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Definición de Novela epistolar

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 Es aquella novela que, en todo o en su mayor parte, se ha construido como una serie de epístolas. En sus orígenes, esta práctica nos remite a géneros literarios diversos, en los que las cartas aparecen escritas en clave puramente ficticia, real o verosímil, con un propósito que oscila entre lo utilitario, lo pedagógico y lo artístico. Por otra parte, el Medievo traspasó este modelo clásico hasta el Renacimiento, con epístolas plasmadas en forma de verso y de prosa, en el ámbito de la ficción narrativa o en escritos históricos (los veremos de inmediato), didácticos (como las supuestas cartas de Aristóteles a Alejandro o las atribuidas al Preste Juan), apologéticos (a la manera de la Epístola de Rabí Samuel) o en la mera patraña que sólo descubre su condición al final (como las Cartas de los judíos de la aljama de Constantinopla y Toledo). Las colecciones de epístolas con una voluntad claramente literaria gozaron, a lo largo de todo ese tiempo, del respaldo que les brindaba un modelo fundamental: las Heroidas ovidianas.

En fecha temprana, en pleno siglo XII, tenemos una obra tan fascinante como es el conjunto de las cartas de Eloísa y Abelardo, que habrían de pesar mucho en la resurrección del género en Francia en pleno siglo XVII. Sin embargo, fue sólo gracias a Ovidio, como se ha indicado, y al influjo recibido sucesivamente por las colecciones de epístolas de Cicerón, Séneca y Plinio el Joven como el género epistolar se desarrolló desde el Trecento en adelante, constituidas en libros o insertas dentro de géneros como el romance o novela y las crónicas. Ya en el siglo XV, la función de la epístola en el discurso novelesco había logrado cuajar, como vemos en las novelas de caballerías y, sobre todo, en la novela sentimental.

La marcha hacia la novela sentimental estuvo jalonada por obras que hicieron un claro uso de las cartas, como la Fiammetta (1343) de Boccaccio o la Historia de duobus amantibus (1444) de Eneas Silvio Piccolomini. De hecho, el peso de estos modelos fue decisivo en el orto y desarrollo de los relatos sentimentales hispánicos, en castellano o en catalán, como el Frondino y Brisona, como ha demostrado Alan Deyermond en varios de sus trabajos. La presión que ejercían tales modelos y el desarrollo de los epistolarios humanísticos, en clave seria o jocosa, justifican las transformaciones de la epístola al alcanzar al siglo XVI.

En el caso concreto de la novela sentimental española, cabe recordar que nació con Juan Rodríguez del Padrón, autor del Siervo libre de amor y traductor, al mismo tiempo, de las Heroidas (bajo el título de Bursario); además, la crítica moderna ha visto en la carta uno de los pocos rasgos comunes a la mayoría de las novelas sentimentales (no a todas, bien es verdad); por fin, a nadie se le escapa el hecho de que la última novela sentimental, el Processo de cartas de amores de Juan de Segura (1549), es al mismo tiempo la primera novela epistolar propiamente dicha.

Tampoco se olvide, como ya se ha indicado, que la pujanza de la carta venía siendo notable dentro y fuera de la ficción, como se pone de manifiesto, de forma paulatina, en la historiografía europea desde finales del siglo XIV, muy particularmente, hacia finales del siglo XV; en España, en estos años, será Hernando del Pulgar el escritor que sabrá incorporar más hábilmente discursos y cartas en el interior de su prosa histórica, como se percibe en su Crónica de los Reyes Católicos. Por esos mismos años, la imprenta incunable y posincunable ofrece a los lectores europeos manuales para la redacción de epístolas tan afamados como los escritos por Agustino Dato, Niccolò Perotti, Francesco Nigri, Giovanni Sulpicio o Charles Meineken (véase epistola). El ambiente, en definitiva, estaba caldeado y hacía posible la obra de Juan de Segura y otros experimentos a los que haremos referencia de inmediato

La hegemonía del género epistolar en la literatura del momento sirve para explicar el nacimiento de la novela moderna, pues está tras la génesis del Lazarillo de Tormes (1554), como la crítica viene señalando desde hace años (sobre las formas contemporáneas de la epístola y la aparición de esta obra han escrito páginas aclaratorias Francisco Rico y Ángel Gómez Moreno); no obstante, la fórmula de las epístolas cruzadas no volvería a cultivarse en España hasta el siglo XVIII, gracias a José Cadalso, a semejanza de modelos franceses; por lo que respecta a la novela epistolar propiamente dicha, el retorno sólo tendría lugar en pleno siglo XIX, gracias al ingenio de Juan Valera en Pepita Jiménez..

La inclusión de epístolas en las narraciones ficticias continuó a lo largo del siglo XVI, en España y en el conjunto de las literaturas europeas; no obstante, la continuación del experimento de Segura, y por senderos del todo independientes de su novela, sólo tuvo lugar un siglo más tarde, gracias a autores como Boursault (con sus Lettres de Babet de 1669) o Gabriel Joseph de Lavergne, Conde de Guilleragues (sobre todo, con sus Lettres portugaises de 1669, atribuidas a la monja Mariana Alcoforado, que no es sino un simple personaje de ficción). En la narrativa europea, el recurso a las epístolas, insertas en un amplio marco, seguiría dando un magnífico resultado, como se ve en el peculiar caso del Quijote, con la carta que el héroe pretendía enviar a Dulcinea con la memoria de Sancho por toda garantía.

El triunfo de esta fórmula y la figura de Mariana Alcoforado estuvieron en el origen de que, en Francia, la novela epistolar fuese conocida durante tiempo como roman portugaise. La ficción narrativa de esta índole continuó con Julie de Lespinasse y las supuestas cartas que cruzó con el Conde de Guibert, publicadas en 1809. No obstante, como ya se ha indicado, llegados al siglo XVIII la literatura francesa recuperó la romántica historia de Eloísa y Abelardo por medio del mismísimo Rousseau en La Nouvelle Héloise (1761); además, muchas de las escritoras francesas de esa centuria se sintieron especialmente a gusto dentro de esos límites genéricos, como sucede en los casos de la Baronesa de Krüdener o Madame de Staël. Poco posterior es una de las cumbres de la novela epistolar, Les Liaisons dangereuses (1782) de Laclos. La literatura de la Ilustración había visto en este procedimiento una magnífica herramienta educativa, como ya mostró Montesquieu en Les lettres persanes (1721) y, tras él, el español José Cadalso en sus Cartas marruecas (1793).

A pesar de su peculiar concepción del arte, el realismo literario del siglo XIX no renunció a este tipo de novela. Aun cuando el todopoderoso marco de la novela decimonónica se minimiza en la narración epistolar, éste fue el diseño adoptado por el gran Balzac en sus Mémoires de deux jeunes mariées (1842); en España, ya se ha indicado cómo es precisamente la novela realista la que retoma, de hecho, el modelo de las cartas cruzadas en esa magnífica obra que es Pepita Jiménez (1874) de Juan Valera, que, en puridad, debe considerarse como la segunda novela epistolar española tras Juan de Segura. Por fin, en Portugal, una de las grandes obras de fin de siglo, A correspondência de Fradique Mendes (1900) de Eça de Queirós, está escrita precisamente en esta forma. Cartas y diarios seguirán brindando sólidos basamentos a los novelistas del siglo XX; por ello, no puede ni debe hablarse en ningún caso de este género como si se tratase de una modalidad narrativa ya caduca.

AGM

NOVELA EPISTOLAR

Fuente: Britannica

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