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Definición de México: Historia, Época colonial

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 [Historia] La época colonial en México.

Período histórico comprendido entre la conquista del imperio azteca por los ejércitos españoles y la consecución de la independencia de México de la corona de España.

El nacimiento de la Nueva España

La conquista del Anahuac

La ciudad de México-Tenochtitlan se encontraba en todo su apogeo. Por las calles, barridas y adornadas con flores y papeles pintados, caminaban millares de transeúntes y por las aguas de sus canales, decorados con arcos, centenares de canoas transportaban multitud de mercancías. Todos esperaban impacientes la grandiosa fiesta de entronización de Moctezuma Xocoyotzin, hijo de Axayacatl, como noveno tlatoani.

Era el año 9 tochtli (1502 para el Viejo Mundo). La ceremonia fue grandiosa y llena de vistosidad. Los regalos llegados de cada uno de los rincones más alejados de la Triple Alianza se fueron acumulando. Jades, oro, piedras preciosas, mantas de algodón, cacao, plumas, tocados se fueron anotando en los libros de contabilidad reales. Todo estaba bajo control. Sin embargo, al poco tiempo los habitantes de la gran ciudad de la luz comenzaron a observar algunas novedades inquietantes. Moctezuma despidió a los antiguos servidores y oficiales reales de la época de Ahuizotl; mandó traer a varios jóvenes hijos de los señores de México, Texcoco y Tacuba para encomendarles los puestos de gobierno más importantes y cambió los actos bélicos por el conocimiento de los cultos religiosos. Paralelamente, ciertos fenómenos aparentemente inexplicables vinieron a fomentar aún más el clima de desconcierto. El año 12 Casa, la presencia de una “espiga de fuego en el cielo” generó un gran alboroto general. Momentos después, la casa de Huitzilopochtli empezó a arder de forma espontánea y el templo de Xiuhtecutli fue alcanzado por un rayo sin trueno. Inexplicablemente, el agua de la laguna se puso a hervir. Comenzó a nacer gente con dos cabezas; se oyó la voz de una mujer que gritaba que todos habitantes tendrían que abandonar la ciudad; se sacó de la laguna un pájaro de color ceniciento y se encontró en su interior un espejo redondo donde se veía “el cielo, las estrellas, el Mastalejo (…), la mollera de un pájaro y allá en lontananza, como si algunas personas vinieran de prisa, dándose empellones (…) y los traían a cuestas unos como venados (caballos)”.

En el año Ce Acatl (1519) se tuvo noticia de la llegada de unos extraños seres de tez blanca que habían descendido de grandes barcas como montañas, casas flotantes, aparecidas en las costas. De nuevo consultó Moctezuma a los sacerdotes y a los sabios, algunos de los cuales había hecho venir des tierras lejanas como Mitla. Se preguntaban si Quetzalcoatl había por fin regresado. En las aguas de las Antillas las casas flotantes con gente de color pálido se iban haciendo más y más numerosas y se acercaban peligrosamente a las costas del territorio de la Triple Alianza. Uno de sus hombres, de nombre Francisco Hernández de Córdoba, enviado en 1517 por el entonces gobernador de Cuba, Diego Velázquez, con fines de exploración y comercio, llegó a las costas del mundo maya en la península del Yucatán, pero fue rechazado. Ante este resultado, irritado Diego Velázquez, por el trato recibido y aguijoneado por las muestras de metales preciosos y riquezas en general que se habían alcanzado a apreciar, envió al año siguiente una segunda expedición al mando de su sobrino Juan de Grijalba. Los cuatro navíos llegaron a la isla de Cozumel, que fue bautizada con el nombre de Santa Cruz, y bordearon la península del Yucatán. La suerte de estos expedicionarios fue algo mejor que la de los anteriores, pues salvo un combate encarnizado habido en Campeche donde murieron trece “teúles” (así llamaban los mexicas a los castellanos), lograron poder intercambiar algunas mercancías con la población de la zona. No obstante, el gran botín que se llevaron con ellos fue la noticia de la existencia de un gran imperio ubicado hacia poniente, regido por un tal “Montezuma”.

La despoblación de las islas antillanas y el agotamiento de los placeres auríferos isleños impulsaban a aquellos hombres a seguir expandiéndose. El gobernador de Cuba preparó una tercera expedición, al frente de la cual puso a un tal Hernán Cortés, quien a su vez escogió como sus capitanes a Alonso Hernández de Portocarrero, Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Montejo, Juan Velázquez de León, Ordás, Tapia y otros más. Eran en total alrededor de seiscientos hombres (contando unos cien marineros, trece arcabuceros y treinta y dos ballesteros), dieciséis caballos, diez cañones y once barcos. Salió, rumbo a lo desconocido, a mediados de febrero de 1519 y, después de leer el consabido requerimiento, en virtud del cual se convertía a los habitantes del Nuevo Mundo en súbditos de la Corona de Castilla -lo que justificaba ante el derecho de la época la conquista de aquellos espacios-, tomó posesión de las tierras el 12 de marzo de aquel mismo año con el boato y teatralidad propios de entonces.

En la ciudad de México-Tenochtitlan las noticias llegadas a través de los embajadores fueron causando admiración, preocupación y sorpresa; se recordó entonces la profecía de que aquella tierra sería ocupada por los hijos del sol. Moctezuma envió presentes a Cortés y le informó que el camino hasta la ciudad de México era peligroso. Mientras tanto, los hombres de Cortés se aliaron con los totonacas de Cempoala, territorio recién incorporado a la Triple Alianza, capturaron a los embajadores de Moctezuma, hicieron diferentes demostraciones de fuerza y fundaron la Villa Rica de la Veracruz. Paralelamente, para evitar futuras disconformidades y, al mismo tiempo, convertir a la marinería en tropa, después de sacar todas las anclas, cables y velas, hundió las naves. Con estos dos actos, Cortés rompió sus lazos con Velázquez, de quien había recibido instrucciones de descubrimiento y trueque y no de conquista, y pasó a relacionarse directamente con el monarca a través del municipio.

En la ciudad de México-Tenochtitlan, donde puntualmente llegaban noticias de las actuaciones de los recién llegados, fue cundiendo el desconcierto. Cortés, con grandes precauciones, comenzó a internarse en el territorio. Después de tres meses, llegó a Tlaxcala, aún no sometida a la soberanía azteca, venció a Xicotencatl y se alió con su pueblo en contra del poder de Moctezuma. La expansión mexica, iniciada en 1428, no había anulado por entero la independencia de los pueblos subyugados, por lo que Cortés fue visto por éstos como su liberación. A su vez, las divisiones internas de la sociedad mexica aceleraron el proceso de su destrucción. La ruptura de la unidad de la nobleza indígena hizo que surgieran caudillos nuevos, algunos de los cuales desconocían la autoridad del tlatoani de México-Tenochtitlan (comenzando con ello la fragmentación de las antiguas alianzas) y cundiera el desorden. Cortés pudo así contar con la colaboración de la población y de los guerreros de Cempoala, Tlaxcala, Huexotzingo, Cholula, Texcoco, Chalco, Acolhuacan, Cuauhnahuac, Huexotla, Coatlinchan, Otumba, Nautla, Tizapan, Xochimilco, Mizquic y Culhuacan. Otras poblaciones, sin embargo, como las de Malinanlco, Matlazingo, Atlixco, Xaltocan, Yautepec, Xilotepec e Iztapalapa, se opusieron frontalmente a su conversión en súbditos de la Corona de Castilla.

Cortés siguió su camino hacia la ciudad de México-Tenochtitlan. Llegó a Cholula, donde se efectuó la famosa matanza para castigar una presunta traición, y cuando cruzó entre los volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl se quedó maravillado ante la visión del valle de México. Era el 8 de noviembre de 1519 (2 Quecholli, 8 Ehecatl). Cortés se acercó a la ciudad, cruzó sus puentes, se acercaron los principales y caciques con muy ricas mantas y finalmente llegó el gran Moctezuma portado en andas debajo de un palio adornado con plumas, oro y toda clase de pedrería. Moctezuma y Cortés tuvieron la primera entrevista en la que ambos se dieron la bienvenida (Cortés hablaba en castellano; Aguilar (uno de los cautivos de las expediciones anteriores a Yucatán) traducía al maya; y finalmente, Malintzin (la conocida como Marina, que había sido donada a Cortés a su arribo a las costas de Veracruz), que sabía maya por haber sido prisionera en Campeche y, náhuatl por nacimiento, traducía al náhuatl).

A partir de este momento los sucesos se desarrollaron rápidamente. Cortés, después de apresar al tlatoani, salió de México-Tenochtitlan para enfrentarse a Pánfilo de Narváez, enviado por Diego Velázquez como adelantado suyo con el fin de detener la conquista de México. Derrotó a Narváez, asimiló sus hombres a la expedición conquistadora y, cuando regresó a la ciudad de México, se enteró de que Alvarado, a cuyo cargo se había quedado la ciudad, había cometido la imprudencia de interrumpir una importante ceremonia religiosa y de imponer su autoridad ordenando sofocar en sangre la presunta rebelión (matanza del Templo Mayor), lo que había ocasionado un clima de descontento general. Cortés intentó calmar a la población haciendo que su tlatoani les hablase, pero Moctezuma fue asesinado en la refriega. Elegido Cuitlahuac como nuevo tlatoani, declaró la guerra abierta. Ante su inferioridad, los castellanos intentaron salir de la ciudad por la noche, pero fueron sorprendidos y diezmados (Noche Triste, 30/VI/1520).

Después de unas semanas, los castellanos construyeron unos bergantines y cercaron la ciudad con la ayuda de las nuevas alianzas. Mientras tanto la peste de apoderó de México-Tenochtitlan. El propio Cuitlahuac murió de viruelas y le sucedió su sobrino Cuauhtemoc, que no pudo evitar que después de setenta y cinco días de asedio, la ciudad abriera finalmente sus puertas a los invasores. Cuauhtemoc fue hecho prisionero. Era el día 13 de agosto de 1521 (1Coatl, 3Calli en el calendario mexica).

La expansión de la conquista

Consumada la conquista de la Confederación azteca, comenzaron a desintegrarse las antiguas alianzas y a reconocerse la autoridad de los recién llegados. Entre 1521 y 1524 la conquista del antiguo territorio bajo dominación mexica tocó a su fin en sus partes fundamentales. Unos 300.000 km2 pasaron a formar parte de los dominios de la Corona de Castilla.

A continuación se organizó un plan radial de expansión para unir lo conquistado con los territorios conocidos de Panamá, explorar las riquezas de aquellos terrenos y buscar el ansiado paso hacia la Mar del Sur. Gonzalo de Sandoval, enviado a Tuxtepec, Huatusco y Orizaba, fundó en las márgenes del río Coatzacoalcos la villa del Espíritu Santo en 1521. Luis Marín y Orozco exploraban Chiapas y Oaxaca respectivamente entre 1521 y 1524. Castañeda, Vicente López y el propio Cortés dirigieron sus pasos hacia Pánuco (15241526). Juan Álvarez Chico se desplazó hasta Colima y Cristóbal de Olid anexionó el reino de Michoacán y la zona de Zacatula (1522). Nuño de Guzmán, Francisco de Ibarra, Cristóbal de Oñate y Vázquez de Coronado conquistaron lo que posteriormente se llamaría la Nueva Galicia, Jalisco (15291560). Guatemala fue incorporada de manos de Pedro de Alvarado (1523). Cristóbal de Olid conquistó en 1524 las Hibueras (Honduras). La familia de los Montejo, tras un dilatado proceso en tres etapas, conquistó la península del Yucatán (1526-1528; 1529-1535; 1536-1545). Diego Hurtado de Mendoza, Diego Becerra y Hernando de Grijalva llegaron en 1533 a California. Cortés, Ulloa y Tapia descubrieron el mar de Cortés o golfo de las perlas (actual California). Cabrillo y Ferrelo descubrieron la Alta California (1542). Mientras tanto Alvar Núñez Cabeza de Vaca recorrió parte del sur de los actuales Estados Unidos (década de 1530). Entre 1539 y 1542 Francisco Vázquez Coronado anduvo por los actuales estados de Nuevo México, Oklahoma, Kansas y parte de Nebraska. Entre 1566-1567 Pardo y Boyano se pasearon por las tierras de Georgia, Carolina el Sur y Alabama. En 1582 Espejo exploró Arizona y Nuevo México y en 1598 Juan de Oñate se internó en la Cibola y Quiviria (Texas, Oklahoma y Kansas). Las fronteras de Virreinato de la Nueva España se fueron dibujando rápidamente.

Primera época del virreinato

Encomenderos, frailes, “indígenas” y Corona

Anexionado el territorio, quedaba la lenta tarea de organizar la colonización, mantener la paz y construir una sociedad sobre nuevas bases. Durante los primeros cincuenta años se ensayaron diferentes modelos de colonización. Los conquistadores trataron de imponer un modelo de sociedad de corte medieval en la que primaran las relaciones de vasallaje, con ellos como señores de la tierra de los indios. El clero regular quiso reconstruir, alejados de los problemas y vicios del Viejo Mundo, el modelo de sociedad cristiana de los primeros momentos según los mandamientos de la pureza evangélica. Las comunidades étnicas originarias pretendían conservar sus tradiciones y estructuras sociales, económicas y políticas, considerando la conquista como un mero cambio de señor. La Corona, que se encontraba en esos momentos luchando en la Península Ibérica por avanzar en el proceso de centralización política y reforzar el poder real, luchó para impedir que ni unos ni otros consiguieran totalmente sus fines.

El grupo de los conquistadores coincidía en las directrices generales de la sociedad que quería reproducir en el Nuevo Mundo, pero no era homogéneo en su conformación, por lo que se dieron tensiones internas que lo debilitaron. Inmediatamente comenzaron a llegar oleadas de colonizadores atraídos por las riquezas. Se produjo una dinámica social organizada en función del momento de la llegada de los inmigrantes y de su participación en la conquista del territorio, lo que permitió detectar un escalonamiento jerárquico de las diferentes generaciones y la formación de fuertes lazos de clientelismo alrededor de las cabezas de los grandes conquistadores. Así, por ejemplo, del total de los conquistadores residentes en Nueva España en 1540, tan sólo una minoría disponía de recursos económicos para vivir desahogadamente, caso de los encomenderos (los indígenas en vez de tributar al rey lo hacían a los conquistadores, a los que quedaban encomendados a cambio de que éstos les defendieran de cualquier agresión externa y aseguraran su evangelización). Su situación política (fueron nombrados adelantados, procuradores, gobernadores) les permitió establecer todo tipo de tráfico de influencias.

Un segundo grupo, integrado por aquellos conquistadores dependientes de los favores de los grandes capitanes con los que habían establecido fuertes lazos de clientelaje, era propietario de encomiendas medias, se beneficiaba tan sólo de huertas y solares pequeños y ocupaba cargos administrativos intermedios, tales como el de escribano del cabildo, alarife, alcalde mayor, etc. Al no poder vivir de sus rentas se fueron convirtiendo en profesionales, mercaderes o hacendados.

Un último grupo, más nutrido, compuesto por aquellos individuos que habían ocupado las ínfimas posiciones en la hueste y no habían alcanzado sino a las migajas del reparto del botín, no disfrutaba de encomiendas, ocupaba los puestos más bajos de la administración o se dedicaba al comercio al menudeo. Entre ellos se reclutarían los capitanes de las futuras conquistas.

Todos ellos eran hijos segundones, hidalgos sin futuro en la Península. La mayoría eran andaluces (34%), castellanos (Castilla la Nueva, 17,7%; Castilla la Vieja, 11,1%) o extremeños (16%), estando en clara minoría los emigrantes del resto de las regiones peninsulares (León, 7,5%; Vizcaya, 4,6%; Cataluña, 1,1%; Galicia, 1,6%; Murcia, 0,8%; Aragón, 0,8%; Asturias, 0,6% y Navarra, 0,4%). Casi todos eran hombres (90%). No todos lograron realizar sus sueños, pues no muchos salieron vivos de la empresa y pocos alcanzaron grandes riquezas en una primera campaña. Sólo algunos se convirtieron a la vida religiosa y a otros se les vio vagabundear sin norte fijo. Los menos cumplieron la pretensión con la que salieron de España: regresar a la Península cargados de riquezas. Todos evitaron trabajar con sus manos, intentando vivir de los indígenas en una sociedad claramente diferenciada entre conquistadores (República de Españoles) y conquistados (República de Indios). Eran hombres que preferían vivir en ámbitos urbanos, desde donde dirigir sus posesiones rurales.

El clero regular, por su parte, luchó por implantar un modelo de sociedad pacífico, también bipolar, en el que sólo cupieran los “indios buenos”, no contaminados con los vicios del hombre occidental, y los frailes en su papel de padres espirituales. Lógicamente, entre los religiosos y los conquistadores y encomenderos se dieron enfrentamientos, pues cada grupo consideraba que tenía más derecho que su contrario a “sus indígenas”. Unos aludían a los justos títulos, formados por teorías filosóficas, jurídicas y documentos pontificios (las bulas de Alejandro VI) según los cuales se justificaba la conquista del continente a cambio de la conversión al cristianismo de sus habitantes. Los conquistadores aludían por su parte que, sin su esfuerzo, ninguna teoría ni ningún título podía ponerse en práctica y que en virtud de las capitulaciones habían rubricado realizar unos servicios a la Corona a cambio de unas mercedes.

Los franciscanos se extendieron por las tierras centrales de México, Michoacán y Jalisco. Los dominicos se asentaron sobre los espacios actuales oaxaqueños con las comunidades mixteco-zapotecas. Los agustinos, llegados más tarde, se localizaron en los huecos territoriales que las otras órdenes les habían dejado, por lo que su asentamiento fue disperso. Rápidamente comenzaron a aprender las lenguas indígenas, escribir gramáticas, diccionarios y verdaderos compendios etnográficos. En 1528 se fundó, con el apoyo de Juan de Zumárraga y el virrey Antonio de Mendoza, el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, con la idea de formar un “sacerdocio indígena”. En 1536, había ya setenta seminaristas, pero muy pronto se pararía el experimento pues, en 1555, se prohibió que la población originaria pudiera ser ordenada como sacerdotes. El “indio” fue declarado menor de edad y por lo tanto necesitado de la tutela de los padres, con lo que quedaba asegurada así de por vida la dependencia religiosa y, por tanto, la justificación de la conquista.

Las comunidades étnicas originarias en un principio aceptaron sin muchas trabas las imposiciones de los encomenderos y de los religiosos, por considerarlas un mero cambio de soberanía o ritual, pero cuando comprendieron que ello llevaba consigo una transformación de sus tradiciones y formas de vida, comenzaron a luchar para oponerse. En el Norte de México, en los años 1541-1542 se desató la guerra del Mixtón. Originada en la Nueva Galicia en la zona de Tlatenango y Suchipila entre las comunidades cascán, con carácter milenarista se desató un movimiento de contestación contra la occidentalización de su cultura. Los predicadores revolucionarios anunciaban la venida de Tlatol, acompañado de todos los ancestros resucitados, la vuelta al pasado, el repudio del cristianismo y el rechazo de la monogamia, al tiempo que prometían una edad de oro en la que no habría enfermedad, ricos, pobres, ni colonizadores. Como rito de purificación, los seguidores del movimiento debían lavarse físicamente la cabeza para borrarse el bautismo. A diferencia del Taqui Onqoy peruano, predicaba la violencia. Miguel de Ibarra, Cristóbal de Oñate y Juan Álvarez no pudieron frenar el movimiento, pero no sería sino hasta la instauración de la política del virrey Mendoza, consistente en la fundación de misiones y el envío de colonos tlaxcaltecas y cholultecas, considerados ejemplo de vida cristiana, cuando se dio fin al movimiento y se aceleró el proceso de aculturación. A su vez, los guamaraes (Guanajuato) se rebelaron en 1563; los chichimecas en Tamaulipas en 1590; los guachichiles, huicholes y zacatecos en la Nueva Galicia entre los años 1537 y 1592; y los zuaques, acaxées, tehucos y pachos en Nueva Vizcaya a finales del siglo XVI. En todos los casos, sin embargo, la presencia de los colonos occidentales acabó por imponerse más tarde o más temprano.

La Corona, por su parte, en su política centralizadora, luchó por impedir que los encomenderos crearan una exclusiva sociedad señorial, que los religiosos instauraran un modelo de conquista pacífica de la que no se pudiera extraer unos beneficios económicos claros, y que las poblaciones originarias conservaran sus sistemas de organización propios. Para ello, frente a los encomenderos, estableció una legislación (Leyes de Burgos de 1512; Leyes Nuevas de 1542) protectora de los indígenas que se apoyaba en las tesis proteccionistas de los religiosos. Vigilar los abusos cometidos contra ellos era una forma de luchar contra las pretensiones de aquéllos y su ideal de sociedad medieval. El blanco de los ataques fue lógicamente la encomienda. Los encomenderos no se quedaron de manos cruzadas. Protestaron, se rebelaron (Martín Cortés, hijo del conquistador, llegó a establecer una conjuración en México en 1565 que fue castigada con la muerte o el destierro de los inculpados) e inundaron las dependencias del Consejo de Indias de memoriales de agravios y servicios para reclamar sus derechos a la merced de la encomienda, pero casi nada consiguieron.

Una vez anuladas las pretensiones de los encomenderos, como resultado de esta política y el proceso de desestructuración de las comunidades étnicas originarias, la Corona dirigió sus baterías contra el modelo de sociedad que las órdenes religiosas pretendían imponer. La religión cristiana había sido nacionalizada por los Reyes Católicos para llevar a cabo la centralización y unificación peninsulares. El erasmismo fue identificado con el protestantismo y los escritos de Erasmo fueron condenados oficialmente, con lo que España comenzó a desempeñar el papel de dirigente europeo de la Contrarreforma. El clero regular, como amenaza de las pretensiones centralizadoras, comenzó a ver el fin de la edad de oro que había disfrutado hasta entonces. Por la Ordenanza de Patronazgo de 1574, comenzó a ser sustituido el clero regular por el secular, fiel a la nueva política centralizadora. El Concilio de Trento fue claro al respecto: las doctrinas que habían estado en manos de misioneros, es verdad que por ausencia y preparación del clero secular, debían irse dotando por curas. Una bula de 1565, en contradicción con Trento, revocó todos los privilegios regulares, lo que inició un duro enfrentamiento entre los dos cleros. Las tensiones no eran, pues, únicamente internas, sino que estaban luchando por algo tan importante como el modelo de colonización que se iba a imponer en América. Al mismo tiempo, se estableció también la pugna entre el monarca y el Papa para ver quién controlaba la Iglesia americana.

Frente a las comunidades étnicas originarias, la Corona dirigió una política de evangelización pero entendida como un proceso de hispanización. Se dificultó la circulación de los textos etnográficos de los primeros momentos, considerados desde esta perspectiva como peligrosos por ayudar a fijar las tradiciones y, por tanto, la herejía que se quería erradicar; se prohibió la evangelización en lenguas “incultas”; y se fomentó la aculturación tanto lingüística como de forma de vida. Había que convertir al “indio” en vasallo y trabajador de las haciendas, minas, plantaciones, etc.

La Corona dejó que la iniciativa privada y las órdenes religiosas conquistaran el Nuevo Mundo para después arrebatárselo de sus manos. Superpuso la figura todopoderosa del virrey, álter ego del monarca, sobre la de los gobernadores y capitanes destituyendo a Cortés de sus nombramientos políticos; e impuso el Regio Patronato sobre la pretendida autonomía de las órdenes religiosas. Las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias, dadas por Felipe II en 1573, organizaron escrupulosamente las directrices de la sociedad colonial. Con ellas se simbolizaba el fin de la sociedad de los conquistadores y el triunfo del centralismo.

México o Méxicos. La formación de la regionalidad mexicana

La diversidad geográfica y cultural del espacio mesoamericano, así como la evolución del mismo proceso cronológico de la conquista hicieron que la sociedad que se fue creando con la llegada de los castellanos fuera tomando un colorido distinto según las zonas y que cada región tuviera una dinámica, si no totalmente independiente, sí por lo menos con un ritmo propio. Se hace difícil, por tanto, marcar épocas y límites precisos generales para todo el conjunto, ya que unas regiones evolucionaron más rápido que otras. La Nueva España fue dividida de forma diferente según los criterios empleados (militar, judicial, político, eclesiástico y fiscal). No es exacto interpretar que los virreinatos se dividían en Audiencias, éstas en gobernaciones, y a su vez éstas en corregimientos, alcaldías mayores, etc. Cada una se fue creando por razones distintas en momentos diferentes, pudiendo sus fronteras solaparse unas en otras. Para evitar roces y recelos entre las distintas autoridades que intervenían en un mismo territorio, se acumulaban frecuentemente en una misma persona los cargos de gobierno, justicia y guerra. Únicamente la administración de la Hacienda real se mantuvo siempre fuera de cualquier acumulación. Se trataba, pues, de un sistema más simple de lo que parece a simple vista, dotado de la elasticidad suficiente para adaptarse a las variadas circunstancias, que no cambiaría sino hasta la segunda mitad del siglo XVIII con la introducción de las Intendencias.

En un principio sólo existió la circunscripción judicial de la Chancillería Real y la Audiencia de México (1527), cuyo distrito cubría todo el territorio descubierto en la parte norte del continente americano y buena parte de América Central. Esta situación, sin embargo, fue pronto modificada con la creación de la Audiencia de Guatemala (1543) y la Audiencia de Guadalajara, también denominada de Nueva Galicia (1548). Esta segunda no era completamente independiente, sino que estaba subordinada a la antigua Audiencia de México. El territorio del virreinato se dividía en veintitrés provincias mayores, de las que cinco formaban el reino de México, tres el de la Nueva Galicia, dos la gobernación de Nueva Vizcaya y tres la gobernación de Yucatán. Las provincias de Chiapas y Soconusco no pertenecían a la Audiencia de México, sino a la de los Confines de Guatemala.

El territorio de la Nueva España, con fines políticos y de gobierno, fue constituido en virreinato en 1535, correspondiendo en parte con el antiguo núcleo del mundo mesoamericano. El virrey de Nueva España reunía en sí varias facultades, pero su dignidad de representante del Rey (álter ego del monarca) le otorgaba una jerarquía superior a todas las demás. Para evitar problemas, se estableció que el virrey fuera al mismo tiempo presidente de la Audiencia de México y gobernador, a lo que en 1614 se le sumaría el cargo de Capitán General. Como virrey tenía una esfera de acción directa, no sólo en el distrito de la Audiencia de México, sino también en la de Guadalajara y algunas veces hasta en la de Guatemala, según la importancia del problema a resolver. La misma Audiencia de México, por presidirla el virrey, tenía también una jerarquía superior a las Audiencias pretoriales, llamadas así por estar presididas por el gobernador y capitán general de su distrito. Y como gobernador y Capitán General tenía bajo su mando la administración local. En las regiones donde había un gobernador y capitán general, la autoridad virreinal se reducía a una facultad de inspección general, conforme la trascendencia de la cuestión por ver, por lo que aquéllos disfrutaban de cierta independencia, pero sólo en los aspectos de cuestiones meramente locales, sin olvidar en ningún momento que el gobernador y capitán general de la Nueva España era el virrey mismo.

Las Provincias de Oficiales de la Real Hacienda tenían un régimen económico y judicial propio, centralizado en el Tribunal y Audiencia de Cuentas que residía en la ciudad de México. Desde el punto de vista eclesiástico, la Nueva España se dividió en obispados (1531) y en zonas de misión repartidas según las órdenes religiosas.

La sociedad del altiplano

Constituido por el espacio comprendido entre las Sierras Madre Oriental y Occidental, las tierras desérticas del norte, cuya frontera puede establecerse en las cuencas del río Santiago Lerma, y el eje Neovolcánico en el sur, es una zona con una altitud media elevada (1.200 m en el norte, 2.200 m en el sur), rodeada de conos volcánicos [Popocatepetl (5.450 m), Iztaccihuatl (5.300 m), Nevado de Toluca (4.500 m), La Malinche (4.400 m), Cofre de Perote (4.282 m)], con un sistema de desagüe endorreico, lluvias concentradas en verano y temperaturas suavizadas por la altura (15-20 ºC). Región de una alta densidad demográfica en época precolonial, ocupada por la confederación azteca, sufrió una serie de cambios importantes durante los primeros años de la historia de la Nueva España. Las tierras del altiplano (actuales estados de México, Puebla, Querétaro) llegaron a soportar una alta densidad demográfica, por lo que todo parece indicar que estaban rozando el techo de la capacidad de mantenimiento de población de la región. La llegada de los castellanos inició un cambio trascendental en los ritmos poblacionales, ya que se pasó de una población de unos 25.3 millones de habitantes en 1519 (este cálculo de población ha sido bastante discutido por los especialistas) a 16,8 en 1532; 6,3 en 1548; 2,6 en 1568; 1,9 en 1580; 1,3 en 1595 y 1 millón en 1605, debido a la concatenación de múltiples causas. Algunos autores suelen insistir, avivando con ello la leyenda negra, que fueron los malos tratos y las armas de los conquistadores los causantes únicos de este increíble derrumbe demográfico. Otros, por el contrario, subrayan, rompiendo una lanza por la leyenda blanca, que ni la población de la meseta central fue tan alta, ni la crisis demográfica fue ocasionada por las espadas de los castellanos, sino que se debió a la introducción de otros elementos anónimos invisibles menos nacionalistas, las bacterias, al ser el Nuevo Mundo inundado de enfermedades contra las que no se tenía defensas inmunológicas.

La realidad, sin embargo, fue bastante más compleja. Que la guerra produjo una disminución importante en la población masculina joven y madura (guerreros) no se puede discutir, pero si únicamente hubiera sido ésta la causa, al no haber sufrido en extremo la población femenina no se hubiera hipotecado la capacidad de recuperación poblacional futura. Las epidemias, en cambio, se cebaron en los sectores más débiles (niños y ancianos), independientemente de su sexo, por lo que este fenómeno sí influyó en la posible recuperación demográfica (reducción del número de futuras madres) al recortar en extremo la base de la pirámide poblacional. Ahora bien, si sólo hubieran estado presentes estos dos factores la curva de decrecimiento hubiera sido más leve. El derrumbe demográfico se debió por tanto a una concatenación de factores. Por una lado se dio un proceso de desestructuración de las comunidades indígenas ante el avance de la formación de la sociedad colonial. La guerra implicó la pérdida de cosechas y la destrucción de los recursos productivos, pero al mismo tiempo la colonización aumentó la presión tributaria respecto a los tiempos precoloniales, tanto en especie (maíz, algodón, colorantes, aves de corral, etc.) como en mano de obra para el trabajo de las minas, haciendas, construcción de obras públicas, etc., por lo que las comunidades se vieron obligadas a desprenderse de una importante fuerza de producción en el momento en el que, debido al recorte poblacional, estaban más necesitadas de ella, las cosechas habían disminuido, los graneros se habían vaciado y la infraestructura productiva (canales, caminos, sistemas de riego, etc.) se había destruido en buena parte. La población fue concentrada en nuevas poblaciones creadas al efecto (congregaciones), lo que facilitó la transmisión de las enfermedades, hizo disminuir la rentabilidad del trabajo agrario al tener que emplearse más tiempo del habitual para llegar a la parcela de cultivo, y avivó las tensiones interétnicas al unirse poblaciones de distintos tipos a veces tradicionalmente enfrentadas, aparte de quebrar su antiguo sistema de propiedad, parentesco y de herencia. Además, la introducción de la ganadería conllevó la retracción de los terrenos agrícolas y un reordenamiento ecológico.

Una vez desatados los efectos negativos de los elementos descritos, una nueva fuerza vino a redondear el proceso haciendo imposible cualquier tentativa de recuperación. Conforme la población indígena disminuía, la llegada de colonos iba creciendo día a día. Los recién llegados se asentaban en núcleos urbanos y no se dedicaban por lo general a las labores agrícolas, lo que significaba un aumento en la demanda urbana de productos básicos de subsistencia. Como las mermadas comunidades originarias cada vez dejaban más terrenos baldíos y no eran capaces de suministrar los frutos necesarios a la economía mercantil que se estaba formando y los precios de los granos hacían ver que la agricultura era un sector rentable, los encomenderos, al disminuir sus ingresos como consecuencia de la muerte de sus encomendados y los ataques continuos de la Corona (Leyes Nuevas de 1542), se fueron transformando en hacendados para poder así subsistir, apoderándose de las mejores tierras de las comunidades. Paralelamente, el ganado, en una rápida expansión, fue ocupando las tierras vacías dejadas por los indígenas. Cualquier mecanismo de choque para hacer frente a la crisis demográfica por la que se estaba pasando fue así inactivado. Las comunidades étnicas originarias, si querían subsistir, tuvieron que comenzar a vender su fuerza de trabajo como peones de las haciendas creadas sobre sus campos, alquilarse en las minas o en los centros urbanos, huir o dejarse morir, como narran patéticamente algunas fuentes de la época.

De todo este proceso hay que destacar que algunos de sus efectos fueron la aculturación de la población del altiplano, el mestizaje biológico ante la escasez de mujeres occidentales y el fin de la sociedad de los conquistadores. La estructura social dual teórica de los primeros momentos (República de Españoles/República de Indios) comenzó a resquebrajarse al irse ampliando un nuevo sector intermedio (los mestizos). En un primer momento, el individuo se “occidentalizaba” o se “indigenizaba”, por encima de su composición sanguínea, si iba a vivir con el padre o la madre respectivamente, pero conforme se fue equilibrando la población masculina y femenina, el grupo de origen occidental se fue cerrando a nuevos aportes a fin de defender su posición de elite, impidiendo a los mestizos biológicos blanquear su condición y convertirse en “criollos”. Nacieron así los mestizos sociológicos. A partir de dicho momento, comenzó a darse un enfrentamiento entre ambos grupos y a ser culpados los segundos, en rápido ascenso numérico, de vagos, borrachos, impuros e ilegítimos.

La encomienda dio paso a una economía mercantil. Las transacciones comenzaron a monetizarse (a mediados de siglo se pasó de la tributación en especie a la monetaria), las formas de vida se transformaron, el sistema de parentesco varió, la dieta cambió al introducirse el ganado vacuno y el trigo, la vestimenta se transformó, y sus valores y referencias ideológicas fueron sustituidos por los cristianos. De las pirámides, tzompantli, canales, juegos de pelota, palo plantador, macanas, chirimías, tamemes, altepetl y los pochteca, se fue lentamente pasando a las torres de los conventos, campanas, mulas, caballos, comerciantes, azadas, arados, alcabalas, fusiles, carretas, municipios, susurro de rezos y tintineo de monedas.

La integración interna espacial del valle de México y las relaciones de la ciudad de México con su hinterland fueron redefinidas al cambiar el sistema de tributación, la forma del transporte y la estructura lacustre. Las mulas y las carretas sustituyeron a las canoas, y se pasó de un área circular reducida de abastecimiento urbano a otra irregular de mayores dimensiones en la que las características climatológicas y de los suelos y no las distancias fueron definiendo la especialización productiva de cada una e ellas. Fueron creándose así haciendas agroganaderas de medianas dimensiones (Toluca, Puebla, Atlixco, Otumba), pulqueras, azucareras (Cuernavaca Cuautla), huertas de frutos de la tierra y de Castilla (Atlixco) y, al mismo tiempo, fueron surgiendo centros manufactureros (obrajes, localizados en las ciudades de México, Texcoco, Puebla, Tlaxcala y en menor escala Toluca) productores de textiles para el consumo interno novohispano en creciente demanda por el aumento de la población occidental, mestiza, el rompimiento del autoconsumo de las comunidades indígenas que redujeron su producción textil y la incapacidad de las flotas para abastecer el mercado de telas novohispano. La mano de obra era fundamentalmente de origen “indígena”, ya libre o compulsiva, aunque se observan esclavos de origen africano en las haciendas azucareras de Morelos y en los obrajes. Los bosques cercanos fueron esquilmados, y se inició un proceso de degradación ecológica que ha llegado hasta el día de hoy. A su vez, conforme se fueron ampliando las haciendas trigueras en el altiplano, comenzaron a darse las tensiones entre agricultores y ganaderos. Lentamente el ganado fue emigrando hacia los pastos del norte, y los señores de ganados se vieron obligados a penetrar en los inmensos espacios septentrionales habitados por los bélicos indios chichimecas.

El encomendero fue lentamente sustituido por funcionarios reales y se evitaron sus relaciones directas con la comunidades étnicas originarias. Su lugar fue ocupado por corregidores y alcaldes mayores con la misión de proteger a la población autóctona de los abusos de los colonos y de convertirlos en tributarios. Su lugar como intermediarios entre la República de los Españoles y la de Indios lo aprovecharon para realizar negocios abusivos. Monopolizaron la venta de granos a los centros urbanos y, como intermediarios de los grandes comerciantes de la capital (agrupados alrededor del Consulado de México desde 1592), vendían al crédito mercancías de todo tipo a los indígenas a precios elevados, las cuales se cobraban con las cosechas de aquéllos tasadas a precios más bajos de los reales (repartimiento).

No obstante tales cambios, la sociedad del altiplano siguió ofreciendo un colorido “indígena”. En la década de 1570, la población de origen occidental se concentraba fundamentalmente en las ciudades de México (3.000 vecinos entre encomenderos, mercaderes, mineros y oficiales mecánicos y 30.000 o más “casas de indios”), Puebla (500), Atlixco (1.000) y Otumba (800), mientras que el resto estaba habitado por población de las distintas etnias originarias. En Coyoacán había treinta “castellanos”, cuarenta en Texcoco, noventa en Toluca, treinta en Chalco, cinco en Cuernavaca y cincuenta en Tlaxcala. Comparativamente a estas cifras, la provincia de México estaba habitada por 33.000 indios tributarios y 87.000 “de confesión” (el número de tributarios no es número total de población, sino que para hallar ésta se debe multiplicar por los componentes de la familia nuclear). Muy pocos hablaban castellano. La autonomía de las unidades administrativas comunitarias (altepetl) y sus formas de organización socioeconómica aún perduraban en algunas zonas a finales del siglo XVI, como en el valle de Toluca o Tlaxcala. Conforme estuvieran más cercanas a los centros urbanos o a las haciendas en proceso de expansión u obrajes, el grado de desestructuración era más elevado.

La frontera norte chichimeca

Área de grandes dimensiones donde los horizontes se alejan hasta el infinito, las dos sierras madres pierden altura y la aridez aumenta conforme se avanza hacia el norte con una vegetación xerofítica dominada por las cactáceas. De una baja densidad demográfica en tiempos precoloniales, con formas nómadas de comportamiento (tribus chichimecas) a excepción de la Sierra Occidental, donde vivían dispersas algunas poblaciones que practicaban la agricultura, la frontera norte fue integrándose a la Nueva España de forma rápida y violenta debido a la belicosidad de su población.

En 1546, cuando todo parecía indicar después de la guerra del Mixtón que aquellos territorios no iban a dar más que quebraderos de cabeza, apareció el cerro argentífero de las Bufas en Zacatecas. Fue como una campanada para el inicio de la colonización norteña. Las fundaciones de nuevas poblaciones se sucedieron con rapidez: San Miguel el Grande y Guanajuato surgieron en 1555, Lagos y Durango en 1563, Fresnillo y Santa Bárbara en 1567, Mazapil en 1568, Jerez de la Frontera en 1570, Charcas en 1573, Celaya en 1575, Aguascalientes en 1576 y San Luis Potosí en 1592. Tras los buscones (mineros) fueron llegando los capitanes y administradores, los misioneros, agricultores y comerciantes. La conquista pacífica sustituyó a la de las armas con mejores resultados. La Corona, a fin de impulsar el proceso de colonización y la extracción de metales preciosos, actividad gravada con cuantiosos impuestos, ofreció a los nuevos colonos una o dos caballerías de tierra, una huerta y el solar para construir su casa, a cambio de comprometerse a residir en la zona al menos durante diez años. Si la fundación llegaba a reunir quince vecinos recibía el título de villa; si sobrepasaba los cien, se convertía en una pomposa ciudad. Todas ellas fueron trazadas según la planta reticular establecida por las Ordenanzas de Nueva Población de 1573. Los capitanes recibieron el título de gobernadores y adelantados con amplias facultades políticas y militares.

En los reales de minas, ubicados por lo general al norte del río Lerma en áreas de escasa densidad demográfica, no se pudo implantar el sistema de la encomienda de las áreas del altiplano para el surtimiento de la mano de obra necesario para las labores de extracción y beneficio de los metales. Como remedio se enviaron continuas cuadrillas procedentes de las diversas comunidades étnicas originarias de las regiones del altiplano. Mexicas, tlaxcaltecas, y tarascos llegaron de forma compulsiva (cuatequitl) o libremente. Unos iban encadenados, otros por su propio pie, huyendo de las condiciones y presión tributaria de sus regiones de origen o en busca de la plata necesaria para el pago de sus obligaciones fiscales. Trabajaban estos segundos por un salario reducido que les daba la posibilidad de poder tener participación en el negocio (al porcentaje convenido, partido) si seguían luchando fuera ya del horario concertado por sacar del subsuelo las riquezas que la naturaleza brindaba. Cuando la veta se agotaba, se desplazaban al real de minas más cercano en bonanza. Se hispanizaban rápidamente en sus formas de vida, lengua, vestimenta y costumbres, dando lugar a una sociedad más mestiza y menos jerarquizada que la del centro. Poblaciones de origen occidental, americano, africano, junto con sus múltiples cruces (mestizos, mulatos, zambos) convivían alrededor del negocio minero y las actividades colaterales al mismo. Alcohol, naipes, riñas, prostitución, consumo, lujo, quiebras estrepitosas y fortuna se conjugaban en las calles de los reales mineros, construidos a la carrera, amontonadas las casas, sin un plan urbano previo. Había prisa por enriquecerse y gastar. Los afortunados dilapidaban sus ingresos, los que nada tenían iban quemando la esperanza porque algún día les llegara a ellos un golpe de suerte. Mientras tanto seguían trabajando por encima de sus fuerzas en condiciones infrahumanas.

La colonización fue desigual como si de islas se tratara. Hallado un real de minas, éste iba expandiendo de forma radial su influencia. Alejados de las zonas colonizadas del centro y enclavados en unos paisajes vacíos, se fue estableciendo un cinturón de haciendas agroganaderas que surtían de los elementos necesarios (mulas, sebo, cereales, cueros, carne) para la producción argentífera, con la finalidad de reducir los elevados costes del transporte de aquellos géneros de escaso valor y gran volumen procedentes de las distantes áreas ya colonizadas. Guadalajara, San Bartolomé, Parras y Saltillo comenzaron a enviar ganado vacuno y mular y maíz a Zacatecas. El Bajío se fue constituyendo en el granero del norte. Una crisis minera o agrícola convulsionaba profundamente todo el conjunto.

Los efectos dinamizadores de la minería no terminaron aquí. El proceso de producción argentífero necesitaba de hierro para las barras con las que excavar la roca; azogue y sal para beneficiar la plata (eliminar la escoria del mineral por el sistema de la amalgamación); pólvora para abrir los tiros; madera para los hornos de fundición y para las vigas de los pozos; textiles con los que abrigarse; así como toda clase de manufacturas tales como arreos de las caballerías, loza, cubertería, materiales de construcción, además de artículos estimulantes como alcohol (vino, pulque, chinguirito, mezcal) y de lujo para cubrir las ansias de consumo de una población que, si la suerte le había enriquecido, necesitaba comprar su ascenso social adquiriendo mercancías caras de importación, símbolo de un estatus superior.

El hierro, el azogue y los artículos de lujo (vinos andaluces, aceite, telas de calidad europeas) llegaban del exterior de la Nueva España a través de las flotas. El resto de los artículos eran de producción interna. Cada zona se fue especializando en un uno o varios artículos: telas (incluyendo manta, ropa y sombreros) en Querétaro y Puebla; sal en las salinas de Peñol Blanco; talabartería, cerámica, pescado y azúcar en Guadalajara y Michoacán; bebidas embriagantes en Morelos, si eran elaboradas a partir de caña de azúcar, o en la región de Toluca o Sayula para las de agave y Parras para las de uva; queso en Aguascalientes; jabón en Puebla; frijol en Teocaltiche y Jalostotitlán; lentejas en Zamora; maderas para el revestimiento de los tiros y de combustión de las áreas circunvecinas. A su vez, esta misma especialización provocó un tercer anillo de influencia. Por ejemplo, la producción textil reclamó lana, algodón y tintes, haciendo que a su vez otras áreas, como las costeras para el algodón, las norteñas para el ganado y la de Oaxaca para la grana cochinilla comenzaran a integrarse en el conjunto.

En suma, la producción de plata acabó integrando no solamente a los espacios inmediatos, sino también a áreas alejadas, lo que hizo que se estableciera un rústico proceso de especialización geográfica y con ello un comercio interno. Una red cruzada de caminos internos se fue dibujando sobre las secas tierras del septentrión novohispano por donde surcaban incansablemente recuas de mulas y caravanas de carretas que desafiaban la geografía y los ataques de la población originaria y los bandoleros. Se fueron formando enormes latifundios, por compra, merced o simple ocupación sin los correspondientes títulos legales. Las familias de los Ibarra, Río de Loza, Urdiñola, Arizmendi, Jaral, Valparaíso y Aguayo fueron construyendo verdaderos reinos de 100.000 hectáreas y miles de cabezas de ganado. Dentro de sus fronteras y a meses de distancia de la capital del virreinato estos señores de ganado eran los verdaderos amos de la tierra y de sus habitantes, a los que imponían su ley. Esclavos de origen africano, “indios” llevados del sur y retenidos sine die por deudas a través de la tienda de raya, prisioneros chichimecas y vagabundos llegados en busca de protección y comida segura fueron solucionando la mano de obra. Se trataba de una sociedad profundamente hispanizada en comparación de la del centro, con un gran dinamismo y profundas desigualdades sociales en las que el éxito de la minería o la propiedad de la tierra eran los elementos fundamentales para situar a cada quien en un lugar en la ancha pirámide social. Así se fueron formando Zacatecas, Nueva Vizcaya, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León.

Los misioneros, como punta de lanza, se fueron internando paulatinamente en un proceso que duraría décadas en el siempre inagotable norte (Sinaloa, Sonora, Californias, Arizona, Nuevo México y Texas) en los territorios no beneficiados directamente con el maná de la plata y sí en cambio con el de las tribus nómadas belicosas. Su labor iría preparando futuras expansiones.

Hacia 1570, la ciudad de Guadalajara tenía unos ciento cincuenta vecinos de origen occidental, Santa María de los Lagos treinta, Compostela veinte, Purificación doce, Jerez de la Frontera doce, San Sebastián doce, los reales de Guanajuato seiscientos, San Miguel veinte, San Felipe veinte, Zacatula quince, Colima treinta, los reales de minas de Zacatecas trescientos, Nombre de Dios treinta, Durango treinta y San Juan de Sinaloa trece.

El norte minero, paradójicamente, tenía una ausencia crónica de circulante amonedado, pues la plata, por ser la mercancía que vinculaba a la Nueva España con el sistema económico mundial, era monopolizada por los grandes comerciantes de la ciudad de México a través de complejos y variados mecanismos, compuestos fundamentalmente por bancos de plata, aviadores, alcaldes mayores y un eficaz sistema de crédito con el que se lograba atenazar al minero y succionar una buena parte de sus ganancias. La plata, una vez convertida en barras por el sistema de amalgamación o por el de fundición, era enviada a la Caja Real más cercana para pagar los derechos reales (quinto: 20%; o diezmo: 10%) según fuera propiedad de mineros o particulares respectivamente, en una política de protección a los primeros. Una vez marcada con los cuños reales indicativos de que había cubierto sus obligaciones fiscales, era enviada en recuas de mulas a la ceca de la ciudad de México para ser amonedada, pero como aquélla no tenía un fondo amonedado con el que intercambiar la plata en barras que le llegaba y los mineros se presentaban por rachas según las bonanzas, se formaban largas colas a su puerta. Para evitarlo, y teniendo en cuenta que cada día de estancia en la ciudad de México era un gasto para el minero y que tenía que saldar sus deudas con el comerciante prestamista, nacieron los bancos de plata, controlados por los mercaderes del Consulado, encargados de cambiar la plata en barras por amonedada, cobrando por ello un tanto por ciento y descontando del precio de compra los derechos no cubiertos de amonedación (señoreaje). Sin embargo, el comerciante, como garantía de los futuros créditos y envío de mercancías en los meses siguientes, retenía una importante cantidad de plata, con lo que muy poca de ésta regresaba al real de minas. Comenzó a circular, así, la plata en pasta sin amonedar, incluso sin quintar o diezmar, descontándose de su valor los derechos impagados y a establecerse las transacciones comerciales entre aquellos que tuvieran establecida una compañía mercantil a través del mecanismo de la compensación de sus deudas, no utilizando la moneda más que como unidad de cuenta. Los comerciantes, monopolizando así la circulación de plata por el interior de la economía novohispana, lograron controlar los contactos con el exterior y las relaciones interregionales, y constituirse en el epicentro de la economía colonial.

Tierra Caliente

Compuesta por los territorios comprendidos entre el nivel del mar y los 1.000/1.800 m de altura, con temperaturas nunca inferiores a 22 ºC, medias de 25 ºC o 30 ºC, débil oscilación diurna nocturna y anual, dominio de los bosques vírgenes y altas sabanas, se puede distinguir entre una Tierra Caliente costera (las dos llanuras litorales comprendidas entre las Sierras Madre Oriental y Occidental y el océano Pacífico y Golfo de México, respectivamente) y la denominada Tierra Caliente interna, compuesta por valles interiores como la depresión del Balsas. La primera, con una baja densidad demográfica (el mundo olmeca se desarrolló entre el 1.200 y el 600 a.C.) fue una zona que durante el siglo XVI recibió poca atención para ser colonizada debido a su clima insano. Los conquistadores iban buscando los territorios más parecidos a sus regiones de origen, razón por la cual cruzaron la tierra caliente lo antes posible para subir al altiplano. Únicamente, por obligaciones geográficas, se establecieron en aquellas zonas los puertos que conectaban a la Nueva España con el exterior. A su alrededor se estableció un área reducida para el surtimiento de sus necesidades alimentarias más inmediatas. En 1570 Pánuco había diez vecinos “castellanos”, en Tampico veinticuatro, en Veracruz doscientos y en Acapulco cincuenta.

Con las noticias de la conquista del Perú, aquellos a los que la fortuna no les había sonreído en el virreinato septentrional emigraron hacia el Tawantinsuyu, aún a pesar de las prohibiciones establecidas al respecto para impedir la despoblación, lo que inició las relaciones marítimas entre ambos virreinatos. Para 1540 existía ya un tráfico establecido entre las costas mexicanas y peruanas. Huatulco fue el puerto, entre 1537 y 1575, donde se concentró este movimiento mercantil. Las guerras civiles del Perú, la disparidad de precios entre Perú y Nueva España (debida a la producción argentífera durante estas fechas del famoso cerro de Potosí) y los elevados costes de las relaciones comerciales entre los puertos de la Península Ibérica y El Callao por las largas distancias hicieron que el comercio en dirección al sur fuera muy rentable, por lo que comenzaron a ser enviados caballos, mulas, armas, azúcar, cacao, telas (tanto de algodón como de seda, confeccionadas en Europa o en Nueva España), manufacturas de lujo y esclavos. A cambio la Nueva España recibía fundamentalmente algo de lo que, como ya se señaló, estaba permanentemente necesitada: plata. Llegaba en grandes proporciones, legal o ilegalmente, habiendo cubierto o no el pago del quinto. También recibía mercurio de las minas de Huancavelica, elemento indispensable desde el descubrimiento del sistema de la amalgamación por Bartolomé de Medina en 1555; y vino, que competía con los caldos andaluces al tener menores costes de transporte.

El viaje Acapulco-Manila-Acapulco de Legazpi-Urdaneta en 1565 trastornó profundamente este tráfico. Las sedas y artículos de lujo llegados del sudeste asiático acabaron con las manufacturas de seda novohispanas y los morales oaxaqueños. Acapulco sustituyó a Huatulco. Perú exportó gran cantidad de metales preciosos como pago de tales importaciones. En 1582, el tráfico Perú-Manila se intentó cortar para evitar, desde los presupuestos de una política mercantilista y proteccionista de los intereses peninsulares, la fuga de plata del virreinato meridional. Fue una lucha difícil de realizar, pues las sedas chinas se vendían en el Perú a la novena parte de las telas fabricadas en la Península Ibérica. Un importante contrabando sustituyó al comercio legal. A finales de siglo se prohibió también el comercio entre Nueva España y el Perú para evitar la competencia de los vinos sudamericanos y que el segundo se convirtiera en una subcolonia de la primera. Paralelamente, el galeón de Manila fue regulado para restringir la salida de plata hacia los mercados asiáticos.

El tráfico atlántico se concentró en Veracruz. A su puerto llegaban las flotas, establecidas desde mediados de siglo, y rápidamente sus cargazones eran enviadas a la ciudad de México para allí establecer la feria, con lo que se evitaban los peligros de los ataques enemigos y las enfermedades. Veracruz era, por tanto, un embudo por el que pasaban riquezas en uno y otro sentido. Lo mismo que Acapulco en días de llegada de la nao de Acapulco o de las flotas (cuando más una vez al año) el puerto tenía gran movimiento, se agolpaban los comerciantes, cargadores, muleros, carreteros, oficiales reales etc., pero cuando aquéllas se marchaban, sus calles se quedaban vacías, la vegetación volvía a cubrir gran parte de las construcciones y las casas se vaciaban.

La periodicidad de la llegada de las flotas y de la nao de la China impuso a la totalidad de la Nueva España un ritmo económico cíclico. Cuando llegaban las naves del exterior, la Nueva España se vaciaba de la plata que había ido acumulando en los meses o años anteriores, por lo que el precio del dinero subía desmesuradamente y por tanto se reducía la inversión. En los períodos interflotas, por el contrario, los comerciantes, para no tener inactivos sus capitales, los fueron invirtiendo en distintos negocios y sectores, con lo que se convirtieron más en hombres de negocios o empresarios que en simples comerciantes. Controlando la circulación de los medios de pago amonedados monopolizaron las importaciones (eran los únicos que tenían capacidad para adquirir las cargazones de las flotas al por mayor) y con ellas y sus inversiones internas dominaron las transacciones internas, y obligaron a que la plata afluyera a sus manos. Era un círculo cerrado. El que tuviera las mercancías tenía la plata, ya que ésta obligatoriamente tenía que ser vendida por el minero si quería convertir a aquélla en un medio universal de cambio.

Los valles internos, zonas algunas de ellas de antigua colonización náhuatl, cobraron una relativa importancia ya durante el siglo XVI. Como productores de frutos tropicales y fundamentalmente azúcar (Cuautla-Amilpas, Atlixco, Oaxtepec, Juchipila, Zitácuaro, Tacámbaro, Izúcar) que vendían en los centros urbanos cercanos o a la ciudad de México para el consumo interno de la capital o para ser reexportada por el interior del virreinato, desarrollaron una sociedad muy diferente de su entorno, en la que la esclavitud de origen africana y la economía de plantación fueron sus características más importantes. Otras zonas, como el área de Tlaxcala o los valles de Oaxaca, se especializaron en la cría de la grana cochinilla, tinte natural (rojo) que era empleado en los obrajes novohispanos o en los europeos, hacia donde comenzó a ser exportada masivamente, al extremo de desbancar a la cochinilla quermés veneciana.

El Sur mixteco-zapoteco

Al sur del eje neovolcánico, la orografía se hace complicada al unirse y cruzarse las sierras Madres Occidental y Oriental, y da lugar a un paisaje rugoso, casi lunar, surcado por la depresión del Balsas. Multitud de microclimas se van sucediendo, lo que hace que se combinen una gran cantidad de formas vegetales.

Zona de gran densidad poblacional precolonial (culturas mixteco-zapotecas), fue conquistada de forma bastante más pacífica que las tierras centrales, al aceptarse a los recién llegados como los aliados para luchar contra la dominación mexica. Por ello la organización de los viejos señoríos se mantuvo en un principio (el tributo en vez de ir a manos de la Triple Alianza fue a manos de los castellanos), pero cuando comenzaron a realizarse los repartimientos (las partes más ricas constituyeron el Marquesado del Valle cuyo titular fue Cortés), llegaron los dominicos (encargados de la conquista espiritual de la zona) y se impusieron los cabildos como nueva forma de gobierno, los señoríos comenzaron a desestructurarse. Las epidemias asolaron, al igual que en la zona central, la región mixteco-zapoteca. La Mixteca Alta, una de las zonas más densamente pobladas de Oaxaca, pasó, según los cálculos más aceptados, de 700.000 indígenas en 1520 a 100.000 en 1569, 57.000 en 1590 y 25.000 en 1620. El valle central se redujo a la mitad en 1568 y a la décima parte en 1630.

La región fue pasando por distintos momentos. En un principio la encomienda fue el elemento central, pero después, con el proceso de centralización política llevado a cabo por la Corona, el declive demográfico y la creciente demanda del comercio peruano (telas de seda) e internacional (grana cochinilla), y de los centros urbanos y mineros novohispanos, su economía se fue mercantilizando. La industria sericícola y la exportación de grana dieron vida a la zona hasta que en la década de los ochenta del mismo siglo fue prohibido el tráfico con el virreinato septentrional y llegó la competencia de la sedas chinas desembarcadas del galeón de Manila en Acapulco. Desde entonces, la región oaxaqueña pasó a ser productora en las partes altas de grana (que era exportada a los centros obrajeros novohispanos y a los mercados europeos) y de ganado menor (cabras y ovejas), por ser una actividad que necesitaba de escasa mano de obra y permitía el aprovechamiento de las tierras que iban quedando vacías como consecuencia de la crisis demográfica, y de algodón y cacao en las partes costeras. Este último producto, sin embargo, a finales de siglo, ante la disminución de la demanda de la bebida indígena como consecuencia de la reducción demográfica y el recorte en la mano de obra (en las zonas costeras las epidemias hicieron sentir con más intensidad sus efectos devastadores) comenzó a ser sustituido por la cría de ganado mayor para ser vendido en los centros urbanos que se iban creando y en los reales de minas, siempre necesitados de sebo para velas, cueros, y proteínas.

A diferencia de las regiones centrales y norteñas, en el Sur, exceptuando la zona costera donde se desarrollaron estancias de ganado mayor, propiedad de los colonos castellanos, no se crearon grandes haciendas, sino que la producción estuvo por lo general en manos de las comunidades étnicas originarias, mientras que los colonos de origen occidental se dedicaron en su mayor parte a comercializar la producción. Los alcaldes mayores fueron los que, como intermediarios de los comerciantes de la capital, integraron la producción oaxaqueña en el contexto general novohispano. En consecuencia, en el Sur, la sociedad era profundamente de origen “indígena” y el mestizaje era mínimo. Los colonos, como administradores o comerciantes, se concentraban en la ciudad de Antequera, de donde no salían sino para ir a Puebla, Veracruz o México a saldar las cuentas de los negocios pendientes, momento en el cual tenían que cruzar las tierras habitadas etnias aún no colonizadas.

La frontera maya del sureste

La península del Yucatán, territorio calizo sin grandes irregularidades en el terreno, sin ríos de gran caudal que surquen sus espacios, con una circulación de agua subterránea (cenotes, aguadas y cisternas) con un clima tropical húmedo que se va convirtiendo en seco conforme se avanza hacia el noroeste, vegetación selvática en el sur y de sabana en el norte, una alta densidad demográfica y aislada del resto del virreinato por las selvas del sur, tuvo una historia bastante particular. De población maya y no náhuatl, sin minas de metales preciosos u otros productos (se intentaron el añil, el palo de tinte, la grana y el azúcar, pero por diferentes motivos no prosperaron) que vincularan el área con los mercados internacionales, con una crisis demográfica más suave y tardía que en las áreas centrales (1511: 1.728.000 hab; 1550: 407.150 hab; 1600: 241.050 hab), mantuvo por largo tiempo (concretamente hasta el siglo XVIII) el modelo de sociedad pretendido por los conquistadores alrededor de la encomienda. La Corona permitió esta excepción en el proceso de centralización para incentivar el poblamiento y defensa del área, con lo que evitaba que otras colonizaciones europeas se expandieran sobre el territorio castellano.

Un reducido grupo de origen occidental, asentado en los principales núcleos urbanos, vivía de la encomienda y tenía que luchar contra los franciscanos por mantener su mano de obra. Los primeros no pretendían variar fundamentalmente las formas de vida de las comunidades étnicas originarias, sino sólo succionar parte de su riqueza a través de la tributación amoldándose al sistema precolonial. La intención de los segundos era, sin embargo, cambiar radicalmente las formas de pensar, vivir y producir de los habitantes de la península. Catecismos, congregaciones, matrimonio monógamo, privatización de la tierra, etc. fueron sus armas. Lógicamente se dio un fuerte enfrentamiento entre ambos.

La sociedad yucateca estaba mayoritariamente compuesta por las comunidades étnicas originarias. La población mestiza y la de origen occidental eran minoría. Estos últimos (doscientos vecinos en 1550, quinientos en 1577, seiscientos en 1605) se concentraban en Mérida, Valladolid y Campeche. Se trataba, pues, de una sociedad dominada por los encomenderos en la que siguió actuando antagonismo entre la República de Españoles y la República de Indios. Únicamente una reducida población de “indios naborías” o “mexicanos”, llamados así por ser en su mayoría descendientes de los tlaxcaltecas llegados con los Montejo, exentos de tributos y ubicados en la periferia de los centros urbanos, era el sector intermedio entre los colonos y la población originaria de origen maya, dominantes políticamente los primeros y numéricamente los segundos.

Los préstamos culturales se realizaron con más intensidad en dirección opuesta a la tradicional en esta región, pues fue el encomendero el que incorporó hábitos dietéticos, formas de vida, lenguaje, etc. de las poblaciones mayas. Yucatán no fue una isla, sino que se relacionó parcialmente con el mundo antillano y novohispano, donde exportaba telas de algodón, madera, sal, miel, gallinas, maíz, cal, pescado y añil, aunque no en grandes proporciones, y desde donde importaba ropa confeccionada, ganado, productos de Castilla y cacao.

Las transformaciones del joven virreinato

El siglo XVII ¿un período de crisis o autonomía?

El siglo XVII tradicionalmente ha sido caracterizado como un período de crisis, la centuria olvidada, el período de las sombras. Muy posiblemente, si es que se puede hablar de culpas, ello se ha debido a que tal período se encuentra entre las épocas heroicas de la gesta de la conquista y la de la ilustración. El encuentro y la despedida de ambos mundos han hecho desde distintas posturas ideológicas y nacionalistas derramar verdaderos ríos de tinta, mientras que el siglo XVII ha reclamado menos la atención de los historiadores. Recientemente esta visión ha comenzado a rectificarse.

Según la tesis tradicional, sin brazos suficientes (la crisis demográfica más intensa se dio a mediados del siglo XVII), las minas se encontraron sin trabajadores, las haciendas sin peones, el consumo decayó y por tanto la producción y la inversión disminuyeron. Esta disminución en la disponibilidad de alimentos amenazó el bienestar de las ciudades coloniales en constante crecimiento, en las que una numerosa población dependía para su sustento de la fuerza de trabajo indígena. La introducción de mejoras técnicas pudo haber ampliado la producción, pero no se tiene constancia de que éstas se aplicaran, al menos masivamente. El peonaje por deudas que encadenaba al trabajador a las respectivas unidades de producción fue el resultado para asegurarse la siempre escasa mano de obra.

Recientemente se ha rectificado esta tesis. Se ha mencionado que durante el siglo XVII se formaron unidades productivas cercanas a la autosuficiencia (las haciendas) con formas de vida señoriales. A su vez, se ha explicado la necesidad de conectar la disminución de la población originaria con el aumento de los “mestizos”, ya que durante el período, para eludir el tributo, los primeros se hacían pasar como no indígenas. Al mismo tiempo, se ha explicado que se podía interpretar que lo que estaba pasando era que la Nueva España, en vez de exportar sus riquezas por los canales oficiales hacia la Península, lo hiciera ilegalmente hacia otros mercados, o simplemente las consumiera o reinvirtiera en su propio suelo. Nueva España se convirtió en más autosuficiente, y su dependencia con respecto al exterior disminuyó. Si no importaba textiles era, no porque no los consumiera, sino porque los producía dentro de sus fronteras o los adquiría de contrabando, tanto de Europa como de Asia. La relación metrópoli/colonias varió. No es, por tanto, depresión sino autonomía. En suma, parece que el siglo XVII encierra problemas mayores que la simple consideración de si pasaba por una crisis y en qué fechas se produjo ésta, si fue una paralización o si por el contrario fue una época de expansión. Según se emplee una u otra fuente (demográficas, comerciales, fiscales) se llega a conclusiones diferentes y contradictorias. En lo que no parece haber ninguna duda es que la Nueva España estaba pasando por una profunda reorganización a todos los niveles, social, política, económica e ideológica.

Socialmente se estaba dando fin a la sociedad de los conquistadores, estructurada alrededor de la encomienda y dividida bipolarmente en República de los Españoles y República de Indios. Nuevos sectores sociales (los “mestizos”) se habían interpuesto, a modo de cuña, entre ambos bloques. Las comunidades indígenas fueron perdiendo, por lo general, su jerarquización interna propia, para dar paso a la simple división entre macehuales o gente del común y autoridades de república. El trabajo compulsivo estaba siendo sustituido por mano de obra libre asalariada. De forma oficial el repartimiento fue abolido en 1631.

Bajo el punto de vista político se logró también un mayor grado de autonomía. La venta de cargos públicos y las composiciones de tierras (entrega de un monto monetario a la Corona para componer -legalizar- la situación jurídica de las haciendas) fueron dos mecanismos de capital importancia. La burocracia limitaba constantemente la autoridad del virrey. Los decretos firmados por el rey en la corte eran casi desconocidos en la práctica. A mediados de siglo, las tensiones entre la burocracia imperial y los colonos subieron de tono. Recordemos que Gélves fue enviado por el conde-duque de Olivares para aumentar la presión fiscal, eliminar los abusos y erradicar la corrupción y como respuesta fue destituido y expulsado por la Audiencia de México, dominada por los grupos de poder locales, después del motín de 1624. En 1657 se dio la lucha entre Palafox y los jesuitas. En 1692 se volvería a producir otro motín contra las autoridades virreinales. El Parián (almacén de los comerciantes el Consulado situado en la plaza central), el cabildo y el palacio virreinal fueron quemados. Los comerciantes, para defenderse de futuros levantamientos, organizaron un cuerpo de policía y milicia propio, el Regimiento Urbano de Comercio. El grupo de los comerciantes sumaba con ello una nueva parcela de poder. Tenía el control económico, una buena dosis de poder político por estar muchos de ellos en la Audiencia, el Cabildo, influencia en el Santo Oficio por ser algunos familiares y ahora sumaban el poder de las armas.

Los grupos de poder locales novohispanos se defendieron de todo lo que consideraban agresión metropolitana e injerencia en las decisiones políticas internas. Querían evitar que los corregidores, funcionarios nombrados por la Corona, controlaran el repartimiento de mano de obra, y que bajo la política de protección a las comunidades étnicas originarias, se impidiera la consolidación de su poder. Necesitaban tierras y pretendían expandirse sobre las poblaciones originarias. El obispo Palafox, uno de los más ardientes defensores de los intereses de los grupos de poder local entre los años 16201664, apoyó con multitud de escritos la necesidad de la abolición de los corregimientos y la entrega del poder regional a los cabildos y ayuntamientos. En este juego de fuerzas, lógicamente los frailes se convirtieron en los aliados más fuertes de los corregidores. El clero secular, que en sus niveles más bajos era predominantemente “criollo” (término por el que se sobrentiende su filiación con los intereses de los grupos locales), también estaba ansioso por disputar las parroquias indígenas a los frailes, por lo que apoyaban a los corregidores. Si durante el siglo XVI la Corona tuvo fuerza para controlar la iniciativa privada e imponer una política centralista, a mediados del siglo XVII el proceso parecía estarse dando la vuelta. La Corte estaba pasando por un debilitamiento político (crisis de Portugal, Cataluña, Países Bajos, Nápoles), mientras que el grupo de los colonos en Nueva España aprovechaba para lograr sus intereses particulares. En este sentido se puede hablar de una crisis política. La Nueva España se alejaba de la metrópoli. Si no se independizó fue porque aún necesitaba de la Corona para justificar el modelo de sociedad existente. Su autoridad era aceptaba mientras no actuara y dejara a los novohispanos un margen de acción propio autonómico. En el momento que se trató de reintroducir el centralismo, estalló el conflicto.

Ideológicamente, la reorganización se manifestó en un afianzamiento de la mentalidad conocida tradicionalmente como “criolla” (valores locales independientemente del lugar de origen físico del individuo). Formas de vida, expresiones artísticas, literarias y plásticas se materializaron en un barroco propio americano.

El distanciamiento de las piezas del rompecabezas regional

Durante este período las fronteras de la Nueva España no presenciaron un ensanchamiento espectacular. Vizcaíno, Iturbi, Ortega, Carbonell, Fonte, Porter, Piñadero, Lucenilla, Antillón, entre principios de siglo y 1679, exploraron las costas de California y algunos de ellos se enriquecieron con las perlas, pero no se llegó a establecer un asentamiento definitivo. Nuevo México se fue ensanchado lentamente, sin grandes batallas ni héroes y más por la labor callada de las misiones. En 1616-1618 la rebelión de los tepehuanos paró momentáneamente el proceso. Posteriormente, el hallazgo del real de minas de Parral (1631) y la reapertura de los de Coahuila sirvieron de un nuevo empuje en la colonización de la frontera norteña pero con consecuencias negativas, pues hizo que se extendiera la tensión con las tribus nómadas y se llegara finalmente a la explosión bélica, con lo que se tuvieron que abandonar algunos asentamientos en la región Tarahumara, en Sonora y Nuevo México. La colonización avanzaba y se retraía sobre sí misma. San Luis Potosí, que había comenzado a ser trabajado en 1608, fue abandonado hasta 1706 debido a la belicosidad de los indígenas. Se fueron formando islas de colonización en medio del desierto, rodeadas de tribus no aculturizadas. Una mala cosecha, una escasez de lluvia, una falta de pastos o un aumento demográfico hacían que se rompiera la frágil relación entre la población y los recursos del mundo colonizador/colonizado. Los terrenos de pastos eran ocupados, la alimentación comenzaba a escasear e, inevitablemente, se producían los enfrentamientos.

Si no hubo una expansión de las fronteras, sí se dio en cambio un proceso de colonización de las áreas conocidas que, hasta entonces, habían permanecido desatendidas, así como una reestructuración de las restantes. La invasión de las tierras de comunidad por el ganado y los cultivos de origen europeo (trigo) impulsó a las comunidades originarias a emigrar a lugares alejados, con lo que se estableció una constante emigración interna. El Bajío y Michoacán recibieron buena parte de estos contingentes demográficos. Las zonas de Huatusco y Orizaba ampliaron el número de habitantes indígenas entre 1643 y 1646. Mientras las áreas hasta entonces periféricas se poblaban, la zona central se despoblaba. Hay que replantear también bajo esta perspectiva poco estudiada la crisis demográfica comentada anteriormente.

La población de origen occidental, o considerada como tal por encima de su composición racial (recuérdese la diferenciación entre mestizo biológico y mestizo sociológico), en rápido aumento, se asentaba preferentemente en las grandes ciudades, reales de minas, Nueva Galicia y en El Bajío. La población de origen africano lo hacía en Tierra Caliente y en los reales de minas. Los “mestizos” se dispersaron por los intersticios de la geografía virreinal.

La meseta central

En la región central del virreinato las haciendas trigueras, que contaban con una mano de obra abundante, siguieron su expansión, acicateadas por el aumento de la demanda de los núcleos urbanos, fundamentalmente por la ciudad de México y por el comercio de harinas del Caribe. Las regiones de Puebla (Puebla, Atlixco, Tlaxcala, Cholula, Huexotzingo, Tepeaca), El Bajío y, en menor medida, Toluca se constituyeron en los graneros de la ciudad de México. El maíz siguió teniendo mucha importancia por su gran consumo entre las comunidades étnicas originarias y también porque era el alimento para el ganado (grano y hojas). En Tlaxcala e Hidalgo se siguieron concentrando las haciendas pulqueras y cosechándose la grana cochinilla, pero comenzó a cultivarse también el maguey (del que se extraía el pulque) en un sin fin de otras pequeñas parcelas desperdigadas por múltiples lugares. Allá donde se desplazaban las comunidades étnicas, llevaban sus cultivos tradicionales (maíz, frijol, chile, maguey). Toluca, de temple frío y con una importante población de origen occidental, se especializó en la factura de jamones, tocinos y jabón. El ganado, en su lucha con la expansión agrícola, siguió emigrando hacia el Norte en busca de espacios vacíos, aunque en las tierras altas continuó pastando el ganado lanar y caprino, incapaz de adaptarse a Tierra Caliente, o como lugar de destino en la época de secas. Los obrajes y la producción artesanal familiar crecieron para sustituir las cada día más escasas y caras importaciones. En 1604 había más de ciento catorce obrajes distribuidos en las ciudades de México, Xochimilco, Puebla, Tlaxcala, Cholula, Tepeaca, Celaya y Texcoco. En ellos se agolpaban los trabajadores de origen africano, “indios” castigados por la justicia, endeudados y asalariados de cualquier sexo, edad y condición. Se dieron constantes ordenanzas de obrajes para evitar los malos tratos, pero éstos continuaron. El volumen y comercialización de su producción se conoce todavía de forma deficiente.

La sociedad del altiplano mostraba grandes diferencias, pues mientras algunas zonas estaban habitadas por poblaciones originarias (Tlaxcala), otras se caracterizaban por tener mayoría de población de origen occidental (Puebla), y había algunas que se caracterizaban por la combinación de pueblos y culturas (Cholula o la misma ciudad de México). La ciudad de México siguió creciendo en población (inmigración de peninsulares, crecimiento vegetativo e inmigración de mestizos), suntuosidad (se construyeron numerosos edificios civiles y religiosos) y su traza continuó expandiéndose. Era el epicentro del sistema político, centro de redistribución de artículos locales y de importación y núcleo social donde se concentraban los que habían triunfado en sus respectivas actividades. Mineros, comerciantes, hacendados y ganaderos preferían vivir en la ciudad de México y administrar sus posesiones a través de hombres de confianza. La ciudad les ofrecía diversiones, cercanía al poder político y por tanto influencia, relaciones sociales, educación (universidad), novedades llegadas del Viejo Mundo y todos los servicios que las provincias carecían. A cambio, tenían que soportar los continuos incendios e inundaciones (el canal de Huhuetoca, empresa titánica de desagüe de la laguna, fue una obra de ingeniería costosa y lenta), los alborotos populares, la inseguridad ciudadana, la escasez y altos precios de los alimentos en algunas épocas. Aquél que se preciara, si se lo permitían sus ingresos, vivía en la capital del virreinato. Carrozas, trajes, fiestas, lujo, boato e intrigas corrían por sus calles, convertidas en verdaderos escaparates.

La frontera norteña: ganadera y minera

En el Norte, la región de Parras vio aumentar, incluso contra las prohibiciones, la producción de uva, protegida por la distancia y amparada por el descenso de los envíos de vinos peninsulares. El ganado se dispersó por las dilatadas fronteras sin tener que enfrentarse a los agricultores y, en bastantes ocasiones, se convirtió en mostrenco. Los pastos se fueron ampliando continuamente. A partir de 1635, con la incorporación de las llanuras del Nuevo Reino de León como regiones de pastos, se ampliaron las áreas de trashumancia. Sin embargo, desde finales del siglo XVI, y sobre todo en las áreas de antigua colonización, se dio una reducción notable en el número de cabezas de ganado por causas aún no bien conocidas. En Guadalajara se pasó de marcar 23.000 novillos en 1594, a 8.000 en 1602 y 5.000 en 1608. En Lagos y Aguascalientes se pasó de 50.000 novillos a 40.000 de fines del XVI a principios del XVII. En Durango, la cabaña disminuyó de 33.000 cabezas en 1576 a 25.000 en 1602. Los contemporáneos interpretaron que la matanza indiscriminada de machos y hembras para aprovechar, por ejemplo, exclusivamente el cuero, de gran demanda para la exportación, ocasionó un desequilibrio de la cabaña. Para combatirlo se dictaron medidas restrictivas en 1620, 1646, 1648. En el preámbulo de las Ordenanzas de la Mesta de 1574, reexpedidas en 1631, se decía que la crisis ganadera se debía al agotamiento de los pastos. En la actualidad se piensa que la ausencia de nuevas sangres revitalizadoras ocasionó una degeneración biológica y, por tanto, una fuerte contracción en los nacimientos.

En Zacatecas la producción argentífera comenzó a disminuir desde 1635. El relevo lo fueron tomando escalonadamente otros centros. San Luis Potosí surgió en 1592. Sierra de Pinos y Ramos en 1603 y 1609 y sucesivamente Cuencamé, Saltillo, Topia, Santa Bárbara, Mapimí, Chiametla, etc. (aún no tenemos datos fiables sobre la producción de cada uno de ellos). Se ha argumentado hasta el presente que la falta de mano de obra, consecuencia de la crisis demográfica, ocasionó un descenso en la producción argentífera, pero recientemente, al menos para el caso de Zacatecas, se ha comprobado que aquel real de minas no sufrió en ningún momento de carencia de brazos. Al parecer, la falta de azogue hizo que dejara de utilizarse masivamente el sistema de beneficio de los minerales por amalgamación (azogue), y ocasionó el regreso al sistema de fundición. Ello explicaría el descenso en la recaudación de quintos, ya que por este segundo sistema la Corona no podía, como con el de amalgamación a través del correspondido, controlar la producción argentífera (cada quintal de azogue beneficiaba una cantidad dada de plata, lo que establecía la siguiente correspondencia: repartiendo tantos quintales de mercurio, el minero tenía que presentar para quintar equis kilogramos de plata). Según esta hipótesis, la crisis minera no sería más que un descenso en la recaudación fiscal.

El minero, al enfrentarse a un aumento de los costes de producción (profundización de los tiros, aumento del coste de la mano de obra, encarecimiento de los créditos) y a una disminución de los beneficios ocasionados por la baja del precio de la plata en los mercados internacionales, optó por rebajar los primeros dejando de cubrir sus obligaciones fiscales. Una gran cantidad de plata en pasta sin quintar comenzó a circular por el interior de la Nueva España y a exportarse a Europa y Asia. A mediados y finales del siglo XVII, las autoridades virreinales se quejaban continuamente de esta fuga de capitales y del fraude consecuente a la Real Hacienda. Es muy difícil cuantificar este tráfico, puesto que no generó documentación directa al ser una actividad ilícita. Recientemente, con datos extraídos en los puertos europeos de llegada, donde las introducciones eran ya legales y donde no importaba si las barras de plata habían o no pagado los derechos de quintos y si tenían los cuños reales, sino que lo que se miraba era su ley, se ha demostrado que durante el siglo XVII llegó a Europa vía contrabando un gran volumen de plata de la Nueva España. Al reducirse los contactos mercantiles, la producción argentífera legal y las exportaciones oficiales, decrecieron las alcabalas (impuestos al comercio interno), los quintos, los almojarifazgos y la avería (impuestos al comercio exterior).

En suma, todo parece indicar que el descenso en la producción (sin ponerlo totalmente en duda) no fue tan violento como lo muestran las cifras oficiales y que se pasó de los grandes reales de minas a centros más pequeños, que se sucedían unos a otros según las bonanzas. Unas de las consecuencias de esta transformación fue que el efecto de arrastre de los reales de minas disminuyó de intensidad, por lo que la antigua relativa integración horizontal de los espacios y el comercio interno se redujeron. Esta sería la explicación de por qué durante el siglo XVII las regiones se volvieron más autosuficientes y cerradas en sí mismas recortándose la parcial especialización geográfica que se había alcanzado en los años anteriores y por qué la hacienda se convirtió en la institución característica durante esta época. El hacendado, como dueño y señor de tierras, ganados y habitantes; una familia extendida (mayorazgo) a modo de corte; la Iglesia como cuidadora de las almas; los almacenes como un sistema de pósito privado; los caseríos, como verdaderos poblados; un ejército privado para imponer el orden; obrajes, herrería, panadería, bodegas, etc., reproducían en pequeño el mundo de fuera. Nuevos centros manufactureros surgieron en Querétaro, Michoacán y Guadalajara para surtir a sus áreas respectivas y exportar a las nuevas zonas de reciente colonización, evitando así los elevados costes del transporte de las mercancías enviadas del centro del virreinato. Guadalajara, sede de la Audiencia de la Nueva Galicia, por la lejanía de la ciudad de México, se fue autonomizando.

En líneas generales, se puede apreciar que las regiones fronterizas del siglo XVI (Bajío, Michoacán, Sur de la Nueva Galicia) fueron evolucionando y adquiriendo las características de los espacios de la meseta central del XVI. Conforme iba avanzando la colonización hacia el norte, la sociedad de frontera se iba desplazando y dando paso en las regiones originales a una sociedad más compleja, tranquila, agrícola y con una densidad más alta. Los poblados, originalmente construidos la mayoría de las veces de materiales perecederos, se convirtieron en villas de cantería, más pobladas, con ricas iglesias, conventos barrocos y con servicios propios. Sus moradores de aventureros y buscones se transformaron en agricultores, comerciantes, administradores, ganaderos, obrajeros o propietarios de algún taller de carpintería, alfarería, loza, jabonería, etc. El ganado siguió emigrando hacia el siempre aparente inacabable norte y los campos agrícolas fueron desplazando a los pastos. El ritmo de vida se fue serenando y las familias consolidando. Los reales de minas del norte, las misiones y presidios pasaron a ser los consumidores de la producción de estas zonas, convertidas paulatinamente en centrales. Es lógico que el viejo centro perdiera el brillo de los primeros momentos.

Tierra Caliente

En Tierra Caliente hubo una ampliación de la producción de azúcar y la cría de ganado vacuno, al parecer no en intensidad, sino en extensión. Nuevas áreas vieron cómo crecían cañaverales, haciendo que se restara importancia a los antiguos centros productores. En Michoacán, Orizaba, Huatusco, Colima, Jalapa, Chicontepec, Córdoba, Ocotlán, Sayula, Autlan, Ameca, Juchipila y en la Huasteca se erigieron nuevos ingenios competitivos de los de la zona de Cuautla y Atlixco del siglo XVI. Aparte de los grandes ingenios se establecieron multitud de trapichillos de mano, productores de melazas para fabricar el aguardiente denominado chinguirito. Cada zona iba aumentando su autosuficiencia y reduciendo consecuentemente sus intercambios comerciales. El cultivo del algodón aumentó al crecer la producción textil interna novohispana. El cultivo del cacao declinó o se mantuvo estacionario debido a la competencia del de Soconusco, Guayaquil y Caracas, más dulce y de mejor sabor por lo que necesitaba mezclarse con menor cantidad de azúcar. El ganado vacuno cobró importancia en estas áreas sustituyendo los antiguos campos de cacao. La sociedad en estas zonas tenía un color de piel más oscuro que en el resto de las áreas por estar allí concentrada la población de origen africano. El Noreste (Huasteca y Pánuco) se especializó en la pesca del camarón, que era enviado regularmente a la ciudad de México, y en la cría de mulas.

La disminución del comercio transatlántico y transpacífico hizo que Veracruz y Acapulco perdieran población y que por tanto su radio de acción disminuyera. En el Sur las exportaciones de grana a los mercados internacionales decayeron, pero no se sabe si ello se compensó con la exportación a los centros obrajeros novohispanos en crecimiento para sustituir la falta de importaciones de textiles europeos. Hay que subrayar como un hecho característico de la región de los valles que circundan la ciudad de Antequera (hoy Oaxaca) que la hacienda y el latifundio no prosperaron con las características del centro y del norte del virreinato y que las comunidades indígenas conservaron en buena medida sus formas de vida y organización interna.

La frontera del Sureste

En la frontera del sureste permaneció con pocos cambios la sociedad de los conquistadores del primer momento. La población de las comunidades étnicas originarias se recuperó. La encomienda continuó. Tan sólo se formaron pequeñas estancias ganaderas alrededor de Mérida y Valladolid, surtidoras de carne y granos a la población urbana. El resto siguió viviendo en condiciones muy parecidas a las precoloniales. Treinta conventos con ciento doce religiosos cuidaban de la salud espiritual de sus habitantes. En las zonas más alejadas de los núcleos de colonización se diría que apenas se notó la entrada de los castellanos. A. Vázquez de Espinosa describía la península en la década de 1620 como una región fértil, abundante y regalada, productora de maíz, gallinas, cera, miel, cacao, grana, achiote, añil y “algodón de que hacen mucha ropa y otras cosas que sacan para otras provincias”.

La mayoría de edad del virreinato: el México borbónico

La nueva política colonialista borbónica

Si el siglo XVII ha sido tradicionalmente considerado como un período de crisis, oscurantismo, sombras, atraso y autosuficiencia, el siglo XVIII, como contrapartida, ha sido etiquetado como de luces, desarrollo, apertura, modernidad y mercantil. Uno, plagado de arbitristas castellanos, era una época de fracaso en la que no se había logrado imponer la autoridad de la Corona, en la que el visitador Gálvez había sido destituido y echado de la Nueva España, y en la que la Corona había sido agredida por el constante contrabando, la injerencia de otras potencias en el negocio indiano y la continua corrupción. Otro, pletórico de reformistas francófilos con pelucas, trajes, modales giros, acento, todo a la moda europea, según los cuales España debía superar los planteamientos rancios de la dinastía recién abolida y tomar el carro de la modernidad que se veía por doquier allende los Pirineos, era triunfalista en el que Gálvez como visitador se había impuesto sobre las pretensiones autonomistas de los grupos de poder locales. Población, repoblación, inmigración, recursos, transporte, comercio libre, desamortización, libertad, agilización, apertura, transparencia en la gestión, reforma de la administración, de la contabilidad (partida doble), supresión del fraude y de la venta de cargos públicos, se convirtieron en palabras mágicas de tanto repetirlas.

Si se acaba de comprobar la Nueva España de mediados del XVII no fue de pobreza, tiempo de ayuno, época de vacas flacas, tampoco el México borbónico fue todo él de riqueza, lujo, luces, expansión y crecimiento. Alguna sombra se cruzó por su camino. Todo depende en buena medida de la situación conceptual y las fuentes con la que se analice. Si se localiza en la Península Ibérica, desde luego que la Nueva España del XVII fue de crisis y el México dieciochesco de crecimiento. La lentitud y pesadez de las flotas, con arribadas cada dos, tres y hasta cinco y seis años durante el setecientos; y los cofres de los navíos repletos de plata llegados a los puertos de la Península durante el siglo XVIII así lo indicaban. Si, por el contrario, el hipotético observador se ubica en la ciudad de México, sus apreciaciones cambian totalmente. Durante la crisis una mayor riqueza se quedaba en suelo novohispano, la presión tributaria era menor, la producción más autosuficiente. Durante el crecimiento, sufría unas mayores exacciones fiscales, la plata fluía hacia el exterior, disminuía su poder adquisitivo, la Corona tenía una mayor injerencia y se elevaban los precios. El XVII fue así más pobre para la Madre Patria, pero más rico para los novohispanos. El XVIII, más rico para la Península Ibérica, pero más pobre para la Nueva España. Según se presenten las cifras se puede demostrar una u otra versión.

Salvo muy reducidas excepciones, se suele encontrar en la historiografía sobre la época la tesis de que los Borbones tuvieron el mérito de ser honestos, dignos e íntegros servidores de los intereses de sus reinos y sus súbditos, persiguiendo el bien común de la manera que creyeron más eficaz; que con sus medidas reformistas provocaron a modo de varita mágica el desarrollo económico; y que sus fines últimos fueron desarrollar la producción a fin de obtener el bienestar y progreso para todos los súbditos. Sin embargo, últimamente se está comprobando que, entre la teoría y la realidad, el lenguaje oficial florido de balcón y los textos privados más descarnados y claros había una gran distancia; que tras los fines humanitarios honestos y dignos, se ocultaban otros políticos (consolidar la autoridad del monarca); y que el crecimiento económico precedió en muchos casos al plan de reformas.

En esencia, los reformistas perseguían impulsar el crecimiento económico peninsular, apoyándose en los siempre míticos por su riqueza territorios americanos. Para ello se debían recuperar los lugares en posesión de los extranjeros, agilizar las transacciones mercantiles entre las colonias y la metrópoli y organizar la economía indiana como satélite dependiente de la peninsular, reduciendo su producción manufacturera y ampliando la de materias primas baratas exportables a España. Todo ello implicaba eliminar la oposición de poder político y económico locales americanos y liberar los factores de producción monopolizados en algunas manos, por lo que se plantearon: reducir la autonomía de gestión y control económico de los Consulados de comerciantes; poner en circulación los bienes de la Iglesia; favorecer la reducción de precios de las importaciones para erradicar los sectores productivos competitivos (obrajes); crear unos cuadros administrativos y burocráticos leales a las ideas colonialistas eliminando el peso de los grupos de poder locales; adecuar la legislación a las nuevas necesidades; y contar con una fuerza militar que defendiera y protegiera el programa de remodelación, presentado como un ejército defensor de las fronteras ante las agresiones extranjeras.

Todo ello dependía de contar con los medios económicos y financieros adecuados. Para conseguirlos se programó una política fiscal encaminada a suprimir las deshonestidades, crear nuevos estancos y ampliar extensivamente la base social tributaria. El inicio de la materialización del paquete más importante de reformas fue el año de 1765 con la llegada de José de Gálvez como visitador general. En 1767 se expulsó a los jesuitas y se intensificó el ataque contra la jurisdicción e inmunidad personal de que disfrutaba el clero como corporación favorecida por fueros específicos. Se comenzó a resquebrajar el poder de los comerciantes del Consulado de México, suprimiendo los repartimientos de mercancías y los alcaldes mayores (1786), acabando con el sistema de flotas y ferias (1789), eliminando la relación entre los bancos de plata y los mineros con la creación de un tribunal de minería (1776), un banco (1784) y una escuela de minería (1792), y socavando el poder monopólico de aquéllos creando nuevos Consulados, como los de Veracruz, Guadalajara (1795) y Puebla (1821). Juan de Villalba y Angulo comenzó a organizar en 1766 los cuerpos de defensa del virreinato. Se reorganizó todo el aparato administrativo y se profesionalizaron sus cuadros.

Se cambió la estructura territorial virreinal a través del sistema de la Comandancia General de las Provincias Internas (1776, divididas en Oriental, Occidental y Central en 1785, Occidental y Oriental en 1787, una sola en 1792 y otra vez la vuelta a la división entre Oriental y Occidental en 1804 y 1812) y de las intendencias (1786), cortando parte del poder omnímodo de los antiguos virreyes. La Real Audiencia fue remodelada en su composición para subrayar el papel de los peninsulares y disminuir el poder de las familias locales. Se creó la Junta de Real Hacienda. Los oficiales reales fueron modernizados para que la maquinaria fiscal dejara de chirriar y de sus giros emanara mayor cantidad de beneficios. En 1776 se reorganizó totalmente el Tribunal de Cuentas y se comenzó a erradicar las prácticas abusivas y la corrupción administrativa. En 1785 fue introducido el sistema de partida doble. Entre 1790-1792 Fabián de Fonseca y Carlos de Urrutia, con la ayuda de Joaquín de Maniau, elaboraron una voluminosa Historia general de Real Hacienda, donde se compendiaba toda la legislación que se había dado sobre la materia desde la creación del virreinato hasta el presente. En 1754 se suprimió radicalmente el sistema de arrendamiento a particulares de los ramos de la Real Hacienda. Las alcabalas pasaron a ser administradas por el rey (hasta entonces lo habían estado por el Consulado o por el Cabildo a través de los encabezonamientos), y las aduanas dejaron de ser llevadas por particulares. Se creó (aunque no con resultados muy duraderos ya que a la muerte de Gálvez se suprimió) el cargo de Superintendente Subdelegado de Real Hacienda. Los alcaldes mayores fueron sustituidos por subdelegados, funcionarios a sueldo pagados por la Corona, a los que se prohibió realizar repartimientos de mercancías entre los indígenas de su demarcación. Se crearon nuevos impuestos, se extendió el cobró de antiguos que habían quedado a modo de letra muerta y se intensificó el pago de los existentes. Surgieron estancos o monopolios (tabaco, 1765) administrados por la Corona (la región de Córdoba y Orizaba fue la elegida para su producción). En 1769 se establecieron las reales fábricas de puros y cigarros de México, Puebla, Querétaro, Oaxaca, Orizaba, y Guadalajara. La distribución de puros y cigarrillos también fue concentrada en los estanquillos.

Desde el punto de vista comercial, y con el fin de ensanchar el fino cordón umbilical que había mantenido unidas a la Península y los territorios coloniales en la época de los Austrias, se cambió el sistema del cobro de los impuestos para agilizar los trámites, además de aumentar los ingresos y evitar el fraude, y se abrieron nuevos puertos para que los efectos beneficiosos del tráfico ultramarino no sólo se concentrara en Cádiz-Sevilla. Desde luego que no era un “libre comercio” ni estaba inscrito en la teoría del librecambio, sino que era un “comercio libre”, regulado por la Corona, algo más abierto que el sistema de flotas y ferias, pero no totalmente libre. En 1765 se permitió a Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Trinidad y Margarita comerciar directamente con la Península y entre sí. En 1770 les tocó el turno a Yucatán y Campeche. En 1774 se permitió el tráfico entre Nueva España, Nueva Granada y Perú. En 1782 se liberalizó el comercio de trigos y harinas. En 1789, por fin, después de muchas dilaciones y dudas, Nueva España y Caracas fueron incluidas en el sistema de “comercio libre”. Las guerras contra Inglaterra y los consecuentes bloqueos atlánticos harían, sin embargo, que los efectos del “comercio libre” fueran menores de los esperados.

Respecto a la minería y con el fin de reducir la circulación de platas en pasta sin quintar, las extracciones de contrabando y el control monopólico del sector por parte de los comerciantes del Consulado y ampliar consecuentemente la amonedación y los ingresos por quintos, se rebajaron los costes de producción (rebaja del precio del azogue, pólvora, hierro, exención de alcabala) se creó en 1776 el Real Tribunal de Minería, a los pocos años se intentó erigir un banco de avío a la minería que proveyera de fondos, aunque con escasos resultados, se difundieron los adelantos científicos y técnicos internacionales, y en 1792 se creó el Colegio de Minería.

En cuanto al sector manufacturero, se hizo todo lo posible por erradicar la competencia con respecto a los artículos metropolitanos. La Nueva España tenía que comportarse como un mercado consumidor de las mercancías elaboradas en la Península y productor de materias primas para la exportación. La política que se llevó a cabo para erradicar los centros manufactureros fue la de rebajar los precios de las importaciones. Sin embargo, el bloqueo atlántico impuesto por los enfrentamientos hispano-británicos sirvió de campana protectora de los obrajes, fábricas, y talleres. En época de guerra y por tanto de corte de las comunicaciones, la producción artesanal novohispana ascendía. Cuando, por el contrario, los puertos se abrían disminuía la producción de las fábricas del país, ante la competencia llegada del exterior.

Respecto a la agricultura, la política reformista impulsó la producción de materias primas (grana cochinilla, lino, cáñamo) para la exportación a los centros manufactureros metropolitanos. El consumo interno, sin embargo, no fue objeto de una política económica minuciosa.

Los resultados del reformismo borbónico

Los resultados de este plan reformista fueron espectaculares contemplados desde la metrópoli. Las rentas reales se multiplicaron hasta por cuatro. En 1765, año de la llegada de Gálvez, los ingresos del virreinato eran de 6.130.314 pesos; en 1782 subieron a 19.594.490 pesos; y en 1798 alcanzaron los 21.451.762 pesos. La amonedación, que se incrementó muy notablemente, tocó techo en 1804 con 27 millones. Las platas en pasta sin quintar dejaron de circular en la cuantía que antaño. Las extracciones ilegales se redujeron al máximo. La plata producida terminaba amonedándose en la Casa de moneda de la ciudad de México. El comercio se intensificó notablemente: de una media de veinte barcos anuales entrados en Veracruz entre 1728 y 1739, se pasó a 103 entre 1784 y 1795. Los rendimientos por alcabalas se dispararon: de 1.488.690 pesos en 1775 se subió a dos y tres millones a finales de siglo. El tributo, el pulque, el diezmo, el tabaco, la pólvora, todos los ramos subieron.

Por lo común se suelen utilizar estas cifras como indicadores del crecimiento económico novohispano, quizás por haber sido ya en la época divulgadas por A. Humboldt. Desde esta perspectiva el reformismo borbónico indudablemente sería una auténtica varita mágica que provocaría el aumento en la producción allí donde tocara. Esta visión, sin embargo, está siendo últimamente rectificada, ya que no es sino la imagen oficial metropolitana y uniforme por encima de las diferencias regionales y sectoriales de la historia de la Nueva España.

Que hubo crecimiento no se pone en duda, pero también es verdad que no se pueden comparar las cifras borbónicas con las de los Austrias sin hacer las debidas rectificaciones. Por otra parte, hay que plantear más seriamente si en realidad fue el programa reformista el que ocasionó el crecimiento económico, o, si, por el contrario, se benefició de él. Una mayor presión fiscal tanto horizontal como vertical, junto con una mejoría sustancial en la administración y contabilidad, hicieron que las rentas subieran sustancialmente.

Desde la Nueva España la imagen no era tan idílica. Un fuerte proceso de desatesorización, fruto de la elevada contribución colonial que tenía que pagar el virreinato, culminado con la Real Cédula de consolidación de Vales Reales de 1804 hizo que la plata fuera un elemento bastante escaso para circular por el interior de los mercados virreinales como medio de pago. El precio del dinero subió y la inversión disminuyó. La presión tributaria ocasionó motines constantes. Los mineros de Guanajuato se levantan contra las medidas de supresión de los partidos (forma de cobro de los trabajadores a un tanto por ciento del total de lo extraído). En el mismo año los seris, pimas y sububajos se levantaron en armas contra los colonos. El clima de intranquilidad se generalizó. El orden, sin embargo, fue impuesto por las armas. La formación de un cuasiproletariado de tipo industrial (en la fabrica de tabaco de México llegó a haber seis mil trabajadores entre hombres, mujeres y niños) creó importantes focos de peligrosidad social. Mientras el estanco producía el 137% de ganancia del monto de la inversión y el gasto, los trabajadores se enfrentaban a una disminución de sus salarios reales por el proceso inflacionario. Los precios medios del maíz subieron en la ciudad de México desde 1779. Los antiguos grupos de poder fueron siendo desplazados por otros nuevos con ideas modernas, que en realidad no eran sino un reflejo de las pretensiones metropolitanas.

No debe exagerarse tampoco el triunfo borbónico, ya que los antiguos sectores sociales (comerciantes del Consulado fundamentalmente) variaron los mecanismos de control económico a fin de seguir ostentando el poder que hasta entonces habían tenido. Desmantelado el sistema de ferias y flotas, invirtieron sus capitales en la producción (minería, agricultura, centros manufactureros) y en los préstamos, tanto a particulares como a la misma Corona, y utilizaron nuevos sistema de pago (compensación de deudas, libranzas, letras, cartas de pago, crédito) para impedir la dispersión de la plata por el interior de la Nueva España y seguir así siendo los monopolistas de la plata, elemento que les capacitaba para colocarse en una situación de ventaja sobre otros sectores sociales y poder seguir controlando los intercambios internos.

El mosaico regional

¿Qué fue lo que provocó, entonces, el crecimiento borbónico y cómo fue éste? Dar una respuesta implica necesariamente hacer un análisis regional, pues existían diferentes Nuevas Españas con dinámicas distintas. Hasta ahora se ha repetido que fue el crecimiento minero, favorecido por las medidas proteccionistas de la Corona, el que sirvió de motor de arranque para la revivificación del virreinato septentrional. Se ha dicho que sus consecuencias, en virtud del mencionado efecto de arrastre de los reales de minas, llegaron hasta los más recónditos rincones de la geografía novohispana.

En los últimos años se ha criticado la interpretación del crecimiento minero novohispano borbónico de fines del siglo XVIII. En apretada síntesis, se ha dicho que, en contra de lo aceptado, el inicio del crecimiento minero no tuvo lugar a finales del siglo XVIII, sino a comienzos de la misma centuria y más concretamente sobre la década de los años veinte, pues la industria minera se enfrentó a serios problemas a fines de la época colonial, momento en que bajó su rentabilidad; su supervivencia se explica, de hecho, gracias exclusivamente al apoyo de la Corona, que concedió exenciones de impuestos a la minería y mantuvo un control de precios para que éstos permanecieran bajos, lo que en términos relativos, dado el proceso de inflación, significó una bajada real y el desvío de recursos de otros sectores. Por consiguiente, el plan reformista borbónico no fue el que inició la recuperación minera, sino que por el contrario ésta se realizó antes. Lo que los ilustrados hicieron fue lograr que se canalizara por los conductos oficiales establecidos, con lo que se evitó el fraude fiscal y la circulación interna y la extracción de metales en pasta sin quintar. En consecuencia, los insurgentes no causaron la destrucción de la minería, tal y como se ha creído siempre, simplemente aceleraron un proceso que ya tenía los días contados. La minería se vino abajo cuando se desintegró el gobierno y cesó el apoyo que de éste recibía. Hubo crecimiento y al mismo tiempo mejoría en la administración y disminución del fraude, por lo que las cifras no reflejan toda la realidad.

Realizando un análisis regional, se observa que se dieron diferentes comportamientos. El crecimiento demográfico, la concentración urbana, la producción argentífera, los impulsos del comercio exterior y la defensa militar del territorio se conjugaron en cada caso de forma distinta. La frontera minera siguió emigrando hacia el norte y llevó consigo una profunda transformación en los espacios ya colonizados. El norte del siglo XVIII se formó por territorios más alejados de la capital del virreinato, pero siguió siendo una región de frontera y punta de colonización. Zacatecas se transformó de centro minero en región ganadera, agrícola e industrial. El área de la meseta central, donde se concentraba la población peninsular, pero al mismo tiempo crisol de razas y culturas con una población “indígena” importante, siguió girando en términos generales alrededor de la ciudad de México, en rápido crecimiento demográfico. Mercado consumidor de gran potencia, fue ampliando su radio de acción en cuanto a sus efectos de arrastre. El centro se amplió y desplazó hacia el norte (intendencia de Guanajuato) y buena parte de las intendencias de Michoacán), y perdió importancia la zona de Puebla. El Occidente se alejó de la meseta del Anahuac en un proceso de autonomización. El Sur y el Sureste siguieron siendo fundamentalmente áreas con una fuerte impronta de las culturas indígenas. Las regiones se dinamizaron, creándose un comercio interno en virtud del cual se produjo una cierta especialización geográfica. Lejos de haber una uniformización en los espacios, cada día el México del norte, del altiplano de Tierra Caliente, del sur, y del sureste siguieron diferenciándose. Cada zona mantuvo y reforzó sus características, pero también es verdad que como piezas de una maquinaria mayor y más compleja. De la autosuficiencia local del XVII, se pasó a una mayor integración regional, con un epicentro claro en la ciudad de México. Los comerciantes del Consulado, a través de sus contactos, unieron ofertas y demandas de áreas distantes geográficamente pero siempre conservando su papel de intermediarios. No se dio, por tanto, la creación de lo que podríamos denominar un mercado nacional, sino mercados locales aglutinados en mercados regionales y éstos conectados entre sí exclusivamente a través de algunas mercancías comercializadas por los comerciantes capitalinos y al exterior a través de los angostos canales que pasaban por la ciudad de México.

El Bajío

Los años veinte del siglo XVIII fueron testigos en El Bajío (región centro norte) de un crecimiento importante en la producción de metales preciosos, que fue acompañado de un aumento considerable en la tasa de crecimiento demográfico, que descendió a mediados de siglo, incluso haciéndose negativa en la década de 1780, para recuperarse después, a finales de la centuria a un ritmo superior al de comienzos de siglo. A fin de aumentar los volúmenes de la producción y equilibrar así la relación población-recursos se dio una reincorporación de territorios baldíos, una transformación de las haciendas ganaderas en cerealeras, con la consiguiente emigración del ganado hacia zonas más alejadas y con densidades demográficas menores, al mismo tiempo que una inversión en infraestructura de regadío para intensificar la producción. Durante la primera mitad del siglo, El Bajío fue, al parecer, receptor de emigración de áreas circunvecinas, mientras que a finales de siglo expulsó excedentes debido a los problemas por los que estaba pasando la minería, haber alcanzado una alta densidad demográfica y a la atracción de áreas aledañas, como las de Michoacán o Guadalajara. Respecto a la mano de obra, la situación en El Bajío era muy distinta a la de los valles centrales de México o Morelos, pues los rancheros constituían el sector más importante y los pueblos indígenas eran escasos, faltándoles aparentemente la suficiente coherencia comunal para hacer frente a su asimilación.

Celaya y Salvatierra cada vez fueron comercializando más su producción de granos hacia la ciudad de México, que se comportaba tanto como centro de consumo cuanto como redistribuidor de mercancías. San Miguel el Grande se convirtió en uno de los principales abastecedores de carnes, grasas y pieles a lejanos mercados Veracruz y Acapulco. Querétaro fue aumentando considerablemente sus exportaciones de textiles hacia otras ciudades del virreinato, fundamentalmente la capital, arrebatando incluso el mercado a antiguos centros manufactureros como los de la región de Puebla. Acámbaro y León se especializaron en la talabartería.

El proceso de cerealización de El Bajío ocasionó por su parte la dependencia de importaciones masivas de lana de las haciendas del norte del virreinato para el surtimiento de la materia prima necesaria de sus obrajes, y produjo una subida en los costes de producción por la elevación del precio de la lana ante el aumento de los gastos de transporte. La competencia de los textiles europeos, y más particularmente los catalanes de algodón, durante los años de apertura portuaria hizo bajar los precios de las telas y provocó una disminución de los beneficios del sector. No obstante, aun en años de desbloqueo atlántico, en El Bajío no cesó totalmente la producción textil, ya que los trapicheros al producir telas para ganarse la vida no podían abandonar la producción y se vieron obligados a explotarse a sí mismos, por lo que la crisis industrial fue una crisis de subsistencia.

Michoacán

En la intendencia de Michoacán se observa una tasa de crecimiento demográfico anual de casi el tres por ciento en la primera mitad del siglo, que decayó en los años treinta, incluso presentando valores negativos, para recuperarse desde los años 1760-1780, y volver a decaer a finales de siglo. A ello hay que añadir que, conforme fue avanzando el siglo XVIII, las tasas de aumento demográfico fueron siendo más altas en la parte sur de la diócesis. En las épocas de expansión se observa un crecimiento urbano importante debido más a una emigración campo ciudad que a un crecimiento vegetativo; las tasas de aumento rural son superiores a las urbanas, lo que ocasiona una extensión de la producción agrícola, no una intensificación, una elevación de la rentabilidad del sector debido a la subida de los precios de los granos, una mayor disponibilidad de mano de obra y, por tanto, una disminución de su valor, una conversión de las haciendas ganaderas en cerealeras y un enfrentamiento entre hacendados y comunidades indígenas, quienes fueron asistiendo a una desestructuración de sus formas de vida. Aquí también, aunque en menor escala, llegó la influencia de la demanda de trigo de la ciudad de México, pero Guanajuato siguió ostentando un peso mayor. El ganado se trasladó a los distritos de la costa, donde se producía también arroz, sal, algodón, añil y azúcar que se vendían en el interior de la intendencia y en Guanajuato, México, Guadalajara, Zacatecas y Durango.

Puebla de los Ángeles

Puebla sufrió un estancamiento relativo a lo largo del siglo XVIII. Su población y producción no solo no aumentaron sino que se mantuvieron estacionarios e incluso en algunos momentos descendieron, debido a las epidemias; la emigración; la competencia de otras áreas más pujantes productoras de cereal como la dEl Bajío por el surtimiento del mercado de la ciudad de México; la reducción del número de obrajes ante la importación de telas extranjeras más baratas, llegadas masivamente con la apertura parcial de los puertos o la competencia de otros centros manufactureros del virreinato; la pérdida, aun con la protección concedida por el mismo José de Gálvez y el virrey Bucareli, de los mercados harineros antillanos, ocasionada por la competencia estadounidense al amparo de las concesiones del comercio de neutrales, y el enfrentamiento con la Compañía Guipuzcoana que luchaba por reducir las relaciones mercantiles Nueva España-Venezuela para así monopolizar el tráfico de la segunda; y por su situación excéntrica respecto a las zonas de producción minera, al no llegar a la intendencia ninguno de sus impulsos. Con respecto a la producción textil, se ha puntualizado que no debe exagerarse la crisis ya que a finales de siglo aún quedaban vigentes una buena parte de los obrajes poblanos, interpretando que la industria manufacturera de la ciudad de los Ángeles sustituyó sus antiguos mercados por otros nuevos, tales como los de Zacatecas, Sinaloa, Durango, Oaxaca, Guatemala, y Guadalajara (al menos este último hasta 1770).

Guadalajara

En la intendencia de Guadalajara, debido al tirón de la demanda ocasionado por el aumento poblacional, florecieron las haciendas y aumentaron los beneficios, valores e inversiones; la ganadería fue sustituida por el cereal; el consumo de carne per cápita disminuyó y aumentó el de granos; se expandieron los centros manufactureros; se vigorizaron los contactos mercantiles; las relaciones salariales aumentaron; un numeroso grupo de pequeños rancheros, muchos de ellos arrendatarios antes que minifundistas independientes, cobraron un papel importante en la producción mercantil, proveyendo mano de obra a las actividades agrícolas de las haciendas a cambio de salarios o como pago de su renta; y las comunidades indígenas se incorporaron a los circuitos comerciales internos aún manteniendo un importante grado de cohesión. Paralelamente, se observa un proceso de autonomización de la zona circundante a la ciudad de Guadalajara respecto al centro del virreinato, simbolizado en la creación del Consulado de Comerciantes en 1795. La lejanía con el puerto de Veracruz, que supuso una elevación en los costes de transporte con respecto a las importaciones competitivas, era su mejor barrera proteccionista.

En las zonas limítrofes de la intendencia, el comportamiento varió en parte, pues se puede observar una vinculación mayor con el resto de las regiones novohispanas y una menor correspondencia entre población y producción. Los Altos de Jalisco, Aguascalientes y Lagos se especializaron en la cría de ganado mular, y las regiones costeras de Tierra Caliente en la de vacuno, todas las cuales realizaron sus exportaciones después de cubrir la demanda local, que aumentó como resultado del crecimiento demográfico, pero disminuyó por la elevación del precio de la carne y la entrada masiva de los granos en la dieta a Puebla, México, Guanajuato, Oaxaca y coyunturalmente a Michoacán. Las exportaciones de vacuno permanecieron sin grandes variaciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, exceptuando el leve descenso de los años 80, mientras que las de caballar y mular decayeron profundamente a partir de 1780, para no recuperarse sino hasta 1796, con motivo del establecimiento de la feria de San Juan de los Lagos.

El ganado lanar, cuantitativamente muy inferior a los anteriores, se concentraba en los distritos altos y más fríos de la intendencia. El lago Chapala, el valle del río Santiago y las comarcas colindantes del obispado de Michoacán eran puntos terminales de la trashumancia interna del virreinato. El algodón, los tintes y el arroz eran típicas producciones de Tierra Caliente. Se desconocen los detalles de los volúmenes de la comercialización y los mercados de destino de la lana y el algodón, aunque todo parece indicar que eran consumidos en el interior de la intendencia en los obrajes de lana y algodón que al amparo de la lejanía de los centros de importación-exportación habían surgido en el área.

La gran frontera del norte

Los dilatados espacios del norte del virreinato (Gobierno de la Baja California, Intendencias de Arizpe [Sonora-Sinaloa], Durango, Zacatecas y San Luis Potosí) no se comportaron por su parte de manera uniforme. El Noroeste, con una baja densidad demográfica y de tradición minera desde la segunda mitad del siglo XVII, experimentó un notable crecimiento económico en las últimas décadas del período colonial. El desarrollo de la actividad minera, protegida por José de Gálvez fue el principal motor del crecimiento del área. Tras el descubrimiento de nuevos reales de minas, comenzaron a fundarse núcleos de población que recibieron constantes contingentes de inmigración de áreas circunvecinas. La minería, con necesidades crecientes de mano de obra barata, encontraría la necesaria en las comunidades étnicas de las zonas colindantes, bien de manera forma compulsiva, bien pacíficamente, al ser atraídos por las formas de vida de la minería después de haberse roto su campana protectora con la expulsión de los jesuitas en 1767 o por escapar de la presión demográfica interna de sus comunidades, resultado del aumento poblacional y del recorte de tierras ante la extensión de las haciendas de los nuevos colonizadores. Los canales mercantiles se ampliaron, la economía se monetizó, las antiguas misiones se desestructuraron. La sociedad se mexicanizó. Hacia 1780, la intendencia de Arizpe tenía dentro de sus fronteras treinta reales de minas, siete villas, ciento seis pueblos, treinta y cinco misiones y seis presidios. Entre finales de la década de 1770 y 1791/1795 la población de Arizpe pasó de 1.540 a 9.000 habitantes, la de Alamos de 5.000 a 9.000, y la de Rosario de 3.600 a 7.200. Culiacán en 1793 tenía 13.800 habitantes. Alrededor de los reales de minas se fue creando un cinturón de ranchos y haciendas agroganaderas que surtían de aquellos productos de gran volumen y escaso valor requeridos por la producción metalúrgica. El resto llegaba del exterior, bien de las restantes regiones de la Nueva España, bien de Europa o Asia.

En la intendencia de Durango la minería tuvo un desarrollo excepcional a fines de la época colonial. Entre los distritos mineros de primer y segundo orden que se multiplicaron por doquier destacaron Parral, Chihuahua, Yndé, Cuencamé, Batopilas, Cosiguirachi y Santa Eulalia en la jurisdicción chihuahuense, y Guarisamey y Mapimí en la de Durango. También aquí, en el área de la intendencia de Durango, en un zona de una baja densidad demográfica y de reciente colonización se fueron configurando cinturones agroganaderos alrededor de los reales de minas. Inmediatamente la zona comenzó a recibir una fuerte inmigración, se establecieron las fronteras del nuevo territorio y llegaron los burócratas. La producción agroganadera se expandió, con las consiguientes tensiones con las tribus indígenas que veían reducirse sus campos de caza y cultivo, hasta que éstas, desestructuradas, terminaron por aculturarse. Cuando el yacimiento minero se agotaba, se buscaba otro nuevo más al norte, y se repetía el ciclo.

Tras la población fue el ganado. La agricultura, en cambio, se fue concentrando, por razones geográficas obvias, en la zona sur y alrededor de los ríos; se puede observar una parcial especialización en la producción: cereales fundamentalmente en el Sur (San Bartolomé, Nombre de Dios, San Juan del Río), vino en Parral, ganado en los extremos más alejados de la intendencia ya que, por el hecho de poderse transportar a sí mismo y rebajarse los costes de transporte, tenía un radio de acción comercial más amplio por ejemplo, a los reales de minas de Santa Eulalia, en el norte de la intendencia, se enviaba el ganado del sur de Durango, Nombre de Dios, Cuencamé, Parral e incluso Zacatecas. Dos ejes comerciales básicos cruzaban el territorio: uno norte-sur camino de Tierra Adentro y otro este-oeste tramo Durango-Parras-Saltillo, uniendo la capital de la intendencia con la zona productora de vino, la zona ganadera de Coahuila y la feria de Saltillo. Del exterior le llegaban azúcar de Jalisco; textiles del centro del virreinato Querétaro, Puebla; sal de la costa del Pacífico, y ferretería, objetos de lujo, papel, azogue, vinos de calidad, etc., de manos de los comerciantes de la capital a través de una compleja red de intermediarios.

El comportamiento de la población es claro. Se dio una estabilidad demográfica, estando la población básicamente concentrada en el área Durango-Chihuahua. Entre 17791790 se produjo un retroceso en el empuje poblacional debido a la crisis agrícola de los años ochenta; y entre 17901810 se dio el fuerte crecimiento en el sur de la intendencia acompañado de una disminución en Parral. La minería era la punta de lanza que iba abriendo la colonización. Posteriormente iban siendo en parte sustituidos sus efectos multiplicadores por el crecimiento demográfico y la concentración urbana. La estructura social de la intendencia no era homogénea: misiones, reales de minas y centros de población agrícolas administrativos diferían en buena medida en su configuración. En 1810 se puede decir que Durango no era una ciudad minera. Su población se había mestizado, por lo que ya no funcionaba correctamente la división racial de los primeros momentos.

La dilatada intendencia de San Luis Potosí conformada en su mayor parte por las antiguas provincias de Coahuila o Nueva Extremadura, Nuevo Reino de León y Nuevo Santander o provincia de Tamaulipas, con una reducida densidad demográfica y sin una producción argentífera importante, se fue especializando, según sus diferentes zonas, en la cría de diversos tipos de ganado: lanar en Coahuila (hacienda de los Sánchez Navarro), mular y caballar en la hacienda de los marqueses de Aguayo, vacuno (carne y cueros) en el Nuevo reino de León, etc. La feria de Saltillo de la última semana de septiembre, ubicada entre la frontera misional-militar del septentrión y los mercados mineros y urbanos del centro, funcionaba como el epicentro de los intercambios intra e interregionales. Concentraba la producción ganadera de los espacios norteños que exportaba a los mercados del centro del virreinato y reunía toda clase de manufacturas y mercancías procedentes de las distintas intendencias o del exterior para después distribuirlas por el interior de los mercados norteños. Era un complejo comercio que en sus distintos y variados circuitos operaba al crédito y estaba controlado directa o indirectamente por las grandes firmas mercantiles de los comerciantes del Consulado de México.

El aumento demográfico del virreinato, la reforma en la línea de presidios del Septentrión y la parcial especialización geográfica en la producción virreinal fueron los impulsores de la intendencia de San Luis Potosí. Coahuila recibió una fuerte inmigración y alcanzó una tasa de crecimiento demográfico entre 1803-1810 de 14,2%. Saltillo pasó de tener 4.200 hab en 1700, a 11.000 hab en 1793 y 22.000 en 1813. La dinamización de su economía ocasionó paralelamente una hispanización de su población, al recibir la región importantes contingentes de nuevos comerciantes, llegados al calor de la rentabilidad de los negocios regionales, y de burócratas peninsulares de nuevo cuño enviados por los reformistas borbónicos. El aumento del consumo, ocasionado por el aumento poblacional, junto con la extensión de las economías de mercado, reducción de la autosuficiencia y el proceso de cerealización en las regiones centrales fueron señalando a los amplios espacios del norte y del noreste como los abastecedores de carnes, cueros, lana, sebo, y de ganado de tiro y labranza, lo que posibilitó la expansión de la frontera y el gradual sometimiento de las poblaciones indígenas hostiles. El establecimiento de la nueva línea de presidios, con el consiguiente acantonamiento de tropas ocasionó por su parte la creación de relaciones mercantiles entre la frontera norte y la feria de Saltillo. Carnes, cueros, cereales y mercancías de reexportación fueron enviadas para el surtimiento de las tropas, pagados con los fondos del situado que regularmente se enviaba.

En suma, los reales de minas y los sectores relacionados con ellos no eran los únicos consumidores de la producción del norte, centro y noreste, sino que eran una vez más el proceso de urbanización, especialización económica y mercantilización derivados del crecimiento demográfico los que fueron cobrando una importancia cada vez mayor en la vinculación del Norte con el Centro del virreinato.

Oaxaca

La intendencia de Oaxaca, con paisajes y etnias diferentes, según lo que se conoce hasta la fecha, era una realidad múltiple. Por una lado estaba la Oaxaca productora de grana situada fundamentalmente en la Mixteca Alta, donde las figuras del alcalde mayor y del comerciante de la capital, con el consiguiente repartimiento de mercancías, eran la base de las relaciones entre las comunidades indígenas y la economía de mercado. Por otra parte, estaban los valles centrales situados en aspa alrededor de la ciudad de Antequera, con una alta densidad demográfica (157 hab/km2 a finales del siglo XVIII) donde no se daba una fuerte desintegración de las comunidades indígenas, así como tampoco una sólida formación de latifundios como en el norte de México (las poblaciones de origen indígena controlaban aproximadamente los 2/3 de la producción agrícola del valle). Y por último se encontraba otra Oaxaca con una menor densidad de población, criadora de ganado caprino, ubicada fundamentalmente en la frontera con las intendencias de Puebla y México, y productora de azúcar, índigo y algodón en las partes bajas costeras. En ambas zonas existió una lucha por el control de la tierra entre las haciendas y las comunidades indígenas, ya que ambas se expandieron más allá de sus antiguos límites, en el caso de las primeras -las haciendas ganaderas- debido al aumento de la demanda general del virreinato, y en las segundas -las agrícolas- al aumento demográfico de la centuria, aunque en Oaxaca fue menor que en el resto del virreinato. En consecuencia, se produjo una mayor desestructuración de las comunidades indígenas que en la subregión central, ya que se observa una decadencia de los cacicazgos, una privatización de la tierra y subida de su valor comercial, una fragmentación y enfrentamiento entre los pueblos, un empobrecimiento de la comuna, una macehualización, una injerencia de funcionarios de la Corona en la política de las comunidades, y una mercantilización de su economía.

Al parecer, cada área tenía unas formas de producción y una estructura social definida, por lo que cualquier generalización no es válida. La Oaxaca productora de grana estaba conectada en mayor grado con la demanda internacional e interna de colorantes, por lo que su producción se ajustaba a aquéllas. Los valles centrales de la intendencia se iban transformando de acuerdo a las oscilaciones demográficas indígenas y al aumento de la demanda urbana de la ciudad de Antequera. La Oaxaca ganadera y azucarera estaba más directamente vinculada a las transformaciones de los mercados intra e interregionales novohispanos, por lo que reproducía en líneas generales los ciclos de aquéllos. Cada una de las subregiones mencionadas respondía, por tanto, a una coyuntura parcialmente diferente.

Veracruz

En la intendencia de Veracruz el aumento de las actividades portuarias durante la segunda mitad del siglo XVIII, con la consiguiente vigorización del tráfico interno, la localización del monopolio de la producción de tabaco Real Fábrica de Tabacos de Orizaba, la nueva situación en el mercado azucarero antillano creado por el bloqueo/desbloqueo atlántico impuesto por los británicos, y el casi continuo acantonamiento de tropas en Orizaba, Córdoba y Jalapa, ocasionaron importantes efectos multiplicadores en el área. La zona costera central (Tlalixcoyan, Tuxtla y Tlacotalpan) se especializó en el cultivo de algodón, azúcar, arroz, productos tropicales y recolección de sal, que comercializaba en el interior de la Nueva España o bien en los mercados antillanos, pues se favorecía de su proximidad con el puerto de Veracruz. Los extremos, el norte (Tampico, Antigua) y el sur (Acayucan) se concentraron en la cría de ganado vacuno. Los espacios intermedios (Jalapa y Cosamaloapan) en la producción de caña de azúcar. En Orizaba, donde se concentraba el monopolio de la producción de tabaco, se erigieron numerosas destilerías, al punto de que se llegó a controlar el mercado regional de aguardiente de caña, y se incrementaron las actividades artesanales y manufactureras. Córdoba se convirtió en almacén de productos agrícolas, además de lo cual reunió numerosos ingenios y trapiches. Jalapa decayó al quedar alejada de las nuevas rutas que pasaban por Córdoba-Orizaba. Maíz se producía a lo largo y ancho de toda la intendencia. El comercio de harinas de trigo, procedentes del interior y, más específicamente, de El Bajío o Puebla, ascendió considerablemente ante las nuevas necesidades de la población de origen occidental o mestiza.

Yucatán

En Yucatán, el crecimiento de la población y de la densidad demográfica a partir de mediados de siglo y el aumento de la población urbana de Mérida ocasionaron, fundamentalmente en el hinterland de los centros urbanos más importantes, una ampliación de los mercados, una transformación del tributo en especie en moneda y una intensificación del proceso de monetización de la economía en su conjunto. En consecuencia, hubo una reconversión de las antiguas estancias en haciendas, que aumentaron su tamaño, producción y valor en función de su mayor rentabilidad, y se produjo una vigorización de la lucha por la tierra entre hacendados e indígenas, con la consiguiente acentuación de los procesos de la migración interna y la desestructuración de las comunidades. Como consecuencia de la agilización y la rebaja impositiva comercial, la Real Cédula de 5 de julio de 1770 otorgó a Yucatán el régimen de “comercio libre”, la de 13 de abril de 1774 liberó de impuestos las exportaciones de palo campeche, el Decreto de 5 de agosto de 1784 concedió la libertad de derechos a las exportaciones y las condiciones coyunturales del mercado antillano cierre del tráfico atlántico a partir de 1797 y hasta 1804. Todo esto hizo que los flujos comerciales aumentaran sensiblemente entre la península del Yucatán a través del puerto de Campeche y las plazas mercantiles de Veracruz, Tabasco, La Habana, Florida y Nueva Orleáns, desabastecidas como resultado de la guerra. Campeche importaba toda clase de manufacturas, harinas y azúcar de Veracruz; palo de tinte y cacao, para ser posteriormente reexportado, de Tabasco; azúcar, canela y cueros de Cuba; brea y tablas para el astillero de Campeche de Nueva Orleáns. Exportaba palo de tinte, sal, arroz, henequén todavía en escaso volumen cueros y cacao a Veracruz; maíz y artículos de lujo (reexportados) a Tabasco; pescado, sal, maíz, arroz y palo de tinte a la Habana; henequén, sal, arroz y palo campeche a Nueva Orleans.

Como resultado de ambos procesos el aumento de población y de los flujos comerciales externos se realizaría una parcial especialización geográfica productiva: azúcar y arroz en Campeche; ganadería y cereales en los departamentos de Camino Real Bajo, La costa, Beneficios Altos y Bajos; algodón en Valladolid; y ganadería extensiva en el Petén. El maíz era general para todas las áreas.

El final de una época

El crecimiento económico en el México dieciochesco no fue ni general ni continuo. Hacia el norte y el occidente, más pujantes y dinámicos, vivían las comunidades étnicas originarias y los “mestizos” procedentes del centro y del sur, donde la densidad demográfica era más alta. La Nueva España de fines del XVIII y comienzos del XIX, cada vez más colonial, con sus riquezas más succionadas, y con muchas contradicciones internas, era un caldo de cultivo inmejorable para levantamientos populares y sentimientos separatistas. En 1808 se combinaron ambos factores para dar paso al movimiento de independencia. La política colonialista del reformismo borbónico se enfrentó a los ánimos autonomistas. Unos querían aprovecharse de la realidad colonial que la historia les había brindado en beneficio de la metrópoli, argumentos que arropaban en planteamientos humanitarios ilustrados. Otros pretendían conservar y dirigir, bajo la protección y figura justificativa de la Corona, un territorio que consideraban como propio por haber sido ganado por sus mayores. Cada región luchó de forma distinta por una sociedad diferente. Aún hoy día, el destino y la realidad de México están constituidas por esta realidad múltiple.

Temas relacionados

Cultura azteca: historia.

Bibliografía

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P. Pérez Herrero (Universidad Complutense de Madrid)

MÉXICO: HISTORIA, ÉPOCA COLONIAL

Fuente: Britannica

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