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Definición de Novela policíaca

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 La definición más válida de la novela policíaca podría ser aquella que sepa resumir en unas cuantas líneas tantos decenios de historia, incluso cuando todavía ésta no se conocía por dicho nombre. La tarea resulta ciertamente difícil. Con frecuencia, suele calificarse como un relato de misterio en el que se plantea un enigma criminal, pero no es sencillo delimitar dónde comienza y se origina el relato de misterio y el enigma criminal. Suele haber un protagonista, casi siempre un detective o un oficial de policía, aunque no se sabe con exactitud cuándo aparecen y quién inventa los detectives y la policía. La definición de la novela policíaca habría que buscarla en sus orígenes, a partir de sus fundadores y héroes; en la evolución, y en aquellos que la llevaron a evolucionar; y en el nacimiento de nuevos subgéneros. Sólo entonces quedará definida la novela policíaca.

Los orígenes de la novela policiaca

Los remotísimos orígenes de la novela criminal o policíaca se remontan, aunque resulte sorprendente, a Arquímedes. En el libro IX del Tratado de Arquitectura de Vitrubio se relata cómo el genial físico, a requerimiento del rey de Siracusa, Hierón, descubrió por métodos científicos (al aplicar, naturalmente, el llamado principio de Arquímedes a cuerpos de distinto peso específico) la composición de la corona que el monarca había solicitado a su joyero. El soberano fue, entonces, informado de que el artesano había robado parte del oro que le había sido entregado para la pieza, sustituyéndolo por plata. Pero ¿cómo descubrir la estafa? Arquímedes se encargó de ello, y mandó fabricar dos coronas: una de plata y otra de oro, ambas con el mismo peso que la entregada por el artesano. Sumergió entonces la corona de plata en un recipiente repleto de agua, que lo hizo desbordar. La corona del artesano derramó menos líquido, pero la de oro derramó incluso en menor medida, lo que resolvió el problema.

Hay quien se remonta al caso del asesinato de Abel, cometido por Caín. Hilando aún más fino, pueden rastrearse viejas leyendas de beduinos árabes, donde éstos encuentran los camellos extraviados en el desierto siguiendo las huellas de sus pasos. Otros pueblos (celtas, indios de América, etc.) mencionan también historias semejantes. Pero los primeros relatos de este tipo se hallan en las escrituras hebreas, en Heródoto y en La Eneida. En esta última, Caco, en el libro VIII, para no dejar rastro de sus pasos, se llevó unos bueyes tirando de sus colas, reculando hasta su sombría morada. No se pueden dejar de lado tampoco las preguntas del león del fabulista por excelencia, Esopo, al zorro, cuando pregunta: “¿Por qué no viniste a presentarme tus respetos?”, y la contestación de éste: “Señor, encontré las huellas de muchos animales penetrando en vuestro palacio, pero como ninguna indicaba su salida, preferí quedarme al aire libre”.

En Las mil y una noches se cuenta que los hijos del sultán del Yemen fueron acusados del robo de un camello por haber averiguado (aunque sólo se basaran en las huellas descubiertas en el camino recorrido por ellos) y descrito con todo detalle el camello desaparecido. Dedujeron que el camello no poseía cola porque el excremento se acumulaba en extraños montículos, cuando de manera natural el movimiento de la cola hubiera debido desparramarlo. También supieron que iba cargado de un lado con dulces y del otro con especias, ya que sólo había moscas en uno de los lados de la carretera, justo en el lugar donde se había tumbado el camello para descansar. Sabían que era tuerto porque, significativamente, sólo había comido la hierba a un lado del camino. De forma casi idéntica, en el relato persa El viaje y aventuras de los tres príncipes Serendip, traducido del persa en 1716 por Mailly, se relata el mismo tipo de historia, retomada luego por Voltaire para su célebre Zadig.

Se podría también citar a don Quijote, Hamlet, Enrique VI o el Juez Ti (quien salió a la luz cuando Van Gulik, un distinguido sinólogo holandés, exhumó un manuscrito anónimo chino de principio del siglo XVIII, en el que se inspiró profundamente para escribir Ti Goong An -Tres casos criminales resueltos por el Juez Ti-). Todos ellos hicieron sus pinitos en la utilización de métodos deductivos e inductivos; sin embargo, no por ello se les puede catalogar como personajes de novela criminal. Entre estos antiguos relatos e historias y la novela policíaca existe una profunda diferencia. En ésta, no se trata sólo de ejercer admirables dotes de observación: es preciso, desde luego, que se cometa un delito y que se descubra al delincuente. Aunque Arquímedes, los príncipes persas, Enrique VI o Zadig son antepasados del detective moderno, éste aún no había nacido.

Primeras apariciones policiales

En Las mil y una noches y en algunos textos chinos se habla ya de la existencia de policías en grandes ciudades como Bagdad, El Cairo y, naturalmente, superpobladas ciudades chinas. En el país vecino, Francia, la policía hace acto de presencia en el siglo XVII, más exactamente en el año 1667, en el que se nombró al primer teniente de policía (se trata de La Reynie, famoso por haber acabado con la “corte de los milagros”). Surgen, claro está, como consecuencia los bandoleros que en el futuro inspirarían a tantos novelistas: Mandrín, Cartouche, entre otros. Inglaterra sufre una evolución parecida, y la celebridad de sus raterillos traspasará sus propias fronteras. Ya en el año 1585, Walton funda y dirige una escuela para jóvenes ladrones, seguramente aquella en la que después se inspiraría el Charles Dickens para su Oliver Twist. El paroxismo llega en 1727, cuando se comienzan a publicar biografías de malhechores famosos, como The Beggar’s opera, que mucho tiempo después inspiraría a Bertolt Brecht. En el siglo XVIII, y dejando de lado al anteriormente mencionado Zadig de Voltaire, se encuentra Beaumarchais, en cuyo El Barbero de Sevilla se ve a Bartolomé manejar con virtuosismo las deducciones para probar a Rosina que ha escrito una carta en su ausencia.

Gracias a Goethe y Schiller, que cultivaron el género del misterio (si se acepta que la novela policíaca es un misterio explicado) en alguna ocasión, debe adentrarse en un género muy próximo al policíaco: la novela de terror (llamada también novela negra, aunque nada tiene que ver con la novela negra norteamericana que más se aborda más adelante), en cuyo lanzamiento intervino Walpole en Inglaterra, al publicar, en la segunda mitad del siglo XVIII, El Castillo de Otranto; en la misma línea, conviene no olvidar a Radcliffe y sus Misterios del Castillo de Udolfo. En este género de la novela de terror, aparece por primera vez con lo que los apasionados lectores de la novela policíaca califican como “el problema del recinto cerrado”, que los futuros escritores acometerán en alguna ocasión: se comete un crimen o una agresión en una habitación herméticamente cerrada desde dentro y comienza el misterio. ¿Por dónde entró el criminal? Todos los presentes intentan deducir y mostrar la solución. En las novelas de terror se encuentran muy a menudo trampas, pasadizos secretos, puertas escondidas y demás accesorios de los cuales abusarán tanto los autores modernos. El miedo a lo invisible y la explicación final en este género de novelas prefiguran la futura novela policíaca que verá la luz en Occidente durante el siglo XIX. Ya lo señalan, asimismo, Boileau-Narcejac, los franceses creadores de Les Diaboliques: “Los pensamientos nocturnos (Young), El Castillo de Otranto (Walpole), Los misterios de Udolfo (Radcliffe), El monje (Lewis) o Frankenstein (Mary Shelley) son obras que han contribuido a transformar profundamente el acto de leer, acostumbrando a un público cada vez más amplio a disfrutar con unas emociones que habitualmente se teme experimentar.”

La novela policíaca en el siglo XIX

El siglo XIX desarrolla una actividad más amplia y acorde con el género negro. William Godwin (padre de Mary W. Shelley), en Inglaterra, crea un personaje, Caleb Williams, que utiliza métodos cercanos a los de Poe y pone ya claramente de manifiesto las bases de perseguido y perseguidor. Y, en Francia, Honoré de Balzac manifiesta ya cierta predilección por los criminales y los fuera de la ley. Se puede, y se debe, considerar Un asunto tenebroso como una verdadera novela policíaca; por otra parte, en Maese Cornelio se observa cómo Luis XI pone en práctica su talento de detective “privado”.

Pero el caso más extraordinario es el del policía francés Eugène François Vidocq, quien, en 1828, publicó sus Memorias, donde daba a conocer sus sorprendentes métodos de investigación. Sucesivamente desertor, falsificador de moneda, impostor y presidiario evadido, en 1809 decidió hacerse confidente de la policía; pronto, fue nombrado jefe de brigada y más adelante llegó a ser nombrado jefe de la Sûreté. Este interesante Vidocq, cada vez que se le encargaba de un caso, se disfrazaba de malhechor, se iba a una taberna y esperaba pacientemente hasta oír hablar del robo o del crimen en cuestión. Una vez conocido o descubierto el criminal, por él o por alguno de los muchos confidentes que poseía, Vidocq, que no se deshacía de su disfraz, se ganaba su confianza y obtenía de él una confesión o, como mínimo, los indicios necesarios para desenmascararlo. En breve, métodos empíricos por encima del sistema deductivo, o científico, de los personajes de Conan Doyle o Poe.

Aunque no se puede afirmar que la novela policíaca haya nacido aún en Occidente, a mediados del siglo XIX, el policía se convierte ya en personaje de novela, como por ejemplo el Vautrin de Balzac o el Javert de Víctor Hugo, etc. En Inglaterra, Quincey publica The Avenger, donde se encuentra a toda la policía inmovilizada a causa de unos misteriosos crímenes, cuya solución final será revelada por una confesión del mismo criminal.

Poe y su caballero Dupin

Edgar Allan Poe (1809-1849), gran narrador y uno de los primeros poetas simbolistas, escribió tan sólo tres novelas cortas estrictamente policíacas: Los crímenes de la calle Morgue, La carta robada y El misterio de María Roget. En todas ellas, el protagonista es el caballero C. Auguste Dupin, un portento mental y, cronológicamente, primer mito de la novela criminal; por desgracia, tal vez por haber sido el primero de su clase, no es demasiado popular. Eso sí, Dupin fue mitificado por los intelectuales, que lo etiquetaron como el primer gran detective de la verdadera novela policíaca. Las acciones de Dupin son relatadas por uno de sus fieles amigos, hombre de mente “poco hábil” (comparsa que posteriormente proliferará muy a menudo) en forma de largo y tedioso monólogo en el que se proporcionan una serie de datos y deducciones para llegar a una conclusión. Se encuentran ya en estas primeras obras situaciones y procederes que darán origen a la novela criminal moderna: graves acusaciones contra hombres inocentes, el crimen cometido en un recinto totalmente cerrado, etc. Es justo afirmar que, en Occidente, Poe fue el primero en definir y clarificar las reglas de la investigación y dejó el camino abierto a la novela policíaca.

Del Folletín a Nick Carter

Dentro del folletín por entregas, las obras de Ponson du Terrail (Rocambole), Eugène Sué (Los Misterios de París), Paul Fèval (Juan Diablo) o Alejandro Dumas, con El Conde de Montecristo, contienen inequívocos elementos de la novela policíaca. Pero a la categoría de “popular” llegaría la obra de Émile Gaboriau. Su puesto entre los precursores del género se debe a que él fue el primero en crear el tipo de policía simpático que tanto agradó al público. Este oscuro pasante de notaría descubrió, casi por error, un ejemplar de una de las primeras ediciones de los relatos de Poe, traducidos por el poeta Baudelaire, lo que significó toda una revelación. Lo dejó todo, leyes y códigos incluidos, y se dispuso a escribir. Creó a su célebre “señor Lecoq” (hijo de una rica familia de Normandía, acomodada posición social, educación esmerada y al que el Sherlock Holmes de Conan Doyle calificó de “zopenco”) y le hizo salvaguardar la ley, con métodos empíricos y racionales a partes iguales, en novelas tan significativas como El Legajo o El Caso Lerouge.

No obstante, el rey del folletín fue el detective Nick Carter. Fue, además, el rey de la dime-novel, pequeño fascículo que se vendía al precio de un dime (10 centavos), indudable antecedente de los pulps (llamados de esta forma por la pésima calidad de su papel de pulpa). Creado en Estados Unidos, en 1880, por John R. Coryell, Nick Carter hubo de ser sucesivamente adoptado por tres autores; el último de ellos, Frédéric Van Rensselaer Dey, fue, sin duda, el mejor y el más prolífico (nada menos que 1.706 aventuras de Nick le han sido atribuidas), lo que no fue óbice para que terminara quitándose la vida al encontrarse en la más negra miseria. La industria hollywoodiense se encargó de difundir la celebridad de este fornido detective que, si bien no estaba demasiado dotado para el difícil arte de la deducción, contaba con una relampagueante rapidez de decisión y una agilidad fuera de serie en las persecuciones y en el arte del disfraz. Carter fue pronto imitado hasta la saciedad, y le salieron duplicados como Lord Lister, Nat Pinkerton… e incluso Ethel King, el Nick Carter femenino.

Charles Dickens y su amigo Wilkie Collins

El escritor inglés Charles Dickens (1812-1870), autor de, entre otras obras, Oliver Twist, Cuento de Navidad o Grandes esperanzas, es considerado por muchos el primer autor británico de novela policíaca. Ello se debe, principalmente, al episodio final de La casa deshabitada, en el que pone en acción a todo un inspector de Scotland Yard, Mr. Bucket; si bien, no se puede hablar todavía de una novela policíaca inglesa, ya que la intriga criminal y el misterio ocupan una pequeña parte suya. Pero, casi 20 años después, en abril de 1870, cuatro meses antes de su muerte, cuando había ya aparecido en la revista All the Year Round la mejor novela de William Wilkie Collins, Dickens comenzó a publicar, en esa misma revista, El Misterio de Edwin Drood, una auténtica novela de intriga alrededor de un crimen. Pero Dickens moriría y el misterio de Mr. Drood quedaría sin esclarecer, dejando involuntariamente inconcluso uno de los enigmas policíacos de ficción más misteriosos de toda la historia de la literatura.

Pero, gracias a sus dos obras más conocidas, La dama vestida de blanco (1860) y La piedra Lunar (1868), la paternidad de la novela criminal inglesa la sustenta un viejo amigo de Dickens, Wilkie Collins (1824-1889). La primera de ellas no deja de ser una trama un tanto embrollada y algo sentimental, con los barrocos esquemas del folletín. Sin embargo, La piedra lunar (también conocida como El diamante de la luna) constituye ya una verdadera novela policíaca, con la estructura, el método y el estilo que van a caracterizar a la producción de los años venideros. Collins creó al sargento Cuff, de Scotland Yard, “un hombre gris, mayor, tan atrozmente delgado que parecía no tener ni 20 gramos de carne sobre los huesos. Vestía de un negro decente, y su rostro era tan afilado como una hoja otoñal.” Pero lo que sí es cierto es que bajo esta apariencia gris se escondía un perfecto psicólogo, un genuino carácter británico: educado, don de gentes, sentido del humor. Collins empleó para ello una original técnica narrativa: utilizó varios (9) narradores; algo que, aunque en menor cantidad, ya había puesto en práctica en su anterior La dama vestida de blanco.

Algunos años después, nació en Estados Unidos el primer detective oficial de una ficción policíaca. Su creador no sólo fue una señora, Anne Katharine Green, sino que además fue la primera mujer que escribió novela larga criminal, y quien acuñó el término de detective novel (en El caso de Leavenworth). En esta novela, Ebenezer Gryce, policía simple y cordial, corpulento, de unos 50 años de edad y con la costumbre de no mirar a nadie a los ojos, descubre, con sus increíbles dotes deductivas, el misterio de las dos primas. A Green se le atribuye también la invención de la primera detective femenina, Violet Stringe, aunque esto ha sido rebatido por algunos críticos, que aseguran que la primera fue una desconocida que aparecía en un libro de relatos de Andrew Forrest hijo. The Female Detective, en 1864, justo el mismo año que salió a la luz de forma anónima Revelations of a Lady Detective, con Mrs. Paschal como protagonista.

La figura de Sherlock Holmes

Con Sherlock Holmes se pasa al terreno de la mitología. Su figura de leyenda se encuentra entre los grandes mitos de la literatura universal. Como el Ulises de Homero, el don Quijote de Cervantes, el Hamlet de Shakespeare, Sherlock Holmes ha soprepasado la fama de Arthur Conan Doyle; el creador ha sido absorbido, oscurecido, olvidado por su personaje, que ha tomado vida propia. Aun para aquellos que desconocen el género policíaco o, más todavía, para aquellos que no son aficionados a leer, Sherlock Holmes existe; todos saben quién es este investigador privado, cocainómano, aficionado a tocar el violín, misógino y terriblemente inculto en temas humanísticos o científicos, tales como la literatura, la filosofía y la astronomía, pero con las más grandiosas facultades deductivas de la historia de la novela policíaca.

Más allá de sus dotes humanas o sobrehumanas, de su precario raciocinio y de sus geniales, e innovadores, métodos, hay indudablemente algo más profundo en su personalidad que le ha hecho llegar, de una manera prodigiosa, hasta el más recóndito rincón habitado por el ser humano: Sherlock Holmes, el inmenso personaje creado por Conan Doyle, que habita el 221 B de Baker Street, que tiene a su inseparable Dr. Watson como amigo, confidente y biógrafo, es ante todo, y a pesar de su necesaria pedantería, de sus múltiples defectos, de sus indeseables vicios y de sus extrañas manías, el primer detective de ficción (con carácter propio, imponente) que desprende calor humano propio.

“Una madeja enmarañada” fue en principio el título que sir Arthur Conan Doyle garabateó en la primera línea del borrador de la novela que más tarde habría de llamarse Estudio en escarlata, y con la que Sherlock Holmes se presentó al mundo literario. Aunque Conan Doyle había pensado en llamarle Sherrinford, no terminaba de convencerle del todo. Tras muchos nombres desechados, finalmente uno irlandés le vino a la cabeza: Sherlock. Era un nombre eufónico, pero no pensó su creador que lo sería tanto.

Estudio en escarlata no fue ningún éxito. Quizá no sea tampoco una de las mejores novelas de su serie detectivesca; pero resulta pieza indispensable, ya que en ella se hace la presentación de sus dos personajes esenciales: Sherlock Holmes y el doctor John H. Watson; porque en ella expone el gran escritor escocés su por entonces novedosa teoría científica del detectivismo (que en algunos momentos llega a ser una transparente lección de lógica práctica), y porque proporciona el punto de vista que sobre el crimen y la justicia aplica sir Arthur Conan Doyle en sus novelas y relatos.

Curiosamente, Conan Doyle, que despreciaba la novela policíaca (la cual consideraba un escalafón atrás en su elegante camino hacia lo que siempre amó: el noble género de la novela histórica), fue en su época, gracias a este género, el escritor mejor pagado de Gran Bretaña. En cierta ocasión escribió a su madre, a la que siempre llamaba Señora: “Llevo mediada la última de las novelas de Holmes, en la que este caballero (Sherlock Holmes) desaparece para nunca más volver. ¡Me carga hasta su nombre!” La novela en cuestión se tituló El problema final, donde también aparecía por primera y última vez su “eterno” enemigo: el profesor Moriarty. Pero el público no podía aceptarlo. Miles de cartas empezaron a llegar al Strand Magazine, la revista donde publicaba Conan Doyle. Fue catalogado de “¡Grandísimo bestia!” por sus enfurecidos admiradores, y se vio obligado a resucitarlo. La casa vacía nos muestra a Holmes, disfrazado, jugándole malas pasadas a su amigo Watson. Se había agarrado al borde del precipicio y había dejado que le creyeran muerto para poder así aniquilar mejor a Moriarty.

En su relación amor/odio con Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle frecuentó el relato policíaco. Sólo cuatro aventuras de Holmes tienen la extensión de una novela propiamente dicha: Estudio en escarlata, El valle del miedo, El sabueso de los Baskerville y La marca de los cuatro. Su hermano, Mycroft, hace su aparición en El intérprete griego, uno de sus mejores relatos, y su habitual frialdad llegó a tambalearse por unos instantes en Los seis napoleones, su aventura más emocionante. Lo cierto es que la fascinante aureola de Sherlock Holmes, su encanto y toda su inteligencia y fuerza se deben al enorme poder de narración de Conan Doyle, quien poseía la condición fundamental del novelista: saber contar una historia, es decir, mantener despierto el interés del lector desde el principio hasta el fin del relato.

La aventura criminal de algunos autores

A partir de Sherlock Holmes se perfilan dos tendencias dentro de la novela policíaca, muy diferenciadas entre sí: la de aquellos héroes que hacen del crimen, de su comisión o de su persecución, una aventura personal repleta de acción y de lances emocionantes; y la de aquellos otros que convierten el delito en un objeto de laboratorio, investigación y estudio con la única finalidad de descubrir al culpable. Esta segunda tendencia sería la más cultivada, pero al menos hasta el final de la Gran Guerra la aventura criminal siguió encontrando en los lectores un terreno abonado para su cultivo.

La aventura policíaca discurre por la casi totalidad de la obra de Edward Phillips Oppenheim, el “príncipe de los novelistas ingleses”, como anunciaba la edición española de sus obras completas publicada en los años 30 y 40. Poco caso hace a la detención del criminal en unas novelas, todas, que se desenvuelven en el ambiente de la diplomacia, o en las altas esferas de la sociedad (ricos, aristocráticos, derrochadores), con mujeres muy bellas de por medio. Desde su primera y más conocida novela, The Mysterious Mr. Sabin, presentará a los mismos tipos de personajes, en el mismo ambiente “chic”, y, prácticamente, las mismas situaciones en un falso mundo de cartón piedra.

No obstante, quien llevó el estereotipo (de personajes y situaciones) al verdadero paroxismo fue Edgard Wallace, un auténtico fenómeno dentro del misterio y la aventura en la novela policíaca. Generalmente, sus narraciones están todas trazadas según un mismo patrón: un misterio principal, que normalmente se resuelve al final del libro, rodeado de una serie de pequeños misterios que van siendo desenredados en el transcurso del relato. Los personajes, estereotipados e ineludibles en todas sus novelas son: un protagonista que es un hábil investigador o un intrépido periodista; una heroína, que suele ser tan guapa como en las novelas de Oppenheim y que casi siempre es secretaria, sin derecho a ascenso; un pérfido traidor, de personalidad desconocida hasta el final de la obra y que es cerebro de una banda de maleantes, con más traidores en su seno. Los escenarios donde transcurren todas estas aventuras son Londres, con sus nieblas eternas, y, a veces, algún país extranjero exótico, como China. Sus novelas más conocidas son La ley de los cuatro hombres justos, donde hace confluir política y misterio, El arquero verde, Los ojos negros de Londres y El círculo rojo, en las que predominará la intriga. Otros continuadores del estilo y de los procedimientos de Wallace serán P. Went Norton, con su novela, de bastante éxito, La suerte maravillosa, y M. Scott, con su El círculo negro.

El continuador natural de Poe y Doyle: Gastón Leroux

Nacido en París y fallecido, 59 años después, en Niza, Gastón Leroux, aunque no se puede decir que haya escrito siempre novelas policíacas, pertenece, desde luego, al mismo grupo de los Poe y Doyle. Destinado a ejercer la abogacía, el joven Leroux se hizo célebre como cronista judicial del diario francés Le Matin. Si bien es totalmente cierto que su El misterio del cuarto amarillo no contiene demasiados elementos policíacos, también es verdad que ésta es una de las mejores novelas sobre el dilema del recinto cerrado, algo que había aparecido por primera vez en Los crímenes de la calle Morgue, de Poe, y en algún otro cuento británico, sólo que en el cuarto cerrado de Poe había una chimenea. Aquí, no hay ninguna salida posible. Leroux construye una novela larga donde presenta a su detective Rouletabille (cuyos métodos se parecen mucho a los de Sherlock Holmes), en un misterio en tres dimensiones y resolución en la cuarta, es decir el tiempo.

Después de una bonita novela, se puede decir que enteramente policíaca, El perfume de la dama de negro, Rouletabille deja, en sus siguientes apariciones (El castillo negro, Rouletabille en casa Krupp, Rouletabille en la corte del zar, etc.), aparcada la novela policíaca para lanzarse a la aventura, más o menos, policíaca, como harían igualmente otros personajes creados por Leroux, como el curioso Chéri-Bibi o Mr. Flow, con los que también trató un tema universal en este género: la desconfianza en la justicia de los hombres.

Arsène Lupin

Arsène Lupin, personaje de Maurice Leblanc, se revela como uno de los personajes de ficción más fascinantes, no sólo de la novela policíaca, sino de la literatura en general. Policía y ladrón, maestro en el arte del maquillaje y el disfraz, y del yoga, y capaz, como los santeros de la India, de moldear a su gusto hasta las arrugas de su rostro, excelso en los vericuetos de la deducción (algunos dicen que a la altura de Holmes), defensor del bien y enemigo del mal, ha marcado toda una época, y la sigue marcando, pues sus hazañas son aún extraordinarias. Se ha dicho que es un ladrón, pero especial. Le repugna el crimen sangriento, pero no considera que la propiedad privada tenga que ser respetada. Fiel a la línea de Robin Hood, el Zorro o Pimpinela Escarlata, entre sus víctimas están los más pudientes, los ricos o los políticos corrompidos (El tapón de cristal). En definitiva, su fuerza, su genio, su especial sentido del humor (la manera guasona de burlarse de los policías -algo que nunca hizo Holmes con Lestrade- que le persiguieron: los inspectores Béchoux y, sobre todo, Ganimard y el subjefe de Seguridad Weber) sobrepasan la escala humana, y sólo nuestra época podía llegar a comprender perfectamente la personalidad de tan prodigioso personaje.

Al igual que le sucediese a Arthur Conan Doyle con su londinense detective, el creador de Arsène Lupin, el último de los caballeros (“el paladín de los tiempos modernos”, como le llamaba Paul Morand), resta en la ignorancia de la mayoría de la gente. Maurice Leblanc inició las aventuras del célebre ladrón inspirado en el nombre de un concejal parisino de su época, un tal Arsène Lopin, y en la figura del anarquista Alexandre-Marius Jacob, procesado tres meses antes de la aparición de la primera aventura, en el diario Je sais tout, en 1904. Se tituló La detención de Arsène Lupin, pero no es demasiado difícil deducir que, finalmente, huirá. Como se ha indicado, muchos puntos unen a Arsène Lupin con la figura ineludible de Sherlock Holmes. Sucede, también, que Maurice Leblanc terminó renegando de su personaje, que le obsesionaba y le devoraba, como a Conan Doyle, pues había adquirido casi vida propia, por lo que decidió desembarazarse de él matándolo. Al igual que Sherlock Holmes, Arsène Lupin consiguió sobreponerse a la voluntad de su autor, y resucitó. Así, muchos años más tarde, los prestigiosos novelistas Pierre Boileau y Thomas Narcejac han vuelto reconstruir, con buen resultado, alguna aventura del gran rey de los ladrones.

Otros ladrones de guante blanco

Se trata de justicieros, de aventureros que, para conseguir sus objetivos justos, utilizan métodos, más o menos ilegales, poco ortodoxos legalmente hablando, por lo que son perseguidos y calificados de delincuentes. En definitiva, sólo perjudican a los poderosos que establecieron las leyes que les amparan y les enriquecen. El más grande de estos ladrones, ya lo hemos tratado, fue Arsène Lupin, pero hubo otros que le emularon, no sin cierto éxito. El cuñado de Arthur Conan Doyle, E. W. Hornung, dejó para la posteridad a un desvalijador por afición, y no por necesidad, con enorme encanto: Raffles. Protagonista de una buena colección de novelas cortas, este pícaro bandido puso sus estimables recursos intelectuales al servicio del crimen, en vez de ponerlos, como Sherlock Holmes, al servicio de la sociedad. Los idus de marzo, Una obra de disfraces o Un asesinato son obras de mucho encanto.

Otro justiciero de parte del crimen, o sea del robo, fue el famoso “Santo”, alias de Simon Templar, amante de la aventura, aficionado a desvalijar y, como Lupin, “deshacedor” de entuertos varios. Inventado por Leslie Charteris. Desde El Santo en Nueva York, hasta Confíen en el Santo, el héroe, que como cierto reproche habría que achacarle un terrible desinterés por la época en la que transcurren las historias, se ha filtrado en setenta y seis volúmenes (sin contar los relatos cortos) y se ha paseado por lugares como Miami, Río de Janeiro, México, Londres, Italia o, incluso, el lejano Oeste. Optimista por naturaleza, “El Santo” resulta muy ameno de leer.

Los auténticos criminales: estilistas del miedo

En 1820, Charles-Robert Maturin publicaba una novela clave: Melmoth, el hombre errante. La palabra clave deriva de que su clave o propósito es el de “asustar”: toda una verdadera declaración de intenciones. El tal Melmoth era un personaje que, en el preciso instante en que se creía que estaba pagando sus crímenes en un país, ya estaba delinquiendo en otro diferente. Maturin utilizó el suspense para asustar, para dar miedo, en una novela policíaca, con un criminal ya en toda la línea. Pero el miedo como tal fue acendrado en la novela policíaca algunos años después. Sus transmisores, muy localizados, se alejaron por unos instantes de los elementos de la novela “problema” en beneficio del relato de persecuciones y suspense. Ellos fueron Pierre Souvestre y Marcel Allain. Ellos crearon Fantomas, “el principe del crimen y del terror”.

Fantomas

Desde la primera de las aventuras, el personaje tuvo enorme éxito, y las apariciones no cesaron hasta el comienzo de la Gran Guerra. Souvestre murió en 1914 a causa de la llamada “gripe española”, mientras Allain estaba en el ejército. Sin su amigo, éste continuó las aventuras de Fantomas cuando, una vez terminado el conflicto, regresó a casa; esas aventuras nunca dejaron de asustar, de atormentar a las personas, por lo que quizá fue leído y traducido en más de 20 idiomas.

Fantomas nació en 1911, cuando Souvestre y Allain publicaron en Le vélo la novela El horno, con la que obtuvieron un gran éxito. El editor, Arthème Fayard, les encargó una serie de cinco novelas fantásticas seguidas sobre un mismo tema. Al salir de su casa, a Allain se le ocurrió de pronto el título de “Fantomus”, que Souvestre, entusiasmado, apuntó en su agenda. Al día siguiente, al mostrar Souvestre a Fayard el título pensado, éste exclamó: “¡Fantomas, excelente!” El rey de los asesinos había sido bautizado. Fantomas es una especia de rebelde cuyo desafío a la sociedad únicamente se pone de manifiesto mediante el crimen. Su enorme popularidad se debe a sus cualidades como deportista, su poder de adivinación y su belleza física más que a su inteligencia, que también posee. Disfruta siendo un criminal (el crimen como oficio), por lo que intenta superarse cometiendo alguna fechoría más atrevida aún, más atroz, más espectacular que la anterior. Nadie sabe quién es en realidad Fantomas, pues a veces asume la personalidad de un sujeto determinado, incluso bastante conocido; a menudo se presenta bajo la confusa apariencia de dos seres al mismo tiempo. Es como si no estuviese en ningún sitio y, sin embargo, estuviese al mismo tiempo en todas partes. En multitud de novelas tan conocidas como Juve contra Fantomas, El asesino de Lady Beltham, La boda de Fantomas, etc., Fantomas despliega, siempre desde un punto de vista racional, nada milagroso, todo un arsenal de trucos y aventuras debido a su poderoso conocimiento de la ciencia y el progreso. Fantomas no es precisamente un héroe, y menos aún un héroe romántico, lo cual le convierte seguramente en uno de los primeros antihéroes.

Fu-Manchú

En los años siguientes, millares de imitadores le surgieron a Fantomas. El más famoso de todos ellos, sin lugar a duda, fue el doctor Fu-Manchú, creado por Arthur Saxfield Ward, también (y más) conocido por Sax Rohmer. Curiosamente, el sabio médico chino, no sólo igualó a Fantomas, sino que a veces le superó claramente. Fu-Manchú se ve rápidamente dotado de una actualidad y de una presencia imprevisible, pues une al sadismo una terrible ambición política, ya que su oculta intención es restablecer el poderío de la antigua China,y todos sus actos criminales están orientados a este fin.

Sax Rohmer principia todos sus libros creando una densa atmósfera de angustia, presentando al doctor Petris presa del terror, a Nayland Smith (su histórico enemigo) inquieto, presintiendo la eminente pero invisible presencia de su viejo enemigo, el cual, dado por muerto en su anterior aventura, resurge de la tumba, resucita cada vez más fuerte. Tal vez, Fu-Manchú nunca vence en sus aventuras, pero, de igual manera, nunca sale derrotado. La diferencia entre Fantomas y este galeno oriental de mil armas es que el segundo es un simple ejecutante, alguien que cumple órdenes. Smith se lo explica a Petrie en la célebre novela La máscara de Fu-Manchú (llevada también con éxito al cine): “Siempre lo he sabido, y usted también. Fu-Manchú, por muy genial que sea, trabaja para otros”.

El diabólico Fu-Manchú, Presidente Fu-Manchú o la anteriormente citada La máscara de Fu-Manchú son novelas que han pasado, por derecho propio, a la historia de las grandes novelas policíacas, donde el miedo es un protagonista más, un protagonista peligroso. La celebridad de Fu-Manchú ha sobrepasado todos los límites; a ello han contribuido el cine, la televisión y la radio. Jacques Bergier resumiría de forma inmejorable la idiosincrasia de este maestro de la muerte: “Fu-Manchú debe haber exterminado una población equivalente a la de un país como Bélgica o Suiza; y, sin embargo, no nos resulta antipático. Su vida privada es tan irreprochable que uno se pregunta cómo pudo tener una hija. Tuvo pocas necesidades de dinero. Cuando necesitó oro, lo fabricó. Fue un enemigo de los regímenes totalitarios, salvo del suyo, claro está…” (Petite histoire des grands criminels).

El relato policíaco de entre guerras: la verdadera novela policíaca

El relato policíaco que predomina entre las dos guerras, que en un principio se decantaba claramente hacia el ámbito popular, se dirigía ahora a unos lectores de clase más acomodada. Desde 1925 en adelante, se asiste al resurgir de unos autores cuyos personajes, que pertenecen en su mayoría al cerrado mundo de la aristocracia o a la burguesía, viven entre sí sin mezclarse para nada con los demás. Todo gira en torno a este público y estos autores, poco comunicadores, satisfacen plenamente sus aristocráticos gustos: en breve, según Fereydoun Hoveyda: “la novela policíaca se aburguesa”. Acontece también un fenómeno nuevo: baja la calidad de los autores europeos, mientras que las literaturas anglosajonas, muy en particular la inglesa, se hacen las dueñas del género. Los autores europeos que surgirán en el futuro serán pocos, y éstos en ningún momento alcanzarán el poder de narración, ni siquiera la celebridad, de sus homólogos norteamericanos o ingleses.

Sin embargo, lo más significativo de estos años viene dado desde el punto de vista interno: el “problema” se apropia casi por entero del estilo en detrimento de la “acción” (si bien ésta nunca desaparecerá por completo); y el cuento o la novela corta, tan usuales hasta entonces, dejan paso a la novela larga. Se puede afirmar que, justo en ese momento, nace un género nuevo: la novela policíaca. Pero, como acertadamente constatarían los estudiosos y novelistas Boileau-Narcejac: “no se trata de una verdadera novela, aunque aparentemente presente las mismas características de tamaño, división en capítulos, número de personajes, etc. Se trata más bien de una especie de ‘match’, de partido, entre el lector y el autor; y el relato será concebido como una ‘trampa’. La mayoría de los autores vuelven a enfrentarse con el problema del ‘recinto cerrado’, tratando de imaginar soluciones nuevas, más o menos originales, mientras que otros se dejan fascinar por el concepto del ‘crimen perfecto’”.

Por ello, al tornar la “encuesta policíaca” en el centro de gravedad del género, se ve surgir, junto a los detectives privados y a los simples aficionados, a un grupo de policías de oficio. En este período de entre guerras, nace el policía profesional, con esos inspectores convencidos de ser los auténticos “padres de la sociedad”. Así, la moral siempre saldrá vencedora; y el axioma “el crimen nunca gana” aparecerá grabado firmemente en la última página de todas estas novelas. En este período, llamado a veces “la edad de oro de la novela policíaca”, los autores de la novela policíaca se sentirán por fin autores como los otros, como los que hacen otro tipo de literatura. Aunque resulta cuanto menos curioso que Mark Twain, Somerset Maugham, Pearl S. Buck, John Steinbeck, William Faulkner, Rudyard Kipling, Ernest Hemingway o Guy de Maupassant, entre otros, hayan acariciado el relato policíaco alguna vez en sus carreras.

Por último, resulta preceptivo señalar que la novela de espionaje se desarrolla tímidamente, a la sombra de su modelo, la novela policíaca, un poco como subproducto, en su acepción más positiva, pues, además, los espías de la época son más parecidos a los superdetectives que sus colegas de la posguerra.

Un estilo diferente: la novela “problema”

Como ya se ha apuntado más arriba, algunos autores convierten el delito en un objeto de laboratorio, de investigación y de estudio con la única finalidad de descubrir al culpable, olvidándose de la acción, de la aventura (personal) y de los lances emocionantes. Roger Caillois señalaba de forma concisa que “llegada a este extremo, la novela policíaca tiene que renunciar ya a este nombre… Ya no es un relato, sino un juego, ya no es una historia, sino un problema”.

Así, se comprueba que los sabuesos aficionados, los inspectores de policía o los detectives imaginarios se convierten en estáticas máquinas en las artes de la deducción y la observación. Por poner un ejemplo claro, Nero Wolf, el célebre sabueso creado por Rex Stout, es un perfecto prototipo de este género, pues, mientras Sherlock Holmes, el gran maestro en el arte de la deducción, no desdeñaba los disfraces o perseguir a los sospechosos, Nero Wolf prefería, en cambio, permanecer descansando en su bello jardín y cultivar sus olorosas orquídeas. Nunca visita los sitios donde se han cometido los crímenes y no está interesado en conocer a los personajes de la historia. Se limita a resolver los enigmas que le llevan sentado en una hamaca, bebiendo cerveza, y sólo enviará a sus “secretarios” a verificar sus siempre acertadas hipótesis.

Culpable de estos “excesos” son, sin lugar a dudas, Poe y Doyle, o mejor dicho, aquellos que han llevado hasta sus extremos límites las indicaciones proporcionadas por ellos. La lógica terminó por aplastar a la casualidad. Pero los orígenes inmediatos de la novela “problema” hay que buscarlos en los tranquilos años anteriores a la Gran Guerra del 14. Tres autores la cultivaban por aquella época: R. Austin Freeman, E.G. Bentley y Gilbert Keith Chesterton, pero no fueron los únicos.

Freeman fue el primero que utilizó el procedimiento consistente en describir el crimen de antemano para centrar después la atención sobre la manera “científica” en que el protagonista descubría al criminal. El protagonista de sus novelas era un médico, el doctor Thorndyke. De mente lógica e imperturbable, y cartera repleta de toda clase de herramientas, explica, al llegar al último capítulo de sus novelas (entre ellas, cabe destacar La huella sangrienta y El mono de barro) todos los puntos que aún no han quedado claros. Este procedimiento será el utilizado por casi todos los que frecuentaron la novela “problema”.

Como ejemplo, vale mejor que ningún otro G.K. Chesterton, quien afirmó lo siguiente: “La novela policíaca debería seguir más el modelo del relato que el de la novela”. Lo curioso es que el sabueso aficionado que creó Chesterton no estaba en absoluto interesado en cazar al criminal y sí en salvar su alma, pues era un sacerdote, muy extraño, pero sacerdote al fin y al cabo: el padre Brown.

E. C. Bentley fue historiador, periodista y deportista antes de hacer de la novela policíaca su oficio. Su El último caso de Trent está considerada como una obra clásica del género, y fue sólo la primera, pues no pensaba escribir más que una sola novela policíaca. El éxito fue tal que se vio obligado a inventar un pasado a su detective aficionado Philip Trent. Con todo, al situarlo en un ambiente lujoso, Bentley no se daba cuenta de que lo que hacía no era sino elaborar una especie de fórmula, explotada más tarde hasta la saciedad por la mayoría de los autores ingleses del histórico periodo (visto arriba) que comprendió las dos guerras mundiales.

La novela “problema” como juego: otros precursores

De forma diametralmente opuesta a la novela llamada “popular”, este nuevo estilo de novelas policíacas se dirige casi por completo al lector de clase media-alta, más bien acomodada, y más o menos intelectual, que busca en ellas una especie de satisfacción personal de sus gustos abstractos. Los precursores de la novela “juego” cultivan una tendencia lógica (creen que los Dupin, Holmes, Rouletabille y compañía son una especie de superhombres con demasiados conocimientos y una infalibilidad anormal y ocultan los indicios más decisivos para sólo revelarlos al final de la novela con la falsa intención de asombrar al lector). Los partidarios de la novela “problema” rechazan por completo estas actitudes, que creen un fraude, e inauguran el método “fair-play” (juego limpio). Pasaron a mejor vida los pasadizos secretos, los personajes secundarios que resultan ser los criminales o los objetos desconocidos descubiertos por el detective en el último momento. El lector ha de conocer todos los datos y formar parte del juego.

Alguien que se tomó muy en serio este tipo de maniobra para con el lector fue la baronesa de Orzcy, la célebre creadora de la Pimpinela escarlata, quien, en 1909, publicó El viejo de la esquina, en la que el viejo del título resolvía, discurriendo, problemas policíacos sin moverse de su sitio, en un adelanto de Nero Wolf, el personaje de Rex Stout. Por otro lado, Ernest Bramah llevó a escena su Max Carrados (1914), cuyo protagonista es un detective que presenta, por primera vez, la peculiaridad de ser ciego, pero que “ve” a través de los ojos de su amigo Parkinson, y saca ingeniosas deducciones merced a la increíble habilidad desarrollada por el resto de sus sentidos. También A. E. W. Mason, con su famoso detective Haud, parisino de pura cepa, que resuelve El misterio de Villa Rosa, prefigura al capitán Hastings de Agatha Christie. Y si a todos éstos se añaden algunas narraciones de Gaboriau, Leblanc, Leroux o, en Estados Unidos, Jacques Futrelle, con su The thinking Machine (1907), sin olvidar, claro está, al juez Ti, Conan Doyle, Poe, Hornung (Raffles, 1899), se obtendrá un panorama completo de los precursores de la novela “problema” como juego. Hoveyda apuntaría también: “Se anuncia ya la época de los grandes detectives”.

Reglas de oro y trucos de la novela “problema”

Las miras de los amantes-autores de la novela “problema” apuntan alto: colocar este género a la altura de la tragedia clásica. El desenlace no debe añadir nada nuevo a la exposición y debe respetarse, siempre que se pueda, la regla de las tres unidades. Lo que sí han conseguido, desde luego, es hacer de la novela policíaca, además de un juego, un buen ejercicio intelectual. Otros, no tan partidarios de entablar este entrenamiento mental, apuntan que ya que la novela policíaca se convierte casi en un crucigrama o en el juego del ajedrez; es decir, en simple medio de evasión, por qué entonces sobrepasar las dimensiones de la novela corta o del relato. En verdad que el “problema” puro se ajusta fabulosamente a estas dimensiones, e inmejorable prueba de ello es el éxito alcanzado por la Mystery Magazine, de Ellery Queen, o del Saint Detective Magazine, que han visto publicarse entre sus pocas páginas algunas obras maestras del género.

Este género, o subgénero de la novela policíaca, se irá desgastando con la continua visita de los autores a los mismos tópicos y construcciones; de hecho, para la llegada de la Segunda Guerra Mundial, las fórmulas estaban perfectamente memorizadas por todos. La mayoría de las novelas transcurren en un marco limitado e incluso único, por lo que llegan a parecerse tanto entre sí, están construidas sobre esquemas tan similares, que el lector, si posee buena memoria, descubre a veces al culpable al cabo de pocas páginas de comenzado el relato. Aun así, para esta época, la novela “problema” seguirá siendo la favorita del público y, claro está, de sus autores.

Espacio y personajes limitados

Aun a riesgo, como se ha dicho, de transmitir agotamiento, uno de los trucos más aclamados por los autores es auto-imponerse una limitación, que no es otra cosa que jugar y hacer jugar al lector. La limitación más corriente en la novela “problema” es la del marco, el escenario (o escenarios, pues a veces no es único) donde transcurren los hechos. Ello no debe confundirse con el problema del recinto cerrado, que, normalmente, es otra cosa bien distinta, con sus fórmulas propias y donde se propone otro tipo de juego al lector. Se han utilizado toda clase de marcos limitados: L. Maynard encarpetó su El incendio de Waverdale en una casa; Ellery Queen (véase más adelante) llevó su El misterio French a unos grandes almacenes; el enigmático P. Quentin (también más adelante) ideó su novela La muerte va a la escuela en el entorno de una escuela superior y sus alrededores; F. H. Shaw se decantaba más por el mar, y la acción de El paquebote trágico se desarrolla plenamente en un barco.

Algunos hicieron del marco limitado un ilimitado lugar de sucesos: Frances Noyes Hart, con El proceso Bellamy, renueva prácticamente el sentido de la novela “problema” situando toda la acción en el proceso que tiene lugar en la sala de una audiencia, donde, capítulo tras capítulo, se relatan los ocho días del juicio, con la transcripción de todos los testimonios y discursos pronunciados. Artificiosa y con mucho suspense, esta novela no fue la única en la que se utilizó una sala de audiencias; otros tantos autores se vieron atraídos por tal fórmula. John Stephen Strange novelizó la historia de una mujer que, acusada de haber asesinado a su marido, comparece ante un juez, que, casualmente, fue uno de sus primeros pretendientes. La novela se tituló Acusado, y resultó, en su concepción final, un tanto inverosímil.

Número de personajes limitados

A la técnica del marco limitado le salió, durante unos años, un competidor serio: un diseño por el que el número de personajes es conocido de antemano; por ello, su número es limitado. Muchos escritores lanzaban una especie de tour de force al lector, con la intención de sanear las manidas fórmulas que se venían tratando. El que mejor, y con más rigor, supo sacar partido de este forzado dilema fue el belga Stanislas-André Steeman, quien ganó, en 1931, el Gran Premio de la novela de aventuras con una novela policíaca, Seis hombres muertos. Por su parte, Agatha Christie situó a diez personajes, ni uno más ni uno menos, aislados en una isla desierta, cumpliendo así con la premisa aquí tratada y con la vista anteriormente. La novela se tituló Los diez negritos.

La unidad de tiempo

Como parece que estos dos problemas no eran del todo suficientes, algunos autores disfrutan más jugando con la unidad de tiempo; o sea, le dan un tiempo limitado a su protagonista para resolver un crimen, lo que, al parecer, otorga un ritmo mucho mayor a la narración. Nada más lejos de la realidad. La gran mayoría de estas novelas ocultan, tras atractivos títulos, contenidos vacíos y sin ritmo alguno. Novelas como La campanada trece de las doce (Sintair y Steeman) o Una coartada de diez minutos (A. Amstrong) son claros ejemplos de este tipo de fórmula adoptada, que no hizo sino forzar al lector a probar otras categorías. No lo hizo, sin embargo, del todo mal Hugh Austin en su De 4 a 7. Todo lo contrario: consiguió una novela magníficamente desarrollada y con un acabado impecable. Además, resulta fascinante poder seguir, durante las tres horas que especifica el título, minuto a minuto, la evolución de la investigación.

El problema del recinto cerrado

Los autores más arrojados trataron de crear un nuevo estilo, quisieron hacer de la novela policíaca “el más difícil todavía”. Aparentemente, las limitaciones de personajes y tiempo no les interesaban, o, por lo menos, creían que no eran lo más importante. Empeñaron sus esfuerzos en suscitar el interés del lector por la vía de la limitación del espacio, y se volcaron en crear ingeniosos y enrevesados enigmas dentro, siempre, de un recinto, en un principio, herméticamente cerrado. Pero esto que, en un primer momento, da la sensación de parecer algo estático, se resuelve en multitud de ingeniosas variaciones. El creador del detective Philo Vance, S.S. Van Dine, cuyo verdadero nombre era Willard Buntington, ideó, en El visitante de medianoche, la manera con que el asesino hace creer que su víctima sigue con vida: éste, una vez cometido el crimen, cierra la habitación y un fonógrafo que reproduce la voz del muerto, combinado con un complejo mecanismo de relojería, hace el resto.

También funciona el truco ingeniado por Edgar Wallace en El secreto del alfiler. El criminal cierra la habitación desde el exterior, luego introduce la llave en el interior de la casa por medio de un fino hilo sujeto mediante una chincheta clavada a la mesa y que salta al retirar el hilo. No obstante, quien mejor trató este problema que tantas mentes atrajo fue el norteamericano John Carr, más conocido por su seudónimo, Carter Dickson. Aunque lo plantea en varias de sus novelas, entre ellas, La flecha pintada, La casa de la peste, El que susurra, El hábito hace al monje, resultó especialmente convincente en su fabulosa La cámara ardiente (1937).

El problema es ocultar

Otra de las estratagemas más manipuladas por los autores es la ocultación de un dato, prueba o circunstancia conocida para el lector, pero ignota para algunos personajes de la novela. No se escamotea así la premisa esencial de la novela “problema”, pues en ningún momento se juega sucio con la memoria de quien lee la novela. Pueden citarse ingeniosas invenciones: Ellery Queen, para ocultar la identidad de la víctima en su novela El misterio de la mandarina -un pastor protestante-, decide dar la vuelta al resto de sus ropas, vistiéndole “al revés”. Agatha Christie, en The A.B.C. Murders, inventó otros crímenes inútiles para apartar la atención del principal. Mientras que, en El asesinato de Rogelio Ackroyd, la propia Christie oculta sagazmente al asesino de las miras de todos haciendo que éste sea el propio narrador del relato. Lógicamente, las sospechas nunca se las apuntaba él.

Muchas otras obras tratan de multiplicar los crímenes para ocultar un asesinato: Chesterton, en The sign of the Broken Sword, para matar a un general, el criminal organiza una batalla perdida de antemano. En el final de Cría cuervos, de R. Bloch, el asesino termina matando al narrador. Por fin, Ellery Queen fue el más cruel cuando, en su Cat of many tails, decide eliminar a todos los niños nacidos el mismo día que su víctima. Otro ingenioso invento de autor en la manera de relatar es la llamada “inversión”, que podría definirse como el “procedimiento que consiste en disfrazar los hechos en lo contrario de lo que son, con el fin de facilitar un golpe de teatro final” (F. Hoveyda). Ellery Queen publicó un relato titulado My Queer dean en el que la víctima llama al agresor, antes de perder el conocimiento, Gorman, cuando en verdad se trataba de Morgan. Se trata de un truco aceptado, aunque resulte poco honesto.

Con respecto a Queen, cabe decir que es imposible que en un apartado sobre estratagemas no se hable sobre este extraño personaje. El seudónimo de Ellery Queen, oculta dos autores de genio, dos primos: Manfred B. Lee y Frederic Dannay, a los que sólo les gustan los asuntos complicados, reflejo fiel y característico de la novela “problema”. De todos modos, Ellery Queen no fue el único caso de seudónimo múltiple. Bajo los nombres de Q. Patrick, Patrick Quentin y Jonathan Stagge, se ocultan dos autores británicos, nacionalizados estadounidenses: Richard W. Webb y Hugh C. Wheeler, escritores que, tras pasar por distintos géneros, han evolucionado mucho, aun cuando han permanecido siempre fieles a la metodología de la novela policíaca. Novelas como la extraordinaria La muerte va a la escuela o Enigma para actores experimentan para el anquilosado formulismo de la novela “problema” una bocanada de fresca inspiración.

Webb y Wheeler podrían haber elegido el más gratificador destino de haber sido considerados autores serios si no hubiesen frecuentado la novela policíaca. No fueron, no obstante, los únicos románticos. Clifford Kitchin comenzó escribiendo novelas no policíacas antes de abordar este género. En 1924 obtuvo un notable éxito crítico con su novela “Steamers Waving”, éxito que se vio secundado por “M. Balcony”. Pero cierto día, Kitchin probó con todas las reglas de la novela “problema”, y parece que le gustó. La muerte de mi tía o The Cornish Fox significaron la muestra perfecta que un escritor literario necesitaba para ser considerado uno más dentro de la familia policíaca.

Claude Aveline reclamó siempre el derecho a la diversión y reivindicó tal derecho no sólo para los lectores sino también para los escritores. Otro literato “serio” que prefirió ser conocido en los medios de la novela policíaca, Aveline, intentó renovar el género desde su posición de simple aficionado. Sus novelas más famosas fueron Voiture 7, L’abonné de la ligne U o Place 15, aunque, según algunos estudiosos, su intento de renovar la novela “problema”, sublimando en ella el juego de la personalidad, el deseo de ser lo que no se puede ser, fue un pequeño fracaso.

Los detectives en la novela “problema”

Estos personajes provienen de todos los países (entre los más exóticos, John P. Marquand hubo de marchar al Japón para encontrar a su Mr. Motto); pertenecen a todas las clases sociales; y muestran las más diversas apariencias y tamaños, pues los hay gordos, flacos, altos o bajos. El cine ha tenido a bien popularizarlos y hacerlos más cercanos. Son los detectives de la novela “problema”.

Charlie Chan

Earl Derr Bigger fue el padre literario de Charlie Chan, un norteamericano de origen chino que fue mayordomo antes de ingresar en el cuerpo de policía de Honolulu, que conoce y cita las máximas de Confucio y que es el modélico padre de una numerosa prole. Bigger fue uno de los escritores de novela policíaca que más éxito llegó a obtener; quizá porque Charlie Chan, desde la primera novela, publicada en 1923, La Casa sin llaves, resultaba, a diferencia de Fu-Manchú, tranquilizador. Aunque Bigger murió pronto (1933), su personaje, simpático y genial, aunque a veces irritante por su exquisita cortesía, le ha sobrevivido en celebridad. Warner Oland le caracterizó brillantemente en el cine.

Inspector Wens, su padre y Desiré Marco

Lo que más llama la atención de Steeman, del que ya se ha hablado en este estudio, es la facilidad con la que escribió las agradables historias de los tres personajes que, a través de sus novelas, inmortalizó. Steeman era belga, por lo que creó un detective belga. Su inspector Wens era, sin ser ningún genio, uno de los detectives más simpáticos de la novela policíaca; de hecho, da auténtico placer observarlo en, por ejemplo, El infalible Silas Lord. Su padre, el padre de Wens, el cual aparece en una espléndida novela, La muerte sobrevive en el 13, es, incluso, más extraordinario y matizado, como personaje, que su hijo. Otro de sus héroes fue Desiré Marco, con el que Steeman se muestra capaz de arrastrar al concienzudo lector de novela “problema” a las aventuras más apasionantes. Éste aparece en novelas como Dieciocho fantasmas, Hagámonos los locos o Señora Muerte.

Lord Peter Wimsey

Bien al contrario de Doyle o Leblanc y algunos otros que han terminado por repudiar a sus personajes, Dorothy L. Sayers amaba a su lord Peter Wimsey, un aristócrata de inteligencia en extremo ordenada y cuyas deducciones resultaban de una seguridad aplastante. Sayers creó un detective distinto a los demás, aunque sus métodos para llegar a descubrir el crimen fuesen los mismos. A través de las historias de su lord inglés, entre ellas, Lord Peter ante el cadáver o Lord Peter y el otro, Sayers llevaba a cabo, con enfermiza minuciosidad, las reglas de la novela “problema”, por lo que ha sido alabada y criticada a partes iguales. Lo cierto es que infundió un sello personal a las situaciones que ingeniaba, lo que terminó por convertir a su personaje en una especie de prototipo de una aristocracia cercana a su fin.

Philo Vance

Philo Vance nació gracias al milagro de leer. Así, leer un gran libro, o grandes libros, estimula a escribir. Su creador, S. S. Van Dine (como ya se ha apuntado, era el alias de Willard Buntington), un filósofo muy apreciado, quedó inmovilizado a causa de una larga enfermedad, por lo que encontró en la lectura de novelas policíacas su auténtica vocación. Probó fortuna en 1926, con El misterioso asesinato de Benson, donde ponía ya en escena a este aristócrata de palabra fácil, experto en toda clase de crímenes, cuya carrera en la galería de detectives del género sería larga y próspera. Philo Vance poseía, como bien nos explica el propio Van Dine en El escarabajo sagrado, la mejor de todas sus narraciones, una extraordinaria mente analítica, así como un olfato infalible para las sutilezas de la psicología humana.

Perry Mason

Si tomamos como referente los comienzos de Sherlock Holmes (recibe en su despacho a un cliente) y los métodos de los detectives de la serie negra, Perry Mason, creado por Earle Stanley Gardner, quien se paso de la abogacía al mundo de las novelas policíacas, resuelve los casos más complicados con desenvoltura y sentido del humor. Como es natural, demuestra una gran erudición jurídica y su despacho de detective es todo un bufete de abogados. Se muere por participar en los juicios y lo sabe todo sobre testamentos, contratos mercantiles, delitos y las leyes de los diferentes estados de los Estados Unidos. Se le ha achacado a veces que sus aventuras se repiten demasiado; lo cierto, no obstante, es que sus clientes y los problemas que les traen a éstos a requerir sus servicios, son muy variados: un gato (El caso del gato del portero), una mujer enmascarada (La mujer enmascarada), una joven y su canario tullido (El caso del canario cojo), donde la clave para deshacer el entuerto está en el pájaro, o un cadáver para dos asesinatos (El caso del cadáver fugitivo), etc.

Stanley Merrivale y Gideon Fell

John Dickson Carr ha sido uno de los mejores autores en plantear el problema del recinto cerrado, como aquí ya se ha visto, pero tuvo tiempo también para crear dos detectives, diametralmente opuestos: sir Stanley Merrivale, antiguo jefe de los servicios secretos británicos, y el doctor Gideon Fell. Cada uno es protagonista en diferentes novelas de Dickson Carr. El primero, por ejemplo, interviene en No puedo creer lo que ven mis ojos, una historia policíaca al uso, nada fuera de lo común, donde, si bien para el capítulo sexto ya se ha adivinado al asesino, el motivo permanece oculto hasta el último suspiro. Sin ninguna pretensión analítica, el relato resulta de lo más ameno y fácil de seguir.

Inspector Maigret

George Simenon, escritor francés de origen belga, ha preferido siempre pasar a un segundo plano en favor de su detective fetiche, el inspector Maigret, del que el lector sabe todo, a diferencia de Holmes o Dupin, con vacíos en sus biografías: se conoce su origen campesino, el pueblo donde nació (Allier), los institutos donde acudió. Quería ser médico y fue policía, principiando como guardia municipal. Años más tarde fue secretario en una comisaría y, finalmente, escaló todos los puestos de la brigada criminal a la que pertenecía. Inspector en la mayoría de su tiempo, llegó a ser comisario de distrito y más tarde pensionista cascarrabias y jubilado. Todo esto elimina, en cierta manera, el halo de misterio que entroniza en la memoria de los lectores a Holmes o a Dupin.

La obra de este autor tan prolífico arranca del año 1931, con más de 500 novelas publicadas en las que el misterio no es lo principal. El interés de sus novelas se debe tanto al encanto y genialidad del personaje como a la evocación y creación de diferentes ambientes. Trata, ante todo, de identificarse con el medio en que ha sido cometido el crimen. Para ello, utiliza su prodigiosa facultad de adaptación. En Maigret en Flandes, El loco de Bergerac, El perro amarillo, Maigret y el vendedor de vino, El asunto Saint-Fiacre, etc., Simenon, autor, ante todo, de gran talento, ha conseguido que Maigret forme ya parte de nuestra época, de nuestra historia, de nuestra cultura.

Detectives para todas las clases sociales

Como consecuencia de la exigente proliferación de detectives, pertenecientes a diferentes tipos sociales y nacionalidades, los autores se vieron obligados a buscar y rebuscar en, prácticamente, todas las partes del globo y entre todos los niveles, incluso laborables, de la sociedad.

Pierre Véry, un particular escritor que hasta llegar a esta condición ejerció varios oficios, entre ellos el de librero y el de ciclista, hizo de un abogado un fabuloso detective aficionado: Próspero Lepicq. Véry pensaba que, mientras que el modo de cometer un asesinato puede darse bajo mil formas diferentes, la lista de los motivos es mucho menos numerosa. Con humor y observación, Lepicq sigue maravillando al ser (re)leído en, por ejemplo, Asesinato en el Quai des Ofevres, M. Marcel el de las pompas fúnebres o Asesinato de Papá Noel.

Del mismo modo, cautiva el estilo peculiar del humorista británico P. G. Wodehouse, quien creó unos cuantos detectives; entre ellos Jeeves, un mayordomo que no falla en una sola intuición, y M. MacGee, más conocido como “Ojo de lince”, un detective de hotel, gracioso e infalible, que cuando ha visto una cara no la olvida jamás.

La novela policíaca no se librará de algunos gremios: el detective de T.S. Stribling se gana la vida como profesor en una universidad; Jerôme Faluche, el héroe de Jacques Faisant, es un suboficial; el padre Brown, ya mencionado, de Chesterton; el hacendado Bulldog Drummond, creado por Sapper. Contará, además, la novela policíaca con dos caracteres mentales diametralmente opuestos: Jim Harvey, un detective inculto y vulgar (así como Maigret), creado por Octavus Roy, por un lado; y por otro, el comisario Gilles, el personaje ideado por Jacques Decrest, cuyo verdadero nombre era J.N. Faure-Biguet.

Gilles era un hombre elegante, muy distinguido, extremadamente culto, amante del arte y de la literatura y la poesía y gran conocedor de la historia. La primera novela de Decrest es también la primera vez que Gilles hace acto de presencia: Hasard (1933), una obra de una increíble sensibilidad y originalidad y una interesante carga psicológica.
Para rematar este esbozo de la personalidad del detective en la novela “problema”, Charlotte Armstrong, la excelente escritora de El extraño caso de las tres hermanas, quiso mostrar su idea de que los grandes detectives empezaban a escasear con un extraordinario relato, The clues for Mr. Polkinghom, en el que se burlaba cariñosamente del detective aficionado que subyace en todo escritor de novelas policíacas.

Agatha Christie

Los detectives de Mary Clarisa Miller, más conocida (mundialmente, además) por Agatha Christie, ofrecen alguna que otra diferencia con otros insignes detectives de ficción: aunque Hércules Poirot y Miss Marple han conseguido mucha celebridad, no han podido superar en fama a su creadora: la fama de esta escritora británica ha alcanzado hasta el último rincón del orbe. Se ha dicho de Agatha Christie que ninguna otra mujer había ganado por medio del crimen tanto dinero desde Lucrecia Borgia. Si exceptuamos algunos relatos de viajes, libros autobiográficos y poemas, Christie ha permanecido, desde su primera novela (El misterioso caso de Styles), publicada en 1920, y donde ya ponía en brega a Hércules Poirot, fiel a la novela “problema” sin aburrir ni un ápice a sus incondicionales admiradores.

Su matrimonio con el arqueólogo Max Mallowan le brindó la oportunidad de viajar por el Oriente Medio, lo que está en el origen de novelas como Poirot en Egipto, Intriga en Bagdad, Cita con la muerte o Muerte en el Nilo. Hércules Poirot es el pequeño y regordete detective belga, de “precioso” bigote, que hace funcionar su “materia gris” para resolver los más enigmáticos crímenes, como el impresionante Asesinato en el Orient Express, una de sus mejores novelas y aquella tal vez que más placer proporciona en su relectura.

Miss Jane Marple es una simpática viejecita, perfecta observadora de las clases medias, la cual, con paciencia y no sin cierta genialidad, resuelve los más intrincados enigmas. Mujer, como Christie, resulta tan afectuosa gracias a la imagen que de ella quiere su autora hacer resaltar, afecto que, por supuesto, tampoco negó al detective belga. Aunque tiende a alargar los diálogos entre sus personajes, sobre todo, los soliloquios explicativos de Poirot, Agatha Christie ha inventado algunos de los más importantes e ingeniosos problemas de la novela policíaca, de la que, sin ser la mejor, sí es una de sus insignes abanderadas.

La novela policíaca en otros países

Aparte de Gran Bretaña y Estados Unidos y de Francia y Bélgica, convenientemente estudiadas en los apartados previos, la novela policíaca se ha extendido de forma amplia entre las literaturas nacionales de otros países. En España, el ejemplo más conocido puede ser el Manuel Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho, aunque bien podría estar mejor enclavado en la serie “negra”. Él ha sido el único que ha frecuentado con éxito este tipo de escritura, muy escasa y mal cultivada en España, con la excepción si cabe de Mario Lacruz.

Sudamérica ha dado magníficas muestras del género, tras el impulso dado por los argentinos Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. En México, Rodolfo Usigli escribió en esta clave su Tentativa de asesinato, en la cual se basó Luis Buñuel para recrear su película La vida criminal de Archibaldo de la Cruz.

La novela policíaca en Italia se ganó el calificativo de giallo (que luego ha sido tomado para el cine negro de aquel país) gracias a que las portadas de la primeras novelas policíacas publicadas en Italia eran amarillas.

Igor B. Maslowski reivindicó la importancia de algunos autores alemanes, como Hans-Otto Meisner y su espía soviético Sorge (El hombre de Tokio), o Walter Ebert (Escándalo en Roma). Entre los autores nórdicos cabe destacar a la llamada Agatha Christie sueca, Marie Lang (No iremos más al bosque), al danés Gerhard Rasnussen y su novela Es medianoche en el bar de Peter, y al también danés Karol Bor y su obra Entregas peligrosas.

De los países del este la novela policíaca fue especialmente cultivada en la antigua Unión Soviética. Su escritor más importante puede ser Julian Semionov, cuyas obras recuerdan a Simenon. En Bulgaria, Andrei Bouliachki, con su Misión a Momtchilovo, cultiva con éxito la novela de espías. En Polonia su gran autor sería A. Piwowarczyk, y la gran obra de éste, La ventana abierta. De la antigua Alemania del Este nos llega una buena novela de género: El caso Merkelbach, de Wolfgang Altendorf.

En Australia, Holanda, etc… Lo cierto es que la novela policíaca ha sabido abrirse camino, ha podido descentralizarse en pequeños o grandes grupos, y no hay un rincón de este planeta en el que un detective, un criminal o su víctima no hayan investigado, asesinado o muerto.

La evolución de la novela “problema”

Aunque los orígenes de la novela criminal se remontan muy lejos en el tiempo, puesto que fue Austin Freeman al primero que se le ocurrió situar la acción de la novela desde el punto de vista del criminal, Anthony Berkeley, escritor de novelas “problema”, argumentaba ya antes de la guerra: “Estoy convencido de que los días de este género de novela están contados… Creo firmemente que la novela policíaca está en vías de convertirse en un tipo de novela con un centro de interés policíaco o criminal que cautivará al lector menos por los lazos matemáticos que por los psicológicos.” Berkeley no se lo pensó dos veces, se hizo llamar Francis Iles y escribió tres novelas: Premeditación (que fue llevada al cine por Hitchcock con el título de Sospecha), Complicidad y As to the Woman, las cuales, según Boileau-Narcejac, son las primeras novelas policíacas orgánicamente completas. La novela “problema” comenzaba a dar muestras de agotamiento, y los autores se preguntaban si es que el enigma puro podía bastar. Muchos pensaron que no.

En los años siguientes, los escritores de novela policíaca siguieron cultivando las reglas de la novela “problema”, pero en menor medida, ya que se iban añadiendo a ésta elementos sociales y psicológicos, como Frederic Brown en su Ne vous retournez pas, donde la víctima es el lector, quitando cada vez más protagonismo al juego que antes sostenían autor y lector. La novela criminal, que, como ya se ha apuntado, apareció incluso antes de la Segunda Guerra Mundial, se impone en la actualidad, pero sus autores son tan diversos y opuestos entre sí, y frecuentan tan a menudo la fórmula de la novela “problema”, que resulta complicado poder catalogarla como género aparte de la novela policíaca. Fenómeno aparte constituyen la novela de suspense, la novela de persecución y la novela de espías, si bien los dos primeros subgéneros se entremezclan muy a menudo en un mismo relato, y se dan casos en los que convergen los tres. Serán muchos los autores que opinen que estos elementos (suspense, persecución, espionaje) desempeñan un papel mucho más importante en la novela policíaca que el enigma.

Para Boileau-Narcejac, “la novela ‘problema’ es un pasatiempo de las épocas de paz, pasatiempo que adormecía al público dándole una falsa seguridad. Al llegar la Segunda Guerra Mundial la época de los verdugos devolvía su oportunidad a la novela negra, que se había originado en la década de los 20, aportándole lo que le hacía falta: el odio.” Lo cierto es que la novela negra, nacida de los escritores, por lo general, estadounidenses, se volvería a imponer, tras unos tiempos en los que reinó el relato policíaco, primero, y la novela “problema”, después.

La novela policíaca contemporánea está sufriendo una transformación profunda: es una novela organizada de manera distinta. Ya no se puede hablar de un género como tal, sino de varios subgéneros: thriller, suspense, novelas de detectives, novelas de misterio, novelas negras, etc. Y es que la novela policíaca no ha dejado de evolucionar desde su nacimiento, y difícilmente dejará de hacerlo. Se publican cada año tantos libros de este género que resultaría injusto e interminable dar cabida a todos, pero permite hacerse una idea de la tremenda importancia de la novela policíaca en la historia de la literatura.

J.C.Paredes

NOVELA POLICÍACA

Fuente: Britannica

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