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Definición de México: Literatura

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 Literatura de México

De los orígenes al siglo XVII

El 13 de agosto de 1521 la ciudad de Tenochtitlan caía en manos de los conquistadores españoles, capitaneados por Hernán Cortés. Inmediatamente después de que las noticias sobre este hecho llegaran a la Metrópoli se inició un flujo migratorio de evangelizadores cuyo objeto era convertir al catolicismo a la población local. Necesitaban para ello crear una disposición favorable entre los nativos para que adquirieran los nuevos valores llegados de ultramar. El primer paso que dieron fue el de conocer las costumbres y tradiciones, la historia y, por supuesto, la lengua de los diferentes pueblos que habitaban las tierras incorporadas a la Corona de España. Fueron los misioneros quienes recibieron el encargo de cumplir con una triple tarea: compilar información a través de la investigación sobre el terreno, convertir y enseñar. Se sentaban así las bases para la institucionalización de colegios en la Nueva España que, sin estar necesariamente circunscritos a los templos, no dejaban de tener, en general, una casi paredada cercanía con ellos.

El franciscano Pedro de Gante (1479-1572), uno de los primeros misioneros que llegó a América (en 1523, junto a Juan de Tecto y Juan de Ayora), familiar del emperador Carlos V, fundó la escuela de San Francisco de México, dirigida por él mismo durante medio siglo y en la que se impartían materias básicas y enseñanzas de oficios fundamentales. También fundó un hospital, en el que se impartieron por primera vez clases de medicina en América. Uno de los principales problemas con el que aquellos evangelizadores se toparon fue la gran variedad de lenguas existentes y las enormes diferencias que había entre ellas. Según cuentan algunas crónicas y no pocas leyendas estos tres frailes supieron de la existencia de un niño, hijo de una viuda española residente en las nuevas tierras, que por relación con otros infantes nativos llegó a conocer ampliamente el idioma que practicaban. De él, llamado Alonso de Molina (muerto en 1585 y cuyo Vocabulario castellano-mexicano se imprimió en 1555), que con los años tomó los hábitos de la Orden de San Francisco, se sirvieron los religiosos para sus predicaciones y, ya de paso, para la primeriza asimilación de los idiomas y dialectos practicados en la zona. Comenzaba, de esta forma, una amplia labor que, con más ahínco que método, continuaron personas como Andrés de Olmos (que llegó al territorio conquistado en 1524), tenido por el primer filólogo de las lenguas mexicana, totonaca y huasteca; Maturino Gilberti (llegado en 1542); los nativos Juan Bautista de Lagunas y Antonio del Rincón; el dominico Francisco de Cepeda (1532-1602), que estudió los idiomas chinanteco, chiapaneco, zoque y tzendal; Juan de Córdoba (1503-1595), que centró sus estudios en el zapoteca; o Antonio de los Reyes y Francisco de Alvarado, cuyos trabajos se centraron en el mixteca, entre otros.

Juan de Zumárraga, obispo de México, fue más allá de los objetivos que De Gante se propuso con la escuela franciscana, abriendo en 1536 las puertas del colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, donde pasados los años los maestros nativos enseñaron a los españoles diferentes lenguas de México y en el que profesores cualificados con procedencias dispares (los españoles Andrés de Olmos y Bernardino de Sahagún o los franceses Juan Focher y Arnaldo de Basacio son algunos de ellos) enseñaban materias como gramática latina, música o retórica. El virrey Antonio de Mendoza fundó, años después, el Colegio de San Juan de Letrán, destinado a alumnos mestizos. Los agustinos se ocuparon de la educación de los criollos en centros como el de Tiripitío (1540) o el Colegio de San Pablo (1575). Por su parte, los jesuitas, que arribaron a América en 1572, llevaban consigo, entre otras, la misión de educar a los futuros miembros de las clases dirigentes. Una año después de su llegada la Compañía de Jesús instituía el Colegio de San Pedro y San Pablo y posteriormente, entre 1575 y 1576, los seminarios de San Miguel y San Bernardo (que se unieron en uno sólo llamado de San Ildefonso, en 1583) y el de San Gregorio.

Cronistas de Indias

La aventura de la conquista fue un campo fértil para la narrativa y los sucesos acaecidos en tierras mexicanas estimularon, en particular, la proliferación feraz de crónicas sobre el Nuevo Mundo. Los narradores (aunque muchas de cuyas obras hayan sido por largo tiempo olvidadas o denostadas) daban a conocer aquellos acontecimientos, tan épicos como polémicos, una vez filtrados por el tamiz de las circunstancia en las que fueron contados, por la situación del cronista y por el estilo personal y el talento de cada uno de ellos. La historia alcanzó en el siglo XVI un desarrollo superlativo con momentos de verdadero esplendor literario.

A grandes rasgos se distinguían cuatro grupos o tipos de cronistas de indias: los peninsulares que nunca pisaron aquellas tierras; los testimoniales, conquistadores y soldados en su mayoría que cambiaron la espada por la pluma; los historiadores religiosos; y los historiadores nativos.

Al primer grupo pertenecen, como figuras significativas, Pedro Mártir de Anglería y Francisco López de Gomara y, en menor medida cualitativa, Antonio de Herrera y Antonio de Solís.

Pedro Mártir de Anglería (Anghiera, ducado de Milán, 1457-Granada, 1526) llegó a España en 1487 y fue nombrado cronista de Indias en 1510. En los documentos de este humanista se pueden encontrar algunas contradicciones, seguramente achacables a los textos de los navegantes y conquistadores que usaba como referentes y al hecho de que tales manuscritos no estuvieran destinados a ver luz pública, por lo que quedaban salpicados de cierto descuido que no parecía importar a los destinatarios de tales crónicas, en especial a la clase dirigente que veía en ellas informaciones de interés para misiones futuras en las tierras recién incorporadas a la corona. Suya es De Orbe Novo, cuyas ocho décadas (o libros) se publicaron completas por primera vez en 1530, un lustro después de su fallecimiento.

Francisco López de Gomara (1511-1566?) hizo uso de las Cartas de Relación de Hernán Cortes (en cuya casa prestó servicio como capellán tras haber ejercido la cátedra de retórica en la Universidad de Alcalá de Henares y haberse después ordenado sacerdote) y de otros conquistadores, así como de las noticias que le acercaron navegantes llegados de los territorios conquistados para escribir su Historia General de las Indias (publicada en 1552), dividida en dos partes de las cuales la segunda hace referencia exclusivamente a la conquista de México. El cronista ensalzó desmesurada y tal vez obedientemente la figura heroica de Cortés, si bien también reflejó parte de sus yerros en una balanza en patente desequilibrio. Por tal motivo, y por olvidarse de los soldados que acompañaron al conquistador, sufrió el embate censor de Bernal Díaz del Castillo (1492-1584), uno de esos soldados de los que Gomara no quiso acordarse y autor de La verdadera historia de la conquista de la Nueva España (concluida en 1568 ó 1576). La obra de Gomara fue prohibida poco después de su puesta en circulación y permaneció olvidada hasta el siglo XVIII.

También pertenecieron a este primer grupo de cronistas cuyos pies nunca pisaron el Nuevo Continente Antonio de Herrera y Tordesillas (1549-1625), que escribió Décadas o Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del Mar Océano (1601) y su discípulo Antonio de Solís (1610-1686), que dejó escritos sobre la conquista de México con tan buen criterio literario como malo histórico.

Al segundo grupo, formado en buena parte por soldados de la Conquista que cambiaron o compatibilizaron la espada con el tintero, pertenecen el propio Hernán Cortés (1485-1547) autor de las cinco Cartas de relación sobre el descubrimiento y conquista de la Nueva España, escritas entre 1519 y 1526 y destinadas a Carlos V; Bernal Díaz del Castillo (nacido en 1492 y cuya fecha de fallecimiento se desconoce) que dejó como parte de su legado la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, finalizada en su redacción allá por 1568, y que constituye un precioso documento histórico escrito por un viejo soldado curtido en numerosas batallas y en el que se cuentan, con un estilo tan natural como rudo, numerosos pasajes olvidados de aquellas empresas; Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), quien escribió Historia general y natural de las Indias una vez fue nombrado cronista en el declinar de su vida como militar. La primera parte de esta obra se publicó por primera vez en 1535 en Sevilla, aunque la segunda, la que atañe a México, no la vio el autor editada en vida, probablemente por la intercesión de su rival Bartolomé de las Casas.

A los tres citados hay que añadir los nombres de Juan Suárez de Peralta (nacido entre 1535 y 1540), quien no habría tenido cabida en grupo alguno de cronistas si no fuera por que el historiador español Justo Zaragoza encontró en Toledo un manuscrito firmado por este autor y llamado Noticias históricas de la Nueva España. La obra fue publicada en 1878 y está narrada con el estilo sencillo propio del hijo de uno de los primeros pobladores de aquellos territorios (su progenitor fue, según muchos, Juan Suárez, hermano de doña Catalina, primera esposa de Hernán Cortés), que ocupó más tiempo en disfrutar de la vida disipada que del estudio y entre cuyas aficiones figuraban más los caballos y los fastos de la clase alta que la gramática. Aún así, esta obra constituye un hecho singular, puesto que utiliza la lengua y los giros propios de los criollos del siglo XVI, dando fe de lo que fue aquella sociedad incipiente por otros ignorada; Baltasar de Obregón (nacido en 1544), autor de la Historia de los descubrimientos antiguos y modernos de la Nueva España y considerado como el primer historiógrafo de nacionalidad mexicana; o Francisco de Terrazas, conocido más como poeta y de quien se dice fue el “Conquistador anónimo” que escribió la Relación de un Gentilhombre de Hernán Cortés.

En el tercer grupo de cronistas se concentran los historiadores religiosos, de los cuáles, sin duda, el más afamado fue Bartolomé de las Casas (1474-1566), en parte por la defensa que hizo de la causa de la libertad de los indios. Llegó a los nuevos territorios en 1502, abrazando el sacerdocio en 1510 y ordenándose dominico en 1523. A él se deben tres obras fundamentales: Historia de la Indias (impresa en 1875), que abarca desde la llegada de Cristóbal Colón hasta 1520; Historia apologética (Publicada en 1909); y la Breve relación de la destrucción de las indias, impresa en 1552 en Sevilla y que el fraile había destinado a Carlos V.

En esta relación entran también Toribio de Benavente, Francisco Cervantes de Salazar, Bernardino de Sahagún, Diego Durán, Jerónimo de Mendieta, José de Acosta o Juan de Torquemada.

Toribio de Benavente (fallecido en 1568), más conocido como “Motolinia”, cuyo verdadero nombre era Toribio Paredes antes de ordenarse franciscano, llegó a Nueva España en 1524, concretamente a Veracruz, desde donde emprendió viaje a pie rumbo a la ciudad de México junto a otros sacerdotes. Cuentan que a su paso por Tlaxcala, los nativos que vieron a los frailes descalzos y desarrapados les gritaban ¡Motolinia!, un término que en lengua local viene a traducirse como “pobre”. Al ser el primer vocablo que oyó en esta lengua, Toribio de Benavente lo adoptó como nombre. Hombre de extrema austeridad y predicador incansable, Motolinia vivió muy de cerca los sucesos de 1525, cuando Hernán Cortés, de expedición en Las Hibueras, dejó el mando de la Audiencia en manos codiciosas. Fue acusado de conspiración al enfrentarse al nuevo poder en defensa de indios y caciques. Además de guardián Tlaxcala y Texcoco, el franciscano participó en la fundación de Puebla, al tiempo que desarrolló una actividad literaria cuya máxima expresión llegó con la redacción de su Historia de los indios de la Nueva España, publicada por primera vez -incompleta- en inglés en 1848 y en castellano en 1914. Comenzó a escribirla allá por 1536 y consta de tres partes, la primera dedicada a los ritos aztecas, a su conversión al cristianismo la segunda y al carácter de nación, descripción de ciudades, astronomía y cronología la tercera. Es una obra amena y elocuente en sus descripciones, aunque no está exenta de cierta incoherencia, al uso de los cronistas del XVI. Pero en cuanto al conocimiento de la civilización azteca es un texto de primerísimo orden. Esta es, de su producción, la única que puede constatarse como obra literaria, puesto que el resto de sus escritos son cartas, como la escrita al emperador Carlos V, aunque se sabe por los historiadores que otros títulos, hoy desaparecidos, fueron por el firmados, como, entre otros, Guerra de los indios de la Nueva España.

Francisco Cervantes de Salazar (1513 ó 1514-1575) llegó a México en 1551 tras haber estudiado humanidades en Salamanca, ser catedrático de Retórica en Osuna y afamado latinista. Aparece ya como cronista de la ciudad de México en 1559, después ordenarse sacerdote años antes, aunque parece ser que lo hizo más por circunstancias que por fe verdadera. Llegó a ser rector de la Universidad de México a partir de 1567, tras licenciarse en artes, alcanzar el bachiller en cánones y ejercer la cátedra de retórica. Su obra Crónica de Nueva España estuvo por largos años desaparecida, hasta que fue descubierta en categoría de anónimo en la Biblioteca Nacional de Madrid ya en el siglo XX. No fue publicada completa en castellano hasta 1936. Consta esta obra de seis libros, los dos primeros dedicados al descubrimiento de la Nueva España y los cuatro restantes a la Conquista. Usó Cervantes de Salazar como fuentes las Cartas de Hernán Cortés, la obra de López de Gomara, los Memoriales de “Motolinía”, las memorias de los capitanes De Ojeda y De Tapia y la voz de numerosos testigos de aquellos hechos que fue conociendo en el cuarto de siglo que duró su labor de cronista de la ciudad de México. La obra es considerada como fundamental por su importante calidad literaria y su estilo fluido y conciso. También escribió Cervantes de Salazar Diálogos y Túmulo imperial. Diálogos es considerada como la única obra en prosa amena de ese período, aunque tenía un carácter académico, estaba escrita en latín y la autoría que se le establece a Cervantes de Salazar es la aportación de siete capítulos que añadió de mano propia a los Diálogos de Luis Vives, no sin fortuna literaria, ya que su calidad no ofrece género de dudas.

Bernardino de Sahagún (nacido en los últimos años del siglo XV y muerto en 1590), llamado Bernardino de Ribeira antes de tomar los hábitos franciscanos, llegó a Nueva España en 1529. Se consagró al estudio de la lengua mexicana, que terminó por dominar a la perfección. Pasó largos años en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, concretamente entre 1536 y 1540, primero, y entre 1570 y su fallecimiento en 1590, después. Allí desarrolló buena parte de su inmensa actividad literaria, que en total duró medio siglo y que ocupó materias de orden religioso, histórico y filológico. Pero es la Historia general de las cosas de Nueva España su obra más notable. El primer manuscrito lo produjo en Tepeapulco, a partir de 1557, escuchando las historias que le contaban indios ancianos. El segundo fue escrito en Santiago de Tlatelolco desde 1560, como ampliación y corrección del primero, hasta que vio la luz el tercero, finalizado en México en 1569, y que quedó dividido en doce libros. Si bien el cuarto y definitivo -el primer texto de crónicas que se escribía en dos columnas, una en mexicano y otra en castellano- no fue concluido hasta 1575. Aún así, la obra permaneció olvidada por dos siglos y en ese período fue puesta en duda, perdida y aparecida varias veces. Una versión en cinco volúmenes fue publicada en México en 1938 y otra más, en cuatro, se editó también en México, en 1956. También de la mano y del ingenio de Sahagún salieron textos como Arte de la lengua mexicana, Vocabulario trilingüe: en castellano, latín y mexicano, o Libro de la venida de los primeros padres y las pláticas que tuvieron con los sacerdotes de los ídolos, entre muchos otros.

Diego Durán (nacido probablemente no mucho antes de 1538 y fallecido en 1588), es el autor de Historia de la Indias de Nueva España e islas de tierra firme (finalizada en su escritura en 1581 y no publicada hasta 1880), una obra que fue denostada en su tiempo y que estaba dividida en tres partes, a imagen de la Historia de los indios de la Nueva España de Toribio de Benavente, partes que comprenden respectivamente la historia de México hasta la conquista, ritos, tradiciones y divinidades mexicanas y, por último, el calendario mexicano. Tomó como base para su escritura el llamado Códice Ramírez (un compendio histórico escrito en mexicano por un indio de aquel país y así llamado por haber sido encontrado por el historiador del siglo XIX José Fernando Ramírez) siendo interesante en el fondo que en la forma, ruda y primitiva esta (acaso por no haber sido corregida), con la que escribió el fraile dominico. Destaca el tratamiento del carácter del indio, expresado con gran naturalidad.

Jerónimo de Mendieta (1525-1604), franciscano, llegó a Nueva España en 1554 y estudió Artes y Teología además de la lengua mexicana, que llegó a dominar con singular soltura. Tras andarse buenos kilómetros por aquellas tierras regresó a España en 1570 manteniendo correspondencia informativa con el inquisidor Juan de Ovando, para poner pie otra vez en el Nuevo Continente en 1573 con el encargo de escribir sobre el proceso de evangelización de los nativos, a quienes defendió a veces con tal vehemencia que olvidó cualquier virtud de los españoles. Las citadas Cartas, que fueron publicadas en 1886, figuran como una de sus dos obras, siendo la otra la Historia eclesiástica indiana, ignorada y no publicada hasta 1870 y dividida en cincos libros, algunas de cuyas partes se inspiraron en una desconocida obra de Andrés de Olmos así como en textos de “Motolinia”. En ciertas fases del libro el autor hace hincapié en la defensa de los indios frente a las vejaciones de los colonos dominantes, dando muestras de una gran libertad de pensamiento envuelta en lenguaje sencillo de agradable lectura, y no sin buenas dosis de originalidad

El jesuita José de Acosta (1539-1600) llegó a México en 1586 tras haber residido largo tiempo en Perú. Regresó de nuevo a España y allí, concretamente en Sevilla, le imprimieron en 1590 su Historia natural y moral de las indias, que gozó de gran éxito, algo extraño en aquella época. Fue traducida a varias lenguas. Consta esta obra, sobria y elegante, de siete libros divididos en capítulos breves pero exactos. Los cuatro primeros están dedicados a la historia natural de las indias y a la historia moral los tres restantes (idolatría, sociedad y política de incas y mexicanos). Hubo quien le acusó de plagiar a Diego Durán y si bien ha quedado demostrado que no fue así (e incluso hay quien dice que no llegó siquiera a tener conocimiento de la obra de aquel), cierto es que se anduvo sin reparos al no citar una fuente cuyo hallazgo se demostró fundamental para su obra y que no es otra que el Códice Ramírez del cronista indio anónimo.

Por su parte, Juan de Torquemada (1563 ó 1561-1624) permaneció prácticamente toda su vida en México, adonde llegó siendo niño. Poco se sabe de la vida de este franciscano que vio publicada en vida su obra (Monarquía indiana, acabada en 1612 y publicada en 1615) siendo de los pocos que tal honor recibieron. Curioso hecho este puesto que su libro consta como un compendio de textos que van desde la utilización reestructurada de los escritos de “Motolinia” al plagio directo de la Historia eclesiástica de Mendieta, así como de otros documentos hoy desconocidos.

El cuarto grupo de cronistas lo integran los historiadores indios, cuyas credenciales cualitativas se centran básicamente en la descripción psicológica profunda de la población local, verdaderos testimonios de primera mano del pensar y sentir indígena. Integran este rol Hernando de Alvarado Tezozomoc y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, además de algunos autores anónimos que dejaron un importante legado como es el caso del Códice Ramírez.

Hernando de Alvarado Tezozomoc, autor de la Crónica mexicana, nació probablemente alrededor de 1520. En la citada obra, que fue publicada en 1848, se narra de forma poco sutil la historia de los mexicanos hasta la llegada de Cortés. Esa falta de estilo es debida, según algunos estudiosos, a la dificultad que el redactor tuvo al trasladar al castellano sus pensamientos en lengua náhuatl. La obra de este historiador, de cuya vida se sabe apenas que fue hijo del penúltimo rey azteca Cuitláhuac, no está exenta de cierto temor por no parecer un buen cristiano (se convirtió a la fe de los conquistadores), lo que se hace patente en algunos pasajes en los que carga contra sus ancestros de forma desmesurada y fuera de contexto o razón. Tal vez el mayor logro radica en la sencillez con la que cuenta historias de mitos y héroes, tradiciones aztecas cosmogónicas de origen prodigioso y mágico y que estaban ligadas a la tradición oral.

Al igual que Hernando de Alvarado, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1568-1648) describió con natural sencillez los mitos de sus ancestros, pero en vez de ser estos aztecas lo eran texcucanos. Además de las Relaciones, escritas en mexicano sobre toltecas, chichimecas y otras cuestiones afines, de Alva destacó por la composición de su Historia chichimeca, desde los albores míticos hasta la llegada de Cortés a la Ciudad de México, momento en el que la obra se corta bruscamente, por lo que se considera perdido su final. El estilo de este autor, inconexo y embarullado, sobrevive gracias a las fuentes que utilizó para el relato: viejos cantares, jeroglíficos, anónimos, ilustraciones de códices e historias contadas por viejos indios.

El erudito del siglo XIX José Fernando Ramírez localizó en 1856 un valioso manuscrito entre los restos del convento de San Francisco de México, destruido por un incendio. Llamado por él El anónimo y rebautizado después como Códice Ramírez en honor a su descubridor, el texto incluye un pergamino, una relación del origen de los indios de Nueva España y tres fragmentos de otras obras sobre Moztezuma, la Conquista y sobre hechos dispares no conectados con estas materias. Al parecer, su autor era un indio convertido al cristianismo que lo escribió a mediados del siglo XVI en lengua materna basándose, según cuentan, en los jeroglíficos tradicionales de los antiguos nativos, para traducir después al castellano aquellas páginas, que sirvieron de referencia -e incluso en algunos casos como original de una copia por otros firmada como propia- para las crónicas de Durán, Acosta o Tezozomoc. Pero no es éste el único anónimo atribuido a amanuenses indígenas del siglo XVI, como consta en un volumen titulado Colección de cantares mexicanos (editado en 1904) que reúne diferentes relatos sobre acontecimientos históricos, así como otros con pinturas narrativas sobre hechos de la Conquista y anteriores (Mexicanus, Azcatitlán o Aubin), el Códice Fiorentino o las crónicas que aparecen en los Anales históricos de la nación mexicana, de ignoto autor de la zona de Tlatelolco. También figura en este contexto el Libro de los coloquios, escrito en náhuatl (descubierto en 1924 y cuya recopilación consta que fue llevada a cabo por Bernardino de Sahagún), además de otros de menor valía literaria e histórica.

Poesía en el Siglo XVI

El Manual de adultos, obra impresa en 1540, incluye los que pasan por ser, aunque con dudas, los primeros versos relevantes aparecidos “entre tapas” en México, escritos, eso sí, en latín. Se le atribuyen a un tal Cristóbal Cabrera, natural de Burgos (España) que llegó a la Nueva España de joven y del que existe constancia ocupó cargo clerical en 1535. Anteriormente ya habían corrido en aquellas tierras composiciones en verso ideadas, especialmente en forma de poesía popular -a menudo anónima-, ya en forma de villancico (el auto Adán y Eva, escrito en mexicano, fue representado en 1538), ya en la de sátira. Bernal Díaz del Castillo, entre otros, da cuenta de algunas de estas muestras en su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España, en la que aparecen nombres como el de Alonso Hernández de Puertocarrero. También Fernández de Oviedo hace referencia a esos incipientes romances, que en algunos casos eran dedicados al propio Cortés en forma de coplillas irónicas. Pero lejos de estas construcciones menores y de algunas notas aisladas sobre el origen de la “poesía mexicana”, el siglo XVI dio numerosas muestras germinales que, con mayor, menor o ninguna fortuna, conformarían la identidad lírica local, con un número considerable de versificadores de talento que se dejaron notar especialmente en la segunda mitad de la centuria y más en la primera mitad del siglo XVII. No hay que olvidar que la incipiente clase alta criolla gozaba ya entonces de acceso a centros de formación notables y de cierto arraigo. Así como también es reseñable la presencia en esas tierras de poetas españoles cuya sola presencia pudo alentar la inspiración de los locales vates. Tal vez de entre ellos Juan de la Cueva y Eugenio de Salazar fueron quienes mayor huella dejaron, el primero por la calidad de sus obras, que fueron muy apreciadas en ambientes poco acostumbrados a noticias de la Metrópoli, y el segundo por el mayor tiempo que se le atribuye de estancia en Nueva España ocupando cargos administrativos y ocupaciones universitarias. También Gutierre de Cetina pasó unos años en México, aunque su influencia fue evidentemente menor.

Nacido en España, Bernardo de Balbuena (1568-1627), llegado a Nueva España a temprana edad es, por su obra La grandeza mexicana (impresa en 1604), el primer poeta notorio de obra compuesta en tierra mexicana. Se trata ésta de una composición versificada que describe la sociedad, el ambiente político y los usos de la Ciudad de México a finales del siglo XVI. Usos y costumbres, eso sí, tamizados por tal visión idílica que parecen propios más de su inspiración ciega y barroca que de la realidad del momento y el lugar.

Sin embargo, se considera que el primer poeta mexicano no fue otro que Francisco de Terrazas, muerto a finales del siglo XVI o principios del XVII, hijo del conquistador homónimo que llegó a ser alcalde de la Ciudad de México. Lo curioso de su obra es que, al parecer, nunca fue impresa, pero sí alabada incluso por Miguel de Cervantes, que en La Galatea (escrita en 1583) loa las virtudes de “tan conocido” poeta. Seguramente fuera discípulo de Gutierre de Cetina, tal como se conjetura leyendo los sonetos atribuidos a De Terrazas que aparecen en el cancionero compilatorio Flores de varia poesía (1577). También aparecen fragmentos de sus composiciones en la Sumaria relación de Baltasar de Dorantes de Carranza. Otras obras a él atribuidas son Tratado de Mar y Tierra y Nuevo Mundo y Conquista, ambos cantos épicos muy al estilo de los que se hacían en aquella época por otros autores que no pasaban de la mediocridad y que tampoco son considerados como “poetas” en sentido escrito. Es el caso de Gaspar de Villagrá, que compuso Historia de la Nueva México (impresa en 1610) o de Antonio de Saavedra Guzmán, que escribió El peregrino indiano (obra editada en 1599) sobre las andanzas de Cortés en esas tierras.

Prosa y teatro

En cuanto a la prosa de entretenimiento poco hay que decir: la novela fue inexistente en un tiempo en el que “no convenía” que la población indígena se diera a tales lecturas tan, por otra parte, agradecidas y de moda en la Metrópoli. Fue prohibido, incluso, que esos libros fueran llevados al Nuevo Mundo, y si llegaron a él no fue más que por empeño de unos pocos que incumplieron lo estipulado en una cédula fechada en 1531 que penaba tal “delito”.

Las primeras representaciones teatrales que se celebraron en México tenían carácter exclusivamente religioso, estaban dirigidas a los indios -quienes eran también los actores- con fines evangelizadores, eran compuestas por frailes y, normalmente, se traducían a la lengua del público. Formaban parte de las numerosas fiestas religiosas que llevaban a cabo, como la del día del Corpus de 1538, que pasa por ser la primera magna celebración que incluyó este tipo de actividades escenificadas. También la representación en lengua mexicana del auto de Adán y Eva fue de notoria importancia, como señaló Motolinia en sus escritos. Poco valor literario tenían estas feraces propuestas teatrales escritas al uso de los autos sacramentales españoles y pocas son las que sobrevivieron al tiempo, teniéndose hoy por ejemplos más notables el auto del Juicio Final del misionero Andrés de Olmos, los anónimos Adoración de los Reyes, Destrucción de Jerusalén y Triunfo de los Santos, la Comedia de los Reyes de Agustín de la Fuente (escrita a principios del siglo XVII) y, sobre todo, el Desposorio espiritual entre el Pastor Pedro y la Iglesia Mexicana, de Juan Pérez Ramírez, un presbítero nacido en 1544 que introdujo notas de calidad argumental así como otras de ingenio en la incorporación de personajes, todo ello sazonado con un tímido estilo de versificador fácil.

Hubo que esperar a 1610 para que Fernando Vello de Bustamante, un fraile agustino, sacara a título póstumo el libreto del presbítero Fernán González de Eslava titulado Coloquios espirituales y sacramentales y poesías sagradas, considerada esta como la primera composición teatral mexicana de importante inspiración dramática. Probablemente naciera en Sevilla (España) el autor de los dieciséis Coloquios, cada uno en un acto (excepto dos), todos en verso acertado (salvo los dos anteriores, que intercalan prosa), escritos antes de 1600 y cuyos asuntos giran en torno a lo moral y religioso, aunque también hay pasajes históricos y notas de circunstancia. Difieren de los autos sacramentales en la frescura y las dosis de humorismo con los que se adornaban asuntos profundos, que quedaban así desprovistos del carácter extremadamente hierático alcanzado por las representaciones teatrales anteriores. El lenguaje utilizado ofrece una amplia gama de términos pertenecientes al habla criolla de la época.

No hay que olvidar, en este capítulo teatral, la figura de Juan Ruiz de Alarcón, nacido y educado en México aunque la mayor parte de su vida la pasó en España, en donde también desarrolló su carrera literaria como dramaturgo. Efectivamente, Ruiz de Alarcón llegó al mundo en ciudad de México (en Real de Minas de Tasco, según algunos) en fecha desconocida, a pesar de que muchos sostienen que fue antes de 1581. Pertenecía a familia de alto linaje por parte de padre y madre aunque económicamente venida a menos. Estudió artes en la Universidad de México inclinándose pronto por las letras. Llegó a España en 1600, estudió leyes y ejerció la abogacía hasta que regresó a México en 1608, para pasar de nuevo a España en 1613, momento en el que comienza su producción literaria, que continuaría hasta su muerte a pesar de las chanzas que sufrió por los estandartes del Siglo de Oro español, Quevedo, Góngora y Lope de Vega entre ellos, en parte debidas a su deformidad física. Escribió cerca de 35 obras de todo género (comedia, drama, heroicas, de enredo…) entre las que destacan El semejante a sí mismo, El desdichado en fingir, La verdad sospechosa, El examen de maridos, No hay mal que por bien no venga, El Anticristo, Quien mal anda, mal acaba, La culpa busca la pena, y el agravio, la venganza, La amistad castigada o Los empeños de un engaño. En sus textos, proporcionados y grandemente construidos, el dramaturgo da muestras de su estilo sencillo, sobrio y equilibrado.

Los siglos XVII y XVIII

No fue el cambio de siglo lo que marcó el tránsito literario hacia nuevas formas de expresión artística. A comienzos del XVII las figuras literarias eran las mismas que dejaron escritas páginas a finales del XVI. En la primera década pasaron algún tiempo por Nueva España escritores españoles que dejaron alguna huella perdurable. Es el caso de Diego Belmonte Bermúdez, Mateo Alemán o Diego Mexía. Por entonces, el panorama literario era bastante plano, propio de un territorio preocupado más por abrirse paso en aspectos materiales que en inspiraciones poéticas. La Colonia estaba estancada culturalmente, entre otras cosas por la celosa censura con que eran revisados los libros que llegaban desde la Metrópoli, de la misma manera que imprimir en México era tarea restringida a los muchos textos escritos por sacerdotes y religiosos. Sólo las clases altas se libraban de esta lacra. Y fue el culteranismo el estilo que se impuso en diferentes ámbitos literarios, incluso cuando en España había sido ya rebasado por las nuevas corrientes renovadoras. De la poesía a la historia pasando por la literatura religiosa, el gongorismo se implantó llegando en ocasiones a grados esperpénticos. Baste citar el título de la obra escrita a finales del siglo XVII por el bachiller Pedro Muñoz Camargo para darse cuenta del nivel de disparate que contaminó las letras mexicanas de aquella época: Exaltación magnífica de la Betlemítica rosa de la mejor americana jericó, y acción gratulatoria por su plausible plantación dichosa, nuevamente erigida en religión sagrada por la Santidad del Señor Inocencio XI que celebró en esta nobilísima Ciudad de México el venerable Deán y cabildo de esta Santa Iglesia Metropolitana y sacratísimas religiones. Ahí es nada.

La poesía seguía fielmente los dictados de la moda gongorina, con sus estrafalarias construcciones métricas que llegaban a veces a desesperar al poeta casi tanto como al lector, al primero por el arduo trabajo que suponían tales “ingenios”. Al segundo por lo estéril de los resultados, más dignos de admiración por las horas invertidas que por la proeza literaria resultante de tanto desvelo. Es el caso de fray Juan de Valencia, muerto en 1646 que escribió la Teresiada, trescientos cincuenta dísticos latinos retrógrados, es decir, que lo mismo podían leerse al derecho que al revés, o de Francisco Ayerra y Santa María, que escribió el centón (consistente en extraer versos de un autor y colocarlos en orden distinto para formar composiciones) de las obras de Góngora. Proliferaban certámenes literarios y algunos de ellos tuvieron tal repercusión que sus participantes premiados llegaron a formar grupos etéreos. Es el caso del llamado “Triunfo Parthénico”, un elenco de seudo-poetas cuyas composiciones no dejaban de ser curiosas como definitorias de un determinado momento histórico de la literatura de la entonces llamada Nueva España. En esa pléyade figuraban, entre otros, autores como Luis de Sandoval y Zapata, creador de Poesías varias a Nuestra Señora de Guadalupe o Panegírico de la paciencia (1645); José López Avilez; Juan de Guevara, que se deslizó hacia los versos sacros; el anteriormente citado Francisco Ayerra; Carlos de Sigüenza y Góngora, que dejó muestras de sus “méritos” versificadores en obras tan intrascendentes como Primavera indiana (1668); o Pedro Muñoz de Castro, que dejó obras como la titulada Ecos de las cóncavas del Monte Carmelo y resonantes balidos tristes de las Raqueles ovejas del aprisco de Elías carmelitano sol con cuyos ardores derretidos en llanto sus hijas las religiosas carmelitanas de México lamentan la pérdida de su amantísimo benefactor el excelentísimo Sr. D. Fernando de Lancastre Noroña y Silva, Virrey que fue desta Nueva España, un título que no incita demasiado a introducirse en su lectura.

Pero de la pléyade de versificadores culteranos de la época dos son los nombres que se salvan por sus particularidades esenciales y por el talento del que hicieron gala: Juana Inés de Asabaje (Sor Juana Inés de la Cruz) y Matías de Bocanegra. A los que añadir dos figuras intermedias entre estas y aquellas cuya inspiración no fue, desde luego, igualable: Miguel Reina Cevallos y Francisco Ruiz de León, autores que pertenecieron a la época en la que el culteranismo caía inevitablemente en fase de decadencia.

Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) dio pronto muestras de su talento a muy corta edad, cumplidos los ocho años, los mismos que tenía cuando su familia se trasladó desde su localidad natal de San Miguel Nepantla a Ciudad de México, en donde sus dones fueron pronto reconocidos. Ingresó a los dieciséis años en el convento de Santa Teresa la Antigua, del que tuvo que salir por motivos de salud para volver a ingresar, esta vez en San Jerónimo, un año después. Allí permaneció, consagrada al estudio y la escritura hasta su muerte, ocurrida cuando la monja había cumplido ya los cuarenta y cuatro años. Aún cuando en algunos de sus versos Sor Juana se sintió atraída, tal vez por simbiosis con el entorno, por el culteranismo, la mayoría de su producción lírica no deja de estar por encima de tales condicionantes ambientales, especialmente en las obras profanas de temática amorosa y en sus composiciones místicas, de una delicadeza elocuente y una sinceridad plástica verdaderamente encomiables. Destaca de entre sus composiciones profanas el Romance de la ausencia y, en el terreno de la mística, las canciones intercaladas en su obra dramática El Divino Narciso, sin olvidar sus Sonetos, Liras o Redondillas, versos de una innegable belleza. En prosa son dignas de mencionar sus cartas, como la Respuesta a sor Filotea o la Athenagórica. Pero es en los textos teatrales en los que se ven las huellas más claras de su talento literario: las comedias Los empeños de una casa y Amor es más laberinto o los autos del Cetro de San José o el Divino Narciso. El primer tomo del compendio de su obra, exceptuando el gongorino Neptuno alegórico y los hermosos villancicos que Sor Juana componía, fue publicado por primera vez en Madrid en 1689. El segundo apareció en Sevilla en 1692 y el tercero en Madrid en 1700.

El jesuita Matías de Bocanegra (nacido a finales del siglo XVII) fue de entre los gongorinos el que acaso mereció de mayor crédito, aunque de su calidad dio testimonio únicamente la obra titulada Canción alegórica a la vista de un desengaño, que gozó de no poca fama en su tiempo y en la que, envuelto en cierto tono místico se encuentra una temática referente a lo que de efímero e insustancial tiene el mundanal ruido.

El tránsito hacia el neoclasicismo lo marcan Miguel Reyna Cevallos que narró la vida de San Juan Nepomuceno en La elocuencia del silencio y, especialmente, Francisco Ruiz de León, que legó a la posteridad el poema heroico Hernandía, triunfos de la fe y gloria de las armas españolas, sobre la conquista de México, y la composición de carácter religioso Mirra dulce para aliento de pecadores, dedicada a la Virgen María en sus sufrimiento al pie de la cruz.

No fue hasta la llegada de la dinastía borbónica al trono de España cuando se comenzaron a divisar corrientes renovadoras en el horizonte literario, de lenta implantación, eso sí, pero de inevitable ruptura con los estertores gongorinos y sin que faltara de por medio la asimilación esponjosa que sobre el panorama cultural de México ejercían los renovadores clásicos de la Metrópoli. Así fueron surgiendo figuras literarias que consolidaron la identidad literaria de México. Es el caso de José Manuel Mariano Aniceto Sartorio (1746-1829), feraz autor cuya obra se compiló en siete tomos en 1832, fallecido ya, y en cuyas páginas se pueden encontrar prosaicas composiciones y otras de carácter religioso. También hay que incluir en este primer esbozo neoclásico a José Manuel Martínez de Navarrete (1768-1809), cuyas elegantes odas, publicadas en el Diario de México en 1806, gozaron de prestigio. Sus versos fueron publicados en dos tomos en 1823 bajo el título de Entretenimientos poéticos, de los que merecen ser destacados aquellos frescos que cantan a la Naturaleza con cálida sensibilidad.

No faltaron en este período poetas que versificaron en latín, humanistas que encontraron en esta lengua un medio de expresión supremo. Entre ellos destaca Diego José Abad (1727-1779), que además de poemas como “De Deo” (1780), dejó importantes obras de carácter científico y traducciones de la obra de Virgilio. En este rol encontramos también la figura del jesuita Francisco Javier Alegre (1729-1788), traductor de la Ilíada y la Batracomiomaquia y compositor de Nysys. Son también dignos de mención los humanistas Juan Luis Maneiro (1759-1802), autor de Vidas de varones ilustres mexicanos; José Rafael Larrañaga, traductor de las obras de Virgilio; o Agustín de Castro (1728-1790), que dejó La Cortesíada y traducciones de obras de Virgilio, Horacio, Anacreonte, Juvenal, Fedro o Séneca.

En cuanto al teatro del XVII, algunos nombres deben ser citados, si bien el desarrollo de las obras dramáticas en aquel siglo no dejó de ser una continuación de lo hecho anteriormente, aunque con técnicas más depuradas y escenarios fijos que fueron dando forma a las representaciones que tendrían lugar posteriormente, especialmente en el siglo XIX. Es representativo de este período Eusebio Vela, autor de obras como Por engañar, engañarse o Con agravios loco y con celos cuerdo. Y algunos nombres más que añadir al período como Juan Ortiz de Torres, Jerónimo Becerra o Agustín Salazar y Torres, este último de origen español. En el siglo XVIII destacaron Cayetano Cabrera Quintero, que dejó La esperanza malograda y El iris de Salamanca; Francisco Soria, autor de La mágica mexicana, Guillermo Duque de Aquitania o Manuel Zumaya, que compuso la ópera Parténope y el drama El rodrigo, de 1711 y 1708 respectivamente.

La historia contó con notables cultivadores como Agustín de Betancourt (1620-1700), que dejó textos notables como Teatro mexicano: descripción breve de los sucesos ejemplares, históricos, políticos, militares y religiosos del Nuevo Mundo (1698); o Carlos de Sigüenza y Góngora, jesuita autor de numerosos escritos que si como poeta no alcanzó gloria alguna, como historiador dejó notables y numerosos estudios como Relación histórica de los sucesos de la Armada de Barlovento (1691), Mercurio volante con la noticia de la recuperación de las provincias de Nuevo México (1693) o Infortunios de Alonso Ramírez (1690). En el XVIII, destacaron Francisco Javier Clavijero (1731-1787) cuya obra Historia antigua de México se convirtió en un texto fundamental. Diez libros componen este vasto tratado, conciso, claro y erudito, fiel a las fuentes y de lectura sorprendentemente amena. No hay que olvidar en esta disciplina a Mariano Fernández de Echeverría y Veytia autor de la incompleta Historia antigua, publicada en tres volúmenes en 1836 o al jesuita expulso Andrés Cavo, que dejó el estudio Historia civil y política de México, publicada en 1836 con el nombre de Los tres siglos de México durante el gobierno español.

La literatura mexicana del siglo XIX

De comienzos del siglo hasta la Independencia (1821)

En los comienzos del siglo XIX, la renovación clásica todavía no había dado sus frutos en Nueva España y los autores se empeñaban en la manera gongorina predominante años atrás en la Metrópoli, sin que surgiera, en aquella incipiente centuria, sombra alguna de autor de mediano fuste. Prueba de ello fue la publicación, en 1804, de un volumen de rimas titulado Cantos a las musas mexicanas, fruto de un certamen de poesía convocado por el canónigo Mariano Beristaín para conmemorar la inauguración de una estatua ecuestre de Carlos IV y al que concurrieron cerca de doscientos poetas que, en su gran mayoría, hicieron resonar sus huecos, pomposos y recargados mensajes líricos, imitaciones inerciales mediocres del culteranismo y el conceptismo.

Sin embargo, en 1805, Carlos María de Bustamante y Jacobo de Villaurrutia fundaron el Diario de México, en el que empezaron a asomar los miembros de una nueva generación literaria, el neoclasicismo, que aportó novedosos testimonios literarios, sobre todo poéticos, a pesar de su fugacidad. Fruto de esta nueva corriente apareció, en 1808, Arcadia, una sociedad literaria similar a las que funcionaban en Europa, y el Semanario económico de noticias curiosas y eruditas, en el que se traducían obras francesas e inglesas.

En 1810 el cura Miguel Hidalgo proclamó la Independencia de México, que desde su inicio y hasta su consumación en 1821 ocasionó enormes cambios en la sociedad mexicana a los que no fue ajena la literatura, estrecha e íntimamente ligada a los acontecimientos ocurridos en el país. La principal característica de las letras de entonces fue la incursión en el campo de la política, tanto a favor como en contra del movimiento emancipador, que encontraron en folletos, prensa y oratoria su principal vehículo de transmisión. El sentimiento nacionalista se introdujo en la poesía, apuntó en el teatro y provocó el nacimiento de la primera novela mexicana. Las letras del país centroamericano estaban adquiriendo su identidad característica.

(Véase México: Historia, Época contemporánea).
La poesía mexicana de la primera década del siglo XIX no hizo sino continuar las formas que despuntaban en los estertores del XVIII (gongorismo y prosaísmo) abriendo un pequeño hueco para el seudoclasicismo. Con el inicio de la guerra, la única lírica que quedó en pie fue la de carácter satírico, que asumió los postulados revolucionarios. En el transcurso del conflicto, sobre todo a partir de 1812, la poesía se tornó de bucólica a heroica debido, en parte, a la influencia de los españoles Juan Nicasio Gallego, Nicasio Álvarez de Cienfuegos y Manuel José Quintana, que con sus versos alentaban a la lucha contra el invasor francés y abogaban por la instauración de un régimen constitucional. La sátira, la representación de tipos y costumbres, la entonación heroica y el civismo fueron las características de la poesía de la época.

Anastasio María de Ochoa y Acuña (1783-1833) fue, cronológicamente, el primero de los poetas de la transición; se hizo muy popular por su divertimento al escribir en el Diario de México, en el que firmaba como “El tuerto”. Humanista, expresivo y de un amplio léxico, “El tuerto” alcanzó la fama efímera por su poesía festiva, que supo reflejar la vida social mexicana en las postrimerías de la época colonial y los albores de la Independencia. En 1828 se publicó en Nueva York la colección completa de sus versos bajo el título de Poesías de un mexicano.

También figura de transición fue José Agustín de Castro, autor de la Miscelánea de poesías sagradas y humanas (1797-1809), poeta que, a pesar de sus defectos de construcción, denota ya un intento de independencia literaria. Colaborador de La Gaceta y del Diario de México, también escribió para teatro Los remendones, el primer intento serio de reflejar los tipos y las costumbres típicamente populares mexicanos.

De temas más puramente políticos que literarios versó la obra de Andrés Quintana Roo (1787-1851), partidario de la causa de la libertad y editor de los periódicos Seminario patriótico americano y el Ilustrador americano, desde donde luchó con la pluma en favor de los insurgentes. Sencillos y severos eran sus versos, influidos por Quintana, y de los cuales pocos han llegado a sobrevivir al tiempo.

En tres épocas literarias se movió la figura de Francisco Manuel Sánchez de Tagle (1782-1847), poeta prudente, de inspiración enciclopédica, que pasó por las fases del neoclasicismo, la grandilocuencia y el romanticismo incipiente. Sus Obras poéticas se publicaron, póstumas, en 1852.

Francisco Ortega (1793-1849) pasó por ser el más correcto de los poetas de su época. Patriota y religioso, dominador de la técnica, templado y racionalista, Ortega se consagró con La venida del Espíritu Santo, de tema teológico, y A los ojos de Delia, un canto amoroso pasionalmente casto. Sus poesías fueron publicadas en 1839.

Poetas menores fueron José Mariano Rodríguez del Castillo, fundador de La Arcadia, más conocido por sus prosas periodísticas del Diario de México; José María Villaseñor, autor contradictorio por cuanto se demuestra un cambio radical de aptitud entre su poema Libertad, de 1827, y el que años atrás escribiera bajo el título de Festivas aclamaciones de la villa de Jalapa a Fernando VII; entre el gongorismo y el prosaísmo se movió Juan Wenceslao Barquera que, como Villaseñor, hizo loa a Fernando VII, primero, y a la libertad, después; Como Rodríguez del Castillo, Villaseñor y Barquera, Ramón Quintana del Acebo perteneció a La Arcadia y fue, quizás, su valor más estimable; José Ignacio Basurto se decantó por la fabulación, al igual que Luis de Mendizábal, que se valió de ese género para hacer propaganda subversiva; también fabulador, aunque con algo más de chispa fue Mariano Barazábal. Pero de esa época, el que más ha gozado de perdurable fama es quizás Joaquín María del Castillo y Lanzas (1781-1878), que alcanzó notoriedad tras la publicación de A la victoria de Tamahuiipas. Sus poesías fueron publicadas en Filadelfia en 1835 bajo el título Ocios juveniles.

Numerosos fueron los prosistas que desarrollaron su labor en los primeros años del siglo XIX. En buena medida, el periodismo contribuyó a la difusión de los textos de los literatos mexicanos, que se vieron beneficiados por la prensa para difundir una nueva forma de expresión. Escritores políticos, que en buen número pasaron con más pena que gloria, y novelistas se repartieron la tajada literaria de aquellos tiempos.

Entre los primeros destacó Agustín Pomposo (1756-1842), adversario de la Independencia que se introdujo en la poesía aunque, afortunadamente, pronto la abandonó. Gris y casi rijoso, escribió Desengaños que a los insurgentes de Nueva España, seducidos por francmasones franceses agentes de Napoleón, dirige la verdad de la religión católica y la experiencia. En fin, toda una declaración de intenciones.

Francisco Severo Maldonado tuvo a bien afiliarse al bando vencedor tras haber permanecido fiel a los insurgentes. El cura Hidalgo se convirtió, así, en su adorado héroe y en su avieso enemigo en cuestión de meses.

José María Cos fue un insurgente casi por obligación, puesto que no adquirió postura sobre los bandos enfrentados hasta que tuvo que hacerlo necesariamente para mantenerse ajeno a juicios o encarcelamientos. Fundó el Ilustrador Nacional y El Ilustrador Americano.

Juan Wenceslao Barquera (1779-1840) fue el autor de Salutación a la primavera, pero su más importante aportación a la literatura fueron los artículos publicados en El Diario de México entre 1805 y 1816.

Servando Teresa de Mier, nacido en 1765, hizo de su vida una verdadera novela picaresca. Con 27 años, este sacerdote dominico pronunció un discurso sobre la Virgen de Guadalupe y fue encarcelado y luego desterrado a España. Se fugó, fue nuevamente capturado y nuevamente escapó, esta vez a Francia. De vuelta a España, tras pasar por Roma, volvió a ser detenido debido a sus escritos. Se evadió. Volvieron a capturarlo. Volvió a fugarse. Y así hasta siete veces, de forma que en la última le quedaban pocos años para su muerte, que se produjo en 1827. Por tanto, una de sus más importantes creaciones fue la que dedicó a su propia vida en Memorias, obra de ingenio, ciertamente cómica en la fatalidad.

Miguel Guridi y Alcocer (1763-1828) se presentó a sí mismo a través de vicios y pasiones en la más importante de sus obras, llamada Apuntes de su vida, escrita en 1802. Sobrio y sencillo, Guridi y Alcocer demostró en su autobiografía buenas dotes literarias.

La novela, por su parte, apenas había tenido referentes en México y no fueron los primeros años del siglo los más favorables para su desarrollo y explosión cualitativa y cuantitativa. Surgió, así, la novela en el momento en el que la insurgencia comenzó a tomar voz. Y la primera voz significativa de este género prosaico surgió de la pluma de José Fernández Lizardi (1776-1827). Conocido como “El pensador mexicano”, Lizardi fue un luchador de la libertad a través de sus escritos en diferentes publicaciones, muchas de las cuales fundó él mismo. Su personalidad periodística fue acorde a la novelística: directo, moralizador en lo social y reformador en el orden político, de lenguaje sencillo, claro y sin ampulosidades. Cuatro son sus obras más celebradas: El Periquillo Sarniento, La Quijotita y su prima, Don Catrín de la Fachenda y Noches tristes y día alegre. La primera de ellas, sin duda la más famosa, narra las andanzas de un joven vividor en diferentes escenarios de la vida popular mexicana, desde los más honorables y piadosos a los más bajos y ruines. Cargada de moralejas, el Periquillo gozó de gran popularidad desde que fuera publicada, en 1816. La Quijotita, de 1818 no alcanzó los niveles de El Periquillo pero, aun así, tiene lugar en la historia por las acertadas descripciones que hizo de toda una sociedad de época. Don Catrín es muy parecida a Periquillo y Las Noches tristes día alegre, más que novela, es una autobiografía.

De la Independencia a la República

En el período que va desde la proclamación de Independencia (1821) hasta la tragedia de Querétaro y la restauración republicana (1867) la literatura en México estuvo íntimamente ligada al hacer político. En ese lapso, fuera de la historia y la literatura política, los géneros restantes vivían en un estado de precariedad, especialmente la poesía, campo en el que apenas se vislumbraban como supervivientes las figuras de Sánchez de Tagle u Ortega, acompañadas por la irrupción del cubano José María Heredia, nacido en 1803 y que arribó a México 1819.

Pero en 1836, tras las esfuerzos del abogado José María Lacunza, se fundó con carácter oficioso la Academia de Letrán, uno de los impulsos más serios que recibiría la literatura mexicana. Al tiempo, y bajo inspiración poética francesa, comenzaba a despuntar el romanticismo como reacción al racionalismo y la severidad imperantes.

Dos tendencias sociales, pues, lucharon por imponerse en este período: la tradicional clásica y la revolucionaria romántica.

A la primera se unió José Joaquín Pesado (1801-1860), de profundo sentimiento cristiano e inspirado en los clásicos españoles e italianos del siglo XVI. Su producción se extendió a todos los géneros, desde el amoroso (Rimas amorosas, La primera impresión de amor, Mi amada en la misa del alba), el moral (El hombre, El sepulcro), el indígena, del que fue precursor (Los aztecas), el sagrado (Jerusalem), o el épico (Moisés y La revelación). Sus poesías completas fueron publicadas por vez primera en 1839.

También a la corriente clásica pertenecía Manuel Carpio (1791-1860), más centrado en las composiciones sacras (La anunciación) e históricas con extraordinarias facultades descriptivas (México, El Popocatepelt y, la más celebrada, Napoleón en el Mar Rojo).

Alejandro Arango y Escandón (1821-1883), que encontró su modelo en Fray Luis de León, es un clásico por excelencia, como se observa en sus obras En la inmaculada concepción de Nuestra Señora o Invocación a la bondad divina. Su Ensayo histórico sobre Fray Luis de León, publicado en 1866, está catalogado como el más serio estudio sobre la obra del poeta español.

Conocido como “El Nigromante”, Ignacio Ramírez (1818-1879) representa, en esta corriente, la paradoja de ser poeta clásico y político implacable a la hora de dar fin a la tradición. Su obra poética, muchas veces de carácter filosófico, no es muy extensa y fue publicada al completo en 1889.

Por último, José María Roa Bárcena (1827-1908), poeta y prosista, es considerado como el más feraz de los escritores de su época. Correcto versificador mesurado, Roa Bárcena es autor, entre otras, de Diana, poema (1857), Poesías líricas (1859) o de su antología Acopio de sonetos castellanos (1887). También trató el tema indígena (Xóchitl, La princesa Papantzin). En 1870 se publicó un volumen con sus relatos novelados (Novelas).

El romanticismo, por su parte, tuvo un precursor notable en la figura de Fernando Calderón (1809-1845). Liberal de pensamiento y obra, influyeron en él, poderosamente, las figuras de Cienfuegos y Espronceda, así como Lamartine. No escribió demasiadas poesías, las más conocidas son La vuelta del desterrado, El soldado de la libertad o Los recuerdos. Su producción lírica y teatral se publicó, por primera vez, en 1844.

Genuinamente romántico, tanto por las estrecheces y amarguras de su vida personal como por la creación poética sombría y talentosa influida por aquélla fue Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842). Sus versos, inspirados en el amor, la fe o la patria (Profecía de Guatimoc es su más hermosa creación lírica), fueron publicados, junto a sus obras teatrales, en 1851. Destacan también su romance Mora y la leyenda La visión de Moctezuma.

Guillermo Prieto (1818-1897), conocido como “Fidel”, fue un poeta popular, fundador de la Academia de Letrán junto a Lacunza, escaso de formación y de aire esperpéntico. Cultivó los géneros sentimental, amoroso y heroico, y en su obra se aprecia una evolución desde la grandilocuencia hasta el mexicanismo más acentuado; fue caracterizado por esto último como el “poeta nacional”. Su obra representativa es Musa callejera (publicada en 1883). Los volúmenes Poesías escogidas (1887) y Versos inéditos (1879) recogen la casi totalidad de su creación. Las mismas virtudes que desarrolló en poesía tuvo su prosa, en la que destacan Memorias de mis tiempos (publicada en dos volúmenes en 1906) o Viaje a los Estados Unidos (1877-1878).

Por su parte, Juan Valle (1838-1864), el poeta ciego, perteneció por sensibilidad al romanticismo, si bien no anduvo lejos del clasicismo en algunos momentos. Cívico en la revolución reformista, Valle, que sufrió escarnio y persecución por conservadores y franceses, explotó de plenitud creativa al pintar estados del alma, de la suya en particular, como puede verse en La muerte de mi madre, Mi historia o Tu ausencia. De su producción de carácter cívico merece la pena destacar La guerra civil, obra escrita en apasionados tercetos.

Considerada por sus contemporáneos como la reencarnación de Sor Juana Inés de la Cruz, fue Isabel Prieto de Landázuri, nacida en España en 1833 (aunque residente en México desde los cinco años) y fallecida en Hamburgo en 1876. De esmerada educación, la poetisa romántica describió en estrofas cuadros de la intimidad hogareña, escenas familiares rodeadas de delicada mesura, como muestran La plegaria o A mi hijo dando limosna. Su última obra, escrita en suelo de la actual Alemania, donde conoció la obra de Heine, es una de sus más bellas rimas: Bertha de Sonnenberg. Su colección completa de poemas fue publicada en 1883.

Más que la novela, que aún no había adquirido su forma artística, fue el teatro el género literario que gozó en aquella época de cierto prestigio, gracias a la labor de dramaturgos que, bien adscribiéndose a la comedia clásica, bien que optaran por el drama romántico, dieron al teatro mexicano un cierto esplendor que no tuvo continuación en la época posterior, aunque sí lo tuviera en el siglo XX.

Dentro de los que cultivaron la comedia clásica se encuentra Manuel Eduardo de Gorostiza (1789-1851) que dejó honda huella entre sus contemporáneos e influyó en los creadores dramáticos del siglo posterior. La mayoría de sus obras figuran en sus colecciones: Teatro original, publicada en París en 1822, Teatro escogido (Bruselas, 1825), Apéndice al teatro escogido (1826) y Obras de Don Manuel Eduardo de Gorostiza (1899-1902). En ellas se recogen sus comedias originales Indulgencia para todos, Las costumbres de antaño, Tal para cual o las mujeres y los hombres, Don Dieguito, Contigo, pan y cebolla y Don Bonifacio.

Con respecto a la novela, cabe destacar la figura de Fernando Orozco y Berra, con quien apareció el romanticismo, aunque en su haber sólo se puede nombrar un volumen, el único rescatado, llamado La Guerra de 30 años y publicado en 1850.

Juan Díaz Covarrubias, nacido en 1837, fue un romántico, aunque plasmó ciertas experiencias costumbristas. Sus novelas más conocidas son La sensitiva, de 1859, Gil Gómez el insurgente o la hija del médico, de 1859, La clase media (1859) y El diablo en México (1860).

Luis Inclán, más costumbrista que romántico, tan sólo escribió una novela, que tituló Astucia, el Jefe de los Hermanos de la Hoja o los charros contrabandistas de la Roma (1865).

De la República a la Revolución

En 1867, México alcanzó una cierta unidad política y puso fin a un período convulso y sangriento. Desde aquel año y hasta el inicio de la Revolución, el país sufrió profundas transformaciones que afectaron también de manera notable a las letras. Ya no era la política la que dictaminaba las aptitudes intelectuales y, a la sombra de la paz, la literatura mexicana experimentó un florecimiento espectacular. Fruto de los estados de ánimo constructores de la cultura, surgieron diferentes reuniones literarias y se publicó, a partir de 1869, el semanario El Renacimiento dirigido por Ignacio Manuel Altamirano y en el que tuvieron cabida todas las opciones políticas y todos los géneros literarios. El Liceo Hidalgo sucedió a la Academia de San Juan de Letrán y los escritores jóvenes se agruparon en el Liceo Mexicano. En 1875 se fundó la Academia Mexicana de la Lengua. La poesía se destacó como el más importante género de las letras tras la depuración que sufrió el Romanticismo, la curiosidad que suscitaron las literaturas extranjeras no españolas, el decaimiento de la lírica clásica y el surgir del Modernismo, que tuvo en Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón y Justo Sierra a sus más ilustres predecesores y que aportó el ritmo como innovación más destacada. Cuatro grupos poéticos se desarrollaron en esta época: el que giró en torno a la figura de Altamirano; el de los románticos; el de los clásicos; y el de los modernistas.

(Véase Revolución Mexicana)

Fue Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), para muchos, el mejor escritor mexicano de dos generaciones, por temperamento romántico, clásico por expresión, y representante de una mesura y una sobriedad desconocidas hasta entonces. Tras el establecimiento de la República en 1867, Altamirano realizó una de las más brillantes carreras literarias, tanto en prosa como en verso, al tiempo que dedicó grandes esfuerzos a la difusión de la cultura y a otros géneros literarios menores. Curioso es que hasta los 14 años Altamirano no supiera, siquiera, hablar castellano, puesto que su infancia transcurrió entre indios puros, como él, ajenos a cualquier educación escolar. Sus dotes de aprendizaje le llevaron a la ciudad donde destacó sobre sus condiscípulos. Luchador y patriota se puso, arma en mano, de parte de los que combatieron al Imperio y al invasor francés. Su producción es rica y variada y, en poesía, destacan sus Rimas, publicadas por vez primera en un solo volumen en 1880, aunque fueron escritas antes de 1867. En ellas predomina la descripción, un estilo que también utilizó en los retratos que hizo de su tierra natal. Flor del Alba, Al Atoyac o Los naranjos son productos de ese mexicanismo indígena que Altamirano cultivó con especial maestría.

Discípulo de Altamirano fue Justo Sierra (1848-1912) y, como él, radical y jacobino, renovador y entusiasta creador literario. Inició su periplo poético con Playeras, en 1861, con el que obtuvo un gran éxito. Pero, más que como poeta, Justo Sierra triunfó como prosista, aunque es indudable en el género lírico, compendio del que se publicó un volumen en 1937, con una personalidad única a pesar de la influencia que tuvo de los textos de Víctor Hugo. Obras destacadas en verso de Sierra son El Beato Calasanz, En la apoteosis de los héroes de la Independencia, Al autor de los Murmurios de la selva, El funeral bucólico y, mención especial merecen sus Cuentos románticos, poemas en prosa que marcaron la cristalización del Romanticismo y que fueron publicados conjuntamente, por primera vez, en 1896.

Juan de Dios Peza (1852-1910) fue, de los poetas de su tiempo, el que más firmemente ligado se mantuvo a la influencia española. Bécquer o Campoamor marcaron en su obra profundas huellas. Discípulo de “El Nigromante”, De Dios publicó sus primeras rimas en la Revista Universal, que le valieron popularidad. Marchó a España y se codeó con la intelectualidad de Madrid. Fue, sin duda, el poeta de la época más conocido y celebrado en el ámbito internacional, sobre todo tras la publicación de Cantos del hogar (1884). Antes había publicado Poesías (1873), Canto a la patria (1876) y Horas de pasión. Después, su prolífica obra se completó con obras como Algunos versos inéditos (1885), La musa vieja (1889) o Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de México (1898). Eran otros tiempos para la lírica y la crítica se ensañó con su falta de voluntad para comprometerse con movimientos más acordes a la época. En prosa escribió Poetas y escritores mexicanos (1877) y Memorias, reliquias y retratos (1900), entre otras. Dos dramas de su pluma se abrieron paso en el teatro: Últimos instantes de Colón (1874) y Un epílogo de amor (1875).

Breve pero de gran lirismo fue la obra de Agustín Cuenca (1854-1884), cargada de erotismo y descripción. Puede ser considerado como precursor del Modernismo con ciertas influencias francesas. En 1920 se publicaron sus mejores trabajos bajo el título de Poemas selectos.

Por último, Vicente Riva Palacio y José María Bustillos estuvieron también bajo la influencia de Altamirano con trabajos como El Escorial o La vejez (del primero) o Junto al río, o Nocturno de estío (del segundo).

La corriente romántica tiene en Manuel Acuña (1849-1873) a su representante más exaltado, al más puro de los románticos tanto en obra como en vida. Sus versos, inspirados en muchas ocasiones por las lecturas de Hugo, Campoamor o Becquer, son sentimentales y efusivos, materialistas y vigorosos, y fueron publicados, íntegros, un año después de que el autor acabara con su vida a los 24 años. Destacan de entre ellos El hombre y la ramera, Nocturno y los tercetos Ante un cadáver.

Manuel Flores, autor de Las pasionarias (recopilación de sus trabajos en verso), nació en 1840 y murió en 1885. Fue el poeta de la sensualidad y el erotismo sin tapujos, vibrante y ardoroso, características éstas que sabía transmitir a los ambientes de sus escenas, paisajes tropicales exuberantes en buena parte de los casos.

José Rosas Moreno (1838-1883) fue el más mesurado de los “grandes” de su época. Gran fabulador, sus versos están llenos de una dulzura y una ternura casi devota, como muestran sus composiciones El valle de mi infancia. En 1891, con el título Ramo de violetas, se publicó una colección con sus versos.

En lo que respecta a la corriente clásica conservadora se encuentran dos figuras de renombre: Ignacio Montes de Oca y Joaquín Arcadio Pagaza.

Montes de Oca (1840-1921), más que poeta o prosista, fue un humanista de extensa cultura y erudita formación. Obispo con poco más de 30 años, Montes de Oca buscó en las fórmulas más complejas de la métrica castellana su inspiración. En Ocios poéticos (1878) se recogen sus escritos desde su juventud a la madurez. Posteriormente escribió Odas de Píndaro (1881) o las famosas Obras pastorales y oratorias (1883-1913). En el mismo año de su muerte había publicado Nuevo centenar de sonetos (1921) y Sonetos jubilares. También fue importante su Otros cien sonetos de Ipandro Acaico (1918), el nombre pastoril que a sí mismo se diera.

Joaquín Arcadio Pagaza (1839-1968) obtuvo gran consideración cuando se editaron, en 1887, sus Murmurios de la selva. Traductor de mérito de Virgilio y Horacio, “Clerco Meonio” (como se le conocía en ambientes eclesiásticos) fue el autor, también, de María: fragmentos de un poema descriptivo de la tierra caliente (1890).

Hay que señalar también a José María Vigil (1829-1909) entre los clásicos como poeta, historiador y dramaturgo y, sin duda, como uno de los más prestigiosos humanistas de su época. A la poesía dedicó, principalmente, su tiempo de juventud; destacaron las composiciones que aparecieron recopiladas en Realidades y quimeras, de 1857.

Manuel José Othón (1858-1906) supo satisfacer por igual a los tradicionalistas, por educación y gusto, y a los innovadores, por temperamento. Figura intermedia, Othón fue un poeta del campo, paisajista, un narrador lírico de una naturaleza deslumbradora, como puede verse en Poemas rústicos (1902). Sus Obras completas, que incluyen poesías, cuentos, novelas y obras dramáticas, se publicaron en 1945.

Hay que nombrar también, dentro de esta corriente, al humanista Joaquín Casaús (1958-1916); a Federico Escobedo (1874-1949), autor de Poesías (1903); a Enrique Fernández Granados (1867-1920), poeta de Mirtos (1889); o a Juan Delgado (1868-1923), de hondo sentimiento bucólico.

En la segunda mitad del siglo XIX la novela conoció un importante auge. Comenzó a tener facultades artísticas y a moverse en el realismo y el romanticismo.

Manuel Payno (1810-1894), periodista feraz, escribió novelas durante un período de seis años, los que van de 1839 a 1845. Inició su producción con El fistol del diablo, la primera que apareció en México de cierta extensión además de las de Fernández de Lizardi. Payno fue un costumbrista pero introdujo el elemento de la fantasía, dando por inaugurada la etapa del folletín. Costumbrista puro fue en El hombre de la situación, de 1861, y en Tardes nubladas, de 1871. Volvió al folletín en Los bandidos de Riofrío. El interés de su obra, más que literario, radica en la descripción que hizo de los tipos y costumbres de su época.

Vicente Riva Palacio (1832-1896), además de poeta, fue periodista y político, pero, ante todo, novelista del género histórico, del cual fue precursor. De 1868 a 1870 escribió la mayoría de sus obras, que se iniciaron con Calvario y Tabor a la que siguieron Martín Garatuza, Monja y casada, virgen y mártir, Las dos emparedadas, Los piratas del golfo y La vuelta de los muertos.

Ignacio Manuel Altamirano, ya tratado en la poesía de este período, tuvo una gran importancia en el campo de la novela por ser el primero que se preocupó con acierto de la composición en la novela. Tres ejemplos de esta dedicación son sus más importantes obras prosaicas: Clemencia, de 1869, El zarco (1888) y La Navidad en las montañas (1870).

Costumbrista puro fue José Tomás de Cuéllar (1830-1894), aunque su primera novela fuera histórica (El pecado del siglo, de 1869). Más definido en las costumbres estuvo en La Linterna Mágica, veinticuatro volúmenes con sus obras completas, repletas de humor, de moralidad y de observación.

Emilio Rabasa (1856-1930) se centró en el Realismo. Sus creaciones se redujeron a cuatro novelas: La bola (nombre dado a una pequeña revolución o algarada en México, 1887), La gran ciencia (1887), El cuarto poder y Moneda falsa, estas dos últimas de 1888.

José López Portillo (1850-1923) también cultivó el Realismo como fuente de expresión, como puede verse en las dos vertientes de escritura que practicó: el relato breve y la novela. Seis leyendas, Novelas cortas, Sucesos y novelas cortas e Historias historietas y cuentecillos pertenecen al primer estilo; La parcela, Los precursores y Fuertes y débiles, al segundo. La parcela es, sin duda, una de las mejores de las novelas rurales de la literatura mexicana, bajo influencia de Pereda.

Rafael Delgado (1853-1914), que junto a Portillo y Rabasa formó el grupo de los influidos por el Realismo español, poseía unas grandes dotes descriptivas, como puede verse en cualquiera de sus cuatro novelas: La Calandria (1891), Angelina (1895), Los parientes ricos (1903) e Historia vulgar (1904).

Ángel del Campo (1868-1908), conocido por los seudónimos de “Tick-Tack” y “Micrós”, limitó su producción novelística a tres volúmenes: Ocios y apuntes (1890), Cosas vistas (1894) y Cartones (1897).

Federico Gamboa (1864-1939) escribió novela, autobiografía y memorias. Su primer libro lo escribió en 1888 bajo el título Del natural, conjunto de novelas cortas a las que siguió Apariencias, de 1892, y Suprema ley, de 1896. Influido por los naturalistas franceses, especialmente por Zola, en 1903 escribió la más popular de sus novelas: Santa. Reconquista, de 1908, y La llaga, de 1910, fueron sus últimas novelas. En teatro son de destacar La última campaña, de 1894, La venganza gleba (1905) y A buena cuenta (1907).

Victoriano Salado Álvarez (1867-1931), por último, fue un humanista y uno de los mejores escritores de novela histórica de su época. Prueba de ello son sus obras De Santa Anna a la Reforma, de 1902, y La intervención y el Imperio, de 1903.

Con lo que respecta al teatro, no gozó este género de gran inspiración en aquellos tiempos. Las obras son copiosas, pero en la mayoría de los casos de una calidad intrascendente. Muchos libretos ni siquiera llegaron a representarse y, otros muchos más, ni siquiera alcanzaron edición, quedaron en manuscritos para añadir a las bibliografías de los autores. Sólo tres nombres destacaron en el género dramático:

José Rosas Moreno escribió un drama en verso titulado Sor Juana Inés de la Cruz, dos comedias (Los parientes, en prosa, y El pan de cada día, en verso), un sainete (Un proyecto de divorcio) y un drama: Netzahuálcóyotl, el bardo de Acolhuacán.

Alfredo Chavero escribió el drama indígena, Xochitl (1877), y el drama colonial La hermana de Los Ávilas, como más destacados.

José Peón y Contreras, por último, gozó de buena fama desde que se representara, en 1876, ¡Hasta el cielo!. Aclamado por público y crítica continuó creando para la escena y, entre 1876 y 1879, escribió hasta quince dramas que se iniciaron con El sacrificio de la vida y finalizaron con Vivo o muerto. De ellas, hay que destacar Gil González de Ávila, Antón de Alaminos y Por el joyel del sombrero, aunque su más destacada obra dramática, muy superior a las demás, fuera La hija del Rey, de inspiración histórica colonial.

El Modernismo

El Modernismo mexicano vivió dos etapas marcadas ambas por la influencia francesa: la primera, que tuvo a Gutiérrez Nájera como principal representante, se inspiró en el Romanticismo y el Parnasianismo. La segunda, que tuvo a Amado Nervo como baluarte, encontró en los simbolistas una fuente de la que brotaron sus escritos. Los miembros del primer grupo se concentraron en la Revista Azul y los del segundo en la Revista Moderna.

Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) inició una nueva era de las letras mexicanas; incorporó a la estructura del lenguaje la melodía, y fue a la vez precursor y reformador de su tiempo. Conocido en su época por “El duque Job”, su seudónimo periodístico, fundó junto a Carlos Díaz Dufoo la Revista Azul. Sus primeros versos fueron de orientación religiosa (La fe de mi infancia) aunque ya comenzaron a notarse las influencias francesas, sobre todo en lo tocante a la expresión erótica. Hugo, Lamartine, Verlaine, Gautier o Baudelaire están muy presentes en su obra, aunque consiguió concentrar en sus versos el alma de Francia y la forma española, y dotó de una especial gracia a sus composiciones. Sus trabajos más celebrados fueron los que se publicaron a partir de 1880 y que incluyeron ¿Para qué?, Hamlet a Ofelia, La Duquesa Job, Monólogo del incrédulo, Mariposas, La serenata de Schubert, Odas breves o Non omnis moriar. En 1896 se publicaron, completas, sus poesías.

En cuanto a la prosa, publicada en 1898 y 1903, comprendió tanto crítica como teatro, crónicas o relatos breves, artículos o pequeñas escenas cómicas. También escribió cuentos reunidos bajo el título de Cuentos frágiles y Cuentos color de humo. Rip-rip o Historia de un peso falso son dos de sus mejores historias.

Salvador Díaz Mirón (1853-1928), inspirador poderoso de Rubén Darío y José Santos Chocano fue, en sus comienzos, un romántico, para adentrarse, después, en el campo de lo heroico y deslumbrante. De esta época son sus composiciones Oda a Víctor Hugo, A Gloria o A Byron. Metódico y puntilloso hasta el extremo con las palabras (como puede verse en Lascas, de 1901), Díaz Mirón evolucionó desde la sencillez hacia la aristocracia poética. Sus Poesías completas (1876-1928) fueron publicadas en 1941.

Luis Urbina (1869-1934), poeta precoz, figura como el sucesor directo de Gutiérrez Nájera. Fue Urbina un poeta que mantuvo una línea clara durante toda su trayectoria en cuanto a estética se refiere, como puede verse en sus escritos de adolescencia (Versos, 1890), los de juventud (Ingenuas, 1902), los de madurez (Puestas de sol, 1910), o los otoñales (Lámparas en agonía, 1914). Al igual que Nájera, Urbina cultivó el humor pero, a diferencia de él, se mantuvo lejos de influencias extranjeras. Sin embargo, hay en sus textos, sobre todo en los que arrancan de 1916 (El glosario de la vida vulgar, El corazón juglar, Los últimos pájaros o El cancionero de la noche serena), una nota de amargura y melancolía, debido, en parte, a su lejanía del país que le vio nacer. Su prosa fue más abundante que su poesía y ocupa un buen período del periodismo y la crítica del México de aquellos años, aunque se haya rescatado una parte no muy grande del conjunto de todos aquellos escritos. Son éstos los agrupados en Cuentos vividos y Crónicas soñadas (1915) o Psiquis enferma (1922) y los testimonios de su vida en España (Bajo el sol y frente al mar, Estampas de viaje y Luces de España, de 1916, 1919 y 1924 respectivamente.

Amado Nervo nació en Tepic en 1870 y murió en Montevideo en 1919. Empezó a hacerse notar en la vida literaria de México en la segunda mitad de los noventa, sobre todo con la publicación de El Bachiller (1895), polémica novela que le dio cierta fama. Dos años después se confirmó como poeta publicando Místicas y fundando, junto a Jesús Valenzuela, la Revista Moderna. Viajó por la Europa bohemia de 1900 y, en 1905, se instaló en Madrid como diplomático, hasta su vuelta a México en 1918. Su obra, que Alfonso Reyes revisó para su publicación en veintinueve volúmenes, se fragmenta en tres etapas, particularmente en lo tocante a poesía. En la primera, bajo influjo simbolista, publicó Perlas negras (1898), Poemas (1901), El éxodo y las flores del camino (1902) y Los jardines interiores (1905). En la segunda, viajó hasta su propio interior para hacerse más sencillo. A esta etapa pertenecen En voz baja (1909) y Serenidad (1914). En un tercer momento, el poeta pareció dado al ascetismo. Fruto de ese sentimiento aparecieron Elevación (1917), en verso, y Plenitud (1918), en prosa. A este género dedicó Nervo buena parte de su producción literaria. Son sus obras, además de El bachiller, Pascual Aguilera, El donador de almas, los cuentos publicados bajo el título Almas que pasan. Dos años antes de su muerte, Nervo escribió El diablo desinteresado y las novelas cortas El diamante de la inquietud, El sexto sentido, Amnesia o Los cuentos misteriosos. Paisajista y al tiempo cosmopolita, Nervo desarrolló un estilo vivaz y original, lleno de matices y entusiasmos.

José Juan Tablada (1871-1945), seguidor de Gautier y Baudelaire, fue el más encendido propagandista de la nueva estética desde la Revista Moderna. Escribió su libro de poesía más aclamado en 1899 (El florilegio) y se consagró con Al sol y bajo la luna (1918). En prosa escribió la novela La resurrección de los ídolos, sus memorias La feria de la vida o los estudios Hiroshigue, sobre el pintor japonés, o Artes plásticas mexicanas.

Enrique González Martínez (1871-1952) puso broche al movimiento modernista en México. Publicó su primer volumen de poemas en 1903 (Preludios), al que siguieron Silénter (1909), y Los senderos ocultos (1911). Famoso ya, publicó La muerte del cisne, Jardines de Francia, El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño, Parábolas y otros poemas y La palabra del viento, escritos entre 1914 y 1921. Ausencia y canto, Poemas, Bajo el signo mortal, Segundo despertar, Vilano al viento o Babel, son producciones posteriores, escritas entre 1935 y 1949, en las que se nota la mano de un poeta panteísta, melancólico, sereno y optimista.

Otros escritores que destacaron en la Revista Moderna fueron Jesús Valenzuela (1856-1911), uno de sus fundadores y autor de Almas y cármenes, Lira libre y Manojo de Rimas, de 1904, 1906 y 1907 respectivamente; Balbino Dávalos (1866-1951) cuya obra poética se encuentra compendiada en Las ofrendas; Francisco de Olaguíbel (1874-1924), autor de Canciones de bohemia y Rosas de amor y de dolor (colecciones de 1905 y 1922); Efrén Rebolledo (1877-1929) que, además de poesías como Joyeles (1907) o El libro del loco amor (1916), también publicó en prosa el ensayo El desencanto de Dulcinea (1916) y las novelas Hojas de bambú y Saga de Sigrida la Blonda, de 1910 y 1922; Rubén Campos (1876-1945), más novelista que poeta, escribió Claudio Oronoz (1906) y Aztlán, tierra de las garzas (1935); y, por último, Luis Rosado Vega, poeta elegante y sencillo en Alma y sangre o Libro de ensueño y de dolor (1907).

Hay que nombrar también a algunos escritores que, sin integrarse de forma militante en el modernismo, siguieron sus pautas con acierto. Se trata de autores como Manuel Puga y Acal (1860-1930), que destacó con Baladas lúgubres; Francisco de Icaza (1863-1925); o María Enriqueta Camarillo, poetisa dulce y triste que publicó en España buena parte de su obra. Son sus más conocidas colecciones Rincones románticos (1922) y Álbum sentimental (1926).

La literatura mexicana del siglo XX

México a partir de la Revolución de 1910; el Ateneo y los ateneístas

En 1909, Antonio Caso dicta un discurso en el que liquida la vigencia del positivismo, corriente doctrinal del antiguo régimen. El 28 de octubre de aquel año queda oficialmente fundado el Ateneo de la juventud, compuesto por jóvenes escritores, ensayistas y filósofos que aunque se muevan en la corriente modernista de la época de Porfirio Díaz, se adentran en otros caminos creativos que poco a poco terminarán por enterrar las denostadas actitudes decimonónicas para convertirse en el germen de una de las más valiosas generaciones de las letras mexicanas. Los antecedentes del Ateneo se encuentran en las tertulias celebradas en casa del joven letrado Antonio Caso y a las que asistían, entre otros, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y, principalmente, la notoria figura del dominicano Pedro Henríquez Ureña. Juntos animarán el surgimiento de la revista Savia Moderna, en 1906. Al desaparecer la publicación, el mismo grupo funda, en 1907, la Sociedad de Conferencias. Los dos primeros ciclos de charlas se darán bajo éste nombre. El tercero, que conmemoraba el primer centenario de la Guerra de la Independencia, se dará ya bajo el de Ateneo de la Juventud. Entre sus mensajes destacan el interés por el conocimiento y estudio de la cultura mexicana; por las literaturas española e inglesa y los clásicos; por los nuevos sistemas de crítica para el examen de las obras literarias y filosóficas; y por la integración de la disciplina cultivada en el cuadro general de las disciplinas del espíritu.

Alfonso Reyes nació en Monterrey en 1889 y murió en México D. F. en 1959. Publicó sus primeras rimas en Los sucesos y El espectador de Monterrey, y se incorporó a Savia Moderna en 1906, año en el que llega a México el dominicano Pedro Henríquez Ureña, con el que traba gran amistad y que le supone de gran estímulo. Con veintidós años publica Cuestiones estéticas, su primer ensayo, al que seguirán Las tres Electras del teatro ateniense y Sobre la estética de Góngora. En 1913 viaja a París como secretario de la Legación mexicana, para pasar a España en 1914 cuando Carranza sube al poder y suprime el cuerpo diplomático. Allí escribe Cartones de Madrid, Visión de Anáhuac y El suicida, publicadas en 1917. Funda Cuadernos literarios en 1924, donde publica Calendario, además de colaborar con otras revistas como Índice o La Pluma. Se reintegra al servicio diplomático en 1920, año en el que se editan Retratos reales e imaginarios y El plano oblicuo. En 1921 aparecen las dos primeras series de Simpatías y diferencias, una miscelánea de ensayo, crítica, crónica y reseña de autores. La tercera y la cuarta aparecen en 1922 y 1923 (Los dos caminos) y la quinta en 1926 (Reloj de sol). Ifigenia cruel, una de sus obras más conocidas, en la que plantea el problema de la libertad, aparece en 1924. Es nombrado ministro en 1925 y, en 1926, publica su segundo libro de poemas (Pausa). Vuelve a México y viaja a Argentina como embajador; allí escribe la novela El testimonio de Juan Peña. En 1930 parte a Brasil, también como embajador y, a partir de esa fecha, se publican Discurso por Virgilio (1931), Tren de Ondas (1932), Romances del Río de enero (1933) y Yerbas de Tarahumara (1934). De vuelta a Buenos Aires publica Tránsito de Amado Nervo (1937), Las vísperas de España (1937), Cantata en la tumba de Federico García Lorca (1937) e Ideas políticas de Goethe (1937). Pero será tras su regreso a México, en 1939, cuando se produzca una etapa de plenitud, si bien circunstancias personales y ambientales le lleven a un desasosiego cercano a la desesperanza. Entre 1940 y 1944 publica Pasado inmediato y otros ensayos y Algunos poemas, Los siete sobre Deva, Tentativas y orientaciones y Dos o tres mundos, además de La crítica en la edad ateniense, la antigua retórica, La experiencia literaria, El deslinde y Última Tule. Después de proseguir con su extensa obra ensayística se publica, en 1949, Junta de sombras, estudio elaborado durante diez años sobre la Grecia antigua. De ahí, hasta su muerte, aparecerán Trazos de historia literaria y Verdad y mentira, ambas de 1950, Ancorajes y Medallones (1951) Marginalia y Obra poética (1906-1952), de 1952, El cazador y Parentalia, de 1954, y otros estudios sobre Grecia.

José Vasconcelos nació en Oaxaca en 1882. Difícilmente encasillable, compaginó su carrera de abogado con la de ensayista, filósofo, esteta o político. Participó en el movimiento maderista y, tras el asesinato de Madero, ofreció su apoyo a los dirigentes revolucionarios Carranza (a quién luego criticó, teniendo que huir a EE. UU), Villa, Eulalio Gutiérrez y Álvaro Obregón. Como jefe del departamento universitario y de Bellas Artes del Gobierno de Adolfo de la Huerta inició una intensa campaña para crear la Secretaría de Educación Pública, con el fin de dotar a la Universidad de la idea de servir como agente de cambio social. Fundó, bajo su cargo, numerosas bibliotecas y escuelas y la revista El maestro (1922), al tiempo que publicaba numerosos textos clásicos. De 1925 a 1927 viajó por Europa, época en la que se editan La raza cósmica (1925) e Indología (1927), manuales sobre el mejoramiento de la raza india. De vuelta a México, tras su paso por Estados Unidos, se presenta a las presidenciales y denuncia, por fraude electoral, al ganador Pascual Ortiz Rubio, siendo encarcelado. Se exilia, tras su liberación, en París. Cuando vuelve a México, en 1940, lo hace como defensor del nazismo. Vasconcelos aportó cuatro obras significativas a la literatura y que componen sus memorias: Ulises criollo y La tormenta, de 1936, El desastre, de 1938 y El proconsulado, de 1939. Muere en Ciudad de México en 1959.

Narrativa: el impacto de la Revolución en la novela mexicana

Ningún acontecimiento dejaría una huella tan profunda en la novela mexicana como el período revolucionario que se originó en 1910, y que constituyó uno de los pilares de la narrativa del país centroamericano durante un largo período de tiempo. En un principio, de 1910 a 1917, el testimonio prevalecería sobre la especulación, pero según el tiempo iba pasando, el valor documental de los escritos dejaría paso a la crítica y a la valoración más subjetiva del acontecimiento.

Uno de los mejores y máximos representantes de la novela de la Revolución fue Mariano Azuela (1873-1952). Médico de carrera, combinará su profesión con sus aficiones literarias y con la política, en que se mostrará simpatizante de Madero. Tras el asesinato del general, en 1913, se une a Medina, un “villista”, en Jalisco. Tras la derrota de Pancho Villa en Celaya en 1915 sigue a Medina a Lagos de Moreno. Tras un frustrado intento de recuperar la plaza de Guadalajara, los ejércitos al mando de Medina se retiran a Chihuahua. Las peripecias de éste viaje inspirarán la más significativa de sus novelas (Los de abajo), que saldrá a la luz en una oscura edición en El Paso (Texas, EE. UU) y que, a la postre, será considerada como la mejor obra literaria de la Revolución Mexicana. En 1916 se traslada a Ciudad de México donde se dedica a la medicina y al periodismo.

En la producción de Azuela se pueden distinguir cuatro períodos. El primero se inicia bajo la influencia del naturalismo de Zola. María Luisa (1907), Los fracasados (1908) Mala yerba (1909) y Sin amor (1912) son las obras que encuadran esta etapa prerrevolucionaria, aunque ya dejan entrever su acercamiento a la problemática social. En una segunda etapa, la de la Revolución, comenzará una nueva línea, que se inicia con Andrés Pérez, maderista (1911), una crítica contra la desvirtualización del movimiento maderista. Sigue con Los caciques (escrita en 1914 y publicada en 1917 y en la que trata el tema del caciquismo en una pequeña ciudad provinciana) y culmina con Los de abajo. También son de este período Las moscas, Domitilo quiere ser diputado y Las tribulaciones de una familia decente, todas de 1918 y en las que muestra su desencanto revolucionario. El tercer período, en el que experimenta y se une a las vanguardias europeas, se inicia con La mala hora (1923), en la que analiza la problemática de los barrios marginales de la Ciudad de México a través de los ojos de una prostituta que intenta, pero no puede, regenerarse. En El desquite (1925) cuenta la historia de un matrimonio que no funciona por las diferencias de clase de sus miembros. Luciérnaga, terminada en 1927 y publicada en 1932, es la mejor de las novelas de éste período. Paradójicamente, cuando ya había alcanzado el reconocimiento y la fama, la calidad de sus novelas comienza a decaer. Es el cuarto y último período de su creación. A esta época pertenecen El camarada Pantoja (1937) y Esa sangre (1956). También son destacables su ensayo Cien años de novela mexicana (1947) y la biografía Pedro Moreno, el insurgente, de 1935.

Otro de los escritores más conocidos de la novela de la Revolución fue Martín Luis Guzmán (1887-1976). Guzmán fue un revolucionario activo, maderista y representante de Pancho Villa en su disputa con Carranza. Pasó algún tiempo a refugio en España, en donde escribió La querella de México. Otras de sus obras más significativas son El águila y la serpiente (1928) y Memorias de Pancho Villa (1934).

Por su parte, Gregorio López Fuentes (1895-1967) escribe La siringa de cristal (1914), Campamento (1931), Tierra (1932) o Mi general (1934), entre otras; José Rubén Romero (1890-1952) es autor de Mi caballo, mi perro, mi rifle (1936) o de Anticipación a la muerte (1939); Francisco Urquizo, nacido en 1894, escribe Tropa vieja (1943; Francisco Rojas González (1904-1951) publica en 1944 La negra Angustias; Agustín Vera hace lo propio en 1930 con La revancha; Nellie Campobello (1909) ofrece un relato revolucionario pero más intimista en Las manos de mamá (1938); Rafael F. Muñoz (1899-1972), el más entusiasta (aunque no el más cualificado) de los “revolucionarios”, publica en 1931 Vámonos con Pancho Villa y, en 1934, Si me han de matar mañana (1934); por último, destacó José Mancisidor (1894-1956), con La asonada, de 1931, y En la rosa de los vientos, escrita en los cuarenta.

La nueva novela y el fin de siglo

Juan Rulfo cerró, con broche de oro, la Novela de la Revolución provocando, de paso, la renovación de la narrativa del país centroamericano. La obra de Rulfo, nacido en Jalisco en 1918, puede ser leída como un relato sofisticado e innovador del desarrollo industrial del país. Serán sus cuentos, reunidos en El llano en llamas y publicados en 1953 (aunque ampliados en sucesivas ediciones), los que den a conocer a Rulfo, que se consagrará definitivamente con una verdadera obra maestra llamada Pedro Páramo, que verá la luz en 1955 y que servirá como referencia de la letras hispánicas en el siglo XX. En ésta obra se produce una nueva revolución, esta vez no violenta, que tiene mucho que ver con la utilización del tiempo, construido como piezas de un rompecabezas que el lector ha de ordenar, al comprobar que el protagonista, un hombre aparentemente vivo, está tan muerto como los protagonistas de una acción que transcurre en Comala en tiempos de la otra Revolución, la cruenta. Rulfo comenzó publicando sus cuentos en 1945 y, desde ahí, mostró una cierta reticencia a editar sus textos que, generalmente, solían acabar en una papelera por enceste de su mano. De ahí lo poco de sus relatos, prácticamente cuentos y la novela Pedro Páramo, que culminarían con la salida de El gallo de oro, editado en 1980, libro que contendría sus textos para el cine. La obra de Rulfo se caracteriza por el trasfondo de ausencias inmerso en un tejido verbal marcado todo ello por dos acontecimientos trágicos: uno la muerte de su padre asesinado cuando el era un niño y otro la muerte de su madre cuando el autor ingresaba en la adolescencia.

También el declive de la Revolución estará presente en la obra de Carlos Fuentes, nacido en 1928 en Ciudad de México, y que con sus novelas La región más transparente (1958) y La muerte de Atrevió Cruz (1962) participará en la fundación de la nueva novela latinoamericana. En la primera aportará la originalidad de un lenguaje nuevo y del engranaje cinematográfico, que tan presente estará en su vida y en su obra, como principio constructivo para analizar de forma crítica la realidad de su país. En la segunda, quizás la mejor obra de Fuentes, el autor se interna en la psicología de aquellos personajes que, por unas causas o por otras, vendieron la Revolución a sus propios intereses. Una traición a unos ideales dominada por el recuerdo, por el esfuerzo lingüístico del narrador que elimina del texto aquellos elementos que facilitan la dinámica, como las pausas de los puntos. De alguna forma, la muerte aparece como un triunfo ante la vanidad.

En 1967, la publicación de Cambio de piel supone un pequeño escándalo no ya tanto por su estructura y por la línea experimental que sigue, si no por el contenido erótico ajeno a prejuicios y por la posición, liberalizada, que le otorga a la mujer mexicana, mezclando elementos reales e irreales con sabia maestría. El tiempo como vía de investigación literaria será una constante en sus siguientes noveles Zona sagrada (1967) y Cumpleaños (1969). En 1975, el escritor centroamericano publica la más compleja de sus novelas, Terra nostra, en el que el juego del tiempo y de los personajes que aparecen vuelven a entremezclarse con la historia, el mito y, en definitiva, el mundo, el hombre y la existencia. De 1978 es La cabeza de la hidra, una denuncia contra el poder establecido a través de un discurso novelístico de carácter policíaco en el que el petróleo es el combustible de la corrupción y la esclavitud. Una familia lejana, novela de 1980, representa la vuelta del escritor a la búsqueda de la identidad nacional. En 1985 se publica Gringo viejo, novela llevada al cine con gran éxito, en la que un periodista americano se une a uno de los generales de Villa para ver de cerca la Revolución, encontrando allí una muerte tal vez buscada. En 1987 escribe Cristóbal nonato, una tragicómica novela con guiños al ensayo sobre un no-nacido que deberá aparecer en el mundo en el día del quinto centenario del descubrimiento de América.

Posteriormente se publican Constancia y otras novelas para vírgenes (1990), La campaña (1990), novela de los años del movimiento independentista (1810-1820), Diana o la cazadora solitaria (1994), obra con elementos autobiográficos que supone una crítica a la política hipócrita de EE. UU siempre presente en la obra de Fuentes, o La frontera de cristal, de 1996 en la que vuelve a incidir en la denuncia de la explotación “gringa” sobre el pueblo emigrante mexicano. Entre las colecciones de cuentos de Fuentes destacan Cuerpos y ofrendas, de 1972, Agua quemada (1981) y El naranjo, de 1993. Como ensayista, el autor mexicano escribió una deliciosa obra titulada La nueva novela hispanoamericana, de 1950, a la que siguieron Cervantes o la crítica de la lectura (1976) y Geografía de la novela (1993) en la que indaga en los textos de autores como Borges o Calvino. También es necesario destacar sus textos dramáticos Orquídeas a la luz de la luna, de 1982 y otras dos anteriores: El tuerto es rey (1970) y Casa con dos puertas (1970). En 1987, Carlos Fuentes recibió el Premio Cervantes.

Carlos Fuentes no sólo fue decisivo en el cambio de orientación del estilo, la temática y la profundidad de la novela mexicana. Gracias a él, muchos autores que hubieran tenido que pasar por las bambalinas de la literatura, salieron a la luz y, con ellos, lo más florido de la creación prosística del país centroamericano. Es el caso de Agustín Yáñez (1904-1980), que con Pasión y convalecencia (1938) comienza sus indagaciones sobre la realidad mexicana, tema que se repite en su novela más conocida, Al filo del agua (1947), una obra novedosa en su aspecto narrativo y cuya estructura repetirá en La creación (1959), La tierra pródiga (1960), Las tierras flacas (1962), Las vueltas del tiempo (1973) y La ladera dorada (1979).

Fue también famoso en sus años José Revueltas (1914-1976), comprometido escritor de la crudeza de los ambientes y los pozos humanos más desarraigados de una sociedad en crisis. La denuncia social es el tema al que recurre en Los muros del agua (1941). Otras obras de mención son El luto humano (1943), En algún valle de lágrimas (1956) y Los errores (1964). No hay que olvidar a Andrés Henestrosa (1906), o Ricardo Pozas, nacido en 1912, que aunque no han vivido la fama de los anteriores, sus novelas son de una gran calidad sincera.

Juan José Arreola, nacido en 1918, se decantó por su tendencia hacia lo fantástico. Varia invención, de 1948, colección de relatos ágiles, sería la primera de sus publicaciones de calidad, a la que seguirían Confabulario, de 1952 y La feria, de 1963, novela en la que demuestra gran habilidad estructural y fina ironía.

Elena Garro (1920) se inclinará más a los ideales de felicidad del hombre con Los recuerdos del porvenir (1963), centrada en la localidad de Itxepec, donde se suceden episodios violentos de gran fuerza narrativa y estimable capacidad para plasmar estados de ánimo en los personajes, y La semana de colores (1964).

Obra de gran madurez es Oficio de tinieblas, escrita en 1962 por Rosario Castellanos (1925-1974), si bien la más conocida de las que escribió fuera la autobiográfica Los convidados de agosto (1964), una evocación de la infancia en un latifundio ante el avance de la Revolución.

Emilio Carballido (1925), que escribirá una página notable en el mundo del teatro mexicano, aunque notables son sus novelas La veleta oxidada (1958), El norte (1958), La caja vacía, de 1962, Las visitaciones del diablo (1965) o El sol (1970).

Salvador Elizondo (1932) saltó a la fama con Farabeuf o la crónica de un instante (1965), una novela vanguardista y estimulante a la que seguirán otras nunca menores en cuanto a lo sorprendente. Son los casos de Narda o el verano (1966), El hipogeo secreto ((1968), El retrato de Zoe (1969), El grafógrafo (1972) o Cámara lúcida, de 1983.

Jorge Ibargüengitia (1928-1983) tratará el tema del fracaso de la Revolución en Los relámpagos de agosto (1965). Nunca abandonará el tono irónico y humorístico, rayano en lo esperpéntico, en obras como Maten al león (1969), Las muertas (1977), El atentado (1978), Estas ruinas que ves (1975), Dos crímenes (1979), Los pasos de López (1981) y Los conquistadores (1981).

Vicente Leñero, nacido en 1933, dramaturgo, cuentista y novelista, destaca por Redil de ovejas (1973), un retrato de la sociedad mexicana. En 1978 publica Los periodistas, en 1979 El evangelio de Lucas Gavilán, en 1984 La gota de agua y en 1985 Asesinato.

José Emilio Pacheco (1939) experimentará en la narrativa, como en la poesía, con sus cuentos de El viejo distante (1963), La sombra de la medusa y otros cuentos marginales (1990) y sus novelas Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto, en la que hace un retrato de la Ciudad de México en los años 40, retratada como lugar descreído y deshumanizado.

Fernando del Paso (1933) repasa la historia de México a través de sus propias vivencias en José Trigo (1966) en la que mezcla narrativa y lirismo. En 1977 se publica Palinuro de México, de lenguaje complejo, que narra la historia de Palinuro, quizás el propio escritor, estudiante de medicina y poseedor de unas peculiares dotes de científico y filósofo. Con Noticias del imperio, de 1987, que tiene como protagonista a Carlota, esposa del emperador Maximiliano, que enloquece tras la muerte de éste, mezcla de nuevo realidad y ficción. En 1996 se edita Linda 67: historia de un crimen, novela policía de trama negra.

René Avilés Fabila (1940) inició su carrera como novelista con Los juegos (1967), prosiguió con El gran solitario de Palacio (1971) y Tantadel (1975), salpicando de libros de narraciones breves su producción literaria: Hacia el fin del mundo (1969), Nueva utopía (1973), La desaparición de Hollywood (1973) o Lejos del Edén La tierra (1980). En sus textos hay una posición crítica hacia la realidad mexicana, lograda por mediación de la ironía. Audaz y ajeno a convencionalismos académicos, como demuestra en Pueblo en sombras, de 1978, Avilés denuncia aspectos tan relevantes como desgraciadamente comunes de la sociedad del país, como la corrupción política sistematizada.

Americanista convencido es Arturo Azuela, cuya obra de mayor éxito, El tamaño del infierno (1973), no hace desmerecer a las demás: Un tal Salomé (1975), La casa de las Mil Vírgenes (1983) o El don de la palabra (1984), entre otras.

Nacida en 1933, Elena Poniatowska representa la fuerza de la escritura femenina, mediante la investigación psicológica de sus personajes y la expresividad manifiesta de sus obras. Obtiene reconocimiento con Hasta no verte Jesús mío, de 1969, obra en la que la protagonista y narradora, Jesusa Palancares, ofrece desde su visión como indica el relato atormentado de la Revolución, entre personajes de baja condición que toman contacto con los espíritus. En La noche de Tlatelolco, de 1971, Poniatowska narra los sucesos ocurridos durante las olimpiadas de 1968 en la Plaza de las tres Culturas, donde tuvo lugar una terrible matanza. En 1979 se publica Gaby Brimmer y en 1987 Nada, nadie, un relato sobre el telurismo como hecho físico y como metáfora de un México en perpetuo estado de sobresalto. Antes, en 1978, se publicó su colección de cuentos de carácter femenino llamados Querido Diego, te abraza Quiela.

Hay que añadir a estos nombres los de Tomás Mojarro (1932), narrador de la vida en provincias, al igual que Juan Tovar (1941), pero éste desde un punto de vista más denso; Gustavo Sáinz (1940), escritor cualificado en Obsesivos días circulares (1969), que obtuvo anteriormente reconocimiento internacional por Gazapo (1965); el feraz autor José Agustín cuya mejor novela sea, quizás, Cerca del fuego (1986); Guillermo Samperio (1948) y David Ojeda (1950), ambos excelentes narradores de cuentos y relatos breves como puede verse en Tomando vuelo de demás cuentos (de Samperio, 1976) y Las condiciones de la guerra (de Ojeda, 1978); y el ensayista (En la ruta de la onda, 1974), poeta (Mediodía, 1975), cuentista (El rey criollo, 1971) y novelista (Pasto verde, 1968), Parménides García Saldaña, nacido en 1944.

Margarita Dalton, Carlos Oliveira, Orlando Ortíz y Julián Meza publicaron, en 1968 las obras respectivas Larga sinfonía en d, Mexicanos en el espacio, En caso de duda y El libro del desamor, lo que les permitió darse a conocer, en aquel año, como la “Promoción Diógenes”.

Ángeles Mastretta (1949) es también representante, junto a Poniatowska, de la nueva novela femenina. Mujeres suelen ser las protagonistas de una prosa de alto nivel literario, como ya demostró en Arráncame la vida, de 1985, un texto de hondo carácter antimachista que tiene a Catalina como protagonista, con quien se casa el general Ascencio sólo con el fin de dar rienda suelta a sus ambiciones de poder y posición. La rebeldía tomará, entonces, carta en la posición de Catalina ante una sociedad opresora con la mujer. En 1991 publicó Mujeres de ojos grandes, colección de relatos breves, con mujeres secundarias en la vida que se convierten, por sus valores, en protagonistas de la obra. En 1994 publicó Puerto libre.

En 1950 nace Laura Esquivel, posiblemente una de las escritoras mexicanas más conocidas de todos los tiempos, debido a que su novela Como agua para chocolate fue llevada al cine con éxito demoledor. Publicada en 1990, la obra es un drama al que no le falta cierto tono humorístico y todo ello envuelto en un manto de gastronomía y sentimientos, de vitalidad y amor extremo. Tras escribir guiones para el cine durante algún tiempo, Laura Esquivel vuelve a la novela para publicar, en 1994, La ley del amor, un texto acompañado de imágenes y música (salió a la venta con un CD incorporado) de carácter erótico y con tintes humorísticos.

Además de sus textos poéticos, Homero Aridjis es uno de los escritores de novelas mexicanos más valorados y apreciados a nivel nacional e internacional. Se dio a conocer en el campo de la narrativa con 1492. Vida de Juan Cabezón de Castilla, si bien en 1961 había sido ya publicado un volumen con sus cuentos, titulado La tumba de Filidoro y, posteriormente (1982) otro libro que reunía tres relatos breves (Playa nudista, que da nombre al volumen; Noche de independencia; y El último Adán). En 1492…, Aridjis relata una historia de la España previa a la fecha en la que Colón llega a América, en una etapa oscura en la que la convivencia de religiones deja paso al fanatismo cristiano de los Reyes Católicos, pero tratado desde un punto de vista histórico y cercano a la objetividad. En 1988 publica Memorias del Nuevo Mundo, un relato de la etapa que sigue a 1492. En 1993 se edita La leyenda de los soles, centrada en la Ciudad de México de 2027. Problema milenario plantea Aridjis en la siguiente de sus novelas, El señor de los últimos días (1994), cuando en el año 1000 aparece un cometa en el cielo que presagia la llegada del Anticristo y del pánico al fin del mundo. Se traslada Aridjis de nuevo al futuro para escribir ¿En qué piensas cuando haces el amor?, publicada en 1995 y ambientada, también, en la misma Ciudad de México y en el mismo año 2027 de El señor…, pero esta vez la urbe es devastada por catástrofes naturales (y no tan naturales).

En el horizonte narrativo hay que nombrar a Sergio Pitol (1933), que hace una crítica profunda a la parte más oscura de México en la trilogía Desfile de amor, Domar la divina garza y La vida conyugal, de 1933, 1984 y 1991. En El relato veneciano de Billie Upward (1992) ha reunido sus maravillosos cuentos. Héctor Aguilar Camín es autor de las novelas Morir en el Golfo (1985) La guerra de Galio, de 1991, y El error de La Luna, de 1995. A la novela policíaca de trama política se ha dedicado Paco Ignacio Taibo (1949), que ha obtenido importantes éxitos por haber sido llevadas al cine varias de sus obras. Es el caso de No habrá final feliz, de 1981, a la que hay que añadir otros títulos como La lejanía del tesoro (1992) o La bicicleta de Leonardo, de 1993. De los consagrados, mencionar también a Carmen Boullosa, Eugenio Partida, Sealtiel Alatriste o Luis Zapata, éste último escritor de tema erótico.

Edgardo Bermejo (1967) destaca por Marco´s fashion (1997) y por su participación en la antología de nuevos narradores mexicanos Dispersión multitudinaria. Es director del suplemento “Lectura” del diario El Nacional. Eva Bodenstedt (1967), periodista, combina la información con el cine y la novela. En 1997 publica Café reencuentro. Ricardo Chávez Castañeda (1961) comenzó publicando en 1993 Los ensebados. Desde entonces se han editado siete libros suyos, entre colecciones de cuentos y novelas. La última ha sido Las montañas azules, de 1998. Adriana Díaz Enciso (1964), periodista, guionista, locutora de radio y letrista de un grupo de rock, ha escrito tres poemarios y de la novela ¡El amor!. Guillermo J. Fadanelli (1962) es el fundador de la revista Moho y de la editorial del mismo nombre. Es autor de las novelas La otra cara de Rock Hudson (1997) y Para ella todo suena a Franck Pourcel (1998) y de los libros de relatos Cuentos mexicanos, El día que la vea la voy a matar y Barracuda. Ana García Bergua (1960) publicó, en 1993, la novela El umbral, travels and adventures (1993) y el libro de cuentos El imaginador (1996). Manuel González Suárez (1964) ganó el premio Gilberto Owen con El libro de las pasiones, publicado en 1998. Victoria Haro (1968) es la autora de La tía Pita y otras muertes no ordinarias (1996). José Ramón Ruisánchez (1971) ganó el Premio Juan Rulfo de Primera Novela con Novelita de amor y poco piano (1996). Escribe después Y por qué no tenemos otro perro (1997) y Remedios infalibles contra el hipo (1998). Celso Santajuliana (1960) es ganador de numerosos premios literarios (incluido el Juan Rulfo de Primera Novela) y tiene en su haber las novelas Palabras que sueñan como si vuelves (1994), Historias de Lorea (1990) y los libros de cuentos Niantla y Salón de usos múltiples. Jordi Soler (1963) es autor de varios poemarios y de las novelas Bocafloja (1994), La corsaria (1996), La cantante descalza (1997) y Nueve aquitania (1998). Jorge Volpi (1968) es autor de cinco novelas, la última publicada en 1997 bajo el título Sanar tu piel amarga. Naief Yehya (1963) es autor de tres novelas: Obras sanitarias (1992), Camino a casa (1994) y La verdad de la vida en Marte (1995).

Poesía: el movimiento poético de Contemporáneos

No cabe duda que México ha sido a lo largo del siglo XX uno de los centros más importantes de creación poética de la América de lengua castellana. Pero dentro de la importancia que México ha tenido en la lírica, es importante señalar uno de los momentos históricos literarios que más han influido en los movimientos y las figuras poéticas posteriores: la fundación de la revista Contemporáneos, en 1928 y, por extensión, la creación del grupo del mismo nombre.

Contemporáneos supuso una apertura a la influencia de las corrientes europeas y norteamericanas, más cosmopolitas y universalistas. Sus representantes más destacados fueron Carlos Pellicer, José Gorostiza y Xavier Villarrutia, sin olvidar nombres tan significativos como Bernardo Ortíz de Montellano, Enrique González Rojo, Jaime Torres Bodet, Salvador Novo, Jorge Cuesta o Gilberto Owen. Durante los años 20, sus miembros habían colaborado en publicaciones al estilo de la Revista de Occidente española o la Nouvelle Revue francesa, como fueron La Falange (1922-1923) y Ulises (1927-1928). Desde Contemporáneos se estableció un órgano de representación de la cultura mundial de principios de siglo, tanto entre escritores del mundo hispánico como de otras lenguas, que eran traducidas con sumo cuidado y atención. Su objetivo principal puede fijarse en la mejora de la cultura nacional a través de los textos llegados de todo el mundo.

Carlos Pellicer (1899-1977), uno de los fundadores de Contemporáneos, se erigió como uno de los poetas más importantes del vanguardismo por su colorismo lírico, audaz y brillante. En su obra pueden distinguirse dos períodos, uno más imaginativo y otro más reflexivo. En el primero, de 1921 a 1937, salen a la luz sus cinco primeros volúmenes de poemas: Colores en el mar (1921), Piedra de sacrificios (1924), Seis, siete poemas (1924), Hora y veinte (1927) y Camino (1929). En aquellas obras aparece una Naturaleza exuberante y tórrida centrada en el paisaje tropical de Tabasco como ejemplo de escritura sobre un mundo nuevo y maravilloso, lo que le diferenciará, en un principio, de los otros miembros del grupo. En el segundo período, que se inicia con Hora de junio (1937), se dejan entrever sus inquietudes metafísicas. Se trata de una poesía que se desintegra a sí misma, una reflexión de la conciencia y una aproximación al conocimiento y la verdad, como puede comprobarse en Recinto (1941), Subordinaciones (1941), Práctica de vuelo (1956), Material poético (1956, y en donde se reúne toda la obra anterior y algunos textos inéditos más) y Teotihuacán y el 13 de agosto; ruina de Tenochtitlán (1964).

Por su parte, José Gorostiza (1901-1973) fue poeta de gran rigor crítico que alternó su producción lírica con su vocación política que le llevó a ser diplomático y ministro de Relaciones Exteriores de México. El poema significaba para el “la organización inteligente de la materia poética”. En Canciones para cantar en las barcas (1925), uno de sus primeros textos, demuestra una inclinación hacia lo experimental, creando una atmósfera de gran finura, entroncada con la tradición española de los siglos XV y XVI, especialmente con la figura de Luis de Góngora. En Muerte sin fin (1939), Gorostiza recurre a la búsqueda de la poesía pura. Esta obra, junto con Primero sueño de sor Juana Inés de la Cruz, Idilio salvaje, de José Othon y Piedra del sol, de Octavio Paz, conforman una tetralogía fundamental del poema extenso mexicano. Es una obra existencial, de gran complejidad sintáctica y alegórica, en la que se elimina lo material hacia lo esencial.

La obra literaria de Xavier Villaurrutia (1903-1950) recoge varias colecciones de poemas, quince obras dramáticas (figura como uno de los grandes renovadores del teatro mexicano), una novela breve y una serie amplia y variada de ensayos y notas críticas. Villaurrutia fue una de las figuras poéticas más destacadas de su época tanto por su escritura como por su personalidad compleja en la que aparecía tan desbordante en la vida pública como oscuro en la privada, temido en círculos literarios y políticos por su ironía y mordacidad. No fue su obra poética de lo más prolífico, si bien alcanzó niveles excepcionales de calidad por su riqueza figurativa, como puede empezar a verse en Reflejos, de 1926, una serie de textos sensoriales, no convencionales y fluidos. Pero será Nostalgia de la muerte su colección de poemas más importantes y que reúne los versos escritos desde 1938 a 1946. En la tercera de sus colecciones, Canto a la primavera y otros poemas, publicada en 1948, se mostrará más sombrío, cantando a amores no correspondidos. Nocturnos (1933), Décima muerte y otros poemas no coleccionados (1941) y Canto a la primavera y otros poemas (1948) conforman, con las anteriores colecciones, su obra poética. En teatro, destacan sus Autos profanos (1934), Invitación a la muerte (1943. Adaptación del Hamlet de Shakespeare), La mujer legítima (1942) y El yerro candente (1944).

Jaime Torres Bodet (1902-1974) fue un poeta notable en su producción y oscuro en su vida. Crítico literario, prosista, y orador, además de poeta, llegó a ser Ministro de Educación Pública y director general de la UNESCO. Sus sentimientos profundos y trágicos, visibles en las poesías escritas de su mano, así como su invocación, casi constante, de la muerte, le llevaron a poner fin a sus días suicidándose en 1974. Su obra se inicia con la publicación de Fervor (1918), cuando tenía 16 años y bajo la influencia de los poetas franceses Baudelaire, Guérin y Samain y continúa con El corazón delirante (1922), Nuevas canciones y La casa y los días (en la que muestra claramente su antagonismo vital mediante la polaridad de luminoso, en La casa, y lo tedioso y sombrío, en Los días) ambas de 1923, Poemas (1924), Biombo (1925), Poesías (1926) o en sus narraciones-confesiones al estilo de Cocteau (Margarita de niebla, 1927; Nacimiento de Venus, de 1941; y Tiempo de Arena).

Bernardo Ortíz de Montellano (1899-1949), que fue director de la revista Contemporáneos durante tres años y uno de los principales animadores del grupo figura como uno intérprete de la angustia humana frente a la vida moderna. Sueños y poesía, colección publicada en 1952, reúne la totalidad de su obra lírica.

Novelista, ensayista, dramaturgo, guionista de cine, periodista, poeta… Salvador Novo (1904-1974), logra en su obra resultados musicales muy particulares, aunque la versatilidad de sus ocupaciones le impidió alcanzar un nivel más brillante. Su producción se inicia en poesía (campo en el que más destacó) con XX poemas, de 1925, a la que siguen Espejo y Nuevo amor, ambas de 1933, Dueño mío (1944), Florindo Laude (1945) y finaliza con Poesía, publicada en 1961.

Jorge Cuesta (1903-1942), conocido como “El alquimista” por haber estudiado Ciencias Químicas, se destacó por representar, con más dramática intensidad que ninguno de sus compañeros, los postulados del grupo, a pesar de no publicar en vida. Fundó la revista Examen en 1932. Su poesía era una búsqueda constante de la pureza de la inteligencia. La obra completa de Cuesta fue recopilada y editada en 1964. Se había suicidado en 1942.

Gilberto Owen (1905-1952) coincidió con Cuesta en la publicación Ulises. Su profesión, que alternaba con la de literato, era la de diplomático. Proclive a lo oculto, Owen fue deudor del Siglo de Oro español, del simbolismo francés y de la poesía metafísica inglesa.

Octavio Paz y el grupo poético de taller

Nacido en 1914 en Mixcoac, Octavio Paz es, sin duda, el poeta mexicano de mayor prestigio nacional e internacional. Laureado en 1981 con el Premio Cervantes, el más importante de las letras en castellano, y con el Premio Nobel en 1990, Paz inició su labor creativa con la publicación de su primer libro de poemas, Luna silvestre (1933) al tiempo que colaboraba con diferentes revistas y publicaciones. En 1937 viaja a España, cuando ya se había iniciado la Guerra Civil (1936-1939) para participar en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. De regreso a México funda el Grupo Taller en 1938 y la revista del mismo nombre, que aparecerá entre 1939 y 1941 y en torno a la cual se reunirán poetas de gran valía como Efraín Huerta o Neftalí Beltrán, unidos en sus anhelos de justicia social y en los ideales antifascistas.

Tras la publicación de Luna silvestre, se inicia el primero de sus grandes períodos creativos en el que el poeta muestra su carácter metafísico atormentado por el imposible conocimiento del misterio. Es la época de Raíz del hombre (1937) Entre la piedra y la flor (1941), A la orilla del mundo (1942), ¿Águila o sol? (1951) o Semillas para un himno (1958), todas ellas reunidas en la antología Libertad bajo palabra (1960) nombre de una de sus obras, publicada en 1949.

A finales de los cincuenta, el constructor de paraísos se transforma en el desesperado ante la incertidumbre de que esos paraísos existan. Hay en este segundo período un componente surrealista en su obra. Salamandra (publicado en 1962) es un canto a la soledad, una autocrítica al poeta moderno que se agudizará en Blanco (1966). Si Salamandra era lo opuesto a Estación violenta, en Ladera este (1969) se reconciliarán ambas posturas, bajo el manto de la sabiduría oriental con momentos de sensualidad. Entretanto, Paz había publicado Discos visuales y Topoemas, ambas de 1968, siempre en busca de nuevas experimentaciones y los que se llamaría “poesía espacial”. En El mono gramático (1970) Paz opone el paraíso y la historia, los dioses y el hombre concreto, bajo un lenguaje prosístico y acrobático. Pasado en claro (1975) es una inmersión en la memoria autobiográfica, con la que inicia el tercero de sus períodos creativos que culmina con Vuelta (1976), una colección poética en la que se reúnen sus poemas del retorno a México y Árbol adentro (1987)

Como ensayista, Paz recoge las paradojas de la historia en El laberinto de la soledad (de 1942 y en donde define al mexicano como un ser en busca de su identidad, que se revela en ciertas circunstancias vitales) Posdata o Corriente alterna, así como la crítica a las dictaduras, sean del signo que sean, como se observa en El ogro filantrópico (1979) y en Tiempo nublado (1986). Dos constantes se dan en la prosa de Paz: Por una parte, la fascinación por las máscaras entendidas como defensa psíquica. Por otra, la reflexión sobre los poderes del Estado. En 1957 publica Las peras del olmo, donde analiza la corriente surrealista. A raíz de los sucesos de Tlatelolco, donde en 1968 murieron trescientos estudiantes en una brutal masacre, aumenta el escepticismo del escritor, hechos que plasmará en Posdata, ensayo en el que elabora la última imagen histórica de la pirámide como complemento actualizante del laberinto metafísico de la obra anterior. Son, en este apartado del ensayo, destacables su estudio sobre la figura de sor Juana Inés de la Cruz (Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe) o de los movimientos creativos del siglo XX (Los hijos del limo: del romanticismo a la vanguardia).

Perteneciente al grupo Taller, Efraín Huerta (1914-1982) demostró una marcada preocupación social en su vida, en general, y en su obra en particular. Son importantes sus obras Absoluto amor (1935), Línea del alba (1936), Poemas de guerra y esperanza (1943), Los hombres del alba (1944), La rosa primitiva (1950), El trajín (1963), o la antología lírica Poesía: 1935-1968 (1968). Huerta cultivó un género pesimista y caótico, aunque en sus versos se puede ver un guiño hacia la ternura, hacia la luz que surge de entre las tinieblas.

También Neftalí Beltrán (1916) se adscribió a Taller. Con veinte años publica Veintiún poemas (1936) bajo la influencia de Villaurrutia, admiración por el poeta que no abandonará del todo más que para acercarse a un tono más musical y menos cerebral, como puede verse en Soledad enemiga (1949).

A pesar de no pertenecer a Taller, es importante reseñar en este espacio la figura de Alí Chumacero (1918), por cuanto fue impulsor de la revista El Hijo Pródigo (1943-1946) junto a Octavio Paz, después de haber hecho lo propio con la publicación Letras de México (1937-1947). Pero su labor de promoción literaria y divulgación de la creación mexicana no acabó ahí: en 1949 fundó México en la cultura. Chumacero se adscribió a un grupo más minoritario que figuraba en torno a la revista Tierra Nueva (1940-1942). Como Neftalí, también se inclinará por la angustia latente en los textos de Villaurrutia en cuanto a los temas de la soledad y la muerte. Sus colecciones de poemas reúnen la práctica totalidad de la obra y, entre ellas, destaca Páramo de sueños (1944), junto a Imágenes desterradas, de 1948, o Palabras en reposo, de 1956.

Otros poetas y las últimas tendencias

La poesía mexicana cuenta, en el siglo XX, con un gran número de creadores que, aunque de diferente estilo, calidad y reconocimiento dan una muestra de lo extenso y prolífico de la lírica del país centroamericano.

Guadalupe Amor, nacida en 1920, con obras como Poesías completas (1951), Jaime Sabines (1926), Recuento de poemas (1962), o Maltiempo (1972), muestra la cara pesimista, triste del poema a través del canto a la muerte o a la levedad vital del hombre.

Rubén Bonifaz Nuño (1923) da muestras de vigor tonal en sus obras Imágenes (1953) y Los demonios y los días (1956), de compromiso social en El manto y la corona (1958) y Fuego de pobres (1961) o de un delicado intimismo en Siete espadas (1966).

Jaime García Terrés (1924) escribe Las provincias del aire, Los reinos combatientes y Todo lo más por decir, en 1956, 1962 y 1971 respectivamente.

El surrealista Manuel Durán (1925), crítico con el sistema en sus obras Puente (1954), El lugar del hombre (1965) y La piedra en la mano (1970)

De Rosario Castellanos (1925-1974) destacan sus colecciones de versos, recogidas casi en su totalidad en Poesía no eres tú (1972) y en las que se puede observar su acentuado convencimiento de que la vida es una expresión positiva de la creación.

Tomás Segovia (1927) demuestra su pureza en Luz provisional (1951), Apariciones (1957), Luz de aquí (1951), Anagnórisis (1967), Historias y poemas (1968) o Figura y secuencias (1979)

Profundo y encendido, representante máximo de la generación de los 40, Marco Antonio Montes de Oca (1932) se decanta por el surrealismo y el creacionismo en Delante de la luz cantan los pájaros (1959), Cantos al sol que no se alcanza (1961), Fundación del entusiasmo (1963), La parcela en el Edén (1964) y Poesía semoá: 1953-1970, Comparecencias: 1968-1980 (1980).

Nombres éstos a los que hay que añadir los de otros poetas como son Thelma Nava (1931), directora de la revista El pájaro cascabel, Juan Buñuelos (1932), Gabriel Zaid (1934), cuya obra se reúne en Cuestionario:1951-1976, Sergio Mondragón (1935), director de la publicación El corno emplumado, José Carlos Becerra (1937) Francisco Cervantes (1938), Jaime Labastida (1939), Eráclito Zepeda (1937), Alejandro Aura (1944), Ciscar Oliva (1938) o Jaime Augusto Schelley (1937).

A ellos hay que sumar dos nombres que, aunque sus mayores éxitos y reconocimiento vendrán por sus obras narrativas, tienen en el campo de la poesía una destacada producción: Homero Aridjis y José Emilio Pacheco.

Aridjis (1940) publicó su primera obra poética en 1958 (La musa roja), precisamente la única que no ha entrado en la colección Antología poética (1960-1994), publicada en 1994, que reúne las obras Los ojos desdoblados (1960), Mirándola dormir (1964), Perséfone (1967), Los espacios azules (1969), Sobre una ausencia (1976), Quemar las naves (1975), Vivir para ver (1977), Construir la muerte (1982), Imágenes para fin del milenio (1986), Nueva expulsión del paraíso (1990), El poeta en peligro de expulsión, Arzobispado haciendo fuego (1993) y Tiempo de ángeles (1994). Aún mostrando cierta afinidad con los temas históricos, sobre todo los precolombinos, Aridjis no se detiene en ese tiempo, y barre desde las referencias náhuatl hasta la modernidad mediante una técnica experimental formal novedosa del más alto nivel.

José Emilio Pacheco, por su parte, inaugura su obra con la publicación de Los elementos de la noche (1963), si bien alcanzó notoriedad tras la edición, en 1966, de El reposo del fuego (1966). Comprometido, mexicanista, metafísico, Pacheco se mueve en espacios históricos universales con honda pasión, la misma que demuestra en su compromiso con la humanidad. Buena parte de su obra fue publicada en 1986 bajo el título Tarde o temprano, recogiéndose en esa edición obras como No me pregunten como pasa el tiempo (1969), Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976) o Los trabajos del mar (1982).

El teatro mexicano

México es el país de habla hispana que compite en creatividad dramática con los países de la zona del Río de la Plata. Muchos de los autores destacaron ya en otras facetas literarias como la poesía, la narrativa o el ensayo. Es el caso de Xavier Villaurrutia, fundador del Teatro Ulises junto a Salvador Novo, Gilberto Owen y Celestino Gorostiza. Éste último fundó también el grupo Teatro de Orientación. Villaurrutia se inicia con la comedia Parece mentira, de 1934, que gira en el ámbito del suicidio y que obtiene reconocimiento internacional. La siguen Invitación a la muerte, de 1944, La hiedra, de 1941, Sea ud. breve y En qué piensas, ambas de 1934, La mujer legítima, de 1942, El yerro candente (1944), El pobre Barba Azul (1946) y Juego peligroso (1949). Por su parte, Gorostiza escribió Ser o no ser, Nuevo Paraíso y La escuela del amor, todas estrenadas en 1935. En 1938 escribe Escombros de sueños, en 1952 El color de nuestra piel y, en 1955 Columna social, a la que hay que añadir el estreno de Malinche, en 1958.

Pero la figura más destacada de la creación dramática es Rodolfo Usigli, nacido en 1905 y muerto en 1980. A él se debe la síntesis del teatro contemporáneo mexicano y, de él proceden muchas de las influencias que el nuevo teatro tendrá en la segunda mitad del siglo. Data su primera comedia de 1929 (Quatre chemins), pero el éxito más importante y que le lanzó a la fama fue la representación en 1947 de El gesticulador, diez años después de haber sido escrita. Anteriores son El niño y la niebla (1936) y Medio tono (1937). En su obra de 1952 Jano es una muchacha pueden otearse con claridad las influencias que sobre él ejerciera el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, amigo suyo y uno de los autores que encarriló a Usigli hacia el teatro. En 1947 escribe Corona de sombra, sobre la vida atormentada de la esposa del emperador Maximiliano. En 1949 aparece Función de despedida y, en 1963 Corona de luz. En el 67, en plena vena creativa, se estrena Tres comedias, en el 69 El gran circo del mundo y en 1972 Moralidad en dos actos y un interludio según “la vida es sueño”.

También es importante la aportación al teatro de Salvador Novo que en La culta dama (1951), ironiza sobre la sociedad mexicana. Lo propio, pero esta vez sobre la prensa, hace en A ocho columnas (1956). Otra de sus obras de importancia es Ha vuelto Ulises (1962). De aquella época es necesario mencionar a Agustín Lazo, a Bernardo Ortíz de Montellano, a Mauricio Magadaleno y a Juan Bustillo Oro.

Pasados los cincuenta se fundan numerosos grupos experimentales y destacan autores como Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Sergio Magaña o Elena Garro. Irónico, humorístico y crítico es el primero, autor, entre otras, de Rosalba y los llaveros y de Orinoco, Rosa de aromas y otras piezas dramáticas, cinco textos en los que se manifiestan sus aptitudes características. Hernández es la autora de Los huéspedes reales, de 1957, su obra más significativa. Magaña se inclina por las obras de trama negra como El pequeño caso de Jorge Lívido, de 1958. Garro se identifica con Ionesco, especialmente en La señora en su balcón, de 1963. Hugo Argüelles es un excelente comediógrafo como puede verse en Los cuervos están de luto. Autora de una obra comprometida es Maruxa Vilalta que estrenó en 1970 Esta noche juntos amándonos tanto. Guillermo Schmidhuber de la Mora es uno de los más afamados de los autores teatrales de fin de siglo, que en 1994 publicó un libro con algunas piezas de su prolífica obra y que tituló Los entes teatrales. No hay que olvidar a Juan García Ponce, Eduardo García Máynez o a Miguel Sabido.

Enlaces en Internet

http://www.arts-history.mx/literat/licde2.html; Diccionario alfabético de autores mexicanos.

Bibliografía

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SIMOSHE, Pedro. Historia de la Literatura Latinoamericana. Madrid: Playor, 1993.

Siglo XX

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Luis Conde-Salazar Infiesta

MÉXICO: LITERATURA

Fuente: Britannica

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