural con características propias. En época prehispánica se desarrollaron en él algunas de las culturas más avanzadas del continente: olmeca, maya, azteca, zapoteca y tolteca. En el momento del contacto con los españoles, los límites eran al norte, el río Sinaloa (México) en el Pacífico y Pánuco (México), en el Atlántico; y al sur, por la línea que une el golfo de Fonseca (Honduras) con la desembocadura del río Motagua (Nicaragua) en el lago de Nicaragua, en el ángulo interior del golfo de Nicoya.

Para afrontar el análisis y la descripción histórico-cultural de este territorio, se tendrá en cuenta la secuencia que considera la historia de América como dividida en cuatro periodos: Formativo, Preclásico, Clásico y Postclásico.

Formativo

El término “Formativo” se utiliza comúnmente en América para designar el fenómeno y periodo que en el Viejo Mundo se conoce como Neolítico. Por razones y argumentos cuya historia resume James A. Ford (1969), la bibliografía anglosajona y latinoamericana propende al uso del término “Formativo” que, para ese autor, podría dividirse en dos fases: el Formativo colonial (3000-1200 a.C.) y el Formativo teocrático (1200-400 a.C.), tras los cuales surgiría una fase Protoclásica que anunciaría el pleno desarrollo de la civilización (400 a.C.-200 d.C.). Son estas dos últimas fases las que ordinariamente reciben el nombre de Preclásico, en el cual se distinguiría un Preclásico tardío y final como equivalentes al Protoclásico. A efectos del presente texto, se tratará en esta sección del Formativo colonial o temprano, y en la siguiente del Preclásico (en el que destaca la civilización olmeca), y se dejará para la sección dedicada al Clasicismo centromexicano el tratamiento del periodo Preclásico final junto con el Clasicismo.

Las secuencias arqueológicas más importantes para este periodo se encuentran en el valle de México, Tlaxcala, el valle de Oaxaca, Chiapas y la costa del golfo de México (sur de Veracruz y Tabasco), la llanura de Tehuantepec, la depresión del río Grijalva, la región de Ocós en la costa guatemalteca, el occidente de México, el valle de la ciudad de Guatemala y el valle de Belice. El valle de México es una de las regiones mejor conocidas para esta época. Tras el seminario de Santa Fe de 1972, en que se decidió aplicar una nueva terminología clasificatoria de carácter “neutro”, y tras las críticas que mereció de parte de Warwick Bray y Kent Flannery, la secuencia de fases y sus respectivas dataciones para el Valle de México quedó como sigue: Zohapilco (2500-2000 a.C.); Nevada (1400-1250 a.C.); Ayotla (1250-1000 a.C.); Manantial (1000-800 a.C.); Tetelpan (800-700 a.C.); Zacatenco (700-400 a.C.); y Ticomán (400-100 a.C.). Contemporáneas a estas fases del valle de México deben mencionarse otras series secuenciales en diversas regiones de Mesoamérica. En el valle de Tehuacán, según los estudios de McNeish, hay que citar las fases Purrón, Ajalpan, Santa María y Palo Blanco; en el valle de Oaxaca, los periodos Espiridón, Tierras Largas, San José, Guadalupe, Rosario y Monte Albán I y II; en el centro de Chiapas, las fases Cotorra, Dili, Escalera, Francesa, Guanacaste y Horcones; en la costa del Pacífico de Guatemala, las de Ocós, Cuadros, Jocotal, Conchas I y II, y Crucero; y en el altiplano de Guatemala, las fases Arévalo, Las Charcas y Miraflores.

En conjunto podríamos decir que en las fases antiguas, hasta 1200 a.C. aproximadamente, se puede hablar de sociedades igualitarias o tribales, mientras que a partir de esa fecha se observa un aumento considerable de evidencias y datos que confirman el incesante proceso de evolución social que hace más y más compleja la organización social y política, con la creciente complicación en el orden artístico, que implica como es obvio una mayor complejidad en los contenidos religiosos de tales expresiones artísticas.

Las condiciones ecológicas extremadamente favorables que se dieron en esa época en el valle de México hicieron probablemente que se establecieran en la región un buen número de aldeas en las que la agricultura debió de tener tanta importancia como la caza o la pesca; al menos, eso es lo que se desprende del minucioso estudio de la explotación de recursos lacustres realizado por los habitantes de Terremote Tlatengo en el Formativo temprano entre los lagos de Xochimilco y Chalco. Las aldeas de esta época, localizadas como es lógico en las orillas de los ríos y lagos de la región, no debieron de sobrepasar los doscientos habitantes, y estarían formadas por un reducido número de chozas de madera, cañas, tule y barro. En el aspecto tecnológico debe mencionarse una serie no muy numerosa de instrumentos hechos de piedra, madera, hueso, arcilla y fibras vegetales: mazos y bolas para golpear, morteros, machacadores, metates, etc.

Por otra parte, hay que destacar el hecho de que, junto a un modo de vida aldeano, como sería el caso de Terremote-Tlaltengo, se daría otro de carácter urbano o semiurbano en Tlapacoya o Tlatilco: es el caso de la llamada capital, de Niederberger (1987), o las villas o pequeñas ciudades típicas de organizaciones de señoríos o jefaturas.

Es especialmente en la fase Ayotla cuando se aprecia en el valle de México un importante desarrollo en la jerarquización social y los intercambios interregionales que remarcan la “cristalización de ciertas formas institucionalizadas de autoridad administrativa” (Niederberger, 1987). En ese marco de organización política se da también en Mesoamérica lo que hemos llamado para el área andina el complejo “santuario-mercado-festival”; es decir, la convergencia de intereses económicos con el culto religioso y los festivales de carácter múltiple: de redistribución, regocijo o peregrinación religiosa. Muchas de las “figurillas” descubiertas en Tlatilco y Tlapacoya aluden directa o indirectamente a estos festivales; danzarines de ambos sexos, músicos tocando el tambor, la ocarina o el omechicahuastli, contorsionistas y acróbatas, al mismo tiempo que otras representarían a verdaderos chamanes o sacerdotes, con atuendos cada vez más complicados, tanto en lo referente a los tocados como a otros adornos que destacan especialmente o hacen más distinguidas a las figuras que los llevan.

Uno de los elementos más comunes y de una significación estrictamente sagrada es la máscara, que solía ser enterrada junto al cuerpo de su dueño, pero nunca sobre el rostro. Puede pensarse, como sugiere Niederberger, que algunas de estas máscaras eran de uso exclusivo de hermandades, grupos de mimo o sociedades de danza, o bien que sirviesen para oradores o bufones.

Como es característico de todo el arte mesoamericano, pero especialmente en la tradición del México central, desde el periodo Formativo se da la presencia de una multitud de símbolos y emblemas que constituyen una verdadera escritura y que transmiten mensajes específicos sobre la cosmovisión y el sistema religioso. De la larga serie estudiada por Joralemon (1971) y Niederberger (1987) se podrían destacar los siguientes entre dichos símbolos: el signo en forma de U, el motivo con cinco puntos o “quinterno”, la flor de cuatro pétalos, la mano humana, la serpiente con plumas, etc.

Para algunos autores como Joralemon (1971), estos signos y símbolos aluden a divinidades perfectamente formalizadas de las que llega a distinguir hasta diez, como el dragón polimorfo; el reptil con atributos felinos y de ave, asociado a la tierra, a los cultos agrarios, etc.; el pájaro mítico y el monstruo alado con lengua bífida; el enano antropomorfo; el dios hombre-jaguar; el dios serpiente con atributos de pájaro, etc.

Aunque tales signos y símbolos han sido interpretados de maneras diferentes por otros autores, cabría pensar que, al igual que ocurre en el arte mexica del Postclásico, nos hallamos ante un lenguaje complejo con elementos gramaticales de carácter metafórico que hacen aún más difícil la interpretación. Se explicaría de ese modo que determinados “glifos” o “grafismos” apareciesen en contextos diferentes, con asociaciones muy variadas y, por tanto, con significados globales distintos, aunque a cada uno de ellos podamos atribuirles un significado específico unívoco. Ello significa no sólo que el sistema religioso y la cosmovisión de los pueblos del altiplano en las fases Ayotla-Manantial (1200-800 a.C.) se hayan hecho sumamente complejos, sino que la correspondiente expresión artística se ofrece como un sistema bien elaborado y asimismo bien complejo que no difiere esencialmente del sistema que encontramos en el Clásico y Postclásico de esa misma región.

Preclásico y olmecas

Con el inicio del Preclásico, o Formativo del área central de México, puede empezarse a hablar de verdaderas obras arquitectónicas en Mesoamérica. La pirámide de Cuicuilco, que es el monumento más importante de ese periodo, constituye un ejemplo especialmente relevante de lo que significa no sólo el esfuerzo comunitario de un gran número de aldeas para erigir ese primer templo, sino lo que es más importante, la primera representación simbólica de la morada de una divinidad. Además de este extraordinario monumento, se descubrió en el Cerro del Tepalcate una construcción también de gran antigüedad, y el mismo carácter debe de tener una estructura situada bajo el Edificio Rojo, al noroeste de la zona arqueológica de Cholula, que consiste en una pequeña cámara sobre basamento con muro en talud y cornisa poco saliente.

Uno de los objetos cerámicos más importantes y llamativos del Preclásico del centro de México es el conjunto de miles de “figurillas” aparecidas en casi todos los sitios importantes de este periodo. El tipo de la mujer desnuda es, posiblemente, el más frecuente. Muchos autores creen ver en estas figurillas la representación de la Diosa Madre, o distinguen al menos una relación específica e importante entre el concepto de mujer, el de fecundidad y el de tierra y agricultura. “Así, la mujer llegaría a simbolizar a ésta, a la fertilidad que hacía posible la fructificación de la semilla y a otros conceptos más, de tal manera que el artista, al modelar sus figurillas, trasmitiría si no el simbolismo de una diosa madre terrestre, sí la idea asociada de la mujer con la tierra, expresando así lo sobrenatural del misterio con que la generación se rodeaba, pero cuyo culto se remontaría al pasado” (Piña Chan).

Desde otro punto de vista, es en esta época cuando, en opinión de José Alcina, se vienen a configurar algunos de los conceptos básicos de las culturas del valle de México, dominantes en épocas posteriores. Un ejemplo muy significativo lo constituye el concepto de dualidad o gemelaridad. Una serie de figurillas del Preclásico temprano o medio representan individuos, generalmente mujeres, con dos cabezas o con una cabeza y tres ojos, o con un rostro dividido en dos partes: una representando la muerte y la otra la vida, que podrían ser el origen del dios de la dualidad del panteón mexica. Pero una parte de los conceptos mágico-religiosos del Preclásico del valle de México se desarrollarían a partir del periodo Medio, cuando comenzaron a recibirse las fecundas influencias procedentes de las tierras bajas del sur de Veracruz, Tabasco y Chiapas, es decir, del corazón del área olmeca (véase Cultura olmeca).

Pese a que los estudios sobre la civilización olmeca se iniciaron hace no menos de sesenta años, aún quedan muchos enigmas por resolver. Uno de ellos es el del hogar de esa civilización; para A. Caso, era lo que él llamaba la “Mesopotamia americana”, es decir, la región antes citada de Veracruz, Tabasco y Chiapas; pero recientes descubrimientos en Guerrero han hecho pensar a algunos que quizás el foco y origen de esta cultura se hallase en las tierras altas, y el área del Golfo fuese sólo una zona de expansión, y no el hogar primero de aquella cultura. Los hallazgos en Guerrero son especialmente importantes en el sitio de Teopantecuanitlán, donde se ha hallado un templo en el que destacan grandes relieves en piedra de un estilo típicamente olmeca; pero, además, se conocen en esa región Xochipala, con unas muy realistas figurillas en cerámica; Oxtotitlán, en el que destacan sobre todo las sensacionales pinturas murales llenas de extraños simbolismos, y Juxtlahuaca, que, como el anterior, se halla cerca de Chalcatzingo. Por su parte, el área de la costa de Veracruz-Tabasco, que ahora podría ser una región “colonizada” por los olmecas del interior, completa su cronología con los hallazgos de San Lorenzo Tenochtitlan, La Venta, Tres Zapotes y Cerro de las Mesas. Pero, además de esa zona central, hay que contar con que a partir del 1200 a.C. el estilo olmeca aparece en los lugares más alejados del “hogar”, de tal manera que los yacimientos de Tlatilco, Tlapacoya, Gualupita y Las Bocas pueden ser considerados como nexos entre Guerrero y la costa veracruzana, y los de Padre Piedra, Pijijiapan, Izapa, San Isidro, Piedra Parada y Las Victorias podrían ser escalas en una ruta hacia el sur que llegaría hasta Costa Rica.

Una de las grandes creaciones de la civilización mesoamericana fue el calendario; ese hallazgo es, claramente, una conquista del pueblo olmeca. Las primeras evidencias del mismo las tenemos en la fase Zacapepequez, Guatemala (hacia 800 a.C.). En Monte Albán I (hacia 600 a.C.) “ya existía perfectamente claro”. Según Alfonso Caso, “representaban los numerales con puntos y barras y deben de haber tenido un símbolo para el 0, por lo menos en el siglo I a.C., puesto que en la Estela C de Tres Zapotes usaron la numeración por posición. Su calendario era el Tonalpohualli de 260 días y usaban el sistema que después utilizarían los mayas de contar por medio de baktunes, katunes, tunes, uinales y kines”.

Por lo que se refiere al urbanismo, es en esta época cuando por primera vez se construyen verdaderos “centros ceremoniales” que son, en realidad, el núcleo visible de las ciudades olmecas, cuya población se hallaba dispersa en torno al núcleo de monumentos de carácter religioso. Ello implicaba, a su vez, especialización artesanal -ceramistas, lapidarios, tejedores, etc.- y división en clases sociales de las que pueden diferenciarse claramente dos. La clase dominante es, evidentemente, la misma clase sacerdotal creadora del calendario y del complejo religioso, el cual, a su vez justifica la existencia de centros ceremoniales.

La historia olmeca puede considerarse dividida en dos grandes periodos: Olmeca I y Olmeca II. En el primero de esos periodos parece que San Lorenzo Tenochtitlan tuvo un mayor peso cultural que La Venta. En su desarrollo cabe mencionar varias fases: Ojochi (1500-1350 a.C.); Bajío (1350-1250 a.C.) y Chicharras (1250-1150 a.C.). Durante el periodo Olmeca II (1150-400 a.C.) deben mencionarse las fases: San Lorenzo, Nacaste y Palangana. Finamente hay que citar las fases tardías de Remplas (300 a.C.-0) y Villa Alta (1100-1200 d.C.).

De las realizaciones artísticas olmecas, lo más destacable es, sin duda, la escultura y el relieve (véase el apartado “Escultura y relieve” en la voz Cultura olmeca). Las esculturas olmecas más notables y famosas son las cabezas colosales, de las que se conocen catorce ejemplares (véase el apartado “Las cabezas colosales olmecas” en la voz Cultura olmeca). De proporciones gigantescas -hasta 3 m de altura y 10 toneladas de peso-, representan rostros de apariencia negroide con ancha nariz, labios gruesos y ojos abotagados que se cubren con un casquete ajustado que cae por los lados. No son representaciones de divinidades, ya que carecen de características y signos simbólicos que pudieran hacer pensar en esa interpretación; podrían representar “cabezas de linaje” o de “antepasados”, lo que en una sociedad organizada políticamente con toda probabilidad como una “jefatura” tendría plena justificación.

El arte olmeca ofrece la particularidad de proporcionar dos estilos aparentemente contradictorios: de una parte, un estilo sumamente realista, como en las cabezas colosales ya mencionadas y, por otra, un estilo decididamente abstracto hasta el extremo de parecer “glífico”. Como rasgos típicos del arte olmeca, especialmente en lo relativo a las representaciones antropomorfas, tendríamos que destacar la llamada “boca olmeca” y la hendidura en forma de V o “muesca olmeca” que aparece en los cráneos de ciertos personajes mitológicos representados en diferentes tipos de hachas ceremoniales.

Además de las cabezas colosales y de las imágenes antropomorfas mencionadas, hay otras de corte “realista”, generalmente en posición sedente, que en ocasiones toman la actitud de un “escriba” a la manera egipcia o tienen sobre el regazo la figura de un niño divinizado, un cetro o un cilindro, o una caja sagrada. Todas estas esculturas que, junto con las cabezas colosales han sido analizadas formalmente por Beatriz de la Fuente (1977), son de una perfección difícilmente alcanzable por el arte de otras culturas mesoamericanas. Sin embargo, la que posiblemente sea la obra maestra de esta serie de figuras humanas sedentes es la escultura llamada El luchador, procedente de Santa María Uxpanapa (Veracruz, México), que representa a un hombre barbado, con las piernas y los brazos doblados y que da la impresión, por la torsión de todo el cuerpo, de que se halla realizando un gran esfuerzo físico.

Los altares constituyen un tipo escultórico absolutamente original y cuyo uso se prolongará a través del tiempo, especialmente en las ciudades mayas. Se trata de grandes bloques de piedra de forma prismática en cuyos laterales hay escenas realizadas en alto y bajorrelieve. En muchos de estos altares se representa una figura sedente, parecida a las mencionadas más arriba, que emerge de una cueva u hornacina que debe interpretarse como la boca de un dragón, el cual, a su vez, podría representar al dios o diosa del Inframundo. En ocasiones, esa figura antropomorfa lleva en las manos a un niño divinizado. Muchos de esos altares representan en las paredes laterales figuras de sacerdotes que llevan en sus brazos al niño divinizado que con tanta frecuencia aparece en el arte olmeca. Recientemente, David Grove ha interpretado estos llamados “altares” considerándolos como verdaderos tronos.

En el campo de la gran escultura hay que mencionar, finalmente, las estelas que, al igual que los altares, serán profusamente utilizadas también en el área maya. Las que se conocen de Tres Zapotes, Cerro de las Mesas, La Venta, El Baúl, Izapa y otros lugares representan personajes con vestidos y adornos sumamente complicados que componen escenas posiblemente míticas de muy difícil interpretación, aunque no puede descartarse la posibilidad de que se trate de representaciones realistas.

De los estudios iconográficos de Covarrubias (1946), Drucker (1952), De la Fuente (1977), Coe (1972) y Joralemon (1971) se desprende que muchas de las imágenes que pueblan el mundo escultórico olmeca corresponden a personajes míticos o a verdaderas divinidades, muchas de las cuales se incorporarán al panteón mesoamericano, y se desarrollarán o perfilarán completamente en épocas posteriores o en culturas específicas. En concreto, la cabeza de estilo draconiano con “boca olmeca”, con grandes colmillos de jaguar, “muesca olmeca” y adornos superciliares, parece ser el origen de la cabeza del dios de la lluvia -Tláloc, Chac, Cocijo o Tajín-, que adquiere particularidades estilísticas según la cultura regional de que se trate.

Son igualmente formas míticas de frecuente aparición en el arte el enano eunucoide o niño divinizado que aparece en brazos de un rey-sacerdote o de un personaje antropomorfo adulto. No menos interesante es la presencia de determinados rasgos típicos -párpados cerrados y banda ocular vertical- que podrían significar la aparición de una divinidad antecesora de Xipe Totec.

Todo ello, junto con el desarrollo de formas arquitectónicas de carácter templario, define con mucha precisión la existencia de un sistema religioso muy sólido que implicaría una organización política de carácter estatal, más que un señorío o cacicazgo, con el correspondiente cuerpo sacerdotal del que seguramente el soberano formaba parte.

Clasicismo centromexicano

Los arqueólogos han designado como “periodo Clásico” a aquél en el que se consolidan y afianzan definitivamente los rasgos que caracterizan a las civilizaciones. Una de las características más destacadas es lo que denominamos urbanismo, como forma de asentamiento. Las dos formas más características del urbanismo en Mesoamérica se conocen con los nombres de “centros ceremoniales” o verdaderas “ciudades”; constituyen una etapa dentro del desarrollo evolutivo que se inicia con las aldeas del Formativo tardío o del Preclásico inicial, continúa con las villas del Preclásico medio, sigue con los primeros “centros ceremoniales” planificados y con la arquitectura del Preclásico final o Protoclásico, y culmina con estas verdaderas ciudades del periodo Clásico.

Otros cambios que se producen desde el comienzo del periodo Clásico son, por ejemplo, el uso de taladros huecos y los espejos de pirita. La metalurgia se extiende por toda la América nuclear y llega también a Mesomérica. La rueda que no llegó a utilizarse nunca como medio para un transporte pesado, se conoció, sin embargo, en su aplicación a ciertos objetos considerados juguetes. No obstante, el rodillo debió de utilizarse de manera generalizada para el transporte de grandes monolitos u otros materiales muy pesados. Al menos en Mesoamérica, la aparición de evidencias de producción en masa son de una gran importancia. El uso de moldes para la producción cerámica pudo traer consigo el empleo de una gran cantidad de obreros manuales no cualificados, quienes bajo la dirección de artesanos se dedicarían a la producción en masa, mientras que aquéllos podrían dedicar su tiempo a trabajos de mayor finura o a la preparación de moldes.

Otra de las características más destacadas del periodo Clásico en Mesoamérica es el desarrollo de las redes de carácter comercial. El hecho de que las vasijas trípodes con tapadera cónica del periodo Teotihuacán III aparezcan en Kaminaljuyú (Guatemala) o que la cerámica maya del tipo Tzacól se encuentre en Teotihuacán puede servir de ejemplo para tales relaciones comerciales relativamente lejanas; sin embargo, parece que los contactos de ese carácter llegaron hasta lugares mucho más lejanos: en El Salvador, Honduras y Guatemala se encuentran piezas de tumbaga, procedentes de Colombia y Panamá, e igualmente hay evidencias de un comercio más o menos esporádico con el sudoeste de los Estados Unidos.

El concepto de ciudad debe entenderse con el significado de ciudad-estado, con un gobierno de marcado carácter teocrático. El sacerdocio, cuyos representantes eran cada vez más numerosos, es el responsable del desarrollo del complejo de ideas religiosas y del ceremonial consiguiente; pero, por otra parte, es el autor de una incipiente ciencia basada en la observación astronómica y en el cómputo del tiempo, de lo que deriva una escritura, una matemática y otra serie de “ciencias” o saberes más o menos empíricos. Esta clase social que controla la vida religiosa y el régimen agrícola se transforma fácilmente en el grupo de presión más fuerte, y se constituye por tanto en el grupo gobernante. En contraste con la simplicidad de la sociedad en lo que se refiere a su división en clases, la variedad de funciones y trabajos se multiplica. Además de los sacerdotes, escribas, astrónomos, etc. o de los lapidarios, orfebres, ceramistas, agricultores, etc., Palerm apunta la posibilidad de que esta etapa dé lugar al nacimiento de grupos de comerciantes que se independizan del poder eclesiástico.

Cultura teotihuacana

La primera y más importante cultura de la región central de México fue la teotihuacana. Esta civilización, cuyas raíces se hunden en el periodo Preclásico final o Protoclásico, y que es, sin duda, la consecuencia inmediata de la evolución de la cultura olmeca en el altiplano desde el Preclásico medio, viene a constituir el fundamento de una tradición que no acabará sino con la llegada de los españoles. El centro de esta civilización se halla localizado en el valle de Teotihuacán, una fracción limitada del valle de México de unos 600 km2 de extensión, atravesada por el río San Juan y donde el núcleo urbano primero y más importante es la ciudad de Teotihuacán.

Lo que los especialistas consideran como cultura teotihuacana comienza hacia el año 300 d.C. en la fase que se conoce con el nombre de Tlamimilolpa, en contraste con quienes consideran que tal comienzo se remonta a los inicios de nuestra era; es por eso que el urbanismo teotihuacano debe considerarse propiamente preclásico. Sin embargo, antes de poder hablar de un verdadero centro urbano, en las fases Cuanalan y Patlachique se aprecian concentraciones aldeanas en el valle e incluso en la que será zona urbana posteriormente. Para esa época, Cuicuilco ya había desaparecido bajo la lava del volcan Xitl. En la fase Patlachique, Teotihuacán debió de ser un pueblo grande que concentraba una población de unos 10.000 habitantes. Millon considera que la organización sociopolítica en ese momento es de carácter tribal.

En la fase Tzacualli (Teotihuacán I) lo que hasta entonces era sólo un gran pueblo se transforma en una verdadera ciudad con no menos de 50.000 habitantes. Fue en ese momento cuando se hizo el trazado definitivo de la gran urbe que será a lo largo de los siglos siguientes. Ese trazado consiste en dos avenidas que se cruzan perpendicularmente para dar lugar a cuatro cuadrantes. El eje norte-sur lo constituye el llamado Camino de los Muertos, mientras la avenida que enlaza el este y el oeste es mucho menos evidente. En el centro, que no se halla en el cruce de aquellos dos caminos, sino en el centro de la Pirámide del Sol, se ha encontrado una cueva cuatrilobulada que seguramente representa de forma simbólica al mundo. En torno al Camino de los Muertos se hallan los monumentos más importantes de la ciudad: las pirámides del Sol y de la Luna, el templo de la Agricultura, el grupo Viking, la Ciudadela y un sinfín de otros monumentos, muchos de los cuales aún no han sido excavados. Todos los demás conjuntos de la ciudad, tanto los residenciales como los de carácter ceremonial, se hallan orientados del mismo modo y forman un apiñado y denso tejido de calles y callejuelas que separan cada uno de esos conjuntos habitacionales y religiosos.

Durante la fase Xolalpan, la ciudad de Teotihuacán alcanzó el máximo de población. Se ha calculado que en ese momento podría haber llegado a los 200.000 habitantes, mientras en el valle, contando con los varios centenares de aldeas y pequeños asentamientos localizados, esa cifra podría ascender, en conjunto, al medio millón de habitantes. En las fases Xametla o Coyotlatelco la población de la ciudad se redujo a sólo 60.000 habitantes; ello era, sin duda, la consecuencia de que en la fase Metepec la ciudad debió de ser atacada por grupos de chichimecas procedentes de la frontera norte, que incendiaron la ciudad y provocaron que la población se dispersase.

A causa, sin duda, del crecimiento de la población de la ciudad, los mecanismos comerciales tuvieron que extenderse en todas las direcciones de Mesoamérica hasta constituir verdaderamente un imperio, ya que “para sustentar su enorme desarrollo, necesitaba no sólo del valle de Teotihuacán y del de México, sino de regiones más amplias; para ello el comercio internacional y la conquista se imponían. De no haber existido esta posibilidad de expansión, el aumento demográfico de Teotihuacán se hubiera visto detenido antes” (Bernal).

En esta época, la influencia de Teotihuacán sobre el valle de Oaxaca llegó a ser tanta que en el periodo de transición Monte Albán II-III esta ciudad parece haber sido conquistada por los teotihuacanos y, en cualquier caso, durante todo el periodo se establece una especie de eje Teotihuacán-Monte Albán, equivalente al eje La Venta-Monte Albán del periodo anterior.

Esta relación, por otra parte, era recíproca, por eso en Teotihuacán existía un barrio en el que debía predominar la población de Oaxaca sobre la propiamente teotihuacana. Este barrio se hallaba a unos 3 km al este de La Ciudadela. Por otra parte, la influencia de la gran ciudad del altiplano se ejerció sobre varias regiones del área mesoamericana: en primer lugar hay que señalar la influencia ejercida sobre la Mixteca, al oriente de Guerrero y sur y oeste de Puebla; en segundo término, la ya citada influencia sobre el área maya, especialmente sobre la región del Petén en Tikal y sobre el altiplano guatemalteco en Kaminaljuyú. En este caso, puede llegarse a suponer que habría una acción conquistadora de parte de la metrópoli teotihuacana. Finalmente, la expansión hacia occidente fue también muy importante, aunque quizá algo posterior: la influencia en Guerrero -área olmeca en la etapa anterior- debió de ser muy fuerte, y otro tanto podemos decir de la influencia en Michoacán, Colima y Nayarit. Por último, la influencia en la región septentrional, especialmente en Chiametla y La Quemada, parece representar más que una conquista total del territorio, el establecimiento de fortalezas y guarniciones.

La sociedad teotihuacana representa, en conjunto, una organización de carácter teocrático. El grupo social sacerdotal ha acumulado todo el poder: político, religioso, militar y administrativo. Es por eso por lo que en el sector central de la ciudad, en torno al Camino de los Muertos, se entremezclan los edificios estrictamente religiosos -pirámides y templos- con los de carácter residencial y administrativo de la clase sacerdotal. De donde, en lo que podríamos llamar sector residencial, no escasean los templos, altares y otros indicadores de carácter ritual, propios de la clase sacerdotal. En este sector, conjuntos como los de Tepantitla, Tetitla, Atetelco, Zacuala o Yayahuala son seguramente residencia de sacerdotes de notable importancia a juzgar por los templos y salas en las que se acumulan las pinturas y otros signos de carácter religioso, de los que habría que destacar por su extraordinaria belleza y complejidad el famoso Tlalocan.

Además de la clase dominante de carácter sacerdotal, la población teotihuacana debía agrupar a un buen número de comerciantes, guerreros, y artesanos, entre los que los lapidarios, escultores, pintores y ceramistas debían de ser los más distinguidos y solicitados. También los militares han debido desempeñar un papel importante y, aunque no se puede afirmar rotundamente que Teotihuacán sea un imperio militarista, es evidente que el militarismo desempeñó un papel importante en la sociedad y en la organización política de esta civilización, aunque el carácter teocrático y la posición dominante del sacerdocio sea evidente y se halle por encima de cualquier otra consideración.

Zapotecos, huastecos y otros pueblos

La otra gran civilización del periodo clásico en el México central es la de los zapotecos, que se localiza en el valle de Oaxaca y cubre también las serranías inmediatas al norte y sur. Su ciudad más importante, quizá su capital, es Monte Albán, el yacimiento mejor estudiado arqueológicamente y el que sirve de base para trazar la secuencia histórica de esta cultura.

La cronología de Monte Albán ha sido revisada recientemente por Drennan y Blanton utilizando la muy abundante serie de fechas radicarbónicas de ese yacimiento. De acuerdo con esa revisión y tras una larga etapa para el Formativo temprano y medio (1400-300 a.C.), se suceden los periodos ya clásicos de Monte Albán I (300-200 a.C.); Monte Albán II (200 a.C.- 200 d.C.); Monte Albán IIIa (200-450); Monte Albán IIIb (450-600/700); Monte Albán IV (600/700-950); y Monte Albán V (950-1500). De todos ellos, los períodos típicamente clásicos son los correspondientes a Monte Albán III y IV.

La originalidad de Monte Albán se debe al hecho de haber construido su centro ceremonial sobre un cerro cuya cima fue aplanada con esa finalidad. En ese conjunto de monumentos destacan, por su importancia y originalidad, con independencia de los numerosos templos piramidales, la cancha de juego de pelota y el Montículo J, que es sin duda un observatorio astronómico.

Al igual que en Teotihuacán, la sociedad zapoteca estaba dominada por un sistema fundamentalmente teocrático en lo político y en lo religioso, lo que dio lugar a una clase sacerdotal creadora de un panteón entre cuyos dioses más importantes hay que mencionar a Cocijo, equivalente a Tláloc; Pitao Cozobi, dios del maíz y de todos los alimentos; Pitao Pezelao, dios de la muerte y del inframundo, equivalente a Mictlantecuhtli; Copijcha o Tonatiuh y Pitao Xicala, dios del amor y del placer, equivalente a Xochipilli.

La posición de la cultura zapoteca en el conjunto de Mesoamérica representa, en cierta medida, un punto intermedio entre la civilización maya clásica y la civilización teotihuacana. Esa situación intermedia que apreciamos en el sistema calendárico y en otros aspectos puede haberse consolidado en el periodo Clásico gracias a las buenas relaciones comerciales que los zapotecos mantuvieron con ciudades mayas, de un lado y, sobre todo, con Teotihuacán del otro. La organización política de este estado tuvo que ser una teocracia no imperial, probablemente federalista, con un grupo minoritario de nobles, quizá sacerdotes, que administraban y dirigían a una extensa masa de población campesina y de artesanos.

Aunque Teotihuacán y Monte Albán representan los focos de civilización más importantes del México central, hay al menos otras tres áreas de gran creatividad artística y posiblemente focos de importancia desde el punto de vista comercial y de influencia cultural. Estas áreas son las que conocemos como Veracruz central, la Huasteca y el occidente de México, las cuales han sido estudiadas con menor intensidad que Teotihuacán y Monte Albán. En el caso del área de Veracruz central y de la Huasteca, las influencias ejercidas sobre el valle de Teotihuacán y a través del istmo de Tehuantepec sobre la costa de Soconusco, y más al sur hasta Centroamérica, permiten suponer que el peso específico de carácter cultural, económico y político era mucho mayor del que hasta ahora suponíamos.

De toda la región, el centro ceremonial más importante en cuanto a cantidad y calidad de monumentos y, por consiguiente, de poder político e influencia cultural es, sin duda, El Tajín, sitio en el que la Pirámide de los Nichos constituye un ejemplo brillante en cuanto a la decoración, de una singular originalidad. Sin embargo, esta ciudad no es la única: Misantla, Yohualinchan, Castillo de Teayo, etc. son centros urbanos de considerable extensión que debieron de concentrar una gran masa de población.

El juego de pelota que, como es sabido, constituye una de las características comunes de todas las culturas mesoamericanas, hubo de tener una especial importancia en el área de Veracruz central, ya que varias piezas escultóricas de muy difícil interpretación -yugos de piedra en forma de U, las palmas y las hachas ceremoniales- están sin duda relacionadas con ese juego. Por otra parte, la decoración profusamente “barroca” de estos objetos coincide con la de los famosos vasos de alabastro con finas volutas de esa región. Tanto los yugos, las palmas y las hachas como estos vasos se hallan a lo largo de la ruta de Tehuantepec y Soconusco, hasta alcanzar el valle del Ulúa en Honduras y la península de Nicoya en Costa Rica, probablemente una de las grandes rutas comerciales que atravesaba toda Mesoamérica de norte a sur y de la costa del Atlántico a la del Pacífico.

El juego de pelota tiene, por otra parte, un importante reflejo en varias de las ciudades antes mencionadas, pero de una manera muy especial en el caso de El Tajín, en la que se contaban hasta once canchas para juegos de pelota, de las cuales la más cercana a la Pirámide de los Nichos cuenta con alguno de los relieves más bellos de esta ciudad. Estos relieves se hallan repartidos en cuatro paneles; en el primero de ellos se representa a un joven guerrero que recibe sus armas; en el segundo panel se desarrolla el ritual de la incorporación del guerrero a la sociedad de los caballeros-águila: dos músicos tocan mientras un águila se posa sobre el joven que se halla tendido sobre una banqueta. En el tercer panel se representa la ceremonia de la renovación del fuego, en la que aparecen dos figuras que llevan el cinturón o yugo y la palma, propios de los jugadores de pelota. Finamente, en el cuarto panel, se procede a un sacrificio humano: un sacerdote sostiene al que van a sacrificar, mientras otro le abre el pecho y una divinidad que puede ser Tajín, en forma de dios de la muerte, desciende del cielo.

Aunque la región de la Huasteca sigue estando deficientemente investigada, hay algunos aspectos de su arte que conviene destacar por su influencia en el altiplano no sólo en época teotihuacana, sino también posteriormente. En concreto, la escultura huasteca debe situarse comparativamente en un plano relevante dentro del conjunto de la escultura mesoamericana y esto no sólo por la cantidad de obras, sino por la belleza intrínseca de muchas de estas piezas. De ese conjunto destaca, sin embargo, el famoso Adolescente del Museo Nacional de Antropología de México. De proporciones algo menores que el natural, representa una figura masculina, en pie, desnuda y en cuya piel se advierten dibujos y signos grabados que representan tatuajes o pinturas y la imagen de un niño a la espalda. Para Westheim, esta figura representa a Quetzalcóatl como lucero vespertino que al descender al Inframundo se lleva consigo a su hijo el Sol. El tipo más común de la estatuaria huasteca es, sin embargo, el que representa una figura de mujer en pie, con los senos desnudos y las manos apoyadas sobre el vientre, que lleva en la cabeza un gorro cónico tras el que se ve un abanico de plumas de forma circular o semicircular y que podría interpretarse como Ixcuina o Tlazoltéotl, o quizá como Mayahuel. Hay también otras representaciones masculinas con parecidas características en cuanto al gorro, pero que llevan en la espalda la imagen de un muerto: una calavera o el esqueleto completo, como en el caso de la escultura de Tancuayalab.

Otro aspecto importante de la cultura huasteca es la pintura mural. De ella cabe destacar la que se halló en el Tamuín: en un banco corrido junto a uno de los templos se encontró la representación de una procesión de once personajes sin identificar y otros a los que cabe atribuir caracteres divinos, como uno que presenta atributos de Tlazoltéotl u otros que pueden ser sacerdotes o el mismo dios Quetzalcóatl, Ehécatl o Xólotl.

Las culturas que cabe distinguir en esa extensa región a la que denominamos occidente de México y que comprende los estados de Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Colima, Michoacán y parte de Guanajuato y Guerrero son de una enorme variedad y riqueza expresiva, pero incomparablemente de menor valor que las tratadas hasta ahora.

El Epiclásico

La configuración de un periodo Epiclásico que abarca los siglos VII al IX en el México central se fue perfilando a lo largo de los años, y culminó con los sensacionales descubrimientos del yacimiento de Cacaxtla que, junto con Xochicalco, conocida de antiguo, constituyen los dos focos más importantes de este periodo final del clasicismo centromexicano.

Como ya vimos en páginas anteriores, la influencia de Teotihuacán no sólo en el área central de México, sino en toda Mesoamérica alcanza a regiones sumamente alejadas de la gran urbe; es por esa razón por lo que el final de Teotihuacán representa un cambio radical en las relaciones interétnicas e interculturales de toda la región, de manera que lo que conocemos como Epiclásico es, en realidad, el resultado de ese final traumático de la hegemonía de Teotihuacán y el nacimiento y desarrollo de otras localidades entre las que Xochicalco y Cacaxtla son, como hemos dicho, las más significativas.

De Cacaxtla se puede decir que es un asentamiento de carácter urbano que se supone obra de la etnia olmeca-xicalanca y en el que confluyen las influencias de la cultura maya, así como de Teotihuacán, Monte Albán, Xochicalco y la mixteca. El conjunto de la zona excavada abarca aproximadamente 200 m de norte a sur. En los dos edificios excavados en primer lugar entre 1976 y 1980 se hallaron las más importantes pinturas murales del yacimiento: el Hombre-Jaguar y el Hombre-Pájaro en el edificio A, así como los Murales de la Batalla del edificio B-sub. En las excavaciones realizadas entre los años 1986 y 1990 se hallaron nuevos murales en el templo de Venus.

Según Foncerrada, es indudable la relación estilística de Cacaxtla con Teotihuacán, por cuanto en las fases Xolalpan y Metepec (500-750) “la figura humana se revela como un motivo iconográfico de singular importancia”. Pero no es menos cierto que el realismo con que son tratadas las figuras humanas, especialmente en el Friso o Mural de la Batalla, nos recuerda con bastante fidelidad las escenas realizadas con tanta brillantez por los pintores de Bonampak.

Tratando de hacer un juicio global de Cacaxtla y su importancia cultural, diríamos que representa, en el momento de su máximo esplendor (650-850), una cultura de carácter ecléctico que habiéndose desarrollado en el Clásico bajo la influencia teotihuacana y quizá bajo el control político de Cholula, recogió el mensaje “humanista” del final de Teotihuacán, lo que le permitió desarrollar un estilo artístico en esa línea, enriquecido sin duda por influencias mayas que debían proceder del área del bajo Usumacinta.

Foncerrada considera que la etnia mixteca cumple un papel muy importante dentro del sistema de comercio y tributo desarrollado por Teotihuacán, por tanto, antes de la fundación de las dinastías de Tilantongo y Teozacoalco en el siglo VII. El grupo original mixteco debía de proceder de la costa del Golfo y de esa región procederían también los olmecas-xicalancas, que debían de ser principalmente artistas y comerciantes. Algunos autores suponen que Cholula sería la capital de los primitivos olmecas-xicalancas, por tanto, el primer centro mixteco en el altiplano que pondría en relación la región poblano-tlaxcalteca con la costa del Golfo, con Oaxaca y desde luego con Teotihuacán. Así, no es extraño que a través de las rutas comerciales que tenían como objetivo final la región de Xicalango, confluyesen también los putunes y chontales. Estos putunes, según Thompson, “eran gente fuertemente influida por sus vecinos mexicanos establecidos en el sur de Campeche y en el amplio delta de los ríos Usumacinta y Grijalba, en Tabasco”. En efecto, los putunes eran, al parecer, comerciantes y navegantes profesionales que en torno al siglo IX crearon establecimientos comerciales en Altar de Sacrificios y su influencia llegó quizá hasta Ceibal y la región de Belice.

Clasicismo maya

El área maya comprende la península del Yucatán, las cuencas de los ríos Usumacinta y Motagua, el Petén y las tierras altas de Chiapas y Guatemala, más la costa de Soconusco hasta la actual república de El Salvador. El periodo Clásico de esta región en comparación con el de otras del área mesoamericana es, seguramente, el que alcanzó un más alto grado de complejidad y brillantez. Los arqueólogos han dividido en dos fases este periodo: el Clásico temprano (300-600 d.C.) y el Clásico tardío (600-900), si bien hay algunos autores que llaman “Clásico terminal” a los últimos cien años de esta historia. (Véase Cultura maya: historia).

La historia política de las ciudades mayas que hasta fechas muy recientes había sido ignorada, apareciendo oculta bajo la historia de los estilos cerámicos y escultóricos, es en realidad una historia de señores y reyes, de matrimonios, alianzas y guerras entre dinastías que rigen pequeños estados en los que una ciudad es la cabecera o capital, mientras otros centros menores se hallan subordinados en mayor o menor grado. Gracias a la identificación de los llamados glifos-emblema hoy podemos reconstruir una historia de los acontecimientos a la manera tradicional y en este momento se puede hablar con cierto detalle de las dinastías de Tikal, Palenque, Yaxchilán, Copán, etc.

La base económica de la sociedad siempre fue la agricultura, pero se emplearon varios sistemas diferentes: el de roza fue quizá el más generalizado, pero también se utilizó el de barbecho de ciclo largo y el de ciclo corto, más la agricultura intensiva con irrigación a mano o mediante canales, el sistema de camellones o montones, el uso de terrazas, etc. Se utilizaron como plantas más importantes el cacao, el ramón y el aguacate, junto con el maíz, la calabaza, etc. (Véase Cultura maya: economía y sociedad).

Para comprender la forma, el carácter y las subdivisiones de un asentamiento maya, el texto más explícito y clarificador es el de Landa, quien decía “que antes de que los españoles ganasen aquella tierra vivían los naturales en pueblos con mucha policía y tenían la tierra muy limpia y desmontada de malas plantas y puestos muy buenos árboles; y que su habitación era de esta manera: en medio del pueblo estaban los templos con hermosas plazas y en torno de los templos estaban las casas de los señores y de los sacerdotes y luego, la gente más principal, y así iban los más ricos y estimados más cercanos a éstos y a los fines del pueblo estaban las casas de la gente más baja”. Lo que encuentran los arqueólogos es precisamente una disposición semejante a la descrita por Landa. En el centro se hallaba lo que se denomina ordinariamente “centro ceremonial”; en torno a estos edificios de carácter religioso o ceremonial se hallaban otros de tipo residencial de la elite dirigente, al tiempo que en áreas más alejadas del centro había otros edificios de carácter habitacional mientras en el área rural los núcleos habitados seguían apareciendo con una densidad cada vez menor, sin que existiese de hecho un corte tajante entre ciudad y campo.

Aunque la evolución social desde las aldeas del Formativo a estas ciudades del Clásico no es fácilmente detectable a través de la arqueología, es evidente que al alcanzarse el nivel de los Estados los poderes que concentra la elite dirigente son muy amplios y variados -poder político, religioso, económico, militar y administrativo- que tienen en sus manos desde el soberano -los de carácter político y religioso- hasta los parientes y nobles de su propio linaje, quienes controlan la milicia y la administración de las tierras, tributos, etc. En ese estadio de su desarrollo, la sociedad se halla profundamente dividida en dos clases principales -elite y pueblo-, aunque con muchas variedades por su especialización.

Con independencia de las agrupaciones de ciudades en estados en cuyas cabeceras residía el Ahau o soberano y la nobleza o aristocracia emparentada con él, todo el territorio maya estaba cruzado por una red de comerciantes que servía, al mismo tiempo de interconexión cultural y, por tanto, de vehículo o medio de homogeneización de toda la región. Tales relaciones comerciales que son de origen muy antiguo se establecen durante el periodo Clásico en tres niveles o escalas: comercio entre comunidades vecinas, comercio de carácter regional y comercio a larga distancia o internacional. La conservación de alimentos en chultunes es la base para el establecimiento de tal comercio, así como para el pago de tributos y el establecimiento de un sistema de mercados en los que la aparición de un cierto tipo de materia monetaria como es el cacao facilitaría el intercambio de materias y productos. Es así como llegaron a establecerse determinadas rutas comerciales de ciertas materias primas como la obsidiana y el jade. Sin embargo, era igualmente importante el transporte y comercio de otros productos manufacturados o materias de valor suntuario, cuyo control recaía inevitablemente en la aristocracia concentrada en las grandes ciudades.

Pese a la importancia que la organización social y política tenía en el mundo maya, lo que más ha llamado la atención del mundo ha sido todo lo relativo al calendario, la escritura y el arte de los mayas (véase Cultura maya: escritura y ciencia). Como en otras civilizaciones del centro de México, los observatorios astronómicos de los mayas les permitieron concebir un sistema muy original para controlar el tiempo y un sistema aritmético igualmente muy complejo. El sistema glífico de los mayas, todavía sin descifrar en gran parte, es una de las escrituras más complejas que se conocen en el mundo. Los textos son relativamente abundantes: la multitud de estelas descubiertas en las ciudades y los únicos cuatro códices conservados: el de Dresde, el de París, el de Madrid y el Grolier. A través de esos textos conocemos algo de la historia política, de la región y del sistema religioso.

La cosmovisión del pueblo maya se basaba en una estructura geométrica consistente en una doble pirámide unida por la base cuya parte superior con trece escalones representaría el cielo, mientras la inferior con nueve escalones representaría el inframundo. El centro es el lugar por el que se comunica el cielo con el inframundo, lugar por tanto del nacimiento y de la muerte. Dentro de esa cosmovisión, los dioses desempeñan sus respectivos papeles. Itzamná domina el mundo celeste, mientras Ix Chel es su “partenaire” femenina; Chac es el tradicional dios de la lluvia, patrón de los agricultores y Yum Cimil sería el dios del inframundo. (Véase Cultura maya: religión).

El arte maya durante el periodo Clásico constituye el núcleo más perfecto de esta civilización. En ese sentido cabe considerarlo como un arte fundamentalmente escultórico, incluso en sus formulaciones arquitectónicas, ya que, por ejemplo, la belleza de la pirámide, que en sí misma carece de elementos decorativos externos, reside en la armonía de sus proporciones y en el juego de luces y sombras que su propia forma ofrece. Para dar una mayor altura y esbeltez al edificio, el arquitecto maya añade a la altura real del templo una crestería o peineta que, en realidad, es una ficción decorativa. Por otra parte, la pintura viene a ser como una ilustración o explicación de los contenidos míticos o rituales y se refugia en el interior de los templos y palacios o se refleja en las cerámicas que acompañan a los difuntos en sus enterramientos. (Véase Cultura maya: arte).

En términos generales puede decirse que el arte del relieve y la glífica siguieron una evolución totalmente paralela. En efecto, muchas veces los relieves sirvieron para adornar o ilustrar las inscripciones jeroglíficas de las estelas y otras fueron estas mismas inscripciones las que se realizaron para precisar las fechas y otros datos correspondientes a las figuras. Las estelas consisten en piezas monolíticas, trabajadas con la técnica del relieve y que representan, por lo general, la mencionada combinación de glifos y figuras. Suelen ofrecer una o varias figuras, junto con una multitud de signos calendáricos referentes a la fecha de erección de la estela, cosa que se hacía para conmemorar un acontecimiento, la figura de un soberano o el paso de un periodo a otro. Otros relieves se hacían en los llamados altares, en los dinteles y en tableros que servían de adorno en los muros de edificios civiles o religiosos.

El arte escultórico del periodo Clásico ha sido estudiado rigurosamente por Tatiana Proskouriakoff, quien distingue varias fases en su desarrollo. La primera corresponde a los siglos IV y V y se caracteriza por relieves en los que la figura humana aparece trabajada toscamente, con los pies de perfil y uno tras otro al modo de los egipcios, mientras que hay un tratamiento muy minucioso de los tocados, cubiertos de grandes penachos de plumas. Este “estilo” no puede aún considerarse “propiamente maya”, pues se encuentra muy relacionado con formas escultóricas foráneas. En la segunda fase, denominada Formativa, que se desarrolló fundamentalmente en el siglo VII, el arte escultórico adquirió un aspecto totalmente maya. Sin embargo, hasta la primera mitad del siglo VIII, en la fase llamada Adorno, no se alcanzó toda la madurez que exhiben las realizaciones escultóricas de la época, caracterizadas por una mayor elaboración de los tejidos y aun de los detalles de la figura representada, aunque la composición es todavía estática. Poco después, en la segunda mitad de ese mismo siglo, se produjo la fase que Proskouriakoff denominó Dinámica, en razón de que tanto las composiciones como las figuras aparecen dotadas de gran animación y movimiento. Finalmente, la fase Decadente corresponde al estilo Puuc, en el siglo IX.

El arte de pintar abarca, además de la pintura mural, la escritura propiamente dicha, en especial la de los códices y la decoración de vasijas. Su relación con los conocimientos esotéricos -la matemática y el cómputo del tiempo, la astronomía y la ciencia de las divinidades- era muy estrecha, de manera que el artista formaba parte de la clase superior de sacerdotes y señores y la pintura se consideraba una especialidad de la elite. La importancia del oficio de escriba o pintor se ha puesto de manifiesto con el descubrimiento de la Casa del Escriba, de la ciudad de Copán, la cual corresponde a la época en que reinó el señor Madrugada. Este escriba posiblemente era un hermano o pariente del soberano.

Las obras más importantes de la pintura mural del periodo Clásico del territorio maya son las de Bonampak (Chiapas) y las de Río Azul, Uaxactún y Tikal. Los murales más antiguos son los de Tikal. Allí se descubrió una serie de cuatro personajes, trazados en líneas negras de diferente grosor, sobre el muro exterior de la puerta trasera de un pequeño edificio denominado 5D sub 10, 1º. De trazo marcadamente naturalista, dichas figuras tienen, sin el tocado, una altura de 89 cm. Uno de tales personajes tiene el rostro aparentemente cubierto con una máscara; en los otros pueden apreciarse adornos diversos como brazaletes, pulseras y orejeras. Según Sonia Lombardo, “los rodea en ambos costados una especie de halo de anchas volutas en color rojo y sobre sus cabezas corre una banda de símbolos que parecen ser jeroglíficos”. En una tumba de la misma ciudad se encontraron unas pinturas semejantes que representan a varios personajes con tocados sumamente barrocos, a manera de volutas. Finalmente, en el entierro 48 del mismo sitio se descubrió un amplio texto pintado, con glifos de gran tamaño en los que se señala la fecha 18 de marzo del año 457.

Cuando se descubrieron en 1937 las pinturas murales del Templo B-XIII de Uaxactún, se hallaban en perfecto estado de conservación. Poco después, Salvador Toscano comprobó que el abandono del sitio había borrado totalmente la escena. Estos murales datan del siglo VI.

En Río Azul se encontraron pinturas en los muros de un enterramiento, cubiertas casi por completo con símbolos de un estilo que recuerda muy de cerca al de la cerámica Tzacol. Las figuras representan varios dioses y diseños serpentinos, con una inscripción que fija la fecha del año 417.

Los murales del Templo de las Pinturas de Bonampak son seguramente las más famosas pinturas de todas las halladas en territorio maya en el periodo Clásico. Una estela señala la fecha del 785 d.C., que es atribuible al lugar en conjunto. El edificio tiene tres cámaras en cuyos muros se hallaron las famosas pinturas en 1946. Los temas desarrollados son muy variados y se refieren a ceremonias de carácter civil, como la presentación de un niño, que es, seguramente, el heredero del señor del lugar, u otras en las que se representan escenas de guerra, procesiones de señores, músicos, etc.

Un género algo diferente de pintura es el que realizaron los mayas en innumerables vasijas. Actualmente, éste es un corpus extraordinariamente amplio, sólo en parte descifrado. A partir de 1970, con los estudios de Michael D. Coe, se inicia el análisis iconográfico de las vasijas funerarias que hoy constituye una riquísima fuente para el estudio de la mitología maya. Son muchos los vasos de gran fama entre los que se han venido estudiando en los últimos años. Entre ellos cabe destacar la procesión de un señor hacia el más allá en un vaso del Museo de la Universidad de Filadelfia; el grupo de los cuatro señores y escribas de un vaso hallado en la tumba 27-42 de Copán; la danza de un señor con varias mujeres pintada en el llamado jarro Kimbell (600-800 d.C.), o la escena de tributación en el salón del trono de un señor que aparece en el famoso vaso Fenton del Museo Británico, de Nebaj (600-800).

La crisis del mundo clásico

El final del periodo Clásico en toda Mesoamérica, pero de manera muy especial en el territorio maya, constituye todavía hoy un misterio. Muchas de las ciudades dejaron de erigir sus famosas estelas, o fueron abandonadas, al menos en su sector religioso y ceremonial. Muy diversos autores se han ocupado del tema y han propuesto soluciones muy variadas a tan fulminante final del clasicismo. Es probable que ese final no haya sido motivado por una sola causa. El periodo que abarca ese final se extiende desde el siglo VII hasta el X: si el final de Teotihuacán se fija en el año 650, el colapso de las ciudades mayas no se inicia sino un siglo después y concluye en el siglo X. La costumbre de erigir estelas fechadas en las ciudades nos permite fijar con mucha precisión cronológica el final de muchas ciudades mayas: Palenque erigió su última estela en el año 784; Copán en el 800; Quiriguá, Piedras Negras y Etzná en el 810; Tula en el 830; Oxkintok en el 849; Tikal y Ceibal en el 869; Uaxactún en el 889; La Muñeca en el 909 y San Lorenzo en el 928, la fecha más tardía de toda la región maya.

Al mismo tiempo que se dejan de erigir estelas, se dejan de construir nuevos templos y palacios en los centros ceremoniales, pero eso no significa el abandono total de las ciudades, que siguieron habitadas durante un tiempo más o menos prolongado.

Muchas de las teorías explicativas del colapso de las ciudades son más bien disparatadas o extravagantes. Spinden pensó que quizás el área maya sufriese una plaga de enfermedades epidémicas, tales como la malaria o la fiebre amarilla, que provocarían una caída radical de la población, lo que acarrearía la falta de mano de obra y la paralización de las actividades constructivas. Sin embargo, la mayoría de los especialistas piensan que aquellas enfermedades se incorporaron al medio americano después de la conquista. Otros autores han mencionado la posibilidad de que se produjesen terremotos en toda la región. En ese sentido se manifiesta Mackie, quien piensa que los edificios de Benque Viejo al final de la fase III-b fueron destruidos e incendiados por este motivo. Otros autores consideran que ésta ha podido ser una causa secundaria.

Tanto Cook, como Morley y Ricketson han coincidido en considerar que el sistema de roza pudo ser, a la larga, la causa del final de las ciudades del área maya. El agotamiento de las tierras o una serie de cambios climáticos, entre los que se incluiría la desecación y luego una pluviosidad excesiva, han podido contribuir a la escasez de productos agrícolas y a la crisis económica, el aumento de las enfermedades y el abandono de las ciudades. Aunque esos cambios climáticos han sido observados con mucha precisión en los anillos de las sequoias del suroeste de Estados Unidos, es difícil saber si esos mismos cambios climáticos se habrían producido cuatro mil kilómetros más al sur.

Betty J. Meggers considera que el área maya correspondería al tipo 3 de su clasificación de las tierras agrícolas, aquéllas “con creciente potencial agrícola” que con medios de mantenimiento de fertilidad pudieron mantenerse en un alto nivel de producción. Sin embargo, faltando esas técnicas, el medio fue explotado de manera semejante al tipo 2 de “potencial agrícola limitado”. Como resultado, la saturación condujo al agotamiento, lo que produjo consecuencias de carácter cultural. Este proceso, que duraría varios siglos, conduciría a un desequilibrio entre la demanda de una población en creciente desarrollo y el producto agrícola, lo que llevaría a una crisis económica grave. Sin embargo, Coe señala que la evidencia arqueológica prueba un crecimiento continuo, más que un declinar desde el principio, mientras Ferdon afirma que la región es más bien de alto potencial de subsistencia y Ursula M. Cowgill considera que el sistema de roza es suficiente para el medio ambiente actual en el que, aunque el suelo se empobrece, viene a recuperarse en los años de descanso. De esto se deduce que en el periodo Clásico, medio tiempo de trabajo agrícola era suficiente para alcanzar el nivel de subsistencia, mientras que el resto del tiempo se dedicaba a la construcción de edificios, y entiende que el fracaso agrícola no puede explicar el colapso, pero sí la extrema despoblación del área.

Un antropólogo físico, Haviland, tomando como base su experiencia en Tikal, ha destacado el hecho de que la reducción en la talla de los mayas a fines del periodo Clásico ha podido deberse a una situación de baja nutrición. Contribuye a hacer más plausible esta explicación el hecho de que al final del periodo Clásico en Altar de Sacrificios se observe una serie creciente de fallecimientos por mala nutrición.

Para J. Eric S. Thompson, la causa del colapso de las ciudades debe buscarse en las revueltas protagonizadas por los campesinos a causa de las crecientes demandas de trabajo en los centros ceremoniales, a partir de lo cual los sacerdotes-dirigentes fueron asesinados o expulsados y sus símbolos de poder destruidos, aunque siguiese la vida de las ciudades incluso en los aspectos rituales y, desde luego, en lo relativo a las fiestas y mercados.

Varios autores consideran que la posible causa del colapso de las ciudades mayas sean las invasiones de mexicanos del área central. George L. Cowgill se refiere a las invasiones en las tierras bajas y quizá también en el altiplano: serían esos invasores los responsables del traslado de poblaciones hacia Yucatán, donde Chichén Itzá sería el centro político más importante. Esta hipótesis de Cowgill, aunque no carece de interés, tiene escaso fundamento. Por su parte, Sabloff y Willey plantearon la hipótesis de que las Tierras Bajas del Sur (Petén y partes adyacentes de Tabasco y Chiapas) fueron invadidas por gentes no mayas clásicas. Esta invasión comenzó en el siglo IX y desató una serie de acontecimientos que destruyeron el clasicismo maya en cien años. Aunque muchos autores criticaron esta tesis en su momento, M. D. Coe reconoció la posibilidad de tal invasión, aunque consideraba que debió de producirse sobre una civilización maya ya en decadencia. Por su parte, Adams supone que la región del Usumacinta-Pasión y muy especialmente Altar de Sacrificios debió de ser invadida, mientras Vogt opina que el colapso maya es la consecuencia de presiones procedentes del centro de México.

Corroborando estas últimas tesis hay que indicar que en Ceibal se observan desde el año 830 numerosos datos que apuntan a influencias venidas de fuera. Entre los rasgos más notables se señalan los siguientes: [1] cerámicas de pasta fina originadas en la costa del Golfo, aparecidas en montículos-habitación y en el centro ceremonial; [2] en las estelas del 850-890 aparecen rasgos no mayas y semejanzas con el estilo de las esculturas pretoltecas de Chichén Itzá; [3] hay no menos de veinte rasgos en cerámicas finas que fijan la cronología en el 830; [4] se encuentra la única estructura arquitectónica de planta circular del área de las tierras bajas del sur y columnas, ambos rasgos típicos de Yucatán; [5] las figurillas son semejantes a las de la costa del Golfo, muy diferentes de las de tradición maya; [6] hay cabezas de piedra de forma aplanada semejantes a hachas del complejo “hacha-yugo-palma” de la costa de Veracruz.

Estos datos de Ceibal se repiten en otras ciudades de la zona. En Altar de Sacrificios hay evidencias de cerámicas de pastas finas y arquitectura que corresponde a una primitiva invasión y en Yaxchilán hay también cerámica de pastas finas y cerámica anaranjada fina y gris fina. En Palenque se señalan cerámicas finas en el periodo Tepeu 2 y a continuación una decadencia inmediata y, por último, en Tikal es apreciable una continuidad Clásico-Postclásico con un remodelamiento de la Acrópolis y cambios de lugar de las estelas.

Como resumen de todo lo dicho en los párrafos anteriores, podríamos afirmar que el final del periodo Clásico se caracteriza tanto en el altiplano del México central como en el área maya, por cambios de carácter sociopolítico, cambios que han podido estar ocasionados por invasiones sucesivas que se producirían en cadena desde el norte y que son debidas, en primer lugar, a pueblos “bárbaros” o chichimecas de más allá de la frontera de Mesoamérica y cuyas consecuencias llegan hasta la región del río Motagua en fechas avanzadas, invasiones que se producen entre los años 650 y 950 y que, en parte, han debido tener un origen interno: crisis económica de origen agrícola, crisis eclesiástica, terremotos, plagas y enfermedades. Todo ello conducirá a un replanteamiento interno de los estados que, salvando la crisis, les llevará a un verdadero renacimiento en torno a los años 1000 al 1200.

Periodo Postclásico temprano

Si el periodo Postclásico en Mesoamérica abarca aproximadamente desde el año 1000 al 1500 y primeros años del siglo XVI, la primera fase de ese periodo o Postclásico temprano (1000-1200) correspondería al desarrollo de los estados que nacen de la crisis antes analizada para culminar en el periodo Postclásico tardío en lo que podemos denominar Imperio azteca.

Los toltecas

Con la aparición de la cerámica Coyotlatelco y la ocupación Mazapa de las ruinas de Teotihuacán después del año 650, puede decirse que la cultura tolteca hace su aparición en el México central. Al parecer, habían sido los propios toltecas, o gentes empujadas por éstos, quienes destruyeron Teotihuacán, los mismos que más tarde ocuparían las ruinas de la ciudad conquistada. Fue posteriormente cuando otros pueblos igualmente toltecas vendrían a superponerse a los primitivos conquistadores; éstos serían los fundadores de la ciudad de Tula.

De acuerdo con las tradiciones más antiguas recogidas por los cronistas españoles, la tribu nahua que fundaría el reino tolteca venía conducida por un caudillo mítico llamado Iztac Mixcóatl, quien fundaría el estado tolteca en el año 752, cien años después de la caída de Teotihuacán. Estos invasores debían proceder de la región sur de Zacatecas y norte de Jalisco. La “toltequización” o civilización de estos bárbaros invasores se vería favorecida por el regreso de grupos de nonoalcas que, procedentes de Coatzacoalcos o quizá de Centroamérica, aportan como novedad la metalurgia que les había llegado desde Sudamérica. Según dichas fuentes, Mixcóatl fundó la capital del nuevo estado en el Cerro de la Estrella, desde donde emprendió sus campañas de conquistas sucesivas a través de Morelos, Toluca y Teotlalpan. Mixcóatl, casado con una princesa extranjera, Chimalman, tuvo un hijo llamado por el día de su nacimiento Ce Acatl (Uno Caña), pero que fue más conocido por los nombres de Topiltzin, Quetzalcóatl y Nacxit; él sería quien elevaría a su padre a la categoría de divinidad. Mixcóatl había sido asesinado por un capitán de su ejército, quien usurpó el trono de Culhuacán y contra el que se levantaron muchos de los seguidores de Mixcóatl, que encabezados por Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl derrocaron al usurpador y se hicieron cargo del reino. A partir de ese momento, Quetzalcóatl instruyó a sus súbditos en la religión aprendida en el hogar de sus abuelos.

La figura de Quetzalcóatl es una de las más complejas de la historia antigua de México, ya que, siendo al mismo tiempo un soberano y sumo sacerdote tolteca y una divinidad que influye en la mayor parte de los pueblos y culturas de Mesoamérica, tiene a la vez caracteres históricos y míticos que son difíciles de separar. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que el nombre de Quetzalcóatl, por ser el de una divinidad, era adoptado por muchos sacerdotes dedicados a su culto. De entre ellos Ce Acatl Topiltzin fue el que más destacó (véase Quetzalcóatl).

La elevación al trono del reino de Tula del sacerdote Ce Acatl Topiltzin fue al parecer en el año 977, y el 999 sería el de su muerte. Se le atribuye la fundación de Tula, seguramente en el 980. Este sacerdote atrajo a Tula a multitud de artistas y artesanos con el fin de construir templos y palacios en la ciudad, pero al mismo tiempo serían los encargados de enseñar a los recién llegados toltecas las artes de labrar la piedra, la pintura, así como la ciencia de contar el tiempo y escribir y leer jeroglíficos. Ésta al menos es la narración supuestamente histórica que figura en las fuentes. Pero, tras la muerte de este primer soberano de Tula, otros cinco reyes imperaron en la ciudad: Matlacxóchitl (999), Nauhyotzin (1034), Matlacoatzin (1049), Tlilcoatzin (1077) y Huémac (1098). Durante el reinado de este último han debido sobrevenir problemas agrícolas que repercutieron en la economía de la ciudad, y provocaron revueltas y luchas intestinas entre grupos religiosos que obligaron al rey a abandonar la ciudad en 1168 y a refugiarse en Chapultepec, donde, al parecer, se suicidó en 1174.

El final del esplendor de la ciudad de Tula coincide con la aparición de los chichimecas conducidos por Xolotl, en 1224. El prestigio tradicional de Tula, que arrancaba del prestigio de Teotihuacán, fue heredado entonces por Culhuacán y Xicco.

Tras las polémicas habidas en los años cuarenta para determinar con claridad la diferenciación de Teotihuacán y Tula, se comenzó como es sabido la excavación del yacimiento de Tula, en Hidalgo, a unos 60 km al norte de la ciudad de México. Esas excavaciones se han continuado hasta nuestros días, en que tras los trabajos de Diehl en las zonas de El corral y El Canal se conocen con más detalle los tipos de viviendas de los toltecas. Eran, al parecer, edificios cuadrados o rectangulares que contenían varias habitaciones. Cuatro o cinco casas se agrupaban en torno a un patio, y quedaban aisladas de los restantes grupos por medio de muros y calles.

El centro ceremonial, que había sido excavado principalmente por Jorge R. Acosta, comprendía una serie de templos, juegos de pelota y palacios de entre los que habría que destacar como más importantes y bellos los templos de Quetzalcóatl y de Tlahuizcalpantecuhtli, con sus enormes cariátides en forma de guerreros y su pórtico al pie de las escalinatas y junto a la residencia de los sacerdotes y el Coatepantli.

A lo largo de la historia, ya sea mítica, ya real, los toltecas han emigrado a diferentes partes de Mesoamérica. A fines del siglo X, el grupo más importante, dirigido por Ce Acatl Topiltzin, se dirigió a la costa del Golfo y desde allí emigró hasta la península de Yucatán, donde al cabo de un tiempo reapareció con su dios Kukulcán, traducción del Quetzalcóatl originario. Crearon allí una cultura mestiza, la cultura maya-tolteca, en torno a ciudades como Chichén Itzá, Mayapán y Uxmal (véase Estilo maya-tolteca). Tras el suicidio de Huémac, otro importante grupo tolteca se estableció junto a los olmecas-xicalancas de la región de Puebla-Tlaxcala, de donde salió finalmente otra fracción tolteca que atravesando Oaxaca, Chiapas, Guatemala y El Salvador se estableció finalmente en Nicaragua, donde todavía hoy existe un resto de población de origen centro-mexicano. Por último, otro grupo tolteca se estableció en el valle de México, en la ciudad de Culhuacán, de modo que la tradición tolteca perduró hasta finales del siglo XIV (1336-1377), época en que cayó bajo el dominio de tepanecas y mexicas, a quienes trasmitió el viejo prestigio teotihuacano-tolteca que sirvió de base al nuevo prestigio de carácter militar que adquiriría este pueblo conquistador en el siglo XV.

La sociedad tolteca es, posiblemente, una sociedad en transición en la que la base teocrático-militarista persiste, pero en la que el prestigio sacerdotal va disminuyendo frente al auge del poder político de carácter militarista y en la que seguramente una nueva clase social de mercaderes, aún no bien definida, desarrolló un comercio cada vez más intenso a corta y larga distancia.

En relación con las ideas religiosas, el periodo tolteca viene a representar la concreción de conceptos nacidos quizás en el periodo teotihuacano, en torno a la figura de Quetzalcóatl, como planeta Venus en el atardecer: Tlahuizcalpantecuhtli, o estrella de la mañana, y Ehécatl o dios del viento. La religión de Quetzalcóatl significa la depuración y elevación de las ideas religiosas de los indígenas del centro de México hasta límites nunca alcanzados antes. Como dios civilizador es el descubridor del maíz y el algodón, que enseña a cultivar a los hombres; es también el maestro de éstos, por lo que se refiere al arte plumario, del tejido o de la orfebrería, el que enseñó a los hombres el calendario y la escritura, etc. Por otra parte, representa la pureza, la castidad y la humildad y es, por eso, el oponente de Tezcatlipoca, el dios de los hechiceros, de lo nocturno y lo mágico. La desaparición de Quetzalcóatl es de carácter sobrenatural; humillado y avergonzado por las malas artes de los sacerdotes de Tezcatlipoca, debe huir de su ciudad, Tula, en la que gobernaba; y ya lejos, en la costa del mar oriental, arderá en una pira preparada por él mismo para convertirse en Estrella de la mañana. Como hombre, dice la leyenda, era de tez clara y larga barba. Su promesa de volver algún día para reconquistar su reino hizo que la llegada de Cortés y su hueste fuese interpretada por Moctezuma como el regreso de este hombre-dios tan querido y respetado por todos.

Además de este dios civilizador, “se adoraba también a Tláloc, dios de la lluvia y la vegetación, a Centéotl, dios del maíz maduro, a Itzpapalotl, mariposa de obsidiana, a Tlalchitonatiuh, dios solar y probablemente también a Huehuetéotl, o dios del fuego” (Piña Chan).

De las invasiones de pueblos procedentes del México central que cierran el periodo Clásico en el área maya y a las que aludíamos en páginas anteriores, la emigración tolteca que procedente del golfo de México llegó a las costas de Yucatán es seguramente la más fecunda, ya que da lugar a una cultura mestiza a la que llamamos maya-tolteca. Por las tradiciones que han llegado hasta nosotros, sabemos que entre el 967 y el 987 Chichén Itzá cayó en poder de un grupo que se conoce con el nombre de itzá. El término es ya, de por sí, muy significativo, ya que itzá significa “aquellos que hablan nuestro idioma”. Es por esta razón por lo que se piensa que estos itzaes fuesen quizá chontales, que habrían adquirido la cultura tolteca y serían, por tanto, los transmisores de dicha cultura a tierras mayas, aunque es también probable que fuesen los mismos toltecas de Tula quienes llegasen a conquistar Chichén. Son estos itzaes los que introdujeron el culto de Quetzalcóatl, bajo el nombre de Kukulcán. Sin embargo, la toltequización de los mayas es un fenómeno pasajero, ya que en este caso, la cultura dominante sigue siendo la maya y, en definitiva, lo extranjero quedará incorporado y diluido en lo maya.

Desde el punto de vista social, debemos decir que el militarismo es un rasgo típico del Postclásico y muy especialmente del valle de México. Este militarismo llegó a Yucatán y pudo haber estado muy estrechamente vinculado con el sacerdocio, en la medida en que por ese medio se obtendrían las víctimas para los sacrificios; sin embargo, la secularización de la organización militar se produjo muy poco después y la guerra se hizo tan general que las ciudades empezaron a encerrarse en recintos amurallados. Un ejemplo típico es el de la ciudad de Mayapán, al tiempo que Tulum, con su muralla junto al mar, es un verdadero campamento militar.

El proceso de mayización de los invasores toltecas se inició simultáneamente con la conquista, de tal manera que los itzaes, por ejemplo, aceptaron en principio el cuerpo sacerdotal maya y algunos de sus dioses más característicos, como Chac, el dios de la lluvia.

Por su parte, la influencia tolteca en la arquitectura maya de Yucatán es realmente notable y muy en particular los paralelos que pueden establecerse entre Tula y Chichén Itzá: la columna en forma de serpiente emplumada (Quetzalcóatl), la figura enigmática de los chac-mooles, los portaestandartes, los pequeños atlantes sosteniendo mesas y altares, los pórticos de pilastras al pie de algunos templos, los frisos con relieves representando tigres, las almenas en forma de caracol, etc. son otros tantos rasgos trasladados directamente de Tula a la gran urbe de Yucatán.

Los mixtecas

De la misma manera que ocurre en el resto de Mesoamérica, la civilización zapoteca localizada principalmente en Monte Albán sufrió una profunda y rápida decadencia a finales del periodo Monte Albán III-b, de manera que durante el periodo siguiente la decadencia fue total; aunque se dejaron de construir grandes monumentos, Monte Albán siguió habitada, aunque de manera parcial.

Por las fechas en que tales acontecimientos se estaban produciendo en Monte Albán, se fundó el señorío de Tilantongo y se iniciaron las guerras de conquista de los mixtecas, que dieron al traste con el poderío de los zapotecas en muy poco tiempo y de manera definitiva. La cultura mixteca representa en el mundo del Postclásico del centro de México una especie de renacimiento de la tradición más antigua olmeca y teotihuacana, Su brillantez en muchos aspectos, especialmente artísticos, le llevó a influir en la mayor parte de las culturas contemporáneas no sólo en el México central, sino también en el área maya. Ejemplo de ello lo hallamos en algunas pinturas descubiertas en Tulum (Yucatán) cuyo estilo es claramente mixteco. Su expansión puede decirse que alcanza por el norte hasta Sinaloa y por el sur hasta Nicaragua, e impregna con su estilo renovador a todas las culturas con las que entra en contacto. El estilo mixteca, en opinión de Covarrubias, viene a ser una mezcla de elementos procedentes de Xochicalco, Teotihuacán, Monte Albán y Cerro de las Mesas.

El lugar de origen de esta cultura y del pueblo mixteco sigue siendo en estos momentos dudoso, aunque resulta claro que hacia el siglo X el estilo ya aparece claramente definido. Jiménez Moreno señalaba como lugar de origen Mixtlan (lugar de las nubes), entre Oaxaca y Veracruz, partiendo de la base de que ellos mismos se llamaban ñusabi (pueblo de la lluvia) y de que mixteca o mixtecapan significa “país de las nubes”. Alfonso Caso, sin embargo, situaba el origen de este pueblo en Yucuñudahui (nube-montaña), lugar situado en la Mixteca, en las montañas de Montenegro, donde aparecen los restos arqueológicos más antiguos que se conocen.

De la larga historia política mixteca que llegó a descubrir y ordenar Alfonso Caso tomando como base los códices históricos, el soberano de mayor resonancia no sólo en el ámbito mixteca sino en gran parte del México central fue el llamado 8 Venado (1011-1063), cuyo reinado se halla repleto de acontecimientos militares, siempre de signo victorioso para los mixtecas. Su prestigio en toda la región central de México fue tal que llegó a merecer que el soberano de Tula le impusiera la nariguera, caso único en la larga lista de reyes de Tilantongo.

Aunque ya Nicholson había presentado serias críticas a las interpretaciones de Alfonso Caso con relación a los códices mixtecas de tipo histórico, fue a partir de 1974 cuando una serie de investigadores estadounidenses irrumpió en este ámbito concreto y replanteó la mayor parte de los temas relacionados, a la vez que rechazaba muchas de las hipótesis y conclusiones que se manejaban hasta entonces, especialmente las de carácter cronológico, que a su vez tienen una profunda influencia en el conjunto de los estudios arqueológicos del área. En general , los replanteamientos que se ofrecen tratan de independizar el estudio de los códices mixtecos de los del centro de México, para los que los mixtecos son considerablemente más antiguos; insisten en la investigación independiente de carácter lingüístico. Los estudios iniciados tienen proyección en múltiples aspectos y, aunque una de sus principales contribuciones se refiere al acortamiento de la cronología propuesta por Caso, afectan también al sistema utilizado para los nombres personales y los signos de lugar, y hacen, por otra parte, que las relaciones entre los sistemas de expresión centro-mexicanos y mayas se sitúen mucho más cerca de lo que antes se pensaba.

El calendario mixteco, como tantos otros, responde al patrón mesoamericano. Según Kubler, los códices mixtecos deben clasificarse en dos grupos: serían anteriores a 1350 el Zouche-Nuttall y el Colombino-Becker, y posteriores a esa fecha los codices Bodley, Selden y Viena (verso).

La arquitectura de la época mixteca tiene alguna de sus obras más notables en la ciudad de Mitla, donde una serie de conjuntos de palacios, como los conocidos como Grupo de Las Columnas, del Curato y del Arroyo muestran un estilo decorativo típicamente mixteca. Son igualmente mixtecas las construcciones halladas en Yucuñudahui y en Coixtlahuaca. Es importante resaltar el hecho de que los mixtecos, que destacaron en el trabajo del hueso y de la madera, fueron igualmente consumados orfebres. Trabajaron el oro y el cobre principalmente por medio del martillado y mediante la técnica de la cera perdida. El primer sistema fue el más empleado y consistía en la confección de láminas a las que se les daba forma por medio del recorte y del repujado. Así fueron construidos: brazaletes, discos, coronas y campanillas, pequeñas máscaras, pendientes, etc. Hay algunos ejemplos de la tumba 7 de Monte Albán, la máscara de un anciano hallada en una tumba de Coixtlahuaca y otros semejantes.

Imperio azteca

Los aztecas eran un pueblo procedente de un área situada más allá de la frontera de Mesoamérica y, por tanto, de lo que podríamos llamar el área de los bárbaros o chichimecas, que al incorporarse al mundo civilizado del centro de México adquirieron la cultura de tradición tolteca a partir de la cual construyeron la suya propia, que se desarrolló en torno a la constitución del llamado Imperio azteca. Hay que advertir que el término “azteca” es el más común en las publicaciones europeas; sin embargo, el más correcto es el genérico de “mexica” o “mexitin”, y el más concreto el de “tenochca” para los habitantes de la ciudad cabecera de Tenochtitlan.

Véase Cultura azteca.

Bibliografía

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PIÑA CHAN, R.: Una visión del México prehispánico, México: UNAM, 1967.

J. Alcina Franch

MESOAMÉRICA

Fuente: Britannica

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